jueves, 29 de octubre de 2026

Sin la unidad de la izquierda global, todo será más difícil (2 final)


Sitúa un debate interesante con muchos aspectos positivos, como el de sentarse a debatir todos juntos sin sectarismos o el de confluir en la unidad de acción sin ocultar las diferencias. Pero por lo que publico el artículo, es por que sitúa los límites del marxismo occidental del que están impregnados, cuando define la actitud ante las distintas categorías de izquierdas y progresismos. Desde el marxismo leninismo el problema no se sitúa en categorías estáticas sobre la socialdemocracia, el reformismo de izquierdas o el progresismo, ni en negar a priori cualquier acto de apoyo o confluencias, con los sectores sociales que bajo su reformismo sitúan límites en la lucha de clases, sino que evaluaremos el apoyo o la crítica, desde el valor político que tiene en la confrontación con el enemigo principal de la clase trabajadora y el pueblo, si fracciona o une a la clase trabajadora, al pueblo o a las fuerzas políticas que lo representan o si favorece los intereses estratégicos o inmediatos de la clase trabajadora y el pueblo. 

Un marxista leninista nunca puede decir que las fuerzas de derechas, aliadas con reformistas o socialdemócratas han impedido que los comunistas y revolucionarios, avancemos posiciones en la lucha de clases, porque es la manera de ocultar los errores propios que han impedido avanzar en la organización de la clase trabajadora y el partido. Si el partido tiene desarrollada una línea política soberana e independiente del resto de clases sociales, subordinada a los intereses estratégicos de la clase trabajadora y el pueblo, basada en el trabajo entre la clase obrera para su organización y politización como línea política de masas, todo los errores posibilistas de la socialdemocracia, el reformismo u otros sectores populares en el ámbito institucional, en la lucha contra la patronal o contra las guerras del imperialismo yanqui-occidental, la crítica solo puede ser útil para la clase trabajadora si el partido tiene presencia donde está organizada sindicalmente, en los centros de trabajo de producción o servicios, donde vive y reproduce en barrios y pueblos y centros de estudio.
 
Si no estamos políticamente presentes ante la clase trabajadora, para poder explicarlo desde la confianza depositada en nosotros, como fuerza política organizadora y luchadora por sus derechos y reivindicaciones; si no es así y solo nos conocen por las acciones institucionales y medios de comunicación, nos verán exactamente como ven a la socialdemocracia, al reformismo progresista o a la derecha y al fascismo, es más, a estos últimos ocupando nuestros espacios abandonados en barrios, centros de trabajo y de enseñanza. Un marxista leninista nunca puede decir que las demás fuerzas políticas o sociales nos impiden hacer nuestro trabajo, sino que debe reflexionar sobre cuales son sus errores que le impide avanzar en la influencia y organización de la clase trabajadora. Errores como el de priorizar el trabajo institucional sobre la organización y politización de la clase trabajadora o el de poner al partido, como representante político de la clase trabajadora y el pueblo, sin tener una línea política de trabajo de masas de organización, mediación, consulta y contrastación, con los intereses más inmediatos de la clase trabajadora, son los que nos impiden avanzar en el seno de la clase obrera. Errores ya catalogados por el marxismo leninismo unos de revisionistas por marcar prioridades ajenas a la clase trabajadora y otros, fruto de una metodología de estudio y trabajo mecanicista y metafísica, situado en tener una visión estática de la realidad, fuera de todo análisis concreto de la realidad concreta. Nota de Alonso Gallardo   
         

                                                                                                       
El XXX Seminario del PT de México debate los límites del progresismo y el marxismo y llama a unir a la izquierda latinoamericana frente al imperialismo.
XXX Seminario Internacional México: "Los Partidos y una Nueva Sociedad"

Continuando este tema de la unidad de la izquierda debatida en el XXX Seminario “Los Partidos y una Nueva Sociedad”, que cada año organiza el Partido del Trabajo de México, abordamos algunas de las ponencias presentadas en el foro, una de ellas, Progresismo y marxismo: alianzas, contradicciones y límites, de Paúl Almeida Pozo, secretario general del PC de Ecuador.

Su ponencia es importante porque está dirigida al lema de este análisis de que, sin la unidad de la izquierda global, todo será más difícil, y las ideas expuestas por él ante los 360 colegas asistentes al foro buscan lograr la reunión de afinidades ideológicas, sin exclusión, que tengan más en cuenta lo que los une que lo que los desune.

Ya esa sola intención es merecedora de la mayor atención de los interesados, en especial cuando se dice en un foro heterogéneo y discrepante, con sus naturales contradicciones, pero ni antagónicos y mucho menos irreconciliables.

Almeida Pozo se refería a la unidad dentro de la pluralidad al señalar que el debate sobre el progresismo —una definición genérica de lo diverso dentro de un mismo bloque—, su papel histórico y sus límites políticos, no puede seguir siendo abordado como una discusión secundaria dentro de la izquierda latinoamericana.

