viernes, 7 de agosto de 2026

Así es como China ha conseguido reducir sus incendios un 72% en tan solo dos décadas

El gigante asiático ha pasado de 14.000 incendios anuales a tan solo 226.


Bombero chino

China ha logrado reducir de forma drástica los incendios forestales en las últimas décadas. Mientras que en los años ochenta se registraban alrededor de 14.000 fuegos al año, en 2021 la cifra descendió hasta 616 y en 2024 se situó en solo 226, el dato más bajo desde que existen registros, según el Ministerio de Gestión de Emergencias. Los incendios forestales no agrícolas disminuyeron un 72,23 % entre 2003 y 2023 y, durante el XIV Plan Quinquenal (2021-2025), la reducción alcanzó el 80 % respecto al periodo anterior. Además, la superficie media calcinada se ha reducido un 92,5 % desde 1988, un año después del devastador incendio del Dragón Negro, de acuerdo con datos oficiales recopilados por la International Association of Wildland Fire.

A pesar de que China sufre cada verano fenómenos extremos como sequías, tifones o inundaciones, agravados por el cambio climático, los grandes incendios forestales son cada vez menos frecuentes. El país alberga la mayor extensión de bosque subtropical del planeta, fruto de décadas de intensos programas de reforestación, especialmente en las regiones del sureste y el suroeste.

Las condiciones climáticas convierten al gigante asiático en uno de los territorios con mayor riesgo potencial de incendios. Así lo sostiene el estudio 'Acelerando la caída de incendios en China en el siglo XXI', elaborado por investigadores de la Academia China de Ciencias y la Universidad Estatal de Mississippi. El trabajo concluye que el fuerte descenso de los fuegos está directamente relacionado con la implantación de políticas de prevención y gestión forestal cada vez más estrictas.

Menos incendios pese al aumento del riesgo

Otro estudio publicado este año, titulado 'La gobernanza eficaz reduce la frecuencia de los incendios bajo el cambio climático', destaca una aparente contradicción: mientras el riesgo climático aumenta, el número de incendios continúa descendiendo. Los investigadores explican que se ha producido un "desacoplamiento estructural" entre las condiciones meteorológicas favorables para que se produzcan incendios y la cantidad real de fuegos registrados.

Para demostrarlo, compararon áreas situadas a ambos lados de las fronteras de China con Mongolia, Nepal, Pakistán, Corea del Norte, Rusia, Myanmar y Vietnam. Aunque las características ecológicas son prácticamente idénticas, la densidad de incendios en territorio chino es únicamente una sexta parte de la registrada en los países vecinos. Según el estudio, las reformas legislativas aprobadas en 2006 y 2018 permitieron reforzar la prevención mediante sistemas de teledetección, índices de riesgo, vigilancia aérea y el uso de drones.

La inversión pública también ha sido determinante. Un artículo publicado en la revista Nature señala que el presupuesto destinado a prevención y extinción de incendios se multiplicó por quince entre 1993 y 2017. El actual Plan Quinquenal contempla una inversión de 3.070 millones de yuanes, cerca de 370 millones de euros, destinada a ampliar las plantillas de guardabosques, desplegar sistemas de vigilancia mediante satélites, drones y avionetas, e instalar sensores terrestres para detectar cualquier foco en sus primeras fases. Gracias a ello, más del 95 % de los incendios son extinguidos antes de que transcurran 24 horas y la superficie media afectada ha pasado de 59 a apenas cinco hectáreas.

Drones y perros robot para proteger los bosques

La tecnología desempeña un papel cada vez más importante en la estrategia china contra los incendios forestales. La combinación de robótica, inteligencia artificial y drones ha permitido desarrollar nuevos sistemas de vigilancia capaces de detectar rápidamente cualquier foco.

Uno de los ejemplos más llamativos se encuentra en Chongqing, donde las autoridades han incorporado perros robot que patrullan de forma autónoma las rutas forestales. Cuando detectan una posible anomalía, envían una alerta para que drones de reconocimiento verifiquen la situación y, si es necesario, otros aparatos equipados con depósitos de agua intervengan antes de que las llamas se propaguen.

El marco legal también ha reforzado la prevención. La legislación forestal responsabiliza directamente a los gobiernos locales de evitar los incendios, y su gestión es evaluada cada año por las autoridades centrales. Algunas provincias han implantado además un sistema de "gestión en cuadrículas", que divide el territorio en pequeñas zonas asignadas a responsables concretos, facilitando la vigilancia y la rendición de cuentas.

Precisamente esa responsabilidad política es considerada por numerosos analistas como uno de los factores clave del modelo chino. Los cargos públicos responden directamente por los fallos en materia de prevención, lo que incentiva una vigilancia constante y el cumplimiento estricto de las medidas destinadas a reducir el riesgo de incendios forestales.

