miércoles, 23 de septiembre de 2026

Occidente encarado hacia la guerra mundial

                                   

Glenn Diesen   18 de septiembre de 2026








A medida que Occidente se prepara para una guerra perpetua con la promesa de traer una paz perpetua, se sacrificarán las normas que legitimaban a la potencia hegemónica. La libertad de expresión, la libertad de navegación, las normas del sistema financiero internacional, el comercio internacional y otras normas que garantizaban un mundo abierto y conectado están siendo arrasadas. Lo que antes eran principios sagrados se abandonan con el apoyo de grupos yihadistas y fascistas, llegando incluso a hacer aceptable el genocidio. La diplomacia se tacha de «apaciguamiento» e incluso el miedo a la guerra nuclear se descarta con ligereza como una capitulación ante el chantaje nuclear.

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La cuestión más importante de los sistemas sociales es: ¿qué es lo que crea orden en la gestión de intereses contrapuestos? En materia de seguridad internacional, debemos, por tanto, plantearnos la pregunta: ¿cómo gestionamos los intereses de seguridad contrapuestos de los Estados?

Hace mucho tiempo que no nos planteamos esta pregunta, ya que el orden mundial posterior a la Guerra Fría se organizó en torno a la hegemonía colectiva de Occidente. Un sistema hegemónico no gestiona los intereses de seguridad contrapuestos de los Estados, sino que busca la estabilidad, el orden y la paz a través del dominio. Sin embargo, esa hegemonía ya no existe y debemos volver a abordar los intereses de seguridad contrapuestos de los Estados.

La hegemonía como valor universal

Abordar las preocupaciones de seguridad de otros Estados resulta especialmente difícil para una antigua potencia hegemónica, ya que se percibe como una traición a los valores universales. Las potencias hegemónicas siempre tratan de legitimar su dominio como un bien común, razón por la cual los intereses y privilegios particulares de la potencia hegemónica se presentan como «valores universales». Occidente ya no habla de la seguridad internacional en términos de intereses de seguridad contrapuestos, sino de valores universales.

El orden mundial de la hegemonía liberal posterior a la Guerra Fría presentaba la hegemonía colectiva de Occidente como una «fuerza del bien» que, supuestamente, promovía los valores democráticos liberales. La clase política occidental, surgida en las últimas décadas, abrazó plenamente una ideología basada en la teoría de Fukuyama sobre el «fin de la historia», según la cual el mundo se unificaría bajo la democracia liberal y el liderazgo occidental. La hegemonía liberal se convirtió en una norma hegemónica, ya que estos valores universales solo podían prevalecer bajo el dominio occidental.

Acciones previsibles de una potencia hegemónica en declive

Es previsible que una potencia hegemónica en declive intente debilitar a las potencias emergentes, y que todos los «valores universales» que ya no sustenten su hegemonía pueden tirarse por la ventana. ¿Cuál es la respuesta previsible de la antigua potencia hegemónica?

La respuesta previsible sería una guerra económica contra China para impedir su ascenso tecnológico y económico y, si eso no funciona, escalar hasta una guerra real. En Europa, la hegemonía puede restablecerse mediante el expansionismo de la OTAN y guerras por poder para debilitar a Rusia como potencia rival. En Oriente Medio, Irán sería el principal objetivo de un cambio de régimen o de destrucción, al ser la principal potencia rival en la región. El hemisferio occidental debe volver a someterse a la Doctrina Monroe, África se convertirá en un campo de batalla por la influencia y los aliados de la potencia hegemónica deberán pagar tributo.

Sin embargo, la hegemonía ya ha desaparecido. China puede resistir la coacción económica, Rusia puede contrarrestar el expansionismo de la OTAN, Irán ha derrotado triunfalmente a EE. UU. y la sobreexpansión imperial de Washington se ha acelerado ahora mucho más allá de lo que es sostenible. No hay soluciones a la crisis económica que se avecina que puedan salvar la situación.

Reflexiones sobre la paz en un mundo multipolar

¿Solo puede haber paz si la economía y la tecnología estadounidenses dominan a China? ¿Solo puede haber paz en Europa si persiste el expansionismo de la OTAN y esta puede atacar a otros Estados sin obstáculos? ¿Solo puede haber paz en Oriente Medio si se produce un cambio de régimen o se destruye a todos los Estados rivales de Occidente en la región? ¿Solo pueden existir la paz y el orden si Occidente puede entrometerse en los asuntos internos de otros Estados?

