sábado, 18 de abril de 2026

Imperio sin industria, imperio de papel


 Por Juan Torres López | 09/04/2026 | Economía

Estados Unidos puede ganar las batallas, pero no la guerra de Irán

Fuentes: Ganas de escribir

Lo que está ocurriendo con Estados Unidos en Irán es quizá el mejor ejemplo de cómo esa gran potencia ha construido su enorme poder sobre bases que no permiten sostenerlo indefinidamente y en cualquier condición. Sigue siendo capaz de destruir con una eficacia extraordinaria, pero no está claro que pueda mantener esa capacidad durante el tiempo necesario para ganar la guerra.

Como ha hecho en ocasiones anteriores con otras naciones, el ejército estadounidense es capaz de castigar ahora a Irán con extraordinaria eficacia. Da golpes muy dolorosos a su infraestructura, a sus fuerzas armadas y a su población, y siembra el caos y la destrucción en su territorio y economía. Pero Estados Unidos flaquea y será prácticamente imposible que pueda ganar la guerra cuando se ha encontrado con una resistencia derivada de nuevas formas de hacerla que obligan a mantener los golpes y ofensivas durante mucho tiempo.

Su enorme superioridad militar le permite entrar en la guerra y castigar duramente, pero no le garantiza salir de ella en condiciones de victoria por una razón bastante sencilla: desde hace décadas, Estados Unidos ha ido debilitando progresivamente su base industrial en sectores clave para proporcionarle producción armamentística y autonomía suficientes para enfrentamientos bélicos prolongados.

Una economía financiarizada

Al finalizar la segunda guerra mundial, Estados Unidos, cuya población representa­ba el 6% de la población del planeta, tenía un PIB equivalente al 50% mundial, casi el 60% de la producción industrial de todo el mundo y el 80 por cien de todas las reservas de oro existen­tes. Hoy día, esas proporciones son del 25%, el 17% y el 25%, respectivamente.

El giro que lo cambió todo se produjo en el último cuarto del siglo pasado, con la globalización.

Estados Unidos favoreció que sus grandes empresas industriales se desplazaran a los países con mano de obra más barata para obtener mayores beneficios que luego volvían para alimentar su sector financiero. Dejó de ser el gran taller del mundo para convertirse en el centro de mando y de la especulación financiera global. La industria manufacturera pasó de representar el 25% del PIB en 1950 al 9,5 % en 2025. Y en ese mismo periodo las finanzas pasaron del 2,5% al 8% (o del 7% al 22,5% si se le suman los seguros y alquileres).

Durante décadas, la operación funcionó. Estados Unidos podía endeudarse sin descanso para comprar bienes —muchos de ellos estratégicos— porque el dólar seguía siendo la moneda de referencia global. La afluencia de beneficios financieros compensaba su déficit comercial.

Esa acumulación de poder financiero permitió consolidar un poder militar global sin precedentes. Con una moneda de reserva mundial y capacidad casi ilimitada de endeudamiento, Estados Unidos sostuvo un ejército desplegado en cientos de bases y afrontó guerras extremadamente costosas, como la de Irak, sin comprometer su estabilidad a corto plazo.

Las limitaciones de un imperio sin industria

Con el paso del tiempo, sin embargo, esa situación ha ido mostrando una gran fragilidad en todos los terrenos y particularmente en el militar.

China aprovechó la globalización para desarrollar una base industrial mucho más sólida, mientras que las sucesivas intervenciones militares estadounidenses contribuyeron a que otros países buscaran alternativas al dólar. Al mismo tiempo, los beneficios financieros se concentraban en Wall Street y se orientaban a la especulación, deteriorando progresivamente la infraestructura material de la economía estadounidense.

La economía financiarizada de Estados Unidos se fue convirtiendo en una de papel, frente a las de otros países y fundamentalmente la de China que habían optado por consolidar a la industria como su principal motor y sostén. Y algo parecido le comenzó a ocurrir a su capacidad militar.

Estados Unidos mantiene un despliegue global con cientos de bases, pero dedica la mayor parte de su presupuesto a sostener esa estructura: entre un 30% y un 40% se destina a personal, otro 20–30% a operaciones y mantenimiento, y solo en torno a un 15–20% a la adquisición de nuevos sistemas.

