domingo, 18 de octubre de 2026

El derecho a decidir frente a la imposición colonial: Argelia, el Sáhara Occidental y la legalidad internacional


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La historia de los pueblos no se escribe con las imposiciones del ocupante ni con las componendas de despachos geopolíticos alineados con el statu quo. Frente al intento persistente de sofocar la causa del pueblo saharaui y dar por zanjada la ocupación militar del Sáhara Occidental mediante salidas unilaterales, la reciente intervención del ministro de Asuntos Exteriores de Argelia, Ahmed Attaf, reestablece una verdad fundamental que la comunidad internacional no puede seguir silenciando. Desde el Sovintern manifestamos nuestro respaldo firme y decidido a la posición reafirmada por la diplomacia argelina, sosteniendo que la cuestión del Sáhara Occidental es, en su esencia innegable, un proceso de descolonización inconcluso, y que cualquier solución política justa debe pasar de forma innegociable por el ejercicio real del derecho a la autodeterminación y el consentimiento explícito del Frente POLISARIO.

​En los últimos tiempos hemos asistido a intentos sistemáticos por presentar la propuesta de autonomía marroquí como el único punto de llegada predeterminado del proceso. Esta narrativa busca despojar al conflicto de su naturaleza jurídica y moral, pretendiendo que la voluntad popular es un concepto prescindible. Coincidimos plenamente con la categorización formulada por la diplomacia argelina al recordar que, cuando se trata de descolonización, el derecho a la autodeterminación constituye la regla fundamental y la referencia inamovible de todo el proceso. Prescindir de esta premisa no solo viola la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, sino que sienta un precedente nefasto para todas las naciones del Sur Global que defienden su soberanía e integridad territorial frente al expansionismo.

​Reconocemos el papel del Gobierno argelino al acudir al proceso de conversaciones abierto este año con voluntad constructiva pero fijando límites éticos infranqueables. Participar en la mediación internacional no significa convalidar un hecho consumado, sino exigir que Naciones Unidas cumpla con el mandato para el que fue convocada: permitir que la población saharaui decida su destino mediante mecanismos democráticos e inalienables. La estabilidad, la seguridad y la cooperación real en la región del Magreb no se construirán jamás sobre la base del atropello a la soberanía de una nación; la paz duradera solo puede ser hija directa de la justicia y de la legalidad internacional.

​Por todo ello, desde el Sovintern hacemos un llamamiento a las organizaciones populares, movimientos antiimperialistas y Gobiernos comprometidos con la justicia global a cerrar filas en torno a estos principios. Es imprescindible rechazar cualquier fórmula que pretenda sustituir el derecho a decidir por una asimilación forzosa, así como exigir garantías a las partes para que la negociación directa entre Marruecos y el Frente POLISARIO respete la igualdad de condiciones. El mapa del mundo no debe ser dibujado por la impunidad territorial ni por el chantaje diplomático, y la lucha del pueblo saharaui por su independencia sigue tan viva e innegociable como el primer día.

Lois Pérez Leira
Coordinador Regional del Sovintern


Otro Premio Nobel de Economía que no lo es, y este año con traca

Fuentes: Ganas de escribir

  Como cada año por estas fechas, los medios de comunicación de todo el mundo han vuelto a anunciar los ganadores del «Premio Nobel de Economía». Esta vez, los estadounidenses Robert E. Hall, de la Universidad de Stanford, y Michael Woodford, de la de Columbia, por sus trabajos sobre «los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica». Al anunciarlo, el presidente del comité que lo concede, John Hassler, subrayó que gracias a ellos los modelos que hoy utilizan los bancos centrales y los gobiernos de todo el mundo disponen de una base teórica sólida.

La concesión de este premio es una doble estafa y enseguida vas a entender fácilmente el porqué.

No es un Premio Nobel

Alfred Nobel dejó establecido en su testamento que los intereses de su fortuna se repartieran cada año entre quienes hubieran proporcionado el mayor beneficio a la humanidad en la Física, la Química, la Fisiología o Medicina, la Literatura y la paz entre las naciones. Conocía los estudios de economía de su tiempo, pero nunca pensó en premiarlos.

Lo que hoy se llama «Nobel de Economía» es, en realidad, el «Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel», creado en 1968 por el banco central sueco con motivo de su tricentenario. No lo financia el legado de Nobel ni lo eligió su voluntad. Como expliqué en mi libro Econofakes, el propio director de la Fundación Nobel, Michael Sohlman, reconoció años después que el banco hizo muchos cálculos para que los periodistas de todo el mundo no lo distinguieran de los demás. Y lo consiguió plenamente con un simple objetivo: hacer creer que la economía es una ciencia como las demás que reciben el galardón y, de paso, como han documentado Avner Offer y Gabriel Söderberg, reforzar la pretensión del banco de ser independiente del Parlamento y del Gobierno: si la economía es ciencia, las decisiones deben tomarlas los técnicos y no los representantes de la ciudadanía.

Premio al irrealismo

El premio de este año contribuye a ese fraude pues se concede a dos economistas que han desarrollado modelos y teorías completamente alejados de la realidad pero que sirven para consolidar las políticas económicas que concentran la riqueza y el poder. Merecen un reconocimiento científico tanto como un trabajo sobre anatomía que no incluyera al corazón o el hígado en el cuerpo humano y afirmase que este se mueve sin verse afectado por la ley de la gravedad.

Desde los años setenta, la corriente dominante en economía asumió tres fundamentos básicos. El primero, que cualquier explicación de lo que ocurre en el conjunto de la economía (el empleo, la inflación, las crisis) debía deducirse del comportamiento de individuos perfectamente racionales que maximizan su utilidad o su beneficio, que conocen perfectamente cómo funciona la economía y que, al formar sus expectativas sobre el futuro, nunca se equivocan de forma sistemática. El segundo que, como es imposible sumar los comportamientos de millones de personas diferentes, se supone que toda la economía funciona como si en ella sólo hubiera un único consumidor «representativo» de todos y una única empresa también «representativa» de todas las existentes. Y, finalmente, que, en esas condiciones, no hay crisis posibles, sino tan sólo «perturbaciones» aleatorias que llegan desde fuera y de las que la economía se recupera automáticamente volviendo a su equilibrio.

El ahora premiado Robert Hall contribuyó a fundar esta manera de razonar con un célebre artículo de 1978 en el que aplicaba las expectativas racionales al consumo. Y Michael Woodford la llevó a su expresión más acabada en los llamados «modelos neokeynesianos», que, con variantes, son los que hoy día emplean prácticamente todos los bancos centrales para fijar los tipos de interés, «gestionar las expectativas» y anunciar lo que piensan hacer gracias a los componentes que he mencionado: agente representativo, expectativas racionales, mercados que tienden siempre al equilibrio y crisis que vienen de fuera.

Suponer que tenemos un abrelatas

En mi último libro he explicado que este tipo de modelos razonan como el economista del chiste que, perdido en una isla con latas de comida y sin nada con qué abrirlas, propone a sus compañeros: «Supongamos que tenemos un abrelatas».