Mucho menos en un contexto como el actual, marcado por el recrudecimiento del neoliberalismo, la ofensiva imperialista, la profundización de la crisis capitalista y la evidencia cada vez más clara de que las fórmulas reformistas ni quieren, ni pueden transformar de raíz la realidad de nuestros pueblos.

Y tiene toda la razón porque, en teoría, progresismo se aviene más que izquierdismo a una definición política y estratégica del antimperialismo, por ser más abarcadora. No necesariamente hay que ser marxista, leninista, fidelista, chevarista, hochimista, como lo es genéricamente el izquierdismo, para luchar contra el imperialismo, tener una actitud patriótica o nacionalista, defender la soberanía, batallar por la igualdad social y la dignidad de la persona u oponerse al injerencismo.

Hay voces que claman por la creación de una nueva izquierda, y eso no es criticable porque responde a los parámetros de una batalla antimperialista que no avanza con el orden y velocidad deseada precisamente por su fragmentación, y quienes buscan la renovación de esa fuerza toman muy en cuenta el daño que está provocando en los objetivos de soberanía esa segmentación.

Almeida fue muy preciso al considerar que, en esas condiciones, volver sobre la relación entre progresismo y marxismo no es un ejercicio académico ni una polémica de capilla: es una necesidad política y estratégica.

La cuestión central consiste en comprender qué representó realmente el progresismo en América Latina, cuáles fueron sus alcances, en qué sentido constituyó una respuesta parcial a la crisis neoliberal, cuáles fueron sus contradicciones estructurales y por qué, pese a sus avances, no logró romper la lógica de acumulación capitalista ni construir una salida duradera frente a la dominación oligárquica e imperialista”, dijo el dirigente ecuatoriano, posiblemente pensando en lo que sucedió en su país con el ascenso de una derecha brutalmente proimperialista cuando la izquierda fue traicionada por Lenin Moreno.

Del mismo modo, se vuelve necesario precisar desde qué perspectiva el marxismo se relaciona con esos procesos para evitar que la lucha por el socialismo se diluya en ellos o que las fuerzas revolucionarias lo rechacemos de manera sectaria, sino que podamos asumir con claridad una posición dialéctica capaz de reconocer sus aportes tácticos, sus insuficiencias estratégicas y la necesidad de una política propia de la clase trabajadora y las organizaciones revolucionarias.

Se trata de una ponencia muy detallada y explicativa de todo lo que ha ocurrido en Ecuador y es muy recomendable que sea leída no solamente por las fuerzas progresistas de ese país andino, sino de todo el continente.

Lo mismo sucede con la presentada por el chileno Marco Ilich Riquelme del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que tanto luchó contra el fascismo pinochetista en la larga noche negra del país austral y que, después de zafarse de sus atrocidades, sorpresivamente la luz del sol vuelve a desaparecer con la inusitada elección de otro fascista, José Antonio Kast, para entregar nuevamente la soberanía nacional a Estados Unidos.

En el caso particular de su país, la división del progresismo, tomándolo como el todo y no la parte, fue la causa principal del regreso del pinochetismo, el régimen más cruel y despiadado de toda América Latina, y no solamente es culpable Gabriel Boric, quien defraudó tanto al pueblo de Salvador Allende cuando debió ser un eslabón que uniera las tendencias de izquierda y fortaleciera un allendismo tan necesario para su pueblo, y no volver a ser pisoteado y mancillado como ahora.

Riquelme tiene sus razones cuando discrepa de quienes presentan la socialdemocracia y el progresismo nativo como un arroyo manso, al alertar que no son la solución para nuestros pueblos, porque enfoca su criterio desde la cruda realidad chilena en la que un presidente que se autoproclamó antifascista y cercano a la izquierda, pues salió del pueblo, perdió tanta credibilidad ante sus compatriotas que, más allá de las trampas y las campañas teledirigidas en favor de Kast, su apatía derivó en el regreso del pinochetismo, algo que jamás pasó por la mente de los latinoamericanos, y que fortaleció tanto a la ultraderecha trumpiana en el continente.

Ahora, como explicó el ponente, la mayoría de los jóvenes chilenos “buscan un espacio de lucha contra el brutal sistema capitalista que se impone en nuestra patria”. Es que se sienten desencantados porque ni la izquierda como tal, ni el progresismo en su globalidad, lograron, o peor todavía, ni siquiera intentaron que el término de la dictadura en Chile significara el cambio del modelo que les habían impuesto a sangre y fuego.

La experiencia en el período del pospinoquismo fue desastrosa para los chilenos de abajo, y ello lo reflejó en su presentación Riquelme al argumentar su criterio sobre la socialdemocracia y los presuntos gobiernos progresistas en Chile, sin excluir a ninguno desde Patricio Aylwin Azócar en marzo de 1990 hasta Boric.

