viernes, 30 de octubre de 2026

Los vanagloriados «valores del Occidente» guiados por EE.UU.

Fuentes: Rebelión

      

El tenebroso Occidente parece estar orgulloso de su obsesión genocida y espoliadora

Ningún otro país ha borrado del mapa a toda su población aborigen, arrojado bombas atómicas sobre civiles, sembrado el planeta de ochocientas bases militares, ni sostenido con portaviones un genocidio en curso. Es Estados Unidos, y es también quien se proclama con más aplomo centinela de la libertad y la democracia. Detrás asiente Europa, que saqueó tres continentes antes de delegar el oficio. Conviene leer de una vez el inventario completo de lo que Occidente llama sus valores.

En Occidente todos o casi todos se vanaglorian de los admirables “valores del Occidente”. Unos valores proyectados desde el país ejemplar de los EE. UU. Pero yo me avergüenzo mucho de pertenecer a Occidente. Sí, el país de la Estatua de la Libertad se proclama como centinela y guardián de los valores de Occidente. Pero, curiosamente, este país “modélico” coincide con:

1. Ser el único país de la historia que perpetró un genocidio que borró del mapa de su territorio a toda la población aborigen, y lo consiguió en menos de un siglo, pero que supo convencernos a todos de que se trataba de una gloriosa gesta: la conquista del Far West, el Lejano Oeste.

2. El país que ayudó intensamente al genocidio palestino, con ayuda militar, enviando varios portaviones agresivos y declarando que lo hacía en nombre de la defensa de la democracia. Y todo esto con el beneplácito y consentimiento del resto de Occidente. Tal vez se podría decir que los dos valores principales de Occidente son el genocidio y la hipocresía seudodemocrática.

3. El país de la historia que posee más población reclusa del mundo, con mucha diferencia sobre el segundo.

4. El más racista del mundo. Un 90 % de los reclusos de EE. UU. son negros e hispanos.

5. El que ha provocado más guerras en menos tiempo en toda la historia de la humanidad.

6. El único que posee más de 800 bases militares agresivas por todos los rincones del mundo.

7. El único país en el mundo que ha cometido el delito de lesa humanidad de arrojar bombas nucleares a la población civil.

8. El que ejerce de policía global y determina cómo ha de ser el estilo de vida global. Es decir, el que ejerce una encubierta totalitaria dictadura global.

9. El que tiene la deuda nacional más grande del mundo, por ser el más consumista del mundo y con una industria en decadencia debido a que considera que es más rentable la economía especulativa que la economía real, que es la que produce bienes y servicios que no hay que comprarlos en el exterior.

10. El que más genera calentamiento global y cambio climático, por ser el más consumista del mundo.

11. El que más ha asesinado masivamente con sus bloqueos económicos y sanciones. Unos asesinatos más masivos que los de las cámaras de gas del hitlerismo; eso sí, más silenciosos e invisibles en el “mundo libre”.

12. El del chantaje global económico y dinerario de los petrodólares.

13. El del uso del magnicidio por costumbre, practicado sin demora si el mandatario de alguna nación se atreve a no arrodillarse ante el imperio y sus valores de Occidente. Son muchos los casos que se pueden mencionar, tal vez lo haga en otra ocasión.

14. Su mayor éxito fue haber sabido satanizar, con su casi infalible y gigantesco poder mediático, a quien se mueve sin su permiso.

Y en cuanto a estos “Sagrados valores coloniales de Occidente”, no se quedan muy atrás de EE. UU. países europeos como Portugal, Inglaterra, Bélgica, Francia, España, etc.; en resumen, que también Europa es un “modelo histórico de democracia y de valores humanos”. Por tanto, vemos que Occidente es un magnífico ejemplo de VALORES.

Represión, genocidio y trasiego masivo de africanos esclavizados

Ya he mencionado el caso del genocidio de los amerindios del norte (no quedó casi ninguno de sus aborígenes), que empezó con el colonialismo inglés, dejando al final solo en un campo de concentración unos 3.000 aborígenes, cuando habían sido más de 2.000.000 los habitantes precolombinos afincados en los territorios que hoy se llaman EE. UU. En estas ideas colonialistas, espoliadoras y genocidas se han fundamentado históricamente los “Valores de Occidente”. Y es cierto que el colonialismo español fue más blando que el inglés. Existen pruebas de ello. Los españoles no fueron tan racistas, ya que no tuvieron problema en mezclarse con la raza autóctona; puede ser que a ello contribuyera el hecho de que los españoles se habían acostumbrado a mezclarse con razas africanas durante ocho siglos. Además, rápidamente llevaron a las Américas universidades españolas, cosa que U. K. no se planteó ni un momento. También España admitió que los nativos fueran personajes ilustres, como por ejemplo el Inca Garcilaso. Resulta imposible imaginar que U. K. hubiera nombrado a un indio siux poeta equiparado con la nobleza de lord, como sucedió con el Inca Garcilaso.

Pero todo esto no quita para admitir que el Imperio Español sí cometió los clásicos abusos (los sagrados denominados “Valores de Occidente”) propios del colonialismo represor y espoliador. Efectivamente, ejerció un fuerte espolio, uno de los mayores de la historia, en su mayor parte situado en el Cerro Rico de Potosí. Y que no cesaran de realizarse horrorosos crímenes, con personajes como Hernán Cortés, como fueron, por ejemplo, los “empalados” o el asesinato degradante del príncipe inca Atahualpa en Cajamarca, en 1533, por Francisco Pizarro. Y otros muchos crímenes, constantemente denunciados por fray Bartolomé de las Casas (que no era sospechoso de terrorista-comunista).

Recientemente, la controvertida presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, sacó a colación que, cuando llegó Hernán Cortés, los aborígenes estaban enzarzados en grandes guerras entre sí, y que era como consecuencia de eso el gran atraso de los indígenas. En estas luchas los españoles llevaron a aquellas tierras la cultura cristiana, y que era lógico que allí Castilla creara un “protectorado en paz”. Pero de lo que Ayuso se olvida es de que precisamente los castellanos y demás reinos cristianos de la Península Ibérica pasaron ocho siglos en guerra contra los moros, pero también entre ellos. Y no solo los cristianos ibéricos, sino que también son famosas las constantes guerras que sufrió Europa durante siglos. La señora Ayuso no está legitimada para querer defender a Cortés y al colonialismo espoliador castellano porque hubiera guerras en América: las había igual en Castilla y en toda Europa.

Otra cosa que no hay que pasar por alto es lo de los esclavos africanos. Eduardo Galeano cuenta muy bien quiénes eran los que introdujeron esta población negra. Según cuenta magistralmente, fueron casi exclusivamente ingleses y portugueses. Portugal ponía los esclavos e Inglaterra, los barcos. Los negros que existen en el Caribe fueron transportados ya por los gringos que fundaron las repúblicas bananeras de su “patio trasero”. Hay muchos afroamericanos en el Caribe, pero en Sudamérica, donde no se fundaron repúblicas bananeras, no hay negros; yo lo he visto con mis propios ojos, que he recorrido Perú, Bolivia, Chile y Ecuador durante meses. Solamente en la frontera norte de Ecuador, rayana con Colombia, vi algún negro, pero pocos, y es que Colombia fue una excelente “república bananera”. Por el contrario, en Venezuela sí que vi muchos negros, y en México, pocos. Lo que sí vi en los países andinos fue mucho admirable mestizaje de españoles y amerindios.

