domingo, 5 de abril de 2026

La identidad del sandinismo

El engranaje financiero de la actual guerra en Asia Occidental


26 Marzo 2026

Los hilos del gran capital en movimiento

Un sistema donde la toma de decisiones, los mercados y la intervención militar forman parte de una misma lógica económica (Foto: Archivo)

Dos mil dólares por camión de ayuda humanitaria. Doce mil por transporte comercial. Y una rentabilidad garantizada del 300% en un contrato de siete años.

El artículo publicado por Democracy Defender parte de este dato para plantear una lectura distinta de la guerra contra Irán. No como un episodio estrictamente geopolítico ni como una respuesta a amenazas de seguridad, sino como una estructura en la que el conflicto, la regulación y los mercados operan de forma articulada.

Desde esta perspectiva, el texto propone desplazar el foco de análisis de los discursos oficiales hacia los incentivos económicos que atraviesan la toma de decisiones. En ese marco, la guerra aparece como un espacio donde convergen intereses financieros, redes políticas y oportunidades de rentabilidad.

La tesis se resume en una afirmación que recorre todo el artículo: "Esto no es un subproducto del conflicto. Es el conflicto mismo". A partir de ahí, el análisis se desarrolla siguiendo el rastro del dinero para entender la lógica del conflicto en curso.

Planificación ideológica y captura institucional

El origen de la guerra con Irán es ubicado en un proceso previo de diseño político e institucional, más que en una reacción inmediata a eventos recientes. El artículo destaca el papel de la Heritage Foundation y sus programas asociados (especialmente el Proyecto 2025 y su extensión hacia 2026) como plataformas de articulación de cuadros políticos y lineamientos estratégicos.

Uno de los datos centrales que expone el texto es la composición del aparato gubernamental: aproximadamente el 70% del gabinete de Donald Trump y más de 50 funcionarios federales tendrían vínculos previos con esta red de organizaciones. Esta cifra es un indicador de coherencia interna en la orientación política del gobierno, particularmente en lo relativo a la centralización del poder ejecutivo, la reducción de mecanismos regulatorios y la adopción de una política exterior basada en el uso de la fuerza.

En este contexto, la política hacia Irán tiene una línea de continuidad. El artículo señala que las bases de la estrategia de "máxima presión" fueron elaboradas entre 2022 y 2023, aunque sus antecedentes se remontan a posiciones sostenidas durante décadas por estos centros de pensamiento, que han promovido la ruptura de acuerdos nucleares y el rechazo a mecanismos de negociación directa.

El texto enfatiza que esta orientación incluyó propuestas explícitas de escalamiento militar, como "operaciones sostenidas que incluyeran semanas de bombardeos", en paralelo a la presión política para asegurar asignaciones presupuestarias en defensa. La presencia de estos actores dentro de la estructura estatal habría permitido trasladar esas formulaciones desde el plano teórico hacia la ejecución de políticas concretas.

La idea central la podemos ver reflejada en este planteamiento: "Esto no fue una reacción a los acontecimientos. Fue una estrategia que esperaba al presidente idóneo y la oportunidad de ejecutarla". A partir de esta premisa, el artículo construye su argumento sobre la guerra como resultado de una convergencia entre planificación ideológica, ocupación institucional y condiciones políticas favorables.

Intereses privados dentro de la toma de decisiones públicas

Para ver cómo las decisiones vinculadas al conflicto con Irán se cruzan con trayectorias financieras previas y estructuras de inversión activas hay que desplazar el análisis hacia el interior del gabinete estadounidense. En este nivel, el gobierno es el espacio donde confluyen intereses económicos directamente expuestos a los efectos del conflicto.

En el caso del Departamento de Defensa, el texto se detiene en la figura de Stephen Feinberg, cofundador de Cerberus Capital Management, una firma de capital privado con activos estimados en 70 mil millones de dólares. Desde su posición como Subsecretario de Defensa, participa en la administración de un presupuesto que supera los 900 mil millones de dólares. Pese a compromisos formales de desinversión, Feinberg mantuvo vínculos operativos con Cerberus, cuya cartera incluye inversiones en sectores alineados con la estrategia de defensa. En este contexto, las operaciones militares, como los ataques de 2025 contra instalaciones iraníes, son validaciones de mercado: "Cada ataque exitoso es una prueba de concepto. Cada prueba de concepto aumenta el valor de la cartera".

Luego nos ubicamos en el Departamento de Comercio con Howard Lutnick, director ejecutivo de Cantor Fitzgerald. Desde su rol, impulsó el uso de aranceles y sanciones bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA). Paralelamente, su firma adquiría derechos sobre posibles reembolsos derivados de esos mismos aranceles a precios reducidos (entre 20 y 30 centavos por dólar) anticipando su eventual anulación judicial. Cuando la Corte Suprema invalidó estos aranceles en febrero de 2026, la operación generó retornos estimados entre 300% y 500%.

La empresa, dice el artículo, "apostaba a que los tribunales acabarían declarando ilegales dichos aranceles", convirtiendo la política comercial en un vector de rentabilidad.

