“No soy adivino para vaticinar que habrá de predominar en el proceso evolutivo de esa fórmula china, que sin duda es diferente a la que predomina en el sistema imperialista-capitalista”.
En China, el Partido Comunista (PCCH) y su líder actual XI JINPING, proclaman dirigir un estado que articula “dos sistemas”.
A mi entender, que no es pleno y profundo en ese tema, se trata de la combinación de un socialismo de mercado, con propiedad estatal y social que concurre al mercado y limita el estatismo… y de un capitalismo no neoliberal, con un Estado que regula el capital privado, distribuye un crecimiento capitalista espectacular y altos niveles de ingreso para reducir pobreza; insertan la economía china en la economía capitalista mundo, con todo lo que implica esa interdependencia.
Estado y partido se mezclan en alto grado y esto determina que la política exterior de China sea más de Estado que de partido y esté muy condicionada por su expansión comercial y las inversiones y convenios a escala mundial.
El área privada de la economía determina, además, que el capital privado gravite e influya en el ejercicio del poder.
No soy adivino, ni tengo bola de cristal, para vaticinar que habrá de predominar en el proceso evolutivo de esa fórmula, que sin duda es diferente a la que predomina en el sistema imperialista-capitalista occidental ya estremecido por su crisis de decadencia y también al “Socialismo de Estado” o estatismo burocrático euro-soviético que colapsó.
China apunta a una principalía dentro de la multipolaridad mundial en gestación y desarrollo y más aún en el contexto de los BRICS y el Sur Global; y, en tanto en su caso, como en el de la Federación Rusa, está pendiente como se desarrollarían sus relaciones con el resto del mundo desde su condición de superpotencias globales predominantes; las cuales, en verdad, por el momento, pintan diferentes al nefasto historial imperialista de EEUU y las potencias imperialistas europeas-occidentales y Japón.
De todas maneras, me alegra y creo esperanzadoras estas palabras pronunciadas el 4 de marzo del 2018 por XI JINPING sobre Carlos Marx, en ocasión del bicentenario de Marx…dado el peso de su liderazgo en China y en el mundo.
Entiendo importante compartirlas hoy con ustedes, amigos lectores de esta columna:
XI JINPING SOBRE MARX
«Marx es el líder revolucionario del proletariado y de los trabajadores de todo el mundo, el principal fundador del marxismo, de los partidos marxistas y del movimiento comunista internacional, y el mayor pensador de la era moderna.
Han transcurrido dos siglos, durante los cuales la sociedad humana ha experimentado cambios profundos y trascendentales.
Sin embargo, el nombre de Marx sigue siendo venerado en todo el mundo, y sus teorías continúan irradiando su brillante luz.»…
«Estudiar a Marx requiere que estudiemos y practiquemos el pensamiento marxista sobre el progreso social.
Marx y Engels previeron que en la sociedad del futuro “la producción se calculará para proporcionar riqueza para todos” [17] y que se caracterizaría por “la participación de todos en los placeres producidos por todos”.
Engels integró una serie de ideas planteadas por Marx en el Manifiesto del Partido Comunista, la Crítica del Programa de Gotha, El Capital y otras obras, aclarando cómo, bajo las condiciones del socialismo, la sociedad debería “proporcionar a todos trabajo sano y útil, riqueza y ocio suficientes, y la libertad más verdadera y plena”.
El pueblo anhela una vida mejor, y nuestro objetivo es ayudarlo a lograrla.
Debemos mantenernos comprometidos con nuestra filosofía de desarrollo centrada en las personas, enfocarnos en los problemas más urgentes e inmediatos que más preocupan a la gente, y asegurar y mejorar constantemente sus niveles de vida.
Debemos promover la equidad y la justicia social, garantizar el acceso a servicios de mayor calidad en cuidado infantil, educación, empleo, atención médica, cuidado de personas mayores, vivienda y asistencia social, y asegurar que los beneficios de la reforma y el desarrollo repercutan equitativamente en toda la población.
De esta manera, impulsaremos un desarrollo humano integral y lograremos la prosperidad compartida para todos.»…
Y Xi Jinping concluyó de esta manera:
«Camaradas:
Hoy conmemoramos a Marx para rendir homenaje al más grande pensador de la historia de la humanidad y para proclamar nuestra firme creencia en la verdad científica del marxismo.
Engels dijo en una ocasión que «la perspectiva de una revolución gigantesca, la más gigantesca que jamás haya tenido lugar, se nos presenta en cuanto profundizamos en nuestra tesis materialista y la aplicamos a la época actual».
En el camino que tenemos por delante, debemos seguir defendiendo el marxismo y asegurar que las maravillosas perspectivas que Marx y Engels vislumbraron para la sociedad humana se desarrollen continuamente en toda China.» (Discurso pronunciado en la conferencia conmemorativa del bicentenario del nacimiento de Marx)
Aumentar la credibilidad de la amenaza de armas nucleares es necesario para despertar a Occidente de su «parasitismo estratégico»: la certeza de que la guerra no ocurrirá, de que «todo estará bien»
El vertiginoso flujo de acontecimientos, que se superponen y se anulan mutuamente, resulta confuso y dificulta la comprensión de la esencia de lo que está sucediendo. Intentaré interpretar el curso de la historia basándome en mi experiencia y conocimientos.
