domingo, 23 de agosto de 2026

Una lucha honorable en la historia de la izquierda


 Por Rezgar Akrawi | 17/08/2026 | Palestina y Oriente Próximo

Fuentes: Rebelión


La experiencia de los Ansar Comunistas[1] en Irak sigue siendo uno de los capítulos más nobles y sinceros de la lucha comunista en la historia moderna de Irak. Toda lucha conlleva aspectos positivos y negativos, y ningún empeño humano o político escapa a esta realidad, por más recta que sea su integridad o nobles sus […]

La experiencia de los Ansar Comunistas[1] en Irak sigue siendo uno de los capítulos más nobles y sinceros de la lucha comunista en la historia moderna de Irak. Toda lucha conlleva aspectos positivos y negativos, y ningún empeño humano o político escapa a esta realidad, por más recta que sea su integridad o nobles sus objetivos. Sin embargo, esta experiencia, pese al debate y a las diferencias de opinión que rodean algunos de sus aspectos, constituye una prueba viva de que el pensamiento de izquierda puede engendrar algunos de los modelos de lucha más genuinos e inspiradores, incluso en las circunstancias más duras y oscuras. Encarnó un ejemplo extraordinario de sacrificio, entrega y determinación por recorrer el camino de la libertad y la justicia social, a pesar del cerco, la persecución y la represión que enfrentó a manos del régimen fascista baazista[2].

El movimiento de los Ansar Comunistas se distinguió por la diversidad de su composición étnica y religiosa. Sus filas incluían árabes, kurdos, caldeos, asirios, siriacos, turcomanos y kurdos faili, junto con armenios. Reunió a musulmanes suníes y chiíes, cristianos, sabeos mandeos, yazidíes y shabak, con hombres y mujeres combatiendo codo con codo. En ello, el movimiento encarnó un modelo vivo de fraternidad entre los componentes del pueblo iraquí. Este carácter internacionalista dejó una huella duradera en los habitantes de las aldeas kurdas, quienes llegaron a comprender que su verdadero enemigo era el régimen baazista y sus políticas represivas, y no los árabes como pueblo, en contraste con el relato que algunas fuerzas nacionalistas intransigentes de ambos lados intentaron promover, uno que reducía el conflicto a una estrecha dimensión étnica.

El movimiento también logró un hito histórico notable: las combatientes comunistas, conocidas como las Nasirat, literalmente «las Ansar mujeres», portaron armas por primera vez en la historia de la lucha armada en el Kurdistán, participando junto a sus compañeros en cada batalla y tarea de la resistencia. La presencia de mujeres en el combate dejó una huella profunda en la conciencia de las aldeas kurdas que dieron refugio a los Ansar, contribuyendo a afianzar una visión más igualitaria del papel de la mujer en la sociedad y abriendo un nuevo horizonte para que las mujeres de aquellas aldeas se vieran a sí mismas como agentes activas de la vida pública, y no como meras dependientes dentro de ella.

Entre los capítulos más dolorosos de este recorrido se encuentra la masacre de Bashtashan[3], perpetrada por fuerzas de la Unión Patriótica del Kurdistán contra los Ansar del Partido Comunista Iraquí el primero de mayo de 1983, cobrándose la vida de más de ciento cincuenta compañeros. Este crimen sigue siendo una herida profunda en la memoria del movimiento Ansar, y su historial todavía exige mayor documentación y rendición de cuentas, en justicia a la memoria de las víctimas.

En 1988, los Ansar Comunistas fueron testigos directos de uno de los actos de genocidio más atroces de la historia moderna: la campaña de Anfal[4], emprendida por el régimen baazista contra el pueblo kurdo. Cobró la vida de más de ciento ochenta mil personas, destruyó miles de aldeas e implicó el uso de armas químicas prohibidas internacionalmente.

En medio de esas condiciones brutales, los Ansar Comunistas desempeñaron un papel destacado en la defensa de las aldeas kurdas y en el acompañamiento de su pueblo durante la calamidad, ganándose la confianza y el respeto de la población kurda y dejando una huella duradera que aún permanece presente en la memoria colectiva de aquel período. Esta presencia armada no se limitó únicamente a los Ansar Comunistas, otras corrientes de izquierda, como la organización Corriente Comunista, también mantuvieron una presencia armada limitada, que más tarde participó en el levantamiento de marzo de 1991 tras la Segunda Guerra del Golfo.

Antes de que la experiencia de los Ansar Comunistas tomara la forma que hoy conocemos, la historia de la izquierda iraquí ya había conocido un intento anterior de lucha armada. Fue liderado por el mártir Khalid Ahmad Zaki[5] en los pantanos del sur en 1968, inspirándose en el modelo guevarista y en las ideas de revolución armada que había asimilado a través de sus vínculos internacionalistas. Khalid Ahmad Zaki cayó junto a sus compañeros en la batalla de Hor al-Ghomouka, y su experiencia quedó grabada en la memoria de la izquierda iraquí, inspirando más tarde obras literarias y artísticas que documentaron aquel momento singular en la historia de la izquierda iraquí.

Aunque hoy mantengo reservas sobre la lucha armada como método de resistencia, las condiciones de aquel período, bajo el embate feroz que el régimen fascista baazista desató contra las fuerzas de izquierda y otras fuerzas progresistas, no dejaron, a mi juicio, otra opción que tomar las armas, aunque solo fuera en legítima defensa contra la represión y el exterminio, y para contribuir a derribar la dictadura de entonces.

Me refiero aquí a mi propia experiencia personal con este movimiento. Me honra haber formado parte de quienes participaron en él, a través de mi actividad dentro de las organizaciones clandestinas del Partido Comunista Iraquí[6] en el interior de Irak entre 1983 y 1990, como miembro de la Organización 31 de Marzo[7], una de las organizaciones clandestinas más grandes del partido, en la que tuve el honor de participar en su dirección. Reunía a decenas de compañeros y compañeras de todo Irak.

La organización estuvo inicialmente vinculada al movimiento Ansar a través del Batallón Quinto Independiente, y en ocasiones mediante el Tercer Batallón o directamente con el sector de Badinan[8]. Fuimos, en gran medida, los «Ansar clandestinos», brindando al movimiento Ansar un apoyo continuo mediante inteligencia e información sobre los movimientos de las fuerzas militares y de seguridad, la obtención de armas, equipo, medicinas y documentos, la facilitación del desplazamiento dentro de las ciudades, y la ayuda para sacar de contrabando a compañeros y compañeras en peligro hacia las zonas liberadas, además del trabajo de agitación y la labor política y organizativa dentro de las ciudades. También realizamos visitas secretas continuas a las bases militares de los Ansar para reunirnos con los compañeros encargados de supervisar las organizaciones del partido.

Cualquiera que sea hoy nuestra posición respecto a tal o cual capítulo del recorrido de los Ansar Comunistas, y cualquiera que sea nuestro acuerdo o desacuerdo sobre los méritos de la lucha armada como método de resistencia, esta experiencia seguirá siendo uno de los capítulos importantes en la historia de la lucha socialista mundial, junto a otras experiencias que recorrieron el mismo camino en contextos distintos.

Estas abarcan desde los rebeldes de Sierra Maestra en Cuba, que derrocaron la dictadura de Batista en 1959, hasta el Frente Sandinista en Nicaragua, que puso fin al régimen de la familia Somoza en 1979; desde el Ejército Popular de Liberación griego, que resistió la ocupación nazi antes de librar una amarga guerra civil contra una derecha respaldada por Occidente, hasta los rebeldes de Dofar en Omán, que libraron, entre 1965 y 1976, una de las más largas revoluciones armadas de izquierda en la Península Arábiga en defensa de la justicia social y contra la presencia colonial británica; y hasta los movimientos de resistencia de izquierda en toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial, desde la resistencia francesa e italiana hasta los Partisanos de Tito en Yugoslavia, donde comunistas y militantes de izquierda formaron la columna vertebral de la lucha armada contra la ocupación nazi y el fascismo. A esto se suma la izquierda palestina en su resistencia a la ocupación israelí, representada por organizaciones como el Frente Popular para la Liberación de Palestina y el Frente Democrático para la Liberación de Palestina, fundados a finales de la década de 1960, así como otras experiencias de América Latina, entre ellas el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador y los Tupamaros en Uruguay.

Estas experiencias difieren en sus circunstancias y resultados, y cada una encierra lecciones importantes que vale la pena retomar, así como errores que merecen una crítica franca y fraterna. Con todo, comparten una verdad común: que la izquierda, cuando se enfrenta a una represión brutal y al cierre de todo horizonte político abierto, ha demostrado ser capaz de generar formas extraordinarias de resistencia que permanecen como parte de la memoria compartida de la humanidad en su lucha por la libertad, la justicia social y la alternativa socialista.

