lunes, 29 de junio de 2026

«Persépolis» como arma de guerra blanda: el orientalismo de Marjane Satrapi y la industria cultural de demonización de Irán e islamofobia

                                                    La Marejada                            

Photo of La Marejada La Marejada6 de junio de 2026










El pasado 4 de junio falleció Marjane Satrapi, autora del ampliamente divulgado libro «Persépolis», una obra que ha sido presentado y consumido como una crítica hacia el patriarcado y la «dominación religiosa» en la República Islámica de Irán. Pero Persépolis no fue solo la memoria de una niña de la diáspora iraní: se convirtió en una mercancía poscolonial perfectamente calibrada para el mercado cultural de Occidente, una pieza funcional en el ecosistema narrativo que prepara a la opinión pública para las sanciones, las guerras y la deshumanización de pueblos enteros. Una pieza más en la fabricación del consentimiento social a las agresiones que se han ejecutado contra Irán desde el triunfo de la Revolución Islámica de 1979 hasta hoy, pasando por la Guerra con Irak promovida por Estados Unidos, y una serie de ataques, bloqueos y aislamientos sostenidos por las potencias occidentales. En suma, la obra de Marjane Satrapi aparece como una sofisticada muestra de «orientalismo» cultural, que como advirtió Edward Said, apunta a una mirada distorsionada y caricaturizada de las sociedades orientales y musulmanas, con claros fines geopolíticos. Las opiniones y posicionamientos públicos de Satrapi, tienden a confirmar esta mirada crítica: desde su residencia en Francia simpatizó con las acciones de agresión contra Irán, alabó a la Europa actual como «la única democracia existente» y llamó a la Unión Europea a declarar a Irán como «Estado terrorista» mientras que omitió toda crítica hacia la entidad colonial genocida «Israel», atacó la alianza entre Irán y la Resistencia Palestina liderada por Hamás, y calificó a la izquierda francesa de «La Francia Insumisa» liderada por Jean-Luc Melénchon como «antisemita» y «admirador de dictadores sudamericanos como Hugo Chávez».


Una «informante nativa» de la industria cultural «orientalista»

Existe una figura que Edward Said en su conocido libro «Orientalismo» no alcanzó a nombrar del todo, pero que su obra hace posible pensar: la del sujeto oriental que, en su rol de narrador nativo, reproduce el aparato orientalista desde adentro. No es el orientalista clásico —el filólogo europeo que estudia el Corán para argumentar que los árabes son incapaces de gobernarse solos—, sino alguien que viene de adentro para decirle al exterior qué es Oriente. Alguien cuyo acceso al estrellato depende, precisamente, de confirmar lo que la industria cultural pro colonial quiere divulgar y lo que el público occidental adoctrinado en esa industria cultural quiere y está capacitado para creer.

Marjane Satrapi ocupó con precisión esa posición. Con Persépolis, se convirtió en una de las figuras más deseables para el mercado cultural occidental: una mujer iraní, exiliada, crítica de la República Islámica, dominadora de un lenguaje visual simple, lista para ser traducida y encajada en la conciencia liberal europea y su narrativa frente a lo que sucede en el Asia Occidental / Medio Oriente. El mercado literario de Occidente tiene una demanda sostenida de narrativas sobre la «mujer musulmana oprimida», y Persépolis encajó esa demanda con una eficacia para nada inocente, a la vez que las potencias europeas ejecutan contra la República Islámica de Irán una completa demonización, nunca vista para países del mundo musulmán como las monarquías altamente reaccionarias en todos los planos de Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein —todas, a diferencia de Irán, monarquías y de la rama sunita del Islam—. Y en los años 1980s, esa demonización también iba de la mano de la Guerra que tenía la recién creada república iraní con el Irak de Sadam Hussein, entonces estrecho aliado del gobierno de Estados Unidos y el resto de potencias occidentales.

De hecho, como apunta Karla Calapaqui, sólo una semana después del inicio de los bombardeos de los ejércitos de Estados Unidos e Israel contra Irán, la televisión francesa transmitió Persépolis, la cual además fue promovida al público masivo en plena época de «Guerra contra el Terrorismo» a inicios de los 2000s y tras los no aclarados sucesos de septiembre de 2001. También atacó el lazo entre el gobierno de Irán y Hamás —dos «organizaciones terroristas» para ella—, pero jamás apuntó con esa fuerza a los lazos que unen a sus alabados EEUU y Europa con organizaciones del arco más reaccionario del mundo musulmán, las organizaciones takfiríes tipo Al Qaeda, ISIS, Al Nusra, o Boko Haram —fundadas todas en el arco sunita, distinto de la rama shií dominante en Irán—, todas con estrechos lazos con el imperialismo occidental. Tampoco señaló con esa vehemencia el que fueron los propios gobiernos occidentales y la propia CIA quienes proporcionaron a Jomenei y las ramas islamistas las listas de comunistas para su represión y persecución en los inicios del proceso revolucionario, una omisión conveniente a su posición pro occidental en el ecosistema mediático cultural francés y noratlántico.