Este modelo comienza a mostrar sus límites cuando las guerras dejan de decidirse por la superioridad inicial y pasan a depender de la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo.

En conflictos recientes, Estados Unidos ha tenido que emplear grandes cantidades de munición de alta precisión en periodos muy cortos de tiempo (más de 800 misiles Tomahawk en poco más de un mes de guerra en Irán). Diversos informes del propio Departamento de Defensa y análisis de centros independientes advierten de que la capacidad de producción actual es limitada y que la reposición de estos sistemas puede llevar años. Cada vez tiene más dificultad para sostener ritmos de consumo propios de una guerra prolongada.

La fabricación de los nuevos sistemas de defensa y ataque requiere cadenas de suministro complejas: componentes electrónicos, sistemas de guiado y materiales avanzados que no se producen en masa. Son caros, sofisticados y lentos de fabricar y, sobre todo, dependen de un ecosistema productivo global y no autónomo en Estados Unidos.

Durante décadas, la ventaja estadounidense consistió en poder producir más que nadie. Hoy mantiene la capacidad de destruir más que ningún otro país, pero tiene crecientes dificultades para reponer al mismo ritmo esa capacidad. Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo, pero depende de una base industrial que ya no controla plenamente.

Su industria militar está diseñada para conflictos cortos y tecnológicamente dominados, no para guerras largas de desgaste donde lo decisivo es la capacidad de producción sostenida.

El propio Departamento de Defensa ha advertido de vulnerabilidades en áreas críticas como la microelectrónica, los materiales estratégicos o los componentes industriales. Incluso se han detectado dependencias inesperadas en la cadena de suministro de sistemas avanzados o en las infraestructuras de las bases y donde se producen las municiones.

Ya no basta con tener dinero para ganar guerras si no se puede transformar rápidamente en producción, porque el dinero no fabrica misiles si no existe la capacidad industrial para hacerlo.

Como han advertido diversos informes del propio sistema de defensa estadounidense, el problema no es únicamente el consumo de munición, sino la capacidad de reposición. La base industrial de defensa “no está adecuadamente preparada para el entorno actual” y, en escenarios de alta intensidad, Estados Unidos podría quedarse sin determinados sistemas en cuestión de días. Reponerlos no es inmediato: puede llevar años, e incluso más de ocho en algunos casos, mientras que la producción de ciertos misiles requiere hasta dos años. La cuestión, por tanto, no es si puede destruir más que nadie, sino si puede sostener ese ritmo de destrucción en el tiempo. Como señalaba recientemente la analista Mackenzie Eaglen, del conservador American Enterprise Institute, «guerra tras guerra, Estados Unidos sigue quedándose sin municiones».

Y a esta enorme limitación se une otra no menos limitante para Estados Unidos. La guerra moderna introduce una enorme asimetría de costes, como también se está comprobando en Irán: hay que utilizar sistemas de defensa muy caros para neutralizar amenazas mucho más baratas. Los drones de bajo coste obligan a utilizar interceptores que multiplican varias veces su precio y eso hace que la superioridad tecnológica deje de ser una ventaja cuando no se puede sostener.

Dicho todo esto de otro modo más simple: Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso, eficaz y con mayor capacidad de dar un golpe letal, pero siempre que la guerra no se alargue demasiado.

Irán y la estrategia del desgaste

Irán ha comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema global

No es, ni de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total (totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados Unidos e Israel la ganen.

La gran potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el poder militar de Estados Unidos.

Durante décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.

Al final, como casi siempre, la cuestión no es quién golpea más fuerte, sino quién puede seguir haciéndolo cuando las facturas empiezan a llegar. En este caso, en forma de una capacidad de producción de la que Estados Unidos carece en estos momentos.

P.S. Después de haber entregado este artículo para publicar, se informa del ultimatum de Trump a Irán: si no abre el estrecho,  destrozará la civilización, dice. Afirma que bombardeará instalaciones civiles, fuentes de energía… cualquier cosa que se le ponga por delante. No le preocupa reconocer que se va a convertir (si no lo era ya) en un criminal de guerra. No creo que esto invalide la tesis de mi artículo. Más bien lo contrario. Estados Unidos debe tratar de ganar dando golpes cada vez más letales y rápidos, precisamente por lo que acabo de señalar. Quizá me haya equivocado con el título y debería haber dicho Imperio sin industria, imperio brutal.

