martes, 12 de mayo de 2026

La decadencia del petrodólar y el auge del petroyuan


Alberto Cruz

Publicado el  / Por 



La guerra contra Irán está acelerando la pérdida de la (poca) hegemonía que le queda a Occidente, especialmente a EEUU. En relaciones internacionales se considera que un país es una superpotencia cuando ostenta la hegemonía en cuatro rubros: política, cultural, económica y militar.

Es poco cuestionable que EEUU solo mantiene una de ellas, la económica, y eso cada vez menos como pone de relieve el que este año haya comenzado con el dólar en caída libre como moneda de reserva mundial. Está en el 46%, el nivel más bajo desde 1973, habiendo bajado hasta esta cifra desde el 56’3% con que comenzó el año 2025. Tras casi dos meses de esa agresión lanzada por EEUU e Israel, uno de los efectos no considerados ha sido el retroceso que está sufriendo el dólar como moneda de comercio en la energía, de forma especial en el petróleo porque el Golfo Pérsico es donde se sustenta el petrodólar.

La guerra contra Irán está poniendo en solfa (expresión popular que significa poner en duda) algunas cosas, como la pretensión de Bahrein de poner en marcha una moneda propia para el comercio del petróleo (la Oil 1) o el puente entre monedas digitales de los países BRICS, dado que los Emiratos Árabes Unidos e Irán con miembros de los BRICS y están ahora mismo enfrentados, uno por el apoyo a EEUU y al IV Reich sionista, antes conocido como Israel, y el otro enfrentándolos.

Pero es aquí donde hay que mirar una y otra vez porque la agresión contra Irán hay que enmarcarla en un inicio del año 2026 donde el dólar se situó en el nivel más bajo de toda su historia reciente, con el 46% de todas las reservas monetarias del mundo, como se ha dicho más arriba, y con el anuncio de China de poner en funcionamiento el Renmimbi Digital, lo que significa, lisa y llanamente, la internacionalización del yuan. No hace falta sumar dos y dos para saber qué está pasando. Y lo que está pasando es que Irán ahora está dando una vuelta de tuerca tras otra para la eliminación sustancial del petrodólar.

Todos los países del Golfo están entre los 20 países que más bonos del Tesoro de EEUU poseen y, además, son países que mantienen sus monedas vinculadas al dólar estadounidense. La digna y heroica resistencia de Irán está haciendo que todo esto tenga ahora mismo la consistencia de un cobertizo de esos que se lleva una ráfaga de viento por algo fuerte que sea ese viento. Ahora mismo hay más que «serias dudas» entre estos países, pese a su vinculación con EEUU, sobre mantener su vasallaje a largo plazo con quien está demostrando que no es un muy buen «garante de su seguridad». Y eso está ya repercutiendo en el petrodólar. Así hay que interpretar la amenaza de los Emiratos Árabes Unidos de comenzar a comerciar en yuanes a gran escala si EEUU no sale en su ayuda introduciendo dólares en su maltrecha economía.

Si Irán mantiene el control efectivo del estrecho de Ormuz un tiempo más «el daño a la imagen de EEUU será de tal calibre que socavará uno de los pilares fundamentales de EEUU en su pretensión de ser la superpotencia dominante del mundo: la seguridad de las rutas marítimas». No soy yo quien lo dice, sino el Deutsche Bank, uno de los principales bancos del mundo y el de referencia de Alemania (1).

Se están constatando los estrepitosos fallos de EEUU y de Israel en la planificación de la guerra y en la supuesta derrota de Irán y eso, a juicio del DB, «está generando una serie de daños a las economías del Golfo que podrían propiciar una reducción de sus ahorros en activos extranjeros, mantenidos en gran medida en dólares”. Por eso Trump habla una y otra vez de Ormuz, porque sin su control o, cuando menos, el retorno a la situación anterior a la agresión a Irán, el papel del dólar en el comercio del petróleo no va a hacer más que decaer.

Ya está tocado con la actitud y resistencia de Rusia. Ya está tocado porque China, el principal o uno de los principales, comprador de petróleo y gas de esos países del Golfo, ya está imponiendo cuotas, por ahora pequeñas, de pago en yuanes del petróleo (como es el caso del 15% del total que compra a Arabia Saudita). Pero eso era hasta ahora. Irán lo está poniendo todo mucho más fácil aún. Por eso el banco alemán es categórico: «la guerra de Estados Unidos contra Irán podría recordarse como un catalizador para la erosión del dominio del petrodólar y los inicios del petroyuan».

La razón principal de la guerra contra Irán no son las armas nucleares de Irán, su programa de misiles, sus intentos de derrocar al «régimen deshonesto» de los ayatolás, ni siquiera su deseo de tomar el control de sus yacimientos petrolíferos (todas estas son consideraciones secundarias): el objetivo primordial del ataque era debilitar a China mediante un bloqueo petrolero. Digo era porque, como ocurre siempre, Occidente no conoce ni la capacidad estratégica ni la inteligencia chinas. A pesar de la enorme dependencia de China del suministro de petróleo de esa zona del mundo (aproximadamente la mitad de sus importaciones totales de petróleo, que ascienden a entre 10 y 11 millones de barriles diarios), el país es la economía mejor preparada para una situación como la actual, con el añadido que el tránsito de los petroleros chinos no ha sido obstaculizado por Irán en absoluto.

Hay algunas cosas que se deberían saber en lo que respecta a China y cómo este país está siendo uno de los menos afectados por el cierre del estrecho de Ormuz, en contra de lo que se viene difundiendo en Occidente. Por ejemplo, que en los últimos cinco años los chinos han estado cambiando masivamente a vehículos eléctricos, lo que significa que el transporte en China no se detendrá ni siquiera con un bloqueo petrolero total. O que tras la agresión anterior contra el país persa de hace un año, China ha aumentado sus reservas de petróleo a 1.400 millones de barriles, lo que supone más que las reservas de todos los países de la Agencia Internacional de la Energía juntos. O que, además, China cuenta con el respaldo energético de Rusia, que los dos países tienen frontera terrestre por lo que es imposible su bloqueo y que eso supone el 20% de las importaciones de petróleo de China. Pero también compra petróleo en otras partes del mundo, como Malasia (casi el 12%) y Brasil (casi el 9%).

En Occidente, siempre con esa mentalidad neocolonial que está en nuestros genes, se habla una y otra vez del “Talón de Aquiles” que para China supone la importación de petróleo. Como pasa siempre, es una verdad a medias, con muy escasa proporción de verdad. Se dice que China depende en un 75% de la importación de petróleo, pero si tenemos en cuenta las proporciones indicadas más arriba, con el 41% asegurado por países como Rusia, Malasia y Brasil, a los que habría que sumar Angola, el “Talón de Aquiles” del que se habla se reduce a un 34%. Importante, sí, pero no decisivo en absoluto.

Esto significa que China está en buena posición para aguantar y dispone de al menos seis meses antes de que la crisis petrolera afecte a su economía. Si a ello se suma la postura de Irán, que ya está introduciendo el petroyuan en el cobro del tránsito de los pocos petroleros que atraviesan Ormuz con su consentimiento, lo que se planteaba como la gran presa pasa ahora a ser la gran cazadora.

China, y en menor medida India y Rusia (a los que se puede añadir ahora Irán si continúa resistiendo), han roto el monopolio de Estados Unidos sobre la cadena industrial global y su influencia en el discurso político, han sacudido la hegemonía del dólar, han disminuido su ventaja tecnológica y han incrementado la fuerza centrífuga en el sistema de alianzas. La capacidad de Estados Unidos para obtener beneficios extraordinarios mediante la manipulación de las normas, el monopolio tecnológico y la hegemonía financiera ha disminuido significativamente. Por lo tanto, solo le queda la guerra y, por ahora, la está perdiendo.

Esto supone una derrota estratégica colosal para EEUU, pues implica la pérdida del control financiero sobre el Golfo Pérsico.

La valoración del DB es importante no solo por lo que dice, sino porque expresa cómo los llamados «mercados globales» se equivocaron y subestimaron los riesgos de una guerra de este tipo, donde Irán no es Venezuela. Ahora se puede decir lo que el DB, pero esto también se interpreta como una muestra del pánico que comienza a aparecer si Irán continúa no solo resistiendo, sino imponiendo sus condiciones. En esas estamos. Trump puede seguir fantaseando y hablando de posponer ultimátums y cosas así, pero ya los famosos mercados no le hacen caso y sigue el pánico.

EEUU e Israel, y con ellos el resto de Occidente, han estado viviendo de ilusiones tras lo fácil que resultó la toma de Venezuela. Lo hicieron aceptando sin reparos la propaganda bélica sobre la rápida victoria, el control absoluto de la guerra y la subestimación del adversario. Un adversario que ha dado la vuelta a la guerra imponiendo un costo añadido: el control de Ormuz. Y eso está determinando las condiciones para el final de la guerra.