Argumentó que “la socialdemocracia preserva el sistema de lucro del capital, manteniendo intacta la propiedad privada, mediante la desactivación y cooptación de las luchas sociales, desvinculándolas de la crítica económica y de la acción política consecuente, mediante el intento de fragmentación y debilitamiento de las masas movilizadas en multitud de demandas justas, pero parciales, excluyentes, sectoriales, culturales identitarias, ocultando su común raíz en el régimen de explotación asalariado”.

Dijo que estas “solo tendrán un potencial transformador si son capaces de articularse a otras luchas de manera unitaria para ser parte del proyecto anticapitalista. Será interesante analizar cómo hemos venido ocultando nuestra acción revolucionaria de la mano de los gobiernos progresistas que tanto daño le han hecho a las fuerzas populares y a nuestros pueblos en Latinoamérica, particularmente”.

Finalmente, añadió: “Los gobiernos autollamados progresistas han sido los responsables de elaborar y aplicar las leyes del gran capital; es por eso que se han turnado en la gobernanza de los países, una vez la socialdemocracia (progresistas), otra vez la derecha y ahora también la ultraderecha, que con matices más o menos administran el Estado en beneficio de la gran burguesía y el imperialismo”.

Explicó que continuó el sistema capitalista en su modalidad monopolista, especuladora, dependiente, extractivista, con niveles brutales de explotación. Tampoco trajo consigo el juicio y castigo a los responsables de las graves violaciones a los derechos humanos; por el contrario, siguieron las mismas fuerzas armadas y policiales, con niveles asegurados de impunidad, el mundo civil instigador.

Por el contrario, los nuevos gobiernos trajeron consigo el perfeccionamiento y profundización del sistema capitalista y su modelo capitalista neoliberal. Es mayor la privatización del cobre durante los gobiernos postdictatoriales y “democráticos” que lo que se privatizó en dictadura. El mar, las carreteras, el agua y otros servicios fueron privatizados durante los gobiernos posteriores a la dictadura.

Esto significó el fortalecimiento de la burguesía nacional y un camino creciente para nuestra dependencia del imperialismo y el robo de los recursos naturales de los pueblos, denunció el orador.

Con ello, Riquelme dio razones al auditorio para que eleven al mundo la necesidad de seguir trabajando duramente por la unidad y la creación de un antimperialismo monolítico que destrone a quienes se están apoderando nuevamente de América Latina y el Caribe y retrotrayendo a la región a su época oscura cuando fue el patio trasero de Estados Unidos.

Fuente: almaplus.tv 

La Leyenda Rosa: cómo el hispanismo sigue blanqueando un genocidio en pleno siglo XXI

Fuentes: Resumen Latinoamericano. La otra cara de las noticias de América y el Tercer Mundo


A más de quinientos años de la conquista, una corriente intelectual y política insiste en presentar la invasión europea de América como una empresa civilizatoria. La evidencia histórica demuestra lo contrario: fue un proceso de violencia, despojo y dominación que aún hoy se niega a asumir su carácter fundacional.

Un debate que no es sobre el pasado

Cuando en la Argentina contemporánea —y en buena parte de América Latina— resurgen voces que reivindican la conquista española como una gesta civilizatoria, no estamos ante un simple debate historiográfico. Estamos ante una batalla cultural por el presente. La llamada «Leyenda Rosa» —esa narrativa que presenta la colonización como una empresa providencial de evangelización y progreso— no busca comprender el pasado, sino legitimar un orden social jerárquico que hunde sus raíces en la violencia fundacional de 1492.

Sus defensores esgrimen argumentos que, a fuerza de repetición, han logrado instalarse en ciertos claustros académicos y en el discurso público: que España abrió escuelas y universidades, que evangelizó, que el mestizaje produjo una identidad armónica, que sin la conquista los indígenas se habrían exterminado entre sí. Todos estos argumentos comparten un mismo mecanismo: seleccionar hechos aislados para ocultar un proceso global de destrucción.

La evidencia histórica, sin embargo, es contundente. Y desmontarla no es un ejercicio de «resentimiento» o «antihispanismo», sino un acto de honestidad intelectual.

El problema de las categorías: nombrar desde el poder

Antes de desmontar los argumentos de la Leyenda Rosa, es necesario detenerse en un problema más profundo: las categorías mismas con las que describimos este proceso son eurocéntricas. Términos como «descubrimiento», «encuentro», «conquista», «civilización», «barbarie», «paganismo», «idolatría», «arte», «artesanía» o «mestizaje» no son neutros. Fueron acuñados por los propios colonizadores y cargan con una jerarquía de valores que presupone la superioridad de Europa.

Hablar de «descubrimiento» de América implica que el continente no existía antes de que los europeos lo nombraran. Hablar de «encuentro» sugiere una simetría que nunca existió. Hablar de «civilización» frente a «barbarie» invierte la carga de la prueba: obliga a los pueblos originarios a demostrar que eran civilizados según un estándar ajeno. Hablar de «paganismo» o «idolatría» para referirse a las cosmologías indígenas es adoptar el punto de vista del evangelizador que las condenaba.

