martes, 10 de febrero de 2026

Contra el escudo social y contra la gente


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Una vez más —y ya hemos perdido la cuenta— el Partido Popular, Vox y Junts per Catalunya vuelven a demostrar que mantienen una alianza fáctica y táctica cuando se trata de defender los intereses de las burguesías nacionalistas y española, de los poderes financieros, de las grandes fortunas y de la banca. Nada que sorprenda: son sus amos y pagadores.

Por ello, entra dentro de la más estricta “normalidad” que estos partidos se posicionen en contra de cualquier medida que, siquiera mínimamente, contribuya a mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras, de las personas en situación de exclusión social o de quienes viven en la pobreza.

La revalorización de las pensiones, junto con la prórroga del llamado escudo social para personas vulnerables —que incluye la prohibición de desahucios, diversas medidas fiscales y de Seguridad Social, así como distintas ayudas—, es decir, el conocido como decreto “ómnibus”, fue rechazada en el Pleno extraordinario del Congreso celebrado este martes. El resultado fue claro: 178 votos en contra frente a 171 a favor. Partido Popular, Vox y Junts per Catalunya fueron los grupos parlamentarios que votaron negativamente, bloqueando así medidas de protección social básicas.

No se trata de un hecho aislado. Estos mismos partidos llevan años actuando como pregoneros, junto a determinados economistas estrechamente vinculados a grandes entidades financieras, repitiendo como un mantra que las pensiones públicas son insostenibles. Lo afirman en tertulias televisivas, en informes supuestamente “técnicos” y en editoriales de grandes medios. Y, de forma sistemática, siempre llegan a la misma conclusión interesada:

  • Hay que contratar planes privados;
  • Hay que bajar impuestos a los especuladores, a las grandes empresas y al capital, tanto nacional como extranjero.

Mientras tanto, se cuestiona, se recorta o se bloquea cualquier política pública que refuerce el sistema de protección social y garantice derechos básicos.

En este contexto, una mujer protestó desde la tribuna del Congreso después de que PP, Vox y Junts per Catalunya votaran en contra del decreto para revalorizar las pensiones y prohibir desahucios. Su exclamación —“¡sinvergüenzas!”— no recibió como respuesta el diálogo ni la reflexión, sino el silencio impuesto. Paradójicamente, esa breve intervención fue la más honesta y certera de toda la sesión parlamentaria.

¿Por qué? Porque ningún calificativo define mejor a quienes, desde el Partido Popular, Vox y Junts per Catalunya, perciben sueldos de decenas de miles de euros anuales procedentes de nuestros impuestos y, acto seguido, votan contra la ciudadanía más desfavorecida, entre proclamas de “Visca la Catalunya lliure” por un lado y “España una y no cincuenta y una” por el otro.

La mujer fue mandada a callar e invitada a abandonar la tribuna. Resulta alarmante que una ciudadana anónima, que ejercía su derecho a expresar repulsa ante un ataque directo a derechos que se suponen recogidos y garantizados por las leyes, la Constitución y la Carta de Derechos Humanos de la ONU, sea tratada como una molestia.

Hay algo que conviene tener tan claro como el agua de un manantial de montaña: las clases desfavorecidas —trabajadoras y trabajadores, pensionistas y personas jubiladas— o estamos juntas y juntos en esta lucha —abrimos los ojos ante la realidad, pensamos, nos organizamos y llenamos las calles— o, de lo contrario, seguirán actuando impunemente en nuestra contra. Seguirán destinando más recursos a las armas de la muerte, privatizando aún más la sanidad y la educación, y mercantilizando todos los derechos y servicios públicos que todavía no han conseguido privatizar.

Basta con mirar lo ocurrido recientemente con las pensiones en los Países Bajos: ese es el camino que llevan y que pretenden implantar en todos los países europeos. Y en España no seremos la excepción si nos sentamos a verlas venir sin hacer nada.

Según los últimos informes —entre ellos los de Cáritas, una organización difícilmente sospechosa de “ultraizquierda”—, el 25 % de la población en España, más de 12 millones de personas, vive en situación de pobreza, exclusión social o riesgo de pobreza. Y estos partidos, con su voto, han declarado a todas ellas prescindibles: como si no fueran seres humanos, como si no merecieran derechos ni una vida digna.

La pregunta ya no es retórica ni inocente: ¿el Congreso de diputadas y diputados representa a la ciudadanía o a los intereses de quienes concentran la riqueza y el poder? Porque cuando se obliga a callar a quien protesta y se vota sistemáticamente contra quienes más lo necesitan, la respuesta resulta evidente.

No estamos ante simples discrepancias parlamentarias, sino ante una ofensiva consciente y organizada contra las mayorías sociales: contra las trabajadoras y trabajadores, contra pensionistas y personas jubiladas, contra quienes sobreviven en la precariedad, la pobreza o la exclusión. Cada voto en contra no es una abstracción política; es un ataque directo a vidas concretas.

Quien hoy bloquea la revalorización de las pensiones, quien rechaza la prohibición de desahucios y dinamita el escudo social, está diciendo alto y claro que hay personas prescindibles, que hay vidas que no importan y que el beneficio de unos pocos vale más que la dignidad de millones.

Y si no respondemos, si no nos organizamos, si no llenamos las calles y rompemos el silencio que nos quieren imponer, seguirán avanzando: más privatizaciones, más recortes, más armas, más desigualdad, más pobreza y menos derechos. Ese es su proyecto. No lo esconden.

La historia demuestra que ningún derecho fue concedido por voluntad de las élites: todos fueron arrancados mediante la lucha colectiva. Hoy, una vez más, toca elegir. O aceptamos resignadamente que decidan por nosotras y nosotros, o asumimos que la defensa de una vida digna no se delega: se pelea.

Porque cuando el poder legisla contra el pueblo, la desobediencia, la movilización y la organización dejan de ser una opción y se convierten en una necesidad democrática.

Por Juan M. Casamayor Garcia para Kaosenlared

28 de enero de 2026 

El largo ascenso del capitalismo global


MUNDO, EE.UU., EUROPA :: 29/01/2026

NELSON LICHTENSTEIN

La historia del capitalismo que traza Beckert en su libro 'Capitalism: A Global History', subraya una y otra vez que este sistema puede coexistir con una gran variedad de regímenes políticos

El extenso libro de Sven Beckert es sumamente ambicioso, una historia perspicaz y bien ilustrada del historiador de Harvard, pionero en la creación de nuevas narrativas que exploran cómo el capitalismo en constante cambio ha sido un fenómeno arraigado social y culturalmente. Con más de mil páginas, el volumen de Beckert ofrece una síntesis y, en ocasiones, una reformulación de casi todo lo que hemos aprendido sobre la historia del capitalismo, y no solo en las sociedades más estudiadas que bordean el Atlántico Norte.

Se trata de una historia global, sostiene Beckert, porque el capitalismo «siempre fue una economía mundial». Escribiendo dentro del esquema de sistemas mundiales asociado con Fernand Braudel e Immanuel Wallerstein, investiga las conexiones, los paralelismos y las transformaciones que tienen lugar dentro de una historia económica y social que se remonta a casi mil años.

El historiador Marc Bloch escribió una vez que observar cuidadosamente el mundo era tan importante para comprender la historia como el tiempo dedicado a los archivos. Beckert está de acuerdo. Su libro es el resultado no solo de una inmensa investigación bibliográfica, sino también de visitas a fábricas, plantaciones, almacenes, ferrocarriles, muelles, mansiones, mezquitas, iglesias y casas de comerciantes que se extienden desde Phnom Penh hasta Senegal, desde Samarcanda hasta Ámsterdam y desde Turín hasta Barbados. Puedo dar fe de la importancia de esos viajes: hace veinte años, cuando visité el delta del río Perla en China, que entonces se estaba convirtiendo en el taller del mundo, no solo obtuve información crucial sobre cómo Walmart abastecía su cadena de suministro, sino que también llegué a comprender de forma más intuitiva cómo debía de ser la floreciente Detroit casi un siglo antes.

«No existe un capitalismo francés o un capitalismo estadounidense», escribe Beckert, «sino solo capitalismo en Francia o en EEUU». Y también hay capitalismo en Arabia, India, China, África e incluso entre los aztecas. En su relato sobre los mercaderes y comerciantes de la primera mitad del segundo milenio, Beckert deja a Europa en un segundo plano y ofrece, en su lugar, un relato rico y --excepto para los especialistas-- desconocido sobre cómo florecieron en Adén, Cambay, Mombasa, Guangzhou, El Cairo y Samarcanda las instituciones vitales para el comercio y los mercados tales como el crédito, la contabilidad, las sociedades limitadas, los seguros y la banca. Todas ellas son «islas de capital», una metáfora recurrente en el libro de Beckert.

