[Vídeo] No es de extrañar que Trump se haya enfurecido por la actuación de Bad Bunny. La estrella puertorriqueña hizo de su show una declaración política y lanzó duras críticas al neofascista
El domingo por la noche, millones de personas en EEUU y toda América Latina sintonizaron la 60º edición del Super Bowl (final) de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL). Muchos de ellos, menos interesados en el partido en sí que en el esperado espectáculo de medio tiempo del rey de la música urbana puertorriqueña, Bad Bunny.
Bad Bunny es el nombre artístico de Benito Martínez Ocasio, quien la semana anterior había ganado el Grammy al mejor álbum. Ofreció un espectáculo a la altura de las expectativas, hablando exclusivamente en español y repasando los grandes éxitos de su producción de 2025, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, con una estética que evocaba a Puerto Rico y a la diáspora de la clase trabajadora de la isla en Nueva York.
A través de la letra de su canción «Lo Que Le Pasó a Hawaii», utilizó la masiva plataforma del Super Bowl para criticar abiertamente el colonialismo estadounidense en Puerto Rico. Con «NUEVAYoL», ofreció una oda a los inmigrantes de clase trabajadora puertorriqueños. Rodeado de banderas de todo el continente, Bad Bunny comenzó a despedirse al grito de «God Bless America» pero agregando a continuación «O sea Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Cuba, República Dominicana, Jamaica, Haití, Antigua, Anguila, United States, Canadá y mi patria Puerto Rico». «Seguimos aquí», remató.
El acto más político fue la actuación en sí misma, un gesto de desafío hacia la xenofobia de las bases trumpistas y de un gobierno estadounidense que deshumaniza a los latinoamericanos cada vez que tiene oportunidad. Martínez Ocasio utilizó el evento deportivo por excelencia de EEUU para criticar abiertamente a un gobierno que ha militarizado aún más la persecución a los inmigrantes y a la colonia estadounidense de Puerto Rico con el fin de atacar a otras naciones latinoamericanas, mientras sigue negando a los puertorriqueños el derecho a decidir su futuro.
No es de extrañar que el espectáculo de medio tiempo enfureciera a Trump, quien recurrió a su plataforma de redes sociales, Truth Social, para decir que el show había sido «absolutamente terrible, ¡uno de los peores de la historia!». Trump --cuyo nombre aparece en correos electrónicos recientes del Departamento de Justicia relacionados con el famoso pedófilo Jeffery Epstein-- afirmó que el baile era «repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven desde todos los rincones de EEUU», y describió la actuación de Bad Bunny como una «bofetada a nuestro país».
'Working Class Hero'
Aunque ahora la voz de Bad Bunny se puede escuchar en todos los rincones del mundo, desde centros de la tercera edad en China hasta discotecas en Escandinavia, hace apenas una década trabajaba como empacador en una tienda de comestibles en la localidad de Vega Baja (el supermercado donde trabajaba se ha convertido ahora en un destino turístico). Por esa misma época comenzó su carrera musical en el campo del trap latino, un género que reflejaba la realidad de la vida de la clase trabajadora puertorriqueña y latina en EEUU.
Alternando entre el hiperrealismo de las historias sobre el dinero fácil a través del tráfico de drogas, las referencias sexuales crudas y las fantasías de grandeza, las primeras letras de Martínez Ocasio solían ser similares a las de muchos otros artistas del género en aquella época, como Anuel AA, Farruko o Ñengo Flow. Pero su dominio del ingenio y sus sutiles referencias culturales comenzaron a diferenciarlo, evocando recuerdos de la época dorada del reguetón a principios de la década de 2000.
El aumento de la popularidad de Bad Bunny también coincidió con uno de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Puerto Rico, el huracán María. El huracán de categoría 5 tocó tierra en Puerto Rico el 20 de septiembre de 2017. Destruyó viviendas e infraestructuras en todo el país, dejando a la gran mayoría de la población sin electricidad durante las semanas y meses siguientes. La incompetencia de la tardía respuesta federal al huracán, que dejó al menos 4645 muertos, puso de manifiesto ante el mundo el estatus colonial de Puerto Rico, incluso ante muchos estadounidenses que desconocían la posesión colonial de su país en el Caribe.
Poco después del huracán y de la infame visita de Trump a la isla, donde lanzó un rollo de toallas de papel a la multitud, Bad Bunny hizo una aparición en un concierto benéfico con una camiseta que decía: «¿Tú eres tuitero o eres presidente?». La tipografía recordaba a las múltiples camisetas del reggaetonero Residente que, unos años antes, pedían la independencia de Puerto Rico y apoyaban causas progresistas en América Latina.
Fue una decisión arriesgada para un artista que apenas empezaba a despegar. Marcó el inicio de la creciente politización de la carrera de Bad Bunny. En julio de 2018, Martínez Ocasio lanzó la canción «Estamos Bien», un himno omnipresente que hacía referencia implícita al huracán María. Apareció en 'The Tonight Show', conducido por Jimmy Fallon, y condenó el continuo abandono de Puerto Rico por parte del gobierno federal de EEUU y la administración conservadora del entonces gobernador Ricky Rosselló.
El intelectual orgánico
La actuación de Bad Bunny en Jimmy Fallon y su disposición a pronunciarse contra el colonialismo estadounidense marcaron un punto de inflexión tanto en su carrera como en su desarrollo político. Fue un paso en su conversión en lo que Antonio Gramsci denominó el «intelectual orgánico», un pensador que surge de las masas para desafiar la hegemonía de las clases dominantes. En el verano de 2019 se produjo un escándalo después de que una serie de mensajes de chat revelaran que Rosselló y su administración se habían burlado de los fallecidos en el huracán. Esto provocó que Puerto Rico estallara en protestas. Bad Bunny estuvo en primera línea, pidiendo la renuncia del gobernador.
En 2022, Martínez Ocasio lanzó la canción «El Apagón» en su álbum Un Verano Sin Ti. En ella criticaba la respuesta de EEUU al huracán María, la gentrificación en curso de la isla y la privatización de la compañía eléctrica estatal, que ha provocado frecuentes apagones en la isla. La canción iba acompañada de un breve documental sobre los efectos negativos de la gentrificación, en el que participaba la periodista independiente puertorriqueña Bianca Graulau.
Con el lanzamiento de su álbum de 2025, DtMF, Bad Bunny consolidó su papel como intelectual orgánico de la diáspora caribeña y latinoamericana en EEUU. El álbum era explícitamente político, y muchas de las canciones incorporaban temas anticolonialistas.
En «LA MuDANZA», por ejemplo, Martínez Ocasio muestra su apoyo a la independencia con la letra «Y pongan un tema mío el día que traigan a Hostos, en la caja, la bandera azul clarito». Se trata de una referencia al líder independentista puertorriqueño Eugenio María de Hostos, que está enterrado en la República Dominicana. Antes de su muerte en 1903, pidió que su cuerpo fuera devuelto cuando Puerto Rico fuera libre. La «bandera azul claro» es el símbolo de la independencia, la misma que exhibió el domingo en el Super Bowl.
Martínez Ocasio también aprovechó la oportunidad para concientizar sobre la amenaza que supone el traslado de estadounidenses a la isla, incluyendo un cortometraje codirigido con el director puertorriqueño Arí Maniel Cruz. La película presenta un futuro distópico en el que los puertorriqueños se han convertido en una minoría en su propio país, desplazados por los anglonorteamericanos. Martínez Ocasio también publicó vídeos en YouTube para acompañar las canciones del álbum con información sobre la historia de Puerto Rico creada por Jorell Meléndez-Badillo, historiador puertorriqueño y autor del aclamado libro Puerto Rico: A National History.
Con su actuación en el Super Bowl, Martínez Ocasio ha consolidado su papel como una de las principales figuras que se oponen a la agenda de Trump en la escena artística internacional. Su despliegue sin complejos del nacionalismo panamericano, en un momento en el que muchos se rinden a la «Doctrina Donroe», es un grito de guerra vital para la resistencia. Su popularidad también está dando un nuevo impulso al movimiento independentista en Puerto Rico demostrando que, pese a todas las dificultades de la coyuntura actual, es posible que veamos realizarse nuestra independencia y verdadera liberación si luchamos por ellas.
Reseña del libro de Amina Hassani «La justicia del capital. Cuando las multinacionales (des)hacen la ley», publicado por Ediciones La Fabrique en 2025.
Amina Hassani es doctora por la Escuela de Derecho de Sciences Po de París. Su investigación se centra en el derecho económico internacional, en particular el arbitraje internacional.
¿Se puede condenar a un Estado por aumentar el salario mínimo o implementar medidas de transición ecológica? Ahora es posible gracias a los tribunales privados de arbitraje de inversiones.
Inventado en la década de 1950 durante las oleadas de descolonización, el arbitraje de inversiones se generalizó gradualmente en la década de 1990, hasta convertirse en un componente esencial del capitalismo globalizado contemporáneo.
Permite a las grandes corporaciones multinacionales demandar a los Estados en este tipo de tribunales cuando consideran que las políticas públicas -relacionadas con el trabajo, la salud, el medio ambiente, etc.- perjudican sus inversiones y sus beneficios. Las posibles compensaciones financieras puede alcanzar varios miles de millones de dólares.
Esta nueva “justicia del capital”, operada por tribunales privados opacos que sustituyen a la justicia estatal, otorga un poder exorbitante a las multinacionales en detrimento de los intereses de la población. Más que un simple mecanismo legal, el arbitraje de inversiones es una nueva forma de gobernanza global que subyuga la soberanía de los Estados para preservar la acumulación de capital, afirma Amine Hassani.
En esta nota de lectura, el Instituto La Boétie retoma los orígenes coloniales de esta justicia del capital, su globalización en los años 1980-1990 y sus desastrosas consecuencias en términos de soberanía.
I/ Los orígenes del arbitraje de inversiones: garantizar la seguridad poscolonial del capital
El arbitraje de inversiones se inventó gradualmente a partir de la década de 1950, durante las oleadas de descolonización en el Sur Global. En aquel entonces, el objetivo de los países del Norte Global y sus grandes corporaciones era asegurar sus actividades económicas y seguir explotando los recursos del Sur Global a pesar del nuevo panorama político poscolonial.