Los proclamados “Valores de Occidente”

En resumen, los occidentales nos empeñamos en defender religiosamente los valores de la cultura occidental sin darnos cuenta de cómo es de dañina y antidemocrática esta intensa religión. Para comprender bien cómo son los valores de Occidente es muy conveniente hacerse y contestarse algunas preguntas.

¿Valores?… solo en bolsa.

¿Crecimiento económico?… sólo oligárquico.

¿Libertad de elección?… sólo oligárquica.

¿Democracia?… manipulada por el poder mediático y cada vez más con la I.A.

¿Guerras?… casi solo realizadas por el “modelo democrático” de los genocidas EE. UU. e Isrrael.

¿Riquezas?… casi todas sustraídas (más bien robadas a sangre y fuego) del Sur Global.

¿Cultura?… en declive, solo I. A. idiotizante y subcultura de “lo que se lleva” y el culto al cuerpo.

¿Dictadura?… sí, la dictadura del poder mediático, de la moda y del consumismo-productivismo.

¿Felicidad?… no, solo seudofelicidad que se compra en una tienda.

¿Ecología?… no, solo urbanizaciones en el bosque que los destruyen y dan calentamiento globalcolapsante

¿Opinión pública?… No, solo opinión mediática.

Julio García Camarero es doctor en Geografía por la Universidad de Valencia, ingeniero técnico forestal por la Universidad Politécnica de Madrid, exfuncionario del Departamento de Ecología del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias y miembro fundador de la primera asociación ecologista de Valencia, AVIAT.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

El Lince: La mejor lección de la historia


 Publicado porOctubre   octubre 21/2026

Por terminar esta trilogía sobre Francia, aquí os dejo la mejor definición de lo que está pasando no solo en este país, sino en toda Europa y buena parte del mundo. El presidente del Centro Nacional de la Propiedad Forestal (en Francia hay bosques públicos y privados), uno de los pesos pesados de la gran patronal, ha dicho en público algo que es de cajón. Preguntado por las razones de la contestación social que se está produciendo a la política de austeridad y destrucción de lo público, ha respondido con una franqueza que debería ayudar a que los «progres», los papanatas, miedicas y pusilánimes de siempre se suiciden en el acto para evitarnos más bochornos por sus actuaciones y sus impúdicas luchas por los sillones: «concedíamos cosas cuando el Partido Comunista tenía un 20% de representatividad; hoy, cuanto tiene un 5%, no se pueden aplicar las mismas políticas».

¿Lo entendéis? Décadas de renuncias, décadas de abandono de la calle, décadas de componendas con la burguesía han llevado a esto. Con una derecha y una pretendida «izquierda» cada vez más indistinguibles no hay nada que hacer. El empresario francés ha sido brutalmente sincero: la explotación está en la naturaleza del capital y solo cuando se ve obligado por la fuerza -bien sea sindical, laboral, política y/o social- es cuando se aviene a ceder algo.

Ya lo dije en la entrada anterior: el fin de la URSS y la desaparición de ese «campo socialista», que desde el comienzo de la Guerra Fría había sido el principal enemigo del imperialismo, significó la pérdida de aquello que daba profundidad estratégica a los movimientos obreros y comunistas en Occidente, a parte de su propia deriva ideológica. Lo que nadie se para a pensar es que si el comunismo del siglo XX fue parcialmente derrotado -parcialmente, ahí está el caso de China y la soberbia muestra de dignidad de Cuba, por ejemplo-, el capitalismo del siglo XXI ha fracasado por completo.

El estercolero mediático, de aquí y de allá, aprovecha los saqueos a comercios para empañar las causas de la revuelta. Francia está llena de vídeos en los que se ve cómo «manifestantes violentos» regresan a las furgonetas policiales cuando terminan de tirar piedras o de romper escaparates. No es nada nuevo. El sistema francés, Macron, no inventa nada. Lo utiliza y abusa de ello, como de cualquier otro recurso, constitucional o no, legal o no, que le permite silenciar a la ciudadanía. Al mismo tiempo, se presenta la imagen de un país sumido en el fuego y el derramamiento de sangre y se minimizan las manifestaciones pacíficas, cada vez más numerosas (hasta la intervención policial).

Hay que recordar que el Ministro del Interior había prometido el día 6 de octubre «represión sin límites contra los alborotadores». Pero eso no paró la magnífica respuesta de la convocatoria del 17. Porque la realidad de sus vidas trastocadas es innegable: el precio del combustible encabeza la lista, seguido por el de los productos de primera necesidad. Millones de personas se enfrentan a una emergencia absoluta. Simplemente intentan sobrevivir. ¿De verdad importan unos escaparates destrozados? A mí no.

A mí me importa el todo, no una mínima parte. A seis meses de las elecciones es más que improbable que Macron renuncie, como piden los manifestantes. Hay demasiados intereses económicos y políticos en juego. Su marcha sería un alivio para todos aquellos a quienes ha maltratado y oprimido. Sin embargo, el equilibrio de poder en Francia difícilmente cambiaría. Ya se están preparando alternativas desde la «izquierda responsable», es decir, se está elevando a la categoría de «líder de la izquierda» al secretario general del PS… que ha venido apoyando al gobierno de Macron hasta ahora y que no ha tardado ni un segundo en desmarcarse de la «violencia». Esto junto a una mayor desacreditación de La Francia Insumisa, a quien se culpa de estar azuzando las protestas.

Para los papanatas, miedicas y pusilánimes de siempre, de esos de «no violencia», hay que aportar algún que otro conocimiento de historia: la Revolución de 1789, la Comuna de París , la resistencia antinazi… Con ello se les puede añadir algún que otro aporte más: lo que está ocurriendo en Francia -las protestas de estudiantes, tanto jóvenes como adultos, a las que se han sumado profesores, personal sanitario, funcionarios y los «chalecos amarillos», ya curtidos en protestas- es completamente natural. Porque el país ha ido demasiado lejos y sus élites, sencillamente, se han vuelto locas. Como en toda Europa.

Ellos están locos y nosotros, idiotas. La matriz creada por las redes sociales, la cultura de masas y el estercolero mediático ciertamente adormece, pero es incapaz de erradicar por completo la agresión y la crueldad arraigadas tanto en la sociedad como en la mayoría de la gente. Aquí ha habido alguien que ha hablado bien del filósofo de moda de la «izquierda», Byun Tul Han. Pues bien, él habla de la sociedad occidental como una «una sociedad de fatiga». Dejémoslo ahí, por ahora. Puede que por esa «fatiga» los manifestantes de estos días (en París, Rennes, Marsella y Estrasburgo, por lo menos) han cantado la popular canción soviética «Katyusha» con una letra adaptada a apoyar la huelga general. Y como el poder está en manos de locos, y el estercolero mediático en manos de descerebrados, se ha dicho que es una muestra de la «interferencia rusa». No es más que una muestra de desafío a las élites, de desafiarles no solo en las calles sino con todo aquello que les irrita. Como cuando aquí, en el Estado español, se lanzó la consigna de «vota lo que más les duele» cuando Herri Batasuna se presentó a las elecciones al Parlamento Europeo por primera vez. En mi ciudad votamos HB 222 personas y el editorial del periódico local al día siguiente fue «¿222 etarras en…?». HB sacó un representante, así que ayudamos un poquito votando lo que más dolía en ese momento.