Si se pregunta a los fundamentalistas ideológicos de Occidente qué es lo que crea el orden, la respuesta siempre hará referencia a alguna forma de «valores universales» vinculados a la hegemonía occidental.

Nuestro mayor reto en Occidente es adaptarnos a una nueva distribución internacional del poder: ¿cómo logramos la paz y el orden en un mundo poshegemónico?

Occidente optará por la guerra

Abandonar las ideologías hegemónicas y desarrollar, una vez más, sistemas que gestionen intereses de seguridad contrapuestos no es fácil. La nueva clase política surgió en las últimas décadas desde la convicción de que desempeñaba un papel único en la historia: era responsable de la transición de un mundo antes caótico a otro más benigno, justo y estable. En una nueva y virtuosa misión civilizadora, Occidente dominaría a perpetuidad, y ello redundaría en beneficio de toda la humanidad. En cambio, se encuentra presidiendo una era que pone fin a 500 años de dominio occidental.

En un entorno así, los fundamentalistas ideológicos de Occidente se negarán a debatir la adaptación a la nueva distribución internacional del poder. Desde luego, no abordarán las preocupaciones en materia de seguridad de los Estados rivales, algo que se percibe como una traición a los valores universales. En cambio, vemos cómo los halcones militantes ganan terreno rápidamente si logran promover la ilusión de que una gran guerra puede restaurar la época dorada.

A medida que Occidente se prepara para una guerra perpetua con la promesa de traer una paz perpetua, se sacrificarán las normas que legitimaban a la potencia hegemónica. La libertad de expresión, la libertad de navegación, las normas del sistema financiero internacional, el comercio internacional y otras normas que garantizaban un mundo abierto y conectado están siendo arrasadas. Lo que antes eran principios sagrados se abandonan con el apoyo de grupos yihadistas y fascistas, llegando incluso a hacer aceptable el genocidio. La diplomacia se tacha de «apaciguamiento» e incluso el miedo a la guerra nuclear se descarta con ligereza como una capitulación ante el chantaje nuclear.

Al rechazar un sistema que busca el orden y la paz gestionando intereses de seguridad contrapuestos, Occidente ha optado por la guerra para restaurar su inalcanzable paz hegemónica.

Publicado en: The West on the Path to World War – Glenn Diesen’s Substack,  https://rafaelpoch.com/2026/08/21/occidente-encarado-hacia-la-guerra-mundial/#more-2674, Rebelión 

¿Se desliza una Alemania en crisis hacia la guerra?


Roberto Iannuzzi   septiembre 18/2026

Mientras que, en el ámbito interno, el ascenso de la AfD agrava el enfrentamiento con la élite en el poder, Alemania endurece su postura frente a Rusia y, en su carrera por el rearme, fortalece sus relaciones militares con Israel.
















Ante las dificultades cada vez más insuperables en el frente ucraniano, las élites políticas de Bruselas y Berlín muestran una inquietud creciente, que se traduce en una retórica más belicosa hacia Rusia, junto con el intento de involucrar a Estados Unidos de manera más directa en el conflicto.

 

La supervivencia política de estas élites depende de la preservación de la arquitectura continental garantizada por la integración del paraguas de seguridad estadounidense en la estructura de la Alianza Atlántica.

Dicha arquitectura ha sufrido una crisis progresiva en la etapa posterior al fin de la Guerra Fría, que el renovado enfrentamiento con Rusia no ha logrado contener.

En particular, los europeos están pagando los costos económicos derivados de la desindustrialización y de la crisis energética que siguió al abandono de las fuentes rusas de bajo costo.

En un momento de graves dificultades económicas como este, el presidente estadounidense Donald Trump quiere que los europeos asuman los costos de la defensa del continente, aumentando el gasto militar.

El fin del modelo alemán

En el pasado, las cosas habían ido mejor. Durante gran parte del período posterior a la Guerra Fría, Alemania había disfrutado de un marco estratégico particularmente favorable.

La energía rusa de bajo costo respaldaba la competitividad de la producción industrial, la integración europea le aseguraba un amplio mercado y el paraguas militar estadounidense garantizaba su seguridad.