Ha comenzado una guerra mundial en toda regla. Sus raíces se remontan a 1917, cuando la Unión Soviética se independizó del sistema capitalista. Primero, los invasores nos atacaron, luego la Alemania nazi (y casi toda Europa) nos volvieron a atacar pero, esta vez fueron derrotados. La segunda fase comenzó en la década de 1950, cuando los pueblos de la URSS, a costa de enormes privaciones, en su lucha por garantizar su soberanía y seguridad, crearon una bomba nuclear y lograron la paridad nuclear con EEUU.
Al hacerlo, sin darnos cuenta en aquel momento, socavamos los cimientos de cinco siglos de dominio ideológico europeo/occidental, que les no había permitido saquear al resto del mundo y reprimir a las civilizaciones más avanzadas. Estos cimientos eran la superioridad militar, sobre la cual se basaba el sistema de explotación de toda la humanidad.
Desde mediados de la década de 1950, Occidente ha sufrido una derrota militar tras otra. La liberación nacional de la humanidad ha comenzado, junto con la nacionalización de los recursos acaparados por los países occidentales y sus corporaciones. El equilibrio de poder global ha empezado a inclinarse a favor de los países no occidentales.
EEUU intentó vengarse por primera vez bajo el mandato de Reagan: un rápido aumento del gasto militar con la esperanza de restaurar su superioridad, el lanzamiento del mito de la «Guerra de las Galaxias» y una intervención en la minúscula e indefensa Granada para demostrar que los estadounidenses aún podían ganar.
Y aquí Occidente tuvo suerte. Por razones internas --el debilitamiento de su núcleo ideológico y la negativa a reformar una economía nacional cada vez más ineficiente-- la Unión Soviética colapsó. El sistema capitalista global, en crisis, recibió una inyección masiva de adrenalina y glucosa: una multitud de consumidores hambrientos y mano de obra barata.
Parecía como si la historia hubiera dado un giro inesperado. La euforia se apoderó de Occidente, pero no duró mucho. Occidente, embriagado por la victoria, cometió varios errores geoestratégicos garrafales, y entonces Rusia comenzó a recuperarse, principalmente gracias a su poderío militar.
Los orígenes inmediatos de la actual guerra mundial surgieron a finales de la década de 2000. Ya bajo Obama, se proclamó la política de «EEUU Primero» --un resurgimiento del poder estadounidense--, el gasto militar comenzó a aumentar y estalló una ola de propaganda antirrusa. Moscú intentó frenar el renovado intento de venganza de Occidente reclamando Crimea, lo que provocó histeria en Occidente.
Pero no supimos aprovechar este éxito. Persistían las esperanzas de una «negociación», nos aferrábamos al «proceso de Minsk» y no queríamos que el ejército y la población se entrenaran para la guerra con Rusia en territorio ucraniano. Llegaron nuevas oleadas de sanciones y la guerra económica comenzó durante el primer mandato de Trump. Todos estábamos a la espera de que algo sucediera. Entonces, la COVID nos distrajo, probablemente un frente en la guerra que había comenzado, pero que se volvió contra el propio Occidente.
Demoramos nuestra respuesta a los intentos de venganza. Cuando finalmente comenzamos en 2022, cometimos varios errores. Entre ellos, subestimamos las intenciones de Occidente de aplastar a Rusia como causante de su fracaso histórico, para luego centrar su atención en China y reprimir nuevamente a la mayoría mundial (el Tercer Mundo, el Sur Global) liderada por la URSS y Rusia.
Subestimamos la disposición del régimen de Kiev para la guerra y el grado de autoengaño de la población ucraniana. Confiábamos en que «nuestro pueblo» estuviera allí, aunque su número al oeste del Dniéper era reducido y menguante.
Otro error fue que comenzamos a luchar contra el régimen de Kiev sin reconocer que el principal adversario y fuente de amenaza era Occidente en su conjunto, especialmente las élites europeas, que buscaban desviar la atención de sus propios fracasos e, idealmente, recuperarse de las derrotas históricas del siglo XX, sobre todo la derrota de la mayoría de los europeos que se alzaron contra la URSS bajo la bandera de Hitler.
Nuestro principal error fue la subutilización del arma más importante de nuestro arsenal, por la que pagamos con desnutrición e incluso hambruna en las décadas de 1940 y 1950: la disuasión nuclear.
Nos vimos envueltos en un conflicto denominado «operación militar especial», aceptando esencialmente las reglas impuestas: una guerra de desgaste, pero con la superioridad económica y demográfica del enemigo. La guerra adquirió un carácter de trinchera, adaptada a las tecnologías del siglo XXI.
