lunes, 20 de julio de 2026

Trump, abusador sexual pero presidente del imperio

Fuentes: Rebelión [Foto. La periodista E. Jean Carroll sale del Tribunal Federal de
Nueva York, en una imagen de archivo. AP]

La Corte Suprema estadounidense rechazó revisar una apelación del convicto presidente Donald Trump y lo declaró responsable de abusar sexualmente y difamar a Jean Carroll, y lo condenó a pagar cinco millones de dólares a ella, excolumnista de una revista.

Carroll demandó a Trump en 2019 por difamación y volvió a demandarlo en 2022 por difamación y agresión tras la entrada en vigor de una ley en Nueva York que permitió a las víctimas de abuso sexual presentar demandas civiles por hechos ocurridos en el pasado. !Qué presidente!

La demanda de 2022 sostenía que Trump agredió sexualmente a Carroll en una tienda por departamentos de Nueva York, a mediados de la década de 1990, y luego la difamó al afirmar que ella había inventado la historia para impulsar las ventas de un libro.

Como siempre hace en todos los juicios en los que ha estado envuelto, Trump negó haber realizado irregularidades, argumentó que el juez federal Lewis Kaplan cometió varios errores al permitir que el jurado escuchara el testimonio de dos mujeres que afirmaron haber sido agredidas sexualmente por él en años anteriores.

Trump también sostuvo que el juez no debió permitir que el jurado viera la grabación de “Access Hollywood”, en la que se le escucha decir en 2005, con un micrófono abierto, que besa y manosea a las mujeres.

“Sabes, me siento automáticamente atraído por las mujeres hermosas. Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Solo las beso. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa… Agarrarlas por la vagina. Puedes hacer cualquier cosa”, se escucha decir a Trump en la grabación. !Qué presidente!

El convicto presidente tiene que enfrentar la otra demanda de Carroll del 2019  por la que le exigen pagar 83 millones de dólares, y sus abogados presentarán en los próximos días una apelación ante la Corte Suprema.

Pero para Trump éstas no son más que parte de las fechorías que ha cometido a lo largo de su vida, y pagar esos pocos millones representan una minucia para él, máxime cuando desde su retorno a la Casa Blanca en enero de 2025 su fortuna personal se ha incrementado en 2,2 mil millones de dólares. Medios de prensa informaron que él y su familia están invirtiendo en más de una docena de empresas que tienen negocios con el gobierno federal. !Qué presidente!

Ty Cobb, abogado de Trump durante su primer periodo presidencial, comentó en entrevista con CNN: “Estamos atestiguando la avalancha de corrupción más grande en la historia de la humanidad en los últimos 18 meses…. Esto se trata de alguien que todos los días se dedica a la acumulación de riqueza y poder”.

En un informe de 927 páginas de divulgación de datos financieros personales obligatorio a la Oficina de Ética Gubernamental, el presidente detalla sus 2,2 mil millones en ingresos durante 2025, su primer año en la presidencia. Unos 1,4 mil millones del total se generaron de inversiones en el negocio de criptomonedas de la familia. Trump reportó casi 600 millones de ingreso de la empresa de criptomoneda World Financial Liberty que fundó con sus hijos y otros 636 millones de su moneda $Trump.

En el último año, el mandatario también ha ganado decenas de millones en regalías y derechos de licencia para nuevos hoteles, complejos turísticos y campos de golf, frecuentemente en países que estaban negociando con el gobierno estadounidense sobre aranceles, asistencia militar y otros asuntos.

También ganó millones al poner su nombre en varios productos, desde la Biblia Trump, zapatos deportivos, relojes y otros artículos con su marca. El informe de patrimonio incluye más de 80 millones en ingresos como resultado de acuerdos legales para solucionar demandas que interpuso contra las cadenas de televisión ABC y CBS, YouTube y otras empresas.

Y para concluir este pequeño dossier, medios de prensa enumeran algunos de sus «buenas virtudes»:

Mencionado 38 000 veces en el informe Epstein, entre ellos supuesta pedofilia; se acogió a la Quinta Enmienda en 97 ocasiones; 34 condenas por delitos graves; 91 cargos penales; 26 acusaciones de agresión sexual. 

Además, 6 bancarrotas; 5 aplazamientos del servicio militar; 4 imputaciones formales (acusaciones); 2 procesos de destitución (impeachment); 2 empresas condenadas; 1 universidad falsa clausurada; 1 organización benéfica falsa clausurada; Acuerdo de 25 millones de dólares por fraude; veredicto de 5 millones de dólares por abuso sexual; sentencia de 2 millones de dólares por abuso en una organización benéfica falsa; sentencia por 93 millones de dólares por abuso sexual; sentencia de más de 400 millones por fraude. !Qué presidente!

Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Del estruendo de sables al imperio de la toga: La judicialización de la soberanía


José Manuel Rivero, abogado y analista político

14 de julio de 2026












Este asedio judicial doméstico no opera en el vacío, ni es fruto de la casualidad; actúa como la mandíbula interna de una pinza tenaza cuya fuerza motriz es exterior.  Horas antes de que la resolución judicial viera la luz, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, lanzaba en los medios de comunicación la consigna que preludiaba el  fallo: calificaba de “absolutamente impropio” el viaje y exigía impedirlo “como sea”.

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La reciente resolución judicial que vedó la presencia de Begoña Gómez, esposa del  Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en la delegación oficial española  en la cumbre de la OTAN en Ankara no admite una lectura ingenua bajo el  reduccionismo técnico-jurídico del derecho procesal burgués. Sostener, con un  formalismo estéril, que la denegación del permiso se fundamenta exclusivamente en  la condición de Turquía como Estado extracomunitario es un ejercicio de hipocresía  institucional que ofende la inteligencia crítica. Tal argumentación se desmorona ante  la evidencia de que el riesgo de fuga es materialmente inexistente en una persona  que se encuentra bajo una custodia permanente y exhaustiva por parte de las  fuerzas de seguridad del Estado. Si descorremos el velo del fetichismo legal, lo que  emerge con nitidez no es la aplicación de la norma, sino su instrumentalización  política: un síntoma elocuente de una coyuntura histórica donde los aparatos  coercitivos del Estado se activan para disciplinar, erosionar y descabezar a un poder  ejecutivo que se ha tornado disfuncional, si no incómodo, para el bloque atlantista  hegemónico transnacional. 

Este asedio judicial doméstico no opera en el vacío, ni es fruto de la casualidad;  actúa como la mandíbula interna de una pinza tenaza cuya fuerza motriz es exterior.  Horas antes de que la resolución judicial viera la luz, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, lanzaba en los medios de comunicación la consigna que preludiaba el  fallo: calificaba de “absolutamente impropio” el viaje y exigía impedirlo “como sea”. 