Así que mira, a los papanatas, miedicas y pusilánimes les doy una pista de lo que pueden hacer. Si es que encuentran alguien que hoy irrite al poder, por supuesto.

No olvidéis que todo esto se produce porque el gobierno francés ha decidido aumentar el gasto militar para cumplir con sus compromisos con la OTAN, al tiempo que recorta los servicios sociales y congela las pensiones y los salarios mínimos.

La criminalización de La Francia Insumisa es de manual. Es una espina clavada para el sistema, pese a lo modosita que es esta formación política. Pero está a años luz de cualquier similar en el Estado español. Por eso todo lo que estamos viendo estos días va en esa dirección: criminalizar a LFI. Hasta ahora lo más probable es que fuese su principal dirigente, Melenchon, quien se enfrentase a la neonazi La Pen. En la primera vuelta es casi seguro que este será el resultado. Pero lo que veo es que el sistema ya está jugando otra carta, la de la «izquierda responsable» que gane a Melenchon. Aquí entra el PS, como siempre haciendo el juego sucio al capital. Aunque no lo tiene fácil: la última encuesta conocida dice que el 82% de la ciudadanía se muestra «pesimista sobre el futuro para ellos y sus hijos».

Está por ver cómo reacciona la «clase media», ahora en proceso de proletarización, ante la evidente incapacidad de redistribuir, ni siquiera mínimamente, la riqueza cada vez más acaparada por un círculo muy reducido de personas y las «clases altas» que las sustentan. Ahora hay una fuerte presión desde abajo, a la que se está contestando con represión y criminalización. Pero está quedando claro que la única vía no es el voto, sino la rebelión mediante la acción colectiva. No hay organización, unos esperarán a los votos y otros seguirán con las piedras. Eso es lo que diferencia Francia de otros países, que por muy mal que se vean las cosas todavía creen que las cosas se pueden cambiar y que vale la pena luchar por ello. Y que el germen francés se está extendiendo por toda Europa. No es fácil y hay que partir casi de cero, gracias a los «progres», los papanatas, los miedicas y los pusilánimes. Pero hay camino.

Un apunte más: estos movimientos no conducirán a ninguna parte mientras ignoren el cambio histórico en el que se desarrollan y a su principal adversario. El cambio histórico es la pérdida de la hegemonía occidental, el principal adversario es el sistema imperialista y neocolonial en el que vive Occidente. Ambas cuestiones están en el origen del malestar y de las protestas.

El Lince

Fuente: El Lince

La revolución por arriba

Fuentes: Rebelión


Hace años que los dirigentes occidentales, incapaces de reconocer la progresiva pérdida de su hegemonía, recurren a la falsificación de los hechos y a la mentira como instrumentos de la política internacional. Thierry Meyssan, fundador de la Red Voltaire, sostiene que esa obstinación está creando las condiciones para el estallido de una Tercera Guerra Mundial. Una guerra que, de producirse, no sería consecuencia de un accidente ni de un error de cálculo, sino el resultado de la negativa de esos dirigentes a aceptar una realidad que ya no pueden dominar.

Pero antes de que semejante catástrofe llegue a producirse, España podría verse arrastrada a otra confrontación, de dimensiones más reducidas, pero no menos dramática: una nueva guerra civil.

No me parece una posibilidad tan remota como hubiera podido parecerme hace algunos años. La degradación del discurso político, la sustitución del razonamiento por la consigna, la mentira habitual y la creciente radicalización de las derechas españolas están creando un clima que hace temer lo peor.

La pérdida de credibilidad de los dirigentes de esas derechas es, a mi juicio, tan manifiesta como escandalosa. No solo ante quienes profesan ideas progresistas, sino ante cualquier ciudadano que conserve independencia de juicio y un mínimo respeto por la lógica. Sin embargo, esa pérdida de credibilidad no parece afectar a sus seguidores más incondicionales, cuya fidelidad resiste cualquier contradicción, cualquier falsedad y cualquier despropósito. Y ahora, además, la derecha que ridículamente se considera centro encuentra el refuerzo de otra formación que recupera elementos ideológicos del franquismo y del fascismo.

Hasta hace relativamente poco tiempo, pensaba que la pertenencia de España a la Unión Europea era una garantía suficiente contra cualquier tentativa de involución totalitaria o autoritaria. Creía que las instituciones europeas serían un muro de contención frente a los excesos de nuestros gobernantes.

Pero ya no estoy tan seguro.

La política europea parece haber abandonado buena parte de la racionalidad que, al menos formalmente, presidía sus actuaciones. Aquella vieja aspiración de transformar las sociedades desde arriba, mediante reformas y acuerdos institucionales, va cediendo terreno a la lógica opuesta: la del absurdo, la contradicción y la irracionalidad.

Y España, pues, continúa siendo una anomalía.

Durante la dictadura franquista se proclamaba con orgullo que ºEspaña es diferente”. Lo era, ciertamente, aunque por razones muy distintas de las que pretendía el dictador. Aquella diferencia, presentada como una virtud nacional, era en realidad la expresión de nuestro aislamiento político y cultural respecto de buena parte de Europa.

Lo inquietante es que, medio siglo después, sigue siendo diferente. Y no precisamente para bien.

Para comprender mi desconfianza hacia el presente es necesario retroceder a la llamada Transición democrática.

Cuando en diciembre de 1978 quedó constitucionalmente consagrado el nuevo régimen político, advertí lo que consideraba una trampa de enormes consecuencias históricas. La monarquía, restaurada por voluntad del dictador, quedaba incorporada a un sistema presentado como resultado de la recuperación de la soberanía popular.

La ciudadanía, después de cuatro décadas de dictadura, tenía sobrados motivos para celebrar la llegada de las libertades. Pero aquella celebración estuvo acompañada de un temor que no conviene olvidar: el de una posible intervención militar que frustrase el proceso. El miedo, alimentado por rumores y amenazas, contribuyó a que en mentideros y círculos clave aceptase prácticamente todo con tal de evitar el regreso al pasado. La ilusión por la democracia hizo el resto.

Políticos, periodistas y buena parte de la sociedad parecieron convenir en que lo más prudente era hacer borrón y cuenta nueva. Se cambiaron las instituciones, se aprobaron nuevas leyes y se proclamó la inauguración de una época histórica.

Pero había algo que a mí me resultaba imposible admitir: que, aparte de muchos de los que habrían de ser políticos, los jueces, que se acostaban franquistas pudieran levantarse demócratas a la mañana siguiente.

Una Constitución puede aprobarse en un día. Una mentalidad formada durante décadas, y reforzada por el ejercicio del poder y el disfrute de sustanciosos privilegios, necesita de mucho más tiempo del que se cree para transformarse.