El consumidor y la empresa representativos, las expectativas racionales y el equilibrio automático son ese abrelatas. Algo que no existe pero que suponemos que lo tenemos para que puedan funcionar los modelos que nos conviene que funcionen.

Hace ya más de cincuenta años que se demostró matemáticamente que todas esas condiciones no pueden darse en la realidad, pero la solución de la economía dominante no fue abandonarlas, sino seguir dándolas por buenas y construir sobre ellas los mismos modelos con variantes cada vez más sofisticadas.

El modelo de referencia del ahora premiado Michael Woodford es el colmo de los disparates. Se plantea, literalmente, como el de una economía «sin efectivo», en la que el dinero apenas desempeña papel alguno y el banco central se limita a fijar un tipo de interés. No hay bancos que creen dinero de la nada al conceder préstamos, ni deuda privada que se acumule, ni burbujas financieras que estallen. Es decir, falta justamente lo que es bien sabido que provocó la mayor crisis de nuestro tiempo.

Por eso es lógico que no la pudieran ver venir, como tampoco los episodios inflacionarios que deben controlar. Tras el desastre, siguieron elaborando los modelos como si nada hubiera pasado, limitándose a remendarlos con nuevas «fricciones» financieras y el propio Woodford publicó un artículo en 2009 celebrando la «convergencia» de la macroeconomía en una nueva síntesis que compartían ya casi todos los economistas.

Un saber presentado como la ciencia neutral que no lo es

Al presentar la economía como un sistema que tiende por sí solo al equilibrio y en el que sólo hace falta que un banco central «técnico» ajuste los tipos de interés, convierten en un asunto de expertos preguntas que deberían ser objeto de deliberación democrática. Por ejemplo, cuánto paro estamos dispuestos a aceptar para contener la inflación, a quién beneficia que suban o bajen los tipos de interés, o quién paga los rescates bancarios. Preguntas puramente políticas que los economistas convencionales quieren hacer creer que se responden como si fueran ecuaciones.

La paradoja de este año se produce cuando el premio del Banco Central de Suecia premia a quien diseñó los modelos que usan bancos centrales cuya independencia está siendo atacada desde el poder político más agresivo y caprichoso, el del trumpismo. Pero la respuesta a ese ataque no puede ser la de blindarlos de nuevo bajo el manto de una ciencia inexistente, sino someter sus decisiones a un control democrático transparente, con modelos plurales y realistas, y con rendición de cuentas ante la ciudadanía.

Las alternativas existen. Hay economistas que trabajan con modelos que incorporan el dinero bancario, la deuda, la energía, la diversidad de comportamientos y la complejidad de la vida económica, y que han acertado allí donde los modelos premiados fallaron. Pero rara vez reciben el premio del Banco de Suecia, que en su inmensa mayoría ha ido a parar a quienes defienden la corriente dominante que ha provocado el mayor número de crisis financieras de la historia y una concentración de la riqueza y el poder igualmente sin precedentes.

Lo que se ha premiado una vez más no es un descubrimiento que beneficie a la humanidad, como quería Alfred Nobel, sino una forma de pensar la economía que conviene a quien da el premio y que beneficia a muy pocos. Galbraith hablaba de todo esto como «fraude inocente». Yo tengo cada vez más dudas de su inocencia.

Fuente: https://juantorreslopez.com/otro-premio-nobel-de-economia-que-no-lo-es-y-este-ano-con-traca/ 

España ante las elecciones del 29 de noviembre: avances sociales, resistencia internacional y crisis de la izquierda


Análisis de la situación con propuestas generalistas de por donde habría que ir pero sin concreciones. Pero lo que más me preocupa de entrada es la falta de una visión más amplia en las reflexiones autocríticas, especialmente sobre las causas de la realidad política española que impiden una acción institucional progresista, ligadas a sistemas como el electoral que favorece a la derecha o el autonómico, donde todas las propuestas mueren en las fronteras por las competencias cedidas del estado, por ejemplo:

-En el ingreso mínimo vital, más allá de la burocracia que colapso el cumplimiento de la normativa, el defecto está en que el estado no tiene competencias porque están todas cedidas a las comunidades autónomas y ayuntamientos, que están la mayoría en manos de la derecha nacional y nacionalistas, incluidas las gestionadas por los socialistas, todas en línea neoliberal que incumplen las normativas o las bloquean y si el estado interviniese, las instituciones policiales y en especial las judiciales, le darían la razón a la derecha. El problema está en la visión idealista del federalismo, que en toda sociedad clasista con el estado al servicio del capital, solo servirá para crear la división en la clase obrera y  enfrentamientos entre el pueblo, por las identidades políticas creadas al servicio del poder oligárquico, siempre bien unido contra la clase obrera y el pueblo.

- Por las mismas causas para no repetir el papel del estado y sus instrumentos están los temas de la fiscalidad transferida o la vivienda. Además del constitucional suspendiendo leyes, está la correlación de fuerzas sobre todos estos temas que se necesita para un decreto de mayorías simples, pero hay otros relacionados con cambios en la constitución, que necesitan mayorías cualificadas que lastran programas y posibilidades, y otros que el nacionalismo de derechas nunca aceptaría, como son la igualdad de derechos y deberes de todo el pueblo independiente de su residencia. El idealismo federalista, que en los hechos es confederalismo, por ser una izquierda que abraza tesis del soberanismo independentista de ideología nacionalista pequeño burguesa, impide situar los problemas y defender los intereses generales de la clase trabajadora, por el bloqueo o negativa de las comunidades autónomas que se defienden, con sistemas electorales al gusto que benefician al capital.

- Lo mismo con los cantos de victoria sobre un feminismo de género, que ha dividido al movimiento feminista que luchaba por los derechos de la mujer, colaborando ahora en el borrado de la mujer al tiempo, que permite barbaridades como que el género es un sentimiento y no una realidad biológica, liando el género con las sexualidades las cuales nunca fueron estáticas ni inmutables formándose su desarrollo mediante la experiencia. La heterosexualidad o la homosexualidad nunca vienen por nacimiento ni por experiencia de un día o un año, pero su construcción está atravesada por una cultura patriarcal supremacista, nacida de la propiedad privada para la acumulación de bienes que condiciona al ser humano, y lo que hoy venden como feminismo, es una teoría expandida desde el poder económico y mediático para dividir las luchas, a la clase obrera y al pueblo con más identidades al tiempo que distópico. Negando el ser biológico de la mujer se niega su derecho a la igualdad con el hombre que mantiene su definición biológica, sirviendo semejante barbaridad a la ridiculización del feminismo de clase entre la clase trabajadora, que por falsa y ridícula solo da utilidad a la derecha y al fascismo.

Participar en el gobierno si es lo que el reformismo quiere, es una decisión de ellos. pero nosotros los comunistas no debemos caer en la falsa ilusión, de que este sistema es el mejor posible y entender, que acabar con las injusticias y explotación de la clase trabajadora, pasa por ir rompiendo los sistemas e instrumentos que nos oprimen y dividen, y la concepción del estado de las autonomías actual es uno de ellos, junto con los aparatos judiciales, policiales y mañana seguro que militares, también con sistemas como los electorales. Nota de Alonso gallardo

  

                                                   
                            
Ponencia presentada por Manu Pineda en el XXX Seminario Internacional del Partido del Trabajo de México.