Esta sincronización milimétrica entre la ofensiva mediático-partidista y el dictamen  de los tribunales desenmascara la operativa de la “guerra híbrida” moderna: la  judicatura deja de ser un poder arbitral para convertirse en el brazo ejecutor de una  estrategia de desgaste orquestada. El objetivo trascendía lo meramente anecdótico;  se trataba de garantizar que el presidente del Gobierno aterrizara en Ankara  políticamente maniatado, mermado en su autoridad simbólica ante sus pares y  lastrado por una duda penal que, más allá de los juzgados, actuaba como un  mecanismo de devaluación de su palabra en el escenario internacional.

Para comprender la urgencia y la virulencia de este disciplinamiento, es imperativo  ensanchar el foco hacia la geopolítica del imperio. La cumbre de la OTAN se celebra  bajo la sombra de un Donald Trump hostil, refractario a cualquier fisura en la  ortodoxia atlantista y ávido de sacrificios fiscales para la maquinaria bélica. El  Gobierno español se ha convertido en una pieza a ajustar en el tablero geopolítico  debido a sus posiciones de distanciamiento frente a la agresión militar  estadounidense-sionista sobre Irán y, crucialmente, por su resistencia a acatar la  exigencia draconiana de elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB.

Este incremento  no es una mera variable macroeconómica; representa una detracción masiva de  recursos que, en última instancia, sustraería capacidad de bienestar a las clases  populares para transferirla, vía complejo militar-industrial, a los engranajes de la  guerra permanente. Ante esta disidencia presupuestaria y diplomática, la maquinaria  imperial no duda en activar sus terminales domésticas para corregir la desviación. Una mirada rigurosa a la historia estructural de nuestro país nos obliga a establecer  un paralelismo tan nítido como ineludible. En enero de 1981, el presidente Adolfo  Suárez fue forzado a dimitir, acorralado por el ruido de sables, las presiones del estamento castrense y el aislamiento político de quienes exigían la integración  inmediata y sumisa de España en la estructura de la OTAN. Un mes después,  sobrevenía la intentona golpista del 23-F como culminación de esa crisis de  hegemonía. La lección que nos lega aquella coyuntura es atemporal: cuando el  diseño político de un Gobierno civil no se pliega con la docilidad exigida a los  intereses estratégicos del eje atlantista, los resortes profundos del Estado —sus  “poderes fácticos”— se movilizan para forzar su capitulación o su relevo.

La diferencia fundamental entre 1981 y la actualidad no reside en el objetivo final — el alineamiento inquebrantable con el bloque occidental—, sino en la mutación  táctica de la clase dominante. En el marco de las democracias liberales maduras, la  coerción tosca de los cuarteles ha sido sustituida por la violencia simbólica y el  poder omnímodo de la toga. El lawfare se ha erigido como el nuevo ruido de sables.  Ya no son necesarios los tanques en las calles para desestabilizar a un Ejecutivo;  basta con la instrumentalización espuria del derecho penal, la generación de un  estado de opinión asfixiante y la judicialización de la política.

La presión actual de la  OTAN, vehiculada a través de una judicatura dependiente y una oposición sumisa a  los dictados exteriores, busca forzar un escenario de debilidad que facilite la caída  del Gobierno o la dimisión de Pedro Sánchez para reinstaurar una ortodoxia sumisa. Lo que hoy está en disputa en los estrados de Madrid y en los salones de Ankara no  es la rectitud procedimental de una causa, sino los límites estructurales de la  soberanía nacional. Se debate si España tiene derecho a un margen de autonomía  estratégica o si, por el contrario, su política interior y exterior debe ser gestionada  como una colonia interna del imperio, donde los jueces actúan como procuradores  de un orden que nos es ajeno. Frente a la fuerza que se ejerce a través del poder de  la toga, solo cabe la defensa democrática de la capacidad de decidir nuestro propio  destino. 

Se aplaza el juicio por ‘terrorismo’ contra una eurodiputada


Represión



Las crónicas periodísticas de Europa ya son lo más parecido que hay a los sucesos más truculentos y los reportajes de tribunales. La eurodiputada Rima Hassan fue detenida el 2 de abril en París acusada de algo parecido a la “apología del terrorismo” por ejercer su derecho a la libertad de expresión.

El crimen consistió en citar una frase del militante del Ejército Rojo japonés Kozo Okamoto, quien estaba entre los autores del bombardeo del aeropuerto de Tel Aviv el 30 de mayo de 1972: “Habla a la juventud sobre la causa palestina. Mientras haya opresión, la resistencia no solo será un derecho, sino un deber”, dijo Okamoto.

Para quienes no lo sepan: el derecho legítimo a la resistencia es un principio jurídico enunciado por la Revolución Francesa. Ya ven cómo cambian los tiempos, incluso en Francia: los derechos legítimos se convierten en crímenes de “terrorismo”.

El denunciante de Hassan fue Matthias Renault, un diputado fascista (o sea, de extrema derecha, como dicen ahora). También denunciaron el ministro de Interior francés, la Organización Judía Europea y la Liga contra el Racismo y el Antisemitismo.

La eurodiputada fue sometida a una vigilancia obsesiva. A principios de año la policía empezó a vigilar su móvil retroactivamente, pidieron a las empresas ferroviarias que informaran de sus viajes y a Europol y Air France que revelaran el destino de sus vuelos.

La primera audiencia del juicio se señaló para el 7 de julio, pero el tribunal aceptó la solicitud de aplazamiento de los abogados defensores, motivada por la comunicación tardía de numerosas aportaciones de las asociaciones prosionistas que forman parte civil del proceso.

Con motivo del primer señalamiento, casi 300 personas se reunieron frente al Palacio de Justicia de París en solidaridad con Hassan. En el escenario preparado para la convocatoria se destacó una pancarta con las palabras: “Defender Palestina no es un crimen”.

Muchos militantes solidarios estuvieron presentes en la sala del tribunal, incluido el dirigente de La France Insoumise, Jean Luc Melenchon.

Los sionistas presentes en el proceso han impugnado el aplazamiento del juicio. El proceso es el primero que involucra a una personalidad política acusada de “apología del terrorismo”.

El señalamiento se aplazó finalmente hasta el 19 de octubre para “garantizar que los procedimientos pudieran llevarse a cabo en un clima sereno”, según el juez presidente del Tribunal Penal de París.

El ‘enemigo interior’

Desde que fuera elegida eurodiputada en 2024, Rima Hassan se ha convertido en la “enemiga interior”. Ha sufrido con entereza un aluvión de presiones judiciales, mediáticas y políticas por ser una abierta defensora de la causa palestina.

En dos años se han iniciado 16 procedimientos judiciales enn su contra. Trece de estos casos ya han sido desestimados sin más.

