jueves, 17 de septiembre de 2026

Estos son lo principales puntos publicados por el FPLP para el rescate nacional


Agosto 30/2026 Publicado por
Octubre














El Departamento Central de Información del Frente Popular para la Liberación de Palestina publicó los principales ejes de la visión presentada por el Vice-secretario General del Frente Popular para la Liberación de Palestina, el camarada Jamil Mezher, bajo el título “Hoja de Ruta para el Rescate Nacional”.

El texto contiene una serie de puntos que sintetizan los principales rasgos y ejes de la visión política nacional, mediante la cual el Frente busca encontrar una salida a la crisis política y humanitaria que atraviesa nuestro pueblo. El Frente continúa desarrollando un diálogo al respecto con las principales fuerzas palestinas, en el marco de un amplio movimiento político cuyo eje es restablecer la unidad de nuestro pueblo y la acción nacional conjunta frente al proyecto de liquidación y genocidio.

Puntos de la “Hoja de Ruta para el Rescate Nacional”:

1.- Avanzar hacia una etapa transitoria, cuya prioridad sea atender las necesidades de nuestro pueblo y defender colectivamente su existencia y sus derechos, así como preparar las condiciones para las grandes tareas nacionales mediante diálogos bilaterales y colectivos. Esto contribuirá a preparar una transición ordenada hacia un sistema político nacional consensuado que preserve la unidad del pueblo, de la tierra y de la causa palestina.

2.- Las elecciones no constituyen una cuestión meramente procedimental y aislada, sino que deben analizarse a la luz de las condiciones en las que se celebrarán y de su función política, así como de si realmente conducirán a la renovación de las legitimidades y a la reconstrucción de las instituciones, en caso de celebrarse sobre la base de una visión nacional unificada. Celebrar elecciones sin un consenso nacional y sin garantías políticas y de seguridad claras entraña grandes riesgos. En este sentido, puede discutirse la posibilidad de una etapa transitoria nacional consensuada.

3.- Es necesario convocar una reunión de los secretarios generales de las facciones y fuerzas políticas palestinas para abordar las cuestiones políticas y de seguridad, las formas de resistencia, la gestión de la confrontación con la ocupación, las bases de la asociación nacional y el consenso sobre los fundamentos de la próxima etapa. Asimismo, debe avanzarse en la reconstrucción de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y del sistema político palestino sobre la base de la asociación nacional.

4.- Alcanzar un programa político común que se aferre al fin de la ocupación, al derecho de nuestro pueblo a la autodeterminación y al establecimiento de su Estado independiente con Jerusalén como capital, así como a garantizar el derecho de los refugiados palestinos al retorno. La próxima etapa exige alcanzar un consenso sobre su naturaleza y prioridades, las formas de resistencia adecuadas y la manera de gestionar la confrontación con la ocupación.

5.- Los sacrificios y la firmeza de nuestro pueblo palestino deben constituir la referencia moral y política de cualquier diálogo nacional. Todos deben elevarse al nivel de responsabilidad que impone esta etapa histórica, alejándose de la búsqueda de posiciones, cuotas o escaños, en un momento en que nuestro pueblo, nuestra causa, nuestros derechos y nuestra representación política están siendo objeto de una amplia ofensiva.

6.- Toda decisión palestina en esta etapa debe medirse por su capacidad para proteger a nuestro pueblo y fortalecer su firmeza, y no por su capacidad de añadir nuevos riesgos o crisis sobre él, particularmente mientras continúa el genocidio, el desplazamiento forzoso y los intentos de liquidar la causa palestina. Es necesario reordenar las prioridades sobre la base de proteger al pueblo, fortalecer su resistencia y enfrentar los planes de la ocupación, así como hacer frente a lo que vive nuestro pueblo en la Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén: genocidio, asesinatos, expulsión, destrucción, hambre y desplazamiento forzoso, además de lo que padecen los palestinos en los campamentos de refugiados de la diáspora y en los distintos escenarios de la lucha nacional.

7.- La división y las diferencias entre cualquiera de las fuerzas palestinas no pueden resolverse mediante la exclusión, sino a través del diálogo y el entendimiento nacional, hasta alcanzar una fórmula de asociación nacional que incluya a los distintos componentes del movimiento nacional palestino.

8.- Acercar las posiciones de las fuerzas palestinas y evitar que las diferencias políticas se transformen en una nueva división o en un nuevo conflicto por la legitimidad y la representación constituyen una prioridad nacional en esta etapa. Nuestro pueblo no necesita más reuniones ni documentos que permanezcan sin aplicación, sino un diálogo permanente que conduzca a pasos concretos, una verdadera asociación nacional y una estrategia unificada que permita reconstruir el sistema político palestino y unir las energías de nuestro pueblo frente a la ocupación y sus planes.

Frente Popular para la Liberación de Palestina
Departamento Central de Información
27 de agosto de 2026

Fuente: insurgente.org  

La racha de buena suerte de 250 años del Imperio estadounidense está a punto de terminar


EE.UU., ASIA :: 30/08/2026

FAN YONGPENG

A lo largo de estos 250 años, los EEUU, que en su día fueron la «juventud excepcional», han vuelto finalmente a la senda de las leyes de hierro de la historia

EEUU celebra su 250.º aniversario con gran pompa en todo el país, enterrando una cápsula del tiempo que se abrirá en 2276. Pero, ¿sobrevivirá el imperio estadounidense para verlo? Con una deuda que supera el gasto en defensa y la guerra de Irán convirtiéndose en un atolladero, el veredicto es claro: la hegemonía estadounidense se está derrumbando, y EEUU no es una excepción a las leyes de hierro de la historia.

Este año se cumple el 250.º aniversario de la fundación de EEUU, que se celebra con gran pompa y solemnidad en todo el país. El Día de la Independencia se enterró una «cápsula del tiempo del semicentenario» cerca del Independence Hall de Filadelfia, que por ley deberá abrirse dentro de 250 años, en el año 2276.

Pero surge una pregunta: ¿seguirá existiendo EEUU dentro de 250 años? O, como mínimo, ¿podrá sobrevivir hasta entonces el país tal y como lo conocemos hoy en día --una potencia hegemónica mundial--? Según las encuestas estadounidenses, dos quintas partes de la población no creen que EEUU vaya a sobrevivir otros 250 años.

Ya hace siete años, y especialmente hace cinco, planteé esta cuestión en una serie de programas de los medios de comunicación y artículos. En aquel momento, planteé que era probable que la hegemonía estadounidense no sobreviviera al límite de los 250 años, sugiriendo que teníamos por delante unos años de observación para esperar y ver qué sucedía.

Ahora, cinco años después, considero que mi predicción se ha confirmado en gran medida. Las acciones militares de EEUU con respecto a Irán pueden considerarse la sentencia de muerte de su hegemonía.

Por supuesto, siguen existiendo opiniones divergentes sobre si la hegemonía de EEUU ha llegado realmente a su fin.

Por ejemplo, las noticias publicadas este año revelaron que Jim Rogers --el legendario inversor estadounidense a la altura de George Soros y Warren Buffett-- liquidó por completo sus participaciones en acciones estadounidenses, sin dejar ni una sola acción.

Admitió que comenzó a reducir sus posiciones gradualmente en 2025 y que, en febrero de este año, ya se había deshecho de todo. En su opinión, el colapso del mercado estadounidense es inevitable; lo único que sigue siendo incierto es el momento en que se producirá.

Tucker Carlson, considerado por muchos como el líder espiritual de los conservadores estadounidenses, señaló durante una emisión en directo en junio que había aceptado mentalmente la desaparición del Imperio estadounidense. Sin embargo, imaginaba que la muerte de un imperio debería ser, como mínimo, espectacular. Lo que más le enfurecía era que EEUU no cayera en una batalla decisiva contra grandes potencias como China o Rusia, sino que, en cambio, fuera derrotado por Irán --la 34.ª economía más grande del mundo, una nación sancionada por EEUU durante décadas--. Para él, este era un final ignominioso e inaceptable.