Quiero comenzar saludando al conjunto del Partido de los Trabajadores y agradeciendo muy sinceramente su apuesta generosa por este seminario, que se ha convertido en una de las grandes referencias internacionales para el intercambio de experiencias, el debate de ideas y el enriquecimiento del pensamiento de la izquierda. Quiero agradecer de manera muy especial al profesor Anaya, fundador del Partido de los Trabajadores, su compromiso con esta iniciativa, y expresar también mi reconocimiento personal a la compañera Isi por el esfuerzo generoso, constante e incansable que realiza para que este seminario siga creciendo y alcanzando sus objetivos.

Encuentros como este tienen un valor extraordinario. Quienes compartimos una tradición internacionalista sabemos que necesitamos espacios donde podamos debatir nuestras diferencias, aprender de experiencias distintas y analizar con honestidad nuestros aciertos y nuestros errores. La izquierda necesita pensamiento crítico, intercambio de ideas y capacidad para comprender la realidad más allá de las fronteras nacionales. Por eso agradezco especialmente la oportunidad de compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la situación política española.

España celebrará elecciones generales el próximo 29 de noviembre. Llegamos a esta cita después de varios años de avances sociales importantes, de una política exterior que ha mantenido posiciones propias en cuestiones fundamentales y de una experiencia de Gobierno que también ha puesto de manifiesto nuestras limitaciones. Mi intención es explicaros cómo hemos llegado hasta aquí, qué hemos conseguido, qué problemas siguen sin resolverse y por qué considero que la fragmentación de la izquierda constituye hoy uno de nuestros mayores peligros.

Para entender la situación actual debemos comenzar en 2018. Aquel año, el Partido Socialista Obrero Español recuperó el Gobierno mediante una moción de censura que desalojó a Mariano Rajoy de la Presidencia. En 2019, después de las elecciones generales y de una negociación política que desembocó en el primer Gobierno de coalición estatal de la democracia española, Unidas Podemos entró en el Ejecutivo junto al PSOE. En 2023, tras las nuevas elecciones generales, la coalición se reeditó con Sumar como socio minoritario del Partido Socialista.

Esta evolución tiene una importancia política que debemos comprender. El PSOE es una fuerza socialdemócrata con una larga trayectoria institucional y ha gobernado España en distintas etapas. La novedad de estos años ha sido la participación directa de la izquierda transformadora en el Gobierno central. Para nosotros, y especialmente para el Partido Comunista de España, esa participación abrió la posibilidad de convertir reivindicaciones históricas del movimiento obrero y popular en decisiones concretas de Gobierno.

España es hoy una experiencia singular en Europa: la izquierda transformadora ha formado parte del Ejecutivo estatal en un contexto en el que las fuerzas conservadoras y las derechas radicalizadas han ganado terreno en numerosos países. Esa singularidad ayuda a explicar tanto la importancia internacional que ha adquirido nuestro Gobierno como las dificultades que ha tenido que afrontar.

Uno de los resultados más claros se encuentra en el terreno laboral. Desde 2018, el salario mínimo interprofesional ha pasado de 735,90 euros mensuales en catorce pagas a 1.184 euros en 2025. El incremento acumulado es del 61 %. Este avance ha sido posible gracias a las decisiones del Gobierno, a la movilización sindical y, de manera muy importante, a la presión política ejercida por nuestro espacio, que ha defendido reiteradamente la necesidad de elevar los salarios más bajos.

A ello debemos añadir la reforma laboral de 2021, la reducción de la temporalidad y el refuerzo de la negociación colectiva. Estas medidas han contribuido a mejorar las condiciones de contratación y a ampliar la protección de millones de trabajadores.

También se han revalorizado las pensiones conforme al IPC, se ha creado el Ingreso Mínimo Vital y se han ampliado distintas prestaciones sociales. Durante la pandemia, los ERTE, las ayudas a autónomos y empresas y las medidas extraordinarias de protección evitaron que una crisis sanitaria de dimensiones históricas se tradujera en una destrucción todavía mayor del empleo y de los ingresos familiares. Posteriormente, se adoptaron medidas para hacer frente a la inflación, al encarecimiento de la energía y a otras consecuencias de las sucesivas crisis.

Se han producido igualmente avances en igualdad, derechos LGTBI, protección frente a las violencias sexuales, educación, formación profesional y protección de las familias. La Ley de Vivienda de 2023 introdujo instrumentos muy tibios para intervenir en el mercado del alquiler y proteger a los inquilinos, aunque sus resultados han sido insuficientes ante la dimensión del problema.

Todo ello se ha desarrollado en un contexto económico que merece atención. España ha dejado atrás la imagen de una economía condenada a situarse sistemáticamente por detrás de las principales economías europeas. En los últimos años ha registrado un crecimiento superior al promedio de la Unión Europea y un comportamiento comparativamente favorable frente a Alemania, Francia e Italia. Las previsiones de la Comisión Europea publicadas en mayo de 2026 situaban el crecimiento español en el 2,4 % para ese año, frente al 1,1 % previsto para el conjunto de la Unión Europea.

Es importante destacar que ese crecimiento se ha producido mientras se aprobaban medidas sociales de gran alcance y se reforzaba el empleo. Esto demuestra que la mejora de las condiciones laborales y la protección social pueden convivir con el crecimiento económico. El debate que debemos mantener es cómo conseguir que los frutos de ese crecimiento lleguen de manera más efectiva a las mayorías trabajadoras y se traduzcan en una mejora duradera de sus condiciones de vida.

Esta experiencia también tiene una dimensión internacional que merece ser destacada. A pesar de las limitaciones de su política exterior y de los compromisos de España con la OTAN y la Unión Europea, el Gobierno ha mantenido posiciones que le han otorgado una visibilidad internacional particular. En un contexto marcado por el avance de las derechas radicalizadas, el regreso de Donald Trump a la Presidencia estadounidense y la presión para que los gobiernos europeos se alineen con Washington, España se ha convertido en un símbolo internacional de resistencia política frente al trumpismo.

La cuestión palestina es el ejemplo más evidente. España reconoció el Estado palestino el 28 de mayo de 2024, denunció la destrucción de Gaza y defendió la necesidad de respetar el derecho internacional. En septiembre de 2025, el Gobierno aprobó un real decreto-ley que formalizó el embargo de armas, restringió determinadas operaciones comerciales y estableció medidas contra los productos procedentes de los asentamientos ilegales. También ha respaldado la labor de los tribunales internacionales y mantenido la ayuda humanitaria a la población palestina y el apoyo a la UNRWA.

Estas decisiones tienen importancia más allá de España. Han contribuido a demostrar que existen márgenes para adoptar posiciones propias en Europa, aunque todavía quede mucho por hacer para que las declaraciones políticas se traduzcan en una presión internacional capaz de detener el genocidio y garantizar los derechos del pueblo palestino.