El problema no es que Satrapi haya narrado su experiencia. El problema es que su experiencia, la de una familia urbana, laica y progresista, educada y relativamente acomodada de Teherán, de una élite secular y occidentalizada que miraba la Revolución con distancia de clase, fue globalizada como si esa fuera una descripción cierta y certera de Irán. Y este Irán fabricado para ser visto con ojos occidentales fue simplificado hasta el hartazgo en su obra, volverse en blanco y negro: su religiosidad, feroz; su revolución, histérica y opresiva; su década de los ochenta, una pesadilla sin matices; su sociedad, un escenario de oscuridad moral frente a la que la única salida es el exilio, Francia, el individualismo secular, la mirada liberal europea.

El proceso revolucionario iraní reducido a escenario del mal

A diferencia de esta mirada simplista, la década de los ochenta en Irán no fue solo prisión, ejecuciones, patrullas, guerra y coerción. Fue también la década de una movilización social masiva, el sacrificio, la resistencia, familias enlutadas, fes sinceras, esperanzas revolucionarias, errores catastróficos, enfrentamientos entre hermanos, la formación de una generación que vivió entre la guerra, la ideología y la privación. Una sociedad dinámica y contradictoria —como cualquier sociedad en situación revolucionaria y de guerra— que no cabe en un campo de fuerzas binario entre «iluminados seculares» y «masa fanática religiosa», que fue precisamente la caricatura que Persépolis ha contribuido a generar con su difusión masiva e incluso su uso en la formación escolar en Francia y otros países. A la luz de los sucesos de las décadas posteriores, hasta el día de hoy, queda de manifiesto que entre las sociedades musulmanas del Asia Occidental, Irán no era precisamente el que desde el punto de vista cultural occidental tenía el gobierno más reaccionario y conservador, si no que simplemente era el mayor actor en la región puesto en situación de antagonismo declarado con el imperialismo occidental y la entidad colonial israelí.

Persépolis reduce ese tejido complejo escenario a un resultado prefabricado: que el Irán posterior a la revolución es un Irán perdido, reaccionario, atrasado. La sociedad religiosa no aparece como un conjunto plural de personas, familias, mujeres, hombres, recuerdos, fes, miedos, contradicciones. Aparece como una masa amenazante, sin rostro y opresora. La mujer con chador es signo de peligro y vigilancia. El hombre religioso es signo de violencia. La calle religiosificada es signo de ausencia de vida. Este es exactamente el lenguaje visual que el orientalismo requiere: el mundo musulmán no como un producto histórico de complejidades y matices, sino como un asunto desviado, una patología.

Hay una diferencia importante entre criticar un proceso revolucionario como el iraní, lleno de conquistas y tragedias —y la República Islámica puede merecer también críticas contundentes— y el negar por completo la identidad social y popular de ese proceso y descalificar la humanidad de quienes lo impulsaron y vivieron e impulsan y viven hasta hoy. En Persépolis, lo que se destruye no es solo la legitimidad del régimen constitucional y sistema político iraní: es la humanidad de la sociedad iraní entera. En lugar de criticar al poder (incluyendo a los otros actores partícipes de la situación de la sociedad iranía asediada por guerra y agresiones varias), la obra se acerca a la humillación cultural desde una especie de supremacismo cultural europeo y liberal.

Incluso el título no es neutral. ¿Por qué Persepolis? Se trata de la capital del Imperio persa durante la época aqueménida —años 518 a.C. hasta 330 a.C.—, y el nombre es «la ciudad de los persas» ¿Por qué el nombre griego de la ciudad? La elección, consciente o no, hace que Irán sea consumible desde la mirada clásica occidental: Irán como el otro para la conciencia europea, continuando la vieja tradición de «barbarizar» a los persas que viene desde tiempos de Heródoto —484 a. C., a 425 a. C.—, el afamado historiador griego que popularizó ya en su obra una mirada supremacista frente a los persas como despóticos, opresivos, sumisos.

Asimismo, no está de más señalar además de otros tantos sesgos y distorsiones de la historia iraní en los primeros años tras el triunfo de la revolución. Por ejemplo, la obra blanquea a los MEK, Muyahidín-e Khalq —los «Muyahidines del Pueblo de Irán»— reduciéndolos a un grupo que «entró desde Irak», sin mencionar que esa organización plantó bombas en mercados concurridos y combatió junto al ejército iraquí de Saddam Hussein contra su propio país durante la guerra.

En otro fragmento, se hace una manipulación acerca de unas supuestas llaves que serían entregadas a los jóvenes como forma de engaño para sumarlos a la movilización contra la invasión iraquí, haciéndoles creer que las llaves les llevarían al cielo. Lo cierto es que la movilización para resistir a la invasión tuvo numerosos símbolos que fueron utilizados por el gobierno y el arco de fuerzas favorables a la Revolución Islámica, pero la presentación

«Se la dieron a mi hijo en la escuela. Les dijeron a los chicos que si iban a la guerra y tenían la suerte de morir, esta llave les abriría las puertas del cielo». El fragmento genera una clara manipulación que alude al martirio —una cuestión importante en la cultura religiosa musulmana chií—, pero distorsiona la movilización popular contra la invasión, haciendo creer que hubiera un reclutamiento masivo en escuelas, cosa que no ocurrió.

