martes, 9 de junio de 2026

El mito de los “Supersiberianos" de Moscu


Soldados de la Segunda Guerra Mundial [sin ideologías]
 

Ale Fleit       29 de mayo 2026 o



Diciembre de 1941. Los alemanes están a un paso del Kremlin y ya se ven desfilando en la Plaza Roja. Cinco días después están corriendo para atrás, congelados y sin gasolina. La historia oficial te dice que aparecieron las divisiones siberianas y salvaron el día. Tipos criados a -50°C que cazan osos con la mirada y no usan bufanda porque el frío les pide permiso. Queda hermoso para la película. El problema es que la mitad es propaganda y la otra mitad es geografía aplazada.
Para un general de la Wehrmacht, todo lo que estaba al este de Smolensk ya era Siberia. Incluida Mongolia si te descuidabas. La URSS tenía el Distrito Militar de Siberia con sede en Novosibirsk, correcto. Pero también tenía el Frente del Lejano Oriente en Khabarovsk, el Transbaikal en Chita y el de Asia Central en Tashkent. Cuando Stalin movió reservas en octubre y noviembre, sacó de todos lados. Llamarlas a todas siberianas es como decirle patagónica a una división formada en Jujuy porque queda lejos.
Los números reales no mienten. Para la contraofensiva del 5 de diciembre, Zhukov juntó 1.100.000 hombres. Del este llegaron 18 divisiones de fusileros, 8 brigadas de tanques y 3 de caballería. Más o menos 250.000 soldados. Eso es el 22% del total. ¿Fueron importantes? Fueron la diferencia entre aguantar y contraatacar. ¿Ganaron solas? Ni con cuatro brazos cada una. El otro 78% eran milicianos de Moscú, restos de ejércitos molidos en Vyazma y cadetes de 17 años que salieron de Podolsk directo a morir en una trinchera.
La famosa 32ª División de Fusileros es el ejemplo que te tiran siempre. Peleó en Borodino, el mismo lugar que en 1812. Poético y todo. ¿Siberiana? Tenía su base en Razdolnoye, cerca de Vladivostok, costa del Pacífico. Está más cerca de Sapporo que de Novosibirsk. Se formó en 1922 en el Volga y la mandaron al Lejano Oriente en 1934. Para 1941 tenía veteranos de Jaljin Gol y mucho recluta local. Rusos, ucranianos, tártaros, coreanos. De todo menos una unidad étnica de esquimales.
La 78ª de Beloborodov es la otra que siempre nombran. Esa sí nació en Novosibirsk en 1939, Distrito Militar de Siberia. Llegó a Moscú en noviembre, la pusieron en la carretera de Volokolamsk y peleó tan bien que la ascendieron a 9ª de Guardias. Pero hay un detalle que no te cuentan: para ese momento el 60% de sus reemplazos ya venían de Kazajistán y Uzbekistán. Porque la guerra te come gente y reclutas donde encontrás. La división siberiana terminó hablando más kazajo que ruso en el rancho.
¿Y las otras 16? Ahí el mito hace agua. De las 18 divisiones de fusileros que Stalin trajo del este, solo 3 eran del Distrito de Siberia. Cinco venían del Transbaikal, con cuarteles en Chita y Ulán-Udé. Nueve eran del Lejano Oriente, de Khabarovsk, Blagoveshchensk y Voroshilov. Y una de Asia Central. Si para vos eso es todo Siberia, entonces para vos Marruecos queda en Escandinavia. David Glantz tiene los archivos división por división y no perdonan.
No rindieron por el ADN del frío. Rindieron porque llegaron enteras. Mientras las divisiones del oeste perdieron 417.000 hombres en 18 días en la bolsa de Minsk, estas estaban en Chita haciendo maniobras. Pisaron Moscú con 14.000 hombres por división, con toda su artillería, con radios que funcionaban y con camiones que arrancaban. Las que venían peleando desde junio tenían 3.000 sobrevivientes, un cañón sin mulas y el jefe del batallón era un teniente porque al resto lo mataron. La diferencia no era genética. Era no haber pasado por la picadora.
Muchas venían con una ventaja extra: Jaljin Gol. En 1939 le habían dado una paliza a Japón en Mongolia. Ahí Zhukov probó lo que después aplicó en Moscú: tanques, infantería y artillería trabajando juntos, no cargando separados a morir. Aprendieron que el T-34 no era un mito y que los oficiales japoneses no se rendían fácil. Cuando chocaron con la 4ª Panzer en noviembre, no se asustaron. Ya habían visto guerra moderna de verdad. Las del oeste en junio todavía creían que el tanque alemán se paraba con una botella de vodka.