Otro asunto especialmente significativo ha sido la negativa española a aceptar la exigencia de Donald Trump de elevar el gasto militar hasta el 5 % del PIB. En junio de 2025, el Gobierno anunció un acuerdo con la OTAN para cumplir los objetivos de capacidades militares con un gasto estimado del 2,1 % del PIB, rechazando la obligación de alcanzar aquel porcentaje.

Desde nuestra perspectiva, esta decisión tiene una dimensión política evidente. El presupuesto público debe responder también a las necesidades de la población, a la sanidad, la educación, las pensiones, la vivienda y los servicios públicos. España defendió que sus compromisos de seguridad podían cumplirse sin asumir el incremento de gasto exigido por Trump. La negativa también abrió un debate europeo sobre las prioridades presupuestarias, la autonomía estratégica y las consecuencias de una política de rearme acelerado.

En marzo de 2026, el Gobierno volvió a rechazar la utilización de las bases de Rota y Morón y del territorio español para apoyar la ofensiva militar estadounidense e israelí contra Irán. La decisión provocó nuevas tensiones con Washington. Desde una posición internacionalista, debemos destacar la importancia de impedir que el territorio español sea utilizado para facilitar guerras de agresión y de defender la soberanía como principio que debe aplicarse a todos los pueblos.

Quizá sea innecesario aclarar que nuestra propuesta sigue siendo, obviamente, la salida de España de la OTAN y el cierre de las bases norteamericanas en nuestro territorio.

Por estas razones, a pesar de sus contradicciones, la experiencia española ha adquirido una dimensión que trasciende nuestras fronteras. España ha mostrado que, incluso dentro de las estructuras políticas y militares occidentales, pueden existir espacios para cuestionar determinadas exigencias de Washington, defender el derecho internacional y mantener posiciones de solidaridad con los pueblos agredidos.

Las contradicciones y los problemas que no hemos sabido resolver

Sería un error presentar este balance únicamente en términos positivos. Hemos cometido errores importantes y tenemos limitaciones que debemos reconocer con claridad.

El problema de la vivienda es el más grave. Las subidas salariales y las mejoras laborales han beneficiado a muchos trabajadores, pero una parte de esas mejoras se ha visto absorbida por el encarecimiento de los alquileres y de la compra de vivienda. Para una parte importante de la juventud y de las familias trabajadoras, emanciparse o mantener una vivienda digna se ha convertido en una dificultad cotidiana.

La política de vivienda ha sido insuficiente. La falta de un parque público amplio, las dificultades para aplicar medidas de regulación, la especulación inmobiliaria y las limitaciones de la intervención pública han impedido responder con la intensidad necesaria. Cuando una persona trabaja y cobra más, pero sigue sin poder independizarse o vive con el temor permanente de perder su casa, el avance económico pierde buena parte de su significado social.

También hemos sido incapaces de abordar una reforma fiscal suficientemente profunda. Necesitamos un sistema en el que quienes acumulan más riqueza y obtienen mayores beneficios contribuyan de manera proporcionalmente mayor al sostenimiento de los servicios públicos. Un Estado fuerte necesita ingresos suficientes para garantizar una sanidad pública de calidad, una educación accesible, pensiones dignas, protección social y políticas de vivienda capaces de responder a las necesidades de la mayoría.

No podemos aspirar a transformar la sociedad si aceptamos que los recursos públicos sean insuficientes mientras la concentración de la riqueza continúa aumentando. La justicia fiscal debe formar parte de cualquier proyecto de transformación social que aspire a durar.

Hay otras contradicciones y limitaciones, pero quiero detenerme en una cuestión que considero decisiva para comprender nuestra situación: el problema de la izquierda española no reside únicamente en las insuficiencias de su gestión. Reside también en la falta de responsabilidad y visión política colectiva y en la incapacidad de algunas de sus direcciones para mirar más allá de los intereses inmediatos de sus propias organizaciones.

Lo digo con preocupación, porque considero que este es uno de los asuntos de los que depende nuestro futuro.

Con demasiada frecuencia, las direcciones de las organizaciones de izquierda actúan como si la prioridad fuera garantizar la supervivencia, la representación institucional o la influencia de su propio partido, incluso cuando esas decisiones perjudican al conjunto de la izquierda y a los intereses de la clase trabajadora. Hemos desarrollado una cultura política en la que las disputas entre organizaciones, los enfrentamientos personales y la competencia por los espacios electorales terminan ocupando más tiempo y energía que la construcción de una alternativa compartida.

Es una especie de narcisismo político e identitario que nos impide comprender la dimensión del momento histórico. Cada organización tiende a medir sus resultados en función de su propia posición, sin valorar suficientemente las consecuencias que sus decisiones tienen para el conjunto de las fuerzas populares.

Mientras tanto, las derechas trabajan para construir mayorías, consolidan sus posiciones institucionales y culturales y aprovechan nuestras divisiones. El resultado es que podemos terminar perdiendo conquistas sociales importantes después de haber demostrado que somos capaces de aprobar medidas que mejoran la vida de millones de personas.

Tenemos que asumir nuestra responsabilidad. El PSOE tiene sus propias limitaciones y contradicciones, pero la izquierda transformadora tampoco puede eludir el examen de sus decisiones. Debemos preguntarnos por qué hemos sido incapaces de construir una relación estable entre nuestras organizaciones, por qué tantas diferencias terminan convirtiéndose en enfrentamientos destructivos y por qué nos cuesta tanto establecer prioridades compartidas.

La unidad que necesitamos no puede ser una simple suma de siglas ni un acuerdo electoral improvisado. Requiere un programa común, mecanismos democráticos, respeto entre las organizaciones y una estrategia que coloque en primer plano las necesidades de la mayoría social. Requiere también reconocer que ninguna organización, por importante que sea, puede representar por sí sola a toda la clase trabajadora ni monopolizar la respuesta a los desafíos que tenemos por delante.

Debemos ser capaces de debatir nuestras diferencias sin convertirlas en una guerra permanente. Necesitamos reconstruir la confianza, fortalecer los vínculos con los sindicatos y los movimientos sociales, recuperar la presencia en los barrios y los centros de trabajo y ofrecer soluciones concretas a problemas como la vivienda, los salarios, la sanidad y la educación.

Si no somos capaces de hacerlo, corremos el riesgo de convertirnos en una fuerza marginal, incapaz de influir de manera decisiva en el rumbo de la sociedad. Y esa marginalidad tendría consecuencias que irían mucho más allá de nuestros partidos: afectaría a la capacidad de la clase trabajadora para defender sus derechos y abriría nuevas oportunidades a las fuerzas reaccionarias.

Quiero terminar regresando al sentido de este seminario. El intercambio internacional de experiencias tiene valor precisamente porque nos permite comprender que nuestros problemas nacionales forman parte de procesos más amplios y que podemos aprender unos de otros.

La experiencia española demuestra que la participación de la izquierda transformadora en el Gobierno puede contribuir a elevar los salarios, ampliar derechos, reforzar la protección social y defender posiciones internacionales propias. También demuestra que esos avances resultan insuficientes cuando no se resuelven problemas estructurales como la vivienda, cuando el sistema fiscal no aporta los recursos necesarios y cuando las fuerzas que impulsan la transformación carecen de una estrategia común.

