martes, 29 de septiembre de 2026

La calma antes del enfrentamiento


Pepe Escobar
   septiembre 24/2026

El único arte que el Príncipe debe dominar por completo es el arte de la guerra. Maquiavelo El guerrero supremo gana sin luchar. Sun Tzu












Se suponía que esto sería la calma antes de la tormenta. Donde el Sindicato Epstein congraciaría con el Sur Global reunido en Nueva York para la —comatosa— Asamblea General de la ONU y los seduciría con diversos «regalos», alejándolos de la inminente Gran Debacle y desviando la atención de la vertiginosa velocidad del colapso de la Pax Americana.

Llegamos al miércoles, cuando tenemos el primer día del debate de la Asamblea General de la ONU, en el que se supone que Neo-Crassus/Neo-Calígula/Goldfinger/Psycho Toddler debe pronunciar un discurso.

Ese mismo día, se reúne con los jeques petroleros del Golfo para lo que podría convertirse en una especie de pacto suicida.

Y luego, el viernes, Xi Jinping llega en persona a Estados Unidos en una visita de Estado oficial. Saltarán chispas (invisibles) sin duda.

Todo ello garantizaría que la casi inevitable Nueva Ofensiva Demente contra Irán y el Eje de la Resistencia pudiera posponerse unos días.

Pero entonces la histeria volvió a apoderarse de todos, cuando los actores imperiales, presas del pánico, se enfrentaron a algunos hechos sorprendentes sobre el terreno, desde la nula exportación de petróleo saudí hasta el grito de «¡Quema, nena, quema!» en el aeropuerto de Riad.

Se oye el estruendoso sonido de cucarachas brillantes y ostentosas correteando. Parecen darse cuenta de que atacar a Irán de nuevo, ahora, es extremadamente peligroso, ya que la escalada se descontrolará por completo, culminando con Teherán acabando con los aterrorizados jeques petroleros.

Así pues, las cucarachas descubrieron, por las malas, que pase lo que pase, Irán está destinado a convertirse en la potencia petrolera hegemónica del Golfo Pérsico.

Esto provoca que Pakistán y Turquía, los otros dos miembros de la dudosa Alianza de Defensa de La Meca, entren en pánico al unísono y prometan defender a Arabia Saudita incluso físicamente.

Para contexto, pasemos al portavoz de Ansarallah, Mohammad Al-Bukhaiti:

«¡Por Dios! Si Turquía o Pakistán se involucran, les daremos una paliza. Y así como hoy estamos castigando a Arabia Saudita, también los castigaremos a ellos».

Ese fue el consejo cortés del anciano al-Bukhaiti. El joven Hussain, periodista, fue mucho más contundente: si Pakistán ataca a Yemen, Yemen no permitirá que ningún barco mercante pakistaní atraviese el Mar Rojo; lanzará un ataque directo contra Pakistán; y considerará a Pakistán un socio sionista.

Cómo está cayendo la Casa de Saud

La escalada se ha acelerado al máximo. El impacto energético es inminente. Se han agotado todas las reservas: las Reservas Estratégicas de Petróleo (REP) de EE. UU., el oleoducto saudí Este-Oeste (durante al menos un mes, quizás más) y el drástico y metódico recorte de China a las importaciones de petróleo.

Lo que queda es Fujairah, en los Emiratos Árabes Unidos, que mueve apenas 2 millones de barriles al día. Pero si Estados Unidos ataca al Eje de la Resistencia, también desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos.

Arabia Saudí no puede exportar petróleo ni gas. Así que solo le queda una salida al torpe y solitario MbS: rendirse. Aceptar las condiciones de Yemen. Y esperar que la factura incluya las tres provincias del sur robadas por los británicos y entregadas a los saudíes en 1934.

La no rendición implica una posibilidad muy remota de que la Casa de Saud sobreviva.

Alastair Crooke, en plena forma, lo explicó a la perfección. La vertiginosa campaña de Ansarallah/Fuerzas Armadas Yemeníes se había planeado durante siete años. Saná adopta una perspectiva a largo plazo. Esto representa la plena implicación de Yemen en el proceso, pero con un resultado totalmente alineado con Teherán.

Existe un paralelismo asombroso con Afganistán hace 5 años, una historia que seguí de cerca.  El entonces gobierno títere de Ghani se derrumbó en tan solo 10 días debido a la paciente interconexión tribal pastún llevada a cabo bajo la égida del general Soleimani.

Ahora se repite el mismo proceso, con la participación de líderes tribales árabes. Es fácil de vender. El estado mestizo «saudí» se construyó en torno a un núcleo wahabí ultrasectario, un grupo de beduinos analfabetos dedicados al pastoreo de camellos, con una sola familia monopolizando el dinero, el poder político y todas las decisiones.

Muchas de las aproximadamente cien tribus no tendrán problema en integrarse al Reino en lo que podría denominarse el complejo Irán-Ansarallah. Recuperarán su petróleo; Arabia dejará de ser un mero sustituto estadounidense del poder persa; y se acabará el privilegio de las petroleras estadounidenses. China no puede sino aprobar esta visión.

Los jeques petroleros han elegido su mesa

Saná envió un mensaje claro a Estados Unidos a través de Omán: Yemen solo atacaría la navegación saudí, no la estadounidense ni la internacional. Esto se mantendrá mientras Washington no ataque a Yemen. Sin embargo, si eso ocurre, Yemen destruirá la base estadounidense en Yibuti, esencial para la vigilancia de todo el Cuerno de África.

La pregunta clave ahora es si Estados Unidos —y el pacto de La Meca— realmente abandonaron a Arabia Saudí. O si se trata simplemente de una maniobra de realineamiento político antes de un ataque coordinado —con la participación del Consejo de Cooperación del Golfo— contra Ansarallah.

Si eso sucede, Teherán ha dejado muy claro que atacará los activos militares y comerciales estadounidenses en todo el Golfo, especialmente en los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, y hasta Irak.

El general de división Mohsen Rezaee, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y representante personal del líder Mojtaba Khamenei, proporcionó el contexto con una sola frase:

“Los invitamos [a los países del CCG] a la reunión de Salalah [en Omán]… y ellos correspondieron con una reunión secreta en Alemania con el Comando Central de Estados Unidos e Israel.”

