martes, 22 de septiembre de 2026

El Lince: Diez años después…


Septiembre 15/2026


…hay una constatación evidente de cómo los BRICS han alcanzado la madurez y que el nuevo mundo que está en marcha es ya irreversible. Hablaré de la declaración final, adoptada por unanimidad para mi relativa sorpresa, pero lo que tiene enjundia de esta histórica cumbre es que se firmó un acuerdo que abre un nuevo sistema de pagos para los países BRICS, el denominado BRICS Pay, por el que los países BRICS no solo aseguran que las empresas podrán realizar pagos entre países directamente en sus monedas nacionales sino los ciudadanos podrán pagar sus compras con sus tarjetas en cualquier país BRICS y el sistema protegerá a los países de sanciones externas.

Voy a dar un dato: China es el país que más turistas envía al mundo, «mercado emisor más grande del mundo» en la jerga del sector. Se calcula en un total de 160 millones de chinos moviéndose por todo el mundo. Ahora imaginaos la proporción de ellos que van a ir a los 20 países BRICS con esta facilidad y cómo se duplicará su poder de gasto, que ya es el más alto del mundo en cuanto a turistas. Y no solo eso: sirve para los inmigrantes, que van a poder realizar envíos de dinero a sus países sin tener que pagar las comisiones exorbitantes que pagan ahora con servicios como Western Union, Ria, Money Gram y similares. Añadid a eso que se suma de pleno derecho India (otros 1.500 millones de habitantes). Esto es porque el BRICS Pay ya ha pasado de la fase experimental a la de implementación práctica.

Esta decisión es histórica. Viene funcionando en modo casi experimental desde el 2018 y se montó casi en secreto porque existía entre los BRICS de entonces (los cinco países integrantes) una constante indecisión sobre la necesidad de una unidad de cuenta, una moneda de reserva o incluso el sistema a utilizar. Fueron básicamente India y Brasil los dos países que más problemas pusieron a esta medida con la ilusión de no enfrentarse a los EEUU. Eran unos ilusos al pensar que si no se hacía algo que molestase a EEUU no iban a ser atacados financieramente por EEUU. Pero Trump ha echado todas esas prevenciones al suelo. Por eso India y Brasil ahora han dicho que sí, aunque está por ver en qué grado participan en los BRICS Pay. El volumen de comercio intra-BRICS está creciendo rápidamente (ya lo dije en la entrada anterior, del equivalente a 670.000 millones de dólares en 2024 a 1’17 billón de dólares en 2025), por lo que no solo era una cuestión de voluntad política dar este paso, sino de necesidad comercial.

A través del BRICS Pay ya se ha movido el 33% del comercio intra-BRICS (de un total del 67% del comercio intra-BRICS que se hace en las monedas nacionales y que el año pasado alcanzó el equivalente a 1’17 billón de dólares ).

El BRICS Pay es una infraestructura descentralizada de pagos y liquidación diseñada para conectar los sistemas nacionales de pago existentes de los países BRICS, como el SPFS (Sistema de Transferencia de Mensajes Financieros) de Rusia, el CIPS de China, el Pix de Brasil y la interfaz de pago instantáneo UPI de India. El sistema permitirá realizar pagos entre empresas y particulares directamente en monedas nacionales (rublos, rupias, yuanes, etc.), sin utilizar el dólar estadounidense como intermediario.

Esto se había convertido en una necesidad vital para los BRICS de cara no solo a esta organización sino a todo el Sur Global. No destruye el «orden financiero» occidental -la declaración final de los BRICS vuelve a abogar por la reforma de instituciones hegemonizadas por Occidente como el FMI, el BM y la OMC, por ejemplo- pero sí es una alternativa visible al mismo. Ya no es una entelequia, ya no está en fase experimental, ya es sólida y va a competir, y a debilitar, el SWIFT occidental y al dólar porque con el BRICS Pay se cuenta ya con un mecanismo autónomo (por no decir independiente) de liquidación transfronteriza para proteger los flujos comerciales de la presión externa y el riesgo de bloqueos.

Rusia e Irán han puesto al desnudo la supuesta «superioridad» militar occidental, por lo que al Occidente colectivo solo le queda el control de la economía y los instrumentos financieros para intentar dilatar en el tiempo su pérdida de hegemonía. Esa es la razón de las famosas sanciones, ilegales según el derecho internacional. Y la práctica totalidad de los países BRICS están dentro de ellas, de una u otra manera. Solo el zombi conocido como UE las ha impuesto a 26 países, de los que cuatro (Bielorrusia, China, Irán y Rusia) están en los BRICS. En el caso de EEUU, en la actualidad son 100 de los 193 países que componen la ONU los que están bajo sanciones, de uno u otro tipo, directas e indirectas, por lo que todos los BRICS a excepción de los Emiratos Árabes Unidos e India, están incluidos en ellas.

La decisión de dar carta de naturaleza a BRICS Pay es algo más que un avance prometedor para el Sur Global porque oculta, de hecho, los pagos de los países al control occidental. Si Occidente no puede ver las transacciones, no puede reclamar pagos a países sancionados. Ni que decir tiene que para países como Cuba o Irán, sancionados por Occidente, es un salvavidas.

Los de siempre dirán que esto es insuficiente porque no se proclama un «¡abajo el dólar!», pero es más que evidente que es una estructura algo más que incómoda para EEUU y el resto de sus vasallos, especialmente Europa. Porque la expansión del comercio intra-BRICS no es simplemente una cuestión de profundizar la cooperación económica, sino una decisión estratégica de estos países, y del Sur Global, para protegerse contra los riesgos externos.