No cabe lugar a engaños de ninguna clase: los países europeos apoyan a Israel y criminalizan la solidaridad con Palestina. ¿Libertad de expresión en Francia? ¿Inmunidad parlamentaria en Europa? Ya basta de estupideces; la caza ha comenzado: prorrusos, proiraniés, propalestinos…

domingo, 19 de julio de 2026

Cuando el viejo mundo muere: los grandes cambios que están sacudiendo el planeta


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El orden mundial que conocíamos se está desmoronando y el suelo bajo nuestros pies empieza a crujir. Estamos en una etapa de transición violenta donde Estados Unidos lucha por no perder su puesto de mando frente al imparable ascenso de China y la unión de los países del Sur Global. Entre guerras que muestran la doble cara de Occidente, el declive de una Europa sin autonomía y una crisis económica que alimenta a los extremos, el viejo mundo se resiste a morir mientras un nuevo reparto de poder intenta nacer.

Estamos viviendo un momento histórico en el que parece que todo lo que conocíamos se está rompiendo, como si el suelo bajo nuestros pies estuviera echando chispas o crujiendo. No se trata de una crisis pasajera, sino de un cambio total en las reglas que organizan el planeta. Durante mucho tiempo, tras el fin de la Unión Soviética, vivimos en un mundo donde Estados Unidos mandaba solo y ponía todas las normas, pero ese tiempo de mando único se está acabando. Lo que ocurre es que Estados Unidos no acepta perder su posición de jefe absoluto y, para intentar mantenerse arriba, está actuando de forma cada vez más agresiva, usando la fuerza militar, sanciones económicas y amenazas constantes. Esto está volviendo al mundo un lugar mucho más peligroso porque Washington prefiere el conflicto antes que aceptar que ya no es el único que manda.

En el centro de esta pelea está China, que se ha convertido en el gran rival que lo cambia todo. China no solo ha crecido económicamente, sino que está creando su propia red de aliados y de comercio que no depende de las órdenes de Estados Unidos. Para el gobierno estadounidense, esto es una amenaza total, y por eso están intentando frenar a China de cualquier manera: con guerras de impuestos, prohibiendo su tecnología y rodeándola con bases militares para asustarla. Al mismo tiempo, lo que está pasando en lugares como Gaza ha terminado de romper la imagen de «buenos» que querían dar los países occidentales. Existe una hipocresía muy grande cuando EEUU y Europa critican a Rusia por la guerra en Ucrania, pero a la vez apoyan y envían armas a Israel mientras destruye Gaza y mata a miles de personas. El resto del mundo, lo que se conoce como el Sur Global, ha visto este doble juego y ha dejado de confiar en los valores que vende Occidente, dándose cuenta de que las leyes internacionales solo se aplican cuando les conviene a los poderosos.

Esta pérdida de confianza ha empujado a muchos países a unirse en grupos como los BRICS, liderados por China y Rusia junto a Brasil e India. Este grupo es cada vez más fuerte y su gran objetivo es la «desdolarización», es decir, dejar de usar el dólar estadounidense para sus negocios. Durante décadas, el dólar ha sido el arma más poderosa de EEUU porque le permitía controlar el dinero de los demás y castigar a quien quisiera bloqueando sus cuentas bancarias. Ahora, estos países están empezando a usar sus propias monedas para no estar bajo el zapato de Washington. Mientras esto sucede, la Unión Europea parece estar perdida y sin voz propia, pegándose totalmente a los intereses de Estados Unidos aunque eso la perjudique. Al cortar con la energía barata de Rusia y gastar todo su dinero en armas para seguir los planes de Washington, Europa se está empobreciendo y su industria se está hundiendo, convirtiéndose en un actor secundario que solo obedece órdenes de fuera.

A todo esto se suma una crisis social muy profunda dentro de los propios países ricos. El sistema actual hace que los beneficios vayan siempre a los mismos, mientras la mayoría de la gente ve cómo desaparecen las ayudas, los hospitales funcionan peor y los sueldos no llegan para vivir. Este abandono es el que está alimentando a los movimientos de extrema derecha, que aprovechan el miedo y la rabia de la gente para señalar a culpables falsos, como los inmigrantes, en lugar de explicar que el problema es un sistema económico que ya no sirve. En definitiva, estamos en una transición muy violenta donde lo viejo, que es el dominio total de Occidente, se resiste a morir, y lo nuevo, un mundo con el poder repartido entre varios países, no acaba de nacer. Es este choque de fuerzas lo que explica las guerras, el hambre y la inestabilidad que sentimos hoy; el mundo está cambiando de manos y estamos viendo cómo se desmorona el sistema que nos trajo hasta aquí. 

Lo inaceptable


CUBA, EUROPA :: 13/07/2026

BELÉN GOPEGUI

Si hablamos de Cuba, tratamos de abrirnos paso en el estruendo de resignación, servilismo, conveniencia, negocio y miedo que copa los medios occidentales

Y aquí estamos, preguntándonos una vez más, sin una pizca de ingenuidad, qué podríamos hacer, qué vamos a hacer. Pues habrá que repetir: "Cualquier decisión que tome el gobierno de Cuba sólo cuestionará a quienes, desde fuera, asisten impasibles a la injusticia". Y cuestionará, y cuestiona, a los tan traídos y llevados valores occidentales.

"Cuba se abre al capitalismo", rezaba, impreciso, un titular. En lo que tenga de cierto, para los valores occidentales queda la evidencia de que ni esos valores son tales ni los medios son acordes con los supuestos fines cuando resulta necesario imponerlos mediante la asfixia, el asedio y el bloqueo hasta límites que sobrepasan todo aquello a lo que se ha llamado humanidad.

Es fácil entender el fenómeno de la ilusión de la culpa en quien ha sido atacado. Cuando una injusticia gigante se comete, a menudo quien la sufre se convence de que la culpa es suya pues, en tal caso, le cabe la esperanza de pensar que si cambia la injusticia se irá. Y encontrará motivos, nadie es perfecto, las cosas siempre se podrían haber hecho mejor.

Lo que no es fácil entender, lo que es difícil, lo que es inaceptable es que quienes toleramos esa injusticia cometida sobre personas o poblaciones enteras pretendamos acudir también a esa ilusión. Si la culpa fuese de la víctima, ya no seríamos cómplices, ya sólo seríamos testigos. Pero no hay tal espejismo, e incluso si hubiera alguna rectificación pendiente no absorbería ni justificaría la magnitud de la injusticia y nuestra inacción.

Julian Barnes hace decir a uno de sus personajes: "Las naciones pacíficas rara vez salen victoriosas: en las ideas, sí, seguro, pero las ideas rara vez prevalecen si no las respalda el cañón de una pistola. Es lamentable, estaremos todos de acuerdo, pero sería indolencia no reconocerlo. Porque, si no, lo único que nos queda es quedarnos de brazos cruzados, de cerebros cruzados, y aceptar: El botín para el vencedor, que significa también: La verdad para el vencedor".

