viernes, 25 de septiembre de 2026

FMLN presentó candidatura presidencial a elecciones de 2027


Septiembre 21/2026

El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador ratificó la fórmula presidencial compuesta por el doctor Rafael Aguirre para presidente y Madai Santos como vicepresidenta en las elecciones generales de 2027.










Durante la 47 Convención Nacional Ordinaria del FMLN a través de su Consejo Nacional el FMLN presentó una representación de los más de 700 aspirantes para diputados a la Asamblea Legislativa, alcaldes y concejos municipales.

Al presentarse la fórmula presidencial Aguirre señaló que será un gran reto ganar y un mayor compromiso gobernar sabiamente para todos, tener un diálogo y fiscalización permanente, denegar toda reserva de información e impulsar la auditoría social.

Nuestra única atadura es con la población salvadoreña, afirmó.

Por su parte, Santos abordó temas relacionados con la economía, empleo, educación, salud, y el incremento del costo de la vida.

El secretario general del FMLN, Manuel Flores aseveró que el Frente tiene el reto de ganar, el compromiso de gobernar bien y continuar la tarea heredada de héroes y mártires, así como elevar las voces contra la injusticia.

Anteriormente, Flores describió a la fórmula presidencial ratificada esta jornada como candidatos que vienen del pueblo, conocidos por su destacada lucha en el sistema de salud público.

Aguirre es el secretario general del Sindicato de Médicos Trabajadores del Instituto Salvadoreño del Seguro Social con mayor mayor relevancia en el último año por pronunciarse sobre las deficiencias del sector.

Ninguno es político, son dos luchadores sociales “con capacidad”, ciudadanos que “entienden la lógica del desarrollo del país hacia donde queremos, con políticas sociales y justicia, reivindicación, acercamiento, cooperación, diálogo; es una plataforma establecida por su pensamiento y nosotros vamos a acompañar” aseguró Flores.

Flores también resaltó que el FMLN tiene principios revolucionarios, democráticos, socialistas antiimperialista e internacionalista.

Fuente: prensa-latina.cu 

Hutíes: combate y resiliencia

Fuentes: Rebelión

          A las primeras horas del sábado 19, mientras los riadíes recibían mensajes en sus celulares en que se les advertía que no abandonaran sus viviendas y se oían sonar las alarmas de ataque aéreo, potentes explosiones se escucharon en la capital del reino, sin que hasta ahora se conozca la magnitud de los daños y el número posible de bajas.

Al tiempo que a 1.300 kilómetros al suroeste de Riad, en la costa yemení del mar Rojo, se seguían sumando más desplazados a los 130.000 que llegaron dese el comienzo de mes tras reactivarse la guerra entre la milicia yemení Ansarullah (Seguidores de Dios), conocida también como hutíes, que combate la presencia en su país de Arabia Saudita, articulada por sus agentes locales que se inscriben bajo el nombre de fantasía de Consejo Presidencial, y sus bandas armadas conocidas como las Fuerzas de Resistencia Nacional. (Ver: Yemen, Reto a la Meca), los que en la última semana fueron expulsados de la ciudad puerto de Mokha y de las islas de Mayyum y otras más pequeñas, quedando dueños del cada vez más sensible estrecho de Bab al-Mandeb. (Ver: Yemen, ¿ahora qué?)

El vertiginoso avance de los rebeldes obligó a miles de familias del oeste de Yemen a escapar prácticamente con lo puesto, muchas obligadas a abandonar o malvender a sus animales, buscando desde las planicies de la ribera oriental del mar Rojo alcanzar la ciudad de Taiz, en el suroeste del país, a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar, la tercera más poblada de Yemen, con más de medio millón de habitantes. La que ya se prepara para que pronto sea sitiada por fuerzas hutíes que van a intentar conquistarla. Lo que preanuncia la que sería una batalla clave en este nuevo capítulo de la guerra que comenzó en 2015.

Con esta última cifra de desplazados ya suman cerca de seis millones de personas que se encuentran en esa condición tras el comienzo de la guerra civil de 2014, que se agravó mucho más tras la invasión saudita en marzo del año siguiente, lo que desde entonces ha impedido que la única república de la península arábiga, con más de cuarenta millones de habitantes, consiga terminar con la anarquía y de una vez estabilizarse.

La gobernación de la provincia de Taiz confirmó que organizaciones humanitarias han comenzado a asistir a las familias recién desplazadas, aunque se espera todavía la llegada de muchas más, ya que miles de civiles permanecen en las áreas de combate porque no han conseguido escapar.

La embestida hutí, que desbarató las endebles defensas establecidas por las bandas armadas al servicio del Consejo Presidencial, como la Resistencia Nacional, las Brigadas Gigantes, el Escudo Nacional y la Resistencia Tihami, que sumados representan una fuerza de unos cuarenta mil hombres que “defendían” la costa del mar Rojo, en buena medida consiguió esa victoria, ya que el sector antihutí, que funciona mucho mejor en lo mediático que en lo militar, ya que nunca pudieron articularse en un solo cuerpo, dependiendo de diferentes socios, entre otros Arabia Saudita, Israel y los Emiratos Árabes Unidos, que se acaban de retirar por sus fuertes controversias con los saudíes y en procura de mantener activas las milicias separatistas del sur yemení. Esta falta de articulación militar también les ha imposibilitado definir sus estrategias en la batalla, lo que obviamente benefició al movimiento Ansarullah, que además de contar con un mando unificado bajo la figura de su líder Abdul-al-Houthi, carga una extraordinaria historia de combates y resiliencia que, desde su fundación en 1994, además de las deficiencias de las fuerzas respaldadas por la ONU, en estos últimos años se convirtieron en una fuerza altamente profesionalizada, asistida indudablemente por Teherán en lo que se refiere al uso de su tecnología de drones y misiles de bajo costo.

Ansarullah brega inicialmente en lo político por conseguir instalar un gobierno independiente de potencias extranjeras y equilibrando la preponderancia de las que hasta ahora han tenido las tribus sunitas frente a las chiíes, que son mayoría en el país.

El giro que ha tomado la guerra por delegación de Arabia Saudita contra la resistencia yemení, ha puesto al reino frente a la realidad incontestable de la familia reinante, que ha preferido confiar en el apoyo norteamericano, tanto en lo comercial como en su defensa, tolerar la ocupación sionista de Palestina, convirtiéndose en la cuña que evitó la consagración de la unidad de las naciones árabes, mientras sus príncipes y herederos se ocuparon casi con exclusividad de los grandes negocios.

Es por esto que en este contexto, cuando Donald Trump parece no oír los llamados cada vez más desesperados de Mohamed bin Salman, el príncipe heredero que desde 2017 gobierna de facto y autocráticamente el país, Arabia Saudí parece estar inerte frente al avance de los hutíes, que no solo han golpeado refinerías; el oleoducto Este-Oeste, que permitía a Riad sacar petróleo por el mar Rojo, ya que Ormuz se ha convertido en un pasaje intransitable, lo que parece que también va a suceder en cualquier momento con el estrecho de Bab al-Mandeb, desde donde amenazan los puertos sauditas del mar Rojo, como el de Abqaiq o el de Yanbu, sino que amenazan su propio territorio, como está sucediendo en poblaciones cercanas a la frontera e incluso la capital.

Una pinza temeraria

Frente al colapso de la costa este del mar Rojo, que lleva directamente al canal de Suez, Riad la única respuesta que ha tenido es reclamar ayuda de Washington y la de sus socios del Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca (Turquía y Pakistán), que hasta ahora se han demorado en excusas para no cumplir lo acordado apenas hace cincuenta días.

La importancia estratégica de Arabia Saudita, no solo por sus reservas petroleras, además de su ahora devastada influencia económica y política en la región y su ubicación geográfica, más cuando su rival más importante, Irán, se encuentra absolutamente revalorizado después de derrotar a los Estados Unidos, al ente sionista y a todas las monarquías del Golfo.

De todas formas, hasta este momento es prácticamente inconcebible que Washington y sus vasallos abandonen a los Saud, desde fines de la Segunda Guerra Mundial una fuente inagotable de recursos. Por lo que Trump, en vista del remojón que le han dado en Ormuz y las elecciones de noviembre, no pueda operar directamente, sino que obligue a sus sicarios más próximos en la región, justamente los otros dos firmantes del Acuerdo de la Meca.