El crecimiento económico debe traducirse en bienestar para las mayorías. Los derechos conquistados necesitan instituciones capaces de garantizarlos y una sociedad organizada que los defienda. La solidaridad internacional debe acompañarse de decisiones concretas. Y la participación institucional debe formar parte de una estrategia de transformación social más amplia.

España afronta las elecciones del 29 de noviembre con todos estos elementos sobre la mesa: avances sociales relevantes, una posición internacional que ha adquirido visibilidad, limitaciones de gestión que debemos corregir y una izquierda profundamente dividida que tiene ante sí una responsabilidad histórica.

Me preocupa que nuestra incapacidad para construir una alternativa común termine facilitando el acceso de la derecha y la extrema derecha al Gobierno. Y me preocupa especialmente que, después de haber conseguido avances que hace unos años parecían difíciles, seamos nosotros mismos quienes contribuyamos a ponerlos en peligro por nuestra falta de visión colectiva.

No podemos pedir responsabilidad a la clase trabajadora mientras nuestras organizaciones se muestran incapaces de ejercerla. No podemos hablar de transformación social si anteponemos permanentemente los intereses de nuestros aparatos a las necesidades de la mayoría. Y no podemos defender la solidaridad internacional si no somos capaces de practicarla también entre quienes compartimos objetivos fundamentales.

La izquierda necesita recuperar la generosidad política, la capacidad de escuchar, la voluntad de cooperar y el sentido de la responsabilidad histórica. Necesita entender que nuestras diferencias deben servir para enriquecer un proyecto común y que la prioridad es mejorar las condiciones de vida de la mayoría trabajadora, defender los derechos conquistados y construir una sociedad más justa.

Ese es, a mi juicio, el desafío que tenemos por delante en España y también una de las grandes cuestiones que debemos debatir entre las fuerzas de izquierda de todo el mundo.

Muchas gracias.

(*) Responsable RR.II. del PCE 

sábado, 17 de octubre de 2026

Sexo quirúrgico


Paul R. McHugh
   1 de noviembre de 2004














Cuando la práctica de la cirugía de cambio de sexo surgió a principios de la década de 1970, solía recordarles a los psiquiatras que la defendían que, con otros pacientes, en particular alcohólicos, citaban la Oración de la Serenidad: «Dios, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia». ¿De dónde sacaron la idea de que nuestra identidad sexual («género» era el término que preferían) como hombres o mujeres entraba en la categoría de cosas que se podían cambiar?

Su respuesta habitual era mostrarme a sus pacientes. Los hombres (y hasta hace poco todos eran hombres) con quienes hablaba antes de su cirugía me decían que sus cuerpos e identidades sexuales estaban en conflicto. Aquellas que conocí después de la cirugía me decían que la cirugía y los tratamientos hormonales que las habían convertido en "mujeres" también las habían hecho felices y satisfechas. Sin embargo, ninguno de estos encuentros fue convincente. Las pacientes postoperatorias me parecían caricaturas de mujeres. Usaban tacones altos, maquillaje abundante y ropa llamativa; hablaban de cómo habían podido dar rienda suelta a sus inclinaciones naturales por la paz, la vida doméstica y la dulzura, pero sus manos grandes, sus nueces prominentes y sus rasgos faciales gruesos resultaban incongruentes (y lo serían aún más con la edad). Las psiquiatras que enviaba a hablar con ellas intuían a través del disfraz y las posturas exageradas. "Las mujeres se conocen entre sí", me dijo una, "y ese es un hombre".

Los sujetos antes de la cirugía me parecieron aún más extraños, ya que les costaba convencer a cualquiera que pudiera influir en la decisión de operarse. Primero, dedicaban una cantidad inusual de tiempo a pensar y hablar sobre sexo y sus experiencias sexuales; sus deseos y aventuras sexuales parecían obsesionarlos. Segundo, hablar de bebés o niños les despertaba poco interés; de hecho, parecían indiferentes a los niños. Pero tercero, y lo más sorprendente, muchos de estos hombres que afirmaban ser mujeres declararon que encontraban a las mujeres sexualmente atractivas y que se consideraban "lesbianas". Cuando les comentaba a quienes los defendían que sus inclinaciones psicológicas parecían más propias de hombres que de mujeres, recibía diversas respuestas, la mayoría en el sentido de que al hacer tales juicios estaba recurriendo a estereotipos sexuales.

Hasta 1975, cuando me convertí en jefe de psiquiatría del Hospital Johns Hopkins, solía mantenerme al margen de estos asuntos. Pero una vez que se me otorgó autoridad sobre todas las prácticas del departamento de psiquiatría, me di cuenta de que si permanecía pasivo, sería tácitamente cooptado para fomentar la cirugía de cambio de sexo en el mismo departamento que la había propuesto originalmente y aún la defendía. Decidí cuestionar lo que consideraba una mala práctica de la psiquiatría y exigir más información tanto antes como después de las operaciones.

Se presentaron dos cuestiones como objetivos de estudio. Primero, quería comprobar la afirmación de que los hombres que se habían sometido a una cirugía de reasignación de sexo encontraban solución a sus numerosos problemas psicológicos generales. Segundo (y esto era más ambicioso), quería comprobar si los bebés varones con genitales ambiguos que eran sometidos a una cirugía para convertirlos en niñas y criados como tales, como afirmaba la teoría (de nuevo de Hopkins), se adaptaban fácilmente a la identidad sexual que se les había asignado. Estas afirmaciones habían generado la opinión en los círculos psiquiátricos de que el "sexo" y el "género" eran cuestiones distintas: el sexo se determinaba genética y hormonalmente desde la concepción, mientras que el género se moldeaba culturalmente por las acciones de la familia y otras personas durante la infancia.

El primer problema fue más sencillo y solo requirió que yo animara a un miembro del profesorado, un experto en comportamiento sexual humano, a continuar su investigación. El psiquiatra y psicoanalista Jon Meyer ya estaba desarrollando un método para dar seguimiento a adultos que se habían sometido a cirugías de reasignación de sexo en Hopkins, con el fin de evaluar su nivel de beneficio. Descubrió que la mayoría de los pacientes a los que localizó años después de la cirugía estaban satisfechos con su decisión y que solo unos pocos se arrepentían. Sin embargo, en todos los demás aspectos, su estado psicológico apenas había cambiado. Tenían prácticamente los mismos problemas con las relaciones, el trabajo y las emociones que antes. La esperanza de que superaran sus dificultades emocionales y prosperaran psicológicamente no se había cumplido.

Los resultados demostraron que, así como estos hombres disfrutaban vistiéndose de mujer antes de la operación, también disfrutaban de vivir como mujeres después. Sin embargo, su integración psicológica no mejoró ni la convivencia con ellos se volvió más sencilla. Con estos datos, llegué a la conclusión de que Hopkins, en el fondo, estaba cooperando con una enfermedad mental. Pensé que los psiquiatras haríamos mejor en concentrarnos en tratar sus problemas mentales y no sus genitales.

