jueves, 30 de julio de 2026

La anatomía de la firmeza


MEDIO ORIENTE, EE.UU. :: 24/07/2026

RAMZY BAROUD

Movilización popular, autonomía estratégica y las raíces de la resistencia iraní :: Más allá de la matriz del poder convencional

Al analizar la actual ofensiva militar contra Irán, el discurso dominante occidental recurre invariablemente a una metodología fría y basada en datos. Registra el volumen total de aviones furtivos, calcula la precisión de las municiones de gran altitud y mide el peso económico de los regímenes de sanciones en múltiples niveles. Desde esta perspectiva altamente lineal, la guerra se considera un hecho consumado: un enfrentamiento entre "el ejército más poderoso del mundo" y un Estado fuertemente sancionado y estructuralmente aislado.

Sin embargo, este marco fracasa sistemáticamente a la hora de explicar una realidad empírica evidente. A pesar de haber soportado décadas de estrangulamiento económico, sofisticada guerra cibernética, asesinatos selectivos de sus principales líderes políticos y militares, y bombardeos quinéticos directos, la nación iraní no ha capitulado. No ha renunciado a su autonomía estratégica, ni se ha hundido en el caos interno.

Para comprender cómo Irán ha sido capaz de hacer frente --e incluso prevalecer-- ante esta presión sin precedentes, el análisis debe abandonar los parámetros de la ciencia militar convencional. La verdadera base del poder iraní no se encuentra en las especificaciones de sus sistemas de defensa aérea o en el tamaño de sus arsenales de misiles balísticos, sino en la sociología interna de su sociedad. La resistencia de Irán tiene sus raíces en una conciencia política profundamente arraigada, una estructura auténtica de movilización popular y una comprensión sofisticada de la resistencia asimétrica que considera la ofensiva actual no como una crisis aislada, sino como la continuación de una larga lucha histórica por la soberanía.

La falacia del modelo de decapitación

El principal punto ciego intelectual de la planificación estratégica occidental e israelí se basa en lo que puede denominarse el "modelo de decapitación" de la política. Esta doctrina se basa en una concepción rígida y piramidal del poder estatal. Presume que la autoridad en una nación no occidental se concentra íntegramente en una cúspide vulnerable formada por élites políticas, comandantes militares y una infraestructura burocrática centralizada. En consecuencia, la hipótesis estratégica es que si se ataca la cúspide --si se llevan a cabo asesinatos de alto perfil y se desmantelan las estructuras de mando de arriba abajo-- toda la pirámide social y política que se encuentra debajo se fragmentará inevitablemente, cundirá el pánico y se derrumbará hasta la sumisión.

Cuando se aplica a Irán, este modelo ha demostrado ser un error de cálculo catastrófico. La misma lógica puede aplicarse a Palestina y a Líbano. La resiliencia iraní se basa estructuralmente en la movilización popular más que en el control de las élites. La energía política del Estado no fluye hacia abajo exclusivamente desde una sala de juntas centralizada; se reproduce orgánicamente dentro del tejido social más amplio de la población. Cuando el adversario ataca a altos funcionarios del Estado o a comandantes militares, actúa bajo la ilusión de que está cortando la columna vertebral de un organismo pasivo. En realidad, está golpeando un sistema diseñado para regenerar la autoridad desde el seno de la propia sociedad.

Esta resiliencia a nivel macro se manifiesta de forma visible en la cohesión pública masiva, espontánea y altamente organizada que se observa en las calles de Teherán y otras ciudades iraníes, mientras el pueblo iraní se enfrenta a una crisis existencial. Para los simuladores clínicos de los 'think tanks' occidentales, estas concentraciones masivas se descartan fácilmente como un espectáculo estatal orquestado. Se trata de un profundo error. Estas movilizaciones públicas representan una experiencia histórica colectiva y una base ideológica compartida que trasciende las quejas políticas individuales.

Al tratar a la población civil como un mero conjunto pasivo de individuos que deben ser sometidos mediante la miseria material o el impacto quinético, la ofensiva activa, de manera inadvertida, una conciencia anticolonial profundamente arraigada. Ante una amenaza existencial, las críticas internas a las políticas económicas del Estado o a las ineficiencias burocráticas quedan sistemáticamente relegadas por un compromiso colectivo con la soberanía nacional. El tejido social de la resistencia popular se convierte en una red defensiva descentralizada, que garantiza que la eliminación de líderes individuales no paralice al Estado, sino que, por el contrario, acelere una consolidación interna que refuerza la estabilidad institucional.

Redefiniendo las reglas de combate

Aunque este análisis no entra en detalles técnicos militares, es fundamental examinar cómo la cohesión social interna de Irán se traduce en una doctrina de desafío estratégico altamente eficaz sobre el terreno. Durante años, los analistas occidentales interpretaron erróneamente la postura de Irán como una de "paciencia estratégica" pasiva: una disposición a absorber los golpes con la esperanza de que los ciclos diplomáticos externos cambiaran. La ofensiva actual ha hecho añicos esta suposición, revelando una transición hacia una doctrina activa y calculada de elevación de costes a niveles insoportables diseñada para reescribir las reglas de combate tradicionales.

Irán ha logrado hacer frente a un poder militar convencional superior desmantelando sistemáticamente las suposiciones estratégicas del adversario. La fase inicial del desafío iraní se ha centrado en gran medida en imponer una ceguera estratégica a las fuerzas ofensivas. Al atacar y degradar las redes de radar avanzadas, la infraestructura de vigilancia y los sistemas de alerta temprana en toda la región, Teherán ha neutralizado eficazmente la superioridad de datos en tiempo real en la que se basan los ejércitos occidentales para llevar a cabo una guerra de bajo riesgo y a larga distancia.

Simultáneamente, este desafío se ha aplicado al ámbito económico. En lugar de intentar igualar el poder totalizador de los bloqueos financieros occidentales, Irán ha emprendido presiones marítimas y logísticas selectivas y altamente disruptivas. Al demostrar su capacidad para elevar los costes de los seguros, interrumpir corredores energéticos vitales y forzar el desvío del transporte marítimo comercial mundial, Teherán ha transformado el ámbito económico de un régimen de sanciones unilateral en una vulnerabilidad mutua.