En los siglos XII y XIII, por ejemplo, Adén albergaba una densa red de mercaderes que desempeñaban un papel fundamental en el comercio entre el mundo árabe y la India. Era una ciudad fortificada y cosmopolita de judíos, hindúes, musulmanes e incluso algunos cristianos. Según Beckert, estos fueron los primeros capitalistas del mundo, ya que invertían dinero, obtenían beneficios y no viajaban con sus mercancías, sino que se quedaban en un lugar y comerciaban a distancia. Un barco de madera transportaba mercancías que podrían caber en dos contenedores modernos, y el viaje de ida y vuelta de El Cairo a la India vía Adén duraba dos años.

Aun así, y pese a las diferencias de escala y velocidad, Beckert sostiene que los comerciantes de Adén habitaban «un mundo sorprendentemente moderno». A diferencia de las élites terratenientes de Europa y otros lugares, no alcanzaron la riqueza mediante el saqueo, los impuestos o los tributos, sino que utilizaron el mercado para comprar barato y vender más caro. Esto era así incluso en los despotismos orientales que Karl Marx consideraba tan jerárquicos y claustrofóbicos.

Beckert encuentra también mucha competencia política y activismo mercantil dentro del Imperio mogol de la India. Allí, el sultán y sus consejeros constituían solo una capa de autoridad poco definida por encima del poder de las autoridades locales. Bajo el brillo del poder, todos los estados que normalmente se consideraban ejemplos de «despotismo oriental» sobrevivían negociando constantemente con diversos estratos de la población, sobre todo con los comerciantes, para obtener los fondos y los materiales necesarios para librar guerras crónicas.

Los comerciantes son sin duda los revolucionarios de la historia de Beckert, al menos durante los primeros siglos. Eran «capitalistas sin capitalismo», lo que significa que sus actividades lucrativas se limitaban a ciudades dispersas. Aunque conectadas por rutas comerciales y marítimas, estas islas estaban en gran medida aisladas en los confines de un vasto interior, «vanguardias mercantiles dispersas por todo el mundo». Eran «gotas en un mar de vida económica cuyas corrientes principales fluían según lógicas fundamentalmente diferentes».

Junto con Karl Polanyi, Beckert deja claro que la gran mayoría de la población mundial vivía en el campo, donde, como dijo Marc Bloch, la vida económica estaba «incrustada [en] las relaciones sociales». Eso convertía a los comerciantes en una casta distinta, de modo que «a pesar de las inmensas distancias y las culturas distintas, los comerciantes cantoneses, gujaratis, adeníes, genoveses, swahilis y bukharíes se habrían reconocido fácilmente entre sí».

Quizás, pero en su relato de estos primeros siglos, Beckert busca diligentemente patrones similares entre estos comerciantes y no se detiene en las evidentes divergencias religiosas y sociales. Plantea una tesis según la cual estas «islas de capital» irrumpirán algún día en la sociedad en general y transformarán por completo todos esos lazos antiguos y tradicionales que siguieron vigentes incluso después de la desaparición del feudalismo.

Beckert discrepa, por tanto, con el historiador Robert Brenner, quien desencadenó el «debate Brenner» de los años setenta y ochenta, al argumentar que el capitalismo --al menos en Inglaterra-- no tenía sus raíces en la clase mercantil urbana, sino en el campo, donde los terratenientes codiciosos libraban una guerra de clases contra los campesinos y los pequeños propietarios, cuyo sustento dependía de tradiciones como el acceso a los bienes comunes para la caza, el pastoreo y la recolección de leña. Alquilaban tierras a un precio habitual al señor local y esperaban que los mercados estuvieran limitados por las restricciones regionales al comercio de los productos básicos esenciales para evitar el hambre. Los artículos de lujo circulaban ampliamente, pero eran comprados y vendidos por una pequeña élite.

Por lo tanto, Marx consideraba que los comerciantes tenían una relación puramente externa con el modo de producción feudal, mientras que Maurice Dobb, en sus escritos de la década de 1930, veía a los comerciantes como «parásitos del antiguo orden económico», una «fuerza conservadora más que revolucionaria». Brenner los consideraba parte integrante de la sociedad feudal y, por lo tanto, poco disruptivos.

La idea central del libro de Beckert coincide con la de Brenner en que una transformación radical de la forma de producir los productos básicos en el interior del país fue esencial para el triunfo del capitalismo a escala mundial. Dedica dos largos capítulos a la transformación y la conquista del campo, desde los cercados de la Edad Moderna hasta el auge de las plantaciones de azúcar tipo fábrica y la protoindustrialización doméstica que se impuso en los siglos XVII y XVIII. Pero la fuerza motriz de todos estos cambios no fueron los terratenientes codiciosos que cercaban los bienes comunes y generaban así un excedente de población destinado al trabajo asalariado en los centros urbanos, sino los ambiciosos comerciantes que contaban con el capital --y el respaldo del Estado-- que les daba la influencia necesaria para iniciar los despojos y los cercados que llevaron las relaciones de mercado al interior rural.

La historia de Beckert también discrepa en parte con la de Jonathan Levy, en su libro de 2021, Ages of American Capitalism. Levy sostenía que la «preferencia por la liquidez» de la mayoría de los capitalistas en la mayoría de los momentos y lugares siempre ha estado en tensión con la función de inversión que tiende a la inmovilidad y la iliquidez de algunos de los activos de capital más importantes. Así pues, la obra de Levy presta más atención a los aspectos especulativos y de financiarización del capitalismo del Atlántico Norte, al menos a partir de los siglos XVII y XVIII.

Beckert, por su parte, deja de lado este conjunto de corrientes cruzadas psicológicas y económicas, aunque escribe con elocuencia sobre los pánicos, los auges y las crisis que se convirtieron en una característica del capitalismo mundial desde principios del siglo XIX hasta nuestros días. Pero la expansión del comercio y la producción sigue siendo el núcleo de su libro, incluso cuando narra los orígenes y el destino de nuestra reciente era neoliberal.

La gran conexión

El crecimiento explosivo del capitalismo mercantil llegó con la «gran conexión» de los siglos XV y XVI. El descubrimiento del Nuevo Mundo fue muy importante, pero no fue la única forma en que se generó un mercado global. Los historiadores saben desde hace tiempo que la conquista otomana de Constantinopla bloqueó el fácil acceso a la India y al Lejano Oriente, al tiempo que la decadencia del feudalismo motivó a los gobernantes a buscar nuevas fuentes de tributos e impuestos para financiar guerras casi constantes. Así que los comerciantes y sus mecenas reales miraron hacia el oeste.

En otro ejemplo de cómo Beckert descentra la narrativa tradicional, dedica mucho más espacio a la exploración y explotación de la costa occidental africana por parte de genoveses y portugueses que a los descubrimientos del Nuevo Mundo por parte de Cristóbal Colón. Aunque esos exploradores de África se vieron impulsados a bajar por la costa y rodear el cabo de Buena Esperanza con la esperanza de poder eludir a los intermediarios árabes, el control europeo del Atlántico y del Nuevo Mundo resultó ser la fuerza que dio a la revolución capitalista su carácter eurocéntrico.

El crecimiento, la ambición y el conflicto entre todos los Estados, pero especialmente entre los europeos, hicieron avanzar el poder y la influencia de los mercaderes. Esto ocurrió de dos maneras. En primer lugar, las guerras crónicas del largo siglo XVI requirieron enormes sumas de dinero que procedían de los comerciantes y banqueros, cuya influencia creció en consecuencia dentro de las cortes reales. A medida que los Estados hacían la guerra, la guerra hacía los Estados, lo que aumentaba el poder de los comerciantes en el proceso. Y en segundo lugar, el comercio y el imperio estaban indisolublemente unidos. De hecho, a menudo era difícil distinguir a los comerciantes de los guerreros y gobernantes.

Las Compañías de las Indias Orientales, tanto holandesas como inglesas, eran prácticamente Estados en sí mismas. Con sus miles de soldados y cientos de barcos, Beckert compara estos monopolios con los proveedores de violencia cuasi estatales de nuestra época, como la estadounidense Blackwater. «Miremos donde miremos», escribe Beckert, «la guerra era casi el modo predeterminado de la gran conexión». Él denomina a esta época como la era del «capitalismo de guerra».

A lo largo de los siglos XVI y XVII, el archipiélago del capital se expandió a medida que isla tras isla --tanto en sentido literal como metafórico-- se añadía al universo mercantil: Cuba en 1511, Santo Domingo en 1516; Macao en 1557, Batavia en 1619, Manhattan en 1624, Barbados en 1627. Entre estas numerosas estrategias imperiales, Beckert destaca dos nuevas «islas» cuyos ingresos eclipsaron cualquier intento anterior de los comerciantes.