Ciertamente, la Revolución Islámica tuvo numerosas acciones susceptibles de crítica desde múltiples perspectivas, y de hecho, aunque buena parte de las izquierdas participaron activamente en el proceso de derrocamiento del Sha Mohammad Reza Pahlevi —el Partido Tudeh, Fadaiyan (Fedai), Peykar—, luego fueron duramente reprimidas y perseguidas con particular intensidad en los primeros años. Precisamente, en un primer momento, al observar las potencias occidentales que la caída de su régimen títere liderado por el Sha iba a caer, le tendieron apoyos al bando islámico encabezado por Ruhollah Jomeini para evitar que fueran las izquierdas las que liderasen el proceso revolucionario. Como en otros escenarios desde el norte de África a prácticamente todo el Asia Occidental y Central, las potencias occidentales prefirieron apoyar a las organizaciones islamistas como forma de contener y hacer retroceder a las izquierdas que eran su principal enemigo en el marco de la lucha contra socialistas, comunistas y la Unión Soviética el «socialismo real». Y serían Ruhollah Jomeini y el bando islamista quienes desplegarán una «Revolución Cultural Islámica» dirigida a islamizar la sociedad iraní lo cual generó un duro repliegue de las posiciones laicas, progresistas, y de izquierda.

Nada de eso narra Satrapi, quien asumió hasta su fallecimiento una postura abiertamente pro occidental que omite los lazos que unen a las políticas injerencias y coloniales de las potencias occidentales con el auge de las posiciones islámicas e islamistas en las sociedades de las regiones mencionadas.

En este fragmento se señala algo abiertamente falso. Dice este fragmento: «Señorita Satrapi: – «Ví en tus archivos que viviste en Austria. Usaste el velo allí? / Responde Satrapi: «No, yo siempre pensé que si el pelo de las mujeres fuera tan problemático, Dios ciertamente nos hubiera hecho calvas». Lo cierto es que la obligación del uso del velo fue incluso en los ortodoxos años 1980s, el uso del velo era una ley de aplicación exclusivamente territorial.

El feminismo liberal de las elegidas: quién tiene derecho a hablar y quién no

La crítica de género a Persépolis es igualmente necesaria. Satrapi se presenta como voz de la mujer iraní. Pero en su mundo, la mujer iraní es válida principalmente cuando se define en oposición a la religión, contra el velo, contra la familia tradicional y contra el espacio público religioso. La mujer religiosa, la mujer con chador o velo, la mujer de clase baja, la mujer creyente, la mujer revolucionaria, las mujeres que negocian dentro de la tradición —es decir, la mayoría de las mujeres iraníes— tienen en Persépolis menos voz o ninguna. El feminismo resultante no es social ni polifónico ni popular: es clasista, secular, exiliado y traducible para Occidente. Le da a la mujer iraní el derecho a hablar, pero sobre todo a aquella mujer iraní que se parece a la audiencia europea.

Vale recordar que bajo el Sha, el 65% de la población era analfabeta. Son las hijas de esas mujeres —cuyas historias Occidente nunca oyó— las que llegaron a representar el 65% de los graduados universitarios en ciencias e ingeniería en Irán, una cifra que triplica el porcentaje equivalente en Alemania, por citar un contra ejemplo occidental. Basta ver las manifestaciones populares vividas en el año pasado y en el presente, con ocasión de la guerra desatada por los gobiernos de Estados Unidos e Israel, para constatar una alta presencia de mujeres. ¿Qué hay en Persepólis o el discurso de Satrapi de todas esas mujeres que han estado respaldando hasta el día de hoy a su gobierno y el sistema de su país frente al extremadamente belicista y agresivo enemigo que tienen?

La experiencia de Satrapi, de familia acomodada, con sirvientes domésticos que no sabían leer ni escribir, no es solo parcial: se muestra como incapaz de representar a la sociedad iraní real. Como han señalado investigadores como el sociólogo e historiador Ali Ansari, o la antropóloga sociocultural Amy Malek, o el crítico de la producción cultural de la diáspora iraní Hamid Dabashi, o en la misma línea Shirin Vossoughi, Persépolis ofrece una mirada a la revolución desde los ojos de una iraní étnicamente elitista, residente en Francia, dirigiéndose a audiencias en antiguos centros coloniales.

El arte como herramienta de guerra blanda: el ecosistema de la deshumanización

Persépolis no estuvo sola. Forma parte de un ecosistema cultural cuya función política es sistemática: Lolita leída en Teherán, La araña sagrada y otras obras comparten una función colonial común —la demonización, salvajización y deshumanización de la sociedad iraní ante la opinión pública occidental— para justificar sanciones, agresiones militares y violaciones de toda clase. No es casualidad que Persépolis y Leer Lolita en Teherán se hayan vendido en millones de copias en 2003 y 2004, en el apogeo del proyecto «Eje del Mal» de George W. Bush. Tampoco es casualidad que en 2024 y 2025, en los meses previos a las guerras de doce y cuarenta días contra Irán, esas mismas narrativas hayan recibido amplio apoyo mediático y de festivales internacionales.