Aquí está todo. Irán invitó a los jeques petroleros del CCG a una mesa de negociación regional. El CCG, en cambio, optó por la mesa de Washington/Tel Aviv.

Rezaee también ha explicado cómo Irán mejoró sus misiles supersónicos, pasando de Mach 6 a Mach 10; amplió su guerra electrónica y sus defensas aéreas; y ahora es capaz de alcanzar buques estadounidenses en cualquier punto del –distante– Océano Índico.

Luego está ese misil antibuque que se divide en 80 proyectiles, probado con éxito en un portaaviones estadounidense. El Pentágono guarda silencio al respecto.

Rezaee, en más de un sentido, ha aconsejado sutilmente a la Armada estadounidense que se retire de allí, refiriéndose al Océano Índico, antes de que vuelvan a saltar chispas.

Una vez más, citamos al joven al-Bukhaiti: “Se espera una escalada importante por parte de Arabia Saudita en los próximos días… Se enfrentará a una respuesta de represalia sorpresiva que hará que Arabia Saudita y sus aliados olviden que perdieron Mocha y Bab al-Mandab”.

Así pues, es posible que el sindicato Epstein hubiera planeado una operación en solitario contra Yemen, solo para descubrir que Irán y Yemen vienen en conjunto.

Respeten las condiciones de Irán. O aténganse a las consecuencias.

Teherán comunicó sus nuevas condiciones a Estados Unidos a través de Qatar, incluso mientras Rezaee continúa definiendo al «respetado gobierno pakistaní» como un socio de consulta constante.

Las condiciones incluyen la liberación de los activos congelados y el fin del bloqueo naval de Trump. Rezaee afirmó que hay siete condiciones, pero solo reveló seis. La lista no incluía el levantamiento de las sanciones económicas. El primer punto que se hizo público es el fin de la guerra en todos los frentes.

Eso es exactamente lo que estaba escrito al comienzo del Memorando de Entendimiento sobre el gato muerto.

El memorando de entendimiento de junio ya contenía exenciones a las exportaciones de crudo y una cláusula de no imposición de nuevas sanciones.

Luego está la reciprocidad en el estrecho de Ormuz. Esto forma parte de la estructura de negociación de Teherán. Rezaee afirmó que Irán está a un paso de anunciar un acuerdo de gestión del estrecho de Ormuz con Omán, que podría requerir el respaldo regional.

Según una descripción de la agencia Tasnim, el acuerdo representa un paso hacia el ejercicio de la soberanía iraní sobre el estrecho. Paralelamente, el ministro de Asuntos Exteriores, Araghchi, comunicó a su homólogo y amigo Wang Yi en Pekín que Irán había llegado a un acuerdo con Omán para abrir el estrecho. Posteriormente, Ghalibaf reiteró el domingo que el estrecho de Ormuz permanecerá cerrado hasta que se cumplan las condiciones de Irán.

La respuesta de Washington, el domingo, fue una retórica delirante, como de costumbre. El neocrasio/niño psicópata le dijo a Fox News que está en «modo de decisión». Y luego soltó una barbaridad intergaláctica: está decidiendo «si y cuándo hago volar por los aires a toda la nación».

No es necesario hacer comentarios.

Básicamente tiene tres opciones: 1. Reiniciar los ataques. 2. Dejar que Irán se hunda económicamente (ese es el plan por ahora). 3. Un acuerdo. En un gesto de sentido común, también dijo que probablemente estaría dispuesto a reunirse con el presidente Pezeshkian en la Asamblea General de la ONU.

Por su parte, las Fuerzas Armadas de Irán afirmaron tener información de inteligencia que indica que Washington ha decidido, «con el visto bueno de ciertos países de la región», reanudar las acciones y amenazaron con «ataques continuos, efectivos y contundentes».

En lo que respecta al panorama general, Pakistán insistió en que no se está considerando ninguna respuesta militar en relación con Yemen. Turquía «no quiere entrar en la contienda». Sin embargo, el portavoz militar pakistaní prometió llegar «hasta donde sea necesario», y el Ministerio de Asuntos Exteriores confirmó «algunos despliegues» en el marco de la Alianza de Defensa de La Meca. Fuentes internas en Islamabad aseguran que esto es solo una farsa: Pakistán no puede permitirse verse arrastrado a una guerra contra Ansarallah.

La clave está en que el Sindicato Epstein simplemente no puede permitirse el lujo de no actuar. Consideremos la gravedad de la situación : ya tienen cerca el colapso monetario con la interrupción de la cadena de suministro de alimentos y la escasez generalizada de petróleo y diésel. Trump necesita tácticas de distracción masivas.

Mientras tanto, el auge revolucionario de Yemen acelera el calendario hacia el enfrentamiento final. Irán se concentra en asegurar una debacle definitiva a mitad de mandato (al estilo de Craso, Goldfinger o Psicosis) al tiempo que perfecciona su nueva doctrina ofensiva: estar preparado para atacar preventivamente ante cualquier señal de inquietud por parte de Estados Unidos.

Es casi imposible encontrarle sentido a un universo geopolítico ilógico donde nada importa y la Hegemonía está totalmente fuera de control. Sin embargo, persistimos.

Todos somos pasajeros en la tormenta (que se avecina).