Publicado en ctxt.es el 7 de abril de 2026

Fuente: https://juantorreslopez.com/imperio-sin-industria-imperio-de-papel-estados-unidos-puede-ganar-las-batallas-pero-no-la-guerra-de-iran/

El Lince: Cien semillas de rubí


Abril 7/2026

En el día 38 de la agresión a Irán por parte de EEUU y del IV Reich sionista, antes conocido como Israel, y a las puertas de la enésima amenaza del iletrado e ignorante Trump, y sus payasos, de «devolver a este país a la Edad Media, a donde pertenece» llega el tiempo de dar la voz a los iraníes. A una iraní, en concreto. Se llama Gulbahar Ahmadi y habla sobre la agresión de los bárbaros. Cuando lo leáis entenderéis el por qué. Por cierto, Gulbahar significa «flor de primavera».


«Los escaparates se hacen añicos, las paredes se agrietan, los estantes se derrumban. Con ellos, miles de libros caen al suelo, muchos destrozados, como otras muchas casas de la ciudad, como muchos otros lugares. Pero hay cosas que permanecen firmes y no sucumben a la destrucción: la cultura, el deseo de leer, de recodar, de amar la vida. Los estadounidenses y los sionistas no saben lo que es nada de eso.

En Teherán hay un lugar que se llama Shahr-e Ketab, la ciudad del libro en farsi, y que fue bombardeado el 20 de marzo. Se colocaron unas frías placas de metal para simular paredes, ventanas. Y el 22 de marzo volvió a abrir. Fue la gente, los amigos, los artistas a quienes  Shahr-e Ketab había dado cobijo a lo largo de los años quienes se pusieron manos a la obra para que esas frías placas de metal se convirtieran en un muro de esperanza, donde se cuentan historias de dolor, sí, pero también de resistencia.

Todo lo que allí se pintó lleva un título que es mucho más que un simple mural: es el símbolo de la determinación iraní, de la determinación humana. El título es Sad Dāneh Yāghūt («Cien semillas de rubí») y lo arropan una mochila, tulipanes y alas. Sensación de movimiento y vuelo. Un recordatorio de los nombres que ahora figuran en el registro de las presencias celestiales: las niñas y las maestras de la escuela Minab, asesinadas en el ataque con misiles israelí-estadounidenses. 168 estudiantes y maestras, cada una de las cuales podría haber iluminado el futuro de esta tierra.

Sé que leéis esto desde el extranjero. Quiero creer que es así, que lo estás leyendo. «Cien semillas de rubí», en Irán, es el primer verso de una conocida canción infantil, aprendida y recitada en escuelas y hogares durante generaciones. Habla de la granada, de esa fruta redonda y modesta que se sostiene en la mano, y de las numerosas semillas de color rojo oscuro, densamente agrupadas en su interior, comparadas con rubíes colocados uno al lado del otro.

Esta poesía pertenece a los sonidos de la infancia, a las primeras lecturas, a las tardes en casa. Un mundo de asombro sencillo y otro sereno, una sensación de paz y una mano que guía a la naturaleza. La imagen de las semillas de granada, muchas, juntas, apiñadas, trae consigo la sensación de pertenencia, de vida compartida y de un futuro claramente definido, contenido en algo pequeño.

También es el símbolo de una infancia que tiene el derecho a jugar, a estudiar, a crecer, pero que en cambio se topó con una fuerza bruta de misiles y de fuego. Tal vez estas palabras deberían haber estado escritas en un cuaderno de tareas, pero no en una escuela. Esa mochila que acompaña el título estaba hecha para guardar lápices y papel, no para ser el recuerdo de la última mañana que se usó.

La cultura no es sihsheh (cristal) que se rompe al primer golpe. La cultura es risheh (raíz) que fluye a través de los libros, de las palabras, de la poesía, de la memoria colectiva. Nada de eso es conocido en Estados Unidos. Por eso todo el mundo acudió a Shahr-e Ketab. Hirieron al local, a nuestro local, a nuestro hogar. Cuando aparecen las grietas en las paredes, pintamos siguiendo esas grietas. Cuando las ventanas se rompen, las historias encuentran su camino a través de ellas.

