viernes, 16 de octubre de 2026

Las Tres Contradicciones del Imperialismo en el Siglo XXI

Dic 18, 2025 | ,





Las Tres Contradicciones del Imperialismo en el Siglo XXI


El polaco 

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En su libro de 1924, Los Fundamentos del Leninismo, Iósif Stalin enumeró las tres contradicciones básicas del imperialismo. Estas eran, por orden: la contradicción entre capital y trabajo, la contradicción entre las potencias imperialistas, y la contradicción entre el puñado de potencias imperialistas y el mundo colonizado.

Si bien las tres contradicciones están a todo momento sobre los fuegos, en cada momento histórico una de ellas se halla más cerca de hervir que las demás. Como señaló Mao Zedong en su artículo de 1937 Sobre la contradicción:

“No hay que tratar de un mismo modo todas las contradicciones de un proceso, sino distinguir entre la principal y las secundarias y concentrarse en aprehender la principal. Ahora bien, en cada contradicción, sea principal o secundaria, ¿cabe tratar de un mismo modo sus dos aspectos contradictorios? Tampoco. En toda contradicción, el desarrollo de los aspectos contradictorios es desigual. A veces ambos parecen estar en equilibrio, pero tal situación es sólo temporal y relativa, en tanto que la desigualdad es el estado fundamental. De los dos aspectos contradictorios, uno ha de ser el principal, y el otro, el secundario. El aspecto principal es el que desempeña el papel dirigente en la contradicción. La naturaleza de una cosa es determinada fundamentalmente por el aspecto principal de su contradicción, aspecto que ocupa la posición predominante. Pero esta situación no es estática; el aspecto principal y el no principal de una contradicción se transforman el uno en el otro y, en consecuencia, cambia la naturaleza de la cosa.”

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Evolución histórica de la contradicción principal del imperialismo

Podemos observar, a la luz de la historia, que el orden en que Iósif Stalin enumeró las tres contradicciones del imperialismo no fue casual.

Antes del siglo XX, la primera contradicción — entre capital y trabajo — era la principal. La Comuna de París de 1871 puede considerarse una expresión de esta contradicción.

A lo largo del siglo XIX, la segunda contradicción — entre las potencias imperialistas — fue madurando a medida que se desarrollaba el sistema imperialista global. La Conferencia de Berlín de 1884-85 y el “Reparto de África” agudizaron dicha contradicción, la cual se convirtió en principal desde comienzos del siglo XX hasta la Segunda Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial fue una expresión de esta contradicción. La Segunda República Española de los años treinta, que llegó incluso a aliarse con la URSS contra el resto de las potencias imperialistas en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, constituye otro ejemplo de esta contradicción. El Pacto Molotov-Ribbentrop y la declaración de guerra de Gran Bretaña contra la Alemania nazi en 1939 son también un ejemplo de cómo la URSS supo aprovechar esta contradicción.

Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la batalla de Stalingrado en 1943, quedó claro que el bando alemán no lograría derrotar a la URSS. Este fue un punto de inflexión clave para el imperialismo angloamericano que comenzó de inmediato a planificar cómo unirse al resto de las potencias imperialistas — incluida Alemania — para conformar un bloque frente a la URSS y los países colonizados en vías de liberación. Este momento marca el punto en que la tercera contradicción — entre las potencias imperialistas y el mundo colonizado — pasó a ser la contradicción principal del imperialismo.

Dicha contradicción venía madurando desde la Revolución de Octubre de 1917, que puso fin a la Primera Guerra Mundial y dio un impulso decisivo a los movimientos socialistas y de liberación nacional en todo el mundo. También provocó que las potencias imperialistas se coaligaran en una guerra conjunta contra la naciente Unión Soviética (1918-1925) con el fin de — como dijo Winston Churchill ante el Parlamento Británico el 26 de enero de 1919 — “estrangular al bolchevismo en la cuna”.

