martes, 10 de marzo de 2026

EEUU declara la Tercera Guerra Mundial


 EE.UU., ASIA, EUROPA :: 26/02/2026

ENRICO TOMASELLI

Un año después de la investidura de Trump, el bando neoconservador ha completado la marginación del bando MAGA y ha regresado plenamente a la idea de «paz a través de la fuerza»

Al igual que la Conferencia de Múnich de 1938, en otros aspectos, la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 podría ser el preludio de la III Guerra Mundial. El discurso de Marco Rubio —no por casualidad, el verdadero deus ex machina de la política exterior estadounidense— es, de hecho, nada más y nada menos que una declaración de guerra del imperio estadounidense contra el resto del mundo.

Aunque se pronunció en un tono mucho más melifluo que el de J.D. Vance el año pasado, el contenido de su discurso es extremadamente violento; y si Vance había venido a reprender a los europeos, injustamente (pero no del todo) acusados de ser un peso muerto para EEUU, Rubio ha venido a lanzar un doble desafío: a los europeos, a quienes esencialmente les dijo que o eligen ponerse del lado de Washington en su cruzada o estarán en contra, y a todo el mundo no occidental, a quienes dice que rediseñarán todo el orden global —obviamente a su medida y gusto— y que así será, les guste o no.

En esencia, Rubio está reviviendo la idea del destino manifiesto, propuesta por primera vez por O'Sullivan en 1845. Esta es, en última instancia, la base ideal sobre la que los neoconservadores construirán más tarde todas sus estrategias para la dominación estadounidense. El Secretario de Estado, quizás la figura neo- conservadora más poderosa de la historia de EEUU, está masticando y escupiendo como chicle, adaptándola a la situación actual.

La única innovación real, en cierto sentido, es la inversión de la posición de Vance: del desprecio por los europeos a la afirmación de una presunta, si no completamente inexistente, civilización occidental que une a las dos orillas del Atlántico. La referencia a una épica de colonización occidental, claramente vista desde la perspectiva de la conquista occidental, se traduce en un intento de ennoblecer las reivindicaciones hegemónicas estadounidenses y de reclutar ayudantes europeos invocando un pasado falsamente compartido.

Y esto, en sí mismo, es una manera de definir los términos de la relación imaginada en Washington entre Occidente y el resto del mundo.

La proclamada reivindicación hegemónica de Rubio, huelga decirlo, contrasta notablemente con todo lo que ocurre en el mundo actual; es una descarada reedición del imperialismo europeo (esta vez con kétchup) en oposición a cualquier reivindicación de multilateralismo. Y, obviamente, se dirige principalmente a quienes se oponen a la dominación estadounidense y lideran el proceso hacia el multilateralismo. Por lo tanto, Rusia y China en primer lugar, pero también Irán. Aunque esta vocación dominante se disimula parcialmente en otros ámbitos, casi siempre son meros recursos tácticos, contorsiones verbales para camuflar la esencia hostil en una nube de palabras suaves. Como cuando Washington declara que no quiere contener a China, sino mantener una posición de fuerza.

Y es significativo, en cualquier caso, que esta declaración no sea una verdadera sorpresa, sino que, en cierto sentido, sea la culminación de una serie de hechos concretos que la prefiguraron. Así como no es tan sorprendente que se produzca un año después de la investidura de Trump, durante la cual el bando neo- conservador ha completado la marginación del bando MAGA, ha reconocido la imposibilidad de una flexibilización de las relaciones internacionales que salvaguardara los intereses estadounidenses —y tímidamente improvisada por el propio Trump— y ha regresado plenamente a la idea de «paz a través de la fuerza».

No es casualidad que la declaración de Rubio se produzca pocos días después de que Sergei Lavrov, en repetidas entrevistas, dejara claro el descontento de Rusia (por decirlo suavemente) con la conducta estadounidense, tanto en las relaciones bilaterales como en general. En cierto sentido, ambas declaraciones pueden interpretarse en secuencia, como si estuvieran vinculadas por una relación de causa y efecto: en esencia, Lavrov afirma que, a ojos de Moscú, el emperador está desnudo, que cualquier posible fiabilidad residual de Washington se ha evaporado y que Rusia ya no seguirá el juego.

El hecho de que Lavrov, y no el presidente Putin, diga esto es una forma de dejar clara la postura rusa con la máxima autoridad, dejando al mismo tiempo, aunque sea mínimo, un margen para evitar una ruptura. La respuesta de su homólogo estadounidense, por sutil que sea, es clara: somos nosotros quienes mandamos, somos nosotros quienes establecemos las reglas, somos los más fuertes y no tenemos miedo de serlo. No hay mediación posible, salvo en este marco. En la práctica, si se reconoce la supremacía estadounidense, se puede discutir; de lo contrario, no.

Si analizamos las acciones de EEUU durante el último año, ignorando el sensacionalismo de Trump sobre su vocación de pacificador y solucionador de conflictos, la esencia parece completamente distinta. Incluso dejando de lado los bombardeos dispersos aquí y allá (Irán, Somalia, Nigeria, Siria, Irak, Yemen, etc.), Washington nunca ha dejado de participar activamente en los principales conflictos —Ucrania y Palestina—, alimentando constantemente a sus aliados.

En particular, al intentar establecer un diálogo con Moscú, tanto para resolver el conflicto con Kiev como para restablecer las relaciones mutuas, no solo ha mantenido su apoyo diplomático, político, militar y de inteligencia al régimen ucraniano corrupto por los neonazis, sino que también ha continuado desarrollando acciones hostiles contra la Federación Rusa. No es casualidad que Zelenski haya podido —y aún lo hace— mantener posiciones que obstaculizan la conclusión de un acuerdo negociado, a sabiendas de que el apoyo estadounidense a la guerra no disminuirá; la única diferencia es que en el aspecto económico se ha subcontratado a vasallos europeos.

Si bien la fase inicial de la presidencia de Trump podría atribuirse al deseo de EEUU de desvincularse del conflicto en Ucrania, principalmente por razones económicas y para evitar las repercusiones políticas de una derrota militar de la OTAN, gradualmente se ha ido constatando que la estrategia estadounidense ha evolucionado —de Biden a Trump— a través de diferentes fases (conflicto, desvinculación, debilitamiento del enemigo mediante la guerra, debilitamiento mediante negociaciones), pero siempre con el mismo objetivo: debilitar al principal competidor militar, limitar su capacidad de intervención y reacción en otros frentes y, posiblemente, aislarlo.