Las «Cien semillas de rubí» es algo más que un homenaje a las niñas y niños, y a sus maestras, inocentes de la escuela Minab. Es algo que va mucho más allá. Nos invita a leer libros en su memoria, a contar historias en su nombre, a amar la escuela con una ternura más profunda y, con cada página que pasamos, a mantener vivo el nombre de una de esas «semillas de rubí».

Las placas metálicas de Shahr-e Ketab trazan un camino desde el dolor hasta la esperanza. Dicen que se puede destruir una parte del local, pero que eso no va a detener la  lectura, la cultura. Se puede bombardear una escuela, una librería, pero el sueño de aprender no se puede arrancar del corazón de un niño, de un adulto, de un pueblo con una cultura milenaria como el iraní, como el persa.


Me gustaría que tú, extranjero, veas este texto como un pequeño homenaje a mi librería, Shahr-e Ketab, y a las niñas de Minab, y que seas consciente que con ellas una antigua y tenaz creencia resurge una vez más: la cultura perdura, los libros perduran. Y un pueblo que sabe llorar, recordar y levantarse no será derrotado».

Este maravilloso texto debe acompañarse con una muestra de la barbarie de la «civilización occidental», representada en este caso por EEUU y el IVRS. Porque lo que cuenta Gulbahar Ahmadi no es más que una verdad incuestionable: Irán está siendo atacado por bárbaros. Porque EEUU y el IVRS están destruyendo monumentos culturales de renombre mundial, no solo una librería de barrio. La antigua Persia, la milenaria Persia, esta siendo bombardeada por bárbaros. Esto que sigue lo ha publicado un antropólogo ruso que ha estado trabajando en Irán, Andrei Mantchouk.

«El Golestán, el Palacio de las Rosas, fue construido en el siglo XVI en Teherán y ha sido residencia de numerosos Sha, incluido el último, Palevi. Es un palacio suntuosamente decorado con mármol, marfil, cristal. Sus azulejos representan escenas de la epopeya de Shahanameh, la caza del tigre turanio (ya extinguido), aventuras de hadas y de genios. 

Es, o era, un lugar habitual para las excursiones escolares, para aprender algo de historia. De su historia. Ahora está destrozado en parte junto a otros edificios históricos de Teherán, mezquitas, iglesias, lugares de culto zoroástrico e, incluso, una sinagoga. Ni EEUU ni Israel han dicho nada sobre la destrucción parcial de lo que está considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 


También los misiles cayeron cerca de otro monumento emblemático en Isfahán, en Chetel Sotoun, el «Palacio de las Cuarenta Columnas». Sus bóvedas descansan sobre veinte columnas talladas en enormes troncos de cedro. Estas se reflejan en la superficie lisa del estanque, del cual toma su nombre esta residencia de los shahs. La propaganda occidental presenta a Irán bajo una luz oscura, como un reino siniestro de barbarie clerical. Sin embargo, las paredes de Chehel Sotoun aún albergan frescos brillantes, sin igual en todo Oriente Próximo y Lejano: mujeres bailando semidesnudas, escenas de citas románticas y banquetes reales donde el vino cantado por Hafez (poeta iraní del siglo XIV) fluye libremente: «De nuevo los tiempos están fuera del alcance; y de nuevo por el vino y la lánguida mirada del amado desfallezco».

No hay ninguna censura en estas obras maestras de valor cultural impereceredero. Estos frescos se conservaron cuidadosamente durante 400 años, pero los ataques aéreos de los bárbaros estadounidenses y los sionistas han destruido los elementos de madera y los ornamentos decorativos; la pintura central de Chehel Sotoun, que representa la batalla de Karnal, donde los persas aplastaron al ejército de los grandes mogoles, ha resultado dañada.

