domingo, 20 de septiembre de 2026

El espejismo alemán: el voto a la AfD y la trampa soberanista

                                                                                                                                                                                    
11, 2026
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Reflexiones sobre el voto masivo a favor del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) en el estado oriental de Sajonia-Anhalt.


El espejismo alemán:

el voto a la AfD y la trampa soberanista

Patro Anaya

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El soberanismo es el gancho más eficaz y, a la vez, el más revelador de la trampa que la AfD (Alternativa por Alemania) tiende a la clase obrera. Su programa no se limita a cerrar fronteras: promete explícitamente restablecer relaciones comerciales con Rusia y retomar la compra de gas y petróleo barato. A los ojos del trabajador alemán angustiado por la inflación y la deslocalización industrial, esta oferta suena a sentido común puro: «paz comercial» para abaratar la calefacción y salvar los puestos de trabajo de la industria pesada. Esa es la apariencia de soberanía que la ultraderecha vende como un bálsamo frente a las sanciones impulsadas por la Unión Europea y la OTAN.

Sin embargo, desmontar esa apariencia es clave para la conciencia de clase. La AfD no propone esa alianza energética con Moscú por un genuino espíritu antiimperialista o pacifista, sino por una lógica puramente competitiva entre imperialistas.

Parte de la burguesía alemana quiere sangre (energética) barata para relanzar su maquinaria exportadora y disputar el liderazgo industrial a Estados Unidos y China. Al promover el acercamiento a Rusia, la ultraderecha no busca la paz ni la soberanía popular, sino rearmar a la burguesía germana para que juegue su propia partida en el tablero multipolar, sin someterse pasivamente a los dictados de Washington. Es, en esencia, un soberanismo para la guerra económica, que utiliza el discurso del «interés nacional» para atraer a los trabajadores perjudicados por la globalización neoliberal.

Hoy, la contradicción principal que atraviesa el sistema mundial se sitúa nítidamente entre el imperialismo depredador y la soberanía efectiva de los pueblos. Sin embargo, para que este soberanismo no degenere en chovinismo, debemos mantener firme la perspectiva estratégica: el imperialismo no se reforma ni se domestica desde las cúpulas; solo puede ser realmente vencido mediante revoluciones populares que tengan al proletariado socialista como sujeto político dirigente.

Este diagnóstico se vuelve especialmente lúcido al observar los resultados de los recientes procesos electorales en los países de dominación imperialista. Es comprensible, desde un punto de vista sociológico, que amplias capas de la clase obrera, golpeadas por la precariedad y la pérdida de derechos, se sientan atraídas por la demagogia soberanista que esgrime la ultraderecha neofascista. No obstante, esta atracción no es más que un espejismo tóxico. Lejos de devolver el poder al pueblo, ese discurso resulta ser un engaño calculado para disciplinar a los trabajadores aún más, moldeando su descontento para alinearlos acríticamente en el camino hacia las guerras de agresión que los imperialistas necesitan para seguir dominando y enriqueciéndose.

Este es el espejismo perfecto: los obreros votan a la AfD pensando que el gas ruso los salvará, pero lo que obtienen es un programa que, al mismo tiempo, exige el rearme militar masivo y la deportación de mano de obra extranjera. ¿El resultado objetivo? Se prepara a Alemania para ser el martillo de una confrontación directa con Rusia en las condiciones más ventajosas para la burguesía alemana, mientras el movimiento obrero queda fracturado y disciplinado por el miedo al «otro». El supuesto «gas barato» nunca beneficiará a los hogares de manera justa si el sector energético sigue en manos privadas; solo engordará los beneficios de las grandes corporaciones y financiará el complejo militar-industrial.

Lo ocurrido con la AfD evidencia así que, mientras la izquierda alemana está secuestrada por el oportunismo atlantista y europeísta, la ultraderecha le roba su discurso anticapitalista más superficial (el rechazo a la guerra de Ucrania y al precio de la energía) para vaciarlo de contenido internacionalista.

Lo ocurrido en esas urnas no es un accidente local, sino un síntoma común en la evolución de la opinión pública bajo el yugo imperialista. El oportunismo que hoy dirige el movimiento obrero, anclado en una lógica institucionalista y colaboracionista deja un vacío que la extrema derecha ocupa con facilidad mediante el chivo expiatorio de la inmigración y el patriotismo excluyente.