El 15 de junio, el vicepresidente J. D. Vance se dirigió a la nación y declaró que Irán recibiría 300.000 millones de dólares en fondos de reconstrucción. Aunque hizo hincapié en que este dinero procedería principalmente de inversiones y créditos de los países del Golfo, cualquier observador perspicaz sabe que se trata, en la práctica, de reparaciones de guerra por parte de EEUU.

Esto supone la primera vez en sus 250 años de historia que EEUU paga reparaciones por una derrota militar en el exterior, y es el único miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU (P5) que ha pagado tales reparaciones desde la fundación de las Naciones Unidas.

Los aliados de EEUU también han tomado nota. Durante el conflicto con Irán, España se mantuvo firme frente a EEUU, negándose a permitir el uso de sus aeródromos. En la cumbre del G7, incluso Japón e Italia se atrevieron a mostrar su descontento a Donald Trump.

Los expertos también han estado debatiendo esta tendencia en los últimos años. El teórico de las relaciones internacionales John Mearsheimer ha señalado sistemáticamente la decadencia interna de EEUU y su pérdida de hegemonía mundial. El economista Jeffrey Sachs sostiene que una camarilla dentro del Gobierno estadounidense está provocando el colapso total tanto de la política interior como de la exterior. Paul Krugman ha señalado de manera similar que EEUU ya no es la potencia económica y militar dominante.

El Dr. Hatem Bazian, investigador de la Universidad de California en Berkeley, comentó que leer hoy en día *La Muqaddimah*, del historiador árabe del siglo XIV Ibn Jaldún, produce una extraña sensación de familiaridad, ya que se lee como un informe de diagnóstico del imperio global actual. Señaló que, si bien todos los presidentes de EEUU han afirmado que EEUU es la «nación indispensable» y el garante del orden mundial, Ibn Jaldún señalaría que todos los imperios en declive han dicho exactamente lo mismo. Los romanos lo creían, los árabes lo creían y los británicos lo creían. Sin embargo, todos estos imperios acabaron desapareciendo.

Por supuesto, hay quienes insisten en que la hegemonía estadounidense no perecerá, y los más fervientes entre ellos son, irónicamente, los apologistas proestadounidenses fuera de EEUU. Por ejemplo, algunos medios de comunicación de Singapur han mostrado gran inquietud. El Lianhe Zaobao publicó un artículo en el que afirmaba que EEUU no es una hegemonía, sino un «shanba» (literalmente, «hegemonía benévola»), depositando sus esperanzas en que EEUU lidere de manera efectiva el progreso mundial en el siglo XXI.

Muchos medios de comunicación financieros de China se muestran igualmente inquietos. A finales de junio, cuando el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, abordó el memorándum de 14 puntos entre EEUU e Irán relativo al desbloqueo de fondos y activos iraníes, afirmó que Irán y Venezuela estaban volviendo al sistema del dólar, argumentando que las maniobras agresivas de EEUU tenían por objeto mantener la hegemonía del petrodólar.

A nivel nacional, los medios financieros no tardaron en presentar esto como una «victoria» de EEUU en la guerra contra Irán, alegando que reforzaba el petrodólar e impulsaría el crecimiento económico estadounidense hasta el 3 %. La ironía es la siguiente: ¿no fue precisamente EEUU quien los expulsó del sistema del dólar en primer lugar? Expulsar a alguien y luego volver a llamarlo se presenta ahora como una victoria, lo que refleja a la perfección la esencia del «triunfo» al estilo de Trump.

Estas personas parecen más preocupadas por la supervivencia de la hegemonía estadounidense que los propios estadounidenses. Una publicación reciente en la red social X lo expresaba muy bien: «Los romanos no sabían que su imperio se había derrumbado; simplemente se dieron cuenta un día de que ya no se reparaban las carreteras».

De hecho, el colapso de un imperio rara vez es una explosión repentina; suele ser más bien una lenta deflación. En consecuencia, en el momento exacto de la desaparición de un imperio, muchos no se dan cuenta de ello. Solo décadas más tarde, al mirar atrás, la gente se da cuenta de que el imperio ya hacía tiempo que había desaparecido.

Mi reflexión sobre el ciclo de 250 años de la hegemonía se inspiró hace años en Sir John Glubb, un teniente general británico retirado que gestionó la esfera de influencia del Imperio Británico en Oriente Medio. Tras la crisis de Suez de 1956, en la que el Imperio Británico fue humillado públicamente por EEUU y la Unión Soviética --lo que marcó el fin de su estatus imperial--, Glubb fue destituido y regresó a Gran Bretaña.

En 1976, publicó *The Fate of Empires* (El destino de los imperios). Tras analizar más de una docena de imperios a lo largo de tres milenios, descubrió que su vida útil se topaba sistemáticamente con un límite en torno a los 250 años. Los imperios otomano, español y británico duraron todos ellos aproximadamente 250 años. Esto fue corroborado por el investigador Samuel Arbesman en un estudio de 2011, que confirmó que la vida media de los imperios converge en torno a la marca de los 250 años.

Cuando Glubb escribió su folleto en 1976, se celebraba el bicentenario de los EEUU, antes de que el país alcanzara su apogeo tras la Guerra Fría. Apenas cincuenta años después, los EEUU han llegado a su propio umbral de los 250 años.

Por supuesto, la tesis de los 250 años no es estrictamente científica, y sus fechas de inicio y fin carecen de métricas estandarizadas, lo que la convierte más bien en un comentario histórico idealista. Si solo contamos el período de hegemonía real de EEUU, este solo ha durado unos 80 años. Mi convicción de que la hegemonía estadounidense podría terminar en torno a su 250.º aniversario no se debía a esta cifra arbitraria, sino a que observé la coincidencia de causas subyacentes (yinyuan) y oportunidades oportunas (jihui).

Si 2026 representa la oportunidad, ¿cuáles son las causas subyacentes?

En primer lugar, la contradicción fundamental del capitalismo. Los chinos conocen muy bien *El capital* de Karl Marx y su tesis sobre la contradicción fundamental entre la producción socializada y la propiedad privada de los medios de producción.

Como principal imperio capitalista del mundo, todos los conflictos a los que se enfrenta EEUU tienen su origen en esta contradicción fundamental y en sus mutaciones modernas --como la financiarización, los límites ecológicos, la globalización y los fallos de gobernanza--. En particular, la financiarización y el vaciamiento de la industria --consecuencias inevitables del desarrollo capitalista-- son ampliamente reconocidas por los estudiosos occidentales como la raíz del declive estadounidense.

Por ejemplo, el renombrado historiador francés Fernand Braudel habló del «otoño financiero» de los imperios, y el estudioso italiano Giovanni Arrighi argumentó que la expansión financiera representa la fase terminal de la hegemonía.

En segundo lugar está el balance del imperio. El inversor Jim Rogers basa su valoración en la deuda: «EEUU es la nación más endeudada de la historia de la humanidad, y esta factura tendrá que pagarse tarde o temprano». Aunque es difícil predecir el momento exacto de una crisis, teme que la generación de sus hijos no pueda escapar de ella.

El historiador económico británico Niall Ferguson propuso la «Ley de Ferguson»: cuando los pagos de intereses de la deuda de un imperio superan su presupuesto de defensa, ello marca el inicio de su declive. Este año, los pagos de intereses de la deuda nacional de EEUU superaron su gasto en defensa, lo que ha desatado una alarma generalizada. Ray Dalio, fundador del mayor fondo de cobertura del mundo, advirtió de que EEUU está gestando un «ataque al corazón económico».