En 1600, Potosí se había convertido en la ciudad más grande de América, más poblada que Londres, Milán o Sevilla. Allí, 160.000 habitantes andinos, africanos y europeos extraían el 60% de la plata del mundo. Y, como prácticamente todas las demás islas capitales del Nuevo Mundo, Potosí solo podía prosperar gracias al trabajo forzado, una forma asesina de esclavitud que mataba a miles de mineros cada año, a menudo envenenados por el mercurio, esencial para el rentable procesamiento de grandes cantidades de mineral de baja ley. Debido a que la ciudad sostenía el poder español, el emperador Carlos V calificó a Potosí como «el tesoro del mundo», pero otros la llamaban «la montaña que se come a los hombres».

Barbados fue otro generador asombroso, aunque brutal, de riqueza mercantil y poder político. En la década de 1660, la isla de las Indias Occidentales enviaba a Inglaterra azúcar por un valor que duplicaba los ingresos anuales del gobierno de esa nación. Dado que la isla estaba prácticamente despoblada, los plantadores tenían vía libre para crear un régimen productivo sin las obligaciones consuetudinarias que frenaban la transformación capitalista del campo en el viejo continente. No había señores feudales entrometidos, campesinos rebeldes ni estados obstruccionistas. Con su énfasis en la disciplina laboral, la estricta organización de la mano de obra y un enfoque implacable en la productividad y el control del tiempo, estas plantaciones fueron el primer ejemplo de industria moderna a gran escala.

Por lo tanto, el verdadero mundo nuevo se encontraba en las Indias Occidentales, y no en el extremo oriental del continente norteamericano. Entre 1630 y 1700, más europeos emigraron al Caribe que a la América inglesa, lo que convirtió a Boston y al resto de Nueva Inglaterra en meros eslabones subordinados de una cadena de suministro global, totalmente eclipsados por el dinamismo de estos modelos capitalistas. Al igual que una cadena de montaje de principios del siglo XX centrada implacablemente en la producción en serie de un solo producto, estas plantaciones de monocultivo fueron el prototipo de una nueva etapa de producción en la que la mano de obra, el capital y el comercio mundial se entrelazaban a la perfección.

    Un mercado de esclavos en Argel, 1684.

Como Beckert deja claro una y otra vez, el trabajo forzoso estaba presente en todas partes y, en casi todos los casos, era fundamental para el crecimiento y la rentabilidad capitalistas. Los comerciantes europeos transportaron a 4,38 millones de africanos esclavizados al Nuevo Mundo antes de 1760, el doble del número de migrantes europeos que llegaron a América en el mismo periodo. Aproximadamente 1,73 millones de agricultores, artesanos y mineros esclavizados trabajaban en plantaciones de azúcar, tabaco, arroz, índigo y algodón y en las minas de plata de América, en una época en la que la población activa total de Inglaterra era de solo 2,9 millones de personas. Aproximadamente un tercio de los activos de capital que poseía el Imperio Británico en 1788 consistía en esclavos, y cuando se abolió ese sistema, el gobierno pidió prestados 20 millones de libras esterlinas, el 40 % de su presupuesto total, para compensar a los propietarios de esclavos por la emancipación de su propiedad humana.

Beckert sigue aquí los pasos de intelectuales caribeños antes ignorados, como Eric Williams y C. L. R. James, cuya labor pionera destacó el papel que desempeñaron la violencia y la esclavitud para situar a estas islas de las Indias Occidentales en el centro del resurgimiento del capitalismo mundial.

«Mano de obra libre»

La coacción laboral no terminó con la abolición de la esclavitud ni con la institución del trabajo asalariado. Es difícil encontrar «trabajo libre» en la narrativa de Beckert y, si alguna vez ha existido en la forma que han fantaseado los economistas smithianos, su presencia ha sido históricamente episódica y fugaz. Así, tras la abolición formal de la esclavitud a mediados del siglo XIX, se instauraron en su lugar una serie de regímenes laborales diabólicamente ingeniosos.

En su libro de 2014, Empire of Cotton, Beckert ofreció el testimonio de numerosos periodistas y funcionarios en el sentido de que, sin la esclavitud, la floreciente economía del algodón que unía el sur de EEUU con Gran Bretaña y el resto de Europa se derrumbaría. Esos observadores tenían razón en lo esencial, y se necesitarían nuevas formas de coacción similares a la esclavitud para reclutar y retener a los trabajadores en el interior agrícola, no solo para el algodón, sino también para el caucho, el té, el arroz y otros productos básicos. Hace tiempo que conocemos la existencia de la aparcería, el arrendamiento agrícola y la servidumbre por deudas en el sur de EEUU tras la emancipación, pero en Asia y África, decenas de millones de trabajadores agrícolas del siglo XIX y principios del XX estaban trabajando por contrato, vivían en barracones similares a los de los esclavos y estaban sujetos a azotes y otras formas de coacción física.

En el siglo posterior a 1839, las potencias coloniales europeas transportaron a más de dos millones de estos trabajadores al Caribe, Sudáfrica y América Latina. Pero todo eso palidecía en comparación con los veintisiete millones de trabajadores del sur de Asia reclutados por intermediarios laborales indios para trabajar en las plantaciones de arroz, té y caucho de Birmania, Ceilán y Malasia, un número mayor que el de los tres siglos de comercio de esclavos en el Atlántico.

El trabajo asalariado tampoco significaba un trabajo verdaderamente libre en las nuevas fábricas. Esa era una presunción del siglo XIX diseñada para distinguir el trabajo proletario del corazón industrial del trabajo esclavo en otros lugares. Independientemente de las dificultades del trabajo agrícola o de la producción protoindustrial en el hogar, pocos trabajadores, y desde luego no los hombres adultos, estaban ansiosos por trabajar en las nuevas fábricas, donde la estrecha supervisión y las implacables exigencias laborales creaban un ambiente similar al de una prisión. Esa fue una de las razones por las que una gran proporción de los empleados eran mujeres y niños.

Un terrateniente se refirió a las aldeas fabriles como un «asilo conveniente» para quienes habían sido desplazados de sus granjas cuando los cercados acabaron con su medio de vida rural. Mientras tanto, en las ciudades, las leyes contra la vagancia se centraban en los «pobres ociosos y desordenados», mientras que la Ley de Amos y Sirvientes de Gran Bretaña de 1823 hacía a los trabajadores penalmente responsables si abandonaban a su empleador antes de que finalizara el contrato de servicio. En Prusia, los trabajadores que abandonaban el trabajo sin permiso podían ser castigados con una multa o quince días de prisión.

Beckert denomina a este mundo de fábricas algodoneras, trabajo forzado en las plantaciones, gobierno real y poder mercantil «capitalismo del antiguo régimen», en el que las élites terratenientes aún ostentaban mucho poder y las empresas comerciales solían ser monopolios respaldados por el Estado. Pero todo ello se tambaleaba sobre cimientos preindustriales. Una sacudida a este sistema fueron las revoluciones, frustradas o reales, de mediados del siglo XIX. La burguesía no llegó a alcanzar el poder pleno, pero la derogación de las Leyes del Maíz en Gran Bretaña, las insurgencias continentales de 1848, la guerra civil estadounidense y la Restauración Meiji en Japón movilizaron a los propietarios de capital para presionar contra los límites de la política establecida y debilitar el control del poder estatal por parte de las élites terratenientes.

Según Beckert, más decisiva fue la aparición en las últimas décadas del siglo XIX de gigantescas empresas integradas vinculadas a las nuevas tecnologías del hierro y el acero, la electricidad, la química, el transporte y las comunicaciones. Beckert califica esos años como «el punto de inflexión más monumental en la historia mundial del capitalismo». Fue la época en la que los comerciantes fueron finalmente desplazados por los magnates industriales, «un punto de ruptura fundamental en los más de 500 años de historia del capitalismo».

El principal ejemplo de Beckert no es Andrew Carnegie, cuya creación multimillonaria de US Steel culminó el movimiento de fusiones en EEUU, sino Carl Rochling, un banquero y comerciante de carbón alemán que construyó un imperio siderúrgico en el Sarre y, cuando se presentó la oportunidad, lo extendió a todas las tierras que el ejército alemán pudiera conquistar. Al igual que Carnegie, Rochling odiaba el mercado, por lo que la integración vertical, los trusts y los cárteles pasaron a caracterizar la estructura y la gobernanza de la industria gigante a principios del siglo XX. La mano de obra era igualmente numerosa, más de diez mil personas en cada fábrica y planta, lo que significaba que estos centros de producción industrial finalmente igualaban el número de trabajadores de una plantación caribeña.