La prolongada demonización y el menosprecio de Irán por parte de Occidente han creado una burbuja que ha terminado estallando en la cara de Occidente. Años de basura han permeado a los supuestos «analistas» hasta el extremo de hablar de un país plagado de oposición interna y fuerzas separatistas, sumido en conflictos internos entre el gobierno y el pueblo, al borde del colapso económico y la caída de ese gobierno con matar a sus principales dirigentes, militarmente vulnerable y fácilmente derrotable. Ahora los «mercados» están saliendo de su sopor.

Sobre todo porque se ha subestimado no solo la resistencia del pueblo iraní, sino de la locura sionista. Occidente, el Occidente que se niega a asumir su responsabilidad en el genocidio de los pueblos, en la esclavitud, en el expolio colonial, es totalmente irracional. Y eso le lleva a malinterpretar la naturaleza de la «guerra asimétrica» ​​de Irán. Evaluar la «guerra asimétrica» ​​no debería centrarse en las pérdidas absolutas que un bando inflige al otro, sino en qué bando no puede sostener el conflicto. Para Irán, esta guerra es una cuestión de supervivencia nacional y étnica; para el público estadounidense, es «la guerra de Israel», una «guerra extraña», y su sostenibilidad depende de la disposición del público a asumir los costos y la duración del conflicto. El objetivo de Irán es sostener el conflicto a largo plazo, librando una guerra de desgaste que EEUU no puede costear. El equilibrio de poder está a favor de Irán, no de EEUU ni de Israel.

El análisis del DB se basa en el error de cálculo de los poderes económicos occidentales respecto a la guerra contra Irán. Estamos ante un acontecimiento geoeconómico sin precedentes, sin parangón en la historia. Una quinta parte del gas natural licuado mundial, más de una quinta parte del petróleo crudo, un tercio de los fertilizantes, más de la mitad del azufre y casi el 40 % del helio se transportan a través de esa zona del mundo. La inaccesibilidad de Ormuz tiene un impacto de gran alcance en las cadenas de suministro de energía y producción globales, e incluso en la seguridad alimentaria, que va más allá de lo que se suele creer. El poner la mirada en la caída del petrodólar es un síntoma de lo que está por venir.

Alberto Cruz
CEPRID
Ilustración Kaosenlared

Nota:

(1) https://wealth.db.com/en/insights/investing-insights/economic-and-market-outlook/perspectives-economic-and-asset-class-outlook-march-2026.html

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor. Su nuevo libro es “Las brujas de la noche. El 46 Regimiento “Taman” de aviadoras soviéticas en la II Guerra Mundial”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID y que ya va por la tercera edición. Los pedidos se pueden hacer a libros.lacaida@gmail.com o bien a ceprid@nodo50.org

También se puede encontrar en librerías. 

Estados Unidos no busca la paz con Irán sino su destrucción

Fuentes: Rebelión

El fin, por ahora, de los criminales ataques contra la República Islámica de Irán (RII), la tregua existente y el incierto proceso de negociación en marcha no debe interpretarse como el fin del conflicto que enfrenta a Irán con los países agresores, EEUU e Israel. Aunque se llegara a firmar un acuerdo de paz, los hechos demuestran sobradamente que los acuerdos, para EEUU, desde el siglo XIX carecen de obligatoriedad y, por tanto, pueden ser rotos o desconocidos en cualquier momento. Trump retiró a EEUU del tratado nuclear con Irán, firmado en 2015, echando por tierra en minutos años de negociaciones. EEUU también se retiró de todos los tratados sobre control de armamentos firmados con la URSS y prolongados con Rusia, como Estado sucesor, además de retirarse de decenas de organismos internacionales. Desde los propios orígenes de EEUU, los tratados internacionales son instrumentales, no obligatorios. Firmar acuerdo con EEUU no garantiza nunca nada. Quien crea lo contrario se pierde.

El conflicto que enfrenta a Israel con todos sus vecinos, pero, muy particularmente, con Irán, es existencial. El régimen sionista tiene como objetivo adquirir su “espacio vital” (el lebensraun nazi), que es ocupar toda Palestina y, para lograrlo, debe destruir a los palestinos como pueblo. El genocidio en Gaza no es hecho puntual, sino una etapa más para ampliar su ‘lebensraun’. Ese objetivo cuenta con el apoyo irrestricto de EEUU y de países europeos como Alemania y Francia. Busca, igualmente, destruir a los países vecinos y, con el apoyo de EEUU y la complicidad vergonzante de los países árabes, someter Oriente Medio y Próximo a los dictados del sionismo y de EEUU. Hagan memoria sobre el destino del llamado “eje de resistencia” al sionismo. Egipto, vendido a EEUU y Arabia Saudita por 1.500 millones de dólares anuales. Iraq, Libia y Siria destruidos por ataques armados y operaciones secretas, hasta el colapso de esos Estados. Del “eje de resistencia” sólo que Irán como Estado y los movimientos que apoya.  

Desde su fundación, en 1948, el Estado sionista no ha cesado de ocupar territorio palestino y no cesará de hacerlo. La nueva invasión de Líbano y la pretensión de crear una ‘franja de seguridad’ vaciándola de libaneses busca -aunque no lo digan- crear condiciones para anexionarse dicha franja, como hicieron con los Altos del Golán. Detrás de todo eso está el delirio nazionista de establecer un -imposible- ’Gran Israel’ invadiendo el vecindario. Quien quiera creer lo contrario o se engaña o no entiende. 

En el otro lado se encuentran el pueblo palestino, Irán y los movimientos afines. Todos ellos defienden la creación de un Estado palestino y el fin del régimen sionista. No hay forma, en las presentes -y futuras- circunstancias, de encontrar arreglo a esa contradicción, que se ha agudizado al extremo tras el genocidio y destrucción de Gaza. 

Lo que se pueda firmar como ‘acuerdo de paz’ entre Irán y EEUU será más una tregua que un acuerdo real. Prueba de ello es que Trump ha ordenado la construcción de miles de misiles THAAD y Tomahawk, entre otros, para suplir los empleados en la agresión contra Irán. Además, está solicitando triplicar su cantidad, tanto para surtir de misiles suficientes al Estado sionista, como para llenar los arsenales de EEUU. En dos años, como máximo, según calculan expertos, EEUU dispondría de un arsenal enorme. En otras palabras, ganado tiempo, EEUU estaría en mejores condiciones para intentar destruir Irán, destruyendo lo que crean que deban destruir para alcanzar ese objetivo. Quien crea que EEUU busca un acuerdo real con Irán ignora lo que es EEUU y, peor aún, desconoce, voluntaria o idiotamente, el peso del lobby sionista/evangélico ahí.

El Ejército de EEUU ha solicitado 745,7 millones de dólares para adquirir 96 sistemas lanzacohetes múltiples Himars, multiplicando por doce la financiación inicial, según los documentos presupuestarios del Pentágono. Según esos documentos, para el año fiscal 2026, que finaliza el 30 de septiembre, había destinados únicamente 61,5 millones de dólares, para adquirir sólo seis unidades. Ahora, el Ejército quiere ampliar las reservas de Himars hasta las 617 unidades. Hay que retroceder a 2023 para encontrar una cantidad similar. Ese año se destinaron 672 millones de dólares a los Himars, incluidos 516 millones para reponer los sistemas transferidos al régimen ukronazi. El Pentágono también tiene solicitados 2.700 millones de dólares para lanzadores terrestres MRC, usados por los misiles Tomahawk y SM-6. En suma, EEUU prepara otra guerra, y no será para ocupar Groenlandia ni contra Rusia. Su destino más seguro es Irán.

Tres factores han sido determinantes para que EEUU haya buscado un alto al fuego. El primero fue el agotamiento de sus arsenales, ante la inesperada resistencia de Irán. El 23 de abril, según una última evaluación publicada por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), el ejército de EEUU “agotó sus reservas de misiles críticos hasta niveles peligrosos durante la guerra de siete semanas contra Irán, lo que generó un riesgo a corto plazo que podría dejar al país vulnerable”. Si los agresores hubieran dispuesto de armamento suficiente, la guerra habría continuado. 

El segundo factor es el económico. El cierre del estrecho de Ormuz y los ataques -merecidos- de Irán a la infraestructura energética de los países del golfo, estaban desencadenando una crisis energética que, en primer lugar, se iba a llevar por delante a los principales aliados de EEUU, es decir a la Europa atlantista, Japón y Corea del Sur. El rechazo atlantista a apoyar la agresión yanqui/sionista contra Irán tenía una profunda razón económica. Si la guerra hubiera continuado, la crisis energética habría podido desatar una crisis en una mayoría de economías del mundo, pero, en primer término, entre los aliados de EEUU. La prórroga del cese al fuego es respuesta a la agonía económica y al ahogo financiero de las petromonarquías. El 19 abril pasado, Emiratos Árabes Unidos inició conversaciones con EEUU para obtener respaldo financiero, según informara el diario Wall Street Journal. Y la crisis apenas comienza, pues desde el inicio de la agresión contra Irán la fuga de capitales y empresas ha sido cotidiana.

