sábado, 28 de febrero de 2026

Venezuela: trincheras reales, héroes de teclado

por Daniel Seixo

Hay pueblos que sangran en silencio mientras el mundo opina ajeno, como quien hojea un libro sin leerlo o, peor aún, contempla una serie sin prestarle demasiada atención. En la madrugada del 3 de enero de 2026, mientras Caracas dormía bajo su propio sudor cotidiano, el país se despertó con explosiones que rasgaron la noche venezolana y helicópteros enemigos volando bajo como pájaros enfurecidos sobre Fuerte Tiuna y el corazón de la ciudad. La tierra vibró con dolor, las calles se llenaron de ruido y, mientras los cuerpos enfrentaban precipitadamente la inesperada agresión, una fuerza extranjera sembraba sangre y desconcierto. Fue una irrupción que no solo dejó restos materiales, sino un tejido social sacudido, una soberanía rota y un pueblo que aún no llega a comprender la extraña fuerza que lo lleva a seguir en pie pese a cualquier adversidad.

En una noche, un presidente fue arrancado de su tierra y llevado fuera del país, en un gesto que proclamaba la expresión última de un imperialismo que siempre habla de democracia, libertad o reglas, desde aviones cargados de bombas. Mientras tanto, en cómodos cuartos de países lejanos, en los solitarios rostros iluminados por pantallas, en timelines donde cada segundo es una oportunidad para el juicio moral, surgieron inmediatamente las voces que no entendían que una operación militar cambia la vida real de millones, pero no siempre cambia lo profundo de sus contradicciones.

Ahí, en esa grieta entre lo vivido y lo opinado, emerge la paradoja de una izquierda occidental que grita más rápido de lo que logra razonar, que juzga más rápido de lo que comprende y que exige heroísmo suicida desde la comodidad de sus sillas. Esa es la izquierda que confunde rapidez con lucidez, espectáculo con verdad, indignación con análisis. Una izquierda que quiere que el relato se ajuste a su ética de papel, a su épica de pantalla, que ignora conscientemente la complejidad concreta de la vida. Esto es lo que vemos cuando se prefiere la sentencia moral sobre el entendimiento real, cuando se busca la pureza de consignas antes que la comprensión de largas marchas en dura pelea por la supervivencia.

La verdad no consiste en ser el primero en opinar en redes, ni el primero en gritar traición. A nadie le importan realmente tus egos, tu necesidad individual de situarte en el mercado de la opinión, ni tus juicios de moral sobre otros pueblos. La verdad, como enseña quien ha visto revoluciones nacer y expandirse, exige el ejercicio de una mirada que no se deja arrastrar por la urgencia del aplauso ni por la prisa del clamor. Exige disciplina: la disciplina de observar, estudiar y sopesar las consecuencias antes de gritar. Porque no todos los errores son traiciones, ni todas las negociaciones son rendiciones. Y lo que ocurre en Venezuela, en medio de bloqueos, sanciones, tensiones militares y muerte, no se resuelve con frases hechas ni con relatos moralistas desde una silla en Occidente.

Existe hoy una tendencia a exigir que los procesos periféricos, como si fueran espejos mágicos, cumplan con fantasías revolucionarias de esos individuos que en Occidente jamás han enfrentado la devastación de los bombardeos, el silencio lúgubre tras el vuelo de un dron o el peso de los muertos y desaparecidos tras la represión de la ultraderecha. Se exige que un gobierno bajo asedio se comporte como si viviera en un salón académico, lejano de penalidades reales; se pide que resista heroicamente mientras quien exige la suicida heroicidad sigue sentado lejos, con un café en la mano, esperando que el espectáculo responda a sus expectativas. Y si no es el caso, siempre quedará un tuit de reconocimiento por la sangre derramada. A eso reducen algunos el dolor y la vida del Sur global: a una efeméride, a un sacrificio necesario para cuadrar la teoría revolucionaria sobre el papel.

Es una izquierda occidental que ha sustituido la cultura militante por la cultura del comentario, el vaticinio, el canchismo, un izquierdismo, en el pleno sentido de la expresión, que ha roto lazos con la realidad concreta al transformarla en narrativa de consumo inmediato, casi como si la política fuera un género más de entretenimiento. Esta lógica del primer comentario, el tuit más fuerte, el juicio más tajante o la posición más firme y poco flexible ha invadido la crítica política hasta el punto de que muchos se sienten autorizados a dictar términos de pureza a procesos que no viven ni entienden.

Hay que entender que una revolución no es una consigna ni una idea suspendida en el aire, sino un terreno vivo de tensiones, un campo donde chocan fuerzas materiales y simbólicas, donde cada decisión arrastra su propio historial de dolor y esperanza. No es un escenario para la indulgencia del ego, ni un foro para la autocelebración de juicios instantáneos. Es un espacio de costuras rotas y reparaciones constantes, plagado de debates internos ásperos, agresiones externas lacerantes, correcciones discretas, movimientos tácticos, repliegues y avances. Y todo eso no se decide para satisfacer la elegancia del dogma, sino para sobrevivir a la brutalidad de lo real. Los pueblos se alimentan, ríen, lloran, aman, mueren y luchan para sobrevivir, también en revolución.

Hay algo profundamente pedagógico en el espíritu de quien ha asumido las condiciones concretas de lucha, aquellos que entienden que las decisiones tomadas bajo presión no siempre serán perfectas, que la historia no ofrece respuestas limpias, que el enemigo principal no es, como constantemente interpretan algunos en esta vieja Europa, el compañero que comete errores, sino las fuerzas materiales que asedian cada espacio de autodeterminación. Aquellos que hoy buscan la división y el enfrentamiento tras errar nuevamente en el cálculo de que el secuestro de una sola voz podía matar a la revolución.

Cuando un pueblo es golpeado por un bombardeo, cuando se ve obligado a resistir sanciones que asfixian al extremo su economía, cuando ve a sus líderes secuestrados por una fuerza externa, no necesita juicios de tribunales inquisitoriales ajenos. Necesita solidaridad concreta. Solidaridad no como aplauso incondicional, ni como crítica destructiva, sino como compañerismo comprometido con la vida colectiva, con la reconstrucción, con la dignidad leve y con los pasos inciertos de la lucha diaria.

La izquierda, entonces, enfrenta una prueba urgente: recuperar la cultura militante. Porque si hay algo que define a quienes han construido procesos emancipadores en la historia, es la capacidad de transformar el análisis en acción organizada, no en reacción efímera. Y no se trata de renunciar a la crítica constructiva y en camaradería, esa siempre será legítima, sino de saber cuándo, cómo y para qué se hace. Una crítica que fortalece al compañero, no que abona al debilitamiento del sujeto político que vive hoy asediado, amenazado y señalado por la armada y la moneda del imperialismo.