Para concluir, el espíritu de sacrificio y entrega encarnado por la experiencia de los Ansar Comunistas, y por otros capítulos de la lucha de izquierda en Irak[9], debe canalizarse hacia una energía unificada puesta al servicio de las trabajadoras y los trabajadores, de la mano y de la mente por igual. Renuevo mi llamado a la necesidad de unir a las fuerzas de izquierda y progresistas, en sus diversas corrientes y tendencias, y a fortalecer la acción conjunta entre ellas.

Gloria y memoria eterna a los mártires del movimiento de izquierda iraquí y kurdo en todas sus corrientes, y en primer lugar a las mártires y los mártires de los Ansar Comunistas. La izquierda, en todas sus corrientes, seguirá siendo la esperanza humana luminosa frente a la corrupción y el autoritarismo que prevalecen en Irak, sostenidos ambos por el nefasto sistema de reparto étnico y sectario del poder.

Este texto fue escrito con motivo del quinto aniversario de la fundación del periódico Al-Nasir Al-Shuyu’i[10] (literalmente, «El Partisano Comunista»), al cual deseo continuo éxito en la documentación de este legado de lucha y en su transmisión a las nuevas generaciones.

Notas explicativas

[1] El movimiento de los Ansar Comunistas (Partisanos): Una formación militante y armada fundada por el Partido Comunista Iraquí en las montañas del Kurdistán iraquí a partir de finales de la década de 1970, para enfrentar la represión baazista mediante la lucha armada, después de que la actividad política abierta se volviera imposible dentro de las ciudades. Reunió a miles de militantes, mujeres y hombres, que se vieron obligados a abandonar sus ciudades hacia las zonas liberadas de las montañas.

[2] El régimen baazista: El régimen que gobernó Irak bajo la dirección del Partido Baaz Socialista Árabe entre 1968 y 2003, bajo el cual la represión contra la izquierda, los comunistas y la oposición política alcanzó su punto máximo, en particular bajo Saddam Hussein. A pesar de su carácter represivo hacia los comunistas y la oposición en el ámbito interno, el régimen recibió respaldo simultáneo de ambos bloques de la Guerra Fría. La Unión Soviética suministró la mayor parte de su armamento militar en la década de 1970 en virtud del Tratado de Amistad y Cooperación de 1972, y continuó armándolo a lo largo de la guerra Irán-Irak de 1980 a 1988, mientras que los estados capitalistas occidentales, en particular Francia y Alemania Occidental, proporcionaron armamento y tecnología avanzados, parte de los cuales se utilizó más tarde para fabricar armas químicas y biológicas, junto con un apoyo económico y de inteligencia estadounidense indirecto durante esa misma guerra.

[3] La masacre de Bashtashan: Un ataque armado perpetrado por fuerzas de la Unión Patriótica del Kurdistán, bajo el liderazgo de Jalal Talabani y Nawshirwan Mustafa, el primero de mayo de 1983, con el respaldo del régimen baazista, contra bases del Partido Comunista Iraquí en la aldea montañosa de Bashtashan, cerca de la cordillera de Qandil. Resultó en la muerte de más de ciento cincuenta miembros del partido y combatientes Ansar, convirtiéndose en uno de los episodios más sangrientos y criminales en la historia del movimiento nacionalista kurdo en Irak.

[4] La campaña de Anfal: Una serie de operaciones militares llevadas a cabo por el régimen baazista bajo Saddam Hussein entre febrero y septiembre de 1988 contra el pueblo kurdo en la región del Kurdistán iraquí. Comprendió ocho fases en las que se emplearon armas químicas, provocando la muerte o desaparición de casi ciento ochenta mil personas, la destrucción de miles de aldeas y el desplazamiento de cientos de miles de habitantes. Más tarde fue reconocida por diversos organismos judiciales como un acto de genocidio contra los kurdos.

[5] Khalid Ahmad Zaki: Militante comunista iraquí, nacido en Bagdad en 1935, quien dejó su cargo de secretario de la Fundación Bertrand Russell para la Paz en Londres para dirigir un experimento de lucha armada inspirado en el modelo guevarista en los pantanos del sur de Irak en 1968. Cayó en batalla junto a varios de sus compañeros en Hor al-Ghomouka en junio de ese mismo año, y más tarde fue conocido con el apelativo de «el Guevara de Irak». Su historia inspiró la novela Un banquete de algas del novelista Haidar Haidar.

[6] El Partido Comunista Iraquí: Fundado en 1934, es uno de los partidos comunistas más antiguos de Oriente Medio y desempeñó un papel central en la vida política y sindical iraquí a lo largo del siglo veinte. Fue sometido a repetidas oleadas de represión bajo regímenes sucesivos.

[7] La Organización 31 de Marzo: Una de las organizaciones clandestinas más grandes del Partido Comunista Iraquí, activa dentro de las ciudades iraquíes durante la década de 1980. Operó en condiciones de extrema dificultad, bajo la vigilancia implacable del aparato de seguridad baazista.

[8] El sector de Badinan: Una zona geográfica en la región del Kurdistán de Irak que sirvió como uno de los escenarios más importantes de actividad para el movimiento armado de los Ansar Comunistas. La Compañía Quinta Independiente y el Primer y Segundo Batallón de los Ansar Comunistas estuvieron activos en este sector.

[9] Partidos de izquierda iraquíes: Junto al Partido Comunista Iraquí, el panorama de la izquierda iraquí incluye otras organizaciones, entre ellas el Partido Comunista del Kurdistán, el Partido Comunista Iraquí (Mando Central), el Partido Comunista Obrero de Irak y el Kurdistán, la Organización de la Alternativa Comunista, el Partido de la Izquierda Comunista, y otras. Estas organizaciones difieren en su historia y orientaciones ideológicas, pero todas comparten una pertenencia común al campo de la izquierda y el comunismo iraquíes.

[10] El periódico Al-Nasir Al-Shuyu’i (literalmente, «El Partisano Comunista»): Publicación periódica de la Liga de los Ansar Comunistas Iraquíes. Su número inaugural (Número Cero) apareció en julio de 2021, con el objetivo de documentar la historia del movimiento de los Ansar Comunistas y transmitir su legado de lucha a las nuevas generaciones, en particular a la juventud del levantamiento de Tishreen de 2019. Incluye testimonios, artículos y material de archivo escritos por los propios Ansar sobre su experiencia, tanto en las montañas como en las ciudades.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

África. Ceuta: ¿por qué España y Europa evitan culpar a Marruecos?


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on 8 agosto, 2026


Por Victoria G. Corera, Rebelion, Africa en Resumen

Cada vez más testimonios, expertos y análisis describen una operación de presión desde territorio marroquí. El Gobierno español habla de «ataque», Europa de «amenaza híbrida» y Rabat se presenta como la solución. Entre medias aparecen el Sáhara Occidental, Argelia, Estados Unidos e Israel. Pero quizá estemos complicando demasiado la pregunta principal.

Han pasado varios días desde la entrada masiva en Ceuta y las explicaciones se multiplican. La sentencia del Tribunal Supremo, las mafias, las redes sociales, el acercamiento español a Argelia, la nacionalidad de los saharauis, el Sáhara Occidental, las aspiraciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, Donald Trump, Israel e incluso el control estratégico del Estrecho. Probablemente varias de esas piezas formen parte del escenario. Pero tantas hipótesis empiezan a producir un efecto extraño: nos hacen perder de vista lo que tenemos delante.

Decenas de miles de personas se desplazaron a través de territorio marroquí hacia una de las fronteras más sensibles y vigiladas del país. Llegaron hasta Ceuta y penetraron masivamente en territorio español. Durante horas, el dispositivo marroquí que normalmente impide esos movimientos no los detuvo. Después, cuando Rabat decidió reforzar el control, demostró que podía hacerlo.

Marruecos sostiene ahora que no hubo relajación deliberada, presión ni chantaje. Culpa a la sentencia española, al «efecto llamada», a las mafias y a las redes sociales. Pero esa explicación responde a por qué miles de personas podían querer llegar a Ceuta. No explica cómo pudieron hacerlo.

Lo que empieza a resultar difícil negar

AFP ha recogido testimonios sobre la ausencia inicial de un despliegue extraordinario en los accesos a Fnideq y opiniones de especialistas que conocen bien el aparato de seguridad marroquí. Pierre Vermeren recuerda su eficacia y capacidad de información; Riccardo Fabiani considera que existen suficientes elementos para estimar una implicación de Rabat; Haizam Amirah Fernández juzga difícil creer que las autoridades desconocieran —o no facilitaran— un movimiento de semejante magnitud.