Vía:observatoriocrisis.com 

Voluntad vs poder

Interesante debate pero elude una parte fundamental, ya que no se trata de un órgano con un poder por encima de la soberanía de cualquier país, se trata de respetar las normas de derecho internacional de relaciones democráticas e intercambios comerciales entre iguales y de beneficio mutuo, donde nadie tenga la capacidad de imponer un trato injusto y la suma de soberanías poder imponerla en sus ámbitos. La contradicción está desde sus inicios, en las potencias colonizadoras e imperialistas que hicieron normas ajustadas a sus intereses junto con los órganos como el FMI o el BM entre otros, que es con lo que el multipolarismo quiere acabar para una relación entre iguales. El problema histórico está en como se impone una relación democrática a las potencias imperiales, cuando las dos primeras guerras mundiales fueron desde la lógica del dominio imperialista de las potencias colonizadoras y más ahora cuando son potencias nucleares y una dominante como EEUU. Evidentemente desde la lucha de clases, única perspectiva histórica que da una visión global de conjunto, solo será posible derrotando la contradicción principal que opresiona y explota a los pueblos: al imperialismo estadounidense y sus aliados europeos. La ONU hoy en día y durante mucho tiempo si se derrota al imperialismo yanqui, podrá impedir que un estado fuerte oprima a uno más débil, pero difícilmente se aceptará incluso por los países socialistas, que se impongan condiciones económicas, sociales y culturales por encima de su derecho soberano y de la lucha de clases nacionales. Nota de Alonso Gallardo


por Alejandro Mora Donoso

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Hay algo profundamente contradictorio en mirar hoy la Asamblea General de las Naciones Unidas. En teoría, ese enorme salón debería representar una de las mayores conquistas políticas de la humanidad, la idea de que los Estados, independientemente de su tamaño, riqueza o poder militar, pueden sentarse en una misma mesa y reconocer que existen problemas que nadie puede resolver por sí solo. La propia ONU plantea este 81.º período de sesiones bajo la idea de restaurar la confianza y construir unas Naciones Unidas capaces de cumplir para todos, mientras António Guterres advierte que las fracturas del mundo se han convertido en abismos y reclama un multilateralismo capaz de someter el poder a las reglas y al derecho internacional.  Pero basta escuchar a algunos de los principales protagonistas de esta Asamblea para comprender que el problema es bastante más profundo que una simple disputa entre países o entre gobiernos.

Pedro Sánchez, pese a sus propias contradicciones, aparece defendiendo precisamente aquello que sostiene el edificio multilateral, más cooperación, más diálogo, más derecho internacional y unas instituciones internacionales más representativas e inclusivas. Su planteamiento parte de una idea bastante sencilla, si el mundo está fragmentado, la respuesta no puede ser aumentar todavía más la fragmentación. Sánchez ha insistido en que la paz no se construye cerrando los círculos, sino ampliándolos, y ha defendido la necesidad de preservar un orden internacional basado en reglas. La posición tiene una lógica evidente, si cada país comienza a decidir unilateralmente qué normas reconoce y cuáles deja de reconocer, entonces el derecho internacional corre el riesgo de transformarse en una colección de buenos deseos. Y cuando las reglas dejan de tener algún grado de fuerza común, aparece algo mucho más antiguo que cualquier tratado moderno, la ley del más fuerte.

Pero entonces aparece Donald Trump y la contradicción se vuelve visible. En su discurso ante la Asamblea General, Trump reivindicó la soberanía estadounidense, defendió las acciones de su gobierno y volvió a colocar en el centro la capacidad de Estados Unidos para actuar unilateralmente en defensa de lo que considera “sus intereses nacionales”. También cuestionó aspectos centrales del sistema multilateral, incluida la ONU y determinados mecanismos internacionales, mientras defendía una concepción muy fuerte de la soberanía nacional. Y aquí no hace falta convertir a Trump en una caricatura para entender el problema, la pregunta que introduce su discurso es legítima y barbárica dentro del sistema internacional. ¿Hasta dónde debe llegar la obligación de un Estado de someter sus decisiones a instituciones y reglas internacionales cuando considera que esas reglas perjudican sus propios intereses? El problema comienza cuando todos los Estados responden exactamente lo mismo.

Porque si Estados Unidos puede decir que primero están sus intereses nacionales, Rusia puede decir lo mismo, China puede decir lo mismo, Israel puede decir lo mismo, Brasil puede decir lo mismo, España puede decir lo mismo y cualquier Estado, grande o pequeño, puede intentar hacer exactamente lo mismo. Entonces el derecho internacional empieza a depender de una pregunta bastante menos jurídica y bastante más brutal, que está implícita en la violencia que hoy vemos contra pueblos oprimidos estos últimos 50 años ¿quién tiene la capacidad real para imponer su voluntad?

Y ahí entra Lula da Silva, porque su discurso introduce una segunda dimensión de la soberanía. Lula defendió ante la ONU la soberanía brasileña, rechazó las interferencias extranjeras y sostuvo que Brasil no es el patio trasero de ninguna potencia. Al mismo tiempo, cuestionó la inacción del Consejo de Seguridad y defendió un multilateralismo más efectivo.  Y esto resulta particularmente interesante porque demuestra que soberanía y multilateralismo no son necesariamente conceptos enemigos. Un país puede defender su derecho a decidir su propio destino y, al mismo tiempo, exigir que exista un sistema internacional capaz de impedir que los países más poderosos decidan por los demás. De hecho, ahí aparece una de las grandes tensiones del mundo actual, necesitamos soberanía para evitar que los poderosos gobiernen sobre los débiles, pero necesitamos reglas internacionales para evitar que los poderosos hagan exactamente eso.

Y entonces llegamos al problema que estábamos conversando. Supongamos que finalmente logramos construir un sistema internacional realmente basado en el derecho. No solamente declaraciones, no solamente resoluciones, no solamente tratados que los Estados respetan cuando les conviene, sino un verdadero sistema jurídico internacional capaz de obligar a todos por igual, entonces ¿quién tendría la autoridad para hacerlo cumplir?

Porque para que el derecho internacional sea verdaderamente obligatorio tiene que existir algún poder capaz de enfrentarse incluso a los Estados más poderosos. Para impedir que un Estado poderoso pueda hacer lo que quiera, necesitamos crear una autoridad superior al Estado. Pero si esa autoridad adquiere suficiente poder para imponerse sobre todos los Estados, entonces tenemos que preguntarnos quién controla a esa autoridad.

Imaginemos un gobierno mundial capaz de imponer el derecho internacional a todos los países. En principio podría parecer la solución definitiva al problema de la guerra, de la impunidad y de la ley del más fuerte, vamos por esa idea ¿qué ocurre si ese poder mundial comienza a actuar contra quienes considera sus enemigos? ¿Qué ocurre si los pueblos oprimidos por ese poder no tienen una instancia superior a la cual recurrir? ¿Qué ocurre si la autoridad que debía garantizar la libertad termina siendo la autoridad que decide qué significa libertad?