Sin embargo, esa situación se basaba en una contradicción fundamental, es decir, en un dilema estratégico que en un artículo anterior había resumido de la siguiente manera:

¿Dar prioridad a una Ostpolitik que combinara la capacidad productiva de Alemania con los inmensos recursos de Rusia, provocando así el resentimiento anglo-estadounidense, o preferir una Westpolitik que situara firmemente al poder alemán en el ámbito occidental, privándola, sin embargo, de la profundidad estratégica euroasiática y relegándola al papel de subordinada de Washington?

La incapacidad para resolver ese dilema llevó a Berlín a renunciar al primer término de esta ecuación, que le garantizaba la prosperidad económica.

La crisis energética ha agudizado otro problema del modelo industrial alemán: la incapacidad de innovar frente al desafío tecnológico lanzado por China.

Los partidos tradicionales se han visto obligados a defender políticas cuyas repercusiones económicas han caído como un mazazo sobre el nivel de vida de sus electores.

La derecha radical de Alternative für Deutschland (AfD) se está convirtiendo en el vehículo a través del cual un número cada vez mayor de ciudadanos cuestiona las desastrosas decisiones de la clase gobernante: la renuncia al gas ruso, el apoyo intransigente a Ucrania sin ninguna disposición a negociar, la negativa a analizar seriamente las razones que originaron el conflicto, las graves repercusiones de las sanciones en la economía.

El desastre de Merz

Las soluciones propuestas por el canciller Friedrich Merz, líder de los demócratas cristianos (CDU), han resultado ser un fracaso. Los recortes al gasto social, las medidas fiscales y sus políticas contrarias al empleo lo han convertido en el canciller más impopular de la historia reciente de Alemania.

La hemorragia de empleos continúa imparable. La industria alemana está perdiendo 15 000 al mes. Volkswagen acaba de anunciar el recorte de otros 50 000 trabajadores, cifra que se espera que llegue a 100 000 para el 2030.

Economistas y políticos discuten sin fin sobre las múltiples razones de la crisis, omitiendo siempre la principal: el vertiginoso aumento de los precios de la energía, provocado por la necesidad de sustituir el gas ruso por suministros mucho más costosos, como el GNL estadounidense.

La guerra en el Golfo Pérsico ha agravado aún más la situación. Alemania lleva un gran retraso en el llenado de sus reservas de gas y debe esperar un invierno templado para evitar la paralización de diversas actividades productivas.

El tsunami de la AfD

La gravedad de la crisis política se puso de manifiesto de manera contundente el pasado 6 de septiembre, cuando la AfD obtuvo una victoria aplastante en las elecciones de Sajonia-Anhalt, un estado de la antigua Alemania Oriental, en un clima de ira generalizada contra el gobierno de Merz por sus ataques al estado de bienestar y la militarización de la economía.

La AfD gana apoyo sobre todo en las regiones de la antigua Alemania Oriental, donde predomina una fuerte desconfianza hacia la élite política y económica de la parte occidental del país, acusada de haber llevado a cabo, literalmente, una colonización neoliberal de los länder orientales en los años posteriores a la reunificación.

Con una participación superior al 77%, la AfD obtuvo alrededor del 44% de los votos, más del doble de los que había conseguido en las elecciones de 2021. Por su parte, el partido de la CDU vio cómo se desplomaba su apoyo, alcanzando apenas el 17%. Los socialdemócratas y los Verdes obtuvieron menos del 10%.

Aunque Sajonia-Anhalt es un estado de importancia secundaria, el resultado electoral ha supuesto un terremoto para el establishment político alemán. El 20 de septiembre están previstas otras elecciones, en el estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y en Berlín.

¿Un enfrentamiento sin salida?

Para la élite política alemana, al igual que para las de otros países europeos, las elecciones se ven cada vez menos como un mecanismo a través del cual los ciudadanos eligen la orientación de los gobiernos, y cada vez más como un obstáculo que hay que superar para mantenerse en el poder.

El ascenso de la AfD expresa el deseo de una parte cada vez mayor del electorado alemán de obtener algo radicalmente diferente de lo que todos los gobiernos que se han sucedido en el poder hasta ahora han podido ofrecer.