El tercer factor es la insospechada resistencia de Irán y su asombroso arsenal misilístico. Podría ocurrir que la capacidad militar demostrada de Irán sea el detonante de una tercera -y casi definitiva- agresión contra este país. Vamos a explicarnos. El Estado genocida sionista ha sufrido en vivo y directo el poder militar y tecnológico de Irán, cuyos misiles causaron daños terribles a entidad sionista. Sería ingenuo no pensar que el poder iraní no ha causado una preocupación existencial entre los sionistas. Tendrán ya considerado que, si Irán, con todo y las enormes sanciones que ha sufrido, ha podido desarrollar el poderoso armamento del que ha hecho gala, ¿qué no podría desarrollar con una economía reconstruida y con apoyo de Rusia, China y Corea del Norte? La paz beneficiaría grandemente a Irán, pero sería fatal para el ente sionista. Si destruir Irán ha sido objetivo de dicho ente, tras el fracaso de la agresión, pasará a ser objetivo esencial. No se detendrá hasta lograr que EEUU lance un tercer y aniquilador ataque contra Irán. 

Si en Irán entienden la hondura del juego, el único medio de garantizar su sobrevivencia sería desarrollando como sea el arma nuclear. Porque, así como Irán ha demostrado su fuerza y resiliencia, esa fuerza y resiliencia habrá multiplicado el temor, en el ente sionista, a un Irán cada día más potente económica, militar y tecnológicamente. De esa guisa, una tercera agresión estaría cantada, y esta vez en manada, de forma similar a lo que le ocurrió al Iraq de Sadam Husein. EEUU y el ente sionista no irían solos. En esa tercera agresión, no lo duden, participarían la OTAN, las petromonarquías del golfo Pérsico y todos los títeres que EEUU pueda arrastrar, al estilo Afganistán.

Desde esa perspectiva adquiere tu verdadero sentido la exigencia de EEUU y el ente sionista, de pretender despojar a Irán de todas, absolutamente todas, sus reservas de uranio enriquecido. Sólo privando a Irán de dicho uranio se garantizaría que Irán quede imposibilitado de desarrollar un arma nuclear y -asegurada esta imposibilidad-, podrían EEUU y su cohorte planificar una tercera y definitiva guerra de agresión, para aniquilar de raíz a la república islámica y desmantelar Irán como país, dividiéndolo a su antojo. En Irán parece que lo están entendiendo. Así, el presidente Pezeshkian defendió que ningún actor externo tiene derecho a privar al país de sus derechos nucleares. El 26 de abril, se filtró la última propuesta de Irán a EEUU: reabrir el estrecho de Ormuz y poner fin a la guerra y posponer para una etapa posterior las negociaciones nucleares. Nos dejaría sorprendidos que EEUU pueda aceptar esa propuesta, pues la idea de EEUU (mejor dicho, del ente sionista) es lo opuesto: el uranio enriquecido a cambio de ¿paz? Recuerden Libia. Gadafi, para agradar a Occidente, se desarmó. ¿Qué pasó luego?…

El destino del uranio enriquecido es el nudo de la cuestión y la posición de EEUU sobre este tema será la señal de lo que piense a futuro. Si insiste a muerte en que Irán entregue su uranio, es porque está considerando un tercer y definitivo ataque. Si opta por una posición más sensata y aceptable para Irán, es que la posibilidad de este tercer ataque se aleja. Por demás, si algo demostró Irán en la guerra impuesta por el eje gringo/sionista es que dispone de tecnología suficiente para fabricar misiles capaces de ser dotados de ojivas nucleares. Dicho de otra forma, Irán ha demostrado que posee la tecnología necesaria para fabricar misiles de largo y medio alcance con capacidades múltiples. Disponiendo de uranio enriquecido suficiente, estaría en capacidad de fabricar en meses ojivas nucleares. En caso de necesitar una mano amiga, ahí está Corea del Norte, cuyos ingenieros enseñaron a los iraníes cómo se construyen fortalezas subterráneas.

Por último, señalamos que la agresión contra Irán puede entenderse como un ensayo de la casi inevitable guerra entre EEUU y China (y Rusia) por el control del Pacífico. Pero ese es otro tema, para otro día calendario. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Alemania vuelve a las andadas


Rafael Poch de Feliu

Publicado el  / Por 


Alemania no parece tener remedio. Vuelve a las andadas. La estúpida arrogancia de sus políticos está en línea con la de sus padres y abuelos derrotados en Stalingrado. Vuelven a armarse y proclaman su objetivo de “volver a contar con el ejército más poderoso de Europa”. La frase provoca escalofríos. No por la amenaza de un nuevo Hitler, sino por la imbecilidad que transmite a cualquiera que tenga una mínima memoria histórica.

La simple realidad es que Alemania volvió a las andadas en cuanto el país recuperó su soberanía en octubre de 1990. Diecinueve meses después de su reunificación nacional, un generoso regalo de la URSS de Mijail Gorbachov, ya utilizaron sus fuerzas armadas por primera vez desde Hitler contra un pueblo, el serbio, cuya guerrilla había sido la primera en combatir a los nazis en los Balcanes medio siglo antes, y volvían a apoyar los antiguos aliados de los nazis en la región, croatas y musulmanes bosnios, en su esfuerzo por disolver Yugoslavia, un país que diarios como el Frankfurter Allgemeine Zeitung, y Die Welt, así como el semanario Der Spiegel, consideraban una “creación artificial”. Para eso, el ministro de exteriores verde Josef Fischer tuvo que comparar a “los serbios” con los nazis y al conflicto de Kosovo con Auschwitz, comparaciones monstruosas “especialmente en boca de un alemán”, según el General Heinz Loquai, uno de los raros militares alemanes que criticó aquello.

Como apuntó Diana Johnstone, autora de uno de los mejores libros sobre la intervención militar occidental contra Yugoslavia, (Fool´s Crussade, 2002); “Lo que ocurrió en Alemania fue una extraña especie de transferencia masiva de la identidad nazi, y de la culpa, hacia los serbios. Quizás esto proporcionó a los alemanes una reconfortante sensación de alivio al sentirse inocentes, e incluso héroes, frente a un nuevo pueblo “criminal”, los serbios. Condenar el “genocidio serbio” parecía proporcionar la clave psicológica para superar el pasado nazi de Alemania con el fin de volver a ser una gran potencia “normal”, capaz de proyectar su poderío militar en el extranjero”.

Más de veinte años después de aquello, el marco de ese sicoanálisis se amplia exponencialmente. Rusia, que cuando era URSS fue asolada en una guerra alemana de exterminio con millones de víctimas civiles, ha vuelto a ser oficialmente declarada enemiga en la doctrina militar alemana. Hay una creciente presencia militar germana en las repúblicas bálticas, especialmente en Lituania, donde periódicamente se realizan maniobras contra Rusia. Los tanques “Leopard” marchan en Ucrania sobre las roderas de sus antepasados “Tiger” y “Panther”. Los hijos y nietos de los derrotados en Stalingrado no se avergüenzan por ello, ni muestran complejo alguno. Al mismo tiempo, vuelven a situarse en el campo genocida, apoyando ciegamente la masacre israelí en Gaza y la guerra contra Irán. “Israel hace el trabajo sucio por todos nosotros”, dice su energúmeno canciller, mientras su policía reprime, como en ninguna otro lugar de la Europa parda, cualquier manifestación de solidaridad con las víctimas.

En 2025 Europa, la Unión Europea más Inglaterra, gastó en 559.000 millones de dólares en sus fuerzas amadas, es decir casi tres veces lo que gasta Rusia (190.000 millones), según el Instituto de investigaciones de la paz de Estocolmo (SIPRI). Rusia es el tercer país del mundo que más gasta, seguido de Alemania, que ocupaba el quinto puesto en 2024. Y subiendo.

El 14 de abril, durante la visita de Zelensky a Berlín, el Canciller Merz declaró a Ucrania “socio estratégico” de Alemania. Sumando el gasto militar alemán con el ucraniano, la suma ya supera el gasto militar ruso. ¿El eje Berlín Kiev, embrión del ejército europeo, como dice Manolo Monereo?. Desde este año, “Ucrania será nuestro socio bilateral más importante”, ha dicho Merz, al anunciar ayudas a Kiev en materia de defensa antiaérea, armas de largo alcance, drones y munición de artillería. Mientras en el The Wall Street Journal constatan que “Ucrania es ahora la guerra de Europa”, muchos se preguntan si el país no es ya un protectorado alemán. Es la cuarta vez en 150 años que el conflicto entre regiones ucranianas – rusófilas las del Este y rusófobas las del oeste (Galizia) – degenera en guerra exacerbada por la intervención de potencias extranjeras que buscan utilizar al país en su provecho. Ocurrió durante la primera y segunda guerra mundial, durante la guerra civil después del Maidán de 2014 y tras la invasión rusa de 2022. El nacionalismo ucraniano, también vuelve a tropezar con la misma piedra, y en esa piedra siempre figura Alemania…

En cualquier caso, el objetivo de la última partida de 90.000 millones de euros otorgados a Ucrania por la UE es mantener la maltrecha capacidad militar ucraniana dos años más y prepararse mientras tanto para una gran guerra contra Rusia en Europa. Una guerra que pueda librarse, incluso si Estados Unidos no participa en ella. El máximo militar jefe del ejército belga, Frederik Vansina, lo acaba de dejar claro al decir que aún les falta varios años para adquirir la capacidad necesaria y que mientras tanto se alimenta a Ucrania para que mantenga el frente. En Moscú se suceden los comentarios belicosos sobre la necesidad de romperle los dientes a esa Alemania antes de que su delirio revanchista y militarista vaya a mayores.