Y aquí aparece el verdadero peligro, el poder no deja de ser poder porque tenga carácter internacional. Tampoco se vuelve democrático simplemente porque se ejerza desde una institución supranacional. Un gobierno mundial podría, en teoría, ser mucho más peligroso que un Estado autoritario precisamente porque tendría menos espacios exteriores capaces de limitarlo. Si un Estado oprime a su población, todavía existe —al menos en principio— un mundo exterior al que recurrir, otras sociedades, otros Estados, otras instituciones, otras formas de presión. Pero si llegáramos a construir una autoridad mundial absolutamente soberana, ¿ante quién podría reclamar el oprimido?

Y entonces descubrimos que quizás el problema no tiene una solución definitiva. Tenemos, por un lado, un mundo compuesto por Estados soberanos. Si dejamos que cada uno actúe exclusivamente según su voluntad, corremos el riesgo de regresar a la ley del más fuerte. Pero si resolvemos esa dificultad entregando todo el poder a una autoridad supranacional, podemos terminar construyendo un poder que nadie pueda cuestionar desde afuera.

Es una especie de círculo extraño. Para limitar al poderoso necesitamos poder. Pero el poder que utilizamos para limitar al poderoso también necesita ser limitado.

Por eso quizás la discusión no debería conducirnos a elegir entre soberanía absoluta o gobierno mundial absoluto. Ambas posibilidades contienen un peligro. La pregunta verdaderamente importante sería otra: ¿cómo construimos un sistema donde ningún poder pueda convertirse en absolutamente incuestionable?

Tal vez ahí esté la razón más profunda de la existencia del multilateralismo. No porque la ONU sea perfecta —evidentemente no lo es— ni porque sus instituciones estén libres de las relaciones de poder que atraviesan el mundo. Al contrario: precisamente porque el mundo está lleno de desigualdades, guerras y Estados con capacidades radicalmente diferentes, necesitamos espacios donde esas relaciones puedan ser discutidas, confrontadas y, al menos parcialmente, limitadas. El problema es que esos espacios también reflejan las desigualdades del mundo que pretenden ordenar. El Consejo de Seguridad es probablemente el ejemplo más evidente: una estructura nacida de la realidad política de 1945 que continúa intentando gobernar un mundo completamente diferente.

Por eso los discursos de Sánchez, Trump y Lula pueden leerse como algo más que posiciones diferentes sobre política internacional. Son tres maneras de mirar la misma contradicción. Sánchez pone el acento en las reglas comunes y en la cooperación; Trump enfatiza la soberanía y la capacidad de los Estados para defender sus propios intereses; Lula intenta defender la soberanía frente a las potencias, pero al mismo tiempo reclama un multilateralismo capaz de impedir que esa soberanía sea sustituida por la voluntad de los más poderosos. Ninguno de estos elementos, por sí solo, resuelve el problema.

El mundo necesita reglas comunes, pero esas reglas necesitan poder para ser cumplidas. Necesita soberanía, porque ningún pueblo debería quedar sometido simplemente a la voluntad de otro. Necesita instituciones internacionales, pero esas instituciones también deben poder ser controladas. Necesita autoridad, pero también necesita mecanismos para cuestionarla.

En el fondo, la pregunta no es si debemos tener un mundo con reglas o un mundo de Estados soberanos. La verdadera pregunta es quién establece las reglas, quién las aplica, quién puede modificarlas y, sobre todo, quién puede detener a quien tiene el poder de aplicarlas, voluntad vs Poder.

Porque quizá el gran desafío del siglo XXI no sea construir un gobierno mundial, sino construir algo mucho más difícil: un orden mundial en el que ningún Estado sea suficientemente poderoso para imponer su voluntad al resto, pero ninguna institución internacional sea suficientemente poderosa para convertirse ella misma en aquello que pretendía impedir.

Aunque sea difícil el desafío no debe estar en encontrar un poder definitivo que gobierne sobre todos, sino mantener el poder permanentemente expuesto al límite, al conflicto, a la crítica y a la posibilidad de ser cuestionado.

Porque cuando ya no existe nadie que pueda cuestionar al poder, el problema deja de ser quién gobierna. El problema pasa a ser que ya nadie puede impedir que gobierne para siempre.

Al frente,  el otro camino… es la guerra y que gane el más fuerte. 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Razones para la unidad

Alberto Gómez    24 de septiembre de 2026

Ilustración por IA: Fernando Francisco Serrano.

La fragmentación de los comunistas en el Estado español no es un dato anecdótico. Es una anomalía histórica que se ha cronificado hasta parecer natural… Mientras tanto, la clase obrera sigue sin dirección política unificada, y el enemigo de clase avanza sin encontrar una resistencia organizada a su altura.

La fragmentación de los comunistas en el Estado español no es un dato anecdótico. Es una anomalía histórica que se ha cronificado hasta parecer natural. Nos hemos acostumbrado a la división, la hemos racionalizado, le hemos dado argumentos. Cada organización se ha construido una narrativa que la justifica frente a las demás, y cada una ha levantado su propia legitimidad sobre la deslegitimación del otro. Mientras tanto, la clase obrera sigue sin dirección política unificada, y el enemigo de clase avanza sin encontrar una resistencia organizada a su altura. Este artículo sostiene una tesis que conviene formular con precisión: las razones históricas que explican la fragmentación comunista han perdido buena parte de su vigencia; las diferencias que permanecen son fundamentalmente políticas, estratégicas y organizativas, y ninguna de ellas justifica por sí misma mantener una fragmentación orgánica permanente. Por tanto, debe abrirse un proceso de unidad que permita comprobar en la práctica hasta dónde puede llegar esa convergencia. No se trata de decretar la unidad, sino de crear las condiciones para que sea posible.

