martes, 7 de abril de 2026

CARMEN PAREJO RENDÓN. Romper el cerco: de Leningrado a Cuba

Un petrolero ruso llegó a Matanzas cargado de cientos de miles de barriles de crudo, en un momento crítico para la isla. Su llegada no solo garantiza el suministro energético inmediato, sino que se inserta en un proceso más amplio de recuperación que ya ha iniciado La Habana tras meses de asedio impuesto por Estados Unidos, cuya intención confesa ha sido precisamente asfixiar económicamente al país hasta provocar su colapso interno. Un cerco que, lejos de ser una abstracción diplomática, ha tenido consecuencias materiales concretas: cortes eléctricos, paralización de sectores productivos y una presión sostenida sobre la vida cotidiana del pueblo cubano.

En enero de 1944, tras casi 900 días de cerco, el Ejército Rojo lanzó la ofensiva Leningrado-Nóvgorod, una operación militar de gran escala que logró romper definitivamente el asedio nazi sobre la ciudad de Leningrado, hoy San Petersburgo. A través de una combinación de ataques coordinados desde varios frentes, las fuerzas soviéticas empujaron a la Wehrmacht decenas de kilómetros hacia el oeste, reabriendo las rutas terrestres y asegurando el abastecimiento de una ciudad que había sido sometida a un intento sistemático de aniquilación por hambre y frío. Más de un millón de personas murieron durante el sitio, pero la resistencia y la contraofensiva soviética transformaron lo que debía ser una derrota en uno de los episodios que acabarían por expresar el agotamiento de la ofensiva nazi en el frente oriental.

La resistencia y la contraofensiva soviética transformaron lo que debía ser una derrota en uno de los episodios que acabarían por expresar el agotamiento de la ofensiva nazi en el frente oriental.

La comparación no es casual. Cuando hoy se intenta presentar la llegada de un petrolero ruso a Cuba como el resultado de una supuesta flexibilidad de Washington, resulta difícil no recurrir a la ironía: ¿habría sido aceptable afirmar en 1944 que la Alemania nazi había decidido «aliviar» el cerco sobre Leningrado? ¿Que, tras casi tres años de asfixia, el levantamiento del sitio fue una concesión del agresor y no el resultado de su fracaso? Sin embargo, exactamente ese ejercicio de distorsión es el que estamos viendo en titulares recientes.

El titular de The New York Times lo ejemplifica: «Estados Unidos permitirá que un petrolero ruso llegue a Cuba, facilitando así la entrada de combustible esencial tras meses de lo que equivalía a un bloqueo». Es difícil condensar en una sola frase un ejercicio tan completo de inversión. EE.UU. no solo aparece como árbitro de la situación, sino como quien «permite» el suministro, mientras el cerco queda reducido a algo que «equivalía» a un bloqueo, casi como si se tratase de una percepción subjetiva y no de una política sostenida durante más de sesenta años. Pero lo más revelador no es solo este titular, sino cómo ha sido reproducido casi de manera automática a nivel internacional. Desde RTVE hasta El País, la consigna se repite con precisión: «Estados Unidos permite».

En ‘Blade Runner,’ los replicantes no saben que lo son. Se mueven, hablan y reaccionan como humanos, pero hay algo esencial que les falta: no pueden cuestionar el marco que los ha creado. Su existencia está delimitada por un programa que define lo que pueden ver, pensar y decir. Y, una vez más, vemos cómo el periodismo actual parece funcionar con una lógica similar. Lo que produce se parece al periodismo, adopta sus formas y su lenguaje, incluso su tono crítico en ocasiones, pero ha perdido aquello que lo define. En ese sentido, la pregunta es: ¿qué hace del periodismo, periodismo?, y más aún, ¿cómo podemos distinguir a los replicantes?

Si informar es contextualizar, identificar relaciones de poder y señalar responsabilidades, aquí ocurre exactamente lo contrario. Lo que queda no es información, sino una narración cerrada que impide comprender la realidad.

Ofensiva contra Cuba

Para comprender lo ocurrido es imprescindible salir de ese marco. La llegada del petróleo ruso a Cuba no responde a una concesión, y no porque lo diga nadie, sino porque se observan límites que operan en varios niveles.

En primer lugar, un límite económico: las amenazas de aranceles y sanciones pierden eficacia frente a actores que ya operan fuera del circuito económico estadounidense. Lo vimos también en la guerra comercial con China, donde la capacidad de presión de Washington encontró resistencias que evidenciaron que estos mecanismos no son universales, sino dependientes de la posición relativa de cada economía en el sistema internacional. Estados Unidos advirtió que impondría aranceles a quienes suministraran petróleo a Cuba; sin embargo, en la práctica esa medida resulta inoperante frente a Rusia. Desde 2022, el comercio entre ambos países es prácticamente inexistente como consecuencia del régimen de sanciones, y Moscú ha reorientado sus exportaciones energéticas hacia otros mercados, especialmente en Asia.

Estados Unidos se encuentra actualmente inmerso en un escenario de alta tensión en Asia Occidental, particularmente en relación con Irán, pero también con Palestina, que está generando costes económicos, tensiones con aliados y debates internos sobre sus propios objetivos.