Es cierto que con ese 67% del uso de las monedas nacionales indica que el comercio intra-BRICS aún está un pelín lejos de haberse aprovechado plenamente, aunque hay que tener en cuenta el diferente grado de desarrollo de los países BRICS. Aun así, el camino es cada vez más recto. No es una cuestión estadística, sino de consolidar aún más al bloque como una plataforma fundamental para que el Sur Global se proteja contra los riesgos externos.

Dicho esto, que no es poco, entro en un resumen de la declaración final, adoptada por unanimidad.

1.- Gobernanza global inclusiva y fortalecimiento del multilateralismo

Se apuesta por la construcción de un sistema internacional y multilateral más justo, equitativo, ágil, eficaz, eficiente, receptivo, representativo, legítimo, democrático y responsable. Se reafirma en el «solemne compromiso» con el multilateralismo y el avance de la multipolaridad, defendiendo el derecho internacional de manera equilibrada e inclusiva, adhiriéndose plena y completamente a los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas como su piedra angular indispensable y manteniendo el papel central de la ONU en el sistema internacional. Se añade algo interesante: «el respeto por la diversidad de las condiciones nacionales, los sistemas y las trayectorias de desarrollo de todos los países», con lo que se rechaza expresamente el injerencismo occidental.

Se hace hincapié en la necesidad de «garantizar una participación más amplia y sustancial de los mercados emergentes y los países en desarrollo, en particular de África, América Latina y el Caribe, y de los países menos adelantados, en los procesos y mecanismos mundiales de toma de decisiones». Esto implica no solo al Consejo de Seguridad de la ONU, sino al FMI, BM, OMC y todo este tipo de estructuras internacionales hegemonizadas por Occidente, como he dicho más arriba. Esto no es una petición porque sí, sino por la constatación de que no se corresponde en sus estructuras al mundo de hoy, con países que superan a los occidentales en la economía global y que tienen mucho menos poder y representación. La finalidad es hacer de estas estructuras algo «más democrático, eficaz y eficiente». Y se menciona la necesidad de que India y Brasil formen parte del Consejo de Seguridad de la ONU como miembros permanentes.

Algo que indica el camino que están recorriendo los BRICS es la referencia al «espíritu de Bandung», la creación del Movimiento de Países No Alineados en 1955 como referente «en la búsqueda de un sistema multilateral más equitativo, inclusivo y representativo». Es la forma indirecta de responder a EEUU con eso de «o con nosotros (EEUU) o con ellos (chinos, iraníes, etc)».

No podía faltar la condena a las sanciones occidentales, ilegales según el derecho internacional: «Condenamos la aplicación de medidas coercitivas unilaterales que violan el derecho internacional. Reiteramos que estas medidas, en especial las sanciones económicas unilaterales y las sanciones secundarias, tienen un profundo impacto negativo en los derechos humanos de la población en los países afectados, incluyendo su derecho al desarrollo, la salud y la seguridad alimentaria, con un impacto particularmente grave en los grupos pobres y vulnerables, y exacerban la brecha digital y los desafíos ambientales».

2.- Paz y seguridad internacionales y regionales

Este era el grano en el culo de esta cumbre de los BRICS, y la redacción final ha hecho posible que la declaración final sea aprobada por unanimidad, dadas las reticencias iniciales de India y de los Emiratos Árabes Unidos: «Expresamos nuestra profunda preocupación por la continua escalada de tensiones en Oriente Medio y Asia Occidental, e instamos a todas las partes a ejercer la máxima moderación y abstenerse de cualquier acción que pueda agravar aún más la situación. Exhortamos a todas las partes a cumplir plena e íntegramente con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas, proteger a la población civil y la infraestructura civil, y respetar la soberanía e integridad territorial de los países de la región. Alentamos a todas las partes a fortalecer el diálogo y los esfuerzos diplomáticos para alcanzar un consenso a largo plazo que propicie la paz, la seguridad y la estabilidad duraderas en la región. Subrayamos que el comercio mundial, las cadenas de suministro y la energía deben garantizarse de conformidad con el derecho internacional pertinente».

Hay una referencia a Cuba, país socio de los BRICS: «Expresamos nuestra profunda preocupación por la escalada del bloqueo unilateral contra Cuba. Estas medidas están afectando negativamente la economía y el suministro energético de Cuba, y causando daños humanitarios al pueblo cubano. Reiteramos la necesidad de poner fin a las medidas económicas, comerciales y financieras contra Cuba, de conformidad con la Resolución 80/4 de la Asamblea General de las Naciones Unidas».

De los más de 130 párrafos que la declaración final solo alrededor de un tercio se refiere a la geopolítica y la seguridad. El resto esboza una estructura cada vez más compleja que abarca la salud, la seguridad alimentaria, la energía, la cooperación industrial, la ciencia, las finanzas, el comercio, el clima y el desarrollo humano. Es decir, los BRICS se están convirtiendo en algo más parecido a una institución de desarrollo paralela, que construye una arquitectura económica alternativa para el Sur Global.

Es evidente que ha nacido otro mundo, que ya ha alcanzado la mayoría de edad, que va camino de la madurez y que esto es inevitable, como es inevitable por ello el fin de la hegemonía occidental. A medida que la cooperación BRICS, ampliada, entra en una fase de mejora de su calidad y eficacia, crece la confianza en su enorme potencial y en el prometedor futuro de los países miembros. ¿Qué desea el Sur Global? Paz y desarrollo, cooperación y negociación con respeto a la soberanía y sin hostilidad hacia este mundo moribundo al que pertenecemos los occidentales, estrechos de miras, incapaces de comprender que la etapa colonial y neocolonial de nuestros países ya ha pasado e incapaces de comprender, por ello, los desafíos actuales del fracaso del capitalismo, lo que nos condena a lo que sigue siendo el recurso último del mundo capitalista, sobre todo el occidental: el fascismo y la guerra.

