jueves, 16 de julio de 2026

El comunismo según Trump


Por
Pedro Barragán | 11/07/2026 | Mundo

Fuentes: Rebelión


Hay, seguramente, algo profundamente norteamericano en convertir una fiesta de cumpleaños en una declaración de guerra ideológica. Mientras otros países celebran aniversarios con conciertos, fuegos artificiales y discursos sobre la unidad, Estados Unidos parece incapaz de resistirse a la tentación de buscar un adversario. Y si el adversario sirve además para explicar cualquier incertidumbre del presente, mejor todavía.

En las celebraciones del 250.º aniversario de Estados Unidos, Donald Trump ha vuelto a recurrir a uno de los grandes clásicos del repertorio político estadounidense, al comunismo. En su intervención, ha reivindicado la identidad americana frente a esa ideología, ha apelado al patriotismo y ha presentado la historia nacional como una victoria permanente de la “libertad” sobre el comunismo. No es un mensaje nuevo y lo interesante en esta ocasión no es el contenido, sino el momento.

El comunismo continúa siendo un argumento extraordinariamente útil. Es un enemigo barato, no exige demasiadas explicaciones y despierta reflejos culturales profundamente arraigados, a sangre y fuego -recordemos la limpieza de McCarthy-, en la sociedad norteamericana.

Además, resulta mucho más sencillo declarar una cruzada contra una palabra que enfrentarse a un hecho mucho más incómodo, al ascenso imparable de China.

Y ahí reside el verdadero interés del discurso.

Porque Pekín no está ganando terreno únicamente por fabricar más barato o por dominar cadenas de suministro estratégicas. Está logrando construir, lo que es algo mucho más ambicioso, un relato alternativo sobre el orden internacional.

Durante décadas, Washington ha vendido al mundo una fórmula de dominación unipolar a base de democracia neoliberal, libre mercado y liderazgo estadounidense, en un paquete inseparable. El llamado «fin de la historia», la convicción de que el modelo occidental acabaría imponiéndose por pura superioridad económica y moral.

Y China ha enterrado ese mundo en el cajón de la historia.

China no propone exportar una revolución comunista al estilo soviético. Ni pretende convencer al planeta de que todos deben copiar exactamente su sistema político. Su mensaje, bastante más sencillo y práctico, es que cada país del Sur Global puede desarrollarse como considere conveniente, pero necesitan dotarse de una autonomía política frente a Estados Unidos que les permita no tener que aceptar lecciones de Occidente ni condicionamientos políticos, que hasta ahora solo han traído quiebras neoliberales, retraso y dependencia económica, cuando no intervenciones militares. Es un relato menos ideológico y, precisamente por eso, mucho más demoledor.

Cuando Pekín financia infraestructuras en África, América Latina o Asia, no vincula los préstamos con condiciones políticas. Cuando ofrece inversiones tecnológicas, no exige reformas institucionales. Su propuesta consiste en algo mucho más cercano para numerosos gobiernos, se trata de limitarse a la relación económica, de obtener un beneficio mutuo y de que contribuya al desarrollo. China no se dedica a replicar los préstamos occidentales para consumo, consumo que casi siempre es de productos importados del país prestamista.

Occidente viene interpretando esta realidad como una amenaza económica. Pero empieza a darse cuenta de que el progreso chino es mucho más que económico. China está rompiendo el monopolio occidental sobre la legitimidad internacional.

Mientras Pekín se proyecta como un país pacífico, previsible y orientado al futuro, el discurso estadounidense está instalado en una reedición permanente de la Guerra Fría. Se vuelve a utilizar la palabra comunismo para llevar a los adeptos a la imagen ganadora de la Guerra Fría, pero este comunismo de hoy comercia con Wall Street, cotiza en las bolsas internacionales y produce la mayor parte de los bienes tecnológicos que consume Occidente. Los supremacistas estadounidenses denuncian el peligro del comunismo desde teléfonos fabricados en China. Empresas estadounidenses baten récords bursátiles gracias a cadenas de producción establecidas precisamente en territorio chino. Los fondos de inversión que financian las campañas patrióticas mantienen posiciones relevantes en empresas vinculadas al gigante asiático.

