miércoles, 21 de octubre de 2026

Acto en memoria de los estibadores y marineros británicos que combatieron en las Brigadas Internacionales

                                                                                                                  mpr21
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Redacción      17 de octubre de 2026

























Cuando se cumplen el 90 años del estallido de la Guerra Civil española, se multiplican los actos conmemorativos de las Brigadas Internacionales en Reino Unido. De Sunderland partieron 20 voluntarios a luchar contra el fascismo en España, en su mayoría estibadores, marineros y trabajadores de los astilleros.

El recuerdo se extiende a los marinos que arriesgaron sus vidas para transportar suministros a los puertos de la Segunda República y para evacuar a los refugiados. También rendimos homenaje a los voluntarios de nuestra zona que recaudaron fondos para España y cuidaron de los niños refugiados vascos que encontraron aquí un refugio.

La conmemoración que tendrá lugar el 1 de noviembre en la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) de Sunderland resulta especialmente apropiada, dado que varios marineros de la ciudad desempeñaron un papel muy destacado durante la Guerra Civil española. El acto será inaugurado por el alcalde, Robert Hutchinson, y la concejala, Glenda Hall.

El acto también recordará a las víctimas de la Masacre de North Sands, una movilización obrera en la que el 3 de agosto de 1825 el ejército británico abrió fuego contra los huelguistas (*). El año pasado se convocó el acto conmemorativo del 200 aniversario de dicha masacre.

Un puerto con una dilatada trayectoria de lucha obrera

En 1825 los miembros de la Seamen’s Loyal Standard Association (Asociación de Marineros) bloquearon el paso de barcos en el río Wear para exigir aumentos de los salarios y mejoras en las condiciones de vida de los estibadores y marineros del puerto de Sunderland (*). Siete trabajadores murieron por los disparos del ejército. Se va a construir un monumento conmemorativo en la iglesia de la Santísima Trinidad, que está junto al puerto, en recuerdo de la matanza obrera de North Sands.

Más de la mitad de los voluntarios de Sunderland que sirvieron en las Brigadas Internacionales eran estibadores y marineros del puerto, que tiene una dilatada trayectoria de lucha. Cuatro capitanes nacidos en Sunderland estuvieron al frente de las labores de ayuda al pueblo español durante la Guerra Civil Española. El capitán Andrews, natural de Sunderland, desafió por primera vez el bloqueo naval fascista a bordo de un buque construido en la propia ciudad. La familia del capitán Andrews intervendrá en el acto en memoria de las Brigadas Internacionales.

Asimismo, el acto contará con la participación de representantes de los North East Volunteers for Liberty (Voluntarios por la Libertad del Noreste), la Association of the UK Basque Children (asociación de los niños vascos refugiados en Reino Unido durante la Guerra Civil), la Associazione Nazionale Partigiani d’Italia (ANPI, organización de guerrilleros italianos), así como de familiares de los voluntarios.

(*) https://university.open.ac.uk/research-centres/herc/blog/never-be-forgotten-3rd-august-north-sands-massacre-sunderland-1825

Una mirada crítica al feminismo a siete años de la revuelta popular en Chile

Fuentes: Rebelión
    

  Octubre de 2019 puso de manifiesto el deseo popular de cambiar todo de raíz, coincidiendo con el carácter radical de las transformaciones que necesitamos las mujeres para destruir la opresión de clase sexual en interacción con otras opresiones.

A siete años de la revuelta popular de octubre del 2019, que repletó calles, plazas y paredes con deseos de transformación en todos los rincones del país, recordamos ese momento histórico en el que colectivamente imaginamos una vida digna y plena, creímos posible un mundo justo y ensayamos formas autónomas de organización, de solidaridad y de articulación frente a la represión estatal. En este breve escrito reflexionamos (auto)críticamente sobre el estado del feminismo y su transformación en un movimiento sin rumbo rebelde llegando a convertirse en un componente más de la fábrica de ilusiones del reformismo institucional, en consonancia con una política mundial de cooptación de los alzamientos y movimientos sociales.

I.

Una parte del mundo popular alzado de octubre pasó de la movilización callejera a la discusión normativa constitucional. Cautivados por el lenguaje democrático liberal que las cúpulas políticas desplegaron para salvarse de ser destronadas, estos sectores creyentes en la institucionalidad nos llevaron a enfrentar una serie de reveses. El poder seduce y cautiva -atrae y atrapa- las luchas rebeldes. Cautivó el lápiz y el papel, el dedo de Lagos, la primera mujer presidenta y el joven universitario de izquierda.

La izquierda en el (del) poder, con Boric y el Frente Amplio, el Partido Comunista y los socialistas, son parte de esa fábrica de ilusiones que una izquierda confiada consume una y otra vez. Hoy nuevamente están fabricando esos espejismos por lo que no hay desperdicio en recordar que bajo el gobierno de Boric se aprobó el TPP 11, más de 60 leyes represivas, se mantuvo el estado de excepción en Wallmapu, la prisión política de compañeros y compañeras que participaron en la revuelta, de luchadores del pueblo mapuche y de quienes han utilizado la acción directa contra este sistema, como Juan Aliste Vega quien falleció este domingo 11 de octubre bajo encierro y tortura, pese a su delicado estado de salud. El gobierno del otrora universitario, sin duda alguna, perfeccionó el carácter policial, militar y criminalizador del Estado chileno.

Se instrumentalizó al feminismo – con el aval de muchas compañeras- abonando con ello, a la actual crisis del proyecto emancipador de las mujeres; el que atraviesa uno de sus momentos más críticos, marcado por la atomización, institucionalización y cooptación, con consecuencias devastadoras para el movimiento.

El feminismo perdió su potencia emancipadora. Lo que algunas llaman la cuarta ola, que tomó forma en movilizaciones masivas no solo en Chile, sino en distintas partes del mundo, denunciando la transversalidad histórica, cultural y social de la violencia sexual, quedó atrapada en experiencias individuales, situando el problema en lo íntimo y entregando su abordaje a la institucionalidad gubernamental y particularmente a las universidades.

También se ha perdido potencia emancipadora al establecer alianzas con el poder político globalizador para acceder a cuotas de poder, creyendo en la posibilidad de un gobierno feminista, de un partido feminista, de una ONU feminista.

La injerencia de las instituciones (academia, Estado, corporaciones, agencias de cooperación, empresas, etc.) en el movimiento no es algo nuevo, pero en la última década la imposición de sus intereses prácticamente no se cuestiona, al contrario, colectivas y organizaciones feministas se adaptan a la narrativa estándar e insípida de los derechos humanos y la igualdad de género.

Seamos claras: ninguna institución puede ser feminista. La experiencia histórica nos refriega en la cara una u otra vez que la impronta de los movimientos sociales es su autonomía política, sin ella, pierden de vista el horizonte emancipatorio y se quedan enredados en la demanda de derechos autorizados por el sistema.

II

Hoy los poderes geopolíticos se encuentran en reconfiguración, librando guerras en distintos territorios, desarrollando tecnologías de vigilancia social, control de los cuerpos, guerra y extractivismo, acentuando la destrucción de las fuentes fundamentales de la vida: el ecosistema, lo comunitario y la integridad de lo humano; produciendo subjetividades vacías, disociadas y llenas de efectismo, sin duda se tiene como menta deshumanizar y cosificar la vida.

En este escenario, es cada vez más difícil pensar por nosotras mismas y establecer prioridades en sintonía con las condiciones concretas en las que vivimos. Mientras tratamos de reaccionar, un entramado de corporaciones tecnológicas (Nvidia, Microsoft, Apple, Google, Palantir, por nombrar algunas), empresas filantrópicas (Open Sciety, Ford Fundation, USAID, Mackenzie Scott, entre muchas otras) y organizaciones multilaterales como el Banco Mundial o la ONU, financian las agendas del capitalismo global y de la política feminista. Multimillonarios, empresarios y bancas privadas estadounidenses y europeas -la mayoría de origen israelita y/o sionista-, literalmente lavan su imagen con la causa feminista y monopolizan la “agenda progresista”, al mismo tiempo que están detrás de industrias destructivas que necesitan petróleo, minería, tierras, fuerza de trabajo, etc. al menor costo. ¿Por qué esto es un problema para el feminismo? Por varias razones, entre las más evidentes: Genera clientelismo y dependencia del movimiento, teniendo que ajustar sus prioridades a las de los financistas. Un ejemplo claro es la imposición de la agenda transgenerista a través del requisito obligatorio para acceder a fondos de incluir a personas trans y sus intereses, aun cuando no sea parte del trabajo de muchas organizaciones feministas. Tienen esta política, Fondo Alquimia en Chile y grandes redes como Prospera y AWID, estas últimas incluso excluyen de su narrativa a lesbianas. Los encuentros feministas y lésbicos latinoamericanos han tenido que sacrificar sus prioridades a cambio de apoyo de estos consorcios financieros. Esto no sólo atenta contra la autonomía del movimiento, sino que desplaza intereses políticos centrados en las mujeres y borra la diversidad de los movimientos sociales. La tecnocracia del género que marca la política de todas estas instituciones, sirve para reforzar estereotipos y desconocer las bases materiales de la opresión de las mujeres; no sólo despolitiza al movimiento de mujeres, sino también, alimenta y renueva al capitalismo en su versión tardía.