Sí, tenían valenki, ushanka y chaquetones gruesos. Porque el Ejército Rojo asumió que en Rusia, en diciembre, hace frío. Se llama planificación. Los alemanes invadieron con capote de verano porque el plan decía que Moscú caía en agosto. Hitler prohibió los preparativos de invierno para no desmoralizar a la tropa. Resultado: en noviembre la grasa de las ametralladoras se congelaba, los motores no arrancaban y los caballos se morían de a miles. No es que el ruso fuera inmune. Es que llevó campera y el alemán no. Fin del misterio meteorológico.
El mito lo inventaron los generales alemanes después de la guerra. Guderian, Halder, Manstein. Todos escribieron lo mismo: no nos ganó Zhukov, nos ganó el General Invierno y sus hordas siberianas. Traducción de cuartel: no la cagué yo, la cagó el clima. Es más digno perder contra supersoldados del hielo que admitir que no calculaste la logística, que tus líneas de suministro tenían 1000 kilómetros y que tu Führer creía que la guerra se ganaba con voluntad. La excusa vendió millones de libros y todavía hay gente que la repite.
A los soviéticos el verso les encantó. Quedaba bárbaro decir que el pueblo entero, desde el Báltico al Pacífico, se levantó contra el invasor. Mejor eso que explicar que desarmaron el frente japonés porque un espía les juró que Tokio no atacaba. Agarraron a las 3 divisiones siberianas reales, las multiplicaron por diez en los partes, hicieron películas y sacaron estampillas. Stalin no era tonto. Si el enemigo quiere creer que peleas con mutantes, lo dejas creer. Asusta más.
¿Los alemanes no tenían tropas de frío? Claro que sí. La 6ª de Montaña venía de pelear en Noruega. La 5ª Jäger era bávara. Sabían lo que era la nieve. El tema no era esquiar. Era que llevaban 20 semanas de campaña, sin pausas, con el material gastado y con el combustible justo. Un ejército mecanizado sin gasolina es un museo al aire libre. Y cuando tu caballo se muere de frío, el cañón no se mueve solo. Contra eso no hay gen siberiano que valga. Hay trenes. Y los alemanes no tenían suficientes.
La clave real se llama Richard Sorge. Era un periodista alemán en Tokio que trabajaba para Moscú. En septiembre del 41 le mandó a Stalin el dato que cambió la guerra: Japón va al sur, a por Pearl Harbor y las colonias. Siberia no les interesa. Recién con ese telegrama Stalin vació el Lejano Oriente. Si Japón atacaba, Moscú se quedaba sin esas 18 divisiones. Así que el milagro siberiano dependió menos del frío y más de un tipo borracho sacando fotos de documentos en la embajada alemana. La historia tiene menos épica y más espionaje del que te gustaría.
Entonces, ¿quién salvó Moscú? Lo salvó un frente completo de 1.100.000 personas. De esos, 250.000 venían frescos del este y pusieron la punta de lanza porque tenían tanques, artillería y jefes vivos. Los otros 850.000 eran los que venían sangrando desde junio. Eran las milicias de obreros de Moscú con fusiles de 1891, eran los restos de 3 ejércitos cercados en Vyazma, eran los cadetes de Podolsk que con 17 años frenaron a la 19ª Panzer dos días. Decir que ganaron solo los del este es escupir sobre 180.000 muertos de la contraofensiva que no habían visto Vladivostok ni en mapa.
No existen los supersoldados. Existen ejércitos que llegan enteros contra ejércitos rotos. Existen Estados que guardan reservas y generales que no planean con el deseo. Las llamadas divisiones siberianas no eran una raza aparte. Eran divisiones normales que no las molieron en Minsk, que tenían equipo de invierno porque alguien pensó en diciembre, y que tenían oficiales que ya habían ganado una guerra de verdad contra Japón en 1939. Los alemanes tenían lo contrario: estaban gastados, congelados, sin combustible y con un cabo austríaco diciéndoles que no retrocedan. Por eso perdieron. El frío ayudó, obvio. Pero el frío no toma trincheras. Las toman los hombres. Y esos hombres venían de Khabarovsk, de Chita, de Tashkent y sí, algunos también de Novosibirsk.
Bibliografia:
David Glantz. Cuando chocan los titanes: Cómo el Ejército Rojo detuvo a Hitler. Desperta Ferro Ediciones, 2018
Adam Tooze.El precio de la destrucción: La construcción y la ruina de la economía nazi. Crítica, 2008
G. F. Krivosheev. Soviet Casualties and Combat Losses in the Twentieth Century. Greenhill Books, 1997
Nota: El informe Krivosheev no tiene edición oficial en español. Esta es la edición inglesa estándar que se usa como referencia para estudio de bajas y composición del Ejército Rojo durante lo que se llamó en la Unión Soviética la Gran Guerra Patria.



