Mar 19, 2026 | ANÁLISIS, Reconstitución del PC
Realismo, perseverancia y paciencia
Unión Proletaria
Para que la clase obrera se libere de la esclavitud asalariada capitalista, hace falta ambición estratégica, pero también realismo. Por mucho que uno quiera llegar rápidamente al comunismo, no podrá dar un solo paso en esta dirección si no evalúa la situación desde un punto de vista materialista. Al igual que Anteo, el personaje mitológico griego, si el comunista pierde contacto con el suelo, también está perdido para la revolución.
Es el riesgo que corren los comunistas y antiimperialistas que flaquean en la solidaridad con Irán, por ser una república islámica y no laica; con Venezuela, porque su gobierno ha cedido tras el ataque sufrido el 3 de enero; con Rusia, porque no enfrenta militarmente a los enemigos de Siria, Palestina, Cuba, etc.; con China, porque “sólo compite económicamente” con los imperialistas; etc.
¿Venezuela vs. Irán?
Decía Lenin que “la centralización incondicional y la disciplina más severa del proletariado constituyen una de las condiciones fundamentales de la victoria sobre la burguesía”[1]. ¿Qué partido revolucionario se puede construir con comunistas que, por aislar fantásticamente un hecho de su contexto, tratan como enemigos a sus amigos? Un aliado no es un enemigo; una derrota parcial no tiene por qué ser definitiva; una concesión no es necesariamente una traición; etc. Hay que luchar contra las desviaciones de derecha, pero también hay que precaverse contra las exageraciones “izquierdistas”.
¡Claro que ha habido y seguirá habiendo traidores que se pasan al campo enemigo! ¿Cómo distinguirlos de los que siguen siendo camaradas? Tan malo es pecar de agorero como de ingenuo. Sólo el estudio de la teoría del marxismo-leninismo nos puede ayudar a atinar en la compleja situación actual y a superarla, en lugar de caer en el pánico, el patetismo y el derrotismo. Lenin y Stalin criticaron a Martínov, Trotski y otros cuando sus posiciones perjudicaban a la revolución, pero también supieron acogerlos cuando la beneficiaban. Hay que aprender a distinguir el grano de la paja y a no arrojar el grano a la basura, aunque esté envuelto en paja.
¿Se puede afirmar que los dirigentes venezolanos son traidores porque han evitado que los imperialistas arrasen su patria, mientras que los dirigentes persas no lo son porque los enfrentan con las armas? Es posible, pero poco probable puesto que son los mismos de antes. Para poder probarlo, habría que comparar ambos casos de manera concreta. Entonces, veremos que sus condiciones objetivas son tan diferentes que la misma actitud se traduce en decisiones dispares.
El régimen político de Irán aventaja al de Venezuela en capacidad de resistencia debida a su mayor lejanía del centro imperialista y su mayor cercanía de Rusia y de China. También, por nacer de una revolución sensu stricto, violenta y continuamente sometida a la agresión armada del imperialismo y de su colonia sionista. De ahí que haya desarrollado una potencia militar, particularmente en misiles y drones, que puede golpear los lugares desde los cuales su enemigo lo ataca.
Los dirigentes bolivarianos no han podido, en sus más de dos décadas de gobierno, acercarse a semejante equilibrio de fuerzas militares. No puede haber duda de que siempre han sido conscientes de esta necesidad. ¡Cómo no lo iban a ser, ellos que supieron arrebatar la dirección política del país a la oligarquía cipaya, cuando lo alcanzamos a comprender los comunistas occidentales que ni siquiera tenemos influencia de masas en nuestros países!
El hándicap militar de la Revolución Bolivariana no debe eclipsar su mérito internacional: ser la pionera en volver a reivindicar el socialismo frente al “consenso” que el imperialismo impuso al mundo después de la derrota de la URSS y sus aliados europeos. Y lo hizo antes incluso de que fueran creados los BRICS, de que Putin se plantara en la Conferencia de Munich de 2007 y de que China socialista se convirtiera en la locomotora económica mundial.
Es precisamente esta resistencia multiforme de todos estos países la que ha hecho que el imperialismo yanqui en decadencia pase a un nivel cualitativamente superior y explícito de agresividad, lo cual es síntoma de su fuerza pero también del debilitamiento de su hegemonía. Mientras la actual Administración de Trump endosa a la Unión Europea la financiación de la guerra contra Rusia, se impone por la fuerza en América y lo intenta en Asia Occidental (quizás bajo el chantaje israelí de revelar los secretos incómodos del caso Epstein).