El caso de la descolonización argelina lo ilustra claramente.En 1956, mientras Argelia aún era colonia francesa, el Estado francés descubrió importantes reservas de petróleo y otros recursos minerales en el desierto del Sahara. Dos años después del inicio de la guerra, y ante la determinación del pueblo argelino de lograr la independencia, Francia buscó por todos los medios mantener el control sobre estos preciados recursos. Se consideraron diversas estrategias. Por ejemplo, se intentó integrar a Argelia en los tratados de integración europea, con la esperanza de legitimar legalmente el control francés sobre los recursos argelinos; o separar el Sahara del resto del país, para conservar el control incluso en caso de descolonización argelina.
Pero estas propuestas no convencieron lo suficiente a las compañías petroleras, que prefirieron asegurar sus recursos mediante un mecanismo legal mucho más fiable:imponer el arbitraje de inversiones en Argelia. Para asegurar los contratos de concesión que ya permitían a las compañías petroleras francesas explotar el subsuelo sahariano, Francia se esforzó por consagrar este principio en los Acuerdos de Evian de 1962. Estos acuerdos estipulaban que todas las disputas relativas a la explotación de los recursos saharianos serían resueltas en primera y última instancia por un tribunal de arbitraje internacional, y no por jueces argelinos o franceses.
Gracias a este mecanismo, las empresas francesas se aseguran así mantener el control sobre los recursos argelinos, a pesar de la proclamación de la independencia. En este sentido, escribe Amina Hassani,los Acuerdos de Evian “representan la independencia conquistada por los argelinos, pero también la preservación del extractivismo fósil de Francia”.
Mucho más allá del caso del Sahara, el desafío de asegurar el capital “preocupa a los capitalistas de todo el mundo”,afirma Amina Hassani. “¿Cómo podemos garantizar la libre circulación y la protección del capital, los bienes y los recursos sin que se vean obstaculizados por los Estados-nación emergentes? En otras palabras, ¿cómo protegerse económicamente de la emancipación política de los condenados?”. Estas son las preocupaciones que sustentan el desarrollo del arbitraje de inversiones. En otras palabras, prolongar, por otros medios, la dominación de los países occidentales sobre el resto del mundo.
II/ La globalización del arbitraje en la era neoliberal
Progresivamente, los capitalistas se han organizado a escala mundial para garantizar la libre circulación y la protección del capital, en particular para contrarrestar el riesgo de nacionalización de las grandes empresas en los países emergentes. En 1965, la Convención de Washington estableció elCentro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), que se convirtió en el núcleo del arbitraje internacional. A pesar de la oposición de los países latinoamericanos, 20 Estados firmaron la convención en 1965, seguidos de otros 143. Como resultado, la globalización del arbitraje se puso en marcha. Las cláusulas de arbitraje que permitían recurrir al arbitraje internacional proliferaron por todas partes: en los contratos comerciales entre empresas privadas, por supuesto, pero también, cada vez más, en los acuerdos entre los propios Estados.
Estos contratos se denominan “tratados bilaterales de inversión” (TBI). Celebrados entre dos Estados para proteger a sus respectivos inversores, han proliferado desde finales de la década de 1960. Sin embargo, no fue hasta 1990 cuando se invocó por primera vez la cláusula de arbitraje en virtud de uno de estos TBI, en el caso que opuso a Sri Lanka y la empresa británica AAPL (Asian Agricultural Products Ltd). AAPL había invertido en una empresa de cría de camarones en Sri Lanka, que fue destruida por un incendio durante una operación militar de las fuerzas de Sri Lanka. Al considerar al Estado de Sri Lanka responsable de la pérdida de su inversión, AAPL presentó el caso ante el CIADI, basándose en el TBI firmado entre Sri Lanka y el Reino Unido en 1980. Contra toda expectativa, el tribunal arbitral se declaró competente y ordenó a Sri Lanka indemnizar a la empresa británica por los daños sufridos por su inversión. Este caso marca un punto de inflexión para el mundo del arbitraje: ahora, una empresa no sólo puede demandar a un Estado sobre la base de un contrato que ha celebrado con él, sino también sobre la base de un simple tratado económico celebrado entre dos Estados, sin ningún vínculo con la propia empresa.
Tras este asunto, como era de esperar, los tratados bilaterales han proliferado. A principios de la década de 1990, existían 385 TBI en todo el mundo. Ahora hay 2500: su número se ha multiplicado por siete en unos treinta años. La proliferación de estos tratados surge de una clara ambición: “crear un mercado global homogéneo donde las empresas se beneficien en todo momento y lugar de las mismas ventajas y garantías gracias a la disciplina de los Estados”, resume Amina Hassani. A pesar de su carácter discreto, el arbitraje de inversiones es, por lo tanto, uno de los mecanismos clave para imponer el neoliberalismo y la disciplina de mercado a escala global.
III/ Un sistema de “justicia” con poderes exorbitantes
Esta “justicia del capital” ejerce un inmenso poder: el de obligar a los gobiernos a adoptar políticas favorables a los intereses de las grandes corporaciones, bajo la amenaza de tener que pagar una compensación financiera sustancial. Su funcionamiento favorece estructuralmente al capital y escapa a todo control democrático, explica la autora Amina Hassani.
Las decisiones de los tribunales de arbitraje no se hacen públicas. Sus jueces no son elegidos ni designados, como los de la Corte Penal Internacional o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, sino simplemente designados por empresas y Estados caso por caso. Por lo tanto, los árbitros pueden actuar como jueces y abogados de las empresas, según el caso. Esta intercambiabilidad de roles es inimaginable en el sistema de justicia pública, señala Amina Hassani, donde prevalece el principio de estricta separación entre las funciones de jueces y abogados para garantizar la neutralidad y la independencia. Sobre todo, estos “árbitros” suelen trabajar en unos pocos grandes bufetes internacionales de abogados de negocios: “multinacionales del derecho” inglesas o estadounidenses que dominan el mercado global del arbitraje y sustentan una auténtica industria del arbitraje.
Para expandir su actividad y aumentar sus beneficios, estas empresas aprovechan cualquier oportunidad para demandar a los Estados. “Estimulan las demandas informando a las empresas de que tienen la opción de recurrir al arbitraje cuando surge una crisis. Una revolución, una pandemia, una guerra… cada crisis es una oportunidad que hay que aprovechar para impulsar la justicia del capital”, explica Hassani. Estas importantes empresas se distinguieron, por ejemplo, durante los levantamientos de la Primavera Árabe en 2011. En medio de la guerra civil libia, responsable de miles de muertes, la gigantesca firma de arbitraje Freshfields Bruckhaus Deringer recomendó entonces que las empresas extranjeras que operaban en Libia “demandaran a Libia ante tribunales de arbitraje por no garantizar la seguridad física de su personal e instalaciones”.
Más recientemente, estas firmas han criticado la gestión de la crisis de la COVID-19, aconsejando a sus clientes demandar a los gobiernos por medidas de salud pública que “interfieren con los derechos privados de los inversores”. En Perú, por ejemplo, tras la aprobación por el Parlamento de una ley que suspendía los peajes para facilitar el transporte de bienes esenciales en el punto álgido de la crisis, las principales empresas de autopistas simplemente tuvieron que amenazar con llevar el asunto a arbitraje para que la ley fuera revocada y declarada inconstitucional.
Este poder disuasorio es aún mayor porque los tribunales arbitrales tienen amplias facultades. Por un lado, tienen un enorme poder interpretativo y pueden considerar una amplia gama de situaciones como “perjuicio para los inversores”. Este fue el caso que en el año 2000 opuso a México y la empresa estadounidense Metalclad. En este caso, el tribunal arbitral dictaminó que la negativa del gobierno mexicano a otorgar un permiso para operar una planta de tratamiento de residuos tóxicos, debido a los riesgos ambientales y para la salud que implicaba, constituyó una expropiación indirecta del inversor, privándolo de beneficios futuras. Como resultado, se ordenó a México pagar a Metalclad una indemnización de 16.5 millones de dólares.
Por otro lado, tienen la facultad de determinar el monto de la compensación financiera que los Estados deben pagar a las empresas, lo que puede incluso poner en peligro la economía y la estabilidad de un país. En 2019, por ejemplo, el tribunal arbitral ordenó a Pakistán pagar 5.840 millones de dólares a Tethyan Copper por negarle una licencia minera. ¡Esta suma representa el 2% de su PIB total!
Por todas estas razones, el arbitraje de inversiones es “un arma de disuasión masiva dirigida a los Estados”, afirma Hassani, “que temen no solo tener que compensar a las empresas, sino, peor aún, desaparecer del mapa de la movilidad del capital que dibujan los miles de contratos y tratados de protección de las inversiones”, escribe Hassani. Ahí reside la esencia del arbitraje: hoy en día, los Estados compiten entre sí para atraer inversores. Sin embargo, el arbitraje de inversiones es ahora una de las garantías esenciales de un marco estable y protector del capital.
IV/ Subordinar el interés general a los intereses privados
Esta “justicia del capital” permite así subordinar la soberanía política a los intereses particulares de las grandes corporaciones. Estas corporaciones pueden ahora interferir en la política interna de los Estados e impedirles implementar las políticas económicas, sociales y ambientales para las que los pueblos les eligieron democráticamente.
En Europa, recientemente, varios países han soportado el peso del arbitraje, en particular debido al Tratado sobre la Carta de la Energía (TCE), que incluye una cláusula de arbitraje.El caso más emblemático es el de Alemania, que, tras el accidente de Fukushima en 2011, decidió abandonar progresivamente la energía nuclear y posteriormente fue condenada a pagar 2.800 millones de euros de indemnización a las empresas nucleares suecas. Pero este no es un caso aislado: hoy, Alemania vuelve a ser demandada por inversores suizos por su voluntad de abandonar progresivamente el carbón. Italia también sufrió las consecuencias del arbitraje de inversiones en 2017, tras votar a favor de una moratoria para detener la exploración de petróleo y gas cerca de su costa, bajo la presión de las protestas públicas locales. En este caso, tuvo que pagar 187 millones de euros en daños y perjuicios a la petrolera británica. España, por su parte, es el país europeo más procesado en virtud del TCE, con un pago de 1.200 millones de euros a los diversos inversores.