En tercer lugar, el mundo lleva mucho tiempo sufriendo a causa de EEUU. Ya en 2005, Johan Galtung, el académico noruego y fundador de los estudios sobre la paz, señaló que el Imperio estadounidense había causado entre 13 y 20 millones de muertes desde la Segunda Guerra Mundial. Argumentó que un imperio culpable de tantas transgresiones debe derrumbarse inevitablemente, y predijo su desaparición para 2025.

Hizo un llamamiento a los pueblos del mundo para que desmantelaran el Imperio estadounidense y devolvieran la República de EEUU al pueblo estadounidense. Aunque esto pueda parecer una aspiración moralista, la experiencia histórica china nos enseña que «una causa injusta encuentra escaso apoyo» (shidao guazhu) es, de hecho, una ley objetiva de la historia.

En cuarto lugar está la geopolítica. Algunos estudiosos deducen el fin de la hegemonía estadounidense a partir de las teorías clásicas del poder marítimo y del poder terrestre. Desde la perspectiva del poder marítimo, para un imperio marítimo, perder el control de los puntos estratégicos marítimos clave supone la muerte imperial. Históricamente, cuando Portugal perdió el estrecho de Malaca, España perdió Gibraltar y Gran Bretaña y Francia perdieron el canal de Suez, todas ellas cayeron invariablemente a la categoría de potencias de tercera categoría. Hoy en día, EEUU ha perdido el control del estrecho de Ormuz: el guion es notablemente similar.

Desde la perspectiva del poder terrestre, perder el control de Oriente Medio significa que EEUU será expulsado de la masa continental afro-euroasiática. En 2013, el historiador singapurense Wang Gungwu señaló que, si bien las hegemonías británica y estadounidense se construyeron en torno a los océanos y las islas, los destinos de Gran Bretaña y Japón demuestran que el poder marítimo por sí solo, sin una base continental, resulta insuficiente. EEUU fue la primera potencia de la historia en dominar tanto un continente enorme como los océanos.

En anteriores rivalidades hegemónicas, Gran Bretaña y EEUU derrotaron a Francia y a la Unión Soviética al encerrarlas dentro del continente. Occidente quería emplear la misma estrategia contra China, pero la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China entrelazó de forma proactiva el poder marítimo y el terrestre en un único sistema, mientras que los ferrocarriles, el tren de alta velocidad y las redes eléctricas redujeron las distancias físicas del continente euroasiático.

Dado que la capacidad de construcción naval de China es ahora más de 200 veces superior a la de EEUU, este país no puede derrotar a China ni por mar ni por tierra. En esta coyuntura crítica, EEUU perdió sus propios puntos estratégicos de estrangulamiento marítimo, lo que hace que el resultado sea evidente.

Por supuesto, mi valoración del fin de la hegemonía estadounidense es un juicio objetivo sobre los hechos --imparcial y analítico--. El hecho de que la hegemonía estadounidense sobreviva más allá de los 250 años no afecta a nuestra construcción del socialismo con características chinas.

El propósito de plantear esta cuestión es ajustar nuestra visión de los asuntos mundiales y nuestras respuestas a los retos futuros basándonos en evaluaciones objetivas.

Por lo tanto, independientemente de si la hegemonía estadounidense está llegando a su fin, nunca debemos subestimar a nuestro adversario; siempre debemos pecar de cautelosos a la hora de evaluar al enemigo.

Por ejemplo, en lo que respecta a la financiarización y la desindustrialización, existen fuerzas dentro de EEUU que buscan un cambio. La agenda «MAGA» de Donald Trump, la guerra arancelaria mundial y el impulso bipartidista a favor de la «reindustrialización» tienen como objetivo resolver, o al menos mitigar, este problema.

Aunque no puedan tener pleno éxito en el marco de las actuales estructuras de poder institucionales y políticas, no debemos subestimar el potencial de EEUU. Paradójicamente, EEUU está actualmente «bebiendo veneno para saciar la sed» al inflar agresivamente burbujas bursátiles en los sectores de la inteligencia artificial y la alta tecnología. Este frenesí bursátil no contribuye a reactivar la industria manufacturera ni a impulsar el empleo; solo beneficia al gran capital. Cuando esta burbuja acabe estallando, el daño a la economía imperial será fatal.

En cuanto a los reveses en el poder marítimo y terrestre, es posible que EEUU intente una «mejora dimensional» dominando las alturas de la inteligencia artificial. En el ámbito de la IA, EEUU sigue manteniendo el liderazgo, mientras que China es más fuerte en las aplicaciones.

Es muy probable que el mundo futuro sea un duopolio de competencia entre EEUU y China. Sin embargo, desde un punto de vista sistémico, es más probable que China salga victoriosa, ya que un «cerebro» de IA separado de un sistema industrial sólido sufrirá falta de circulación, mientras que la IA impulsada por la productividad real y un ecosistema industrial innovará y se renovará continuamente.

En cuanto a la crisis fiscal, es posible que EEUU aún pueda aliviarla temporalmente mediante la hegemonía del dólar, ya que este sigue siendo la moneda internacional dominante. Aunque el renminbi (RMB) está al alza, China no desea que el RMB sustituya por completo al dólar como única moneda de reserva mundial, ya que, si el RMB sustituyera al dólar, los defectos estructurales fatales del sistema del dólar se nos transferirían a nosotros.

Durante un período previsible, el sector financiero podría seguir estando dominado por el dólar, mientras que la economía real se denominaría cada vez más en RMB; es posible que los bienes y la moneda no se solapen por completo.

Además, los avances tecnológicos podrían aliviar la crisis fiscal. Niall Ferguson sugirió que EEUU podría volver a los límites seguros de la «Ley de Ferguson» mediante un salto en la productividad, una opinión con la que se han hecho eco el presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, y Elon Musk, quienes han abogado por utilizar la innovación tecnológica para resolver los problemas fiscales.

Sin embargo, podemos extraer una lección de la historia china: el fin de cualquier dinastía viene marcado invariablemente por el colapso fiscal. Esto se manifiesta de dos formas: en primer lugar, la desigualdad fiscal y una base impositiva cada vez más reducida. Las clases ricas y privilegiadas casi no pagan impuestos, lo que obliga al Estado a exprimir a las clases medias y bajas.

media a la clase baja y empuja a esta última a convertirse en dependiente de poderosos terratenientes locales, lo que reduce aún más la base impositiva. Los recortes fiscales de Trump para los ricos y la «One Big Beautiful Bill Act» tienen precisamente este efecto. En segundo lugar, el dinero se vuelve cada vez más escaso, mientras que cada iniciativa gubernamental requiere sumas astronómicas; sin embargo, una vez asignados, los fondos se esfuman. Las infraestructuras de EEUU son un ejemplo clásico.

Cualquier reforma destinada a recortar el gasto se ve bloqueada por los grupos de interés. Incluso los drásticos esfuerzos de Elon Musk por recortar el presupuesto tendrán, en última instancia, dificultades para superar la burocracia institucional. Aunque la lógica subyacente difiere en la era de la moneda fiduciaria, todos estos fenómenos han salido a la luz en EEUU durante las últimas décadas. El histórico «libro de errores del pasado» de China nos indica que es muy probable que EEUU gestione mal esta crisis.

Por último, incluso si la hegemonía estadounidense llegara a su fin, EEUU seguirá siendo una gran potencia --y, además, una potencia nuclear-- que continuará desempeñando un papel fundamental en el orden mundial.