Fundamentalmente, esta estrategia se sustenta en un giro económico a largo plazo hacia las principales potencias asiáticas, lo que garantiza que la economía nacional mantenga un nivel básico de comercio y suministro de materiales que proteja a la población de la privación absoluta. El campo de batalla se ve así alargado intencionadamente por los planificadores iraníes, desplazando el conflicto de un enfrentamiento quinético rápido y de alta intensidad --que favorece las ventajas tecnológicas occidentales-- a una prueba prolongada de resistencia política, social y económica, un ámbito en el que el tejido interno cohesionado del Estado iraní ostenta una clara ventaja.

Diplomacia regional de doble nivel

Un elemento crítico de la capacidad de Irán para prevalecer frente a esta ofensiva sin enfrentarse a un aislamiento diplomático o geográfico total es la ejecución de una sofisticada política regional de doble nivel. Un Estado convencional que se enfrenta a la embestida de una superpotencia mundial normalmente trataría de construir alianzas militares estándar o capitularía ante las exigencias regionales. Irán, por el contrario, ha explotado las contradicciones internas del panorama político regional para neutralizar la creación de un frente unificado contra sus fronteras.

La diplomacia iraní opera trazando una distinción clara y explícita entre la presencia de los activos militares de EEUU y los gobiernos árabes anfitriones en cuyos territorios residen dichos activos. Teherán no ha tratado a sus vecinos inmediatos como un monolito hostil e indiferenciado alineado con la ofensiva occidental. En cambio, a través de un compromiso diplomático directo y continuo, Irán ha señalado una realidad clara y binaria a las dictaduras vecinas: mientras estos gobiernos mantengan una estricta neutralidad e impidan activamente que su espacio aéreo, su logística y sus instalaciones militares sean utilizados como plataformas de lanzamiento para la agresión contra el territorio iraní, serán tratados como socios en la estabilidad regional. Esto funcionó en el caso de Arabia Saudí, pero fracasó con los Emiratos Árabes Unidos, simplemente porque estos últimos se han alineado plenamente con los objetivos bélicos de EEUU e Israel.

Aun así, la postura calculada de Irán ha creado una enorme fricción en el cálculo estratégico de la alianza occidental.

Los regímenes vecinos, plenamente conscientes de la capacidad demostrada de Irán para la disuasión localizada y el aumento de los costes, reconocen que permitir que sus territorios se conviertan en armas provocaría contraataques inmediatos y devastadores contra sus propias infraestructuras críticas. En consecuencia, en lugar de facilitar una coalición multinacional sin fisuras contra Teherán, estas dictaduras han presionado cada vez más a Washington para que restrinja sus operaciones, negándose a conceder derechos de sobrevuelo o a permitir que se lancen acciones ofensivas desde su territorio. Al lograr desvincular a los regímenes regionales de los mecanismos operativos de la maquinaria militar occidental, Irán ha fracturado efectivamente el consenso coercitivo, aislando a los principales agresores y transformando lo que pretendía ser una estrategia de contención regional en una campaña aislada y de largo alcance con rendimientos estratégicos cada vez menores.

El detergente moral

A medida que se desintegran las justificaciones materiales, regionales y estratégicas de la guerra contra Irán, la alianza occidental se ha apoyado cada vez más en su última defensa retórica: la moralización absoluta de los sistemas políticos. Para comprender por qué el modelo iraní ha mantenido un amplio consenso popular frente a este asalto ideológico, hay que analizar el colapso total de la marca "democracia" occidental frente a los ojos del Sur Global.

En el discurso político occidental contemporáneo, la legitimidad se ha reducido a una aritmética procedimental estrecha: el recuento superficial de votos en un solo día, certificado por instituciones que operan dentro de sistemas económicos fuertemente gestionados por las finanzas corporativas, el cabildeo institucional y la concentración de la propiedad de los medios de comunicación. La opinión pública se manipula sistemáticamente, pero el resultado de este ritual electoral se trata como una verdad moral absoluta e inmutable. Cuando un líder occidental consigue una victoria procedimental dentro de este marco, el triunfo electoral se utiliza inmediatamente como un "detergente moral".

Bajo las reglas de este excepcionalismo democrático, la alineación electoral interna otorga a un Estado inmunidad internacional permanente frente a la responsabilidad legal, estructural y moral. Poco importa si un gobierno viola sistemáticamente el derecho internacional humanitario (o los DDHH al interior de sus fronteras), impone sanciones draconianas que matan de hambre a la población civil o lleve a cabo bombardeos preventivos ilegales en todo el mundo. Se consideran intrínsecamente legítimos porque su aritmética procedimental interna se ha alineado.

Esta marca convertida en arma sirve como principal escudo diplomático para los actores occidentales y sus representantes regionales, lo que se manifiesta de forma más visible en la invocación histórica del régimen israelí como "la única democracia de Oriente Medio". Esta etiqueta no funciona como una descripción honesta de una realidad política, sino como un aislamiento diseñado para proteger a los dirigentes del escrutinio jurídico internacional. Los debates parlamentarios y los ciclos electorales se citan habitualmente para desviar las acusaciones de castigo colectivo, ocupación militar y el genocidio en curso en Gaza. El lenguaje de la democracia se presenta activamente como una armadura civilizada, transformando graves violaciones del derecho internacional en acciones defensivas e ilustradas de un régimen privilegiado.

Sin embargo, celebrar unas elecciones no altera la ilegalidad de un acto militar, ni borra los crímenes de guerra. Cuando se utiliza una marca política para justificar la devastación masiva y proteger activamente a los líderes políticos de la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia, deja de ser un sistema de derechos y se revela como un instrumento cínico de poder bruto. La población iraní (y muchas otras del Sur Global), al observar esta hipocresía sistémica a través del prisma de su propia historia revolucionaria, rechaza las pretensiones universalistas de este modelo occidental. Reconoce que la exigencia de "democratización" no es, con frecuencia, más que un caballo de Troya retórico diseñado para desmantelar sus instituciones soberanas y sustituirlas por estructuras políticas dóciles y alineadas con Occidente.

El reajuste del poder mundial

En última instancia, la legitimidad no es un molde occidental universal y válido para todos; es profundamente contextual, cultural e histórico. La capacidad de Irán para hacer frente y prevalecer frente a la actual ofensiva sin renunciar a su soberanía ofrece una prueba definitiva de una cohesión estructural profundamente arraigada. Un sistema político que sólo fuera una dictadura coercitiva no podría soportar cuatro décadas de tensión externa totalizadora; se habría fracturado a lo largo de sus líneas de falla internas ante el primer impacto quinético intenso.