Pero el escándalo no termina ahí. Varios de estos Estados querían retirarse del TCE, eludiendo así el arbitraje. Esfuerzos en vano, ya que el artículo 47.3 del tratado contiene una disposición que permite a las empresas demandar judicialmente a los Estados, incluso si se retiran del tratado, en los casos en que la disputa se refiera a inversiones realizadas antes de su retirada. Esta cláusula de supervivencia, también conocida como“cláusula zombi”, es, por tanto, la última pieza del rompecabezas que permite a las empresas anular las decisiones soberanas de los Estados. Italia, que se retiró del TCE en 2016, ya ha sido objeto de seis procedimientos de arbitraje desde entonces y podría enfrentarse a ellos hasta el 2036.
Cabe señalar que esta situación es particularmente catastrófica desde una perspectiva ecológica,como explica la autora. Hasta la fecha, las industrias de combustibles fósiles ya han obtenido más de 82.800 millones de dólares en indemnizaciones mediante arbitraje de inversiones. Esto duplica el presupuesto de 2023 del Ministère de la Transition Écologique. En promedio, reclaman 1.300 millones de dólares por caso. Y lo que es más importante, podrían exigir hasta 340.000 millones de dólares en total, según algunas estimaciones.
Conclusión
Con esta investigación sobre el arbitraje de inversiones, Amina Hassani revela el alcance insospechado de un fenómeno tan central como poco conocido para el gran público.Demuestra su papel clave en el capitalismo globalizado: permitir que el capital expanda continuamente su esfera de influencia al liberarlo de cualquier control político democrático. Diseñado para preservar la dominación de los Estados del Norte sobre los países recién descolonizados, el arbitraje de inversiones sigue siendo una herramienta predilecta de las potencias imperialistas de todo el mundo. Como prueba, Venezuela es actualmente uno de los países más demandados en tribunales de arbitraje, acusado por las compañías petroleras estadounidenses de “expropiaciones ilegales”.
Pero también es importante recordar que el arbitraje de inversiones ahora desempeña un papel regulador dentro de los propios Estados del Norte, disuadiéndolos de implementar políticas económicas desfavorables para el capital. Se ha convertido en una herramienta de disciplina de mercado generalizada que no deja a nadie al margen, especialmente porque las reformas recientes, en particular las implementadas a nivel europeo, solo buscan corregir algunos “excesos” del arbitraje para lograr su aceptabilidad, sin cuestionar en absoluto sus principios estructurales. Esta “justicia del capital” es, por lo tanto, parte integral de los numerosos obstáculos que la izquierda radical debe prepararse para enfrentar en la batalla por la reafirmación de la soberanía popular, la planificación ecológica y la ruptura con el orden social actual.
La vital importancia de entender el momento histórico :: Qué nuevo capitalismo está surgiendo al tensar la cuerda de la sobreexplotación y la desposesión
Normalmente gran parte de las poblaciones europeas, sometidas a unas intensas desinformación, manipulación mediática, malformación programada y censura, a duras penas comprenden el mundo en el que están ni perciben el momento extraordinariamente grave que atraviesa la humanidad.
Peor aún es que entre los propios marxistas parece ser que hay quien piensa que la "lucha de clases" es una batería que funciona por sí sola fuera de su retroalimentación con el contexto local, estatal y mundial de cada tiempo histórico, así como del conjunto de condiciones estructurales e infraestructurales que le caracterizan, llegándonos a decir que pronunciarse por las pugnas entre Estados es simplemente tomar partido por unas u otras burguesías.
Pero lejos de ello, la imbricación de la economía mundial y la globalización del capital hacen que las relaciones Capital/Trabajo estén cada vez más condicionadas por las pugnas entre sectores dominantes, así como por las relaciones interestatales dentro del Sistema Mundial capitalista (y de ellas, especialmente las dadas entre unos "centros" actuando cada vez más como bloque imperial recrudecido contra el resto del mundo, y unas "periferias" emergentes que se han ido sacudiendo su condición de tales).
En este sentido, la reestructuración del poder al interior de la clase capitalista conlleva profundos cambios en la composición del poder mundial y de los poderes en cada formación socio-estatal. La lucha de poder entre las clases dominantes y entre las distintas expresiones del capital -por ver, entre otras cuestiones a dirimir, quién habrá de cargar con el capital ficticio endeudador y quién por el contrario resultará al frente de la concentración de riqueza más o menos real que se está gestando-, nos llevan a un escenario en el que:
A) Se da una concentración de la apropiación y del poder de clase en los sectores exitosos del capital a interés financiarizado, que adquieren creciente importancia estratégica. Preparan estas facciones la concentración de poder ante la incertidumbre de la propia evolución capitalista, y ante la creciente evidencia del fin de los índices de crecimiento, a la espera de ser capaces de reaccionar ante las diferentes coyunturas que se presenten (colapso de la globalización, agotamiento de los recursos energéticos, cambio de modelo de dominación y de acumulación).
B) Hasta ahora la expresión económica típica de esa pugna interburguesa e interestatal ha tenido lugar en forma de
- "Guerras de divisas". Las reservas de divisas pasaron de 858.000 millones de dólares a 3,4 billones entre 1990 y 2004 (casi 4 veces), de las cuales el 60% en dólares y cerca del 20% en euros. Con esa acumulación de reservas se pone fuera de servicio capital que no se usa ni para inversiones ni para gastos sociales, y se destina sólo a escudarse contra ataques a la propia divisa y poder defender así el tipo de cambio.
- "Guerra de monedas". Se ha dado una continua presión hacia la devaluación de las monedas para ganar cotas de "competitividad" mundial, dada la hoy asentada vocación exportadora de las economías capitalistas (que buscan en el mercado mundial lo que el deterioro del mercado interno en cada caso no puede posibilitar). Obsérvese la incongruencia y escasas perspectivas de este proceso y de semejante carrera competitiva.
Ello en lugar de "guerras de aranceles", tal como se dio a finales del XIX y principios del siglo XX, debido a la enorme interconexión de todas las economías en el Sistema Mundial capitalista (el capital global requiere, en cualquier caso, de estructuras espaciales abiertas, antes que del proteccionismo).
El que precisamente eso cambie hoy vertiginosamente hacia una "guerra de aranceles" es indicativo de que hay un proceso de desglobalización en curso y una reedición de una suerte de "mercantilismo militarizado", desatado por la principal potencia del sistema capitalista, que cada vez pierde más sus funciones de hegemón, además de su preponderancia económica, por lo que su dominio se hace más salvajemente "autónomo", por fuera de las leyes, instituciones y convenciones internacionales que ella misma había promocionado para su beneficio.
Así que todo indica que el camino de re-fortalecimiento de la escala estatal de acumulación queda en adelante expedito (recordemos que las fases de apertura y cierre de las relaciones interestatales se han venido alternando en el capitalismo histórico en función de las claves de acumulación capitalista). Otra variante, por lo que afecta al corto plazo, bien pudiera ser la cartelización regional del capitalismo, por grandes bloques subcontinentales.
Habrá que ver, entonces, si el Estado continuará siendo la principal entidad político-territorial gestionadora de la acumulación capitalista (tan necesaria hasta ahora por haber sido la principal escala en la que el Capital ha sido capaz de gestionar el consenso -léase la endogeneización o integración de la fuerza de trabajo-), y por tanto si será también el principal ámbito en el que se diriman las luchas de clase, o bien otras esferas micro y/o macroestatales irán disputando con mayor ahínco su importancia.
C) Hoy por hoy y desde la caída de la URSS, los diferentes tipos de capital (industrial, comercial y de interés-especulativo-rentista), así como unas y otras burguesías estatales, se vienen coordinando y aprovechando la coyuntura para recomponer el poder de clase y golpear la fuerza histórica que había conseguido la clase trabajadora.
Rebajando al máximo su poder social de negociación y desbaratando todos los dispositivos de preservación de esa fuerza laboral y de regulación de la relación Capital/Trabajo, así como las formas institucionalizadas de pacto de clases propias del "capitalismo organizado" keynesiano, pero también las del capitalismo desarrollista periférico anejas al "pacto del postcolonialismo". De hecho, en la actualidad, se imponen para las formaciones centrales el mismo tipo de Ajustes Estructurales que antes fueran llevados a cabo en las periféricas (proceso que he llamado de autocolonización).
Por eso, las medidas procíclicas sostenidas en el tiempo (tales como la recesión inducida) han sido tendentes a hacer disminuir la demanda interna en las formaciones sociales más endeudadas, generando por un lado recesión y por ende sustancial debilitamiento de las posibilidades organizativas y reivindicativas de la fuerza de trabajo; mientras que por otra parte pretenden reducir las necesidades de financiación exterior de aquellas formaciones, posibilitando de esta manera la devolución de las deudas a las entidades globales controladas por las formaciones más poderosas (así se hizo, mediante los programas de Ajuste Estructural, en las periferias).
El problema estriba en extralimitarse en la recesión generada, disminuyendo más allá de lo prudente los ingresos fiscales (y aumentando las gastos pasivos del Estado), con la consiguiente renovación de la dependencia en la financiación exterior de cada vez más formaciones socio-estatales, como el caso europeo muestra dramáticamente.
De cualquier manera, como siempre hizo, el Capital utiliza la crisis para reordenar profundamente las relaciones de clase a su favor, y una vez reestructuradas la cuestión social y laboral en ese sentido, y deprimido en sus límites más bajos el poder social de negociación de la fuerza de trabajo, imponer un nuevo modelo de acumulación-regulación con altas tasas de explotación, acompañadas de formas de dominación más drásticas y explícitas.
La propia resolución de las contradicciones entre los distintos tipos de capital por la obtención y apropiación del valor en función de tiempos cortos (renta-beneficio financiero) o largos (plusvalía industrial-realización de la ganancia a través del mercado) en favor de la primera opción, hacen también crecientemente improbable la puesta en escena de una nueva onda reformista, dado que la dinámica de la inmediatez de las ganancias obstaculiza los procesos de planificación, previsión y provisión de bienes y servicios a medio y largo plazo (los cuales dejan de depender tanto del Estado -perdiendo universalidad y gratuidad-, en favor del gasto individual o derivación del salario y bienes hacia la inversión especulativa).
