jueves, 27 de agosto de 2026

Trump y la otra historia de un país atravesado por la lucha de clases


Carmen Parejo Rendón     19 de agosto de 2026

El presidente de EE.UU., Donald Trump. 24 de junio de 2026 Andrew Harnik / Gettyimages.ru

La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense.

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«Puedes ser comunista o puedes ser patriota. No puedes ser ambas cosas», sentenció Donald Trump en los festejos por los 250 años de independencia de Estados Unidos. La frase resume una vieja obsesión del poder estadounidense: convertir cualquier impugnación al capitalismo en una amenaza ajena al país. Pero, ante esa afirmación, conviene hacerse una pregunta casi cinematográfica: ¿qué nació exactamente un 4 de julio?

Aquel 4 de julio nació una república de propietarios que proclamaba la libertad mientras mantenía la esclavitud; hablaba de derechos naturales mientras empujaba a los pueblos originarios hacia el exterminio y el despojo; invocaba la igualdad mientras levantaba nuevas fronteras raciales, sociales y migratorias.

La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense. Pero precisamente por eso, también desde el principio surgió una impugnación a ese estado de cosas profundamente desigual: la de quienes, desde abajo, disputaron el significado mismo del país que estaba en construcción.

Esa impugnación tuvo muchas formas, y una de las más profundas fue la organización de la clase trabajadora. La industrialización vertiginosa del siglo XIX levantó fábricas, ferrocarriles, minas, puertos y grandes ciudades sobre masas obreras formadas por trabajadores nativos, población negra liberada e inmigrantes llegados de Europa, Asia y América Latina. Desde finales de aquel siglo, esa clase empezó a organizarse en sindicatos, periódicos, sociedades de ayuda mutua y partidos.

A finales del siglo XIX la afiliación sindical superaba los dos millones de miembros. El Primero de Mayo tiene su raíz en esa historia: la lucha por la jornada de ocho horas, la represión y la ejecución de los mártires de Chicago convirtieron una batalla estadounidense en una fecha universal del movimiento obrero. De esa matriz surgieron figuras esenciales como Eugene V. Debs, que llevó el socialismo a las campañas presidenciales y a las huelgas, o la anarquista Emma Goldman, encarcelada y deportada tras denunciar la conscripción obligatoria y la guerra.

Otro factor que determinó aquella historia fue el triunfo de la Revolución rusa y la creación del primer Estado de obreros y campesinos. John Reed, comunista nacido en Portland, relató la Revolución de Octubre en ‘Diez días que estremecieron al mundo’.

Tras su muerte en Moscú, Reed fue enterrado en la muralla del Kremlin, un honor reservado a muy pocos extranjeros. Su vida llegó incluso a Hollywood con ‘Reds’, de Warren Beatty, película que obtuvo doce nominaciones a los Oscar en 1982 y llevó hasta la gala, según se ha contado muchas veces, los ecos de ‘La Internacional’.

La Revolución de Octubre también interpeló a una parte de la intelectualidad negra estadounidense: en 1932, Louise Thompson Patterson organizó el viaje a la URSS de escritores y artistas afroamericanos como Langston Hughes y Dorothy West para participar en ‘Black and White’, una película soviética sobre el racismo en Estados Unidos. Para ellos, la Unión Soviética aparecía como un espejo incómodo frente a Jim Crow, los linchamientos y la falsa universalidad de la democracia liberal. La lucha de clases y la lucha contra el racismo se entrelazaban en la búsqueda de otro país posible.

Esa misma tradición se expresó durante la guerra de España. Cuando el fascismo europeo convirtió la península ibérica en campo de ensayo de la guerra que vendría después, miles de voluntarios acudieron a defender la República a través de las Brigadas Internacionales.

Desde Estados Unidos viajaron alrededor de 2.800 voluntarios del Batallón Abraham Lincoln; tres cuartas partes habían pertenecido al Partido Comunista estadounidense o a sus juventudes, y más de ochenta eran afroamericanos.

En 1937, en plena segregación racial en territorio estadounidense, Oliver Law, comunista negro nacido en Texas, fue nombrado comandante del Batallón Abraham Lincoln y se convirtió en el primer afroamericano en comandar tropas blancas estadounidenses en combate. España fue para ellos una experiencia de internacionalismo y también la imagen concreta de unos Estados Unidos distintos.

Ante ese escenario, el Estado estadounidense desplegó una doble estrategia. Por un lado, la integración parcial de la clase trabajadora a través del New Deal, una forma de conciliación social —fordista y keynesiana, con todas las comillas necesarias— que permitió transformar al Partido Demócrata y contener, desde dentro del sistema, una conflictividad obrera alimentada por la Gran Depresión, el desempleo masivo y el prestigio creciente de las ideas socialistas.

Por otro, la represión abierta: vigilancia, deportaciones, listas negras, criminalización de anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas. Desde las redadas Palmer y la consolidación del aparato federal de inteligencia bajo J. Edgar Hoover hasta el posterior macartismo, se fue construyendo una guerra sin cuartel contra ese otro Estados Unidos posible.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente ‘antiestadounidense’, sino ‘no estadounidense’, ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.

Mentiríamos si dijéramos que aquella operación no tuvo éxito. Lo tuvo. Durante décadas, el anticomunismo vació de contenido político a buena parte del movimiento sindical, disciplinó a la industria cultural, destruyó organizaciones y convirtió la palabra comunista en una acusación antes que en una posición política. Pero no consiguió clausurar la impugnación.