No ha aparecido una orden escrita de Mohamed VI. Es cierto. Pero convertir la ausencia de esa prueba en demostración de espontaneidad sería ingenuo. Las operaciones híbridas no suelen venir acompañadas de una nota oficial anunciando quién las organiza.

La catedrática de Derecho Internacional Ana Manero habla directamente de un «ataque híbrido» y encuentra paralelismos en el método empleado en 1975: utilización de población civil, presión territorial y coerción sobre España. No estamos ante una repetición exacta de la Marcha Verde —no hubo convocatoria oficial comparable—, pero sí ante una lógica que resulta demasiado familiar.

También Roberto García Moritán interpreta la frontera como un instrumento que Marruecos abre o cierra según sus necesidades políticas. Y está el antecedente imposible de borrar de 2021: la crisis provocada después de que España acogiera a Brahim Ghali y el posterior giro de Pedro Sánchez sobre el Sáhara Occidental.

El Sáhara sigue detrás. Por eso el Sáhara Occidental aparece una y otra vez

España se ha acercado de nuevo a Argelia, avanza la proposición sobre nacionalidad española para saharauis y el Frente POLISARIO sigue reclamando que Madrid revierta la decisión de 2022. Nada de ello agrada a Rabat.

Pero tampoco debemos reducir Ceuta exclusivamente al Sáhara. Marruecos mantiene sus propias reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Y, precisamente durante esta crisis, ha reaparecido un informe de una comisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos que describe ambas ciudades como «administradas por España» pero «situadas en territorio marroquí» y respalda conversaciones entre Madrid y Rabat sobre su «futuro estatus».

El responsable de aquel texto, Mario Díaz-Balart, ha negado que implique reconocimiento alguno de soberanía marroquí. Pero también ha explicado que el documento pretende subrayar la extraordinaria relación entre Washington y Rabat, una relación que, según sus propias palabras, «no puede ser mejor», mientras considera muy deteriorados los vínculos con el actual Gobierno español.

No es una transferencia de soberanía. Tampoco es un contexto irrelevante.

EEUU e Israel: intereses sí, pruebas todavía no. El siguiente escalón exige más cuidado

Kenneth Roth, durante casi tres décadas director de Human Rights Watch, ha señalado el valor estratégico que tendría Ceuta para un aliado de Israel como Marruecos. Su razonamiento parte del Estrecho de Gibraltar y de la importancia de controlar el acceso entre Mediterráneo y Atlántico. Otros analistas recuerdan además las excelentes relaciones militares y políticas entre Rabat, Washington y Tel Aviv.

La convergencia de intereses existe. También existe el reconocimiento estadounidense de las pretensiones marroquíes sobre el Sáhara Occidental y el posterior reconocimiento israelí.

Pero de ahí no se desprende que Estados Unidos o Israel ordenaran la operación de Ceuta. Hoy no disponemos de pruebas para afirmarlo. Una cosa es señalar quién podría beneficiarse; otra, atribuirle la dirección de los acontecimientos.

La pregunta incómoda está en Madrid y Bruselas

Hay, sin embargo, algo todavía más llamativo. Pedro Sánchez calificó lo sucedido de «violación» y «ataque a la integridad territorial de España». Margarita Robles pide saber quién pudo haberlo «consentido». Dirigentes europeos hablan de «instrumentalización de la migración» y de «amenazas híbridas». Pero falta casi siempre el sujeto.

¿Amenaza híbrida de quién? ¿Instrumentalización realizada por quién? ¿Quién consintió que miles de personas llegaran hasta la frontera?

Y aparece entonces la paradoja: España agradece a Marruecos que restablezca el control y Europa sigue necesitando a Marruecos para controlar su frontera exterior.

Durante años se ha construido una política basada en pagar, favorecer y proteger la cooperación con Rabat para que actúe como guardián de los movimientos migratorios hacia Europa. Reconocer ahora que ese mismo control puede convertirse en instrumento de coerción política significaría admitir el enorme poder que Europa ha colocado en manos de Mohamed VI.

Para el Gobierno español existe además otra dificultad. El giro sobre el Sáhara Occidental de marzo de 2022 se justificó como el comienzo de una nueva etapa de estabilidad y confianza con Marruecos. Cuatro años después, reconocer una nueva operación de presión significaría aceptar que la gran concesión española no eliminó el instrumento de chantaje que supuestamente debía desactivar.

Quizá por eso escuchamos tantas palabras: «efecto llamada», «movilización inusual», «mafias», «redes sociales», «instrumentalización», «amenaza híbrida».

Todas pueden describir una parte de lo ocurrido. Pero nosotros creemos que falta decir lo esencial: Marruecos permitió que decenas de miles de personas fueran utilizadas para penetrar masivamente en territorio español y convertir una frontera europea en instrumento de presión política. Eso es una actuación híbrida y una violación de la integridad territorial de España.

Todavía debemos averiguar qué pretendía obtener Rabat exactamente y hasta dónde coincidieron sus intereses con los de Washington o Tel Aviv. Pero quizá la pregunta más incómoda ya no sea por qué Marruecos lo hizo. Es por qué España y Europa parecen necesitar tantas explicaciones para evitar decir que fue Marruecos.


Acuerdo de defensa de La Meca, ¿la OTAN sunita?


MEDIO ORIENTE, EE.UU. :: 16/08/2026

ALEJANDRO MARCÓ DEL PONT

La verdadera noticia no que nazca un nuevo bloque. Sino que muera un monopolio. Y los monopolios, cuando mueren, nunca vuelven

[Foto: Los dictadores turco, Tayyip Erdogan, saudí, Mohammed bin Salman, y paquistaní, Shehbaz Sharif, posan tras la firma de un acuerdo de defensa conjunto en La Meca, Arabia Saudita, el 7 de agosto de 2026.]

Imagine usted un tablero de ajedrez donde, durante cincuenta años, un solo jugador movía todas las piezas. Ese jugador era Washington. Ponía y quitaba dictadores, decidía qué peones avanzaban y cuáles morían, y cobraba por cada movimiento una comisión llamada petrodólar. Ahora imagine que, una mañana de agosto de 2026, tres jugadores que antes movían sus piezas por separado se sientan juntos, y dicen: a partir de hoy, jugamos nosotros.

Eso es exactamente lo que ocurrió en La Meca el 7 de agosto de 2026. Arabia Saudita, Pakistán y Turquía firmaron un acuerdo de defensa conjunta que, sobre el papel, dice algo muy simple: si tocan a uno, nos tocan a todos. Pero debajo de esa frase aparentemente defensiva se esconde una nueva reconfiguración de poder en Oriente Medio desde la caída del Imperio Otomano.

Para entender por qué este acuerdo podría hacer temblar los cimientos del orden mundial, hay que comprender una fórmula que los analistas militares llevaban décadas temiendo y que nadie había logrado materializar hasta ahora. Es una ecuación de tres variables que, sumadas, producen algo explosivo. La primera variable es el dinero. Arabia Saudita tiene petróleo, reservas billonarias y la capacidad de financiar cualquier empresa militar durante generaciones sin pestañear. La segunda variable es el músculo. Pakistán tiene el sexto ejército más grande del mundo, experiencia de combate real en tres guerras contra la India, y algo que nadie más en el mundo islámico posee: ojivas nucleares. La tercera variable es la tecnología. Turquía, bajo el liderazgo de Erdogan, ha construido en quince años una industria militar que ya no envidia a nadie: drones que cambiaron la guerra en Nagorno-Karabaj, cazas de quinta generación en desarrollo, sistemas navales y de guerra electrónica de primer nivel.

Cuando usted suma capital saudí, músculo pakistaní y tecnología turca, no obtiene una alianza. Produce una superpotencia regional que en principio no responde a ningún Estado occidental, que no necesita permiso de nadie para existir y que tiene alcance desde el Mediterráneo hasta el océano Índico. Es, si se me permiten la analogía, como si tres empresas medianas que competían entre sí decidieran fusionarse y, de la noche a la mañana, se convirtieran en un monopolio que hace irrelevante al antiguo líder del mercado.

Si se consolida, aquí viene lo verdaderamente revolucionario: cada uno consigue algo que no podía obtener solo. Arabia Saudita gana un escudo. Durante años, Riad vivió con el terror de que un dron yemení o un misil iraní pudiera destruir una refinería, un aeropuerto, un proyecto turístico de la Visión 2030, como en la práctica ha ocurrido. Ahora, ese escudo ya no depende del humor del presidente de turno en Washington. Depende de divisiones paquistaníes y de enjambres de drones turcos que podrían responder a una llamada directa desde La Meca.