Gracias a esta investigación, el Dr. Meyer pudo comprender mejor los trastornos mentales que impulsaban esta solicitud de un tratamiento inusual y radical. La mayoría de los casos se dividían en dos grupos muy diferentes. Un grupo estaba formado por hombres homosexuales con conflictos internos y sentimientos de culpa que veían en el cambio de sexo una forma de resolver sus conflictos sobre la homosexualidad, permitiéndoles comportarse sexualmente como mujeres con hombres. El otro grupo, en su mayoría hombres mayores, estaba formado por hombres heterosexuales (y algunos bisexuales) que encontraban una intensa excitación sexual al vestirse de mujer. Con el paso del tiempo, habían sentido la necesidad de añadir mayor verosimilitud a sus disfraces y, o bien buscaban o les sugerían, una transformación quirúrgica que incluiría implantes mamarios, amputación de pene y reconstrucción pélvica para asemejarse a una mujer.

Un estudio posterior de sujetos similares en los servicios psiquiátricos del Instituto Clark en Toronto identificó a estos hombres por la autoexcitación que experimentaban al imitar a mujeres sexualmente seductoras. Muchos de ellos imaginaban que sus exhibiciones podrían resultar sexualmente excitantes para los espectadores, especialmente para las mujeres. Esta idea, una forma de "sexo en la cabeza" (DH Lawrence), fue lo que provocó su primera aventura vistiendo ropa interior femenina y, finalmente, los condujo a la opción quirúrgica. Dado que la mayoría de ellos consideraba a las mujeres como objetos de su interés, se identificaron ante los psiquiatras como lesbianas. El término acuñado en Toronto para describir esta forma de desviación sexual fue "autoginefilia". Una vez más, llegué a la conclusión de que realizar una alteración quirúrgica en el cuerpo de estas personas desafortunadas equivalía a colaborar con un trastorno mental en lugar de tratarlo.

Esta información y la mejor comprensión de lo que habíamos estado haciendo nos llevaron a dejar de prescribir operaciones de cambio de sexo para adultos en Hopkins, para gran alivio, me complace decir, de varios de nuestros cirujanos plásticos que anteriormente habían sido obligados a realizar dichos procedimientos. Y con esta solución al primer problema, pude abordar el segundo: la práctica de asignar quirúrgicamente el sexo femenino a recién nacidos varones que al nacer presentaban genitales malformados, sexualmente ambiguos y graves defectos fálicos. Esta práctica, más propia del departamento de pediatría que del mío, preocupaba, sin embargo, a los psiquiatras, ya que las opiniones generadas en torno a estos casos contribuyeron a la idea de que la identidad sexual era una cuestión de condicionamiento cultural, más que algo fundamental de la constitución humana.

Diversas afecciones, afortunadamente raras, pueden provocar la formación anómala del tracto genitourinario durante la vida embrionaria. Cuando esto ocurre en un varón, la forma más sencilla de cirugía plástica para corregir la anomalía y lograr una apariencia estéticamente satisfactoria consiste en extirpar todos los órganos genitales masculinos, incluidos los testículos, y reconstruir, con los tejidos disponibles, una configuración labial y vaginal. Esta intervención proporciona a estos bebés malformados una anatomía genital de apariencia femenina, independientemente de su sexo genético. Partiendo de la premisa de que la identidad sexual del niño se definiría fácilmente según la apariencia genital si contaba con el apoyo familiar y cultural, los cirujanos pediátricos procedieron a construir genitales de apariencia femenina tanto para niñas con cromosomas XX como para varones con cromosomas XY, con el fin de que todos parecieran niñas, y debían ser criados como tales por sus padres.

Todo esto se realizó, por supuesto, con el consentimiento de los padres, quienes, angustiados por estas graves malformaciones en sus recién nacidos, fueron persuadidos por los endocrinólogos pediátricos y los psicólogos consultores para que aceptaran la cirugía de reasignación de género para sus hijos. Se les dijo que la identidad sexual de su hijo (es decir, su "género") simplemente se adaptaría al condicionamiento ambiental. Si los padres respondían consistentemente al niño como una niña ahora que su estructura genital se asemejaba a la de una niña, él aceptaría ese rol sin mayores dificultades.

Esta propuesta planteó a los padres una decisión crucial. Los médicos aumentaron la presión sobre la propuesta al señalarles que debían tomar una decisión con prontitud, ya que la identidad sexual de un niño se define alrededor de los dos o tres años. El proceso de inducción al rol femenino debía comenzar de inmediato, con el nombre, el certificado de nacimiento, los artículos para bebés, etc. Con los cirujanos preparados y los médicos confiados, los padres se encontraron ante una oferta difícil de rechazar (aunque, curiosamente, algunos padres rechazaron este consejo y decidieron dejar que la naturaleza siguiera su curso).

Pensaba que estas opiniones profesionales y las decisiones que se les imponían a los padres se basaban en anécdotas difíciles de verificar e incluso más difíciles de replicar. A pesar de la seguridad de sus defensores, carecían de un respaldo empírico sustancial. Animé a uno de nuestros psiquiatras residentes, William G. Reiner (quien ya estaba interesado en el tema porque antes de su formación en psiquiatría había sido urólogo pediátrico y había presenciado el problema desde la otra perspectiva), a que realizara un seguimiento sistemático de estos niños, en particular de los varones que se transformaron en mujeres en la infancia, para determinar el grado de integración sexual que alcanzaron en la edad adulta.

Los resultados fueron aún más sorprendentes que los del trabajo de Meyer. Reiner seleccionó la extrofia cloacal para un estudio intensivo, ya que era la mejor manera de poner a prueba la idea de que la influencia cultural desempeña un papel fundamental en la formación de la identidad sexual. La extrofia cloacal es una anomalía embrionaria que produce una grave malformación de la anatomía pélvica, de modo que la vejiga y los genitales se deforman gravemente al nacer. El pene masculino no se forma y la vejiga y el tracto urinario no se separan claramente del tracto gastrointestinal. Pero lo crucial para el estudio de Reiner es que el desarrollo embrionario de estos varones afectados no difiere hormonalmente del de los varones normales. Se desarrollan dentro de un entorno hormonal prenatal típico masculino, proporcionado por su cromosoma Y y por su función testicular normal. Esto expone a estos embriones/fetos en crecimiento a la hormona masculina testosterona, al igual que a todos los varones en el útero materno.

Aunque la investigación en animales había demostrado desde hacía tiempo que el comportamiento sexual masculino derivaba directamente de la exposición a la testosterona durante la vida embrionaria, este hecho no disuadió la práctica pediátrica de tratar quirúrgicamente a los bebés varones con esta grave anomalía mediante castración (amputación de los testículos y cualquier estructura genital masculina vestigial) y construcción vaginal, para que pudieran ser criados como niñas. Esta práctica se había vuelto casi universal a mediados de la década de 1970. Estos casos ofrecieron a Reiner la mejor prueba de los dos aspectos de la doctrina subyacente a dicho tratamiento: (1) que los humanos al nacer son neutrales en cuanto a su identidad sexual, y (2) que para los humanos son las influencias posnatales, culturales y no hormonales, especialmente las de la primera infancia, las que más influyen en su identidad sexual final. Los varones con extrofia cloacal eran modificados quirúrgicamente con regularidad para asemejarse a las mujeres, y se instruía a sus padres para que los criaran como niñas. Pero, ¿acaso el hecho de que hubieran tenido la exposición completa a la testosterona en el útero frustraría el intento de criarlos como niñas? Las respuestas podrían hacerse evidentes con el seguimiento minucioso que Reiner estaba llevando a cabo.