Las luchas por los derechos civiles, el movimiento negro, las Panteras Negras, figuras como Angela Davis y las movilizaciones contra la guerra demostraron que ese otro Estados Unidos seguía existiendo bajo nuevas formas. Después, la desindustrialización, la crisis financiera de 2008, la precarización laboral, el empobrecimiento juvenil y la crisis de hegemonía internacional volvieron a abrir grietas. En ellas han reaparecido protestas antirracistas, estudiantiles, sindicales y antiimperialistas; una nueva conflictividad obrera visible en Starbucks, Amazon, el sector automotriz, Boeing, la hostelería o la educación; y organizaciones socialistas, comunistas o anarquistas, desde el Partido Comunista de Estados Unidos hasta el Partido por el Socialismo y la Liberación, el Partido Comunista Revolucionario o Alternativa Socialista.

«Los bárbaros están a las puertas»: Alerta por el comunismo en el Congreso de EE.UU.

A ello se suma el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América dentro del campo demócrata, con Zohran Mamdani como una de sus figuras más visibles. Sus posiciones no suponen una impugnación total del capitalismo, pero sí expresan algo que Trump comprende mejor de lo que aparenta: la lucha de clases nunca desapareció de Estados Unidos; solo estuvo, durante un tiempo, más eficazmente contenida.

Así, al volver al inicio, la frase de Trump adquiere todo su sentido. Que aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.

Frente al país de los propietarios, los colonos, los esclavistas, los banqueros, los monopolios y los aparatos represivos, siempre existió otro Estados Unidos: el de los trabajadores organizados, los pueblos originarios resistentes, los internacionalistas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas y quienes aún se preguntan por qué la riqueza de unos pocos debe sostenerse sobre la precariedad de tantos. Trump pretende declarar ‘no estadounidense’ esa tradición porque reconocerla implicaría admitir lo evidente: Estados Unidos, como cualquier otro país, no es una esencia; es una lucha. Y esa lucha, durante 250 años, también ha sido lucha de clases.

Fuente: *R+T* 

A TREINTA AÑOS DE LA TOMA DE LA CASA DE LA UNO POR EL "COMANDO SOBERANÍA Y DIGNIDAD”

21 de agosto 2026























Acción del 20 de agosto de 1993

La toma de la Unión Nacional Opositora (UNO)
Edelberto Matus.
En agosto de 1993, luego de un poco más de tres años y medio en el poder, el gobierno encabezado por Violeta Barrios y la coalición de partidos y micro organizaciones derechistas agrupadas en la Unión Nacional Opositora (UNO), se aprestaban a entregar completamente nuestro país al control yanqui, tal cual lo hizo Adolfo Díaz ochenta y dos años antes.
El poder ejecutivo (realmente dirigido por el yerno de la presidenta, empleado del gran capital nacional) se diluía en un enfrentamiento contra su reciente aliado, la UNO por asuntos de poder y por contradicciones que no iban más allá de quién era más servil al Imperio o más enemigo del FSLN y de las conquistas alcanzadas por el pueblo trabajador durante la Revolución Popular Sandinista.
Pero todos ellos estaban claros de que para instaurar en Nicaragua una economía neoliberal plena (privatizarlo todo), no solamente era necesario arrebatar todas esas conquistas sociales y políticas, construir unas Fuerzas Armadas en el espíritu somocista de obediencia a los EE UU, retomar el control social, desempoderar y dispersar a las fuerzas sociales progresistas, sino también destruir a su vanguardia política y a sus dirigentes de cualquier manera, ya fuera dividiéndolos o desapareciéndolos.
El FSLN seguía entonces siendo esa vanguardia en la que millones de ciudadanos (ya para entonces desencantados con las promesas neoliberales) seguían confiando y por la que los militantes y simpatizantes más fieles seguían luchando.
Sin embargo, el Frente Sandinista atravesaba un difícil periodo de lucha interna que amenazaba su unidad, debido a la ambición y oportunismo de algunos de sus dirigentes y cuadros intermedios, que creyeron que el liderazgo del comandante Daniel Ortega (unánimemente nombrado Secretario General del FSLN por el Congreso ordinario sandinista de 1991) era débil y podía ser apartado de la dirección del partido rojinegro. Grave error de percepción, tanto de la derecha como de los traidores al sandinismo, que los llevaría a ambos a tomar acciones extremas.
Los hechos son conocidos y son ya parte de nuestra historia. Sin embargo, para conocimiento de los más jóvenes, señalaremos brevemente los hechos.
La coalición opositora exige celeridad en la destitución del jefe del Ejército Popular Sandinista y mandos principales ( y si se pudiera, liquidar la institución), apurar un cambio de Constitución por otra que sepultara por siempre a la RPS y sus conquistas; la entrega de la economía y las finanzas del país al FMI y al BM a través del endeudamiento y firma del ESAF que garantizaba la entronización del neoliberalismo al estilo chileno y por supuesto, el aislamiento político del FSLN, entre otras medidas.
Para ello, el 19 de agosto de 1993, la UNO ordena a los remanentes armados de la “contra “secuestrar en Cailatú, Quilalí, a un grupo de más de cuarenta funcionarios de gobierno y diputados, entre ellos los sandinistas, Doris Tijerino y Carlos Gallo y miembros de las Fuerzas Armadas que desarrollaban tareas de acompañamiento a la comisión de paz y desarme.
Por iniciativa propia, un grupo de militares en retiro al mando del mayor (r) Donald Ignacio Mendoza, muy claros de la difícil situación a la que estaban conduciendo al país la derecha y la oligarquía gobernante, por la tarde del día siguiente, 20 de agosto, toman por asalto la casa sede de la UNO en Managua, donde retienen a importantes dirigentes de esa coalición y del Estado nicaragüense, principalmente al vicepresidente de la república y al presidente del Poder legislativo.
Rechazando la auto-propuesta como mediadores de algunos dirigentes sandinistas (que hoy en día están en el campo de los traidores al FSLN), el jefe del “Comando Soberanía y Dignidad” solicita al comandante Daniel Ortega su mediación con el gobierno, a lo que el comandante Ortega accede, evitando un asalto armado por parte de las Fuerzas Armadas u otros elementos de la “contra” y asegurando que -algunos días después- los detenidos sean liberados y el comando se retire sin contratiempos.
La historia o sus protagonistas nos dirán si esta acción político-militar del comando dirigido por el comandante Donald Mendoza y sus nueve integrantes coadyuvaron a que los cuarenta secuestrados por el “contra” conocido entonces como “el chacal”, hayan sido liberados a pesar de no lograr sus exigencias (destitución inmediata del general Ortega, el coronel Lenin Cerna y Antonio Lacayo), sin embargo, el propio Antonio Lacayo, años después escribió en su libro, “ La difícil transición nicaragüense”, que esta acción del comando de los retirados del EPS a la casa sede de la UNO motivó la urgente reunión del gobierno con el comandante Daniel Ortega, en la cual no sólo se resolvió pacíficamente esa acción, sino que motivó una serie de encuentros políticos que involucran al gobierno, a la UNO y al FSLN, que de algún modo frenaron el accionar de los vendepatrias agrupados en ese gobierno y su coalición política.
A lo interno del FSLN, el liderazgo del comandante Daniel Ortega siguió creciendo a pesar de la separación de los traidores de las filas sandinistas (jefeados por Sergio Ramírez y la Dora Téllez) a finales de ese mismo mes de agosto, esta no causó la debacle y desbandada de la militancia leal y verdadera que los traidores esperaban.
El Frente Sandinista, su militancia fiel y el liderazgo del comandante Daniel, enfrentaron muchos retos en el tiempo que restaba gobernar a la Violeta y durante los dos gobiernos neoliberales y vendepatrias siguientes, sino que logró mediante una lucha constante conquistar nuevamente el poder para beneficio del pueblo trabajador nicaragüense, lucha que pletórica de grandes y pequeños esfuerzos, como el que llevó a cabo el “Comando Soberanía y Dignidad” aquel 20 de agosto de 1993, y que nos dan la pauta para seguir enfrentando a nuestros adversarios siempre con valentía y lealtad.