Aunque para ninguno de ellos será sencillo. Pakistán está sumido en una profunda crisis económica y de seguridad, ya que no solo está en una guerra larvada con los talibanes afganos, la que se podría reactivar de inmediato, sino que también enfrenta a la insurgencia de Baluchistán, que busca independizarse de Islamabad, y los fundamentalistas de Tehrik-e-Talibán Pakistán, que sueñan con crear un emirato en su país, todo esto alentado y financiado desde India, siempre atenta a cualquier paso en falso de su enemigo más odiado. Mientras que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, tampoco la tiene fácil para embarcarse en una guerra de destino incierto, en vista de las elecciones presidenciales de su país pactadas para abril del 2028, que Erdogan, por medio de una hasta ahora muy difícil tramoya legal, pretende adelantar para poderse postular a un tercer mandato, lo que la Constitución turca hasta ahora impide.

Mientras que los hutíes cuentan con el respaldo de Irán, las milicias chiitas de Irak y las que han sobrevivido en Siria, lo que quede de Hamás y Hezbollah, además de suponer que en este contexto tanto Rusia como China tendrán algo que opinar.

Pero el arma más poderosa con que cuentan tanto los hutíes como los iraníes es la posibilidad, como nunca antes había sucedido, de practicar una pinza absolutamente temeraria, la de cerrar los estrechos de Ormuz y Bab al-Mandeb en simultáneo, una estrategia que solo podría sostener el Eje de la Resistencia con un largo período de combate y resiliencia.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalG

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

La soberanía no se grita, también se negocia


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Hay artículos (Los intermediarios de Trump… contra Elías Jaua de Carlos Mezones), que invitan al debate y hay otros que, aun cuando parten de una preocupación legítima, terminan mezclando conceptos jurídicos, hechos políticos y apreciaciones personales, hasta presentar como verdades concluyentes cuestiones que todavía están sujetas a discusión. El texto de Carlos Mezones sobre los acuerdos petroleros venezolanos y las declaraciones de Elías Jaua pertenece, a nuestro juicio, a esta segunda categoría.

El problema no está en que Mezones cuestione al Gobierno venezolano. En una República, esto forma parte del debate político. El problema comienza cuando se afirma que un acuerdo es “nulo de pleno derecho” y se pretende fundamentar esa conclusión en normas que no necesariamente resultan aplicables al instrumento cuestionado, o cuando se presenta una encuesta de manera distinta a como realmente fueron publicados sus resultados.

Comencemos por lo más elemental: ¿con quién firmó Venezuela los acuerdos petroleros? Aquí hay una primera confusión importante. Hablar de un supuesto “acuerdo petrolero entre Venezuela y el Pentágono” puede producir una imagen política muy poderosa, pero jurídicamente hay que identificar quiénes son las partes de cada instrumento. Los acuerdos anunciados el 2 de septiembre incluyeron a empresas petroleras como Chevron y Eni, (entre muchas otras), además de otros acuerdos vinculados con infraestructura y energía. No estamos hablando, simplemente, de un contrato bilateral entre la República Bolivariana de Venezuela y el Departamento de Defensa de los EEUU. Y esto importa mucho.

Porque una cosa es analizar la relación política entre Caracas y Washington, otra es analizar la participación del Gobierno estadounidense en determinadas negociaciones y otra, muy diferente, determinar la naturaleza jurídica de cada contrato suscrito con una empresa transnacional. No podemos meter todo en un mismo saco.

Si queremos discutir seriamente sobre soberanía petrolera, entonces discutamos los contratos, sus cláusulas, las empresas participantes, la participación accionaria, los mecanismos de control, los ingresos para el Estado venezolano, la jurisdicción aplicable, las obligaciones de inversión y, sobre todo, su compatibilidad con la Constitución y las leyes venezolanas. Esto es mucho más serio que repetir “Pentágono” cada vez que aparece una empresa estadounidense.

Ahora vayamos al argumento central de Mezones: el famoso artículo 52. Aquí hay una incoherencia. El artículo que Mezones invoca no es el artículo 52 de la Constitución venezolana, es el artículo 52 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados de 1969.

El artículo 52 de dicha Convención establece una regla muy concreta, un tratado es nulo cuando su celebración haya sido obtenida mediante la amenaza o el uso de la fuerza en violación de los principios de la Carta de las Naciones Unidas. La propia Convención distingue además esta situación de la coacción ejercida sobre el representante de un Estado, contemplada en su artículo 51. Por esto hay que tener cuidado con las palabras. Coacción no significa automáticamente presión política, no significa automáticamente sanciones, no significa automáticamente una negociación desigual, y mucho menos significa que cualquier acuerdo celebrado en un contexto de presión internacional sea, por ese solo hecho, jurídicamente nulo.

Para aplicar el artículo 52 habría que demostrar los elementos que la propia norma exige, que estamos ante un tratado comprendido por la Convención y que su celebración fue obtenida mediante amenaza o uso de la fuerza, en los términos específicos de esa disposición.

Además, Mezones reconoce que Venezuela no es parte de la Convención de Viena de 1969. Esto no permite concluir, sin más, que los principios jurídicos relacionados con la prohibición de la fuerza sean inexistentes o irrelevantes para Venezuela; pero tampoco permite utilizar automáticamente una disposición convencional, como si Venezuela hubiera ratificado el instrumento y estuviera obligada por él en los mismos términos que un Estado parte.

En otras palabras, reconocer que existe un principio internacional sobre la prohibición de obtener tratados mediante la fuerza no equivale a demostrar que determinado contrato petrolero venezolano sea nulo conforme al artículo 52. Son dos discusiones distintas.

Y hay otra equivocación que resulta todavía más llamativa. Mezones habla del “artículo 52 de la Constitución” como parte de los fundamentos de su argumentación. Pues bien, el artículo 52 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, no trata sobre contratos petroleros ni sobre nulidad de acuerdos internacionales; este artículo reconoce el derecho de asociación con fines lícitos.

Para discutir constitucionalmente contratos de interés nacional, hay que mirar otras disposiciones. Entre ellas, el artículo 150, que establece el régimen de los contratos de interés nacional y contempla la autorización correspondiente en determinados casos. El artículo 187, numeral 9, también atribuye a la Asamblea Nacional competencias relacionadas con la autorización de contratos de interés nacional y de contratos de interés público con Estados o entidades oficiales extranjeros o sociedades no domiciliadas en Venezuela.

Por tanto, si alguien quiere demostrar que un acuerdo petrolero es inconstitucional, bienvenido sea el debate. Pero que cite el artículo correcto, identifique la naturaleza jurídica del instrumento y explique exactamente cuál disposición constitucional fue violada y de qué manera. Decir “esto es nulo de toda nulidad” es una conclusión, no es una demostración.

Y aquí aparece otro elemento interesante: la palabra “coacción”. En el lenguaje político podemos hablar de presión, amenaza, chantaje, imposición, asimetría de poder o condicionamiento. Pero el lenguaje jurídico exige algo más preciso.

Si se sostiene que Venezuela celebró un acuerdo bajo coacción, hay que responder preguntas concretas: ¿quién amenazó a quién?, ¿cuál fue exactamente la amenaza?, ¿en qué momento ocurrió?, ¿qué acto estatal fue consecuencia directa de esa amenaza?, ¿qué representante fue coaccionado?, ¿qué documento demuestra esa circunstancia?, ¿qué cláusula del acuerdo fue impuesta por esa vía?, porque de lo contrario corremos el riesgo de convertir una categoría jurídica en una consigna política. Y una izquierda seria debería desconfiar precisamente de esto, de las consignas cuando sustituyen al análisis concreto.

Aquí es donde la cita de Lenin utilizada por Mezones resulta particularmente interesante. Mezones comienza recordándonos que hay que analizar “la situación concreta” y las circunstancias concretas. De acuerdo, pero esa misma regla obliga a no sustituir los hechos por una interpretación previamente escogida. Si vamos a utilizar a Lenin como referencia metodológica, entonces hagámoslo hasta el final.

Analicemos concretamente quién firmó, qué firmó, qué obligaciones asumió Venezuela, qué recibe el Estado, qué reciben las empresas, cuáles son los controles públicos, qué dice la legislación venezolana y cuáles son las condiciones internacionales en las que se produjo la negociación. No basta con decir: “como existe presión estadounidense, todo lo firmado bajo esas circunstancias es nulo”. Esto no es análisis concreto de una situación concreta, esto es convertir una conclusión política en una conclusión jurídica.