En segundo lugar, un límite geopolítico: Estados Unidos enfrenta una contradicción estratégica de fondo. No puede escalar directamente contra Rusia en el Caribe sin comprometer otros escenarios prioritarios, como el conflicto en Ucrania o su estrategia contra China. La operación del petrolero lo refleja con claridad: el buque contó con escolta puntual de unidades de la armada rusa en tramos estratégicos de su recorrido, un elemento disuasorio que introduce la dimensión militar sin necesidad de confrontación abierta.

Y, en tercer lugar, un límite material y temporal: la sobreextensión. Estados Unidos se encuentra actualmente inmerso en un escenario de alta tensión en Asia Occidental, particularmente en relación con Irán, pero también con Palestina, que está generando costes económicos, tensiones con aliados y debates internos sobre sus propios objetivos. Un contexto que condiciona directamente su capacidad operativa en otros espacios, incluido el Caribe.

Como en Leningrado, lo que está en juego no es solo un cerco aislado. El sitio formaba parte de una ofensiva más amplia —la Operación Barbarroja— concebida como una guerra de aniquilación. Durante casi 900 días, la ciudad resistió mientras contribuía a desgastar una maquinaria militar que acabaría quebrándose en todo el frente oriental.

Hoy ocurre algo similar, en otro contexto y con otras formas. El recrudecimiento del bloqueo contra Cuba no es un hecho aislado, sino parte de una ofensiva más amplia del imperialismo estadounidense contra aquellos países que no se subordinan a su lógica. Y es precisamente ahí donde este acontecimiento adquiere su sentido, más allá de un episodio en sí mismo, como un indicio más de una escena completa más profunda, que unida a los límites evidenciados en la guerra arancelaria contra China o en la incapacidad estadounidense de imponerse militarmente en Irán, evidencian que esta ofensiva empieza a encontrar resistencias en distintos frentes.

Rusia hace esto porque las condiciones materiales lo permiten, y su contraparte, Estados Unidos no lo impide porque no puede hacerlo sin comprometer otros escenarios en los que también está implicado. No se trata de voluntad, sino de capacidad.

Y, sin embargo, lo que veremos no será el reconocimiento de esos límites, sino su encubrimiento. Ya lo estamos viendo en titulares como los de The New York Times. Convertir derrotas en victorias no es un error informativo, sino una práctica clásica del poder para ocultar sus debilidades. Donald Trump, de hecho, convirtió esta lógica en espectáculo, hasta el punto de que hoy forma parte del sentido común político: perder y presentarlo como ganar.

Ni Leningrado entonces ni Cuba hoy son el lugar donde se decide el resultado, pero son momentos en los que se hace visible una correlación de fuerzas que se construye a escala internacional. El mundo sigue en disputa. Y lo ocurrido no es el final de nada, sino una jugada más en una partida abierta: un movimiento que vuelve a poner en evidencia los límites del poder unipolar. No es jaque mate, pero sí un nuevo jaque al rey.

(RT) 

Dispositivos biopolíticos la guerra por otros medios


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En el ejercicio de la dominación sobre las poblaciones los gobiernos, se valen de lo que el filósofo Michel Foucault denomina biopolítica.

Este fenómeno, propio de los Estados modernos, es la manera de gestionar, regular y controlar la vida de la población en cuanto a la salud, natalidad, mortalidad, longevidad.

Es decir que los macropoderes no solo ejercen soberanía sobre la muerte sino que se jactan de su «arte de hacer vivir y gestionar la biología colectiva».

M.Foucault asocia estas prácticas gubernamentales al capitalismo en su etapa liberal y neoliberal.

En su reciente libro De matar a dejar morir, biopolíticas de selección de la vida, la Doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Pilar Calveiro plantea una serie de cuestiones inquietantes.

Afirma P.Calveiro: «Los campos de concentración nazis o las dictaduras de los setenta en América Latina mostraron los extremos a los que llegó el poder para controlar vida, seleccionando personas que debían ser exterminadas para evitar la ‘contaminación racial’ o la disidencia política.» ¿Por qué importa volver sobre estos dispositivos del siglo XX?

Porque, en nuestro contexto de crecimiento de las derechas autoritarias y Estados cada vez más permeables a las corporaciones Calveiro encuentra las claves y las pistas que permiten comprender cómo a partir de la pandemia global del Covid 19 comenzaron a expresarse en diversas latitudes formas de ejercicio del poder que no matan directamente pero eligen qué vidas proteger y qué vidas desechar y dejar morir. Señala que el exterminio masivo dio paso a modalidades más difusas de desaparición de personas, como las redes de explotación laboral o sexual. Y esto no significa que los Estados hayan abandonado sus políticas represivas y punitivas, sino que ahora las ponen al servicio de una estrategia más ‘sutil’ aunque igual de letal: librar a su suerte a cientos de millones de personas pobres, quienes morirán de hambre, enfermedades curables o víctimas del tráfico o extenuación de sus cuerpos.