La supervivencia del modelo iraní demuestra que la verdadera legitimidad del Estado reside en la presencia de un tejido institucional y social suficiente para absorber las crisis externas, recurrir a las tradiciones históricas de resistencia y mantener la consolidación nacional cuando la alternativa es la pérdida total de la independencia.

La guerra contra Irán ha logrado exactamente lo contrario de los efectos previstos. En lugar de demostrar el dominio absoluto del poder occidental, ha puesto de manifiesto la obsolescencia histórica de sus plantillas estratégicas lineales y el colapso moral de su retórica. La instrumentalización de la marca democrática ya no puede enmascarar el fracaso estratégico y la ilegalidad de la extralimitación imperial. A medida que las viejas narrativas se fracturan sin posibilidad de reparación, la firmeza de la resistencia iraní significa algo mucho más grande que un estancamiento localizado: marca el fin definitivo e histórico del dictado occidental sin oposición y la llegada innegable de un orden mundial multipolar.

Alai


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-anatomia-de-la-firmeza 

La era del capitalismo rentista: no poseerás nada


Scarlet O.*   julio 23/2026

Mantener las ganancias futuras implica asegurarse de que nada te pertenezca realmente. La venta de un artículo, en lugar de ser el final del intercambio, se convierte en el inicio de una relación parasitaria; una que extrae valor del mismo bien una y otra vez, mucho después de su supuesta venta.






PlayStation anunció recientemente que dejará de producir discos físicos en 2028 para todos los juegos nuevos que lance en sus consolas. Si bien esto generó mucha controversia, no es de extrañar. La transición de los soportes físicos a los servicios en la nube lleva gestándose más de una década.

Una de las primeras empresas destacadas en realizar esta transición, pasando de la propiedad a la renta, o «software como servicio», fue Adobe. Los primeros usuarios de licencias de Photoshop pagaban entre 300 y 500 dólares y eran dueños de Photoshop para siempre. Adobe finalmente se dio cuenta de que estaba perdiendo ingresos recurrentes al convertir a estos usuarios en clientes únicos, por lo que en 2013 pasó a alquilar Photoshop a los consumidores mediante una cuota mensual. El usuario tendría que seguir pagando cada mes, indefinidamente, para usar el producto. Nunca tendría la opción de poseerlo. En lugar de 300 dólares una sola vez, ahora eran 300 dólares al año durante todo el tiempo que quisiera usar el producto.

Al mismo tiempo, Netflix estaba reduciendo su servicio de alquiler de DVD por correo (que seguía en cuidados intensivos hasta 2023) para centrarse en su servicio de streaming. ¿Para qué comprar una colección de DVD si se podía ver prácticamente cualquier cosa pagando una cuota mensual? Si bien es cierto que es mucho más cómodo pagar por servicios de streaming que tener una colección de miles de títulos en casa, también tiene sus desventajas.

Si una serie o película favorita no tiene la licencia adecuada, es prácticamente imposible encontrarla en línea. Algunos contenidos han desaparecido por completo. Por ejemplo, Dogma de Kevin Smith y El amanecer de los muertos de George Romero no se encuentran en las plataformas de streaming debido a complejos problemas de licencias. Hay que piratearlas o tener una copia física.

Además, la desaparición de los formatos físicos ha eliminado por completo el mercado secundario; ya no se puede prestar un juego o una película a un amigo, ni revenderlo. Tampoco se puede comprar un juego usado con descuento en GameStop. El precio de compra de ese artículo lo fija el capitalista, independientemente de la antigüedad del medio, y la distribución está centralizada, creando un mercado cerrado.

Mientras el capital mantiene el control absoluto sobre los bienes comunes digitales, también ha creado una escasez artificial que le permite cobrar lo que quiera, cuando quiera, por el uso de algo que siempre has usado, pero ahora bajo sus propias condiciones. El objetivo de todo esto es transformar nuestra propiedad en renta, haciéndonos dependientes del pago continuo por el acceso a algo en lugar de simplemente poseerlo.

Vemos nuestras series en plataformas de streaming, subimos nuestras fotos al almacenamiento en la nube, compramos libros electrónicos con licencias revocables en lectores que podrían dejar de funcionar cualquier día si Amazon así lo decide , compramos dispositivos inteligentes para el hogar con publicidad que no se puede desactivar, incluso nuestros coches ahora tienen muros de pago.

Una venta ya no es una venta, es un acuerdo temporal que nos da acceso a un bien por un tiempo limitado, que se puede revocar a voluntad. En su afán por obtener beneficios perpetuos, en lugar de innovar, la clase capitalista ha decidido que prefiere seguir cobrándote por lo mismo una y otra vez. Los capitalistas están pasando de la simple producción de mercancías a una mercancía más nebulosa: el permiso. No poseerás nada, pero ¿serás feliz?

El año pasado, Volkswagen fue noticia al decidir restringir el acceso a toda la potencia de sus modelos ID.3 Pro y Pro S mediante un sistema de pago. Los consumidores debían pagar una cuota mensual para que su coche funcionara a pleno rendimiento. Otros fabricantes han experimentado con la opción de restringir el acceso a asientos calefactables, GPS y arranque remoto mediante suscripción. Peor aún, algunos fabricantes han instalado interruptores de seguridad en los coches que permiten a la entidad financiera apagar el motor si no se realiza un pago.

El mensaje es claro: no posees nada, pero nosotros te poseemos. Esto se aleja del modelo capitalista tradicional —los trabajadores producen bienes para el capitalista, este los vende al consumidor, quien los posee y los utiliza— y se asemeja más a un sistema feudal: puedes usar los bienes, pero solo dentro de las instalaciones del propietario.

El capital recompensa la búsqueda de ganancias ilimitadas, por lo que las empresas no solo deben expandir su base de clientes, sino también extraer cada vez más de la que ya poseen. Al limitar el valor de uso total de un producto y restringir su acceso mediante un muro de pago, las empresas pueden obtener beneficios indefinidamente. Esto no significa que la innovación haya muerto, sino que se utiliza para innovar en contra del consumidor.

Una mejor pantalla para que tu refrigerador inteligente muestre anuncios ha reemplazado la invención de un refrigerador cuyo compresor no se averíe en cinco años. El cliente ahora es un inquilino. El capitalista, el arrendador. La compra ya no pone fin a la relación, sino que ahora está mediada directamente por el poder que el vendedor conserva sobre su producto.

Mientras que la orientación del capitalismo industrial se centraba en vender un producto y esperar un cliente satisfecho que volviera a comprar algo nuevo, su versión moderna suele estar en conflicto con las necesidades y deseos del consumidor.