Desde esta perspectiva, la fase de desvinculación comenzó cuando se comprendió que derrotar a Rusia se lograría mediante una acción conjunta en el campo de batalla, tanto diplomática como económicamente. Pero, al mismo tiempo, la desvinculación también se utilizó desde el principio para intentar frenar la acción militar rusa y, en general, para enredar la capacidad operativa de Moscú en las negociaciones. No es casualidad que Washington quisiera mantener juntas las negociaciones para el fin de la guerra y para la reapertura de las relaciones bilaterales, a pesar de que Moscú ofreció la opción de separarlas. Esto facilitó enredar a los rusos y complicar el proceso de negociación en ambas cuestiones.

A lo largo de ese período, que culminó en la reunión de Anchorage en agosto pasado, Trump intentó debilitar la determinación rusa en los asuntos fundamentales que habían determinado la Operación Militar Especial, obteniendo efectivamente algunas concesiones difíciles. Pero a cambio, esencialmente vendió humo, de ahí la irritación de Lavrov. Aunque las operaciones militares nunca se detuvieron, como hubieran deseado los ucranianos y los europeos, ciertamente no hubo aceleración por parte rusa, que de hecho dio algunas señales de buena voluntad.

Sin embargo, EEUU, mientras mantenía la farsa de las conversaciones con Zelensky y los vasallos de la OTAN, en realidad intensificó sus acciones hostiles. Se incrementaron las sanciones. Se anunciaron sanciones secundarias contra quienes compraran petróleo ruso (India). Se abrió la temporada de piratería, con la incautación de petroleros acusados de transportar petróleo crudo sancionado. La ayuda militar y de inteligencia a Kiev nunca ha cesado, excepto en la medida en que las reservas han disminuido (la UE acaba de anunciar que 15 000 millones de euros en armas estadounidenses, pagadas por los europeos, se transferirán a Ucrania en 2026). Y sobre todo se han desplegado acciones abiertamente hostiles.

Entre finales de diciembre y principios de enero, y ciertamente no por casualidad, se llevaron a cabo tres operaciones de alto nivel, todas ellas autorizadas seguramente por los dirigentes políticos, y al menos dos de las cuales ciertamente exigieron una amplia planificación.

El 28 de diciembre, Trump llamó a Putin antes de reunirse con Zelenski en Mar-a-Lago, y poco después de la llamada, 91 drones ucranianos intentaron atacar la residencia presidencial rusa en Valdái, y todos fueron derribados. La llamada permitió a la CIA localizar a Putin y, así —como demostraron posteriormente los rusos al entregar los restos de uno de los drones utilizados en el ataque—, determinar el rumbo de los drones ucranianos. Probablemente, la intención no era matarlo; sabían que el lugar estaría bien defendido y, de todos modos, no habrían usado drones, pero sin duda querían enviar un mensaje.

También el 28 de diciembre comenzaron las manifestaciones pro-occidentales en Irán, desencadenadas por la repentina caída del rial, provocada por la intervención estadounidense, como Bessent confirmó posteriormente. Sin embargo, las protestas comenzaron con menos intensidad de lo previsto, por lo que la transición a los enfrentamientos se produjo con mayor lentitud, comenzando solo el 7 de enero.

El 3 de enero, EEUU atacó a Venezuela y secuestro al presidente. Posteriormente, el general Dan Caine, al mando de la operación, anunció que esta se había pospuesto debido a las malas condiciones meteorológicas, pero que originalmente estaba programada para cuatro días antes, el 31 de diciembre.

En el espacio de tres días, EEUU llevó a cabo (directa o indirectamente) tres operaciones militares, en tres teatros diferentes, dirigidas contra el liderazgo ruso y dos países que son socios cercanos de Moscú.

Las dos operaciones más ambiciosas, contra Caracas y Teherán, con el cambio de régimen deseado demostrando ser imposible, han concluido, por ahora, con el secuestro del presidente venezolano y la imposición de un supuesto protectorado de facto sobre el petróleo de Venezuela, junto con la amenaza constante de un ataque militar contra Irán. Y, solo como repaso, el vicepresidente Vance visitó recientemente Armenia y Azerbaiyán, dos países centrales para Rusia e Irán, que EEUU está tratando de atraer a su órbita.

La ofensiva hostil contra Rusia es descaradamente obvia. Y resalta la continuidad entre la línea estratégica de la era Biden y la actual, asegurada, como se mencionó al principio, por el dominio de los neoconservadores dentro de la administración estadounidense. El adversario estratégico sigue siendo China, pero Rusia debe ser aniquilada o paralizada de alguna manera antes de que se pueda enfrentar a Beijing. Tanto para privar a los chinos del apoyo energético y militar ruso como para, siempre que sea posible, obtener acceso a algunos de los recursos rusos. Después de todo, Venezuela, Irán y Rusia representan la tríada energética clave de China, y por lo tanto controlar estos flujos de una forma u otra significa mantener a raya a Pekín.

Esta es también la única manera en que EEUU puede intentar limitar el desarrollo del poder chino, ya que la competencia está claramente perdida desde el principio. Eliminar a Rusia, por lo tanto, favorece el plan estratégico hegemónico delineado por Rubio. De una forma u otra, obtener el control del petróleo iraní. Desestabilizar a los países BRICS. Contrarrestar la penetración rusa y china, principalmente en Latinoamérica (pero también en África y el Ártico). Reorganizar Europa como un ejército colonial para presionar el frente occidental de la Federación Rusa. Y, sobre todo, obtener el máximo control posible sobre los recursos energéticos, ya que son la clave —o al menos la única clave— para evitar que China supere a EEUU antes de que se recupere (razón por la cual las fuerzas estadounidenses están desembarcando en Nigeria).

Todos estos son pasos extremadamente ambiciosos y extremadamente difíciles. Entre ellos y la abrumadora carga de la deuda pública estadounidense, el camino se estrecha para el liderazgo estadounidense. Y obviamente, también debido a la tradición nacional consolidada, la tentación de cortar el nudo gordiano con la espada es cada vez más fuerte.

El desafío de Rubio, por lo tanto, es en realidad una declaración de guerra al mundo entero, porque el mensaje es someterse o luchar. No habrá lugar para la neutralidad, y esto es especialmente cierto para los europeos. Y como evidentemente ni Moscú ni Pekín, y mucho menos Teherán o Pyongyang, están dispuestos a someterse, la famosa guerra mundial fragmentada está a punto de pasar a una nueva fase, en la que las diversas piezas comienzan a encajar. Los próximos cinco años nos retrotraerán a una época en la que la guerra será la norma y la paz la excepción. Al fin y al cabo, todo esto emana, en última instancia, de un grupo de fanáticos imperialistas que llevan décadas intentando afirmar la supremacía global de EEUU, y que hoy parecen haber retrocedido en el tiempo, imaginando un país que simplemente ya no existe.