Anuncio de ataque total


EUROPA :: 31/05/2026

RAFAEL POCH

Un importante diplomático ruso explica que la nota del ministerio de exteriores ruso del lunes es consecuencia de una decisión concertada del conjunto de la dirección rusa

Va a haber un ataque ruso a Kiev muy serio. Es cuestión de días. Esto no es un pronóstico, sino un anuncio. Un anuncio del Ministerio de Exteriores ruso. Fue formulado el lunes 25 de mayo y acompañado de una llamada telefónica del ministro Sergei Lavrov a su homólogo estadounidense, Marco Rubio. Los medios occidentales no informan de esto adecuadamente, si es que lo hacen, y otros, como la BBC no se lo toman en serio.

La nota del Ministerio de exteriores ruso dice así: "Las Fuerzas Armadas de Rusia van a asestar progresivamente golpes sistémicos contra instalaciones de la industria militar ucraniana en Kiev, incluso los lugares específicos de diseño, fabricación, programación y preparación para el uso de drones que el régimen de Kíev utiliza con la asistencia de profesionales de la OTAN, responsables por suministrar los componentes, entregar datos de información y establecer los blancos. Además, los golpes serán lanzados contra los centros de toma de decisiones y puestos de mando. Debido a que las instalaciones arriba mencionadas se sitúan por toda Kiev, les advertimos a los ciudadanos extranjeros, incluso al personal de las misiones diplomáticas y representaciones de las organizaciones internacionales, que es necesario abandonar la ciudad lo antes posible, y a los residentes de la capital ucraniana los avisamos de que no se acerquen a las infraestructuras militares y administrativas del régimen de Zelenski". (Declaración del MAE de Rusia en relación con ataques de unidades armadas del régimen kievita contra la población civil de Rusia - Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia)

Un importante diplomático ruso explica que esta nota es consecuencia de una decisión concertada del conjunto de la dirección rusa y que si no hay reacción, entiende que seguirán otros ataques en territorio de la UE.

El General Evgeni Buzhinsky que hasta su retiro en 2009 fue uno de los principales negociadores militares rusos, opina que las tropas europeas destacadas en las repúblicas bálticas (inglesas, alemanas, etc) son objetivo legítimo ruso. Sus bases no están junto a ciudades, así que podría ser una segunda advertencia sin apenas consecuencias para la población civil, dice.

El ministerio de defensa ruso ha publicado una lista de empresas europeas que fabrican los drones con los que Ucrania lleva meses atacando a Rusia. La lista identifica once instalaciones como «sucursales de empresas ucranianas en Europa», con sedes en ciudades como Londres, Múnich, Riga, Vilnius y Praga. Además, otras diez empresas con sede en Madrid, Venecia y Haifa son calificadas como empresas extranjeras que fabrican componentes para el ejército ucraniano. Moscú dice que la publicación tiene por objeto informar al público europeo sobre la ubicación de estas empresas «ucranianas» y «mixtas».

Todo esto dibuja el guion de la escalada sobre la que venimos advirtiendo hace años y cuya principal responsabilidad e iniciativa es occidental. En su origen es la temeridad de rodear militarmente con un bloque militar hostil a una superpotencia nuclear, temeridad que acabó degenerando en el loco objetivo de infligirle una "derrota estratégica". Biden dijo en marzo de 2022, un mes después de la desastrosa y provocada invasión rusa de Ucrania, que no suministraría tanques y aviones a ese país "porque eso sería la III Guerra Mundial". Seguramente pensaba en la que sería la reacción de su propio país colocado ante esa misma tesitura.