Conviene empezar por el pasado. Las grandes divergencias que fracturaron al movimiento comunista internacional tuvieron razones históricas concretas. La ruptura entre la URSS y China obligó a cada partido a posicionarse en una coyuntura geopolítica determinada. Aquella disputa ya no es un factor operativo en la política española. La URSS ya no existe. China sigue su propio camino. Ninguna de las principales organizaciones comunistas españolas hace hoy de aquella disputa el eje explícito de su estrategia política. Cualquiera que siga utilizando la ruptura chino-soviética como argumento para justificar la división actual está mirando un mapa que ya no describe el territorio. Ahora bien, no se trata de afirmar que las polémicas históricas hayan desaparecido sin dejar rastro. Sería falso. Las posiciones ideológicas derivadas de aquella ruptura siguen existiendo, y hay militantes que se definen aún por referencia a ellas. Lo que sostenemos es algo distinto: esas polémicas ya no constituyen por sí mismas una razón suficiente para mantener organizaciones separadas. Son herencias, no brújulas. Y una herencia no puede justificar indefinidamente la parálisis.

Algo similar ocurre con la reivindicación de la República. Nadie defiende la monarquía borbónica como mal menor. Las diferencias que puedan existir al respecto se sitúan en el terreno estratégico y táctico: el carácter de la República, el proceso constituyente, la relación entre República y socialismo, la cuestión territorial, las alianzas políticas. Todas ellas son cuestiones importantes, pero no fracturas que impidan un horizonte común. De hecho, la existencia de un objetivo político compartido convive con diferencias reales sobre el camino. Eso demuestra que la unidad no exige identidad de posiciones, sino voluntad de actuar juntos en lo esencial.

¿Y qué es lo esencial? La defensa de la clase trabajadora, la lucha contra el capitalismo, la solidaridad internacionalista, la recuperación de la soberanía popular. En esos puntos no hay divergencias significativas entre las organizaciones comunistas. Las divergencias están en la táctica, en la estrategia, en la relación con el poder institucional, en el modelo de partido. Y esas divergencias son reales, no debemos esconderlas.

Aquí está el núcleo del debate. El PCE participa de las instituciones del Estado e integra coaliciones gubernamentales a través de Izquierda Unida y otros espacios. Otras organizaciones consideran que esa participación es una línea roja que no se puede cruzar, y denuncian lo que entienden como colaboracionismo o deslizamiento hacia la socialdemocracia. Esa diferencia no es un matiz. Es un debate de fondo sobre la estrategia, la táctica y el modelo de partido. No se puede fingir que no existe, ni se puede reducir a una cuestión de «quién es más revolucionario». Es una diferencia política real que debe ser debatida abiertamente. Ahora bien, ¿es esa diferencia una razón suficiente para la división orgánica permanente? Creemos que no. Porque esas divergencias, por importantes que sean, no pueden resolverse en el vacío, mediante la confrontación entre cúpulas que se acusan mutuamente de traición. Solo pueden ser contrastadas plenamente con la práctica, sin que esta sustituya al debate teórico y estratégico. La pregunta no es quién tiene la línea correcta sobre el papel. La pregunta es qué fuerza material somos capaces de construir juntos para transformar la realidad. Y esa pregunta solo se responde con unidad, no con fragmentación.

Conviene precisar lo que queremos decir con «someter a la prueba de la práctica». No se trata de creer que la práctica produce automáticamente una única interpretación. La práctica no sustituye a la teoría. Lo que proponemos es que el debate político deje de desarrollarse exclusivamente entre organizaciones separadas y empiece a producirse también dentro de experiencias comunes de intervención. La separación orgánica impide incluso comprobar cuánto de nuestras diferencias es realmente incompatible. La unidad no resolverá mágicamente las divergencias; creará el espacio donde puedan ser discutidas sin que cada discrepancia produzca automáticamente una nueva organización. La verdad no se demuestra en los documentos ni en los discursos, sino en la capacidad de transformar la realidad. La unidad debe crear precisamente un espacio de experimentación, evaluación y corrección colectiva. No para que la práctica disuelva las diferencias, sino para que las someta a la prueba de la realidad.

La unidad no es amnesia. La unidad es la decisión soberana de anteponer el interés colectivo a las inercias adquiridas, sin que eso implique renunciar a la crítica ni a la memoria. Los procesos unitarios serios no se hacen escondiendo las diferencias, sino debatiéndolas abiertamente. La unidad no exige que todos piensen lo mismo; exige que todos acepten un marco común de principios, programa y funcionamiento democrático, y que las diferencias que permanezcan puedan ser debatidas dentro de ese marco sin convertir automáticamente cada discrepancia en una ruptura orgánica.

La cuestión de las siglas es delicada, y conviene abordarla sin trampas. El PCE es la organización histórica del comunismo español. No es una sigla más: es la que ha vertebrado durante más de un siglo la lucha de la clase trabajadora de este país. Un proceso de unidad de los comunistas no puede ignorar esa realidad. Dicho esto, hay que ser igualmente honestos en otro sentido: no parece realista imaginar que el PCE vaya a disolverse para refundarse en una nueva organización. El Partido existe, tiene historia, estructura, implantación y memoria. No es un cascarón vacío que pueda vaciarse y llenarse de nuevo. Por eso, sin necesidad de formularlo como una exigencia burocrática, conviene reconocer que el camino más razonable no es crear otro partido, sino ensanchar el que ya existe.