Asimismo, estas corporaciones impulsan como derechos condiciones de opresión que el feminismo históricamente ha rechazado: promueven la explotación sexual como trabajo (sistema prostituyente, pornografía, etc.) y el mercado reproductivo que disecciona y cosifica el cuerpo de las mujeres para el mercado, como el arriendo de vientres. Reflejo de esto es lo que sucede en la ONU, donde se está librando una verdadera batalla ideológica en su interior a partir de una campaña de desprestigio que ONU Mujeres ha emprendido contra la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, Reem Alsalem, por defender que la violencia contra las mujeres y niñas se basa en el sexo y que la prostitución es un sistema de explotación. Por otro lado, Amnesty International UK, pro régimen prostituyente, publicó una “lista negra” de organizaciones. Ambas instituciones mezclaron deliberadamente a grupos de derecha, provida, homofóbicas, con feministas, todas en el mismo saco de “antiderechos”. Prácticas claramente fascistas y patriarcales. Sin embargo, es justamente el sector del feminismo que resignifica la explotación sexual y reproductiva como derechos, el más favorecido por las políticas internacionales de cooperación. Así, reciben financiamiento sólo colectivas y organizaciones feministas que se alinean con las agendas regulacionistas. Todo esto forma parte de un establishment global de los derechos de las mujeres, compuesto por fondos de mujeres, ONG y feministas que se posicionan desde las instituciones y que recolectan los fondos de la cooperación internacional a nombre del movimiento de mujeres. En la década de los años 80’ y 90’, estos actores intervinieron al feminismo imponiendo una agenda clara y fragmentada: violencia de género y derechos reproductivos. Actualmente, es el deslavado tema de los cuidados que se impone, tergiversando lo que antes entendíamos como reproducción social y división sexual del trabajo considerando con ello la apropiación capitalista, la explotación de las mujeres pobres, migrantes, racializadas y la desvalorización social del trabajo reproductivo de las mujeres. Nuestras propuestas planteaban la distribución equitativa de estas responsabilidades, su socialización y comunitarización y no el traspaso al mercado ni al Estado.

No estamos siendo nosotras, las feministas organizadas en colectivas, en organizaciones territoriales, en grupos autónomos, quienes hacemos el contenido y las rutas, inventamos los conceptos anclados en la vida cotidiana, sino que son estas instituciones las que elaboran plantillas en serie que encasillan la lucha feminista y diluyen su potencia creadora y transgresora. El núcleo articulador de la institucionalización del feminismo es el individualismo, el borrado de las mujeres y de sus luchas históricas.

III

En un proceso de autocrítica, a fines de la década del 80’ y comienzos de los 90’ del siglo XX, surgió la corriente autónoma del feminismo autónomo latinoamericano que denunciaba el secuestro del movimiento feminismo por parte del Estado y las agencias internacionales, generando grupos de expertas, planificadoras y tecnócratas, arrinconando al movimiento a la política de lo posible y a las metas de los proyectos y los compromisos con las financistas.

Siguiendo este trazado, creemos urgente preguntarnos, ¿cuál es la política de las mujeres que necesitamos? Sin duda, esta política tiene una impronta: es la que se hace entre mujeres que politizan su experiencia común. Lo que sabemos hoy sobre la opresión de nuestro sexo es fruto de ese trabajo colectivo. Gracias a ese trabajo separatista, nos reconocemos hacedoras de la historia, nos rebelamos contra la violencia, conocemos y amamos nuestro cuerpo, valoramos nuestro trabajo y podemos reconocer los mecanismos explícitos e implícitos que genera el patriarcado para mantener las relaciones de dominación basadas en nuestro sexo. Incluso el feminismo que reivindica la lucha junto a los hombres (feminismo indígena, comunitario, decolonial, etc.) entiende y genera espacios políticos sólo entre mujeres, por ejemplo, las mujeres zapatistas.

El separatismo no implica desligarnos de las luchas populares, por ello, reivindicamos la revuelta del 2019 como parte también de nuestra historia. Octubre de 2019 puso de manifiesto el deseo popular de cambiar todo de raíz, coincidiendo con el carácter radical de las transformaciones que necesitamos las mujeres para destruir la opresión de clase sexual en interacción con otras opresiones.

Si el feminismo ha perdido su fuerza emancipadora, es urgente y necesario recuperarla. Es necesario radicalizar nuestras concepciones políticas. Para ello, debemos asumir la crítica, asumir responsabilidades, dejar la creencia casi religiosa en el Estado y situarnos desde ese lugar donde nunca se deja de sospechar del sistema de dominación. Hay que volver a saltar los torniquetes, volver a evadir las piedras con las que una y otra vez nos tropezamos. Así lo mostró la revuelta, retomar la potencia creadora de imaginarios que no quepan en las agendas institucionales, la energía colectiva que construye proyectos que dignifiquen la vida y se opongan a la cultura de muerte que se nos cuela por todos lados en estos días. Recuperar el feminismo emancipador es también recuperar la potencia transformadora de la revuelta.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de las autoras mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Néstor Prieto: «El imperialismo no es una política exterior que un presidente adopte o abandone, es el marco desde el que Estados Unidos interpreta el mundo»

 


Acierta en la geopolítica global pero se pierde en los objetivos del BRICS+, donde colaboran sistemas capitalistas con tendencia a la soberanía con países socialistas, donde lo importante es la creación de otros medios para la ruptura con el monopolio imperialista de la oligarquía yanqui-occidental en lo financiero, industrial, vías de comercio o el sistemas de pago exclusivo del dólar para hacerlo en otras monedas. Este es el objetivo del BRICS+ en todos los aspectos del desarrollo económico, financiero, industrial y tecnológico, bajo el derecho internacional de la ONU entre iguales y el beneficio mutuo, y si esto no se ve como un ataque a la base del imperialismo, es por subestimar la inteligencia y tácticas del marxismo chino de unir todo lo unible contra el enemigo principal, sin conformación de bloques. 

Al tiempo tampoco entiende que el bajo perfil en la confrontación con el imperialismo yanqui-occidental, es pura táctica con doble sentido entendiendo que cuando un enemigo comete errores, como los EE.UU, Europa y la OTAN en la guerra contra Rusia en Ucrania o en Irán, lo mejor es no interrumpirlos y en especial, cuando ese enemigo si en cualquier circunstancia se siente acorralado, tiene la capacidad de morir matando al grueso de la humanidad, por lo tanto la única estrategia inteligente para salvar la humanidad, es no cometer errores de despreciar la capacidad militar del imperialismo, seguir dejándolo que siga cometiendo errores agotando sus recursos, y esperar a que la estrategia del BRICS+ genere resultados, agotando la capacidad del dólar del control del mundo financiero, el comercio o sistemas de pagos. Que no quepa la menor duda de que la guerra en Ucrania, en Irán y aliados o la del Sahel, todas están conectadas y apoyadas militar y tecnológicamente, por China, Rusia e Irán, que si forman un bloque aunque no lo publiciten.
        