P.D.- Arabia Saudí no es miembro de los BRICS. No acudió a la cumbre del año pasado y no lo ha hecho tampoco este. Así que hay que dejar de fantasear con este asunto. A lo sumo, y mientras no se diga lo contrario de forma oficial, es un «país invitado». Ni miembro ni socio.

Es más, como consecuencia de la debacle propia y de sus mercenarios en Yemen tras la exitosa ofensiva de mis amigos en zapatillas, Ansarolá, ha echo imposible que hoy se realizase la reunión de todos los países del Golfo para regularizar el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz. Es una forma de castigar a Irán por el apoyo de este país a mis amigos en zapatillas. No castiga a EEUU, ni al IV Reich sionista, antes conocido como Israel, por haber iniciado en febrero el ataque que ha desencadenado todo.

Para que os hagáis una idea: vídeo explícito (ataques, muertos, heridos, prisioneros, armamento y vehículos saudíes) del avance hutí de estos días. Hasta no hace mucho estos trofeos eran quemados por no poder utilizarlos, ahora se utilizan para reforzar la ofensiva.

 https://vkvideo.ru/video-53199711_456331848

El Lince

Fuente: El Lince 

Informe especial: Yemen y la paradoja de la asimetría

Fuentes: Rebelión

En el panorama de la geopolítica contemporánea, el conflicto en Yemen -y específicamente el accionar del movimiento Ansarullah- ha desafiado todos los manuales de la guerra moderna. Para los analistas de defensa, la capacidad de este grupo para resistir, contraatacar y poner en jaque a coaliciones y fuerzas marítimas con una abrumadora superioridad en armamento y tecnología constituye un fenómeno de estudio militar altamente complejo.

Este informe desglosa los factores que explican cómo una fuerza teóricamente inferior sostiene un desafío de tales proporciones, ahora con las voces directas de sus protagonistas.

La ecuación del costo: la guerra asimétrica como doctrina de Estado

Ansarullah no compite en el campo de batalla convencional. Ha perfeccionado la guerra de desgaste.

Su lógica es de costo-efectividad, utilizar drones de bajo costo y misiles antibuque adaptados para neutralizar o evadir sistemas de defensa que cuestan millones de dólares por cada intercepción. Su estructura descentralizada y el uso del terreno montañoso y accidentado de Yemen anulan gran parte de la ventaja de la vigilancia satelital y los bombardeos de alta precisión.

Esta no es una táctica improvisada, sino una estrategia coordinada a nivel regional. El propio líder del movimiento, Abdul-Malik al-Houthi, afirmó que el grupo está preparado para cualquier escalada y que se está «coordinando estrechamente con sus aliados regionales en relación con los acontecimientos en Líbano y los acontecimientos en la República Islámica de Irán».

El factor moral: la fe como centro de gravedad del Eje

El segundo pilar es el moral. Yemen es históricamente el «cementerio de los imperios» porque la resistencia a la intervención extranjera es identidad nacional.

El Eje de la Resistencia reconoce este factor como doctrina oficial.

El líder mártir de Irán, el Ayatolá Alí Jamenei, lo definió con claridad teológica: «Yemen lucha porque tiene fe. Hizbullah lucha porque el poder de la fe lo lleva a actuar. Hamás y la Yihad [islámica] luchan porque sus creencias los impulsan».

Jamenei rechazó el relato de «proxies» para explicar la autonomía, cuando sostuvo que «la nación yemení tiene su propia motivación y los grupos de resistencia de la región tienen sus propias motivaciones. Irán no necesita aliados». Y al mismo tiempo, celebró su accionar en el Mar Rojo, aplaudiendo los ataques y expresando su deseo de que «continúen hasta lograr la victoria» frente a Israel.

El admirado Secretario General de Hizbullah, el maestro de los mártires, Sayyed Hassan Nasrallah, aportó la visión geoestratégica. Agradeció públicamente a las «fuertes y valientes» fuerzas respaldadas por Irán en Yemen e Irak por haberse involucrado en la guerra y años antes había elogiado la «firmeza» del pueblo de Yemen.

Para Nasrallah, el efecto de Ansarullah fue transformar el mapa marítimo mundial al sostener que «el mar se ha convertido en un campo de batalla de misiles, drones y buques de guerra». Y advirtió que los ataques estadounidenses en el Mar Rojo «perjudicarán la seguridad de toda la navegación marítima».

Esta resiliencia bajo asedio es celebrada por todo el Eje de la Resistencia. Uno de los asesores del Líder Supremo iraní, Mojtaba Jamenei, calificó el reciente avance hutí en Bab el-Mandeb como «contundente victoria de Ansarullah», mientras la Guardia Revolucionaria iraní lo celebró como una «victoria divina».

La voz de los arquitectos: Soleimani y Al-Houthi en primera persona

El General Mártir Qassem Soleimani, el Arquitecto Estratégico.

Soleimani fue quien inscribió a Yemen en la doctrina de exportación de la Revolución. En 2015 en Kermán, declaró: «Hoy estamos viendo los signos de la exportación de la Revolución Islámica en toda la región, desde Bahréin a Irak a Siria, Yemen y el Norte de África».

En 2019, tras los ataques con drones yemeníes a Aramco, elevó a Ansarullah a un nivel espiritual: «Nuestras victorias en todos los frentes estuvieron garantizadas por el apego a la cultura del Imam Husein […]. Hoy, Ansarullah en Yemen sigue el camino del Imam Husein y de su familia.»