No hay revolución en la condena fácil. No hay emancipación en el juicio, ni hay futuro en la pirotecnia moral de un tuit. La verdadera revolución está en sostener la vida, en construir instituciones populares, en aprender de las contradicciones, en resistir contra el imperio que no necesita declarar guerra para imponer su fuerza. Porque muchas veces, como actualmente sucede en Venezuela, el ataque no lleva nombre de guerra, sino el silencioso avance de un bloque económico, de un cerco mediático, de una intervención internacional disfrazada de justicia. El ataque avanza ante el silencio y la pasividad internacional, que contempla cómo son bombardeados humildes pescadores, cómo son acorralados los trabajadores venezolanos mediante el cerco del dólar y cómo son violadas las instituciones democráticas de un país sin que el mundo se detenga.

Y ahí, en esa danza entre lo real y lo simbólico, entre la brutalidad y la esperanza, es donde la izquierda, la que realmente busque transformaciones profundas, debe aprender a hablar con cautela, a pensar con rigor y a actuar con solidaridad. Sin prisa por el aplauso, sin prisa por la condena, sin prisa por el grito.

Porque hay tiempos para la palabra y tiempos para el silencio que protege, tiempos para la crítica y tiempos para el abrazo colectivo. Entender esa diferencia es el arte y el deber de una cultura militante verdadera.

Siento si en este texto no les he desvelado lo que sucedió aquella madrugada de enero, ni les he aportado material para la difusión en redes, ni una guía férrea para guiar su pensamiento o su ego al defender su verdad frente a otros. Permítanme que, en medio de esta tormenta, no pretenda cimentar el peso de mi pluma como tenedora de la única verdad, tal y como pregonan tantos supuestos analistas, pero hoy solo quería pedirles que sean capaces de sentir, en lo más hondo de su ser, la injusticia y la agresión sufrida por el pueblo venezolano como si fuese cometida contra el suyo propio. Si es así, sabrán medir los tiempos, los egos y actuar en consecuencia.

 

Fuente: Blog de Daniel Seixo 

La vergüenza de ser fascista


Una agenda social fracasa si su ejecución y su mensaje son más débiles que el ataque de quienes buscan destruirla.











La izquierda tiene una pasmosa capacidad para convertir problemas cóncavos, que deberían estar más bien curvados al interior de sus organizaciones, en soluciones convexas, ofrecidas como fórmulas mágicas para resolver tales problemas. Desde luego, la unidad de acción  entre las izquierdas es muy conveniente. Un programa político riguroso puede revelar profundidad teórica. Y el arraigo territorial dota de consistencia a las organizaciones. Pero nada de esto asegura, por sí mismo, el acierto ni la claridad de las propuestas políticas. Ya sabemos que hay agregados que no suman, el papel todo lo aguanta y la implantación local es condición absolutamente necesaria, pero nunca suficiente. La clave está en cómo articulamos dichos elementos: unidad, programa, territorios, ¿para hacer exactamente qué?

¿Cómo interpelar a la gente común, huyendo de la logorrea tanto como del sainete? ¿Cómo hacerse eco de sus dolores, canalizar la rabia, derrotar la angustia del fin de mes y demostrarles que su vida verdaderamente importa? La política no es sino el incesante conflicto entre visiones sociales que procuran dar nombre, forma y sentido a la vida compartida. Y es precisamente en este punto decisivo donde la izquierda suele confundir la pregunta que ha de formularse. Porque no se trata, en primer término, de identificar cuál es el error, la ilusión o la falta de conocimiento que genera efectos de dominación. La cuestión es cómo dislocar determinadas relaciones de poder para hacer efectivos otros mundos posibles. Así, de un diagnóstico crítico —por muy certero que este sea—no se deduce mecánicamente una práctica transformadora. Por decirlo de otra manera: el conocimiento de las injusticias no conlleva necesariamente el anhelo de combatirlas. La denuncia no sirve si no moviliza. Una agenda social fracasa si su ejecución y su mensaje son más débiles que el ataque de quienes buscan destruirla. En el siglo XVII, un pulidor de lentes, Baruch Spinoza, lo enunciaría con precisión geométrica: “ningún afecto puede ser reprimido sino por un afecto más fuerte y contrario al afecto que ha de ser reprimido”.

Es muy probable que las derechas se alimenten del raquitismo de las izquierdas. Que su audacia se mida por la tibieza reformadora. Pero lo es también que representan una reacción contra sus mayores conquistas sociales. De hecho, sendas hipótesis son las dos caras de una misma moneda. Lo crucial es el canto. De ahí que, en lugar de vacilar respecto a sus contenidos, las izquierdas han de afirmarlos con mayor intensidad y coherencia; ampliarlos sin concesiones e investirlos de una energía capaz de reorganizar el campo político. En esta nueva singladura, las convicciones morales serán las mismas, pero actualizadas las cartas de navegación. Se mantendrá el pulso por los ideales emancipatorios, pero será reajustado el utillaje y recobrada la alegría. Este es el tono anímico que, a mi juicio, la situación exige.

A fin de cuentas, no tenemos derechos por ser humanos, sino por demostrar que podemos ejercer esos derechos. Lo que implica que reducir brechas y superar agravios supone anudar frentes de acción. En este empeño- como evoca Angela Davis– no bastará con no ser racista; habrá que ser antirracista, esto es, organizarse para erradicar cualquier forma de exclusión racial. Será insuficiente verbalizar la igualdad entre hombres y mujeres; habrá que hacerla real evidenciando así la potencia feminista. Se requerirá algo más que apelar a la tolerancia y celebrar retóricamente la diversidad sexual; deberemos desmontar, ladrillo a ladrillo, con nuestros comportamientos, los cimientos de la cultura heteronormativa y patriarcal. Porque- nuevamente de la mano de Spinoza– “sólo una torva y triste superstición puede prohibir el deleite”. Y será el alumbramiento de  alternativas económicas que distribuyan equitativamente la riqueza, lo que evidenciará- y no al revés- que, lejos de crear riqueza, el capital bloquea una y otra vez la producción de riqueza común.