El carácter socialista de China da la impresión que tampoco lo entiende bien, indicando su mentalidad occidentalista del marxismo mecanicista y metafísico, incapaz de entender que una cosa es el sistema de producción capitalista en una sociedad capitalista, que todo está supeditado al beneficio individual del capitalista, que explota a la clase trabajadora para quedarse con el excedente no pagado al trabajador en el salario, al contrario que el sistema de producción capitalista, porque todavía no surgió otro diferente, pero consta que en China, Vietnam, Laos, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Bielorrusia, Namibia, Zimbabue o en el Sahel, está surgiendo un sistema alternativo y socialista, donde dependiendo del nivel de desarrollo del socialismo, el excedente producido por el trabajador y el campesino no pagado como salario, se recupera por el estado a través de los impuestos e inversiones financieras y la empresa pública, en el desarrollo de un estado de bienestar socialista para la clase trabajadora, campesina y todo el pueblo. También indica la publicación de este artículo en un periódico comunista, por donde andan los tiros en el movimiento comunista español y occidental.  Nota de Alonso Gallardo  


                                                                                                       

«La teología que legitimó la expansión estadounidense se construyó sobre una relectura del pacto bíblico. Si uno es el pueblo elegido y la tierra le está destinada, quienes ya la habitan son un obstáculo providencial».
Néstor Prieto

Néstor Prieto, periodista especializado en política internacional, impulsor del portal de análisis Descifrando la guerra, colaborador de numerosos medios como Público, elDiario.es, France 24, La Sexta y Mundo Obrero, y corresponsal de la Global Sumud Flotilla, acaba de publicar su primer libro en solitario. Lo ha titulado Imperio Herido. Trump y la transición a un nuevo orden internacional. Parte de la premisa de que el viejo orden muere ante nosotros y el nuevo orden ya está en camino, y para afrontar la incertidumbre de cómo puede ser ese nuevo mundo nos da herramientas para entender mejor el contexto en el que nos movemos.

Uno de los puntos de los que parte es que el imperio está herido. Sí, pero “cuando un imperio está herido, no sucumbe, ataca”. Por eso estamos en el momento en el que Estados Unidos intensifica y naturaliza la violencia y el poder del más fuerte y en el que el imperio dinamita lo que le molesta en su camino hacia una máxima desregulación internacional en la que no tener que rendir cuentas ante nadie de sus actos.

IMPERIO HERIDO. TRUMP Y LA TRANSICIÓN A UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL Néstor Prieto Amador Now Books, 2026

IMPERIO HERIDO. TRUMP Y LA TRANSICIÓN A UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL
Néstor Prieto Amador
Now Books, 2026

Para situarnos, Néstor Prieto nos explica que Trump no es la causa de la crisis, sino su consecuencia más elocuente. De igual modo que la política exterior de Trump no constituye una aberración en la historia, sino su intensificación. De la misma forma que Estados Unidos no es una democracia que ocasionalmente se excede, sino un imperio que por su propia naturaleza domina y somete, si es posible, a través de la persuasión económica, política y cultural, y no si no es posible, a través de la fuerza bruta. Y esa línea nos lleva a comprender que la Estrategia de Seguridad Nacional no es una anomalía sino la expresión más descarnada de una lógica imperial que recorre toda la historia de Estados Unidos y que cuando ha llegado el momento en el que siente el declive “relativo” de su hegemonía en el planeta, el imperio se quita el guante de seda que cubría el que siempre ha sido un temido puño de hierro. Darth Vader se quita la máscara y muestra su verdadero rostro.

Para entender bien el contexto en el que estamos, y conocer mejor a nuestro objeto de estudio, Néstor nos lleva a los orígenes de Estados Unidos y a cómo aquellas 13 colonias de la costa atlántica, que se independizaron del imperio británico, fueron ocupando, comprando, invadiendo, masacrando y repoblando todo lo que se les puso por medio hasta llegar a la costa oeste. Consiguieron unas fronteras naturales perfectas: flanqueados por dos océanos a sus costados, Canadá, por el norte y México por el Sur. A partir de ahí se volcaron en la expansión extraterritorial. Y ahí siguen, hasta hoy. Cambian las formas pero no el fondo. Ahora los imperios no necesitan invadir territorios sino someterlos y dominarlos. Así construyeron las herramientas para dominar desde tres frentes: el militar, con más de 800 bases repartidas por todo el mundo; el económico, con el dominio del dólar y con instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial; y el cultural, creando desde Hollywood y desde Silicom Valley imaginarios que naturalizan el liderazgo estadounidense. Un imperio de manual que no quiere llamarse imperio.

GEMA DELGADO: ¿Cuál es la base ideológica sobre la que se levantó y se sostiene hoy el imperio estadounidense?

NESTOR PRIETO: Estados Unidos tiene la semilla imperial desde su origen mismo, con una raíz ideológica, donde la religión y el liberalismo se repartieron el trabajo de justificar la expansión, y otra territorial que no ha dejado de crecer. Los primeros colonos del territorio, británicos movidos por una versión integrista del protestantismo, llegaron al actual EE.UU. convencidos de estar cumpliendo un designio divino y de que ir a Norteamérica era un negocio inmejorable. Aquellas élites, que llevaban el imperialismo en el ADN, acabaron sacudiéndose el imperio británico para controlar plenamente su economía. La independencia de las trece colonias fue una revolución de las élites.

Y en cuanto fueron independientes se lanzaron a la expansión. La génesis de EE.UU. son trece colonias, una franja pegada al Atlántico que por conquista, por compra y con el exterminio de los pueblos indígenas de por medio termina convirtiéndose en el tercer país más grande del mundo; pasan de ser dos veces el tamaño de España a ser casi veinte. En ese proceso cristaliza el Destino Manifiesto, la idea de que expandirse no era conquistar sino cumplir un derecho, un deber y un destino. Completado el continente llegaron Alaska, Hawái, Puerto Rico, Guam, una docena larga de territorios administrados en distintas partes del mundo y las ochocientas bases militares.

Es un imperio que se niega a sí mismo porque llamarse imperio ya no resulta elegante, pero sigue marcado por el evangelismo y el capitalismo. Mientras le bastó con Hollywood, el sueño americano y la persuasión, tiró de ese poder blando; cuando dejó de bastarle volvió a la coacción, que es el extremo al que ha regresado Trump y que estaba en el origen del país.

G.D.: El expansionismo del Gran Israel tiene elementos en común con el expansionismo estadounidense. ¿Cuáles son y cómo actúan?

N.P.: Hay un parentesco que no es metáfora. La teología que legitimó la expansión estadounidense se construyó sobre una relectura del pacto bíblico. Los colonos de Nueva Inglaterra se pensaron como el nuevo Israel y a América como su Tierra Prometida, y la consecuencia era explícita. Si uno es el pueblo elegido y la tierra le está destinada, quienes ya la habitan no son propietarios sino un obstáculo providencial. El exterminio de los pueblos originarios primero y la esclavitud negra después muestran hasta qué punto aquella élite concebía la expansión como empresa reservada a hombres blancos y puros.

Los mecanismos coinciden. Una frontera que se desplaza y se llama seguridad, una población nativa reducida a estorbo y un relato de excepción que exime de rendir cuentas. Cambia la fase histórica, no la lógica. Y hoy funciona en ambas direcciones, porque Gaza ha sido y es laboratorio, con violencia masiva para reordenar una región entera, inteligencia artificial aplicada a la selección de objetivos y desprecio absoluto a los tribunales internacionales.

G.D.: Sostienes que la alternancia entre demócratas y republicanos altera las formas, pero no el consenso. Parece un callejón sin salida.

N.P.: El imperialismo no es una política exterior que un presidente adopte o abandone, es el marco desde el que el Estado interpreta el mundo. Truman crea la OTAN; Eisenhower patrocina los golpes de Irán y Guatemala; Kennedy, Bahía de Cochinos; Johnson, Vietnam; Nixon, Chile; Reagan, la contra; Clinton bombardea Serbia sin autorización de la ONU; Bush invade Iraq; Obama bombardea Libia e impone las primeras sanciones a Venezuela. Cambian el instrumento y el vocabulario: invasión o intervención humanitaria, sanciones o presión internacional coordinada. Lo que no cambia es el derecho que se arrogan a intervenir.

Ahora bien, el callejón no está cerrado por decreto. Esa continuidad solo es posible gracias a un andamiaje material que ningún partido ha cuestionado porque a ninguno le conviene, el de las ochocientas bases, el dólar, el FMI y la industria cultural. Lo que erosiona esa arquitectura no es un relevo en la Casa Blanca, sino el desgaste de las condiciones que la hicieron posible. Y eso ya está ocurriendo, aunque no por voluntad de nadie en Washington.

«La base social que se rebela contra Trump no lo hace contra el imperio, cuya existencia ni percibe en esos términos, sino contra el establishment bipartidista que lo administra»

G.D.: También planteas que las resistencias internas en Estados Unidos no tienen vocación antiimperialista.

N.P.: No es que falten antiimperialistas, es que todo está dispuesto para que nunca lleguen a alterar la trayectoria del poder interno del país. La oposición realmente existente al establishment demócrata es, eminentemente, socialdemócrata. Las organizaciones netamente antiimperialistas tienen un desarrollo lastrado por una estructura política y constitucional que concentra la representación en dos partidos y encarece cualquier candidatura hasta hacerla inviable. Lo que ese andamiaje no bloquea lo bloquea la criminalización de la caza de brujas anticomunista del siglo pasado a la declaración de ANTIFA como organización terrorista en nuestros días, y todo ello en una sociedad culturalmente bombardeada. El imperio que seduce fuera de sus fronteras persuade todavía mejor dentro.