Cuando el director de La araña sagrada, Abbas Amini, declaró abiertamente que su película trata «sobre una sociedad de asesinos en serie», su objetivo era negar la humanidad a una nación entera. Es exactamente el mecanismo de deshumanización estructural que Said describió: reducir una civilización histórica y una sociedad dinámica y multifacética a una geografía de barbarie y oscuridad, para crear una superioridad moral del agresor occidental que justifique la masacre de civiles, el bombardeo de ciudades, el ataque a infraestructuras y la destrucción de una civilización.

El punto en común de estos proyectos no es la coincidencia temática: es que sus productores e inversores son entidades antiiraníes y partidarias de Israel en Europa y América. El arte, los medios y los festivales son el terreno de la guerra blanda cuyo objetivo es la opinión pública. La amplia difusión de estas obras tiene un estrecho vínculo con la maquinaria cultural, mediática e informativa dirigida a fabricar el consentimiento social favorable a las guerras de las potencias occidentales en Asia Occidental.

Como apunta la periodista Karen Fabián, señalar que la obra de Satrapi sirvió para aceitar esa maquinaria «orientalista» no es desacreditarla; es ponerla en perspectiva. La falacia de que era «solo una iraní narrando su experiencia» se cae cuando se constata que existen artistas palestinos, libaneses y de toda Asia Occidental que narran sus experiencias —incluyendo la de ser víctimas del genocidio organizado desde Occidente— pero ningún editor europeo los lleva al estrellato ni se despliega su difusión masiva como sí ocurrió con Satrapi y su Persépolis. Precisamente porque lo que narran es evidencia de la maquinaria genocida que Occidente ha implantado en la región, y que se sostiene, en buena medida, en la deshumanización previa de esos pueblos. ¿Cuántos premios internacionales han recibido los poetas y cineastas palestinos que no sean únicamente para lavar las conciencias de quienes han sido partícipes de esa injusticia?

Defensores de Satrapi señalan que su obra también critica a Occidente —la soledad, el racismo, la falta de hogar en Viena— y que es una autobiografía, no un tratado que pretenda hablar por todos los iraníes. La objeción es legítima pero insuficiente. Una obra puede incluir críticas al imperio y aun así ser difundida selectivamente, celebrada y consumida de maneras que reafirmen narrativas orientalistas. Por ejemplo, Not Without My Daughter también incluye una escena en la que el padre iraní condena el apoyo de Estados Unidos a Saddam Hussein durante la guerra, para después decribir que ese padre golpea a su esposa, desacreditándolo completamente. Nadie describiría esa película como antiimperialista.

El silencio frente al Genocidio, críticas contra la Resistencia Palestina como «terroristas»

Además de todo lo señalado, no puede omitirse que los posicionamientos públicos de Satrapi distan mucho de ser consecuentes con su supuesta «defensa de la mujer musulmana», o su supuesta adhesión a ideales de izquierda y anti-imperialistas. Algunos ejemplos: En julio de 2024, Satrapi participó en el programa estadounidense Democracy Now para comentar las elecciones parlamentarias francesas y condenó a Jean-Luc Mélenchon como un «antisemita izquierdista radical» cuya «relación con Hamás es estrecha» y que «ama» a los «dictadores sudamericanos como Chávez».

Y es que Satrapi apoyó públicamente a Emannuel Macron, el ex empleado de Rothschild, presidente de Francia, un representante del actual belicismo europeo y Otanista.

El 11 de diciembre de 2023, apenas dos meses después del 7 de octubre y en el marco de un foro titulado «Irán: Burning for Democracy» (Irán: ardiendo por democracia) relacionado con el Premio Nobel de la Paz de ese año, Satrapi declaró sobre la Resistencia Palestina frente al proyecto colonial y genocida sionista: «Incluso si calculas de la manera más cínica… un Irán democrático es un Hamás más débil». Satrapi guardó silencio sobre el genocidio, mientras que criticó a la Resistencia Palestina como «terrorista».

En el mismo foro, afirma que «uno de esos terroristas puede volar un avión y chocarlo contra un edificio», haciendo alusión a los no aclarados sucesos del 11 de septiembre de 2001. Omitió en ello, tanto los abundantes indicios que vinculan a los poderes de Estados Unidos con los presuntos ejecutores de esas acciones, como las notorias y también abundantes pruebas e indicios que apuntan más a una acción de bandera falsa de los propios poderes estadounidenses e israelíes en esos sucesos.

En otra declaración, Satrapi demandó a la Unión Europea que declarase que Irán es un «Estado terrorista». Su postura pro Unión Europea hizo caso omiso a las múltiples guerras y agresiones imperialistas y coloniales ejecutadas por los gobiernos europeos en el marco de la OTAN, como en Libia, Siria, Afganistán, Irak, etcétera.

En numerosas ocasiones calificó a la Resistencia Palestina de «terrorista», mientras que alababa a los gobiernos de Europa y simplemente omitía toda crítica hacia la entidad colonial y genocida «Israel», como en este otro fragmento:

Así, una de las artistas más difundidas en Europa sobre la situación de la mujer en Asia Occidental / Oriente Medio no tuvo nada que decir sobre las decenas de miles de civiles masacrados en Gaza, sobre el régimen de apartheid y la «limpieza étnica» en toda Palestina, ni sobre la invasión y continuos ataques contra el Líbano, ni sobre los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán o Yemen. El silencio, en ese contexto, no es neutral: es una posición.