Para Soleimani, Yemen era la prueba de que el modelo Hizbullah era replicable.

Sayyed Abdul-Malik Badr al-Din al-Houthi, la doctrina operacional.

El líder yemení ha sido explícito sobre sus objetivos y su pertenencia al frente único.

Sobre su control del Mar Rojo: «Mantenemos los ojos abiertos para vigilar y buscar constantemente cualquier barco israelí en el mar Rojo, especialmente en Bab el-Mandeb y cerca de las aguas territoriales yemeníes».

Sobre la vinculación total con Palestina: «La batalla en Yemen está completamente vinculada a lo que está sucediendo en Gaza».

Sobre su postura disuasiva actual: «Estamos manteniendo una disposición constante para intervenir de inmediato si el enemigo israelí reanuda cualquier escalada, comete actos de genocidio, impone un asedio a Gaza o niega alimentos y medicinas al pueblo de Gaza».

Y sobre la unidad del Eje, tras el martirio de Ismail Haniyeh, líder mártir de Hamas, sentenció que «debe haber una respuesta militar a estos crímenes peligrosos […] existe un consenso en tomar acciones de represalia entre los grupos que integran la alianza antiisraelí de la resistencia».

Epílogo profético: Yemen en la palabra del Profeta Muhammad (paz sea con él y su descendencia).

Para cerrar, es imposible entender la resiliencia yemení sin el sustrato espiritual que el Islam le otorga. El Profeta Muhammad mencionó a Yemen en recordados hadices. Dos de ellos son la base moral que citan los combatientes: Narró Abu Huraira que el Mensajero de Alah -la paz y las bendiciones sean con él- dijo: «La fe es del Yemen y la sabiduría es del Yemen, encontré la misericordia y buenos sentimientos en (la gente) del Yemen».

En otro relato narración dijo señalando con su mano en dirección a Yemen: «Os llegaron la gente del Yemen con el más débil de los corazones, el más delicado de los corazones; el entendimiento es Yemenita, la sabiduría es Yemenita».

Conclusión

El caso de Yemen demuestra que en los conflictos del siglo XXI la supremacía tecnológica no garantiza una victoria automática.

Si Soleimani vio en Ansarullah el camino del Imam Hussein (a.s.), Jamenei vio la fe que da la victoria, Nasrallah vio la firmeza que convirtió al mar en campo de batalla, y Al-Houthi ejecuta la batalla vinculada a Gaza es porque para el Eje de la Resistencia, Yemen no es una guerra importada. Es, como dicen los hadices, la tierra donde la fe y la sabiduría se hicieron pueblo.

Por eso un dron de bajo costo puede desafiar a una flota, porque no pelea solo con tecnología, pelea con una convicción de 1.400 años que ha transformado a este pueblo en un rival formidable que ha obligado a las superpotencias a replantear sus estrategias de control global, sin encontrar de momento respuestas frente a las victorias en el campo que vienen obteniendo los honorables resistentes del Yemen libre.

«Ali Reza» Peralta es director de la Academia del Pensamiento Estratégico y su plataforma comunicacional ApeTv.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

M. CARACOL. De la inquisición moralista al trabajo paciente entre las masas


Septiembre del 2026











En 2018, durante la huelga feminista del 8 M, un grupo de sindicalistas fue expulsado de un piquete en Sevilla, bajo el argumento de que no pintaban nada allí y debían irse «a limpiar la casa o cuidar de los niños». Ellos solo querían, sin asumir ningún protagonismo, ponerse al servicio de la lucha y participar en ese piquete para apoyar las justas reivindicaciones de sus compañeras de sindicato. Llegaron a ser acusados de machistas y hasta de malos padres por acudir al piquete. 

En el ensayo de 2013 «Salir del castillo del vampiro», el teórico marxista Mark Fisher denuncia cómo ciertos sectores de la izquierda sustituyen la política de clase por el moralismo individual. En esos ambientes, la culpabilidad se convierte en un instrumento de poder: por ejemplo, una afirmación sexista termina definiendo por completo a quien la pronuncia. Fisher considera legítimo exigir responsabilidades si existen motivos reales para ello, pero defiende hacerlo desde la camaradería y sin emplear la superioridad moral. La imagen del vampiro expresa esa relación parasitaria: el castillo se alimenta de la energía y las vulnerabilidades de los militantes y, a la vez, se alimenta del sufrimiento de los grupos oprimidos para convertirlo en prestigio académico.

Trasladado a los espacios de lucha, este análisis cuestiona la exigencia de pureza previa como condición para participar. Si alguien llega a una asamblea sin haber superado aún sus prejuicios machistas y recibe una humillación pública, difícilmente encontrará allí un lugar donde aprender. Algo semejante ocurriría en un sindicato que respondiese a cualquier prejuicio que un obrero haya adquirido en la sociedad en la que vive con amenazas de expulsión o en un colectivo que cerrase la posibilidad de aprender mediante el debate paciente. Bajo esa lógica inquisitorial, cada error se convierte en una sentencia y hasta escuchar la defensa del señalado resulta sospechoso. El miedo a ser el siguiente condiciona entonces las intervenciones: importa cada vez más demostrar la propia inocencia, aunque para ello haya que sumarse a la condena de otro compañero.