Resulta revelador que la base social que se rebela con Trump no lo haga contra el imperio, cuya existencia ni percibe en esos términos, sino contra el establishment bipartidista que lo administraba.

«Estados Unidos conserva ventajas militares, tecnológicas, financieras y geográficas que ningún rival iguala, y a la vez ha perdido su hegemonía. No asistimos al final del imperio, sino a su reconfiguración bajo presión»

¿Es una herida de muerte? El fin del imperio lleva profetizándose décadas. Hay teorías que hablan de la sobreextensión imperial, el desajuste entre los compromisos globales y la base económica que debe sostenerlos, y esa tesis tiene sentido hoy. Pero conviene no confundir erosión con colapso. Estados Unidos conserva ventajas militares, tecnológicas, financieras y geográficas que ningún rival iguala, y a la vez ha perdido la hegemonía incontestada que ejerció entre 1991 y 2008. No asistimos al final del imperio, sino a su reconfiguración bajo presión.

«Los BRICS no dibujan un horizonte de gobernanza alternativo. No cuestionan el capitalismo, sino la posición dominante que Estados Unidos ocupa. No proponen otro modelo sino un mejor lugar dentro del mismo»

G.D.: En el libro rebajas las esperanzas depositadas en los BRICS y en China. ¿En qué situación están?

N.P.: Los BRICS expresan algo real, porque el orden internacional está cambiando y la transición avanza de forma caótica y sin brújula ideológica. Pero estas coaliciones y alianzas nacientes, entre ellas los BRICS, no dibujan, al menos por ahora, un horizonte de gobernanza alternativo. No cuestionan el capitalismo, sino la posición dominante que Estados Unidos ocupa dentro de él. No hay compromisos de seguridad mutua ni mecanismos vinculantes, y los intereses divergen. India mantiene disputas fronterizas con China y pertenece a la vez a alianzas militares impulsadas por Washington. Miembros como Brasil u observadores como Bolivia han demostrado que basta un cambio de signo político para enfriar la agenda hasta dejarla reducida a lo comercial. La ampliación de 2024 incorporó al mismo tiempo a Irán y a Emiratos, rivales regionales declarados. Y cuando Washington atacó a socios del bloque como Venezuela, Cuba o Irán, la respuesta colectiva no pasó del comunicado. Autores del Sur Global como Samir Amin o Patrick Bond lo formularon antes que nadie. Los BRICS no proponen otro modelo sino un mejor lugar dentro del mismo.

China es otra cosa. Es una potencia en crecimiento sostenido que se piensa a sí misma en plazos largos y que ha ordenado su diplomacia en torno a lo que considera vital, el mar del Sur de China y Taiwán. Que no proyecte fuerza en el Caribe no es tanto un fracaso como una elección. Pekín avanza además en el terreno que va a decidir el siglo, y la irrupción de DeepSeek demostró que la brecha tecnológica no es insalvable. Su horizonte no se mide en ciclos electorales de cuatro años.

G.D.: ¿Qué papel tiene la Unión Europea en el orden que se está fraguando?

N.P.: La Unión Europea es un actor subordinado y reactivo, que llega tarde a la transición internacional y actúa a destiempo en un mundo que no termina de entender porque ya no se rige por sus patrones. Washington no la concibe como un socio con el que negociar de igual a igual, sino como un actor que debe cumplir un papel al servicio de sus intereses y desde la asimetría. Le exige el 5% del PIB en defensa, le impone aranceles unilaterales invocando su propia seguridad nacional, negocia a sus espaldas el conflicto de Ucrania y llega a proponer por escrito, en la Estrategia de Seguridad Nacional, «cultivar la resistencia» dentro de las naciones europeas, un respaldo explícito a la extrema derecha del continente. El imperio ya no solo somete a sus rivales, remodela a sus aliados a su imagen.

Siendo justos, el margen europeo está condicionado por décadas de dependencia estructural, económica, militar y energética, sin ejército propio y con la OTAN como único paraguas creíble. Pero la autonomía estratégica se ha revelado como lo que siempre fue, un eslogan para documentos oficiales. En mi opinión no peligra la existencia de la Unión a medio plazo. Sí su capacidad de ser un actor con proyección propia tal y como proclaman en Bruselas.

G.D.: La inteligencia artificial ya se emplea en las guerras de quinta generación. ¿Cómo se está aplicando y cómo reconfigura la relación de fuerzas?

N.P.: El caso mejor documentado es el de israelí. En Gaza se emplearon sistemas capaces de generar un centenar de objetivos diarios, allí donde veinte analistas humanos habrían tardado meses, y de asignar a cada residente una puntuación según la probabilidad estimada de pertenecer a un grupo armado. El tiempo medio de revisión humana por ese objetivo diseñado por la IA fue de veinte segundos, lo justo para confirmar que el señalado era varón y encajaba con el perfil que había generado la propia máquina. Lo más grave es que esa cifra no es un punto de llegada, es una estación intermedia.

Lo decisivo es una dinámica que nadie ha decidido y que todos aceptan. Cada generación de sistemas tecnológicos comprime el ciclo que va de detectar a ejecutar, y quien mantenga a un humano verificando cada decisión operará con una latencia que su adversario no tiene. La presión competitiva empuja hacia la automatización total no por convicción ideológica, sino por supervivencia. El ser humano pasa de decidir a supervisar, de supervisar a ratificar, y de ratificar a ser notificado.

Quien domine la cadena completa —captación, procesamiento y decisión— tendrá una ventaja difícilmente compensable con medios convencionales, y ahí Estados Unidos lleva la delantera. La bomba atómica tenía propietario identificable y cadena de mando; un algoritmo que selecciona objetivos puede operar en la opacidad total. En la guerra que viene, si viene, puede que no haya trece días para negociar.

«Los señores de Silicon Valley necesitan un Estado que no regule y Trump una infraestructura tecnológica que le permita controlar la opinión pública y dominar en el terreno militar. La convergencia es estructural, no puntual»

G.D.: ¿En qué medida la alianza entre los magnates de Silicon Valley, propietarios de las plataformas digitales y Donald Trump está reconfigurarán el poder y redefiniendo la democracia?

N.P.: Los señores de Silicon Valley necesitan un Estado que no regule y Trump necesita una infraestructura tecnológica que le permita controlar la opinión pública y dominar en el terreno militar. La convergencia es estructural, no puntual, y produce algo que no encaja en las categorías clásicas. El modelo de ese gran capital occidental reaccionario, fundamentalmente estadounidense, es un poder que combina la violencia estatal con la capacidad de modelar la realidad informativa a escala planetaria.

Hay autores que hablan de tecnofeudalismo. Quien controla la plataforma extrae renta de todo lo que circula por ella, igual que el señor feudal con la tierra. Solo que estos señores ya no se conforman con la renta, aspiran al poder político directo.

«El modelo del gran capital occidental reaccionario, fundamentalmente estadounidense, es un poder que combina la violencia estatal con la capacidad de modelar la realidad informativa a escala planetaria»

Un episodio lo resume muy bien. Cuando Anthropic se negó a permitir un uso sin restricciones de sus sistemas, la Casa Blanca rompió el contrato y recurrió a Musk, y semanas después esa tecnología se empleaba en la planificación del bombardeo sobre Irán. No hablamos ya solo de empresarios que financian campañas, como los magnates del siglo XX, sino de actores que poseen a la vez la infraestructura comunicativa, la capacidad de procesar datos y el acceso al aparato militar del Estado.

G.D.: En esta transición, ¿qué se vislumbra al final del túnel? ¿Otro mundo mejor es posible?

N.P.: No lo sé, y desconfío de quien lo afirme sin dudas. El nuevo orden no está decidido y su configuración depende de lo que ocurra en estos años. Lo único que puede afirmarse con certeza es que la transición está siendo más violenta.

Me aferro a la idea de que esa violencia agudizará las contradicciones del capitalismo en su fase imperialista. Guerra y muerte pagadas por los sectores populares, tensión creciente entre capital y trabajo, un cambio climático insaciable. De esa acumulación puede surgir una reacción popular, y la imagino antes en las periferias de Asia, África y América Latina que en Europa o Estados Unidos. Entonces sí cabría ver un horizonte mejor al final del túnel. No sé cuánto durará. Sé que cruzarlo será duro y violento.