La creación de la OTAN en 1949 puede considerarse una pura expresión de esta contradicción, al igual que todas las guerras contra colonias o naciones liberadas en las que los imperialistas actuaron de forma conjunta.

Nos situamos a una cuarta parte de siglo XXI y la tercera contradicción sigue siendo la principal. Esto significa que, por ahora, la esencia del imperialismo se determinada por la lucha por mantener (o recuperar) el control sobre las colonias y los países liberados. Esto explica por qué los imperialistas hacen todo lo posible por preservar su frente unido mediante la OTAN.

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Implicaciones para la estrategia antiimperialista y comunista

Entonces el Partido Comunista de la Federación de Rusia actúa correctamente al otorgar una importancia secundaria, por el momento, a la contradicción entre capital y trabajo en Rusia, con el fin de construir la máxima unidad posible mientras el país defiende su soberanía frente al bloque imperialista de la OTAN en Ucrania.

Entonces el Partido Comunista de China actúa correctamente al priorizar la ayuda al desarrollo (mediante infraestructuras, medios de producción y tecnología moderna) de sus aliados del mundo colonizado, ayudándolos a industrializarse y desarrollar los medios materiales necesarios para alcanzar la soberanía, liberarse de la explotación imperialista y transformarse de una reserva del imperialismo a una reserva de la clase obrera. Carlos Marx nos lo explica en el Prólogo a su Contribución a la crítica de la economía política (1859):

“De ahí que la humanidad siempre se plantee sólo tareas que puede resolver, pues considerándolo más profundamente siempre hallaremos que la propia tarea sólo surge cuando las condiciones materiales para su resolución ya existen o, cuando menos, se hallan en proceso de devenir.”

Asimismo, todas las fuerzas progresistas del mundo deben priorizar el apoyo a los países antiimperialistas en su lucha contra la OTAN, e intentar por todos los medios posibles minar la máquina de guerra de la OTAN y cortar sus capacidades para seguir librando guerras, ya sea directamente o a través de fuerzas proxy.

Esta tarea es hoy más urgente que nunca, pero también se está volviendo más viable, porque en la lucha entre la dominación imperialista y la búsqueda de soberanía por parte de los pueblos colonizados, la marea ha cambiado de forma definitiva.

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los imperialistas están claramente a la defensiva. Iniciaron el actual período de guerra global intentando desmembrar a Rusia a través de Ucrania. Cuando esto fracasó intentaron quebrar a Irán mediante Israel. Y, al fracasar con Irán, amenazan ahora a Venezuela con sus propias fuerzas.

La desesperación es palpable; La OTAN es como un hombre que, para sobrevivir, necesita romper una roca urgentemente. Primero intenta hacerlo con el palo más grande que encuentra. Al romperse el palo y no la roca, empieza a golpearla con la mano. Y, tras romperse la mano, se posiciona para embestirla con la cabeza.

¿Qué significa esto para los países imperialistas? Pues que para mantener la paz social y contener la contradicción entre capital y trabajo, los imperialistas se verán obligados a saquear algo. ¿De qué otro modo podrían comprar la sumisión o disipar la ira de sus poblaciones?

A medida que los imperialistas pierden capacidad para saquear a los países del mundo colonizado, y su menguante poderío militar se esparce entre un número creciente de frentes, tarde o temprano, la tercera contradicción cederá el paso a la segunda, ya que lo único que podrán saquear serán a otras potencias imperialistas más débiles.

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Resurgimiento de la contradicción interimperialista sobre nuevas bases

Ya estamos viendo señales de que la segunda contradicción vuelve a cobrar importancia. Los ataques al Nord Stream 2 y a otros gasoductos y refinerías de Europa del Este son ejemplos notables. También lo son los aranceles comerciales y sanciones económicas impuestas por EE. UU., así como sus exigencias — cada vez más vehementes — de que otros países aumenten sus aportaciones a la OTAN. Quien siga la actualidad con este marco conceptual hallará numerosos ejemplos. Desde 2022 las tensiones dentro del campo imperialista han ido en claro aumento. Tal vez la paciencia de Rusia con los imperialistas estadounidenses — a veces difícil de entender — responda a una estrategia más amplia destinada a explotar precisamente esta contradicción entre EE.UU. y las potencias imperialistas más débiles.