Ante el miedo que las derechas quieren inocularnos, urge adelantarse y cambiar el marco para disputar el sentido en un escenario incierto. Entreguémonos a esa causa antes que a lemas esclerotizados. Nos corresponde imaginar otras formas de vida buena, organizando activamente la paz y la esperanza. Frente al resentimiento que conduce a la autoflagelación, sintamos el orgullo de quienes desean ser igualmente libres. Si hubiera que trazar el horizonte que nos orienta, bien podría ser este: planifiquemos colectivamente un modelo económico-político —al mismo tiempo factible y disruptivo—que respete el techo ecológico del planeta mientras asegura un suelo de derechos sociales para todo el mundo, sin exclusiones. De su realización dependerá que ser fascista vuelva a dar vergüenza.


EE.UU. contra Cuba y Venezuela: la apetencia por el control del Caribe


Carmen Parejo Rendón Publicado: 17 feb 2026








              Mass Communication Specialist 1st Class Jesse Monford / U.S. Navy / Gettyimages.ru

Desde mediados del siglo XX América Latina ha constituido el primer espacio donde el orden internacional posterior a la Guerra Fría encontró una resistencia persistente. Cuba lo demostró al sobrevivir desde 1959 al aislamiento y a la desintegración del bloque socialista.

Tres décadas después, en 1989, mientras el mundo proclamaba el "fin de la historia", el Caracazo venezolano señalaba en sentido contrario. Aquel episodio abrió un proceso político que culminaría con el triunfo de Hugo Chávez en 1998, la posterior derrota del ALCA y la creación del ALBA, un proyecto fundado por Caracas y La Habana, al que se integrarían distintos gobiernos latinoamericanos.

Se inauguraba así un ciclo histórico que modificaba la correlación regional de fuerzas y refutaba en la práctica la idea de un orden definitivo dirigido desde un único centro de poder. América Latina buscaba la emancipación del control estadounidense y, además, este proceso coincidía con la emergencia de un mundo multipolar y con la aparición de nuevos socios comerciales.

El Caribe atraviesa hoy un único proceso político expresado en dos frentes: la intervención sobre Venezuela y el asedio material a Cuba. Este proceso se hace visible a través del control del mar.

Desde entonces, la política hemisférica estadounidense ha intentado revertir ese proceso de manera constante, aunque rara vez lo haya reconocido explícitamente en sus doctrinas de seguridad. Las intervenciones indirectas y directas —desde Honduras en 2009 hasta Bolivia en 2019, junto a la presión permanente sobre Cuba, Venezuela y Nicaragua— responden a una misma lógica, que necesita restaurar un marco regional compatible con su primacía estratégica. La doctrina actual no inaugura esa orientación, aunque es cierto que es más explícita tanto en el aspecto declarativo como en sus acciones.

Es así como el Caribe atraviesa hoy un único proceso político expresado en dos frentes: la intervención sobre Venezuela y el asedio material a Cuba. Este proceso se hace visible a través del control del mar.

Tras el despliegue naval estadounidense en la región, en 2025, comenzaron ataques a embarcaciones menores desde finales de agosto. Bajo distintos pretextos operativos, fuerzas estadounidenses interceptaron y atacaron lanchas rápidas, asesinando a más de un centenar de personas en pocos meses. Aquel ataque inicial contra los más humildes —sin capacidad de defensa ni peso geopolítico— fue fácilmente relegado en la agenda internacional, pero marcó el inicio de la intervención directa sobre el tráfico marítimo civil.

Poco después comenzaron las interceptaciones de buques petroleros vinculados al comercio venezolano y ya en diciembre se formalizó un bloqueo operativo contra determinados tanqueros, aunque las actuaciones excedieron ampliamente los listados de sanciones y alcanzaron a embarcaciones que comerciaban bajo contratos ordinarios.

El petrolero Skipper fue interceptado frente a las costas venezolanas y su carga confiscada pese a encontrarse en tránsito comercial; el Centuries, que transportaba crudo hacia Asia bajo bandera panameña, fue retenido aun sin figurar inicialmente en registros restrictivos; varios buques rebautizados tras cambios de propiedad —una práctica habitual en el comercio marítimo— fueron perseguidos durante semanas, como si el cambio nominal constituyera por sí mismo prueba de ilegalidad; y una nave vinculada a operadores rusos fue rastreada desde el Caribe hasta el Atlántico Norte antes de ser abordada. En el caso del Veronica III, el seguimiento se prolongó hasta el océano Índico para capturarlo en aguas internacionales, fuera de cualquier jurisdicción inmediata de EE.UU.

La presión deja de centrarse únicamente en sanciones financieras y se desplaza hacia el control material de rutas y recursos. La militarización del Caribe, además, modifica el comportamiento de otros actores, ya que supone un salto cualitativo desde la presión económica, a la amenaza de confrontación armada.

El resultado fueron varios millones de barriles venezolanos retenidos o desviados, con pérdidas superiores a 1.000 millones de dólares. Una incautación material directa que además transmitía un mensaje: cualquier actor que participase en el comercio energético con Caracas podía ser objeto de interceptación física, existiera o no sanción previa formalmente establecida.

El 3 de enero la escalada dio un salto cualitativo. Washington secuestró al presidente venezolano, Nicolás Maduro, y, de forma simultánea, abandonó abiertamente la retórica de la "lucha contra el narcotráfico". Incluso llegando a admitir que el llamado 'Cartel de los Soles' era más una fórmula discursiva que una estructura probada. A partir de ese momento, el objetivo se hizo explícito: el petróleo.

A su vez, el control progresivo del espacio marítimo caribeño permitió intensificar el cerco contra Cuba en términos distintos a los del pasado. Durante más de seis décadas, el bloqueo operó mediante sanciones financieras, comerciales y diplomáticas que dificultaban comerciar, pero no impedían físicamente que el comercio existiera. La isla sostuvo su funcionamiento mediante acuerdos energéticos soberanos —principalmente con Venezuela—. En una economía insular dependiente de la importación energética, impedir la llegada de combustible paraliza el transporte, la electricidad, la sanidad y el abastecimiento básico.

Cuando las exportaciones petroleras venezolanas comenzaron a ser interceptadas y el tránsito marítimo perseguido, el flujo de crudo hacia la isla se interrumpió, tal y como ha denunciado el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel. Además, a la presión naval contra las exportaciones venezolanas, se añadieron amenazas de sanciones y aranceles contra terceros países o empresas que abastecieran a Cuba. El bloqueo económico pasaba así a convertirse en asedio material. Es esta situación creada por EE.UU. la que explica la crisis humanitaria que vive la isla.

La coerción acelera los acontecimientos, pero al mismo tiempo acorta el tiempo disponible para sostenerla: si no obtiene resultados rápidos, la presión externa se convierte en desgaste interno. Y con elecciones de medio término a final de año, ese desgaste puede traducirse en una pérdida de apoyo político para el propio presidente estadounidense.