La clave, por tanto, consiste en saber hasta dónde puede llevar la clase capitalista la modificación del régimen de acumulación, esto es, qué nuevo capitalismo está surgiendo al tensar la cuerda de la sobreexplotación y la desposesión de una Humanidad crecientemente proletarizada y convertida no sólo en fuerza de trabajo, sino en fuerza de trabajo excedente, o lo que es prácticamente lo mismo, en humanidad sobrante. Con la consiguiente multiplicación de políticas de muerte en curso.
La tendencia en buena parte de las formaciones socio-estatales del Sistema es que la acumulación de capital va cediendo más y más terreno al crecimiento derivado del capital a interés especulativo rentista y de la inmensa cantidad de "capital ficticio" y de dinero creado "ex nihilo" puesta en juego, así como de la estratosférica deuda generada. Por lo que, siendo precisos, más que de un nuevo "régimen de acumulación" deberíamos hablar de un régimen de crecimiento en gran medida ficticio-endeudado.
La falta de un nuevo motor productivo-tecnológico capaz de arrancar una nueva onda expansiva (como fueran la electricidad, el petróleo, el motor de combustión-automoción, la telefonía... la IA no lo es), junto a los lastres de sustentarse en una ficción sistémica, abocan al modo de producción capitalista cada vez más hacia las salidas bélicas.
La potencia líder y principal sostenedora del Sistema, al ser la que recibe el mayor efecto boomerang de tal (falso) crecimiento, es la más forzada, dentro de la lógica capitalista, a emprender el saqueo del resto del mundo para intentar compensar la corrosión interna. En ello ha de esquilmar acentuadamente a las periferias y succionar una mayor parte del beneficio obtenido por las otras potencias capitalistas (bajo su disciplinamiento militar).
Pero no puede hacer lo mismo con las "periferias emergentes" (China, Rusia y poco a poco, India). Así que ha de enfrentarse a ellas de todas las maneras posibles (guerra económica, mediática, cognitiva, guerras proxys, corte de sus suministros energéticos, financieros, etc., para lo que tiene que atacar también a sus proveedores y/o facilitadores de autosostenimiento).
Hay muchas claves todavía por determinar sobre las derivas y consecuencias de este "modelo bélico de crecimiento", pero lo que parece más que probable, en cambio, es que, a falta de cualquier "milagro energético", y siguiendo la senda de una exacerbada economía política de concentración y centralización del capital, apropiación de la riqueza social y depresión de la demanda o empobrecimiento de las poblaciones, el mercado se achique aceleradamente. Asimismo, el saqueo del resto del planeta para apropiarse de sus recursos no hace sino deprimir aún más las posibilidades de un mercado mundial capitalista.
La degeneración del actual modelo ofrece incluso serias dudas sobre las posibilidades de mantener en adelante por mucho tiempo una forma de funcionamiento propiamente "capitalista" para la mayor parte de la humanidad, si es que ésta logra salir de la fase bélica total del capitalismo.
Si lo hace, muy probablemente tendrá que ser contra el capital (y el internacionalismo antiimperialista es un paso necesario en todo ello).
Y aquí viene a cuento señalar otra cuestión que ciega a muchos marxistas, quienes, presos de su fetichismo, parecen ver al capitalismo como un sistema imperecedero por sí mismo, a falta de "sepultureros" que lo entierren. Pero ningún modo de producción anterior dejó de existir por acciones conscientes o planificadas de nadie, sino por un conjunto de factores ecológicos, económicos y socio-demográficos.
Lo mismo le puede suceder a este sistema sostenido por la ley del valor, que podría derivar (elites mediante) hacia un modo de producción automatizado, por ejemplo, combinado a buen seguro con formas barbarizadas de supervivencia para la mayor parte de la humanidad sobrante, genocidios incluidos (ya en marcha, como estamos comprobando). Por eso es importante distinguir entre degeneración del capitalismo y superación del mismo. Esta última sí, sólo se puede hacer de manera consciente y planificada hacia un sistema superior, socialista.
Para acabar, dos anotaciones políticas
1. No percibir todo esto y decir que "tomar partido" contra el "imperialismo desesperado" en putrefacción es favorecer otras burguesías, es tener una visión límbica de la lucha de clases, ajena a cualquier posibilidad efectiva de logros y de pasos.
Aun cuando no se considerara a China una formación en posible transición socialista, la internacionalización productiva-comercial que está llevando a cabo permite unas posibilidades a las luchas de clase en cada lugar que el imperialismo desesperado en putrefacción sólo destruye. No percatarse de que la posible ruptura de la unilateralidad opresiva y mortífera del Imperio decadente puede oxigenar las fuerzas sociales en todos lados, es de una cortedad política poco recomendable tanto para la lucha como para el análisis.
No darse cuenta tampoco de que la propia presión de la principal potencia capitalista y sus subordinados imperiales al resto de periferias emergentes y a sus más cercanos aliados les obliga a emprender (aunque fueren momentáneas) formas de "capitalismo de Estado" que a su vez abren la posibilidad de otras correlaciones de fuerza Capital/Trabajo, es, además, no aportar nada a la lucha política emancipatoria, más allá de meras consignas.
2. Seguir intentando paliar las peores consecuencias de la degeneración del capitalismo actual con los instrumentos "keynesianos" del capitalismo industrial-productivo, y continuar empeñados en el electoralismo y en el parlamentarismo desde él propiciados, es no sólo no tener ninguna capacidad política para ver que el capital ya superó las posibilidades parlamentarias de decidir algo en su decurso, y por tanto ser impotentes para aportar alguna cosa de utilidad a las clases explotadas, sino, además, estar abocados a quedar desechados (incluso por las propias oligarquías, porque has dejado de serles funcional) en la papelera de la Historia. Viejas y nuevas izquierdas que han seguido esa línea lo testimonian hoy con toda claridad [ver www.observatoriocrisis.com/2026/01/26/la-decada-perdida-de-la-izquierda-europea/].
Sólo el camino del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro mínimamente razonable a la humanidad.
Fuentes: El tábano economista [Imagen. Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de
EEUU]
«Para preservar la paz, debemos ser capaces de ganar la guerra en los términos en los que el adversario decida librarla.» (Elbridge Colby)
Esta frase, fría y calculadora, no es de Donald Trump. Pertenece a Elbridge Colby, un estratega de gabinete cuyo nombre resuena en los pasillos del Pentágono actual con la reverencia que se tenía a Kissinger en los 70. Encapsula con precisión quirúrgica el alma de la presidencia de Trump. Una operación milimétrica disfrazada de espectáculo caótico. La percepción pública ve un péndulo de bravuconadas, decisiones aparentemente espontáneas y una política exterior que navega sin brújula. Suponer esta idea es un error de perspectiva monumental.
La piedra angular de todo este edificio es Colby y su tesis central. Estados Unidos tiene un solo interés vital existencial, evitar a toda costa que China logre la hegemonía sobre Asia y, por extensión, sobre Eurasia. No se trata de exportar democracia, de ganar corazones y mentes o de un orden liberal. Es pura y cruda geopolítica de tablero de ajedrez. Si China domina la región económica más dinámica del mundo, tendrá la llave para excluir a EE.UU. de los mercados globales.
Para evitarlo, Colby prescribe la “estrategia de denegación”. Imaginemos que China decide invadir Taiwán. La estrategia tradicional de “castigo” implicaría represalias masivas después de que la invasión ocurra. La “denegación” es diferente: consiste en tener desplegadas de antemano tantas y tan letales capacidades militares —submarinos, misiles, redes de drones— que el mero cálculo militar chino concluya que la invasión es imposible de completar. Se disuade haciendo la victoria inalcanzable, no la represalia temible.
Pero aquí viene el verdadero objetivo, el que revela el cinismo maquiavélico del plan: la defensa de Taiwán no es por Taiwán. Es por Japón, por Filipinas, por Australia. Colby argumenta que si Taiwán cae la credibilidad de las garantías de seguridad estadounidenses se evaporará. Los aliados, pragmáticos, se subirán al carro del ganador, China. La coalición antihegemónica en el Pacífico se desintegraría como un terrón de azúcar. Por tanto, todo se subordina a este teatro. Y como los recursos son finitos, surge el mandato cardinal: Asia es la prioridad absoluta. Europa debe defenderse sola de Rusia. Medio Oriente es una distracción que hay que “gestionar” o neutralizar. EE.UU. no puede pelear en dos frentes contra grandes potencias. Esta es la primera gran directriz que Trump ha traducido a hechos.
¿Y cómo se logra esta “denegación” de manera sostenible? Aquí entra el segundo pilar: la “estabilidad estratégica”, un concepto que suena a jerga de la Guerra Fría y lo es. En el lenguaje de la Estrategia de Defensa Nacional 2026”, significa crear una situación donde nadie tenga incentivos para lanzar un primer golpe nuclear, pero donde la amenaza de una respuesta abrumadora sea tan creíble que disuada cualquier agresión menor. Es “paz a través de la fuerza”, pero no como un eslogan vacío, sino como una ecuación matemática de disuasión. Esta lógica bebe directamente del “equilibrio de poder” de Henry Kissinger y de la fría “razón de Estado” de Richelieu. No hay lugar para el idealismo. Se trata de intereses, de poder, de cálculos racionales.
Ahora, desplegar esta fuerza requiere una base material colosal. He aquí donde la política económica deja de ser economía y se convierte en logística de guerra. La NSS 2025 y la NDS 2026 no separan la seguridad nacional de la vitalidad económica; son la misma cosa. Los aranceles masivos, el “America First”, la obsesión por la reindustrialización y la independencia energética no son meras consignas para ganar votos en el Rust Belt. Son los cimientos de la estrategia de denegación. Colby lo dice claro. No puedes defender Taiwán si dependes de China para los microchips, las baterías o los minerales críticos. No puedes sostener una guerra de alta intensidad en el Pacífico si tu industria naval está oxidada y tu cadena de suministro de municiones pasa por Asia. La economía es, en palabras de los documentos, “el anclaje definitivo” del poder militar.