Pakistán gana oxígeno. Su economía estaba al borde del colapso, mendigando préstamos al FMI y a China. Ahora recibiría un flujo constante de petrodólares saudíes, energía subsidiada y tecnología militar turca que moderniza su ejército sin tener que pedirle nada a nadie. Y Turquía ganaría algo que Erdogan lleva veinte años buscando: un asiento en la mesa grande. Ya no es el socio incómodo de la OTAN al que le niegan cazas F-35. Ahora sería el proveedor tecnológico del mundo islámico, el cerebro industrial de una alianza que abarca tres continentes.

Pero lo que este acuerdo demuestra, por encima de todo, es algo que Washington se negaba a aceptar: las potencias medias del mundo islámico ya no necesitan a EEUU ni a Gran Bretaña para garantizar su supervivencia. Durante medio siglo, la doctrina fue simple. Nosotros les damos seguridad, ustedes nos dan petróleo barato y compran nuestros bonos del Tesoro. Ese trato se llamaba petrodólar y era el verdadero motor del poder estadounidense.

No era el portaaviones en el Golfo lo que sostenía al dólar como moneda de reserva. Era el pacto silencioso de 1974: yo te protejo, tú vendes en dólares. Si la protección ya viene de Islamabad y Ankara, el dólar pierde su razón de ser. Y sin el petrodólar, EEUU pierde el privilegio de imprimir dinero sin consecuencias, de sancionar a medio mundo sin represalias, de financiar su deuda a tasas ridículamente bajas.

Estaríamos presenciando el acta de defunción del monopolio de seguridad estadounidense en Oriente Medio. No murió de un golpe. Murió de irrelevancia después de las represalias iraníes. Murió porque sus antiguos clientes encontraron un proveedor mejor, más barato y sin condiciones políticas. Y cuando un monopolio muere, el antiguo monopolista no se retira elegantemente. Se enfurece. Castiga, sabotea. Y aquí es donde la cosa se pone peligrosa.

Hay un actor que queda huérfano en este nuevo escenario, y ese actor es el régimen israelí. Piénsenlo con calma. Israel construyó toda su doctrina de seguridad sobre dos pilares. El primero, EEUU me protege y me financia. El segundo, los árabes me necesitan como contrapeso contra Irán. Si Arabia Saudita ya tiene a Pakistán y a Turquía para disuadir a Teherán, ¿para qué necesita a Israel? Si el Golfo ya no depende del paraguas estadounidense, ¿por qué iba Riad a normalizar relaciones con Tel Aviv como moneda de cambio por armas que ya no necesita?

Los Acuerdos de Abraham pierden su lógica. El régimen de Netanyahu se queda con su arsenal nuclear, con su tecnología de punta, con su ejército presuntamente formidable, pero solo. Se convierte en una Esparta regional: temida, armada hasta los dientes, pero aislada, sin amigos, sin rutas de vuelo garantizadas, sin inteligencia compartida. Y un Israel aislado es un Israel impredecible, y un Israel impredecible es el mayor peligro para la estabilidad de toda la región.

Ahora bien, este nuevo bloque no existe en el vacío. Existe en un mundo donde hay otra superpotencia que observa todo con una semisonrisa silenciosa. Esa superpotencia es China. Y China es, paradójicamente, la mayor beneficiaria de este acuerdo sin haber disparado una sola bala ni firmado un solo tratado. ¿Por qué? Porque China necesita tres cosas: energía barata, rutas comerciales seguras y un dólar débil. Y este acuerdo le entregaría las tres en bandeja de plata.

Piensen en los corredores energéticos. El petróleo del Golfo tiene que pasar por dos cuellos de botella para llegar a Asia y la UE: el estrecho de Ormuz y el estrecho de Bab el-Mandeb, en el Mar Rojo. Irán controla el primero. Los yemeníes, aliados de Irán, controlan el segundo. Cualquier analista militar le dirá que, por muy poderoso que sea el nuevo bloque trilateral, no puede bombardear Ormuz sin destruir la economía mundial. No puede invadir Yemen sin desatar una guerra que nadie quiere. Entonces, ¿qué hacen Arabia Saudita, Turquía y los países del Golfo? Tienen que hablar con Irán. Tienen que negociar. Tienen que llegar a un entendimiento.

Y ¿saben quién es el único país del mundo que tiene influencia simultánea sobre Irán, sobre Pakistán y sobre Arabia Saudita? China. Beijing compra el petróleo de los tres. Beijing financia infraestructura en los tres. Beijing tiene contratos de armas con los tres. China se convierte en el árbitro natural, en el notario de la paz, en el garante último de que los estrechos permanezcan abiertos.

Y eso es exactamente lo que China quiere. No necesita portaaviones en el Golfo. No necesita bases militares. Le basta con ser el cliente principal, el prestamista paciente y el mediador discreto. Mientras Washington gasta billones en bases militares que ya nadie necesita y fueron destruidas por Irán, Beijing construye puertos, ferrocarriles y oleoductos que todos necesitan. Es la diferencia entre un imperio que cobra por proteger y un imperio que cobra por conectar.

Los corredores energéticos quedan así cubiertos por una red de acuerdos. Arabia Saudita negocia con Irán porque necesita que sus petroleros pasen por Ormuz. Turquía negocia con Rusia porque necesita que el grano y el gas fluyan por el Mar Negro. Pakistán ofrece el puerto de Gwadar como alternativa logística. Y China, desde arriba, teje todos estos hilos en una sola red comercial que se llama la Nueva Ruta de la Seda. El resultado es que el flujo de energía ya no depende de la Quinta Flota estadounidense. Depende de una arquitectura de acuerdos regionales donde cada actor tiene algo que perder si dispara primero.

¿Y qué pierde EEUU en todo esto? Pierde el Golfo, pierde el petrodólar, pierde la capacidad de sancionar unilateralmente, pierde la exclusividad de vender armas, pierde el monopolio de la inteligencia. Pero, sobre todo, pierde algo que no se recupera con dinero ni con misiles, pierde la narrativa. Pierde la historia que se contaba a sí mismo y al mundo de que era indispensable, de que sin él habría caos, de que su presencia era el precio de la paz. Esa historia se acabó. Y cuando una historia se acaba, no importa cuántos portaaviones tengas, el mundo ya no te mira igual.

Hay quien dirá que esto es una exageración, que EEUU sigue teniendo la economía más grande, el ejército más poderoso, la tecnología más avanzada. Y es relativamente cierto. Pero la hegemonía no se mide solo en fuerza bruta. Se mide en relevancia. Se mide en si los demás te necesitan o no. Y la verdad incómoda de este agosto de 2026 es que, por primera vez en medio siglo, los países del Golfo, de Anatolia y del subcontinente indio habrían decidido que no necesitan a Washington para sobrevivir. Habrían encontrado su propia fórmula. Y esa fórmula, por ahora, funciona.

El mundo que nace no es un mundo sin conflictos. Irán y Arabia Saudita seguirán desconfiando. India mirará con recelo a Pakistán reforzado. El régimen israelí hará algo desesperado. Turquía y Rusia chocarán en el Mar Negro. Pero será un mundo donde esos conflictos se resuelven, o al menos se gestionan, sin que solo Washington tenga la última palabra y sin llegar a los cañonazos. Será un mundo más desordenado, sí. Pero también más honesto. Un mundo donde el poder se negocia entre muchos, en lugar de imponerse desde uno solo.

La historia no termina aquí. Nunca termina. Pero el 7 de agosto de 2026, en una ciudad sagrada del desierto arábigo, tres hombres firmaron un papel y, sin saberlo quizás, habrían cerrado un capítulo de cincuenta años. El capítulo donde un solo país decidía quién vivía y quién moría en la región más energética del planeta. Ese capítulo se cerró. Y el siguiente, el que se está escribiendo ahora mismo, tiene muchos autores. Esa es la verdadera noticia. No que nazca un nuevo bloque. Sino que muera un monopolio. Y los monopolios, cuando mueren, nunca vuelven.

eltabanoeconomista.wordpress.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/acuerdo-de-defensa-de-la-meca-la 

sábado, 22 de agosto de 2026

Tomarse en serio el marxismo chino. Por qué las interpretaciones occidentales de los textos económicos de Xi Jinping siguen sin dar en el clavo

Warwick Powell    

15/08/2026

Prefacio: El discurso económico chino y el pensamiento gubernamental sobre la economía se basan en la economía política marxista. Sin embargo, los comentaristas occidentales son incapaces de tomarse en serio la economía política marxista china. La negativa o la incapacidad de comprender la economía política marxista china en sus propios términos, como una ontología distinta y legítima, hace que las observaciones occidentales resulten, en el mejor de los casos, parciales y, a menudo, francamente engañosas. Este ensayo analiza un caso reciente de esta falta de comprensión, centrándose en un artículo publicado en Qiushi —la revista oficial del Partido Comunista— el pasado mes de diciembre, en el que se presenta una selección de declaraciones del presidente Xi Jinping sobre la importancia estratégica de promover la demanda interna.