El camino de liberación de la clase obrera solo puede transitarse a través de su unidad antiimperialista más consecuente: internacionalista, para romper la lógica de la competencia entre explotados de distintas naciones; democrática, para organizar a las masas; progresista, para tender puentes hacia otras capas oprimidas; y socialista, porque solo la superación del modo de producción capitalista puede desactivar la maquinaria bélica imperialista. Solo desde esa coherencia estratégica podremos convertir el descontento comprensible en conciencia revolucionaria para transformar las ilusiones electorales en una victoria real.

Patro Anaya

09/092026

Entrevista al «Equipo Nixor»: «Los problemas que alimentan a AfD son reales; los enemigos que señala, no»


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Entrevista al «Equipo de Investigación Nixor», autores del libro «AFD: la rebelión reaccionaria que sacude Alemania»

REDACCIÓN CS

     Alternativa para Alemania (AfD) ya no puede ser tratada como una anomalía pasajera. Tras convertirse en la segunda fuerza federal en 2025, AfD acaba de obtener el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt. Su avance plantea una pregunta decisiva: ¿por qué millones de trabajadores apoyan a un partido cuyo programa protege la propiedad privada y favorece especialmente a las rentas más altas?

En el libro «AfD: la rebelión reaccionaria que sacude Alemania», el Equipo Nixor de Investigación ha intentado responder a esas dos interrogantes sin recurrir a dos explicaciones tranquilizadoras: ni todos los votantes de AfD son nazis, ni AfD es una fuerza popular y antisistema.

Con objeto de aclarar estos extremos, hemos conversado con sus autores sobre la crisis industrial alemana, las heridas de la reunificación, la inmigración, Rusia y el peligro de una reorganización autoritaria del capitalismo.

—El título define el fenómeno como una «rebelión reaccionaria». ¿No es una contradicción hablar de rebelión y reacción al mismo tiempo?

   —Esa contradicción constituye precisamente la clave del libro que acabamos de editar.

  AfD se ha rebelado contra el bloque político que ha administrado Alemania durante las últimas décadas, contra Bruselas, contra la política energética, contra las sanciones a Rusia y contra determinados consensos culturales. Pero no se rebela contra el poder económico que condiciona la vida de la mayoría. Cuestiona a los administradores del capitalismo alemán, no la propiedad privada de las grandes empresas, los bancos o los fondos de inversión.

       El tema migratorio permite observar con especial claridad esta operación política. AfD explota preocupaciones y conflictos que tienen una base real: la escasez de vivienda, el deterioro de los servicios públicos, la precariedad laboral o el temor a perder posiciones sociales. Sin embargo, presenta al inmigrante como causante de problemas producidos por décadas de privatizaciones, inversión pública insuficiente, bajos salarios y subordinación de las necesidades sociales al beneficio empresarial. De esta manera, transforma un conflicto entre quienes poseen los recursos y quienes dependen de ellos en un enfrentamiento entre trabajadores nacionales y extranjero

La inmigración se convierte así en una explicación sencilla y emocionalmente poderosa para contradicciones mucho más profundas. AfD no pregunta por qué faltan viviendas, quién se beneficia de la precariedad o por qué se debilitaron los servicios públicos. Señala, en cambio, a quienes llegan como competidores por recursos escasos. El inmigrante ocupa el lugar del empresario que paga salarios insuficientes, del fondo que especula con la vivienda o del Gobierno que recorta prestaciones.

      Hay que reconocer el fenómeno como una rebelión porque ha logrado movilizar un malestar real y ha roto con  lealtades electorales muy arraigadas en el votante germano. Y es a la vez reaccionaria porque desvía ese malestar hacia la nación, la inmigración y los llamados enemigos internos. El trabajador vota para castigar al sistema político, pero el sistema económico sigue quedando protegido por Afd.

—¿Por qué en el «Equipo de Investigación» estiman insuficiente explicar su crecimiento diciendo que Alemania se ha vuelto de extrema derecha?