miércoles, 26 de agosto de 2026

CRISTÓBAL GARCÍA VERA. La integración socialdemócrata del PCE narrada por «Mundo Obrero·


Agosto 2026

Artículo interesante que ha condesado toda la época de la transición, al que aporto dos elementos que considero claves para la recuperación del movimiento comunista en España. En primer lugar obvia el determinante de la influencia revisionista de las tesis del XX Congreso del PCUS, donde se glorifica el desarrollo de las fuerzas productivas como motor de las igualdades bajo el capitalismo, por lo tanto la desaparición de la lucha de clase y en consecuencia la conquista del socialismo mediante el sistema burgués de democracia limitada, base ideológica justificativa del eurocomunismo para la búsqueda de acuerdos con la burguesía dominante, para pactar la entrada en el estado de bienestar europeo a cambio de la paz social mediante la cual llegaríamos al socialismo una vez desaparecida la lucha de clases. En segundo lugar, como se puede observar una vez roto el pacto social de la transición en el 2011 por la oligarquía dominante bajo el gobierno socialista de Zapatero, ejecutando los mayores recortes de derechos y libertades desde la transición que toda idea de superación de la lucha de clases es puro idealismo y de que el problema para España no es la continuidad del régimen del 78, sino la plasmación clara de que la oligarquía actual dominante española, forma parte subordinada al imperialismo globalista yanqui precursor del caos y guerras por el planeta, que pone al frente de su gobierno al fascismo nazisionista para evitar la pérdida de su hegemonía económica, militar y tecnológica ante el Sur Global y la China socialista en particular. Aportaciones basadas en recuperar el marxismo leninismo; la primera como base para iniciar las rectificaciones introducidas por el revisionismo soviético pos Stalin que hoy conocemos como marxismo occidental por su inutilidad durante los últimos cincuenta años y la segunda, para situar la nueva realidad de guerra total y final por colapso del sistema de capitalismo monopolista en un mercado global, provocado por la libre competencia de la economía de mercado planificada socialista o soberana del BRICS+. Nota de Alonso gallardo 


Hay procesos políticos que, décadas después, pueden reinterpretarse o justificarse de forma interesada. Pero queda un testigo difícil de desmentir: lo que sus protagonistas escribieron mientras sucedían los hechos. Las páginas de Mundo Obrero, órgano de expresión del PCE, permiten seguir casi en tiempo real cómo, durante la llamada «Transición a la democracia», la dirigencia del partido que había sido la principal fuerza organizada de la resistencia antifranquista fue justificando ante sus militantes unas renuncias que terminarían modificando para siempre su propia naturaleza política. Para reconstruir aquella transformación basta con leer lo que el propio partido decía entonces.