La actitud del capital hacia sus consumidores a menudo es incluso abiertamente hostil. Cosas tan simples como cancelar un servicio se diseñan intencionadamente para que sean lo más difíciles posible, los productos se fabrican para que acaben estropeándose, los sitios web utilizan tácticas engañosas para manipular a los visitantes y que compren («¡suscríbete y obtén un mes gratis!»), y las garantías se anulan si se intenta reparar algo. Nada de esto beneficia a los consumidores, sino que todo ello tiene como objetivo aumentar la explotación. Cuando la propiedad es siempre parcial y revocable, otorga a los capitalistas un nivel de control sobre las mercancías que antes no tenían.

Un efecto secundario, a menudo ignorado, de esta creciente privatización de los bienes comunes en busca de ganancias es que la preservación del patrimonio para las generaciones futuras quedará en gran medida en manos de empresas privadas.

Los historiadores y coleccionistas deberán depender de compañías privadas para archivar todo lo que existe. Si los archiveros necesitan autorización explícita para hacer copias físicas de documentos que no tienen un producto físico, ¿cuánto se verá limitada su capacidad para documentar y preservar nuestra historia? Incluso la preservación de fotografías depende ahora de la suposición de que la nube siempre estará disponible. No podemos dejar nuestra cuenta de iCloud a nuestros hijos, así que, si ocurriera una catástrofe de datos, ¿qué dejaríamos atrás? En esta búsqueda por eliminar todos los mercados secundarios, el capital se asegura de que nuestra huella solo exista en el ciberespacio, sin importar el mundo real.

No se trata solo de la desaparición de los soportes físicos, sino de cómo la clase capitalista ha comenzado a ver el concepto de propiedad como un obstáculo. Un obstáculo para la extracción, un obstáculo para el control. El capitalismo ha incitado a las empresas a considerar la salida del mercado de un producto adquirido como una amenaza para su futura acumulación, y por lo tanto, a asegurarse de que dicho producto nunca desaparezca realmente.

Marx escribió que «la burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y, por ende, las relaciones de producción, y con ellas, todas las relaciones sociales». Hoy, lo que la burguesía ha revolucionado no es solo la producción, sino el concepto mismo de propiedad.

Mantener las ganancias futuras implica asegurarse de que nada te pertenezca realmente. La venta de un artículo, en lugar de ser el final del intercambio, se convierte en el inicio de una relación parasitaria; una que extrae valor del mismo bien una y otra vez, mucho después de su supuesta venta. Los juegos se convierten en licencias. Los automóviles en suscripciones. El software en un servicio.

Nada es realmente tuyo.

* Columnista del blog “Dialéctica del Declive”

Fuente: observatoriocrisis.com 

Cuba, setenta y tres años después del asalto al cuartel Moncada: la historia sigue en marcha


Carmen Parejo Rendón
                                        23 jul 2026

             Imagen ilustrativa.                          Sven Creutzmann / Gettyimages.ru

"Condenadme, no importa. La historia me absolverá". Con estas palabras terminó Fidel Castro su alegato de defensa tras el asalto al cuartel Moncada. Pronunciadas en octubre de 1953, cuando la acción emprendida unos meses antes parecía haber terminado en una derrota, aquellas palabras expresaban una certeza difícil de sostener ante el mundo de entonces y, sin embargo, una extraña invitación al optimismo.

En 1953, Francia libraba una guerra en Indochina contra las fuerzas del Viet Minh, mientras Gran Bretaña combatía movimientos anticoloniales en distintos puntos de su imperio. Todavía faltaban dos años para que la Conferencia de Bandung reuniera a numerosos países de Asia y África y diera forma política a un mundo que comenzaba a reclamar una voz propia frente a las antiguas potencias coloniales.

La Unión Soviética atravesaba también un momento decisivo. Stalin había muerto en marzo de aquel mismo año y se abría una etapa de incertidumbre sobre el rumbo del primer Estado de obreros y campesinos. Apenas un día después del asalto al Moncada, el 27 de julio de 1953, terminaba la guerra de Corea, dejando tras de sí un territorio devastado y una península dividida hasta nuestros días. Unas semanas más tarde, la CIA estadounidense y el MI6 británico derrocaban al Gobierno iraní de Mohammad Mossadegh, que había osado nacionalizar el petróleo de su país.

Fidel Castro con su equipo de mando en un escondite secreto en la selva.Gettyimages.ru

En septiembre, Estados Unidos y la dictadura franquista firmaron los Pactos de Madrid, que permitieron la instalación de bases militares estadounidenses en España y consolidaron al régimen como aliado estratégico de Washington. Terminaba así de caer la careta antifascista de la posguerra: apenas ocho años después de la derrota del Eje, una dictadura nacida de la victoria del fascismo era rehabilitada como centinela del Occidente anticomunista.

En América Latina, Washington preparaba ya el terreno para el golpe de Estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala, cuya reforma agraria afectaba, entre otros grandes propietarios, a los intereses de la United Fruit Company.

El 26 de julio de 1953, un grupo encabezado por Fidel Castro asaltó el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, mientras otra columna atacaba el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo

En Cuba, Fulgencio Batista había tomado el poder mediante un golpe de Estado un año antes, clausurando la vía constitucional y consolidando un régimen estrechamente vinculado a los intereses estadounidenses en la isla.

En aquel escenario, tampoco parecía haber demasiados motivos para pensar que un pequeño grupo de jóvenes pudiera cambiar el curso de los acontecimientos. Y, sin embargo, así fue.

El 26 de julio de 1953, un grupo encabezado por Fidel Castro asaltó el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, mientras otra columna atacaba el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. El objetivo era golpear a la dictadura de Batista y abrir el camino a una insurrección. La operación fracasó. Muchos de los participantes fueron capturados y asesinados, entre ellos Abel Santamaría; otros, como Fidel, Haydée Santamaría y Melba Hernández, terminaron en prisión.

Los revolucionarios cubanos toman la localidad de Fomento en 1953.Gettyimages.ru

Tras la amnistía de 1955, los supervivientes del Moncada confluyeron con los militantes que habían sostenido la organización desde la clandestinidad y con nuevos grupos que se incorporaban a la lucha. De aquella confluencia nació el Movimiento 26 de Julio, que tomó como nombre la fecha de la derrota inicial y comenzó a preparar una nueva etapa de enfrentamiento contra la dictadura.