Pensemos en las múltiples violencias cotidianas a las que somos sometidos en nuestras vidas por las corporaciones de servicios y el Estado que nos acechan con tarifazos y sus burócratas.

Pensemos en la violencia de cada día contra los seres más vulnerables.

Nos han declarado la guerra.

Biopolítica capitalista una estrategia mas de dominación.

Carlos A. Solero

Jueves 26 de marzo de 2026 

El retorno de los dioses de hierro


Fuentes: El tábano economista

La alquimia financiera del siglo XX colapsó porque dependía de un flujo ininterrumpido de bienes reales que ya no existe (El Tábano Economista)

El siglo XX no terminó con la caída del Muro de Berlín ni con las Torres Gemelas; terminó, en realidad, el día en que descubrimos que no se puede cenar un derivado financiero ni calentar un hogar con el prestigio marchito de un bono del Tesoro. Durante décadas, habitamos una alucinación colectiva, una suerte de «alquimia financiera» donde los sumos sacerdotes de Wall Street y la City de Londres nos convencieron de que el oro podía crearse del aire, que la deuda era riqueza y que las promesas de pago eran más reales que el acero. Pero el hechizo se ha roto. En este 2026, mientras el horizonte de Medio Oriente se ilumina con el resplandor de las baterías antiaéreas y el rugido de los flujos de crudo interrumpidos, el mundo despierta a una verdad brutal: los átomos han derrotado a los bits, y la entrega de «cosas» físicas ha aniquilado a la tiranía de los papeles.

A contramano del relato imperante en Occidente, la producción está imponiendo su lógica sobre la financiarización por una simple razón: el control de los flujos de comercio —como vimos en “La guerra de los corredores”— se ha convertido en el factor decisivo de estabilidad. Estamos ante un punto de inflexión donde la economía real (producción y energía) ha tomado por asalto al orden de los activos (finanzas). Si los flujos físicos de mercancías y energía se detienen, la arquitectura financiera de Occidente —basada en la baja inflación y la deuda barata— se desmorona.

La alquimia financiera del siglo XX está muriendo. Durante décadas, el mundo vivió hechizado por la gran promesa: que el dinero podía multiplicarse sin tocar la tierra, que la riqueza nacía de bonos, derivados y balances contables, y que la producción real —esas fábricas humeantes, esos minerales extraídos, esa energía que enciende todo— era un detalle menor, casi pintoresco, que podíamos dejar en manos de otros. Hoy, en 2026, esa ilusión se deshace. La industria, la entrega concreta de cosas, está recuperando el trono. Y lo hace de la forma más brutal posible: demostrando que sin cosas reales no hay promesas que valgan.

Piensen en el corazón de esa alquimia, los bonos del Tesoro estadounidense. Durante el siglo XX, especialmente después de Bretton Woods y la liberalización financiera de los ochenta, el dólar se convirtió en la moneda del mundo no porque Estados Unidos produjera más que nadie, sino porque vendía la promesa de que siempre podría pagar. El mundo enviaba contenedores llenos de autos, pantallas planas y petróleo; Washington enviaba papeles. Bonos. Deuda. Intereses que se pagaban con más deuda. Era un ciclo perfecto mientras el comercio fluyera sin interrupciones y la producción barata de Asia mantuviera los precios bajos. Giovanni Arrighi lo llamó la fase terminal de la acumulación: la financiarización, donde el capital ya no se reinvierte en fábricas sino en especulación. Robert Cox lo vio como dominación sin verdadera hegemonía, coerción disfrazada de consenso. El resto del planeta aceptaba porque, al fin y al cabo, los bonos rendían, la inflación estaba domada y la Pax Americana garantizaba que los barcos llegaran.

Hoy, el epicentro de este sismo geoeconómico es Irán. No es solo una cuestión de mapas o de fanatismos religiosos; es la física aplicada a la geopolítica. Al convertirse en el promotor de una inflación en cascada a través de la interrupción de los flujos en el Golfo Pérsico, Irán ha pinchado la burbuja de la prepotencia financiera occidental. Cada dron que sobrevuela un estrecho, cada barril que no sale, es un clavo en el ataúd de la financiarización. Porque la financiarización necesita, por encima de todo, estabilidad y baja inflación para que sus «promesas de pago» tengan sentido. Si el precio de la gasolina en Ohio o de la electricidad en Berlín se dispara porque los flujos de energía están en manos de quienes ya no aceptan el dictado del dólar, el bono del Tesoro deja de ser un refugio para convertirse en un certificado de confiscación. Los inversores huyen de la deuda porque saben que, en un mundo inflamado, un papel que promete un 4% de interés es una broma pesada cuando el costo de la vida sube un 15%.

Este es el paso del sistema de la «fe» al sistema de la «cosa». La producción, esa vieja gloria despreciada por los profetas de la economía de servicios, ha regresado para reclamar su trono. Ya no importa quién tiene el balance contable más inflado, sino quién controla el peaje, quién domina el flujo y quién posee la fábrica. La capacidad de mutar del orden global hacia un fraccionamiento zonal no es una posibilidad; es una realidad en marcha. Estamos viendo la formación de fortalezas industriales donde el valor se mide en kilovatios-hora, en toneladas métricas y en unidades de manufactura, mientras que las economías que apostaron todo a la «apreciación de activos» se descubren desnudas y hambrientas.