Occidente, armado con misiles, está desatando una auténtica barbarie contra Irán. Los ataques contra monumentos históricos no son en absoluto accidentales; bien podrían ser deliberados, incluso una demostración de fuerza. Ya en 2020, durante su primer mandato presidencial, Donald Trump prometió bombardear selectivamente estos lugares para quebrar la moral del pueblo iraní y aniquilar su voluntad de resistencia. “Ya hemos identificado cincuenta y dos objetivos en Irán… Algunos de ellos son muy importantes para Irán y la cultura iraní. Y estos objetivos serán atacados rápidamente”, escribió en las redes sociales.

No es una muestra de ignorancia propia de los estadonidensees, es una burla de los valores culturales de otros pueblos. Ya lo hizo EEUU en Irak, con el apoyo de sus vasallos europeos. Las colecciones de museos y los yacimientos arqueológicos de Mesopotamia fueron saqueados en beneficio de coleccionistas extranjeros. Todavía hoy, 23 años después de la agresión e invasión neocolonial de Irak, se están devolviendo con cuentagotas algunos de estos tesoros saqueados.»

Los iraníes, las iraníes como Gulbahar, son conscientes de lo que les espera con el pretexto de la «liberación», esa tan prometida al principio y que ahora solo les va a llegar cuando retrocedan a la Edad de Piedra. Golestán Chehel Sotoun fueron construidos antes de la fundación de Estados Unidos. Estos monumentos han sobrevivido a numerosas convulsiones; sus muros han sido testigos de gobernantes arrogantes que hace tiempo desaparecieron en la noche de los tiempos, como les sucederá a Trump y a sus payasos. Pero mientras que esto está claro, no lo está que el patrimonio cultural de Irán sobrevivirá a la invasión de los bárbaros modernos.

EEUU y el IVRS están perdiendo esta guerra. Ambos están en una situación desesperada, de ahí el lenguaje cada vez más desquiciado de Trump porque ya no tiene margen de maniobra alguno. Solo en lo que va de abril, Trump ha dejado constancia de su colapso mental (es un decir, el que tenga algún atisbo de mentalidad racional) que nadie puede o quiere disuadir, limitar o controlar.

El Lince

Fuente: El Lince 

¡Basta de vigilancia política y listas negras! ¡Liberen y restituyan al Dr. Brar ahora!

                                                                                                                                                                                                                           
Los comunistas                          

Partido Comunista de Gran Bretaña (marxista-leninista)

Jueves 9 de abril de 2026

Una vez más, el Estado británico está utilizando la ley para crear una narrativa propagandística que difama a los opositores de sus guerras criminales tildándolos de "terroristas" y "racistas".

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La mañana del jueves 9 de abril, la policía volvió a presentarse en el domicilio del Dr. Ranjeet Brar , secretario general del Partido Comunista de Gran Bretaña (Marxista-Leninista), para arrestarlo por pronunciar un discurso político frente a la embajada de Estados Unidos (véase el vídeo anterior), bajo la acusación de "antisemitismo". La policía no solo lo arrestó, sino que también dispuso su suspensión de su trabajo como cirujano del Servicio Nacional de Salud (NHS) durante al menos dos semanas, sin duda con la intención de prolongar dicha suspensión y, en última instancia, privarlo de su empleo.

El discurso del Dr. Brar del sábado denunció la guerra imperialista contra Irán, el genocidio imperialista-sionista contra el pueblo palestino y las guerras imperialistas en general para la explotación y opresión de pueblos en todo el mundo. No contenía ni una pizca de antisemitismo y, de hecho, se centró en cómo los británicos (y otros imperialistas) utilizan el racismo y la división para mantener a la clase trabajadora enfrentada entre sí en lugar de unirse contra su enemigo de clase, la burguesía.

El sionismo en sí mismo es una ideología racista , utilizada para convencer al pueblo judío de que les convendría más servir como carne de cañón para los imperialistas y deshumanizarse cometiendo atrocidades. En este sentido, el sionismo no se diferencia del nazismo de la "sangre y la tierra", ni de la ideología imperialista en general, que se esfuerza constantemente por enfrentar a las personas entre sí para mantener el dominio de una minoría de monopolistas y financieros multimillonarios.