Decir que el principal rival de Estados Unidos, el que le ha apartado del podium económico, es una economía profundamente integrada en la economía global, obliga a reconocer que China está ganando la globalización; una globalización que había sido diseñada para mayor gloria del Imperio.

Así que resulta mucho más cómodo recuperar un viejo y conocido enemigo; el comunismo funciona como un comodín narrativo. Simplifica el escenario de retroceso norteamericano en el dominio internacional y transforma la competencia tecnológica, comercial y diplomática de China en una batalla moral entre el bien y el mal.

Pero en buena parte del Sur Global, China no aparece como la encarnación del mal. Aparece como el país que construye puertos, carreteras, centrales eléctricas y redes digitales.

Para desgracia de Trump, identificar la política exterior china en el Sur Global con el comunismo lo que genera es el efecto contrario al que persigue Washington. Porque si cada puerto construido, cada ferrocarril financiado, cada central eléctrica inaugurada o cada préstamo concedido por Pekín se presenta como una victoria del comunismo, el mensaje que reciben muchos países de África, Asia o América Latina no es que el comunismo sea el mal, sino que funciona. Curiosamente Trump atribuye al comunismo carreteras, hospitales, infraestructuras y crecimiento económico allí donde durante décadas Occidente llegó, cuando llegó, con programas de ajuste, recetas neoliberales y cláusulas abusivas.

Asociar el comunismo con eficacia, inversión y desarrollo no parece precisamente la estrategia más inteligente si el objetivo era desacreditarlo.

Pedro Barragán es economista y asesor de la Fundación Cátedra China. Autor del libro Por qué China está ganando.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

El Líbano resiste. Trump desesperado busca una victoria que no consigue


 Sergio Rodríguez Gelfenstein   julio 10/2026

Publicado porOctubre













Más allá de la grandilocuencia de Donald Trump, de su usual retórica sustentada en mentiras y de su hábito imperial de hacer política a partir de amenazas, chantajes y guerra, lo cierto es que no puede exhibir triunfos visibles en Asia Occidental. Al contrario, Irán le acaba de proporcionar una contundente derrota que le cuesta comprender y a la que solo atina a responder con más amenaza y más guerra.

Su política en la región se sostiene en el respaldo de Israel como instrumento de conflicto latente que genera un mercado de armas permanente para el Complejo Militar Industrial, principal puntal de su economía. De otra parte, sus aliados árabes, en su mayoría putrefactas monarquías medievales bastante alejadas incluso de los cánones tradicionales de la democracia occidental, mantienen un firme vínculo con Washington a fin de escapar del escrutinio mundial que esconde la cara para no observar sus satrapías y la violación permanente de los derechos humanos. Esos dos pilares son los que sostienen el edificio de la política exterior de Estados Unidos en la región. Su ambición mayor es acercarlos y para ello han diseñado los Acuerdos de Abraham. Pero han chocado con la férrea firmeza de Irán y del Frente de la Resistencia que paulatinamente ha ido desmoronando los planes imperiales en el Asia Occidental y el norte de África.

Ahora pretenden exhibir un acuerdo entre Israel y el Líbano como éxito de su diplomacia. Pero una cosa son los planes, los objetivos y la narrativa que la mantiene y otra, la realidad. El relato de Washington y de Occidente es que el conflicto en el Líbano tiene su origen en la existencia de los “proxys” que Irán “maneja” en la región. Así, desde el 7 de octubre de 2023, Estados Unidos e Israel han atacado dos veces a Irán responsabilizando a Hamás en Palestina, a Hezbollah en Líbano, a Ansar Allah en Yemen y a las Fuerzas de Movilización Popular en Irak de los problemas de esa zona del planeta.

De esta manera ha sembrado la idea de que Irán es un peligro para la región y para la política occidental. Por ello se ha planteado como objetivo impedir el proyecto nuclear pacífico iraní, desmembrar el Frente de la Resistencia y producir un cambio de régimen en Teherán.

Una mirada distinta señala que en realidad, el 7 de octubre de 2023 dio inicio al desgaste de Estados Unidos y Occidente. Esto, unido a la incapacidad de resolver a su favor la crisis ucraniana y la creciente superioridad económica financiera, científica y tecnológica de China, marca -en términos estratégicos- una ruta distinta a la que la retórica de Trump pretende mostrar.