Y Juan Ramón Trotter, en su reseña de La moral del testigo, de Piera, dice: "Hay una cita de Sacristán que aparece más de una vez en la obra de Carlos Piera, y a la luz de la cual es posible comentar la postura moral, política e intelectual de éste: 'Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente'".

Aceptar la realidad moralmente consiste en dotarla de sentido y se corresponde, comúnmente, con "la operación que convierte lo que hay en necesario" (la cual, no pocas veces, lleva a añadir a renglón seguido "que lo necesario es óptimo"). Aceptar la realidad sólo intelectualmente parte de "la obligación moral de estar atentos" (de la que ya hablaba Carlos Piera en el ensayo Sobre traducción, paráfrasis y verdad) y nos exige "enfrentarnos a lo que hay sin esperar reducirlo a otra cosa".

La atención, el "enfrentarnos a lo que hay sin esperar reducirlo a otra cosa", podría ser pensar que ninguna nación pequeña sobreviviría mucho tiempo a las consecuencias del chantaje, la amenaza, las prohibiciones que se han ejercido para asfixiar a Cuba. Si otras naciones pequeñas, incluida la nuestra, fueran así acosadas, quizá la reacción de sus poblaciones no contuviera ni una décima parte de la fuerza, la calma y la dignidad de quienes en la isla viven y aman.

Pero lo que un pueblo hace porque lo ha aprendido, porque lo sabe, porque es capaz, no puede convertirse en un reclamo de heroísmo procedente del lado cómodo de la realidad. Jamás se nos ocurriría reclamar que sigan durando el buen humor, la entereza y la calma cuando te roban el agua, los recursos, la luz, esto es, reclamar que alguien haga en las peores circunstancias lo que aquí no hacemos.

Escribe Máriam Martínez-Bascuñán: "La cuerda que estrangula a Cuba la aprietan también manos europeas, pero aquí nadie ha levantado la voz, ni por los cubanos ni por esas empresas que se someten a una potencia extranjera. Europa obedece en silencio. ¿Qué ha pasado para que un atropello así deje de ser reconocible como tal? Cuba es otro laboratorio donde se mide cuánto puede hacerse sin que nadie se inmute. Y la respuesta, de momento, es: todo".

Hay que agradecer, en estos tiempos, textos que no digan lo que de manera explícita o implícita se ordena decir a los grandes medios. Y hay que seguir, sin una pizca de ingenuidad. Y cuando el estruendo de quienes no reconocerán el atropello vuelva a entregar la verdad al vencedor, permítannos decir que si la verdad depende de poseer una maquinaria de muerte, quizá estemos hablando de otra cosa.

Recurro entonces a lo innegable. Pienso en una persona que envía medicamentos a Cuba. Los busca, los compra, los empaqueta, paga por un envío que no debería ser necesario, para hacerlo recorre su ciudad asturiana no sin esfuerzo. No lo hace sólo para parientes y amigos. Ni lo hace una vez, dos, diez, sino más. Y aunque se cansa, no se cansa. Si pudiera, enviaría también garrafas de gasolina.

Por supuesto, no es la única. De ella, de cada una de ellas, depende que se sostengan las verdades no trucadas del mundo. Cuando digo mundo esta vez no digo planeta, ni digo cambio climático, ni ocho mil millones de personas. Esta vez digo, sencillamente, lo que no es la mierda.

Y ahora ¿qué? Ahora nada ha terminado. Ahora habrá cambios que ojalá puedan ser encauzados sin la presión brutal a la que la isla está sometida. Entretanto, ya nos va tocando el relevo, o al menos la suma de algunos hechos. Que los cerebros dejen de estar cruzados, y los brazos también.

www.cubadebate.cu


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/lo-inaceptable 

El marxismo de Xi Jinping y Palantir

 
ASIA, PENSAMIENTO :: 13/07/2026

D. BURGIO, G. CHINAPPI, M. LEONI Y R. SIDOLI

Del libro de Karp y Zamiska se deduce que el marxismo de Xi Jinping, lejos de ser una mera retórica, representa el fundamento teórico a través del cual guía la modernización socialista

Kevin Rudd es un político australiano que fue Primer Ministro de 2007 a 2010 y nuevamente en 2013. Abiertamente anticomunista, es, sin embargo, lúcido e inteligente y, por lo tanto, capaz de leer cuidadosamente el informe presentado por Xi Jinping, Secretario General del Partido Comunista Chino, en el XX Congreso del Partido celebrado en octubre de 2022, y de analizarlo honestamente, a diferencia de los idiotas que fingen ser de la izquierda occidental antichina [1].

En aquella ocasión, Rudd había destacado, entre otras cosas, que el término «lucha» aparecía varias docenas de veces en el informe de Xi Jinping, y a su correcta observación podemos añadir inmediatamente que también hay una docena de referencias abiertas, de nuevo en el informe del secretario del Partido Comunista Chino, con respecto al marxismo, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico: extractos que desmantelan aún más el cuento de hadas sobre el Partido Comunista Chino que «pretende» ser comunista y marxista.

Para que no quede lugar a dudas, reproducimos algunas de estas citas extraídas del informe de Xi Jinping al Congreso:

"Hemos establecido y respaldado un sistema fundamental para garantizar el papel preponderante del marxismo en el ámbito ideológico."

"El marxismo es la ideología fundamental que guía a nuestro Partido y a nuestro país, y sobre la cual prosperan."

"La sólida guía teórica del marxismo es la fuente de la que nuestro Partido extrae su firme convicción y que le permite tomar la iniciativa histórica."

"Adaptar el marxismo al contexto chino y a las necesidades de la época es un proceso de búsqueda, revelación y aplicación de la verdad."

"Los comunistas chinos somos plenamente conscientes de que solo integrando los principios fundamentales del marxismo con las realidades específicas y la refinada cultura tradicional de China, y solo aplicando el marxismo dialéctico e histórico, podremos dar respuestas concretas a las grandes cuestiones que plantea la época y que se descubren a través de la práctica, y podremos garantizar que el marxismo conserve siempre su vigor y vitalidad."

"Es una solemne responsabilidad histórica de los comunistas chinos de hoy seguir abriendo nuevos capítulos en la adaptación del marxismo al contexto chino y a las necesidades de los tiempos."

"Debemos dar prioridad a las personas. La orientación hacia las personas es un atributo esencial del marxismo."

"Con un mayor sentido de responsabilidad histórica y creatividad, deberíamos contribuir en mayor medida al desarrollo del marxismo."

"Pondremos en marcha programas para que los miembros del Partido estudien la nueva teoría del Partido y transformen el Partido en un partido marxista educativo."

"Seremos firmes defensores y fieles practicantes del noble ideal del comunismo y del ideal común del socialismo con características chinas."