En 2023 y 2024 intensificamos la disuasión nuclear, enviando diversas señales técnico-militares y modernizando nuestra doctrina de armas nucleares. Los estadounidenses, que bajo ninguna circunstancia pretendían luchar por Europa, especialmente cuando era posible escalar al nivel nuclear (y, por lo tanto, extender el conflicto a EEUU), comenzaron a retirarse del conflicto directo incluso bajo Biden, continuando su beneficio de la guerra y perjudicando a los europeos en el proceso. Trump, mientras se lamentaba por la necesidad de la paz, continuó con esta línea, calentándose las manos lejos de la guerra pero evitando el riesgo de una confrontación directa con Rusia.
La guerra mundial tiene actualmente dos focos principales que convergen: Europa (en torno a Ucrania) y Oriente Medio (el intento de EEUU y su aliado menor, Israel, de desestabilizar toda la región). A continuación, se sitúa el sur de Asia. Venezuela ya casi ha sido aplastada y Cuba está sufriendo un nuevo golpe.
Se necesita una nueva política
En primer lugar, hay que entender que las profundas contradicciones del sistema económico global actual, que socavan la esencia misma de la humanidad, amenazan con su destrucción. Y continuar con nuestra actual política ambigua en Ucrania, que amenaza con agotar al país, podría debilitar la fuerza y el espíritu resurgentes de Rusia.
Segundo. En el ámbito político-militar, podemos hablar de una tregua y del «espíritu de Alaska». Pero también debemos comprender la esencia de lo que está sucediendo y que la paz y el desarrollo a largo plazo para nuestro país, así como para toda la humanidad, son imposibles sin detener el intento de venganza político-militar de Occidente, con Europa nuevamente a la cabeza.
Para evitar esta venganza, debemos destruir el régimen de Kiev y liberar los territorios del sur y del este del cuasiestado de «Ucrania», cruciales para la seguridad de Rusia. Nuestros valientes soldados y comandantes de campo pueden y deben continuar la ofensiva. Pero debemos comprender que una guerra mundial no se puede ganar con la guerra de trincheras modernizada. Podríamos perder cientos de miles más de nuestros mejores hombres, esenciales para la lucha y la victoria en el próximo período histórico, extremadamente peligroso y difícil --incluso sin el conflicto ucraniano--.
Tercero. Una conclusión victoriosa del conflicto actual en Ucrania, y mucho menos evitar que se convierta en una guerra termonuclear global, es imposible sin un fortalecimiento significativo de la política de disuasión nuclear. Para lograrlo, debemos dejar de hablar de «limitación de armamentos» y resolver la cuestión de un nuevo START.
Sin embargo, los acuerdos sobre la gestión conjunta de la disuasión nuclear y la estabilidad estratégica son útiles e incluso necesarios. Debemos intensificar el desarrollo de misiles de alcance medio y estratégico, así como de otros sistemas de lanzamiento, para disuadir a Occidente de intentar recuperar su superioridad. Los adversarios deben comprender que la superioridad y la impunidad son inalcanzables.
Las armas nucleares, en cantidades óptimas y con la doctrina adecuada, imposibilitan la superioridad no nuclear y ahorran recursos a las fuerzas armadas. Nuestros sistemas de lanzamiento hipersónicos Burevestnik, Oreshnik y otros deberían convencer al enemigo de ello. Es necesario formar a una nueva generación para que los estadounidenses sepan de antemano que sus sueños de recuperar la superioridad y la capacidad de imponer su voluntad por la fuerza son poco realistas.
El aumento acelerado de la flexibilidad nuclear pretende recordar a todos que es imposible derrotar a una gran potencia nuclear mediante una carrera armamentística no nuclear o una guerra convencional. Esto, por supuesto, siempre y cuando evitemos el insensato y masivo rearme nuclear que llevaron a cabo la URSS y EEUU en la década de 1960. Fue una acción sin sentido, costosa y peligrosa. Simplemente necesitamos hacerles saber a los adversarios potenciales que una carrera armamentística es inútil e incluso suicida para ellos. Este es un tema que merece ser entablado, al menos, con los estadounidenses.
Al mismo tiempo, para frenar a un Washington que ha perdido el control, conviene modificar la doctrina sobre el uso de armas nucleares y otros tipos de armamento --si EEUU y Occidente persisten en su actual rumbo hacia una guerra mundial-- para incluir una disposición que contemple la capacidad real de atacar activos estadounidenses y europeos en el extranjero, incluso en países amigos. Deberían deshacerse de estos activos. Para lograrlo, debemos seguir desarrollando la flexibilidad de nuestro potencial militar. EEUU y Occidente dependen mucho más que nosotros de sus activos, bases y cuellos de botella logísticos y de comunicaciones en el extranjero. El enemigo debe percibir su vulnerabilidad y saber que somos conscientes de ella.