A la luz de los desastrosos resultados en Sajonia-Anhalt, el liderazgo de Merz parece, por lo tanto, cada vez más frágil. Pero, incluso si llegara a ser sustituido (algo que dista mucho de ser un hecho), es poco probable que la clase política alemana cambie sus decisiones.

En cambio, es posible que se embarque en un enfrentamiento directo con la AfD, tratando de obstaculizar su ascenso por todos los medios (lícitos e ilícitos) y agravando así la crisis político-institucional del país.

Por su parte, en caso de llegar al poder, la AfD representaría una incógnita.

Con un programa económico de corte neoliberal, hostil a la guerra pero de orientación nacionalista, y con una fuerte corriente trumpista en su seno que nutre marcadas simpatías por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no está claro en qué dirección podría moverse el partido ante los intentos de ostracismo y/o cooptación que sin duda la élite política saliente llevaría a cabo en su contra.

Sin embargo, llama la atención el cortocircuito lógico que lleva a muchos partidarios del establishment político alemán a señalar con el dedo a la AfD, temiendo un retorno a los años 30 del siglo pasado, y a apoyar al mismo tiempo la «democracia» ucraniana de manera totalmente acrítica, a pesar del papel destacado que desempeñan en su seno formaciones neonazistas como el movimiento Azov.

El remedio ilusorio del rearme

Por otra parte, las orientaciones seguidas en estos años por la élite política alemana no son menos alarmantes que el ascenso de la AfD, no solo por las decisiones económicas desastrosas que se han tomado, sino por la naturalidad con la que está empujando al país más importante de la Unión Europea hacia el rearme, una militarización creciente que se ve ilusoriamente como un remedio para el declive económico, y un posible conflicto armado con Rusia.

Alemania es ahora la retaguardia de Ucrania en el enfrentamiento con Moscú, además de ser el principal financiador de Kiev. Como escribí en un artículo anterior, a mediados de abril, por primera vez, el gobierno alemán se asoció en una alianza estratégica con el sector de la defensa de un país en guerra.

El acuerdo abre el camino a la coproducción, junto con Kiev, de sistemas de armas, drones con un alcance de hasta 1.500 km y misiles de largo alcance. El gobierno alemán borra de un plumazo todo el debate interno de los últimos años sobre el suministro de armas alemanas a Ucrania para atacar objetivos en territorio ruso.

Lo que causa consternación es el hecho de que, en los círculos políticos y estratégicos europeos, muchos consideran ya que una guerra con Rusia no solo es inevitable, sino casi «necesaria».

Mathias Döpfner, empresario alemán al frente de Axel Springer, uno de los grupos editoriales más grandes de Europa, escribe en las páginas de la revista conservadora británica The Spectator que «aún hay tiempo para salvar a Occidente».

Con el fin de preservar la «superioridad» occidental, según Döpfner, es necesario responder al desafío lanzado por adversarios como Rusia, China e Irán.

Que sea bienvenida, pues, el rearme aleman. Hace apenas unos días se dio a conocer la noticia de que la empresa Auterion ha iniciado la coproducción de 5 000 drones de mediano y largo alcance (hasta 1 500 km) con el fabricante ucraniano Airlogix.

Moscú ha advertido que las instalaciones alemanas que alberguen armas de largo alcance se convertirán en objetivos militares legítimos si estas se dirigen contra Rusia.

No se trata solo de drones. En julio, Berlín anunció la compra de misiles de crucero estadounidenses Tomahawk y de lanzadores Typhon. Con un alcance de hasta 2.500 km, los Tomahawk pueden alcanzar desde Alemania gran parte del territorio ruso al oeste del Volga.

Alianza estratégica con Israel

Parte integral del rearme alemán es una colaboración militar reforzada con Israel.

Volkswagen venderá su planta de Osnabrück, en Baja Sajonia. Esta se utilizará para producir componentes del sistema de defensa aérea Iron Dome para la empresa israelí Rafael Advanced Defence Systems.

Incapaz de competir con los autos eléctricos chinos, la empresa alemana ha decidido reconvertir parte de su producción para uso militar. Una decisión que nos recuerda los tiempos oscuros de la Segunda Guerra Mundial, cuando Volkswagen detuvo la producción de autos para fabricar armas al servicio del esfuerzo bélico nazi.