Y este fue el momento en el que podemos hacer una valoración eurocéntrica --o al menos centrada en el Atlántico Norte-- de la economía mundial, que ahora crecía de forma espectacular. Los ferrocarriles triplicaron su ya considerable kilometraje, el comercio mundial se cuadruplicó y entre el 70 % y el 80 % de toda la producción mundial se realizaba en el Reino Unido, Alemania, Francia y EEUU. Fue un momento fugaz, de menos de un siglo. Pero mientras duró, marcó la visión del mundo durante generaciones, incluida su percepción del capitalismo.

Entra el «capitalismo»

De hecho, fueron estos los años en los que la palabra «capitalismo» entró finalmente en el uso común. A partir de 1837, el pánico y las recesiones crearon periódicamente disturbios en toda la sociedad al menos una vez por generación, incluso cuando la sociedad se dividió aun más entre los que tenían grandes riquezas y los que no. Era necesario algún nombre para abarcar la nueva realidad social y económica. Desde el siglo XVI había personas que se autodenominaban capitalistas, es decir, personas que disponían de fondos para invertir o prestar. En Ginebra existían los «messieurs les capitalistes», que eran un grupo de personas capaces e interesadas en comprar bonos públicos, y Adam Smith escribió sobre los «países comerciales» como algo distinto de los «países pastorales».

A pesar de titular su libro más famoso El capital, Marx utilizó el término «economía política» en casi todos sus escritos. Aunque la Académie Royale de Lyon clasificó el capitalismo como una «palabra nueva» en 1842, los socialistas británicos le dieron una mayor difusión en la década de 1850. Los fabianos la utilizaron en la década de 1880, tras lo cual la palabra pasó de la izquierda a la derecha, y el presidente de la Asociación Económica [Norte]Americana definió a EEUU en 1900 «como una sociedad de capitalismo competitivo». En EEUU, la palabra siguió utilizándose principalmente en la izquierda, mientras que los empresarios preferían «libre empresa». Pero cuando la revista Forbes comenzó a describirse a sí misma como una «herramienta capitalista» en la década de 1970, los políticos y empresarios de derecha comenzaron a declararse orgullosamente a sí mismos y a su nación como un país capitalista.

Antonio Gramsci calificó el período de entreguerras del siglo XX como «una época de monstruos», y Beckert coincide con él, afirmando que los veintisiete años transcurridos entre 1918 y 1945 fueron los más tumultuosos de los quinientos años de historia del capitalismo. La revolución bolchevique no fue la única convulsión que puso en tela de juicio el capitalismo industrial (aunque sí la más importante), que parecía tan sólido en las décadas anteriores a 1914.

Beckert recoge en unas pocas páginas el levantamiento irlandés de Dublín de 1916, las huelgas revolucionarias de los metalúrgicos en Petrogrado, un paro ferroviario en Senegal, la huelga general de Seattle de 1919, la masacre de Amritsar de abril de 1919 en la India británica, el biennio rosso en el norte de Italia de la posguerra, la Rebelión del Rand de 1922 en Sudáfrica y la formación en Barbados de una sección de la Asociación Universal para el Progreso de la Raza Negra de Marcus Garvey.

En la década de 1920 no se produjo ninguna revolución en Occidente. En Recasting Bourgeois Europe, el historiador Charles Maier destacó hasta qué punto un compromiso corporativista entre el capital y el trabajo legitimó durante un tiempo a una sociedad europea traumatizada por la guerra y la revuelta. Beckert menosprecia esa estrategia, al menos hasta la época posterior a la II Guerra Mundial, y en su lugar destaca el triunfo fordista, que llevó a decenas de industriales y expertos en producción europeos a River Rouge y Highland Park, donde el propio Henry Ford se complació en compartir las asombrosas técnicas de producción en masa que sus ingenieros habían desplegado. Giovanni Agnelli, de Fiat, fue uno de esos visitantes, por lo que Beckert ofrece un análisis en profundidad en el que explora hasta qué punto Agnelli fue capaz de emular toda la filosofía de producción de Ford, incluyendo el esfuerzo por construir la mayor fábrica de la primera posguerra en Europa en Turín, producir miles de automóviles económicos, marginar y desradicalizar a la mano de obra cualificada y crear una especie de capitalismo social para sus empleados.

Pero el éxito económico de EEUU engendró sus propios monstruos. En 1900, EEUU era un coloso manufacturero que superaba fácilmente a Alemania y al Reino Unido en la producción de prácticamente todos los productos industriales y agrícolas importantes. Temerosos del poder que el mercado continental y el auge de la producción en masa otorgaban a EEUU, los europeos vieron un «peligro estadounidense» al que solo se podía hacer frente con el acceso imperial a un territorio igualmente grande, como el que EEUU había adquirido casi un siglo antes.

«La forma correcta de ver África», editorializó una revista británica en 1905, «es considerarla como otra América, en barbecho y lista para producir ricas cosechas». África es una «América a nuestras puertas», coincidió un periódico francés, con Argelia como la «América de Francia».

Las cadenas de productos básicos se nacionalizarían y militarizarían en una nueva síntesis de poder estatal y hegemonía económica. Comparando la necesidad de expansión alemana en Europa del Este con la conquista estadounidense del oeste del Mississippi, Adolf Hitler exigió «territorio y fordismo» si una nueva Alemania quería contrarrestar tanto a los bolcheviques como a los estadounidenses.

Tal era el contexto de la autarquía, el nacionalismo económico y los bloques comerciales engendrados por la Gran Depresión. Para muchos, el capitalismo parecía haber llegado a un callejón sin salida, lo que bien pudo haber fomentado la amplia gama de respuestas estatistas ahora posibles en la crisis. Como Beckert ha subrayado una y otra vez en su historia, el capitalismo puede coexistir con una gran variedad de regímenes políticos. Durante la Depresión, el fascismo, el rearme y la expansión imperial fueron una solución, a menudo respaldada por capitalistas como los Rochling, que se convirtieron en entusiastas del régimen nazi. La represión del radicalismo laboral y la adquisición mediante la conquista de nuevos mercados y insumos baratos para la cadena de suministro cumplieron muchas de las ambiciones que Völklingen Steel tenía desde hacía tiempo.

Este tipo de modernismo industrial vino acompañado durante la guerra por la reaparición del trabajo esclavo en el corazón de Europa. Más del 40% de todos los trabajadores del imperio nazi durante la guerra trabajaban bajo coacción, una cifra impresionante que solo superan históricamente las colonias de plantaciones del Caribe. La fábrica de Rochling en el Sarre se llevó una parte equivalente; del mismo modo, se importó y esclavizó a un gran número de trabajadores en BMW, Daimler-Benz, Volkswagen, Hugo Boss, Krupp, Leica Camera, Lufthansa y otras empresas famosas.

Suecia y EEUU también eran estatistas, pero adoptaron un reformismo socialmente liberal. Ambos podrían describirse como corporativismo democrático. En Suecia, el «Acuerdo de la Vaca» de 1933 sentó las bases para un Estado de bienestar cada vez más elaborado, forjado cuando los socialdemócratas y los agricultores llegaron a un acuerdo que también sentó las bases para la agresiva campaña de exportación de la nación. El corporativismo, aunque de tipo bastante fragmentado, también llegó a EEUU, encarnando tanto un alto grado de regulación del mercado como el apoyo estatal al resurgimiento de los sindicatos y la elaboración de un Estado de bienestar con códigos raciales. En el Sur Global, Turquía, Argentina y México aislaron sus economías y elevaron el nivel de vida mediante un programa de aranceles elevados y producción industrial de sustitución de importaciones.

El estatismo de la época de la Depresión, combinado con los traumas de la guerra, bien pudo haber ofrecido al Occidente capitalista un predicado ideológico y de construcción del Estado para las décadas de los «Trente Glorieuses» de la primera posguerra. Aunque Beckert ofrece pocas ideas historiográficas o teóricas nuevas sobre una época caracterizada por el aumento de los salarios reales, el incremento de la productividad y el aumento del gasto de los consumidores, su estudio de la vida en Suecia, Australia y Francia lo presenta todo bajo una luz nueva.