Fisher propone superar este infantilismo y reconstruir la solidaridad de clase, creando las condiciones para discrepar sin temor a la excomunión. Desde esa perspectiva, exigir que alguien llegue políticamente depurado a una organización encierra una contradicción: da por concluida la transformación que la propia participación debería favorecer. Los prejuicios (machistas, racistas o del tipo que sean) aprendidos durante años necesitan tiempo, discusión y experiencias compartidas para ser superados. La organización está para eso. Cuando cualquier contradicción personal amenaza con romper el colectivo, ese aprendizaje queda imposibilitado y se impone la obligación puritana (y políticamente estéril) de aparecer impecable ante los demás.

El moralismo individualizador y las políticas identitarias (ya sean de género, nacional, cultural o del tipo que sean) cercenan el principio más valioso con que contamos para superar el capitalismo: la unidad de la clase obrera, más allá de género, raza, cultura o religión. Será la clase obrera, a nivel interno, la que vaya aprendiendo en el camino y, así, supere sus propias contradicciones, sin inquisiciones moralistas por medio. O lo entendemos a la segunda, o no habrá una tercera oportunidad porque seremos barridos por la reacción. 

lunes, 21 de septiembre de 2026

¿Por qué colapsó la industria en Venezuela? Más allá del mito de la gestión


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En el debate sobre Venezuela, la explicación más repetida es que el Estado nacionalizó empresas y estas, por «mala gestión», quebraron. Sin embargo, si analizamos los números y la estructura del sistema-mundo, descubrimos que la historia es distinta: las empresas no murieron por ser públicas, sino por la asfixia de un modelo que dependía totalmente del dólar y de las decisiones de los centros de poder internacional.

La trampa del petrodólar

Para entender a Venezuela hay que entender que no era un país industrializado, sino una economía que «compraba» su industria con petróleo. El 95% de los dólares que entraban al país venían de la venta de crudo a través de la estatal PDVSA.

El resto de las empresas (especialmente las medianas y pequeñas) no producían dólares; los recibían del Estado a precios subsidiados para comprar maquinaria y materia prima en el extranjero. Era una «industria de ensamblaje» que funcionaba mientras el chorro de dólares estuviera abierto.

El caso AVIDOCA: Crónica de un colapso previo

Usemos un ejemplo real: AVIDOCA y el sector avícola. Se suele decir que la escasez de pollo y huevos fue culpa de las intervenciones estatales, pero los datos cuentan otra historia.

Entre 2013 y 2017, la producción de pollo cayó un 77% y la de huevos un 68%. Esta caída en picado ocurrió antes de que muchas de estas plantas fueran nacionalizadas «in extremis». ¿Por qué? Porque para criar pollos se necesita maíz amarillo y soja, productos que Venezuela importaba masivamente.

Cuando el precio del petróleo cayó de 100 dólares a menos de 35 entre 2014 y 2016, el Estado perdió el 65% de sus ingresos. El «grifo» de los dólares se cerró. Las empresas, que no tenían ahorros propios ni capacidad de exportar, se quedaron sin alimento para las aves. El Estado intervino empresas que ya eran «cascarones vacíos», en quiebra técnica y con maquinaria obsoleta que no se podía reparar por falta de divisas.

¿Comer o pagar a los bancos?

Aquí entra el factor de la deuda externa y la presión de los mercados financieros controlados por EEUU. Con poquísimos dólares en la caja, el Gobierno venezolano se enfrentó a un dilema cruel:

  • Usar los dólares para importar comida e insumos industriales.

  • Usar los dólares para pagar la deuda externa a los bancos internacionales y evitar que embargaran los activos del país (como la empresa CITGO).

Durante años, el Gobierno priorizó el pago de la deuda antes que la inversión industrial (más de 60.000 millones de dólares pagados puntualmente hasta 2017). Esto, sumado al bloqueo económico de Estados Unidos que dificultó cualquier operación bancaria legal, terminó de asfixiar a la pequeña y mediana empresa que no tenía el «músculo» financiero de las grandes corporaciones para sobrevivir a esta travesía por el desierto económico.

¿Por qué otros países petroleros no se hundieron?

Es común comparar a Venezuela con los países árabes. ¿Por qué ellos no colapsaron? La respuesta es estructural:

  • El ahorro (Fondos Soberanos): Países como Arabia Saudita o Kuwait ahorraron masivamente durante los años de petróleo caro. Cuando el precio bajó, usaron sus fondos. Venezuela, por el contrario, gastó sus ingresos y se endeudó durante la bonanza, llegando a la crisis sin colchón financiero.

  • Coste de producción: Sacar un barril de petróleo en el Golfo Pérsico cuesta entre 3 y 8 dólares. En Venezuela por el tipo de crudo (extrapesado) el coste sube hasta los 20 o 30 dólares. Con el barril a 30, Arabia Saudita sigue ganando dinero; Venezuela apenas cubre gastos.

  • Acceso al crédito: Mientras los países árabes están integrados y son aliados del sistema financiero liderado por EEUU, Venezuela fue progresivamente excluida, lo que impidió que sus empresas pudieran pedir créditos internacionales para sobrevivir.

Conclusión

El fracaso de muchas industrias nacionalizadas no fue la causa de la crisis, sino el síntoma de una economía monodependiente que se quedó sin oxígeno. Un país que depende de una sola moneda (el dólar) y de un solo producto (el petróleo) es un país vulnerable. Cuando los centros de poder financiero cierran el acceso al crédito y el precio del recurso cae, la industria nacional (sea pública o privada) queda sentenciada si no tiene soberanía productiva.


Enlaces y fuentes para verificar los datos:

 

Alternativa para Alemania: ¿regreso del fascismo o rebelión contra el nuevo modelo geopolítico alemán?