En el Departamento del Tesoro, la figura de Scott Bessent introduce otro tipo de vínculo: el de los fondos macroeconómicos con la volatilidad geopolítica. Proveniente de Key Square Group, un fondo especializado en capitalizar fluctuaciones de mercado, Bessent mantiene, según el artículo, exposiciones financieras no completamente liquidadas mientras dirige la política de sanciones. Estas medidas —especialmente contra entidades vinculadas a Irán— generan impactos directos en variables como el precio del petróleo, las divisas regionales y los mercados de futuros. En ese sentido, el texto recoge la valoración de analistas que describen este escenario como una ganancia histórica para actores con información anticipada sobre el alcance y el momento de las sanciones.

Por su parte, en el Departamento de Energía, Chris Wright, fundador de Liberty Energy, aparece vinculado al sector del fracking. Sus declaraciones financieras revelan participaciones significativas en empresas energéticas, en un contexto donde la política de sanciones contra Irán ha retirado volúmenes relevantes de crudo del mercado internacional. Esta restricción de oferta, sumada a tensiones en puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz, contribuye a la presión al alza en los precios. Los productores estadounidenses de hidrocarburos no convencionales se posicionan como beneficiarios directos del reequilibrio del mercado.

Estos casos forman parte de una misma estructura. La guerra, en este marco, incide directamente sobre activos, inversiones y modelos de negocio vinculados a quienes participan en su conducción.

Reconstrucción, contratistas y la rentabilidad del conflicto

El artículo amplía su análisis hacia una fase que trasciende el desarrollo inmediato del conflicto: la reconstrucción. Allí, la guerra se convierte en un proceso que se prolonga en nuevas oportunidades económicas vinculadas a la infraestructura, la inversión y la gestión territorial posterior.

En el centro de este esquema aparece la denominada Junta de Paz, un organismo que supervisa un fondo estimado en 17 mil millones de dólares destinado a proyectos de reconstrucción en zonas de conflicto. A diferencia de estructuras tradicionales de cooperación internacional, esta instancia estaría integrada principalmente por actores del sector privado, incluyendo magnates inmobiliarios y figuras del capital financiero cercanas al entorno político de la administración.

Destaca particularmente el papel de Jared Kushner y su firma Affinity Partners, que habría recibido 2 mil millones de dólares del Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita. Sobre esa base, el modelo descrito combina financiamiento soberano con gestión privada, en el que los ingresos no dependen exclusivamente del rendimiento de los proyectos, sino también de comisiones fijas. Se señala que Kushner percibe 25 millones de dólares anuales en honorarios de gestión, independientemente de los resultados del fondo.

La proyección de este esquema hacia un escenario de posconflicto en Irán se traduce en estimaciones de negocio de gran escala. El texto menciona evaluaciones que sitúan el potencial de desarrollo inmobiliario en torno a 115 mil millones de dólares, incluyendo propuestas para la construcción de infraestructura turística y urbana de alto nivel, como hoteles e islas artificiales. Estas iniciativas se presentan como oportunidades de inversión para fondos soberanos del Golfo, en un contexto donde la destrucción de infraestructura previa crea las condiciones materiales para nuevos ciclos de inversión.

En paralelo, el artículo introduce el rol de empresas contratistas y operadores logísticos, que forman parte de esta economía del conflicto. Casos como el de Gothams LLC ilustran este nivel. Su propuesta contractual contemplaba tarifas de 2 mil dólares por camión de ayuda humanitaria y 12 mil dólares por transporte comercial, junto con una rentabilidad garantizada del 300% y un monopolio operativo de siete años. Este tipo de esquemas son un modelo replicable para escenarios posteriores al conflicto, donde la provisión de servicios básicos se convierte en un segmento altamente rentable.

Asimismo, se menciona la expansión de empresas militares privadas, como UG Solutions, que operan en zonas de conflicto bajo esquemas que permiten externalizar funciones sensibles y reducir los mecanismos de supervisión institucional. Estas estructuras facilitan la ejecución de operaciones logísticas y de seguridad fuera de los canales tradicionales del control estatal.

"La misma red política que impulsó la guerra ahora se beneficia de la reconstrucción", dice el texto. Bajo esta lógica, la economía del conflicto va más allá del momento de la confrontación y se extiende hacia su administración posterior, integrando destrucción, financiamiento e inversión dentro de un mismo circuito económico.

La guerra como modelo económico

En su tramo final, el artículo sintetiza los distintos niveles analizados para plantear una interpretación integral del conflicto. La guerra contra Irán es una estructura en la que cada componente cumple una función dentro de un mismo sistema de incentivos.

Esta lógica se articula de manera escalada. A nivel ministerial, los responsables de áreas clave —defensa, comercio, tesoro y energía— mantienen vínculos directos o indirectos con sectores que se ven beneficiados por las dinámicas del conflicto. A nivel estratégico, se encuentran las redes político-empresariales que proyectan oportunidades de inversión sobre escenarios de posguerra. El nivel operativo incorpora a contratistas, firmas privadas y actores financieros que capturan rentabilidad en distintas fases del proceso, desde la sanción hasta la reconstrucción.