Vale la pena aprender de la experiencia de Irán al defenderse de la actual agresión estadounidense-israelí. Teherán comenzó a atacar las vulnerabilidades de su adversario, quien lo percibió y comenzó a replegarse. Los cambios en la doctrina y la postura militar hacia una mayor preparación y capacidad para ataques asimétricos fortalecerán la disuasión y tendrán un efecto civilizador en un adversario que se precipita o está a punto de lanzarse a aventuras temerarias, o que simplemente ha perdido la cabeza.
Conviene redefinir las prioridades de los objetivos de los ataques preventivos: primero los no nucleares, luego los nucleares (si fuera absolutamente necesario). Entre los primeros se encuentran no solo los centros de comunicación y mando, sino también, y de manera crucial, las concentraciones de élite, especialmente en Europa. Esto les arrebatará su sensación de impunidad. Deben saber que si continúan la guerra contra Rusia o deciden intensificar el conflicto vertical u horizontalmente, ellos y sus seres queridos serán objeto de ataques devastadores.
Para aumentar la eficacia de esta disuasión, es necesario intensificar el trabajo en el desarrollo de municiones convencionales y nucleares capaces de penetrar a mayor profundidad y probarlas. La élite, especialmente en Europa, debe saber que no puede esconderse en búnkeres ni en islas. La reciente publicación por parte de nuestro Ministerio de Defensa de una lista de empresas europeas que producen armas para el régimen de Kiev es un pequeño paso en la dirección correcta.
Ahora esta élite finge tenernos miedo. En realidad, no lo tienen, e insisten constantemente en que Rusia jamás los castigará con armas nucleares. Necesitamos infundirles un temor visceral. Quizás entonces retrocedan, o sus amos en los «estados profundos» los expulsen. Quizás las sociedades también se rebelen.
Aumentar la credibilidad de la amenaza de las armas nucleares es también necesario para despertar a estas sociedades de su «parasitismo estratégico»: la certeza de que la guerra no ocurrirá, de que «todo estará bien». Necesitamos devolverles el instinto de supervivencia a los pueblos que han olvidado la guerra y los crímenes de sus países en siglos pasados.
Es evidente que tal política es absolutamente necesaria con respecto a Alemania. Un país que desató dos guerras mundiales y es culpable de genocidio no tiene derecho a poseer «el ejército más poderoso de Europa», y mucho menos armas de destrucción masiva. Si las adquiriera, los ciudadanos alemanes deben comprender que su patria sería destruida, para que jamás más una amenaza a la paz emanara de suelo alemán.
Cuarto. Para que la amenaza sea más creíble, deben introducirse varios cambios en la doctrina de armas nucleares. Debe estipular que, en caso de agresión (o agresión continuada) por parte de un país o grupo de países con mayor potencial económico, demográfico y tecnológico que el nuestro, el mando militar ruso no solo tiene el derecho, sino la obligación de usar armas nucleares.
Esto debería comenzar, naturalmente, con una serie de ensayos nucleares (no está claro por qué esperamos a que los estadounidenses empiecen; ¿acaso intentamos complacerlos de nuevo?). A esto le seguirían ataques con municiones convencionales contra centros logísticos, puestos de mando y objetivos simbólicos. Si no cesan o toman represalias, se llevaría a cabo una serie de ataques nucleares conjuntos.
Confiar en la disuasión nuclear es esencial para bloquear el camino hacia la guerra con drones. La respuesta debe ser devastadora. Si, por ejemplo, se reanudan los ataques con misiles o drones desde Ucrania y países vecinos tras posibles acuerdos de paz o incluso una capitulación, quienes están detrás de los operadores de drones deben saber que la represalia --incluso nuclear-- los alcanzará. Entonces, ellos mismos comenzarán a perseguir a los posibles provocadores.
Quinto. Además de las medidas técnico-militares y los cambios doctrinales, para aumentar cualitativamente la credibilidad de nuestra amenaza, deberíamos proponer al Comandante Supremo en Jefe que designe de inmediato a un comandante para el teatro de operaciones europeo.
Este puesto debería ser ocupado por un general con experiencia en combate, con la autoridad y la responsabilidad de usar armas nucleares si fuera necesario. Esta persona (y su estado mayor, que debería estar integrado principalmente por oficiales que hayan servido en la guerra) debe estar preparada para tal escenario.
Sexto. Ya es hora de abandonar la tesis absurda, que beneficia principalmente a los estadounidenses, de que no puede haber vencedores en una guerra nuclear y que, si se usan armas nucleares, se producirá una escalada inevitable hacia una guerra termonuclear global.
Estas proposiciones contradicen la lógica básica y los planes militares específicos. Repito: ¡Dios no lo quiera que se usen armas nucleares! Morirán personas inocentes y el mito que salvó a la humanidad --que cualquier uso de estas armas conducirá al Armagedón universal-- se derrumbará. Pero en una guerra nuclear, especialmente en una Europa superpoblada y moralmente débil, es posible ganar. Incluso fácilmente. Pero, insisto, ¡Dios no lo quiera!