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La Orfandad de los trabajadores: Partido y Clase

                  
                                                                                       
Jul 29, 2026
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La Orfandad de los trabajadores: Partido y Clase

Miki Santamaría

La clase obrera española atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. No solo se encuentra huérfana de un partido auténticamente revolucionario y emancipador, capaz de organizar sus intereses históricos y dotar de dirección política a su lucha, sino que también ha visto erosionarse progresivamente su conciencia de clase. Esta doble orfandad, la del Partido y la de la propia Clase, ha debilitado los vínculos de solidaridad entre los trabajadores, favoreciendo su fragmentación y alimentando un sentimiento creciente de desamparo e impotencia.

Este vacío no ha permanecido desocupado. La ideología dominante ha sabido aprovecharlo para consolidar los valores propios del capitalismo: el individualismo, la competencia entre iguales y la despolitización de los conflictos sociales. Como consecuencia, la alienación se ha profundizado y cada vez resulta más difícil que los trabajadores se reconozcan como parte de una misma clase con intereses objetivos comunes y con capacidad para transformar la realidad.

En nuestro país, existe un sinfín de organizaciones y partidos comunistas que se reivindican comunistas. Algunos centran su acción en la conquista de mejoras inmediatas para la clase trabajadora; otros desarrollan amplios programas sobre la futura construcción socialista.

Sin embargo, un partido revolucionario no es simplemente una organización que se autodenomina comunista, ni aquella que posee el programa más elaborado. Es, ante todo, una herramienta política capaz de fundirse con las masas trabajadoras, elevar su conciencia de clase, organizar sus luchas y dirigirlas estratégicamente hacia la conquista del poder político. Su legitimidad no reside únicamente en la corrección de su teoría, sino en su capacidad para convertirse en la expresión organizada de los intereses históricos del proletariado.

Los comunistas carecemos hoy de una capacidad real para dirigir las luchas nacionales de los trabajadores. Con demasiada frecuencia hemos terminado subordinando la cuestión de clase a conflictos territoriales, identitarios o sectoriales, o bien a reivindicaciones impulsadas por pequeños grupos de carácter interclasista, alejándonos así de la tarea fundamental de organizar al conjunto de la clase obrera.

Nuestra implantación en los centros de trabajo es escasa. En demasiadas ocasiones hemos sustituido la dirección política por la gestión de mejoras económicas parciales, delegando nuestra intervención en organizaciones sindicales que, por distintas razones, han ido perdiendo capacidad de movilización, independencia y fuerza para disputar el poder al capital.

A ello se suman diversos problemas estructurales presentes, en mayor o menor medida, en nuestras organizaciones. La desconexión con las masas trabajadoras, la tendencia a la fragmentación ante las discrepancias internas, la incapacidad para resolver las contradicciones mediante el debate y la frecuente creación de nuevas organizaciones como respuesta a cada desacuerdo han terminado debilitando al conjunto del movimiento comunista. El resultado es una menor capacidad organizativa, tanto hacia el exterior como en el funcionamiento interno.

Pero no basta con señalar las carencias de las organizaciones comunistas. Sería un error atribuirles toda la responsabilidad. Los propios trabajadores, individual y colectivamente, también debemos preguntarnos qué parte nos corresponde en esta situación.

¿Por qué cada vez nos cuesta más reconocernos como compañeros y como obreros? ¿Por qué competimos entre nosotros en lugar de organizarnos conjuntamente? ¿Por qué la solidaridad ha cedido terreno al individualismo? ¿Por qué nos concebimos cada vez más como espectadores de la política y menos como sujetos capaces de transformarla? ¿Por qué tendemos a identificarnos antes con nuestra profesión, nuestro nivel de vida, nuestro territorio o nuestra cultura que con nuestra condición común de trabajadores asalariados?

Son muchas las preguntas que debemos responder, pero todas parecen converger en un mismo eje vertebrador: la pérdida de la conciencia de clase.

Según Marx, la alienación separa al trabajador del producto de su trabajo, del propio acto de producir, de su condición como ser genérico y, finalmente, de los demás seres humanos. El trabajo deja así de constituir una actividad creadora mediante la cual el hombre transforma conscientemente la naturaleza y se realiza en ella para convertirse únicamente en un medio de subsistencia.

El ser humano solo puede desarrollarse con otros y mediante otros. No es un ser social únicamente porque necesite de los demás para sobrevivir, sino porque solo a través de ellos puede desarrollar plenamente su esencia.

De este modo, si el trabajador se encuentra alienado respecto al producto de su trabajo, al propio proceso productivo y, en última instancia, respecto a sí mismo, esa alienación termina reproduciéndose también en sus relaciones con los demás. La ruptura con su propia actividad vital acaba proyectándose sobre la comunidad, dificultando el reconocimiento de los otros trabajadores como iguales y como miembros de una misma clase.

Sin embargo, la alienación no se mantiene únicamente por la existencia de las relaciones materiales de explotación. Ya Gramsci desarrolló esta cuestión mediante el concepto de hegemonía, entendida como la capacidad de la clase dominante para presentar sus intereses particulares como si fueran los intereses generales de toda la sociedad. La dominación capitalista no se sostiene exclusivamente mediante la coerción del Estado o el poder económico, sino también a través de un complejo entramado de instituciones, medios de comunicación, sistema educativo, industria cultural e incluso determinadas formas de organización política y sindical que contribuyen a naturalizar el orden existente.

