Por | 26/09/2026 | Cultura

Presentar la Guerra de España como guerra civil resultado de una fuerza telúrica excepcional es un relato reaccionario de nuestra historia.
A la literatura de David Uclés llego tarde y temprano. Tarde porque no es hasta ahora que leo, o más bien audioescucho en la voz de Aitana Sánchez Gijón, La península de las casas vacías. Tarde, sin duda, para un profesor universitario de literatura cuya investigación de años y primer libro académico trata la Guerra de España. Fallo mío esta demora en conocer una novela contemporánea tan relevante, pero fallo mío con causa.
Porque a la literatura de David Uclés llegué también temprano, y aquí viene la causa de ese fallo. En el otoño de 2020, conforme aflojaba el confinamiento, compré Emilio y Octubre, su obra anterior. Leí con incomodidad esa historia de amor gay escrita, como el autor decía, “en realismo mágico”. Incomodidad porque me parecía trivial el uso de ese realismo mágico, sobre todo en tanto venía descargado del proyecto político y epistemológico que el realismo mágico ha significado en su manera de narrar el mundo para la historia de la literatura en español.
El realismo mágico proponía, entre otras cosas, una crítica a la manera reduccionista y colonialista de entender el conocimiento que Europa impuso: somos la razón y llevamos la razón; el otro no-europeo (incluido un no-europeo en Europa: las mujeres, los pueblos) es magia supersticiosa y absurda. De ahí que algunos de los tildados de mágicos absurdos decidieran reivindicar esa absurdez y hacer del realismo mágico una propuesta desde la que reafirmar otra manera de narrar y organizar el conocimiento. Confrontaban a Europa con el reduccionismo racionalista desde el que había construido su delirio de superioridad, y que hoy, incluso con la ciencia mediante, sabemos que era una piltrafa de teoría: no hay razón sin afecto ni asombro ante el misterio del mundo; el afecto y el asombro no son pasiones bajas, al contrario: guían la razón ante un mundo que es misterio, o, si me permiten, magia.
En fin: yo sé que la historia del realismo mágico, incluso su versión más politizada, tiene también sus problemas, pero si uno se sitúa con respecto a esta tradición, sobre todo si es europeo, algo de este legado debería recoger. Emilio y Octubre, a mi modo de ver, no lo hace. Me parecía más bien un vaciado, realismo mágico como cáscara estilizada. Por eso tardé en leer La península de las casas vacías y por eso decidí audioescuchar (verbo absurdo este también) en lugar de leer, por aliviarme un poco la tarea. Se me hacía cuesta arriba el realismo mágico reducido a lazo o a “pátina”, como el mismo narrador explica, y llevado a la Guerra de España.
Hoy, que ya conozco la novela, sé que en algo me equivoqué. Porque, a diferencia de en Emilio y Octubre, aquí el realismo mágico sí que tiene funciones políticas importantes. La península de las casas vacías es la Odisea en tierras de España en guerra. Su Odiseo, Odisto, vagabundea por un país reducido a cascotes por los obuses, o más bien por unas erupciones volcánicas descomunales porque aquí todo es muy telúrico. El narrador así lo asevera: lo telúrico y lo carnal tienen más peso en Iberia que en el resto del continente. Por eso la guerra es consecuencia sólo colateralmente de las cuestiones de la tierra, la democracia, la pobreza, la igualdad o la escuela, y se explica mucho mejor desde lo tectónico y lo atávico, que parece que sólo afectan a España o que afectan a España de manera excepcional. La magia sustituye a la política, ése es aquí el uso político del realismo mágico.
La península de las casas vacías nos da, por tanto, el persistente retrato de la Guerra de España como el retorno de Caín y Abel, la guerra entre hermanos y el duelo a garrotazos. Y garrotazos hubo, ¡muchos! Rencillas familiares hubo, ¡por todos lados! Pero aquí queda reducida a eso, presentada sobre todo como eso. ¿De verdad que seguimos pensando que es privativo de España lo de matarnos entre sí, como si fuera una desgracia de origen o una fatalidad inherente a nuestra manera de ser?