La guerra es un circuito continuo donde las decisiones de política exterior impactan mercados, alteraciones en precios de materias primas, activación de contratos de defensa, generación de oportunidades de inversión y, finalmente, reconstrucción financiada bajo esquemas que garantizan retornos elevados. Cada etapa prolonga la anterior.

El artículo lo resume así: "Esto no es una guerra con algunos casos de corrupción. Es una estructura financiera disfrazada de política exterior". Desde esta perspectiva, el conflicto se convierte en un mecanismo de generación de valor dentro de una red específica de actores.

La convergencia entre poder político, capital privado y arquitectura institucional configura un modelo en el que la guerra opera como sistema. Un sistema donde la toma de decisiones, los mercados y la intervención militar forman parte de una misma lógica económica.

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Los imperialistas no pueden ganar en ninguno de los cuatro principales frentes.

                                                                                     
 

 23 de marzo de 2026











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Los imperialistas no pueden ganar en ninguno de los cuatro frentes principales.

Stephen Cho | Coordinador del Foro Internacional Coreano, Organizador de la Plataforma Mundial Antiimperialista

Estados Unidos, potencia imperialista, desencadenó la guerra en Irán, que de inmediato se convirtió en un conflicto más amplio en Asia Occidental. Este conflicto, a su vez, está acelerando el estallido de la guerra en Asia Oriental, lo que marca la escalada a gran escala de la Tercera Guerra Mundial.

La facción de Trump se ha convertido en la principal responsable de los crímenes de guerra, acelerando el estallido de la Tercera Guerra Mundial mediante guerras de agresión imperialistas. Los chovinistas estadounidenses quedan al descubierto como fascistas sin precedentes, superando incluso a los globalistas en su infamia.

La guerra en Asia Oriental catalizaría aún más la guerra en Europa del Este, y el escenario centroamericano no sería una excepción. Asia Occidental, Asia Oriental, Europa del Este y Centroamérica se convirtieron en los principales campos de batalla de la Tercera Guerra Mundial: las líneas del frente de la liberación nacional y de clase donde se enfrentan el bando antiimperialista y el imperialista.

El bando imperialista está cometiendo un error fatal al abrir múltiples frentes simultáneamente sin lograr la victoria en ninguno. Su estrategia de la "Nueva Guerra Fría", concebida bajo la perspectiva de la Tercera Guerra Mundial, ya está siendo frustrada por la abrumadora ofensiva de las fuerzas antiimperialistas.

La administración Trump se encuentra actualmente sumida en una grave crisis política y económica. Como consecuencia de la guerra arancelaria, la inflación se ha disparado, provocando un fuerte deterioro de la opinión pública. La deportación forzosa de latinos y otros inmigrantes, sumada a los incidentes de Minneapolis, ha agriado aún más el sentir popular. Tras la declaración de ilegalidad de los aranceles por parte del Tribunal Supremo de Estados Unidos, la política comercial de la administración Trump se encuentra en un punto muerto. Para colmo, el escándalo de los "Archivos Epstein" —que supuestamente implica no solo a Trump sino también a Melania— ha mermado la autoridad moral y la legitimidad que le quedaban a la administración. Como resultado, el gobernante Partido Republicano ha sufrido aplastantes derrotas en todas las elecciones celebradas desde la investidura de Trump. En particular, perdieron en Texas —estado donde obtuvieron una victoria aplastante en las últimas elecciones presidenciales— e incluso en Georgia, bastión del movimiento MAGA, el candidato demócrata logró obtener el primer lugar en la primera vuelta.

La administración Trump ha cometido un error estratégico fatal al instigar la guerra en Irán y Asia Occidental, e impulsar aún más el conflicto en Asia Oriental, revirtiendo así la estrategia de "prioridad al hemisferio occidental" especificada en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 (noviembre de 2025) y la Estrategia de Defensa Nacional 2026 (enero de 2026). Incluso dentro de Estados Unidos, las condenas no se hacen esperar, calificando la guerra de Irán como "una guerra por Israel, no por Estados Unidos". Incluso Tucker Carlson, periodista que durante mucho tiempo apoyó a Trump, denunció la guerra de Irán como una decisión "absolutamente repugnante y malvada". La película "Wag the Dog" se está convirtiendo en una realidad literal.

A pesar de arriesgarse a dar marcha atrás en su propio marco político, Trump, lejos de ocultar los problemas políticos y económicos desfavorables, se enfrenta a una creciente crisis de gobernabilidad en medio de índices de aprobación iniciales históricamente bajos para la guerra. En Irán, ha surgido un líder supremo de línea dura con autoridad de "Imán". Además, los precios del petróleo, que alguna vez se dispararon a 120 dólares, están en camino de superar los 150 dólares y potencialmente alcanzar los 200. En un estado de hiperinflación, Estados Unidos no tendrá más remedio que subir las tasas de interés, lo que podría provocar un desplome bursátil y llevar a la economía estadounidense al borde del colapso. En consecuencia, la facción de Trump y el Partido Republicano tienen garantizada una derrota total en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, lo que los llevará a una inmediata situación de gobierno saliente. La guerra en Irán, iniciada para escapar de la crisis, se ha convertido en el golpe fatal que la amplifica.