El pasado diciembre, Berlín aprobó un acuerdo por más de 3 mil millones de dólares para adquirir el sistema israelí de defensa aérea Arrow 3. Sumado a un contrato anterior por 3,5 mil millones, representa para Israel la mayor venta de armas hasta la fecha.

Alemania también ha probado recientemente un misil balístico israelí (LORA) en el Atlántico Norte. Mientras tanto, el 1 de septiembre, el tercer submarino de la clase Dolphin II partió de los astilleros de Kiel, en Alemania, con destino a Israel.

Fuentes israelíes han informado que el submarino operará lejos de las aguas territoriales israelíes, en una aparente referencia a posibles operaciones contra Irán.

En junio de 2025, durante la “guerra de los doce días” que siguió al ataque israelí contra Irán, Merz agradeció a Israel porque, según él, estaba “haciendo el trabajo sucio en nombre de Europa”.

En 2012, Der Spiegel reveló que Israel equipaba los submarinos suministrados por Alemania con misiles capaces de albergar ojivas nucleares. Altos oficiales retirados de la defensa alemana afirmaron que siempre habían dado por sentado que estos submarinos eran capaces de transportar armas nucleares.

Tras una interpelación parlamentaria, se supo que, en total, el gobierno alemán aprobó exportaciones de material bélico a Israel por un valor aproximado de 930 millones de dólares en la primera mitad de 2026.

Una contradicción flagrante

El fortalecimiento de la cooperación militar entre Alemania e Israel continúa a pesar de los horrendos crímenes cometidos por las fuerzas israelíes en Gaza, cuya tragedia persiste ante la indiferencia mundial.

Representantes del gobierno israelí han anunciado su intención de llevar a cabo el proyecto de limpieza étnica de la Franja. Dichos anuncios van acompañados de declaraciones genocidas como la más reciente del ministro de Seguridad Interna, Itamar Ben Gvir, quien recientemente abrió un llamado para que se maten diariamente entre 30 y 40 palestinos.

Según Ben Gvir, deberían ser asesinados aunque no representen ningún peligro inmediato «porque no son dignos de vivir, no deberían vivir, ni siquiera son personas».

Al condenar tales declaraciones como genocidas, el Instituto Lemkin ha recordado que su lenguaje es directamente comparable a la retórica nazi, la cual utilizó la expresión «Lebensunwertes Leben» (vida indigna de ser vivida) para justificar el exterminio de millones de personas.

El Instituto Lemkin recuerda que, en 1920, los eugenistas alemanes Alfred Hoche y Karl Binding publicaron un libro en el que abogaban por la «destrucción de la vida indigna de ser vivida». Según ellos, esto se aplicaba a las personas con discapacidad mental o física:

Tras el ascenso al poder del nacionalsocialismo, esta justificación se convirtió en un poderoso instrumento ideológico que se aplicó a todas las personas consideradas «racialmente impuras» o «racialmente inferiores».

Recordando las innumerables declaraciones de carácter claramente genocida pronunciadas por Ben Gvir (al igual que por muchos otros representantes israelíes), el Instituto Lemkin concluye que el hecho de que estas palabras puedan ser pronunciadas públicamente por un ministro en funciones es prueba del grotesco fracaso de la humanidad, en particular de las potencias occidentales y de quienes están en condiciones de ejercer presión sobre Israel y hacer que se respeten los principios de las Convenciones sobre el genocidio y de los Convenios de Ginebra.

Entre las potencias occidentales se encuentra sin duda Alemania, a la luz de las estrechas relaciones civiles y militares que mantiene con el gobierno israelí.

La indiferencia de Berlín (al igual que la de otros gobiernos europeos, incluido el italiano) ante la catástrofe de Gaza resulta aún más chocante si se compara con la intransigente condena moral con la que los gobiernos alemanes han estigmatizado la invasión rusa de Ucrania.

Pero más allá de los juicios de valor, la belicosa política alemana resulta peligrosa para la propia seguridad de Alemania, ya que, a pesar de la carrera por el rearme, Berlín y Europa están totalmente desprevenidos, tanto económica como militarmente, ante la posibilidad de una guerra a gran escala.