Su primera víctima fue Venezuela, con la cruenta incursión de la Delta Force para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores. Este éxito táctico de Washington ha puesto al descubierto, tanto la falsedad de la acusación de narcoterrorismo, como su desesperada urgencia por controlar las mayores reservas de petróleo del mundo (y otras materias primas) que yacen bajo suelo venezolano para intentar ganar la guerra mundial que libra contra el campo antiimperialista. A pesar de que el presunto “primer ejército del mundo” no consiguió tomar militarmente un solo palmo de la tierra de Bolívar, la dirección chavista ha valorado que la correlación real de fuerzas aconseja desechar la vía de la resistencia armada y hacer concesiones a su agresor que, aunque dolorosas, le permitan mantener pacíficamente el poder político y emprender una batalla judicial por liberar a sus dos destacados dirigentes.
Gráficamente, podemos representarnos la situación actual de la revolución bolivariana con el famoso ejemplo que Lenin expone en su libro La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo: “Figuraos que el automóvil en que vais es detenido por unos bandidos armados. Les dais el dinero, el pasaporte, el revólver, el automóvil, mas, a cambio de esto, os veis desembarazados de la agradable vecindad de los bandidos. Se trata, evidentemente, de un compromiso. Do ut des (‘te doy’ mi dinero, mis armas, mi automóvil, ‘para que me des’ la posibilidad de marcharme en paz). Pero difícilmente se encontraría un hombre que no esté loco y que declarase que semejante compromiso es ‘inadmisible en principio’ y denunciase al que lo ha concertado como cómplice de los bandidos (aunque éstos, una vez dueños del auto y de las armas, los utilicen para nuevos pillajes).”
Por supuesto, puede que, en esta negociación desigual, Venezuela cometa el error de excederse en sus concesiones y que los dirigentes chavistas estén pagando un precio “demasiado caro”, como se preguntaba Lenin en una negociación que promovió con sus adversarios[2]. Los comunistas que vivimos fuera de Venezuela carecemos de información suficiente sobre la situación interna de este país como para juzgar esta cuestión con seriedad. Lo que sí nos compete es comprender su contexto internacional, explicarlo y determinar así las acciones concretas que nos permitan promover la lucha contra el imperialismo y por el socialismo.
La lucha contra el imperialismo se ha convertido directamente en la lucha por el socialismo, porque el capitalismo se ha vuelto un sistema internacional cuya clave de bóveda es la oligarquía imperialista occidental. Ésta ha ido volcando toda su fuerza en el aplastamiento de cada una de las revoluciones que se han sucedido a lo largo del tiempo, recurriendo a golpes de Estado de los ejércitos reaccionarios locales contra sus pueblos y a intervenciones militares extranjeras. Y cuando no lo consigue, estrangula a los gobiernos revolucionarios con sanciones y bloqueos económicos. Es así como el capital internacional consigue mantener y ensanchar su ventaja.
Las luchas de Venezuela, de Irán, de China, de Rusia y de cualquier otro pueblo contra el imperialismo no se deben considerar aisladamente, sino como diversas partes orgánicas de una única lucha mundial (principio dialéctico de la concatenación). Cada una de estas partes tiene que conducir su combate de acuerdo con sus condiciones particulares y procurando la mayor coordinación posible con las demás, de las cuales también depende. Para derribar al imperialismo, hay que contenerlo y golpearlo de diferentes formas, unas más pacíficas y otras más violentas: mientras la Revolución Bolivariana se ve obligada a retroceder para aguantar hasta el momento en que se debilite la amenaza imperialista que pende sobre su cabeza, Irán y sus aliados del Eje de la Resistencia pueden y se ven abocados a enfrentarlo con las armas en la mano. Y lo hacen con cierto respaldo militar por parte de potencias antiimperialistas como China y Rusia.
Algunos especulan, como si realmente lo supieran, que esa ayuda no existe o es insuficiente debido a la ideología de los dirigentes rusos y chinos. Por supuesto que la posición de clase es un factor importante en la lucha, pero no es el único a tener en cuenta. Sean proletarios o burgueses, a la hora de enfrentar la agresión exterior de los imperialistas, lo decisivo es lo que no tienen más remedio que hacer para garantizar la existencia de su Estado (es decir, la dominación sobre su territorio de la clase social a la que representan): desarrollar a su favor el equilibrio global de fuerzas, tratando de evitar una confrontación directa con mutua devastación nuclear, en un mundo que asiste a la progresiva descomposición del sistema imperialista occidental que es la única fuerza capaz de contener el crecimiento de la lucha de las masas contra el capitalismo.