Para las iniciativas globales propuestas por China y la consecución de una «Comunidad con un Futuro Compartido para la Humanidad», EEUU sigue siendo importante y merece un lugar. Como gran potencia que fomenta el empoderamiento, China no solo debe potenciar el sistema internacional y el Sur Global, sino también empoderar a las antiguas potencias hegemónicas, permitiéndoles reintegrarse en el nuevo orden mundial de forma pacífica. Al fin y al cabo, el colapso caótico de una hegemonía puede resultar mucho más peligroso que la propia hegemonía.

Cuando estudié historia de EEUU en la universidad, casi todos los libros de texto afirmaban que EEUU era una nación excepcional. El «excepcionalismo estadounidense» es un concepto ineludible para comprender el país.

Debido a esta ideología excepcionalista, parece existir una sensación de «atemporalidad» en la psique estadounidense, como si las leyes históricas no se aplicaran a ellos. A lo largo de su desarrollo, EEUU siempre ha recurrido a la expansión espacial --primero por toda América del Norte y, posteriormente, a escala mundial-- para paliar las crisis temporales.

El historiador alemán Leopold von Ranke escribió en su Historia de las naciones latinas y teutónicas que la experiencia histórica compartida por estos pueblos podía resumirse en tres «respiraciones profundas». La primera fue la Gran Migración, en la que las tribus germánicas se trasladaron a Roma. La segunda fueron las Cruzadas, dos siglos de guerras religiosas que trajeron consigo una inmensa riqueza, lo que permitió a las naciones europeas mejorar sus capacidades. La tercera fue la expansión colonial moderna. Esto ilustra la diferencia fundamental que a menudo comento entre los pueblos sedentarios y los pueblos móviles o nómadas. Una vez que estos últimos ya no pueden desplazarse, se estancan y pierden su vitalidad.

Cuando Ranke se refirió a esta «tercera gran bocanada», parecía como si Europa ya se hubiera vuelto lo suficientemente fuerte como para la expansión global. En realidad, esta fase puede dividirse en dos etapas. En la primera etapa, Europa Occidental seguía siendo una de las regiones más atrasadas del mundo.

Todo el continente euroasiático dependía de los productos orientales --en particular, de los chinos--. Andre Gunder Frank señaló que, mientras que diversas regiones de Eurasia podían intercambiar sus propios productos con Oriente, Europa Occidental no tenía prácticamente nada de valor que ofrecer y solo podía pagar con metales preciosos.

Numerosos estudios sobre la historia del comercio mundial muestran que, hasta finales de la dinastía Qing e incluso durante los primeros años de la República de China, Europa Occidental y EEUU no podían encontrar ningún producto manufacturado de importancia que exportar a China. Hoy en día, resulta difícil imaginar que países como el Reino Unido, EEUU y Francia tuvieran que vender en su día productos agrícolas a cambio de productos industriales chinos, seda, té, cerámica, textiles e incluso hierbas medicinales chinas como el ruibarbo.

Para compensar su déficit comercial con China, EEUU tuvo que cazar animales salvajes a gran escala para exportar pieles, o cultivar ginseng específicamente para venderlo a China. No fue hasta que colonizó la India, robó y trasplantó plantas de té y cultivó algodón y opio, cuando Gran Bretaña compensó gradualmente una parte de su déficit.

Europa dependía de los metales preciosos para adquirir productos chinos, pero Europa Occidental no producía grandes cantidades de oro ni de plata. Este problema solo se resolvió mediante la repentina expansión del espacio físico. La Era de los Descubrimientos condujo a las Américas, donde España saqueó enormes cantidades de oro y plata, lo que finalmente proporcionó a los europeos occidentales el capital necesario para incorporarse a la red comercial china.

La segunda etapa comenzó tras la industrialización de Europa Occidental. Esta se enfrentó rápidamente a crisis internas, caracterizadas por la presión demográfica y las intensas luchas de clases, lo que la llevó al borde del colapso. Finalmente, logró escapar de ello mediante la expansión espacial: en primer lugar, adquiriendo riqueza y mercados a través de las colonias, y en segundo lugar, exportando su excedente de población para aliviar las presiones internas.

En otras palabras, gracias a factores fortuitos, lograron escapar de la maldición de la ley cíclica de la historia. Sin embargo, esta expansión era intrínsecamente contraproducente. Como escribió proféticamente Friedrich Engels en 1894: «A la producción capitalista solo le queda por conquistar China, y cuando finalmente la haya conquistado, hará imposible su propia existencia en su país de origen».

EEUU es la casualidad de todas las casualidades en este proceso.

Cuando los inmigrantes blancos europeos llegaron a Norteamérica y establecieron su Estado, ante unas tierras casi ilimitadas y unos recursos inagotables, se olvidaron de la escasez y la crisis. Esto fomentó naturalmente una ilusión de existencia eterna y atemporal. Al mirar hacia atrás, hacia su antigua patria europea, donde la modernización traía consigo conflictos sociales y lucha de clases, los estadounidenses observaban a su alrededor sus propios recursos, aparentemente infinitos, que esperaban ser cultivados.

Creían que podían permanecer al margen de los problemas del viejo mundo; este fue un origen clave del excepcionalismo. Este «aliento» no terminó hasta la década de 1890, cuando el Gobierno de los EEUU declaró oficialmente el cierre de la frontera. Mientras que civilizaciones antiguas como la china se enfrentaron a limitaciones de tierra y recursos en la Antigüedad, los EEUU solo se enfrentaron a este problema en los albores del siglo XX.

El sociólogo alemán Werner Sombart señaló este hecho, argumentando que era la razón por la que no existía el socialismo en EEUU. Cada vez que se acumulaba presión social, esta se disipaba fácilmente gracias a la apertura continua de nuevas fronteras y al descubrimiento de nuevos recursos. En otras palabras, cambiaban espacio por tiempo, utilizando la expansión espacial para disipar las crisis que el tiempo trae inevitablemente consigo.

La expansión espacial de EEUU no se limitó a la expansión hacia el oeste; Canadá, al norte, y México, al sur, también sirvieron como amortiguadores vitales. Tras la independencia estadounidense, incluso se reservó un puesto para Canadá en la Unión. Cuando Engels visitó EEUU en 1888, aún creía que Canadá acabaría siendo anexionado por EEUU. Texas, Nuevo México y California fueron todos arrebatados a México. Tras la Segunda Guerra Mundial, EEUU utilizó su hegemonía global para extraer riqueza del mundo, desplazando sus crisis internas hacia el exterior.

En consecuencia, los estadounidenses llegaron a considerarse una excepción, llegando incluso a ver su nación a través de una lente religiosa como un reino eterno y milenarista: un paraíso en la tierra gobernado por el propio Cristo. Para un reino milenarista, la historia es innecesaria y el tiempo carece de sentido.

El pensamiento y el mundo académico estadounidenses se asientan en este concepto de atemporalidad. Incluso las propias ciencias sociales portan este gen de la atemporalidad, al creer que la sociedad humana puede funcionar indefinidamente basándose en un conjunto de leyes universales, al igual que el mundo natural, y que la humanidad puede resolver todos los problemas mediante el diseño institucional y la ciencia de la gestión.

Los economistas creen en el poder autorregulador del mercado; los politólogos creen que la democracia representativa es el «fin de la historia»; los sociólogos se centran en la estructura, la función y el proceso. Toda la sociedad cree que, al adherirse a un conjunto de principios legalistas, puede escapar al juicio de la historia y del tiempo, lo que permitiría a EEUU existir eternamente.

Sin embargo, el espacio es finito, mientras que el tiempo es infinito. Confiar en el espacio solo puede retrasar brevemente el juicio del tiempo. La expansión geográfica de EEUU ha alcanzado su límite, y la explotación del mundo por parte de la hegemonía estadounidense se enfrentará inevitablemente a una resistencia global.