Para poder comprender este escenario, debemos revisar la Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. presentada a finales de 2025, que define el hemisferio occidental como prioridad absoluta y recupera explícitamente la Doctrina Monroe bajo una formulación actualizada: excluir la presencia de potencias extrarregionales. En términos prácticos, esto significa impedir la consolidación de circuitos económicos alternativos a la propia centralidad estadounidense.  

EE.UU., que continúa siendo la principal potencia militar, pierde de manera progresiva primacía económica y comercial. En ese contexto, impedir la formación de alianzas económicas alternativas adquiere un valor estratégico mayor. La presión deja de centrarse únicamente en sanciones financieras y se desplaza hacia el control material de rutas y recursos. La militarización del Caribe, además, modifica el comportamiento de otros actores, ya que supone un salto cualitativo desde la presión económica, a la amenaza de confrontación armada.

Sin embargo, esta estrategia también tiene límites materiales. Mantener una presencia naval permanente supone miles de millones de dólares adicionales en un contexto de deuda pública y déficits anuales de enorme magnitud. La coerción acelera los acontecimientos, pero al mismo tiempo acorta el tiempo disponible para sostenerla: si no obtiene resultados rápidos, la presión externa se convierte en desgaste interno. Y con elecciones de medio término a final de año, ese desgaste puede traducirse en una pérdida de apoyo político para el propio presidente estadounidense.

Por otra parte, la estrategia de asfixia tampoco ha producido el desenlace automático que algunos anticipaban. Venezuela no colapsó tras el bombardeo y el secuestro de su presidente. El Estado activó mecanismos de reorganización defensiva que, aunque implican concesiones económicas tácticas dolorosas, han logrado evitar la fractura interna buscada. Del mismo modo, Cuba no enfrenta por primera vez un intento de estrangulamiento: ha atravesado décadas de bloqueo, el 'Período Especial' y múltiples ciclos de recrudecimiento de sanciones. La experiencia acumulada forma parte de su memoria estratégica.

No es la primera vez que un orden internacional responde así ante un proceso que no logra revertir. Tras las guerras napoleónicas, las potencias europeas escenificaron en el Congreso de Viena de 1815 la restauración del Antiguo Régimen. Aquella victoria no detuvo las transformaciones en curso y, con el tiempo, el liberalismo terminó imponiéndose. Así, la historia demuestra que las dinámicas de fuerza generan respuestas, reacomodos y resultados distintos a los previstos por quienes creen controlar el tablero. El Caribe es hoy un frente estratégico, pero su desenlace no está escrito

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.


viernes, 27 de febrero de 2026

Enrique Ubieta: «La fuerza de Cuba, su peligrosidad extrema para el imperio, es su ejemplo»


CUBA :: 17/02/2026

GERALDINA COLOTTI

Entrevista con Enrique Ubieta, director de la histórica revista Revolución y Cultura. Mientras Trump estrecha el cerco sobre Cuba, la batalla se traslada al terreno de la subjetividad y la cultura

Mientras la administración estadounidense estrecha el cerco sobre Cuba, rescatando la retórica de la «amenaza inusual y extraordinaria» --la misma fórmula jurídica utilizada por Barack Obama para iniciar el asedio contra la Venezuela bolivariana--, la batalla se traslada al terreno de la subjetividad y la cultura. No es solo un bloqueo económico y financiero; es una guerra híbrida que busca pulverizar el alma de la Revolución, intentando instigar artificialmente «revoluciones de colores» entre las grietas de las dificultades materiales impuestas por Washington.

En esta trinchera de ideas, la voz de Enrique Ubieta es una brújula imprescindible. Intelectual agudo, ensayista y director de la histórica revista Revolución y Cultura, Ubieta encarna la figura del intelectual militante que no separa nunca el análisis estético del compromiso político. En esta entrevista, Ubieta se detiene en la crisis interna que vive la sociedad estadounidense, revela el impacto de los sucesos del 3 de enero en Cuba y traza las rutas de una solidaridad internacional que debe hacerse escudo activo contra el chantaje del dólar. Con la lucidez de quien vive el asedio desde el corazón de La Habana, Ubieta nos recuerda que la cultura no es un adorno, sino el oxígeno de un pueblo que ha decidido no volver a ser nunca más el «patio trasero» de nadie.

Recientemente Trump ha endurecido el cerco contra Cuba utilizando la misma retórica del decreto de Obama contra Venezuela: calificar a la nación como una «amenaza inusual y extraordinaria». ¿Qué hilos estructurales ligan estas decisiones de presidentes de signos supuestamente opuestos y qué nos dice esto sobre la continuidad de la doctrina imperialista hacia la región?

Es inevitable que empiece diciendo algunas obviedades: el imperialismo tiene intereses y comportamientos globales que ambos partidos, y los grupos de poder, aplican de manera indistinta, pero no es monolítico; hay sectores más o menos poderosos, cuyos intereses no necesariamente coinciden con las estructuras partidistas y se expresan en grupos dentro y fuera de ellas. Ahora bien, la presencia de instrumentos económicos de presión en las relaciones internacionales no es nueva, como lo evidencia la existencia del bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba que data del año 1962, cuya extraterritorialidad se basa en prohibir, entre otras cosas, el uso del dólar, la adquisición por empresas con capital total o compartido estadounidense de maquinarias y equipos que contengan níquel cubano, la compra por Cuba a terceros de productos con un 10 por ciento de piezas o componentes norteamericanos, que aquellos barcos que hayan tocado puertos cubanos ingresen a los EEUU durante los siguientes 180 días.

Sin embargo, ese recurso ha incorporado nuevas variantes como son las llamadas "sanciones colaterales" y las "sanciones inteligentes". Según la economista Yazmín Vázquez, las primeras se conciben para frenar el apoyo de terceros países a aquellos que previamente han sido castigados (por ejemplo, imponer aranceles más elevados); las segundas están dirigidas a un producto o actividad económica que ocupe un lugar central en la vida de un país, y que por sí solo puede desestructurar todo el funcionamiento de este. Es lo que pretenden aplicar, como en su momento a Venezuela, con la orden ejecutiva recientemente firmada.

La sociedad norteamericana enfrenta una aguda crisis que puede fracturarla: durante las últimas décadas, el pensamiento conservador, incluso reaccionario, de corte fascista, ha permeado a sectores afectados por esa crisis, dispuestos a culpar de sus penurias a migrantes y ateos. Ese pensamiento, actualmente en el gobierno, parece mayoritario, porque se expresa de forma abierta y dicta leyes, delinea conductas, reprime a sus adversarios: es antiinmigrante, supremacista, misógino, racista, se opone al aborto, censura libros, combate a la comunidad LTGBQ+. Toda actitud liberal, en el tradicional sentido norteamericano, es calificada de comunista. Como resultado, se establecen vasos comunicantes espontáneos entre los afectados que pueden derivar en frentes unitarios.