Porque se trata de una etiqueta que describe, pero no explica. Si resulta que más de diez millones dealemanes han votado a una formación, no podemos meterlas a todas en una misma categoría moral y dar por terminado el análisis. Hay votantes nacionalistas convencidos, racistas, conservadores, trabajadores industriales asustados por el futuro, pequeños empresarios, habitantes del este que se sienten ciudadanos de segunda y antiguos electores de la CDU, el SPD o Die Linke.

     Comprender toda esa diversidad no significa disculpar su voto, sino tomarse en serio el problema. Si uno se limita a llamar ignorantes o nazis a todos esos electores, AfD puede presentarse como la única organización que los escucha. La condena moral, cuando sustituye a la explicación, termina favoreciendo aquello que pretende combatir.

    —La gran interrogante que a nuestro parecer abre el libro es por qué tantos trabajadores han votado a un partido favorable a los propietarios. ¿Cuál es  la respuesta del Equipo Nixor?

   —Los intereses de clase no se convierten automáticamente en conciencia política. Un trabajador sabe que peligra su empleo, que el salario pierde poder adquisitivo o que sus hijos vivirán peor que él, pero necesita una explicación que conecte esas experiencias. Durante mucho tiempo, esa función la han venido cumpliendo los sindicatos, partidos obreros y organizaciones populares. Pero cuando estas desaparecen o pierden credibilidad, el malestar queda disponible para otros relatos.

«EL MIEDO AL DESCENSO SOCIAL PUEDE SER MUCHO MÁS EXPLOSIVO QUE LA POBREZA»

AfD reconoce cosas que los partidos tradicionales niegan o minimizan: por ejemplo, que existe una crisis industrial, que la energía se ha encarecido, que la reunificación alemana fue un gran latrocinio que dejó millones de perdedores, que la política exterior alemana está condicionada por Estados Unidos y numerosos trabajadores sienten que nadie decide pensando en ellos. Pero lo que AFD hace es cambiar a los responsables de todas estas catástrofes. En lugar de señalar que han sido la propiedad y el poder empresarial  los grandes protagonistas de estos desaguisados, acusa al inmigrante, al ecologista, a Bruselas o a una élite cultural. Parte de una herida verdadera y pero ofrece una causa falsa.

—¿Hasta qué punto la crisis industrial explica este vuelco?

    —A nuestro juicio ha sido fundamental. El llamado milagro alemán descansó sobre una combinación histórica: una industria exportadora muy competitiva, energía relativamente barata, acceso a grandes mercados exteriores y una red de empresas medianas vinculada a los grandes grupos. A cambio de aceptar la disciplina empresarial y la moderación salarial, una parte de la clase trabajadora recibía estabilidad, formación y expectativas de progreso.

    Ese compromiso se está rompiendo ahora. La energía es más cara, China ha pasado de ser un gran mercado a convertirse también en competidor, la transición hacia el vehículo eléctrico amenaza cadenas enteras de proveedores y Estados Unidos atrae inversiones con energía más barata y subvenciones. Incluso aquellos trabajadores que todavía conservan su puesto de trabajo temen que la fábrica cierre dentro de cinco años. El miedo al descenso social puede ser políticamente mucho más explosivo que la pobreza ya consolidada.

—¿Y por qué AfD es especialmente fuerte en los territorios de la antigua República Democrática Alemana?

   —Por un hecho muy simple. La reunificación alemana no fue un encuentro entre iguales. Consistió en la absorción pantagruélica de la economía oriental por capitales y administraciones occidentales. Se produjeron privatizaciones canibalescas, cierres de fábricas, emigración juvenil, pérdida de patrimonio y desvalorización de experiencias profesionales. Décadas después de que se produjera aquella operación, siguen persistiendo desgarradoras diferencias en salarios, en riqueza acumulada, en presencia empresarial y en reconocimiento cultural.

AfD no fue, ciertamente, la creó esa herida. La encontró abierta y le dio una interpretación nacionalista. Y le dice al ciudadano oriental: «Usted fue abandonado mientras el Estado protege a quienes acaban de llegar». Y así logró transformar una desigualdad producida por la forma en la que se realizó la reunificación, en un conflicto entre alemanes y extranjeros. El perjuicio económico se convierte en una demanda de privilegio nacional.

   —Sin embargo, la inmigración preocupa realmente a una parte de la población. ¿No existe el riesgo de negar problemas evidentes?