Por ahora, la pelota ha recaído en Rusia, y ahora Moscú debe asumir la responsabilidad. Sin embargo, está jugando un juego diferente, uno que no implica eliminar ni subyugar al enemigo; los rusos saben que se necesita una visión a largo plazo y verdaderamente estratégica, y por eso les preocupa no solo la guerra, sino también la posguerra. Y por eso, para definirla, también se necesita a EEUU. Devueltos a la razón, de una forma u otra, pero ciertamente no desestabilizados.

Así que, tras la advertencia de Lavrov, no habrá ninguna ruptura. No provocarán un enfrentamiento frontal. Es una partida de ajedrez; hay que imaginar cinco o seis movimientos por delante, al menos, para entender el patrón. El Kremlin podría ahora elegir la jugada de un caballo.

sinistrainrete.info. Traducción: Carlos X. Blanco.


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/eeuu-declara-la-tercera-guerra-mundial

Cómo ganar y mantener el apoyo de las masas populares

Fuentes: Rebelión [Imagen: Manifestantes pidiendo la destitución de Dilma Rousseff y el encarcelamiento de
Lula ocuparon la céntrica Avenida Paulista (São Paulo) el 13 de marzo de 2026. Créditos: Rovena Rosa/Agência
Brasil]

En este artículo el autor reflexiona sobre las razones que explicarían el distanciamiento que las clases populares manifiestan con respecto al PT, que alega son de carácter político, principalmente relacionadas con el hecho de que esas mismas clases no perciben los logros sociales de los que se han beneficiado como conquistas.


En su discurso en el acto de celebración del 46.º aniversario del PT, Lula hizo alusiones críticas a la actuación de su partido en las últimas décadas. De los puntos por él mencionados, podemos destacar la drástica pérdida de influencia y relevancia sufrida por la agrupación en diversas regiones importantes.

A este respecto se mencionaron nominalmente los grandes centros obreros del ABCD (Santo André, São Bernardo, São Caetano y Diadema), las ciudades de Guarulhos, Campinas, Araraquara, etc., donde, de ser la principal y más pujante fuerza política, el PT ha pasado a desempeñar un papel mucho más limitado.

Podríamos añadir que, además de haber sido detectado en varias zonas geográficas, ese decaimiento también se observa claramente en el seno de la juventud. No hay dudas de que, hasta aproximadamente los primeros años de este siglo, ninguna otra organización o corriente política entusiasmaba tanto el imaginario de nuestros jóvenes. Hoy, sin embargo, la adhesión juvenil al PT está lejos de ser igual de apasionada.

Tras haber hecho esta constatación, debemos necesariamente intentar descubrir cuáles fueron los cambios ocurridos en nuestra sociedad que llevaron a muchos a alejarse del partido que antes gozaba de una simpatía mucho más amplia. Para complicar nuestro análisis, es preciso tener en cuenta que las mayorías populares, incluida casi la totalidad de nuestra juventud, obtuvieron avances significativos en relación con su nivel de vida en el período en que Lula y Dilma estuvieron al mando del gobierno federal.

Ante este escenario, hemos encontrado explicaciones simplistas, que atribuyen lo ocurrido a un sentimiento de ingratitud supuestamente inherente a gran parte de nuestro pueblo. No obstante, esta constatación también ha servido para agudizar un antiguo debate entre, por un lado, quienes argumentan que las motivaciones económicas juegan un papel decisivo en la lucha política en una determinada sociedad y, por otro, quienes defienden que los valores de índole moral ejercen más influencia en el comportamiento de las masas que los relacionados con factores económicos.

De mi parte, estoy convencido de que muchos de aquellos que se posicionan como adeptos de la segunda alternativa creen, de hecho, que la primera es la correcta. Explicando mejor esta aparente contradicción: estoy seguro de que muchos de quienes alegan que los valores morales son y deben ser tomados como prioritarios adoptan este posicionamiento exactamente por reconocer la mayor relevancia de las cuestiones económicas reales. Pero, como siento que aún no he sido entendido, intentaré aclarar este punto en las siguientes líneas.

Primero, hay que tener en cuenta que en sociedades constituidas por clases con intereses conflictivos, quienes hegemonizan el poder se esfuerzan en hacer que su ideología y sus valores específicos sean sentidos y acatados por el resto de la sociedad como si también les fueran propios. Por ello, cuanto mayor sea el control ejercido por los grupos dominantes sobre los instrumentos de formación ideológica y difusión comunicacional, tanto más factible les será llevar a cabo esta tarea de manera satisfactoria.

Así, aunque los teóricos que sirven conscientemente al gran capital saben muy bien que lo más importante y “sagrado” para el mantenimiento de los privilegios de los capitalistas es garantizarles que puedan seguir obteniendo grandes ganancias mediante la explotación del trabajo ajeno, se dedican a no permitirles a las clases sociales subordinadas que lleguen al mismo nivel de comprensión sobre este asunto. Y es el propósito de impedirles que alcancen tal conciencia lo que pauta su actuación.

Para tener un ejemplo bastante ilustrativo de lo que acabamos de decir, retrocedamos a 2018 y analicemos cómo los medios de comunicación corporativos y los demás órganos retransmisores del pensamiento de las clases dominantes abordaron la campaña electoral que llevó a un agente del neonazismo-bolsonarismo a la presidencia de la nación.

En aquella ocasión, se hizo todo para inducir a un expresivo número de personas con recursos limitados a dejar de lado demandas relacionadas con mejoras concretas del nivel de vida propio y de sus familiares (como mejores salarios, jornadas laborales más cortas, educación de mejor calidad para sus hijos, ampliación y mejora de la asistencia médica, etc.) para preocuparse por temas típicamente morales, como el temor a la instalación de baños unisex en escuelas y centros comerciales, así como la presencia de un supuesto kit-gay en el currículo escolar; es decir, cosas que absolutamente no aliviarían sus condiciones de penuria.

Sin embargo, debemos reconocer que no pocas personas de extracción humilde fueron convencidas a votar por el candidato neonazista-bolsonarista em función de tales absurdos.

Pero, incluso sectores sociales con condiciones económicas y nivel educativo más elevados suelen ser blanco de manipulación. En este sentido, los acontecimientos de junio de 2013 en Brasil ilustran bien cómo segmentos significativos de la clase media fueron alcanzados por la intensa campaña mediática anti-PT (Partido de los Trabajadores). En aquella ocasión, miles de ellos salieron a las calles en protesta contra la corrupción y, en el impulso del movimiento, se dispusieron a aceptar la privatización de nuestra empresa de petróleo (Petrobras), la entrega de los recursos del pre-sal a grupos extranjeros, así como la destrucción de nuestras grandes empresas de ingeniería. Al final de cuentas, todo eso terminaría deteriorando sus propias condiciones de vida, así como sus perspectivas de futuro.