Los políticos que se autodenominan liberales, tradicionalmente representantes del establishment en los EEUU, empiezan a reivindicar conceptos antes impensables, como el de socialismo. Para la alcaldía de New York es elegido por una significativa mayoría de votantes un candidato musulmán que se declara 'socialista' democrático. La etapa histórica que vivimos ha roto la modorra, la corrección sistémica, el inmovilismo de la izquierda norteamericana, todavía acéfala de líderes y horizontes compartidos, obligada a reaccionar frente a una derecha que no oculta sus objetivos y sentimientos, y que ha roto con las reglas de la democracia burguesa. Esa reacción todavía es tímida, lenta, de cierto modo tardía, pero puede conducir a una guerra civil. Ante la ruptura de la democracia burguesa, es todavía el reclamo de su conservación. Se trata, por el momento, de un comportamiento sustentado en la legítima defensa.

Barack Obama utilizó las dos herramientas clásicas de la política imperial: la zanahoria y el garrote. Mientras trataba de engatusar a los cubanos con una convivencia envenenada, reto aceptado, promovía el golpe de estado en Honduras, declaraba a Venezuela como "amenaza inusual y extraordinaria" y atacaba a Libia. Un artículo de opinión, que el New York Times publicaba en 2016, era titulado así: "El inesperado legado de Obama: ocho años de guerra continua", eso, a pesar de haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Es entendible la furia del egocentrista Trump que aspiraba también a recibirlo, y le fue negado.

La diferencia entre ambos mandatarios --y puede parecer insignificante, pero no lo es-- es que la tendencia que Trump representa, consciente de la caída en picada del poder estadounidense, se ha propuesto recuperarlo a toda costa, sin tiempo ni ganas de enmascarar sus acciones. El guapetón del barrio ahora no fabrica excusas, o al menos no oculta que lo sean, porque quiere que todos sepan que en lo adelante actuará según su imperial deseo. Si bien necesitaba la fabricación de un falso cartel de drogas para acusar judicialmente a Maduro, a quien definió como "narcoterrorista", Trump dejó bien claro que su objetivo era el petróleo venezolano. La actual administración ha roto de manera abierta con todas las reglas internacionales de convivencia y con las instituciones que las representan.

Cuba no posee reservas significativas de petróleo, ni recursos naturales especialmente codiciados, pero sí es portador de un activo inaceptable: un pequeño país insubordinado a noventa millas de las costas estadounidenses que ha resistido el asedio, las agresiones y un cruel bloqueo durante 67 años y 13 presidentes, incluyendo al actual. La fuerza de Cuba, su peligrosidad extrema para el imperio, es su ejemplo. Cuba es un símbolo. No exporta ni apoya el terrorismo, lo ha padecido durante seis décadas; exporta su ejemplo, incluso sin proponérselo, con su resistencia silenciosa, con su colaboración médica en más de sesenta países, con su política exterior de principios.

Tras este decreto y el recrudecimiento del bloqueo, ¿cuál es el escenario real que se vive en la isla? Frente a los intentos de Washington por instigar una «revolución de colores» instrumentalizando las carencias económicas, ¿cómo está respondiendo la vanguardia intelectual y el pueblo organizado?

El pueblo cubano vive dos agresiones simultáneas: la del bloqueo, que ahora alcanza niveles inauditos de extraterritorialidad en su criminal propósito de asfixia económica, con su consecuencia más visible, apagones de doce y más horas diarias, y la de los medios y las redes sociales, que intentan manipular a la opinión pública del país, inducir la creencia de que esa situación es el resultado del mal gobierno. En tales circunstancias siempre aparecen los cipayos, los mercenarios, los "sietemesinos", como los calificara en su tiempo Martí, dispuestos a regalar la Patria, con tal de conservar o acceder a un dudoso bienestar personal.

Los cubanos no callamos nuestras dudas e inconformidades, pero cuando suena la corneta mambisa que llama al combate, sorprendemos al observador externo con una respuesta masiva. Paradójicamente, las últimas medidas y declaraciones de Trump con respecto a Cuba, y su pretendido bloqueo petrolero, han desnudado ante el mundo quién es y qué pretende nuestro enemigo histórico y ha unido más a los cubanos. Nuestra intelectualidad es consciente del peligro que entraña ese intento de recolonización para la cultura nacional, para la mera existencia de la nación y lo expresa en declaraciones, poemas, canciones, audiovisuales, obras plásticas, en su disposición de cambiar sus armas creativas por el fusil que defenderá la Patria. José Martí, el más grande escritor cubano, lo anunció: "no me pongan en lo oscuro a morir como un traidor". Y entregó su vida, pistola en mano, de cara al sol.

El pasado 3 de enero marcó un punto de quiebre con el secuestro del Presidente Maduro y la diputada Cilia Flores. Ustedes en Cuba han recibido a los soldados y colaboradores cubanos sobrevivientes de esa agresión. Ante la propaganda sucia internacional, ¿qué nos dicen estos testimonios sobre la magnitud del plan conspirativo que se intentó ejecutar ese día?

Aunque las agresiones y el cerco lo anteceden, el 3 de enero marca el inicio de la más grande cruzada de fuerza del imperialismo sobre los pueblos de Nuestra América. El relativo éxito de la operación de secuestro, en una ciudad bombardeada, ha envalentonado al emperadorcillo, y sus amenazas suben de tono. La muerte en combate de los 32 cubanos que defendían al presidente Maduro, con bajas enemigas aún no reconocidas, muestran otra realidad: la más sofisticada tecnología militar es insuficiente cuando existe la decisión de vencer o morir. Paradójicamente, esa decisión es la única garantía de la victoria.

La llegada a suelo patrio de esos mártires del internacionalismo, de la Revolución venezolana, cubana y latinoamericana, conmocionó al pueblo, que durante horas, bajo una lluvia intensa, aguardó para rendir el póstumo homenaje. La actitud de esos compatriotas logró algo que Trump debiera considerar: reavivó la llama de la mística revolucionaria. No son públicos aún los detalles de lo ocurrido aquella madrugada, pero lo que sabemos es suficiente. Esa mística es el motor impulsor de las revoluciones.