—Negarlos sería un error. La llegada de población aumenta las necesidades de vivienda, sanidad, escuelas y transporte. También puede intensificar la competencia laboral allí donde existen salarios bajos, inseguridad jurídica y sindicatos débiles. Pero reconocer esa presión no nos obliga a aceptar la explicación de AfD.

«AFD OFRECE SUPERIORIDAD NACIONAL EN LUGAR DE PODER SOCIAL»

 La escasez de vivienda no la creó el refugiado, sino décadas de privatización, especulación e inversión pública insuficiente. Y si un empresario utiliza a un trabajador extranjero para pagar menos, el problema se combate igualando derechos, salarios y capacidad de organización, no debilitando todavía más al recién llegado. AfD enfrenta a unos trabajadores con otros porque no desea tocar ni un solo ápice del poder de quienes se benefician de esa división.

—El libro dedica mucha atención al programa económico. ¿Qué descubrieron al examinarlo?

   —Que la imagen social de AfD y su política económica apuntan en direcciones distintas. El partido habla de proteger al trabajador alemán, las pensiones y la industria, pero a la vez defiende amplias rebajas fiscales para las grandes fortunas, se opone a gravar grandes patrimonios y las herencias y conserva intacto el derecho de los grandes propietarios a decidir qué se produce, dónde se invierte o cuándo se cierra una fábrica.

   Su fórmula podría resumirse así: libertad económica para el propietario, protección condicionada para el trabajador nacional y disciplina para el inmigrante y el desempleado. Quiere menos Estado para impuestos, regulación empresarial o políticas ambientales, y más Estado para controlar fronteras, retirar prestaciones, reforzar la policía y librar la batalla cultural. Menos Estado social no significa menos Estado; puede significar más autoridad con menos derechos.

   —Ustedes utilizan el concepto de «chovinismo del bienestar» de AFD. ¿Qué es lo que significa esa expresión?

     —Consiste en no eliminar necesariamente el Estado social, sino reservarlo de forma prioritaria para quienes son definidos como miembros legítimos de la nación. La pensión, la sanidad o las ayudas dejan de concebirse como derechos universales y se convierten en recompensas para el nacional considerado productivo, integrado y merecedor de los mismos.

   Se trata, como podrá observarse, de  operación política muy eficaz: un millonario alemán y un obrero alemán pasan a formar parte del mismo «nosotros», mientras que un asalariado sirio que trabaja en la misma fábrica queda fuera. Se ofrece al trabajador alemán un pequeño privilegio frente a quien tiene menos para impedir que dirija la mirada hacia quien está arriba. AfD le promete prioridad en la cola, pero no control sobre los recursos que escasean.

   —AfD rechaza las sanciones contra Rusia y el envío de armas a Ucrania. ¿Eso la convierte en una fuerza pacifista o antiimperialista?

  —Noooo, ni de coña. Su posición responde en parte a una realidad material: la ruptura con Rusia y la pérdida del gas barato perjudicaron especialmente a la industria alemana, mientras Estados Unidos pudo vender energía y atraer inversiones. También existe en el Este una memoria de las relaciones con Rusia diferente de la occidental. AfD conecta con esas experiencias y denuncia la subordinación estratégica de Alemania a Washington.

«AFD LE PROMETE A LOS TRABAJADORES ALEMANES PRIORIDAD EN LA COLA, PERO NO CONTROL SOBRE LOS RECURSOS QUE ESCASEAN»

   Pero AFD no rechaza el militarismo ni el sistema de grandes potencias. Defiende unas Fuerzas Armadas alemanas fuertes y una política exterior guiada por el interés nacional. No quiere sustituir la competencia imperialista por la cooperación entre pueblos; quiere que Alemania compita con mayor autonomía. Oponerse a Washington para acercarse a Moscú no equivale a ser antiimperialista.

—Entonces, ¿es correcto llamar fascista a AfD?

—Esta pregunta hay que responderla con mucha precisión. AfD no es una reproducción completa del partido nazi: no posee unas milicias comparables a las SA, no se está  enfrentando  a una revolución obrera inminente, no cuenta, por ahora,  con el apoyo unificado del gran capital y participa en el sistema electoral. Ignorar esas diferencias convierte la historia en caricatura.