La expansión de las élites tecnológicas y capitalistas estadounidenses hacia el espacio, las plataformas en línea y la inteligencia artificial se ha convertido, bajo la lógica del capital financiero, en un carnaval y una autocracia para unos pocos. Lejos de aliviar las contradicciones internas como lo hizo la expansión histórica, agravará aún más la polarización de clases y la división política. Hoy en día, a EEUU le queda poco margen para la expansión espacial. Una vez que el espacio deje de expandirse, llegará el boomerang del tiempo.

Por supuesto, no se puede afirmar que a EEUU no le quede absolutamente ningún espacio para expandirse. El Ártico, Canadá y Groenlandia ofrecen oportunidades, y existe una coordinación tácita entre EEUU y Rusia. Es probable que el Ártico se convierta en un «nuevo Mediterráneo». Pero, en última instancia, todo se reduce a las fuerzas productivas. El mar de la China Meridional fue en su día prácticamente el «Mediterráneo» de China, y aun así fue colonizado por Occidente. China no debe pasar por alto la cuestión del Ártico.

Ya en 1909, el dramaturgo británico George Bernard Shaw, en su obra *Misalliance*, hizo decir a un personaje socialista: «Roma cayó. Babilonia cayó. Llegará el turno de Hindhead». Hindhead era un pequeño pueblo inglés de la obra, que simbolizaba que el Imperio Británico no podía escapar al ciclo de auge y caída de los imperios.

Y en el famoso libro *El auge y la caída de las grandes potencias*, el historiador estadounidense Paul Kennedy adaptó esta frase: «Roma cayó. Babilonia cayó. Llegará el turno de Scarsdale». Scarsdale es un acomodado barrio residencial al norte de la ciudad de Nueva York. Sir John Glubb también señaló en *El destino de los imperios*: «Los asirios marchaban a pie y luchaban con lanzas, arcos y flechas. Los británicos utilizaban artillería, ferrocarriles y buques transoceánicos. Sin embargo, ambos imperios perduraron aproximadamente el mismo tiempo».

También observó que los síntomas de declive en todos los imperios históricos incluyen el odio político interno, las afluencias masivas de inmigrantes extranjeros y la diversificación demográfica. Al observar los EEUU de hoy, las similitudes son sorprendentes. A lo largo de estos 250 años, los EEUU, que en su día fueron la «juventud excepcional», han vuelto finalmente a la senda de las leyes de hierro de la historia.

Esta transición de EEUU --de ser una excepción a volver a las leyes de hierro de la historia-- constituye el mejor espejo histórico para China.

The China Academy / geopoliticarugiente.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-racha-de-buena-suerte-de-250 

Judith Butler y los límites de la política de la vulnerabilidad

Buen artículo, donde yo destaco que para la Butler  el capitalismo es abstracto sin sujeto dominante y donde el imperialismo ni existe, ni sitúa a la clase obrera como el principal sujeto revolucionario dispersándola en las distintas identidades individuales al tiempo que divide a la clase obrera igual que dividió al movimiento feminista, convirtiéndolo en un movimiento pequeñoburgués de género de ahí, que toda su teoría transgénero generada desde los años noventa  sobre teoría woke y queer, haya sido una teoría en versión seudoprogresista al servicio de la oligarquía imperialista neoliberal estadounidense, para dividir a la clase trabajadora desde el movimiento feminista en la recta final por colapso, caos y guerras del sistema capitalista de mercado monopolizado. Nota de Alonso Gallardo


                                                        

La vulnerabilidad puede describir cómo se experimenta la dominación; no basta para explicar cómo se produce ni cómo puede abolirse.
Judith Butler | Fuente: Jreberlein / CC BY 2.5
Judith Butler | Fuente: Jreberlein / CC BY 2.5

Judith Butler ocupa un lugar central en los debates feministas y de la izquierda contemporánea. Desde sus primeros trabajos sobre la performatividad de género hasta sus análisis sobre la precariedad, su obra ha influido de manera decisiva en la teoría social y en el lenguaje de numerosos movimientos políticos. Precisamente por esa influencia, cualquier crítica a su pensamiento debe partir de una lectura rigurosa de sus categorías y de una discusión de sus implicaciones políticas.

Los presupuestos filosóficos del andamiaje butleriano hacen impensable una política de transformación estructural

El problema central del pensamiento de Butler es que carece de las categorías necesarias para pensar la mediación entre resistencia y poder. Aunque en sus últimos trabajos incorpore referencias más explícitas a la clase o al anticapitalismo, su ontología sigue sin permitir una estrategia de poder. Por estrategia no entendemos una mera sucesión de tácticas, sino la existencia de mediaciones organizativas que permitan convertir conflictos dispersos en una fuerza capaz de disputar el poder político. La pregunta es si el andamiaje butleriano permite formular ese tipo de estrategia. La respuesta es que no. Y esta falta no es un olvido subsanable: es consecuencia lógica de unos presupuestos filosóficos que hacen impensable una política de transformación estructural.

Pongamos por caso a una trabajadora de los cuidados, negra, inmigrante, que limpia por horas en tres casas para pagar una habitación compartida. Butler cuenta con un arsenal conceptual para describir esa vulnerabilidad: puede mostrarnos cómo su vida está enmarcada como menos digna de duelo, cómo su precariedad se distribuye diferencialmente, cómo las normas de género y raza la constituyen como un cuerpo que importa menos. Pero hay una pregunta que su marco no alcanza a responder: ¿qué hace esta trabajadora para dejar de ser vulnerable? Y, sobre todo, ¿con quién lo hace?

La división sexual y racial del trabajo no es un complemento cultural de la explotación económica, sino un requisito funcional del sistema

Las aportaciones de la Teoría de la Reproducción Social y de la Teoría Unitaria permiten comprender que el trabajo reproductivo constituye una condición interna de la acumulación capitalista. La división sexual y racial del trabajo no es un complemento cultural de la explotación económica, sino un requisito funcional del sistema. Allí donde Butler privilegia un análisis de la constitución normativa de las diferencias (cómo los marcos producen cuerpos que importan menos), la TRS pregunta por la función que esas diferencias cumplen dentro de la reproducción ampliada del capital. La vulnerabilidad de esta trabajadora no es un efecto colateral de las normas: es una consecuencia estructural de las relaciones de producción y reproducción capitalistas.

Para Butler, la precariedad es el efecto de un modo de gobierno que produce poblaciones diferencialmente expuestas. La desregulación laboral o la financiarización de la vida cotidiana son formas de gubernamentalidad que distribuyen desigualmente la vulnerabilidad. Pero en cuanto se interroga por la causa de esas formas de gobierno, la divergencia con el marxismo se vuelve insalvable. El marxismo explica la precariedad como una consecuencia de la ley del valor y de la acumulación capitalista: la dinámica del capital produce precariedad de manera estructural, y lo hace a través de jerarquías de género y raza que no son exteriores a la explotación. No son dos descripciones complementarias del mismo fenómeno, sino dos jerarquías explicativas distintas.

La categoría marxista fundamental no es la vulnerabilidad, sino la explotación, porque señala el mecanismo que genera la precariedad como necesidad sistémica

Nuestra trabajadora no está precarizada simplemente porque los marcos normativos la hayan constituido como vulnerable. Está precarizada porque el capital necesita que alguien realice el trabajo de reproducción social por salarios de miseria para que otros dediquen más horas al trabajo productivo. La explotación no ocurre solo en la fábrica, sino también en la cocina y en el cuarto de limpieza. Esa explotación reproductiva está generizada y racializada: la explotación se encarna en cuerpos concretos a los que se asigna menor valor, y esa asignación no es un residuo ideológico sino un mecanismo económico. La categoría marxista fundamental no es la vulnerabilidad, sino la explotación, porque señala el mecanismo que genera la precariedad como necesidad sistémica. Los marcos que Butler describe no flotan en un espacio autónomo: están anclados en relaciones de producción y reproducción que les confieren su funcionalidad. Explicar esos marcos sin explicar el anclaje es una explicación a medias que conduce a una política a medias.