La consolidación de los frentes de apoyo de Irán a Líbano, Irak y Yemen han cambiado la ecuación regional a partir de una modificación en la correlación de fuerzas. Es en ese contexto que Estados Unidos respondió con ataques a Irán en junio de 2025 y febrero de 2026, pero al observar los resultados es fácil concluir que Washington no obtuvo lo que se proponía: Irán consolidó un control sobre el estrecho de Ormuz que antes no tenía; Estados Unidos demoró 30 años construyendo su entramado de intervención militar en la región a través de 21 bases militares que Irán destruyó total o parcialmente en menos de 24 horas y que ahora operan de manera restringida; el Frente de la Resistencia se ha afianzado como fuerza regional; Washington se vio obligado a sentarse a negociar y firmar un memorándum de entendimiento sin importar que lo acepten o no, que lo cumplan o no, porque es sabido que Estados Unidos firma estos acuerdos solo para ganar tiempo y nunca los cumple.

Por otra parte, la negación de Israel a cumplir el acuerdo condujo a que Trump insultara a Netanyahu y el vicepresidente Vance hiciera lo propio con los ministros israelíes, produciendo una fractura en los vínculos que solo se sostiene por una relación simbiótica en la que cada vez menos ciudadanos creen tanto en Estados Unidos como en Israel. Así mismo, la imagen del ente sionista cayó al punto más bajo de su historia mientras que la de Irán se elevó generando respeto y hasta admiración como se hizo público en el evento de futbol de la FIFA; finalmente, Trump tuvo que aceptar que “si todo el mundo tiene misiles, ¿por qué Irán no los puede tener?”.

En esta situación, en la guerra de apoyo a Gaza. el 24 de noviembre de 2024 se produjo un cese al fuego en el Líbano. No hay duda que en ese conflicto, Israel le dio golpes significativos a la Resistencia tras el asesinato de Hassan Nasrrallah, secretario general de Hezbollah, y la operación “Grim Beeper” que dejó 42 combatientes y comandantes de Hezbollah muertos y alrededor de 3.000 heridos en dos días. Además, Israel bombardeó importantes almacenes de la Resistencia. De igual manera logró incluso que en el parlamento fueran nombrados un primer ministro y un presidente controlados por ellos. Los representantes legislativos de la Resistencia no votaron en contra. Necesitaban ganar tiempo y recuperar fuerzas después de la muerte de su máximo líder y la caída de algunos de sus principales comandantes.

En ese contexto, Israel violó el acuerdo del cese al fuego bombardeando durante quince meses al Líbano, tiempo en que la Resistencia no lanzó misil alguno contra el territorio ocupado de Palestina, lo cual fue leído equivocadamente por Israel y Estados Unidos que pensaron que Hezbollah había sido destruido. La lluvia de plomo que recibió Israel a continuación y la existencia de un arsenal de más 60,000 cohetes y misiles, que según fuentes del ejército israelí tiene ahora la organización libanesa y que le permite “alcanzar cualquier parte de Israel con ataques precisos y continuos”, los ha hecho reflexionar y aceptar su error.

Para Irán y la Resistencia el objetivo estratégico es sacar de la región a Estados Unidos, verdadero y único soporte de Israel. Pero haciéndole el juego, el presidente y el primer ministro del Líbano (jefe de gobierno) asumieron a Hezbollah como una organización ilegal en el país, lo cual no deja de ser extraño cuando ese mismo gobierno tiene 5 ministros que pertenecen a la Resistencia y que manifestaron su rechazo a esa medida apoyada por una minoría del país.

Precisamente, la idea de Estados Unidos e Israel era patrocinar que esos ministros abandonaran el gobierno, lo cual hubiera propiciado su caída, pero con mirada estratégica, no le dieron en el gusto al enemigo a pesar de que el gobierno tomó una inexplicable decisión contra ellos.