Volviendo a Rudd y su interesante libro publicado en 2024 con el título Sobre Xi Jinping: Cómo el nacionalismo marxista de Xi está dando forma a China y al mundo, dada su indiscutible elección de bando, resulta aún más significativo que el autor australiano tome en serio la dimensión ideológica del pensamiento de Xi Jinping [2].

Rudd ciertamente no pertenece al campo comunista, ni se le puede sospechar de simpatizar con el socialismo chino. Precisamente por esta razón, su reconocimiento de la centralidad del marxismo en la visión política del secretario general del Partido Comunista Chino adquiere un valor particular: demuestra que solo una lectura superficial o deliberadamente propagandística puede reducir el socialismo con características chinas a una fórmula vacía o a una simple cobertura retórica del capitalismo.

El libro de Rudd, si bien se enmarca dentro de un contexto político hostil a la República Popular China, capta un punto esencial: Xi Jinping no utiliza el marxismo como un adorno ideológico, sino como una gramática política para interpretar la historia, la lucha de clases, el papel del Partido, la soberanía nacional y la relación entre el Estado, el mercado y el desarrollo.

La definición de «nacionalismo marxista» que propone Rudd se inscribe, naturalmente, en una perspectiva occidental y anticomunista, pero confirma, sin pretenderlo, lo que gran parte de la izquierda occidental antichina se niega incluso a debatir: la continuidad teórica y política entre el marxismo, el liderazgo del Partido Comunista Chino y el proyecto histórico de la modernización socialista de China.

Es precisamente desde este punto que se puede conectar el debate con el manifiesto de Karp y Zamiska. Si bien Rudd reconoce, aunque lo critica, el papel del marxismo en la construcción de la visión política de Xi Jinping, los autores de La República Tecnológica reconocen, también desde una perspectiva claramente occidental y estadounidense, otro aspecto crucial del modelo chino: la capacidad de subordinar el capital, la tecnología y la innovación a una dirección política general.

En ambos casos, dos voces alejadas del comunismo se ven obligadas a confrontar la misma realidad: China no puede entenderse a través de las categorías simplistas del liberalismo occidental, porque su desarrollo se basa en una relación entre ideología, Estado, partido, planificación y fuerzas productivas que Occidente ha olvidado incluso nombrar.

La sombra que proyecta ahora Pekín a escala global y la radical alteridad del modelo chino en sus diversos aspectos ideológicos, culturales y socioeconómicos en comparación con el capitalismo de Estado real que impera en el mundo occidental, con su privatización de beneficios y socialización de pérdidas de monopolios privados, se reflejan, aunque con diferentes categorías teóricas y proyectos disímiles, en el libro titulado La República Tecnológica: Poder Duro, Creencia Suave y el Futuro de Occidente, una obra escrita en coautoría por Alexander C. Karp, director ejecutivo del gigante tecnológico Palantir, y Nicholas W. Zamiska [3].

El eje central y la estructura del libro consisten en una evaluación abierta de la existencia de una amenaza sistémica china para el poder estadounidense, junto con una admisión, aunque reticente, de la eficacia socioproductiva del uso a gran escala que hace el Partido Comunista Chino de las herramientas de planificación en el proceso de reproducción de este gigantesco país asiático.

Y que la actual República Popular China representa una amenaza sistémica pacífica para el capitalismo de Estado de Washington es algo que reconoce incluso una académica alejada de las tentaciones prochinas como Margherita Furlan.

Ella admitió que, mucho antes de la cumbre de Pekín entre Xi Jinping y Trump, celebrada en mayo de 2026, ya se había hecho evidente que el Partido Comunista Chino «reafirma la primacía de la política sobre los gigantes digitales, impidiendo que Jack Ma escape del control estatal como lo hizo Elon Musk en Washington y manteniendo los algoritmos dentro del perímetro de la autoridad política». Además, Furlan subrayó acertadamente que «Karp y Zamiska, además, están construyendo su manifiesto contra China: es el rival que justifica el nuevo Proyecto Manhattan, el adversario sistémico cuya eficiencia autoritaria es a la vez temida e implícitamente admirada» [4].

Pero procedamos ahora al análisis del manifiesto de Karp y Zamiska.

Lo primero que llama la atención en La República Tecnológica es su tono abiertamente manifiesto. Karp y Zamiska no escriben un libro neutral sobre inteligencia artificial, ni una simple reflexión sobre la relación entre tecnología y sociedad. En cambio, escriben un texto de batalla, un llamamiento a la élite ingenieril y empresarial de EEUU para que abandone la ilusión de poder vivir al margen del Estado, la guerra, la seguridad nacional y la competencia geopolítica.

La tesis subyacente es sencilla: Silicon Valley ha perdido su misión histórica porque, en lugar de poner sus capacidades al servicio de los principales objetivos nacionales, se ha concentrado en aplicaciones de consumo, plataformas publicitarias, redes sociales, servicios de entretenimiento y herramientas capaces de monetizar la vida cotidiana de los usuarios sin abordar las principales contradicciones estratégicas del presente [5].

Desde esta perspectiva, el libro posee un considerable valor documental, ya que muestra cómo un sector de la clase dirigente tecnológica estadounidense ha comprendido el agotamiento ideológico del antiguo mito neoliberal.

Durante décadas, Occidente ha ensalzado el mercado como un mecanismo autosuficiente, capaz de dirigir espontáneamente la innovación, el progreso, la inversión y la asignación de recursos. Karp y Zamiska, si bien operan dentro de un marco político eminentemente occidental, estadounidense y anticomunista, reconocen que el mercado, si se le deja a su suerte, tiende a recompensar lo que resulta inmediatamente rentable, no lo que es históricamente necesario. Esta admisión revela uno de los aspectos más interesantes del libro: los autores no se están convirtiendo en socialistas, pero se ven obligados a reconocer que la racionalidad mercantil no basta para garantizar el poder general de una sociedad.

El blanco inmediato de la polémica es el Silicon Valley contemporáneo, acusado de haber abandonado la dimensión pública y nacional de la tecnología. Los autores contrastan la cultura de las aplicaciones superficiales, el consumo individual y la fragmentación social con la época en que la investigación científica, la industria, las universidades y el Estado cooperaban en torno a grandes proyectos estratégicos.

La referencia implícita, y a menudo explícita, es al complejo científico-militar estadounidense del siglo XX, desde el Proyecto Manhattan hasta la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, pasando por la carrera espacial y la construcción de la infraestructura tecnológica de la Guerra Fría. No hay nada progresista en esta nostalgia: no se trata de recuperar una planificación democrática al servicio de las necesidades populares, sino de reconstruir una movilización tecnológica nacional al servicio del poder imperial estadounidense [6].