La persecución desatada por la dictadura obligó a Fidel a exiliarse en México, donde organizó el regreso armado junto a Raúl Castro y otros revolucionarios. Allí se incorporaron al proyecto, entre otros, Ernesto 'Che' Guevara y Camilo Cienfuegos. Mientras tanto, dentro de Cuba se fortalecía la estructura clandestina del Movimiento 26 de Julio. Frank País dirigía la organización de la lucha urbana y articulaba el apoyo del llano a la guerrilla; Haydée Santamaría participaba en la dirección clandestina y en la obtención de recursos y armas; y Celia Sánchez organizaba en Oriente las redes campesinas, logísticas y de enlace que resultarían decisivas para recibir a los expedicionarios del Granma y sostener después a los combatientes de la Sierra Maestra.

Hubo reveses, asesinatos, huelgas fallidas y momentos en los que la guerrilla estuvo cerca de desaparecer.

En diciembre de 1956, los expedicionarios del Granma desembarcaron en la isla consiguiendo establecer un núcleo guerrillero en la Sierra Maestra. Desde entonces, la lucha contra Batista se desarrolló simultáneamente en las montañas y en las ciudades.

Nada hacía inevitable la victoria. Hubo reveses, asesinatos, huelgas fallidas y momentos en los que la guerrilla estuvo cerca de desaparecer. Frank País fue asesinado en 1957 y numerosos militantes pagaron con su vida la actividad clandestina. Sin embargo, durante 1958 el Ejército Rebelde consiguió resistir la gran ofensiva de Batista y pasar al ataque. Las columnas revolucionarias avanzaron hacia el centro del país mientras el régimen comenzaba a desmoronarse.

En la madrugada del 1 de enero de 1959, Batista huyó de Cuba.

Revolución naciente

Habían pasado poco más de cinco años desde el asalto al Moncada. Un fracaso militar había terminado dando nombre al movimiento que derribó a la dictadura. Pero lo que comenzaba entonces iba mucho más allá de un simple cambio de gobierno.

La Revolución Cubana nacía y lo hacía entre victorias y derrotas, avances y retrocesos, sacrificios y una profunda conexión con la propia historia de Cuba. También desde la capacidad de comprender los tiempos, de saber cuándo avanzar y cuándo resistir y, sobre todo, de no confundir nunca derrotas puntuales con el final de la historia.

El triunfo de enero de 1959 cambiaría para siempre la historia de la isla, pero también la de América Latina y, en buena medida, la del mundo. Cuba demostró que el destino aparentemente reservado a los pequeños países de la periferia podía ser desafiado. Su Revolución se convirtió en referencia para movimientos de liberación mucho más allá de sus fronteras y abrió, a apenas noventa millas de Estados Unidos, una grieta que más de seis décadas después continúa abierta.

Han pasado 73 años desde aquel asalto al Moncada y la Cuba revolucionaria atraviesa de nuevo uno de los momentos más difíciles de su historia. Estados Unidos ha llevado hasta extremos todavía mayores el bloqueo impuesto durante más de sesenta años, incorporando nuevas sanciones y una presión sobre el suministro energético que ha agravado dramáticamente las condiciones de vida en la isla.

Pero lo que ocurre en Cuba no puede leerse de forma aislada. En enero de este mismo año, Estados Unidos atacó Venezuela y secuestró a su presidente, Nicolás Maduro, y a Cilia Flores. En febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una gran ofensiva contra Irán en la que fue asesinado el líder supremo de la República Islámica, Ali Jameneí.

Cuando escribimos estas líneas, los bombardeos estadounidenses sobre territorio iraní continúan; también persisten los ataques en Líbano, mientras el genocidio en Gaza se cronifica después de más de dos años.

La violencia desplegada en distintos rincones del mundo —y también dentro de las propias fronteras de Estados Unidos— puede devolvernos la imagen de un tiempo cerrado y oscuro. Pero no puede ocultar una realidad elemental: nada está definitivamente escrito.

Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía nos deja el Moncada. Una derrota no tiene por qué ser el final. Puede ser también un comienzo. En julio de 1953, el horizonte parecía igualmente cerrado: los imperios parecían sólidos, las derrotas se acumulaban y las posibilidades de transformación podían parecer remotas. Y, sin embargo, poco después aquel mundo comenzó a cambiar de una manera que pocos habían sabido prever.

No olvidemos que la historia, al final, como supo ver Fidel, acaba dando la razón a quienes están dispuestos a luchar del lado de los pueblos.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.  

miércoles, 29 de julio de 2026

Urumqi: el corazón logístico terrestre de la Nueva Franja y Ruta

                                                                                                                                    
China

A través de este gran puerto internacional terrestre de Urumqui, que ocupa una superficie de 67 kilómetros cuadrados, China aspira a reconectar Eurasia y continuar más allá hasta Europa.
(*)

·

·

Centro logístico de Urumqi
Centro logístico de Urumqi

Urumqi significa en mongol “hermoso pastizal”. Hoy el paisaje de esta ciudad de 4,5 millones de habitantes, capital de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang es un entramado de rascacielos y grúas en continua construcción que no deja de crecer. Todo está tan nuevo y tan limpio que parece una maqueta o una recreación con Inteligencia Artificial. Pero no. Es real. Si antaño Urumqi fue un enclave importante en la Ruta de la Seda, hoy se ha convertido en el mayor nodo logístico terrestre del mundo. Tiene el récord Guiness de ser la ciudad más grande del mundo situada a mayor distancia del mar —a unos 2.500 kilómetros de la costa más cercana— y, paradójicamente, es el epicentro del corredor económico que está redefiniendo el comercio global. Urumqi se ha convertido en el corazón que bombea mercancías a lo largo de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), el megaproyecto de infraestructuras con el que China aspira a reconectar Eurasia y continuar más allá hasta Europa. Lo hace a través del Puerto Terrestre Internacional de Urumqi, un complejo logístico intermodal que ocupa una superficie de 67 kilómetros cuadrados. Fue inaugurado en su fase principal en 2019 y está en constante expansión.

Este Puerto Terrestre Internacional es la respuesta china a una pregunta milenaria: ¿cómo acortar la distancia entre las fábricas de Asia Oriental y los consumidores de Europa sin depender exclusivamente de las largas y vulnerables rutas marítimas? Esa respuesta es el ferrocarril; que las mercancías viajen por raíles de acero.