Breve crónica de una traición política y las consecuencias que todavía sufrimos

Eurocomunismo fue el término utilizado, a partir de la década de 1970, para designar la orientación política adoptada por algunos de los principales partidos comunistas de Europa occidental, especialmente el italiano, el francés y el español. Sus impulsores lo presentaron como una «vía democrática y nacional al socialismo», independiente de la Unión Soviética y adaptada a las particularidades de las sociedades occidentales. Sin embargo, aquella formulación encubría una transformación mucho más profunda: la culminación del proceso de socialdemocratización que desde hacía años avanzaba en el interior de esos partidos.

La nueva orientación se tradujo en el abandono de cualquier perspectiva de ruptura revolucionaria, en la aceptación del Estado burgués como marco definitivo de actuación política y en la búsqueda de acuerdos estables con sectores de la burguesía. El objetivo dejó de ser la sustitución del poder capitalista por el poder de la clase trabajadora y pasó a consistir en la participación institucional y en la gestión, pretendidamente progresista, del orden existente.

Los dirigentes eurocomunistas, naturalmente, no podían presentar abiertamente ante la sociedad ni ante sus propias militancias una renuncia de semejante alcance. Por ello continuaron hablando de socialismo, «democracia avanzada» y «poder de los trabajadores». Pero, aunque las palabras permanecieron durante algún tiempo, su contenido fue alterándose progresivamente.

Las transformaciones socialistas dejaron de identificarse con la conquista del poder político y económico por la clase trabajadora. En su lugar, comenzaron a presentarse como el resultado de una supuesta acumulación gradual de avances y pactos parlamentarios dentro de las instituciones del propio capitalismo. La ruptura fue sustituida por la reforma; la organización popular, por la representación institucional; y la conquista del poder, por la presencia en los órganos encargados de administrarlo.

En consonancia con estos nuevos objetivos reformistas, la movilización popular que había caracterizado durante décadas la actividad de los partidos comunistas fue subordinándose a la negociación institucional. La lucha de clases cedió su lugar a la búsqueda del «consenso» y la independencia política de la clase trabajadora fue sacrificada en favor de alianzas con fuerzas comprometidas con la preservación del sistema. Según prometían sus dirigentes, esa estrategia permitiría transformar gradualmente el capitalismo desde dentro.

Sin embargo, no fue el capitalismo el que terminó transformándose, sino los propios partidos que habían asumido aquella orientación. Algunos cambiaron hasta resultar políticamente irreconocibles; otros quedaron reducidos a fuerzas testimoniales y alguno, sencillamente, acabó desapareciendo.

El Partido Comunista Italiano, que había llegado a convertirse en la mayor organización comunista de Europa occidental, situó el llamado «compromiso histórico» con la Democracia Cristiana en el centro de su estrategia. El resultado final de aquella trayectoria no fue la aproximación al socialismo, sino su disolución en 1991 y la integración de buena parte de sus cuadros en una nueva formación de orientación socialdemócrata.

El Partido Comunista Francés sufrió, por su parte, un prolongado retroceso electoral, sindical y social. El Partido Comunista de España, que había constituido la principal fuerza organizada de la resistencia antifranquista, perdió en pocos años gran parte de la influencia política y de la capacidad de movilización acumuladas durante décadas de clandestinidad, persecución y lucha.

La orientación eurocomunista contribuyó decisivamente a desarmar política e ideológicamente a estas organizaciones. Al renunciar a constituirse en una alternativa real al orden capitalista y aceptar un papel subordinado en su administración, dejaron vacante el espacio histórico que había justificado su existencia. No fueron debilitadas por mantenerse fieles a un proyecto revolucionario imposible, como afirmarían después sus dirigentes, sino porque abandonaron aquello que las distinguía de las restantes fuerzas encargadas de gestionar el sistema.

EL IMPRESCINDIBLE PAPEL DEL PCE EN LA TRANSICIÓN PACTADA AL RÉGIMEN MONÁRQUICO

En el Estado español, la orientación eurocomunista encontró su expresión más acabada en la participación del PCE en una Transición diseñada para reformar las estructuras políticas del franquismo sin permitir una verdadera ruptura democrática.

La Monarquía había sido instaurada por decisión expresa de Franco; la Ley para la Reforma Política fue elaborada por el Gobierno de Adolfo Suárez y aprobada por las propias Cortes franquistas; y una parte sustancial de los aparatos judiciales, policiales, militares y administrativos de la dictadura permaneció intacta. No se desmanteló el aparato estatal heredado del franquismo, se modificaron sus formas políticas para garantizar su continuidad dentro de un nuevo régimen parlamentario.

La oposición fue incorporada al proceso solo después de que aceptara sus límites fundamentales. A cambio de su legalización y de un espacio previamente acotado en las nuevas instituciones, sus principales organizaciones renunciaron a exigir responsabilidades por los crímenes de la dictadura, abandonaron cualquier perspectiva constituyente surgida de la soberanía popular y aceptaron una monarquía que el pueblo español nunca eligió.

Todo ello se desarrolló, además, bajo la atenta tutela de Estados Unidos. Washington no redactó cada una de las disposiciones de la Transición, pero orientó, respaldó y acompañó aquella salida controlada de la dictadura, como muestran numerosos documentos desclasificados y como expuso Joan Garcés en su obra Soberanos e intervenidos.

La prioridad estadounidense consistía en preservar el uso de las bases militares, asegurar el anclaje de España en el bloque occidental y evitar que la crisis final del franquismo desembocara en una ruptura política y social de consecuencias imprevisibles. Estados Unidos había establecido relaciones con Juan Carlos antes de la muerte de Franco y siguió con especial atención tanto la evolución de la oposición como la incorporación del PCE al nuevo marco institucional.