De ahí la enorme responsabilidad que recae en los comunistas de los países imperialistas: la supervivencia de la humanidad y la victoria del socialismo dependen de que aprovechemos esa descomposición del Occidente capitalista y la resistencia que le oponen los pueblos oprimidos para reconstruir una fuerza antiimperialista de masas en nuestras sociedades. No es nuestra tarea juzgar a otros o interpretar el mundo, sino contribuir en nuestro propio país a su transformación progresiva.
Para ello, tenemos que comprender la realidad tal como es, sin especulaciones ebrias -como dijera Marx[3]-, de manera rigurosamente científica.
La real correlación de fuerzas en el mundo actual
El actual sistema de relaciones internacionales se ha construido, a lo largo de los siglos XIX y XX, sobre la base del desarrollo capitalista de Europa y Norteamérica, el colonialismo, la esclavitud, el imperialismo, la dominación de EEUU sobre todo el mundo capitalista después de la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, la derrota del campo socialista europeo.
En virtud de este sistema, EEUU y el resto de las potencias imperialistas no sólo se apropian de enormes riquezas de los demás países, sino que palían las crisis de su economía capitalista a costa de ellos. De este modo, se mantiene y aumenta la desigualdad entre ambos tipos de países, y crece el poder violento y pacífico de los imperialistas sobre las masas.
¿Cuál es la actual correlación de fuerzas entre la burguesía imperialista y la alianza del proletariado con los pueblos oprimidos?
Es cierto que la economía de China crece más deprisa que la de EEUU, la supera de manera creciente en Producto Interior Bruto medido en paridad de poder adquisitivo desde 2014 y que la de los BRICS supera a la del G-7 en este mismo indicador desde 2023. Además, las tasas de crecimiento económico de los países imperialistas se han reducido a la mitad desde la gran crisis de los años 70 y se obtienen a costa de un endeudamiento creciente.
Después del hundimiento de las posiciones revolucionarias en los años 90, a algunos se les han subido a la cabeza estos éxitos de las dos últimas décadas y han perdido de vista la considerable desventaja en la que todavía nos encontramos.
El PIB del campo imperialista es todavía muy superior al del los BRICS+ en cifras nominales y, aún más, por habitante (¡el de China es menos del 30% del de Estados Unidos! Pensemos en cuántos medios de dominación le proporciona a nuestro enemigo ese 70% de diferencia). El dólar sigue siendo la divisa muy mayoritaria, tanto para reservas como para el comercio (de ahí la eficacia de sus sanciones unilaterales y aranceles). Además, los activos militares de la OTAN y de sus aliados esparcidos por todo el globo son casi tres veces los de China y Rusia juntas. ¿Y qué decir del “poder blando” norteamericano, a través de las ONGs, las agencias informativas, las redes sociales, el cine, la música, las modas, etc.? Además, tengamos en cuenta también que la mayoría de los Estados antiimperialistas no son socialistas, sino aliados burgueses inestables opuestos al movimiento obrero, pero también a la opresión extranjera.
Por consiguiente, a pesar de que el desarrollo del mundo sigue una tendencia que nos favorece, nuestro enemigo dispone todavía de medios muy superiores para dominar económica, política, cultural y militarmente.
A esto, hay que sumar que el movimiento obrero y comunista es extremadamente débil debido a: 1º) el impacto que ha tenido en nuestra clase social la división internacional del trabajo desarrollada por el imperialismo; y 2º) a su descabezamiento y desorganización como consecuencia del desgaste en la lucha y del viraje revisionista en el movimiento comunista internacional.
Dicho esto, hay que tener cuidado: los imperialistas exageran su fuerza real y la debilidad o cobardía de sus oponentes para tratar de desmoralizarlos y de enfrentarlos unos contra otros. Por tanto, debemos promover el realismo y repudiar tanto el aventurerismo como el derrotismo.
Este “baño de realidad” nos lleva a comprender que nuestro enemigo es más fuerte que nosotros, pero tiende a hacerse más débil y, por esta razón, se ve obligado a reaccionar con la contraofensiva a la que estamos asistiendo y cuyo fracaso creciente debemos aprovechar para darle la puntilla: 1º) está creciendo la centralización del poder del campo imperialista en EEUU en detrimento de otras potencias menores (su PIB ha pasado del 46% al 60% de todo el G-7 entre 2020 y 2025), lo que va a agudizar las contradicciones nacionales dentro del campo imperialista; 2º) aumentará la inestabilidad económica y empeorarán las condiciones materiales de vida de las poblaciones también en los países opresores.