Esta carencia se manifiesta con nitidez cuando examinamos lo que el marco butleriano no desarrolla: las categorías que hacen posible el tránsito de la resistencia a la transformación.

Su concepción del sujeto hace que la idea misma de una organización política estable resulte difícilmente pensable dentro de su ontología

Butler ha escrito con perspicacia sobre la asamblea, sobre la reunión de cuerpos en el espacio público. Pero entre la asamblea y el partido hay un salto que su marco no permite franquear. El sujeto butleriano es constitutivamente inestable: nunca está plenamente constituido, permanece siempre abierto. Las coaliciones que forma son, por definición, contingentes y provisionales. La organización leninista, en cambio, presupone un sujeto que, sin cancelar la pluralidad, puede estabilizarse lo suficiente como para construir una dirección política colectiva y actuar estratégicamente en el tiempo. No es que Butler haya olvidado hablar del partido; es que su concepción del sujeto hace que la idea misma de una organización política estable resulte difícilmente pensable dentro de su ontología.

En cuanto a la hegemonía, Butler utiliza el término de forma puntual pero nunca como núcleo. La hegemonía en sentido gramsciano implica la capacidad de articular demandas diversas en torno a un proyecto común y construir un programa de transición. En Butler, la articulación de las luchas es siempre coalicional y coyuntural; no existe un sujeto estratégico que aspire a la dirección del conjunto. La hegemonía que necesita la clase obrera es aquella capaz de unificar las luchas en la fábrica, en el hogar y en el centro de cuidados, no como coalición de movimientos sectoriales, sino como expresión política de una opresión que es unitaria en su estructura. Un marco que conceptualiza las opresiones como marcos normativos autónomos difícilmente puede ofrecer una estrategia para unificar lo que nunca ha estado separado en la realidad material.

Si el Estado es un ensamblaje de prácticas de gobierno, la resistencia se orienta a desmontar marcos normativos; si es la forma política de la dominación de clase, debe apuntar a modificar la correlación de fuerzas que lo sostiene y, en última instancia, a destruirlo como aparato de dominación

Respecto al Estado, en el marco butleriano su análisis queda subordinado al estudio de los dispositivos de poder que lo atraviesan, heredando de Foucault una concepción centrada en las tecnologías de gobierno. El marxismo-leninismo, en cambio, afirma que el Estado es la condensación material de una correlación de fuerzas entre clases, cuya función es garantizar la reproducción de las relaciones de producción capitalistas. Las consecuencias son divergentes: si el Estado es un ensamblaje de prácticas de gobierno, la resistencia se orienta a desmontar marcos normativos; si es la forma política de la dominación de clase, debe apuntar a modificar la correlación de fuerzas que lo sostiene y, en última instancia, a destruirlo como aparato de dominación. La teoría de Butler se detiene antes de ese paso y no llega a elaborar una teoría del Estado como instrumento de dominación de clase.

Su política es una política de la resistencia, no de la ofensiva; una política que reacciona a la precariedad pero no piensa en su abolición

Sin teoría del partido, de la hegemonía y del Estado como condensación de relaciones de clase, el marco butleriano carece de recursos para formular una estrategia revolucionaria. Su política es una política de la resistencia, no de la ofensiva; una política que reacciona a la precariedad pero no piensa en su abolición.

Volvamos a la trabajadora inmigrante. No necesita que le expliquen que su vida es precaria; lo padece cada día. Necesita entender por qué es explotada, quién se beneficia y cómo organizarse para dejar de serlo. Necesita comprender que su explotación en el hogar ajeno y la de quien trabaja en la fábrica no son compartimentos estancos, sino dos momentos del mismo proceso de acumulación, y que las humillaciones racistas y sexistas que sufre son la forma misma en que el capital extrae su trabajo y lo devalúa. Butler puede ayudarle con la primera pregunta. El marxismo-leninismo puede ayudarla con las tres. La pregunta política decisiva no es cómo resignificar su vulnerabilidad, sino cómo acumular el poder necesario para destruir las condiciones que la producen. La primera conduce a una política de la resistencia; la segunda, a una política de la revolución.

La clase obrera no está para deconstruirse: está para emanciparse. Y la emancipación, como enseñó Marx, no será resultado de una resignificación del mundo, sino de su transformación

La clase obrera no está para deconstruirse: está para emanciparse. Y la emancipación, como enseñó Marx, no será resultado de una resignificación del mundo, sino de su transformación. La vulnerabilidad puede describir cómo se experimenta la dominación; no basta para explicar cómo se produce ni cómo puede abolirse. Ahí reside, a nuestro juicio, el límite político del pensamiento de Butler. Superarlo exige una teoría capaz de comprender la unidad entre explotación, reproducción y poder. Esa sigue siendo la tarea propia del comunismo.

(*) Militante del núcleo Diego Almodóvar del Partido Comunista de Andalucía (PCA) 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Occidente encarado hacia la guerra mundial


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Por Glenn Diesen*

A medida que Occidente se prepara para una guerra perpetua con la promesa de traer una paz perpetua, se sacrificarán las normas que legitimaban a la potencia hegemónica. La libertad de expresión, la libertad de navegación, las normas del sistema financiero internacional, el comercio internacional y otras normas que garantizaban un mundo abierto y conectado están siendo arrasadas. Lo que antes eran principios sagrados se abandonan con el apoyo de grupos yihadistas y fascistas, llegando incluso a hacer aceptable el genocidio. La diplomacia se tacha de «apaciguamiento» e incluso el miedo a la guerra nuclear se descarta con ligereza como una capitulación ante el chantaje nuclear.

La cuestión más importante de los sistemas sociales es: ¿qué es lo que crea orden en la gestión de intereses contrapuestos? En materia de seguridad internacional, debemos, por tanto, plantearnos la pregunta: ¿cómo gestionamos los intereses de seguridad contrapuestos de los Estados?

Hace mucho tiempo que no nos planteamos esta pregunta, ya que el orden mundial posterior a la Guerra Fría se organizó en torno a la hegemonía colectiva de Occidente. Un sistema hegemónico no gestiona los intereses de seguridad contrapuestos de los Estados, sino que busca la estabilidad, el orden y la paz a través del dominio. Sin embargo, esa hegemonía ya no existe y debemos volver a abordar los intereses de seguridad contrapuestos de los Estados.

La hegemonía como valor universal

Abordar las preocupaciones de seguridad de otros Estados resulta especialmente difícil para una antigua potencia hegemónica, ya que se percibe como una traición a los valores universales. Las potencias hegemónicas siempre tratan de legitimar su dominio como un bien común, razón por la cual los intereses y privilegios particulares de la potencia hegemónica se presentan como «valores universales». Occidente ya no habla de la seguridad internacional en términos de intereses de seguridad contrapuestos, sino de valores universales.

El orden mundial de la hegemonía liberal posterior a la Guerra Fría presentaba la hegemonía colectiva de Occidente como una «fuerza del bien» que, supuestamente, promovía los valores democráticos liberales. La clase política occidental, surgida en las últimas décadas, abrazó plenamente una ideología basada en la teoría de Fukuyama sobre el «fin de la historia», según la cual el mundo se unificaría bajo la democracia liberal y el liderazgo occidental. La hegemonía liberal se convirtió en una norma hegemónica, ya que estos valores universales solo podían prevalecer bajo el dominio occidental.

Acciones previsibles de una potencia hegemónica en declive

Es previsible que una potencia hegemónica en declive intente debilitar a las potencias emergentes, y que todos los «valores universales» que ya no sustenten su hegemonía pueden tirarse por la ventana. ¿Cuál es la respuesta previsible de la antigua potencia hegemónica?