La simple realidad es que todo aquello de la Vergangenheitsbewältigung, la confrontación responsable con el pasado, y el Schuldkomplex, el auto cuestionamiento por la culpa de los crímenes de la nación durante los doce años de su régimen nazi, fue una comedia de posguerra a la que se puso fin en cuanto el país recuperó su soberanía en octubre de 1990. ¿Cómo sino se explica lo que se está gestando?

(Publicado en Ctxt)

 

Fuente: Rafael Poch de Feliu 

lunes, 11 de mayo de 2026

La mano invisible y el apagón eléctrico de 2025

 
ESTADO ESPAÑOL :: 30/04/2026

ALBINO PRADA

El actual sistema marginalista en un "mercado" oligopólico genera efectos catastróficos para la sociedad y los consumidores

El día 28 de este mes de abril se cumplió un año del gran apagón eléctrico que paralizó España. Casi coincidiendo con este aniversario la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) hizo públicos un conjunto de expedientes sancionadores a empresas del oligopolio (Naturgy, Iberdrola, Endesa, Repsol,…) así como al regulador del sistema (Red Eléctrica Española, Redeia-REE).

Aún no es posible conocer en detalle dichos expedientes pero todo apunta a que las empresas por activa (desconectando tecnologías renovables) o por pasiva (no aportando otras de respaldo como el gas) y con la anuencia de REE (80% de capital no público) configuraron las condiciones para que el apagón se produjese.

Una combinación que pone una vez más de manifiesto que con la electricidad es una ficción pretender crear un mercado competitivo real, que el sistema marginalista de fijación de precios (subasta diaria previa y entrada en tiempo real para equilibrar el sistema) es una bomba especulativa explosiva y que REE (como le sucede al Banco de España con la AEB) está capturada por aquellos que se supone debe regular.

Tiempo habrá de analizar las otras piezas de esta mano invisible cuando se conozcan dichos expedientes pero ya de entrada es muy clarificador analizar los precedentes sobre las maniobras empresariales con la energía de respaldo que son los ciclos combinados de gas para estabilizar y dar seguridad al sistema. Ya hace un año analicé aquí que el día del apagón estos ciclos portaban solo el 3 % del mix eléctrico, cuando la media anual era del 14 %… y en la actualidad durante lo que llevamos de este mes de abril se ha situado en el 10 % al 20 %. Pareciera que se ha tomado nota de la "lección" del apagón.

Lo digo porque ya hubo situaciones anteriores en las que las empresas generadoras con gas natural dejaron claras sus maniobras en relación a los precios marginalistas que Redeia-REE establecía en la subasta diaria previa, en relación a los que podrían obtenerse al día siguiente de hacerse necesaria la entrada de los ciclos combinados para estabilizar el sistema. Citaré aquí dos ejemplos relacionados con la empresa Naturgy primero en Cataluña y luego en Galicia.

Se trata de expedientes de la CNMC que dieron lugar a sanciones e incluso a fallos de la Audiencia Nacional tras recursos de la empresa. Aunque lo de menos sean las sanciones (ya que es más que probable que en otras ocasiones no hayan sido denunciadas o conocidas estas prácticas). Siendo lo más importante observar un comportamiento de no entrar en el mercado en la subasta de hoy manifestando que no le es rentable (aún siéndolo)… porque se espera y "confía" en ser reclamado al día siguiente (a un precio superior). Una estrategia de entrada en "el mercado" que explicaría que el día 28 de abril del pasado año los ciclos estuviesen casi ausentes sin que Redeia-REE pudiese evitar que así fuese.

Veamos más en concreto estos dos precedentes. El primero se concreta finalmente en una Resolución de la Audiencia Nacional (14/3/2024) sobre el expediente CNMC (14/5/2019), en relación a hechos relativos a los años 2016 y 2017 en Cataluña y otras regiones (expediente semejante a los actuales 031/26 y 032/26 sobre Naturgy ciclos combinados). Lo que sigue son citas de la Resolución final de la Audiencia Nacional:

"Como resultado de la conducta de Naturgy Generación, sus centrales fueron requeridas por el operador del sistema en el proceso de resolución de restricciones técnicas[1] en una serie de días en los que podrían haber resultado despachadas en el mercado diario. De dicho comportamiento, la empresa ha obtenido un beneficio mínimo de 13.006.934 euros… Por lo tanto, ha quedado establecido que la oferta de precios realizada por la recurrente era anormalmente alta, y trajo como consecuencia la aplicación del sistema de restricciones, que supuso un incremento del precio en favor de la recurrente... la conducta se califica de dolosa, y ocasiona un claro perjuicio al mercado al suponer el incremento del precio del mercado diario... En el presente caso concurren las circunstancias de la forma de participación en la infracción, la manifiesta intencionalidad en su comisión (es una conducta que se prolongó durante casi cuatro meses) y el beneficio obtenido en la misma".

En el expediente previo de la CNMC ya se afirmaba que:

"Como resultado de la conducta de Naturgy Generación, sus centrales fueron requeridas por el operador del sistema en el proceso de resolución de restricciones técnicas en una serie de días en los que podrían haber resultado despachadas en el mercado diario. De dicho comportamiento, la empresa ha obtenido un beneficio mínimo de 13.006.934 euros … Pues bien, en todas las citadas zonas ha sido necesaria la programación por restricciones técnicas de alguna central para mantener la seguridad del sistema, durante todos y cada uno de los días del periodo analizado, tal y como se ha indicado en el Hecho probado sexto. Como consecuencia de ello, las empresas titulares de las instalaciones situadas en la zona conocen previamente que, si sus centrales no resultan programadas en el mercado diario como resultado de la casación de sus ofertas, existe una alta probabilidad de que sean llamadas para su programación por restricciones técnicas. Todo ello determinó un incremento del precio del mercado diario estimado en torno a los 7 euros/MWh y con el objetivo único de beneficiar a las centrales inframarginales del sujeto infractor. Por tanto, se trataba de una estrategia de manipulación conjunta de la empresa a través de las diferentes unidades implicadas con el objetivo de alterar el precio del mercado para beneficio de la propia empresa y no de las propias unidades objeto de sanción".

De manera que (la Audiencia Nacional hace suyo el relato de la CNMC) se trata de no entrar al precio de la subasta diaria previa (ver serie en verde) y sí hacerlo cuando REE se vea obligada a reclamar la entrada por "restricciones técnicas" de seguridad del sistema[2] (observar la serie roja). Tal como se recoge en un gráfico para una de estas centrales.

Para la misma empresa para acabar citaré otro expediente posterior en centrales de gas de Galicia. Se trata del expediente 019/22 de la CNMC (20 julio 2023) sobre prácticas observadas en los años 2019 y 2020 (al parecer semejantes al actual 033/26 contra Naturgy de ciclos combinados). De nuevo traslado citas textuales:

"Partiendo del conocimiento de la situación de seguridad de suministro en la zona de Galicia y de la alta probabilidad de ser despachado para resolver las restricciones técnicas de esa zona, Naturgy Generación adopta una estrategia de ofertas consciente y deliberada, basada en la realización de ofertas a precios excesivos, orientada a lograr un beneficio en el mercado de restricciones técnicas... Naturgy Generación obtiene un beneficio de 43,2 millones de euros. Atendidas las anteriores circunstancias se considera oportuno imponer la multa de seis millones de euros, que fue propuesta por la Dirección de Energía.

La estrategia desarrollada con Sabón 3 le ha permitido a Naturgy Generación la obtención de un beneficio extraordinario estimado en 43,2 millones de euros, tal y como se muestra en el Hecho Probado Cuarto. Este beneficio ha supuesto un incremento, en igual cuantía, del coste que ha representado el proceso de restricciones técnicas para la demanda -esto es, para los comercializadores que compran la energía en el mercado para suministrar a los consumidores de electricidad o para los grandes consumidores que compran directamente en el mercado -, durante el periodo de estudio".

De barros como estos -pura magia- vendrán pasado el tiempo los lodos del apagón del mes de abril del pasado año. Sobre todo si a estas maniobras de los ciclos combinados añadimos las que se hagan con las centrales nucleares[3] (también ahora con expedientes abiertos por la CNMC) y con la anuencia de Redeia-REE. Habrá que seguir, con paciencia, el largo camino de estos expedientes.

Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que en la coyuntura actual de encarecimiento galopante del gas natural importado (por los conflictos internacionales abiertos por EEUU y el régimen sionista) el hecho de que los ciclos combinados con esta energía sean los que cierran el mecanismo marginalista de fijación de precios de la electricidad vuelve a conformar una amenaza inflacionista de primer orden. Sobre todo cuando reparamos en las maniobras realizadas por las empresas del sector con esta tecnología tal como aquí he revisado. Porque el actual sistema marginalista en un "mercado" oligopólico genera efectos catastróficos para la sociedad y los consumidores.

----

[1] Entran a muy corto plazo a precios más altos que si ofertaran su producción el día anterior en el mercado diario

[2] Una mutación de este comportamiento -anclado en el sistema marginalista- es el que anima la actual ola de centrales de bombeo hidroeléctrico; porque más allá de su lógica de almacén energético se trata de cambiar agua de altura para aprovechar las oscilaciones de los precios del sistema. Autoconsumo cuando el precio es bajo y entrada en el mercado cuando es alto. Nótese que la misma empresa suele disponer de ciclos de gas y centrales hidráulicas. Pura magia.

[3] En argot técnico-jurídico: la CNMC estaría evaluando una posible negligencia en la respuesta técnica de las plantas durante la crisis.

Sinpermiso


Texto completo en: https://www.lahaine.org/est_espanol.php/la-mano-invisible-y-el-apagon-electrico

Venezuela: Dialéctica de la inversión extranjera y la soberanía


VENEZUELA :: 30/04/2026

MISIONVERDAD.COM

Desde el 3 de enero de 2026 Venezuela ha desplegado una estrategia jurídico-económica que busca reactivar sus sectores primarios sin ceder soberanía

La reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos y la promulgación de la Ley Orgánica de Minas, ambas aprobadas en el primer cuatrimestre del año, representan el núcleo de un diseño estatal que articula la atracción de capital extranjero con la defensa de los recursos nacionales, en sintonía con la Ley Antibloqueo de 2020 y en respuesta a un complejo escenario de sanciones estadounidenses.

Leyes de Hidrocarburos y de Minas: Novedades y avances

La reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, aprobada por unanimidad en la Asamblea Nacional (AN) en enero de 2026, incorpora mecanismos probados bajo la Ley Antibloqueo, particularmente los Contratos de Participación Productiva (CPP). Según declaró la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, estos instrumentos permitieron que un campo que producía 23 mil barriles diarios en abril de 2024 alcanzara 110 mil barriles en diciembre de 2025. La nueva normativa mantiene la propiedad estatal de los yacimientos, pero flexibiliza los esquemas contractuales para operadores privados, lo cual reduce la participación obligatoria de Petróleos de Venezuela (PDVSA) y habilita arbitraje internacional para resolver disputas, elemento clave en favor de inversores extranjeros.

El instrumento legal abandona la prohibición de las concesiones perpetuas para permitir asociaciones público-privadas más flexibles. Según análisis del economista Asdrúbal Oliveros, esta reforma es "el cambio más relevante desde la nacionalización de 1976". La norma permite a PDVSA ofrecer "incentivos especiales" en el cálculo de la regalía y la carga impositiva, siempre que los contratos se enmarquen en las figuras de la Ley Antibloqueo.

Paralelamente, la Ley Orgánica de Minas, promulgada el 16 de abril de 2026, establece un régimen de concesiones de hasta 30 años, renovables por 20 adicionales, para la explotación de oro, coltán y minerales críticos. La norma crea una Superintendencia de Actividad Minera y fija regalías de hasta 13% sobre el valor comercial, lo que busca formalizar un sector históricamente dominado por la extracción informal. Además, el texto incluye "cláusulas de protección a la inversión" y permite que los contratos se rijan por derecho extranjero en casos de disputas comerciales.

El diputado Jorge Rodríguez, presidente de la AN, enfatizó que el marco legal busca ser "atractivo, seguro y profundamente venezolano", reconociendo propuestas de empresas como Repsol sin ceder autonomía legislativa frente a presiones externas.

Ambas leyes se enmarcan en la Ley Constitucional Antibloqueo, aprobada en octubre de 2020, que otorgó al Ejecutivo facultades excepcionales para "inaplicar" normas que obstaculizaran la recuperación económica bajo sanciones. Analistas señalan que este instrumento, que permitió la firma de 29 CPP, hoy sirve de base para la reforma permanente del sector hidrocarburos.

La válvula de las licencias estadounidenses

La estrategia venezolana opera en tensión con el régimen sancionatorio de Estados Unidos. Entre enero y marzo pasados, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) emitió licencias generales (46A, 47, 48, 49 y 50A) que autorizan transacciones específicas con el sector energético venezolano. La 46A permite a empresas estadounidenses establecidas comercializar petróleo venezolano; la 47 autoriza la venta de diluyentes; la 48 habilita servicios para exploración y producción; y la 50A otorga márgenes operativos ampliados a petroleras como Chevron, BP y Repsol.

Estas autorizaciones facilitan aspectos operativos y financieros --como el acceso a diluyentes, tecnología y mercados-- pero mantienen intactas las sanciones estructurales contra el Estado venezolano.

Para el sector minero, en marzo pasado, la OFAC fue más allá con las licencias 51A, 54 y 55, que autorizan explícitamente transacciones con el sector de minerales venezolano, incluido el oro, aunque prohíben tajantemente la formación de nuevas empresas mixtas con actores rusos, chinos o iraníes.

El vicepresidente de la AN, Pedro Infante, reconoció la dualidad de la situación al denunciar la persistencia de 1 081 Medidas Coercitivas Unilaterales impuestas contra el país y agregó que "un Estado soberano no debería depender de autorizaciones externas para manejar sus recursos". Aun así, admitió que son "la vía obligatoria para asegurar ingresos". De hecho, las licencias 56 y 57 (abril 2026) permitieron el desbloqueo del sistema bancario público --Banco Central de Venezuela (BCV), Banco de Venezuela, entre otros--, lo que facilita las cámaras compensatorias en dólares para que las empresas privadas puedan cobrar, aunque bajo la atenta mirada del Tesoro estadounidense.

Un análisis de Holland & Knight señala que las licencias "reducen la participación obligatoria de PDVSA" y "formalizan mecanismos de arbitraje internacional", lo cual proporciona seguridad jurídica para el capital extranjero pero bajo estrictos requisitos de reporte y cumplimiento de la legislación estadounidense. Esta dualidad refleja una política de "alivio condicionado" en la que Washington permite cierta reactivación productiva sin levantar el cerco financiero global.

La Ley Antibloqueo funciona como contrapeso interno al permitir al Ejecutivo venezolano establecer estructuras contractuales que sorteen restricciones externas. No obstante, expertos advierten que la dependencia de licencias temporales genera incertidumbre para inversiones de largo plazo y esto limita el alcance de la recuperación sectorial.

¿Perspectivas de avance tenso?

El desempeño macroeconómico reciente ofrece un escenario mixto. Según datos del BCV, el PIB creció 23% en el primer trimestre de 2026, con lo cual acumula 20 trimestres consecutivos de expansión. Sin embargo, la inflación alcanzó 71,8% en el mismo período, cifra que evidencia presiones persistentes sobre los precios. La proyección oficial anticipa un aumento de 55% en la inversión petrolera para 2026, pasando de 900 millones de dólares en 2025 a 1 400 millones, impulsada por la participación privada.

La reincorporación de Venezuela al Fondo Monetario Internacional, anunciada por la Presidenta encargada, representa un hito en la normalización financiera, aunque la mandataria aclaró que no está previsto un programa de endeudamiento con el organismo. Este movimiento, junto con la estabilización cambiaria derivada de subastas de divisas y el ingreso de recursos por exportaciones petroleras, busca contener presiones inflacionarias mientras se reactiva la capacidad productiva.

Las proyecciones indican que, aunque el PIB se recupera, el nivel sigue estando muy por debajo de los picos de 2012. Sin embargo, se espera que la flexibilización de las leyes de hidrocarburos permita elevar la producción de crudo a 1,5 millones de barriles diarios para finales de 2026, un aumento sustancial que aliviaría el cepo cambiario. Según Conindustria, este esquema híbrido podría inyectar hasta 6 000 millones de dólares en liquidez al sistema bancario nacional durante 2026, aunque siempre bajo el riesgo de que una administración estadounidense --la actual o una nueva-- revierta las licencias.

El equilibrio que persigue el Estado venezolano radica en utilizar herramientas legales soberanas --Ley Antibloqueo, reformas sectoriales-- para atraer inversión extranjera sin renunciar al control estratégico de los recursos. Como afirmó Jorge Rodríguez, "nadie va a venir a poner su dinero si no tiene las suficientes garantías", pero el marco debe ser "profundamente venezolano". En un contexto de bloqueo persistente, esta estrategia representa un intento de recuperar ingresos nacionales afectados por sanciones, mientras se preserva la autonomía decisional frente a condicionamientos externos.