Gran parte de los comentarios occidentales sobre la política económica china sigue adoleciendo de una persistente incapacidad para tomarse en serio el marxismo chino. (Cuando hablo de comentarios «occidentales», incluyo también aquí aquellos que provienen de comentaristas chinos que suelen encontrarse en los think tanks estadounidenses; el término «occidental» se refiere a un marco discursivo o una postura conceptual concretos). Cada vez que se invoca el marxismo (o el marxismo-leninismo) en el contexto de los debates sobre la economía política de China, se enmarca invariablemente como una cuestión de «ideología» o como una especie de «fachada». Este enfoque ideológico lleva a plantearse cuestiones sobre el funcionamiento del marxismo-leninismo como discurso político «legitimador», en lugar de como una tecnología discursiva dentro del propio aparato de gobierno en su sentido más amplio.

Rara vez vemos un análisis en profundidad de las categorías conceptuales críticas que los propios responsables políticos y líderes chinos utilizan para enmarcar los problemas del crecimiento y el desarrollo económicos, el cambio estructural, las cuestiones de oferta y demanda y, en el fondo, los circuitos de reproducción social y económica. Una de las consecuencias de esto es la persistencia de una discordancia conversacional en la que los comentaristas occidentales y los textos de política china, en la práctica, «hablan sin entenderse».

Cuando los comentaristas occidentales plantean preocupaciones sobre los desequilibrios comerciales, el exceso de capacidad industrial y las denominadas «distorsiones» competitivas y el mercantilismo moderno —ya se trate de subvenciones estatales, un renminbi infravalorado o tipos de interés «por debajo del mercado» y «financiación fácil»—, suelen hacerlo proyectando estas cuestiones sobre declaraciones y perspectivas chinas que, en el fondo, se organizan sobre la base de una ontología totalmente diferente. Un excelente ejemplo de ello es la recopilación que la revista Qiushi publicó en diciembre de 2025 de extractos de diversas declaraciones de Xi Jinping sobre la expansión de la demanda interna, y la reacción de los comentaristas occidentales al respecto. El artículo se titulaba «La expansión de la demanda interna es una medida estratégica» (扩大内需是战略之举) y es una selección cuidada de las declaraciones de Xi a lo largo de la década transcurrida desde 2015. Si bien los comentaristas occidentales se apresuraron a destacar los pasajes que aludían a lo que podría calificarse de exceso de capacidad o consumo moderado, cuando se lee con atención y en su totalidad, la selección no revela tal concordancia con los marcos de equilibrio dominantes en los que se basan los comentarios occidentales, sino más bien una lógica de desarrollo coherente fundamentada en la economía política marxista.

Qiushi —literalmente, «en busca de la verdad»— es la revista oficial del Partido Comunista de China y, por lo tanto, tiene un peso especial dentro de las instituciones del discurso político. En pocas palabras, merece la pena prestarle atención.

Cuando salió a la luz el número de diciembre de 2025 de Qiushi, los comentaristas occidentales se abalanzaron rápidamente sobre el extracto inicial, extraído de un discurso pronunciado por Xi en la Segunda Sesión Plenaria del Quinto Pleno del XVIII Comité Central, el 29 de octubre de 2015. En ese discurso, afirmó:

«En el pasado, la capacidad productiva de nuestro país se quedaba rezagada, por lo que centramos nuestros esfuerzos en ampliar la inversión y aumentar la capacidad productiva. Ahora la capacidad global es excesiva; seguir confiando exclusivamente en la ampliación de la escala de inversión para impulsar la tasa de crecimiento tiene un efecto limitado y unos rendimientos marginales decrecientes. Aunque la inversión puede ser un importante motor del crecimiento económico a corto plazo, el consumo final es el motor duradero del crecimiento. Al tiempo que ampliamos la inversión efectiva y potenciamos su papel clave, debemos aprovechar de forma más eficaz el papel fundamental del consumo en el crecimiento».

Leído de forma aislada del resto del texto, y mucho menos situado en su contexto temporal, parecería que el pasaje reafirmaba las afirmaciones centrales de la narrativa occidental dominante, a saber, que China tiene un exceso de capacidad o una capacidad sobredimensionada impulsada por una dependencia excesiva de la inversión (estatal o pública) —a menudo descrita como «derrochadora»— y que incluso Xi comprendía y admitía que era necesario un «reequilibrio» hacia el consumo. Se percibía una sensación de «te pillé» o de «¿ves?, te lo dije» por parte de diversos comentaristas.

Y, sin embargo, cuando leemos el resto del artículo, el texto no corrobora en absoluto estas afirmaciones de la corriente dominante occidental. Más bien, el cuerpo del artículo desmonta sistemáticamente esa lectura unidimensional y reduccionista.

Inmediatamente después de estos comentarios de 2015, encontramos una declaración de 2016 que establece el marco teórico rector. Dice así:

«La oferta y la demanda son los dos aspectos básicos de las relaciones internas de la economía de mercado; mantienen una relación dialéctica de oposición y unidad a la vez. Ambas son inseparables entre sí, interdependientes y se condicionan mutuamente. Sin demanda, la oferta no puede materializarse; una nueva demanda puede dar lugar a una nueva oferta. Sin oferta, la demanda no puede satisfacerse; una nueva oferta puede crear una nueva demanda».

A continuación, Xi rechaza una elección dualista del tipo «o una cosa o la otra» entre la gestión orientada a la oferta y la orientada a la demanda. Más bien, las decisiones políticas deben basarse en una comprensión adecuada de las condiciones concretas del momento, pero la oferta y la demanda «deben coordinarse y promoverse mutuamente». Otros extractos a partir de 2020 retoman esta misma conceptualización general, al abordar la necesidad de establecer «un equilibrio dinámico de mayor nivel en el que la demanda siga a la oferta y la oferta genere demanda», de «combinar orgánicamente la aplicación de la estrategia de expansión de la demanda interna con la profundización de la reforma estructural del lado de la oferta», y de considerar la expansión de la demanda interna no como un recurso temporal, sino como «una medida estratégica». Otros pasajes de declaraciones realizadas entre 2022 y 2024 hablan de «la demanda crea la oferta, la oferta crea la demanda», y de la necesidad imperiosa de seguir profundizando en la reforma del lado de la oferta junto con la expansión de la demanda. Xi se refiere a avances en la superación de los cuellos de botella y los puntos débiles del sistema de la cadena de suministro, señalando que los desequilibrios y los bloqueos entre ambos son fuentes de riesgo económico y financiero (2022-2024). Los extractos más recientes de la Conferencia Central de Trabajo Económico de 2024 y de la Exposición de las recomendaciones del 15.º Plan Quinquenal de octubre de 2025 tratan la expansión de la demanda interna —especialmente, aunque no de forma exclusiva, el consumo— como una necesidad estratégica, al tiempo que insisten en que las medidas del lado de la oferta y de la demanda deben coordinarse en la búsqueda de un equilibrio dinámico.

El debate se centró en cuestiones de equilibrio dinámico y en aspectos de la demanda en los que esta no puede reducirse únicamente al consumo. De hecho, incluso dentro del discurso económico dominante, se entiende que la demanda abarca tanto la demanda de inversión como la de consumo, un punto que los comentaristas occidentales dominantes suelen confundir —quizás de forma engañosa y deliberada—.

El lenguaje y el marco conceptual que contienen estos pasajes reflejan una ontología particular y distintiva. No se trata de metáforas casuales y sin importancia, ni de meros fragmentos de declaraciones ideológicas. La economía dominante concibe la economía como un sistema que tiende hacia el equilibrio —ya sea estático o en expansión— entre la oferta agregada y la demanda agregada. Los modelos dominantes suelen construirse sobre la base de supuestos simplificadores de un único agente representativo o de un mundo con un único bien. Esto conduce a la persistencia del equilibrio y del balance entre oferta y demanda en términos agregados como un punto de referencia estático, contabilizado monetariamente (expresado como porcentaje del PIB).

Este enfoque no se corresponde con la forma en que el discurso oficial chino conceptualiza el mundo. Por el contrario, se concibe la economía nacional como un conjunto de circuitos de reproducción social, anclados en el desarrollo de las fuerzas productivas. Al tratarse de un sistema dinámico, en cuyo núcleo se producen cambios tanto cualitativos como cuantitativos, los desequilibrios sistémicos son una característica de la transformación estructural, más que anomalías que deban eliminarse de una vez por todas. En este marco, el «equilibrio» es dinámico, provisional e histórico, más que estático y atemporal. El equilibrio dinámicodongtai pingheng 动态平衡— es el objetivo que hay que perseguir al tiempo que se lucha por hacer posible la consecución de niveles técnicos y organizativos sucesivamente más elevados a medida que el propio modo de producción se moderniza. Xi recurre a este concepto en varias ocasiones en la recopilación de diciembre de 2025.