La respuesta previsible sería una guerra económica contra China para impedir su ascenso tecnológico y económico y, si eso no funciona, escalar hasta una guerra real. En Europa, la hegemonía puede restablecerse mediante el expansionismo de la OTAN y guerras por poder para debilitar a Rusia como potencia rival. En Oriente Medio, Irán sería el principal objetivo de un cambio de régimen o de destrucción, al ser la principal potencia rival en la región. El hemisferio occidental debe volver a someterse a la Doctrina Monroe, África se convertirá en un campo de batalla por la influencia y los aliados de la potencia hegemónica deberán pagar tributo.

Sin embargo, la hegemonía ya ha desaparecido. China puede resistir la coacción económica, Rusia puede contrarrestar el expansionismo de la OTAN, Irán ha derrotado triunfalmente a EEUU y la sobreexpansión imperial de Washington se ha acelerado ahora mucho más allá de lo que es sostenible. No hay soluciones a la crisis económica que se avecina que puedan salvar la situación.

Reflexiones sobre la paz en un mundo multipolar

¿Solo puede haber paz si la economía y la tecnología estadounidenses dominan a China? ¿Solo puede haber paz en Europa si persiste el expansionismo de la OTAN y esta puede atacar a otros Estados sin obstáculos? ¿Solo puede haber paz en Oriente Medio si se produce un cambio de régimen o se destruye a todos los Estados rivales de Occidente en la región? ¿Solo pueden existir la paz y el orden si Occidente puede entrometerse en los asuntos internos de otros Estados?

Si se pregunta a los fundamentalistas ideológicos de Occidente qué es lo que crea el orden, la respuesta siempre hará referencia a alguna forma de «valores universales» vinculados a la hegemonía occidental.

Nuestro mayor reto en Occidente es adaptarnos a una nueva distribución internacional del poder: ¿cómo logramos la paz y el orden en un mundo poshegemónico?

Occidente optará por la guerra

Abandonar las ideologías hegemónicas y desarrollar, una vez más, sistemas que gestionen intereses de seguridad contrapuestos no es fácil. La nueva clase política surgió en las últimas décadas desde la convicción de que desempeñaba un papel único en la historia: era responsable de la transición de un mundo antes caótico a otro más benigno, justo y estable. En una nueva y virtuosa misión civilizadora, Occidente dominaría a perpetuidad, y ello redundaría en beneficio de toda la humanidad. En cambio, se encuentra presidiendo una era que pone fin a 500 años de dominio occidental.

En un entorno así, los fundamentalistas ideológicos de Occidente se negarán a debatir la adaptación a la nueva distribución internacional del poder. Desde luego, no abordarán las preocupaciones en materia de seguridad de los Estados rivales, algo que se percibe como una traición a los valores universales. En cambio, vemos cómo los halcones militantes ganan terreno rápidamente si logran promover la ilusión de que una gran guerra puede restaurar la época dorada.

A medida que Occidente se prepara para una guerra perpetua con la promesa de traer una paz perpetua, se sacrificarán las normas que legitimaban a la potencia hegemónica. La libertad de expresión, la libertad de navegación, las normas del sistema financiero internacional, el comercio internacional y otras normas que garantizaban un mundo abierto y conectado están siendo arrasadas. Lo que antes eran principios sagrados se abandonan con el apoyo de grupos yihadistas y fascistas, llegando incluso a hacer aceptable el genocidio. La diplomacia se tacha de «apaciguamiento» e incluso el miedo a la guerra nuclear se descarta con ligereza como una capitulación ante el chantaje nuclear.

Al rechazar un sistema que busca el orden y la paz gestionando intereses de seguridad contrapuestos, Occidente ha optado por la guerra para restaurar su inalcanzable paz hegemónica.

* Nota original: The West on the Path to World War – Glenn Diesen’s Substack

Versión en castellano del Blog de Rafael Poch de Feliu. 

Contra la falsa simetría de las tijeras

                                                     


Una carta abierta mientras Irán resiste una guerra ilegal de agresión.
Imagen creada con inteligencia artificial para acompañar el artículo.

Queridas amigas, queridos amigos y colegas:

Estados Unidos e Israel lanzaron una guerra de agresión contra Irán en febrero de este año. Durante seis meses, misiles y bombas estadounidenses han caído sobre objetivos civiles y militares dentro del país. Han sido atacados hospitales, escuelas, instalaciones energéticas y barrios residenciales. Las 168 alumnas asesinadas en Minab se han convertido en el terrible símbolo de esta guerra. La población iraní se ha visto obligada a vivir bajo la constante expectativa de un nuevo ataque, mientras las familias iraníes que se encuentran fuera del país soportan la peculiar agonía de contemplar la destrucción desde la distancia. Esto ocurre después de tres años de genocidio israelí en Gaza, llevado a cabo gracias al apoyo militar incesante de Estados Unidos.

Irán no inició esta guerra. La iniciaron Estados Unidos e Israel. Irán está resistiendo un ataque armado contra su territorio y su población. Este hecho elemental debe determinar el momento, el lenguaje y las responsabilidades políticas de cualquiera que escriba sobre Irán en estos momentos.

Es en este contexto en el que he leído vuestra carta abierta a los presos políticos iraníes.

Entre quienes la firman hay antiguos presos políticos, como Angela Davis, y un preso político actual, Mumia Abu-Jamal. He coincidido con muchos de vosotros en buena parte de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Por supuesto, hay elementos de vuestra carta con los que estoy de acuerdo, pero considero que, en este momento, esta carta desempeña un papel políticamente perjudicial. Precisamente cuando Estados Unidos e Israel se encuentran a la defensiva, esta carta puede generar el tipo de confusión política que oscurece la dinámica real sobre el terreno: Irán tiene la ventaja estratégica, porque ha transformado la cuestión planteada por Estados Unidos e Israel —si debe permitirse a Irán disponer de armas nucleares— en una cuestión iraní: si Irán debe permitir sin restricciones el comercio a través de sus aguas territoriales. Ese es el contexto en el que debemos situar la claridad moral de la izquierda: una guerra de agresión que ha fracasado y que ha colocado tanto a Irán como a sus vecinos ante un debate sobre la seguridad regional, en lugar de la seguridad imperial.

Pero esta carta, procedente del Norte Global, proporciona precisamente el tipo de cobertura ideológica que Estados Unidos necesita: si Estados Unidos ha perdido, entonces hagamos que todos pierdan y responsabilicemos a todos por igual.

La imagen central, las dos hojas de unas tijeras, resulta evocadora, pero es errónea. Sugiere que una de las hojas es la República Islámica y la otra Estados Unidos e Israel, mientras el pueblo iraní queda atrapado y es cortado por ambas. El error de las tijeras no consiste simplemente en que sus hojas sean desiguales. Consiste en que la imagen presenta al agresor y al agredido como fuentes paralelas de un mismo peligro, eliminando la historia y la jerarquía que los relacionan. El imperialismo estadounidense no es simplemente una forma de opresión más junto a otra. Es la fuerza que ha rodeado a Irán, devastado la región, armado a Israel, impuesto sanciones contra toda una población y llevado ahora la guerra al territorio iraní. Vuestra carta coloca la agresión y su objetivo dentro del mismo marco moral.