Como director de la revista Revolución y Cultura, usted sabe que la cultura es el alma de la resistencia. ¿Cómo se articula hoy la batalla de ideas frente a un asedio que no solo es financiero, sino comunicacional y simbólico? ¿Qué papel juega la revista en la defensa de la subjetividad revolucionaria frente a la ofensiva neoliberal?

Desde la antigüedad los conquistadores saben que no basta con ocupar los territorios extranjeros; es necesario ocupar la mente de sus pobladores. En la era del Internet, la guerra cultural adquiere una intensidad mayor. Las revoluciones restituyen la autoestima de sus ciudadanos, rescatan la historia de sus pueblos y enfrentan a sus enemigos, externos e internos, con valentía y éxito. Es el primer e imprescindible paso para romper las cadenas de la dependencia mental: sentirnos orgullosos de lo que somos y de lo que hemos logrado.

La neocolonización actúa en sentido inverso: quiere hacernos creer que somos inferiores, que no podremos vencer al imperialismo, que debemos imitarlo y acatarlo. Cada proyecto socio-político tiene su panteón de héroes, porque necesita, exige, un pasado que lo sostenga. La cultura del tener convierte a los millonarios en "héroes" que deben ser imitados, mide el éxito en posesiones personales. Nuestros héroes son otros, e intentan construir una sociedad en la que sus ciudadanos sean juzgados por sus aportes al bien común. José Martí escribió que ser cristiano era ser como Cristo, nuestros niños repiten en la escuela "seremos como el Che". No se trata de morir en la Cruz, o en La Higuera, se trata de seguir la estela del humanismo que ambas figuras a su modo encarnan.

La cultura cubana se forjó en las luchas anticoloniales y antimperialistas. Mientras Cuba terminaba de conformarse como nación, se definía el imperialismo estadounidense a 90 millas de sus costas, y la primera guerra imperialista de la humanidad, según la definición leninista de ese estadio de desarrollo capitalista, tuvo lugar en Cuba, en 1898. Un recorrido por la obra de los principales pensadores cubanos de los siglos XIX, XX y XXI, arrojará que la principal preocupación de nuestra cultura radica en esa relación asimétrica que fue apoderándose de nuestras riquezas hasta su total liberación en 1959.

El bloqueo petrolero no solo afecta el funcionamiento de hospitales, escuelas, fábricas, el de nuestra cotidianidad hogareña, afecta también a la cultura. Hemos tenido que suspender este año la realización de la Feria Internacional del Libro, el evento cultural más masivo del país, a solo días de su inauguración. Pero no habrá apagón cultural. Trasladaremos las actividades a las comunidades, crearemos nuevos espacios de creación. Como ha dicho nuestro ministro de cultura, haremos más con menos.

El aporte de la revista Revolución y Cultura, fundada en 1961, y que me honro en dirigir en la actualidad, es modesto. Aspira a enlazar esos términos en la actividad nacional e internacional de nuestros artistas e intelectuales, a reforzar los caminos de reafirmación identitaria. Después de seis años sin aparecer impresa, hemos recuperado la secuencia con el apoyo de la solidaridad internacional.

El intercambio Cuba-Venezuela es el blanco predilecto del chantaje imperial. En la práctica, ¿cómo se logra mantener el flujo de solidaridad médica, científica y cultural bajo el actual estado de sitio? ¿Cómo se están blindando ambas naciones frente al chantaje de las sanciones?

Cuba no abandona. El internacionalismo está en el ADN constitutivo de la nacionalidad cubana: "vengo de todas partes y hacia todas partes voy", sentencia un verso de José Martí, quien imaginó como Bolívar la unidad de Nuestra América. El imperialismo condicionó en otras épocas la flexibilización del bloqueo a nuestra retirada de Angola, o a la suspensión de la ayuda a la Nicaragua sandinista de los primeros años. Nada de eso ocurrió. La respuesta siempre fue la misma: nos vamos cuando nos lo pida la autoridad legítima; el agredido, no el agresor. No negociamos principios.

La relación solidaria de complementariedad que Cuba y Venezuela (Fidel y Chávez) impulsaron es un ejemplo de lo que serán algún día las relaciones entre todos los países del mundo. Como ha dicho nuestro Presidente han sido relaciones de complementariedad, ejemplares para países del Tercer Mundo, que se expandieron con el ALBA-TCP, la Misión Milagro, PetroCaribe, los programas cubanos de alfabetización "Yo sí puedo", con la recepción en la Escuela Latinoamericana de Medicina de miles de jóvenes latinoamericanos, africanos e incluso, estadounidenses pobres. Cuba fue el único país que envió brigadas médicas al África Occidental en 2014-2015, para combatir la epidemia del ébola, cuando aún no se conocía plenamente los modos de propagación de ese virus mortal, y en 2020 extendió su presencia solidaria a 42 países del mundo, incluyendo algunos altamente desarrollados como Italia.

He dicho en otras ocasiones que hay dos tipos de pueblos (de historias humanas): los pueblos conquistadores y los libertadores. Los segundos, no solo pelean por la libertad propia, contribuyen también a la de los otros, porque se ven en ellos. A Bolívar lo llamaron el Libertador, y no admitió que cambiasen ese tinte de gloria por el espurio título de emperador. Los venezolanos liberaron la mitad del territorio continental. José Martí creó un partido para lograr la independencia de Cuba y de Puerto Rico y luchó por impedir que el imperialismo cayese sobre nuestras tierras de América. Los cubanos en el siglo XX contribuimos de manera decisiva a la independencia de África. Nada recibimos a cambio.

La cultura de la solidaridad nos define. Aplaudimos al médico que "nos deja" para asistir a los necesitados de cualquier continente. Admiramos al combatiente que se juega la vida por una causa justa en algún rincón "oscuro" del planeta. Chávez y Fidel conformaron la dupla imbatible de la solidaridad. La solidaridad es la esencia de una Revolución.

¿Qué aliados y qué escenarios prevé usted para Cuba en el corto plazo? ¿Cómo valora el papel de los BRICS+ y de potencias como China y Rusia para romper la hegemonía del dólar y garantizar la supervivencia de los proyectos soberanos en el Caribe?

En lo interno el escenario será necesariamente el de la resistencia creativa, y el de la preparación combativa. Como ha dicho nuestro presidente Díaz-Canel, esta agresión criminal debemos transformarla en oportunidad para la creación de mecanismos de autosuficiencia energética, mediante la refinación de nuestro petróleo y la red en crecimiento de las fuentes de energía renovable. En los años 80, incluso antes de que se "desmerengara" el llamado campo socialista, Cuba supo que debía depender de sus propias fuerzas, que la seguridad de sus fronteras, de su proyecto de justicia social, dependía únicamente de la unidad y la determinación de su pueblo.