Repito: el uso de armas nucleares es un pecado grave. Pero, de hecho, abstenerse de usarlas también lo es, pues conduce a la expansión y profundización de la guerra mundial iniciada por Occidente. Si no se controla, inevitablemente terminará en la destrucción de la humanidad y, por consiguiente, en el agotamiento y la ruina de nuestro país. ¿Y por qué necesitamos un mundo sin Rusia?
Esta pregunta, planteada por Vladimir Putin, sigue siendo de gran relevancia.
Séptimo. Junto con la imperiosa necesidad de modernizar las fuerzas nucleares, especialmente la doctrina de su uso, deben adoptarse con urgencia varias medidas paralelas. Junto con China, ayudar a Irán a resistir y prevalecer. Invitación a los países de Oriente Medio, incluso al régimen israelí, cuya legitimidad ha sido socavada, a acelerar el progreso hacia la creación de un sistema de seguridad regional con garantías de Rusia, China y, posiblemente, India. Estas grandes potencias, a diferencia de EEUU y sus aliados, tienen un interés directo en la estabilidad de la región.
Octavo. Finalmente, ante el grave peligro de las próximas décadas de guerra y los intentos occidentales de venganza, conviene considerar una alianza defensiva temporal (diez años, con posible prórroga) con China. Esto sería útil para disuadir a los revanchistas y evitar que la hermana China sienta la necesidad de alcanzar la paridad nuclear estratégica con EEUU y Rusia.
Un potencial nuclear igual al nuestro, sumado a la superioridad de China en otras áreas de poder combinado (economía, demografía), podría generar temores y sospechas entre los futuros líderes rusos. Ni el pueblo ruso ni el chino necesitan esto.
Naturalmente, aún quedan muchas medidas por considerar e implementar para prevenir la propagación de una nueva guerra mundial y su escalada hasta convertirse en un conflicto termonuclear global. Sin embargo, las medidas mencionadas anteriormente probablemente sean suficientes para detener la guerra que está devastando nuestro país y, sobre todo, la deriva hacia una catástrofe mundial. Esta es una tarea urgente de trascendencia histórica global. Si no la resolvemos, nuestros descendientes (si es que quedan) y Dios no nos perdonarán nuestra pereza intelectual y cobardía.
Si bien debemos prevenir el revanchismo occidental y la escalada de una guerra mundial hacia una catástrofe universal, no debemos olvidar abordar los problemas de fondo que subyacen a la actual crisis, la más aguda del sistema mundial en la historia de la humanidad.
Estos incluyen el agotamiento del modelo económico capitalista moderno y la amenaza que representa, junto con la informatización generalizada y otras características de la civilización moderna, para la supervivencia del Homo sapiens.
* Presidente Honorario del Presidium del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Un sentimiento similar es compartido por muchos otros prominentes supuestos marxistas en el centro imperial, incluyendo de manera más notable figuras como Žižek y Fredric Jameson. De hecho, está tan extendido, incluso mucho más allá de los círculos marxianos, que la mejor síntesis de esta posición sería que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de la ideología dominante”.
Conocí a Gabriel Rockhill por casualidad, mas no por azar. Nos presentó Helen Yaffe, amiga entrañable de Cuba, en enero de este año durante el Congreso Internacional que conmemoró —en la Universidad de La Habana— los 60 años de la Conferencia Tricontinental (1966). La actual coyuntura política le agregó al evento una peculiaridad: los allí presentes estaban desafiando esa reciente manifestación de agresividad contra nuestro país que incluye la posibilidad de una agresión armada. De ahí que la confluencia no fuera por azar. Fue por convicciones.
Gabriel Rockhill —filósofo, profesor, investigador y escritor de origen estadounidense— publicó recientemente un libro que ha captado el interés de muchos. Su título ya deja entrever la complejidad de la trama: “¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?” .
Motivada por lo disruptivo de este primer volumen lo contacté con la propuesta de realizarle una entrevista para Cubadebate. Accedió sin titubear.
M: En su libro “¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?” ofrece elementos contundentes que contribuyen a desmontar al que ha sido conocido como “marxismo occidental”: ¿existe un “marxismo confiable”? ¿Qué alternativas tenemos desde Latinoamérica a este “marxismo occidental”?
GR: La expresión “marxismo occidental” no se refiere a toda la producción intelectual marxista en el mundo occidental, sino a una forma específica de marxismo que ha surgido y se ha vuelto dominante en el centro imperial. Usé la expresión “marxismo occidental” en el título porque es un punto de referencia reconocible, al menos dentro de ciertos sectores de la intelectualidad, debido a un debate generado en y alrededor de la obra de figuras como Maurice Merleau-Ponty, Perry Anderson y Domenico Losurdo.
Sin embargo, también explico en el libro que la expresión más precisa sería “marxismo imperial” porque lo que tenemos entre manos es una orientación ideológica más que una categoría geográfica o cultural rigurosa.
Además, esta terminología tiene la ventaja de especificar que el marxismo en cuestión es uno que ha sido transformado por el imperialismo en una sutil herramienta del imperio (de ahí el doble significado de marxismo imperial: es un producto del imperialismo, así como una fuerza ideológica que contribuye al imperio).