Y esa era, precisamente, mi mayor preocupación respecto de la judicatura.

Los jueces del franquismo no desaparecieron con la promulgación de la Constitución. Continuaron ejerciendo sus funciones dentro del nuevo ordenamiento jurídico. Sus sucesores se formaron en instituciones cuya cultura profesional tampoco podía transformarse de manera instantánea. Los hijos, los nietos e incluso los biznietos de los jueces del franquismo perpetuarían determinadas concepciones jurídicas, del poder y de la sociedad.

No pretendo afirmar que todos los jueces españoles compartan una misma ideología ni que exista una transmisión hereditaria inevitable del franquismo. Pero sí considero que la continuidad de las estructuras judiciales constituye una de las grandes cuestiones no resueltas de esta democracia.

Y sus consecuencias, a mi entender, se manifiestan hoy con especial intensidad.

La intervención de determinados sectores judiciales en asuntos de evidente trascendencia política, particularmente cuando afectan a las izquierdas, me parece difícil de separar de aquella continuidad histórica. La justicia, que debería representar la garantía última de la imparcialidad del Estado, corre el riesgo de convertirse, cuando abandona esa función, en instrumento de la confrontación partidista.

A ello se añadió otro fenómeno que contribuyó a consolidar el sistema nacido de la Transición: el bipartidismo.

Los dos grandes partidos encontraron en la alternancia una fórmula extraordinariamente conveniente. Podían enfrentarse públicamente, disputar el gobierno y presentarse como alternativas irreconciliables, mientras compartían las ventajas de un sistema político cuya estructura fundamental ninguno parecía interesado en modificar.

De ese modo, la democracia española fue adquiriendo una estabilidad que no equivale a una auténtica transformación de las relaciones de poder.

Y llegamos así al presente.

Ante las elecciones anunciadas para el 29 de noviembre, las fuerzas de izquierda confían en obtener una nueva victoria. Yo, sin embargo, contemplo el desenlace con menos optimismo. No porque considere inevitable su derrota electoral, sino porque la confrontación política se desarrolla en unas condiciones que distan de ser equilibradas.

El apoyo que, a mi juicio, determinados sectores de la judicatura prestan objetivamente a las posiciones de la derecha constituye un factor que no puede ignorarse. Y esa circunstancia, unida a la radicalización del discurso público, me lleva a pensar que las derechas parten con una ventaja considerable.

Pero mi preocupación va más allá del resultado de unas elecciones.

Lo que está en juego es la propia calidad de nuestra convivencia democrática. Una sociedad puede soportar gobiernos mediocres, decisiones equivocadas e incluso graves episodios de corrupción. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es la desaparición de unas reglas de juego que es deseable sean aceptadas por todos y aplicadas con independencia de quién gobierne.

Cuando las instituciones dejan de inspirar confianza, cuando la mentira se normaliza y cuando el adversario político empieza a ser tratado como un enemigo al que es legítimo destruir por cualquier procedimiento, la democracia quizá conserve sus formas, pero pierde su sustancia.

Por eso ya no me tranquiliza tanto nuestra pertenencia a Europa. La resistencia española a directivas y resoluciones de las instituciones europeas demuestra hasta qué punto puede mantenerse una cultura política que se considera autorizada a desobedecer lo que no le conviene.

España sigue siendo diferente.

Y acaso esa diferencia, lejos de constituir una singularidad pintoresca, termine convirtiéndose en un elemento particularmente peligroso dentro de una Europa que tampoco atraviesa sus mejores momentos.

No me atrevería a asegurar que nuestro país pudiera convertirse en la espoleta de un conflicto internacional como el que anuncia Thierry Meyssan. Pero tampoco encuentro motivos suficientes para descartar que las tensiones españolas, en estas circunstancias, contribuyan a una crisis europea de consecuencias imprevisibles.

Mi consternación ante el presente tiene, pues, raíces antiguas. No procede únicamente de los acontecimientos de estos últimos años, sino de una desconfianza nacida en el mismo momento en que se nos presentó como ruptura democrática lo que yo consideré, en aspectos esenciales, una adaptación del régimen anterior a las nuevas circunstancias.

Quizá por eso he terminado aceptando, no sin amargura, que aquella diferencia española de la que tanto presumía el franquismo sigue acompañándonos.

La historia no se repite necesariamente. Pero las estructuras de poder que no se transforman a fondo pueden prolongar durante generaciones sus efectos.

Y esa es, para mí, la verdadera amenaza del presente: que el pasado, lejos de haber quedado definitivamente atrás, continúe gobernando una parte decisiva de nuestro futuro.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

jueves, 29 de octubre de 2026

Sin la unidad de la izquierda global, todo será más difícil (2 final)


Sitúa un debate interesante con muchos aspectos positivos, como el de sentarse a debatir todos juntos sin sectarismos o el de confluir en la unidad de acción sin ocultar las diferencias. Pero por lo que publico el artículo, es por que sitúa los límites del marxismo occidental del que están impregnados, cuando define la actitud ante las distintas categorías de izquierdas y progresismos. Desde el marxismo leninismo el problema no se sitúa en categorías estáticas sobre la socialdemocracia, el reformismo de izquierdas o el progresismo, ni en negar a priori cualquier acto de apoyo o confluencias, con los sectores sociales que bajo su reformismo sitúan límites en la lucha de clases, sino que evaluaremos el apoyo o la crítica, desde el valor político que tiene en la confrontación con el enemigo principal de la clase trabajadora y el pueblo, si fracciona o une a la clase trabajadora, al pueblo o a las fuerzas políticas que lo representan o si favorece los intereses estratégicos o inmediatos de la clase trabajadora y el pueblo. 

Un marxista leninista nunca puede decir que las fuerzas de derechas, aliadas con reformistas o socialdemócratas han impedido que los comunistas y revolucionarios, avancemos posiciones en la lucha de clases, porque es la manera de ocultar los errores propios que han impedido avanzar en la organización de la clase trabajadora y el partido. Si el partido tiene desarrollada una línea política soberana e independiente del resto de clases sociales, subordinada a los intereses estratégicos de la clase trabajadora y el pueblo, basada en el trabajo entre la clase obrera para su organización y politización como línea política de masas, todo los errores posibilistas de la socialdemocracia, el reformismo u otros sectores populares en el ámbito institucional, en la lucha contra la patronal o contra las guerras del imperialismo yanqui-occidental, la crítica solo puede ser útil para la clase trabajadora si el partido tiene presencia donde está organizada sindicalmente, en los centros de trabajo de producción o servicios, donde vive y reproduce en barrios y pueblos y centros de estudio.
 