Para entender esto, hay que saber que el Líbano tiene un “equilibrio religioso” para manejar el Estado. Así, el presidente siempre es cristiano maronita, el primer ministro, sunita y el presidente del parlamento, chiita. Esta estructura surgió de una imposición de Francia que creó tal régimen confesional absolutamente desigual e inequitativo, toda vez que en el sur donde existe mayoría chiita, para ser elegido diputado se necesita de alrededor de 80 mil votos, mientras que en el norte y noroeste del país y en el este de la capital de mayoría maronita basta con entre 3 mil y 5 mil votos para elegirse. Eso ha permitido crear una falsa correlación de fuerzas en el parlamento.

El régimen confesional no admite hacer válido -desde la lógica de la democracia representativa- el resultado de las elecciones de 2018, cuando Hezbollah obtuvo 12 escaños y su alianza ganó las elecciones al obtener 70 de los 128 escaños del Parlamento del Líbano.

En el momento actual, tras las negociaciones entre Israel y el Líbano propiciados por la Casa Blanca y los acuerdos suscritos, el gobierno libanés ha mostrado su verdadera faz como marioneta de Washington, toda vez que no hicieron nada para evitar que la entidad sionista asesinara a más de 500 ciudadanos durante los 15 meses de “alto al fuego”, al tiempo que mantenía una relación normalizada con el enemigo, mientras se producía este exterminio. Al contrario, equivocando al enemigo real, han condenado a la Resistencia.

Hay que saber que la población del Líbano se compone en un 69% de musulmanes (chiitas 32%, sunitas, 31% y drusos 6%) y alrededor de 30% de cristianos (maronitas, greco-ortodoxos, greco-católicos y armenios apostólicos). El 95% de los musulmanes rechazan la alianza con Israel, apoyan a los sunitas de Gaza y están en contra de cualquier paz o normalización de relaciones con la entidad sionista. Este enfoque los lleva a asumir una posición radical frente a Israel porque, ante todo, el genocidio que este ha desatado contra la población palestina sunita de Gaza no admite ninguna aceptación de parte de la nación árabe. En este marco, por el contrario, Hezbollah e Irán han proporcionado ayuda en una cuantía que ningún otro actor ha podido igualar.

El presidente del Líbano Joseph Aoun viene de ser jefe del ejército. Por su parte, el primer ministro Nawaf Salam es un diplomático, jurista y académico que fue -hasta su nombramiento en el cargo actual- juez de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) durante un período de nueve años. Ninguno de los dos tiene el más mínimo arraigo social. Uno y otro han pasado sus vidas alejados de la acción política.

Aoun como jefe del ejército mantuvo excelentes relaciones con Estados Unidos donde tiene propiedades y cuentas bancarias que lo hacen susceptible de chantaje por las probables sanciones que se le aplicarían sino cumple las ordenes de Washington. Hay que decir que como jefe del ejército, también tuvo una buena relación con Hezbollah y con Irán pero ahora está presionado por Estados Unidos.

En todo caso, no hay una opinión única en el ejército sobre este asunto. El General de división Abbas Ibrahim ex Director General de Seguridad Nacional por 12 años, ha defendido a Hezbollah argumentando que la resistencia «es producto de esta tierra» y que su legitimidad proviene del apoyo popular, por lo que considera que no es algo que «se pueda arrebatar”.

De igual manera, Émile Lahoud exgeneral y expresidente entre 1998 y 2007, considerado uno de los políticos más influyentes de Asia Occidental ha apoyado firmemente a la resistencia y ha calificado la idea de retirar las armas de Hezbollah en medio del conflicto como una «traición» militar. Opina que la unidad nacional en torno a la resistencia es la clave para lograr victorias, tal como ocurrió en el pasado.

Vale decir que el artículo 275 del Código Penal Libanés castiga con pena de muerte a cualquier persona de esa ciudadanía que conspire con el enemigo o mantenga contactos con él para ayudar a sus fuerzas a lograr la victoria. Adicionalmente, la Ley N.º 1/1955 sobre el boicot a Israel prohíbe de manera expresa y directa cualquier tipo de acuerdo, comunicación o transacción con personas o entidades que residan en Israel.