En las dos situaciones presentadas, lo que hizo que las personas de los sectores más humildes y las de la clase media se comportaran políticamente en detrimento de sus propios intereses socioeconómicos fue el proceso de manipulación ideológica al que estuvieron sometidos por los órganos de comunicación de las clases dominantes. Por lo tanto, y esto tiene gran relevancia y debe ser bien entendido, esta manipulación ha sido realizada esencialmente para preservar y garantizar la continuidad de los privilegios de carácter económico disfrutados por los poderosos.

Ahora, reflexionemos sobre las observaciones críticas de Lula que expusimos en los párrafos iniciales. Si, a pesar de los evidentes avances materiales obtenidos, varios grupos populares se alejaron del PT, esto indica que algo se hizo mal. ¿Habría sido debido a fallos de comunicación? Probablemente sí, pero no exclusivamente, y ni siquiera principalmente. A mi modo de ver, el error es fundamentalmente de carácter político. Y cuanto a esto, me gustaría profundizar en el siguiente párrafo.

Creo que los percances del PT señalados y criticados por Lula se deben a una política equivocada por parte de los propios gobernantes. Para mí, el mayor error fue el abandono de la idea de que el pueblo debe ser protagonista activo en la conquista de sus reivindicaciones. Desde que asumió las riendas del gobierno en 2003, Lula nunca ha convocado al pueblo a movilizarse para librar las luchas concretas a favor de los objetivos propuestos. Lo mismo se puede decir de Dilma, en su gestión, así como de la orientación proporcionada por el PT como partido dirigente.

Al descuidar la educación política del pueblo, los gobiernos del PT han reforzado sentimientos de oportunismo latentes entre las masas populares, acostumbrándolas a ser meros receptores pasivos de medidas gubernamentales que las beneficien. Y, puesto que el pueblo no se siente partícipe activo de los logros obtenidos, sus vínculos y compromisos con el gobierno y el partido que se los ha proporcionado tienden a ser muy débiles, o incluso inexistentes. Estoy seguro de que todo sería muy diferente si, en vez de recibirlos como beneficios, los sintieran como conquistas, por las cuales ellos mismos habían luchado. Eso, ciertamente, también funcionaría como un agente educador que aumentaría su capacidad de resistencia a los intentos de manipulación por parte de las clases dominantes.

Entonces, en pocas palabras, para recuperar y mantener el apoyo de las masas populares y tenerlas efectivamente comprometidas con su proyecto político, Lula y el PT deben volver a creer en el poder constructivo de la movilización consciente del pueblo. Simplemente, no se puede esperar contar con la lealtad de los sectores populares sin que estos tengan participación activa y consciente en la lucha social. Es necesario que tengamos comprensión de esta deficiencia y que tomemos acciones efectivas para corregirla de inmediato. Por supuesto, eso requerirá determinación y firmeza política. Pero, todavía estamos en condiciones de llevar a cabo esta tarea.

Traducido del portugués para Rebelión por el propio autor. Fue publicado originalmente en:

– https://www.brasil247.com/blog/como-ganhar-e-manter-o-apoio-das-massas-populares

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

8 de marzo: Feminismo de clase contra el capital y la guerra imperialista










La opresión específica que sufren las mujeres no es un fenómeno etéreo ni un simple conflicto de roles de género desvinculado de la base material de la sociedad. Como demostraron científicamente Marx y Engels, las raíces de esta subordinación milenaria se hunden de forma indisoluble en el surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases antagónicas. Comprender el desarrollo histórico en su totalidad implica reconocer que no existe vía real para emancipar a la mujer de su doble y triple jornada —explotada en la fábrica o centro de trabajo, con salarios inferiores a los hombres y oprimida en el hogar— que no pase por la destrucción de la sociedad de clases y su estado.

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El 8 de marzo no es una fecha para la celebración hueca ni un escaparate para el reformismo o las concesiones estéticas que el sistema concede para desactivar la lucha. Es, por encima de todo, una trinchera de la memoria histórica y un campo de batalla político. Provenimos de las profundas tradiciones del bolchevismo y la Revolución rusa; aquella chispa fundacional que prendió cuando las obreras textiles de Petrogrado se declararon en huelga en 1917, reivindicando «pan y paz», no fue un acto simbólico, sino el preludio del derrocamiento del zarismo. Reivindicamos la herencia insobornable de Clara Zetkin, quien, en 1910, en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, propuso instituir un Día Internacional de la Mujer Trabajadora con un objetivo diáfano: ligar indisolublemente la lucha por el sufragio y los derechos democráticos a la lucha revolucionaria por el derrocamiento del capitalismo. Hoy, frente al vaciamiento ideológico y la cooptación del feminismo por las instituciones del régimen burgués, urge recuperar esa concepción de clase en toda su radicalidad.

La opresión específica que sufren las mujeres no es un fenómeno etéreo ni un simple conflicto de roles de género desvinculado de la base material de la sociedad. Como demostraron científicamente Marx y Engels, las raíces de esta subordinación milenaria se hunden de forma indisoluble en el surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases antagónicas. Comprender el desarrollo histórico en su totalidad implica reconocer que no existe vía real para emancipar a la mujer de su doble y triple jornada —explotada en la fábrica o centro de trabajo, con salarios inferiores a los hombres y oprimida en el hogar— que no pase por la destrucción de la sociedad de clases y su estado. El combate por la liberación femenina choca de frente contra los cimientos del régimen de explotación asalariada; no es una batalla cultural desvinculada de la economía política, sino su contradicción más profunda.

Frente a esta cruda realidad material, se erige una concepción burguesa del feminismo, un espejismo complaciente que jamás cuestiona el sistema de producción, aspirando únicamente a un reparto elitista del poder y a la gestión de la desigualdad. Es la clase dominante, esa oligarquía que integra tanto a hombres como a mujeres multimillonarias, la que perpetúa la opresión estructural. Lo hace designando a las mujeres como objetos y mercantilizando sus cuerpos bajo la implacable lógica de la acumulación: cuanto más jóvenes, más rentables; cuanto más dóciles, más funcionales al metabolismo del capital. Esta cosificación sistemática se inocula a diario a través de sus formidables aparatos de dominación cultural. Su vil sexismo y su misoginia, herramientas de disciplina social, empapan los medios de comunicación, desde las páginas de la prensa reaccionaria hasta la maquinaria ideológica de las producciones de Hollywood y los algoritmos alienantes de las grandes tecnológicas.