Hasta hace poco, los chovinistas estadounidenses se oponían a la guerra en Ucrania y al conflicto palestino-estadounidense en Asia Occidental. Más precisamente, su postura no era «antibélica», sino de «evitación de la guerra». Esto no se basaba en una ideología pacifista, sino en la evaluación pragmática de que tales guerras son imposibles de ganar y conllevan una pérdida catastrófica de vidas y bienes. Sin embargo, ahora han dado un giro radical a esta postura al lanzar la guerra en Irán. A diferencia de los globalistas, que libraron guerras indirectas a través de neonazis ucranianos y sionistas israelíes, esta es una guerra directa con Estados Unidos a la cabeza. Ya no se trata de un conflicto localizado centrado en Palestina, sino de una guerra a gran escala que abarca todo el teatro de operaciones de Asia Occidental.

La máxima expresión de la política fascista es la guerra contra naciones extranjeras, mientras que su mínimo es la persecución de extranjeros e inmigrantes. Hasta hace poco, los chovinistas estadounidenses se habían limitado al mínimo —la persecución de inmigrantes—, evitando así ser acusados ​​de ser una fuerza que fomenta el calentamiento global. Sin embargo, la situación ha cambiado por completo. Si los globalistas estadounidenses fueron condenados como fascistas por librar guerras indirectas y localizadas, entonces los chovinistas —que ahora llevan a cabo guerras directas y a gran escala aún más extremas— merecen ser denunciados como fascistas que superan a los globalistas. Los chovinistas estadounidenses han abierto las puertas del infierno con sus propias manos.

El capital sionista (capital transnacional sionista), fuerza central del bloque imperialista, abarca y controla tanto a globalistas como a chovinistas mediante un sistema de influencias. Al financiar las campañas electorales de las fuerzas chovinistas estadounidenses y colocar estratégicamente a sus secuaces dentro del gobierno chovinista, el capital sionista impone políticas bélicas imperialistas a través de un extenso cabildeo y la manipulación de la opinión pública. En el sistema estadounidense de capitalismo monopolista de Estado, el capital monopolista que dicta la política nacional es el capital sionista, y los burócratas que la ejecutan conforman el Estado profundo. Dentro de la administración Trump, los elementos anti-Estado profundo son débiles, mientras que las fuerzas del Estado profundo controladas por el capital sionista impulsan la guerra en Irán con un ímpetu abrumador. No es casualidad que funcionarios de la facción anti-Estado profundo, como el Director del Centro Nacional Antiterrorista, hayan dimitido sucesivamente en oposición a la guerra de Irán.

El dilema de Trump no le dejó otra opción que llevar a cabo la guerra en Irán, tal como lo había planeado el capital sionista, y el mundo ahora presencia un efecto dominó bélico a medida que el conflicto se extiende a Asia Occidental, Asia Oriental y Europa del Este. La astucia del capital sionista queda al descubierto en su impulso decisivo para una escalada a gran escala de la Tercera Guerra Mundial, utilizando a los chovinistas estadounidenses, quienes anteriormente se habían opuesto a un conflicto global de tal magnitud. El notorio anhelo de Netanyahu, «un deseo largamente anhelado durante 40 años» —una guerra con Irán— se ha hecho realidad gracias al insensato chovinista Trump. La guerra en Irán es una guerra de agresión imperialista iniciada por el gobierno chovinista estadounidense, instigada por el Israel sionista bajo la manipulación del capital sionista.

Los criminales de guerra responsables del conflicto en Asia Occidental son, sin duda, los Estados Unidos imperialistas. La administración Trump —un gobierno chovinista e imperialista— es responsable de haber iniciado las guerras en Irán y en el resto de Asia Occidental. Si la guerra en Asia Occidental se intensifica hasta convertirse en una guerra a gran escala, inevitablemente desembocará en una guerra en Asia Oriental. Dicha guerra en Asia Oriental marcaría la escalada total de la Tercera Guerra Mundial, lo que haría a la administración Trump penalmente responsable de dicha escalada.

La guerra en Asia Occidental es actualmente la única guerra regional. Cuando Estados Unidos e Israel atacaron a Irán, este respondió atacando bases militares estadounidenses y israelíes en países árabes del Golfo Pérsico. Junto con Irán, Hezbolá en Líbano, Ansar Allah en Yemen y las milicias chiíes en Irak se unieron de inmediato a la lucha contra Estados Unidos e Israel. La guerra en Ucrania sigue siendo un conflicto interno, y la guerra en Asia Oriental aún no ha comenzado. Sin embargo, es solo cuestión de tiempo antes de que estallen las guerras en Asia Oriental y Europa del Este: la segunda y la tercera guerra regional.

En octubre de 2023, la guerra en Palestina se extendió rápidamente a un conflicto más amplio en Asia Occidental. Hezbolá en Líbano y Ansar Allah en Yemen se sumaron a la contienda, y también se produjeron enfrentamientos entre Irán e Israel. Sin embargo, siguió siendo una guerra regional centrada en Palestina: un conflicto localizado, confinado a una zona limitada.