La efectividad de este modelo dependerá de la capacidad para traducir el crecimiento macroeconómico en mejoras sostenibles para la población, reducir la inflación y consolidar un entorno institucional que combine seguridad jurídica para inversores con transparencia y rendición de cuentas.

Las leyes de Hidrocarburos y Minas, articuladas con la Ley Antibloqueo y en diálogo tenso con las licencias de OFAC, constituyen piezas centrales de este desafío histórico y una realidad geopolítica en las que la soberanía legal y la dependencia financiera conviven de manera tensa pero funcional.


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/venezuela-dialectica-de-la-inversion-extranjera-y 

domingo, 10 de mayo de 2026

El Sr. Araghchi va a Moscú


ASIA, EE.UU., MEDIO ORIENTE :: 01/05/2026

PEPE ESCOBAR

¿Quién tiene realmente las cartas? Teherán ha dado un paso crucial. Basta ya de seguir la retorcida agenda del Imperio de la Piratería. El modelo de negociación anterior ha muerto

Hablamos de una entrada cargada de significado. El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, emprendió una gira diplomática de gran importancia a Islamabad, Mascate y San Petersburgo a bordo del vuelo «Minab 168» de Meraj Airlines.

En memoria, por supuesto, de las 168 colegialas de Minab asesinadas por el Imperio del Caos, la Mentira, el Saqueo y la Piratería.

Antes de emprender su viaje, Araghchi fue directo al grano:

Había pasado algún tiempo desde las últimas reuniones con Rusia. Aprovechamos la oportunidad actual para mantener consultas con nuestros amigos rusos sobre los acontecimientos relacionados con la guerra. Esta coordinación será importante.

Araghchi explicó la importancia de revisar las negociaciones en Pakistán y “en qué condiciones podrían continuar esas negociaciones”. Las conversaciones en Omán “conducirán a una mayor expansión de las relaciones con los vecinos, especialmente en las regiones meridionales del Golfo Pérsico”.

En cuanto al estrecho de Ormuz, también eran necesarias las consultas con Omán… Compartimos muchos puntos de vista comunes con Omán, y se acordó que las discusiones continuarían a nivel de expertos.

Araghchi, en San Petersburgo, no solo se reunió con su homólogo, el gran maestro Serguéi Lavrov, como dictaba el protocolo. Él y su pequeña delegación fueron recibidos personalmente por el presidente Putin.

Con un discurso sumamente elegante y afilado como una daga, Putin resumió todo el «nuevo juego» generado por la guerra contra Irán.

Tres puntos absolutamente clave:

1. Respeto al líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jamenei:

“Me gustaría señalar al comienzo de la conversación que la semana pasada recibí un mensaje del Líder Supremo de Irán. Me gustaría pedirle que le transmita mis más sinceras palabras de gratitud por ello y que le confirme que Rusia, al igual que Irán, tiene la intención de continuar nuestras relaciones estratégicas. Por favor, transmita al Líder Supremo palabras de gratitud por este mensaje y mis mejores deseos de salud y bienestar”.

2. La lucha de Irán gira en torno a la independencia y la soberanía:

“Vemos con qué valentía y heroísmo lucha el pueblo de Irán por su independencia y soberanía. Por supuesto, esperamos sinceramente que, apoyándose en esta valentía y luchando por la independencia, el pueblo iraní, bajo el liderazgo de su nuevo líder, supere este difícil período de pruebas y vea prevalecer la paz”.

3. Rusia está totalmente comprometida:

“Por nuestra parte, haremos todo lo que redunde en beneficio de sus intereses y de los intereses de todos los pueblos de la región para garantizar que se alcance esta paz lo antes posible. Ustedes conocen bien nuestra postura”.

Araghchi, por su parte, confirmó que Irán y Rusia mantienen una «asociación estratégica al más alto nivel». Además,

también ha quedado demostrado ante todos que Irán cuenta con amigos y aliados como la Federación Rusa, que en los momentos difíciles se mantienen al lado de Irán. Les estamos agradecidos por sus posiciones firmes y decididas en apoyo de la República Islámica de Irán.

Decir que el Imperio de la Piratería tendrá mucho en qué pensar es, por supuesto, el eufemismo del siglo.

Dando la vuelta al juego

La Gran Gira de Araghchi dio la vuelta al juego de varias maneras. Para empezar, Irán entregó una serie de notas contundentes a los mediadores pakistaníes, que, en teoría, deberían llegar a los estadounidenses.

Las cuestiones clave:

Énfasis en los 10 puntos y compromiso total con todos ellos.

Irán solo está dispuesto a una negociación racional y justa.

EEUU no tiene derecho a establecer líneas rojas.

Irán no cederá ante los excesos de EEUU (y eso incluye que no habrá bloqueo naval).

Pakistán debe mantenerse absolutamente neutral.

Pero eso fue solo el comienzo. Posteriormente, Teherán entregó a los mediadores pakistaníes un plan de tres fases para todo lo que suceda a partir de ahora.

La primera fase de las negociaciones debe centrarse en poner fin a la guerra —de una vez por todas— y en obtener garantías serias, tal y como las apruebe el Consejo de Seguridad de la ONU.

La segunda fase debe abordar la gestión del estrecho de Ormuz tras el fin de la guerra.

Solo en la tercera fase debe abordarse el expediente nuclear iraní.

Lo que esto significa es que, a partir de ahora, Teherán ya no negociará sobre el programa nuclear —en absoluto—. Lo que importa es poner fin a la guerra; el alivio de las sanciones; las modalidades de la indemnización; y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense.

El expediente nuclear “podría abordarse más adelante en un acuerdo separado” —y solo una vez que la guerra haya terminado (cursiva mía).

Obsérvese el choque frontal con el Imperio de la Piratería, ya que Trump insiste en que el expediente nuclear es “el único punto que realmente importaba”.

Irán lo ha retirado ahora del tablero de ajedrez. Trump se mantiene inflexible: no habrá fin a la guerra sin un acuerdo nuclear. Teherán establece ahora que no habrá debate nuclear hasta que termine la guerra.

¿Quién podría salvar esta brecha? Entra Rusia.

Y eso sin duda se habrá discutido en San Petersburgo por la «asociación estratégica al más alto nivel». Si Trump estará dispuesto a escuchar a Putin es otra historia.

El modelo de negociación anterior ha muerto

Ahora, una vez más, ¿quién tiene realmente las cartas? Teherán ha dado un paso crucial. Basta ya de seguir la retorcida agenda del Imperio de la Piratería. El modelo de negociación anterior ha muerto.

Lo que importa ahora es sumamente estratégico: aprovechar la derrota estratégica de facto que Irán ha infligido a los estadounidenses.

Así que se acabaron las concesiones estratégicas ad infinitum, condicionadas por la proverbial «máxima presión» imperial. Se acabaron las negociaciones de pacotilla bajo asedio.

Ese es el veredicto persa sobre el estilo estadounidense de «diplomacia» —que no es más que una herramienta disuelta en el fuego de la coacción descarada y todo tipo de presiones—. Ahora será el campo de batalla el que dicte las condiciones, así como las nuevas realidades geoeconómicas.

No es de extrañar que el Equipo Trump 2.0 esté furioso. Especialmente porque Moscú es ahora un actor de primera línea con intereses en juego. La arquitectura de los viajes de Araghchi fue letal. A partir de ahora, está claro que ningún acuerdo será posible —ni realista— sin la influencia rusa.

Los bárbaros subestiman a los persas por su cuenta y riesgo. Lo que estamos presenciando ahora es una diplomacia reorganizada en un nuevo entorno de Lego (juego de palabras intencionado).

El Imperio de la Piratería, sean cuales sean sus designios destructivos, se ve ahora obligado a lidiar con el poderoso Irán que está emergiendo de esta guerra.

El anterior ya no existe.

Strategic Culture Foundation / observatoriodetrabajad.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-sr-araghchi-va-a-moscu 

Malí: el «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente

Fuentes: Periodismo Internacional Alternativo (PIA) [Imagen: Assimi Goïta, presidente de Malí]


La ofensiva coordinada entre JNIM y facciones tuaregs que buscó instalar la imagen de un Estado maliense colapsado rápidamente quedó desmontada a pesar de los agoreros analistas del relato “oficial” de la maquinaria occidental.

Lo que sí ocurrió y que muchos analistas decidieron no ver (y/u ocultar), fue una rápida y coordinada respuesta de las fuerzas malienses, que siguen demostrando el camino de ruptura con el viejo esquema de tutela francesa en el que tanto Mali como los otros países de la AES, están dispuestos a llevar adelante más allá de ataques como los de este 25 de abril, dejando al descubierto algo más profundo: no solo se disputa el control del territorio, sino el sentido mismo de lo que ocurre en el Sahel.