Pero algo se rompió. La producción, silenciosamente, empezó a imponer su lógica. Primero fue la pandemia, luego la guerra en Ucrania, después las tensiones en el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado, las que dieron lugar a un cuello de botella mortal. Ataques a instalaciones petroleras y de gas en el Golfo, cierres efectivos del estrecho, misiles contra plantas de GNL en Qatar y represalias que dañan campos como South Pars: el resultado es inmediato y brutal. El petróleo Brent ha superado los 100 dólares por barril y los precios del gas en Europa se han duplicado. Cada 10% de aumento sostenido en los precios de la energía, según el FMI, añade 0,4 puntos porcentuales a la inflación global y reduce el crecimiento en -0,2%. Si esto persiste meses, hablamos de un shock que alimenta inflación persistente, encarece los fertilizantes, dispara los costos de transporte y erosiona el poder adquisitivo de familias enteras desde Asia hasta Europa y América.

Ahí está la mutación profunda. Pasamos de un sistema basado en promesas de pago a uno basado en la entrega de cosas. Quien controla la energía, el comercio y los flujos físicos domina la producción. No es una teoría abstracta; es mecánica. Sin un flujo estable de petróleo y gas a través de Ormuz, las fábricas se apagan, los contenedores se encarecen y la inflación regresa como un fantasma de los años setenta.

Los bonos del Tesoro, antes refugio seguro, empiezan a perder compradores reales. ¿Por qué alguien prestaría a un imperio que no puede garantizar ni el combustible ni la estabilidad de precios? El FMI lo advirtió en marzo de 2026: disrupciones prolongadas en energía impulsan inflación y frenan el crecimiento. El Banco Mundial y el Banco Central Europeo (ECB) coinciden. Los shocks de oferta por fragmentación geoeconómica generan inflación duradera porque la economía real se ajusta lentamente. La financiarización, que convirtió industrias enteras en meros vehículos de rentabilidad financiera, ya no puede sostener ganancias cuando los costos reales se disparan por misiles y bloqueos.

Miren lo que está ocurriendo en tiempo real. Estados Unidos, bajo la presión de su propia deuda y de una inflación que la guerra en Irán aviva, acelera la relocalización, traer de vuelta semiconductores, acero, farmacéuticos. No por nostalgia, sino porque descubrió que sin control físico de la cadena de suministros no hay seguridad nacional ni estabilidad económica. China asegura rutas terrestres alternativas. Europa habla de autonomía estratégica, pero sabe que depende de quien controle el gas y los minerales. América Latina, con sus recursos, empieza a entender que su poder reside en procesarlos localmente y decidir a quién se los vende, salvo los que navegan sin proyecto de país, sin visión a largo plazo, rumbo o planificación estructural, la Argentina de Milei.

El mundo se está volviendo zonal, pragmático, productivo. No es un nuevo orden multipolar ordenado; es un mosaico de bloques que priorizan la entrega real sobre la especulación. Y en el centro de todo, los flujos de energía: quien los domine —ya sea mediante acuerdos bilaterales, rutas alternativas o políticas industriales audaces— dictará el ritmo de la producción del siglo XXI.

Y aquí es donde la crítica a la financiarización se vuelve urgente y moral. Durante décadas nos vendieron que la desindustrialización era progreso: “el conocimiento vale más que el músculo”, decían los gurús de Wall Street. Que las fábricas sucias se fueran a Asia era una bendición ecológica y económica. Que la riqueza se generara en los mercados de derivados era sofisticación. Falso. Lo que hicimos fue vaciar comunidades enteras en el Rust Belt americano, en el norte de Inglaterra, en el conurbano industrial argentino. Creamos una clase de rentistas globales que vivían de cupones mientras la base productiva se erosionaba.

La financiarización no creó riqueza; la redistribuyó hacia arriba y la hizo frágil. Cada crisis —2008, 2020, 2022— lo demostró: cuando la economía real tose, la financiera se ahoga. Ahora, con la guerra en Irán disparando los precios de la energía, las tasas de interés altas para combatir la inflación destruyen el valor de los bonos y hacen que las ganancias financieras se evaporen. Los bonos del Tesoro dejarán de funcionar como motor del mundo no porque alguien los declare inválidos, sino por irrelevancia: ¿para qué comprar promesas cuando el petróleo se encarece, los barcos no pasan y la inflación se come el poder adquisitivo?

En este contexto, el tecnofeudalismo que describe Yanis Varoufakis parece, a primera vista, el heredero lógico. Plataformas digitales que reemplazan mercados por rentas algorítmicas. Dueños de la nube que cobran peaje por cada transacción, cada dato, cada clic. Las Big Tech y el Estado chino como nuevos señores feudales. Suena sofisticado, casi inevitable. Pero aquí viene la grieta fatal, agravada por la guerra en Irán: el tecnofeudalismo no puede imponerse sin la base física que desprecia. Sin helio, no hay semiconductores. Y sin semiconductores de última generación, no hay algoritmos que funcionen a escala, no hay servidores que enfríen, no hay inteligencia artificial que procese los datos que supuestamente generan la nueva renta.