¿Cómo formar una fuerza de masas contra el imperialismo?
La tarea central del proletariado revolucionario es ir reconstruyendo paso a paso el movimiento obrero, democrático y comunista, en todos sus frentes de lucha, como una fuerza política real, es decir, de masas y organizado, para lo cual debemos ser conscientes en todo momento de la cruda realidad y de su evolución necesaria.
Esta tarea se descompone en dos: 1º) promover la simpatía y la solidaridad hacia toda resistencia al imperialismo, tanto la que se lanza a la ofensiva como la que se repliega a la defensiva; 2º) elevar la conciencia de los obreros sobre sus intereses reales comunes -también los inmediatos- en oposición a toda diferencia aparente y a todas las maniobras de diversión del enemigo de clase.
La contraofensiva del capital imperialista (cuyo “Stalingrado” llegará indefectiblemente, pero no sabemos si ahora frente a Irán o después frente a Rusia o a China) es la que explica realmente la involución política reaccionaria en los países occidentales y en España en particular, desde mediados de la década precedente. Algunos comunistas culpan de ello al actual “gobierno progresista” por su política oportunista y se dedican a criticarlo, además de promover la movilización social por las más diversas causas. No les falta razón, pero sólo en parte. Y su parte de razón no es suficiente para dar la vuelta a la situación.
El pensamiento político reaccionario progresa entre la población tanto por acción como por omisión: por la acción de la burguesía y por la omisión (o falta de la adecuada respuesta) de los comunistas como representantes del proletariado. Examinemos ambas causas.
El capital monopolista, al estancar relativamente la producción y deslocalizar una parte importante de la industria hacia los países oprimidos, ha debilitado a la vanguardia de los trabajadores, su fuerza sindical, su conciencia, su organización de clase. Además, las enormes ganancias que le proporciona el consiguiente aumento de la explotación laboral le permiten desarrollar poderosos medios de coerción y de influencia ideológica, así como corromper y adocenar a la capa superior de la clase obrera y a un gran número de sus dirigentes.
El actual gobierno “progresista” de España es precisamente una expresión de esta dirección pequeñoburguesa del proletariado que está formada, tanto por cuadros orgánicos del sistema imperialista (principalmente el ala derechista dirigente de la socialdemocracia) como por militantes ingenuos o acomodados. Su acción política no ataca la propiedad privada capitalista de los medios de producción ni las alianzas imperialistas exteriores. Sin salirse de este marco en crisis – y, por tanto, cada vez más restrictivo-, promete sin éxito aliviar la situación de las capas más empobrecidas.
Las organizaciones de izquierda otrora prestigiosas que sostienen al gobierno van perdiendo el apoyo de muchos trabajadores por incumplir sus promesas y también por la poderosa presión de la derecha capitalista que hace escarnio de su impotencia. Como resultado, la parte más atrasada de la población se ve atraída hacia una mentalidad hostil a la solidaridad de los trabajadores contra la clase capitalista: una mentalidad que denigra al oprimido como vago y aprovechado y que ensalza al opresor como héroe de un ideal de unidad nacional intransigente con las supuestas “razas inferiores”, pero sumisa hacia las supuestas “razas superiores” (por ejemplo, Vox desprecia a los inmigrantes del Sur Global mientras se somete a los imperialistas anglosajones).
En esta involución ideológica, juega un papel crucial la oposición al comunismo. Se oculta la realidad teórica y práctica de esta ideología, y se le atribuyen los proyectos fracasados de la democracia pequeñoburguesa, calificando por ejemplo al gobierno como “social-comunista”. El anticomunismo sirve a los capitalistas como cortafuego al pleno desarrollo de la conciencia de clase de los obreros. Empleado desde el siglo XIX, fue uno de los pilares del fascismo y de los Estados fascistas y, posteriormente, fue reciclado por los imperialistas estadounidenses –en combinación con la presión económico-militar contra los Estados socialistas y con las concesiones a los trabajadores occidentales- como una causa en favor de la libertad, la democracia y los derechos humanos contra el “totalitarismo”.