El Partido Comunista era la organización que poseía una mayor legitimidad antifranquista ante amplios sectores de la sociedad española. Precisamente por ello, su integración resultaba indispensable para dotar de credibilidad popular a una operación política dirigida desde las estructuras del régimen anterior. Sin la colaboración del PCE habría resultado mucho más difícil presentar como una conquista democrática lo que, en realidad, constituía una reforma pactada para impedir la ruptura.

El precio político de su legalización fue la aceptación de los pilares fundamentales del nuevo régimen: la Monarquía, la bandera rojigualda, la continuidad de los principales aparatos del Estado y la concepción centralista de la «unidad de España». La dirección encabezada por Santiago Carrillo asumió esas condiciones y puso el prestigio acumulado por el sacrificio e incluso la vida de miles de comunistas durante la lucha antifranquista al servicio de una operación genuinamente lampedusiana: cambiar las formas necesarias para que nada esencial cambiase.

Posteriormente, el PCE respaldó los Pactos de la Moncloa, que hicieron recaer sobre la clase trabajadora buena parte del coste de la crisis capitalista de los años setenta. La contención salarial y la desmovilización fueron presentadas como «contribuciones responsables a la estabilidad democrática», mientras se subordinaban las reivindicaciones obreras a las necesidades de recuperación de la economía capitalista.

El Partido pidió  asimismo el voto favorable a una Constitución que consagraba la Monarquía, protegía la propiedad privada de los medios de producción, preservaba la continuidad del aparato estatal y atribuía a las Fuerzas Armadas la misión de garantizar la «unidad de España». Cada una de estas concesiones fue justificada por su dirección como un «sacrificio necesario para consolidar la democracia».

Pero aquella supuesta prudencia táctica no tardó en revelar su auténtica naturaleza. No se trataba de retroceder momentáneamente para acumular fuerzas, sino de abandonar toda estrategia de ruptura y aceptar definitivamente los límites impuestos por el nuevo régimen. Las renuncias dejaron de ser tácticas cuando  fueron convertidas en el contenido mismo de la política del Partido.

La dirección del PCE contribuyó así a transformar la fuerza política más importante de la resistencia antifranquista en uno de los principales avales de la continuidad institucional del Estado. En nombre del realismo, renunció a modificar las relaciones de poder; en nombre de la democracia, aceptó una Monarquía heredada de la dictadura; y en nombre de la responsabilidad, ayudó a contener la movilización social que podía haber desbordado los límites cuidadosamente establecidos por las élites franquistas.

El resultado histórico fue inequívoco: el régimen obtuvo la legitimidad que necesitaba y el PCE perdió, en apenas unos pocos años, buena parte de la fuerza política y social que había conquistado durante décadas de lucha. Lo que su dirección presentó como la entrada del comunismo en las instituciones terminó siendo, en realidad, la integración del partido en un orden construido precisamente para impedir cualquier transformación socialista.

LA INTEGRACIÓN DEL PCE EN EL RÉGIMEN DEL 78 JUSTIFICADA DESDE LAS PÁGINAS DE MUNDO OBRERO 

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Célebre instantánea que recogió la buena sintonía entre Santiago Carrillo y el ex ministro franquista y cofundador de AP Manuel Fraga

Curiosamente, esta involución política puede seguirse con claridad desde las páginas de Mundo Obrero, órgano oficial del Partido Comunista de España. La lectura de sus editoriales, consignas y análisis publicados durante 1977 y 1978 nos permite reconstruir, casi semana a semana, el procedimiento mediante el cual la dirección eurocomunista del Partido fue justificando ante sus militantes cada una de las renuncias que conducirían a la plena integración del partido en lo que más tarde sería conocido como el Régimen del 78.

No se trató de un giro proclamado abiertamente ni ejecutado de una sola vez. Fue un desplazamiento progresivo, realizado mediante una cuidadosa modificación del lenguaje político. Cada concesión era presentada como un avance; cada retroceso, como una demostración de responsabilidad; y cada aceptación de los límites impuestos por las élites franquistas, como un paso necesario hacia una democracia futura que nunca terminaba de llegar.

DE LAS ELECCIONES DE 1977 A LA ACEPTACIÓN DE LA MONARQUÍA

Antes de las elecciones del 15 de junio de 1977, Mundo Obrero presentaba la convocatoria como una oportunidad para transformar las nuevas Cortes en una auténtica «Asamblea constituyente». Formalmente, todavía no se aceptaba como definitivo el marco político heredado. Las elecciones debían servir para abrir un proceso democrático y permitir que la ciudadanía decidiera libremente la forma y el contenido del nuevo Estado.

El número 21, del 30 de mayo de 1977,  del mismo periódico afirmaba que el PCE acudía a las urnas con la voluntad de convertirlas en «un paso hacia la democracia auténtica y libre para los pueblos de España». Su objetivo declarado consistía en lograr que el Congreso actuara como una Asamblea constituyente y redactara una Constitución que garantizase las libertades políticas y sindicales, los derechos individuales, la independencia judicial y la autonomía de las nacionalidades.

La fórmula electoral resumía aquella promesa con absoluta claridad: «Votar comunista, votar democracia».

Sin embargo, apenas unos días después, el número 22, del 1 de junio, reclamaba ya un «pacto constitucional» en el que participaran todas las fuerzas políticas, «desde la derecha civilizada hasta los comunistas». En aquella expresión podía advertirse la orientación que acabaría presidiendo toda la estrategia del PCE: la democracia no sería conquistada mediante el desmantelamiento de las estructuras franquistas, sino negociada con los sectores del propio régimen dispuestos a aceptar una reforma limitada.