De hecho, la idea del equilibrio dinámico merece mucha más atención, ya que apunta a una comprensión de los procesos y sistemas económicos no como cuestiones de equilibrio, sino como sistemas multidimensionales en perpetuo movimiento, en los que el centro de gravedad no es un estado de equilibrio estático, sino una dinámica continua de transformación. El equilibrio dinámico consiste en suavizar o desbloquear los sistemas de circulación, lo cual constituye la base de una mejora sistémica sostenida. Las nociones dialécticas de la cantidad en calidad y de la calidad en cantidad; de la negación de la negación y similares formarían parte, pues, de esta interpretación. (Quizá vuelva sobre el tema del equilibrio dinámico en el futuro para ofrecer un análisis más detallado).

Basta con señalar que se trata de un marco claramente marxista del desarrollo histórico y la economía política. Este marco se hace aún más claro cuando examinamos otros materiales relacionados de Qiushi. Tomemos, por ejemplo, un artículo explicativo de marzo de 2025 titulado «Persistir en los esfuerzos coordinados tanto por el lado de la oferta como por el de la demanda, y en el equilibrio dinámico» (坚持供需两侧协同发力、动态平衡). Este ensayo cita la misma formulación dialéctica de 2016 y es explícito en su lenguaje orientado a la dinámica de procesos cuando afirma que el equilibrio agregado entre la oferta y la demanda es «relativo y temporal»; y que el movimiento del equilibrio al desequilibrio, y de nuevo hacia un nuevo equilibrio, es «una ley objetiva del desarrollo económico». Solo se puede alcanzar un «equilibrio dinámico de nivel superior» coordinando la expansión de la demanda interna con la optimización de la capacidad de oferta.

Esta es la misma lógica de circulación que impregna los extractos de diciembre de 2025. La economía nacional se aborda como un proceso continuo y dialéctico de producción-distribución-circulación-consumo en el que la oferta y la demanda son elementos inseparables. El vocabulario marxista («对立又统一», «辩证关系», «动态平衡», «客观规律») constituye el marco teórico explícito utilizado para rechazar cualquier diagnóstico unilateral (puro exceso de capacidad / puro subconsumo) y para justificar la búsqueda simultánea de la expansión de la demanda y la mejora del lado de la oferta en el marco de la estrategia de doble circulación.

En resumen, tanto la recopilación extensa como este artículo explicativo más breve presentan la misma postura: la gestión macroeconómica es la aplicación práctica del materialismo dialéctico al circuito de la reproducción social.

Podemos echar un vistazo a otro ensayo reciente, publicado en el número de mayo de 2026 de Qiushi, titulado «Fortalecer, optimizar y ampliar la economía real» (做强做优做大实体经济), otra recopilación de comentarios seleccionados de Xi que abarca la década a partir de 2015. Este ensayo ancla todo el debate en la primacía de la producción material. Cabe señalar que, desde 2016 en adelante, Xi ha insistido en que la economía real, en particular la industria manufacturera, es el «cimiento de la nación», la «fuente de la creación de riqueza» y la base a la que debe servir el sector financiero. En sus debates sobre el desarrollo de un sistema financiero socialista, Xi continuaba afirmando que dicho sistema debe estar al servicio de la economía real y que China no seguiría la vía de su expansión virtual o de una expansión por el mero hecho de expandirse. La economía real es el fundamento del que depende la reproducción social y económica ampliada; y para Xi, eso significa promover el desarrollo de fuerzas productivas avanzadas.

Si esta es la «familia» discursiva en la que deben entenderse las declaraciones de Xi, merece la pena volver brevemente al extracto de 2015 y situarlo históricamente. En otras palabras, para comprender adecuadamente las declaraciones citadas en los extractos hay que entender la situación o el contexto en el que se hicieron. Con la ayuda del retrovisor de la retrospectiva, queda claro que en 2015 el reconocimiento de un exceso de capacidad general no debería haber sido una sorpresa. La observación se realizó unos años después de que China pusiera en marcha un paquete de estímulo masivo, de 4 billones de RMB, a raíz de la crisis financiera mundial de 2008. Este paquete de estímulo y la posterior expansión del crédito y la inversión canalizaron una nueva y sustancial liquidez al sistema a través de los vehículos de financiación de los gobiernos locales. Gracias al estímulo, China fue testigo de una explosión de proyectos de desarrollo, entre los que se incluían grandes obras urbanísticas y de infraestructura relacionada, o proyectos ya existentes que se aceleraron. Ya en 2013 existían ciertas preocupaciones de que la utilización de la capacidad en los sectores del acero, el cemento, el aluminio, el vidrio y la construcción naval fuera problemáticamente baja. Las declaraciones de Xi en 2015 no hicieron más que reflejar el hecho de que la considerable expansión cuantitativa de la inversión había alcanzado un punto de rendimientos decrecientes y que una mayor ampliación (puramente cuantitativa) no sería suficiente. Lo que siguió no fue un giro hacia un enfoque puramente «orientado a la demanda», sino más bien la elevación de la reforma estructural del lado de la oferta como la dirección fundamental; y que esta reforma estructural del lado de la oferta se llevaría a cabo junto con un objetivo a más largo plazo de ampliar y mejorar la demanda interna. Esta lógica se amplió posteriormente a través del modelo de doble circulación, en el que la circulación nacional constituiría el núcleo principal, con la circulación internacional como complemento (以国内大循环为主体、国内国际双循环相互促进的新发展格局).

Dicho de otro modo, este modelo garantizaría el circuito interno de producción, distribución, circulación y consumo, al tiempo que se abriría a los recursos y mercados externos de manera que se reforzara la capacidad de desarrollo nacional. La promulgación del concepto de doble circulación es también otro caso de interpretación errónea por parte de Occidente. Cuando el concepto se dio a conocer por primera vez, en 2019, la respuesta predominante fue «interpretar» la formulación como una señal de que China se retiraba hacia la autarquía. En mi libro, China, Trust and Digital Supply Chains (2023), analizo en detalle este malentendido y sostengo que la formulación no solo no indicaba un retroceso hacia la autarquía, sino que, por el contrario, apuntaba a un renovado énfasis en las interacciones internacionales. Este marco surgió, por supuesto, antes de la pandemia, pero la idea de la apertura cobró nueva vida cuando comenzaron a levantarse las restricciones relacionadas con la pandemia en 2022/23. Parte de la interpretación errónea fue de carácter puramente filológico: la formulación original en chino contenía una «coma» china (un dunhao 顿号、), que se utiliza para separar elementos en una lista relacionada. Al comprender este recurso gramatical básico, la formulación se entiende mejor como «un nuevo modelo de desarrollo de “circulación dual”, en el que los mercados nacionales y extranjeros se refuerzan mutuamente, con el mercado nacional como pilar fundamental». No hubo ningún retroceso hacia la autarquía.

Para quienes estén familiarizados con la economía marxista, especialmente tal y como se esboza en El Capital, queda claro que en el núcleo de este enfoque se encuentra la noción de circulación. Esta conceptualización se extrae directamente del volumen 2 de El Capital, en el que Marx analizó en profundidad los esquemas de reproducción simple y ampliada. En este análisis, dichos esquemas constituían el medio mediante el cual Marx examinaba las condiciones en las que el capital se reproducía a una escala cada vez mayor, mientras que la composición técnica del capital, la proporcionalidad entre los distintos sectores y las relaciones entre producción y consumo evolucionaban continuamente. El análisis de Marx sobre los esquemas de reproducción iba, por tanto, mucho más allá de unos balances estáticos, sino que reflejaba un marco dinámico que pretendía captar las transformaciones cuantitativas y cualitativas, sus motores y los problemas que afectarían al buen funcionamiento de la acumulación y la expansión del capital. Por supuesto, al hacerlo, Marx también identificó las fuentes de una posible crisis sistémica, que perturbaría u obstaculizaría la transformación dinámica del valor.

Como era de esperar, el discurso político chino lleva mucho tiempo considerando la circulación sin obstáculos de la economía nacional —la metamorfosis del capital a través de sus formas sucesivas— como un objetivo político central. Esto es totalmente coherente con la comprensión conceptual que se derivaría de El capital de Marx sobre la dinámica de la reproducción y la expansión sistémicas. La cuestión fundamental aquí no es la de tender hacia un estado de equilibrio, como se encontraría en la economía dominante, sino la fluidez y la velocidad de la metamorfosis y el flujo. La conceptualización de la «doble circulación» es una expresión contemporánea de esta preocupación fundamental en un contexto de mayor incertidumbre externa y de la necesidad concomitante de elevar la calidad de las fuerzas productivas nacionales.