Si no estamos políticamente presentes ante la clase trabajadora, para poder explicarlo desde la confianza depositada en nosotros, como fuerza política organizadora y luchadora por sus derechos y reivindicaciones; si no es así y solo nos conocen por las acciones institucionales y medios de comunicación, nos verán exactamente como ven a la socialdemocracia, al reformismo progresista o a la derecha y al fascismo, es más, a estos últimos ocupando nuestros espacios abandonados en barrios, centros de trabajo y de enseñanza. Un marxista leninista nunca puede decir que las demás fuerzas políticas o sociales nos impiden hacer nuestro trabajo, sino que debe reflexionar sobre cuales son sus errores que le impide avanzar en la influencia y organización de la clase trabajadora. Errores como el de priorizar el trabajo institucional sobre la organización y politización de la clase trabajadora o el de poner al partido, como representante político de la clase trabajadora y el pueblo, sin tener una línea política de trabajo de masas de organización, mediación, consulta y contrastación, con los intereses más inmediatos de la clase trabajadora, son los que nos impiden avanzar en el seno de la clase obrera. Errores ya catalogados por el marxismo leninismo unos de revisionistas por marcar prioridades ajenas a la clase trabajadora y otros, fruto de una metodología de estudio y trabajo mecanicista y metafísica, situado en tener una visión estática de la realidad, fuera de todo análisis concreto de la realidad concreta. Nota de Alonso Gallardo   
         

                                                                                                       
El XXX Seminario del PT de México debate los límites del progresismo y el marxismo y llama a unir a la izquierda latinoamericana frente al imperialismo.
XXX Seminario Internacional México: "Los Partidos y una Nueva Sociedad"

Continuando este tema de la unidad de la izquierda debatida en el XXX Seminario “Los Partidos y una Nueva Sociedad”, que cada año organiza el Partido del Trabajo de México, abordamos algunas de las ponencias presentadas en el foro, una de ellas, Progresismo y marxismo: alianzas, contradicciones y límites, de Paúl Almeida Pozo, secretario general del PC de Ecuador.

Su ponencia es importante porque está dirigida al lema de este análisis de que, sin la unidad de la izquierda global, todo será más difícil, y las ideas expuestas por él ante los 360 colegas asistentes al foro buscan lograr la reunión de afinidades ideológicas, sin exclusión, que tengan más en cuenta lo que los une que lo que los desune.

Ya esa sola intención es merecedora de la mayor atención de los interesados, en especial cuando se dice en un foro heterogéneo y discrepante, con sus naturales contradicciones, pero ni antagónicos y mucho menos irreconciliables.

Almeida Pozo se refería a la unidad dentro de la pluralidad al señalar que el debate sobre el progresismo —una definición genérica de lo diverso dentro de un mismo bloque—, su papel histórico y sus límites políticos, no puede seguir siendo abordado como una discusión secundaria dentro de la izquierda latinoamericana.

Mucho menos en un contexto como el actual, marcado por el recrudecimiento del neoliberalismo, la ofensiva imperialista, la profundización de la crisis capitalista y la evidencia cada vez más clara de que las fórmulas reformistas ni quieren, ni pueden transformar de raíz la realidad de nuestros pueblos.

Y tiene toda la razón porque, en teoría, progresismo se aviene más que izquierdismo a una definición política y estratégica del antimperialismo, por ser más abarcadora. No necesariamente hay que ser marxista, leninista, fidelista, chevarista, hochimista, como lo es genéricamente el izquierdismo, para luchar contra el imperialismo, tener una actitud patriótica o nacionalista, defender la soberanía, batallar por la igualdad social y la dignidad de la persona u oponerse al injerencismo.

Hay voces que claman por la creación de una nueva izquierda, y eso no es criticable porque responde a los parámetros de una batalla antimperialista que no avanza con el orden y velocidad deseada precisamente por su fragmentación, y quienes buscan la renovación de esa fuerza toman muy en cuenta el daño que está provocando en los objetivos de soberanía esa segmentación.

Almeida fue muy preciso al considerar que, en esas condiciones, volver sobre la relación entre progresismo y marxismo no es un ejercicio académico ni una polémica de capilla: es una necesidad política y estratégica.

La cuestión central consiste en comprender qué representó realmente el progresismo en América Latina, cuáles fueron sus alcances, en qué sentido constituyó una respuesta parcial a la crisis neoliberal, cuáles fueron sus contradicciones estructurales y por qué, pese a sus avances, no logró romper la lógica de acumulación capitalista ni construir una salida duradera frente a la dominación oligárquica e imperialista”, dijo el dirigente ecuatoriano, posiblemente pensando en lo que sucedió en su país con el ascenso de una derecha brutalmente proimperialista cuando la izquierda fue traicionada por Lenin Moreno.

Del mismo modo, se vuelve necesario precisar desde qué perspectiva el marxismo se relaciona con esos procesos para evitar que la lucha por el socialismo se diluya en ellos o que las fuerzas revolucionarias lo rechacemos de manera sectaria, sino que podamos asumir con claridad una posición dialéctica capaz de reconocer sus aportes tácticos, sus insuficiencias estratégicas y la necesidad de una política propia de la clase trabajadora y las organizaciones revolucionarias.

Se trata de una ponencia muy detallada y explicativa de todo lo que ha ocurrido en Ecuador y es muy recomendable que sea leída no solamente por las fuerzas progresistas de ese país andino, sino de todo el continente.

Lo mismo sucede con la presentada por el chileno Marco Ilich Riquelme del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que tanto luchó contra el fascismo pinochetista en la larga noche negra del país austral y que, después de zafarse de sus atrocidades, sorpresivamente la luz del sol vuelve a desaparecer con la inusitada elección de otro fascista, José Antonio Kast, para entregar nuevamente la soberanía nacional a Estados Unidos.

En el caso particular de su país, la división del progresismo, tomándolo como el todo y no la parte, fue la causa principal del regreso del pinochetismo, el régimen más cruel y despiadado de toda América Latina, y no solamente es culpable Gabriel Boric, quien defraudó tanto al pueblo de Salvador Allende cuando debió ser un eslabón que uniera las tendencias de izquierda y fortaleciera un allendismo tan necesario para su pueblo, y no volver a ser pisoteado y mancillado como ahora.

Riquelme tiene sus razones cuando discrepa de quienes presentan la socialdemocracia y el progresismo nativo como un arroyo manso, al alertar que no son la solución para nuestros pueblos, porque enfoca su criterio desde la cruda realidad chilena en la que un presidente que se autoproclamó antifascista y cercano a la izquierda, pues salió del pueblo, perdió tanta credibilidad ante sus compatriotas que, más allá de las trampas y las campañas teledirigidas en favor de Kast, su apatía derivó en el regreso del pinochetismo, algo que jamás pasó por la mente de los latinoamericanos, y que fortaleció tanto a la ultraderecha trumpiana en el continente.

Ahora, como explicó el ponente, la mayoría de los jóvenes chilenos “buscan un espacio de lucha contra el brutal sistema capitalista que se impone en nuestra patria”. Es que se sienten desencantados porque ni la izquierda como tal, ni el progresismo en su globalidad, lograron, o peor todavía, ni siquiera intentaron que el término de la dictadura en Chile significara el cambio del modelo que les habían impuesto a sangre y fuego.

La experiencia en el período del pospinoquismo fue desastrosa para los chilenos de abajo, y ello lo reflejó en su presentación Riquelme al argumentar su criterio sobre la socialdemocracia y los presuntos gobiernos progresistas en Chile, sin excluir a ninguno desde Patricio Aylwin Azócar en marzo de 1990 hasta Boric.