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Juan Carlos I y Santiago Carrillo, en noviembre de 1982

Después de las elecciones, esta orientación se hizo aún más explícita. El número 24, del 16 de junio de Mundo Obrero, aparecía ya con el titular «Ahora hay que construirla». Los comicios eran presentados como el comienzo de la democracia y la Constitución como su instrumento fundamental. El periódico sostenía que la tarea prioritaria de las nuevas Cortes debía ser la redacción de una Constitución democrática y llegaba a considerar como solución ideal la formación de «un Gobierno de amplia concentración, desde el Centro hasta los comunistas».

En apenas dos semanas se había producido un desplazamiento revelador. Primero se reclamó la participación de la llamada «derecha civilizada». Inmediatamente después, el PCE se mostraba dispuesto a compartir con ella la responsabilidad de gobernar. Lo que inicialmente había sido presentado como un proceso constituyente impulsado desde abajo comenzaba ahora a convertirse en un acuerdo entre las direcciones de las principales fuerzas políticas.

LA RUPTURA QUE «DEJÓ DE SER NECESARIA»

Uno de los documentos más reveladores apareció en el número 26, del 29 de junio de 1977. En sus páginas, Mundo Obrero reconocía abiertamente que el tránsito político se estaba realizando mediante un acuerdo entre la oposición y una parte del antiguo régimen:

«De una dictadura hemos ido pasando a la democracia. Y lo hemos hecho por la vía de la reconciliación, del pacto para la libertad […] entre la oposición democrática y los sectores reformistas desprendidos del régimen anterior».

El periódico admitía que no se había producido una «ruptura radical» como la vivida en Portugal. Sin embargo, sostenía que se estaba desarrollando una ruptura distinta, «más dilatada en el tiempo», pero «no menos real». La importancia de esta formulación resulta difícil de exagerar.

La renuncia a la ruptura democrática dejaba de ser presentada como una concesión impuesta por una determinada correlación de fuerzas. Ya no se decía: no hemos podido desmantelar las estructuras franquistas y nos hemos visto obligados a retroceder. Se afirmaba, por el contrario, que aquel acuerdo con sectores del régimen constituía por sí mismo otra forma de ruptura, gradual pero igualmente efectiva.

El lenguaje permitía así invertir el significado de lo que estaba sucediendo. La continuidad del aparato estatal se convertía en una modalidad particular del cambio; la negociación con los herederos políticos del franquismo, en una vía hacia la democracia; y la renuncia a disputar el poder, en una estrategia supuestamente más inteligente para transformarlo.

La consecuencia lógica de esta orientación apareció pocos meses después. En el número 38, del 22 de septiembre de 1977, Mundo Obrero reprodujo favorablemente una propuesta de Santiago Carrillo para constituir un Gobierno de coalición presidido por Adolfo Suárez, en el que estuvieran representadas fuerzas «desde Alianza hasta el PCE». Sus principales tareas serían aprobar la Constitución, abordar el problema de las nacionalidades y alcanzar un acuerdo económico.

La propuesta resultaba extraordinariamente significativa. Alianza Popular había sido fundada por antiguos ministros de Franco; Adolfo Suárez había ocupado la Secretaría General del Movimiento; y Juan Carlos de Borbón había sido designado sucesor por el propio dictador. Pese a ello, la dirección del PCE ya no consideraba a estas fuerzas e instituciones como componentes del aparato político que debía ser desplazado, sino como interlocutores legítimos con los que construir el nuevo Estado.

No era únicamente una adaptación táctica a la existencia de esas instituciones. Se trataba de reconocerlas como protagonistas legítimas del propio proceso y de atribuirles, junto al  PCE, la responsabilidad de establecer los fundamentos del nuevo régimen.

LOS «PACTOS DE LA MONCLOA» Y LA SUBORDINACIÓN DE LOS TRABAJADORES

Esta orientación tuvo su correspondiente traducción económica. En febrero de 1978, el número 5 de Mundo Obrero calificaba la firma de los Pactos de la Moncloa como una «gran prueba de madurez» de los partidos de izquierda y de las centrales sindicales. Según el periódico, el acuerdo debía contribuir a la «recuperación económica y la consolidación democrática».

El PCE denunció posteriormente que el Gobierno aplicaba las medidas restrictivas del acuerdo mientras relegaba las reformas prometidas. Pero no cuestionó su lógica fundamental: contener las reivindicaciones salariales, moderar la conflictividad laboral y subordinar la movilización de la clase trabajadora a las necesidades de estabilización de la economía capitalista.

La crisis fue presentada como un problema general ante el que todas las clases sociales debían realizar sacrificios semejantes. De ese modo se ocultaba que trabajadores y empresarios no afrontaban la situación desde posiciones equivalentes ni poseían la misma responsabilidad en su origen. La defensa de los salarios y de las condiciones de vida comenzó a describirse como una amenaza para la recuperación económica y la estabilidad política, mientras la renuncia obrera era elevada a la categoría de virtud democrática.

El Partido que había organizado durante décadas a la clase trabajadora para defender sus propios intereses pasaba ahora a pedirle moderación en nombre del «interés general». Pero ese supuesto interés común no era neutral: exigía que los trabajadores aceptaran una pérdida de capacidad adquisitiva para facilitar la recuperación de la rentabilidad empresarial y garantizar la estabilidad del nuevo régimen.