Hoy los misiles y drones occidentales llevan años atacando territorio ruso guiados por la inteligencia militar de EEUU y en Moscú se ha llegado a la conclusión de que hay que escalar para ser tomado en serio (https://lahaine.org/bA82). El presidente Putin pierde puntos ante su población cansada de la guerra pero en absoluto dispuesta a cualquier paz que se parezca a una humillante derrota. También hay descontento en medios de la elite dirigente rusa que considera que la actitud occidental es consecuencia de la flojera presidencial.

En Europa se continua cerrando los ojos a la realidad. Los líderes de sus principales naciones, Alemania, Inglaterra y Francia, están muy desprestigiados. Una estoniana y un lituano dirigen la diplomacia y la defensa de la Unión bajo la batuta de una alemana incompetente. En Moscú se confía en que haya más sentido común en Washington, así como en el hecho de que el fracaso de la agresión de Trump contra Irán modere su respuesta en Ucrania (La derrota de Trump en Irán). Así que el anuncio ruso de un ataque sobre Kíev es el primer movimiento de una escalada con mucho terreno por delante por ambas partes.

Anatol Lieven, analista del Quincy Institute de Washington, institución empeñada en la misión imposible de civilizar la política exterior de EEUU, interpretaba así lo que ocurrirá en los próximos días:

Rusia probablemente utilizará misiles balísticos hipersónicos «Oreshnik» para atacar el cuartel general subterráneo de Kiev, donde oficiales estadounidenses y europeos han estado ayudando a las fuerzas armadas ucranianas a lanzar ataques contra Rusia con misiles y drones, dice. "En las últimas semanas, estos han causado un mayor daño en el interior de la propia Rusia. Además, la semana pasada, un dron ucraniano atacó una universidad en el Donbás, ocupado por Rusia, y mató a 21 estudiantes. Rusia respondió con un ataque masivo contra Ucrania, incluyendo el uso de Oreshniks. Hasta ahora, sin embargo, Moscú se ha abstenido de atacar los cuarteles generales ucranianos. Esto resulta algo notable, dado que las fuerzas armadas ucranianas han atacado repetidamente los cuarteles generales rusos. El martes, el Estado Mayor ucraniano afirmó que había destruido un importante centro de mando y control ruso en Lugansk con misiles de crucero británicos Storm Shadow. El uso eficaz de estos misiles --que Ucrania lleva lanzando desde hace dos años-- requiere datos de selección de objetivos estadounidenses".

Como ocurrió en febrero de 2022 con la invasión rusa, este ataque generalizado va a ser presentado como prueba de la "amenaza rusa" y de la maldad de Putin, sin entrar en el verdadero debate sobre una seguridad europea que primero se construyó sin Rusia y luego contra Rusia.

La "amenaza rusa" es una profecía autocumplida, una creencia falsa en su origen que la OTAN ha creado y alimentado hasta realizarla. La masiva producción de drones europeos contra Rusia invita a Moscú - que no ha usado ni de lejos todos su potencial militar para evitar confrontación con la OTAN- a dar una lección a Ucrania.

En Europa cualquier intento de negociar diplomáticamente es visto como un peligro para la unidad y estabilidad de la UE. En ese clima, cualquier denuncia de la peligrosa senda tomada por los europeos es rechazada como "propaganda del Kremlin".

rafaelpoch.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/anuncio-de-ataque-total 

Para destruir el capitalismo hay que entender cómo empezó

Fuentes: Jacobin [Imagen: El carro de Heno. El Bosco]

El debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo no es un fetiche académico: es la clave teórica para comprender (y combatir) las complejidades de nuestro presente.
Si de lo que se trata es de derribar el sistema, primero hay que descifrar cómo nació.

El artículo que sigue es una reseña de Mother of Capital: How Rent Gave Birth to Modernity, de Matthew Costa (Pluto Press, 2025).