Pero tampoco es una derecha conservadora convencional. Contiene corrientes nacional-étnicas y fascistizantes, cuestiona los límites políticos construidos después de 1945 y normaliza propuestas que establecen jerarquías entre ciudadanos según su origen. El peligro actual no exige repetir 1933. Puede adoptar la forma de un autoritarismo electoral que conserve parlamentos y votaciones mientras, simultáneamente, debilita medios públicos, tribunales, organizaciones sociales y derechos de las minorías.

—¿Puede vaciarse la democracia desde dentro sin necesidad de un golpe de Estado?

    —Sí, absolutamente. Un Gobierno puede llegar mediante elecciones y utilizar después la legalidad para concentrar poder. Puede colonizar la Administración, presionar a los jueces, controlar los medios públicos, dificultar la actividad de organizaciones críticas y presentar cada contrapeso como una conspiración contra la voluntad popular. Las elecciones continúan, pero la oposición dispone de menos medios reales para expresarse y organizarse.

«AFD NO QUIERE SUSTITUIR LA COMPETENCIA ENTRE GRANDES POTENCIAS: QUIERE QUE ALEMANIA COMPITA CON MAYOR AUTONOMÍA»

 

    Además, AfD ya transforma la política sin gobernar. Cuando los partidos tradicionales adoptan su lenguaje sobre inmigración y seguridad para recuperar votos, legitiman tu diagnóstico. La derecha radical obtiene así una primera victoria: consigue que todo el sistema discuta dentro del marco que ella ha impuesto.

—¿Qué responsabilidad tienen la socialdemocracia y la izquierda alemana en este proceso?

   —Una responsabilidad enorme, aunque no exclusiva. El SPD extendió la precariedad y disciplinó a los desempleados con las reformas de la etapa de Schröder. Los verdes abandonaron su antiguo pacifismo y gestionaron una transición ecológica cuyos costes soportan en gran medida quienes menos deciden. Die Linke no consiguió consolidar una alternativa independiente y sufrió divisiones, retrocesos organizativos e integración institucional.

     AfD ocupó parte de ese vacío. Habló de industria cuando otros administraban su reconversión; de soberanía cuando casi todo el Parlamento aceptaba la estrategia atlántica; y de reconocimiento a trabajadores que sentían recibir lecciones morales mientras perdían seguridad. El problema no es simplemente que la izquierda se comunicara mal, como se está diciendo ahora, cogiendo una vez más, «los rábanos por las hojas». La realidad fue que dejó de representar una ruptura real con las relaciones que provocaban ese malestar.

—¿Qué puede suceder ahora después de la victoria de Sajonia-Anhalt?

AfD ha demostrado que puede convertirse en primera fuerza y aspirar a gobernar un estado federado. Eso le permitiría dirigir ministerios, formar cuadros, intervenir en políticas educativas y utilizar la gestión regional como escaparate nacional. Pero una victoria electoral no equivale automáticamente a controlar el Gobierno: necesita apoyos parlamentarios y capacidad para resolver sus propias contradicciones.

    La cuestión decisiva será también qué haga la CDU. Puede mantener el aislamiento, desplazarse todavía más hacia el programa de AfD o aceptar alguna forma de colaboración. Incluso sin entrar en un Ejecutivo, AfD puede seguir empujando todo el sistema político hacia la derecha.

—¿Cuál es, finalmente, la principal advertencia que contiene el libro?

    —Que los problemas que alimentan a AfD son reales, pero los enemigos que señala no son sus responsables. El partido ha comprendido antes que otros que el antiguo modelo alemán pierde capacidad para ofrecer estabilidad, prosperidad y soberanía. Su fuerza nace de ese reconocimiento. Su límite consiste en que ofrece superioridad nacional en lugar de poder social.

     Los trabajadores que hoy votan a AfD no están condenados a permanecer en ese bloque. Muchos buscan empleo, dignidad, paz y capacidad de decidir. Pero mientras no controlen las fábricas, los bancos, la energía y la vivienda, continuarán dependiendo de quienes sí los poseen. AfD promete devolverles Alemania; pero su programa deja Alemania en manos de los grandes propietarios de siempre.