En febrero de 2026, estalló la guerra en Irán, que se extendió de inmediato a toda Asia Occidental. Esta guerra, centrada en Irán, no se limita a Israel, sino que también incluye a los países árabes del Golfo Pérsico que albergan bases militares estadounidenses. El conflicto regional en torno a Irán ya no se limita a un conflicto localizado; se ha convertido en una guerra que abarca toda la región de Asia Occidental: una guerra total y sin cuartel.

Estados Unidos se encuentra en desventaja en la guerra contra Irán. Si bien ha logrado la superioridad aérea y naval gracias a su abrumadora fuerza militar, se ve cada vez más obligado a adoptar una postura defensiva debido a las contramedidas firmes, decididas y calculadas de Irán. Los misiles y drones iraníes están atacando eficazmente bases estadounidenses y puntos clave en los países árabes del Golfo Pérsico —aliados y puntos vulnerables de Estados Unidos—, además de destruir objetivos militares y políticos estratégicos en la capital y las principales ciudades de Israel.

En particular, el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz ha disparado los precios del petróleo, acorralando al gobierno de Trump. Los países árabes del Golfo Pérsico se encuentran en apuros y presionan a Estados Unidos, mientras que la opinión pública estadounidense se deteriora rápidamente debido al alza de los precios del petróleo. Una guerra que se inició para superar la crisis política y económica del gobierno de Trump, en realidad la está agravando. El gobierno, temiendo que la guerra en Irán se convierta en una «segunda guerra de Irak» o una «segunda guerra de Afganistán», intenta contener la situación con rapidez. Sin embargo, carece del poder para frenar simultáneamente la agresiva ofensiva de Israel para desmantelar por completo el régimen iraní y la contraofensiva de Irán, que exige una intervención decisiva. Empezar una guerra puede ser fácil, pero terminarla nunca lo es.

Si la guerra en Asia Oriental estalla posteriormente, Irán, al igual que Rusia, abandonará su política de «paciencia estratégica» y pasará de la defensa a la ofensiva. En otras palabras, lo que ha sido una guerra defensiva en Asia Occidental para la supervivencia de Irán y el «Eje de la Resistencia» se transformará en una guerra ofensiva en Asia Occidental que amenaza la existencia misma de Israel. Irán lleva mucho tiempo preparándose para una guerra prolongada con Estados Unidos. Esta guerra en Irán es una guerra para la que Estados Unidos no estaba preparado, pero para la que Irán sí lo estaba.

La guerra en Asia Occidental acelera la guerra en Asia Oriental. Si la existencia misma del régimen iraní se ve amenazada por el inicio de una guerra terrestre a gran escala por parte de Estados Unidos, la intervención total de las fuerzas de la OTAN y el redespliegue masivo del poder militar estadounidense desde el Pacífico Occidental, China finalmente librará una guerra en Taiwán. La guerra en Irán está empujando decisivamente a China hacia el inicio de una guerra por Taiwán.

En 1950, cuando Estados Unidos se vio envuelto en la Guerra de Corea, China anexó inmediatamente el Tíbet. En 2026, si Estados Unidos se involucra en la guerra de Irán, China anexará inmediatamente Taiwán. China comprende bien que la impaciencia es un problema, pero también lo es la actitud de esperar y ver. Taiwán es fundamental para sus intereses y una aspiración centenaria del Partido Comunista de China. Recientemente, China reorganizó la Comisión Militar Central del Partido Comunista. Del 29 al 31 de diciembre de 2025, China llevó a cabo un inusual y urgente ejercicio de cerco alrededor de Taiwán, y menos de un mes después del estallido de la guerra en Irán, el 14 de marzo de 2026, volvió a lanzar maniobras militares amenazantes dirigidas a Taiwán.

La guerra de China en Taiwán provocará inmediatamente una guerra de la RPDC en Corea del Sur. Según el tratado entre la RPDC y China, firmado en 1961 entre el presidente Kim Il Sung, quien visitó Pekín, y el primer ministro Zhou Enlai, y reafirmado en 2019 entre el presidente Xi Jinping, quien visitó Pyongyang, y el presidente Kim Jong Un, si China o la RPDC emprenden una guerra contra el imperialismo, la otra inevitablemente se unirá.

El bloque imperialista intentó provocar una «Segunda Guerra de Corea» en la península coreana entre septiembre y noviembre de 2024, pero estos intentos fueron frustrados por la capacidad de disuasión de la RPDC, su política de «paciencia estratégica» y la heroica resistencia del pueblo de la República de Corea. Ahora, vuelven a instigar una guerra en Asia Oriental por una nueva ruta: una guerra en Taiwán seguida de una guerra en la República de Corea.