Mother of Capital: How Rent Gave Birth to Modernity: Costa, Matthew:  9780745350547: Amazon.com: Books

¿Cómo dio origen el mundo medieval a nuestro sistema moderno de acumulación capitalista basado en la competencia? El nuevo libro de Matthew Costa, historiador marxista y alto funcionario del Ministerio de Hacienda de Nueva Gales del Sur, ofrece una respuesta convincente y sintetiza una amplia bibliografía sobre el tema. Mother of Capital: How Rent Gave Birth to Modernity ofrece un relato cautivador de la transición del feudalismo al capitalismo, un tema que ha sido objeto de debate entre historiadores y economistas durante siglos.

El debate sobre la transición

Costa se posiciona firmemente en el bando del historiador económico Robert Brenner, quien hace cincuenta años inició lo que se conoció como el Debate Brenner con su ensayo en la revista Past & Present «Estructura de clases agraria y desarrollo económico en la Europa preindustrial». Con ese artículo el joven Brenner se convirtió en una espina clavada para varios académicos, a cuyas teorías rivales apuntó deliberadamente al argumentar, de manera controvertida, que el capitalismo se originó en el campo inglés.

A partir de un sistema feudal de extracción coercitiva del excedente económico de los campesinos por parte de los nobles y la corona, surgió una nueva clase de arrendatarios. Esta nueva clase protocapitalista competía entre sí para pagar rentas a los terratenientes, invirtiendo para aumentar la productividad de la agricultura. Mother of Capital profundiza y populariza este debate de larga data.

En su artículo «Estructura de clases agraria», Brenner descartaba el «malthusianismo secular» de aquellos pensadores que explicaban el surgimiento del capitalismo apelando a lo que él denominó el modelo demográfico. Según estos historiadores, el crecimiento poblacional generaba mano de obra barata que podía ser fácilmente sometida durante el período feudal. Cuando la Peste Negra a mediados del siglo XIV revirtió la tendencia demográfica, la posición de los campesinos se fortaleció y les permitió negociar una mayor compensación con sus señores. Este cambio dio lugar a una disminución de las ganancias agrícolas de los señores y a mayores ingresos para los campesinos.

Los campesinos entonces comenzaron a ejercer su nueva influencia sobre sus señores, abandonando un señorío para obtener mejores salarios en otro, desmantelando así el sistema de jurisdicciones locales señoriales que cada vez fracasaban más a la hora de hacer cumplir las leyes consuetudinarias diseñadas para mantener a los campesinos atados a la tierra. Esto empoderó a una nueva clase de trabajadores asalariados movilizados, cuyo surgimiento llevó a los señores feudales a imponer los cercamientos, sentando las bases para una serie de revueltas condenadas al fracaso por parte de la clase campesina.

Brenner también descartó el «modelo de comercialización» defendido por primera vez por Adam Smith. Según el autor de La riqueza de las naciones, el crecimiento constante del comercio y los intercambios superó un punto de inflexión decisivo en la Edad Moderna, dando lugar al capitalismo al desatar fuerzas ya latentes en la sociedad.

En contra de estas dos visiones, Brenner argumentó que el capitalismo surgió como consecuencia de la lucha de clases entre los campesinos y sus señores. Las ganancias producidas por el intercambio, las transformaciones demográficas y la Peste Negra existían dentro de un conjunto de relaciones sociales definidas por el poder relativo de una clase sobre otra. «En mi opinión», escribió Brenner, «fue la aparición de la estructura clásica de terratenientes, capitalistas, arrendatarios y trabajadores asalariados lo que hizo posible la transformación de la producción agrícola en Inglaterra, y esto, a su vez, fue la clave del desarrollo económico general excepcionalmente exitoso de Inglaterra».

Costa sostiene que lo que impulsa el cambio trascendental del feudalismo al capitalismo es la dinámica interna de las «relaciones de propiedad social» inglesas. «Nada lo explica más que eso», afirma Costa con audacia. La comercialización, la mercantilización, el trabajo asalariado e incluso la Reforma y la historia revolucionaria inglesa surgen de un cambio en el equilibrio interno de las relaciones de propiedad social. No es que estas relaciones determinen el capitalismo, sino que su interacción con la constelación de poder en la Inglaterra medieval simplemente dio lugar al capitalismo.

¿Una historia inglesa?