Lo cierto es que en las últimas horas del 25 de abril grupos yihadistas y separatistas tuaregs lanzaron una ofensiva coordinada contra Bamako, Kati, Gao y Kidal con un objetivo que excedía lo estrictamente militar: no se trataba únicamente de golpear posiciones del Estado, sino de instalar, en tiempo real, la idea de que el Gobierno de Assimi Goïta había perdido el control del país. Como viene ocurriendo casi sistemáticamente en esta región, aquí no podemos dejar de lado los episodios de finales de 2025 cuando la prensa occidental anunciaba la caída del Gobierno maliense en manos de JNIM por los bloqueos de las rutas de ingreso a Bamako. Este ataque también cumple con esa misma lógica: “la dimensión simbólica del ataque”. Algo que hoy es tan importante como su ejecución sobre el terreno. En el Sahel cada día se ponen en juego las disputa por el relato y el sentido.

Lo que también es cierto y que pocos lo dijeron es que las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), con apoyo de sus aliados y en articulación con redes locales de información, lograron contener y revertir los ataques en cuestión de horas en los principales centros urbanos. Sin embargo, mientras esa respuesta comenzaba a desplegarse, buena parte de la maquinaria mediática internacional ya había comenzado a construir otro desenlace: el de un Estado desbordado, incapaz de sostener el orden interno tras su ruptura con los esquemas tradicionales de seguridad en la región.

Los hechos concretos fueron que en la madrugada del 25 de abril Malí despertó bajo ataque. De manera simultánea, el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM), filial de Al Qaeda en la región, y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), una coalición de grupos separatistas tuaregs, lanzaron operaciones en Bamako, la vecina Kati —donde se encuentra la residencia presidencial— y ciudades estratégicas del norte como Gao, Kidal, Sévaré y Mopti. La ofensiva combinó ataques de alto impacto simbólico, acciones de hostigamiento y una rápida circulación de contenido en redes sociales que amplificó la percepción de descontrol.

En pocas horas, el hecho dejó de ser solamente un episodio militar para convertirse en un fenómeno narrativo. Antes de que existiera un cuadro claro de situación en el terreno ya circulaban versiones que hablaban de ciudades “tomadas”, de infraestructuras críticas bajo ataque y de un Gobierno al borde del colapso. Esa secuencia —primero la interpretación, luego la verificación— no es un detalle menor: es parte constitutiva de cómo se construye hoy el sentido de los conflictos. La cobertura mediática en Occidente y sus voceros locales, esos mismos que sistemáticamente festejan cualquier revés de los Gobiernos soberanos del Sahel, no tardó en calificar la situación como una “junta desbordada” y un “fracaso del apoyo ruso”. Las redes sociales se llenaron de análisis apresurados, analistas de sillón anunciando la caída inminente de Goïta y el fin del experimento anticolonial en Malí.

La rápida respuesta militar maliense

Lejos del colapso anunciado en las primeras horas, la respuesta del Estado maliense comenzó a delinearse con mayor claridad a medida que avanzaba la jornada. El propio ejército confirmó que “grupos armados terroristas” habían atacado posiciones en Bamako y otras ciudades clave, señalando que sus fuerzas estaban “comprometidas en eliminar a los atacantes” y recuperar el control de las zonas afectadas.

Ese dato no es menor. Porque mientras la narrativa inicial hablaba de ciudades caídas y de un Estado desbordado, los propios comunicados oficiales indicaban otra cosa: enfrentamientos activos, despliegue militar y, horas después, la afirmación de que la situación estaba bajo control en los principales puntos estratégicos.

Los ataques, efectivamente, fueron de una magnitud inusual. Se trató de una ofensiva coordinada que alcanzó Bamako, Kati, Gao, Sévaré y Kidal de manera simultánea, algo que incluso fuentes internacionales describieron como uno de los episodios más extensos de los últimos años.

Sin embargo, esa escala no se tradujo automáticamente en control territorial sostenido. Las propias afirmaciones de los grupos atacantes —como la supuesta toma de Kidal o posiciones en Gao— no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo, lo que refuerza la idea de que, junto con la ofensiva militar, se desplegó una operación de impacto comunicacional.

En esa capacidad de respuesta aparece otro elemento que no puede ser soslayado. La actual estrategia de seguridad de Bamako, que incluye cooperación con actores rusos, ha modificado la dinámica operativa respecto de etapas anteriores. La presencia de estos aliados no evitó la ofensiva, pero sí formó parte del dispositivo que permitió contener ataques en puntos sensibles, como la capital y su entorno inmediato, donde incluso se reportó la defensa de instalaciones clave frente al avance de los grupos armados.

Este punto es clave para ordenar el análisis: la ofensiva existió, fue amplia y coordinada, pero no logró consolidar un escenario de colapso estatal inmediato, ni siquiera sostenible del relato. La diferencia entre impacto inicial y resultado efectivo es, precisamente, el espacio donde se construyen las interpretaciones. Para nosotros, no hay tales interpretaciones, como comunicadores comprometidos no podemos hacernos eco de las mismas y solo señalar los sucesos como “información en proceso” o “conflicto en curso” deslindándonos la responsabilidad de dar informaciones concretas.

La batalla por el sentido nos involucra

Si algo dejó en evidencia la secuencia del 25 de abril no fue únicamente la capacidad operativa de los grupos armados o la respuesta del Estado maliense, sino la velocidad con la que se construye una interpretación dominante antes de que los hechos terminen de desarrollarse. En cuestión de horas, la ofensiva ya había sido leída como un síntoma de colapso estatal, incluso cuando los combates seguían en curso y la situación en el terreno estaba lejos de estabilizarse.

Este mecanismo no es nuevo, pero en el Sahel adquiere una intensidad particular. La combinación entre fuentes iniciales poco verificadas, replicación acelerada en redes y una matriz previa de interpretación —que tiende a leer los procesos políticos de la región bajo la lógica del fracaso— produce un efecto concreto: instala percepciones que luego son difíciles de revertir, aun cuando la evolución de los hechos no confirme esos diagnósticos.

Lo ocurrido en Malí encaja con precisión en esa lógica. Las afirmaciones iniciales sobre la “toma” de ciudades como Kidal o Gao circularon con fuerza, pero no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo. Sin embargo ese dato —la falta de confirmación— tuvo mucha menos circulación que la versión original. En otras palabras, la primera narrativa no necesitó ser comprobada para instalarse, le bastó con ser verosímil dentro de un marco ya construido.

Ahí es donde la dimensión mediática del conflicto deja de ser un elemento accesorio para convertirse en un campo de disputa central. No se trata solamente de informar lo que ocurre, sino de definir qué significa lo que ocurre. Y en ese terreno, cada episodio es rápidamente absorbido por lecturas preexistentes: el avance de un grupo armado se convierte en prueba de debilidad estatal, mientras que la capacidad de respuesta del Gobierno es leída como una reacción defensiva, nunca como control efectivo.

Esta asimetría no implica necesariamente una coordinación consciente entre actores mediáticos, pero sí revela un patrón. El Sahel es, desde hace años, un espacio donde se proyectan diagnósticos externos que muchas veces no dialogan con las dinámicas internas. En ese marco, cualquier episodio de violencia tiende a reforzar una narrativa ya instalada: la de Estados incapaces de sostener soberanía sin tutela externa.

Sin embargo, lo ocurrido el 25 de abril introduce matices que esa lectura no logra absorber del todo. Porque si bien la ofensiva mostró la persistencia y capacidad de coordinación de actores armados, también evidenció que el Estado maliense —con todas sus limitaciones— mantiene capacidad de reacción, despliegue y recuperación en plazos relativamente cortos.

La tensión entre esos dos elementos —persistencia de la amenaza y capacidad de respuesta— es la que queda muchas veces eclipsada por la necesidad de encuadrar rápidamente los hechos en categorías cerradas.

Y es en ese punto donde la pregunta deja de ser qué ocurrió en Malí, para pasar a ser cómo se interpreta lo que ocurrió.

JNIM y los tuaregs, la ofensiva local

 “El terrorismo en África no surge del vacío: es la herramienta más eficaz del neocolonialismo contemporáneo.”

Un elemento particularmente relevante de los ataques del 25 de abril fue la coordinación entre el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) y sectores separatistas tuaregs nucleados en el Frente de Liberación de Azawad (FLA). Esta convergencia, que en los hechos se expresó en operaciones simultáneas y objetivos compartidos, no es completamente nueva, pero sí expone con mayor claridad una tensión difícil de encubrir: la coexistencia de agendas que, en términos políticos e ideológicos, responden a lógicas distintas.

Por un lado, JNIM forma parte de una estructura yihadista regional con vínculos históricos con redes asociadas a Al Qaeda, cuyo objetivo no es la autonomía territorial de una región específica, sino la construcción de un orden basado en una interpretación estricta del islam político armado. Su expansión en el Sahel en la última década se ha apoyado tanto en la debilidad estatal como en la capacidad de insertarse en conflictos locales, adaptando su discurso a demandas específicas de cada territorio.