El helio, esencial para la litografía de chips, ya enfrentaba escasez antes; con disrupciones energéticas globales y tensiones en suministros críticos, la fabricación se complica aún más. ¿Qué plataforma genera renta si los centros de datos se apagan por falta de energía estable o si la cadena de suministro de silicio se interrumpe por un estrecho bloqueado? El tecnofeudalismo es, en el fondo, otro espejismo financiero: cree que puede vivir de la renta digital mientras la industria real —y los flujos de energía que la sostienen— se desmoronan. Pero no puede. La producción física —la extracción controlada, el procesamiento local, el comercio zonal— es el fundamento que la nube no puede sustituir. Quien domine los flujos de energía y minerales críticos dominará también la “nube”. Sin cosas, no hay datos. Sin producción, no hay feudalismo tecnológico.

El paso que estamos viviendo es histórico. No es el fin del capitalismo, sino el fin de una fase de su declinación. La alquimia financiera del siglo XX nos dio comodidad temporal y desigualdad estructural. Nos hizo creer que podíamos desvincular la riqueza de la materia. Ahora la materia —la energía que fluye o se interrumpe, el comercio que se controla o se bloquea— reclama su lugar con misiles y facturas inflacionarias. La energía, el comercio y los flujos físicos se convierten en los nuevos árbitros del poder. Quien los domine ganará la partida de la producción del siglo XXI. Los bonos del Tesoro perderán su magia no por decreto, sino porque nadie querrá comprar promesas cuando las cosas reales escasean y cuestan más.

No sabemos aún qué forma exacta tomará este nuevo paisaje. Quizá un mosaico de geopolíticas zonales, como sugiere José Luis Fiori: espacios de maniobra donde cada región negocia su producción sin someterse a un solo centro. Quizá un mundo no-polar de improvisación creativa, donde la autonomía estratégica sea la única doctrina racional. Lo que sí sabemos es que termina la era de las promesas vacías. La era de la entrega de cosas comienza. Y en esa entrega —en el mineral extraído con responsabilidad, en la fábrica que genera empleo, en la energía que no depende de un estrecho en guerra— reside la verdadera soberanía del siglo XXI.

Que nadie se engañe: no será fácil. Habrá tensiones, guerras por recursos, ajustes dolorosos, inflación que achica el bolsillo. Pero será más real. Más sólido. Menos alquímico y más humano. Porque al final, la riqueza siempre fue eso: cosas que se producen, se intercambian y se usan. No promesas que se imprimen y se venden mientras el petróleo se dispara y el gas se duplica. La industria está de vuelta, impulsada por la dura lección de Irán. Y el mundo, por primera vez en décadas, empieza a respirar el aire de lo concreto.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/03/29/el-retorno-de-los-dioses-de-hierro/ 

lunes, 6 de abril de 2026

Tina Modotti, porque el fuego no muere

Fuentes: Nueva Tribuna

El 6 de julio de 2025 la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM) proclamó el 2026 como el Año Tina Modotti, para conmemorar el 130 aniversario del nacimiento de una de las pioneras mundiales del fotoperiodismo social.

El anuncio oficial lo realizó la vicepresidenta de la FDIM, Ada Donno, especialista en didáctica de la diferencia de género, en el contexto del IV Encuentro Internacional Tina Modotti, que anualmente organiza, en Bonefro, Italia, la Asociación Crea-Tina y el Archivo Tina Modotti, bajo la dirección de Christiane Barckhausen-Canale, una de las más reputadas biógrafas de Tina. 

Assunta Adelaide Luigia Modotti, conocida como Tina Modotti, nació el 17 de agosto de 1896 en Údine, ciudad de la región nororiental italiana de Friul-Venecia Julia, y a los  diecisiete años emigró hasta la ciudad del San Francisco, donde ya la esperaban su padre y su hermana mayor, como paso previo a la reunión de la prole familiar. Allí se emplea como costurera en una manufacturera local, pero sus inquietudes artísticas la llevan a la interpretación en los grupos de teatro locales formados por emigrantes italianos. 

Tina en ‘The Tiger’s Coat’

En 1915 contrae matrimonio con el poeta y pintor Roubaix de L’Abrie Richey conocido como «Robo», y pocos años después la pareja se traslada a Los Ángeles, donde no tardan en integrarse en los círculos cinematográficos de Hollywood. En 1920 Tina consigue un papel protagonista en la cinta The Tiger’s Coat, del entonces muy afamado director Roy Clemens, que hoy se conserva en perfecto estado. En los años siguientes protagonizaría los filmes  Riding whith Death, de Jacques Jaccard I can explain, de George D. Baker, ambos desafortunadamente desaparecidos, pero cansada de papeles tópicos de vampiresa latina, abandona la gran pantalla para dedicarse, junto a su marido, al diseño de alta costura. Pero Roubaix muere en 1922 y Tina se traslada a México, acompañada de su nueva pareja y maestro, el fotógrafo Edward Weston, quien, sin embargo, regresará a Estados Unidos en noviembre de 1926.