LA REPÚBLICA SACRIFICADA EN NOMBRE DEL CONSENSO

Finalmente llegó la aceptación de la Monarquía. El número 6 de Mundo Obrero, publicado el 15 de febrero de 1978, informaba ya sin sonrojo de que el PCE, el PNV y la minoría catalana aceptaban la definición de España como «monarquía parlamentaria».

La República, defendida históricamente por los comunistas y vinculada a la memoria de centenares de miles de militantes asesinados, encarcelados, represaliados o forzados al exilio, desaparecía de la batalla constitucional. No era sometida al pronunciamiento de la ciudadanía ni defendida como una alternativa ante el nuevo régimen. Simplemente fue sacrificada para facilitar el consenso con las fuerzas que necesitaban legitimar la Corona instaurada por Franco.

En noviembre, ante el referéndum constitucional, Mundo Obrero reclamaba abiertamente el voto afirmativo. La Constitución era presentada en su número del 21 de noviembre como una suerte de gran pacto de convivencia, capaz de abrir un futuro de libertad y democracia mediante sus 169 artículos.

El desplazamiento político se había completado. De exigir unas Cortes verdaderamente constituyentes se había pasado a legitimar una Constitución elaborada bajo la presión de los poderes heredados, que convertía en definitiva la Monarquía procedente del franquismo. El pueblo no pudo elegir entre República y Monarquía: únicamente se le permitió aceptar o rechazar en bloque un texto en el que la Corona ya aparecía incorporada como un hecho consumado.

La dirección del PCE presentó ese desenlace como la culminación de la lucha democrática. Pero, en realidad, la Constitución no fue el resultado de una ruptura con el Estado franquista, sino el instrumento jurídico que permitió reorganizarlo y dotarlo de una nueva legitimidad parlamentaria.

LA ESENCIA DEL FRAUDE REFORMISTA

Quienes todavía defienden la actuación del PCE durante la llamada «Transición a la democracia» suelen recurrir a un argumento aparentemente incontestable: en España no existían las condiciones necesarias para imponer una ruptura democrática. Cualquier alternativa diferente, aseguran, habría sido una expresión de «idealismo», «aventurerismo» o «infantilismo de izquierdas».

Esta justificación incurre en una primera falsificación: presenta la Transición como si se hubiera desarrollado en un terreno neutral, determinado exclusivamente por la correlación espontánea de las fuerzas políticas españolas. Sin embargo, la documentación desclasificada nos permite saber hoy que aquel proceso estuvo condicionado desde el exterior y que determinadas fuerzas, dirigentes y equipos habían sido seleccionados, financiados, promovidos o cooptados para encauzar la crisis de la dictadura hacia una salida pactada.

Joan E. Garcés describió ese posfranquismo como un proceso protagonizado por «equipos cooptados con criterio empresarial, algunos de ellos amparados por siglas históricas, que aparecieron ante una ciudadanía privada durante cuarenta años de organizaciones y derechos políticos».

En ese marco, la orientación eurocomunista de la dirección del PCE no fue un elemento secundario. Facilitó su incorporación a una operación dirigida a modernizar las formas políticas del Estado sin alterar los principales fundamentos sociales y económicos heredados de la dictadura.

La apelación a las «condiciones adversas», a la «correlación de fuerzas» y al omnipresente «ruido de sables» ha servido desde entonces para justificar retrospectivamente cada una de las concesiones realizadas. Según este relato, cualquier política diferente habría provocado una intervención militar y destruido las libertades que acababan de conquistarse.

Es indudable que existía un poderoso núcleo inmovilista —el llamado búnker—, que los aparatos militares y policiales permanecían prácticamente intactos y que buena parte de la oficialidad continuaba identificándose con el franquismo. La violencia de la extrema derecha, la represión policial y las conspiraciones militares tampoco fueron invenciones destinadas a justificar retrospectivamente una determinada interpretación de los hechos. Constituían amenazas reales.

Pero reconocer la existencia de esas amenazas no obliga a aceptar el uso político que se hizo de ellas. Quienes dirigían la Transición desde el aparato del Estado no podían permitirse fácilmente un simple regreso a la dictadura. Su objetivo consistía en proporcionar una nueva legitimidad al orden social heredado, homologar urgentemente a España como una democracia parlamentaria occidental, facilitar su incorporación a la Comunidad Económica Europea y asegurar su integración definitiva en las estructuras estratégicas del bloque occidental. Una restauración abierta del fascismo habría comprometido todos esos objetivos.

El miedo al golpe actuó, por tanto, como una poderosa herramienta disciplinaria. Permitió limitar las aspiraciones populares, desactivar las movilizaciones y presentar cualquier exigencia de ruptura como una irresponsabilidad capaz de provocar el retorno de los militares. La amenaza existía, pero también fue utilizada para estrechar artificialmente el campo de lo posible.

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Del eurocomunismo de ayer a sus hijos posmodernos. Pablo Iglesias con Santiago Carrillo

UNA CONCESIÓN TÁCTICA NO PUEDE CONVERTIRSE EN PRINCIPIO

Incluso admitiendo que la correlación de fuerzas hubiera impuesto un repliegue táctico, este nunca habría justificado el abandono de los principios políticos fundamentales de una organización que se proclamaba comunista.

Un partido revolucionario puede verse obligado a retroceder, negociar, realizar concesiones, suscribir compromisos provisionales o intervenir en instituciones creadas por la clase dominante. La política revolucionaria no consiste en ignorar las relaciones de fuerzas ni en repetir consignas al margen de las condiciones concretas. Pero la primera obligación de una organización que pretenda transformar la sociedad es llamar a las cosas por su nombre, conservar su independencia de clase y no presentar una derrota circunstancial como si fuera una victoria estratégica.