Y tampoco resulta correcto presentar la encuesta mencionada por Mezones como si hubiera demostrado que “90 de cada 100 venezolanos” respaldan el acuerdo petrolero. Los resultados publicados de la encuesta de Hinterlaces a la que se ha hecho referencia señalaron un 82% de respaldo a la alianza petrolera, mientras que otras preguntas del estudio registraron porcentajes cercanos al 90% en relación con las relaciones diplomáticas y económicas y el diálogo y la negociación. El estudio reportado contempló 700 entrevistas y señaló un margen de error de ±3,5%.

Esto no significa que una encuesta sea una prueba de que un acuerdo es bueno. Tampoco significa que una encuesta sea una prueba de que un acuerdo es malo. Una encuesta mide opinión pública, nada más y nada menos.

Por esto tampoco es serio descartarla simplemente porque sus resultados incomodan a quienes critican al Gobierno. Si alguien considera que la encuesta es metodológicamente deficiente, que explique por qué, muestra, cuestionario, fechas, procedimiento, ponderación, ficha técnica y posibles sesgos, esto sí sería un debate. Lo que no corresponde es sustituir el análisis metodológico por el “yo no me lo creo”. Porque si vamos a pedir transparencia al Gobierno, también debemos exigir rigor a quienes lo cuestionan.

Y aquí llegamos a Elías Jaua e Iris Varela. Que ambos hayan expresado reparos respecto de los acuerdos petroleros demuestra que existe una discusión política real dentro del campo chavista y dentro de sectores, que se identifican con el proceso bolivariano. Jaua ha sostenido la tesis de la nulidad por coacción y Varela también ha cuestionado la validez futura del acuerdo por esa misma razón.

Pero que dos dirigentes de una misma corriente política cuestionen una decisión gubernamental, no convierte automáticamente su interpretación en la verdad jurídica definitiva. El debate debe resolverse con documentos, leyes, contratos y hechos. Esto también vale para quienes ocupan responsabilidades en el Estado.

El Gobierno venezolano tiene una obligación política que nadie debería discutir, explicar con claridad qué se firmó, con quién se firmó, cuáles son las condiciones y qué obtiene Venezuela. Una política de soberanía no debería tenerle miedo a la transparencia; por el contrario, mientras más estratégica sea una negociación petrolera, más importante resulta explicar sus términos al pueblo. Pero exigir transparencia al Gobierno no significa aceptar que cualquier interpretación sobre los acuerdos sea jurídicamente correcta.

Y aquí hay algo que Mezones parece pasar por alto, recuperar producción petrolera, atraer capital extranjero y permitir la participación de compañías transnacionales no equivale automáticamente a entregar la soberanía nacional. La cuestión real es bajo qué condiciones se produce esa participación.

Venezuela puede negociar con empresas estadounidenses, italianas, indias, europeas o de cualquier otro país y, al mismo tiempo, defender la propiedad de la Nación sobre sus recursos naturales. La participación de capital extranjero no determina por sí sola, quién posee constitucionalmente los recursos ni quién ejerce la soberanía sobre ellos. Lo decisivo son las condiciones concretas.

De hecho, en septiembre se han conocido nuevos movimientos de empresas internacionales en el sector venezolano, incluida la firma de un memorando entre PDVSA y Continental Resources para desarrollar un bloque de la Faja del Orinoco. Entonces la discusión real no es “extranjeros sí o extranjeros no”.

La discusión seria es, ¿qué porcentaje obtiene Venezuela?, ¿qué control conserva PDVSA?, ¿qué inversiones debe realizar el socio?, ¿qué tecnología aporta?, ¿qué impuestos y regalías se generan?, ¿qué mecanismos de fiscalización existen?, ¿qué ocurre ante un incumplimiento?, ¿qué jurisdicción resuelve una controversia?, ¿qué protección tiene el interés nacional? Esto es soberanía económica en serio.

Y hay algo más que tampoco debemos perder de vista. El mundo petrolero no funciona en un vacío. Venezuela negocia desde una posición internacional determinada por años de sanciones, aislamiento, deterioro productivo, necesidad de inversión y disputa geopolítica. Pretender que esas condiciones no existen sería tan ingenuo, como afirmar que, porque existen, cualquier contrato que Venezuela suscriba queda automáticamente invalidado.

La política exterior consiste precisamente en negociar dentro de circunstancias que muchas veces no son ideales. Esto no significa renunciar a los principios. Significa utilizarlos para obtener el mayor margen posible de beneficio nacional.

Por eso tampoco compartimos la idea de que todo aquel que defiende los acuerdos sea necesariamente un “intermediario del Pentágono”, como tampoco aceptaría que todo aquel que los critique, sea automáticamente un “traidor”.

Este lenguaje termina destruyendo la posibilidad de discutir. Y Venezuela necesita exactamente lo contrario, discutir. Discutir sin complejos la relación con Washington, la participación de Chevron, Eni y las demás empresas, el papel de PDVSA, las condiciones de los contratos, discutir la constitucionalidad de cada instrumento, y discutir también las posiciones de Jaua, Varela y cualquier otro dirigente que formule objeciones. Pero hagámoslo con documentos sobre la mesa.

Si Mezones considera que el acuerdo es nulo, que presente el contrato, identifique la obligación específica que contradice la Constitución, y explique jurídicamente por qué la causal de nulidad resulta aplicable. Si sostiene que hubo coacción, que aporte los elementos que permitan demostrarla jurídicamente. Si considera que la encuesta es falsa, que ataque su metodología y no simplemente su resultado. Y si invoca a Lenin para hablar del análisis concreto, entonces que acepte también la otra parte de la lección, los hechos concretos tienen que ser examinados antes de sacar conclusiones.

Porque defender la soberanía venezolana no consiste en declarar nulo todo lo que venga de Washington. Pero tampoco consiste en aceptar cualquier condición porque venga acompañada de dólares, inversiones o promesas de recuperación petrolera. La soberanía no se mide por el volumen de los discursos. Se mide por la capacidad de un Estado, para negociar, preservar sus recursos, obtener beneficios para su pueblo, controlar sus decisiones estratégicas y hacer cumplir sus propias leyes. Este debería ser el verdadero centro del debate.

Y precisamente por esto, antes de acusar de traición a quienes negocian, o de traidores a quienes critican, sería mucho más útil exigir que se conozcan los contratos, se examinen sus cláusulas y se compruebe, con la Constitución en la mano, qué ganó Venezuela y qué comprometió. Aquí comienza el debate serio, y aquí, también, empieza el verdadero análisis concreto de la situación concreta.


jueves, 24 de septiembre de 2026

Europa paga la factura de la guerra tecnológica de Washington contra China

 
Por Pedro Barragán | 22/09/2026 | Europa

Fuentes: Rebelión

La ofensiva regulatoria de Bruselas contra los proveedores tecnológicos chinos amenaza con imponer miles de millones de euros en costes a las empresas europeas, desviar inversiones del 5G y el 6G y convertir la llamada “autonomía estratégica” en una política que debilita la competitividad europea.

Hay una contradicción cada vez más evidente en la política tecnológica de la Unión Europea. Bruselas proclama que quiere una Europa más competitiva, digitalizada y autónoma, pero simultáneamente impulsa restricciones que podrían obligar a las empresas europeas de telecomunicaciones a gastar hasta 40.000 millones de euros en sustituir equipos.

La advertencia no procede de Pekín, sino de la propia industria europea.

Diecisiete altos ejecutivos del sector, entre ellos los responsables de Orange, Deutsche Telekom y Telefónica, han alertado en una carta sobre las consecuencias económicas de la revisión de la política europea de ciberseguridad. El principal problema son los miles de millones destinados a sustituir equipos que dejarán de estar disponibles para fibra óptica, 5G, 6G y otras infraestructuras esenciales para el futuro digital europeo.

Una factura que pagará Europa

La seguridad de las telecomunicaciones constituye una preocupación legítima. Pero reconocer esos riesgos no obliga a aceptar cualquier respuesta como sensata.

Una política no cargada de estereotipos de guerra geopolítica contra China debería identificar amenazas concretas, evaluar su gravedad y aplicar medidas específicas. Algo muy distinto es convertir el origen chino de determinados proveedores en un criterio determinante y obligar a retirar su infraestructura sin demostrar públicamente que la decisión guarda relación con algún tipo de riesgo.

Europa necesita enormes inversiones para modernizar sus redes. Gastar hasta 40.000 millones de euros en sustituir equipos representa, por tanto, además de una aberración económica un gigantesco coste de oportunidad.

La paradoja de la autonomía estratégica

Bruselas presenta buena parte de su política hacia China bajo conceptos como seguridad económica, resiliencia y autonomía estratégica.