Esto no significa exigir la disolución de nadie. Significa, sencillamente, que las puertas del PCE están abiertas, y que los militantes de otras organizaciones que sinceramente deseen la unidad tienen un cauce natural para practicarla: incorporarse al Partido, sumar su experiencia, su formación y su compromiso, y contribuir desde dentro a los debates que sea necesario dar. No se trata de una rendición, sino de una elección libre. Cada cual es dueño de sus tiempos y de sus razones. Pero la pregunta que debemos hacernos es sencilla: si el objetivo es la unidad de los comunistas, ¿qué sentido tiene seguir construyendo estructuras paralelas cuando la casa común ya existe? Naturalmente, esta incorporación no puede plantearse como una simple operación de absorción. Quienes vengan de otras tradiciones no deben ser tratados como invitados de segunda, sino como camaradas que aportan un patrimonio político propio. El Partido debe recibirlos con generosidad, sin triunfalismos, sin revanchismos, sin exigencias de abjuración. La unidad no se construye pidiendo a nadie que reniegue de su pasado, sino ofreciendo un futuro común en el que ese pasado tenga cabida. La tradición comunista española es plural, y el PCE solo podrá ser la casa común de todos si la militancia que se incorpore encuentra en él respeto y espacio real de participación. Pero una casa común no es aquella en la que unos son propietarios y otros huéspedes. Si el PCE aspira a ser esa casa, quienes entren deben poder participar plenamente en su construcción y en su dirección. Ensanchamiento no sólo significa crecimiento numérico. Significa también transformación. El PCE que resulte de un proceso real de unidad no puede ser exactamente el mismo que era antes de iniciarlo, porque incorporará experiencias, cuadros, culturas militantes y debates procedentes de todo el movimiento comunista. No se trata de que los demás se adapten a lo que ya existe, sino de construir juntos, dentro de una organización que ya existe, el partido que todavía no tenemos. Y esa transformación es doble: transforma a quienes se incorporan, que asumen un marco común de principios y funcionamiento, y transforma al propio Partido, que se enriquece con la pluralidad de tradiciones que recibe. La unidad no es la victoria de una cultura militante sobre las demás; es la síntesis de todas ellas en un proyecto compartido. Y es precisamente por eso que el centralismo democrático se vuelve imprescindible. Es la herramienta organizativa que el movimiento comunista se dio a sí mismo para combinar la máxima unidad de acción con el máximo debate interno. No es una fórmula burocrática para silenciar disidencias; es un principio de funcionamiento que permite a una organización actuar como un cuerpo único, después de un debate abierto y una decisión colectiva. Pero precisamente porque es un punto controvertido, no basta con reivindicarlo: hay que explicarlo. Debate abierto, decisión democrática, unidad de acción, derecho a defender posiciones minoritarias dentro de los cauces establecidos, cumplimiento de las decisiones colectivas, evaluación posterior. Eso es centralismo democrático. Y exige también reconocer sus límites: si una minoría considera que una decisión de la mayoría vulnera principios fundamentales, debe tener garantías para poder plantearlo sin ser expulsada ni silenciada. La unidad no puede construirse sobre la negación del debate; pero tampoco sobre la negación de la acción común.

Conviene distinguir entre discrepancia, corrientes, debate interno y fraccionalismo. No son lo mismo. Una organización puede permitir un debate interno intenso sin convertirse en una suma de fracciones permanentes. El problema histórico no es que existan distintas opiniones; es que cada diferencia política tiende a convertirse en una diferencia orgánica. Y eso es lo que hay que superar. La fragmentación organizativa no es el resultado inevitable de la pluralidad; es el resultado de la incapacidad de gestionar democráticamente la pluralidad. Una organización que aspira a ser la casa común de todos los comunistas debe ser capaz de integrar la diversidad sin disolverse en ella. La fragmentación ha producido, además, una proliferación de estructuras dirigentes que resulta difícil de justificar en relación con la fuerza social efectivamente disponible. Demasiadas organizaciones para una presencia militante insuficiente; demasiadas estructuras separadas para una capacidad de intervención que debería ser común. No se trata de despreciar a quienes militan en ellas, sino de reconocer que la atomización orgánica ha degenerado en un archipiélago de estructuras que compiten entre sí en lugar de sumar. Esa atomización no solo debilita al movimiento comunista; lo convierte en un espectáculo confuso para la clase trabajadora, que no entiende de siglas ni de cismas, sino de capacidad real de lucha.

No proponemos una hoja de ruta cerrada. Proponemos algo más modesto y más urgente: que cada comunista, desde su libertad, se pregunte si su lugar está en la organización histórica del comunismo español o si prefiere seguir donde está. No se trata de imponer un calendario ni de diseñar una ingeniería organizativa perfecta. Se trata de que los comunistas sin sigla, los desencantados y los militantes de organizaciones hermanas sepan que el PCE no es solo un partido más: es su casa, si quieren habitarla. Y, al mismo tiempo, que el PCE comprenda que no basta con abrir la puerta: hay que estar dispuesto a transformarse con quienes entren en ella. La unidad no es un punto de llegada que se pueda programar: es una dirección que se elige o no se elige. Y elegirla es, precisamente, lo que no hemos hecho todavía.

Somos muy pocos para seguir divididos. Los comunistas españoles no sobran: faltan. Faltan en los centros de trabajo, donde la clase obrera está huérfana de dirección política. Faltan en los barrios, donde la extrema derecha avanza sin encontrar resistencia organizada. Faltan en las instituciones, donde la izquierda gestiona sin proyecto. Y, sobre todo, faltan juntos. Porque la fuerza del comunismo nunca ha sido la suma de siglas, sino la unidad de una clase que se organiza para transformar el mundo.

No hay razones históricas suficientes para mantener indefinidamente la división. Las diferencias políticas existen y deben debatirse, pero no pueden seguir siendo la coartada para la fragmentación permanente. La unidad no es el fin del debate; es la condición para que el debate tenga consecuencias prácticas. La Historia no se detiene a esperar a los que dudan. La crisis del capitalismo se profundiza, la extrema derecha avanza, y el proletariado sigue sin una dirección política unificada. Mientras los comunistas seguimos divididos, el enemigo sigue unido. Y eso es, sencillamente, insoportable. La unidad de los comunistas no es un deseo piadoso: es una urgencia material.

Fuente: ElComún.es 

CUBA. Díaz Canel: cambios en la economía no son «un giro al capitalismo»