(*) Subdirectora de Mundo Obrero 

martes, 20 de octubre de 2026

El sistema de pensiones privadas que propone la derecha en España arruinó a millones de chilenos

Fuentes: CTXT [Imagen: Pensiones. La boca del logo]

   De los 30 países que privatizaron total o parcialmente sus jubilaciones entre 1981 y 2014, 18 tuvieron que revertir la reforma, entre ellos Argentina, Hungría, Polonia y Bolivia

En plena precampaña de las elecciones del 29 de noviembre, la derecha española ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja receta: sustituir, en todo o en parte, el sistema público de pensiones basado en la solidaridad por la capacidad que cada persona tenga de ahorrar a lo largo de su vida laboral.

El responsable económico de Vox, José María Figaredo, ha afirmado que el sistema público de pensiones, que paga cada mes a unos diez millones de personas, “es un zombi” y “está quebrado”. Su receta es la reforma hacia un modelo mixto que combine el reparto con la capitalización individual. No es solo una propuesta. El Partido Popular lleva años preparando el terreno para que se lleve a cabo. En 2014, Esperanza Aguirre defendió ante la convención nacional del PP que las cotizaciones se considerasen un capital que pertenece a cada trabajador, compatible con los criterios de capitalización de las compañías de seguros. El Gobierno de Rajoy optó por el camino gradual de estimular los planes privados con ventajas fiscales y facilidades de rescate. Formas distintas, más bruscas o más suaves, de ir en la misma dirección, la de trasladar la jubilación desde un derecho colectivo hacia el ahorro individual invertido en los mercados financieros. Aunque hay que señalar por pura honestidad que esta idea no es patrimonio exclusivo del PP y de Vox. Es, en realidad, el programa de la derecha económica, de la banca y de sus centros de estudio y, a veces, ha encontrado acomodo en el propio PSOE. Fue un Gobierno de Felipe González el que reguló en 1987 los planes y fondos de pensiones privados y el ministro José Luis Escrivá, ya con Pedro Sánchez de presidente, fomentó en 2022 una ley para impulsar los planes de pensiones de empleo con fondos de promoción pública.

En un sistema de capitalización, la pensión que reciba cuando se jubile no está asegurada

Por eso es muy importante entender que, detrás de esa expresión amable de “modelo mixto”, hay un cambio radical que pone en peligro el bienestar de las personas que se jubilan sin disponer de grandes patrimonios.

En un sistema de reparto, como el español, las cotizaciones de quienes trabajan hoy pagan las pensiones de quienes están jubilados. La pensión es un derecho reconocido por ley y garantizado por el Estado y su cuantía se conoce de antemano porque depende de lo cotizado y de los años trabajados, no de lo que pase en la Bolsa. En un sistema de capitalización, por el contrario, cada trabajador ahorra en una cuenta individual y una gestora privada invierte ese dinero en los mercados financieros. La pensión que reciba cuando se jubile no está asegurada, sino que será lo que haya en la cuenta el día de la jubilación, sea mucho o poco, según la evolución de la inflación y los mercados financieros.

Quienes defienden la capitalización para evitar, según dicen, la insostenibilidad de las pensiones públicas, siempre omiten lo fundamental: es un sistema mucho más inseguro, menos rentable, más peligroso y, sobre todo, perjudicial para las rentas más bajas.

No es verdad que la capitalización resuelva el problema que dice resolver, el de la insostenibilidad de las pensiones públicas por razones demográficas, porque “en el futuro habrá muchos viejos y pocos trabajadores cotizando”.

Las pensiones, se financien como se financien, siempre se pagan con lo que se produce cada año. Un fondo privado no guarda pan ni medicinas para dentro de cuarenta años: guarda acciones y bonos que habrá que vender cuando llegue la jubilación. Y, si de verdad hubiera menos trabajadores produciendo y menos ahorro, también habría menos compradores para esos activos que quienes se vayan jubilando tendrán que vender para obtener dinero líquido. Si las pensiones públicas estuvieran amenazadas por un problema demográfico exactamente igual lo estarían los fondos privados.

Además, los fondos privados de pensiones rinden mucho menos de lo que prometen. Según los datos de INVERCO que analiza el catedrático de Hacienda Pública Ignacio Zubiri, los fondos españoles con 25 años de antigüedad apenas han logrado una rentabilidad real del 0,42% anual. Como ha señalado Zubiri, “bajo supuestos razonables, ahorrando durante 20 años el 10% de su salario, el trabajador obtendría una pensión que no llegaría al 10% de su último salario. Y con 30 años, su pensión no llegaría al 15% de su último salario”.

Los fondos de pensiones privados también son extraordinariamente inseguros. Si los mercados caen, como en 2008 y en otras muchas ocasiones, la pensión privada se hunde. Se volatiliza total o parcialmente. Aunque la gestora, eso sí, cobra siempre.

Tampoco dicen quienes defienden el tránsito a la capitalización que el cambio que habría que hacer desde el sistema actual es carísimo. Tanto, que se puede decir que es inviable hacerlo. Habría que seguir pagando las pensiones de reparto mientras las cotizaciones se iban desviando a cuentas privadas, de modo que una generación tendría que pagar dos veces.

Por supuesto, se omite también que los sistemas de capitalización multiplican la desigualdad. Las personas con salarios bajos, en situación de precariedad, quienes hayan tenido carreras interrumpidas y, sobre todo, las mujeres arrastran esa desventaja hasta la vejez sin ningún mecanismo solidario que las compense.

Transferir al sector financiero la gestión de la enorme masa de ahorro y dinero que suponen las pensiones públicas es un negocio gigantesco

¿Por qué entonces se defiende que se pase a un sistema de pensiones privado que tiene muchos más defectos objetivos, peligros financieros e inconvenientes que el sistema público?

La respuesta es sencilla: transferir al sector financiero la gestión de la enorme masa de ahorro y dinero que suponen las pensiones públicas es un negocio gigantesco.

Nada de lo anterior es teoría. En Chile hicieron todo esto y lo que allí ha ocurrido es lo que debe tomarse como referencia y aviso a navegantes.

La dictadura de Pinochet impuso en Chile, en 1980, la capitalización individual a través de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Aunque, significativamente, hubo dos colectivos a los que dejó fuera del experimento y que conservaron el viejo sistema público: los militares y los policías. Los arquitectos del modelo sabían bien cuál de los dos sistemas era mejor.

Los resultados después de varias décadas confirman el diagnóstico y lo ocurrido justo este año lo resume todo. Las siete AFP, que controlan activos por unos 229.000 millones de dólares y son la única fuente de ahorro para la jubilación de la mayoría de los chilenos, se lanzaron en los dos últimos años a comprar productos financieros que les darían beneficios si los tipos de interés estadounidenses seguían bajando. Pero ocurrió lo contrario y han registrado pérdidas que rondan los 7.700 millones de dólares. El golpe más duro lo recibió el fondo más conservador, el que se recomienda a quienes están a punto de jubilarse, y lo que perdieron no se evaporó: lo ganaron bancos como Société Générale, Bank of America o BNP Paribas.

La reacción de los responsables del fiasco tampoco tiene desperdicio. El presidente de la patronal de las AFP se negó a hablar de pérdida y la llamó “valorización económica del fondo”, y un consejero técnico de la propia Superintendencia propuso como remedio que quienes estén a punto de jubilarse aplacen su retiro hasta que el mercado se recupere.

Y Chile no es una excepción desafortunada. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que, de los treinta países que privatizaron total o parcialmente sus pensiones entre 1981 y 2014, dieciocho tuvieron que revertir la reforma, entre ellos Argentina, Hungría, Polonia y Bolivia.

Es mentira que el sistema público de pensiones esté quebrado. Su sostenibilidad depende de decisiones políticas que determinan la distribución de la renta, de la evolución de la productividad, del empleo, de los salarios y de cómo se financie. Lo que hay que hacer es blindarlo frente a quienes, como en Chile, quieren convertir nuestras pensiones en un negocio privado.

El 29 de noviembre también se decide eso. Vox lo ha dicho sin rodeos, y el PP lleva años abonando el terreno con incentivos fiscales a los planes privados, con discursos sobre la quiebra del sistema y con la idea de que las cotizaciones son un capital individual.

Y si alguien tenía dudas, las ha despejado uno de los grandes altavoces mediáticos de la derecha. El director de OkDiario, Eduardo Inda, comentaba en el programa Milenio las declaraciones de la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, que había puesto en duda el futuro del sistema público, y pidió silencio: “Cállate con las pensiones, que es un tema sensible”. “Que hablen –dijo– el 30N o cuando ya estén formando gobierno”. No le pidió al PP que garantizara las pensiones, sino que no hablara de ellas hasta que los votantes ya no pudieran tenerlo en cuenta.