Urumqi tiene la mayor terminal de trenes de carga de todo el oeste de China. Allí diariamente se ensamblan y desensamblan trenes de mercancías como si fueran piezas de un colosal mecanismo de relojería. La terminal dispone de 1,2 millones de metros cuadrados, para sus contenedores.

A esto se suma una zona de procesamiento aduanero integrado que funciona como una «aduana seca». Aquí, los contenedores procedentes del este de China —Shanghai, Shenzhen, Cantón— son inspeccionados y despachados para su exportación sin necesidad de pasar por los puertos costeros. El proceso, que antes implicaba múltiples traslados y verificaciones, se ha simplificado gracias a un sistema de «ventanilla única» digital que permite completar todos los trámites en un tiempo récord de 24 horas, frente a los varios días del sistema tradicional.

El tren que acortó el mundo: el ferrocarril China-Europa

La columna vertebral del desarrollo logístico de Urumqi es la red de trenes de mercancías China-Europa, conocidos como los «trenes de la seda de acero». Los trenes cargan con hasta 55 contenedores cada uno y recorren la distancia entre Urumqi y los grandes centros de consumo europeos en un tiempo que oscila entre los 12 y los 16 días, una velocidad imposible para el transporte marítimo —que tarda entre 35 y 45 días— y un coste significativamente menor que el transporte aéreo.

Urumqi funciona como un gran embudo ferroviario. De su estación de carga parten y llegan trenes a través de dos pasos fronterizos principales: Alataw Pass (Alashankou), en la frontera con Kazajistán, que canaliza aproximadamente el 60% del tráfico, y Horgos, el otro gran puerto terrestre, que absorbe el 40% restante. Entre ambos, gestionaron en 2023 más de 14.000 trenes de mercancías, una cifra récord que consolida el corredor euroasiático central como la ruta de transporte terrestre más dinámica del planeta. El crecimiento cada año es apabullante.

Despliegue de las vias desde Urumqui, hacia tres grandes destinos

Desde Urumqi, las vías se despliegan hacia tres grandes destinos: el corredor norte, hacia Rusia y Bielorrusia hasta alcanzar Polonia y Alemania (Hamburgo y Duisburgo son los nodos de recepción europeos); el corredor central, hacia Kazajistán, el Mar Caspio, el Cáucaso y Turquía, la ruta que evita las sanciones a Rusia y está ganando importancia estratégica; y el corredor sur, hacia Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán, con proyección hacia Irán y Pakistán.

El tren más emblemático es el que une Urumqi con Madrid, el famoso «Yixin’ou», el recorrido ferroviario más largo del mundo, con 13.052 kilómetros. Aunque su frecuencia no es diaria, su existencia es un símbolo del grado de conectividad alcanzado. Un tren de mercancías puede salir del puerto terrestre de Urumqi un lunes y estar en la terminal de Abroñigal en Madrid 18 días después, tras cruzar ocho países.

Lo que viaja en los contenedores

En los convoyes que salen de Urumqi con destino a Europa, el producto estrella es, sin sorpresa, la electrónica y la maquinaria. Teléfonos móviles, tablets, portátiles y componentes informáticos ensamblados en las fábricas del delta del Yangtsé y del río Perla suponen alrededor del 35% del valor total de las mercancías. Le siguen los bienes de equipo mecánico y eléctrico —robots industriales, motores, sistemas de climatización—, que representan un 25%. Un segmento en rápido crecimiento es el de los vehículos: los trenes que parten de Urumqi llevan ya contenedores con coches completos, sobre todo vehículos eléctricos de marcas chinas, un producto que está encontrando un mercado voraz en Europa y que ha pasado de ser testimonial a mover más de 100.000 unidades anuales por este corredor.

Otro renglón destacado es el textil y el calzado de alta rotación (moda rápida), que supone un 15% del tráfico. La ventaja del tren frente al barco, en lo que respecta a la velocidad, es clave para este sector. También se transportan muebles, juguetes y artículos para el hogar. A este tránsito hay que sumarle un creciente volumen de productos de comercio electrónico transfronterizo: pequeños paquetes de plataformas como AliExpress y Shein que viajan en contenedores consolidados y que se benefician de la red logística para ofrecer entregas en Europa en menos de dos semanas.

En sentido inverso, los trenes que regresan a Urumqi desde Europa no viajan vacíos. Traen productos agroalimentarios de alto valor: vino español y francés, aceite de oliva italiano, leche en polvo polaca, agua mineral, cerveza artesanal y, cada vez más, carne de cerdo y vacuno congelada. También productos farmacéuticos y cosméticos, madera de Rusia, y maquinaria de precisión alemana. La balanza está lejos de ser equilibrada —China exporta por ferrocarril aproximadamente el triple de lo que importa—, pero el retorno ha mejorado espectacularmente, pasando de un 20% de trenes vacíos en 2018 a un 60% de trenes con carga de vuelta en 2024, según la Administración General de Aduanas de China.

El peaje de la geopolítica

Ningún análisis sobre la logística de Xinjiang puede obviar el contexto geopolítico. El éxito del corredor euroasiático central está íntimamente ligado a las tensiones globales. La guerra en Ucrania y las sanciones occidentales a Rusia han desviado parte del tráfico del corredor norte hacia el corredor central, que atraviesa Kazajistán y el Cáucaso, aumentando la relevancia de Urumqi como punto de desvío y consolidación. Al mismo tiempo, los ataques de los rebeldes hutíes en el Mar Rojo desde finales de 2023, que han perturbado gravemente la ruta marítima de Suez, han disparado la demanda de los trenes China-Europa como alternativa segura y predecible. Las tarifas del servicio de tráfico ferroviario, que llevaban años estables, han subido un 30% en el primer semestre de 2024 por el aluvión de solicitudes de empresas que buscan eludir la crisis marítima.

Esta coyuntura ha convertido a Urumqi en un termómetro de la globalización bajo tensión. Cada contenedor que pasa por sus grúas habla de un mundo que, pese a los discursos de desacoplamiento y las barreras arancelarias, sigue buscando desesperadamente rutas para conectar la producción con el consumo. Los 67 kilómetros cuadrados del puerto terrestre son, en este sentido, un microcosmos de la interdependencia del siglo XXI, un lugar donde la geografía, la tecnología y la ambición política se entrelazan sobre el acero de los raíles.