Dado que para los imperialistas es una cuestión existencial que no se resuelva la primera contradicción (es decir, que la clase obrera no logre derrocar el sistema capitalista), si descubren que la tercera contradicción se ha resuelto por la fuerza y contra su voluntad (es decir, que los pueblos colonizados se están liberando y el flujo de recursos procedentes del resto del mundo se está agotando), es inevitable que la segunda contradicción vuelva al primer plano.

Sin embargo, esta vez las rivalidades interimperialistas resurgirán en unas condiciones en las que será imposible coaligarse de nuevo para reanudar el saqueo del resto del mundo — cuyo nivel tecnológico avanza sostenidamente —, porque a medida que la OTAN se debilita y se fragmenta, el resto del mundo se fortalece y se une. Por ello, la única salida posible será el descenso hacia la resolución de la primera contradicción.

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Solo la revolución en el seno imperialista puede poner fin al sistema

La dirección de los acontecimientos es clara. En esta ocasión, el retorno de la segunda contradicción a la primacía solo puede conducir, a su vez, al retorno de la primera — lo que inevitablemente generará situaciones revolucionarias.

Las revoluciones en los países imperialistas son el único medio capaz de poner fin al imperialismo. No basta con detener sus intentos de dominación mundial; también hay que superar las condiciones materiales que dieron lugar a tales ambiciones. Solo así podrá emerger finalmente un mundo nuevo: un mundo de socialismo y paz.

En resumen, el imperialismo es como una cebolla de tres capas que a lo largo de los siglos ha crecido desde su corteza capitalista hasta desarrollar las capas exteriores. Tras alcanzar su plena madurez, ahora se halla en proceso de putrefacción — proceso que descompone las capas desde fuera hacia dentro.

El desarrollo desigual del capitalismo creó las condiciones para el surgimiento del sistema imperialista. Ahora, la nivelación del desarrollo que se está produciendo bajo las condiciones del imperialismo tardío (que es también la era del socialismo incipiente), ante el horror impotente de los imperialistas, está creando las condiciones para la disolución del sistema imperialista y la transición plena al socialismo. 

En los senos del imperialismo tenemos un papel fundamental que desempeñar: debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para contribuir a la victoria de las fuerzas antiimperialistas — es decir, a la derrota del bloque imperialista de la OTAN en todos sus frentes de guerra —; debemos apoyar plenamente todos los esfuerzos de los países oprimidos por liberarse y alcanzar el desarrollo y la industrialización; y debemos organizarnos con firmeza y preparar las condiciones para revoluciones exitosas en nuestros propios países.


Conciencia de la revolución y revolución de la conciencia

Fuentes: Rebelión

  “Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer; y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas», José Martí.

Todas las verdaderas fortalezas de la revolución cubana no residen en la mera persistencia de una dignidad política frente a los ataques imperiales, sino en la integración dialéctica y absoluta de dos fuerzas que, lejos de ser secuenciales o independientes, se generan mutuamente en un espiral ascendente e inagotable en Cuba: la conciencia de la revolución y la revolución de la conciencia. No son dos etapas históricas, sino dos caras de una misma moneda que late en el pecho de un pueblo que se negó a ser objeto pasivo de la historia para convertirse, a pulso y con heroísmo, en su sujeto absoluto y soberano. 

Tal conciencia de la revolución es ese despertar colectivo y permanente que comprende que la libertad no es un regalo otorgado por las burguesías, sino una conquista diaria que exige entender las raíces materiales de la explotación y la necesidad ineludible de la autodeterminación; es el reconocimiento lúcido de que el bloqueo no es una simple medida diplomática o un embargo comercial, sino un mecanismo de guerra económica y psicológica diseñado para asfixiar la esperanza, y que, por tanto, la resistencia no es un acto de terquedad ideológica, sino de supervivencia revolucionaria de defensa de la vida. 