Desde entonces, se han sucedido generaciones de trabajadores adoctrinadas desde la más tierna infancia con estos prejuicios que, además, parecieron verse confirmados en el curso de las contrarrevoluciones capitalistas de Europa del Este y de las consiguientes dificultades causadas por éstas en los demás países socialistas.
Esta acción de la burguesía es inevitable en la lucha de clases y no tiene por qué salirse con la suya, a condición de que sea adecuadamente refutada por el partido comunista. Sin embargo, éste fue desactivado por sus propios dirigentes y las organizaciones que intentaron su reconstitución se perdieron por las ramas (acciones armadas inoportunas, considerar a los revisionistas como enemigo principal en lugar de los imperialistas, etc.).
Recapitulando, hay que criticar al oportunismo disfrazado de comunismo, de socialismo y de progresismo, pero no basta, ni la cosa es tan sencilla[4]. En la sociedad, el vacío existe tan poco como en la naturaleza: desenmascarar a los falsos amigos no bastará para que los trabajadores se unan a los verdaderos, sino que puede acercarlos incluso a sus peores enemigos. Es igual de importante rebatir las ideas reaccionarias y anticomunistas que la burguesía promueve entre las masas. La mera crítica a los reformistas no revertirá la tendencia retrógrada de los más atrasados políticamente y será percibida con recelo por la mayoría de los más avanzados. Sólo si esta crítica se combina con el combate antirreaccionario, podremos atraer a éstos hacia la lucha de clases consecuente y sólo ambas acciones –teórica y práctica- permitirán que nos ganemos a una parte de los más atrasados.
Para esto, debemos compensar décadas de abandono mediante una propaganda y una agitación[5] sistemáticas que ilustren a las masas sobre el programa comunista máximo y mínimo, que rebatan a los reaccionarios y a los reformistas, a la vez que promuevan la unidad de acción con éstos en la medida en que gocen de un mayor apoyo que los comunistas entre los obreros, aun a costa de ciertas concesiones (que, por supuesto, no anulen nuestras metas estratégicas).
Por cuanto no hay “Muralla de China” que separe al proletariado de la pequeña burguesía, la solución a la actual división de los comunistas guarda una estrecha relación con la táctica expuesta: no hay nada más necesario y urgente que la unidad de acción de las organizaciones comunistas existentes, sin perjuicio de la discusión pública de las diferencias, en un proceso dialéctico de educación, movilización y organización de las masas obreras en todos sus frentes particulares de lucha desde una única dirección -la del Partido Comunista en proceso de reunificación orgánica- que las oriente a la conquista del poder político para destruir el imperialismo y construir el socialismo.
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NOTAS:
[1] Lenin, La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo. http://www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/LWC20s.html
[2] ¿Hemos pagado demasiado caro? Artículo publicado en Pravda el 11 de abril de 1922 y recogido en el tomo 45 de las Obras Completas de Lenin, de la Editorial Progreso.
[3] Marx, La Sagrada Familia.
[4] «La crítica ha deshojado las flores imaginarias que cubrían la cadena, no para que el hombre arrastre la cadena sin consuelo, sino para que se desprenda de ella y tienda la mano hacia la flor viva». (Marx, Introducción a la crítica de la filosofía hegeliana del derecho, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1844/intro-hegel.htm)
[5] Lenin explica así la diferencia entre estas dos actividades: “si un propagandista trata, por ejemplo, el problema del desempleo, debe explicar la naturaleza capitalista de las crisis, mostrar la causa que las hace inevitables en la sociedad actual, exponer la necesidad de transformar la sociedad capitalista en socialista, etc. en una palabra, “debe comunicar ‘muchas ideas’, tantas, que todas ellas en conjunto podrán ser asimiladas en el acto sólo por pocas (relativamente) personas. En cambio, el agitador, al hablar de este mismo problema, tomará un ejemplo, el más destacado y más conocido de su auditorio –pongamos por caso, el de una familia de parados muerta de inanición, el aumento de la miseria, etc. – y, aprovechando ese hecho conocido por todos y cada uno, orientará todos sus esfuerzos a inculcar en la ‘masa’ una sola idea: la idea de cuán absurda es la contradicción entre el incremento de la riqueza y el aumento de la miseria; tratará de despertar en la masa el descontento y la indignación contra esta flagrante injusticia, dejando al propagandista la explicación completa de esta contradicción. Por eso, el propagandista actúa principalmente por medio de la palabra impresa, mientras que el agitador lo hace de viva voz.” (¿Qué hacer?, https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/qh3.htm)