Por ejemplo, cita acertadamente el crecimiento del turismo mundial, un fenómeno de masas genuinamente nuevo --y quizás la «industria» más grande del mundo-- facilitado por la arquitectura económica diseñada en Bretton Woods. Ese acuerdo económico permitió que dos cosas aparentemente contradictorias ocurrieran simultáneamente. Un sistema de tipos de cambio semifijos impulsó el libre comercio, mientras que la persistencia del control estatal sobre la mayoría de las monedas clave protegió la capacidad de las naciones occidentales para mantener y mejorar sus propios estados de bienestar. Se trataba del «liberalismo integrado», lo que un economista denominó «Keynes en casa y Smith en el extranjero».

No podía durar. En su análisis del auge del neoliberalismo, Beckert pasa por alto la agitación de los precios del petróleo de la década de 1970, la crisis de Volcker de 1979 y el énfasis de Levy en la propensión del capital a migrar de la producción a las finanzas especulativas. En cambio, ofrece como una especie de obertura un relato bastante extenso del golpe militar de Augusto Pinochet en Chile en 1973 y la complicidad y el apoyo ofrecidos por EEUU a la represión y la austeridad que siguieron.

Esto es muy apropiado, ya que ejemplifica dos temas siempre presentes en el libro de Beckert. En primer lugar, el capitalismo tiene la capacidad de existir bajo prácticamente cualquier tipo de régimen político, salvo el bolchevismo puro y duro. Y, en segundo lugar, cada vez que se manifiesta una nueva modalidad en la larga historia del capitalismo, el Estado desempeña sin duda un papel importante, más a menudo asesino que benigno. Por lo tanto, el neoliberalismo siempre fue más que una mera celebración del mercado; se consideraba a sí mismo como un orden estatista particular en el que la función del régimen era crear un marco autorreforzado que afianzara y salvaguardara las funciones del mercado. En algunos casos, el Estado en cuestión era supranacional, como en el caso de la aplicación por parte del Fondo Monetario Internacional del «Consenso de Washington», que encorsetó la política económica, sobre todo en el Sur Global.

    El décimo aniversario del golpe de Estado de Pinochet, el 11 de septiembre de 1983, en        Santiago de Chile.

Los trabajadores se vieron muy afectados. En Chile, la junta encarceló y desapareció a los activistas de la izquierda y de los sindicatos. Desde la embajada de EEUU en Santiago no hubo protestas, donde incluso antes del golpe un funcionario se mostró a favor de un «canje» de «democracia por medidas económicas sólidas». Con el asesoramiento de los «Chicago boys», a menudo alumnos de Milton Friedman y Friedrich Hayek, los sindicatos quedaron diezmados, los salarios reales cayeron y el desempleo se disparó. Beckert escribe: «Pinochet fue el Lenin del neoliberalismo», bajo la dirección de Reagan y Thatcher.

«La clase media y la clase alta se encontraron de repente en el paraíso», observó un funcionario estadounidense. La embajada de EEUU informó de que, dado que el movimiento sindical había quedado paralizado y se había suspendido el derecho a la huelga, «se habían eliminado los principales medios de protesta de quienes pudieran oponerse a esas políticas». Sobre la oposición, dijo la embajada, «poder gobernar por decreto es una gran ayuda en este sentido».

Si la mano de obra barata en Chile llegó con un golpe militar, la mano de obra más barata a escala mundial también fue el producto de una serie de políticas y transformaciones estatales. La desaparición del bloque soviético situó a decenas de millones de nuevos trabajadores en una ecuación salarial muy favorable al capital. Pero aún más importante fue la aparición de China como superpotencia manufacturera y fuente gigante de mano de obra con formación. Esto ha cambiado las placas tectónicas del capitalismo del siglo XXI.

La desindustrialización de los países ribereños del Atlántico Norte se ha visto más que compensada por el crecimiento de la industria manufacturera en Asia Oriental durante la era de industrialización más rápida de la historia mundial. La proletarización masiva dentro de China ha sido estupenda y sin precedentes. Shenzhen, en el delta del río Perla, durante un tiempo la gran ciudad de más rápido crecimiento del planeta, es la verdadera heredera del Manchester del siglo XIX y del Detroit del siglo XX, pero con evidentes ventajas sociales. En una repetición de parte de esa historia, los capitalistas mercantiles vuelven a estar al mando, con minoristas como Walmart y Amazon y marcas como Apple y Nike mucho más potentes que cualquier empresa manufacturera individual. Y no solo eso: al igual que a principios del siglo XIX, las mujeres jóvenes y con estudios son la columna vertebral de esta nueva ola de proletarismo industrial, con más del 90% de todos los trabajadores migrantes del campo en el sector de la industria ligera de Shenzhen.

Como cualquier fenómeno social, Beckert cree que la historia del capitalismo tiene un final definido, pero que es poco probable que esa desaparición se produzca con una explosión revolucionaria. En cambio, vuelve a su metáfora de la isla y encuentra, por un lado, el auge de magnates "libertarios" como Peter Thiel (Paypal, Facebook), que buscan islas literales en las que aparcar su riqueza y separarse del resto de nosotros. En una nota más optimista, Beckert espera que en un mundo posneoliberal surjan políticas gobernadas por relaciones ecológicamente sostenibles y ajenas al mercado. Esto parece inusualmente optimista, dada la brutalidad que siempre ha acompañado a cada nueva iteración de la sociedad capitalista. Pero sea cual sea su destino, el amplio volumen de Beckert proporciona a una nueva generación de capitalistas y anticapitalistas numerosos precedentes para cualquier mundo que lleguen a imaginar.

Jacobinlat


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-largo-ascenso-del-capitalismo-global 

China: iniciativas para la paz y el desarrollo



Fuentes: Rebelión

Aunque las certezas de la hegemonía estadounidense empiezan a quebrarse, la soberbia sigue reinando en el Washington de Trump, convertido hoy en una maquinaria de agresión que desprecia, con frialdad militar, la arquitectura jurídica que el mundo se dio tras el espanto de 1945. Para la Casa Blanca, el derecho internacional ha dejado de ser una obligación y se ha convertido en un estorbo: Washington ignora leyes y obligaciones cuando los recursos de otras naciones escapan a su inventario colonial.

El asedio a Venezuela no es una disputa por la democracia, esa palabra que Estados Unidos vacía de contenido cada vez que impulsa un golpe de Estado o aplica sanciones ilegales en un ejercicio de gangsterismo político. Al imponer medidas coercitivas unilaterales, verdaderos actos de guerra económica, Estados Unidos pisotea la Carta de las Naciones Unidas, porque no hay legalidad alguna en el bloqueo de activos, en el secuestro de barcos, en el intento de quebrar la voluntad de un pueblo mediante el hambre o en el apoyo al genocidio en Gaza. Es el desprecio absoluto por la soberanía de los Estados, la sustitución de la diplomacia por la extorsión. Un ejemplo bastará para ilustrar ese proceder: desde 1980, Estados Unidos ha bombardeado o ha invadido quince países (Irán, Líbano, Granada, Yugoslavia, Libia, Panamá, Iraq, Somalia, Sudán, Afganistán, Yemen, Siria, Níger, Nigeria y Venezuela), y tras el criminal bombardeo en Venezuela y el secuestro del presidente Maduro y de Cilia Flores, Trump ha declarado que está dispuesto a intensificar la guerra híbrida contra Cuba, que sufre desde hace décadas un bloqueo ilegal, y a bombardear de nuevo a Irán.

En ese mismo periodo, China no ha recurrido nunca a la fuerza, porque frente a ese escenario de escombros y amenazas plantea una lógica distinta, propone sensatas iniciativas que desquician a los estrategas del Pentágono. La gravísima agresión estadounidense a Venezuela ha revelado una vez más el desprecio estadounidense al derecho internacional, el contraste entre un ocaso violento y el amanecer de un nuevo equilibrio en el mundo. Mientras Washington insiste en la fuerza militar, la propuesta de paz de China se asienta en la búsqueda de un mundo regido por la igualdad y el respeto en las relaciones internacionales, pero Estados Unidos opta por la ruptura de los tratados y el acoso a otros países, recordando a todos que todavía puede destruir: la voladura de los tratados de desarme nuclear que ha protagonizado Washington en los últimos años (del ABM al INF) es una grave amenaza para el mundo. China, por el contrario, cree que el siglo XXI no puede admitir más imposiciones ni hegemonías violentas. Y en esa grieta entre el desprecio al derecho de unos y la voluntad de cooperación de otros, se arriesga no solo el destino de Venezuela y de América Latina, sino la posibilidad de un mundo donde la fuerza no sea la razón de un Estado que quiere imponer su hegemonía. Mientras Washington envía portaaviones y marines por el mundo, Pekín propone la Franja y la Ruta, levanta infraestructuras y formula una seguridad global basada en la paz: para ello, China ha propuesto la Iniciativa de Desarrollo Global, la Iniciativa de Seguridad Global y la  Iniciativa de Gobernanza Global, siempre ofreciendo la cooperación en beneficio mutuo.