Incluso el término «conquista» —que parece el más descriptivo— oculta que se trató de una invasión con proyecto de dominación. Y el «mestizaje», como veremos, es una categoría que edulcora la violencia sexual fundacional.

Reconocer este problema no es un capricho posmoderno. Es una exigencia de rigor histórico: no podemos analizar un proceso de dominación con el vocabulario que los dominadores crearon para justificarlo. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio y la violencia sexual como violencia sexual no es un acto de resentimiento: es un acto de precisión histórica. Y la precisión histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

El mito de las instituciones «civilizatorias»

Es cierto que la Corona española ordenó fundar escuelas y universidades en Indias. Pero el contexto desmiente la idea de un beneficio generalizado. Las escuelas para «hijos de caciques» tenían como objetivo formar a un sector reducido de la nobleza indígena que sirviera de intermediario para la administración colonial y la difusión del cristianismo. La universidad hispanoamericana, si bien permitió cierta movilidad a individuos talentosos, lo hizo dentro de un sistema que clasificaba racialmente a la población y reservaba los puestos de poder para los peninsulares y sus descendientes.

Más importante aún: la labor educativa y evangelizadora no puede separarse de la conquista. Como señala un análisis de la UNAM, «los intereses imperiales y los principios católicos estaban en armonía» porque el cristianismo podía justificar guerras y, al mismo tiempo, predicar amor universal. La evangelización fue clave para el plan español de expansión y sometimiento: se buscaba convertir a los indígenas para que fueran «susceptibles de ser explotados». Lejos de ser una labor humanitaria desinteresada, era parte de la estructura de dominación.

La catástrofe demográfica: el dato que la Leyenda Rosa no puede ocultar

El núcleo de la negación hispanista es minimizar la magnitud de la destrucción. Los datos, aunque sujetos a debate en sus cifras exactas, apuntan a una catástrofe de proporciones inimaginables. Las estimaciones sobre la población precolombina varían enormemente, desde los 13 millones hasta los 100-110 millones para todo el continente. Lo que no está en disputa es la hecatombe: entre 1492 y 1570 se calculan unos dos millones y medio de muertos solo en el primer período, y para 1630 la población indígena se había reducido a 750.000 en algunas regiones.

Las causas combinaron la violencia directa, las epidemias, la sobreexplotación laboral y el despojo de tierras. La consecuencia no fue solo demográfica, sino también cultural: en muchos lugares supuso «la extinción de las poblaciones aborígenes y la desaparición de su cultura». La narrativa hispanista, al presentar la colonización como un «encuentro» beneficioso, invisibiliza las estructuras políticas, económicas y simbólicas preexistentes y las reduce a un estado de «barbarie» o inexistencia histórica.

El mestizaje: de la violación fundacional al mito identitario

Quizás ningún argumento haya sido tan eficaz para blanquear la conquista como el del mestizaje armónico. Según esta narrativa, la mezcla de españoles e indígenas habría producido una nueva raza, una identidad latinoamericana que trasciende el conflicto. La realidad histórica es otra.

El mestizaje latinoamericano se hizo esencialmente por la coerción. Los testimonios de la época, como el del propio Miguel de Cuneo, describen episodios de violación sexual de mujeres indígenas por parte de los conquistadores. En el Chile colonial, el primer contacto «se caracterizó por ser esencialmente violento y forzoso», y «fueron recurrentes las violaciones que perpetraron los españoles a las mujeres indígenas». El cronista Pedro Mariño de Lobera dejó constancia de que «hubo semanas que parieron sesenta indias de las que estaban en su servicio». Sobre la conquista de México, se concluye que «el mestizaje tuvo como inicio la violación de las indias».

Esta realidad violenta fue luego transmutada en un discurso identitario. El objetivo era construir la figura del «mestizo» como una categoría que, en la práctica, buscaba negar la existencia de europeos e indios como sujetos distintos y en conflicto. Al convertir el mestizaje en el «ser nacional», se invisibilizó la persistencia de las estructuras coloniales de poder y se presentó la violencia fundacional como un simple «encuentro» que produjo una nueva raza.

Como señala la crítica feminista decolonial, el «mestizaje compulsivo» fue una de las formas de violencia sexual de la colonización contra las que los movimientos latinoamericanos han tenido que resistir. En Brasil, la narrativa popular lo resume con crudeza: el país es hijo del «estupro colonial».

La falacia de la «salvación» por alianzas indígenas

Otro de los argumentos hispanistas sostiene que la conquista española «salvó» la vida de muchos indígenas al utilizar la rivalidad entre etnias para beneficio propio. El caso tlaxcalteca es el ejemplo más citado: sin la colaboración de este pueblo, enemigo histórico de los mexicas, la conquista de México no habría sido posible.