Pero esta conciencia no habría podido sostenerse a lo largo de las décadas si no hubiera ocurrido, simultáneamente, una profunda revolución de la conciencia, un terremoto subjetivo que transformó para siempre la psique nacional. Antes de 1959, la mentalidad colonizada había internalizado la inferioridad, el fatalismo, el racismo estructural y la dependencia económica; la revolución, al entregar la tierra, la salud y la educación, no solo cambió las condiciones materiales de existencia, sino que alteró la estructura misma del deseo y la imaginación política de los cubanos. Enseñar a leer en las montañas y los campos durante la Campaña de Alfabetización no fue solo un acto pedagógico, fue un acto radical de descolonización mental, porque quien aprende a descifrar la palabra aprende a descifrar el mundo y a nombrar su propia opresión, dejando de ser un espectador resignado para convertirse en un arquitecto de su destino. 

Esta revolución de la conciencia es la que permitió que un enorme país pequeño, asediado y con recursos limitados, lograra hazañas que humillan a las potencias hegemónicas: enviar médicos a las zonas más devastadas del planeta no por lucro, sino por internacionalismo solidario; mantener una cultura científica y artística de vanguardia a pesar de la escasez impuesta; y sostener la idea inquebrantable de que la vida humana vale infinitamente más que cualquier ganancia de mercado. La integración de ambas dimensiones es lo que hace invencible a este pueblo, porque la conciencia de la revolución sin la revolución de la conciencia caería inevitablemente en el dogmatismo estéril y la burocracia ciega, repitiendo consignas vacías sin capacidad de autocrítica ni renovación; mientras que una supuesta revolución de la conciencia sin la conciencia de la revolución se disolvería en un idealismo abstracto, desconectado de las duras realidades geopolíticas y de la lucha de clases que sigue definiendo el orden mundial contemporáneo. 

Hoy, esta integración se pone a prueba en la complejidad de la construcción del socialismo revolucionario en el siglo XXI, donde las nuevas generaciones, que no vivieron el triunfo inicial, exigen con legítimo derecho que la revolución se renueve, que la democracia participativa se profundice, que se ensanche la igualdad de género, y que la economía sin bloqueo responda a las necesidades reales y se renueve en la lucha por la justicia social. Todas esas son fortalezas de conciencia, andan por las calles, cantan y bailan si perder razones ni intuiciones criticas, su tensión interna es la evidencia de todo lo nuevo para la especie humana como prueba viva de que la revolución de la conciencia se activa, cuestiona, propone e interviene en las revoluciones institucionales que van sabiendo acomodarse a las coyunturas, sin perder sus bases y fiel a su dignidad emancipadora. Quien los conocen realmente no pueden negarlo. 

Por eso la dignidad del pueblo revolucionario de Cuba no puede comprenderse desde la moral abstracta ni desde el sentimentalismo pequeño-burgués, sino únicamente desde las categorías del materialismo histórico, como expresión concreta de una praxis colectiva que, en condiciones materiales objetivamente adversas —el subdesarrollo heredado del capitalismo dependiente, el bloqueo imperialista más prolongado de la era contemporánea como forma concreta de la lucha de clases a escala internacional, la asfixia económica sistemática diseñada para demostrar que ningún pueblo puede emanciparse sin pagar un precio brutal—, ha logrado lo que el capitalismo global, en su fase monopólica y financiarizada, se muestra estructuralmente incapaz de garantizar: la superación práctica de la alienación que reduce al ser humano a mera fuerza de trabajo mercantilizable. 