Aquí es donde surge la principal contradicción del libro. Karp y Zamiska acusan a Silicon Valley de traicionar al Estado, pero nunca cuestionan realmente la naturaleza clasista de ese Estado. No exigen que la tecnología se libere del dominio de los monopolios privados y se ponga al servicio de la comunidad.

Más bien, exigen que los monopolios tecnológicos asuman plenamente su función orgánica dentro del aparato estatal, militar y de inteligencia de EEUU. Su «república tecnológica» no es una república popular, ni una forma de control público sobre las grandes corporaciones digitales. Más bien, propone una fusión aún más estrecha entre el capital privado, el aparato de seguridad, la industria bélica, la inteligencia artificial y la proyección global del poder estadounidense.

China desempeña un papel crucial en este contexto. No es simplemente un competidor económico ni un adversario diplomático. Es el punto de comparación que obliga a los autores a reconocer la insuficiencia del modelo occidental contemporáneo.

La República Popular China aparece, en su reconstrucción, como un rival sistémico capaz de movilizar recursos, dirigir inversiones, disciplinar el capital privado y subordinar el desarrollo tecnológico a objetivos políticos a largo plazo. Lo que la propaganda occidental convencional descarta como autoritarismo, en el libro de Karp y Zamiska se convierte en algo aún más inquietante para la clase dirigente estadounidense: una forma eficaz de organizar el poder nacional.

Naturalmente, los autores nunca concluyen que la planificación socialista pueda representar una forma superior de racionalidad histórica frente a la anarquía del mercado. Sin embargo, su razonamiento gira continuamente en torno a este punto sin mencionarlo explícitamente.

Comprenden que una gran potencia no puede confiar sus decisiones estratégicas a la suma caótica de intereses privados; comprenden que la inteligencia artificial, el software avanzado, los semiconductores, la defensa, la logística, la vigilancia y la infraestructura digital no son sectores como cualquier otro; comprenden, finalmente, que la primacía tecnológica requiere dirección política, priorización, concentración de recursos y la capacidad de imponer una jerarquía a los intereses particulares. En otras palabras, comprenden a regañadientes parte de la lección china, pero intentan traducirla al lenguaje de la restauración imperial estadounidense.

Esto también genera la ambigüedad de su crítica a la cultura «débil» de Occidente. Karp y Zamiska denuncian la pérdida de convicciones firmes, la disolución del sentido de pertenencia, la incapacidad de las élites para proponer un proyecto colectivo y la transformación de la tecnología en un conjunto de productos diseñados para satisfacer deseos individuales cada vez más superficiales.

Pero la solución que proponen no es la reconstrucción de una comunidad política basada en la igualdad, la participación democrática o la justicia social, sino la reconstrucción de una comunidad nacional regida por la competencia geopolítica, el miedo al enemigo y la necesidad de prepararse para la guerra tecnológica del siglo XXI.

El llamado a una «creencia flexible» debe interpretarse en este sentido. Los autores no critican a Occidente por haber abandonado el colonialismo, el imperialismo o la lógica de la dominación, sino por haber perdido la fe suficiente en su propia misión histórica.

La debilidad de Occidente, en su opinión, no reside en la explotación, la desigualdad, la financiarización, la subordinación del trabajo al capital ni la devastación social provocada por el neoliberalismo, sino en la incapacidad de sus élites para reconocerse abiertamente como la clase dominante de un bloque de poder y actuar en consecuencia. Por eso este libro es valioso: porque expone explícitamente lo que un sector de la ideología liberal prefiere ocultar tras el lenguaje de los derechos, la innovación y la libertad individual.

La comparación con el discurso de Xi Jinping en el XX Congreso del Partido Comunista Chino resulta aún más reveladora. Por un lado, Xi habla de marxismo, socialismo con características chinas, la centralidad del pueblo y la adaptación creativa del materialismo dialéctico e histórico a las condiciones concretas de China.

Por otro lado, Karp y Zamiska hablan de la dominación occidental, el poder, la seguridad, los aparatos militares y la necesidad de reintegrar a la élite tecnológica a los límites estratégicos del Estado. Ambos discursos reconocen que el mercado no es suficiente. Pero la diferencia radica en el sujeto político y el propósito histórico: en el caso chino, la subordinación del capital y la tecnología a un proyecto socialista de desarrollo nacional; en el caso estadounidense, la subordinación selectiva del capital tecnológico a las exigencias de la supremacía geopolítica y militar del imperialismo.

Por esta razón, La República Tecnológica puede interpretarse como una confesión involuntaria. Karp y Zamiska pretenden denunciar la debilidad de Occidente, pero acaban certificando la fortaleza del modelo chino.

Quieren defender la superioridad estadounidense, pero se ven obligados a admitir que esta ya no puede basarse en el cuento de hadas del libre mercado, la espontaneidad empresarial y la innovación individualista. Quieren relanzar el capitalismo tecnológico occidental, pero para ello deben recurrir a herramientas que contradicen su propia mitología: la coordinación estatal, las prioridades estratégicas, la movilización colectiva, la disciplina política y la subordinación de los intereses particulares a un plan general.

El punto crucial es que, mientras que en China el Partido Comunista mantiene la primacía de la política sobre las grandes corporaciones económicas y digitales, en el proyecto de Karp y Zamiska la relación tiende a invertirse hacia una forma más sofisticada: no es el Estado popular el que controla el capital, sino el capital tecnológico más avanzado el que se ofrece como brazo operativo del Estado imperial. Palantir se convierte así no solo en un negocio, sino en un modelo político. No se limita a vender software; propone una visión del mundo en la que la inteligencia de datos, la inteligencia artificial y las capacidades predictivas se integran en los mecanismos de mando, vigilancia y guerra de Occidente.

En conclusión, el libro de Karp y Zamiska confirma indirectamente la tesis inicial. El marxismo de Xi Jinping, lejos de ser una mera retórica, representa uno de los fundamentos teóricos a través de los cuales China interpreta su propio desarrollo, disciplina sus fuerzas productivas y guía la modernización socialista.

El manifiesto de Palantir, por otro lado, representa una respuesta occidental a la crisis de su hegemonía: una respuesta agresiva, militarizada y tecnocrática que no busca superar el dominio del capital, sino hacerlo más eficiente en la competencia global contra China. Precisamente por ello, el interés del libro reside no tanto en las soluciones que propone como en el temor que revela.

Si incluso uno de los protagonistas más conscientes del capitalismo tecnológico estadounidense se ve obligado a admitir que Occidente necesita planificación, dirección política y un propósito colectivo, entonces la larga era de arrogancia neoliberal ha entrado en una profunda crisis.

Y también significa que China, con su socialismo de características chinas, ya no es solo un objeto de propaganda occidental, sino el verdadero punto de comparación que obliga a los propios estrategas del imperio a replantearse los fundamentos de su poder.