Pero es una verdadera paradoja ver que Europa pretende aumentar su autonomía restringiendo proveedores chinos mientras continúa dependiendo de tecnologías y empresas norteamericanas en numerosos ámbitos de la economía digital.

La verdadera autonomía debería basarse fundamentalmente en aumentar la capacidad tecnológica europea mediante investigación, fabricación, innovación, inversión y mejores condiciones para que las empresas europeas crezcan y compitan internacionalmente.

Bruselas frente a sus propias empresas

La UE lleva años aumentando la presión sobre Huawei y ZTE por supuestos y nunca explicados motivos de seguridad. Motivos de seguridad que tan solo esconden discriminación y proteccionismo.

La protesta de los 17 ejecutivos europeos cambia sustancialmente el debate. Una parte relevante de la industria europea está advirtiendo a Bruselas de que determinadas decisiones adoptadas contra China pueden terminar perjudicando a las propias compañías europeas.

Una política europea alineada con Washington

El problema de fondo es que la ofensiva contra Huawei y ZTE difícilmente puede analizarse al margen de la guerra estratégica de Estados Unidos contra China.

Washington convirtió hace años la exclusión de Huawei de las redes occidentales en una prioridad de su política exterior y tecnológica. Esa campaña estadounidense precedió al endurecimiento europeo. Posteriormente, la Comisión Europea pasó a considerar que Huawei y ZTE presentan riesgos significativamente superiores a otros proveedores y en 2023 reclamó a los Estados miembros que acelerasen las decisiones para sustituir a los denominados proveedores de alto riesgo.

El resultado plantea una contradicción especialmente grave para la pretendida “autonomía estratégica” europea. La UE afirma querer actuar como un polo independiente en el nuevo orden mundial, pero adopta una orientación convergente con la estadounidense incluso cuando algunas de sus propias empresas advierten de que tendrán que asumir una factura multimillonaria.

Europa asume así los costes económicos de la guerra tecnológica de Estados Unidos contra China.

La factura de la decisión

La reacción de los 17 ejecutivos europeos resulta reveladora de la decisión europea. Hasta 40.000 millones de euros destinados a sustituir equipos chinos significan 40.000 millones que no estarán disponibles para otras inversiones.

Bruselas habla constantemente de cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos y China, pero impone a sus propias empresas enormes costes adicionales, para apoyar las políticas supremacistas norteamericanas, precisamente cuando necesitan movilizar cantidades extraordinarias de capital para desplegar fibra, 5G y futuras redes 6G.

El caso Huawei es además sintomático de una transformación mucho más profunda de la política europea hacia China. Durante décadas, la relación se ha construido alrededor del comercio, la inversión y la cooperación económica. Pero hoy se está desmontando mediante conceptos de la seguridad nacional ajenos al comercio como son el riesgo, la dependencia, la resiliencia, el desacoplamiento o la reducción de riesgos.

Europa depende del comercio internacional y necesita mantener relaciones económicas importantes tanto con Estados Unidos como con China. Convertirse en un apéndice económico de la estrategia estadounidense de contención de Pekín reducirá, en lugar de aumentar, su autonomía.

La protesta de los 17 grandes ejecutivos demuestra que la factura empieza a preocupar seriamente a quienes tienen que pagarla.

Pedro Barragán. Economista y editor de China Información y Economía. Autor de Por qué China está ganando.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

«La UE está acabada y China ahora puede desconectar a la economía estadounidense»

Fuentes: Observatorio de la crisis

      La hegemonía de EEUU morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods… pero los chinos no tienen prisa. Están creando la infraestructura para ello.

Glenn Diesen: Bienvenidos de nuevo a todos. Hoy nos acompaña Yanis Varoufakis, profesor de economía, exministro de Finanzas de Grecia y fundador de DiEM25, el Movimiento Democracia en Europa. Así que gracias por volver al programa.

Yanis Varoufakis Muchas gracias por invitarme, Glenn.

Glenn Diesen: Bueno, el discurso sobre la Unión Europea se ha vuelto muy polarizado, especialmente en los últimos años. Es decir, o todo es muy bueno o todo es muy malo. Y alrededor de estas posiciones tenemos narrativas contrapuestas sobre esta postura binaria. Ahora bien, se puede argumentar que la cooperación europea es necesaria e ideal, aunque solo sea por el poder de negociación colectivo y la ayuda para gestionar las relaciones. Pero, yo sería un poco escéptico respecto al desarrollo tan autoritario, el belicismo y la creciente pérdida de utilidad geoeconómica de la UE. Aún así, el bloque parece estar cambiando mucho, al igual que el apoyo que recibe. Me preguntaba, ¿cómo evalúas a la UE hoy y la dirección hacia la que se dirige?

Yanis Varoufakis: Me temo mucho que se está volviendo cada vez más fársica. Escuchaste a Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ayer mismo. En un ambiente festivo, mientras ejercía de anfitriona con Carney, el primer ministro canadiense, se tomó la libertad de comprometer a la Unión Europea a concederle a Canadá una «membresía asociada»; lo cual, ya sabes, podría haber sido una idea interesante si existiera como concepto. Se lo inventó al momento. Es decir, esta gente se inventa las cosas sobre la marcha. Me parece que están en un estado de confusión muy grave.

Pero permíteme empezar desde el principio, con algo que dijiste en tu introducción. Cuando empecé a debatir sobre la Unión Europea dentro de Europa, aquí en Grecia y en Estados Unidos, lamenté el hecho de que el debate estuviera polarizado. Usaste esa palabra: la polarización o los efectos polarizadores del debate sobre Europa. Y esa polarización se daba entre los euroescépticos —personas con buenos argumentos en contra de una entidad de gobierno paneuropea; estos son los burkeanos, los euroescépticos británicos y otros euroescépticos que creen firmemente que, para que un gobierno sea democrático, se necesita una correspondencia biunívoca entre una cultura, una lengua, un parlamento y un estado. Y que eso no podía ocurrir a nivel europeo porque no existía un demos europeo. 

Y si no tienes un demos europeo, ¿cómo vas a tener una democracia europea? Así que si terminas con una burocracia, esta va a ser autoritaria. Este es el argumento euroescéptico que sustenta a bastantes personas en Europa.

No era mi argumento, porque creo sinceramente que el demos es algo que creamos. Tú eres más historiador que yo: la historia del nacionalismo europeo de los siglos XVIII y XIX demuestra que una nación es un producto histórico, es algo que se forja. Los estadounidenses no eran una nación hasta que crearon los Estados Unidos; la mayoría ni siquiera hablaba inglés. Así que la idea de que «no existe un demos europeo y por lo tanto nunca podrá haber una federalización europea democrática» es un argumento respetable, pero no uno que yo haya adoptado.

Luego, por otro lado, tienes a lo que yo llamo los «euro-leales», ya sabes, los diversos think tanks como Bruegel y demás; gente muy lista, pero para quienes la Unión Europea no puede hacer nada mal. Incluso cuando está arruinando las cosas, tienen una visión panglossiana de que esta es la mejor de las Europas posibles y, por tanto, tenemos que apoyarla. Así que tenías a los euroescépticos y a los euro-leales. Yo nunca me alineé con ninguno de los dos. Yo era un eurocrítico, pero en el sentido de la palabra griega antigua «crítico»: alguien que hace las preguntas difíciles. Yo quería que la Unión Europea se convirtiera en una federación democrática.

Me crie fuera de la UE, fuera del Mercado Común. Crecí bajo una dictadura fascista —que, por cierto, estaba en la OTAN pero no en el Mercado Común Europeo—. Mis padres, mi círculo social, todos anhelábamos formar parte de la familia democrática europea. Sabía —especialmente cuando empecé a leer historia— que el Mercado Común Europeo, la Unión Europea como se llama hoy, fue creado como un cártel de grandes empresas. 

No se creó de ninguna manera que se parezca a un estado democrático ni a ningún tipo de estado. No fue el resultado de un proceso socioeconómico y político que generara tensiones entre diferentes clases sociales cuyo resultado fuera la creación de algún tipo de estado para paliar y regular esas tensiones. Así no es como empezó la Unión Europea.

Empezó de la misma manera que la OPEP: la Organización de Países Exportadores de Petróleo, como un cártel. Y tenía nombre de cártel: se llamaba Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Era un cártel del carbón y del acero, y luego incorporaron a la industria de bienes eléctricos, y más tarde cooptaron a los agricultores a través del Tratado de Roma —a los grandes agricultores del norte de Europa, no a los del sur—.