Argumentó que “la socialdemocracia preserva el sistema de lucro del capital, manteniendo intacta la propiedad privada, mediante la desactivación y cooptación de las luchas sociales, desvinculándolas de la crítica económica y de la acción política consecuente, mediante el intento de fragmentación y debilitamiento de las masas movilizadas en multitud de demandas justas, pero parciales, excluyentes, sectoriales, culturales identitarias, ocultando su común raíz en el régimen de explotación asalariado”.

Dijo que estas “solo tendrán un potencial transformador si son capaces de articularse a otras luchas de manera unitaria para ser parte del proyecto anticapitalista. Será interesante analizar cómo hemos venido ocultando nuestra acción revolucionaria de la mano de los gobiernos progresistas que tanto daño le han hecho a las fuerzas populares y a nuestros pueblos en Latinoamérica, particularmente”.

Finalmente, añadió: “Los gobiernos autollamados progresistas han sido los responsables de elaborar y aplicar las leyes del gran capital; es por eso que se han turnado en la gobernanza de los países, una vez la socialdemocracia (progresistas), otra vez la derecha y ahora también la ultraderecha, que con matices más o menos administran el Estado en beneficio de la gran burguesía y el imperialismo”.

Explicó que continuó el sistema capitalista en su modalidad monopolista, especuladora, dependiente, extractivista, con niveles brutales de explotación. Tampoco trajo consigo el juicio y castigo a los responsables de las graves violaciones a los derechos humanos; por el contrario, siguieron las mismas fuerzas armadas y policiales, con niveles asegurados de impunidad, el mundo civil instigador.

Por el contrario, los nuevos gobiernos trajeron consigo el perfeccionamiento y profundización del sistema capitalista y su modelo capitalista neoliberal. Es mayor la privatización del cobre durante los gobiernos postdictatoriales y “democráticos” que lo que se privatizó en dictadura. El mar, las carreteras, el agua y otros servicios fueron privatizados durante los gobiernos posteriores a la dictadura.

Esto significó el fortalecimiento de la burguesía nacional y un camino creciente para nuestra dependencia del imperialismo y el robo de los recursos naturales de los pueblos, denunció el orador.

Con ello, Riquelme dio razones al auditorio para que eleven al mundo la necesidad de seguir trabajando duramente por la unidad y la creación de un antimperialismo monolítico que destrone a quienes se están apoderando nuevamente de América Latina y el Caribe y retrotrayendo a la región a su época oscura cuando fue el patio trasero de Estados Unidos.

Fuente: almaplus.tv 

La Leyenda Rosa: cómo el hispanismo sigue blanqueando un genocidio en pleno siglo XXI

Fuentes: Resumen Latinoamericano. La otra cara de las noticias de América y el Tercer Mundo


A más de quinientos años de la conquista, una corriente intelectual y política insiste en presentar la invasión europea de América como una empresa civilizatoria. La evidencia histórica demuestra lo contrario: fue un proceso de violencia, despojo y dominación que aún hoy se niega a asumir su carácter fundacional.

Un debate que no es sobre el pasado

Cuando en la Argentina contemporánea —y en buena parte de América Latina— resurgen voces que reivindican la conquista española como una gesta civilizatoria, no estamos ante un simple debate historiográfico. Estamos ante una batalla cultural por el presente. La llamada «Leyenda Rosa» —esa narrativa que presenta la colonización como una empresa providencial de evangelización y progreso— no busca comprender el pasado, sino legitimar un orden social jerárquico que hunde sus raíces en la violencia fundacional de 1492.

Sus defensores esgrimen argumentos que, a fuerza de repetición, han logrado instalarse en ciertos claustros académicos y en el discurso público: que España abrió escuelas y universidades, que evangelizó, que el mestizaje produjo una identidad armónica, que sin la conquista los indígenas se habrían exterminado entre sí. Todos estos argumentos comparten un mismo mecanismo: seleccionar hechos aislados para ocultar un proceso global de destrucción.

La evidencia histórica, sin embargo, es contundente. Y desmontarla no es un ejercicio de «resentimiento» o «antihispanismo», sino un acto de honestidad intelectual.

El problema de las categorías: nombrar desde el poder

Antes de desmontar los argumentos de la Leyenda Rosa, es necesario detenerse en un problema más profundo: las categorías mismas con las que describimos este proceso son eurocéntricas. Términos como «descubrimiento», «encuentro», «conquista», «civilización», «barbarie», «paganismo», «idolatría», «arte», «artesanía» o «mestizaje» no son neutros. Fueron acuñados por los propios colonizadores y cargan con una jerarquía de valores que presupone la superioridad de Europa.

Hablar de «descubrimiento» de América implica que el continente no existía antes de que los europeos lo nombraran. Hablar de «encuentro» sugiere una simetría que nunca existió. Hablar de «civilización» frente a «barbarie» invierte la carga de la prueba: obliga a los pueblos originarios a demostrar que eran civilizados según un estándar ajeno. Hablar de «paganismo» o «idolatría» para referirse a las cosmologías indígenas es adoptar el punto de vista del evangelizador que las condenaba.

Incluso el término «conquista» —que parece el más descriptivo— oculta que se trató de una invasión con proyecto de dominación. Y el «mestizaje», como veremos, es una categoría que edulcora la violencia sexual fundacional.

Reconocer este problema no es un capricho posmoderno. Es una exigencia de rigor histórico: no podemos analizar un proceso de dominación con el vocabulario que los dominadores crearon para justificarlo. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio y la violencia sexual como violencia sexual no es un acto de resentimiento: es un acto de precisión histórica. Y la precisión histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

El mito de las instituciones «civilizatorias»

Es cierto que la Corona española ordenó fundar escuelas y universidades en Indias. Pero el contexto desmiente la idea de un beneficio generalizado. Las escuelas para «hijos de caciques» tenían como objetivo formar a un sector reducido de la nobleza indígena que sirviera de intermediario para la administración colonial y la difusión del cristianismo. La universidad hispanoamericana, si bien permitió cierta movilidad a individuos talentosos, lo hizo dentro de un sistema que clasificaba racialmente a la población y reservaba los puestos de poder para los peninsulares y sus descendientes.

Más importante aún: la labor educativa y evangelizadora no puede separarse de la conquista. Como señala un análisis de la UNAM, «los intereses imperiales y los principios católicos estaban en armonía» porque el cristianismo podía justificar guerras y, al mismo tiempo, predicar amor universal. La evangelización fue clave para el plan español de expansión y sometimiento: se buscaba convertir a los indígenas para que fueran «susceptibles de ser explotados». Lejos de ser una labor humanitaria desinteresada, era parte de la estructura de dominación.

La catástrofe demográfica: el dato que la Leyenda Rosa no puede ocultar

El núcleo de la negación hispanista es minimizar la magnitud de la destrucción. Los datos, aunque sujetos a debate en sus cifras exactas, apuntan a una catástrofe de proporciones inimaginables. Las estimaciones sobre la población precolombina varían enormemente, desde los 13 millones hasta los 100-110 millones para todo el continente. Lo que no está en disputa es la hecatombe: entre 1492 y 1570 se calculan unos dos millones y medio de muertos solo en el primer período, y para 1630 la población indígena se había reducido a 750.000 en algunas regiones.