Bajo estas condiciones, el trabajador no solo vende diariamente su fuerza de trabajo; también interioriza categorías, valores y aspiraciones propias de la ideología dominante. El individualismo, la competencia entre trabajadores, la meritocracia o la identificación con proyectos ajenos a los intereses de clase dejan de percibirse como construcciones históricas para presentarse como formas naturales de entender la realidad.

Es precisamente en este contexto donde la concepción de Lukács sobre la conciencia de clase adquiere especial relevancia. La conciencia no surge de manera espontánea ni constituye una simple suma de experiencias individuales. Se desarrolla en la medida en que el trabajador comprende que su fuerza de trabajo ha sido convertida en una mercancía y que dicha mercancía forma parte de una relación social de explotación. Al desvelarse el funcionamiento de la producción capitalista y el origen de la plusvalía, el trabajador deja de percibir su situación como un problema exclusivamente personal para reconocerla como la expresión de una contradicción estructural entre el trabajo y el capital.

Comprender este proceso supone descubrir que aquello que el capitalismo presenta como un intercambio libre entre iguales encubre, en realidad, la apropiación sistemática del trabajo ajeno y, con ello, de una parte de la vida de quienes viven de vender su fuerza de trabajo.

Si la conciencia de clase se desarrolla a partir de la experiencia compartida del trabajo y de la comprensión de las relaciones sociales de producción, debemos preguntarnos qué ha cambiado en la estructura del trabajo durante las últimas décadas para dificultar ese proceso.

La industria ha perdido el peso que tuvo durante gran parte del siglo XX, mientras que el sector servicios concentra hoy a la inmensa mayoría de la población asalariada. Al mismo tiempo, la creciente complejidad y fragmentación del proceso productivo dificulta que el trabajador perciba el lugar que ocupa dentro de la producción social y comprenda cómo su trabajo participa en el proceso general de la producción capitalista.

En España esta transformación resulta especialmente intensa. Más de tres cuartas partes de la población ocupada desarrolla hoy su actividad en el sector servicios, muy lejos de la estructura productiva que nos caracterizó durante buena parte del siglo XX.

A esta terciarización y transformación debe añadirse un fenómeno relativamente reciente: la consolidación del capitalismo digital. La expansión de las plataformas digitales, la gestión algorítmica del trabajo, la externalización de procesos mediante aplicaciones y la creciente digitalización de la economía han introducido nuevas formas de organización laboral que intensifican la fragmentación ya existente. El trabajador conoce cada vez menos el conjunto del proceso productivo y pasa a relacionarse no solo con otros trabajadores de forma más esporádica, sino también con sistemas automatizados que organizan ritmos, tareas, horarios e incluso mecanismos de evaluación y control.

Al mismo tiempo, el capital digital tiende a invisibilizar aún más las relaciones sociales que sostienen la producción. El consumidor percibe una aplicación, una plataforma o una inteligencia artificial como si fueran sujetos autónomos de la producción, cuando detrás de ellas existe una extensa red de trabajadores dedicados al diseño, mantenimiento de infraestructuras, logística, atención al cliente, moderación de contenidos, extracción de materias primas, fabricación de componentes electrónicos o generación y tratamiento de datos.

Esta aparente desmaterialización de la economía contribuye a reforzar el fetichismo de las relaciones mercantiles descrito por Marx. La explotación no desaparece; simplemente queda oculta tras interfaces digitales, algoritmos y servicios que presentan el funcionamiento del capital como un proceso automático, neutro y carente de sujetos sociales identificables.

Esta transformación modifica profundamente la forma en que los trabajadores perciben su propia actividad y su lugar dentro de la producción social. Allí donde la gran industria concentraba durante décadas a miles de obreros en un mismo espacio productivo relativamente identificable, el capitalismo contemporáneo dispersa el trabajo entre empresas, subcontratas, plataformas digitales y cadenas globales de producción. Cada trabajador participa únicamente en una pequeña fracción del proceso total, dificultando la comprensión de cómo su trabajo se relaciona con el del resto de la clase obrera y con la totalidad de la producción social.

La organización contemporánea del trabajo favorece dinámicas que dificultan el establecimiento de vínculos duraderos entre compañeros. La proliferación de equipos cambiantes, la elevada rotación laboral, la intensificación de los ritmos de trabajo y la reducción de los tiempos de descanso limitan los espacios de socialización en los que tradicionalmente se compartían experiencias, problemas comunes y formas de organización colectiva.

La desaparición progresiva de grandes comunidades obreras estables no implica la desaparición de la clase obrera, sino la transformación de las condiciones materiales en las que esta puede reconocerse como sujeto político. La explotación continúa existiendo; lo que se ha vuelto más complejo es la posibilidad de percibirla como una experiencia colectiva.