Septiembre del 2026

En los momentos complejos es donde se percibe en profundidad el carácter revolucionario de la militancia comunista o de la debilidad del pequeño burgués. Ni los cambios en Cuba son un giro al capitalismo ni el acuerdo de Venezuela con EEUU son una traición al chavismo, porque la vida no es una foto fija como la ve el izquierdista dogmático, donde un hecho lo tratan igual si se da en Cuba, China o Venezuela porque todo lo ven de forma estática, sin movimiento, sin interrelaciones y sin pasado, tanto el hecho en sí como en las condiciones del lugar que sucede y eso no es marxismo es mecanicismo metafísico. Otro ejemplo además de este de Canel. En el debate de la ONU cuando la intervención de Trump pretenciosa y grosera jactándose de lo que realizó en Venezuela, Delcy Rodríguez se quedó sentada, seria y impertérrita, ni aplaudió, ni sonrió, sencillamente cuando acabó la intervención se levanto y saludo a Pedro Sánchez. Lo que el izquierdista aristócrata obrero ve, es que Cuba ante la intervención se levantó y salió del recinto. Si así lo decidieron bien por ello, pero la Encargada de la Presidencia de Venezuela tenía las tareas de sacar el acuerdo con las petroleras de EEUU, sin cuyas inversiones tienen difícil levantar una economía bloqueada por el imperio y difícil, recuperar las propiedades y oro que les tienen retenido y la libertad de Maduro, y lo que no podía era dar motivos y excusas que agravasen las negociaciones, entre otras cosas, porque seguido ¡¡TENÍA LA REUNIÓN CON TRUMP!!. Donde el simplismo del aristócrata obrero izquierdista ve sumisión y rendición, el revolucionario marxista ve a una luchadora fiel a los intereses de su pueblo y de la soberanía de Venezuela. ¡¡CUBA Y VENEZUELA VENCERÁN!!. Nota de Alonso gallardo   


El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, afirmó este miércoles que ya comienzan a implementarse más de 158 de las 176 «transformaciones económicas y sociales» aprobadas en julio por la Asamblea Nacional, el Parlamento cubano

Durante el estreno del nuevo espacio radial Criterio Compartido que comenzó a emitirse desde Radio Rebelde, el mandatario abordó el alcance de las medidas, su implementación y las principales preocupaciones expresadas por la población de la isla.

Reconoció que los efectos de las transformaciones no serán inmediatos. Sobre los precios, sostuvo que las medidas contemplan mecanismos de protección para los sectores más vulnerables en el país, incluidos subsidios y un fondo destinado al desarrollo social.

«Las transformaciones no son un ejercicio de escritorio», afirmó el presidente, quien insistió en la necesidad de aumentar la producción nacional y reducir la dependencia de las importaciones.

Díaz-Canel aseguró que las transformaciones no representan «un giro hacia el capitalismo», sino una actualización del modelo económico y social cubano.

Mencionó la introducción de mecanismos de mercado y la flexibilización de regulaciones para productores estatales y no estatales y destacó la posibilidad de que empresas de ambos sectores constituyan empresas mixtas.

«Estamos introduciendo mecanismos de mercado y flexibilizando reglas que ataban las manos de los productores, en todas las formas, tanto estatales como no estatales», explicó.

Según el mandatario, estas modificaciones buscan elevar la producción, generar empleo y obtener los recursos necesarios para sostener servicios y programas sociales. Insistió, sin embargo, en que el Estado mantendrá el control sobre la economía y agregó que el mercado funcionará como un mecanismo que proporcione señales para la planificación.

Entre las prioridades de las 176 transformaciones mencionó el fortalecimiento de la empresa estatal, una mayor entrega de tierras y cambios en la agricultura para incrementar la producción.

El presidente también presentó datos sobre la expansión de las fuentes renovables de energía en el país como parte del programa que impulsan desde hace unos años y que hoy permite contar con una potencia de mil 418 MW instalados mediante parques solares y prevé superar los mil 500 MW al cierre del año. 

domingo, 27 de septiembre de 2026

El Lince: Del cliché de los idiotas a la impresión de la posibilidad alternativa


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Octubre Septiembre 24/2026 


Supongo que lo esperabais después de las elecciones en Sajonia-Anhalt: el análisis de lo ocurrido en otras dos elecciones en Alemania donde, para resumir, estamos ante el chiclé de los idiotas y la impresión de la posibilidad alternativa.

 

Un cliché es un lugar común, una idea o una expresión demasiado repetida o formularia. Una impresión es, en una de sus acepciones, una idea o concepto poco definido que se tiene de algo. Así hay que interpretar lo ocurrido en las elecciones en Mecklemburgo-Pomerania Occidental (el cliché) y en Berlín (la impresión).

En el primer caso el cliché del miedo a Alternativa para Alemania no ha tenido el menor efecto entre la gente, preocupada por otras cosas, y si algo ha tenido de efecto ese cliché ha sido precisamente a favor de la ApA. En el segundo, la impresión ha jugado a favor del otro, de Die Linke, porque se ha atrevido, en contra de la dirección federal, a plantear un programa «de máximos» muy alejado de la moderación y derechización de esa dirección federal.

Por partes. En Mecklemburgo la ApA ha arrasado aunque los socialdemócratas, aún bajando, han sido los principales beneficiarios del voto del miedo que ha arrastrado a todo el resto de los partidos del sistema. Y eso porque, al igual que lo ocurrido en Berlín con Die Linke, aquí la socialdemocracia se ha revestido con un discurso más «izquierdista» y totalmente enfrentado con el de la dirección federal.

En Berlín, Die Linke (la Izquierda) ha ganado con un programa sorprendente para lo que es hoy la progresía occidental. Lo voy a detallar un poco porque si encontráis algo parecido en las propuestas de los progres habituales en vuestros países, es mera coincidencia (un dicho que significa algo fortuito o accidental):

1.- Un nuevo impuesto sobre las villas de lujo por valor de más de 4 millones de euros, cuyos ingresos deberían financiar la congelación de los alquileres y la construcción de nuevas viviendas públicas en la ciudad (los precios aquí se han disparado en los últimos 20 años).

2.- Aumento del impuesto sobre las segundas residencias no alquiladas.

3.- Cierre de operaciones de compraventa de acciones, transacciones corporativas mediante las cuales los grandes fondos evitan pagar impuestos de registro comprando acciones de bienes inmuebles en lugar de edificios físicos individuales.

4.- Exención total del impuesto sobre la compra de la primera vivienda para familias de bajos ingresos.

5.- Reintroducción del impuesto sobre el patrimonio, con una exención inicial de 1 millón de euros de patrimonio neto y tipos progresivos del 1% al 5% para quienes tengan un patrimonio superior.

6.- Financiar el transporte público urbano gratuito o casi gratuito, las guarderías y la modernización de las escuelas.

7.- Aumentar el impuesto de sociedades para las multinacionales al 25%.