En esa medida, desde el momento que el presidente y el primer ministro comenzaron a negociar directamente con la entidad sionista, mientras centenares de ciudadanos estaban siendo asesinados, lo cual podría configurar un delito porque la única salvedad que hace el Código es que dichos contactos solo pueden hacerse de forma indirecta.

Todo ello se ha verificado como una maniobra de Washington para restar validez a los Acuerdos de Islamabad entre Irán y Estados Unidos que fueron las que -al menos en el papel- paralizaban las acciones de Israel en territorio libanés. Las negociaciones en Washington son ilegales e ilegítimas, por lo cual ambas autoridades podrían incluso ser juzgados por traición a la Patria.

En el orden práctico, ni el presidente ni el primer ministro tienen peso político para hacer valer ese acuerdo. Tampoco pueden utilizar al ejército para llevarlo adelante. Debe saberse que los miembros del Ejército y los de la Resistencia son hijos de las mismas familias y no van a aceptar ser utilizados para cumplir el cometido de Washington y Tel Aviv.

Vale la pena regresar en la historia para recordar que el 17 de mayo de 1983, después de la invasión israelí del año anterior al Líbano, también hubo un acuerdo entre Israel y Líbano promovido por Estados Unidos. No obstante solo tuvo validez por un período menor a un año culminando en fracaso toda vez que nunca logró ser implementado: encontró un fuerte rechazo interno en el Líbano que llevó a la guerra civil y a la división del ejército por lo que fue revocado al año siguiente dejando el territorio bajo ocupación sionista.

En 1983 cuando Hezbollah aún era una organización política y militarmente pequeña además de frágil aun y cuando Irán se encontraba inmerso en la guerra contra Irak lo cual le impedía hacer efectiva su fuerza política económica, militar y científica para la solidaridad, se propusieron expulsar a “los estadounidenses, los franceses y sus aliados definitivamente de Líbano, poniendo fin a cualquier entidad colonialista en nuestra tierra”. Ese objetivo se logró en el año 2000.

Ahora, siendo fuerzas poderosas desde el punto de vista político, económico y militar, la misión se encara desde una mejor perspectiva. Como señaló, Nahib Berri, presidente del parlamento. “Quienes redactaron el acuerdo marco quieren provocar conflictos e intriga interna, pero yo no lo quiero, y estoy trabajando para evitar una explosión. Incluso Hezbollah está trabajando para calmar la situación interna, pero quieren persistir en un acuerdo peor que el del 17 de mayo… Quieren un conflicto interno”.

Un periódico libanés al referirse al acuerdo lo describió claramente: “Lo firmaron en Washington. Lo celebraron en Tel Aviv, mientras que en Beirut, el pueblo salió a las calles a rechazarlo”. Netanyahu lo llamó un logro, pero el pueblo libanés lo dijo claramente: “La soberanía no se discute ni se firma, se defiende en la lucha”.

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El trabajo de masas


8 de julio de 2026
Buen intento de centralización de la lucha de masas en el seno del movimiento obrero que lucha, pero el problema del PCE está en que no lo considera en lo fundamental parte de la estrategia, sino como un apartado y como una referencia histórica similar al feminismo o al racismo y la cuestión es que no solo afecta al sector mayoritario del PCE sino también, al conjunto del movimiento comunista español dentro y fuera del partido y del occidente político. El trabajo político de masas desde las organizaciones de masas es parte fundamental de la estrategia de un partido revolucionario y fundamental para la elaboración del programa, la política de alianzas y la táctica política para concretarla, mediante una evaluación diaria en el trabajo de masas, rendimiento de cuentas ante la clase obrera y las rectificaciones necesarias para ir mejorando el programa, las alianzas y la táctica de la línea política de masas del partido. Que no es nada que digamos sino lo fundamental. Nota de Alonso Gallardo 
                                                                                            
José María Alfaya y Arturo Borges, militantes del PCE







La organización del Partido y la actividad y la lucha de masas están dialécticamente unidas. Una y otra son, en su paralelo desarrollo, simultáneamente causa y efecto.