La contingencia radical del capitalismo es, por lo tanto, un tema central del libro de Costa, aunque ni él ni Brenner son los únicos autores que insisten en sus orígenes ingleses. Por ejemplo, en Origins of English Individualism, Alan Macfarlane afirmó que la cultura de la Inglaterra medieval era profundamente hostil al feudalismo —un término que solo se generalizó en el siglo XIX— incluso antes de que fuera capitalista.

Las relaciones sociales y los acuerdos legales típicamente asociados con el feudalismo, como los matrimonios concertados, el mantenimiento del terruño familiar en manos de una sola familia y la tendencia a trabajar donde se había nacido, estaban, según Macfarlane, notablemente ausentes en gran parte de Inglaterra durante el apogeo de la época medieval. Los ingleses, argumentó, son una nación de artesanos altamente móvil, atomizada e individualista, cuya cultura proporcionó los requisitos previos únicos para dar lugar al capitalismo y a la revolución industrial.

Hay algo sospechosamente teleológico en estos argumentos, que guardan un gran parecido con la tesis de la comercialización planteada por primera vez por Smith, quien insistió en que el «tráfico, el trueque y el intercambio» eran características «imposibles de erradicar» de las relaciones sociales humanas. Costa, por el contrario, sostiene que si bien el capitalismo se gestó efectivamente en el laboratorio de las relaciones sociales de la Inglaterra medieval (y se globalizaría a través del comercio y el colonialismo), esto no fue determinado por «costumbres culturales», sino que fue un efecto contingente de las relaciones de poder.

La formación de la clase campesina inglesa

En la Inglaterra feudal la renta se recaudaba a través de un sistema tributario, por el cual los señores recibían dinero de los arrendatarios en forma de efectivo o «en especie» (una parte de las cosechas o una proporción de cabezas de ganado) en los momentos de cosecha pero también cuando los campesinos se casaban, morían, se convertían en sacerdotes o incluso tenían hijos fuera del matrimonio. Este sistema de recaudación a través de la renta se mantenía mediante una mezcla de costumbre y ley, adjudicado a través de tribunales señoriales y, cuando era necesario, mediante la fuerza.

Los señores canalizaban dinero y servicio de caballería hacia la corona, pero controlaban cada vez más el poder de esta última a través del Parlamento para proteger sus propios intereses locales. Colectivamente, los barones y la pequeña nobleza (arrendatarios ricos) utilizaron el Parlamento para introducir impuestos generales que sustituyeran una gran proporción de las rentas que pagaban a la corona. Se hicieron excepciones para sus propias propiedades, lo que hizo recaer la carga fiscal sobre la población campesina.

El surgimiento de este equilibrio «federalizado» entre la corona y los señores es un tema central del libro de Costa. En Inglaterra, la corona era lo suficientemente fuerte como para resolver disputas territoriales entre los señores, pero no lo suficiente como para convertirlos en meros instrumentos de su poder. «El poder centrífugo de los señores locales mantenía a raya al poder centrípeto de la Corona», escribe Costa. «Formando un “mecanismo homeostático” en el que ni el poder local ni el central alcanzaban la supremacía».

A raíz de la Peste Negra, el campesinado se transformó en una fuerza de trabajo móvil que amenazaba el modelo extractivo que definía el señorío inglés. Al principio, los señores, con el apoyo de una corona ambivalente que temía la guerra civil, intentaron simplemente coaccionar a los campesinos aplastando varias revueltas a finales del siglo XIV. También aprobaron nueva legislación consuetudinaria punitiva a través de los tribunales señoriales que durante generaciones habían reproducido el sistema feudal. Nada de esto funcionó: la Peste Negra, que había diezmado a la población, creó grandes disparidades entre lo que un campesino podía ganar de un señorío a otro.

El sistema feudal se había basado en la solidaridad entre los señores y en el empobrecimiento generalizado de sus campesinos, pero la Peste Negra supuso un shock económico tanto para la oferta de mano de obra como para los ingresos. En respuesta a esta nueva realidad, los señores innovaron para salir de este problema y sobrevivir. El nuevo juego consistía en la competencia por los recursos y, de manera lenta pero segura, en dejar de lado a la corona y convertirse ellos mismos en el futuro Estado británico.