Con este manual en la mano —Colby para la teoría, Heritage para el plan de acción detallado y los documentos NSS/NDS para la ejecución oficial—, cada movimiento de Trump o de su entorno adquiere una coherencia feroz. Lo que parece un capricho o un tuit iracundo es, con frecuencia, la aplicación de un artículo específico del guion.
Tomemos el “abandono” de Europa. Las exigencias de que la OTAN eleve su gasto al 5% del PIB, la retórica beligerante hacia Alemania, la sugerencia de que Ucrania negocie, no son broma. Son la aplicación literal del mandato de Colby: “Europa debe ser el primer interviniente en su propia defensa”. Liberar recursos —tropas, buques, aviones, atención— para desplazarlos al Indo-Pacífico. El “Orden Internacional basado en reglas”, piedra angular del liberalismo de posguerra, es desechado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 por ser una “abstracción”. En su lugar, se imponen acuerdos bilaterales transaccionales. Tú me das algo concreto (bases, dinero, recursos), yo te doy protección. Un realismo despiadado y puro.
Observemos el hemisferio occidental. La retórica incendiaria sobre inmigración y narcotráfico, el despliegue masivo de tropas en la frontera sur, las acciones contra cárteles en México y la reafirmación de una Doctrina Monroe actualizada —el “Corolario Trump”— no son solo para la galería doméstica. La Estrategia de Defensa Nacional 2026” declara que ésta comienza en el propio territorio y en su “patrio trasero”. Un hemisferio inestable, penetrado por potencias extracontinentales (léase China), es una vulnerabilidad inadmisible cuando tu atención está puesta en el Mar de China Meridional. Hay que asegurar el patio, militar y políticamente, para proyectar poder sin distracciones hacia Asia. Cada deportación, cada muro, cada presión a gobiernos latinoamericanos se inscribe en esta lógica de fortificación del bastión continental.
Miremos la obsesión con Irán y el intento de “neutralizar” su programa nuclear. No es un nuevo Irak. Es la aplicación de la regla de “reducir distracciones estratégicas”. Medio Oriente ha sido un pantano que ha consumido sangre y tesoro estadounidense por décadas. Para Colby y los estrategas de la NDS 2026 es un teatro secundario que debe ser, como mínimo, silenciado. Un Irán sin bomba es un problema menos, pero con misiles hipersónicos, no es una variable controlada que permite desviar portaviones y satélites espías hacia el estrecho de Taiwán.
Y en el ámbito doméstico, el rompecabezas termina de encajar. La purga burocrática impulsada por el Project 2025, el desmantelamiento de regulaciones ambientales, la orden de “desatar” la producción de petróleo y gas, la inversión de un billón de dólares en la base industrial de defensa (Groenlandia) no son política partidista tradicional. Son la creación de la máquina de guerra que la estrategia de denegación requiere. Una economía hiperprotegida, autosuficiente en energía y capaz de producir misiles y submarinos a escala de guerra mundial. La “seguridad económica” de la que habla la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 es, en realidad, la movilización industrial para una confrontación prolongada.
Por tanto, cuando se ve la totalidad del cuadro, la ilusión del caos se disipa. El aumento del gasto de la OTAN al 5% del PIB, la salida de acuerdos climáticos y de salud global, el acoso comercial a China, la militarización de la frontera, el giro transaccional con los aliados, el silenciamiento forzado de Medio Oriente… cada una es una pieza de un engranaje diseñado para un solo fin: negar a China la hegemonía asiática, cueste lo que cueste en términos de alianzas tradicionales, orden global o estabilidad en otros teatros.
Trump no improvisa. Es el ejecutor, voluble y camorrista, de una visión estratégica profundamente reaccionaria, realista y fría. Una visión que, renunciando al liderazgo global basado en valores, aspira a conservar la primacía mediante la fuerza concentrada y el cálculo despiadado. Este “método” puede crear una paz dura, fría e inestable, pero también un mundo más fracturado, armado y peligroso, donde la diplomacia es rehén de la lógica de la guerra y donde el margen para el error estratégico se reduce a la tenue luz de un misil hipersónico. La denegación, en su búsqueda de evitar una gran guerra, podría estar encendiendo la mecha de mil conflictos menores. Y en ese juego, como bien sabe Colby, siempre existe el riesgo de que alguien, en algún momento, decida librar la guerra en sus propios términos.
Geo Maher es un politólogo y activista, que ha estado implicado en la Revolución Bolivariana de Venezuela desde hace más de una década. Su conocimiento del chavismo le sitúa en una posición privilegiada para analizar el golpe del 3 de enero.
El 3 de enero de 2026, el presidente venezolano Nicolás Maduro fue secuestrado junto a su esposa, Cilia Flores. Ambos fueron trasladados al corazón del imperio estadounidense, el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, donde ahora permanecen cautivos (como “prisionero de guerra”, en palabras del propio Maduro). El incidente ha expuesto el imperialismo de Estados Unidos, y ha llevado a los miembros de la administración Trump a defender en los principales medios de comunicación un orden mundial basado en las formas de poder más brutas y el predominio de los intereses nacionales, incluida la declaración de Stephen Miller en CNN. “Nosotros establecemos los términos y condiciones”, dijo sobre Venezuela.
Hay mucha confusión tanto en los medios de comunicación dominantes como en la izquierda sobre el reciente secuestro y encarcelamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro. Los canales oficiales han “justificado” el secuestro como un intento de frenar el narcoterrorismo, específicamente el Cartel de los Soles, así como parte de una guerra más amplia contra los narcos y los narcoestados. Primero, explícanos qué sucedió y cuál fue el contexto que antecedió a esta acción. ¿Por qué Estados Unidos, bajo la segunda administración Trump, decidió capturar a Maduro y cuál es su plan maestro? Lo primero es lo primero: debemos tener absolutamente claro que la incursión militar en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores no tuvieron nada que ver ni con el narcotráfico ni con la democracia. Probablemente la mayoría ya lo sabíamos, pero la administración Trump nos ha hecho el favor de confirmarlo. El Departamento de Justicia se retractó inmediatamente de las acusaciones sobre Maduro como líder del ficticio Cartel de los Soles, mientras que Trump desairó las aspiraciones de régimen de la líder de la oposición María Corina Machado, dejando perfectamente claro que la intervención en realidad tenía que ver con el petróleo venezolano y la proyección del poder estadounidense en la región. En otras palabras, este fue un ataque basado en el pretexto más débil posible.
Los magos suelen emplear una técnica llamada “distracción”, donde con una mano hacen algo para distraer al púbico mientras con la otra realizan el truco. Esto nos resulta familiar por el tipo de mentiras que se desplegaron para justificar la guerra de Iraq, por ejemplo, pero la retórica a día de hoy es prácticamente la misma. Es la forma más perezosa y descarada de distracción posible; aun así, hemos visto a liberales e incluso a algunos sectores de la izquierda repetir algunas de estas afirmaciones, en particular la idea de que Venezuela es una dictadura. Si sabemos que esta invasión no tuvo nada que ver con la democracia, ¿por qué siquiera seguimos hablando en esos términos? Está quedando de manifiesto la facilidad con la que nos distraen quienes están en el poder, incluso cuando están siendo brutalmente honestos sobre sus motivaciones intrínsecas.
¿Qué explica la brutal honestidad de la administración Trump? Aquí creo que la respuesta está en la estrategia de proyección en sí misma que tanto Trump como Marco Rubio han enfatizado, pero también puede verse en las dos audiencias diferentes a las que se dirige esta estrategia. La hegemonía global de Estados Unidos se está desmoronando rápidamente. Trump es más honesto sobre ello que la mayoría de los liberales. Así que su estrategia es reforzar el poder estadounidense materialmente, asegurando el acceso a recursos naturales, desde el petróleo hasta los minerales de tierras raras, al tiempo que evita que caigan en manos de adversarios globales, China en particular. La contradicción es que Estados Unidos carece de la capacidad militar para hacerlo, pero también que, debido a las largas ocupaciones de Iraq y Afganistán, la mayoría de los estadounidenses –un sector clave de la base de Trump en particular– no tienen ganas siquiera de intentarlo.
¿Por qué? Aquí es donde entra la “proyección” de Trump, que debemos entender no en sentido psicoanalítico sino dialéctico: se trata de mostrar músculo antes de negociar. Ya sea mediante aranceles o incursiones de fuerzas especiales perfectamente coordinadas, la estrategia consiste en desplegar el poder de forma espectacular –actuar primero, negociar después– de modo que la propia acción redefina los términos de cualquier negociación posterior. Por eso el gobierno estadounidense puede proclamar su oposición a las “guerras eternas” mientras defiende simultáneamente la Doctrina Monroe y el dominio estadounidense en el hemisferio occidental, desplegando una estrategia agresiva y provocadora para reafirmar ese dominio. Es, en cierto modo, una guerra de guerrillas perversa propia de un imperio en decadencia.
Ahora bien, la dimensión psicoanalítica tampoco está lejos: sabemos que el padre de Trump le enseñó que repetir una mentira suficientes veces acaba convirtiéndola en verdad, estrategia que vemos desplegarse hoy. Pero la izquierda también tiene sus propias distorsiones. Nos aferramos tanto a una imagen de pureza revolucionaria que no solo ignoramos las enormes dificultades de hacer una revolución real, sino que además asumimos automáticamente las peores intenciones tanto del gobierno venezolano como de los cientos de miles de personas que luchan sobre el terreno para hacer esa revolución realidad contra viento y marea.
Y aquí está el punto clave: la solidaridad no sirve de nada cuando las cosas van bien. La solidaridad importa precisamente cuando la situación se complica, como está sucediendo ahora.
Retrocedamos un poco. Este incidente tiene lugar dentro de una longue durée de eventos en Venezuela, desde el éxito de la revolución bolivariana hasta la era post-Chávez, con el intento de golpe fallido que buscaba instalar a Juan Guaidó como presidente, y el fortalecimiento de los marcos de la derecha tanto en el interior del país como en la diáspora.