Esto es lo que está en juego en las próximas elecciones.

Juan Torres López es economista y catedrático jubilado de Economía Aplicada.

Fuente: https://ctxt.es/es/20261001/Firmas/55507/pensiones-privatizacion-chile-pp-juan-torres-lopez.htm 

Estados Unidos, una plutocracia

Fuentes: Editorial de La Jornada

El senador estadunidense por Vermont, Bernie Sanders, denunció el gasto de cientos de millones de dólares de multimillonarios individuales y grupos de interés en las elecciones estadounidenses, y llamó a reformar el sistema de financiamiento de campañas. El legislador independiente, pero cercano al ala izquierda del Partido Demócrata, señaló que, entre 2024 y 2026, el magnate billonario, Elon Musk, destinó más de 650 millones de dólares a procesos electorales; las empresas de criptomonedas, más de 500 millones; el Comité Estadunidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC), 230 millones, y grupos vinculados con la inteligencia artificial, más de 200 millones. En 2024, la multimillonaria sionista Miriam Adelson donó 100 millones de dólares a la campaña presidencial de Donald Trump y, según se jactó éste, le ofreció 250 millones adicionales si se postula a un (ilegal) tercer mandato.

En cualquier otro país, esta inyección virtualmente ilimitada de recursos por parte de las personas más acaudaladas y grupos promotores de intereses siniestros sería motivo de escándalo y generaría protestas multitudinarias. En Estados Unidos, forma parte de una perversa normalidad en que los magnates compran políticos y el presidente de la nación soborna sin pudor a los ciudadanos para que refrenden la mayoría legislativa de su partido.

El trumpismo ha instaurado un nivel de corrupción inédito en la historia moderna de ese país, pero los problemas de fondo se originan en el modelo económico estadunidense. La democracia no puede sobrevivir allí donde se permite a un puñado de individuos amasar fortunas tales que pueden destinar millones de dólares a manipular la opinión pública y moldear el gobierno a su conveniencia. Si la existencia misma de multimillonarios es un peligro para el conjunto de la sociedad, el daño se encuentra asegurado cuando las leyes autorizan a esas personas a invertir en las elecciones como si éstas fueran un activo financiero más, sin topes de gastos e incluso bajo anonimato. Si bien los republicanos son los más favorecidos por la corrupción institucionalizada, hasta el punto de que en estos comicios han gastado 500 veces más que los demócratas en la crucial competencia por Texas, ambos partidos han contribuido a la conversión del sistema electoral en una subasta.

A la corrupción generalizada se suman otras tendencias antidemocráticas, como el rediseño arbitrario de los distritos electorales, conocida como gerrymandering, o el movimiento ultraconservador que busca eliminar en la práctica el voto femenino. Los mismos políticos y estrategas republicanos admiten sin sonrojo que depositan sus esperanzas de conservar la mayoría en el Congreso en la agresiva alteración distrital, en la que los barrios de tendencia demócrata son dispersados entre varios distritos de tal manera que siempre queden en desventaja. Esta práctica, facilitada por el bipartidismo, también es realizada por ambos bandos, pero en mayor medida por los republicanos, quienes le dan un uso inocultablemente racista a fin de borrar la representación de negros y latinos. La supresión del voto femenino es una propuesta exclusivamente republicana, basada en la ideología ultraconservadora en torno al “sufragio por hogar”, ejercido por el jefe de familia en nombre de todos sus integrantes. Hasta ahora no se ha establecido en ninguna norma, pero no puede descartarse que ya se practique por la vía de los hechos en las zonas donde líderes religiosos gozan de poderes extralegales sobre las comunidades.

En conclusión, a la manera en que se reparten los cargos políticos y se ejerce el poder en Estados Unidos se le puede llamar de muchas maneras, pero hace tiempo que dejó de ser una democracia. Sólo propuestas como la del senador Sanders pueden devolver al pueblo la soberanía que le fue usurpada por una clase dominante voraz y venal.


Fuente: https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/14/editorial/estados-unidos-una-plutocracia 

El chovinismo social, la «izquierda» occidental y el movimiento antiimperialista

                                                                                                 
Oct 15, 2026
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El chovinismo social, la «izquierda» occidental y el movimiento antiimperialista

Partido Comunista de Gran Bretaña-Marxista-Leninista [CPGB-ML (Gran Bretaña)]

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El 20 de agosto, The Guardian publicó una supuesta «carta abierta» titulada: «A los prisioneros políticos de Irán: atrapados entre dos hojas de una tijera». Aunque supuestamente se dirigía a los prisioneros políticos iraníes, la carta fue escrita en inglés y publicada por primera vez en un periódico británico.

Avalada por alrededor de dos docenas de firmas, en su mayoría de profesores universitarios estadounidenses, el mensaje de la «carta abierta» era que, en medio del brutal ataque estadounidense/israelí contra el pueblo iraní y su gobierno, la humanidad progresista debería abstenerse de ponerse del lado de Irán y, en su lugar, seguir apoyando a los activistas del cambio de régimen.

Según los autores, el pueblo iraní está atrapado entre «dos hojas de una tijera», es decir, entre la brutalidad del imperialismo estadounidense y la igual brutalidad de su propio gobierno.

No es la intención de este artículo analizar en detalle el contenido de la «carta», por la sencilla razón de que no es más que una repetición del mismo sinsentido aburrido que hemos oído mil veces antes. Con la posible excepción del prisionero Mumia Abu Jamal, no hay ningún firmante que merezca ser mencionado por su nombre, y se han planteado serias dudas sobre si, de hecho, puso su nombre al documento.

Sea como fuere, el argumento que esboza es uno comúnmente expresado entre los socialdemócratas de izquierda en los países imperialistas, incluso entre aquellos que identifican su política esencialmente proimperialista como «socialista», «leninista», «bolchevique», etc. De hecho, este falso argumento y la falta de combatirlo han paralizado fatalmente prácticamente todos los intentos de construir campañas de solidaridad para defender no solo a Irán, sino también a Siria, Libia, el Donbás, la Corea socialista e innumerables otras naciones que enfrentan ataques militares y económicos del imperialismo.

Un verdadero antiimperialista debe ser capaz de decir la verdad sobre estos países, explicar las verdaderas razones por las que son atacados y expresar su pleno apoyo a su resistencia a la agresión imperialista sin preocuparse por los diversos insultos reaccionarios («tankie», «estalinista», «islamoizquierdista», etc.) que le lanzarán.

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¿Una plaga sobre ambas casas?

A primera vista, parece increíble que alguien todavía tenga el descaro de promover la idea de que «Estados Unidos e Irán son dos males iguales». Este es el mismo imperialismo estadounidense que, el mismísimo primer día de su salvaje campaña de bombardeos, atacó deliberadamente una escuela y masacró a más de 160 niñas en edad escolar. Y que luego atacó varias otras escuelas y clubes deportivos, matando a muchos más niños.

Este es el mismo campo imperialista/sionista que destruyó intencionalmente el abarrotado hospital árabe al-Ahli en Gaza en octubre de 2023, asesinando a más de 500 civiles, una atrocidad que sirvió como acto de apertura de dos años de matanza genocida de cientos de miles de personas, en su mayoría mujeres y niños.

Es el mismo campo imperialista/sionista cuyas tropas de asalto, según informes generalizados de médicos sobre el terreno en Gaza, saqueaban hospitales y destruían deliberadamente el equipo para maximizar el sufrimiento y la muerte de civiles.

Es el mismo campo imperialista/sionista que ha bombardeado a alfombra el sur del Líbano y ha borrado por completo del mapa a docenas de pueblos y aldeas. A los lugareños todavía se les prohíbe regresar a sus tierras o a las ruinas de sus hogares; a quienes lo intentan se les dispara rutinariamente o se les ataca con drones.

Es el mismo imperialismo angloestadounidense cuyos espantosos crímenes en Libia, Siria, Yemen y toda la región —por no hablar de sus crímenes en otros lugares— ennegrecerán las páginas de la historia durante generaciones.

¿Qué ha hecho exactamente el gobierno iraní para justificar que se le equipare con tan viciosos criminales de guerra? ¿Aplicar un código de vestimenta pública que afectó desproporcionadamente a las mujeres? ¿Reprimir a las violentas fuerzas separatistas kurdas? ¿Encarcelar a quienes sorprendió espiando o, en el peor de los casos, aplicar la pena de muerte a los condenados por traición? ¿Es algo de esto remotamente comparable a los terribles crímenes del imperialismo/sionismo angloestadounidense en la región, para cualquier observador razonable?