Pero esta lectura confunde la estrategia militar con una misión humanitaria. Los españoles no llegaron como árbitros benevolentes. Su alianza con los tlaxcaltecas fue vital para su supervivencia y éxito, pero no los «salvó» de la dominación; simplemente cambió un yugo por otro. Tras la conquista, los aliados indígenas también fueron sometidos a la estructura de poder colonial. La pregunta clave que desmonta esta falacia es: «¿por qué los tlaxcaltecas tenían más intereses en común con los habitantes de Tenochtitlan que con los guerreros de Cortés?». La respuesta es que no los tenían; eran pueblos distintos con intereses propios. Además, las propias crónicas españolas minimizaron y ocultaron el papel decisivo de los aliados indígenas para presentar la conquista como una gesta exclusivamente hispánica.

La «salvación» nunca fue el objetivo; la victoria y el sometimiento, sí.

La evangelización: montaje sobre creencias preexistentes

Cuando se produce el proceso de evangelización, los misioneros no llegaron a un vacío espiritual. Se montaron sobre creencias preexistentes que los europeos llamarían «paganismo», y lo mismo pasó con los conocimientos arquitectónicos. No se trató de un reemplazo limpio, sino de una superposición violenta sobre estructuras preexistentes, con una asimetría de poder brutal.

La Virgen de Guadalupe en el Tepeyac se asoció al culto previo a Tonantzin; muchas fiestas patronales se montaron sobre calendarios agrícolas y rituales locales; santos y vírgenes ocuparon lugares de deidades locales. Pero eso no significa que los europeos «respetaran» esas creencias: las clasificaban como paganismo e idolatría y buscaban erradicarlas. Hubo campañas sistemáticas de destrucción de templos, quemas de códices y objetos rituales, y castigos a prácticas indígenas. La «superposición» fue muchas veces borrado y reemplazo físico: construir el templo cristiano sobre el sitio sagrado para demostrar la derrota de los dioses locales.

Lo mismo ocurre con la arquitectura. La Catedral Metropolitana de Ciudad de México se construyó en parte con piedras del Templo Mayor y sobre el centro ceremonial mexica; el Convento de Santo Domingo en Cusco se erigió sobre el Coricancha, el principal templo inca. No fue solo «aprovechar materiales»: fue una política de demostración de superioridad y borrado simbólico. Los españoles se apropiaron del saber y del trabajo indígena, y luego negaron su valor.

El arte indígena: de la obra maestra a la «artesanía»

Este punto merece una atención especial, porque revela con particular claridad cómo opera la jerarquía cultural impuesta por la «civilización». Los pueblos originarios de América produjeron arte de un altísimo valor estético: esculturas monumentales como las cabezas colosales olmecas o la Coatlicue mexica; pinturas murales como las de Teotihuacán o Bonampak; cerámicas de una sofisticación técnica y simbólica extraordinaria, como las de Nazca, Moche o Tlatilco; textiles de una complejidad incomparable, como los paracas o los incas; orfebrería en oro y plata de una maestría que asombró a los propios europeos.

Sin embargo, el arte era únicamente civilizado y europeo. Lo que producían los indígenas era clasificado como «artesanía» o «arte popular», categorías que degradaban su valor estético y lo reducían a una manifestación «folclórica», «primitiva» o «decorativa». Esta distinción no es inocente: es una operación ideológica que reproduce la jerarquía colonial en el terreno de la estética. Al negar el estatuto de «arte» a las producciones indígenas, se niega también la complejidad intelectual, espiritual y técnica de sus creadores. Se los confina al lugar del «artesano» —un productor de objetos útiles o decorativos— y se reserva el lugar del «artista» —un sujeto con genio creador— para el europeo.

Esta jerarquía persiste hoy. En los museos, las piezas indígenas suelen exhibirse como «arte precolombino» o «etnografía», no como «arte» a secas. En el mercado, una cerámica indígena contemporánea se vende como «artesanía» mientras una obra europea de similar antigüedad se subasta como «arte». La distinción entre «arte» y «artesanía» no describe una diferencia real de valor estético: describe una diferencia de poder. Y desmontarla es también parte de desmontar la Leyenda Rosa.

El caso paradigmático de las misiones jesuíticas

Las misiones jesuíticas en Argentina y Paraguay son un caso especialmente ilustrativo de este «montaje» cultural. Allí los indígenas pasaron a adoptar el modelo de familia monogámica, la tradicional vivienda familiar europea, la educación formal. Se dotó a la lengua guaraní de escritura, se permitió que las iglesias fueran decoradas con motivos indígenas. Pero nada de esto dejó de constituir un proceso de montaje de una cultura sobre otra.

La vivienda guaraní tradicional, de planta alargada y habitada por familias extensas bajo la autoridad de un cacique, fue modificada internamente para imponer un modelo completamente ajeno: se la compartimentó para alojar a familias nucleares monogámicas, tal como las concebía la Iglesia. El objetivo explícito era erradicar la poligamia y las «uniones libres», instituyendo el matrimonio cristiano indisoluble y la patria potestad europea. Como señala un estudio, la base de la reestructuración social en las reducciones fue «la imposición de la familia monogámica y patriarcal».