Mi libro dilucida cómo la forma dominante de marxismo que se ha desarrollado en el centro imperial ha tendido hacia el chovinismo social y la aceptación del capitalismo, e incluso con el imperialismo. Esto ha sido debido, en parte, a la formación de una aristocracia obrera en el centro, que se beneficia de las estructuras imperiales de acumulación.
Como explicó Lenin con su característica agudeza, la situación material de los trabajadores en los principales países capitalistas, que es muy superior a la de los de la periferia, los ha hecho tender ideológicamente hacia una aceptación del orden mundial imperial. Esto es, en última instancia, lo que condujo a la división en el movimiento socialista mundial entre los que llegarían a ser conocidos como socialdemócratas y aquellos que estaban dedicados, a la manera de Lenin, a romper las cadenas del imperialismo mediante el socialismo revolucionario.
Losurdo, en su libro de 2017 sobre el marxismo occidental, se basó en el diagnóstico de Lenin para demostrar que la intelectualidad de izquierda contemporánea en el centro imperial aún manifiesta la misma orientación ideológica fundamental.
Al examinar la izquierda académica afiliada directa o indirectamente con la herencia marxiana —desde la Escuela de Fráncfort y la teoría posmoderna hasta el pensamiento anglófono radical contemporáneo y más allá— Losurdo revela cómo no solo tiende al chovinismo social y al acomodo imperial, sino también, en términos prácticos, al anticomunismo.
En mi propio trabajo, me baso en los escritos de figuras como Lenin y Losurdo para desarrollar una economía política del conocimiento que examine las fuerzas materiales que impulsan la promoción de formas específicas de teoría de izquierda, como el marxismo imperial o el llamado marxismo occidental.
Lejos de ser un desarrollo intelectual autónomo que haya resultado del libre ejercicio de la razón humana individual o del así llamado mercado abierto de las ideas, la teoría de izquierda en el centro imperial ha sido moldeada y dirigida por fuerzas muy materiales, incluyendo todo el aparato institucional de producción y distribución de conocimiento (universidades, la industria editorial, el circuito de conferencias, los medios de comunicación, etc.), así como la poderosa influencia de la clase dominante a través de sus fundaciones y el Estado.
No es en absoluto casualidad que las posiciones marxistas dominantes en el centro imperial hayan sido generalmente trotskistas, socialistas libertarias, socialdemócratas, anarcocomunistas, o alguna otra versión ecléctica, en lugar de marxistas en el sentido leninista recién mencionado.
Debido tanto a las fuerzas económicas de la infraestructura como al poder ideológico de la superestructura, el marxismo ha tendido a transformarse en el centro en una forma imperial de marxismo que no solo se acomoda al capitalismo y al imperialismo, sino que también es abiertamente anticomunista y rechaza muchos, si no todos, los proyectos de construcción del Estado socialista.
Esto es particularmente claro en el caso de los principales supuestos marxistas promovidos dentro de la superestructura imperial, incluidos los teóricos de la Escuela de Fráncfort que analizo en el libro (Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse), otros marxistas occidentales prominentes, y teóricos radicales contemporáneos que a veces son descritos como posmarxistas o neomarxistas (Alain Badiou, Slavoj Žižek, Michael Hardt, Antonio Negri, etc.).
En cuanto a la cuestión de las alternativas, ¡la respuesta es un rotundo sí! Debido a los efectos del imperialismo intelectual, el marxismo del imperio ha proyectado una sombra larga y oscura sobre la rica y profunda tradición internacional del marxismo antiimperialista, que es sencillamente el marxismo en su forma auténtica.
Desde Marx y Engels hasta Lenin, Mao, Hồ Chí Minh, y tantos otros líderes que encarnaron los principales movimientos de liberación, el núcleo del marxismo siempre ha sido la lucha contra el capitalismo como sistema global de acumulación que destruye a los seres humanos y la naturaleza.
A diferencia de la parodia chovinista social y anticomunista del marxismo que es prominente y promovida en el centro imperial, el marxismo genuino es un proyecto anticolonial y antiimperialista dirigido a la liberación en el mundo real de la humanidad y la naturaleza de las garras mortales del capital.
Cuba ha hecho una contribución fundacional a esta tradición al llevar el socialismo revolucionario al hemisferio occidental. También ha fomentado una rica cultura intelectual marxista que se extiende desde la obra de figuras como Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara, Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar, hasta pensadores contemporáneos como Raúl Antonio Capote, Antonio Barreiro Vázquez, Abel Prieto y el grupo de jóvenes marxistas conocido como La Tizza.
Esta no es, por supuesto, una tradición homogénea, y hay debates importantes, así como espacio para el desacuerdo y la innovación. Sin embargo, de manera crucial, esta tradición no está limitada por el marco dogmático del marxismo imperial, que generalmente rechaza los proyectos socialistas del mundo real por considerarlos, de alguna manera, peores que el capitalismo.