Podemos estar seguros de que ni siquiera los rusos pueden ser acusados de nada cercano a tal brutalidad durante cuatro años y medio de operaciones militares en Ucrania. Pues si el ejército ruso hubiera bombardeado y destruido un hospital con 500 personas dentro, o hubiera arrasado una escuela llena de niñas, o cometido cualquier crimen incluso cercano a este nivel, los medios imperialistas de Estados Unidos y la UE lo estarían gritando a los cuatro vientos.

Los peores «crímenes de guerra rusos» que se alega que se cometieron fueron las ejecuciones de un puñado de prisioneros varones adultos en la ciudad de Bucha (muy probablemente una operación de falsa bandera ucraniana para justificar la prolongación de la guerra), y el supuesto «secuestro» de niños que vivían en una zona de guerra activa (también conocido como evacuación/rescate de civiles). Claramente, el temido «imperialismo ruso» —dejando de lado el incómodo hecho de que Rusia no cumple ninguno de los criterios económicos para ser descrito como tal— obviamente no es ni de lejos tan asesino como los verdaderos poderes imperialistas, en particular Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos de América.

Por obvias que puedan parecer estas diferencias abismales a las personas razonables, persiste una extraña tendencia entre la autodenominada «izquierda occidental» a desestimar cualquier consideración de escala o contexto e insistir abstractamente en que «ambos bandos son malos», «debemos oponernos a todos los opresores por principio» y palabrería grandilocuente similar.

Pero es como afirmar que un violador violento y su víctima son «ambos malos» porque «ella es una vaca» y «no me gusta por principio». ¿Respetarías la «postura de principios» de alguien que expresara tal opinión? Obviamente no; lo execrarías como apologista de la violación.

Entonces, ¿qué deberíamos pensar de alguien que hace la misma falsa equivalencia vil no solo sobre individuos sino sobre naciones enteras?

Claramente, no se puede trazar ningún paralelo entre la violencia agresiva de una alianza imperialista y la violencia defensiva del país que resiste esa agresión. Eso debería ser obvio para cualquier observador racional. La verdadera pregunta no es si la posición de la izquierda occidental es correcta, sino cómo una posición tan patentemente ridícula ganó tanta tracción en primer lugar.

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El chovinismo de las poblaciones occidentales

La respuesta es el chovinismo: la creencia implícita con la que la mayoría de los occidentales ha sido imbuida desde la infancia de que, en algún nivel, somos inherentemente superiores a las masas hiperexplotadas de África, Asia y América Latina.

Típicamente, esta creencia se sostiene de manera subconsciente, sin que seamos plenamente conscientes de ella, y va acompañada de un racismo subconsciente: la asociación de la piel blanca con la «civilización avanzada» y de la piel más oscura con pueblos «atrasados», «bárbaros» o «infantiles».

Los trabajadores que viven en los países imperialistas han sido invariablemente saturados de propaganda racista y chovinista desde su nacimiento, administrada a través de los medios de comunicación, el sistema educativo, libros, películas, videojuegos, etc. Es una de las herramientas más poderosas de la burguesía gobernante para intentar asegurar que nunca se desarrolle solidaridad de clase entre los trabajadores de Occidente y los del mundo oprimido y neocolonial.

El mayor nivel de vida del que disfrutan los trabajadores del núcleo imperialista — un soborno pagado con los enormes superbeneficios que los imperialistas obtienen de su superexplotación en el extranjero— se presenta como prueba del supuestamente mayor grado de civilización y humanidad del pueblo europeo.

Los líderes de nuestro movimiento sindical y obrero son sobornados con esos mismos superbeneficios, pero de manera aún más generosa, para asegurar su leal cooperación en el mantenimiento de la paz social y en ayudar a perpetuar tal pensamiento racista y chovinista entre la clase trabajadora.

Algunos pueden cuestionar cómo es esto posible, dado que la izquierda aparentemente es tan vocal y activa en innumerables campañas supuestamente «antirracistas» y «antifascistas». La respuesta es que el chovinismo de la izquierda —conocido como chovinismo social— generalmente no se presenta de manera tan descarada como el supremacismo crudo de «fuera los pakis» de la derecha.

Más bien, el chovinismo social se distingue principalmente por una negativa práctica a reconocer que la lucha de las masas de los pueblos oprimidos de toda América Latina, Asia, África y Oceanía por liberarse de la dominación imperialista es igualmente importante que la lucha por los derechos de los trabajadores en los corazones imperialistas.

Los chovinistas sociales participan con entusiasmo en campañas antirracistas centradas específicamente en las personas de piel negra y morena relativamente privilegiadas que viven en casa, así como en campañas contra el sexismo, la homofobia, la transfobia, etc., pero muestran poco o ningún interés significativo en nada fuera de la burbuja de los países imperialistas.

La opresión y explotación que sufren los pueblos del Congo, Sudán o Haití, por ejemplo, es muchos órdenes de magnitud más severa que la condición incluso de los trabajadores más pobres de Gran Bretaña, pero se nos anima a verla como algo irremediable, basado en una pobreza natural y de algún modo relacionado con el atraso inherente y la corrupción inevitable de las naciones del «tercer mundo».

Tales «socialistas» solo se interesan por discutir las actividades del imperialismo en las neocolonias cuando se vuelve imposible ignorarlas —por ejemplo, cuando los refugiados llegan a nuestras costas buscando un respiro de la miseria y/o la destrucción física de sus patrias, o cuando Gran Bretaña está a punto de iniciar abiertamente una guerra de agresión. Incluso en estos casos, la respuesta de los chovinistas sociales es condescendiente y superficial.

Los refugiados, por ejemplo, son retratados únicamente como pobres personas indefensas de las que debemos cuidar y proteger de los malvados fascistas, un acto de generosidad realizado con el mismo espíritu con el que uno podría ofrecerse como voluntario para la protección de perros y gatos maltratados en el refugio de animales local.

La cuestión de por qué los refugiados huyen de su patria en primer lugar, o cómo el régimen imperialista británico está involucrado en crear la situación que hace que esos países sean inhabitables, rara vez se considera, y mucho menos la cuestión de cómo podríamos movilizar a la clase trabajadora para obligar a los imperialistas a detener sus actividades destructivas para que los refugiados realmente puedan regresar a casa de manera segura.

Según esta mentalidad, los refugiados y los trabajadores migrantes no son vistos como aliados cruciales en la lucha global contra el imperialismo, sino como pobres víctimas a las que hay que tratar con condescendencia y proteger.

En el caso de la agresión militar imperialista, la izquierda chovinista social puede variar en sus tácticas. Algunos apoyarán estridentemente la agresión «para salvar a los niños de [Insertar Tirano Aquí]» (¡bombardeándolos!), realizando piruetas verbales y mentales de las que Josef Goebbels se habría sentido orgulloso para presentar tal posición como de algún modo consistente con el «socialismo».

La mayoría de los chovinistas sociales se opondrán nominalmente a la guerra, pero sobre una base puramente pacifista pequeñoburguesa —piensen en tópicos sobre cómo «la guerra es mala», «la guerra no resuelve nada», etc.—, los argumentos de un Lennon más que de un Lenin. De manera crucial, también respaldarán y repetirán por completo todos los histéricos tropos propagandísticos de demonización y deshumanización de los medios imperialistas contra el país objetivo, apresurándose a condenar a cualquiera que exprese escepticismo hacia las narrativas oficiales sobre «los soldados del Viagra de Gadafi», «el gas sarín de Assad», «los asesinos de Putin», etc.

El resultado es una política muy débil pero aparentemente «de principios» y nominalmente «de izquierda» del tipo «Sí, estamos de acuerdo en que tal o cual dictadura es muy, muy mala y malvada, y están masacrando niños como dices, y los odiamos tanto como tú, pero la guerra es mala y el imperialismo algo algo (¡mira, somos marxistas porque mencionamos la palabra imperialismo!)…, así que nunca podemos apoyar ninguna acción militar sin importar cuántos niños esté matando ese malvado dictador».

Huelga decir que esto crea un «movimiento antiimperialista» saturado de prejuicios imperialistas e incapaz de hacer un análisis objetivo. Sus miembros, imbuidos de un sentimiento de superioridad engreída, son alentados a sentarse a juzgar (sin información) a los demás en lugar de comprender las raíces económicas de la guerra y reconocer en el pueblo atacado a un grupo de compañeros trabajadores con quienes deberían estar construyendo solidaridad y una lucha común contra un enemigo de clase compartido.

En lugar de aprender de las luchas revolucionarias de otros, se unen a la deshumanización de las masas patrióticas de Libia, Siria, Irán, Rusia, Venezuela, Cuba, la RPD de Corea, etc.