Fuentes: El tábano economista [Foto: el canciller alemán Friedrich Merz]

AfD está consiguiendo convertir una crisis económica estructural en una crisis cultural (El Tábano Economista)

El domingo 6 de septiembre el partido Alternativa para Alemania (AfD) logró una victoria histórica en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt al obtener el 43.8% de los votos, quedando a solo tres escaños de la mayoría absoluta, con una amplia diferencia sobre la segunda fuerza, la Unión Cristianodemócrata (CDU) del actual canciller Friedrich Merz, que sumaba alrededor del 17.2% de los votos. La posibilidad de alcanzar la mayoría absoluta dependerá de la distribución final de las bancas y especialmente de si la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW, izquierda), que alcanzó el umbral del 5% con un 5.3% necesario para ingresar al Parlamento regional, decide negociar un gobierno con AfD, que es lo que se especula.

Desde el mismo día del escrutinio, la prensa occidental encabezó sus titulares adjetivando al partido Alternativa por Alemania como ultraderechista, fascista, nazi, etcétera. Es decir, condenándolo como la amenaza nacionalista alemana, pero por sobre todo por una de sus posiciones que más irritan al establishment europeo: su voluntad de reconstruir relaciones económicas con Rusia.

¿Por qué recuperar relaciones económicas con Rusia es considerado extremista cuando durante décadas fue una política central de Alemania y de buena parte de Europa? Más aún, ¿por qué esta política que fue considerada realista se transforma súbitamente en una posición de extrema derecha cuando cambia el contexto geopolítico? Parecería ser que el verdadero problema de Europa no es simplemente que AfD sea demasiado extremista, sino que las fuerzas tradicionales están perdiendo la capacidad de ofrecer una respuesta económica y geopolítica convincente a la crisis que atraviesa Alemania.

Esta idea nos permite hacer algo mucho más interesante que un artículo convencional sobre «el peligro de la ultraderecha», sino tratar de comprender quién está disputando el control del excedente alemán, quién paga la transición energética, quién subsidia el rearme, quién se beneficia de la sustitución del gas ruso, qué ocurre con la industria química, siderúrgica y automotriz, y por sobre todo, por qué una parte creciente del electorado del Este concluye que Berlín está sacrificando su economía para cumplir una estrategia geopolítica definida fuera de Alemania.

Para entender esta transformación, hay que comenzar por observar lo que le ocurrió a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que durante décadas fue el pilar del consenso centrista alemán. La CDU de Konrad Adenauer, de Helmut Kohl, incluso la de Angela Merkel, era un partido de centro-derecha que entendía su papel como gestor del modelo social alemán: economía de mercado sí, pero con fuertes redes de protección social, consenso con los sindicatos, y una política exterior basada en el comercio como herramienta de paz. Era la encarnación del «cambio a través del comercio», la idea de que la interdependencia económica podía moderar a los rivales y garantizar la estabilidad continental.

Esa CDU ya no existe. Bajo el liderazgo de Friedrich Merz, el partido ha virado hacia una derecha que hace apenas una década habría sido considerada inaceptable en el mainstream político alemán, y que ahora se acerca peligrosamente al discurso de AfD, no en lo cultural sino en lo económico. Merz no es un conservador tradicional, es un hombre que pasó cuatro años como presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania, la filial del mayor gestor de activos del mundo, antes de regresar a la política para liderar la CDU y eventualmente convertirse en canciller.

Su trayectoria no es un detalle biográfico menor, es la clave para entender la nueva arquitectura de poder en Berlín. Cuando Merz habla de «fortalecer la competitividad alemana», lo que realmente está proponiendo es una reorientación del excedente nacional hacia los mercados de capitales globales, hacia la financiarización de la economía, hacia un modelo donde el valor no se crea en las fábricas del Ruhr sino en las pantallas de los traders de Frankfurt y Nueva York.

La ciudadanía alemana, especialmente en las regiones industriales del oeste y en los estados del este, ha interpretado este giro con una claridad que las élites políticas se niegan a reconocer. La percepción extendida es que el gobierno de Merz no está gobernando para el pueblo alemán, sino para los accionistas de BlackRock y para las empresas del complejo militar-industrial. Cada euro que se destina al rearme es un euro que no va a pensiones, a hospitales, a escuelas, a infraestructura civil. Cada contrato millonario firmado con Rheinmetall o con Lockheed Martin es una declaración explícita de prioridades: el bienestar social ha sido sacrificado en el altar de la «seguridad nacional», un concepto que se ha expandido hasta incluir cualquier gasto militar que el Pentágono considere conveniente.

Y aquí es donde la hipocresía europea alcanza dimensiones grotescas. Durante décadas Europa se presentó al mundo como el modelo de civilidad política, el continente que había superado el nacionalismo agresivo, el imperialismo depredador, la violencia como instrumento de política exterior. Después de 1945, Europa construyó una narrativa de legitimidad basada precisamente en el rechazo a su propio pasado, el colonialismo, las guerras mundiales, el genocidio industrializado del Holocausto. La Unión Europea se fundó sobre la premisa de que la guerra entre naciones europeas era impensable, que el comercio y la integración económica habían creado una comunidad de intereses que hacía obsoleta la violencia.

Pero esa narrativa siempre fue una mentira piadosa. Europa nunca abandonó realmente el imperialismo; simplemente lo reformuló. Mientras predicaba la paz en el continente, mantuvo redes neocoloniales en África, intervino militarmente en los Balcanes, participó en las guerras de Irak y Afganistán, y construyó una fortaleza europea que deja morir a miles de migrantes en el Mediterráneo cada año. La «democracia europea» siempre fue selectiva, condicional, dispuesta a apoyar dictaduras cuando convenía a los intereses económicos del continente. Y ahora, con la guerra en Ucrania, esa máscara ha caído por completo. Europa ha descubierto que puede ser belicista, que puede gastar fortunas en armamento, que puede amenazar con la guerra nuclear, todo en nombre de los «valores democráticos». La democracia se ha convertido en el nombre del rearme, en la justificación moral para transferir recursos del bienestar social al complejo militar-industrial.