Combinar una guerra en Taiwán con una guerra en Corea del Sur constituye una guerra en Asia Oriental. Dadas las tendencias actuales, Estados Unidos y Japón no intervendrán en estas guerras. Carecen tanto de la voluntad como de la capacidad para hacerlo. Estados Unidos ha afirmado durante mucho tiempo que puede ganar guerras simultáneamente en dos o más frentes, pero nunca lo ha logrado. Si las guerras en Taiwán y Corea del Sur se consideran un solo frente en Asia Oriental, entonces, junto con la guerra en Irán, forman dos frentes, y con la guerra en curso en Ucrania, se convierten en tres. Además, la guerra en Irán se ha extendido a una guerra más amplia en Asia Occidental, y la guerra en Ucrania está a punto de extenderse a una guerra en Europa del Este, formando tres grandes frentes de conflicto. Una potencia imperialista que nunca ha logrado la victoria en un solo frente tiene cero posibilidades de ganar en todos ellos. Además, una guerra en Centroamérica se convertiría en un último frente.

China y la RPDC buscarán concluir sus operaciones en tres días utilizando armas nucleares tácticas como parte de sus planes operacionales. Tres días es el plazo límite antes de que se puedan desplegar refuerzos externos. Si bien lo ideal sería someter al enemigo sin armas nucleares tácticas, si esto resulta difícil, no dudarán en utilizarlas. China y la RPDC llevan mucho tiempo preparando y ensayando repetidamente planes de operaciones militares de tres días que incluyen el uso de armas nucleares tácticas. La única diferencia es que China mantiene estos asuntos en secreto, mientras que la RPDC los hace públicos. En resumen, una guerra en Asia Oriental sería una guerra ultracorta, que terminaría en cuestión de días.

Si estalla la guerra en Asia Oriental, se convertirá en una Tercera Guerra Mundial en toda regla. Con la guerra en Asia Oriental, la Tercera Guerra Mundial entrará en su fase de máxima intensidad.

A la guerra en Asia Oriental le seguirá la guerra en Europa del Este. Si China y la RPDC abandonan su política de «paciencia estratégica» y lanzan guerras por Taiwán y la República de Corea, no hay razón para que Rusia no haga lo mismo. Desde febrero de 2022, Rusia ha aplicado durante cuatro años la conocida estrategia de guerra de desgaste de la Segunda Guerra Mundial en la guerra de Ucrania; ahora adoptará una nueva estrategia, más preparada.

Rusia extenderá el campo de batalla desde la zona localizada de Novorossiya en Ucrania a regiones más amplias de Europa del Este y del Norte. Esto es precisamente lo que la OTAN ha previsto estratégicamente desde hace tiempo con su política de expansión hacia el este. La extensión de la guerra en Ucrania a un conflicto más amplio en Europa del Este implica que Rusia se enfrentará directamente a las fuerzas de la OTAN, en lugar de a su aliado, el ejército ucraniano. En otras palabras, la guerra entre Rusia y la OTAN por Ucrania pasará de ser una guerra indirecta a una guerra directa.

En la guerra de Europa del Este, el objetivo de Rusia sería incorporar a Ucrania y otros antiguos estados soviéticos a la Federación Rusa, y obligar a países como Polonia, en Europa Central, y Finlandia, en Europa del Norte, a retirarse de la OTAN, convirtiéndolos en zonas de amortiguación neutrales. Si se logra este objetivo, la OTAN se verá gravemente debilitada o colapsará por completo.

Rusia empleará inicialmente armas no nucleares, como el misil Oreshnik, y tratará de limitar al máximo el uso de armas nucleares. Sin embargo, si la guerra no concluye a corto plazo, utilizará armas nucleares tácticas sin dudarlo. Ningún país de la OTAN —incluidos Estados Unidos, el Reino Unido o Francia— se atrevería a librar una guerra nuclear contra Rusia. El sistema de defensa colectiva de la OTAN colapsaría irremediablemente ante el uso audaz y abrumador de armas nucleares tácticas por parte de Rusia.

La guerra en Centroamérica sería la batalla final. Centroamérica se convertiría en el cuarto gran escenario bélico. Si bien la guerra en Asia Oriental será de muy corta duración, las guerras en Asia Occidental, Europa del Este y Centroamérica están destinadas a convertirse en conflictos de mediano a largo plazo.

La victoria del bando antiimperialista en el hemisferio oriental inspirará poderosamente a las fuerzas antiimperialistas en el hemisferio occidental. Países antiimperialistas fuertes como Venezuela y Cuba abandonarán las humillantes negociaciones con Estados Unidos y lucharán bajo una clara bandera antiimperialista. Naciones como Colombia, México y Nicaragua se sumarán a esta corriente. La lucha antiimperialista en Centroamérica se extenderá a Sudamérica y se convertirá en una resistencia regional de todos los pueblos latinoamericanos.

Estados Unidos carece tanto de la voluntad como de la capacidad para librar una guerra a gran escala, incluyendo operaciones terrestres, en Centroamérica. Su única opción es una guerra limitada, e incluso esta se verá aún más restringida.

El apoyo militar y económico de potencias antiimperialistas como Rusia, China y la RPDC llegará en abundancia, acompañado de un movimiento de Brigadas Internacionales que recuerda a la Guerra Civil Española de 1936. La derrota del imperialismo estadounidense en Centroamérica es solo cuestión de tiempo. Una vez que el sentimiento antiimperialista se extienda por Centroamérica, la estrategia de «fortificación del hemisferio occidental» se derrumbará antes incluso de poder comenzar.