Para calmar su propia disonancia cognitiva, desenterrarán cualquier caso antiguo de un acto supuestamente represivo contra trabajadores en el país objetivo, a menudo ficticio y siempre despojado de contexto, y gritarán que «los verdaderos socialistas no pueden apoyar tal régimen por principio».

Entonces es muy fácil para los imperialistas alentar a los trabajadores a dar el último salto, relativamente pequeño, de abandonar la última y fina pretensión de «oposición de principios a la guerra» —una «oposición» ya no basada en nada más que en dogma abstracto— y convertirse en partidarios abiertos de las guerras imperialistas en nombre de «luchar contra el autoritarismo», «proteger la democracia», etc.

Esto explica por qué tantos de los ideólogos más descaradamente militaristas del imperialismo hoy son ex trotskistas que salieron de la supuestamente «izquierda antiimperialista». Por supuesto, aquellos que todavía están en la «izquierda antiimperialista» denunciarán ruidosamente a estas figuras por su belicismo abierto y enfatizarán el supuesto contraste con su propia política «antiimperialista».

Pero cuando hablamos realmente con tales personas, descubrimos que apenas hay algo que separe a la autodenominada «izquierda antiimperialista» de los belicistas desvergonzados. Expresan la misma visión deshumanizada e infantilizada del mundo fuera de Europa, la misma ignorancia absoluta, desprecio y burla hacia los pueblos de Asia Occidental, África, el subcontinente indio y Asia Oriental. Y muestran la misma tendencia a inventar un «pueblo sirio» o unos «trabajadores iraníes» idealizados en cuyo nombre «abogan» mientras ignoran por completo las opiniones reales de las personas reales que viven en el país en cuestión.

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Deshumanizar a Irán significa fracasar en construir nuestro propio movimiento de liberación

Volviendo a Irán, la gran mayoría de los que están en la izquierda occidental socialchovinista no saben nada de ese país o su pueblo más allá de lo que han oído de fanáticos autoexiliados en la diáspora iraní.

Aceptan la propaganda imperialista al pie de la letra y permanecen completamente ignorantes sobre los heroicos sacrificios hechos por el pueblo iraní en defensa de su revolución en la década de 1980, cuando estaba bajo ataque del Irak respaldado por el imperialismo.

Denunciaron desvergonzadamente a las masas patrióticas que se manifestaron en 2009 en apoyo del ayatolá Ali Jamenei y el presidente Mahmud Ahmadineyad frente al «movimiento verde» respaldado por Occidente para el cambio de régimen que intentaba derrocar al gobierno revolucionario bajo la cobertura del mismo tipo de retórica florida que fue desplegada por Mijaíl Gorbachov y su pandilla revisionista mientras destruían la URSS.

Ignoraron a los cientos de miles de iraníes que salieron a las calles en todo Irán en enero de 2026 para hacer frente a los escuadrones de la muerte fascistas entrenados por la CIA/Mossad que desataban destrucción y caos. Más bien, repitieron la línea propagandística imperialista de que estos eran «manifestantes pacíficos siendo brutalmente fusilados por el régimen», a pesar de que esta narrativa falsa fue contradicha por prácticamente cualquiera sobre el terreno.

(En una lección útil sobre cómo funciona la máquina de operaciones psicológicas imperialista, el originador de este «informe de testigo ocular» resultó ser un «bloguero de moda» indio convertido en «activista» sin vínculo o fuente aparente dentro de Irán).

E ignoraron a las decenas de millones de personas que inundaron las calles de cada aldea, pueblo y ciudad para presentar sus últimos respetos a su líder revolucionario asesinado, el ayatolá Jamenei, tras su vil asesinato por los imperialistas.

Asimismo, no muestran interés en la titánica lucha librada por los heroicos yemeníes contra el imperialismo. Muestran poco interés en el Líbano y, cuando lo hacen, desestiman la resistencia liderada por Hezbolá y en su lugar celebran a diversas figuras irrelevantes prooccidentales y respaldadas por Estados Unidos que insisten son «verdaderos revolucionarios».

Aclaman a Palestina porque tienen que hacerlo para mantener alguna relevancia en el entorno actual, pero siempre que pueden se apresuran a condenar a Hamás, el FPLP y cualquier otra organización con apoyo orgánico entre las masas, instando en su lugar a todos a apoyar a un partido bolchevique palestino imaginario, ideológicamente puro pero completamente ficticio.

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¿Cuándo un principio no es un principio?

Irónicamente, ni siquiera puede decirse verdaderamente que la izquierda chovinista se oponga a toda tiranía por igual por principio, independientemente del contexto o la escala. Esto puede verse claramente al navegar por cualquier sitio web asociado con trotskistas, revisionistas o la izquierda liberal en general.

Encontramos allí una serie interminable de artículos atacando a países objetivo como Irán, Rusia, China o Bielorrusia desde una perspectiva supuestamente «de clase trabajadora», pero nos resulta difícil encontrar incluso un solo artículo sobre los derechos de los trabajadores en, digamos, Arabia Saudita y los emiratos del Golfo, todos los cuales son notorios por su horrible tratamiento de la mano de obra migrante.

¿Por qué la falta de interés en los crímenes de esos gobiernos? ¿Podría ser que, dado que todos están alineados con el imperialismo, no habrá recompensa por atacar sus actividades?

Finalmente, la supuesta «postura de principios» de los chovinistas sociales es muy fácil de mantener con respecto a conflictos al otro lado del mundo, cuyas consecuencias pueden presentarse como remotas de las preocupaciones cotidianas de la clase trabajadora británica. Pero cuando se trata de asuntos internos, las mismas personas se apresuran a descartar todos esos «principios» sagrados y respaldar a los demonios y criminales de guerra más viciosos en nombre de elegir «el mal menor».

Uno solo tiene que ver su reacción histérica ante el ascenso de partidos y candidatos políticos derechistas antiinmigración. «¡Si no votas a los demócratas/laboristas/SPD/etc., básicamente estás ayudando a Hitler a llegar al poder!», gritan, jugando hábilmente con el encuadre de las guerras culturales de este tema y pasando por alto suavemente los crímenes muy reales de los partidos que nos piden apoyar como la opción «progresista».

Las pandillas takfiríes que arrasaron Siria durante los 13 años de la valiente lucha de ese país contra la invasión mercenaria imperialista eran mucho más violentas y destructivas que cualquier MAGA, Restore o AfD. Los viles y asesinos criminales de guerra de los partidos Demócrata y Laborista tienen mucha más sangre en sus manos por su interminable orgía de saqueo globalizado que el expresidente sirio Bashar al-Assad, incluso si aceptáramos las estimaciones más salvajes de sus supuestas atrocidades.

Sin embargo, los chovinistas respaldaron a los asesinos a sueldo de Occidente en nombre del «principio» y arremetieron contra cualquier sugerencia de que el gobierno del presidente Assad pudiera ser al menos preferible al gobierno de ISIS/al-Qaeda.

De la misma manera hoy, «por principio» los chovinistas atacan cualquier sugerencia de que el sistema social y político de la República Islámica pudiera ser preferible a las pandillas monárquico-fascistas entrenadas por la CIA/Mossad que buscan reemplazarla. Sin embargo, están felices de respaldar a los criminales de guerra demócratas/laboristas que supervisaron el asesinato de más mujeres jóvenes en Gaza en 45 días de lo que la República Islámica, según las estimaciones más salvajes, podría haber ejecutado en 45 años.

Esta es la esencia del chovinismo social: es socialismo en palabras, pero chovinismo en hechos. Descansa en la creencia implícita de que «nuestros» imperialistas, sin importar cuán enormes sean sus crímenes, son de algún modo más redimibles que los «dictadores», «autócratas» y «déspotas» del tercer mundo, porque los occidentales son personas inherentemente superiores.

Que no quepa duda, este racismo rancio está en el corazón de la oposición aparentemente «socialista» a la construcción de un movimiento de masas de solidaridad y apoyo incondicional a la República Islámica en su titánica lucha contra el imperialismo.

Si alguna vez han de romper las cadenas de su propia explotación por parte de los oligarcas capitalistas-imperialistas en casa, las masas de Occidente deben liberarse de este pensamiento chovinista, sin importar cuán «marxista» o «de izquierda» parezca su presentación.

Debemos construir un verdadero movimiento antiimperialista digno de ese nombre. Uno que permita a la clase trabajadora británica solidarizarse incondicionalmente con la República Islámica de Irán, con el Yemen liderado por Ansar Allah, y con las fuerzas de resistencia reales y combativas en Palestina y el Líbano.