Es difícil comprender los principales factores que nos han llevado a este momento, y elementos como la política internacional y los debates sectarios complican aún más nuestra comprensión. ¿Puedes explicar brevemente cómo la presidencia de Maduro, y ahora su destitución del cargo, encaja en un panorama más amplio de la historia y la política modernas de Venezuela y qué, si acaso, crees que supone para la trayectoria de la nación? Hay longue durée y luego hay longue durée… Primero, necesitamos entender el proceso bolivariano en el largo arco de unos doscientos años: lo que significaron la independencia y la unidad regional para Venezuela y de manera más amplia para la Gran Colombia. Esto significa entender —como tan bien muestra Greg Grandin en America, América— que la sociedad colonial estadounidense ha visto durante mucho tiempo a Venezuela como un desafío a su propio modelo fascista colonial. Más estrictamente, necesitamos tener absolutamente claro que la Revolución Bolivariana no comenzó con Hugo Chávez Frías, aunque él entró en el espacio de posibilidad histórica para desempeñar un papel crucial. En cambio, este es un proceso que surgió de la lucha guerrillera armada de las décadas de 1960 y 1970, la emergencia de luchas comunitarias territorializadas en la década de 1980, y la rebelión masiva contra el neoliberalismo que fue el Caracazo de 1989.
Chávez había estado conspirando con otros izquierdistas en el ejército, y su hermano Adán estaba afiliado a la clandestinidad armada. Pero las masas venezolanas pillaron a todos por sorpresa cuando respondieron furiosamente al señuelo neoliberal del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, quien había prometido resistir el Consenso de Washington pero terminó siguiéndolo al pie de la letra. Cuando liberalizó los precios de la gasolina, los venezolanos se despertaron con tarifas de autobús más altas. Fue la gota que colmó el vaso y miles se amotinaron, se rebelaron, saquearon y quemaron Caracas y otras ciudades durante una semana.
Nada pone en marcha la historia como un motín –lo sabemos perfectamente bien hoy– y, en 1989, el pueblo venezolano rompió su propia historia en dos, destruyó un sistema represivo bipartidista y posibilitó todo lo que ha venido desde entonces. Todo lo cual ubica este proceso en un marco temporal más largo pero también nos dice que tienen un alcance más amplio. Venezuela estuvo en la vanguardia del bumerán histórico contra la ola neoliberal que devastó América Latina antes de aterrizar con efectos igualmente brutales en el Norte Global. Solo al comprender plenamente la textura histórica de esta prehistoria podemos entonces analizar el proceso bolivariano en el poder como parte de un proceso histórico más largo en lugar de como su comienzo (y mucho menos su final).
¿Cuáles son los hitos de ese proceso? Aquí podemos hablar de aproximadamente tres etapas. La primera fase, que va de 1999 a 2005, se caracterizó por sentar una nueva base democrática, reescribir la constitución y recuperar los recursos naturales. Estos recursos se dedicaron directamente (a través del Sistema Nacional de Misiones, que buscaba eludir la burocracia estatal) a una amplia gama de programas de bienestar social que redujeron drásticamente la pobreza, proporcionaron acceso universal a la salud y la educación, y construyeron millones de unidades de vivienda.
La segunda fase, de 2006 a 2012 aproximadamente, buscó erigirse sobre estos logros progresistas a través de un proyecto mucho más ambicioso que podríamos entender más fácilmente como “revolucionario”. El objetivo en esta fase era transformar toda la estructura política mediante la expansión de consejos y comunas de base, con el objetivo último de poner a la gente común a cargo de sus propias vidas, producir lo que las comunidades realmente necesitan, y reemplazar el estado liberal-burgués tradicional con un nuevo “estado comunal” socialista (esta idea, para ser claros, no fue inventada por Chávez, sino que se remontaba a la lucha armada tardía).
La tercera fase (aproximadamente desde la muerte de Chávez) se ha caracterizado por una profunda crisis económica, política y social. Si bien esta crisis comenzó con la mala gestión del tipo de cambio y la corrupción que la acompañó, podría haberse corregido de no haber sido por otros factores, incluida la agresión y el sabotaje abiertos y violentos que Maduro recibió inmediatamente por parte de Estados Unidos y las fuerzas de oposición venezolanas. Aquí debemos ser claros: la causa más importante de la crisis, y ciertamente de la catástrofe, ha sido el régimen de sanciones absolutamente brutal y asesino instituido tanto por Barack Obama como por Donald Trump. Durante más de una década, Venezuela se ha enfrentado una guerra híbrida que ha devastado la producción de petróleo, paralizado la economía, sumido a la población en el hambre, provocado una crisis de emigración masiva y obligado al gobierno de Maduro a tomar una serie de medidas desesperadas y defensivas en un intento de estabilizar la economía y alimentar a su pueblo.
¿Crees que la administración de Maduro debería haber manejado la transición post-Chávez de manera diferente y, de ser así, cómo? Como muchos otros, he sido escéptico e incluso crítico de ciertas políticas o estrategias adoptadas por el gobierno de Maduro, por ejemplo, el empoderamiento de ciertos sectores militares y las aperturas tanto hacia el sector privado como hacia inversores extranjeros. Pero también sé que esas decisiones se están tomando bajo una coacción severa. La realidad es que si no entendemos la gravedad de las sanciones, no entenderemos nada en absoluto. Y cualquier intento de cuestionar lo que el gobierno de Maduro “debería haber hecho” tendría que comenzar desde el terreno concreto en el que realmente estaba maniobrando.
Ciertamente, el secuestro de Maduro también tiene implicaciones para la región y la geopolítica global más ampliamente. ¿Qué crees que significa para la política en América Latina, para países como Cuba, pero también para la política de la Marea Rosa en general, especialmente mientras la administración Trump continúa su política de antagonizar a líderes de izquierda como Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum (incluso en temas como su apoyo a Palestina y sus críticas a Israel)? Muchos medios de comunicación estadounidenses están trazando un paralelo con Noriega. ¿Hay un precedente para este tipo de política exterior estadounidense hacia América Latina, o estamos presenciando algo nuevo? Nuevamente entendido a través de este largo marco histórico, el proyecto bolivariano y la oposición al mismo han sido siempre transnacionales. Por un lado, esta es una lección clave que arroja tanto la teoría de la dependencia temprana como las luchas revolucionarias: si bien el objetivo es “desvincularse” del sistema capitalista global, las estrategias de autarquía aislacionista o socialismo en un solo país son increíblemente difíciles (si no condenadas al fracaso). La respuesta de Chávez a estos desafíos fue desarrollar instituciones de integración regional: alianzas latinoamericanas, instituciones crediticias y zonas comerciales que fortalecerían los lazos de solidaridad entre gobiernos progresistas e izquierdistas al tiempo que proporcionarían apoyo económico concreto y una red de seguridad política para afrontar crisis momentáneas. Esto significaba instituciones crediticias que no venían con las condiciones del ajuste estructural del FMI/Banco Mundial, pero también el hecho de que, durante la década de 2000, los gobiernos progresistas en Chile y Brasil pudieron respaldar experimentos más radicales en Bolivia y Venezuela.
El capital global y el imperialismo estadounidense han buscado desmantelar esa unidad desde el principio a través de golpes de estado y cuasi-golpes, financiando campañas electorales de la oposición, y facilitando la emergencia de un movimiento juvenil fascista a escala continental bajo el liderazgo del narcofascista colombiano Álvaro Uribe. Si bien este ataque a la Marea Rosa siempre ha sido bipartidista —con Obama y Hillary Clinton canalizando ayuda a la oposición venezolana a través de USAID y facilitando el golpe de 2009 en Honduras— el propio Trump se ha tomado en serio esta tarea, apoyando el ascenso cuasilegal de Bolsonaro en Brasil, candidatos de extrema derecha en Argentina y otros lugares, y ahora un neofascista en Chile. Estos son tiempos oscuros para la unidad regional.
Pero no todo está perdido, y también hemos visto la emergencia de una nueva Marea Rosa desde los lugares más inesperados, específicamente el desarrollo de una hegemonía izquierdista en México –“tan cerca de Estados Unidos, tan lejos de Dios” en la frase de Porfirio Díaz– y el comienzo de algo similar en una Colombia profundamente y estructuralmente fascista. Solo el tiempo decidirá si el corolario de Trump a la Doctrina Monroe atacará estos ejemplos directamente, pero sus movimientos agresivos y el desmantelamiento del poder blando estadounidense en la región es una estrategia arriesgada sin duda.
Fijándose en las luchas en el terreno en Venezuela, los medios de comunicación dominantes –especialmente en el corazón del imperio– han amplificado un bombardeo unilateral de voces de venezolanos de derecha en el país y en la diáspora. Esta narrativa ya habitual dice que no son solo los elementos burgueses tradicionales quienes se opusieron a Chávez y la revolución bolivariana, sino un sentimiento cada vez más generalizado que emerge de las no-élites de clase trabajadora que creen que el gobierno de Maduro fue un fracaso que arruinó la economía y que el propio Maduro era un dictador malvado. ¿En qué medida tiene este argumento algo de validez? ¿Qué clase social apoya el secuestro de Maduro? ¿Es el gobierno de Maduro tan tremendamente popular como lo fue Chávez en su apogeo? Por supuesto que no. Pero establecer este argumento como nuestra línea base garantiza malinterpretar la realidad. Venezuela ha estado inmersa en una crisis económica sostenida durante más de una década, aunque los últimos años han traído más estabilidad, ya que las reformas gubernamentales han mejorado las condiciones en el terreno. Cualquier crisis económica sostenida significará menos apoyo para quienes están en el poder. Esto no solo debería asumirse, sino que el objetivo declarado de las sanciones estadounidenses es simplemente castigar al pueblo hasta que se vuelva contra su gobierno. Esta fue también la estrategia estadounidense durante la Guerra de los Contras, con los sandinistas de Nicaragua: desatar el terror sangriento hasta que el pueblo vote, con una pistola en la cabeza, para poner fin a la revolución, lo que finalmente hicieron en 1990. Es increíblemente tonto interpretar ese resultado, o cualquier elección bajo la coacción de sanciones y guerra, como una victoria para la democracia.