Más allá del ferrocarril: autopistas y conexión aérea

La red logística de Urumqi no es solo ferroviaria. La ciudad es el punto de origen de una densa red de autopistas de alta capacidad que la conectan con los países vecinos. La carretera Urumqi-Karamay-Tacheng-Bakhty, inaugurada en su tramo final en 2022, conecta con la frontera kazaja y ha reducido el tiempo de tránsito de camiones desde Xinjiang hasta la capital comercial kazaja, Almaty, a menos de 24 horas. La autopista G30, que atraviesa todo el territorio chino desde el Pacífico, tiene en Urumqi su nudo de bifurcación hacia la frontera de Horgos. En total, Xinjiang cuenta con 15 pasos fronterizos terrestres con ocho países, la mayor densidad de toda China, y Urumqi es el centro de control de esa red radial.

Autopista G30 atraviesa todo el territorio chino desde el Pacífico hasta llegar a Urumqi

En el plano aéreo, el Aeropuerto Internacional de Urumqi Diwopu es el más transitado de Asia Central y el cuarto de China en tráfico internacional de carga aérea, por detrás de Shanghái, Cantón y Pekín. Su terminal de carga, ampliada en 2022, tiene capacidad para procesar 550.000 toneladas de mercancías al año. Operan rutas de carga regulares hacia 19 ciudades de Asia Central, Rusia, Oriente Medio y, cada vez más, hacia el sur de Asia. Para productos de alto valor y perecederos, como equipos electrónicos o productos farmacéuticos, Urumqi ofrece un tiempo de tránsito aéreo a Moscú de 5 horas, a Dubái de 4,5 horas y a Islamabad de 3 horas, posicionándose como un hub de distribución aérea regional de corta y media distancia.

El futuro: zona de libre comercio y digitalización

Los planes para desarrollar aún más este nodo logístico no se detienen. El proyecto más ambicioso es la creación de la Zona Piloto de Libre Comercio de Xinjiang, aprobada por el Consejo de Estado en 2023 y que tiene en Urumqi su pieza central. Esta zona de 179 kilómetros cuadrados distribuida en tres áreas (Urumqi, Kashgar y Horgos) aspira a convertir a la región en un experimento de apertura comercial al estilo de Shanghai. En Urumqi, la zona se centrará en servicios financieros, logística de cadena de frío, procesamiento de datos transfronterizos y comercio electrónico, con la meta declarada de quintuplicar el volumen de comercio exterior de Xinjiang en una década.

La tecnología es el otro pilar. La aduana de Urumqi ha comenzado a implementar sistemas de reconocimiento de contenedores por inteligencia artificial, que reducen el tiempo de inspección de 30 minutos a menos de 60 segundos. Se está instalando un sistema de blockchain para la trazabilidad de la cadena de suministro y se planea un gemelo digital del puerto terrestre, una réplica virtual donde se simularán flujos de carga para optimizar rutas y predecir cuellos de botella.

El objetivo último es integrar el flujo de mercancías con un ecosistema de servicios, de forma que, por ejemplo, que una empresa española de aceite de oliva no solo pueda enviar su producto en tren, sino almacenarlo en Urumqi en régimen de depósito aduanero, etiquetarlo y empaquetarlo según la demanda de los mercados de Asia Central, y desde allí distribuirlo a Kazajistán o Uzbekistán en 48 horas. Urumqi no quiere ser solo un lugar de paso, sino un centro de creación de valor añadido logístico para toda Eurasia.

(*) Subdirectora de «Mundo Obrero» 

La trampa de financierizar las pensiones


EUROPA :: 23/07/2026

ALESSANDRO VOLPI

Existe una burbuja gigantesca construida sobre la inteligencia artificial, que requiere liquidez constante y una enorme cantidad de energía. Se está obteniendo liquidez a través del ahorro en pensiones

Las políticas europeas y las de los estados europeos individualmente, principalmente Italia pero no solo, están privatizando los sistemas de pensiones, la sanidad y los servicios esenciales.

La privatización significa financierización. Todo aquello que ya no esté garantizado por el Estado debe estar cubierto por seguros privados, mediante la creación de fondos, pólizas, etc.

Para que la financierización funcione —además de las enormes desigualdades que genera— requiere «mercados» financieros constantemente eufóricos, con rendimientos significativos, capaces de resistir la inflación y minimizar las crisis.

Pero, ¿son realmente capaces los mercados actuales de sustituir al estado del bienestar, a pesar de todas sus limitaciones?

Para responder a esta pregunta, es necesario tener en cuenta algunos elementos.

1) Existe una burbuja gigantesca construida sobre la inteligencia artificial y la tecnología, que requiere liquidez constante y una enorme cantidad de energía. Se está obteniendo liquidez a través del ahorro mundial, que, sin embargo, se está viendo mermado debido a las dificultades de producción en gran parte del planeta.

Ante todo, las grandes inversiones en empresas de IA deben generar beneficios en un plazo razonable, y la mayor limitación en este sentido es la evidente falta de energía. Los centros de datos consumen cantidades de energía que no son compatibles con las necesidades generales de las sociedades «occidentales».

2) Existe un marco geopolítico que ciertamente no es favorable a la estabilidad financiera. Las guerras occidentales en curso provocarán un aumento vertiginoso de los costes energéticos (el cierre de Ormuz y Bab el-Mandeb, la dependencia del GNL, las tensiones en torno a Suez y el estrecho de Malaca, las sanciones), con graves consecuencias inflacionarias que conllevarán tipos de interés y costes de endeudamiento más elevados, lo que dificultará aún más la supervivencia de las empresas de IA, ya que sus beneficios serán inferiores a la deuda que deben pagar.

3) La financierización del rearme occidental; la idea de que las finanzas se alimentan del gasto público en rearme choca con el estado crítico de la deuda pública, que se ve obligada por el aumento de los tipos de interés a destinar porciones cada vez mayores de sus presupuestos a este fin.

4) La crisis de la deuda estadounidense, que ha alcanzado dimensiones alarmantes, y la pérdida de credibilidad del dólar como moneda segura están eliminando del inventario de instrumentos financieros elementos que históricamente se consideraban garantizados.

Por lo tanto, considerar la posibilidad de depositar las pensiones, la atención médica y la educación en el mercado financiero, confiando en sus poderes milagrosos, es realmente una responsabilidad política por la que las clases dominantes —y no solo las políticas— deberían rendir cuentas.