Por su parte, los presuntos defensores de la libertad de expresión que aplaudieron durante décadas a Satrapi como defensa de la libertad de expresión nunca toleran obras que retraten a Israel como lo que es, una sociedad sumergida en el apartheid, el racismo, el desplazamiento masivo, la negación de derechos de toda la población palestina, y un Genocidio desatado ya difícil de ocultar. Eso, dicen, sería discriminación que denominan falsariamente «antisemita». La asimetría lo dice todo.


El legado de Satrapi no es el de una artista disidente que le habló la verdad al poder. Es el del «buen musulmán» y en este caso la «buena iraní»: digerible, domesticable, occidentalizado, siempre instrumentalizable como arma arrojadiza contra el «mal musulmán» y el «mal iraní». Una figura que el poder imperial produce, celebra y consume, y que en el momento de máxima utilidad, cuando los bombarderos despegan y las bombas caen asesinando a miles de iraníes, palestinos y palestinas, libaneses o yemeníes, guarda silencio. O peor: habla para justificarlo en nombre de las libertades y los derechos.


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Hello, Venezuela

Fuentes: Vocesenlucha


Una vez más, a más de 30 mil pies de altura sobre el Atlántico, avanzamos rumbo a suelo latinoamericano. Una vez más, regreso a un país en guerra, como tantas veces desde aquella primera vez hace ahora 10 años. Un regreso distinto a todos los demás. Una vez más.

Lo hemos dicho en otras ocasiones, Venezuela sufre una guerra multiforme de largo aliento. Tan multiforme, que en nuestras idas y venidas en esta década, cada regreso ha sido diferente. A cada vuelta a la patria de Bolívar, la realidad era distinta. La forma de guerra había mutado. El dinero no servía. Los precios de las cosas eran otros. Las propias cosas eran otras. La morfología de lo cotidiano había cambiado. Calles, comercios, hogares, cocinas, fogones y sartenes lucían distintas. ¿Y el pueblo? El pueblo siempre resistiendo. Ante la guerra híbrida y multiforme, resistencia híbrida y multiforme. En ocasiones de pura sobrevivencia. En otras, de creación heroica. Sobrevivencia o heroísmo, siempre creando, siempre inventando.

Sin embargo, este regreso a Venezuela es diferente a todos los diferentes. Incisivamente diferente. Dolorosamente diferente. Algo increíble ha ocurrido desde que hace unos meses abandonamos el país. Siento algo así como que vuelvo a un país otro, que sigue siendo el mismo, pero es otro. La inquietud me aborda desde hace días.

En unas horas aterrizaré en una nación donde la soberanía ha sido saqueada de manera canalla e inédita. Volvemos a un país bombardeado, asediado, amordazado, amenazado lo más valioso, la propia vida, la sobrevivencia de un sueño, de un nuevo amanecer tejido desde hace 27 años. Volvemos a un país con su Presidente obrero secuestrado, con su primera combatiente secuestrada. Volvemos a una ciudad que vio cómo los vuelos rasantes de aviones de combate, bombarderos y helicópteros descargaron su ira de fuego sobre la piel y la dignidad de todo un pueblo.

Una percepción diseñada milimétricamente y regada en la orbe digital ha infectado la opinión internacional sobre Venezuela. El imperio del algoritmo impone sus verdades. Como si aquellos aviones enviados por la administración del crimen de un señor pedófilo y genocida apellidado Trump, lo hubiera cambiado todo. Como si aquellos aviones que irrumpieron en la oscuridad planificada de Caracas un fatídico 3 de enero, lo hubiera cambiado todo. Es imposible pensar que esa sensación no permee nuestros sentidos. Nadie queda ajeno a semejantes misiles de guerra contra el neocórtex.

Venezuela está herida y golpeada. Cómo negarlo. Algunos hablan de colonia, otros de protectorado. Cómo negar que la soberanía está duramente tocada. Cómo negar la tremenda sacudida que supuso el 3 de enero y sus secuelas. Venezuela está herida. Y bien, ante la herida abierta, ¿qué hacer? ¿Qué le corresponde a la izquierda internacional?

Desde el minuto 0, los rumores, intrigas y chismes desplegaron su arsenal de última generación con igual afán milimétrico que planearon el ataque en aquella infame madrugada de enero. Sin hacer recuento de daños, con el olor a pólvora y acero en el aire inflamado de Caracas, con su cuerpo cargado de metralla y escombros, los algoritmos afilaban sus cañones digitales. Mientras Caracas ardía con la resaca de incendios y el humo blanco asfixiaba los pulmones, las redes escupían sus “verdades”. Desde todos los espectros ideológicos afloraba “la verdad” sobre lo ocurrido en Venezuela. Curiosamente, sin grandes divergencias. La rueda de prensa de Trump y Marco Rubio del mismo 3 de enero marcó la línea y los afinados replicadores replicaron.

Meses después, para muchos las “evidencias” de traición se suceden y un grueso de la intelectualidad internacional de izquierdas se desvincula del proceso y decreta súbitamente su defunción. Colmados de purísima pureza, declaman el “Goodbye Venezuela”. No es la primera vez ni será la última. En los 27 años de proceso, un ejército de intelectuales embelesados con la revolución bolivariana se esfumaron o reaparecieron al compás del momento político-económico del país. Desaparecidos durante las vacas flacas, renacidos en los momentos de “gloria”. Sobre estas urgencias `opinológicas´ de cierta intelectualidad, especialmente del Norte, recomendamos el texto de Cira Pascual y Chris Gilbert, Un gran salto hacia la realidad: Venezuela hoy.