Mi propio libro, China, Trust and Digital Supply Chains, examina en profundidad este linaje teórico. Explora cómo los responsables políticos chinos movilizan categorías de circulación, extraídas especialmente del Capital, volumen II, para conceptualizar cómo se pueden mejorar las cadenas de suministro mediante el desarrollo y la implementación de sistemas de digitalización. En este caso, las cadenas de suministro son el análogo moderno de los circuitos abstraídos de la metamorfosis del capital analizados por Marx. Analicé la estrategia de doble circulación no como una respuesta táctica a las fricciones comerciales ni como un indicio de retirada planificada de la participación global, sino como un esfuerzo por reconfigurar los circuitos a través de los cuales se produce, distribuye y realiza el valor dentro de una gran economía continental que busca mantener la autonomía en materia de desarrollo al tiempo que profundiza y amplía la interconectividad externa. Demostré que estos conceptos son fundamentales para la forma en que los pensadores y analistas políticos chinos abordan realmente los problemas de la logística, los flujos de datos, la modernización industrial y la demanda interna. La economía política marxista no es en absoluto ideológica ni ornamental. De hecho, tratar estas categorías como mera ideología las vacía de contenido explicativo y deja al analista con diversas explicaciones residuales: capitalismo de Estado, política de élites, neomercantilismo o lo que sea. Esto significa que los comentaristas occidentales dominantes pasan por alto la coherencia fundamental del proyecto de desarrollo chino tal y como lo conciben los propios responsables políticos y líderes chinos.

En el esquema marxista clásico, la reproducción simple (el circuito que se limita a reemplazar la escala de producción existente) es analíticamente previa, pero históricamente secundaria a la reproducción ampliada —la ampliación y reestructuración continuas de la base material—. Los esquemas de Marx en el volumen II de El capital no son planos para un equilibrio estático; son instrumentos para revelar las condiciones en las que el sistema puede reproducirse a una escala cada vez mayor, mientras cambian la composición orgánica del capital, las condiciones técnicas de producción y las relaciones entre los sectores. Las formulaciones chinas —«la demanda impulsa la oferta, la oferta crea la demanda», «equilibrio dinámico de nivel superior», «circulación fluida de la economía nacional»— encajan perfectamente en esta línea de pensamiento. Consideran el circuito de la reproducción social (producción-distribución-circulación-consumo) como un proceso en continua evolución en el que los desequilibrios temporales son a la vez inevitables y el motor del avance estructural.

La dinámica económica estructural de Luigi Pasinetti aporta un aparato formal complementario, tal y como he argumentado en otras ocasiones. El marco de Pasinetti se centra en la composición cambiante de la demanda y en las tasas diferenciales de progreso técnico entre sectores; el crecimiento es intrínsecamente desequilibrado a corto plazo, y la trayectoria a largo plazo consiste en una reasignación continua de mano de obra y capital hacia sectores con productividad creciente y elasticidades de la demanda cambiantes. El «equilibrio», por lo tanto, nunca es un punto fijo, sino un objetivo móvil definido por la estructura técnica y de la demanda en constante evolución. Esto se ajusta estrechamente a la insistencia reiterada de China en que la reforma estructural del lado de la oferta debe aumentar continuamente la calidad y la adaptabilidad del sistema de oferta, al tiempo que se amplía y mejora la demanda interna (especialmente el consumo); no con el fin de restablecer un equilibrio preexistente, sino para permitir la siguiente ronda de reproducción ampliada con fuerzas productivas más elevadas.

Las críticas occidentales centradas en el equilibrio (el exceso de capacidad como una simple sobreinversión en relación con una curva de demanda dada, o el subconsumo como un déficit permanente que debe subsanarse únicamente mediante la redistribución de la renta) por lo tanto, pasan por alto el carácter histórico-dinámico del problema tal y como se plantea en los documentos chinos. El reconocimiento en 2015 de un exceso de capacidad general no es una admisión de que el sistema se haya desviado permanentemente de un óptimo estático; es un diagnóstico de que la expansión cuantitativa del auge inversor anterior había alcanzado el punto en el que una simple ampliación a mayor escala producía rendimientos decrecientes y de que se requería una reconfiguración cualitativa de la estructura productiva. Cabe señalar, de paso —aunque esto merece una reflexión más profunda—, que en aquel momento —2015— China también puso en marcha Made in China 2025, un plan de renovación industrial que desde entonces se ha basado en el concepto, muy marxista, de las «nuevas fuerzas productivas de calidad» (新质生产力). En otras palabras, aunque Xi habló de la necesidad de ampliar el consumo en 2015, también reconoció la importancia fundamental de la modernización de la producción a través de la inversión.

El énfasis posterior en la «circulación dual», las «fuerzas productivas de nueva calidad» y la primacía de la economía real es la expresión práctica de esa misma lógica de desarrollo: seguir ampliando y modernizando la base material, al tiempo que se gestionan los ajustes continuos e históricamente específicos entre sectores y entre la oferta y la demanda que conlleva la reproducción ampliada. Equilibrio dinámico.

El objetivo de este debate no ha sido simplemente señalar cómo los comentaristas occidentales dominantes han seleccionado de forma selectiva ciertos pasajes de una reciente publicación de extractos de comentarios de Xi Jinping, sino sugerir que existen consecuencias tanto prácticas como intelectuales de este evidente error de interpretación. Que han seleccionado de forma selectiva es evidente y poco sincero, lo que resulta aún más flagrante para quienes leen chino, dado que la selección solo estaba disponible en chino en ese momento. Sin embargo, en un plano más sustantivo, estas preocupaciones de los comentaristas occidentales —sobre los desequilibrios comerciales bilaterales, la capacidad industrial china y la presión competitiva que ejercen las empresas chinas sobre las industrias occidentales establecidas— se articulan en un marco y en un lenguaje que simplemente no se ajusta al marco intelectual que organiza la política china. Está claro que el discurso político chino se centra en la cuestión de la mejora continua de la base material, lo que se refleja en preocupaciones prácticas por la seguridad y la resiliencia de las cadenas industriales y de suministro. Al mismo tiempo, a los responsables políticos chinos les preocupan los retos que plantea la construcción de un mercado interno a gran escala capaz de sostener una reproducción ampliada con un mayor nivel de calidad. La demanda y la oferta no se tratan como artefactos abstractos sacrosantos, sino como características dinámicas de un sistema complejo en evolución. Las prioridades políticas chinas giran en torno a la cuestión del equilibrio dinámico, al tiempo que se modernizan la producción y el consumo. La producción y el consumo se conceptualizan como elementos simbióticos en los circuitos de transformación del valor, en los que el objetivo de la política es suavizar los circuitos de flujo, eliminar los cuellos de botella y catalizar una eficiencia material y energética cada vez mayor en todo el sistema en su conjunto.

A los responsables políticos chinos no les interesan las exhortaciones occidentales sobre el aumento del consumo a costa de la inversión continua en las fuerzas productivas y en los factores que sostienen la circulación y la reproducción ampliada. Tal propuesta tiene poco sentido en una ontología que enmarca la producción y el consumo como simbióticamente interdependientes. La presión occidental en torno a ideas como el exceso de capacidad, el consumo reprimido y similares tendrá escaso impacto en las prioridades políticas de China, que se basan en un marco totalmente diferente. Los análisis occidentales simplemente no se aceptan, en parte porque su marco conceptual está en contradicción con la economía política marxista que sustenta el pensamiento chino. El resultado es el efecto de «barcos que se cruzan en la noche». Las exhortaciones de la corriente dominante occidental de que China debería «reequilibrarse», «reducir el exceso de capacidad» o «impulsar el consumo» se topan con un marco conceptual que habla de expansión de la demanda, ajuste de la capacidad y mejora estructural —pero dentro de una arquitectura conceptual diferente y con fines a largo plazo distintos—.

Si los analistas occidentales se toman en serio la comprensión de cómo los líderes políticos y de política china definen las prioridades y los enfoques económicos, tendrán que abandonar la presuposición de las perspectivas dominantes —a saber, que la economía es un sistema de equilibrio con un único bien, un único productor y un único consumidor—. En cambio, no solo tendrán que tomarse en serio el marxismo chino (leer a Marx podría ayudar, ya que es muy improbable que alguno de ellos lo haya hecho, dadas las caricaturas simplistas que dibujan), sino también replantearse su propio enfoque de las cuestiones económicas.