Esta dignidad no es un atributo esencialista ni una cualidad espiritual deshistorizada, sino el resultado de un proceso dialéctico en el que las masas populares, arrancadas de la condición de objeto de la historia por el latifundio azucarero, la dependencia colonial y la semi-colonización de la vida social bajo la República neocolonial, se constituyen como sujeto histórico al transformar radicalmente las relaciones de producción y, con ellas, las formas de la conciencia social. Lo que distingue al proceso cubano no es la ausencia de contradicciones —toda formación social en tránsito hacia el socialismo las produce y las reproduce, porque el socialismo no es un estado ideal sino un movimiento real que suprime el estado actual de las cosas—, sino la capacidad de su pueblo de superar dialécticamente esas contradicciones sin renunciar a la revolución a su soberanía, sin reintegrarse al mercado mundial como proveedor de fuerza de trabajo barata y materias primas, sin aceptar que la única alternativa posible sea la restauración capitalista con su cortejo de desempleo estructural, mercantilización de la salud y la educación, y proletarización salvaje. 

Cuando un médico cubano atiende en las barriadas de Caracas, en las aldeas de Mozambique o en las zonas devastadas por el terremoto en Haití, no realiza un acto de caridad sino de internacionalismo proletario, es decir, de conciencia de que la emancipación del pueblo cubano es inseparable de la emancipación de la humanidad entera, porque el capital es una relación internacional y la lucha contra él no puede circunscribirse a las fronteras nacionales. Cuando un campesino defiende su cooperativa, cuando un obrero discute en la asamblea sindical el plan económico, cuando un joven debate en la universidad los rumbos de la revolución sin que nadie le exija alinearse con los intereses de una trasnacional, se está produciendo concretamente lo que el marxismo denomina superación de la alienación: el productor directo reapropiándose, colectivamente, de las condiciones de su propia existencia. 

Esta es la dignidad inmensa de Cuba: haber demostrado, contra el fetichismo de la mercancía y contra la ideología del fin de la historia, que los pueblos pueden decidir soberanamente su destino, que la conciencia revolucionaria no es un reflejo mecánico de la base económica sino una fuerza material que, cuando se inspira a las masas, se convierte en potencia transformadora de la realidad, y que la verdadera libertad no consiste en elegir entre distintas marcas de mercancías sino en la capacidad colectiva de producir la propia vida sin someterse a la explotación capitalista.

Entonces el pueblo cubano sabe, en su médula, que la verdadera revolución contiene discrepancias o debates, jamás resignación y ni entrega al imperio. Por eso, su fuerza es invencible: porque han entendido que la libertad es una praxis, no un deseo etílico de merolicos mal peinados; que la conciencia se afila en la práctica transformadora y la práctica se ilumina con la conciencia crítica. En un mundo obligado a desangrase por la codicia imperial, el racismo, la guerra y la destrucción ecológica, Cuba sigue siendo un faro nuevo, incómodo y necesario, demostrando que es posible vivir con dignidad, que la solidaridad puede ser poética y política de Estado y que los seres humanos, cuando nos organizamos colectiva y revolucionariamente despertamos a la conciencia, que es capaz, también, de desafiar a los gigantes y salir de pie. 

Solidarizarse con Cuba hoy no es un acto de nostalgia romántica, sino de vanguardia política, es reconocer que en esa isla se está construyendo lo único realmente nuevo que la especie humana pueda ver, librando la batalla por el futuro, una batalla donde la conciencia de la revolución y la revolución de la conciencia marchan abrazadas, recordándonos que otro mundo no sólo es posible, sino que ya está siendo construido, a pesar de todo, por las manos y la mente de un pueblo que eligió ser libre. Y nos educa a todos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

La guerra que tanto temen: Europa y la lucha de clases

                                                                                                     

Carmen Parejo Rendón     8 de octubre de 2026









«Dicen que la patria es un fusil y una bandera», escribió el cantautor Chicho Sánchez Ferlosio en 1963, en plena dictadura franquista en España. Y añadía: «Mi patria son mis hermanos que están labrando la tierra». Esa contradicción atraviesa buena parte de la agenda política europea de estos días.