Como ya señalaba Lenin en el ¿Qué hacer?, la lucha económica, por sí sola, no conduce espontáneamente a una conciencia política revolucionaria. Esta requiere una organización capaz de sintetizar la experiencia dispersa de los trabajadores, elevarla al plano de la comprensión teórica y convertirla en acción política consciente. Si las condiciones materiales del capitalismo contemporáneo dificultan aún más ese proceso, la necesidad del Partido no disminuye: aumenta.

Cuanto más complejas y fragmentadas se vuelven las relaciones sociales de producción, mayor resulta la dificultad para que los trabajadores construyan espontáneamente una visión de conjunto. Precisamente por ello, la función del Partido como organizador, educador y sintetizador político adquiere una importancia aún mayor que en etapas anteriores del capitalismo.

Si la conciencia de clase ya no puede desarrollarse con la relativa espontaneidad que favorecían determinadas condiciones del capitalismo industrial, la función del Partido deja de consistir únicamente en dirigir políticamente a la clase trabajadora. Debe también reconstruir los vínculos sociales, culturales e ideológicos que permitan a los trabajadores volver a reconocerse como parte de un mismo sujeto histórico.

La reconstrucción del Partido y la reconstrucción de la clase no son procesos independientes, sino dos aspectos de una misma tarea histórica. Un Partido sin clase termina convirtiéndose en una organización aislada de la realidad social; una clase sin Partido permanece fragmentada, incapaz de elevar sus luchas inmediatas al terreno de la transformación política. Superar esta doble orfandad constituye, probablemente, uno de los mayores desafíos del movimiento comunista español durante este siglo.

Mientras el capitalismo fragmenta, el Partido debe unificar. Mientras el capital dispersa la experiencia de millones de trabajadores, el comunismo solo podrá reconstruirse si es capaz de devolverles la conciencia de pertenecer a un mismo sujeto histórico.

Respuestas comunales tras el terremoto: Catia La Mar (Parte I)

Fuentes: Rebelión

Un camión sale de Caracas a primera hora de la mañana cargado con artículos de higiene personal, pañales e insumos para niños con destino a La Guaira, la zona más golpeada por los terremotos del 24 de junio. Detrás va un viejo autobús con una brigada de veinte personas del capítulo Venezuela de ALBA Movimientos, la plataforma de organizaciones populares de América Latina y el Caribe. El destino es el Circuito Comunal Rómulo Gallegos* en Catia La Mar.

A diferencia de las operaciones convencionales de ayuda humanitaria, la brigada no llega a poner en marcha una respuesta desde cero, sino a fortalecer un proceso en curso arraigado en años de organización comunal y atravesado por dos emergencias sucesivas.

Pocos días después del terremoto, ALBA Movimientos y el Instituto Simón Bolívar lanzaron la campaña y brigada “Venezuela por la Vida” para acompañar las labores de recuperación. La idea era sencilla: dejar de lado las soluciones prefabricadas y trabajar junto a una comunidad ya organizada, fortaleciendo su respuesta colectiva mediante el trabajo con sus liderazgos y respetando las prioridades definidas por el propio pueblo. En Venezuela, esto significa trabajar de la mano con las comunas y otras expresiones del autogobierno popular que son la base del proyecto antiimperialista y socialista del país. A diferencia del modelo dominante de ayuda humanitaria, que con frecuencia es indiferente o incluso hostil al poder popular, el objetivo de la brigada es fortalecer el tejido comunal al tiempo que se profundiza la conciencia política.

Catia La Mar es un pueblo obrero de la costa caribeña venezolana. Lleva el nombre del Cacique Catia del pueblo Tarma, quien se unió al legendario Cacique Guaicaipuro en la confederación de pueblos indígenas que resistió al colonialismo español durante el siglo XVI. Desde entonces, el territorio ha estado marcado por una larga tradición de lucha colectiva. Más tarde, con la expansión del puerto de aguas profundas en La Guaira, generaciones de trabajadores portuarios, migrantes y comunidades afrodescendientes hicieron suyo este espacio, forjando una cultura caracterizada por la solidaridad, la organización barrial y una sentida devoción a San Juan Bautista, cuya festividad coincide precisamente con el 24 de junio, el día en que ocurrió el terremoto.

Cuando llegamos al barrio, había pocas señales de pánico: lo que llamaba inmediatamente la atención era, más bien, el espíritu de una comunidad que ya estaba movilizada. El circuito comunal no solo se está recuperando del reciente terremoto. Seis meses antes, el 3 de enero, un fragmento de un misil estadounidense cayó sobre el barrio, causando la muerte de una mujer y, semanas más tarde, la de otra vecina a consecuencia de las heridas sufridas. La comunidad, que aún lloraba a sus muertos y conservaba un profundo sentimiento de indignación ante aquel ataque imperialista, se enfrenta ahora a una nueva catástrofe.