Esas iniciativas chinas surgen en un momento histórico en que la crisis económica agobia a las sociedades occidentales con unas previsiones que apenas auguran un crecimiento del 2 % para 2026, mientras la economía china sigue progresando y está impulsando un desarrollo de alta calidad. En este contexto, China tiene dos ventajas estructurales: encabeza los nuevos recursos productivos de calidad, y se ha convertido en el principal impulsor de la transición energética mundial hacia un nuevo modelo respetuoso con la Tierra. Superando un modelo basado en mano de obra intensiva, China impulsa ahora la autonomía tecnológica y la innovación: la inteligencia artificial generativa, semiconductores de producción propia y computación cuántica han llegado a la industrialización masiva, blindando su cadena de suministro frente a sanciones y bloqueos externos. Además, China hace frente al cambio climático impulsando la cadena de valor de energías limpias,  especialmente con vehículos eléctricos e hidrógeno verde, algo que impulsa su economía y la hace indispensable para la descarbonización mundial. El XV Plan Quinquenal 2026-2030 quiere impulsar la investigación, reducir dependencias del exterior y consolidar a China como una gran potencia científica.

La modernización y el desarrollo científico chino también contribuyen a la estabilidad  internacional y son un motor de innovación para las cadenas de suministro globales gracias a la reducción de costes de transformación con la robótica y el 5G industrial, tanto para China como para el resto del mundo, integrando la innovación para grandes aplicaciones industriales. El impulso chino en la fabricación de componentes vitales como baterías de litio, paneles solares y tierras raras impulsa la transición energética global, y ayuda a los países en desarrollo que obtienen infraestructuras digitales y energías limpias gracias a iniciativas como la ruta de la seda digital, además de transferencia de conocimientos y colaboración: China ha intensificado la cooperación en Inteligencia Artificial y ciencia en entornos como el BRICS+, ofreciendo pautas de desarrollo basadas en la soberanía tecnológica, frente al viejo modelo occidental basado en la subordinación de los países de la «periferia» a los centros del capitalismo mundial.

En un mundo fracturado y ansioso, cuando países como Estados Unidos levantan muros e impulsan un proteccionismo estéril que no resuelve ninguno de los problemas de la humanidad, Pekín opta por la apertura, articulando una respuesta estratégica con la construcción conjunta de la Franja y la Ruta, una iniciativa que ha evolucionado hacia una fase de «alta calidad», donde la infraestructura ya no solo une puertos y aeropuertos, sino que pretende articular una red mundial de progreso y soberanía, de control sobre la tecnología y de desarrollo económico respetuoso con el medio ambiente. En 2025, esa iniciativa agrupaba a más de 150 países, con inversiones que superan el billón de euros, consolidando vínculos económicos que desafían los codiciosos bloqueos externos de potencias como Estados Unidos.

China ha respondido a los riesgos de estancamiento global con la exención de visados para los ciudadanos de más de cuarenta países (entre ellos, Estados europeos como España, Francia y Alemania) por periodos de hasta 30 días, y con el impulso a un comercio más fluido: medidas como la digitalización de las entradas y la apertura de sectores económicos buscan que el mercado chino actúe como impulsor para la anémica economía mundial. Estas prácticas no son asuntos menores, porque son vías para una economía global más abierta: el acceso libre permite que productos de naciones en desarrollo accedan al mercado de consumo más grande del mundo, y a transferencias tecnológicas y a la ruta de la seda digital. Junto a ello, la cooperación en Inteligencia Artificial y nuevas energías ofrece a los países en desarrollo, que ven a China como un aliado para la reforma de la gobernanza global, la posibilidad de modernizarse sin soportar las hipotecas políticas tradicionales que impone el capitalismo occidental. En definitiva, China se erige como la fuerza clave que impide que el comercio mundial se fragmente en espacios estancos, ofreciendo un modelo de modernización que prescinde de la extorsión y las imposiciones, y promueve la participación colectiva para el beneficio mutuo.

El XV Plan Quinquenal no es solo un plan económico y administrativo para China, sino también una propuesta frente a un orden occidental en crisis que ve acentuarse las carencias del capitalismo financiero contemporáneo. Las urgencias del mundo son muchas, desde el hambre y el subdesarrollo pasando por una pobreza que convive con gigantescos gastos militares (Trump ha anunciado su deseo de ampliar el presupuesto militar estadounidense, que para 2026 es de 900.000 millones de dólares, hasta 1,5 billones de dólares en 2027), y hay que hacerles frente con la transición ecológica y la innovación productiva orientadas a la satisfacción de las necesidades de los seres humanos y no de las grandes corporaciones capitalistas. Mientras Estados Unidos renuncia a combatir el cambio climático y la Unión Europea duda y suspende programas ecológicos, China refuerza sus proyectos para la descarbonización coordinada con el crecimiento económico. El planteamiento chino de trabajar con decisión en ecosistemas sanos y en una transición verde  se revela fundamental para mantener en 1´5º centígrados el calentamiento global y para que el Acuerdo de París no pase a la historia como una oportunidad perdida. De esa forma, la cooperación internacional está cambiando hacia una ruta de la seda digital y verde, aunque debe hacer frente al sabotaje y a las exigencias que Estados Unidos impone a muchos países. Pero no hay duda de que los proyectos conjuntos, la logística avanzada, los programas de investigación concertados, deben ser la nueva pauta para la economía mundial. A largo plazo, el plan chino ofrece un horizonte político previsible, donde las «nuevas fuerzas productivas» impulsen un desarrollo más justo y democrático que alcance a todos los continentes de la tierra y enfrente la lógica de bloques militares y económicos enfrentados.

Las cuatro iniciativas de Pekín —Desarrollo (IDG), Seguridad (ISG), Civilización (ICG) y Gobernanza (IGG)— no son meros enunciados diplomáticos: constituyen la  arquitectura de una nueva razón mundial que desafía el agotado dogma del unilateralismo atlantista, con unos Estados Unidos y una OTAN anclados en el pasado y prisioneros de una lógica guerrera. China propone una alternativa frente al caos planificado de las potencias en declive: un marco conceptual integral. Estas iniciativas forman una totalidad, un conjunto pensado para capturar el futuro, para encauzar la energía humana en un horizonte que escape de los fantasmas del pasado. Así, la Iniciativa para el Desarrollo Global fija la base material indispensable; la de Seguridad Global quiere garantizar un escenario de paz para todo el planeta, necesario para el progreso; la de Civilización Global defiende el derecho de cada pueblo a su propia historia y cultura; y la Iniciativa de Gobernanza Global quiere articular las normas universales para que los países en desarrollo tengan, por fin, presencia efectiva en los organismos internacionales y capacidad de decisión.

Su relación interna es la de una totalidad orgánica: desarrollo es seguridad, porque sin progreso material, la paz es frágil, y la seguridad es condición imprescindible, porque sin un marco de respeto a la soberanía de todos los países, el desarrollo es vulnerable frente a la rapiña externa. La civilización es también diversidad: frente al pensamiento único, la razón que debe regir el siglo XXI reside en reconocer que la modernidad no tiene un solo rostro. Subsanando las carencias globales, esas ideas son el antídoto contra los venenos del siglo, y la falta de desarrollo en muchos continentes se combate dando prioridad a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ODS, aprobados por la ONU, y a la inversión en infraestructuras reales, no en la acumulación de deuda y en transacciones financieras especulativas. La falta de seguridad se aborda mediante el diálogo y la mediación, rechazando la expansión de bloques militares, como ha hecho la OTAN en Europa oriental, mientras que la falta de confianza se resuelve con el impulso al multilateralismo y el respeto a la soberanía, situando a la ONU en el centro de las decisiones políticas y devolviendo la dignidad a las naciones hipotecadas por el capitalismo global. En el escenario de una geopolítica fracturada por el atavismo de Washington y la parálisis de una Europa que ha renunciado a su autonomía, las iniciativas de Pekín —la Seguridad Global (ISG) y el Desarrollo Global (IDG)— no son simples ejercicios de retórica, sino herramientas de una diplomacia distinta que hace frente al estruendo, a los abusos y cargas que Estados Unidos y sus aliados quieren imponer. Una conclusión se impone: el mundo asiste al final paulatino de la impunidad y de la hegemonía de Washington, y esas propuestas chinas actúan como el ancla de un multilateralismo que no es solo una opción, sino una necesidad para la supervivencia.