8.- Un impuesto especial sobre los beneficios extraordinarios acumulados por los gigantes energéticos.

A esto añadid otra cosa: pese a que no hace mucho tiempo la dirigencia de Die Linke en Berlín siguió el discurso pro-nazi de apoyo al país 404, antes conocido como Ucrania, y pro-genocida de apoyo al IV Reich sionista, antes conocido como Israel, para esta elección ha evitado en lo posible hablar del primero y se ha distanciado del segundo, hasta el extremo de que este partido ha sido duramente criticado por ello por el estercolero mediático calificándolo de «antisemita».

Esta es la razón por la que el 42% de la juventud (menos de 24 años) le ha votado, así como el 48% de menos de 35 años. Es este segmento de población quien tiene más problemas con la vivienda, como en toda Europa. Así que cuando alguien plantea cosas como las anteriores han acudido en masa a votar por ese alguien, sabiendo, o seguramente sin saber, que esas propuestas no son más que una quimera muy bonita, de imposible cumplimiento. De hecho, sus dos pretendidos socios de gobierno, los socialdemócratas y los verdes, ya han dicho que nanai a este programa «de extrema izquierda». Unos, los socialdemócratas, añadiendo que «rechazamos expresamente cualquier forma de socialización». Otros, Los Verdes, afirmando que no van a apoyar estas propuestas de «antisemitas». Die Linke, si tiene alguna posibilidad de gobernar, es con el apoyo de estos dos.

Si hay que ceñirse a las promesas de ese programa de Die Linke, hay una visión redistributiva centrada en combatir la especulación financiera, abordar la emergencia de la vivienda y reformar profundamente el sistema tributario local y nacional. Porque la vivienda en Berlín es el tema central, algo que viene desde el año 2000 como consecuencia de las privatizaciones tras la desaparición de la República Democrática Alemana y la consiguiente aparición, en enormes proporciones, de un parque de viviendas privadas en manos de unos pocos grupos empresariales. Por ejemplo, uno de los buitres especulativos, Vonovia, es propietario de 140.000 apartamentos en Berlín. Es solo una muestra de un menú en el que las grandes entidades financieras y los fondos de inversión privados gestionan entre 200.000 y 250.000 apartamentos en Berlín.

Ya en 2021, cuando Die Linke estaba en el gobierno de Berlín formando parte de una coalición con los socialdemócratas y Los Verdes, planteó ciertas iniciativas como estas que se tuvo que tragar cuando, tras amenazar con dejar el gobierno y dejarlo en minoría, no se atrevió a hacerlo finalmente. Entonces se había celebrado un referéndum donde por abrumadora mayoría la población había votado la expropiación, con indemnización y publicidad, de esos apartamentos en manos de los buitres especulativos. Ahora, dicen, la situación cambia porque son ellos la fuerza preponderante y no la minoritaria y por eso plantean «la aplicación inmediata» de ese referéndum.

Esto evidencia una cosa: cuando alguien abandona las cuestiones secundarias, muy secundarias, y se centra en las principales, la gente lo tiene claro. Pese a que a nivel federal, como digo, Die Linke tiene las mismas posturas que el resto de partidos burgueses y no ofrece ninguna perspectiva de cambio real. Es por eso que hablo de que Berlín da la impresión de una posibilidad alternativa que, al no cumplir, y no lo hará, romperá en mil pedazos la imagen «revolucionaria» de que se puede cambiar algo desde dentro.

En cualquier caso, es muy pronto para lanzar las campanas al vuelo porque es más que probable que cristianodemócratas, verdes y socialdemócratas reediten el gobierno que tienen ahora con una coalición pese al abrumador triunfo de Die Linke. La presión para ello va a ser brutal y la moderación y derechización de la dirección federal de Die Linke no va a ayudar en nada a los de Berlín.

Aquí tengo que hablar de la Alianza Sarah Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia. Aunque ha subido se ha quedado a las puertas de entrar en los parlamentos de Mecklemburgo y de Berlín pero, en este último, sí ha entrado en los parlamentos distritales. Hay que hacer una aclaración: es como si en el Estado español no hubiesen entrado en el parlamento pero sí tuviesen representación en los autonómicos. En Berlín hay 12 distritos y la representación de la ASW es de 23 representantes, habiendo logrado un porcentaje del 7’1% en Marzahn-Hellersdorf (6% Los Verdes, 7’4% los socialdemócratas) y 7% en Lichtenberg (8’9% Los Verdes y 8’6% los socialdemócratas). No son malas cifras para una formación que acaba de llegar. Si hace dos meses hablaba de esta formación como de algo de esperanza, ahora me reafirmo en ello.

Y aunque sea una reincidencia, la postura de los socialdemócratas en Mecklemburgo y de Die Linke en Berlín ha sido diferente de la mantenida por las direcciones federales de ambos, a lo que hay que añadir una postura más pacifista que la beligerante no solo de sus propios partidos sino de los cristianodemócratas.

Otro sitio donde ha habido elecciones ha sido en Rusia, donde el Partido Comunista ha mantenido el segundo puesto (casi el 14%) aunque perdiendo más de un millón de votos que han ido a Rusia Unida. Voy a estar unos días fuera dando un par de conferencias y no puedo profundizar en ello porque los datos de la inmensa Rusia tardan en llegar. Si hay ocasión, me referiré a ellos a la vuelta.

La primera impresión es que el ataque sufrido por Rusia los tres días (18-20) en que se han celebrado las elecciones, ejecutado por el país 404 pero con el asesoramiento, apoyo y planificación de objetivos por los angloamericanos, solo ha servido para apuntalar aún más a Rusia Unida. Los euroatlánticos del Kremilin están frotándose las manos por ello, aunque reconozcan – de puertas a dentro, eso sí – que la aprobación del ataque se ha dado en EEUU. La participación electoral ha sido muy alta para los parámetros rusos (casi el 57%) y eso ha disparado a Rusia Unida en votos debilitando a quienes, como el PC, se oponen a la política interna del Kremlin. Se ha optado por reforzar al poder en vez de criticarlo. Otra deuda que tienen los euroatlánticos con EEUU.

El Lince

Fuente: elterritoriodellince.blogspot.com