El gobierno británico está facilitando el paso de aviones de guerra estadounidenses para bombardear escuelas, hospitales e infraestructuras en Irán, y enviando aviones de combate a Oriente Medio para proteger a los estados agresores, mientras que el presidente estadounidense Donald Trump publica en las redes sociales mensajes que retratan la ambición imperialista más desquiciada, desenfrenada y genocida.

El primer ministro británico, Sir Kier Starmer, ha apoyado y participado en innumerables crímenes de guerra sionistas e imperialistas, y el gobierno laborista ha intensificado la represión interna, al igual que todos los gobiernos anteriores, ya fueran conservadores, liberaldemócratas o laboristas. La guerra, el genocidio y la represión no son casos aislados, sino la norma para Gran Bretaña, Estados Unidos y el imperialismo occidental.

Esto es lo que el camarada Ranjeet denunciaba en su discurso, junto con la complicidad del movimiento "antibélico" liderado por el Partido Laborista y la aristocracia sindical también liderada por el Partido Laborista en estos crímenes. Al vincular el movimiento popular antibélico y los sectores organizados de la clase trabajadora con el mismo partido que actualmente, y a lo largo de su historia, ha llevado a cabo estas guerras de agresión imperialistas, los autoproclamados "líderes" del movimiento obrero conducen a las masas británicas de vuelta a los brazos de sus enemigos de clase, alejándolas de cualquier acción realmente útil que pudiera detener una guerra o interponerse en el camino de la obtención de beneficios capitalistas.

Este último acoso legal contra nuestro compañero se suma a las detenciones previas del Dr. Brar y otros miembros del CPGB-ML en los últimos años, bajo acusaciones igualmente infundadas de «racismo» e incluso «terrorismo»; en realidad, debido a la constante oposición de nuestro partido al sionismo, el racismo y el imperialismo. Finalmente, no se presentaron cargos en esos casos anteriores, pero los compañeros sufrieron allanamientos en sus domicilios, la incautación de sus dispositivos electrónicos y la imposición de severas restricciones a su libertad de movimiento y expresión política.

Estos fueron solo algunos de los muchos arrestos de los millones de personas que salieron a protestar contra el genocidio sionista-imperialista de los palestinos desde octubre de 2023; arrestos diseñados para generar titulares que difamaran al movimiento palestino tildándolo de "antisemita" y "partidario del terrorismo", y crear un efecto disuasorio que ahuyentara a la gente de unirse al movimiento contra el genocidio.

Esta vigilancia política es la culminación de décadas de legislación represiva y antiobrera que ahora se utiliza para perseguir a cualquiera que denuncie u oponga al imperialismo británico y sus aliados. Periodistas británicos han sido interrogados en la frontera en virtud de leyes antiterroristas, la policía ha recibido poderes excesivos para impedir manifestaciones públicas y los sindicatos se ven restringidos por una multitud de leyes onerosas que les impiden ejercer su derecho a la huelga.

A pesar de no haber podido convertir en ley la " definición de antisemitismo " de la IHRA (que, de por sí, equipara de forma antisemita a todos los judíos con el Estado de Israel), la clase dirigente ha impulsado su adopción por parte de instituciones estatales como el Servicio Nacional de Salud (NHS), las escuelas, los ayuntamientos y los principales partidos políticos británicos, convirtiéndola de facto en ley, lo que significa que quienes critiquen públicamente a Israel pueden ser suspendidos o despedidos.

No es exagerado afirmar que estos son pasos concretos hacia el fascismo. El Dr. Brar será liberado, y si la policía decide procesarlo, es probable que gane en los tribunales, a menos que el Estado logre establecer un proceso que no involucre un jurado . Pero él y muchos otros que denuncian el genocidio en Palestina, y todas las demás guerras imperialistas genocidas de conquista y control, seguirán enfrentando una creciente presión en sus vidas personales y profesionales, por el delito de expresar opiniones políticas que favorecen a la clase trabajadora pero se oponen a los intereses de la clase dominante.

Y si no se detiene ahora, la clase dirigente tiene claramente la intención de crear mecanismos mediante los cuales esas personas puedan ser procesadas y encarceladas con éxito.