Canarias Semanal 

‘Lo queremos todo y lo queremos ya’ (La lucha de los pueblos oprimidos del Tercer Mundo contra el imperialismo)


Por
Juan Manuel Olarieta   10 de septiembre de 2026

                                     pobreza

Durante décadas el imperialismo ha impuesto una camisa de fuerza a muchos pueblos del mundo, incluso después de la descolonización. Con el tiempo, las presiones de las grandes potencias se han intensificado para hacer frente, tanto a los movimientos de liberación nacional como a los países liberados del yugo colonial.

El movimiento comunista internacional siempre ha contado con las aspiraciones de los pueblos del mundo a su liberación, y las ha apoyado y defendido. Hace cien años el Partido bolchevique convocó la Conferencia de Bakú para agrupar a los movimientos de liberación nacional y los congresos de la Tercera Internacional siempre dedicaron un amplio espacio a las luchas del Tercer Mundo.

Lo mismo ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reunió la Conferencia de Bandung en 1955 para impulsar la descolonización porque en el mundo la lucha de clases está unida indisolublemente a la lucha de los pueblos oprimidos por su emancipación.

No es nada nuevo para el movimiento comunista internacional. Desde los tiempos de la Primera Internacional, Marx y Engels defendieron la lucha por la independencia de Irlanda y Polonia y lo llevaron al interior mismo del movimiento obrero por un principio revolucionario muy simple, pero fundamental: la clase obrera no sólo defiende sus propios principios socialistas sino la causa general de todos los pueblos oprimidos del mundo.

El emblema del proletariado une la hoz campesina al martillo proletario como expresión de una alianza, que es imprescindible en cualquier revolución. Esa alianza es a la vez interna, porque concierne a cada país, como internacional, porque corresponde a todos los trabajadores del mundo. No hay revolución posible sin una estrecha alianza de los trabajadores con los campesinos y demás sectores explotados y oprimidos.

‘Transformar la guerra imperialista en guerra civil’

Es imprescindible entender esa alianza, que es necesariamente heterogénea, por otra experiencia histórica de los movimientos revolucionarios, a saber que los cambios políticos y sociales no sólo tienen su origen en las contradicciones propias de un país, sino a los condicionamientos exteriores y al papel que juegan terceros países en la situación interna.

La Revolución de Octubre en Rusia es inseparable de la Primera Guerra Mundial. En 1917 la guerra imperialista fusionó las contradicciones externas con las internas, debilitó a los países de Europa central y oriental y, muy especialmente, al Imperio zarista. Los bolcheviques pudieron llevar adelante la revolución proletaria no sólo por su trabajo político entre los clase obrera y el campesinado, sino también porque entendieron la situación política que se había creado a escala europea y pudieron poner en marcha una estrategia adecuada para acabar con el zarismo y con el régimen que trató de sustituirlo en febrero de 1917.

Por lo tanto, no es posible dirigir una revolución sin tener una comprensión clara del imperialismo y de la situación internacional, en la que operan fuerzas heterogéneas capaces de llevar a la crisis a los Estados más poderosos. La consigna bolchevique de “transformar la guerra imperialista en guerra civil” resume el estrecho vínculo entre las contradicciones internacionales y las internas.

Un reciente informe del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo dice que el año pasado se alcanzó el mayor número de guerras desde 1946, superior incluso a los tiempos de la Guerra Fría. Era previsible teniendo en cuenta la internacionalización de las fuerzas productivas, que tiene su correlativo en la guerra económica, el bloqueo, las sanciones, la piratería, los embargos, los aranceles…

Es cierto que los Estados no se deben analizar sólo por las posiciones internacionales que sostienen. Pero es igualmente cierto que las contradicciones internacionales se transforman en internas, lo que es especialmente evidente cuando estalla una guerra.

Se pueden poner numerosos ejemplos extraídos de la actualidad, como es el de Irán, un país capitalista enfrentado a las grandes potencias que desde 1950 trata de seguir una política independiente.

‘Compañeros de viaje’

Una organización comunista cometería un error grave al separar la lucha por el socialismo en Irán, de la lucha por liberarse del yugo que las grandes potencias tratan de imponer, y es aún más grave suponer que ambas luchas se oponen entre sí. Por el contrario, una contribuye a la otra, la acerca y la favorece.