Las causas combinaron la violencia directa, las epidemias, la sobreexplotación laboral y el despojo de tierras. La consecuencia no fue solo demográfica, sino también cultural: en muchos lugares supuso «la extinción de las poblaciones aborígenes y la desaparición de su cultura». La narrativa hispanista, al presentar la colonización como un «encuentro» beneficioso, invisibiliza las estructuras políticas, económicas y simbólicas preexistentes y las reduce a un estado de «barbarie» o inexistencia histórica.

El mestizaje: de la violación fundacional al mito identitario

Quizás ningún argumento haya sido tan eficaz para blanquear la conquista como el del mestizaje armónico. Según esta narrativa, la mezcla de españoles e indígenas habría producido una nueva raza, una identidad latinoamericana que trasciende el conflicto. La realidad histórica es otra.

El mestizaje latinoamericano se hizo esencialmente por la coerción. Los testimonios de la época, como el del propio Miguel de Cuneo, describen episodios de violación sexual de mujeres indígenas por parte de los conquistadores. En el Chile colonial, el primer contacto «se caracterizó por ser esencialmente violento y forzoso», y «fueron recurrentes las violaciones que perpetraron los españoles a las mujeres indígenas». El cronista Pedro Mariño de Lobera dejó constancia de que «hubo semanas que parieron sesenta indias de las que estaban en su servicio». Sobre la conquista de México, se concluye que «el mestizaje tuvo como inicio la violación de las indias».

Esta realidad violenta fue luego transmutada en un discurso identitario. El objetivo era construir la figura del «mestizo» como una categoría que, en la práctica, buscaba negar la existencia de europeos e indios como sujetos distintos y en conflicto. Al convertir el mestizaje en el «ser nacional», se invisibilizó la persistencia de las estructuras coloniales de poder y se presentó la violencia fundacional como un simple «encuentro» que produjo una nueva raza.

Como señala la crítica feminista decolonial, el «mestizaje compulsivo» fue una de las formas de violencia sexual de la colonización contra las que los movimientos latinoamericanos han tenido que resistir. En Brasil, la narrativa popular lo resume con crudeza: el país es hijo del «estupro colonial».

La falacia de la «salvación» por alianzas indígenas

Otro de los argumentos hispanistas sostiene que la conquista española «salvó» la vida de muchos indígenas al utilizar la rivalidad entre etnias para beneficio propio. El caso tlaxcalteca es el ejemplo más citado: sin la colaboración de este pueblo, enemigo histórico de los mexicas, la conquista de México no habría sido posible.

Pero esta lectura confunde la estrategia militar con una misión humanitaria. Los españoles no llegaron como árbitros benevolentes. Su alianza con los tlaxcaltecas fue vital para su supervivencia y éxito, pero no los «salvó» de la dominación; simplemente cambió un yugo por otro. Tras la conquista, los aliados indígenas también fueron sometidos a la estructura de poder colonial. La pregunta clave que desmonta esta falacia es: «¿por qué los tlaxcaltecas tenían más intereses en común con los habitantes de Tenochtitlan que con los guerreros de Cortés?». La respuesta es que no los tenían; eran pueblos distintos con intereses propios. Además, las propias crónicas españolas minimizaron y ocultaron el papel decisivo de los aliados indígenas para presentar la conquista como una gesta exclusivamente hispánica.

La «salvación» nunca fue el objetivo; la victoria y el sometimiento, sí.

La evangelización: montaje sobre creencias preexistentes

Cuando se produce el proceso de evangelización, los misioneros no llegaron a un vacío espiritual. Se montaron sobre creencias preexistentes que los europeos llamarían «paganismo», y lo mismo pasó con los conocimientos arquitectónicos. No se trató de un reemplazo limpio, sino de una superposición violenta sobre estructuras preexistentes, con una asimetría de poder brutal.

La Virgen de Guadalupe en el Tepeyac se asoció al culto previo a Tonantzin; muchas fiestas patronales se montaron sobre calendarios agrícolas y rituales locales; santos y vírgenes ocuparon lugares de deidades locales. Pero eso no significa que los europeos «respetaran» esas creencias: las clasificaban como paganismo e idolatría y buscaban erradicarlas. Hubo campañas sistemáticas de destrucción de templos, quemas de códices y objetos rituales, y castigos a prácticas indígenas. La «superposición» fue muchas veces borrado y reemplazo físico: construir el templo cristiano sobre el sitio sagrado para demostrar la derrota de los dioses locales.

Lo mismo ocurre con la arquitectura. La Catedral Metropolitana de Ciudad de México se construyó en parte con piedras del Templo Mayor y sobre el centro ceremonial mexica; el Convento de Santo Domingo en Cusco se erigió sobre el Coricancha, el principal templo inca. No fue solo «aprovechar materiales»: fue una política de demostración de superioridad y borrado simbólico. Los españoles se apropiaron del saber y del trabajo indígena, y luego negaron su valor.

El arte indígena: de la obra maestra a la «artesanía»

Este punto merece una atención especial, porque revela con particular claridad cómo opera la jerarquía cultural impuesta por la «civilización». Los pueblos originarios de América produjeron arte de un altísimo valor estético: esculturas monumentales como las cabezas colosales olmecas o la Coatlicue mexica; pinturas murales como las de Teotihuacán o Bonampak; cerámicas de una sofisticación técnica y simbólica extraordinaria, como las de Nazca, Moche o Tlatilco; textiles de una complejidad incomparable, como los paracas o los incas; orfebrería en oro y plata de una maestría que asombró a los propios europeos.

Sin embargo, el arte era únicamente civilizado y europeo. Lo que producían los indígenas era clasificado como «artesanía» o «arte popular», categorías que degradaban su valor estético y lo reducían a una manifestación «folclórica», «primitiva» o «decorativa». Esta distinción no es inocente: es una operación ideológica que reproduce la jerarquía colonial en el terreno de la estética. Al negar el estatuto de «arte» a las producciones indígenas, se niega también la complejidad intelectual, espiritual y técnica de sus creadores. Se los confina al lugar del «artesano» —un productor de objetos útiles o decorativos— y se reserva el lugar del «artista» —un sujeto con genio creador— para el europeo.

Esta jerarquía persiste hoy. En los museos, las piezas indígenas suelen exhibirse como «arte precolombino» o «etnografía», no como «arte» a secas. En el mercado, una cerámica indígena contemporánea se vende como «artesanía» mientras una obra europea de similar antigüedad se subasta como «arte». La distinción entre «arte» y «artesanía» no describe una diferencia real de valor estético: describe una diferencia de poder. Y desmontarla es también parte de desmontar la Leyenda Rosa.

El caso paradigmático de las misiones jesuíticas

Las misiones jesuíticas en Argentina y Paraguay son un caso especialmente ilustrativo de este «montaje» cultural. Allí los indígenas pasaron a adoptar el modelo de familia monogámica, la tradicional vivienda familiar europea, la educación formal. Se dotó a la lengua guaraní de escritura, se permitió que las iglesias fueran decoradas con motivos indígenas. Pero nada de esto dejó de constituir un proceso de montaje de una cultura sobre otra.