M: En Cuba también nos hemos apropiado de dicho “marxismo occidental”. Las ideas de Marx y de Lenin llegaron casi de inmediato a la Isla a principios del siglo XX y la Revolución que triunfó en 1959 si bien tuvo gran influencia, sobre todo, del marxismo-leninismo soviético, expandió el acceso de todo el pueblo al estudio del marxismo en general (o de los marxismos). ¿Cómo distinguir y salvar dentro del “marxismo occidental” aquello que resulta orgánico a la lucha contra el capitalismo?
GR: Para evitar cualquier confusión que pudiera generar la expresión “marxismo occidental”, es útil distinguir entre el marxismo imperial que acabo de discutir y el marxismo propiamente dicho, que es profundamente antiimperialista.
Ciertamente, el marxismo imperial ha sido la forma dominante en el mundo occidental, si entendemos esa región más específicamente como el centro imperial de Europa Occidental, Estados Unidos y sus aliados cercanos en el proyecto imperialista global.
Sin embargo, incluso dentro del centro imperial, hay marxistas como Losurdo, Michael Parenti, John Bellamy Foster, Annie Lacroix-Riz, Saïd Bouamama y muchos otros, que son marxistas antiimperialistas.
Por eso, en última instancia, es más coherente distinguir entre dos orientaciones ideológicas, una de las cuales es poderosamente promovida por las superestructuras imperiales, en lugar de confiar en lo que parecen ser categorías geográficas.
La tradición marxista antiimperialista ha sido una fuerza importante en la periferia imperial, donde las víctimas del imperio y sus voceros orgánicos —Lenin, Mao, Fidel, etc.— han situado la cuestión colonial y el imperialismo en el centro de sus análisis, orientando el marxismo hacia la transformación práctica del mundo mediante el desarrollo del socialismo real. Sin embargo, también hay una aristocracia obrera intelectual compradora en la periferia que recibe sus órdenes de los discursos y debates dominantes en el centro.
Esta intelectualidad compradora juega un papel esencial en el imperialismo intelectual, ignorando o denigrando las formas autóctonas de teoría antiimperialista en favor de promover las últimas tendencias teóricas del imperio.
Uno de los objetivos de mi libro es clarificar las líneas de la lucha de clases teórica para superar cualquier confusión. Debido a la lucha de clases y al imperialismo intelectual, a los trabajadores de la periferia imperial a menudo se les enseña a pensar que la producción teórica de quienes son promovidos como los intelectuales líderes del mundo es más avanzada y sofisticada que la de los marxistas más comprometidos prácticamente que he mencionado.
Concretamente, esto significa que se enseña a la gente a mirar a figuras como Adorno, Marcuse, Negri, Badiou o Žižek, en lugar de a Samir Amin, Walter Rodney, Ali Kadri, Néstor Kohan o Cheng Enfu. Esto tiene la consecuencia última de confundirlos respecto a la realidad básica del imperialismo y el proyecto socialista de superarlo. Esta forma de imperialismo intelectual, por lo tanto, ayuda y favorece al imperialismo en general.
Lo que mi investigación demuestra es que las estructuras imperiales de producción y distribución de conocimiento promueven una parodia del marxismo, así como varias formas de teoría radical que pretenden superar al marxismo, las cuales, en última instancia, sirven a los intereses del imperio.
Si simplificamos al extremo, el punto es bastante fácil de comprender: el imperio no promueve un trabajo que sea perjudicial para sus intereses. Por lo tanto, mi libro busca proporcionar a los lectores una brújula teórica cuyo Polo Norte ya no sean los principales productos de la industria teórica imperial, sino más bien el trabajo revolucionario antiimperialista de la tradición marxista internacional.
M: El pesimismo cumple una función social clave a favor de la ideología capitalista que perpetúa la idea de que “exterminar el mundo es más fácil que transformarlo”. Se condicionan así la desmovilización, la desarticulación, la apatía colectiva y el rechazo al comunismo. Si a esto se suman las vicisitudes materiales de un país que como Cuba es asfixiado cotidianamente por el Bloqueo Económico, Comercial y Financiero de Estados Unidos, la capacidad de resistir va perdiendo su cualidad subversiva. ¿Qué recursos, intelectuales y prácticos, le quedan a los pueblos antiimperialistas como el cubano para no renunciar al socialismo, su alternativa para la construcción de un mundo mejor?
GR: La primera mitad de mi libro proporciona un análisis materialista de la superestructura imperial, concentrándose en el país imperialista más poderoso del mundo. Impulsada por la base económica, con la que está dialécticamente entrelazada, esta superestructura ha impuesto una ideología dominante. Esto incluye no solo una cosmovisión y un conjunto de ideas, sino también un marco perceptual, un conjunto de valores, una matriz afectiva, un sentido de la historia, prácticas “rutinizadas” y más. Los sujetos ideológicos, como he argumentado en otro lugar con Jennifer Ponce de León, están compuestos en cada dimensión de su existencia, no solo en sus ideas o cosmovisiones.