Lo que de veras es urgente es que desde el campo popular internacionalista revisemos nuestro acercamiento hacia los procesos de transformación. Para quienes desfilaron por Venezuela admirando su superficie, desde una suerte de idilio platónico con el discurso oficial antiimperialista, el momento actual es la antítesis que evidencia la perfidia. Pero, ¿acaso antes del 3 de enero no había contradicciones? ¿No las hubo durante el periodo de Chávez? ¿Sin negar los errores propios, acaso no juega un papel el imperialismo en esas contradicciones? Pretender que los procesos revolucionarios sean una balsa que navega sobre la coherencia y la armonía deja muy pocas posibilidades a un acercamiento que supere el enamoramiento fugaz. 

¿Que el momento actual de Venezuela arroja razones para las dudas? Claro que sí. En un escenario marcado por una coacción militar sin precedentes, tras una intervención militar sin precedentes y la consiguiente negociación por arriba, los hechos políticos de los últimos meses son difíciles de entender y asimilar. Ante esto, de nuevo nos asalta el histórico “qué hacer”. En estos casos, urgencias, ansiedades y purismos no son los mejores consejeros. ¿Hacia dónde mirar para orientar nuestras posiciones? Algunas preguntas no aseguran las respuestas pero ayudan a ubicar la mirada.

¿Qué hay del sujeto histórico del proceso? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Cómo vivió el 3 de enero? ¿Qué impacto dejó el bombardeo en la psique del pueblo? ¿Qué secuelas quedan en la piel de Venezuela? ¿Qué hay del sujeto comunal? ¿Cómo sigue luchando después de semejante golpe? ¿Acaso se encerraron en sus casas a resolver lo de cada cual? ¿De veras no nos interesa su posición en este momento de tanta zozobra? Entre tanta pregunta, me pregunto si es posible entender la profundidad del chavismo sin un acercamiento al sujeto histórico del proyecto revolucionario: la vía venezolana de transición al socialismo.

Mientras escribo estas líneas, a 10 mil metros sobre el Atlántico, a una velocidad de crucero de unos 900 km por hora que ya amenaza con tierra, el pasajero venezolano de unos 65 años sentado en primera fila delante mía, conversa con un auxiliar de vuelo, un muchacho joven de una simpatía poco usual en su gremio. Se sienta con una mezcla de esfuerzo y alivio. “La primera vez que me siento en todo el vuelo”, asegura. “Es duro el trabajo”, asevera el venezolano. “¿De dónde eres?”. “De Cali, Colombia…”

Me pierdo de su conversa para enfrascarme de vuelta en la escritura hasta que el tema del diálogo devuelve la atención a mis oídos. Tampoco es usual escuchar a un auxiliar de vuelo hablando de política. “Va a ganar la extrema derecha”. “¿Tú crees?”, contesta preguntando su interlocutor. “Sí, seguro. Abelardo de la Espriella, ultraderechista. Le apoya Trump. Y Uribe… Paramilitar”, sonríe con resignación. “La política es complicada”, afirma el venezolano. Creo que intuyendo la posición política que esconde la afirmación, el auxiliar se levanta. Acabó su descanso. Con la mirada perdida al horizonte del avión, sentencia: “para mí, Uribe es el dueño de toda Colombia. Ese man…”. Regresa de su ensimismamiento y añade sonriendo: “pero siempre ha sido así, ¿no?”. Vuelve a sus tareas y me deja con la pregunta rondando en mi cabeza. ¿Siempre ha sido así?

Colombia y su vecina hermana Venezuela, de manera distinta, tienen grabado a fuego en su epidermis material y cultural dos respuestas a esa pregunta. Una de esas respuestas viene de tiempos ancestrales, originarios, y dice a gritos que no siempre fue así. Otra habla de la lucha por demostrar que puede no ser así. Aquí, ahora y mañana por la mañana. Ateniéndonos al estado del panorama mundial y la actual arremetida, quizás sea mañana por la noche.

En tiempos en que el imperialismo más voraz de todos los tiempos trata de arrebatarnos nuestras reservas de esperanza y dignidad, quizás sea mañana por la noche o pasado mañana. Pero la lucha sigue. En la búsqueda de esa lucha viva y presente es que aterrizaremos en apenas unos minutos en la siempre imprevisible y amada Venezuela.

Llegó la hora. Aterrizamos. Los neumáticos se detienen. Los motores descansan. Los pasajeros comenzamos el desfile. Paso junto al auxiliar de vuelo colombiano. “Suerte con Cepeda en Colombia”, le digo. Ríe. “Gracias, vamos a ver qué pasa”, dice. “Vamos a ver”, digo. Camino por la pasarela móvil hasta pisar, una vez más, suelo bolivariano. Paso los controles, espero la maleta, salgo del aire acondicionado del aeropuerto, respiro con conciencia y la cálida humedad de la Guaira me da la bienvenida. Por el momento, todo sigue igual. ¿Será un preludio? Hello, Venezuela.