La pregunta sobre por qué la Alemania contemporánea es juzgada por su política hacia Rusia con categorías morales que no fueron aplicadas de la misma manera a las potencias europeas cuando Hitler comenzó a destruir el orden europeo es reveladora. Austria fue anexada por Hitler en marzo de 1938, bajo el silencio europeo. Luego llegó el Acuerdo de Múnich, que se firmó el 30 de septiembre de 1938 por Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. Londres y París aceptaron que Alemania incorporara los Sudetes, territorio checoslovaco con una importante población germanoparlante. Hay un detalle extraordinariamente importante: Checoslovaquia ni siquiera participó en la negociación decisiva.

El anticomunismo formaba parte del contexto ideológico que permitió que sectores importantes de las élites conservadoras británicas percibieran a la Alemania nazi como un posible contrapeso frente a la Unión Soviética, y contribuyó a reducir la disposición a enfrentarse militarmente con Hitler mientras sus objetivos parecieran limitados a la revisión del orden de Versalles. Hitler era visto como un problema, pero la URSS era percibida por muchos conservadores europeos como una amenaza civilizatoria, al igual que hoy Putin. Y, por lo tanto, quien esté a favor de negociar con Rusia, parece ser visto como ultraderechista.

Durante décadas, la premisa era que la interdependencia económica, como el gasoducto Nord Stream, moderaría el comportamiento de Rusia y garantizaría la paz. Esta era considerada una política pragmática y realista en un contexto de Guerra Fría y posguerra fría. Sin embargo, la operación especial rusa en Ucrania en 2022 fracturó ese paradigma de forma irreversible. Cuando el contexto geopolítico cambia radicalmente, lo que antes era «pragmatismo» pasa a ser reinterpretado por el consenso dominante como «ingenuidad» o «apaciguamiento» cómplice de una agresión.

Defender hoy la vuelta a ese modelo es considerado extremista porque desafía el nuevo consenso de seguridad europea, que prioriza la defensa colectiva y el desacoplamiento estratégico de Moscú. Los partidos tradicionales han redibujado los límites de lo aceptable, empujando a los defensores de la antigua doctrina a los márgenes del espectro político, extrema derecha o izquierda, ya que su postura se percibe como una traición a la nueva realidad de defensa del orden internacional.

El «peligro ruso» es la narrativa perfecta para este giro. Lo que importa es que Rusia sirve como el chivo expiatorio ideal, el enemigo externo que justifica cualquier gasto, cualquier recorte, cualquier sacrificio. ¿Quieres aumentar el presupuesto militar del 2% al 3.5% del PIB? Es por el peligro ruso. ¿Quieres recortar las pensiones y la sanidad? Es por el peligro ruso. ¿Quieres sustituir el gas barato ruso por GNL estadounidense cuatro veces más caro? Es por el peligro ruso. La narrativa es tan conveniente que nadie se molesta en cuestionar sus premisas.

Pero detrás de esta narrativa hay intereses materiales muy concretos, y es ahí donde debemos mirar si queremos entender lo que realmente está ocurriendo en Alemania. La pregunta fundamental es ¿quiénes se disputan el control del excedente alemán? Y la respuesta es clara: el capital financiero contra el capital industrial. Durante décadas, el modelo alemán se basó en la reinversión del excedente en la base industrial nacional: fábricas, investigación y desarrollo, empleo estable, formación profesional. Ese modelo generó prosperidad amplia, una clase media robusta, y una sociedad cohesionada.

Pero ese modelo ya no es rentable para el capital financiero globalizado, que prefiere la movilidad de capitales, la especulación en mercados de activos, la extracción de rentas mediante la financiarización de la economía real. Friedrich Merz es el agente político de esta transformación. Su pasado en BlackRock no es un accidente; es la garantía de que las políticas alemanas servirán a los intereses del capital financiero global. Y eso significa, en la práctica, desindustrializar Alemania, transferir recursos de la producción material a los activos financieros, y convertir al país en una plataforma logística y militar para los intereses transatlánticos.

¿Quién paga la transición energética? Los hogares y las pequeñas empresas. La Energiewende, la transición hacia las energías renovables, se financia mediante impuestos energéticos, tarifas eléctricas elevadas y subsidios cruzados que recaen desproporcionadamente sobre los consumidores residenciales y las pequeñas y medianas empresas. Las grandes corporaciones energéticas, E.ON, RWE, Iberdrola, y los fondos de inversión que las controlan, incluido BlackRock, son los grandes beneficiarios, obteniendo rentas garantizadas por el Estado mediante mecanismos de subsidio y contratos a largo plazo.

¿Quién subsidia el rearme? La deuda pública y los recortes implícitos en gasto social. El presupuesto militar alemán para 2025 es de 95.000 millones de euros, y se proyecta que alcance los 160.000 millones en 2029, cuando el gasto en defensa llegue al 3.5% del PIB. Para financiar esto, el gobierno de Merz ha suspendido el «freno de deuda» constitucional y ha autorizado un endeudamiento de 81.800 millones de euros solo en 2025. La deuda neta alcanzará los 143.000 millones de euros en 2025 y 175.000 millones en 2026. La deuda será pagada por los contribuyentes alemanes durante décadas, mediante impuestos más altos o recortes en servicios públicos. Y mientras tanto, los beneficiarios inmediatos son las empresas del complejo militar-industrial: Rheinmetall, Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems, Airbus Defence, todas ellas con accionistas institucionales como BlackRock que se benefician del aumento del gasto militar.