Notas

[1] Xi Jinping, "Texto completo del informe al XX Congreso Nacional del Partido Comunista de China", 25 de octubre de 2022, en inglés. www.gov.cn.

[2] K. Rudd, Sobre Xi Jinping: Cómo el nacionalismo marxista de Xi está dando forma a China y al mundo, Oxford University Press, Oxford-Nueva York, 2024.

[3] AC Karp y NW Zamiska, La República Tecnológica: Poder Duro, Creencia Suave y el Futuro de Occidente, Crown Currency, Nueva York, 2025.

[4] M. Furlan, "De Schwab a Karp: los escribas del Apocalipsis", 22 de mayo de 2026, en lafionda.org.

[5] AC Karp y NW Zamiska, "Por qué Silicon Valley perdió su patriotismo", 12 de febrero de 2025, en The Atlantic.

[6] Penguin Random House, "Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska publicarán una 'acusación generalizada' de Silicon Valley con The Technological Republic ", comunicado editorial, 18 de febrero de 2025.

[7] J. Hofer, "Reseña del libro: La República Tecnológica: Poder duro, creencia blanda y el futuro de Occidente ", 2025, en The Independent Review.

observatoriocrisis.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-marxismo-de-xi-jinping-y-palantir

sábado, 18 de julio de 2026

En Ormuz, la ficción imperial se ha estrellado contra la realidad geográfica

 
MEDIO ORIENTE, EE.UU. :: 13/07/2026

XAVIER VILLAR

La conversión de la geografía en mecanismo de extracción de rentas es lo que perturba. No es el cierre lo que aterra, sino la normalización de un peaje político sobre el flujo energético global

En "El inspector" de Nikolái Gógol, las autoridades corruptas de una pequeña ciudad rusa entran en pánico ante la llegada de un joven de San Petersburgo.

Iván Khlestakov es un simple funcionario, con una imaginación desbordante, pero el miedo de los lugareños a sus propias malversaciones le otorga los poderes de un auditor imperial. Khlestakov habita la ficción. Su autoridad no emana del zar, sino de la paranoia de sus anfitriones. Cuando la máscara cae, no queda más que el ridículo y la vulnerabilidad de quienes creyeron en el engaño.

La burocracia de seguridad nacional estadounidense opera hoy bajo esta misma psicología. Washington exige a Irán que acepte garantías de seguridad a cambio de exenciones temporales, sabiendo que su propio Congreso puede revocarlas ante el más mínimo temblor político. Cuando Teherán se niega a validar la ficción, Trump responde con la teatralidad de un burócrata acorralado, amenazando desde Truth Social con un abismo que no se atreve a cruzar.

La reciente proclamación de Trump declarando "muerto" el memorándum de entendimiento con Irán y amenazando con un bloqueo renovado no es un ejercicio de fuerza. Desde Teherán, estas proclamas se leen como lo que son: la frustración de un hegemón que ha agotado sus opciones de coerción convencional. El interrogante fundamental sobre qué puede imponer materialmente EEUU en esta coyuntura ya fue respondido por las armas. Los recientes intercambios militares actuaron como un ajuste de cuentas brutal para Washington, trazando los límites físicos de su poder. Desprovista de sustento territorial, la escalada retórica carece de valor estratégico.

La anunciada muerte del memorándum es el resultado directo del sabotaje sistemático de Washington. Si el acuerdo termina de colapsar, la responsabilidad será enteramente de una Casa Blanca que, desde el primer minuto, se negó a cumplir con una sola de sus cláusulas. Lejos de adolecer de defectos estructurales, el texto ofrecía una secuencia lógica para la desescalada: Irán regularía el tráfico en Ormuz, EEUU levantaría el bloqueo, Teherán accedería a sus fondos y a exenciones petroleras, y cesarían las amenazas. Era un puente hacia la negociación nuclear. Pero Washington trató el acuerdo no como un marco vinculante, sino como una pausa táctica para preservar su ventaja coercitiva mientras ponía a prueba la resolución de la otra parte.

Desde la perspectiva iraní, la violación fue inmediata y absoluta. La primera cláusula, que exigía el fin de la guerra en el Líbano, fue ignorada mientras el régimen israelí consolidaba sus posiciones en el sur. La liberación de activos se escatimó deliberadamente. Las amenazas no cesaron; Trump llegó a sugerir el secuestro de los negociadores iraníes en Suiza. El golpe final llegó el 7 de julio, cuando la Casa Blanca revocó la exención petrolera justo cuando Teherán consolidaba su ruta marítima. Fue Washington quien rompió la baraja, tratando el derecho internacional como un menú de opciones coercitivas en lugar de un marco de obligaciones recíprocas.

Esta dinámica revela la violencia inherente a la diplomacia estadounidense. La verdadera trampa no residía en el texto del memorándum, sino en la arquitectura legal del imperio. Gran parte del régimen de sanciones estadounidense está blindado por la legislación del Congreso, a través de mecanismos como la Ley CAATSA. Los presidentes norteamericanos solo pueden ofrecer exenciones renovables, revocables mediante un decreto ejecutivo. Tras la experiencia del acuerdo nuclear de 2015, los planificadores iraníes extrajeron una lección definitiva. El alivio económico temporal no sirve para reconstruir un país ni para garantizar su seguridad a largo plazo. Los inversores europeos y asiáticos comprenden esta realidad estructural; saben que cualquier integración bancaria con Teherán será castigada por el Departamento del Tesoro de EEUU en el siguiente ciclo electoral.

Washington exige que Irán traduzca sus requisitos de soberanía al lenguaje del internacionalismo liberal, mientras se niega a acatar la lógica secuencial de los propios acuerdos que redacta. Teherán sabe que los cheques de la Casa Blanca son falsos. Y cuando la República Islámica exige ver las credenciales reales de esas garantías, solo encuentra el vacío de un Congreso dividido.

Es en este callejón sin salida donde el estrecho de Ormuz ha dejado de ser un simple punto de estrangulamiento militar para convertirse en el eje de la soberanía iraní. Cambiar el programa nuclear o las redes de alianzas regionales por un alivio de sanciones efímero era una asimetría inaceptable. Ormuz, en cambio, ofrece una garantía que reposa en las propias manos de Teherán. Al obligar al tráfico comercial a usar su corredor designado y al tejer una administración conjunta con Omán para cobrar tarifas de tránsito, Irán busca un cambio profundo en la gestión del Golfo. Ya no se trata de Irán contra la comunidad internacional, sino de una administración marítima regional frente a la extraterritorialidad imperial.

Lejos de buscar el cierre total del estrecho --un escenario que detonaría un 'casus belli' inmediato y carece de sentido económico para la propia República Islámica--, Teherán ha optado por transformar una autopista marítima, históricamente patrullada por la Quinta Flota de EEUU, en una aduana soberana. Esta maniobra desafía directamente la interpretación que el Departamento de Defensa hace del derecho internacional del mar. Washington invoca el régimen de "paso en tránsito" para justificar la presencia de sus portaaviones, ignorando que la geografía del estrecho lo convierte en una zona donde las reclamaciones de soberanía costera son absolutas.