A medida que se intensifica la Tercera Guerra Mundial, el bando imperialista definirá a los países antiimperialistas que inevitablemente empleen armas nucleares tácticas como el "nuevo eje del mal", completando así la estructura de la "Nueva Guerra Fría".

Incluso si China, la RPDC y Rusia utilizan armas nucleares tácticas en los escenarios de Asia Oriental y Europa del Este, el bloque imperialista permanecerá paralizado, incapaz de usarlas en ningún escenario por temor a la Destrucción Mutua Asegurada (MAD). Si Estados Unidos lanzara un ataque nuclear —táctico o de otro tipo— contra China o la RPDC, estas naciones responderían inmediatamente con ataques de represalia contra el territorio continental estadounidense. Lo mismo ocurriría con la OTAN y Rusia. Además, en un escenario donde se desconoce la naturaleza de la ojiva —ya sea atómica o de hidrógeno—, todas las partes asumirán el peor escenario posible y tomarán las contramedidas correspondientes. En consecuencia, Estados Unidos y sus aliados se encontrarían en una posición en la que no podrían usar armas nucleares. Hasta ahora, Estados Unidos ha mantenido con complacencia la creencia de que podía emplear armas nucleares sin enfrentar un ataque recíproco, asumiendo un estado de primacía nuclear. Sin embargo, la realidad actual es precisamente la opuesta.

Partiendo de la premisa de que China, la RPDC y Rusia deben ser los primeros en emplear armas nucleares tácticas, Estados Unidos e Israel no pueden recurrir a ellas, incluso si la guerra en Irán se prolonga y se acumulan consecuencias catastróficas. En el momento en que utilicen armas nucleares tácticas, perderán la capacidad de presentar a sus adversarios como el «nuevo eje del mal». Este ha sido un cálculo estratégico constante del bloque imperialista desde el inicio de la Tercera Guerra Mundial.

De cara al futuro, el bloque imperialista priorizará el fortalecimiento del hemisferio occidental en el marco de la nueva Guerra Fría, al tiempo que intentará mantener el control neocolonial sobre los países de Asia y África que aún se encuentran bajo su influencia. Lucharán desesperadamente por erigirse como vencedores finales —como lo hicieron durante la Guerra Fría— liderando la carrera en ciencia y tecnología de vanguardia, incluida la inteligencia artificial.

Sin embargo, a medida que los países antiimperialistas salen victoriosos en los principales escenarios orientales, resulta impensable que otros países de Oriente o Latinoamérica, en el hemisferio occidental, se sometan a la esclavitud imperialista. En el ámbito de la tecnología avanzada, el bando antiimperialista goza de una ventaja absoluta, impulsada por la cooperación colectiva de las masas y unos recursos inagotables.

Ante el colapso de la hegemonía global y la profundización de las crisis políticas y económicas, el bloque imperialista provocó la Tercera Guerra Mundial como último recurso mediante su nueva estrategia de Guerra Fría. Sin embargo, este error fatal solo aceleró su caída definitiva. Quien juega con fuego, perece. El bando imperialista no puede ganar en ninguno de los cuatro frentes principales. El pueblo unido jamás será derrotado. La victoria final de la Tercera Guerra Mundial pertenece al bando antiimperialista.

sábado, 4 de abril de 2026

Díaz-Canel ofrece detalles de la naturaleza del diálogo que mantiene Cuba con EE.UU.


Marzo 26/2026

El mandatario reveló que los contactos, facilitados por "operadores internacionales", todavía están en fase preliminar.

Chip Somodevilla / Gettyimages.ru

El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ofreció detalles de la naturaleza de las conversaciones entre su Administración y el Gobierno de EE.UU., así como de las expectativas que, hasta ahora, La Habana se ha planteado con esta iniciativa, que no es inédita en la historia de la Revolución cubana.

«Siempre que han existido relaciones tensas, como las que están a este nivel entre el Gobierno de EE.UU. y Cuba, han aparecido personas, instituciones –algunas gubernamentales y otras no gubernamentales– que han tratado de buscar que se construyan canales para favorecer el diálogo entre ambos gobiernos y superar las diferencias que puedan existir –de antagonismo– entre ambos, sobre todo buscando evitar confrontación y poder solucionarlas, y eso está sucediendo en estos momentos«, sostuvo el mandatario en una entrevista concedida al político y periodista español Pablo Iglesias, cuando le preguntaron por el tema.

El líder cubano advirtió que si se pretende llegar «a un acuerdo», el proceso será «largo», porque «primero hay que construir el canal de diálogo, después hay que construir agendas comunes de intereses para las partes y que las partes demuestren la intención de avanzar y de verdad comprometerse con el programa. Y, a partir de la discusión de esas agendas, llegar a acuerdos que, en verdad, sean beneficiosos para ambas partes» y «concluir con resultados».