Los daños provocados por el terremoto en este territorio son menos visibles que en otros sectores de La Guaira, pero no dejan de ser graves. Hay profundas grietas que atraviesan el asfalto y fisuras en las paredes de numerosas viviendas. Aunque solo unas pocas se han derrumbado por completo, muchas deberán ser demolidas parcial o totalmente. Luego está la plaza, donde viven en carpas algunas de las doscientas familias que perdieron sus hogares o que aún esperan la inspección técnica que determine si pueden regresar a ellos. Sin embargo, lo que más nos impresionó fue el extraordinario nivel de organización: motorizados trasladando insumos y vecinos llegando con información desde distintos sectores, mientras niños y niñas se reunían en la plaza, donde voluntarios organizaban actividades recreativas.

* * *

Mientras descargábamos el camión el primer día, nos recibió la lideresa comunal Raimelis Navarro. Parecía tener el don de la omnipresencia: saludaba a la brigada, coordinaba la descarga de los insumos, respondía preguntas de los vecinos y, al mismo tiempo, revisaba los mensajes que llegaban a su teléfono mientras llevaba el registro de las familias desplazadas. Esa cifra acababa de aumentar de noventa y tres a casi doscientas, a medida que las inspecciones estructurales declaraban más viviendas inhabitables.

Ante la llegada de un nuevo lote de insumos, el sistema comunitario de distribución se puso en marcha de inmediato. Voluntarios trasladaban las cajas hacia un espacio comunal, donde comenzaban a clasificarlas en kits destinados a cada uno de los consejos comunales del circuito. Mientras tanto, quienes integraban el equipo de recreación de la brigada se dirigían a una plaza cercana, donde decenas de niños y niñas —muchos de ellos viviendo ahora en carpas junto a sus familias— esperaban las actividades pensadas para interrumpir, aunque fuera por unas horas, el trauma y la incertidumbre de las últimas semanas.

Solo cuando todo aquello estuvo en marcha, Raimelis encontró un momento para explicarnos lo que estábamos viendo. “Han sido seis meses muy difíciles”, dijo, casi con tono de disculpa, como si las evidencias no estuvieran ya a la vista de todos. No se refería únicamente al terremoto.

El Circuito Comunal Rómulo Gallegos agrupa a catorce consejos comunales de Catia La Mar y reúne a unas 5.500 familias. Como ocurre en muchas comunidades populares de Venezuela, sus habitantes llevan años construyendo instituciones de autogobierno popular, aunque hace apenas medio año el proceso era desigual y seguía estando en construcción. Fue solo después del ataque del 3 de enero, explicó Raimelis, cuando el circuito comunal comenzó a consolidar un sistema realmente sólido de coordinación. Frente a la emergencia, los consejos comunales aprendieron a trabajar juntos de maneras nuevas. Esas lecciones, conquistadas en circunstancias dolorosas, resultarían indispensables cuando el terremoto les golpeó menos de seis meses después.

“El bombardeo nos cambió”, nos dijo Raimelis. Lo que quería expresar era algo muy profundo. El ataque del 3 de enero dejó dos personas fallecidas y obligó a varias familias a abandonar sus hogares, llevando al circuito comunal a enfrentar una crisis que pocos habrían imaginado. Mientras el gobierno venezolano emprendía la reconstrucción del edificio de viviendas sociales destruido por el misil, la comunidad organizaba refugios temporales, coordinaba la distribución de alimentos y realizaba asambleas para procesar colectivamente las consecuencias humanas y políticas del ataque.

El 3 de enero marcó un punto de inflexión. El ataque dejó al descubierto limitaciones en la capacidad de respuesta del país, pero, en el Circuito Comunal Rómulo Gallegos, también aceleró un proceso organizativo que, de otro modo, probablemente habría tomado años. Los consejos comunales que antes trabajaban de forma relativamente independiente comenzaron a coordinarse diariamente, a compartir información y a desarrollar mecanismos comunes para la toma de decisiones.

“Cuando llegó el terremoto”, recordó Raimelis, “ya sabíamos cómo trabajar juntos”. A las pocas horas del sismo del 24 de junio, los vecinos ya estaban recorriendo el territorio para verificar la situación de las familias, identificar construcciones en riesgo y enviar reportes a la Sala de Autogobierno, el órgano de coordinación del circuito comunal. La información fluía desde cada consejo comunal hacia la instancia coordinadora, lo que permitió establecer prioridades casi de inmediato.

Al observar a Raimelis en acción, resulta evidente que su papel no consiste tanto en dar órdenes sino en conectar a la gente. Alguien llega preguntando dónde se encuentra el campamento transitorio. Otra persona quiere saber si un adulto mayor con movilidad reducida fue incluido en el censo más reciente. Un voluntario interrumpe para preguntar dónde deben colocarse los insumos destinados a las niñas y los niños. Antes de responder, Raimelis echa un vistazo a su teléfono, donde continúan llegando mensajes desde distintos sectores del circuito comunal.