En nuestro contexto más inmediato, esta ofensiva ideológica y material del capital adopta el rostro del neofascismo español, cristalizado en la alianza reaccionaria del Partido Popular y Vox. Este bloque histórico no es una anomalía, sino el mecanismo de defensa al que recurre una clase dominante que necesita disciplinar a los sectores populares y perpetuar la división sexual del trabajo para abaratar costes y quebrar solidaridades. Su agenda pasa por una beligerancia abierta contra la mujer trabajadora, negando sistemáticamente la violencia de género para vaciarla de su carácter estructural, reduciéndola falazmente a una suma de conflictos interpersonales en el ámbito privado. Figuras políticas como Isabel Díaz Ayuso operan como arietes de esta cruzada reaccionaria: mientras desmantelan y privatizan los servicios públicos —esos que sostienen la vida y socializan los cuidados—, despliegan un discurso moralizante y punitivo sobre los cuerpos de las mujeres. Las embestidas contra el derecho al aborto en la sanidad pública y la soberanía reproductiva no son sino el intento burgués de expropiar a las mujeres de la clase trabajadora el control sobre sí mismas, subordinando la maternidad a las necesidades demográficas y de reposición de la mano de obra barata que exige el mercado.

Esta misma lógica de desposesión, control y dominio es la que engendra la fase superior y más violenta del sistema, el imperialismo, hoy tutelado por el sionismo evangélico internacional, llevando la masacre a escala global. Son las mujeres de la clase trabajadora, las campesinas, las refugiadas y los pueblos oprimidos quienes ponen los muertos, sufren el despojo y la miseria bajo las bombas del capital. Cuando la maquinaria bélica imperialista arrasa un territorio, destruye deliberadamente las bases materiales que permiten la reproducción de la vida, condenando a las proletarias a sostener la existencia de sus familias sobre las ruinas, el hambre y el éxodo forzado. El feminismo de clase es, por necesidad histórica, una fuerza de choque por la paz y contra las agresiones imperialistas.

Hoy, esa barbarie nos interpela de forma urgente ante el genocidio que Israel, con el respaldo político, militar y financiero de Estados Unidos y la Unión Europea, perpetúa contra el pueblo palestino. En Gaza, son las mujeres quienes, en medio de los bombardeos, ven cómo se esfuma su esperanza de vida: más de 12.000 mujeres asesinadas, decenas de miles desplazadas y viudas, y una catástrofe obstétrica sin precedentes, además de más de 20.000 niñas y niños asesinados. Dar a luz se ha convertido en una sentencia de muerte, con partos practicados sin anestesia, en tiendas de campaña o entre los escombros, y recién nacidos que mueren por la falta de incubadoras y el bloqueo ilegal de la ayuda humanitaria. La destrucción deliberada de la infraestructura sanitaria (se repite en Irán) y agrícola no es un daño colateral; es un arma de guerra dirigida a destruir la capacidad reproductiva y social de todo un pueblo, una forma brutal de violencia de género ejercida desde la alianza imperial sionista. Los discursos que se quedan en una retórica de condena o el silencio cómplice de las potencias occidentales y de los feminismos institucionales que no enfrentan contundentemente este exterminio revela hasta qué punto están integrados en la lógica imperialista. Movilizaciones y huelgas a escala local e internacional contra la guerra. ¡No a la OTAN, bases fuera! aplicada al Estado español. Estatuto de Neutralidad para el Archipiélago Canario.

En este 8 de marzo, la tarea histórica exige superar la superficie de las reivindicaciones meramente legales o cosméticas. La emancipación definitiva de la mujer y la conquista de una paz duradera no son posibles sin la abolición del sistema que las ahoga: el capitalismo, en cuya fase imperialista dominada por el sionismo internacional anidan las guerras, la crisis de cuidados y la explotación. Pues no olvidemos que, bajo el modo de producción capitalista, la reproducción de la fuerza de trabajo se descarga históricamente sobre los hombros de las mujeres de la clase trabajadora, de forma gratuita o precarizada.  En definitiva, la lucha feminista será de clase y antiimperialista, o se limitará a ser un instrumento más de la hegemonía que nos oprime. 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

Economía de la atrocidad

Fuentes: luisbrittogarcia.blogspot.com/

Todo lo que en el mundo ocurre tiene su fundamento en la economía; todo lo que en la economía actual acontece se funda en la energía fósil.

Para 2023, ésta representa el 82% del consumo energético del planeta,  https://alimentosypoder.com/2024/07/06/el-consumo-global-de-energia-2023-tendencias-y-factores-de-impacto/

Hasta ahora, el indicador del grado de desarrollo de un país es su consumo de energía fósil. Para la fecha citada, los mayores consumidores de petróleo son Estados Unidos, con el 19% del total mundial, China, con el 16,5% e India con el 5,4%.  Por regiones, Asia presenta el  mayor consumo con el 38 %, seguido por América del Norte (23 %) y Europa con el 13,9 % (Ibídem).

Un parásito que no puede ganarse la vida recurre a dos estrategias: la estafa, emitiendo pagarés sin respaldo, y el asalto a mano armada, apoderándose de lo que no le pertenece.

Examinemos el asalto a mano  armada. Así como el consumo de hidrocarburos marca la economía, las luchas por su dominio determinan la historia. La Primera Guerra Mundial se libró por los yacimientos del Cercano Oriente, entonces bajo control del Gran Imperio Otomano. La Segunda, por el dominio de los pozos del Bakú y el bloqueo estadounidense impuesto a Japón sobre  importación de energía fósil y minerales estratégicos. En la raíz de casi todos los conflictos bélicos está la necesidad de robar yacimientos de energía fósil,  vías hacia ellos, o zonas de influencia estratégica sobre los mismos. En esta tarea, entre  1945 y 2024 Estados Unidos ha victimizado 37 naciones, con saldo de 20 millones de muertes  (https://www.1069thex.com/2023/02/24/the-u-s-has-killed-more-than-20-million-people-in-37-victim-nations-since-world-war-ii/)..

Hacia 2004 el general Wesley Clark, antiguo Supremo Comandante de los Aliados en Europa para la invasión de Kosovo, manifestó que Estados Unidos asaltaría siete países: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán.  Todos tienen hidrocarburos; todos han sido agredidos; a la fatídica lista faltó añadirle Venezuela, con las mayores reservas de hidrocarburos del mundo y finalmente invadida en 2026.

Dos factores aceleran el saqueo armado. El mundo está pasando o pasó el “pico de los hidrocarburos”, punto óptimo de explotación a partir del cual éstos se harán progresivamente escasos, hasta agotarse dentro de cuatro o cinco décadas. Para Estados Unidos, primer devorador de hidrocarburos, sus reservas se agotarán dentro de cinco años. Esto los hace críticamente dependientes del robo de energía fósil externa  mediante amenaza o intervención militar.