Pero yo aún tenía la esperanza de que, de crisis en crisis, la Unión Europea se desarrollara; que se transformara de un cártel en algo que pudiera convertirse con el tiempo en una federación democrática. Incluso cuando me convertí en ministro de Finanzas, la razón por la que fui elegido para representar al pueblo de Grecia en el parlamento y ser su ministro de Finanzas fue porque la Unión Europea le había exigido una enorme «libra de carne» al pueblo griego. 

Fueron unos bárbaros por cómo nos trataron.

Sin embargo, aunque aquello me tocó muy de cerca y fui elegido para enfrentarme a los poderes fácticos en Bruselas, Frankfurt, mantuve la esperanza de que, a través de esta clase de lo que llamé «desobediencia gubernamental» (en contraposición a la desobediencia civil) —yo era un ministro de Finanzas desobedeciendo al Eurogrupo—, a través de este choque pudiéramos convertir la Unión Europea. 

Pudiéramos tener un Green New Deal para Europa. Trabajé muy duro incluso después de dimitir, tras ser aplastado por la Unión Europea. Seguí manteniendo ese europeísmo radical y progresista. Mencionaste DiEM25: lo creamos para competir en las elecciones al Parlamento Europeo en 2019 sobre la base de un programa —el Green New Deal para Europa— que transformaría esta Unión Europea oligárquica, neoliberal, propensa a la austeridad y dirigida por banqueros, en una Unión Europea de los pueblos.

Y, por supuesto, fuimos aplastados. Úrsula von der Leyen fue elegida supuestamente para hacer efectivo y promulgar —recuerda el Green Deal— el billón de euros que iba a gastar en la transición ecológica. Nada de eso ocurrió. Se ignoró, se olvidó. Y ahora tenemos rearmamento, tenemos keynesianismo militar y una Unión Europea que es un peligro claro y presente para los europeos y para el resto del mundo.

Para acortar esta historia: ya no tengo esperanzas en esta Unión Europea. Creo que esta Unión Europea no perdió la oportunidad de perder cada oportunidad de transformarse, y ahora es tan tóxica… está resquebrajada. Mira lo que le está pasando al esqueleto principal de la Unión Europea: el eje franco-alemán. Alemania es ahora totalmente ingobernable; Alternative für Deutschland, que es profundamente antieuropea, racista y cuasifascista, va de fuerte en fuerte. En Francia tienes a Le Pen, que nunca ocultó su antieuropeísmo. 

Así que, incluso si el centro radical restablece su control, será emulando a la extrema derecha neofascista y adoptando aún más austeridad, lo que crea más fuerzas deflacionarias. Cuando digo fuerzas deflacionarias, me refiero a la deflación de los salarios, no tanto de los precios. Y sabemos que esa es la receta para el auge del nazismo y el fascismo. Así que esta Unión Europea terminó siendo el peldaño sobre el que pisó el capitalismo fallido de Europa para avanzar hacia un nuevo tipo de fascismo.

Glenn Diesen: Recuerdo que en los años 60 —yo no había nacido— el académico británico David Mitrany escribía que la UE tendría dos futuros diferentes. Dijo que podía ser bien funcionalista o bien federalista. Veía el funcionalismo esencialmente como buscar qué función podía tener la UE para mejorar la seguridad, la economía, la democracia, y que esa función dictara la forma de la UE. Mientras que el modelo alternativo, argumentaba, era el federalismo, donde ya decidíamos una forma (la centralización del poder) y esto empezaría a dictar la función. 

Su preocupación en aquel entonces —han pasado 60 años— era que la UE empezara a parecerse a la Unión Soviética con esa concentración de poder.. Pero la razón por la que lo saco a colación es que ya no veo claramente el modelo económico de la UE. ¿Ves que los problemas económicos van más allá de las estructuras de la UE?

Yanis Varoufakis: Tal como yo lo entiendo —y esto va a molestar seriamente a los europeístas—, Europa nunca tuvo un modelo económico propio diseñado por ella misma. A los europeístas les gusta imaginar la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el Mercado Común y la Unión Europea como un diseño europeo, un modelo social europeo. Nunca lo fue. Siempre fue un diseño estadounidense impuesto e implementado por los Estados Unidos de América.

Nosotros creímos que era obra nuestra. No cabe duda que, tras la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de los europeos querían una Europa unida que hiciera la guerra irrelevante y la paz inevitable. De eso no hay duda: había sed de una Unión Europea. Pero si miras el cártel de grandes empresas que se creó… ¿quién diseñó eso? Pasé bastantes años académicos investigando sobre ello. 

Escribí un libro hace tiempo titulado El Minotauro Global. Después escribí otro titulado Y los débiles sufren lo que deben? . En el contexto de la investigación, leí extensamente en la Biblioteca del Congreso en Washington las transcripciones de las reuniones de los comités del Senado de 1946 a 1950. Y ahí estaba el diseño de la Unión Europea. No se ideó en Europa, se ideó en Washington.

Como muy bien sabes, cuando EE. UU. salía de la Segunda Guerra Mundial, los partidarios del New Deal eran personas que habían sufrido masivamente de jóvenes tras el desastre de 1929 y la Gran Depresión. Su gran temor era que la Gran Depresión regresara en 1949. Hablaban de 1949 porque eran 20 años después de 1929. 

El miedo era que, una vez terminada la guerra, todos esos pedidos se secaran. Y además de la caída de la demanda agregada como resultado del fin de la guerra, se sumaría el regreso de los soldados, de la mano de obra masculina. Habría un aumento en la oferta laboral y una reducción en la demanda de trabajo, lo que provocaría un colapso: 1949 sería otra versión de 1929. Y estaban decididos a no permitir que esto sucediera.

Así que la primera tarea que tenían era cómo reconvertir las fábricas que hacían balas, ametralladoras, portaaviones y bombarderos para fabricar electrodomésticos, aviones comerciales, coches, etc. Ese era un problema técnico que superaron muy rápidamente a través de lo que John Kenneth Galbraith describió como la «tecno-estructura». 

La segunda cuestión era: ¿de dónde va a salir la demanda para los productos de esas fábricas? Porque esas fábricas, una vez reconvertidas de uso militar a civil, podían producir muchos más coches, lavadoras, frigoríficos y unidades de aire acondicionado de los que necesitaban los estadounidenses.

La respuesta fue: tenemos que vender a los europeos. Pero el problema era que los europeos no tenían dinero. Estábamos en cenizas y nuestros sistemas monetarios destruidos. No había forma que Europa proporcionara la demanda agregada necesaria que le faltaba a la economía estadounidense. Así que decidieron «dolarizarnos», dándonos acceso al dólar estadounidense, y ese fue el sistema de Bretton Woods.

Pero para que eso funcionara, tenían que crear algo como la Unión Europea. Así que el cártel del carbón y del acero fue una idea estadounidense. Tenía una dimensión económica y una dimensión militar/geopolítica. La dimensión política y diplomática era cómo asegurarse de que franceses y alemanes no volvieran a luchar. Es decir, vincular a sus grandes empresas: crear un cártel del acero y del carbón en copropiedad de alemanes, franceses, italianos del norte, holandeses y belgas. Ese era el núcleo de la Comunidad Económica Europea. Y cooptar a los agricultores franceses para que no causaran problemas cuando las mercancías cruzaran las fronteras, dándoles una tajada de los beneficios monopolísticos del cártel.

Este fue un diseño estadounidense, y el Plan Marshall tenía el propósito de financiar esto, ponerlo en marcha, con los banqueros de Wall Street entrando para complementar todos estos fondos con crédito.

Toma el «milagro económico alemán». Por supuesto, los ingenieros alemanes siempre han sido brillantes, desde la época del Káiser. Pero, ¿qué ocurrió? Recordarás que tras la Segunda Guerra Mundial, los aliados —especialmente británicos y franceses— habían acordado entre ellos que Alemania sería desindustrializada y convertida en un parque temático bucólico. Llegaron a volar al menos 1700 fábricas. Fueron los estadounidenses los que en un momento dado, cuando diseñaron Bretton Woods, dijeron: «No, no, no. No podemos hacer eso. 

Necesitamos que Alemania sea la fábrica de Europa, de esta nueva Europa que estamos creando. Y pondremos a los franceses a administrarla. Por eso la OCDE está en Francia. Por eso a los franceses se les dio mucho más acceso a dirigir las instituciones de la Comunidad Europea.

Cuando decimos «el modelo económico de Europa» estamos hablando: de un diseño estadounidense. Y la razón por la que discrepo con la idea de que en los 60 Europa tuvo que elegir entre «federación» y «funcionalidad» es que Europa nunca habría optado por la federación. No se movía hacia ella en los años 60. Alemania estaba muy feliz de ser la fábrica de Europa y Francia muy feliz de dirigir el servicio diplomático, la OCDE, los inicios de la Comunidad Europea en Bruselas y que el francés fuera el idioma dominante.