Nada en su actitud transmite agotamiento. Sonríe con facilidad, saluda a casi todo el mundo por su nombre y parece saber no solo qué hay que hacer, sino también quién necesita una palabra de aliento. Más tarde, varias personas nos confiaron que esa ha sido siempre su manera de ser: alguien cuya calidez humana y capacidad organizativa la convirtieron, desde mucho antes de cualquiera de las dos catástrofes, en un punto de referencia para la comunidad.

Sin embargo, esa serenidad oculta meses de enorme tensión. Raimelis reconoce que ella y el resto de la comunidad sintieron un profundo miedo el 3 de enero, cuando el fragmento del misil cayó sobre el barrio. Además, desde el terremoto ha dormido muy poco: las tareas urgentes dejan poco tiempo para descansar, cada réplica revive el recuerdo del primer temblor, y cada episodio de lluvias intensas renueva el temor de que las laderas afectadas o las viviendas debilitadas puedan colapsar.

“Esto no lo puede hacer una sola persona; lo hacemos entre todos”, afirma Raimelis, hablando desde la experiencia. “Cada consejo comunal conoce su territorio. Sabe cuántas familias tienen niños chiquitos, qué adultos mayores viven solos, quién perdió su casa y quién necesita medicamentos. Por eso podemos responder con rapidez”.

Raimelis está describiendo mucho más que una respuesta eficiente ante una emergencia. Está explicando una forma de conocimiento colectivo forjada a lo largo de años de organización, autogobierno y trabajo en conjunto para solucionar problemas. La respuesta después del terremoto no fue improvisada; había sido aprendida mucho antes y, como todo conocimiento forjado en la práctica, no puede desaprenderse fácilmente. Es la expresión material de aprendizajes acumulados durante años de experiencia colectiva.

El terremoto no creó la capacidad de respuesta de la comunidad; puso de manifiesto capacidades construidas a lo largo del tiempo y fortalecidas tras el ataque del 3 de enero. La historia puede dejar ruinas, pero también puede dejar instituciones, relaciones sociales más sólidas y formas duraderas de conocimiento colectivo que se vuelven indispensables cuando sobreviene una catástrofe.

NOTA

* Un circuito comunal es una agregación de consejos comunales (espacios territoriales de democracia directa) que planifican la toma de decisiones y los proyectos colectivos, y a menudo constituyen un paso previo hacia la conformación formal de una comuna.

Publicado originalmente en inglés en Monthly Review Online.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

jueves, 6 de agosto de 2026

Entre el humo de las estrategias trumpistas de extorsión y el declive imperialista de EE.UU

Fuentes: Rebelión

En cada choza de esclavos, en cada vivienda de esclavos, se susurra sobre alguien llamado Espartaco, que ha revolucionado al mundo. Sí, él lo ha logrado. Tiene un poderoso ejército. Pronto marchará sobre la propia Roma, y en su ira echará abajo las murallas de Roma. Allí donde va pone en libertad a los esclavos y todo el botín que recoge va a un fondo común; y esto sucedía antaño, cuando las tribus eran dueñas de todo y no había hombre que poseyera riquezas. Sus soldados sólo poseen sus armas y las ropas que llevan a la espalda y los zapatos que calzan. Ése es ahora Espartaco. (Espartaco, Howard Fast)

Nadie en su sano juicio (y dicho esto no para ironizar) podría considerar el desquiciamiento de Trump como un dato irrelevante. Figurativamente se ha invocado la exposición del “maletín nuclear” en manos de un psicópata como un peligro lindante con la destrucción total de la vida en el planeta. Probables patologías aparte, cuando se busca alguna lógica a este comportamiento caótico se le suele reducir a una estrategia de negociación propia de un magnate,  especulador, apostador, criptoestafador y extorsionador en uso de su posición amenazante con la fuerza militar para arrinconar a sus interlocutores o enemigos.

Examinar rasgos psicológicos de un individuo, comandante en jefe del imperio occidental, simplifica la cuestión del poder hasta la nada material. Significa tanto como pretender hacer racional lo irracional. Pero la irracionalidad, más allá de una conducta desviada o anómica, emana de un espíritu de época inherente a la vía seguida para darle una imposible salida a la crisis de hegemonía imperialista y a la crisis del capitalismo.

Se ensayan ofensivas de corto plazo para pretender salvar los pútridos restos del sistema a largo plazo.

Mientras el capital ficticio se apodera de los mandos de la nave a la deriva se agota toda posibilidad de salida histórica a diferencia de la fase de construcción de EEUU como imperio. En el siglo XIX, con el despojo territorial de México puso las bases para continuar con la expansión económica; luego, a inicios del siglo pasado cimentó las bases para desplazar a Inglaterra como la potencia capitalista dominante, y en la segunda posguerra edificó todo el sistema internacional para consolidar ese carácter. El combustible comenzó a ser insuficiente, paradójicamente cuando se erigía como potencia unipolar hasta entonces indiscutida tras la implosión de la URSS. Los organismos financieros internacionales, brazos ejecutores de los intereses del gran capital (ficticio/financiero) mostraron su verdadera complexión a base de esteroides.