Así que sí, por supuesto que la composición de clase de los votantes de la oposición y de la opinión pública ha cambiado, porque quienes sostienen el peso de la crisis sobre sus espaldas no son las comunidades en el exilio más ricas, aunque esos exiliados siguen siendo los más ruidosos y todavía ocupan la gran mayoría del tiempo en las televisiones. Por supuesto, esto ha significado que un sector de venezolanos menos politizados haya oscilado hacia la oposición. Pero como los mejores analistas en el terreno siempre han dejado claro, estos cambios electorales son en gran medida económicos, a menudo temporales, y de ninguna manera constituyen un respaldo de las políticas de la oposición venezolana, que rara vez ofrece propuestas políticas. Esto tampoco es un accidente, ya que en el transcurso de veinticinco años el chavismo se ha vuelto hegemónico, lo que significa que casi todos creen que el petróleo pertenece al pueblo y debe usarse para su beneficio colectivo. Esto significa que las posiciones políticas sostenidas por la oposición –un retorno al neoliberalismo, la privatización y la austeridad– son profundamente impopulares, por lo que rara vez las enuncian en voz alta. Culpan al gobierno de todos los efectos de la crisis e intentan ganar el poder por defecto.
¿Tiene la resistencia alguna oportunidad de éxito? Esa impopularidad se hace especialmente obvia en momentos como el presente: las encuestas muestran que apenas el 3% de los venezolanos apoya la intervención militar, mientras que muchos autoproclamados “líderes” de la oposición celebran abiertamente los ataques del 3 de enero. En lugar de celebrar en las calles, como algunos en la derecha parecían haber esperado con arrogancia, los votantes de la oposición denunciaron el secuestro de su jefe de estado por una potencia extranjera, mientras que muchos otros expresaron miedo y ansiedad sobre lo que está por venir. La respuesta de muchos otros, en palabras del ex ministro de las comunas Reinaldo Iturriza, fue de luto silencioso que, escribe, es difícil de interpretar pero que debemos trabajar para entender.
La resistencia está ahí, seguro, en las miles de comunas y organizaciones de base que están redoblando y cavando para ganar la lucha a largo plazo. Estos son organizadores cuyo objetivo principal siempre ha sido la defensa de un proceso y no de un gobierno, pero que también entienden que, por ahora, el proceso depende del gobierno. Pero a corto plazo, la pregunta es: ¿resistencia contra quién? ¿Cómo resistes a un enemigo a miles de kilómetros de distancia?
Han surgido todo tipo de teorías de la conspiración en torno a lo que sucedió la noche del secuestro de Maduro. Algunas cosas que sí sabemos, por ejemplo, son que Delcy Rodríguez ha mantenido un tono conciliador y que la respuesta militar esa fatídica noche fue tibia en el mejor de los casos. En ausencia de conocimiento sobre la inteligencia militar estadounidense, nos quedamos teniendo que reconstruir cómo sucedió. ¿Tienes alguna idea sobre estas teorías, o qué papel juega este tipo de operación encubierta en la estrategia y política de la administración Trump en la región? Creo que tienes toda la razón en que estas son teorías de la conspiración y, una vez más, es vergonzoso ver a algunos en la izquierda recurriendo a la conspiración, alimentando la división y asumiendo lo peor sobre el liderazgo venezolano, en lugar de analizar la coyuntura. ¿Qué sabemos sobre la realidad material de la situación? Que el ejército estadounidense tuvo una superioridad militar abrumadora en la operación del 3 de enero, que fue capaz de desplegar 150 aeronaves, fuerzas especiales altamente entrenadas y que dispuso de una capacidad logística sin precedentes para lo que fue esencialmente una operación de robo rápido. Sabemos que hubo una lucha —de hecho fue una masacre, particularmente contra aquellos soldados cubanos que resistieron.
Además, sabemos que las amenazas contra el gobierno bolivariano no terminaron el 3 de enero. Esa demostración de fuerza buscaba moldear un proceso de negociación en curso, en un contexto donde ni una ocupación militar ni un gobierno títere parecen opciones viables. En este escenario, la presidenta en funciones Delcy Rodríguez –tras denunciar públicamente el secuestro– ha adoptado un tono notablemente conciliador. Es cierto que en Venezuela todos intentan interpretar cada palabra de estas declaraciones, pero es crucial no sobreinterpretar la situación ni caer en teorías conspirativas, algo que desgraciadamente está ocurriendo en algunos sectores de la izquierda.
¿Qué papel juega Delcy Rodríguez en estos momentos? Delcy Rodríguez está actuando exactamente como cualquiera actuaría en este tipo de situación si su objetivo es evitar un segundo ataque, y especialmente si su preocupación es estabilizar la economía y aprovechar la situación actual para lograr que se levanten las sanciones. Aplicando la navaja de Occam, nada de esto requiere interpretaciones excesivamente complicadas. Lo que esta estrategia significa a medio y largo plazo es otra cuestión, como lo es también la cuestión más amplia de las diferentes –e incluso contradictorias– motivaciones, valores e intereses que circulan dentro del chavismo. Créanme, como alguien que ha escrito dos libros sobre estas contradicciones: son importantes. ¿Creo que los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López representan el sector más radical de la Revolución Bolivariana? No, no lo creo. ¿Es posible que estén más preocupados por salvar el pellejo que por salvaguardar la Revolución? Sí, es posible.
Pero en un nivel fundamental, estas no son las preguntas esenciales que necesitamos hacernos en este momento. Y lo que los autoproclamados críticos de izquierda no te dirán es que el gobierno actual, a pesar de las contradicciones internas, ha estado trabajando para expandir el alcance y el poder de las comunas durante años. Apenas unos días antes del secuestro, el propio Maduro elogió la consolidación del poder comunal, que hemos visto expandirse por todo el país y que ha sido bien documentado por el Observatorio Venezolano Ant-Bloqueo. Además, el actual ministro de comunas –Ángel Prado, a quien conocí mientras escribía Building the Commune– es un revolucionario increíble y un camarada. En el pasado, sobrevivió a intentos de asesinato por parte de líderes locales chavistas corruptos, y ahora es parte de este gobierno. No es ingenuo ni estúpido, ni tampoco lo son los cientos de miles, si no millones, que saben que cualquier revolución posible debe venir inevitablemente a través del chavismo, no contra él.
De hecho, en los días y semanas desde el secuestro de Maduro, el gobierno ha redoblado la producción comunal, agregando 215.000 hectáreas a un nuevo plan de producción estratégica de alimentos y convocando un congreso nacional sobre la economía comunal para el 4 de febrero, cuando se celebra el aniversario del golpe de Chávez de 1992. Los lectores en inglés pueden leer un número completo de Monthly Review publicado justo el año pasado sobre el tema, que incluye una entrevista con Prado.
Dos de tus libros, Nosotros creamos a Chavéz y Building the Commune, tratan sobre la economía política y la composición de clase de Venezuela. Has escrito extensamente sobre la política del petróleo venezolano y su relación con la revolución bolivariana. ¿Puedes explicar el papel de las sanciones en el deterioro de la producción petrolera venezolana y otros recursos minerales? A pesar de todo el discurso, la política del petróleo en Venezuela sigue siendo poco comprendida, así que repasemos algunos conceptos básicos. Durante el último siglo, la economía de Venezuela ha girado principalmente en torno a las exportaciones de petróleo, que, como muchos economistas y otros han observado desde hace mucho tiempo, es tanto un regalo como una maldición –lo que un ministro de petróleo venezolano describió famosamente en The Economist como “el excremento del diablo”. Lo es porque introduce distorsiones profundas en la economía de un país, pero lo que se reconoce menos es que esto constituye básicamente una amplificación de dinámicas coloniales más profundas: la extracción de recursos transforma cada aspecto de una sociedad, y orientarse hacia el mercado global significa desentenderse de las necesidades internas.
Lo que esto significó para Venezuela resulta revelador: en la década de 1970, aproximadamente el 90 por ciento de la población vivía en ciudades y el 90 por ciento de los alimentos se importaban. Hay una conexión clara entre ambos: el petróleo no se puede comer. Hace mucho tiempo, revolucionarios venezolanos pertenecientes a sectores de la izquierda armada comenzaron a formular una alternativa radical que buscaba “sembrar el petróleo” –por tomar prestada una expresión célebre–, recuperando las rentas petroleras para invertir en la diversificación y reestructuración de la economía en un esfuerzo por revertir estos legados coloniales. Cabe señalar que nunca ha habido una tendencia “antiextractivista” significativa en Venezuela como la que hemos visto en Bolivia y otros lugares; el consenso siempre fue usar el petróleo para ir más allá del petróleo. Esta teoría radical del petróleo fue central para el chavismo, que inmediatamente reconstituyó la OPEP para elevar drásticamente los precios del petróleo, contribuyendo así –y este es un dato importante– más al desarrollo de alternativas verdes en el norte global que la mayoría de nuestros esfuerzos conjuntos.
¿Qué pasos se tomaron para transformar esa estructura? Bajo la bandera de la “soberanía alimentaria”, la producción agrícola durante el gobierno de Chávez aumentó considerablemente, en algunos casos de forma espectacular. Pero la gente también comenzó a comer más y seguía queriendo y necesitando una amplia gama de bienes importados. Y si resulta increíblemente costoso revertir siglos de economía colonial en lo que respecta al cultivo de alimentos, lo es aún más en el caso de productos industriales y especialmente de alta tecnología. Este es el hecho más básico de la trampa de la dependencia global: sigues necesitando importar bienes caros. Así que la diversificación económica más allá del petróleo avanzó algo bajo Chávez, pero nunca fue suficiente, y resultó increíblemente difícil y costoso de sostener. En cada crisis y cada temporada electoral, la opción más barata y efectiva siempre fue usar los ingresos petroleros para abastecer los estantes de los supermercados.
Sé que es una forma indirecta de llegar a la pregunta de las sanciones, pero importa, en parte porque explica lo fácil que fue para Estados Unidos estrangular a Venezuela. Una dependencia de las ventas de exportación y las importaciones de alimentos es un pasivo político masivo y un punto de estrangulamiento económico clave, así que cuando el precio del petróleo comenzó a caer, había menos dinero para alimentar a la gente. Esto era cierto incluso antes de las sanciones. De hecho, hubo un momento en que las comunas se propusieron tomar el control del sector de importación directamente dado lo avanzada que estaba la corrupción en el sector privado. Lamentablemente, esto nunca se materializó, dejando a Venezuela en situación de vulnerabilidad y facilitando que el gobierno estadounidense pusiera en marcha una campaña de inanición contra el pueblo venezolano. Como señalan Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs Sachs, estas sanciones causaron unas cuarenta mil muertes solo en sus primeros dos años.