La "guerra de todo el pueblo" fue el concepto que se instrumentó ante un enemigo más fuerte en lo militar, pero no en lo moral. No obstante, puedo decir que hemos recibido testimonios prácticos de apoyo de potencias como China y Rusia. A las declaraciones, han seguido acciones. No es necesario enumerarlas, ya podrán ser comprobadas en la práctica. La solidaridad internacional crece, la de los pueblos y la de gobiernos dignos. Cuba no es un activo petrolero, es un activo moral, que el imperialismo odia, pero los pueblos del mundo necesitan. Y no solo los pueblos, también los gobiernos.

La fortaleza de los BRICS no radica en el potencial aislado de cada uno de sus miembros, por muy alto que sea, sino en la capacidad que estos tengan de actuar como bloque. Alguna vez la Unión Europea pudo ser eso: un estado supranacional, con una moneda fuerte, que hiciera contrapeso a la hegemonía imperial estadounidense. Pero el imperialismo subvirtió esa unidad ofreciendo seguridad militar en las fuentes de abasto de materias primas y atizando las viejas aspiraciones de grandeza y los intereses de unos sobre otros.

En realidad, el imperialismo que solemos identificar como estadounidense, porque su centro rector, militar, económico y simbólico radica en los EEUU, es un fenómeno supranacional y necesita a una Europa subordinada. Algunos autores lo denominan "imperialismo occidental", una definición geopolítica, no geográfica. Ese imperialismo está en decadencia, y por eso sus zarpazos hoy son más violentos, ya que intenta a toda costa mantener su antigua hegemonía global. Lo curioso es que sus acciones también contribuyen a debilitarlo, a fracturarlo. La fuerza de los BRICS solo puede crecer fuera de ese ecosistema; ser aliado de EEUU significa aceptar su hegemonía, la primacía de sus intereses.

En este contexto, la izquierda, aturdida por el fracaso del llamado socialismo real durante demasiado tiempo, ha sido discreta, políticamente correcta, en ocasiones ambigua; ha pretendido erigirse en defensora de una democracia burguesa que la burguesía abandona. No es posible ser de izquierdas "para adentro", y no serlo "para afuera" (y viceversa). Lo que hoy le hacen a un vecino, como diría Bertold Bretch, te lo harán mañana a ti. Se han producido grandes manifestaciones de apoyo a Cuba y a Venezuela frente a las embajadas del imperio en muchas capitales del mundo.

A nivel internacional, ¿qué acciones considera urgentes para pasar de la solidaridad retórica a una defensa activa? ¿Cómo ve el escenario continental: estamos ante un nuevo Plan Cóndor judicial y mediático o cree que la resistencia de Caracas y La Habana está gestando un nuevo despertar en el Sur Global?

No hay que esperar mucho de los actuales gobiernos latinoamericanos. Expreso con ello una opinión personal. Excepto México, cuya presidenta ha defendido la hermandad histórica de nuestros países, con un extraordinario temple para resistir las presiones del imperialismo y las de una derecha interna, corrupta y dependiente del comercio con los EEUU, y algunos de los dignos pequeños estados del Caribe insular, siempre valientes y solidarios, la llegada al gobierno de fascistas abiertos o solapados, ridículos imitadores de Trump, vendepatrias, crea un escenario adverso. La izquierda gris, tartamuda, aunque parezca preferible, nada tiene que ofrecer.

Esa realidad trae consigo una enseñanza: las mujeres y los hombres, los partidos y los movimientos honestos de izquierda, o asumen su condición antisistémica, o perecerán en la nada. El fascismo es hijo del imperialismo, del capitalismo en su fase más decadente; o se combate en sus raíces, o nos perdemos en la restauración de la "normalidad" colonial y neocolonial. No pretendemos inmolarnos ni hacemos llamados a la inmolación, pero la caída en combate de los 32 héroes cubanos en Caracas es un aviso. Cuba peleará hasta el final.

Estamos a las puertas de una fecha de enorme peso simbólico: el centenario del nacimiento de Fidel Castro en agosto de 2026. ¿Cómo se está preparando Cuba, desde el pensamiento y la creación, para celebrar este siglo de legado fidelista? En un contexto de asedio recrudecido como el actual, ¿cómo se logra que estas celebraciones no sean solo un acto de memoria, sino una herramienta de lucha política viva, y de qué manera la situación económica actual podría intentar empañar o condicionar este homenaje mundial al Comandante?

De alguna extraña manera, los grandes próceres latinoamericanos siempre regresan cuando más se necesitan. Lo hizo José Martí en 1953, al cumplirse el centenario de su nacimiento y en 1995, en el centenario de su caída en combate, ante la desaparición del ecosistema socialista. Lo hace Fidel, que este año cumple su primer centenario de vida. Recordarlo no es evocarlo, llevarle flores, ofrecer discursos laudatorios; es seguir su ejemplo de firmeza en los principios, de confianza en el pueblo, en la victoria, de flexibilidad en las tácticas de lucha, de estar siempre con los humildes y para los humildes de cualquier rincón del mundo.

"Yo soy Fidel" fue la consigna que el pueblo repitió durante su funeral en 2016; no significa que seamos exactamente como él, algo imposible; significa que conservaremos y multiplicaremos su legado. Existe un amplio plan de actividades a ejecutar durante el año, que ahora se adecuarán a las condiciones de guerra impuestas por Trump, pero el verdadero homenaje será solo uno: resistir y vencer.

Resumen Latinoamericano


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/enrique-ubieta-llla-fuerza-de-cuba-su 

IU plantea una reforma fiscal para aumentar la recaudación en 111.000 millones de euros anuales

Fuentes: Rebelión

Defiende la Reforma del Impuesto a las Grandes Fortunas, aumentar la progresividad en los tipos a las rentas del capital y una tributación mínima del 20% al resultado contable de las empresas

¿Cómo evoluciona la fortuna de los multimillonarios del estado español? Su patrimonio aumentó un 21,5% en 2025, hasta alcanzar los 213.100 millones de dólares, detalla el informe Billionaire Ambitions-2025 del banco suizo UBS; el número de ultrarricos españoles ha pasado de ocho a 32; entre los capitales que crecieron, figura el del principal accionista de la multinacional Inditex, Amancio Ortega.

El informe Las brechas salariales de las grandes empresas, publicado por OXFAM Intermón, apunta que en 2024 el primer ejecutivo del Banco Santander ganó 367 veces el salario medio de la entidad financiera; 347 veces en el caso de CIE Automotive y 196 veces en Inditex; el promedio de las 40 empresas analizadas es de 89 veces.