Publicado originalmente por  Intelligencefor the People 

Traducción:  Observatoriode trabajador@s en lucha

Fuente: strategic-culture.su 

Nueva Delhi: el Sur global escribe su propio guion

                                                                

José Manuel Rivero, abogado y analista político   17 de septiembre de 2026









Quienes sigan leyendo a los BRICS como un club de economías emergentes sin proyecto común se equivocan de época. Lo que aquí se articula es otra cosa: la voluntad de un conjunto de países de dejar de ser objeto de la historia para convertirse en sujeto.

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Antes de entrar en materia: he revisado con detenimiento los 140 apartados o puntos de la Declaración de la XVIII Cumbre de los BRICS —grupo integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— y no existe mención alguna, lamentablemente, a Venezuela, a los bombardeos imperialistas del 3 de enero ni al secuestro de Nicolás Maduro, ni a Cilia Flores. El texto guarda silencio absoluto sobre esa cuestión. Lo dejo constancia para evitar interpretaciones erróneas: lo que no está, no está, y forzarlo sería un ejercicio de imaginación, no de análisis. Dicho esto, paso al comentario.

Hay documentos que no se leen por lo que dicen, sino por lo que anuncian. La Declaración de la XVIII Cumbre de los BRICS, adoptada en Nueva Delhi los días 12 y 13 de septiembre de 2026, pertenece a esa categoría. Sus 140 apartados no son una simple enumeración de buenas intenciones diplomáticas. Son la expresión escrita de un desplazamiento tectónico que lleva décadas gestándose y que ahora encuentra su traducción política. Quienes sigan leyendo a los BRICS como un club de economías emergentes sin proyecto común se equivocan de época. Lo que aquí se articula es otra cosa: la voluntad de un conjunto de países de dejar de ser objeto de la historia para convertirse en sujeto.

El texto se abre con el habitual repaso de principios —respeto mutuo, igualdad soberana, solidaridad, consenso— pero pronto abandona la retórica ceremonial para entrar en materia. La reforma de la gobernanza global ocupa un lugar central. No se trata de una petición de inclusión en el orden existente, sino de una reconfiguración de sus reglas. La declaración reclama una reorganización profunda de las instituciones de Bretton Woods —es decir, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, creados en 1944—, exige que la voz y la representación de los países emergentes y en desarrollo reflejen su peso real en la economía mundial, y denuncia el uso de sanciones unilaterales como instrumento de dominación. La mención a la subrepresentación de África, Asia y América Latina y el Caribe en los altos cargos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y la constatación de que ninguna mujer ha sido jamás elegida Secretaria General, no son detalles anecdóticos. Son la constatación de que el orden heredado de la Segunda Posguerra ya no responde a las realidades contemporáneas.

La cuestión de Gaza atraviesa el documento con una densidad que no admite ambigüedades. La condena del uso del hambre como método de guerra, el rechazo al desplazamiento forzoso de la población palestina, el apoyo al Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (OOPS, conocido internacionalmente como UNRWA), la referencia a las medidas provisionales de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en el caso iniciado por Sudáfrica contra Israel y la reafirmación de la solución de dos Estados con Jerusalén Este como capital configuran una posición que rompe con la narrativa hegemónica. No es un gesto simbólico. Es la articulación de una demanda que conecta con amplios sectores de la opinión pública mundial y que convierte a los BRICS en caja de resonancia de causas que Occidente preferiría mantener en silencio. Algo similar ocurre con Cuba, cuyo bloqueo se condena sin matices, y con la situación en Líbano, Sudán y Siria, donde se reclama el fin de las ocupaciones y el respeto a la soberanía de los Estados.

Pero sería un error reducir la declaración a su dimensión geopolítica. Hay un segundo eje, menos visible pero igualmente significativo, que recorre el texto de principio a fin: la construcción de capacidades propias. La apuesta por la inteligencia artificial (IA), la infraestructura pública digital, los cables submarinos, la computación cuántica, la salud digital, la agricultura sostenible y la seguridad alimentaria no es una simple enumeración de sectores estratégicos. Es el reconocimiento de que sin soberanía tecnológica no hay soberanía política posible. La creación de redes de excelencia, repositorios de conocimiento, fondos de innovación y mecanismos de cooperación científica apunta a reducir asimetrías históricas y a construir un ecosistema científico-técnico propio. La Bolsa de Cereales de los BRICS, los Principios de Alto Nivel del Deccan, la Alianza Mundial contra el Hambre y la Pobreza, el hidrógeno de bajas emisiones y la defensa de los minerales críticos completan una agenda de soberanía material que no tiene precedentes en la historia de estos foros.