Por otro lado, los movimientos tuaregs —con una larga historia de rebeliones en el norte de Malí— han articulado, con distintas variantes a lo largo del tiempo, reivindicaciones vinculadas a la autonomía, el reconocimiento político y la distribución de recursos en regiones históricamente marginadas por el poder central. Desde las insurrecciones de los años noventa hasta la proclamación del efímero Estado de Azawad en 2012, estas demandas han atravesado procesos de negociación, fragmentación y cooptación.

La articulación entre ambos actores no surge, entonces, de una identidad política compartida, sino de una lógica táctica. Frente a un escenario en el que ninguna de las partes logra imponerse de manera individual sobre el Estado maliense, la convergencia permite amplificar la capacidad operativa, coordinar ataques y generar impacto simultáneo en distintos puntos del territorio.

Sin embargo, esa misma alianza contiene su propia debilidad. La superposición de agendas —religiosa en un caso, territorial en el otro— limita la posibilidad de construir una base política homogénea y sostenida en el tiempo. De hecho, en experiencias anteriores, la convivencia entre grupos yihadistas y movimientos tuaregs derivó en tensiones, rupturas e incluso enfrentamientos internos cuando los objetivos estratégicos comenzaron a divergir.

Este punto resulta central para evitar lecturas simplificadoras. La ofensiva del 25 de abril no puede ser entendida como la expresión de un bloque insurgente cohesionado, sino como la manifestación de una convergencia circunstancial entre actores que comparten un enemigo común, pero no necesariamente un proyecto político compatible.

A esto se suma otro elemento clave: la relación con las poblaciones locales. Mientras que los reclamos históricos de sectores tuaregs encuentran algún grado de legitimidad en determinadas regiones del norte, la presencia de estructuras yihadistas ha sido, en muchos casos, resistida por comunidades que han padecido su accionar, particularmente en lo que respecta a la imposición de normas sociales y la violencia sobre civiles.

Esa tensión entre legitimidad local y capacidad armada introduce una complejidad adicional. Porque si bien la alianza puede potenciar la acción militar en el corto plazo, también dificulta la construcción de un respaldo social amplio, condición necesaria para sostener cualquier tipo de control territorial más allá del impacto inicial de una ofensiva.

En ese marco, presentar esta convergencia como una “revolución unificada” o como la expresión lineal de una insurrección popular no solo simplifica el escenario, sino que oculta las fracturas internas que atraviesan a estos actores.

Y es precisamente en esas fracturas donde se juegan muchas de las dinámicas futuras del conflicto.

Francia, Ucrania y la reconfiguración de la guerra en el Sahel

Esta última ofensiva terrorista en Mali tampoco puede leerse por fuera de la disputa geopolítica que atraviesa al Sahel desde la ruptura entre Bamako y París. Malí no enfrenta únicamente una amenaza armada interna, enfrenta, al mismo tiempo, las consecuencias de haber quebrado una arquitectura de dependencia construida durante décadas alrededor de la tutela militar francesa, la subordinación regional y la administración externa de la seguridad.

Ese giro no ocurrió en abstracto. Francia anunció en febrero de 2022 el retiro de sus fuerzas de Malí, incluyendo la Operación Barkhane y la fuerza europea Takuba, después de años de deterioro político, militar y social de su presencia en el país. El punto central es que esa retirada no significó la desaparición de los intereses franceses en la región, sino su reacomodamiento. París perdió bases, perdió interlocución privilegiada y perdió capacidad directa de mando, pero no perdió la voluntad de influir sobre un espacio que durante décadas consideró parte de su profundidad estratégica africana.

Ahí se entiende mejor la importancia del relato. Si Malí aparece como un Estado fallido, si la ruptura con Francia se presenta como la causa directa del caos, entonces el viejo esquema colonial queda reivindicado por contraste: “con nosotros había orden, sin nosotros hay terrorismo”. Esa es la operación política de fondo. No hace falta que sea dicha de manera explícita, alcanza con repetir una y otra vez que el deterioro comenzó cuando Bamako decidió cambiar de aliados.

Pero los datos históricos incomodan esa versión. La insurgencia yihadista no nació con Assimi Goïta, ni con la salida de Francia, ni con la llegada de asesores rusos. Malí arrastra un conflicto abierto desde 2012, y durante buena parte de ese período el país estuvo bajo una intensa presencia militar occidental. La propia Operación Barkhane comenzó en 2014 como continuación de Serval, con el objetivo declarado de combatir a los grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico en el Sahel. Sin embargo, casi una década después, esos grupos no solo no habían desaparecido, sino que habían extendido su radio de acción hacia el centro de Malí, Burkina Faso y Níger.

Por eso la pregunta no puede ser formulada de manera tramposa. No se trata de preguntar si Malí vive hoy una situación de seguridad grave, sino quién construyó las condiciones de esa gravedad y por qué los mismos actores que fracasaron durante años en contener la expansión yihadista pretenden ahora presentarse como jueces del nuevo rumbo maliense.

En ese tablero aparece también Ucrania, no como actor central del Sahel, sino como pieza de una guerra globalizada que ya no se libra únicamente en Europa oriental. El antecedente de 2024 es clave. Tras los combates de Tinzaouaten, cerca de la frontera con Argelia, Malí rompió relaciones diplomáticas con Kiev después de que un portavoz de la inteligencia militar ucraniana realizara declaraciones que Bamako interpretó como una admisión de apoyo informativo a los grupos que habían causado fuertes bajas al ejército maliense y a sus aliados rusos. Níger tomó luego una decisión similar, invocando las mismas acusaciones.

Ese episodio debe ser tratado con precisión: Ucrania negó haber participado directamente y los rebeldes tuaregs también rechazaron haber recibido ayuda exterior. Pero la propia existencia de esas declaraciones, la reacción diplomática de Malí y Níger y la utilización del Sahel como escenario indirecto de la confrontación entre Rusia y Ucrania muestran que el conflicto maliense ya no puede encerrarse en una lectura puramente local.

En ese contexto, la colaboración rusa funciona como algo más que apoyo militar. Para Bamako, Moscú representa la posibilidad de romper el monopolio occidental sobre la seguridad africana. Ese vínculo no está exento de costos, contradicciones ni límites —Tinzaouaten lo demostró con crudeza—, pero forma parte de una decisión soberana: buscar otros socios después de años de fracaso francés. Reducir esa decisión a “dependencia rusa” es una forma cómoda de negar la agenda política maliense.

Lo que está en disputa, entonces, no es solo la eficacia de un dispositivo militar. Es el derecho de un Estado africano a definir sus alianzas sin pedir autorización a la antigua potencia colonial. Por eso cada ataque contra Malí es leído por ciertos sectores con una ansiedad casi celebratoria: si Bamako fracasa, fracasa también la hipótesis de que el Sahel puede caminar por fuera de la tutela francesa. Y si esa hipótesis fracasa, el viejo orden neocolonial puede presentarse no como dominación, sino como necesidad.

Ese es el verdadero trasfondo de la ofensiva: JNIM y el FLA disparan sobre posiciones militares, pero el relato occidental dispara sobre una idea política mucho más profunda, la idea de que Malí, con todas sus dificultades, tiene derecho a reconstruir su seguridad, sus alianzas y su destino nacional por fuera de los moldes impuestos desde París, Bruselas o Washington.

Lejos de las lecturas apresuradas que decretaron un colapso inminente, lo ocurrido en estas horas en Mali expone algo más incómodo para quienes necesitan confirmar la idea de un Sahel condenado al fracaso: Malí no solo resistió una ofensiva coordinada en múltiples frentes, sino que lo hizo en un contexto de reconfiguración profunda de su sistema de alianzas y bajo una presión constante, tanto militar como narrativa. Eso no cancela las debilidades estructurales del Estado maliense ni la persistencia de la amenaza armada, pero obliga a matizar un diagnóstico que suele construirse más desde el prejuicio que desde la evidencia.

En ese sentido, el verdadero terreno en disputa no es únicamente el militar, sino el político. Porque si cada ofensiva es utilizada para confirmar que los procesos soberanistas africanos son inviables sin tutela externa, entonces el conflicto deja de ser una cuestión de seguridad para convertirse en una herramienta de disciplinamiento. Malí, con todas sus contradicciones, está ensayando una ruptura con ese esquema. Y esa decisión —más que cualquier batalla puntual— es la que explica la intensidad con la que se intentan instalar narrativas de derrota.

Tal vez por eso, más que preguntarse quién ganó un enfrentamiento específico, convenga observar qué logra sostenerse en el tiempo. Y ahí es donde, pese a los agoreros de siempre, aparece un dato difícil de ignorar: el Estado maliense sigue en pie, mantiene capacidad de respuesta y continúa redefiniendo su lugar en un escenario regional en transformación. No es poco en una región donde durante años se naturalizó que la única estabilidad posible debía venir de afuera.

Beto Cremonte, Redactor en jefe en PIA Global, especializado en el continente africano. Analista internacional en geopolítica. Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.

Fuente: https://noticiaspia.com/mali-el-apocalipsis-que-no-fue-y-la-narrativa-de-derrota-que-necesita-occidente/