Estados Unidos mantiene más de 900 instalaciones militares fuera de sus fronteras, impone sanciones contra poblaciones enteras, financia y arma el genocidio israelí en Gaza y ha destruido o desestabilizado un país tras otro. Irán, independientemente de las críticas que puedan hacerse a su sistema político, nunca ha iniciado guerras de agresión. El Estado surgido de la Revolución de 1979 no ha emprendido guerras de conquista; por el contrario, ha soportado la invasión de Irak instigada por Occidente, el cerco, las sanciones, el sabotaje, los asesinatos selectivos y, ahora, un ataque directo. Las dos hojas no son equivalentes. Una es la hoja de la guerra imperialista. La otra, con todas sus contradicciones internas, es la del Estado y la sociedad que están siendo cortados.

Vacuidad

La carta abierta sostiene que existe una «falsa dicotomía entre imperialismo y antiimperialismo vacío». Me ha llamado la atención el uso del adjetivo «vacío».

En primer lugar, está la defensa efectiva de Irán.

El asesinato del comandante Qasem Soleimani en Bagdad, Irak, en 2020 marcó una etapa decisiva de la escalada que culminó con el ataque ilegal contra Irán en febrero de 2026. Soleimani fue el arquitecto de la estrategia avanzada de Irán: construir un escudo defensivo mediante grupos armados aliados de Irán capaces de atacar a Israel y las posiciones militares estadounidenses desde Líbano, Siria, Irak, Yemen, Palestina y otros países. Desde 2020, Estados Unidos e Israel actuaron sistemáticamente contra esa red tratando de destruir a Hamás, Hezbolá y Ansar Allah, así como de poner fin al uso de Damasco como base para muchos de estos grupos y de Siria e Irak como corredores logísticos desde Irán. Después de debilitar este escudo, Estados Unidos e Israel se sintieron envalentonados para atacar Irán. Pero no calcularon que Irán había construido un mecanismo para golpear las bases estadounidenses en los Estados árabes del Golfo y que restringiría el acceso al estrecho de Ormuz.

El empleo de estos mecanismos por parte de Irán le proporcionó una ventaja estratégica frente a Estados Unidos e Israel —este último, posteriormente, ha retrocedido del primer plano de esta guerra—. El antiimperialismo iraní no ha sido «vacío» en absoluto; de hecho, ha permitido al pueblo iraní proteger su país frente a una toma de control imperialista. Se trata de un logro significativo que está siendo celebrado en todo el mundo anteriormente colonizado como una de las reversiones estratégicas más importantes sufridas por Estados Unidos desde su derrota en Vietnam en 1975. Las retiradas de Afganistán e Irak tienen una naturaleza diferente de esta superioridad estratégica alcanzada por Irán.

En segundo lugar, en 1979, los revolucionarios iraníes coreaban: «Hoy Irán, mañana Palestina». Y, efectivamente, a pesar de la represión contra la izquierda dentro de Irán en el periodo inmediatamente posterior a la revolución y durante la formación de la República Islámica, el compromiso con Palestina se mantuvo firme. Irán nunca ha dado siquiera señales de normalización con Israel y, por el contrario, ha defendido abiertamente la causa palestina. Ningún otro país de la región ha mostrado un compromiso semejante con el movimiento de liberación palestino, y ninguno ha pagado un precio tan alto por ese compromiso.

¿Por qué Estados Unidos e Israel están obsesionados con Irán desde 1979? No por una cuestión de democracia. Irán dispone de un sistema político electoral, aunque condicionado por el Consejo de Guardianes y por las limitaciones a la participación política, del mismo modo que las pretensiones democráticas de Estados Unidos están condicionadas por el poder oligárquico, la exclusión racial y la dominación del dinero. Tampoco siquiera por una supuesta amenaza nuclear. El Organismo Internacional de Energía Atómica no ha establecido que Irán posea un programa activo de armas nucleares, mientras que los dirigentes iraníes han declarado reiteradamente que las armas nucleares están prohibidas por motivos religiosos.

La razón por la que odian a Irán es su carácter desafiante, y ese desafío incluye su posición en defensa de la causa palestina.

Por supuesto, cada cual puede tener la opinión que considere sobre Irán, pero calificar de «vacío» su antiimperialismo en este momento es inexacto.

Estados Unidos debe retirarse

La carta abierta concluye con dos exigencias. La primera es que el Estado iraní debe «poner fin ahora a su práctica inhumana de ejecuciones y encarcelamientos». La oposición a la pena de muerte, que comparto, no coloca a Estados Unidos e Irán en la misma posición histórica o política, ni justifica subordinar la exigencia inmediata de que el agresor ponga fin a su guerra a una condena general del país atacado. Durante este periodo de guerra ilegal de Estados Unidos contra Irán, Estados Unidos ejecutó a diecinueve personas mediante inyección letal, pero la carta no dice nada al respecto. Tampoco dice nada sobre el trato genocida que reciben los presos palestinos en las versiones israelíes de Guantánamo, como Sde Teiman, sobre el que Wesam Afifa ha escrito de manera tan conmovedora. La única afirmación al respecto consiste en decir que Irán emplea «la misma lógica de dominación» que Israel, una formulación ciertamente extraña.

Se puede estar en contra de la pena de muerte. Se puede exigir el debido proceso y un trato humano para los presos. Se puede escuchar atentamente a los trabajadores, las mujeres, las minorías y los activistas políticos iraníes. Pero la crítica interna no puede desligarse de las condiciones concretas en las que se formula.

La segunda exigencia de la carta abierta es que Estados Unidos e Israel «deben poner fin a sus guerras bárbaras y a sus brutales sanciones que, de manera consciente, devastan nuestras comunidades». Aquí estamos totalmente de acuerdo. Pero la carta no está dirigida a Estados Unidos, sino a los presos iraníes. Esa es otra de las peculiaridades de su formulación. La mayoría de los firmantes son ciudadanos estadounidenses. ¿Por qué no escribir a su propio Gobierno?

La carta dedica la mayor parte de su energía analítica a construir una lógica carcelaria común, mientras que la exigencia dirigida contra los agresores imperialistas queda comprimida en su última frase. La condena formal de la guerra no deshace la arquitectura política de la carta, que otorga un estatus paralelo a la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel y al sistema penitenciario iraní.

Frantz Fanon nos enseñó que las luchas anticoloniales no se desarrollan en condiciones elegidas por quienes las protagonizan. Los Estados sometidos a una amenaza permanente de invasión, sabotaje y cambio de régimen desarrollan profundas contradicciones internas, incluidas instituciones de seguridad que pueden ejercer la coerción contra su propia población.

Vosotros pedís a «la sociedad civil global y a los activistas y organizaciones antiimperialistas» que «presionen a la República Islámica cuestionando su relato». En definitiva, eso significa pedir a los pueblos del mundo que adopten una posición que debilitaría a Irán precisamente ahora, cuando se mantiene firme frente a la guerra de agresión.

Hay momentos para formular una exigencia y momentos para actuar en solidaridad. Este es el momento de la solidaridad con Irán, no de formular una reivindicación que beneficie a los agresores imperialistas.

Queridas amigas y queridos amigos: la neutralidad o un tercer espacio no existen en medio de una guerra de agresión. ¿Habríamos escrito una carta semejante al Gobierno vietnamita en Hanói durante la guerra de agresión estadounidense? ¿O al Gobierno cubano, que ahora se enfrenta a un terrible estrangulamiento por parte de Estados Unidos?

¿Por qué dirigir esta intervención contra Irán en este momento? ¿Por qué desafiar a Irán precisamente cuando ha puesto a Estados Unidos e Israel contra las cuerdas? ¿Es necesario pedir a Irán que se convierta en perfecto antes de defender su derecho a sobrevivir?

En esta hora, la solidaridad comienza con una exigencia clara: Estados Unidos e Israel deben poner fin a su guerra ilegal y deben retirarse. CONTRA LA FALSA SIMETRÍA DE LAS TIJERAS: UNA CARTA ABIERTA MIENTRAS IRÁN RESISTE UNA GUERRA ILEGAL DE AGRESIÓN