La clase trabajadora británica debe aprender, y rápido, quiénes son sus enemigos y quiénes sus amigos. Debemos desechar el chovinismo que la clase dominante intenta imponernos en nombre de la «cultura británica». La clase capitalista británica, que comete crímenes de lesa humanidad al explotar y subyugar a los trabajadores en Gran Bretaña y en el extranjero, no tiene nada en común con el trabajador británico promedio. Los archivos de Epstein lo dejaron meridianamente claro.

Los trabajadores británicos no tienen nada que perder y sí mucho que ganar si reconocen esta verdad fundamental y acogen como aliados a todos aquellos que luchan en primera línea contra nuestro enemigo de clase común.

Exigimos la liberación inmediata del Dr. Ranjeet Brar y el retiro de todos los cargos falsos en su contra. El antisionismo no es racismo. El apoyo a Irán no es terrorismo. Deben defenderse los derechos de los trabajadores a la libertad de expresión y de organización política.

¡Victoria para Irán! ¡Victoria para la humanidad! ¡Muerte al imperialismo!

viernes, 17 de abril de 2026

Mi nuevo despertar a la política


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En el año 2010 escribí un artículo que titulé “Dejando de escribir sobre política”. Desde 1978, año en que España transitó de la dictadura a otra forma de organización política, no hubo tregua frente a una corrupción generalizada, revestida de una u otra apariencia. Y acabé sin esperanza, quizá desesperado.

Quienes habían intervenido en los engranajes del régimen franquista —funcionarios, jueces, empresarios, estructuras como la Falange— pasaron a protagonizar también el nuevo orden. Fueron ellos, en gran medida, quienes pilotaron el paso de un sistema a otro tras la muerte del dictador. Nos prometimos entonces una vida luminosa. Pero lo que no se quiso ver es que el poder no cambia simplemente de manos: se reconfigura.

Como advirtió Michel Foucault, el poder no es una cosa que se posea, sino una red de relaciones que atraviesa la sociedad, que se infiltra en las instituciones, en los discursos, en las prácticas cotidianas. Pensar que bastaba con una Constitución para mutar una estructura de poder profundamente arraigada fue, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, una ficción útil.

Quienes redactaban las nuevas normas y quienes debían impartir justicia no podían acostarse franquistas y levantarse demócratas. Su inercia mental, moral y estructural persistió. Y de esa persistencia nació una corrupción no coyuntural, sino sistémica: una forma de apropiación de lo público de las élites inscrita en la opacidad de los mecanismos de control.

La famosa frase —“he venido a la política para forrarme” de un político de la derecha oficial— no fue una anomalía, sino un descuido de quien pensó que iba a ser secreto. Decía en voz alta lo que el sistema y la izquierda oficial permitían en voz baja.

Pero el problema no se agotaba en un sector de la sociedad. La izquierda, ya socialdemócrata, tampoco sostenía con firmeza sus postulados y principios. Su pasividad, su tendencia a mirar a otra parte, a ponerse de perfil, contribuyó a normalizar ese orden. Los medios de comunicación, por su parte silenciaban lo escandaloso y amplificaban lo irrelevante. De ese modo producían realidad más que la describían.

Así transcurrieron tres décadas de una normalidad anormal.

Han pasado 48 años desde aquella Transición tramposa. Y casi de repente, salgo del letargo en el que me sumió aquel panorama que empezó en 1978 y terminó en 2010. Despierto ante un gesto que, por contraste, revela algo inesperado: la negativa de un presidente del Gobierno a convertirse en cómplice de quien encarna, desde el poder,  la lógica de dominación que desborda los marcos democráticos y se aproxima a formas de ejercicio del poder despótico y sin límites que creíamos superadas.

Ese gesto, más que un acto aislado, pone en evidencia la tensión entre dos racionalidades políticas: una que aún intenta sostener un mínimo de legalidad y otra que opera ya sin disimulo en el terreno de la excepción permanente, de la mentira sistemática, del desquiciamiento y caricatura de la política internacional, y de la imposición de la arbitrariedad.

Despierto también ante ciertos discursos periodísticos que comienzan a romper con la complacencia. Durante demasiado tiempo, el espacio público ha estado ocupado por figuras políticas y judiciales que, en demasiadas ocasiones, han carecido no solo de argumentos, sino de la dignidad mínima exigible para representar a la ciudadanía.