La dotación de escritura al guaraní es otro ejemplo de cómo una herramienta aparentemente «civilizatoria» operó como un instrumento de «reducción». El propio lenguaje jesuita es revelador: hablaban de «reducir a escritura» y «reducir a arte» la lengua, en paralelo a la «reducción» socio-política de los indígenas a pueblos de misión. La creación de un «guaraní clásico» no fue un acto de preservación cultural desinteresado. Fue una política lingüística deliberada para crear un vehículo estandarizado de comunicación de la doctrina cristiana. La escritura, por tanto, no «salvó» al guaraní: lo domesticó para el proyecto colonial.

Los guaraníes, sin embargo, no fueron receptores pasivos. La historiografía reciente subraya que muchos grupos vieron en las misiones una estrategia de supervivencia frente a otros grupos indígenas hostiles y, sobre todo, ante la amenaza mucho más brutal de los colonos españoles y los esclavistas portugueses. Aceptaron el «montaje» porque la alternativa era peor. Pero eso no convierte la misión en una «república utópica» ni en un ejemplo de convivencia armónica. Fue una administración colonial en una frontera disputada, con una población mayoritariamente indígena, pero bajo dirección y fines europeos.

La doble moral de la «civilización»

Si algo revela la persistencia del relato civilizatorio es su doble moral. Se juzga la propia historia con un estándar de intenciones («llevar la civilización», «salvar almas») mientras se ignoran o minimizan los métodos y las consecuencias reales para las poblaciones sometidas.

La comparación con los Aliados en la Segunda Guerra Mundial es históricamente pertinente. Intelectuales como Aimé Césaire y Frantz Fanon señalaron la contradicción de potencias coloniales que condenaban los crímenes nazis mientras cometían atrocidades similares en sus imperios. Césaire constató la «coherencia histórica del colonialismo y del nazismo». Fanon, por su parte, calificó abiertamente a los colonizadores como «criminales de guerra». Esto no equipara a los Aliados con el Eje, pero sí demuestra que la narrativa de «los buenos contra los malos» oculta que los «buenos» también cometieron actos de extrema violencia contra civiles.

De la misma manera, presentar a España como una potencia «civilizadora» que «salvó» a los indígenas oculta que su empresa estuvo marcada por la violencia, el despojo y la imposición de un sistema de dominación. El legado de la empresa «civilizatoria» no es la ilustración y el progreso, sino la persistencia de jerarquías raciales que continúan marginando a las mismas poblaciones que fueron colonizadas. La Unión Europea reconoce que el racismo está «profundamente arraigado en las instituciones» y el Parlamento Europeo ha declarado formalmente que «el Holocausto y las injusticias históricas, incluidos el colonialismo y la esclavitud, siguen configurando el racismo estructural en Europa hoy».

¿Por qué persiste la justificación académica en el siglo XXI?

La pregunta es la más incisiva. ¿Cómo es posible que, con toda la evidencia disponible, se siga sosteniendo en pleno siglo XXI que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión?

La respuesta no está en la falta de evidencia, sino en el uso político del pasado. Lo que se disputa no es la verdad histórica, sino la legitimación de un orden jerárquico y de una identidad que se niega a asumir su carácter fundacional violento.

La corriente que justifica la conquista se articula en torno a la «Leyenda Rosa», una narrativa que la conceptualiza como una «empresa fundamentalmente civilizatoria y evangelizadora de carácter providencial». Esta visión minimiza el genocidio demográfico y la expropiación, y presenta la conquista como un «encuentro» beneficioso que integró a sociedades percibidas como «carecientes de complejidad» a la modernidad europea.

Esta narrativa no es solo histórica; es un proyecto de identidad. El hispanismo sostiene la idea de una «patria espiritual» y una jerarquía donde los pueblos colonizados deben reconocer a España como «la creadora de su propio ser». Desde esta óptica, se rechazan las contribuciones de los pueblos originarios y se presenta a España con una suerte de «autoridad moral» tutelar sobre las naciones americanas.

El objetivo de estas relecturas no es tanto comprender el pasado, sino «ganar la batalla cultural del presente». El hispanismo revisionista busca influir en la educación y el discurso público para consolidar una determinada identidad nacional que se siente amenazada por las demandas de justicia histórica y los movimientos indígenas actuales. Y no es casual que estos gestos de revisión histórica coincidan con intereses económicos concretos, como la presencia de miles de empresas españolas en América Latina.

Es crucial matizar que la academia no es un bloque monolítico. Existe una sólida tradición crítica que ha desmontado estos mitos. Obras como Seven Myths of the Spanish Conquest de Matthew Restall demuestran, con evidencia documental, la falsedad de relatos como el del «puñado de hombres excepcionales» o la «superioridad tecnológica decisiva». Sin embargo, la persistencia de la Leyenda Rosa en ámbitos académicos y políticos muestra la fuerza de un relato que no busca tanto la verdad histórica como la legitimación de un orden jerárquico.