Tina entre milicianas, en elpatio de los Salesianos de Estrecho
Tina entre milicianas, en el patio de los Salesianos de Estrecho

Sola y ya sólidamente formada, abandona la estética romántico-preciosista, y apuesta decididamente por temáticas sociales y revolucionarias. De las imágenes de enhiestos de lirios, de graciosas macetas de geranios o de vasos perfectamente apilados y tomados desde un punto de vista cenital, pasa a las fotos duras y llamativas, aunque sin el menor asomo de “tipismo folclorista”: campesinas pobres rodeadas de su prole infantil, indígenas en sus entornos, niños que pululan por las calles desharrapados, hambrientos y sin horizontes, o el pueblo unido en sus demandas de justicia social. 

El gobierno mexicano la nombra fotógrafa oficial del muralismo que abanderan Diego RiveraJosé Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Amiga de Frida Kahlo, se le ocurre presentársela a Rivera. El flechazo es inmediato y la pareja contrae matrimonio el 21 de agosto de 1929, con banquete nupcial en el domicilio de Tina. 

Los murales aspiran a ser arte para todos y no producto de consumo elitista. En algunos, cómo en El arsenal, de Diego Rivera, Tina aparece repartiendo armas a las masas revolucionarias. Uno de sus biógrafos, Pino Cacucci, explica sobre el momento y circunstancia: “El interés por los problemas sociales se convierte en pasión política, y dentro de ella aumentan las dudas sobre la relación entre el arte y su compromiso militante. La experimentación y la investigación ya no le bastan, llega al convencimiento de que también la fotografía, sobre todo la fotografía, debe expresar algo que vaya más allá del formalismo estético”. 

Desnudo de Tina fotografía de Edward Weston
Desnudo de Tina fotografía de Edward Weston

En enero de 1929 se ve envuelta en el confusísimo asesinato de su entonces amante, el comunista cubano Julio Antonio Mella y la prensa amarilla aprovecha para sacar a relucir las fotos de desnudos que en su momento le había hecho Weston. Diego Ribera, entonces una gran autoridad respetada por el poder como artista y activista político, interviene a su favor ante el juez y ante el director del diario El Excelsior, que lidera la campaña difamatoria. Les dice qué si quieren ver más desnudos de Tina, deben pasarse por la Universidad de Chapingo, donde le ha servido como modelo en varios murales. El asunto queda en nada, pero un año después y tras el fallido intento de atentado contra el presidente electo Pascual Ortiz Rubio, Tina es víctima de la oleada de anticomunismo que surge en el país y termina siendo deportada a Estados Unidos. Pero allí, considerándola una “peligrosa revolucionaria”, no la admiten. Tras ser igualmente rechazada en Cuba y en Holanda, finalmente recala en Berlín, donde el Partido Comunista alemán le ha conseguido un visado de estancia de seis meses. Transcurrido ese tiempo se ve obligada a emigrar a la Unión Soviética donde no tardará en encabezar, junto a Clara Zetkin y Elena Stásova, la organización Socorro Rojo Internacional (SRI). Viaja por toda Europa dando mítines en fábricas y organizaciones feministas, para, finalmente, recalar en España en 1936, para hacer frente al Golpe de Estado militar del 18 de julio. Se afilia al Quinto Regimiento de Milicias Populares, instalado en el incautado colegio e iglesia de los Salesianos de Estrecho, donde conoce, entre otros a Miguel Hernández, y a Antonio Machado. Una vez que la República decide que las mujeres no vayan al frente, empieza a trabajar en el Hospital de Obrero de Maudes, junto a Matilde Landa, uno de los máximos referentes del movimiento obrero y comunista. En febrero de 1937, y también con Matilde, se une al equipo del médico canadiense Norman Bethune, y asiste horrorizada a la masacre, conocida como “la Desbandá, perpetrada por las tropas sublevadas y sus colaboradores italo-alemanes contra la población civil que huye por la sinuosa carretera de Málaga a Almería, y en la que son asesinados entre tres y cinco mil ancianos, mujeres y niños. Ese mismo año, en julio, Tina forma parte fundamental de la organización del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se celebra en Valencia, y allí decide publicar, en las Ediciones del Socorro Rojo Internacional de las que es responsable, el último poemario en vida de Miguel Hernández, Viento del pueblo, que, de forma pionera, se ilustra con fotografías, la mayor parte de ellas anónimas.

Fotografía de Tina
Fotografía de Tina

Perdida la guerra, regresa a la capital de México donde, tras una letal insuficiencia cardiaca, dejará de existir el 5 de enero de 1942. La entierran en la sección más pobre del Panteón de Dolores. Pablo Neruda, por aquel entonces cónsul general del gobierno chileno, acude consternado y recita ante su tumba un poema cuyas primeras líneas quedarán grabadas en la losa. El poema comienza diciendo: “Tina Modotti, hermana, no duermes, no, no duermes:/ tal vez tu corazón oye crecer la rosa/ de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa. / Descansa dulcemente, hermana”, para concluir en estos versos: “En las viejas cocinas de tu patria, en las rutas/ polvorientas, algo se dice y pasa,/ algo vuelve a la llama de tu dorado pueblo,/ algo despierta y canta./ Son los tuyos, hermana: los que hoy te dicen tu nombre,/ los que de todas partes, del agua, de la tierra,/ con tu nombre otros nombres callamos y decimos,/ porque el Fuego no muere”.