Los señores ingleses comenzaron entonces a arrendar sus tierras a una nueva clase de pequeños propietarios rurales que se caracterizaba por su movilidad, su espíritu competitivo y sus conocimientos de contabilidad. Esto permitió a los señores acumular capital mediante el cultivo de productos comerciales destinados al mercado. La mercantilización de la tierra iba en contra de los intereses de la corona, que temía que los cercamientos provocaran una reacción violenta que desencadenara una guerra civil.

Solo en la Inglaterra medieval, tras la Peste Negra, sostiene Costa, existió ese equilibrio particular entre el poder señorial y el monárquico que impidió que el feudalismo derivara en absolutismo, como ocurrió en el resto del continente europeo (aunque este último proceso queda notablemente sin examinar en Mother of Capital). «Los señores ingleses perdieron el control sobre los cuerpos de los campesinos», escribe Costa. «Pero, a diferencia de los señores continentales, con el fuerte respaldo de la Corona, los señores de Inglaterra conservaron el control de la tierra en un grado único».

Los campesinos, que antes eran la fuente de la riqueza de los señores, se convirtieron en una carga. Con el ascenso de la nueva clase protocapitalista de productores comerciales, los señores decidieron expulsar a los campesinos de la tierra mediante el cercamiento.

El núcleo del argumento de Costa es que la relación de renta tributaria se transformó en una de arrendamiento competitivo. La renta siguió siendo central; fue su transformación de dinero extraído del trabajo campesino a dinero extraído de la tierra administrada por pequeños propietarios laboriosos lo que dio origen al capitalismo. Un proceso, por supuesto, en absoluto exento de sufrimientos. El colapso de los ingresos por rentas causado por la Peste Negra amenazó el sistema tributario y, por tanto, a la propia nobleza.

Si bien las revueltas campesinas del siglo XIV fueron sofocadas por la corona y los señores, estos últimos se volverían lentamente contra la primera, lo que condujo a la Guerra Civil Inglesa y a la Revolución Gloriosa en el siglo XVII, que fueron en la práctica un enfrentamiento final. Solo entonces se domesticaría a la corona y surgiría una clase capitalista inglesa modernizadora.

Los señores se transformaron en la aristocracia que se benefició de la riqueza de esta nueva clase capitalista. Mientras que Francia respondió a la Peste Negra con una monarquía absoluta que vio aumentar los rendimientos agrícolas en un 20% entre 1600 y 1800, Inglaterra dio origen al capitalismo, que duplicó su productividad durante el mismo período.

¿Y la agencia?

Quizás resulte sorprendente, pero la historia de Costa asigna poca agencia a las personas o incluso a las clases. «Cambiar el mundo no es solo una cuestión de fuerza de voluntad», escribe. Analiza varios intentos de revertir el curso de la historia, como la Rebelión de Kett contra los cercamientos en 1549 y los levellers y los diggers de la guerra civil un siglo después, pero considera estos eventos como esfuerzos fallidos por resistir la expansión de las relaciones sociales capitalistas.

Esto va en contra de las ideas de historiadores como Rodney Hilton, quien enfatizó el papel de la resistencia campesina en el siglo XIV para superar el feudalismo. Pero Costa, al igual que Hilton, también critica la noción de que la historia era simplemente mecánica y estaba determinada por completo por la estructura. En cambio, defiende la visión dialéctica de que ni la agencia ni las estructuras dan forma al mundo, sino que se dan forma entre sí para dar forma al mundo (aunque sus críticos podrían, no sin razón, ver esto como un intento de quedarse con lo mejor de ambos mundos).

La ideología religiosa, que según Costa proporcionó al feudalismo su justificación moral, recibe un tratamiento breve pero interesante en Mother of Capital. La jerarquía feudal era bendecida por Dios y reflejaba la jerarquía celestial de la Hueste de las Huestes, desde los ángeles, los santos y los sacerdotes hasta los laicos. La renta era tabú si no se tenía la sensación de que se pagaba por algo de «valor real». En teología, la obediencia a los superiores espirituales sostenía la existencia misma, pero este sistema sagrado se trasladó en la época medieval a las relaciones sociales seculares. La teología del feudalismo veía la renta como un pacto entre el señor y sus campesinos y, aunque no siempre se entendía conscientemente en estos términos, la ideología fue lo suficientemente fuerte como para preservar el sistema durante siglos.