Lo que ocurrió fue que el sistema de Bretton Woods fue dinamitado, y lo dinamitaron los propios estadounidenses. ¿Por qué? Porque ya no era sostenible. ¿Y por qué no era sostenible? Porque todo el objetivo del sistema de Bretton Woods desde los años 40 era mantener y reproducir los superávit estadounidenses: las exportaciones netas de las fábricas estadounidenses que irían a Europa, y a los europeos se les darían dólares para comprarlas (financiación al comprador, en otras palabras). Pero a partir de 1968-1969, debido a la Guerra de Vietnam y las tensiones sociales internas, EE. UU. se convirtió en un país deficitario.

Dado que eran un país deficitario, no podían mantener los tipos de cambio fijos, así que los dinamitaron. Los europeos quedaron completamente atónitos. Recuerda cuando el Secretario del Tesoro de Richard Nixon (quien voló Bretton Woods el 15 de agosto de 1971), un texano llamado John Connally, visitó Bonn, París y Londres con un mensaje simple: «El dólar es nuestra moneda, pero a partir de hoy es vuestro problema».

El dólar se devaluó y repentinamente el franco francés y el marco alemán ya no tenían un tipo de cambio fijo. Esto fue una catástrofe para el cártel. Piénsalo: ya es difícil para la OPEP coludirse como un cártel cuando no tienen el problema de la divisa, porque cada barril de petróleo se cotiza en dólares. Imagina si el petróleo saudí se cotizara en una divisa, el indonesio en otra y el iraní en una tercera; no habría forma de mantener el cártel.

Así que los europeos, que dependían de este modelo que los estadounidenses les habían otorgado, entraron en pánico a finales de los 60 y principios de los 70 buscando cómo fijar de nuevo los tipos de cambio. A los estadounidenses ya no les importaba, porque tomaron su propio camino con el dólar y la financiarización a través de Wall Street.

Los europeos, desde 1970 (¿recuerdas el Informe Werner?), empezaron a intentar fijar los tipos de cambio para crear un Bretton Woods europeo, pero no tenían la experiencia de los estadounidenses, ni sus superávit, ni el gobierno federal que necesitaban para hacerlo. Siguieron intentándolo: primero la Serpiente Monetaria, luego el Sistema Monetario Europeo (SME)… todos fracasaron. El SME hizo a George Soros muy rico en 1992 cuando saltó por los aires. Así que en un momento dado se rindieron y dijeron: «De acuerdo, tendremos una moneda única».

Pero crearon una federación monetaria (una moneda única) sin una federación fiscal ni una federación política. Y eso es lo que haces si quieres crear un sistema permanente de austeridad, de muy baja inversión, de inversión negativa y de estancamiento. Por eso, en los mismísimos cimientos de la Unión Europea tienes este proceso de estancamiento y desintegración, lo que explica por qué gente como Von der Leyen suena tan insensata hoy.

Glenn Diesen: Mencionaste la moneda común, y a menudo se le critica por no tener unos cimientos económicos claros y por ser tratada en su lugar como un proyecto político. ¿Cómo pueden las personas de a pie entender la falla básica del euro?

Yanis Varoufakis: No estoy en contra de tener un sistema monetario como proyecto político. El dinero es político. Cualquiera que piense que el dinero es apolítico necesita replantearse seriamente su comprensión de lo que es el dinero. No hay nada más político que el dinero. Así que no los culpo por intentar crear un sistema monetario como proyecto político; lo que digo es que lo hicieron de una forma estúpida. Permíteme ser directo: soy demasiado viejo para andar con matices. 

Lo que hicieron fue una locura, una estupidez. Responderé a tu pregunta sobre cuál es el fallo fundamental en términos no técnicos, para que todo el mundo lo entienda.

Piensa cualquier país del mundo tienes dos gigantescos pilares que sostienen su economía: el banco central y el ministerio de economía o del tesoro, y se apoyan mutuamente. Es como un gigante con dos piernas. El tesoro emite deuda en nombre de toda la economía; el banco central emite el dinero, y así se cubren las espaldas. Cuando hay un problema bancario o monetario, el tesoro acude en su ayuda; ocurre en EE. UU., en Rusia, en China, en el Reino Unido, Canadá, Australia, en todas partes.

¿Qué hicimos en Europa? Pusimos el carro delante de los bueyes —es decir, antes de tener la unión fiscal y política creamos una sola pierna: el Banco Central Europeo— no hay un tesoro. No hay un tesoro común.

Así es como se lo explico a mis estudiantes y a la gente en la calle (los taxistas lo entienden muy bien, no necesitas formación académica): creamos un banco central sin estado ni tesoro, y tenemos unos 20 tesoros y estados sin banco central.

Cuando la City de Londres o los países escandinavos en 1992 tuvieron bancos quebrados, o en Corea del Sur en 1998 la deuda privada se disparó, el banco central acudió en ayuda del tesoro y del sistema bancario. El estado puede nacionalizar los bancos para salvarlos, mantenerlos abiertos y que los cajeros funcionen porque el banco central respalda al estado. 

En Europa creamos un Banco Central Europeo con estatutos que le prohíben ayudar a los estados a gestionar una crisis bancaria. Eso es absurdo. Porque si le niegas a Francia, a Alemania o a Grecia la ayuda del banco central para salvar su sistema bancario, la alternativa es que un estado sin acceso a la imprenta de dinero tenga que endeudarse, hacer que sus contribuyentes más débiles pidan prestado para trasladar las pérdidas bancarias de los balances de los bancos a los balances del estado. Y entonces tienes una catástrofe.

Para ponerlo de forma más simple y alegórica: al crear el euro como lo hicimos (y repito, no estoy en contra de una moneda común si se hace bien), fue como quitarle los amortiguadores a tu coche y luego meterlo por un camino lleno de baches. Eso es lo que hicimos.

Glenn Diesen: Esa analogía lo resume muy bien. Quería cambiar un poco de tema hacia el aspecto tecnológico y la política industrial. Señalaste que la UE es en gran medida un cártel de origen estadounidense, pero en los años 80 la UE tenía cierta política industrial que rivalizaba con la de EE. UU. Edward Luttwak, por ejemplo, escribe mucho sobre cómo en los años 80 los europeos, mediante aranceles y subsidios, ayudaron a construir industrias automovilísticas y aerolíneas muy potentes. Pero ya a principios de los 90 se veían declaraciones preocupadas de la Comunidad Europea diciendo que «corrían el riesgo de convertirse en una colonia tecnológica de EE. UU. y Japón» porque no seguían el ritmo del desarrollo digital.

Hoy, 30 años después, vemos que el desarrollo tecnológico avanza velozmente en muchos países mientras la UE no tiene plataformas tecnológicas propias. No es contradictorio decir que la UE carece de un ecosistema digital propio. Se podría argumentar que la estrecha relación con EE. UU. fue un problema porque aceptamos una dependencia total de sus plataformas. ¿Cómo ves a la UE hoy? 

Porque ya no se trata solo de tecnologías digitales; la tecnología digital se está trasladando a todas las industrias. La industria tradicional donde los europeos eran fuertes está cayendo. El sector automotriz alemán es el mejor ejemplo: si no se adaptan a las nuevas tecnologías, no sobrevivirán (sumado al problema energético). ¿Cuál es el riesgo de que la UE se convierta en una colonia tecnológica de América o de alguien más?

Yanis Varoufakis: No hay riesgos. Ya somos una colonia.

Glenn Diesen: (Risas) Vaya…

Yanis Varoufakis: Es como decir: «¿Cuál es el riesgo de que no haya oxígeno en la Luna?». No hay oxígeno en la Luna. Se acabó. Estamos fritos. Pero permíteme ir un poco más atrás, Glenn. Hablaste de la política industrial en los años 80. No creo que esa fuera la razón por la que nuestras industrias en Europa, especialmente las alemanas, eran tan poderosas en los 80. Vuelvo a lo que decía sobre la ruptura de Bretton Woods por parte de EE. UU. Aquel sistema se basaba en que EE. UU. producía el superávit que nosotros comprábamos con sus dólares. Eso terminó en 1971.