Y ese fuego vivirá este año en distintos lugares del mundo. También en Madrid, claro, que con ser Madrid y ser una ciudad tan grande, sale el sol por la mañana y se pone por la tarde.

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Mural ‘El Arsenal’ de Diego Rivera, con Tina a la derecha

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura—ocio/fotoperiodismo-feminista-tina-modotti-porque-fuego-muere/20260328134853248509.html 

Las audaces maniobras estratégicas de Irán


MEDIO ORIENTE, EE.UU. :: 27/03/2026

ALASTAIR CROOKE

Ha declarado su “dominio misilístico sobre los territorios ocupados” y una advertencia sobre la "disuasión nuclear" :: EEUU e Israel han centrado su atención en objetivos civiles

Al entrar en la cuarta semana de guerra, ¿qué nos depara el futuro?

En primer lugar, aunque Irán ha sido objeto de un bombardeo intensivo, la eficacia militar de este último dista mucho de ser evidente. La capacidad de Irán para contraatacar los intereses estadounidenses e israelíes en las dictaduras del Golfo continúa con una potencia cada vez mayor; su liderazgo opera con eficacia en su modo opaco elegido deliberadamente (denominado «mosaico»); e Irán persiste con salvas regulares de misiles y drones, al tiempo que eleva gradualmente la sofisticación de su bombardeo de misiles. El apoyo popular al Estado iraní se consolida.

Los bombardeos estadounidenses e israelíes están causando serios daños a Irán, pero no hay pruebas de que estos ataques hayan localizado --o destruido-- las "ciudades" de misiles iraníes, dispersas y profundamente enterradas, repartidas por todo el territorio del país.

Las pruebas sugieren más bien que, al no haber logrado destruir la infraestructura militar oculta de Irán, EEUU e Israel han centrado su atención en objetivos civiles con el fin de desmoralizar a la población, tal y como hemos visto en el ámbito libanés y palestino.

Sin embargo, lo que parece incontrovertible es que Irán cuenta con una estrategia cuidadosamente elaborada que se está desarrollando en fases diferenciadas.

Trump, por su parte, carece de un plan. Este cambia a diario. Israel sí tiene un plan, que consiste en asesinar a tantos líderes iraníes como pueda detectar su IA proporcionada por EEUU.

Más allá de eso, el designio de Israel es que Irán sea desmembrado, dividido en pequeños Estados étnicos y sectarios, y reducido a una anarquía débil (siguiendo el modelo sirio).

Por ahora, los objetivos declarados por EEUU se manifiestan como amenazas puntuales de escalada que van desde ataques a la infraestructura económica (las instalaciones de gas de South Pars) hasta dos impactos relativamente significativos en las inmediaciones de las instalaciones nucleares iraníes (Nantaz y la central nuclear de Bushehr, operada conjuntamente por Irán y Rusia).

Es de suponer que estos ataques con misiles cercanos pretenden ser 'mensajes' para insinuar la posibilidad de una escalada de EEUU o Israel hasta el ámbito nuclear. Irán, sin embargo, respondió de la misma manera, con un ataque con misiles contra la localidad de Dimona --muy cerca de la mayor instalación nuclear israelí de Dimona.

Dominio misilistico

Tras los ataques contra Dimona, que causaron graves daños, Irán hizo una declaración significativa y contundente: afirmó haber alcanzado el "dominio misilistico".

Esta afirmación se basaba en el hecho de que el régimen israelí no ha sido capaz de detener ningún misil con su sistema interceptor de defensa aérea, ante el ataque de Irán contra uno de sus emplazamientos estratégicos estatales más fuertemente custodiados.

Mohammad Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní y líder militar, advirtió de que la guerra ha entrado en "una nueva fase":

"Los cielos de Israel están indefensos... Parece que ha llegado el momento de poner en marcha la siguiente fase de nuestros planes preestablecidos...".

Según el comentarista militar Will Schryver, no cabe duda de que la profundidad de los arsenales estadounidenses (los centros de almacenamiento de EEUU) se está agotando y la generación de salidas se ha colapsado debido al retraso en el mantenimiento y a la incapacidad de sostenimiento logístico.

Los aviones tripulados estadounidenses siguen sin penetrar profundamente en el espacio aéreo iraní. Irán, sin embargo, afirma que su propia profundidad de arsenales es abundante.

Trump ha subido la apuesta en los últimos días, lanzando un ultimátum a Irán: "Abran el estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas o sus centrales eléctricas civiles serán destruidas progresivamente, empezando por la más grande". (La central más grande de Irán resulta ser la de Bushehr, operada conjuntamente por Irán y Rusia). Parece que Trump sigue esperando una rápida capitulación iraní. Sin embargo, Irán ya ha rechazado el ultimátum y ha respondido con uno propio.