En tal sentido, Álvaro Cunhal secretario general, entre 1961 y 1992, del Partido Comunista Portugués, hizo en el libro “Un Partido con paredes de cristal” (pag.106) las precisas consideraciones de que:

La organización es un instrumento fundamental para promover, orientar y desarrollar la actividad y la lucha de masas. Y la actividad y la lucha de masas constituyen el terreno fecundo en que germina, se desarrolla, florece y fructifica la organización del Partido. Sectorialmente, en el proceso de desarrollo partidario, la organización puede preceder o seguir al trabajo de masas. Si la precede, una de sus primeras y esenciales tareas es encontrar las formas de realizar el trabajo de masas. Si aparece en la secuencia del trabajo de masas realizado a través de organizaciones unitarias, es indispensable que prosiga dicho trabajo de manera incesante. El reclutamiento puede ser dirigido (cuando las organizaciones toman la iniciativa de hacer entrevistas proponiendo la afiliación) o espontáneo (cuando son los candidatos quienes procuran afiliarse por iniciativa propia), en las grandes campañas de reclutamiento, los nuevos militantes llegan al Partido en la cresta de la ola de la lucha de masas.”

Sin duda, al referirnos al trabajo de masas debemos empezar por la defensa del sindicalismo de clase o revolucionario frente al de pacto social, de colaboración de clases o burgués

En el Documento Político del XX Congreso, en la página 25 podemos leer: «Desde el PCE nos reafirmamos en que la clase obrera, con los matices y retos señalados, debe ser la principal protagonista del proceso de lucha por una salida social a la crisis, lo que confiere al sindicalismo de clase un papel fundamental en la conformación del bloque social y político». Con mayor claridad y precisión en la página 32 de este texto se indica: «Desde esta óptica, es desde la que cobra importancia plantear, que la implicación de la militancia comunista en la lucha de clases tiene un instrumento fundamental en el sindicalismo de clase, y que por lo tanto nuestra apuesta por un sindicalismo socio político tiene la referencia de nuestra lucha por el socialismo […] En este sentido tenemos que participar en debates sobre el futuro del sindicalismo que están abiertos dentro y fuera de las Centrales Sindicales, y hacerlo en la defensa de la necesidad de un sindicalismo de clase, reivindicativo, socio político, representativo de la pluralidad de clase obrera y capas populares de este momento histórico […]». 

¿Qué es el sindicalismo de clase o revolucionario? 

Una perspectiva de transformación revolucionaria no puede descuidar los cambios que el desarrollo del capitalismo ha venido produciendo, a lo largo de muchas décadas, en la organización de la producción, la composición de la fuerza de trabajo y la estructura social. Tampoco puede dejar de lado ninguna de las variadas contradicciones de la organización social, entre ellas, muy significativamente, las de género. Una cosa, sin embargo, es incorporar de la realidad que queremos transformar y otra muy distinta es relegar a un segundo plano o a una consideración indiferenciada y confusa el carácter crucial de la contradicción capital-trabajo. Ningún marxista puede perder de vista el papel central de la clase obrera en un proyecto consecuentemente anticapitalista y hacia la construcción del socialismo. La atención prioritaria al movimiento obrero y sindical es consustancial a los objetivos de las personas comunistas. 

En este sentido, en el Documento Político encontramos esta afirmación: «La contradicción capital-trabajo sigue siendo la expresión máxima de las limitaciones y la barbarie del sistema capitalista. Afrontar dicha contradicción de manera cohesionada, con política y perfil propios y con voluntad de superar el sistema actual y alcanzar el socialismo, es una de las tareas pendientes que tiene la militancia comunista[…] El papel de las personas comunistas en el movimiento obrero debe atender por un lado a la centralidad de la contradicción capital-trabajo de nuestro proyecto y la convicción de que la clase trabajadora es el sujeto histórico de transformación».

Este conjunto de interesantes referencias lo había plasmado Marx hace un tiempo en su exposición acerca de la contradicción capital-trabajo: no son la inversión y el beneficio lo que mueve la economía capitalista, es el trabajo; la finalidad de la economía es producir bienes y servicios (mercancías para intercambiar) con los que satisfacer las necesidades humanas. Las mercancías son el resultado exclusivo del trabajo, el dinero no es más que un medio de cambio para intercambiar mercancías.

Lo que sobra en una economía racionalmente organizada es la relación de explotación capitalista, siendo la clase trabajadora la única que garantiza la transformación social en la senda hacia el socialismo.