Conclusión: nombrar la invasión, nombrar el arte, nombrar la violencia

A más de quinientos años, seguir sosteniendo que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión no es un simple error académico. Es una toma de posición en la disputa por el presente. La evangelización se montó sobre creencias preexistentes para reemplazarlas y controlarlas; la arquitectura colonial se montó sobre templos y saberes indígenas para borrarlos y aprovecharlos; el mestizaje se impuso por la fuerza sobre los cuerpos de las mujeres indígenas; las misiones jesuíticas erigieron un orden nuevo sobre los cimientos de una sociedad preexistente, vaciándola de su lógica propia. Y el arte indígena —esculturas, pinturas, cerámicas, textiles, orfebrería de altísimo valor estético— fue degradado a «artesanía» para reservar el estatuto de «arte» a la producción europea.

Llamar a eso «civilización» es una coartada ideológica. Y desmontarla no es negar la complejidad de la historia ni adoptar una postura «victimizante». Es reconocer que el relato de la «civilización» fue, en gran medida, la justificación de la dominación. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio, la violencia sexual como violencia sexual y el arte indígena como arte no es un acto de resentimiento: es un acto de justicia histórica. Y la justicia histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías raciales y culturales que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

La pregunta no es por qué seguimos discutiendo esto. La pregunta es por qué algunos se empeñan en que dejemos de hacerlo.

Fuente: https://www.resumenlatinoamericano.org/2026/10/21/pensamiento-critico-la-leyenda-rosa-como-el-hispanismo-sigue-blanqueando-un-genocidio-en-pleno-siglo-xxi/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Alemania: el jardín y la selva, el chovinismo y la guerra

                                                                                                 
 
Carmen Parejo Rendón
        23 de 0ctubre de 2026

Imagen creada por inteligencia artificial.

El nacionalismo nazi articuló derrota, anticomunismo y búsqueda de enemigos internos con un proyecto imperial dirigido fundamentalmente hacia Europa oriental. El Lebensraum convertía el este europeo en espacio de conquista, explotación y exterminio.

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Uno de los problemas que atraviesa la Europa contemporánea procede de su posición en el mundo y de una serie de crisis superpuestas que agudizan contradicciones históricas. El caso de Alemania merece especial atención porque ha constituido, junto con Francia, uno de los principales centros de poder de la Unión Europea (UE), al tiempo que permanece integrada en un bloque atlántico dirigido por EE.UU. desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

A comienzos del siglo XX, Alemania era ya una gran potencia industrial con intereses imperiales propios. Su incorporación tardía al reparto colonial y la derrota en la Primera Guerra Mundial limitaron temporalmente sus posibilidades de expansión. La crisis de la República de Weimar, el agravio nacional posterior a la guerra y la derrota de la revolución alemana de 1918-1919 formaron parte del terreno histórico sobre el que crecería el nazismo.

El nacionalismo nazi articuló derrota, anticomunismo y búsqueda de enemigos internos con un proyecto imperial dirigido fundamentalmente hacia Europa oriental. El Lebensraum convertía el este europeo en espacio de conquista, explotación y exterminio. La derrota de 1945 acabó con aquella forma de expansión, pero no con las bases industriales del poder alemán. Durante la Guerra Fría, la República Federal fue reconstruida dentro del bloque occidental encabezado por Estados Unidos, mientras la integración europea ofrecía a sus capitales un mercado ampliado y una posición central en el eje franco-alemán.

El final de la Guerra Fría modificó profundamente las condiciones. La reunificación alemana coincidió con la incorporación progresiva de Europa central y oriental a las estructuras económicas occidentales. Polonia, República Checa, Hungría o Eslovaquia quedaron integradas en cadenas productivas organizadas alrededor de la industria alemana, favorecidas por la proximidad geográfica, las infraestructuras existentes y unos costes laborales inferiores.

Las formas históricas eran completamente distintas de las del pasado. Ya no se trataba de ocupación territorial, sino de inversión, mercado común, deslocalización industrial y cadenas transnacionales de valor. Pero Europa central y oriental volvía a ocupar una posición privilegiada para la expansión del capital alemán, ahora dentro de una relación económica profundamente asimétrica en el interior de la propia Unión Europea.

Rusia desempeñaba un papel diferente y complementario. Proporcionaba energía relativamente barata, materias primas y un gran mercado para la industria alemana. Todavía en 2021, después de siete años de sanciones, el comercio bilateral rondaba los 60.000 millones de euros y el petróleo y el gas representaban alrededor del 59 % de las importaciones alemanas procedentes de Rusia. Alemania podía así combinar la integración productiva del este europeo con unas relaciones económicas estrechas con Moscú. Nord Stream era una de las expresiones materiales de ese equilibrio.

Es desde ahí desde donde debe entenderse el interés alemán en Ucrania. Su aproximación a la Unión Europea no fue simplemente una imposición estadounidense seguida dócilmente por Berlín. Alemania tenía intereses propios en la ampliación hacia el este del espacio económico y político europeo.