Al establecer un corredor designado y una administración conjunta, Teherán no está "cerrando" el estrecho en el sentido clásico del bloqueo naval; está burocratizando su soberanía. Está creando un régimen jurídico paralelo que obliga a las navieras globales a elegir entre la seguridad física que ofrece la costa iraní y la ficción legal que emana de la Quinta Flota. En un mundo donde los seguros marítimos dictan las rutas comerciales, la realidad material de los misiles antibuque iraníes tiene más peso que las resoluciones del Consejo de Seguridad.

Durante décadas, la doctrina de la "libertad de navegación" en el Golfo Pérsico ha funcionado como una subvención encubierta a las economías occidentales y asiáticas, garantizando el flujo de hidrocarburos a coste cero para las potencias hegemónicas. Al exigir que el tráfico se someta a su corredor designado, Irán está cobrando la factura histórica de esa externalidad. Obliga al capital global a reconocer su jurisdicción.

Si el Congreso estadounidense quiere endurecer las sanciones, tendrá que asumir el coste. La coerción deja de ser gratuita. Esta conversión de la geografía en mecanismo de extracción de rentas es lo que verdaderamente perturba a los mercados y a los planificadores del Pentágono. No es el cierre lo que aterra, sino la normalización de un peaje político sobre el flujo energético global.

Las reservas estratégicas de petróleo de EEUU están prácticamente agotadas. Los inventarios globales se mantienen tensos, ya que el tráfico a través de Ormuz se ha mantenido muy por debajo de los niveles de prepandemia y preguerra. El margen para absorber un shock prolongado en el estrecho es inexistente, un lujo inasumible para una administración obsesionada con el coste de la energía de cara a las urnas.

Los planificadores militares saben perfectamente que escoltar cada petrolero por el embudo de Ormuz exige un despliegue logístico insostenible frente a los enjambres de lanchas del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y los misiles de costa. El castigo aéreo puede destruir infraestructuras, pero no puede borrar la topografía costera ni neutralizar a un estado que ha integrado la asimilación del daño en su propia doctrina de supervivencia. La guerra reciente ha demostrado que la potencia de fuego estadounidense carece de la capacidad estratégica para someter la geografía.

La República Islámica mantiene una conciencia histórica profunda de la ruptura contractual estadounidense, pero también posee una cosmología política donde la resistencia a la hegemonía imperial no es una mera táctica de supervivencia, sino un imperativo ontológico. La memoria del golpe de estado de 1953, el apoyo a Sadam Hussein en la década de 1980 y la salida unilateral del JCPOA en 2015 está viva como un recordatorio de las promesas incumplidas de Washington.

Las amenazas de Trump son apenas la última entrada en este archivo. Doblegar a un Estado que acepta el daño táctico como precio de su continuidad requiere una ocupación terrestre que ningún presidente estadounidense ordenará. El aparato bélico estadounidense es estructuralmente incapaz de procesar una resistencia que convierte la guerra de desgaste en un arma potente dentro de su arsenal.

La supuesta muerte del memorándum es el colapso de una ilusión. Mientras Washington siga habitando la ficción de su propia hegemonía, negándose a aceptar que ha perdido la guerra y que ya no está en condiciones de imponer un dictado unilateral, ningún acuerdo, por precario que sea, será posible. El burócrata acorralado sigue agitando sus papeles y amenazando con el abismo, pero en el Golfo la ficción jurídica se ha estrellado contra la materia. Y hasta que el imperio no asuma su propia derrota, el estrecho permanecerá como el lugar donde la realidad le exige el pago de sus deudas.

www.hispantv.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/en-ormuz-la-ficcion-imperial-se-ha

La Conferencia Episcopal Española se une al golpe de Estado

 
Por Juan Torres López | 11/07/2026 | España


Fuentes: Ganas de escribir  

La Iglesia Católica española se ha apropiado desde 1998 de más de 35.000 bienes que no eran suyos, al amparo del privilegio excepcional que le otorgó la reforma de la Ley Hipotecaria de aquel año. Un privilegio que ningún otro individuo ni institución disfrutó y que permitió registrar como propios miles de inmuebles, muchos de ellos de enorme valor histórico y cultural.

Decenas de sacerdotes destrozaron la vida de miles de niñas y niños mediante abusos sexuales. Y durante demasiado tiempo su jerarquía hizo cuanto pudo por ocultar esos crímenes, proteger a los responsables y eludir sus responsabilidades hacia las víctimas.

La Iglesia Católica española sigue beneficiándose de un Concordato heredado de la dictadura franquista y de unos privilegios incompatibles con un Estado que se declara no confesional. Durante décadas ha recibido financiación pública, exenciones fiscales y un trato de favor que ninguna otra confesión ni organización disfruta en semejante medida.

La Conferencia Episcopal Española guardó un silencio clamoroso mientras destacados dirigentes del Partido Popular eran condenados por corrupción y mientras el propio partido era condenado como partícipe a título lucrativo en la trama Gürtel. Entonces no hubo grandes sermones sobre la degradación moral de la vida pública.

Ahora, sin embargo, la Conferencia Episcopal Española pretende erigirse en tribunal ético y califica al Gobierno legítimo de España de «banda de ladrones».

No es una casualidad. Una vez más, la jerarquía eclesiástica se sitúa donde ha estado siempre, junto a quienes concentran el poder económico y político y combaten con todos los medios a un gobierno elegido democráticamente. Ahora se une al golpe de Estado en ciernes que se da sin que hagan falta uniformes ni tanques para intentar derribar al gobierno. Basta con la deslegitimación permanente, con intoxicar desde los medios, con el uso partidista de las instituciones y en especial de la judicatura, con el desprecio sistemático a las reglas democráticas por parte de quienes consideran que España les pertenece en exclusiva y que cualquier gobierno que no sea el suyo carece de legitimidad.

Es muy difícil aceptar lecciones de moral de una institución que no es coherente con lo que predica, que aún no ha asumido plenamente sus responsabilidades por los abusos sexuales, que se ha beneficiado de privilegios extraordinarios durante décadas y que rara vez ha levantado la voz con la misma contundencia frente a las grandes injusticias, la desigualdad o la corrupción cuando esta procede de quienes defienden sus intereses y les conceden las prebendas que disfrutan.

Tengo la impresión de que, si existiera de verdad el infierno del que tanto hablan, serían esos jerarcas de doble moral quienes lo iban a conocer con más detalle.

Fuente: https://juantorreslopez.com/la-conferencia-episcopal-espanola-se-une-al-golpe-de-estado/