¿Quién se beneficia de la sustitución del gas ruso? Las empresas energéticas estadounidenses y sus accionistas. Estados Unidos se ha convertido en el mayor proveedor de GNL a la Unión Europea, cubriendo casi el 60% de las importaciones. En el caso específico de Alemania, el GNL estadounidense representa cerca del 90% de sus importaciones de gas licuado. Entre 2022 y 2024, la UE gastó aproximadamente 117.000 millones de euros en importaciones de GNL estadounidense, una transferencia masiva de riqueza europea hacia la industria energética de Estados Unidos. Y ese GNL es entre un 30% y un 40% más caro que el gas ruso por gasoducto que Alemania importaba antes de 2022. Ese sobrecosto no es un accidente; es el precio que Alemania paga por su lealtad geopolítica a Washington. Las empresas que se benefician son ExxonMobil, Chevron, Cheniere Energy, y los fondos de inversión que las controlan. Las que pierden son la industria química, la siderurgia, la manufactura alemana, que dependen de energía barata para ser competitivas.

¿Qué ocurre con la industria química, siderúrgica y automotriz? Están colapsando, o más precisamente, están siendo desmanteladas mediante una «desindustrialización silenciosa». BASF, el gigante químico mundial, ha anunciado cierres de plantas y relocalización de producción a China y Estados Unidos, donde la energía es más barata. ThyssenKrupp, el gigante siderúrgico, ha anunciado reducciones masivas de personal y cierre de altos hornos. Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW están trasladando producción a Hungría, China o Estados Unidos, no porque Alemania haya perdido su capacidad técnica, sino porque los costos energéticos y regulatorios hacen que producir en Alemania sea económicamente insostenible. Y aquí es donde la narrativa del «peligro ruso» muestra su verdadera función: no es una respuesta a una amenaza real, sino una coartada para una transformación estructural que beneficia al capital financiero y al complejo militar-industrial a costa de la base industrial nacional.

Y es en el este de Alemania donde esta transformación se siente con mayor intensidad, y donde la ciudadanía ha desarrollado una conciencia clara de lo que está ocurriendo. Los estados del este, Sajonia, Turingia, Sajonia-Anhalt, Brandeburgo, Mecklemburgo-Pomerania Occidental, son los más dependientes de la industria manufacturera y química, los que tienen menos diversificación económica, los que tienen salarios más bajos y menor capacidad de absorber shocks inflacionarios.

Para el electorado del este, las políticas del gobierno de Merz no son abstractas; son una amenaza existencial. Cuando Berlín decide sustituir el gas ruso por GNL estadounidense, lo que realmente está decidiendo es cerrar las fábricas químicas de Sajonia-Anhalt. Cuando decide aumentar el gasto militar al 3.5% del PIB, lo que realmente está decidiendo es recortar las pensiones en Turingia. Cuando decide seguir las directrices de Washington en política exterior, lo que realmente está decidiendo es sacrificar la competitividad industrial del este en nombre de una estrategia geopolítica que no controla y que no beneficia a sus ciudadanos.

Y esa es la razón por la que el este vota masivamente por Alternativa para Alemania. No es porque los votantes del este sean inherentemente más xenófobos o más autoritarios; es porque son los que más claramente perciben que Berlín los está sacrificando. AfD no ofrece soluciones económicas reales, su programa es neoliberal y beneficiaría aún más al capital financiero, pero al menos verbaliza el malestar, al menos dice lo que todo el mundo piensa, pero nadie se atreve a decir: que las sanciones a Rusia son un suicidio económico, que el GNL estadounidense es un tributo a Washington, que el rearme es un lujo que Alemania no puede permitirse mientras su base industrial colapsa.

La democracia alemana, en este contexto, se ha convertido en una farsa. Los partidos tradicionales, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), los Verdes, compiten por ver quién puede ser más atlantista, más militarista, más dispuesto a sacrificar el bienestar social en nombre de la «seguridad». Las elecciones no cambian nada fundamental; todas las opciones políticas aceptan el marco geopolítico definido por Washington y Bruselas.

La falsa democracia europea, la que se presenta al mundo como modelo de civilidad mientras gasta fortunas en armamento y deja morir a migrantes en el Mediterráneo, es la misma falsa democracia alemana, la que promete prosperidad mientras desindustrializa el país y sacrifica el bienestar social en nombre de una geopolítica que no controla. Y el peligro no es Rusia; el peligro es que Alemania, el país que debería ser el motor de una Europa soberana y próspera, se ha convertido en el vasallo más entusiasta de una potencia extranjera, dispuesta a sacrificar su futuro industrial y su cohesión social en nombre de intereses que no son los suyos.

Parecería ser que el verdadero problema de Europa no es simplemente que AfD sea demasiado extremista, sino que las fuerzas tradicionales están perdiendo la capacidad de ofrecer una respuesta económica y geopolítica convincente a la crisis que atraviesa Alemania. AfD está consiguiendo convertir una crisis económica estructural en una crisis cultural, y mientras las élites europeas sigan insistiendo en diagnosticar el problema como un regreso del fascismo en lugar de reconocer el colapso de su propio modelo, seguirán perdiendo terreno frente a quienes, acertada o erróneamente, al menos identifican las causas materiales del descontento.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/09/13/alternativa-para-alemania-regreso-del-fascismo-o-rebelion-contra-el-nuevo-modelo-geopolitico-aleman/