Además, la Encuesta de Condiciones de Vida del INE (febrero de 2026) señala que el porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social se situó en el 25,7% en 2025; en Andalucía se alcanzó el 34,7%, en Castilla-La Mancha el 34% y el 32,5% en Murcia. Se da la circunstancia que, en el caso de los menores de 16 años, el dato de riesgo de pobreza o exclusión social se acerca al 34%.

Son tal vez algunas coordenadas en las que podrían ubicarse las Propuestas para una reforma fiscal justa, presentadas por Izquierda Unida (IU) con el subtítulo de Hacia la suficiencia, la equidad y la lucha contra el fraude.

El conjunto de medidas permitiría recaudar anualmente, según Izquierda Unida, 111.000 millones de euros adicionales (el 7% del PIB); la propuesta fue presentada en noviembre por el coordinador federal de IU, Antonio Maíllo, y el doctor en Economía y miembro de la organización, Carlos Sánchez Mato.  

El documento subraya la necesidad “urgente” de una reforma fiscal; entre otras razones, por los datos comparativos de la presión fiscal detallados en la estadística de Eurostat: 41,2% del PIB en la Eurozona entre 2019 y 2024, frente al 37,1% en el estado español durante el mismo periodo.

“Si España hubiese recaudado durante los últimos 25 años el 40,6% del PIB como la media de la Eurozona, se habrían obtenido 1,46 billones de euros adicionales, un 16% más”, argumenta IU (la presión fiscal en 2024 en Dinamarca, Francia y Bélgica fue superior al 45% del PIB).

Otro punto destacado en el diagnóstico es el peso de los diferentes tributos; según los datos de la Agencia Tributaria, la recaudación del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) aumentó un 77,8% entre 2007 y 2024; la del IVA, un 62% durante el mismo periodo, mientras que la recaudación por la vía del Impuesto de Sociedades -que grava los beneficios de las empresas- se redujo un 12,8%.

La recaudación tributaria en el estado español por IRPF en 2024 sumó 133.443 millones de euros; 90.541 millones en concepto de IVA y 39.096 millones por el Impuesto de Sociedades.

Además, el tipo medio efectivo del Impuesto de Sociedades sobre resultado contable positivo pasó del 22% en 2000 al 10,8% en 2024.

En apartado de las alternativas, el documento de IU plantea la reforma de una parte de la tributación existente; el Impuesto Temporal de Solidaridad de las Grandes Fortunas grava sólo los patrimonios netos que superen los 3 millones de euros; en 2024, recaudó cerca de 40 millones de euros.

La reforma del Impuesto a las Grandes Fortunas obligaría a su presentación a los patrimonios netos (descontadas deudas) superiores a 1 millón de euros; la aplicación de una escala progresiva en este impuesto produciría una recaudación adicional de 11.415 millones de euros a las arcas públicas.

Otra de las propuestas es la modificación del tipo impositivo actual sobre los depósitos bancarios, del 0,03%, que llegaría al 1%.

Por otra parte, además de eliminar los topes máximos de cotización a la Seguridad Social, también para aumentar la recaudación, se plantea en el IRPF un aumento de la progresividad de las rentas del trabajo: entre 200.000 y 300.000 euros se gravarían a un tipo marginal del 26%; además, en el tramo 300.000-600.000 euros estaría gravado a un tipo marginal estatal del 28% (actualmente se halla en el 24,5%); y a partir de los 600.000 euros, el tipo marginal estatal se situaría en el 30%.

Asimismo IU propone un incremento de la progresividad en los tipos para las rentas del capital; por ejemplo, en los rendimientos superiores a los 300.000 euros anuales, el promedio en la escala estatal pasaría del 14% al 20%.

Otro punto relevante del documento es la eliminación de las deducciones a los planes de pensiones privados; se trata de deducciones regresivas: “Mientras que los ciudadanos con una renta inferior a los 30.000 euros se benefician del 29,3% de las reducciones fiscales, los que ganan a partir de 60.000 euros disfrutan del 70,7% de las mismas”.

En cuanto al Impuesto de Sociedades, se ha producido una caída notable de la recaudación -en relación con la riqueza, medida en términos de PIB- desde 2007; el tipo efectivo medio de las 26 multinacionales españolas que menos porcentaje pagaron en 2021 fue el 2,9%; entre las propuestas del informe figura la implantación de una tributación mínima del 20% del resultado contable de las empresas, y no de la base imponible.

A ello se agregarían medidas como la eliminación de beneficios fiscales a las Sociedades Anónimas Cotizadas de Inversión en el Mercado Inmobiliario (SOCIMI), sociedades de alquiler de viviendas y sociedades de inversión.

Asimismo, en línea con la propuesta del economista James Tobin -seguida por colectivos como ATTAC-, Izquierda Unida aboga por fortalecer la imposición a las transacciones financieras; en concreto, “gravar no sólo la compra de acciones, sino también los derivados financieros con un 0,3%”.

Uno de los apartados destacados del informe es el dedicado a las nuevas figuras tributarias; así, en relación con la fiscalidad ecológica, Izquierda Unida plantea un Impuesto sobre Actividades Extractivas Mineras, que podría recaudar más de 470 millones de euros anuales; un Impuesto sobre el Carbono; y la reforma de la imposición sobre hidrocarburos, con la igualación de los tipos para la gasolina y el diésel.

La propuesta de reforma fiscal incluye un Impuesto a las Grandes Herencias -“con un esquema similar al de las grandes fortunas”-, que impida las exenciones a herencias y donaciones por encima de 1 millón de euros; asimismo, formula la idea de un mínimo y máximo estatal de las deducciones, bonificaciones y exenciones en el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, con el fin de evitar la competencia fiscal entre autonomías; a este gravamen se añadiría otro, a las Grandes Propiedades Inmobiliarias.

Las medidas mencionadas tendrían que complementarse, según el documento de IU, con la lucha contra el fraude; el Estado español dejó de recaudar 30.000 millones de euros entre 2016 y 2021 por la elusión fiscal de las grandes corporaciones, según el informe State of Tax Justice-2025 de la organización Tax Justice Network.

En este contexto, una de las iniciativas planteadas es equiparar en seis años la plantilla de la Agencia Tributaria estatal a la media de los países europeos; asimismo, igualar el plazo de prescripción tributaria y penal a cinco años (en el caso de los delitos fiscales agravados la prescripción se produce a los 10 años); IU defiende también al coordinación entre la Agencia Tributaria estatal y las administraciones tributarias autonómicas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.