Frente a la falta de confianza debe levantarse la arquitectura de la distensión, y para ello China propone la mediación sin injerencia. Su función es desarmar la lógica de bloques que hoy asfixia a la comunidad internacional. Mientras la OTAN se expande como un incendio, la Iniciativa para la Seguridad Global promueve una seguridad indivisible: la noción de que nadie puede estar seguro a costa de la inseguridad del vecino. Es una apuesta por el diálogo de civilizaciones frente al choque que vaticinaba el imperialismo. El papel de China en el acercamiento entre Irán y Arabia es el ejemplo más nítido de gestión de diferencias: frente al envío de portaaviones, China ofrece mesas de negociación, sustituyendo la «pax americana» (basada en la ocupación, las sanciones económicas, la agresión y la guerra) por una paz basada en el interés mutuo y el desarrollo compartido. En el polvorín europeo, deben atenderse las causas históricas del conflicto ucraniano, ligado a la expansión de la OTAN, porque la paz no se construye con sanciones unilaterales que castigan a los pueblos, sino con una arquitectura de seguridad que no ignore las preocupaciones de ninguna de las partes: la seguridad es siempre indivisible, y una potencia no puede aumentar la suya en detrimento de otros países.

Sin embargo, la agresión a Venezuela y el secuestro del presidente Maduro cambian muchas cosas: Estados Unidos ha declarado propiedad suya a todo el continente americano, anuncia que Cuba, Colombia, México, Groenlandia serán sus próximas víctimas; amenaza con volver a bombardear Irán, desarrolla planes de acoso en el Mar de China meridional, prepara nuevos ataques en Nigeria, e impone un rearme a sus aliados que anuncia nuevos y graves problemas. Estados Unidos no solo vulnera el derecho internacional: está destruyendo todo el sistema de relaciones internacionales y los acuerdos de desarme, confiando en el poder de su fuerza, imponiendo un nuevo imperialismo que se desprende de todo disimulo.

Los retos mundiales son muchos: poner fin de la pobreza, erradicar el hambre, asegurar la salud y el bienestar, conseguir una educación de calidad para todos, terminar con la desigualdad que oprime a las mujeres, asegurar agua limpia y saneamiento para toda la población del planeta, junto al acceso a una energía asequible que no contamine, y asegurar trabajos decentes para los trabajadores y campesinos del mundo, son objetivos mínimos aunque también ambiciosos en este momento de la historia. En definitiva, esas iniciativas chinas funcionan como un laboratorio de coexistencia, en un mundo que se enfrenta al abismo nuclear. La racionalidad de la planificación china, su modelo de socialismo, y su apuesta por los países en desarrollo que componen la mayor parte de la humanidad son hoy la única alternativa frente a la barbarie de una hegemonía que, en su caída, pretende arrastrarnos a todos. Si hoy asistimos al genocidio contra la población palestina, al horror de las guerras en Sudán y la República Democrática del Congo, al drama de los refugiados rohinyás, al sufrimiento de la población siria, libanesa, afgana o iraquí, a la guerra de Ucrania, a la agresión estadounidense contra Venezuela y a las amenazas contra Cuba, Irán e incluso Groenlandia, el mundo debe ponerles fin, insistir en la imprescindible función de la ONU, asegurar el respeto al derecho internacional, a los derechos humanos, y rechazar las groseras injerencias políticas, la extorsión y la rapiña. Como el navegante del poema de Li Bai, el dragón rojo chino ha emprendido un largo viaje, y sus propuestas no exigen sumisión ni servidumbres políticas: proponen colaboración y beneficio mutuo, porque a diferencia de las recetas codiciosas del Fondo Monetario Internacional o de Estados Unidos, China reconoce la diversidad del mundo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

lunes, 9 de febrero de 2026

Explicando el lío del tratado UE-Mercosur


Fuentes: El diario [Imagen: Líderes europeos y de América Latina, durante la firma del 
acuerdo UE-Mercosur EFE/ Juan Pablo Pino]

El episodio ha llamado la atención porque la votación no ha seguido las líneas ideológicas habituales: la mayoría de populares y socialdemócratas se han opuesto a frenar el acuerdo, mientras que casi toda la izquierda y también la extrema derecha han votado a favor de la paralización

El tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Mercosur acaba de quedar paralizado en el Parlamento Europeo, tras más de veinte años de negociaciones y una aprobación muy difícil entre los Estados miembros. El episodio ha llamado la atención porque la votación no ha seguido las líneas ideológicas habituales: la mayoría de populares y socialdemócratas se han opuesto a frenar el acuerdo, mientras que casi toda la izquierda y también la extrema derecha han votado a favor de la paralización. A primera vista, la escena resulta confusa. ¿Cómo es posible que fuerzas políticas tan distintas coincidan en el rechazo? ¿Y por qué los grandes partidos europeos lo defienden con tanto empeño? 

Para entenderlo conviene empezar por situar el acuerdo. Firmado en 2019, el tratado UE-Mercosur es el mayor acuerdo comercial jamás alcanzado por la Unión Europea, tanto por población afectada como por volumen de comercio y reducción de aranceles. Forma parte de la familia de los acuerdos de libre comercio: pactos que buscan eliminar barreras al intercambio comercial y exponer a la competencia internacional sectores que hasta ahora estaban relativamente protegidos. Y todo ello en un momento especialmente delicado, en el que Estados Unidos ha girado hacia el proteccionismo y el uso explícito del poder económico. 

El problema es que un acuerdo de este tipo no puede evaluarse con un simple “a favor” o “en contra”, y mucho menos afirmar que tal conclusión se deriva de una valoración aséptica e incuestionable. Un acuerdo de libre comercio tiene efectos distintos según el sector, el país y el grupo social, por lo que no puede existir una valoración que sea compartida por todos. Dicho de otro modo: cualquier acuerdo de libre comercio genera ganadores y perdedores, lo que explica tanto la división política como la intensidad del debate. 

El enfoque económico: quién gana y quién pierde 

Desde el punto de vista económico, los acuerdos de libre comercio se basan en una idea sencilla: al abrir los mercados, las empresas más competitivas ganan terreno, los productos se abaratan y, en conjunto, la economía crece. Aunque haya pérdidas en otras empresas, estas serían compensadas de sobra por las ganancias. Esta lógica se apoya en una tradición teórica asociada al principio de la “ventaja comparativa”, formulado a comienzos del siglo XIX por David Ricardo. Según este planteamiento, todos los países salen ganando si cada uno se especializa en aquello que produce con menor coste relativo y compra fuera lo que produce peor.

Desde el principio ese razonamiento fue abrazado tanto a izquierda (el movimiento cobdenita fue importante en el siglo XIX) como a derecha, y se convirtió en dominante en Occidente especialmente desde la década de los ochenta del siglo pasado —bajo la hegemonía de Estados Unidos—. Existen muchas críticas a este planteamiento que procede desarrollar aquí, pero incluso si aceptamos que el resultado agregado de un acuerdo de libre comercio puede ser positivo, el proceso de ajuste no es neutro: algunas actividades crecen y otras desaparecen; algunos territorios prosperan y otros se vacían; algunos trabajadores se benefician y otros pierden su empleo. Y ese ajuste es mucho más duro cuando los países que comercian entre sí son muy distintos. 

Eso es precisamente lo que ocurre entre la Unión Europea y Mercosur. Europa exporta relativamente más bienes industriales: vehículos, maquinaria, productos químicos. En España, por ejemplo, más del 10% de las exportaciones son de vehículos terminados y de sus componentes. En cambio, países como Brasil o Argentina concentran una parte muy elevada de sus exportaciones en productos agrarios: soja, carne, azúcar, maíz o aves de corral. Solo la soja supone más del 13% de las exportaciones de Brasil, y el azúcar el 4%. Para hacerse una idea del contraste, el principal producto agrario de exportación español —el porcino—representa alrededor del 1% del total. 

Esta diferencia es clave. La lógica del libre comercio empuja a reforzar las especializaciones existentes, como sugiere el modelo convencional de Hecksher-Ohlin que se estudia en las facultades y como también denuncian economistas críticos de tradiciones como la marxista o la estructuralista. Incluso los autores neomercantilistas (en los que se inspira Trump, por cierto) estarían de acuerdo en este punto, ya que los ideólogos de la industrialización estadounidense o alemana del siglo XIX defendían medidas proteccionistas con carácter temporal: eran partidarios de que, una vez alcanzada la industrialización, se liberalizaran los mercados.

El acuerdo UE-Mercosur tendería, por tanto, a consolidar a Europa como exportadora industrial y a Mercosur como exportador agrario. Los modelos económicos que han simulado los efectos del acuerdo apuntan justamente en esa dirección. En Mercosur, los sectores agrarios serían los principales ganadores, mientras que los industriales saldrían perdiendo. En la UE, ocurriría lo contrario. Sobre el saldo neto —si el acuerdo aumenta o no el PIB y el empleo— hay más debate: muchos estudios predicen ganancias modestas para Europa, mientras otros cuestionan que existan siquiera pequeños beneficios en el corto plazo. Y eso tiene una explicación en los tiempos de aplicación del acuerdo.