Antes de describir sus resultados, cabe señalar que los médicos que proponían este tratamiento para los varones con extrofia cloacal comprendían y reconocían que les estaban generando una serie de problemas físicos nuevos y graves. Estos bebés, por supuesto, carecían de ovarios y sus testículos eran amputados quirúrgicamente, lo que implicaba la necesidad de recibir hormonas exógenas de por vida. Además, la misma cirugía les privaba de cualquier posibilidad de fertilidad en el futuro. Era imposible preguntar al pequeño paciente si estaba dispuesto a pagar este precio. Los médicos que asesoraban a los padres consideraban que estas eran cargas aceptables para evitarles angustia durante la infancia por la malformación de sus genitales, y esperaban que pudieran desarrollarse sin conflictos durante su niñez y adolescencia.

Sin embargo, Reiner descubrió que estos varones modificados genéticamente casi nunca se sentían cómodos como mujeres una vez que tomaban conciencia de sí mismos y del mundo. Desde el comienzo de su vida lúdica activa, se comportaban espontáneamente como niños y eran claramente diferentes de sus hermanas y otras niñas, disfrutando de juegos bruscos pero no de muñecas ni de "jugar a las casitas". Más adelante, la mayoría de aquellos individuos que descubrieron que en realidad eran varones genéticos deseaban reconstituir sus vidas como varones (algunos incluso solicitaron reconstrucción quirúrgica y terapia hormonal masculina), y todo esto a pesar de los sinceros esfuerzos de sus padres por tratarlos como niñas.

Los resultados de Reiner, publicados el 22 de enero de 2004 en el New England Journal of Medicine, merecen ser relatados. Realizó un seguimiento a dieciséis varones genéticos con extrofia cloacal atendidos en Hopkins, de los cuales catorce fueron sometidos a una asignación neonatal a la feminidad en los ámbitos social, legal y quirúrgico. Los otros dos padres rechazaron el consejo de los pediatras y criaron a sus hijos como varones. Ocho de los catorce sujetos asignados como mujeres se habían declarado posteriormente varones. Cinco vivían como mujeres y uno vivía con una identidad sexual incierta. Los dos criados como varones habían permanecido varones. Los dieciséis tenían intereses típicos masculinos, como la caza, el hockey sobre hielo, el kárate y el bobsleigh. Reiner concluyó, a partir de este trabajo, que la identidad sexual seguía la constitución genética. Las tendencias de tipo masculino (juego vigoroso, excitación sexual por parte de las mujeres y agresividad física) seguían el desarrollo fetal intrauterino rico en testosterona de las personas que estudió, independientemente de los esfuerzos por socializarlas como mujeres después del nacimiento. Tras analizar los estudios de Reiner y Meyer, en el Departamento de Psiquiatría de Johns Hopkins concluimos que la identidad sexual humana está mayormente integrada en nuestra constitución por los genes que heredamos y la embriogénesis que experimentamos. Las hormonas masculinas sexualizan el cerebro y la mente. La disforia sexual —una sensación de malestar con el rol sexual propio— se presenta de forma natural en aquellos pocos varones que son criados como mujeres en un intento por corregir un problema estructural genital infantil. Un malestar aparentemente similar puede ser inducido socialmente en varones aparentemente normales desde el punto de vista constitucional, en asociación con (y presumiblemente provocado por) graves aberraciones conductuales, entre las que se encuentran las orientaciones homosexuales conflictivas y la notable desviación masculina ahora conocida como autoginefilia.

Está claro, entonces, que los psiquiatras debemos trabajar para disuadir a los adultos que buscan la reasignación de sexo quirúrgica. Cuando Hopkins anunció que dejaría de realizar estos procedimientos en adultos con disforia sexual, muchos otros hospitales siguieron su ejemplo, pero algunos centros médicos aún realizan esta cirugía. En Tailandia existen varios centros que la realizan "sin hacer preguntas" a cualquiera que tenga el dinero para pagarla y los medios para viajar a Tailandia. Esto me decepciona, pero no me sorprende, dado que algunos cirujanos y centros médicos pueden ser persuadidos a realizar casi cualquier tipo de cirugía cuando los pacientes con desviaciones sexuales los presionan, especialmente si estos pacientes encuentran un psiquiatra que los avale. El ejemplo más asombroso es el del cirujano en Inglaterra que está dispuesto a amputar las piernas de pacientes que afirman sentir excitación sexual al contemplar y exhibir muñones de piernas amputadas. En cualquier caso, en Hopkins sostenemos que la psiquiatría oficial tiene buenas pruebas para argumentar en contra de este tipo de tratamiento y debería comenzar a erradicar esta práctica en todas partes.

Para los niños con malformaciones congénitas, el enfoque más racional en este momento es corregir de inmediato cualquier defecto urológico grave que presenten, pero posponer cualquier decisión sobre su identidad sexual hasta mucho más adelante, criándolos según su sexo genético. Los profesionales sanitarios y los padres pueden esforzarse por que el niño comprenda que ciertos aspectos de su identidad sexual se irán definiendo a medida que crezca. Decidir qué hacer al respecto debe esperar a que el niño madure y comprenda su propia identidad.

Un cuidado adecuado, que incluya una buena crianza, implica ayudar al niño a superar las dificultades médicas y sociales que presenta su anatomía genital, protegiendo al mismo tiempo los tejidos que se puedan conservar, en particular las gónadas. Este esfuerzo debe continuar hasta que el niño comprenda mejor su rol en la vida, a medida que emerge como un individuo sexualmente diferenciado. Entonces, cuando el joven adquiera un sentido de responsabilidad sobre el resultado, podrá recibir apoyo para cualquier intervención quirúrgica que se desee. El consentimiento informado genuino proviene únicamente de la persona que vivirá con el resultado y no puede basarse en las decisiones de otros que creen tener la razón.

¿Cómo se están recibiendo estas ideas ahora? Creo que bastante bien. Los activistas transgénero (a menudo aliados con los movimientos de liberación gay) siguen defendiendo que sus miembros tienen derecho a cualquier cirugía que deseen y afirman que su disforia sexual representa una concepción genuina de su identidad sexual. Han protestado contra el diagnóstico de autoginefilia como mecanismo para generar demandas de operaciones de cambio de sexo, pero han ofrecido pocas pruebas para refutar dicho diagnóstico. Los psiquiatras están recabando historias sexuales más completas de quienes solicitan el cambio de sexo y están descubriendo más ejemplos de esta extraña propensión exhibicionista masculina.