Analizando el poema romántico del siglo XIII King Horn, Costa observa que las ideas morales sobre la importancia de la renta también dieron forma a nociones seculares como la caballería. En estos relatos, la renta no se entiende como una carga, sino, paradójicamente, como un honor otorgado por un señor:

El rey ofrece a su hija en matrimonio a Horn, un prometedor caballero. Horn rechaza la oferta del rey alegando que no es digno de ella. En su lugar, propone que, tras completar siete años de servicio al rey, podría ganarse la mano de la princesa como renta. La historia muestra cómo las costumbres de la clase dominante rechazaban la idea de la renta como un beneficio no ganado o unilateral.

Tecnofeudalismo

El libro de Costa también aborda los debates contemporáneos sobre lo que se ha dado en llamar «tecnofeudalismo». Los teóricos del tecnofeudalismo sostienen que estamos presenciando el surgimiento de un nuevo modo de producción tecnofeudal que está reemplazando al capitalismo. Pensadores como Jodi Dean, Yanis Varoufakis, Joel Kotkin y Cédric Durand afirman que los capitalistas de plataformas como Uber y Spotify son señores feudales globalizados, y los conductores y artistas, sus campesinos. Su nuevo término ofrece una metáfora llamativa para describir las condiciones económicas actuales, caracterizadas por un exceso de búsqueda de rentas, acumulación de capital improductiva y el aumento del trabajo informal.

Pero estas teorías, según Costa, tienen poco valor explicativo. No captan el punto de que la renta nunca desapareció realmente bajo el capitalismo; simplemente cambió su forma, pasando de la renta sobre el trabajo a la renta sobre la tierra. La extracción de rentas no solo es parte del capitalismo, es parte fundamental de la historia de sus orígenes. «Esta nueva “razón tecnofeudal”, al igual que el pensamiento económico dominante, ve renta por todas partes en el capitalismo, pero paradójicamente insiste en que la renta no es capitalista», escribe Costa. «Considera que el capitalismo es explotador, pero carece de una “explicación más amplia de la acumulación capitalista” que incorpore tanto la “redistribución como la explotación”, tanto la renta como la ganancia».

Si bien los fundamentos sobre los que Costa cuestiona el «tecnofeudalismo» son un poco áridos, su crítica se suma al coro de ataques anteriores contra esta categoría bastante confusa. Obviamente, no se necesita el libro de Costa para observar que la renta y el latifundismo eran rampantes bajo el capitalismo, pero su enfoque en el período medieval ayudará a desengañar a los lectores de la noción de que estamos viviendo una secuela. Como ya han observado muchos otros comentaristas, un conductor de Uber no es un campesino legalmente vinculado a un señor, sino simplemente un trabajador precario obligado por las fuerzas del mercado capitalista a un contrato comercial desequilibrado con un jefe explotador.

Si bien Costa logra ofrecer una explicación histórica de la transición del modo de producción feudal al capitalista —que los escritores de izquierda suelen esgrimir de manera superficial y confusa—, sus propios argumentos se basan en algunas suposiciones no cuestionadas. Por ejemplo, su afirmación de que las relaciones sociales, más que la Peste Negra, fueron la causa última del surgimiento del capitalismo da por sentado un constructivismo social riguroso, es decir, la visión de que la realidad, incluidos los sistemas biológicos, está moldeada principalmente por las interacciones sociales.

Pero la cuestión de cómo los marxistas deberían incorporar la naturaleza a su visión del capitalismo dista mucho de ser sencilla. Quizá sea demasiado esperar de un historiador una defensa filosófica de por qué la naturaleza puede subordinarse a lo social, pero no es injusto decir que su argumento central se basa en un conjunto de presuposiciones que dejan al lector con varias dudas al terminar la lectura.

Dicho esto, el libro es un excelente análisis de un período de la historia que a menudo se descarta como arcaico o irrelevante. Mother of Capital, aunque abstracto, resulta atractivo sobre todo porque permite a los lectores ver que no hubo nada de «inevitable» en el surgimiento del capitalismo y, por tanto, que no hay nada «necesario» ni «natural» en su existencia continuada.

Arron Reza Merat fue corresponsal en Teherán. Actualmente vive en Londres.

Traducción: Florencia Oroz

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/05/para-destruir-el-capitalismo-hay-que-entender-como-empezo/