«Política consistente»

Díaz-Canel aseguró que, pese a las numerosas tergiversaciones y manipulaciones, los contactos entre las autoridades cubanas y sus contrapartes estadounidenses no son ni por mucho una excepción; antes bien, se inscriben dentro de una «política consistente» desarrollada por la Revolución cubana desde hace más de seis décadas, como lo demuestran los intentos emprendidos entre el Gobierno cubano y las gestiones de John Fitzgerald Kennedy, Jimmy Carter, Ronald Reagan, Bill Clinton y Barack Obama. Estas apuestas, dijo, «se malograron por diferentes circunstancias», pero existieron e incluso dieron algunos frutos puntuales.

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«La Revolución siempre, desde los primeros años, planteó que estaba dispuesta a tener un diálogo con el Gobierno de EE.UU. sobre posiciones de respeto e igualdad, sin presiones y sin condicionamientos, para encontrar soluciones a nuestras diferencias. O sea, esa disposición ha estado a lo largo de toda la Revolución. Por lo tanto, esto que estamos planteando ahora, no contradice para nada la historia de la Revolución», enfatizó.

En su opinión, las negociaciones con Obama, que estuvieron encabezadas por el entonces presidente y dirigente histórico de la Revolución, Raúl Castro, fueron particularmente auspiciosas, pues se tradujeron en acuerdos que lograron «fracturar algunas de sanciones que tenía Cuba en aquel momento».

Así las cosas, llamó a recordar que en esa época, Castro dijo: «Nosotros estamos dispuestos a construir una relación civilizada entre vecinos, independientemente de las diferencias ideológicas» y destacó la viabilidad de esa alternativa, al invocar que la Casa Blanca ha optado por mantener relaciones con países como Rusia y China, a los que no ha dejado de calificar como «adversarios».

«Lo que estamos haciendo no es un primer momento en la historia: responde a una posición histórica de Cuba. Nosotros no somos guerreristas, nosotros no ofendemos, nosotros no vamos a hacer nada en contra de EE.UU., nosotros no bloqueamos EE.UU. El bloqueo es unilateral, es una decisión unilateral del Gobierno de EE.UU.», redondeó.

Bajo el liderazgo de Raúl

Díaz-Canel aprovechó la ocasión para desmentir la existencia de «divisiones en la dirección de la Revolución», como se ha especulado desde el extranjero. En su lugar, reiteró que Raúl Castro ostenta un liderazgo indiscutible en Cuba, dada su condición de figura histórica de la Revolución.

En la misma línea aseveró que Castro, sin dejar de reconocer que ahora mismo la situación es «compleja», ha orientado, en conjunto con otras instancias colegiadas de la nación antillana, la ruta hacia el diálogo iniciada con EE.UU., en virtud de «su compromiso con el pueblo, con la Revolución y con salvar al país de la agresión» militar directa.

«Bajo esa orientación, bajo esa dirección colegiada y encabezada por él [Raúl Castro] y uno [Díaz-Canel], funcionarios nuestros sostuvieron conversaciones con el Departamento de Estado que van en la dirección de discutir nuestras diferencias para encontrarles solución», apuntó.

¿Qué quiere EE.UU.?

Tras ser interrogado sobre lo que Washington desea obtener en un eventual proceso de negociación con La Habana, el dignatario cubano admitió que «todavía a ese momento no se ha llegado» y que los contactos, facilitados por «operadores internacionales» –cuya identidad declinó revelar, dada la naturaleza «muy sensible» del proceso–, todavía están en una fase muy incipiente.

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En contraste, ofreció una lista de temas que podrían discutirse. Una lista parcial incluye inversiones, participación de EE.UU. en la economía cubana, migración, combate al narcotráfico y al terrorismo, medioambiente, seguridad regional y cooperación científica y educativa.

Asimismo, puntualizó cuáles serían los asuntos que La Habana no está dispuesta a tolerar de ningún modo: «Que nos condicionen de que para conversar hay que adoptar una determinada posición. Que respeten nuestra soberanía, nuestra independencia y nuestro sistema político […]. Esas cosas no están en discusión», enumeró.

Como contrapunto, ratificó que su país defiende que se trabaje «con un criterio de reciprocidad y en apego al derecho internacional«, que se busquen «esas diferencias bilaterales» en las que es posible «encontrar soluciones», que las dos partes demuestren «voluntad para avanzar en ese proceso», que sean «capaces de avanzar en áreas de cooperación que nos permitan enfrentar las amenazas y lograr que haya paz y seguridad para ambas naciones» y para el resto de la región latinoamericana y caribeña.

«Nuestra convicción es no responder a manipulaciones, porque es un proceso serio que con mucha responsabilidad, mucha sensibilidad hay que conducir; porque es un proceso que afecta los vínculos bilaterales. Por lo tanto, tenemos que crear espacios de entendimiento que nos permitan avanzar en soluciones y que nos alejen de la confrontación. Y todo eso hacerlo con ese sentido de respeto  […] a cosas que son elementales, que no entrarían para nadie en una discusión de cuestionamientos al sistema político, de imposición o pérdida de la soberanía y la independencia», concluyó.

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