Este despertar no es ingenuo. Si algo enseña Foucault es que el poder no desaparece ni se redime: se desplaza, se adapta, se enmascara. Pero también que todo poder acaba generando oposición y resistencias.

Y romper el silencio ante el abuso, el desenfreno y el despotismo —aunque sea tarde— es una de ellas.

De ahora en adelante volveré a prestar atención a la política aunque Epicuro aconsejase a sus discípulos: ¡lejos de la política!

Jaime Richart

6 Abril 2026 

Vietnam: Tô Lâm asume presidencia y consolida liderazgo del Partido Comunista

                                                                                         teleSURtv.net

7 de abril de 2026

La Asamblea Nacional de Vietnam ratificó este martes la reconfiguración de su estructura de poder al elegir por unanimidad a To Lam como nuevo presidente de la República para su quinto periodo 2026-2031.

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To Lam es elegido presidente de Vietnam y se consolida en el poder a espejo de China. Foto:EFE.

Vietnam, una de las economías más dinámicas de Asia, eligió este martes a Tô Lâm como su nuevo presidente para el quinquenio 2026-2031. Este movimiento estratégico, formalizado tras el 14º Congreso Nacional del PCV, busca profundizar el modelo de mando y coordinación institucional en una de las economías más dinámicas de la región. 

El objetivo es orientar al país hacia una nueva etapa de desarrollo bajo un liderazgo unificado y proactivo. A sus 68 años, Lâm es considerado el líder más influyente de Vietnam en décadas. Desde su reelección como secretario general del PCV en 2024, ya se erigía como el máximo dirigente del país unipartidista.

Con la asunción de la presidencia, un cargo más de carácter simbólico, Lâm, quien ya ostentaba el cargo de secretario general del gobernante Partido Comunista de Vietnam (PCV), unifica ahora dos de los pilares clave del poder en el país asiático, consolidando su autoridad de manera similar al modelo de la vecina China.

Este movimiento reconfigura los equilibrios internos de un sistema tradicionalmente dividido entre el secretario general del PCV, el presidente del país, el primer ministro y el presidente de la Asamblea Nacional. La consolidación del liderazgo de Tô Lâm acerca a Vietnam a un modelo de poder más centralizado, similar al de China.

En Beijing, el presidente Xi Jinping concentra las funciones de secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), presidente del país y jefe de las Fuerzas Armadas. Aunque en Vietnam el mando de las fuerzas armadas se reparte formalmente entre la jefatura del Estado y el partido, este último ejerce el control efectivo en la práctica.

El exlíder vietnamita Nguyen Phu Trong también combinó ambos roles, entre 2018 y 2021, estableciendo un precedente para la actual estructura de poder.

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Partido Comunista de Vietnam reelige a To Lam como máximo dirigente del país

En la misma sesión ordinaria de la XVI Legislatura, el Parlamento ratificó a Vo Thi Anh Xuan como vicepresidenta de la nación, quien previamente se desempeñó en dos períodos como presidenta interina.

Asimismo, Le Minh Hung fue elegido nuevo primer ministro, definiendo de inmediato una hoja de ruta centrada en el crecimiento económico y el fortalecimiento de las fuerzas productivas.

Entre las metas estratégicas del nuevo Ejecutivo destaca el objetivo de alcanzar una tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) superior al 10 por ciento anual, promoviendo el papel protagónico de la economía estatal y convirtiendo al sector privado en la principal fuerza motriz para el desarrollo nacional.

El programa de Gobierno presentado por Minh Hung prioriza la transformación digital, la innovación científica y el perfeccionamiento de las instituciones para eliminar obstáculos burocráticos y movilizar los recursos sociales. 


Bajo la premisa de que «la confianza del pueblo es el mayor recurso de la nación», la nueva Administración se comprometió a construir un aparato gubernamental transparente, honesto y disciplinado que anteponga los intereses nacionales. 

Con la ratificación de Nguyen Huy Tien en la Fiscalía Suprema y Nguyen Van Quang en el Tribunal Supremo, Vietnam completa la renovación de sus pilares de poder, proyectando una visión de soberanía y progreso social para la próxima década.

Autor: teleSUR: er - RR