L'Antidiplomatico


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-trampa-de-financierizar-las-pensiones 

La peste parda con traje de gala: la Cumbre de Washington y la resurrección de la dialéctica del odio


Acorralada por su declive histórico irreversible y la erosión de su hegemonía  ante la consolidación de un orden multipolar, la oligarquía imperialista del occidente  colectivo rescata sin pudor el arsenal ideológico del nacionalsocialismo europeo para  justificar un giro represivo y autoritario que buscan imponer a escala planetaria… Lo que hoy  presenciamos es la materialización exacta de su advertencia: el perfeccionamiento de un  estado policial global destinado a blindar los privilegios del gran capital corporativo.

Síguenos en Hojas de Debate.

La reciente cumbre de la infamia celebrada en Washington durante las jornadas de 15 y 16  de julio de este 2026, donde el Departamento de Estado, bajo la férula de Marco Rubio,  congregó a 66 delegaciones —en su inmensa mayoría procedentes del eje de la OTAN,  regímenes satélites de América Latina y gobiernos del Sudeste Asiático firmemente  alineados con la disciplina geopolítica de Washington— bajo el pretexto de combatir un  ficticio «terrorismo transnacional de extrema izquierda», no constituye un mero episodio de  la propaganda electoral norteamericana. Por el contrario, marca un hito tenebroso en la  crisis orgánica del capitalismo global: es la formalización pública de una nueva internacional  reaccionaria. Acorralada por su declive histórico irreversible y la erosión de su hegemonía  ante la consolidación de un orden multipolar, la oligarquía imperialista del occidente  colectivo rescata sin pudor el arsenal ideológico del nacionalsocialismo europeo para  justificar un giro represivo y autoritario que buscan imponer a escala planetaria. 

Esta mutación del imperialismo no nos sorprende a quienes analizamos la historia desde el  materialismo científico. Como ya denunció con lucidez el psiquiatra militar estadounidense  Douglas M. Kelley en su obra fundamental 22 celdas en Núremberg (1947) —escrita tras  evaluar clínicamente la mente de los jerarcas nazis procesados—, el totalitarismo no es una  anomalía exclusiva del temperamento alemán de los años treinta, sino una patología del  poder que anida de forma latente en nuestras propias sociedades occidentales. Kelley lanzó  entonces una advertencia estremecedora a su propio país: los rasgos de personalidad de  aquellos criminales, basados en la ambición ciega, la obediencia burocrática y el uso de la  mentira, el racismo y el odio para obtener prebendas políticas, eran perfectamente 

reproducibles en las élites del poder de los Estados Unidos y del occidente colectivo. Kelley  advirtió que la complicidad con estos mitos supremacistas acabaría por arrastrar a las  potencias occidentales al mismo sumidero de la civilización que el nazismo. Lo que hoy  presenciamos es la materialización exacta de su advertencia: el perfeccionamiento de un  estado policial global destinado a blindar los privilegios del gran capital corporativo. 

La retórica desplegada por Rubio en la apertura del evento no admite matices ni requiere  sutiles hermenéuticas; es una traducción casi calcada de los postulados fundamentales que  Adolf Hitler plasmó en Mi lucha. Al sostener que el socialismo y la búsqueda de la igualdad  material no son más que expresiones del «resentimiento de los incapaces» contra «quienes  construyen», Rubio exhuma el desprecio aristocrático y biologicista del fascismo clásico.  Para el nacionalsocialismo, la igualdad era una aberración biológica; para el imperialismo  contemporáneo, la justicia social es diagnosticada como una patología, como «odio contra  el creador». Estamos ante la apología del «héroe» individual —el gran capitalista o el  oligarca transnacional— frente a lo que desprecian como una «masa gris y desprovista de  gloria». No es solo una declaratoria de guerra contra la clase trabajadora; es un intento de  deslegitimar ontológicamente cualquier proyecto de emancipación humana.  

El fascismo, en su esencia histórica, nunca fue un accidente ni un desvío del sistema, sino  la línea de defensa extrema y violenta de la gran propiedad cuando sus mecanismos de  dominación económica y cultural comienzan a fracturarse. 

Para complementar esta ofensiva ideológica, la cumbre de Washington no dudó en recurrir  a la patologización estética del disidente, una técnica de propaganda depurada en los años  treinta que evoca directamente la noción hitleriana de la «degeneración» (Entartung). Al  describir a los manifestantes y militantes de izquierda como seres «deformados en su  apariencia, vestimenta y modales», sentenciando que su estética exterior es prueba de su  podredumbre interna, el bloque imperialista busca aniquilar el debate de ideas mediante el  asco moral y físico que deshumanice al adversario político. Despojar al opositor de su  condición humana y presentarlo como una anomalía biológica, estética o médica es el  prerrequisito indispensable para legitimar la violencia de Estado, la suspensión de garantías  jurídicas y, en última instancia, el aniquilamiento de los movimientos sociales colectivos. 

Desde un riguroso enfoque histórico-materialista y gramsciano, esta ofensiva responde a  una necesidad imperiosa de disciplinamiento político ante el avance irreversible de la  multipolaridad. Ante la pérdida de control de los mercados tradicionales y la agudización de  las contradicciones internas de sus propias economías, el bloque occidental dominante  necesita la construcción artificial de un enemigo absoluto para mantener cohesionadas a  sus oligarquías satélites. La invención de una «red terrorista de extrema izquierda»  globalmente coordinada —una falacia burda carente de sustento fáctico— cumple la función  de homogeneizar el sentido común punitivo. Se trata de tejer un marco de cooperación  represiva transnacional que criminalice la protesta social y blinde, bajo la fachada protectora  de la «seguridad nacional», los intereses de explotación del gran capital financiero  transnacional. 

Frente a esta restauración reaccionaria, una especie de IV Reich que pretende imponer el  terror y la sumisión como única lógica de existencia, la respuesta de las fuerzas populares,  de clase y verdaderamente democráticas no puede ser la timidez, el reformismo atemorizado de una socialdemocracia dócil ni el silencio cómplice. La escala global de la  agresión exige una respuesta de igual magnitud: la reconstrucción de una sólida alianza  antifascista, antiimperialista e internacionalista de los pueblos. Es hora de librar la batalla de  ideas en cada trinchera, de desmontar el falso relato moral de la burguesía y de oponer a su  «libertad» de expoliación la solidaridad internacionalista de la clase trabajadora. La historia  nos enseña que el monstruo del fascismo solo se nutre de nuestra vacilación. Ante su  ofensiva criminalizadora, nuestra bandera debe mantenerse en alto, unificando la fuerza  organizada bajo la perspectiva irrenunciable de la alternativa socialista. ¡Socialismo o  barbarie! ¡Por la solidaridad internacional de los pueblos y la derrota definitiva de la  opresión!