Los países de Mercosur son plenamente conscientes de este dilema, razón por la cual han logrado incorporar en el texto final del acuerdo medidas importantes para mitigar el coste sobre sus industrias. De hecho, se prevé que el 85% de los productos europeos estén expuestos al libre comercio desde el primer día, pero en el caso de los países del Mercosur ese porcentaje será solo del 6%. Esto significa que los costes en Europa serán inmediatos, pero los beneficios serán de medio y largo plazo. De particular importancia es lo que sucede en el sector del automóvil, que preocupa al capital industrial brasileño porque es menos competitivo. Por esa razón, actualmente tiene aranceles del 35% en automóviles terminados y 18% en partes de automóviles, y estos irán retirándose gradualmente y sólo serán eliminados del todo transcurridos 18 años. De ese modo Brasil gana tiempo también para reconvertir su industria automovilística y desarrollar la del vehículo eléctrico, aspecto que de conseguirse pondría también en duda las ganancias europeas en ese plazo más distendido.

Política y alianzas sociales 

Así, los impactos sobre el capital agrario, capital industrial, capital financiero y sobre los trabajadores de cada uno de los sectores (además en su doble condición de trabajadores y consumidores) será diferente. Por otra parte, no todos los grupos sociales tienen la misma influencia sobre la política del gobierno. Por eso, aunque los grandes partidos europeos se apoyan en los modelos macroeconómicos que sugieren beneficios agregados para defender el tratado, la oposición no es irracional ni ideológica en abstracto: responde a intereses materiales muy concretos y a una visión diferente del comercio internacional. 

A finales de los ochenta el economista Ronald Rogowski desarrolló una teoría según la cual era posible predecir el tipo de alianzas políticas que tendrían lugar ante un escenario de acuerdo de libre comercio. Por ejemplo, en los países abundantes en capital (como España) tanto el capital como el trabajo se alinearían a favor del libre comercio, mientras que el sector agrario apoyaría el proteccionismo. Por el contrario, en los países abundantes en tierra (como Brasil o Argentina), los intereses agrarios serían defensores del libre comercio mientras que el trabajo se alinearía con el proteccionismo, quedando el capital dependiendo de su integración por sectores. Este modelo predice bastante bien lo que sucede en la mayoría de los casos, y ayuda a entender por qué el rechazo al acuerdo no sigue el eje clásico izquierda-derecha.

En Europa, el sector agrario —especialmente fuerte y bien organizado en países como Francia— ve el tratado como una amenaza directa. De ahí que haya gobiernos que hayan acabado alineándose con los agricultores para oponerse al acuerdo; el coste de no hacerlo podría ser inasumible desde el punto de vista electoral: pocos gobiernos son capaces de sobrevivir a una huelga continuada de tractores. En España, la extrema derecha también se ha lanzado a defender los intereses del sector agrario —porque construye su relato a partir de la caricatura que combina tradicionalismo y “mundo rural” frente a la izquierda-woke—. De hecho, esta presión por parte de la extrema derecha ha obligado a reaccionar a Díaz Ayuso, que se ha desmarcado del débil apoyo del PP nacional al acuerdo. En Mercosur, la situación es prácticamente inversa: los grandes intereses agrarios presionan a favor del acuerdo, mientras que sindicatos y sectores industriales lo miran con recelo. 

El enfoque geopolítico: autonomía o ilusión 

Más allá de la economía, el tratado tiene una clara dimensión geopolítica. En un contexto de creciente rivalidad entre grandes potencias y de enorme debilidad del vínculo transatlántico, la UE busca reforzar relaciones con América Latina —un continente disputado tanto por Estados Unidos como por China—. Desde este punto de vista, el acuerdo con Mercosur aparece correctamente como una oportunidad estratégica para una reubicación de la Unión Europea en la división internacional del trabajo. Algunos analistas de izquierdas le otorgan a este enfoque incluso más peso que al económico, lo que conduce a que defiendan su aprobación y despliegue inmediato.

Sin embargo, esta lectura enfrenta también límites notables. Por un lado, Argentina está hoy gobernada por un presidente alineado con Donald Trump, mientras que el futuro político de Brasil es incierto (Lula ganó por un estrecho margen en la última ocasión). Por otro lado, Brasil está desde hace años desplegando una estrategia comercial claramente orientada a su autonomía económica, lo que en gran medida le acerca a China (que absorbe ya cerca del 30% de sus exportaciones frente a un 10% destinado a Estados Unidos). No hay garantía de que el acuerdo refuerce la autonomía estratégica europea o que asegure un alineamiento político duradero. 

Esto último tiene una concreción en la política referida a los llamados minerales críticos y a otros recursos naturales. La Unión Europea ha logrado incorporar en el acuerdo ciertas previsiones que facilitan la compra de estos recursos (por ejemplo, prohibiendo aranceles o restricciones a la exportación). Hay que tener presente que Brasil es el primer país del mundo en la extracción y procesamiento de niobio (por encima del 90% en cuota global), el segundo en extracción de tántalo, hierro y acero y el tercero en extracción de vermiculita, talco, magnesita, grafito y refinamiento de aluminio. Argentina no es tan destacado, pero es el cuarto país del mundo en la explotación de litio, tan fundamental para las baterías de los vehículos eléctricos. 

Para la UE el abastecimiento de estos recursos es fundamental, ya que la interrupción de estos suministros pondría en serios problemas a las industrias y economías fuertemente dependientes de ellos. Sin embargo, la capacidad de inversión y financiación de las empresas chinas sigue siendo muy superior, de modo que las cadenas de valor seguirán lejos del control del capital europeo. Un aspecto fundamental que necesita la UE es política industrial, pero hacerlo en serio implicaría hablar de planificación, financiación y gestión pública.

Esta fotografía avala que la Unión Europea es actualmente más un miembro de la periferia internacional que del centro. La relación con el resto del mundo debería construirse a partir de esa premisa. Pero surge la pregunta de si la Unión Europea está preparada para mantener relaciones de igualdad con el Sur Global. 

El enfoque ecológico: el gran punto ciego 

Desde su firma en 2019, el acuerdo ha tenido que ser revisado y ampliado a causa de las críticas procedentes de países europeos que demandaban más atención a la cuestión ecológica y climática. Por ejemplo, se ha añadido una mención explícita al cumplimiento de los Acuerdos de París de 2015. Sin embargo, en el texto final estas nuevas disposiciones son débiles, carecen de mecanismos de control y sanción efectivos y no alteran la lógica de fondo que colisiona con los principios de la sostenibilidad. 

La mayoría de los modelos predicen unos incrementos moderados de las emisiones de dióxido de carbono, fundamentalmente debido a las ganancias de eficiencia que se esperan por la especialización. Sin embargo, los modelos no incorporan las emisiones provocadas por el transporte, que en este caso es un coste muy importante. Además, la especialización agraria de Mercosur supondría previsiblemente una expansión de la frontera agrícola, con riesgos evidentes de deforestación (algunos estudios hablan de un rango de 50.000 – 170.000 hectáreas). Estos cambios en el uso de la tierra no sólo implican pérdida de biodiversidad y otros impactos ecológicos, sino que afectan a la emisión de gases de efecto invernadero. La UE lleva años intentando asegurar que sus importaciones no procedan de zonas deforestadas, pero el acuerdo con Mercosur no puede garantizarlo de forma creíble. 

A esto se suma una cuestión cada vez más relevante: la seguridad alimentaria. En un contexto de crisis climática, energética y geopolítica, reforzar la dependencia de importaciones agrarias lejanas resulta, como mínimo, discutible. Desde una perspectiva ecosocial, externalizar la producción de alimentos básicos hacia cadenas globales intensivas en combustibles fósiles y vulnerables a tensiones

Conclusiones

La Unión Europea tiene que encontrar su lugar en el mundo, pero difícilmente lo hará firmando acuerdos diseñados para una realidad que ya no existe. Antes de negociar con el Sur Global, necesita resolver sus propias fragilidades: cohesión interna, finanzas comunes (comenzando con eurobonos) y una política industrial que planifique la transición ecológica en serio. Solo entonces podrá construir relaciones comerciales que no reproduzcan las asimetrías del pasado, ni hacia dentro ni hacia

 @agarzon

Fuente: https://www.eldiario.es/economia/explicando-lio-tratado-ue-mercosur_129_12934687.html