Mientras la gran depresión de 1930 fue conducida democráticamente por el impulso industrializador revigorizado con el gasto público, la crisis iniciada en 2008 carece de ese basamento centrado en el capital productivo. Aunque siempre siguieron germinando las semillas sembradas por el Ku Klux Klan, el supremacismo blanco y su congénito macartismo anticomunista.

La forma más irracional del capital, teorizada por Marx como dinero que pare dinero (D-D’) expresada en Wall Street drenó en caudales crecientes la plusvalía hasta el pago de intereses al capital bancario y ulteriormente a su mejor engendro: el capital ficticio invertido en múltiples instrumentos más allá de la deuda convencional, tal como los derivados financieros en todas sus expresiones. Conviene no caer en formulaciones superficiales de la corriente dominante en economía que considera todos estos valores como simples rentas obtenidas por inversiones en un sentido vago. Lo mismo da si se desarrollan en la producción de petróleo, en la compra de deuda, en las fluctuaciones del precio de las acciones, en los movimientos cambiarias de las materias primas o en las cotizaciones bursátiles. Todas las enmarcan bajo la rúbrica de rentas o beneficios como sinónimos perfectos sin distinción entre la esencia y su presentación funcional.

Esta irracionalidad se realiza en prácticas materiales concretas: ante la baja en la rentabilidad del capital (tendencia decreciente de la cuota de ganancia) gran parte de las inversiones de capital-dinero se realiza en el mercado financiero, de fondo capital ficticio como representación del valor-capital sin una necesaria correspondencia en capital-mercancías o en plusvalía ya realizada como ganancia.

Como los individuos encarnan las relaciones sociales imperantes, la personificación del capital ficticio corresponde al presidente de la nación superpotencia, ahora más que nunca. De ahí la expresión disociada entre su discurso y la realidad, entre el interés general del capital y los intereses de su fracción capitalista, entre su comportamiento financiero y la necesidad de valorizar el capital industrial, entre su talante de inversionista especulador en lo individual y su función ejecutiva de jefe de Estado. Entre la coyuntura y la estructura, para condensar estos binomios contradictorios en su esencia.

Ahí donde las decisiones tomadas en Washington parecen moverse por exabruptos o brotes psicóticos del hombre sentado en la oficina oval, impera la naturaleza volátil e inmediata del capital ficticio. Se aborta la concepción de un proyecto de largo aliento al declinar las bases de la hegemonía yanqui.  Reina la mecánica de ensayo-error-corrección-ensayo para solventar el vendaval cuando todas las rutas de navegación conducen a las turbulentas corrientes del errático capital ficticio.

La Casa Blanca ha insuflado sobrevida a Wall Street con el gasto militar al lanzar la ofensiva contra Irán para beneficiar al complejo militar-industrial con operaciones bélicas, pausas, amagos de negociación y reanudación de la escalada contra Irán. Todo ello en tan sólo cinco meses. De 2025 a 2026 el gasto en defensa de EU se incrementó en 13.4 %[1].

Entre los intersticios de la política de Estado imperialista, Trump realiza proyectos para beneficiar su propio interés corporativo, sea en el mega resort anunciado en la Gaza ocupada (25 mil millones de dólares[2]), el despojo en Albania para desarrollar un emporio turístico en la isla de Sazán y los humedales de Vjosa-Narta (5.4 mmdd[3]), así como el fracasado proyecto para el antiguo edificio del Ministerio de Defensa en Belgrado (500 mdd)[4]. La ruta del dinero Trump deja una estela de sangre desde Medio Oriente hasta los Balcanes.

Y desde luego, EU acrecienta su ofensiva dando continuamente coletazos de bestia herida próxima a la agonía. La doctrina Donroe es unadeclaración de impotencia al replegarse hacia la región latinoamericana en sus lances para domeñarla, con falsos outsiders en las recientes elecciones presidenciales de Perú y Colombia.

Quedan lejanas las visiones pletóricas de hegemonismo absoluto que emparentaron la megalómana arenga del clásico “Siglo estadounidense” de Henry Luce (Time, 1941) con “El fin de la historia” de Francis Fukuyama (The National Interest, 1989). Desde una teleología mesiánica hasta ser el faro moral global, ambas piezas contenían una misión histórica secular para Estados Unidos en sus peroratas de autoglorificación.

Cada episodio coyuntural reciente escribe el futuro de E.U. al pagar facturas más caras cuando emprende operaciones encaminadas a alterar en su favor la balanza de poder internacional. Al intentar sincronizar el reinicio de las incursiones militares con las cotizaciones de las acciones en la bolsa de valores de las compañías petroleras, armamentísticas y tecnológica, socava a cada paso el débil andamiaje de Estado como totalidad.