Raúl García es maestro, antropólogo y comunicador de Vocesenlucha

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Soberanía bajo asedio: Geopolítica de la injerencia judicial y diplomática en España

                                          
                                                                                         

12 de junio de 2026     José Manuel Rivero, abogado y analista político













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No es posible desvincular la hiperactividad de la Audiencia Nacional de las recientes y significativas maniobras de la Embajada de los Estados Unidos en Madrid. Las muy recientes reuniones del nuevo embajador de la Administración Trump con los líderes del bloque conservador y reaccionario —Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal—, sumadas a sus declaraciones públicas, en un denominado desayuno informativo organizado por el Foro de Nueva Economía el 27 de mayo de 2026, en Madrid, contra el Ejecutivo de coalición, superan los límites de la cortesía diplomática. Configuran, en términos de bloques de poder, la articulación de una ofensiva que aspira a tutelar, condicionar y erosionar la soberanía del Gobierno de España.

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La Audiencia Nacional —tribunal que asumió en 1977 las funciones del extinguido Tribunal de Orden Público (TOP) franquista— vuelve a situarse en el centro del debate público, demostrando que sus ritmos procesales y giros de guion no siempre obedecen a la estricta lógica formal del derecho, sino que parecen actuar en llamativa sintonía con la coyuntura política y las estrategias de desgaste institucional. El reciente auto del magistrado Santiago Pedraz, que ordena, a través de la UCO (Unidad Central Operativa de la Guardia Civi) recabar o requerir información en la sede federal del PSOE en la calle Ferraz que, al final, después de más de diez horas en la sede, es más bien un registro, no constituye un hecho aislado ni una mera diligencia de investigación penal rutinaria; representa, por ahora, el último eslabón visible de una cadena de eventos policiales, judiciales, mediáticos y políticos que vienen operando coordinadamente con intereses que trascienden las fronteras del Estado español, siendo el portavoz de esta estrategia, desde noviembre de 2023 el expresidente ultraconservador proestadounidense y sionista José María Aznar: “el que pueda ser que haga”, cuya consigna reprodujo, en un vídeo recientemente, a raíz de la imputación judicial al expresidente socialdemócrata José Luis Rodríguez Zapatero.

Para desentrañar la verdadera naturaleza de estos movimientos sectoriales del aparato de Estado, es metodológicamente imprescindible conectar la actividad instructora con la geopolítica de servicios de inteligencia. No es posible desvincular la hiperactividad de la Audiencia Nacional de las recientes y significativas maniobras de la Embajada de los Estados Unidos en Madrid. Las muy recientes reuniones del nuevo embajador de la Administración Trump con los líderes del bloque conservador y reaccionario —Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal—, sumadas a sus declaraciones públicas, en un denominado desayuno informativo organizado por el Foro de Nueva Economía el 27 de mayo de 2026, en Madrid, contra el Ejecutivo de coalición, superan los límites de la cortesía diplomática. Configuran, en términos de bloques de poder, la articulación de una ofensiva que aspira a tutelar, condicionar y erosionar la soberanía del Gobierno de España.

El trasfondo conceptual y material de estos desencuentros bilaterales no responde a cuestiones accesorias, sino a una enmienda a la totalidad de la política exterior y de defensa de España por parte de Washington. Son tres los vectores de ruptura fundamentales. En primer lugar, la oposición del Ejecutivo español frente a la exigencia estadounidense de elevar el gasto militar al 5% del PIB, un umbral hipertrofiado que asfixiaría el gasto social en favor del complejo militar-industrial. En segundo lugar, el posicionamiento nítido de Moncloa en apoyo al pueblo palestino y la denuncia del genocidio en Gaza, una línea roja para el consenso bipartidista de Washington. Y, finalmente, el detonante inmediato de la crisis: la prohibición de la utilización de las bases de Morón de la Frontera y Rota como plataformas de agresión militar contra Irán. A principios de marzo de 2026, el Gobierno español comunicó formalmente que no autorizaría el uso de dichas instalaciones estratégicas para una ofensiva bélica, amparándose en el Convenio de Cooperación para la Defensa de 1988 y ante la flagrante falta de cobertura de una resolución de Naciones Unidas. Esta decisión de no alineamiento automático obligó al Pentágono a retirar al menos once aviones cisterna KC-135 con destino a la base de Ramstein, en Alemania.

Esta confluencia de discrepancias estructurales —gasto militar, Palestina y las bases— desató una inmediata hostilidad diplomática. El propio embajador de los Estados Unidos en España explicitó este esquema de asedio político en sus declaraciones en el mencionado Foro, al precisar de manera quirúrgica que la Administración Trump dirige sus críticas y hostilidad directamente contra el Gobierno español y sus posiciones ideológicas y geoestratégicas, desvinculando de dicho ataque al «pueblo español» en una clásica maniobra de manual de guerra política dirigida a minar la legitimidad del Ejecutivo ante su base social. Asimismo, el presidente Donald Trump calificó la actitud soberana de España de «terrible», llegando a sugerir la ruptura de relaciones bajo una retórica imperial: «podríamos usar su base si quisiéramos (…) nadie nos va a decir que no la usemos».