En los años treinta del pasado siglo el Partido Comunista de China se encontraba en guerra con el Kuomintang, una guerra calificada de “civil” que se convirtió en una guerra de liberación cuando Japón invadió Manchuria en 1931. Entonces el Partido Comunista ofreció un pacto a sus enemigos de clase, la creación de un frente común para transformar la guerra civil en una guerra anticolonial, internacional.

El Kuomintang se negó. Siguió tratando de aniquilar al Ejército Rojo, lo que le condujo al fracaso, mientras las fuerzas revolucionarias crecieron y se fortalecieron porque las masas tuvieron claro que era la única fuerza capaz de defender la independencia nacional de China.

En el movimiento comunista internacional se decía que ese tipo de movimientos eran “compañeros de viaje”. En su travesía quizá no lleguen hasta el final, quizá se bajen en la próxima estación, pero son necesarios en las primeras etapas para acumular fuerzas.

Sin embargo, los trotskistas y los anarquistas no aceptan las etapas. Lo mismo que los niños malcriados, lo quieren todo y lo quieren ya. Se llenan la boca con grandes palabras y frases vacías. Tienen prisa y los pequeños progresos les parecen poco; les parece reformismo.

Es un serio error. En la lucha por el socialismo hay fases y etapas distintas. Es consecuencia de la ley del desarrollo desigual, a saltos, decía Lenin (1). Algunas de ellas se pueden saltar, por diversas circunstancias objetivas que concurren en un determinado país. Otras se pueden recorrer deprisa. Hay etapas que se pueden acumular o coincidir en el tiempo. Las clases sociales y las fuerzas políticas que participan en ciertos tramos del recorrido, están ausentes en los otros, o quizá incluso se oponen a ellos.

Para los comunistas, el propio socialismo no es el punto final del trayecto. El objetivo es la creación de una sociedad sin clases y, por consiguiente, sin Estado. El socialismo es una etapa que, a su vez, recorre distintas etapas. En la construcción del socialismo en la URSS son conocidas la economía de guerra, la nueva política económica, la colectivización, los planes quinquenales…

Esas etapas son diferentes en cada país. No pueden ser las mismas en un país económicamente avanzado, donde la clase obrera es numerosa, que otro emergente, que no tiene un tejido amplio de empresas capitalistas. Sólo una vanguardia comunista es capaz de analizar esas situaciones diferenciadas, ponerse al frente de las luchas y llevarlas hasta el final de una manera consecuente.

Los países dependientes políticamente independientes

Una de las consecuencias de la debilidad del capitalismo en los países emergentes es la debilidad de los Estados respectivos, sobre todo en comparación con las grandes potencias. El capital financiero, decía Lenin, es una fuerza tan considerable que es capaz de subordinar “incluso a los Estados que gozan de una independencia política completa” (2). Esta situación muestra toda una gama intermedia de situaciones de subordinación, incluida la que Lenin califica como “países dependientes políticamente independientes” (3).

La lucha de los países por sacudirse de encima esa dependencia es plenamente legítima y es lo que explica el desarrollo del movimiento de los no alineados en 1955, que siempre fue defendido e impulsado por la URSS, por otros países socialistas y por el movimiento comunista internacional.

El movimiento de países no alineados se defiende del empeño de las grandes potencias de someterlos, lo que ha desatado importantes guerras de liberación nacional, plenamente legítimas. Pero tanto los países emergentes como los movimientos de liberación no sólo se enfrentan a las grandes potencias, sino que tratan de establecer lazos diplomáticos y económicos entre ellos, formando bloques y alianzas para escapar de las trampas que les tienden los imperialistas, que van desde el golpismo hasta el expolio de propiedades.

Esas alianzas, que han adoptado formas muy diversas a lo largo del último siglo, se suelen llamar hoy “multilaterales” porque se basan en al apoyo mutuo frente a unos adversarios mucho más poderosos. Es una diplomacia horizontal que deja a las grandes potencias al margen de los acuerdos de los países emergentes. Los nuevos amigos alejan a las viejas metrópolis.

(1) El imperialismo fase superior del capitalismo, pgs.76 y 77.
(2) Idem, pg.103

(3) Idem, pg.108