La focalización en determinadas contradicciones sociales, como las de género o las de matriz «étnica», fue parte destacada del programa de gobierno de Zapatero. Al mismo tiempo se plegó a las imposiciones «neoliberales» de los poderes financieros (reforma laboral y de las pensiones, reducción del poder adquisitivo de los salarios), ajustándose a los intereses del capital en la contradicción capital-trabajo. Para este viaje no hacían falta alforjas. Otros podrían volver a transitar ese recorrido si no se sacan las correspondientes enseñanzas sobre esta contradicción principal en la lucha política y social por la democracia real. 

Como ocurre en la actualidad, por ejemplo, con el Gobierno Sánchez, que ha desplegado una intensa actividad política que desvía la atención sobre su incapacidad o falta de voluntad política para derogar, de manera completa, las reformas laborales del PSOE y del PP o la ley mordaza, auténticas puñaladas contra la clase trabajadora ejecutadas por el anterior Gobierno reaccionario a instancias del gran capital. La carencia de una sólida mayoría parlamentaria del Gobierno Sánchez no puede ser excusa para que una fuerte movilización popular y obrera, promovida por la dirigencia de las organizaciones sindicales, sociales y políticas, de manera especial, las entidades sindicales autodenominadas «mayoritarias», pueda desde la más amplia presión social, a través del sindicalismo de clase de otras ocasiones, lograr que el Gobierno y el Parlamento afronten las citadas derogaciones con todas sus consecuencias.

Ganar para esa lucha a las masas trabajadoras (o «empoderarlas», según el vocabulario al uso), conquistar la hegemonía entre ellas, como suele repetirse citando a Gramsci, exige tener muy presente que el camino más seguro para no sumar conciencias y no cambiar correlaciones de fuerzas a favor de la clase trabajadora es el de renunciar a los objetivos y los combates necesarios. 

No caer, por tanto, en la trampa de la diversidad. Compartimentar justas reivindicaciones populares, aislándolas entre sí y perdiendo todo sentido de clase que las unifique en la lucha política por la transformación social, es asumir el discurso de la clase dominante y contribuir a la perpetuación de esta en el aparato del estado. Sustituye la solidaridad de clase por actuaciones que se acercan a la caridad. La militancia en la lucha de clase se convierte en activistas identitarios al margen de esta. Reclamar derechos a la oligarquía, atender a las necesidades más inmediatas de la clase trabajadora y capas populares mediante la reivindicación y la movilización, es del todo insuficiente si estas batallas no se encuadran en la perspectiva de desalojar a los opresores y explotadores del Estado. Como dice el refranero popular: que los árboles no nos impidan ver el bosque. 

Reclamar derechos en este modo de producción que rechazamos para que se incorporen las conquistas, por pequeñas que sean, al ordenamiento jurídico burgués, es algo muy importante. Sobre todo, cuando se asientan en la movilización popular. Pero lo que en verdad resulta transcendente no es asaltar los cielos, sino algo más modesto como que la clase trabajadora y las capas populares ocupen el Boletín Oficial del Estado. La lucha económica es insuficiente. Solo la lucha de clases, de naturaleza política y social, merece este nombre.

Lenin, en el texto «Al Secretario de la Liga para la propaganda socialista» (LENIN, V.I., Tomo 2, p. 75, Obras Completas, 31.10.1915) señala: 

Nos esforzamos por ayudar a la clase obrera a conseguir un mejoramiento efectivo de su situación, por mínimo que sea (en el terreno económico y político), y agregamos siempre que ninguna reforma puede ser durable, verdadera y seria si no es apoyada por los métodos revolucionarios de la lucha de masas. Siempre enseñamos que un partido socialista que no vincule esta lucha por reformas con los métodos revolucionarios del movimiento obrero puede convertirse en una secta, aislarse de las masas, y que eso constituye la más grave amenaza al éxito del verdadero socialismo revolucionario.”