Es precisamente en este escenario de confrontación abierta donde cobra sentido la instrumentalización de los archivos de Homeland Security Investigations (HSI). Esta agencia especializada en crimen transnacional y delitos financieros, integrada en el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) de los Estados Unidos y con oficina operativa dentro de la propia delegación diplomática en Madrid, ha actuado como proveedora de la munición procesal. Oficialmente, un portavoz del DHS confirmó a la agencia Reuters su colaboración con la Policía Nacional en una investigación sobre blanqueo de fondos. Sin embargo, la cronología desborda cualquier lógica de auxilio judicial ordinario: la extracción de los datos del teléfono móvil de Rodolfo Reyes Rojas —empresario venezolano vinculado a la aerolínea Plus Ultra a través de Snip Aviation— fue realizada por la agencia estadounidense en Miami con mucha anterioridad, pero Washington retuvo de forma calculada ese dosier, procediendo a su entrega definitiva a la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) en noviembre de 2025, coincidiendo milimétricamente con el momento de mayor tensión política e internacional entre ambos Gobiernos.

La aportación de esta prueba tecnológica, tutelada y dosificada por los servicios estadounidenses, ha resultado capital para la reactivación penal en la Audiencia Nacional. Según consta en los autos del juez José Luis Calama, titular del Juzgado de Central de Instrucción número 4, la extracción telefónica del terminal de Reyes Rojas ha sido la palanca para imputar al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por presuntos delitos de tráfico de influencias, blanqueo de capitales, organización criminal y falsedad documental. El relato judicial asume indicios de que diversos intermediarios buscaban la intercesión del expresidente («busco llegar a Zapatero», «nuestra pana Zapatero está por detrás»), situándolo de forma provisional al frente de una supuesta estructura jerarquizada que habría utilizado la consultora Análisis Relevante para canalizar pagos y justificar la concesión del préstamo de 53 millones de euros a Plus Ultra durante la crisis sanitaria del COVID. El manejo estratégico de los tiempos por parte de HSI evidencia que la prueba tecnológica no se activó por razones procesales, sino por estricta oportunidad política global de los Estados Unidos. Había que sacar a Zapatero de las relaciones o de sus interactuaciones diplomáticas o comerciales con Venezuela y con China. Y de paso, remover uno de los principales pilares de apoyo político del Presidente Sánchez.

De forma simultánea, la instrucción penal se nutre en el plano operativo local de piezas instrumentales como Carmen Pano, correa de transmisión de los negocios de Víctor de Aldama, vinculado a sectores ultraderechistas y que no cesa de pronunciarse políticamente para hacer caer al Gobierno español. Pano, cuya vinculación con Aldama transita desde lo personal hasta la presunta trama corporativa del fraude del IVA de hidrocarburos vinculada a la operadora Villafuel, ha asumido un rol estelar en la hoja de ruta de la acusación. Según sus propias declaraciones en sede judicial, Pano fue la encargada de transportar y entregar en mano a una persona desconocida (así lo dice) 90.000 euros en efectivo en la sede central de Ferraz,  haciéndose pasar como el vector operativo para introducir flujos monetarios bajo sospecha en la arquitectura interna del partido gubernamental.

Sobre este trasfondo de injerencia externa y delaciones dirigidas, la actuación de determinados sectores de la judicatura proyecta sombras que afectan a las más elementales garantías constitucionales. La apariencia de imparcialidad objetiva del magistrado Santiago Pedraz se encuentra severamente comprometida tras haberse documentado y difundido sus reiterados encuentros de carácter social con el exjuez y actual abogado defensor de Carmen Pano, Javier Gómez Bermúdez (magistrado en excedencia de la Audiencia Nacional, de la que fue presidente la Sala de lo Penal), en establecimientos públicos de la calle Almagro, a escasa distancia de la Audiencia Nacional. Semejante contigüidad podría encajar conceptual y normativamente en las causas de abstención de obligado cumplimiento tipificadas en el artículo 219.9.ª de la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ) por amistad íntima con los letrados intervinientes. Pudiendo viciar la limpieza del procedimiento y de las diligencias ordenadas en la sede del PSOE.

Se constata, por tanto, la  apariencia de ejecución de un diseño de asedio multifactorial y sincronizado: una potencia extranjera custodia y dosifica dosieres de inteligencia para entregarlos a la UDEF en el cénit de un conflicto diplomático motivado por el rechazo al aumento del gasto militar, la defensa de Palestina y el veto a las bases de Morón y Rota; testimonios de parte y delaciones operativas marcan la dirección de la causa; magistrados de la Audiencia Nacional canalizan el material bajo un manto de formalidad procesal,  siguiendo miméticamente los atestados policiales y pudiéndose cuestionar su imparcialidad; y el bloque político y mediático de la derecha y la ultraderecha doméstica amplifica el relato criminalizador para justificar la tesis del desmantelamiento institucional. No estamos ante el discurrir ordinario del Estado de derecho, sino podríamos estar asistiendo ante una sofisticada operación de lawfare e injerencia geopolítica donde sectores del aparato judicial interno parecen actuar en sintonía con los intereses de una potencia exterior, los Estados Unidos, cuyo interés es quebrar la soberanía nacional para forzar un cambio de ciclo político en el Estado español .