A partir de los años 80, este reciclaje de superávits y déficits se invirtió masivamente. Los estadounidenses pasaron de ser el país sin déficit de los 50 y 60 a ser los reyes del déficit. Un déficit presupuestario federal masivo, especialmente tras Reagan con sus bajadas de impuestos y gasto militar. La economía estadounidense se convirtió en una gigantesca aspiradora que absorbía las exportaciones netas de Alemania, Italia, Japón y más tarde China. ¿Y cómo pagaba todo esto? Con pagarés llamados dólares. Imprimían dólares y pagaban con ellos.

La razón por la que la industria química o automotriz alemana, o Siemens, volaban tan alto era porque los estadounidenses les proporcionaban una demanda enorme: compraban todo lo que producían. Y en ese contexto, Volkswagen y otros regulaban sus propias industrias (recuerda el escándalo de la tecnología creada para engañar en los tests de emisiones). Había mucha inversión en crear poder monopolístico y subvertir regulaciones. Esto funcionó magníficamente para los europeos hasta 2008.

Incluso en los 90, sobre la ola de esta marea de exportaciones a EE. UU., la Comisión Europea (y para cuando la capital de Alemania se trasladó de Bonn a Berlín, también París) estuvo encantada de adoptar las ideas de Margaret Thatcher sobre el mercado único, lo que efectivamente destruyó toda política industrial y dejó al capital industrial hacer lo que quisiera; lo cual estaba bien mientras los estadounidenses compraran todo lo que producía Europa.

Pero, ¿qué ocurrió con todos los dólares que el capital alemán, francés o italiano estaba acumulando vendiendo a EE. UU.? No puedes hacer mucho con dólares en Europa. Así que esos capitalistas (alemanes, franceses, armadores griegos…) enviaron esos dólares a Wall Street. ¿Y qué hicieron con ese dinero en Wall Street? Compraron deuda estadounidense. Financiaron al gobierno federal de EE. UU. comprando acciones y bienes inmuebles. Así se invirtió el reciclaje de superávits y deudas.

Eso fue ingenioso y fue la razón por la que EE. UU. se convirtió en el primer imperio hegemónico que se volvía más poderoso cuanto más endeudado estaba. Eso no había ocurrido nunca en la historia de la humanidad. Pero de repente, el papel de los banqueros de Wall Street se volvió gigantesco, porque eran los encargados de reciclar el dinero de los demás hacia la deuda del gobierno estadounidense, el sector inmobiliario y la bolsa de Nueva York. Así que tuvieron que ser totalmente desregulados. Y una vez desregulados, aprendieron el truco de coger un dólar enviado por un capitalista alemán y, mediante ingeniería financiera, convertirlo en 100 dólares.

Eso creó enormes burbujas que estallaron en 2008. Y ¿qué pasa cuando esas burbujas estallan en 2008? Compara lo que ocurrió en EE. UU. con lo que ocurrió en Europa. Si la audiencia quiere saber por qué EE. UU. no está en la apurada situación de Europa, considera la siguiente escena:

En Nueva York o Washington, la bolsa ha colapsado, Lehman Brothers ha muerto, el techo del capitalismo se cae a pedazos. Ben Bernanke (entonces jefe de la Reserva Federal), el presidente Bush primero y luego Obama, junto a la gente de JP Morgan y Goldman Sachs, se sientan a una mesa y se hacen la pregunta pertinente: «¿Cómo nos salvamos?». Y se les ocurre el TARP: dieron 800 000 millones a los banqueros, y luego otros planes que, según mis cálculos, dieron 11 billones de dólares a los banqueros para salvarlos. 

No hicieron nada por la clase trabajadora ni la clase media, pero salvaron a los banqueros. Y no le cobraron impuestos a nadie para hacerlo: crearon el dinero de la nada usando los mismos trucos de Wall Street que habían provocado la caída, esta vez para reflotarlo con la participación activa del banco central.Eso es lo que ocurrió en Washington: la cúpula gobernante se preguntó cómo salvarse y actuaron.

En Europa —fui testigo de esto—, 28 primeros ministros, ministros y banqueros centrales se reúnen y se hacen una pregunta muy diferente. La pregunta no era «¿cómo nos salvamos?», sino: «¿Cómo podemos pretender que las reglas de la Unión Europea que ya no funcionan siguen funcionando?». Si respondes a esa pregunta, no te salvas: creas una catástrofe.

Lo que hicieron fue imponer austeridad a todo el mundo. Austeridad masiva, porque al Banco Central no se le permitía salvar a nadie (a diferencia de EE. UU.). Crearon una austeridad enorme. Pidieron prestado a los europeos más pobres (a los eslovenos, eslovacos, malteses) para dárselo al estado griego que estaba en quiebra; no para dárselo al pueblo griego, sino para dárselo al Deutsche Bank. Así que el esloveno o el eslovaco estaban prestando dinero efectivamente para rescatar al Deutsche Bank. Eso es un crimen contra la lógica.

Para justificarlo, empezaron con austeridad masiva en Grecia, luego en Irlanda, Portugal, España, Italia, Francia y eventualmente en Alemania. Wolfgang Schäuble me lo dijo explícitamente: «Te estoy haciendo tragar la austeridad porque quiero llevarla a Alemania, necesitamos bajar los salarios».

Así que ocurre esto: por un lado tienes bancos fallidos, estados fallidos y una demanda agregada en caída. Luego le dan luz verde al Banco Central Europeo para imprimir billones de euros. Pero estos billones no van a la gente común que los necesita. No, nunca le das dinero a quien lo necesita, se lo das a quien no lo necesita.

El teléfono suena y el CEO de Volkswagen lo descuelga: es alguien de Deutsche Bank a quien el BCE le ha dado billones a tipo de interés cero (o incluso al -0.8 %). El tipo de Deutsche Bank le dice al de Volkswagen: «¿Quieres mil millones gratis a interés cero?». El de Volkswagen dice: «Claro, dinero gratis». Pero luego no lo invierte, porque mira por la ventana y ve a consumidores empobrecidos que no pueden permitirse comprar coches tipo Tesla de alto valor añadido. Así que el tipo de Volkswagen coge el dinero, no invierte nada en producción, se va a Frankfurt y compra acciones de la propia Volkswagen. Las acciones suben, su salario y su bonus (ligados al precio de la acción) suben, y se ríe camino al banco. Pero esto no es inversión.

Para dar una respuesta corta a por qué estamos en un estado tan nefasto en Europa: porque no hemos invertido durante 20 años. La industria alemana se parece ahora a las máquinas de escribir eléctricas Olivetti de finales de los 70. Eran hermosas, pero una vez que salió el ordenador personal, quedaron obsoletas. No había reducción de salarios en el mundo que pudiera salvar a Olivetti cuando llegó el PC. Ahora tenemos vehículos eléctricos en los que los alemanes olvidaron invertir. Y ya está: Kaputt, fin del juego.

Glenn Diesen:  Me gusta esa explicación. Plantea problemas de legitimidad más amplios para la UE, porque si la autoridad proviene de las reglas y el aspecto legal, esto abre una caja de problemas futuros. Mi última pregunta era sobre algo que impacta la economía: estas guerras en el extranjero. Respecto a la guerra contra Irán, la UE tiene una participación menos directa; comenzó con cierto entusiasmo inicial, pero ahora se ve a los europeos intentando distanciarse, no queriendo responsabilidad directa por el desastre que se avecina. Pero en la guerra con Rusia, yo diría que los europeos tienen un papel significativo. Lo común entre ambas guerras es la energía: primero nos cortamos el acceso a la energía rusa, y ahora vemos arder el petróleo saudí y las primeras exportaciones que están cortando parecen ser hacia los europeos.

¿Cómo afectará esto al futuro de Europa? Uno pensaría que encontrar una arquitectura de seguridad común con los rusos o estabilizar Oriente Medio sería de nuestro interés, pero no estamos haciendo ninguna de las dos cosas.

Yanis Varoufakis:  Allá por 2009-2010, cuando la crisis de la eurozona estallaba y yo me involucraba en los debates políticos (y luego como ministro de Finanzas), siempre que tenía oportunidad de hablar con un funcionario europeo le decía: «Miren, chicos, está claro que tenemos una recesión masiva (yo la llamaba depresión tras la crisis financiera de 2008). ¿Cómo debemos responder? 

Claramente necesitamos impulsar la inversión. Esto es lo que se hace en una recesión masiva: impulsar la inversión, no tanto el gasto (eso fue el New Deal de Roosevelt; Hitler también impulsó la inversión, la equivocada, invirtiendo en tanques y cazas, y el resultado fue la muerte de decenas de millones de personas, pero ante una Gran Depresión hay que responder con inversión)».