La dirección del  PCE hizo exactamente lo contrario. Reconoció que no se había producido una «ruptura radical», pero afirmó que se estaba desarrollando otra ruptura, «más dilatada en el tiempo» y «no menos real». De esta manera, la renuncia dejaba de ser reconocida como tal. El retroceso se convertía retóricamente en avance; el pacto con los reformistas del franquismo, en una forma superior de ruptura; y la integración en las instituciones heredadas, en el comienzo de su supuesta transformación.

La cuestión decisiva no era, por tanto, si el PCE debía o no concurrir a las elecciones, negociar acuerdos concretos o aceptar determinados compromisos impuestos por una correlación de fuerzas desfavorable. El problema residía en que cada una de aquellas concesiones fue presentada como parte de una estrategia que conduciría gradualmente al socialismo, cuando en realidad estaba integrando al partido en la gestión política del capitalismo español. Ahí se encontraba el fraude esencial del eurocomunismo.

CUANDO LOS MEDIOS SE CONVIRTIERON EN EL ÚNICO FIN

El fraude ideológico no consistió en defender unas libertades políticas que, aunque limitadas, representaban una conquista frente a la dictadura. Tampoco en presentarse a las elecciones ni en reconocer que una ofensiva socialista inmediata podía encontrarse fuera del alcance de la clase trabajadora. Consistió en presentar una política de adaptación al capitalismo como una estrategia destinada a superarlo.

Lo que podía explicarse como un repliegue táctico se volvió falso cuando fue elevado a la categoría de vía gradual hacia el socialismo. Desde ese momento, la actuación dentro de las instituciones pasó a ocuparlo todo, mientras la transformación social era desplazada hacia un horizonte cada vez más lejano, impreciso e inalcanzable.

La obtención de diputados, la negociación parlamentaria, el reconocimiento institucional, la participación en los consensos del Estado y la carrera profesional de los dirigentes se convirtieron progresivamente en los objetivos reales de la organización. El socialismo sobrevivió durante algún tiempo en los estatutos, en los discursos ceremoniales y en la memoria de la militancia, pero dejó de determinar la práctica política cotidiana del PCE.

Poco quedaba ya, al final de aquel proceso, de la organización heroica por la que tantos militantes habían arriesgado la libertad y la vida durante el franquismo. La fuerza que había encarnado para miles de trabajadores y trabajadoras la posibilidad de conquistar una sociedad radicalmente distinta terminó desempeñando un papel imprescindible en la legitimación del régimen que clausuraba esa posibilidad.

Esta lógica no desapareció con la Transición. Ha continuado reproduciéndose, bajo diferentes siglas y con lenguajes adaptados a cada época, en buena parte de la izquierda institucional surgida de aquella tradición. El PCE, Izquierda Unida y, posteriormente, espacios como Unidas Podemos o Sumar han seguido justificando su subordinación a los límites del Estado y de la economía capitalista mediante un argumento semejante: participar en la administración de lo existente sería la única manera realista de transformarlo.

Sin embargo, la experiencia demuestra una y otra vez el resultado de esa estrategia. Las instituciones no son conquistadas por quienes abandonan su proyecto para incorporarse a ellas. Son esas fuerzas las que terminan siendo absorbidas, disciplinadas y transformadas por la lógica institucional. Lo que comienza como una presencia presuntamente destinada a cambiar el poder concluye con una participación subordinada en su ejercicio.

La tragedia histórica del PCE no consistió simplemente en haber perdido votos, militantes o influencia sindical. Consistió en haber utilizado el inmenso prestigio conquistado por generaciones de comunistas para legitimar un orden político que preservaba la monarquía, la estructura económica capitalista y los principales aparatos del Estado heredado.

En nombre del realismo se renunció a transformar la realidad; en nombre de la táctica se abandonó la estrategia; y en nombre del socialismo se terminó aceptando como único horizonte posible la administración del sistema capitalista. Cincuenta años después, aquella renuncia continúa marcando el rumbo de unas organizaciones que, bajo estos parámetros, tienen muy poco que ofrecer a las clases trabajadoras del Estado español.

 

Referencias y fuentes bibliográficas

Mundo Obrero. Órgano del Comité Central del Partido Comunista de España, Madrid:

  • Año XLVII, núm. 21, 30 de mayo de 1977.
  • Año XLVII, núm. 22, 1 de junio de 1977.
  • Año XLVII, núm. 24, 16 de junio de 1977.
  • Año XLVII, núm. 26, 29 de junio de 1977.
  • Año XLVII, núm. 38, 22 de septiembre de 1977.
  • Núm. 5, febrero de 1978.
  • Núm. 6, 15 de febrero de 1978.
  • Núm. 1, 21 de noviembre de 1978.
  • Azcárate, Manuel: «El eurocomunismo: una realidad, una esperanza», Mundo Obrero, año XLVII, núm. 10, 10 de marzo de 1977, pp. 6-7.
  • Sacristán Luzón, Manuel: «A propósito del “eurocomunismo”», Materiales. Crítica de la cultura, núm. 6, 1977, pp. 5-14.
  • Mandel, Ernest: Crítica del eurocomunismo. Traducción de Emilio Olcina Aya. Barcelona, Editorial Fontamara, 1978, 1.ª edición castellana.
  • Garcés, Joan E.: Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles. Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1996.
  • Powell, Charles: «Henry Kissinger y España, de la dictadura a la democracia, 1969-1977», Historia y Política, núm. 17, enero-junio de 2007, pp. 223-251. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.