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La crisis del capitalismo europeo está empujando a sus clases dirigentes hacia una vieja salida: la rapiña. Hacia fuera, mediante una política cada vez más agresiva para asegurar mercados, materias primas, rutas comerciales y espacios de influencia; hacia dentro, descargando sobre las mayorías trabajadoras los costes de una pérdida de peso económico que no están dispuestas a asumir quienes se beneficiaron del orden anterior.

Manifestantes acampan durante una protesta que exige leyes más estrictas para proteger a los inquilinos en Madrid, España, el lunes 28 de septiembre de 2026.Manu Fernández / AP

Ambas dimensiones forman parte del mismo proceso. Durante años, la disciplina fiscal de la Unión, los objetivos de déficit, las privatizaciones y las reformas laborales estrecharon el espacio de lo público y ampliaron el de la acumulación privada. Ahora esa misma capacidad de intervención estatal se despliega con extraordinaria rapidez para alimentar el rearme y abrir un nuevo ciclo de inversión y beneficios en la industria militar. El gasto en defensa de los Estados de la UE alcanzará, según las previsiones oficiales, los 454.000 millones de euros en 2026, un 75,3% más que en 2021. Luego el problema nunca fueron los recursos, sino su destino.

Durante buena parte de la última década, el malestar europeo se interpretó a través de una sucesión de conflictos culturales. Inmigración, ciudadanía, identidad, seguridad o soberanía nacional ocuparon el centro del debate, mientras la lucha de clases se daba por superada y las llamadas clases medias parecían haber enterrado definitivamente las viejas identidades sociales. Primero llegó la imagen de una juventud integrada en un progresismo cultural incapaz de cuestionar el orden existente; después, la de una generación escorada hacia la extrema derecha. Ambos fenómenos son reales, pero quizás estaban enterrando demasiado pronto aquello que daban por muerto.

Marx tomó de Shakespeare la imagen del viejo topo que cava bajo tierra antes de reaparecer en la superficie. Y la historia, que suele tener poco respeto por los certificados de defunción, ha seguido haciendo su trabajo. Como se atribuye a Galileo: eppur si muove. Y, sin embargo, se mueve. Y es esto lo que hemos visto estos días.

Se mueve en Madrid, donde una protesta contra el desahucio de Maricarmen Abascal de 87 años ha terminado desbordando el caso particular. La acampada de Sol continúa, se ha extendido a otros lugares y nuevas movilizaciones mantienen abierto el conflicto. La presión ha obligado además al Gobierno a presentar con urgencia dos decretos sobre vivienda, todavía limitados y rechazados en sede parlamentaria, pero suficientes para recordar una verdad elemental: cuando aumenta la presión de la calle, lo que no se hizo en casi ocho años, se convierte en una emergencia legislativa, que —aunque no solucione el problema— demuestra que esa lucha sirve.

En torno a la movilización, además, han confluido reivindicaciones de vivienda, educación, sanidad y otros sectores laborales, mientras vuelven a escucharse apelaciones directas a la clase obrera y a la huelga general. Allí donde el ciclo anterior habló sobre todo de ciudadanía, indignación o gente, empieza a reaparecer una identificación más explícita de intereses sociales contrapuestos.

Se mueve también en Francia. Las protestas contra la falta de profesores, la masificación y el deterioro de los centros llegaron esta semana a centenares de institutos y coincidieron con una huelga de trabajadores públicos contra los recortes y la congelación salarial prevista para 2027. La respuesta estatal ha incluido más de un millar de detenciones en dos días, en su mayoría de menores.

Y se mueve en Alemania. El 25 de septiembre, decenas de miles de estudiantes salieron a las calles contra la recuperación del servicio militar obligatorio y contra las nuevas obligaciones de reconocimiento médico; los organizadores cifraron la participación en más de 45.000 personas en alrededor de cien ciudades. Al día siguiente, unas 175.000 personas participaron en las movilizaciones convocadas por el DGB en defensa del Estado social, las pensiones, las condiciones laborales y los derechos de los trabajadores. La proximidad de ambas protestas resume bastante bien el momento: mientras desde arriba se reclama más ejército, desde abajo se pregunta quién va a pagar la factura. No existe todavía un movimiento europeo unificado, pero sí un cambio de lenguaje y de terreno.