El Acuerdo de Asociación de 2013 ofrecía la posibilidad de aproximar progresivamente Ucrania al mercado y a las normas comunitarias. Cuando Víktor Yanukóvich suspendió su firma, Alemania participó activamente en la crisis: Angela Merkel había defendido públicamente el acuerdo y el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, acudió al Maidán, se reunió con dirigentes opositores y respaldó la orientación europea de Ucrania.

Reducir esta actuación a un simple ‘seguidismo’ de Washington elimina una parte fundamental del problema. Alemania actuaba dentro de una estructura internacional jerárquica, pero lo hacía también de acuerdo con intereses específicos de sus propios capitales. La incorporación económica y política de Ucrania al espacio europeo prolongaba hacia el este un proceso del que Alemania había obtenido importantes ventajas durante las décadas anteriores.

La contradicción consistía en que ese objetivo debía coexistir con otro interés igualmente importante: conservar las relaciones económicas con Rusia. Tras el golpe de Estado contra Yanukóvich, la incorporación de Crimea a Rusia y el conflicto en el Donbás, Berlín respaldó la orientación occidental de Kiev y las sanciones contra Moscú, pero trató al mismo tiempo de preservar canales políticos y económicos con Rusia. El formato de Normandía, los acuerdos de Minsk y la continuidad de Nord Stream mostraban esa búsqueda de equilibrio.

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Estados Unidos operaba, sin embargo, en una escala distinta. Su posición dominante dentro del bloque atlántico condiciona los márgenes de actuación alemanes, mientras Washington inscribe el escenario europeo en una competencia mundial más amplia. Sus propios documentos estratégicos distinguen a Rusia como una amenaza inmediata y a China como el competidor capaz de disputar a largo plazo su posición global. Desde esa perspectiva, limitar los vínculos de Moscú con Europa occidental, reforzar la cohesión de la OTAN y preservar la centralidad estadounidense en la seguridad europea forman también parte de una correlación de fuerzas cuyo horizonte principal es China.

Los intereses estadounidenses y alemanes coincidían en limitar las relaciones entre Rusia y Ucrania, pero no eran idénticos. Alemania obtenía ventajas específicas de su relación económica y energética con Moscú, por lo que una ruptura completa resultaba mucho más costosa para Berlín que para Washington.

La escalada de 2022, la suspensión de Nord Stream 2 y la destrucción posterior de parte de sus infraestructuras hicieron inviable aquel equilibrio y reforzaron, además, la dependencia europea de la estructura militar atlántica. Por eso, ni la idea de que Alemania simplemente «se pegó un tiro en el pie» ni la explicación basada exclusivamente en la presión estadounidense resultan suficientes: Berlín actuó también conforme a intereses propios, aunque dentro de un bloque dirigido por Washington.

La metáfora del ‘jardín’ y la ‘selva’ de Josep Borrell permite ampliar todavía más el problema. El espacio europeo se construyó dentro de un sistema internacional desigual, apoyado en una posición privilegiada respecto de territorios proveedores de materias primas, energía, fuerza de trabajo y mercados. La inquietud ante el exterior expresa también el debilitamiento relativo de esa posición, en un escenario marcado por el ascenso de China y por la búsqueda de mayores márgenes de autonomía en Asia, África y América Latina.

Estas contradicciones han atravesado también las recientes campañas electorales alemanas, aunque bajo discursos diferentes. Unos sitúan el problema en Rusia y reclaman más rearme; otros combinan el malestar económico con la inmigración o presentan la recuperación de las relaciones con Moscú como solución. Cambian los culpables y las respuestas, pero el debate rara vez alcanza las bases materiales de la crisis.

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Porque el deterioro alemán no puede explicarse únicamente por amenazas exteriores, decisiones estadounidenses o errores coyunturales. Durante décadas, sus grandes capitales se beneficiaron simultáneamente de la expansión productiva hacia Europa oriental, de la energía rusa y de un orden europeo garantizado estratégicamente por Estados Unidos. La crisis actual nace también de las contradicciones de ese modelo.

El chovinismo permite precisamente borrar esa historia. Convierte problemas derivados de determinadas decisiones económicas y geopolíticas en agravios sufridos por una comunidad nacional aparentemente homogénea y desplaza sus causas hacia rusos, estadounidenses o inmigrantes, según el discurso. La militarización completa esa respuesta: la Zeitenwende, el aumento del gasto militar y la reorientación industrial ofrecen una salida desde arriba a una crisis cuyas causas apenas se someten a discusión.

Así, mientras las campañas discuten quién amenaza a Alemania o quién debe pagar por su deterioro, permanece mucho menos cuestionado quién ha orientado durante décadas sus principales decisiones económicas. La crisis no cayó sobre Alemania desde el exterior: es también el resultado de una forma de expansión de sus capitales que terminó entrando en contradicción con las condiciones internacionales que la habían hecho posible.

Fuente: «R»T»