En el documento «Informe sobre el Congreso de Unificación del POSDR» (LENIN, Tomo 13, p. 53, Obras Completas, junio de 1906) Lenin escribe: 

 “El cambio tiraba verdaderamente de espaldas. ¡En la resolución sobre la insurrección no se hablaba de lucha por el poder, sino de lucha por los derechos! ¡Imagínense qué lío se habrían armado las masas con esa fórmula oportunista y qué absurda habría resultado la chocante discordancia entre la magnitud del medio (insurrección) y la modestia del fin (arrancar los derechos, es decir, arrancárselos al viejo poder, lograr concesiones del viejo poder y no derrocarlo)!”

La lucha de clases tiene su lugar central en el espacio de producción, pero no se reduce a él. En su proyección exterior hay terreno para una amplia unidad popular contra el poder del capital. Con fuerte protagonismo de la clase obrera y desde la defensa intransigente de sus intereses. La que trabaja y la que quiere y no puede trabajar o lo hace a tiempo muy reducido, más quienes han dejado el “mercado de trabajo”, término habitual entre los economistas burgueses, por jubilación o invalidez. Pero también con extensos sectores de las capas medias, autónomos, falsos autónomos, profesionales, el mundo de la cultura, etc. 

 Los principios y directrices que informaron la lucha del proletariado por sus intereses de clase en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, bajo la dictadura franquista, hicieron posible lo que se denominó entonces con razón el resurgir del movimiento obrero. 

 Hoy es preciso un nuevo resurgir en el movimiento obrero recuperando aquellos principios y adecuándolos a la realidad de hoy en día caracterizada por la incorporación de nuevos instrumentos de trabajo, menor concentración de personas trabajadoras en los centros de producción, retroceso significativo en los derechos laborales, desregulación, deslocalización, etc. 

Sin embargo, debemos salir al paso de una afirmación que no por repetida es menos incorrecta: que el proletariado industrial está disminuyendo. Al contrario, los últimos datos de la OCDE señalan que el proletariado industrial está creciendo en el mundo y, en cualquier caso, ningún marxista puede cometer el error de limitar su caracterización de la clase obrera a ese sector particular del proletariado. Sin perjuicio de su importancia clave en el combate contra el capital, se precisa un gran esfuerzo para elevar la conciencia y determinación de las nuevas capas de asalariados surgidas de los cambios de la propia producción. Estas capas sociales no escapan a la explotación del capital y sufren los embates de las políticas dictadas por los intereses dominantes. 

El Documento Político del XX Congreso (pag. 25) hace referencia a esta cuestión: «Al crecer cuantitativa y cualitativamente como consecuencia del desarrollo de las relaciones de producción capitalistas, la clase trabajadora se ha convertido en las más numerosa y decisiva de la sociedad». 

De lo que se trata es de construir un nuevo movimiento obrero capaz de convertirse, una vez más, en fuerza decisiva para los cambios políticos, sociales y económicos que anhelan no solo la clase asalariada, sino también amplias capas de la sociedad, víctimas de la crisis capitalista, asegurando de este modo la autenticidad de esas transformaciones. [1]

Lenin, en el texto «A propósito de la profesión de foi» (LENIN, Tomo 4, p. 336, Obras Completas, 1899-1900) escribe: 

Para un socialista la lucha económica sirve de base para organizar a los obreros en un partido revolucionario, para cohesionar y desarrollar su lucha de clase contra todo el régimen capitalista. Si tomamos la lucha económica de por sí, no encontraremos en ella nada de socialista, y la experiencia de todos los países europeos nos ofrece numerosísimos ejemplos de sindicatos no sólo socialistas, sino antisocialistas. 

La tarea del político burgués es contribuir a la lucha económica del proletariado; la tarea del socialista es lograr que la lucha económica contribuya al movimiento socialista y a los éxitos del partido obrero revolucionario. La tarea del socialista es contribuir a la fusión indisoluble de la lucha económica y la lucha política en la lucha única de clase de las masas obreras socialistas.”

Notas

Notas
1Para ver un amplio desarrollo sobre principios y directrices de un nuevo movimiento obrero recomendamos consultar el libro “EL XX CONGRESO DEL PCE, ¿UN CONGRESO ESPECIAL?” de Miguel Medina Fernández-Aceytuno, descarga gratuita en PDF en Editorial Bubok (pags.183 a 200).