Y es en este nuevo escenario donde también se retrata la extrema derecha. Durante años cultivó una imagen de rebeldía, irreverencia y desafío frente a unas élites supuestamente progresistas. Pero cuando el conflicto deja de girar alrededor de identidades y empieza a hablar de alquileres, salarios, servicios públicos o desahucios, aquella pose transgresora encuentra rápidamente sus límites.

Estudiantes del Lycée Montebello bloquearon el acceso a su centro educativo en Lille para protestar contra lo que consideran recursos insuficientes para el sistema de educación pública, el 30 de septiembre de 2026.Christophe Forestier/SIPA / Legion-Media

En España, Vox ha atacado las acampadas y ha tratado de devolver la crisis de la vivienda al terreno de la inmigración, vivienda al terreno de la inmigración, mientras grupos ultras amenazaban con intervenir violentamente para acabar con las mismas. En Francia, Marine Le Pen ha condenado las protestas y contrapuesto la «Francia olvidada» de territorios rurales con las banlieues que, según su discurso, llevan años recibiendo miles de millones de dinero público. Es cierto que los barrios prioritarios reciben financiación específica, pero precisamente porque concentran menores rentas, mayor desempleo y peores condiciones de acceso a servicios y vivienda. Convertir esas políticas compensatorias, que no dejan de ser meros parches, en el privilegio de unos frente al abandono de otros vuelve a transformar un problema material en una guerra entre los de abajo.

Alemania ofrece otra variante. Ante una crisis de vivienda en Berlín, donde los alquileres han aumentado mucho más deprisa que los ingresos y el debate ha llegado hasta las propuestas de socialización de cientos de miles de viviendas pertenecientes a grandes grupos inmobiliarios, AfD vuelve a señalar a la inmigración como explicación del encarecimiento. Es curioso: pueden cambiar el país, el conflicto y hasta el idioma, pero esta gente nunca mira hacia arriba.

Hasta ahora parecía que el problema de la extrema derecha con los trabajadores pobres era, sobre todo, que algunos habían nacido en Marruecos, Senegal o Ecuador. Hay que reconocerles cierto afán de superación: cuando los trabajadores empiezan a organizarse y a señalar al capital, descubren que también pueden molestarles los nacidos en Madrid, París o Berlín. La retórica antisistema termina así donde suele terminar cuando la lucha de clases deja de ser una abstracción: defendiendo el orden existente frente a quienes lo cuestionan.

España registra esta escandalosa cifra de desahucios cada día

Conviene, en cualquier caso, no confundir una fotografía con una película. Lo que ocurre estas semanas en Madrid, París o Berlín no constituye todavía un movimiento europeo articulado ni permite anunciar mecánicamente el regreso de ninguna identidad política perdida. El mismo deterioro material puede alimentar organización colectiva o ser utilizado para enfrentar al propietario con el inquilino, al trabajador nacido aquí con el que llegó de fuera, al empleado público con el privado o al joven con el pensionista. La lucha de clases nunca desapareció, pero tampoco produce por sí sola conciencia de clase.

Sin embargo, después de años en los que buena parte del malestar fue canalizado hacia conflictos identitarios, se abre un escenario más incómodo. La vivienda, los salarios, los servicios públicos y el rearme empiezan a aparecer como partes de una misma disputa, y la soberanía deja de medirse únicamente frente a supuestos enemigos exteriores para plantearse también dentro: quién decide, en nombre de quién y al servicio de qué intereses actúa el Estado. Su pretendida neutralidad empieza entonces a resquebrajarse.

Ahí adquiere todo su sentido volver a Chicho Sánchez Ferlosio, quien hace más de sesenta años en la misma canción que citábamos ya lo predijo: «La guerra que tanto temen no viene del extranjero».

Fuente: R»T»