Lo primero es que un vistazo rápido a cualquier otro lugar disipa ese excepcionalismo español; lo segundo es que no nos matamos entre sí, así como si la guerra se hubiera dado en una península hermética sin relación ni intromisión de otras naciones; y lo tercero es que no somos hermanos. No lo somos. Pensar que un Estado nos vuelve hermanos no es que sea una comunidad imaginada, es que es un desvarío colectivo. Es la excusa moderna para hacernos la guerra entre naciones, porque, obviamente, Abel siempre somos nosotros y Caín es el de más allá.
Un gran legado de la izquierda, y a él me aferro, es el empeño por disolver este desvarío. Hermanos somos todos, ¡todes!, más allá y más acá de las fronteras del Estado-nación, y más allá y más acá de las lábiles fronteras interespecie. Presentar la Guerra de España como guerra civil resultado de una fuerza telúrica excepcional que hace que todos los hermanos españoles se maten entre sí es un relato reaccionario de nuestra historia.
Y ahí va otro uso político que la novela hace del realismo mágico, el de su instrumentalización contrarrevolucionaria: el autoexotismo. La España brutal en la Europa civilizada. Veo que Uclés ha citado estos días a Peter Sloterdijk. Dice el filósofo alemán que La península de las casas vacías “devuelve a su propio país y al resto del mundo la verdad”. ¡Qué sorpresa de perspectiva noreuropea de la Guerra de España! Por supuesto que no todo el mundo en el norte de Europa piensa así sobre nosotros, pero sí creo que es una novela que confirma un sesgo noreuropeo con respecto al sur de Europa y un sesgo del sur con respecto a sí mismo, el sesgo telúrico. En el sur todo se resuelve a mamporros.
Para mí, lo que La península de las casas vacías postula como verdad, y esto es lo que más me duele de la novela, es que no deben tomarse en serio las ideas políticas cuando las articulan y las despliegan los pobres, nuestras abuelas y abuelos, hijes del hambre y de la falta de colegio. Lo que La península de las casas vacías decide centrar es, ante todo, la épica del campesino apolítico, de Odisto, el que no se quería meter, el que quería permanecer al margen, y al que esa altitud de miras lo convierte en un desplazado, en un desarraigado, atrapado y perdido, en un héroe trágico. Que sí, que durante su exilio ibérico se encuentra con fascistas y tal, pero no es eso lo que más importa. La cuestión clave de La península, el gran padecimiento de Odisto que precipita la novela es, sobre todo, el de su injusta expulsión de Ítaca/Jándula. ¿Quién lo expulsa y quién no le permite volver? Otro campesino, pero esta vez politizado. Venancio, que se ha vuelto anarquista, ¡cómo no!, por envidia.
El campesino politizado es el antagonista y su politización se presenta como motivada no por la tierra, ni por la democracia, ni por la pobreza, ni por la igualdad, ni por la escuela, sino por sus agravios mal traídos, por no saber canalizar sus resentimientos. El campesino politizado Venancio es un personaje ridículo y siniestro.
A mi modo de ver, éste es un argumento de terrateniente donde los haya. La República envidiosa. Porque habría campesinos resentidos y siniestros, sin duda; otra cosa diferente es elevarlos a protagonistas de la alegoría, presentar que la República era especialmente eso: una historia de resentimientos brutalizados.
Dice Luis García Montero que Uclés tiene “creatividad ética”. Curiosa manera de exponerlo. Yo prefiero la cita de otro poeta andaluz, también complicado, pero aquí más certero, Rafael Alberti: “El pueblo tiene buen olfato. Tiene hocico de perro”. Humillar de esta manera sus ideas políticas y sus intentos frustrados de articular el mundo de otra forma, con su enorme clarividencia y también sus grandes errores, es perder de vista lo importante y perderlo todo.
Miguel Caballero Vázquez es doctor en estudios culturales por la Universidad de Princeton y es profesor en la Northwestern University de Chicago.