El Fondo Monetario Internacional en su Actualización de Perspectivas de la Economía Mundial (julio 2026) le subtitula con una encrucijada de alta intensidad geopolítica: entre los vientos cruzados de la guerra y la tecnología. Entiéndase por esta, el desarrollo de la Inteligencia Artificial por las grandes corporaciones. La tendencia favorable a su éxito la hace sustentar el FMI en una recolonización al contemplar “políticas que alivien las restricciones en los ámbitos de la energía y la infraestructura, mejoren el acceso a insumos críticos y faciliten la reasignación de la mano de obra entre sectores”[5]. Simple y llanamente profundización del despojo, monopolización de materias primas estratégicas y aumento del ejército industrial de reserva por mayores despidos. Todos los ingredientes a la carta para abaratar los elementos de capital constante y capital variable.

Precisamente esos objetivos enunciados están planteados en el Corolario Trump para alimentar las inversiones especulativas en las corporaciones tecnológicas. No escapa al FMI el dato de tener valoraciones bursátiles infladas. En su taimado lenguaje tecnocrático aflora la alta probabilidad de una afectación mayúscula en la economía mundial si se registrase la caída en los precios de las acciones de las empresas que desarrollan IA. El objetivo inmediatista de la administración Trump es el de allanar el camino a sus socios de la tecno oligarquía, orgánicamente alentados por el capital ficticio (en apuestas de alto riesgo).

Las medidas aplicadas para reflotar esta rentabilidad no se condicen con una reestructuración de efectos duraderos sobre la cuota de ganancia, al complementarse con el control del Estrecho de Ormuz en un evento ya saldado a favor de Irán. Sólo la generalización de la IA en los procesos productivos de la gran industria podría darle una oxigenación a E.U. en un sector cuyo contendiente tiene una delantera considerable: la República Popular de China.

Michael Roberts ha insistido sobre un recambio sustancial: “la rentabilidad del capital productivo ha disminuido, lo que ha provocado una desaceleración de la inversión en actividades productivas y, en consecuencia, un menor crecimiento de la productividad. Esto se observa especialmente en la UE en comparación con EE. UU. después de 2008”[6].

Como porcentaje del PIB, la participación de rubros relacionados con el capital ficticio en la economía estadounidense evidencian la rotunda preponderancia de las variables financieras sobre los agregados macroeconómicos (economía real). 

Aun con la falta de datos para valor agregado industrial desde el mandato de Biden, en cuanto a acciones negociadas y capitalización bursátil de empresas nacionales cotizadas es firme su repunte desde 2022, aunque no alcancen los porcentajes de 2007, año previo a la actual crisis del capital; así como la alicaída participación en el PIB en los indicadores mostrados sobre capital productivo (valor añadido en industria y formación bruta de capital fijo). El impresionante desfase entre ambas esferas evidencia la mayor rentabilidad de los instrumentos financieros del capital ficticio y las endebles bases de la valorización de capital explicados por Roberts.

Al imperialismo estadounidense le queda reactivar su colosal aparato militar sin abonar victorias frente a sus enemigos, en el negocio de la guerra emprendida a la par de mantener a flote las finanzas de las grandes corporaciones tecno oligárquicas. Como país cumple sus 250 años carcomido, agresivo, con padecimientos crónicos incurables y con enemigos multiplicados; su principal adversario es la irrupción de inconformidad en su propio territorio con derrotas electorales en importantes ciudades al MAGA.

El peligro para América Latina aumenta desde el secuestro del presidente Nicolás Maduro y al redoblar la asfixia económica sobre la heroica Cuba socialista. Mientras sigue afilando sus garras sobre el Caribe y los recursos mineros del río Bravo a la Patagonia.

Sólo la renuncia a la hegemonía impide al gigante asiático erigir el presente como el Siglo Chino.

Notas:

[1] ISS, Presupuesto de defensa del presidente Trump para el año fiscal 2026: prioridades que se mantienen, nuevas misiones.

En: https://www.iiss.org/online-analysis/military-balance/2025/05/president-trumps-fy2026-defence-budget-continuing-priorities-new-missions/

[2] ABC News, Funcionarios estadounidenses promocionan los planes para una «Nueva Gaza» repleta de relucientes rascacielos de lujo. En: https://www.abc.net.au/news/2026-01-23/us-touts-new-gaza-filled-with-luxury-real-estate/106261524

[3] RTSH, El primer ministro Rama declaró a Reuters: La inversión en Zvërnec continuará a pesar de las protestas; se prometió la protección de la fauna silvestre. En: https://rtsh.al/rti/en/pm-rama-to-reuters-zvernec-investment-will-continue-despite-protests-wildlife-protection-pledged/

[4] BBC; La polémica en Serbia por la construcción de un Hotel Trump en un lugar bombardeado por la OTAN en 1999. En: https://www.bbc.com/mundo/articles/cy9032lvlglo

[5] Fondo Monetario Internacional en su más reciente balance de la economía mundial.  https://www.imf.org/-/media/files/publications/weo/2026/update/july/spanish/text.pdf

[6] Roberts, Michael; “Empresas de la UE: ¿un ‘capitalismo de renta?” en https://thenextrecession.wordpress.com/2026/07/20/eu-companies-a-capitalism-of-rent/

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