Al insistir en imponer la economía occidental dominante a una ontología discursiva que no guarda relación alguna con ella, el comentarista occidental se queda con las manos vacías. El tratamiento del marxismo-leninismo como algo superficial o ideológico agrava la pobreza analítica. Las categorías marxistas no son ornamentales. Constituyen la ontología fundamental que hace hincapié en la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas, el carácter histórico de las estructuras económicas y la comprensión del «equilibrio» no como un telos, sino como un desafío dinámico en el contexto de un sistema de transformación en evolución y, en ocasiones, acelerado, en los circuitos de la evolución del capital y la reproducción social y económica a un nivel superior. No comprender este marco —y, lo que es peor, descartarlo simplemente como «ideología»— supone dar por sentado que solo las categorías de la economía dominante cuentan como conocimiento genuino de la economía. Esa presuposición en sí misma es una maniobra ideológica que cierra la posibilidad de comprender la política china en los términos en los que realmente se formula y se racionaliza.

 
es profesor asociado en la Universidad de Queensland y su trabajo se centra en la intersección entre China, las tecnologías digitales, las cadenas de suministro, los flujos financieros y la economía política y la gobernanza mundiales.
Fuente:
https://warwickpowell.substack.com/p/treating-chinese-marxism-seriously
Traducción:
Antoni Soy Casals

El Lince: El paraguas con agujeros


agosto 13/2026                        Publicado porOctubre

No dejarse comer el coco por el estercolero mediático occidental debería ser la premisa de mucha gente. Por ejemplo, con todo lo que se ha dicho del «acuerdo de defensa mutua» firmado la semana pasada por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán. Intentaré explicar cómo hay que ver este hecho.

Lo primero es que sí marca un punto de inflexión en Oriente Próximo y Lejano. Una nota añadida: eso de «Oriente Medio» es un invento colonial de un imbécil de Cambridge en la época en que India era colonia de Gran Bretaña y ese tipo, al ver un mapa en el que las posesiones inglesas iban desde India a las islas, pasando por esa zona del mundo árabe-musulmán que también estaba en su poder, dijo «vamos a llamarle a esto Oriente Medio», y así se ha quedado sin que los presuntamente alternativos se cuestionen ni siquiera si esta denominación es correcta o incorrecta. La denominación correcta sería Magreb para la zona del norte de África y Mashreq para ese fantasmagórico «Oriente Medio». Pero si esto es muy lioso, podéis utilizar la traducción, Poniente y Levante. De hecho, si soléis ver la previsión del tiempo en cualquier televisión no dicen «viento de Oriente Medio», sino viento de Levante (o de Poniente). Incluso podéis ir más allá y cuando estéis en un puerto y habléis con un pescador le podéis decir «hoy hace un viento de Oriente Medio que corta el hipo». Imaginad la respuesta: «eres gilipollas». Así que id echando a la basura el lenguaje colonial.

A lo que voy. El sistema de seguridad de Oriente Próximo y Lejano ha sido dominado por EEUU durante muchos años, pero ya no es así. Irán se ha encargado de ello. El acuerdo entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán establece que «cualquier ataque armado contra cualquiera de los tres países se consideraría una amenaza a su seguridad compartida», lo que ha sido interpretado como una copia del principio de «defensa colectiva» del Artículo 5 de la OTAN y de ahí que los sin seso habituales hablen de «OTAN islámica». No es así ni mucho menos. Y, aún suponiendo que lo fuese, es la señal más fehaciente del nuevo rumbo que están tomando las cosas, alejándose de la dependencia de EEUU y no un refuerzo de la misma.

Para los firmantes, que no serán los únicos aunque hayan sido los primeros, es un paso hacia la reducción de su dependencia exclusiva de EEUU y la ampliación de sus opciones estratégicas. Sobre todo porque aquí aparece un actor semioculto: China. Hay una cosa que China no olvida: Pakistán fue uno de primeros países no socialistas, allá por enero de 1950, que reconoció a la República Popular China tras el triunfo de los comunistas sobre el Kuomintang apoyado por Occidente, EEUU de forma especial. Casi desde 1963 los dos países vienen manteniendo una estrecha cooperación militar por lo que a medida que se profundiza la cooperación en materia de seguridad entre Arabia Saudita y Pakistán se va a prestar mayor atención a la cooperación en materia de equipamiento y defensa con China. Y eso pese a que Turquía es miembro de la OTAN y Arabia Saudita es desde hace tiempo un estado cliente militarmente hablando de EEUU. Pero también buscó la cobertura de China cuando normalizó sus relaciones con Irán. O sea que no todo es como nos cuentan y los flecos son importantes.

Puede que esto sea una quimera, pero también lo es lo otro, lo de «OTAN islámica». En cualquier caso es un punto de inflexión en la formación de un orden multipolar en Oriente Próximo y el sur de Asia. No verlo así es un desconocimiento absoluto de lo que está pasando en el mundo. Porque si algo está dejando en claro la agresión a Irán es que la más que digna respuesta de este país ha empeorado la situación de seguridad de los países del Golfo, vasallos de EEUU, y están que rabian por la incapacidad de EEUU de proteger las rutas energéticas y la estabilidad regional.

Arabia Saudita, Turquía y Pakistán no están intentando separarse completamente de EEUU, sino más bien ampliar sus opciones con otros estados a medida que la hegemonía occidental decae y el nuevo mundo multipolar se asienta y crece. Si esto no os parece correcto voy a utilizar una expresión muy fácil de entender: lo que han hecho estos países es reducir los riesgos de una dependencia absoluta respecto a EEUU. Siendo un poco más optimista y yendo un poco más allá, estamos asistiendo a un fortalecimiento de la autonomía estratégica de esos países mediante la ampliación de sus alianzas.

Así que llegado aquí, hay que rechazar eso de «OTAN islámica» por simple. Va más allá porque estamos ante una alianza entre los recursos energéticos (Arabia Saudita), la industria de defensa (Turquía) y las armas nucleares (Pakistán). Pero a pesar de las apariencias, no es un bloque potencialmente poderoso. Sin subestimar, pero tampoco sin sobrestimar. Y esto es así por varias razones: la primera, porque ya en septiembre del año pasado Arabia Saudita y Pakistán firmaron un «acuerdo estratégico de defensa mutua» que no se ha traducido no ya en ataques contra Irán, sino contra los hutíes de Yemen. Supongo que a estas alturas esto está claro, como lo está el papel mediador de Pakistán con Irán. Como tampoco se ha visto a los sauditas lanzando misiles contra los talibanes afganos en su breve enfrentamiento con Pakistán.

Los de mente calenturienta dirán que para estos países la amenaza es Irán, luego es contra este país contra el que va dirigida esta alianza. Tampoco es así. Para Turquía, Irán es un socio y no un enemigo. Turquía está encantada con los misiles que lanza Irán hacia las fuerzas kurdas. Y Pakistán necesita buenas relaciones con Irán aunque solo sea porque China, su principal socio político y militar, tiene muchos intereses en Irán.

¿Qué queda entonces? ¿tal vez el IV Reich sionista, antes conocido como Israel? Tampoco. Arabia Saudita necesita al IVRS para contener a Irán y su supuesta «expansión regional» a través de sus aliados del Eje de la Resistencia. De hecho, el IVRS no considera este acuerdo como una amenaza militar directa, pero reconoce que «es consecuencia del fracaso de la guerra contra Irán, que se esperaba que cambiara el panorama de Oriente Medio».

Por lo tanto, esta alianza no tiene un enemigo ni claro ni definido. Se ha creado por lo dicho anteriormente, para fortalecer su autonomía estratégica ampliando sus alianzas. Objetivamente, esto beneficia a China y a Rusia. Si es como digo, un distanciamiento de EEUU, estos dos países están de enhorabuena, porque además refuerza el mundo multipolar que ellos encabezan.

No hay que olvidar tampoco que no hace mucho Arabia Saudita y EEUU firmaron un acuerdo nuclear, lo que le brinda a los sauditas la oportunidad de enriquecer uranio en su propio territorio. Sin embargo, a las 48 horas de la firma del acuerdo, Trump dijo que Arabia Saudita primero tendría que adherirse a los Acuerdos de Abraham, una condición que no estaba incluida en el propio acuerdo. La firma de este pacto es posterior a todo esto, en una muestra del malestar de los sauditas con EEUU.

Durante mucho tiempo se ha venido diciendo que toda esta zona del mundo dependía del «paraguas protector» de EEUU. La más que digna reacción de Irán contra el ataque que viene sufriendo ha dejado claro para todos que las bases estadounidenses en esa zona del mundo solo tenían como objetivo proteger los intereses de EEUU y el IVRS. Irán ha hecho varios agujeros en ese supuesto paraguas y por ellos se está colando el agua que se lleva la hegemonía occidental.

El Lince