Y yo decía: «¿Qué es lo único que debería hacer esta Unión Europea?». Si miras el mapa de Europa, tienes todos estos estados dispersos. Se supone que somos una Unión Europea, pero ¿cuál es el insumo número uno para todo lo que producimos? La energía. Y no tenemos una unión energética. ¿No deberíamos crear una unión energética? Intentaba ser técnico: tenemos mucho viento en el norte, olas en el Golfo de Vizcaya y las costas de Portugal, mucho sol en Grecia… ¿No deberíamos tener un plan para cosechar y aprovechar toda esta energía gratuita como europeos e interconectarnos, de modo que la electricidad solar griega viaje a Alemania?

Pero eso requiere una unión energética. Todavía no tenemos una unión energética, Glenn. Alemania tiene sus propias plantas, Grecia las suyas, Italia las suyas… Estamos importando GNL de Texas y Nuevo México, nos desconectamos de Rusia y no tenemos un plan.

Incluso sobre la guerra en sí, lo hemos discutido muchas veces: ¿cuál es el plan para ganar la guerra? Digamos que queremos tomar Moscú y meter a Putin en un búnker como a Hitler (porque están haciendo estos paralelismos absurdos entre Hitler y Putin). Asumiendo que crees que Putin es el nuevo Hitler, ¿cuál es el plan para tomar Moscú? No hay plan. No tienen idea de dónde van a sacar el dinero. Incluso los 800 000 millones del programa de reestructuración y rearmamento de Von der Leyen son dinero prestado que nadie va a prestar porque no tienen los colchones fiscales para acomodarlo.

¿Cómo van a ayudar a Ucrania? Pidieron prestados 90 000 millones, ese es su límite. El presupuesto comunitario está bajo mucha presión y Francia quiere reducir sus contribuciones, no aumentarlas. Así que no tienen un plan para la guerra. Si les preguntas cuál es el plan para la paz, tampoco lo tienen. No tienen un plan para la unión energética. No tienen un plan para nada y van de anuncio en anuncio, los cuales parecen cortinas de humo. Cada anuncio es menos creíble que el anterior.

Ahora van a traer a Canadá a la Unión Europea, lo cual es predeterminado y absurdo. ¿Van a meter a Canadá en el mercado único y cobrar a los canadienses por participar en la creación de normas sobre las que no tendrán autoridad? Es absurdo. Cada cosa que sale de la boca de Kaja Kallas o de Von der Leyen solo nos recuerda que la Unión Europea es un producto de nuestra imaginación colectiva.

Glenn Diesen: Sí, a mí también me ha faltado ese plan. Incluso en la guerra, si tienes una estrategia, ¿cómo los derrotas, qué recursos movilizas? ¿Y qué implica derrotar a la mayor potencia nuclear del mundo que siente que lucha por su existencia? Tengo muchas preguntas y no hay respuestas…

Yanis Varoufakis: Especialmente si no estás dispuesto a enviar tropas sobre el terreno.

Glenn Diesen: Exacto. Tengo mis dudas de que haya alguien dirigiendo esta discusión.Tenía una última pregunta. Discutimos antes sobre cómo se reciclaban los bonos para comprar bonos estadounidenses, pero estos días el mercado de bonos en EE. UU. atraviesa muchos problemas. Inicialmente vimos que adversarios de EE. UU. como China o Rusia dejaron de comprar bonos. Pero ahora vemos que incluso aliados (no solo los japoneses, sino también los europeos) pasan de ser compradores a vendedores. ¿Hacia dónde va esto y cómo analizas las consecuencias? Parece desmantelar los avances de los últimos 50 años.

Yanis Varoufakis: Estaba investigando cifras y miré los rendimientos de los bonos del Tesoro a 10 años de EE. UU., la tasa de inflación en EE. UU. y el tipo de interés de la Reserva Federal. Ayer mismo eran exactamente los mismos que en septiembre de 2001. Históricamente no hay tanta diferencia. Lo que pasa es que nos acostumbramos durante los últimos 15 años (debido a la flexibilización cuantitativa) a tipos de interés extremadamente bajos y a fuerzas deflacionarias.

Pero no me creo que los europeos vayan a dejar de comprar bonos. ¿Qué van a hacer? Cuando BMW o BASF venden productos a los estadounidenses y ganan dólares, ¿qué hacen con esos dólares? ¿Convertirlos a euros? Bajo ninguna circunstancia. Comprarán bonos, seguirán comprando bonos. Los chinos dejaron de comprar bonos del Tesoro estadounidense, pero no han vendido sus reservas; aún tienen un stock enorme.

Y ahora hay otro actor en juego: las stablecoins (criptomonedas estables denominadas en dólares estadounidenses). Los japoneses redujeron a la mitad sus tenencias en bonos, pero ¿sabes qué hicieron con el dinero? Compraron Tether y Circle, criptoactivos denominados en dólares. ¿Y qué hizo Tether con el dinero recibido de los japoneses? Comprar bonos estadounidenses.

Glenn Diesen: Así que el sistema sigue funcionando. (Risas)

Yanis Varoufakis: El sistema sigue funcionando hasta que deje de hacerlo. Pero no dejará de funcionar por algo que hagan los europeos o los rusos; solo dejará de funcionar cuando los chinos decidan desacoplarse del sistema del dólar estadounidense. Y no lo han decidido: tienen 4.5 billones de dólares invertidos en dólares. Si tuvieras 4.5 billones de dólares en una cuenta bancaria suiza, ¿te desacoplarías del sistema bancario suizo?

Glenn Diesen: Supongo que no. Aunque ves que, mientras rusos y chinos se desacoplan un poco de EE. UU., siguen trabajando con estas stablecoins estadounidenses (como el sistema de pagos ruso A7 conectado a Tether para eludir sanciones). Quizá no se desacople por completo, sino que solo se transforme…

Yanis Varoufakis: Indudablemente. Permíteme hacer una predicción de cuándo morirá la hegemonía de EE. UU.: morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods.

Recuerda cómo describí el sistema de Bretton Woods: un sistema de tipos de cambio fijos o casi fijos donde la potencia hegemónica superavitaria (que ahora sería China) recicla sus superávits hacia los otros países dentro de este nuevo BRICS+ y mantiene los tipos de cambio fijos usando el poder de sus propios superávits.

Cuando China decida hacer eso —jugar dentro de los BRICS+ el papel que EE. UU. jugó en Bretton Woods después de 1944—, entonces Estados Unidos estará en serios problemas y lo saben. Esta es una de las razones fundamentales por las que están aumentando las tensiones con los chinos.

Glenn Diesen: ¿Por qué no lo han hecho todavía? En la cumbre de los BRICS en India, muchos comentaron que se mueven muy despacio…

Yanis Varoufakis: Porque los chinos tienen un horizonte a 300 años vista, no tienen prisa. Están creando la infraestructura para ello: con el mBridge, con la alternativa a SWIFT basada en blockchain, con la moneda digital del Banco Central chino… Están creando la infraestructura junto con la robótica mejorada por IA que aumentará la productividad agrícola en Indonesia, Malasia y otros grandes países del BRICS+. Lo están construyendo y no están preparados para agitar el avispero todavía; quieren asegurarse de que la infraestructura esté lista antes de ir en esa dirección.

Mi interpretación (o mi especulación) es que están esperando a que los estadounidenses crucen el Rubicón. Los estadounidenses aún no lo han cruzado. Trump 2.0 el año pasado amenazó con aranceles del 150 % a los chinos e intentó imponer algunos. 

Ellos respondieron suavemente diciendo: «En ese caso, olvidaos del acceso a metales críticos», y él dio marcha atrás. Así que están esperando el próximo movimiento del presidente estadounidense (no necesariamente Trump, los demócratas son igual de malos; recuerda que Biden fue quien introdujo la absurda Ley de Chips para señalar a los chinos que no se les permitiría avanzar tecnológicamente, lo cual fue el mayor error geoeconómico de la historia).

Creo que los chinos están aplicando el viejo proverbio: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». Dejan que cometan otro error y otro más. En algún momento estarán listos para dar el paso.

Glenn Diesen: Yanis, muchas gracias por tomarte el tiempo y por explicarnos cómo los chinos podrían terminar desenchufando la economía de EE. UU. Gracias de nuevo por tu tiempo.

Yanis Varoufakis: Gracias a ti. Eso no significa que tenga razón, es mi especulación, pero es lo mejor que puedo hacer dados los hechos tal como los veo.

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2026/09/18/yanis-varoufakis-la-ue-esta-acabada-y-china-ahora-puede-desconectar-a-la-economia-estadounidense/