El robo a mano armada de hidrocarburos se potenció con la estafa basada en la necesidad de  hidrocarburos. En 1944, con los acuerdos de Breton Woods Estados Unidos obligó a todos los países occidentales a respaldar sus monedas con reservas en dólares. En 1971, el presidente Nixon reconoció que la fraudulenta emisión incontrolada de dólares no tenía ya ningún tipo de respaldo, y utilizó su potencia armamentista para obligar a todos los países que desearan adquirir petróleo a pagarlo única y exclusivamente en dólares sin respaldo. A esta extorsión se la llamó “el petrodólar”. La potencia norteña usó y abusó de ese “privilegio exorbitante” para endeudarse indefinidamente por encima de sus medios, comprando en el resto del mundo  bienes reales, y  pagándolos con dólares cada vez menos valiosos y  bonos del Tesoro cada vez menos confiables.

Así, Estados Unidos llegó en febrero de 2026 a acumular una impagable Deuda Pública de 56 trillones de dólares,  más del 124% de su PIB (para los anglosajones, un trillion es una cantidad de 1.000.000.000.000) (https://fortune.com/2026/02/17/national-debt-spiral-fiscal-crisis-unsustainable-path-trump-sugar-high-economy/). Según la Congressional Budget Office, el déficit presupuestario es de 1,9 trillions. Estas abominables cifras las costeaba el resto del mundo aceptando papeles sin respaldo, como petrodólares y Bonos del Tesoro, a cambio de bienes reales: petróleo, minerales, alimentos, manufacturas.

Estados Unidos, antaño poderosa potencia económica, carece de capacidad productiva para cancelar esta  aplastante deuda. Su propia clase dominante exportó sus capitales e industrias al Tercer Mundo para aprovechar los salarios de miseria de éste. Su capitalismo industrial, antes productor de bienes, involucionó a capital financiero, que sólo crea ficticios dividendos especulativos. La clase  capitalista se hizo  inmune a los impuestos que podrían amortizar el débito. Hacia 1977 las grandes fortunas tributaban tasas del 70% sobre sus ingresos, hoy no pagan más del 22%, esconden sus beneficios en Paraísos Fiscales y Fundaciones exentas de tributación, y financian  elecciones tras las cuales los candidatos electos les prodigan generosas condonaciones y amnistías fiscales. Mientras, a pesar de la demoledora inflación y el aumento demográfico, los sueldos de los trabajadores y el gasto civil del gobierno son los mismos que hacia 1970.

Requeriría varios volúmenes detallar cómo esta declinación económica repercute en los más diversos aspectos de la vida del país norteño. Estados Unidos es el mayor consumidor de drogas, el país con mayor tasa mundial de homicidios y el que tiene mayor población carcelaria del planeta; en él se multiplican las masacres  por tiroteo. Unos 16 millones de sus pobladores son analfabetas; el 8,1% de la población adulta. Un estudio de la OCDE situó su sistema educativo entre los ocho peores de 23 países estudiados. En expectativa de vida  y mortalidad infantil, ha descendido al  nivel de los países subdesarrollados. El dinero que pudiera costear el bienestar social es absorbido por las exorbitantes ganancias de los super ricos; el pago de los intereses de su Deuda y el desmesurado gasto militar. Si éstas  son sus condiciones de vida, podemos imaginarlos la de los países que caen bajo su dominio.

Pero la avaricia rompe el saco, y el latrocinio la aceptabilidad de monedas sin respaldo. Inevitablemente, países cuya economía estaba basada en el oro negro proyectaron lanzar divisas que tuvieran más valor que el papel pintado de verde. Irak intentó el dinar, asociado al euro. Libia proyectó el dínar de oro, respaldado por sus reservas de 143 toneladas de oro e igual cantidad de plata. Venezuela planeó el SUCRE (Sistema Unificado de Compensación de Reservas) para el intercambio en Nuestra América. A la postre, los tres países fueron invadidos y saqueados  por Estados Unidos o por fuerzas apoyadas por éstos.

Sin embargo, la práctica estadounidense y europea de robar las reservas depositadas en bancos bajo su influencia obligó a la Federación Rusa, China, India y en general a los BRICS a comerciar en monedas distintas del dólar carente de respaldo. Venezuela, agredida desde 2002, y encarnizadamente bloqueada desde 2017, asestó un golpe mortal al monopolio del petrodólar al vender sus hidrocarburos en rublos y yuanes, fuera del sistema SWIFT, y al movilizarlos en barcos de la “flota fantasma” rusa.  Mientras Estados Unidos hostigaba a Venezuela, ésta vendía 76% de su petróleo a China, y recibía de ésta y de la Federación rusa las inversiones que ahora desalientan la penetración de las petroleras de la potencia norteña.

Incapaz de competir económica y culturalmente, el parásito no tiene más recurso que la fuerza bruta. Pero ésta no le ha reportado más que dos rehenes secuestrados: todavía tiene que dominar un país agredido, y el resto del mundo que se les escapa de las manos.    

Fuente: https://luisbrittogarcia.blogspot.com/2026/02/economia-de-la-atrocida.html 

¿Las relaciones internacionales se están volviendo más fáciles o más difíciles?

Fuentes: Rebelión

Como disciplina académica, ¿las relaciones internacionales se están volviendo más fáciles o más difíciles? Para responder a esta cuestión, es necesario descomponer el campo en tres dimensiones analíticas: (1) el análisis de la coyuntura internacional; (2) la formulación de pronósticos; y (3) la proposición de alternativas o recomendaciones.

El análisis de la situación internacional no presenta gran dificultad e incluso tiende a volverse cada vez más accesible. Esto se debe a que prácticamente todos pueden seguir los acontecimientos internacionales a través de las redes sociales y de flujos informativos en tiempo real. No sorprende, por lo tanto, que se diga que incluso taxistas o comerciantes de mercados populares demuestran familiaridad con temas internacionales. Un reconocido académico chino llegó a caracterizar los estudios internacionales como una “tierra baja” del campo académico, aludiendo al reducido “umbral de entrada” del área, es decir, a la posibilidad de que cualquier individuo pueda involucrarse en ella.

Sin embargo, los estudios internacionales no se limitan al análisis de la coyuntura global; también abarcan la previsión de desarrollos futuros y la formulación de alternativas políticas. Desde esta perspectiva, el campo no se está volviendo más fácil, sino progresivamente más complejo.