El tercer eje es financiero. El Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), el Acuerdo de Reserva de Contingencia (CRA), los pagos en monedas locales, la Nueva Plataforma de Inversiones (NPI) y la Garantía Multilateral de los BRICS (BMG) apuntan a reducir la dependencia del dólar y de las instituciones financieras occidentales. La reforma del FMI y del Banco Mundial se plantea como una necesidad urgente, con una realineación de cuotas que refleje el peso real de las economías emergentes. La declaración reconoce que las elevadas cargas de deuda limitan la inversión en clima y desarrollo en muchos países del Sur global y pide una acción internacional coordinada para mejorar la sostenibilidad de la deuda y ampliar el margen fiscal. Es una demanda que apunta a una de las principales formas de sujeción financiera de los países en desarrollo.

Hay un cuarto eje, quizá el más importante a largo plazo, que tiene que ver con la dimensión social y cultural. La declaración no es un documento economicista. Incorpora demandas de género, juventud, trabajo, salud, educación, protección social y bienestar mental. La creación de la Red de Mujeres en el Ámbito Tributario, el programa para Jóvenes Profesionales Tributarios, la Red de Centros de Capacitación y Excelencia en Salud Mental, la iniciativa BRICS CONNECT —Red de Cooperación de los BRICS para el Desarrollo de Capacidades, la Empleabilidad y las Nuevas Competencias y Tecnologías— y la Plataforma Digital Internacional para el Empleo Remoto son ejemplos de una agenda que busca traducir los grandes principios en políticas concretas. La mención a Bandung, a los principios de igualdad, independencia, no intervención y beneficio mutuo, no es una concesión nostálgica. Es la reivindicación de una genealogía histórica que conecta la lucha anticolonial del siglo XX con las demandas de soberanía del siglo XXI.

La lista de países mencionados revela la amplitud de la agenda. India aparece como anfitriona y artífice de una presidencia prolífica, con más de cuatrocientas reuniones en treinta ciudades. China, que asumirá la presidencia en 2027, es mencionada en su doble condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y de arquitecto institucional del bloque. Rusia, Brasil, Sudáfrica, Etiopía, Irán, Cuba, Indonesia, los Emiratos Árabes Unidos y Senegal completan un mapa que no se limita a los miembros plenos, sino que se extiende a los países socios y a las organizaciones regionales. La Unión Africana, el Grupo de los Veinte (G20), la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) y la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) son algunos de los organismos internacionales que aparecen en el texto. La diversidad de actores es proporcional a la ambición del proyecto.

La presidencia china en 2027 será un momento clave. China no solo es la mayor economía del bloque, sino también su principal arquitecto institucional. Su capacidad para gestionar las contradicciones internas —regímenes políticos disímiles, niveles de desarrollo desiguales, intereses estratégicos divergentes— determinará en gran medida el futuro del bloque. La declaración reconoce que la multipolaridad puede ampliar las oportunidades para que los países en desarrollo desplieguen su potencial constructivo y disfruten de una globalización más equitativa. Es una formulación que evita la ruptura frontal, pero que afirma una dirección histórica: la transición de un orden unipolar a uno multipolar, de una gobernanza oligárquica a una más representativa, de una economía mundial jerárquica a una más equitativa.

No faltan las contradicciones. La coexistencia de proyectos nacionales rivales, la tensión entre la retórica antihegemónica y la participación activa en las instituciones hegemónicas, y la distancia entre las declaraciones y su implementación efectiva son límites reales. La ampliación del bloque introduce nuevas tensiones: países con intereses divergentes, algunos alineados con Occidente, otros en conflicto entre sí. La gestión de esa diversidad será el principal desafío institucional de los próximos años. Pero la dirección está marcada. Lo que está en juego no es solo la reforma de las instituciones, sino la configuración de un orden mundial multipolar. La Declaración de Nueva Delhi es un paso en ese proceso, no su culminación. Su importancia radica en que expresa, con claridad, la voluntad de un conjunto de países de escribir su propio guion. Y eso, en la larga duración de la historia, es siempre el comienzo de algo.