Gran parte del entusiasmo por las soluciones rápidas para los defectos congénitos se desvaneció cuando se demostró que las anécdotas sobre el caso, muy publicitado, de un gemelo varón criado como niña eran falsas. El psicólogo a cargo ocultó, mediante información errónea, que el niño, a pesar de los esfuerzos de sus padres por tratarlo y criarlo como niña, había cuestionado constantemente dicho tratamiento, descubrió el engaño y recuperó su identidad de género. Lamentablemente, también desarrolló depresión mayor y, finalmente, se suicidó.

Creo que el tema del cambio de sexo en los hombres ya no es uno en el que haya mucho que decir a favor de la otra parte. Pero he aprendido por experiencia que el mayor desafío es lograr un consenso para buscar evidencia empírica que respalde las opiniones sobre el sexo y el comportamiento sexual, incluso cuando estas opiniones parecen irracionales a simple vista. Cabría esperar que quienes afirman que la identidad sexual no tiene base biológica o física presentaran más pruebas para persuadir a los demás. Pero, como he comprobado, existe un profundo prejuicio a favor de la idea de que la naturaleza es totalmente maleable.

Sin una postura definida sobre lo que es inherente a la naturaleza humana, cualquier manipulación de la misma puede justificarse como legítima. Una práctica que aparentemente ofrece a las personas lo que desean —y lo que algunas están dispuestas a exigir— resulta difícil de combatir con la experiencia y el criterio profesional habituales. Incluso los ensayos controlados o los estudios de seguimiento rigurosos para asegurar que la práctica en sí no sea perjudicial suelen encontrar resistencia y sus resultados, rechazo.

He presenciado un gran daño causado por la reasignación de sexo. Los niños, transformados de su constitución masculina a roles femeninos, sufrieron angustia y sufrimiento prolongados al experimentar sus actitudes naturales. Sus padres solían vivir con culpa por sus decisiones, dudando de sí mismos y avergonzados por la manipulación, tanto quirúrgica como social, que habían impuesto a sus hijos. En cuanto a los adultos que acudieron a nosotros afirmando haber descubierto su verdadera identidad sexual y haber oído hablar de las operaciones de cambio de sexo, los psiquiatras nos hemos distraído del estudio de las causas y la naturaleza de sus desorientaciones mentales al prepararlos para la cirugía y para una vida en el sexo opuesto. Hemos malgastado recursos científicos y técnicos y dañado nuestra credibilidad profesional al colaborar con la locura en lugar de intentar estudiarla, curarla y, en última instancia, prevenirla.

Paul McHugh es Profesor Distinguido de Psiquiatría en la Universidad Johns Hopkins.

Imagen de Pixabay con licencia Creative Commons . Imagen recortada.  

Austeridad, clima, Palestina, servicios públicos: ¡La Bélgica de abajo sale a la calle! ¡Cambiemos el sistema! [reportaje fotográfico]

                    

                            Gaceta Crítica

Partido del Trabajo de Bélgica, 13 de Octubre de 2026

En tan solo unos días, la Bélgica de las clases populares ha hecho oír su voz. El 9 de octubre, 50 000 trabajadores y trabajadoras y un gran número de jóvenes desfilaron contra la austeridad. El 10 de octubre, en toda Europa y en Bélgica, miles de personas se movilizaron en solidaridad con el pueblo palestino, exigiendo a sus gobiernos una ruptura total con Israel. El 11 de octubre, 60 000 personas marcharon por el clima en Bruselas. Y el 12 de octubre, los servicios públicos están en huelga y en acción.

Cuatro movilizaciones, una misma lucha: la de la Bélgica de abajo, que se niega a pagar la factura de un sistema que beneficia a una pequeña minoría, y que también se niega a seguir siendo cómplice de un Estado de apartheid. Pensaban que podrían imponer sus medidas antisociales sin encontrar resistencia. Se han equivocado.

Viernes, 9 de octubre – Manifestación sindical nacional contra el Gobierno de austeridad

Más de 50 000 trabajadoras ytrabajleurs se manifestaron el 9 de octubre en las calles de Bruselas, a instancias de los sindicatos. Sector público, cheques-servicio, gran distribución, industria, metalurgia, química, cultura, tercer sector… Se lo dejaron claro al primer ministro De Wever (N-VA) y al viceprimer ministro Bouchez (MR): «¡No de nuestros bolsillos!»

Han dicho «no» al aumento de los impuestos y los aranceles especiales. «No» a los ataques contra nuestras pensiones, nuestros salarios y nuestra seguridad social.

La juventud también acudió en masa para defender su futuro y sus derechos, en contra del aumento de las tasas universitarias, del incremento de las tarifas de la TEC (servicio público de autobuses y tranvías), y de los recortes en educación.

Mientras el Gobierno sigue buscando 10 000 millones de eurospara cuadrar su presupuesto, continúa gastando miles de millones en armamento y se niega a que los millonarios contribuyan. Pensaban que podrían imponer sus medidas antisociales sin encontrar resistencia. 50 000 personas han demostrado que se equivocaban.

 

Sábado, 10 de octubre – Movilización en solidaridad con el pueblo palestino

El 10 de octubre,, en toda Europa y en otros lugares, fue una jornada de movilización en favor de la causa palestina y para boicotear a Isra el.


 En Londres, decenas de miles de personas se han reunido eo con un mensaje claro para su Gobierno: dejad de prestar apoyo militar al genocidio. Tomaron la palabra líderes sindicales, políticos y personalidades conocidas.

En Berlín, París y otros lugares, decenas de miles de personas sahan a la calle. En Bélgica se han organizado acciones solidarias locales en varios lugares.

Mientras nuestros gobiernos sigan apoyando al Estado de apartheid israelí, seguiremos intensificando la presión desde la base.

 

Domingo, 11 de octubre – El capitalismo está destruyendo el planeta. Cambiar el sistema. 

Este domingo, éramos 60.000 marchando por el clima en las calles de Bruselas, convocados por la Coalición Clima. Jóvenes, familias, sindicatos, asociaciones… unidos en torno a un mismo mensaje: Es urgente adoptar medidas para proteger el planeta y el bienestar de las personas.

No querivolver a vivir veranos mortíferos como el que hemos vivido este año. Y el Gobierno no lo conseguirá gastando nuestro dinero en aviones de combate F-35 y dejando que las grandes petroleras obtengan beneficios récord.

Necesitamos un plan eficaz contra las olas de calor, unos servicios públicos y de emergencia reforzados, así como inversiones masivas en transporte público, aislamiento de las viviendas y energías renovables accesibles para todas y todos.

El problema es que nuestra sociedad no produce ni invierte en función de nuestras necesidades, sino en función de lo que más beneficios reporta. El capitalismo está destruyendo el planeta; cambiemos de sistema para anteponer las necesidades de la población y del planeta a los beneficios de una minoría.

 

Lunes, 12 de octubre – Los servicios públicos en huelga y en acción contra la austeridad

Los servicios públicos son el patrimonio común de la clase trabajadora. Es la herencia de quienes no tienen nada. Se merecen que luchemos por ellos. En lugar de recortar cada vez más, reinvertamos en ello. El impuesto a los millonarios, propuesto por el PTB, se dirige al 1 % más rico y puede contribuir a salvar los servicios públicos.