En el pasado, a los investigadores en relaciones internacionales se les preguntaba con frecuencia: ¿por qué no previeron el colapso de la Unión Soviética o la caída del Muro de Berlín? Hoy surgen nuevas interrogantes: ¿por qué no se anticipó la “operación militar especial” de Rusia contra Ucrania? ¿Por qué no se previó una posible intervención de Estados Unidos en Venezuela? ¿Se puede anticipar lo que ocurrirá con Cuba ante el endurecimiento de las sanciones estadounidenses? ¿Es posible estimar si y cuándo Estados Unidos recurrirá al uso de la fuerza contra Irán? ¿Cómo evolucionarán las relaciones transatlánticas? ¿Quién triunfará en las próximas elecciones presidenciales en Brasil?

En efecto, la formulación de pronósticos es extraordinariamente difícil. La predicción precisa exige acceso a información suficiente y confiable. En ausencia de estas condiciones, incluso un acierto eventual no pasará de ser una mera coincidencia, comparable a un golpe de suerte.

A finales del año pasado, participé en un programa televisivo sobre las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela. El presentador preguntó si habría una invasión estadounidense. Respondí preguntando qué se entendía por “invasión”: si significaba el envío de tropas terrestres, tal escenario me parecía improbable. Sin embargo, pocos podían imaginar la hipótesis de una operación aérea destinada a capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro. Según informes, solo Trump y un círculo reducido de asesores tenían conocimiento de esa operación. Ni siquiera los miembros del Congreso estaban informados. Evidentemente, los académicos tampoco podrían haber anticipado tal posibilidad.

En lo que respecta a las recomendaciones sustantivas, el grado de dificultad es aún mayor. Ante violaciones flagrantes del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, ¿qué respuestas son viables? Frente al tratamiento dispensado a Venezuela y Cuba, ¿qué alternativas existen? Si Panamá, instigado por Washington, adopta prácticas controvertidas en puertos vinculados al Canal, ¿cómo reaccionar? Ante una eventual aplicación de una “Doctrina Donroe” en América Latina, ¿qué estrategias pueden concebirse? Si Estados Unidos busca controlar Groenlandia, ¿cuáles serían las respuestas posibles? Si recurre al uso de la fuerza contra Irán, ¿qué opciones quedarían? Si estructura un bloque preferencial de comercio de minerales críticos, ¿qué medidas podrían adoptarse? Elaborar respuestas realistas y eficaces a tales cuestiones resulta, sin duda, extremadamente desafiante.

¿Por qué la previsión y la formulación de recomendaciones son tan complejas en los estudios internacionales? En primer lugar, porque los académicos a menudo carecen de acceso a información suficiente o de especialización profunda en determinados ámbitos. En segundo lugar, porque Estados Unidos ha venido comportándose de manera cada vez más irresponsable e imprevisible, lo que dificulta los análisis basados en parámetros convencionales.

Si la incertidumbre constituye la única constante, los estudiosos del área deben considerar algunas orientaciones si pretenden formular pronósticos y proponer respuestas estratégicas.

En primer lugar, es imperativo renovar los métodos de investigación y reducir la dependencia de paradigmas tradicionales. Estados Unidos presenta tendencias cada vez más hegemonistas o erráticas en el sistema internacional. El propio Trump afirmó, en una entrevista con The New York Times, que solo su propia moralidad podría contenerlo. Tal declaración sugiere que, en lo que respecta a las futuras acciones estadounidenses, prácticamente ningún escenario puede descartarse. Por lo tanto, es necesario ajustar las perspectivas analíticas y prepararse incluso para escenarios adversos.

En segundo lugar, es necesario valorar la investigación empírica y aplicada, sin dejar de reconocer el papel de la teoría. La negación absoluta de la reflexión teórica sería un error. Sin embargo, parte de la producción académica privilegia formulaciones excesivamente herméticas, retóricamente elaboradas pero sustantivamente débiles, llenas de jerga y terminología opaca. Los académicos y las revistas del área deberían recordar la advertencia de Theodore Roosevelt: mantener los ojos en las estrellas, pero los pies en la tierra. En otras palabras, la elaboración teórica es legítima, siempre que permanezca anclada en la realidad empírica.

En tercer lugar, es fundamental fomentar los intercambios y la cooperación académica a escala global. En una era en la que una sola potencia puede actuar de manera imprevisible, ninguna perspectiva nacional aislada es capaz de abarcar la totalidad del panorama. El diálogo genuino con estudiosos de diferentes regiones —especialmente del Sur Global— permite integrar evidencias, contrastar supuestos y mejorar los juicios analíticos. Un investigador en Pekín puede identificar aspectos ignorados por un colega en Brasilia; un académico en São Paulo puede percibir fenómenos invisibles para un investigador en Shanghái. Tales interacciones contribuyen a superar sesgos y provincialismos, sustituyendo las “cámaras de eco” por procesos de revisión crítica a escala global. Si el comportamiento de un solo país se convierte en la principal fuente de incertidumbre, entonces la inteligencia colectiva de las naciones constituye la mejor esperanza para navegar en medio de la ambigüedad.

En síntesis, las herramientas para la producción de conocimiento sobre las relaciones internacionales deben transformarse, de modo que se adapten a los cambios en el comportamiento de Estados Unidos.

Jiang Shixue es profesor de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Macao.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

M. CARACOL. Con un cerco medieval basta y el pronunciamiento de un cubano


Marzo 2026











En la Edad Media era frecuente rodear un castillo y esperar, para derrotarlo por hambre. Hoy el cerco es naval, financiero y jurídico, pero la lógica es la misma. Desde diciembre de 2025, Estados Unidos no solo sanciona, sino que aborda petroleros en alta mar. La armada estadounidense vigila y controla, de hecho, cada barco que entra o sale de Cuba y Venezuela.

El 10 de diciembre de 2025, EE. UU. incautó el M/T Skipper, cargado con 1,8 millones de barriles de crudo Merey, embarcados en Puerto José (Venezuela). El 9 de febrero de 2026, fuerzas estadounidenses abordaron el Aquila II, que transportaba 700.000 barriles de crudo pesado venezolano salido de Venezuela a comienzos de enero. El 15 de febrero, el Veronica III fue interceptado tras haber zarpado el 3 de enero con cerca de dos millones de barriles de crudo y fuel-oil venezolano. Son solo algunos ejemplos.

Y no se trata solo de Venezuela. El Ocean Mariner, que había salido del terminal mexicano de Coatzacoalcos con combustible hacia Cuba, fue interceptado el 13 de febrero. Es decir: incluso cuando el suministro procede de terceros países, la apuesta protogenocida del imperio es la misma. No se permite comerciar soberanamente a los sitiados.