El ultimátum del ayatolá Mojtaba Jamenei a Trump

En un discurso de 12 minutos muy bien estructurado, el ayatolá imán Sayyed Mojtaba Jamenei pasó de la retórica habitual a algo mucho más trascendental. La primera mitad de su discurso siguió el guion esperado, pero según informó la comentarista libanesa Marwa Osman:

"A mitad del discurso, el tono pasó de ser retrospectivo a estratégico. Sayyed Jamenei esbozó tres exigencias concretas, cada una con un plazo definido: una rápida retirada militar estadounidense de Oriente Medio; el levantamiento total de las sanciones en un plazo de 60 días; y una compensación financiera a largo plazo por los daños económicos.

A continuación llegó el ultimátum: si no se cumple, Irán intensificará su respuesta, tanto en el ámbito económico como en el militar y, potencialmente, en el nuclear. No de forma hipotética, sino operativa: el cierre del estrecho de Ormuz, la formalización de los lazos de defensa con Rusia y China, y el paso de la ambigüedad a la disuasión nuclear declarada".

El momento en que se produjeron las reacciones externas fue igualmente revelador. En cuestión de horas, tanto Pekín como Moscú emitieron comunicados alineándose, de forma cuidadosamente redactada, pero inequívoca, con el planteamiento del nuevo Líder Supremo, lo que sugiere una coordinación.

La guerra está entrando en una nueva fase

Trump está pendiente de cómo se desarrolla y "desarrollará" las expectativas sobre la guerra en su país de cara a las elecciones de mitad de mandato de noviembre. La decisión de los estadounidenses sobre cómo votar, o si votar, suele tomarse en septiembre u octubre. Su equipo busca frenéticamente una salida a la guerra que, para el verano, pueda proyectar una "victoria" plausible para Trump --si es que tal cosa es siquiera posible.

Simplicius sugiere «que los posibles ataques inminentes de Trump contra la red energética de Irán tendrán un efecto desestabilizador y de distracción destinado a permitir que los marines estadounidenses y la 82.ª División Aerotransportada tomen la isla de Kharg u otras islas iraníes. Fuentes de "altos funcionarios" siguen afirmando que la operación con tropas sobre el terreno sigue siendo muy probable».

Irán está evidentemente dispuesto a seguirle el juego a Trump en la escalada. El estilo de liderazgo de Irán ha cambiado claramente con el nuevo Líder Supremo: ya no le interesan las "idas y venidas" incrementales.

Los dirigentes iraníes buscan resultados decisivos que cambien el panorama geoestratégico de Asia Occidental. E Irán cree que Ormuz representa la palanca con la que lograrlo.

Irán ha establecido un corredor marítimo selecto y seguro para que los buques autorizados y sometidos a control por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) puedan transitar por el estrecho de Ormuz, siempre que la carga se pague en yuanes y esté sujeta al pago de una tasa. Se estima que Irán podría llegar a obtener 800 000 millones de dólares al año en concepto de tasas gracias a este régimen regulador similar al del canal de Suez.

Esto, en teoría, permite abastecer el mercado energético, pero con la salvedad de que Irán simplemente cerraría el estrecho por completo si Trump llevara a cabo su ultimátum.

El profesor Michael Hudson señala que las nuevas exigencias de Irán son tan

"de gran alcance que parecen impensables para Occidente: que los países árabes de la OPEP deben poner fin a sus estrechos vínculos económicos con EEUU, empezando por los centros de datos estadounidenses operados por Amazon, Microsoft y Google... Y que [deben] desinvertir sus actuales carteras de petrodólares que han subvencionado la balanza de pagos de EEUU desde los acuerdos [del petrodólar] de 1974.

El reciclaje de los petrodólares ha sido la base de la financiarización y la instrumentalización por parte de EEUU del comercio mundial del petróleo, así como de su estrategia imperial de aislar a los países que se resisten a adherirse al orden basado en las normas estadounidenses (sin reglas reales, sino simplemente exigencias ad hoc de EEUU)."

Un control iraní sobre el estrecho de Ormuz --sumado al control de los yemeníes sobre el mar Rojo-- podría arrebatar a EEUU el dominio sobre la energía y su fijación de precios y, en ausencia de la afluencia de petrodólares a Wall Street, poner fin al dominio global financiarizado de EEUU

Lo que está en juego aquí no es solo la aspiración de Irán de expulsar al ejército estadounidense de Oriente Medio, sino también una transformación geopolítica, ya que los Estados del CCG y los asiáticos (como Japón y Corea del Sur) se ven obligados por necesidad a convertirse en "naciones clientelares" de Irán para obtener acceso a la vía marítima de Ormuz. Y porque solo Irán podría garantizar un paso seguro.

En la práctica, si Irán lograra mantener su control sobre el estrecho de Ormuz, la geopolítica de Asia se reconfiguraría en una nueva realidad estratégica.

Conflicts Forum / observatoriodetrabajad.com


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