La gente realmente no entiende cuán severas son estas sanciones ni cómo impactan en el sector petrolero creando una espiral mortal. Estados Unidos ha bloqueado efectivamente no solo la capacidad de Venezuela para vender petróleo dentro del país y a sus aliados, sino que además ha excluido completamente a Venezuela de SWIFT (la red central para las transacciones financieras globales). Esto significa que Venezuela debe pagar seguros de guerra carísimos para el transporte marítimo, enviar el petróleo hasta Rusia o China –al otro extremo del mundo– donde lo vende con grandes descuentos, y luego arreglárselas para cobrar por vías alternativas al margen del sistema financiero internacional. Todo este proceso encarecido y complicado es el mínimo necesario para que Venezuela pueda simplemente vender su petróleo. Los efectos han sido devastadores.
Y el problema va más allá: toda la producción en Venezuela, y la producción petrolera en particular, depende de costosas piezas e insumos químicos que también deben importarse y pagarse. Así que cuando la administración Trump culpa al gobierno de Maduro por el declive de la industria petrolera, estamos ante otra mentira descarada: la producción de petróleo comenzó a reducirse en todo el mundo por la fuerte caída de los precios del petróleo, pero la producción petrolera venezolana colapsó completamente cuando las sanciones lo hicieron imposible.
¿Aceptas la idea de que el control del petróleo u otros recursos naturales es la motivación principal para el secuestro de Maduro? El secuestro de Maduro y Flores y el chantaje al pueblo venezolano está directamente relacionado con el petróleo, pero también tiene que ver con una política exterior más amplia y con el significado que tienen el petróleo y los otros recursos naturales, como los minerales de tierras raras que posee Venezuela. Se trata de acceder a esos recursos, negárselos a competidores como China y Rusia, y reforzar de manera violenta el hemisferio occidental como un bastión para un imperio en quiebra.
También has escrito extensamente sobre las comunas y sus esfuerzos para alejarse de una economía petrolera. Obviamente, mucho ha cambiado desde que comenzaste a investigarlas, pero ¿puedes guiarnos un poco a través de estos cambios? Las comunas de Venezuela son la única solución real a la colonialidad de larga data de la economía del país, y el impacto pernicioso del petróleo en particular. Si el colonialismo, y el petróleo en particular, distorsionan la economía hacia mercados y presiones externos, las comunas apuntan en la dirección opuesta: hacia lo que los teóricos de la dependencia posteriores llamaron “desarrollo endógeno”; hacia la soberanía alimentaria; hacia transformar la economía priorizando las necesidades de la gente, no del capitalismo global; y hacia la independencia real y sustantiva que todo esto acarrea. Las comunas contribuyen a, e incluso representan, el horizonte último del bolivarianismo revolucionario porque proporcionan un mecanismo para que las comunidades determinen sus propias prioridades y necesidades y trabajen colectivamente para satisfacerlas.
Ahora bien, existe una tensión en torno al poder comunal cuando se trata de la crisis, que ya discutí en Building the Commune, y que está profundamente relacionada con las contradicciones planteadas por la propia economía petrolera. Cuando había mucho dinero petrolero circulando, el chavismo pudo –y de hecho lo hizo– dedicar recursos significativos para apoyar y financiar la expansión de la producción comunal. Pero al igual que vemos en el sector sin ánimo de lucro estadounidense, por ejemplo, esto también puede conducir a lo que los economistas llamarían comportamiento rentista, con comunas formándose debido a los recursos disponibles y las necesidades del gobierno en lugar de sus propias necesidades. ¡Había tantas comunas textiles produciendo camisetas en un momento dado! Pero cuando estalló la crisis económica, y particularmente el tipo de crisis que hace casi imposible importar bienes, las cosas cambiaron drásticamente.
Muchas comunas colapsaron inmediatamente, pero la gente todavía necesitaba comer. Aquellas que sobrevivieron comenzaron a proporcionar directamente lo que la gente necesitaba de manera más desesperada, gran parte de lo cual se entregó directamente a la población a través de nuevas redes de distribución administradas por el gobierno. En otras palabras, nada dejó más claro al gobierno venezolano que necesita las comunas que la crisis misma. Nunca celebraríamos este tipo de bautismo de fuego –algo similar sucedió en Cuba durante el “Período especial” después de la caída de la Unión Soviética– pero es una tensión y característica innegable de la realidad. Basándonos en observaciones de los camaradas en el terreno, hay razones para creer que las comunas se han fortalecido en años recientes gracias en parte a los programas de estabilización de emergencia del gobierno de Maduro.
Una parte del programa del chavismo fue construir solidaridad con comunidades de clase trabajadora en todo el mundo, incluso en Estados Unidos. ¿Cómo era esa visión y dónde está ahora? ¿Qué están haciendo (por ejemplo, haciendo campaña para devolver a Maduro a Venezuela) los anticapitalistas antiimperialistas en todo el mundo? Comencé con la cuestión de la solidaridad selectiva, y vale la pena terminar con ello. Hubo un tiempo en que era fácil apoyar la revolución venezolana. A través de CITGO, Venezuela distribuyó combustible gratuito a personas de clase trabajadora en el Bronx y comunidades indígenas en todo Estados Unidos para poder poner la calefacción. Después del huracán Katrina, Chávez ofreció ayuda de emergencia, pero fue rechazada. Y en el apogeo del proceso bolivariano, era fácil y relativamente barato visitar Venezuela para ver el proceso en tiempo real y comprometerse directamente con movimientos en el terreno, y para que los organizadores venezolanos visitaran Estados Unidos, organizando giras de conferencias donde exponían sus posiciones. Esos tiempos desaparecieron hace mucho tiempo, y la solidaridad se ha vuelto mucho más difícil en la teoría y en la práctica.
Pero de nuevo, ¡no necesitamos solidaridad cuando la situación es fácil, la necesitamos cuando la situación es difícil! No se trata de ser solidarios con líderes o presidentes, sino con las comunidades que luchan. No el tipo de solidaridad coercitiva que amenazamos con retirar cada vez que no estamos de acuerdo con esta o aquella política del gobierno venezolano, sino una solidaridad que le dé al proceso revolucionario un respiro estratégico. La crítica es necesaria, pero nuestra crítica debe estar fundamentada en una comprensión material del terreno y de las opciones disponibles, y con un respeto por la estrategia en un contexto donde no tenemos toda la información. Para ser claros, hay muchos críticos en el terreno en Venezuela procedentes de todas las tendencias políticas. A lo largo del proceso venezolano, hemos visto una especie de repetición de debates estratégicos de larga data entre lo que podríamos ver aproximadamente como tendencias y estrategias más trotskistas y más estalinistas, aunque no siempre se identifiquen con esos nombres.
En Venezuela como en otros lugares, las corrientes trotskistas y de extrema izquierda tienen como virtud su espíritu crítico, pero su gran limitación es que no logran entender que un proceso revolucionario es precisamente eso: un proceso, necesariamente difícil, desigual y lleno de contradicciones. Por su parte, las corrientes más “estalinistas” sí comprenden que la transición socialista es compleja y conflictiva, que exige tomar decisiones duras en condiciones inevitablemente adversas; pero su debilidad en Venezuela y otros lugares es un enfoque excesivamente cauteloso y conservador que antepone la estabilidad a la acción transformadora de masas (precisamente el tipo de lucha que hizo posible el proceso bolivariano desde sus inicios). Esos debates continúan teniendo lugar sobre el terreno.
¿Cómo ha sido la respuesta de la izquierda en EEUU? Nosotros en Estados Unidos no tenemos autoridad para decirle a los venezolanos cómo hacer su revolución. Y lo digo no desde un antiimperialismo abstracto, sino desde una comprensión material de lo que está en juego. La consigna “Manos fuera de Venezuela” es importante, pero no basta. No se trata solo de oponernos a la intervención estadounidense en Venezuela –como deberíamos oponernos en todas partes–, sino de apoyar activamente el proyecto político verdaderamente revolucionario que Venezuela ha ofrecido al mundo: democracia directa, economía autogestionada y poder comunitario frente al capitalismo global y el imperialismo.
Nuestra tarea en Estados Unidos no es únicamente combatir el fascismo en las calles, sino también construir una revolución en el vientre de la bestia. Y cuando lo hacemos, estamos librando exactamente la misma lucha que los venezolanos.
Cuando hablamos de construir comunidades sin policía, hablamos de comunidades igualitarias, estables y prósperas donde satisfacemos nuestras necesidades y nos protegemos colectivamente. Cuando enfrentamos a los escuadrones de ICE en las calles y nos negamos a permitir que secuestren a nuestros vecinos y destruyan nuestras comunidades, estamos construyendo y ejerciendo poder colectivo contra el terror fascista. Eso es exactamente lo que los venezolanos defienden, con el agravante de que deben hacerlo mientras resisten el imperialismo estadounidense para conquistar la libertad de construir esa visión revolucionaria.
Pero hay que decirlo sin rodeos: este es un proceso largo y difícil que inevitablemente implica una lucha prolongada y sangrienta contra los enemigos más feroces del progreso.
Más allá de nuestras evaluaciones sobre las virtudes o defectos del liderazgo venezolano, más allá de nuestros propios sectarismos, nuestras tareas para las próximas semanas, meses y años son perfectamente claras. Uno, presionar por una Resolución de poderes de guerra que detenga inmediatamente toda financiación de la agresión contra Venezuela. Dos, exigir la liberación y repatriación inmediatas de Nicolás Maduro y Cilia Flores. Tres, lo más importante: exigir –y luchar por– el levantamiento inmediato de las sanciones, para que los venezolanos puedan decidir por sí mismos –mediante la lucha de masas y no con una pistola en la sien– el rumbo futuro de la Revolución Bolivariana.
Esta entrevista se publicó inicialmente en Spectre el 27 de enero de 2026. Ha sido traducida por Ekaitz Cancela y publicada con el permiso expreso de la revista.