Ante esta situación, Cuba y Venezuela están teniendo que negociar. En realidad, solo existiría otra alternativa: exigirles que derroten a la armada yanqui, sin ayuda de nadie (o que se inmolen intentándolo en vano, mejor dicho). La opción realista, la que se ha adoptado, implica ganar tiempo, cediendo parcialmente para no caer del todo. Si los gobiernos no caen, si siguen en pie, la situación política interna en Estados Unidos podría virar más adelante. Quizá Trump o su sucesor podrían verse obligados a aflojar el cerco y retirar su armada del Caribe.

Ante esta gravísima situación, debemos ser responsables y centrar nuestros modestos esfuerzos (que no deberían ser tan modestos) no en cuestionar al agredido, sino en denunciar al agresor. Con resistir a un cerco medieval tienen bastante. No añadamos un segundo cerco, el de nuestra carencia de solidaridad internacionalista, al que padecen ya Cuba y Venezuela. No lancemos acusaciones que alimenten divisiones internas y hagan el juego al imperialismo. Bastante tenemos con asumir nuestra tarea: denunciar el carácter criminal de este asedio naval y económico, señalando con claridad al responsable. Eso, y no especular, es lo que nos toca. 

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Pronunciamiento recogido de la red sobre Venezuela por un internacionalista cubano

Buenos Días...
Mensaje Necesario para Esclarecernos acerca de Delcy Rodríguez y nuestra hermana Venezuela
👉Siempre apostaré por ella, porque los Rodríguez NO PUEDEN ser Traidores...
! Es su sangre, es su esencia, es su Corazón !
👉La posición de Cuba es ESPERAR, es CONFIAR y no Cuestionar ni criticar sin argumentos.
Les comparto su Discurso y con la mano en el corazón ❤️ y lucidez en el cerebro ! PIENSEN !Por si aún había dudas.

*Buen día. Por aquí les presento El Discurso a la Nación de la Presidenta Encargada Delcy Rodríguez

Hermanas y hermanos, compatriotas:

Me dirijo a ustedes en la noche más oscura de nuestra historia. Hace apenas semanas, éramos un pueblo soberano, con nuestros conflictos, nuestras esperanzas, nuestra vida normal. Y en un instante, el cielo se desplomó sobre nosotros. Presenciamos un poder destructivo más allá de nuestra comprensión. Perdimos a nuestros líderes, a familias enteras, a pedazos de nuestras ciudades. El dolor que llevamos dentro es un país entero llorando.

A mí, que no buscaba este puesto, me ha tocado recoger los pedazos. No les voy a mentir: no me eligieron las urnas. Me eligió el caos. Y acepté esta carga por una sola razón: para evitar que un caos mayor, una destrucción total, se llevara lo último que nos queda: nuestra gente. Cada uno de ustedes.

Por eso hoy vengo a hablarles con la crudeza que la hora exige. Nos encontramos en un estado de emergencia nacional sin precedentes. No es una metáfora. Es la realidad física de nuestra supervivencia.

Se preguntarán hoy, y es justo que lo hagan: ¿Por qué permitimos la presencia de quienes nos atacaron, de sus empresas, de esos… operativos en nuestra industria petrolera? La respuesta no es fácil, pero es clara: porque no tenemos elección. No es una decisión de política exterior. Es un cálculo de supervivencia pura y dura.

Les explico: el ataque que sufrimos no fue solo un bombardeo para un secuestro. Fue un mensaje. Un mensaje que decía: “Podemos borrarles del mapa en cuestión de horas”. Cualquier gesto de rechazo frontal, cualquier acto de violencia contra ellos, no sería un acto de heroísmo. Sería un acto de suicidio colectivo. Y mi primer mandato, el único que me he impuesto en esta pesadilla, es evitar que nadie más tenga que morir.

El petróleo, nuestro principal recurso, es ahora nuestra única moneda de cambio. Es el precio de un alto al fuego permanente. Ellos la necesitan. Nosotros necesitamos que no vuelvan a disparar. Este no es un tratado entre naciones. Es la condición impuesta por un sobreviviente a punto de ser arrojado de un acantilado. Agarrarse a la roca, por desagradable que sea, es lo único que impide la caída.

He escuchado las voces que me llaman traidora, cobarde. Las llevo en el pecho como un puñal. Pero les hago una pregunta, la pregunta más difícil de todas: ¿Qué preferirían? ¿Una resistencia simbólica que encienda la mecha de nuestra aniquilación, o la paciencia agónica que nos permita vivir un día más, respirar un día más, y desde ahí, reconstruir? Venezuela no es el único país del mundo bajo amenaza y los más grandes se inmovilizan ante las armas de destrucción masiva.

Yo he elegido la paciencia. He elegido la reconstrucción desde los escombros. Cada barril de petróleo que sale es un día más de tregua que compramos. Y en ese día, nuestro deber sagrado es hacer tres cosas: enterrar a nuestros muertos, cuidar a nuestros vivos y fortalecer nuestra casa.

Por eso, mi gobierno, este gobierno de emergencia, centrará todas sus energías, todos los recursos que podamos salvar, en lo siguiente:

Como primera prioridad, destinar los recursos económicos que ingresen a las familias venezolanas. La logística de la vida.

La reconstrucción de infraestructura crítica: agua, energía básica, comunicaciones.

La unidad nacional. No toleraré el oportunismo, el saqueo o la división. Nuestro enemigo no está entre nosotros. Nuestro enemigo es la desesperación que nos lleva a destruirnos unos a otros.

No les pido que les sonrían a aquellos que nos hirieron. Les pido, con el corazón en la mano, que no les den una excusa para terminar el trabajo. Nuestra fuerza ahora no está en los puños, que están quebrados. Está en nuestra capacidad de aguantar. De ser más duros que el acero. De ser resilientes.

Este no es el discurso de un triunfo. Es el discurso de la responsabilidad en el “por ahora” de Chávez. No les prometo victorias rápidas ni falsas esperanzas. Les prometo transparencia en lo que podemos hacer, y firmeza para protegerlos de lo peor. Les prometo que cada decisión, por dura que sea, se tomará con una sola brújula: preservar la llama de esta nación, aunque sea como una brasa bajo la ceniza.

No sabemos qué traerá el mañana. Pero si hoy nos mantenemos unidos, calmados y centrados en cuidarnos los unos a los otros, habremos ganado lo único que importa: la posibilidad de un mañana.

Que Dios, el destino, la fuerza de nuestro pueblo, nos ayude a todos.

*Este discurso, revela que estamos en presencia de la primera mujer presidenta de Venezuela ejerciendo un Gobierno que exige emplearse a fondo en estrategias extremas contradictorias simultaneas. Algo sin precedentes en la historia de la humanidad.

*_Esto lo dejo para la reflexión para los que dicen que hay traición es difícil gobernar con una pistola en la cabeza.