La vivienda guaraní tradicional, de planta alargada y habitada por familias extensas bajo la autoridad de un cacique, fue modificada internamente para imponer un modelo completamente ajeno: se la compartimentó para alojar a familias nucleares monogámicas, tal como las concebía la Iglesia. El objetivo explícito era erradicar la poligamia y las «uniones libres», instituyendo el matrimonio cristiano indisoluble y la patria potestad europea. Como señala un estudio, la base de la reestructuración social en las reducciones fue «la imposición de la familia monogámica y patriarcal».

La dotación de escritura al guaraní es otro ejemplo de cómo una herramienta aparentemente «civilizatoria» operó como un instrumento de «reducción». El propio lenguaje jesuita es revelador: hablaban de «reducir a escritura» y «reducir a arte» la lengua, en paralelo a la «reducción» socio-política de los indígenas a pueblos de misión. La creación de un «guaraní clásico» no fue un acto de preservación cultural desinteresado. Fue una política lingüística deliberada para crear un vehículo estandarizado de comunicación de la doctrina cristiana. La escritura, por tanto, no «salvó» al guaraní: lo domesticó para el proyecto colonial.

Los guaraníes, sin embargo, no fueron receptores pasivos. La historiografía reciente subraya que muchos grupos vieron en las misiones una estrategia de supervivencia frente a otros grupos indígenas hostiles y, sobre todo, ante la amenaza mucho más brutal de los colonos españoles y los esclavistas portugueses. Aceptaron el «montaje» porque la alternativa era peor. Pero eso no convierte la misión en una «república utópica» ni en un ejemplo de convivencia armónica. Fue una administración colonial en una frontera disputada, con una población mayoritariamente indígena, pero bajo dirección y fines europeos.

La doble moral de la «civilización»

Si algo revela la persistencia del relato civilizatorio es su doble moral. Se juzga la propia historia con un estándar de intenciones («llevar la civilización», «salvar almas») mientras se ignoran o minimizan los métodos y las consecuencias reales para las poblaciones sometidas.

La comparación con los Aliados en la Segunda Guerra Mundial es históricamente pertinente. Intelectuales como Aimé Césaire y Frantz Fanon señalaron la contradicción de potencias coloniales que condenaban los crímenes nazis mientras cometían atrocidades similares en sus imperios. Césaire constató la «coherencia histórica del colonialismo y del nazismo». Fanon, por su parte, calificó abiertamente a los colonizadores como «criminales de guerra». Esto no equipara a los Aliados con el Eje, pero sí demuestra que la narrativa de «los buenos contra los malos» oculta que los «buenos» también cometieron actos de extrema violencia contra civiles.

De la misma manera, presentar a España como una potencia «civilizadora» que «salvó» a los indígenas oculta que su empresa estuvo marcada por la violencia, el despojo y la imposición de un sistema de dominación. El legado de la empresa «civilizatoria» no es la ilustración y el progreso, sino la persistencia de jerarquías raciales que continúan marginando a las mismas poblaciones que fueron colonizadas. La Unión Europea reconoce que el racismo está «profundamente arraigado en las instituciones» y el Parlamento Europeo ha declarado formalmente que «el Holocausto y las injusticias históricas, incluidos el colonialismo y la esclavitud, siguen configurando el racismo estructural en Europa hoy».

¿Por qué persiste la justificación académica en el siglo XXI?

La pregunta es la más incisiva. ¿Cómo es posible que, con toda la evidencia disponible, se siga sosteniendo en pleno siglo XXI que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión?

La respuesta no está en la falta de evidencia, sino en el uso político del pasado. Lo que se disputa no es la verdad histórica, sino la legitimación de un orden jerárquico y de una identidad que se niega a asumir su carácter fundacional violento.

La corriente que justifica la conquista se articula en torno a la «Leyenda Rosa», una narrativa que la conceptualiza como una «empresa fundamentalmente civilizatoria y evangelizadora de carácter providencial». Esta visión minimiza el genocidio demográfico y la expropiación, y presenta la conquista como un «encuentro» beneficioso que integró a sociedades percibidas como «carecientes de complejidad» a la modernidad europea.

Esta narrativa no es solo histórica; es un proyecto de identidad. El hispanismo sostiene la idea de una «patria espiritual» y una jerarquía donde los pueblos colonizados deben reconocer a España como «la creadora de su propio ser». Desde esta óptica, se rechazan las contribuciones de los pueblos originarios y se presenta a España con una suerte de «autoridad moral» tutelar sobre las naciones americanas.

El objetivo de estas relecturas no es tanto comprender el pasado, sino «ganar la batalla cultural del presente». El hispanismo revisionista busca influir en la educación y el discurso público para consolidar una determinada identidad nacional que se siente amenazada por las demandas de justicia histórica y los movimientos indígenas actuales. Y no es casual que estos gestos de revisión histórica coincidan con intereses económicos concretos, como la presencia de miles de empresas españolas en América Latina.

Es crucial matizar que la academia no es un bloque monolítico. Existe una sólida tradición crítica que ha desmontado estos mitos. Obras como Seven Myths of the Spanish Conquest de Matthew Restall demuestran, con evidencia documental, la falsedad de relatos como el del «puñado de hombres excepcionales» o la «superioridad tecnológica decisiva». Sin embargo, la persistencia de la Leyenda Rosa en ámbitos académicos y políticos muestra la fuerza de un relato que no busca tanto la verdad histórica como la legitimación de un orden jerárquico.

Conclusión: nombrar la invasión, nombrar el arte, nombrar la violencia

A más de quinientos años, seguir sosteniendo que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión no es un simple error académico. Es una toma de posición en la disputa por el presente. La evangelización se montó sobre creencias preexistentes para reemplazarlas y controlarlas; la arquitectura colonial se montó sobre templos y saberes indígenas para borrarlos y aprovecharlos; el mestizaje se impuso por la fuerza sobre los cuerpos de las mujeres indígenas; las misiones jesuíticas erigieron un orden nuevo sobre los cimientos de una sociedad preexistente, vaciándola de su lógica propia. Y el arte indígena —esculturas, pinturas, cerámicas, textiles, orfebrería de altísimo valor estético— fue degradado a «artesanía» para reservar el estatuto de «arte» a la producción europea.

Llamar a eso «civilización» es una coartada ideológica. Y desmontarla no es negar la complejidad de la historia ni adoptar una postura «victimizante». Es reconocer que el relato de la «civilización» fue, en gran medida, la justificación de la dominación. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio, la violencia sexual como violencia sexual y el arte indígena como arte no es un acto de resentimiento: es un acto de justicia histórica. Y la justicia histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías raciales y culturales que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

La pregunta no es por qué seguimos discutiendo esto. La pregunta es por qué algunos se empeñan en que dejemos de hacerlo.

Fuente: https://www.resumenlatinoamericano.org/2026/10/21/pensamiento-critico-la-leyenda-rosa-como-el-hispanismo-sigue-blanqueando-un-genocidio-en-pleno-siglo-xxi/

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