Esto nos lleva al tema del pesimismo, que fue memorablemente codificado por Mark Fisher en el título del primer capítulo de su libro “Realismo Capitalista”:
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Un sentimiento similar es compartido por muchos otros prominentes supuestos marxistas en el centro imperial, incluyendo de manera más notable figuras como Žižek y Fredric Jameson. De hecho, está tan extendido, incluso mucho más allá de los círculos marxianos, que la mejor síntesis de esta posición sería que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de la ideología dominante”.
En efecto, el mero pensamiento del fin del capitalismo es como imaginar el fin del mundo para pensadores como estos, ya que el capitalismo es el mundo vital material que sostiene su práctica teórica y los ha promovido como lumbreras principales dentro de la industria teórica imperial.
Si desapareciera, ¿qué quedaría de sus supuestas contribuciones intelectuales y de la ideología que promueven? Esta es una de las razones por las que, para ellos, es más fácil repetir la ideología dominante que resistirse a ella.
Aunque la orientación idealista de los marxistas imperiales nos anima a desplazar la realidad material por el reino ideal de la imaginación y las ideas, el fundamento mismo de la afirmación de Fisher es empíricamente incorrecto.
No se trata de “imaginar” el fin del capitalismo, sino más bien de comprender la realidad tal como es y reconocer que ya existe un proceso histórico de superación material del mismo.
Los estados socialistas han estado involucrados durante más de un siglo en el dificilísimo proceso de romper las cadenas del imperialismo y forjar proyectos de soberanía nacional que sirvan a los intereses del pueblo y no a los de los profiteers .
Esto no se trata de imaginación o proyecciones utópicas, sino de la lucha muy real, material, por construir un mundo nuevo, socialista, a partir de los restos decadentes del orden mundial imperial.
La superestructura imperial promueve la cosmovisión sintetizada por Fisher porque desarma a la gente y la anima a resignarse al sistema dominante de explotación, opresión y destrucción ecológica. Si ni siquiera es posible imaginar —y mucho menos construir— un mundo alternativo, ¿por qué esforzarse en intentarlo?
Esta aquiescencia subjetiva a las fuerzas sociales objetivas equivale a alinear la propia capacidad de acción con la del sistema dominante, en lugar de movilizarla para un proyecto autónomo. Es, literalmente, un acto de renuncia a la propia libertad.
En cuanto a los recursos disponibles para los antiimperialistas, necesitamos un análisis sobrio y de mirada clara sobre la realidad material que enfrentamos.
El imperialismo ha llevado al mundo al borde de la extinción, ya sea a través de la destrucción cataclísmica de la biosfera, el asesinato social perpetrado por un fascismo desquiciado o la posibilidad inminente de guerras de aniquilación global.
La única alternativa real y material es el socialismo. Sin embargo, la elección ya no es simplemente entre socialismo y barbarie; es socialismo o exterminio. En lugar de estar en algún mundo imaginario donde ni siquiera podemos concebir el fin del capitalismo, estamos en un mundo muy real en el que nos enfrentamos a la más cruda de las alternativas: es, literalmente, el fin del capitalismo o el fin de la vida tal como la conocemos.
Cuba nunca ha sido libre para desarrollar el socialismo. Al contrario, siempre se ha visto obligada a avanzar hacia el socialismo bajo asedio porque los imperialistas están aterrorizados por la amenaza del buen ejemplo. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, Cuba ha sacado a su población de la depauperación sistémica y la ignorancia impuestas antes de 1959, proporcionando educación, salud, vivienda, empleo y desarrollo cultural, al tiempo que fomenta una sociedad fundada en la sostenibilidad ambiental. Nada de esto ha sido fácil, y siempre ha sido a trompicones, con retrocesos y dificultades inevitables.
Dado que Cuba está trazando un territorio inexplorado, al desarrollar el socialismo revolucionario en las Américas, esto no debería sorprender en absoluto. Lo asombroso es la medida en que Cuba ha podido avanzar tanto a solo 90 millas de la principal potencia imperialista del mundo. Es un testimonio de la resiliencia y el ingenio del pueblo cubano, así como de su liderazgo, que se haya hecho tanto con tan poco y en condiciones tan arduas.
Mientras EE. UU. se mueve en una dirección cada vez más fascista, está intensificando su guerra de represión contra Cuba, en un esfuerzo por recolonizar las Américas y eliminar cualquier señal de socialismo.
Esta situación pone claramente de relieve el papel que Cuba ha jugado en el hemisferio occidental. Los cubanos —y quienes los apoyan— están en la vanguardia de la lucha por una América que sea realmente para todos nosotros, no para la clase Epstein, empeñada en dividirnos y conquistarnos para mantener su imperio del mal.
Los cubanos mantienen en alto la bandera de la humanidad en nuestro hemisferio, la bandera roja de la liberación de la destrucción imperial. Para cualquiera que no reconozca esto, podemos recordarle, haciéndose eco una vez más de la fatua afirmación de Fisher, que “es más fácil estar ciego a los logros del socialismo que ignorar la ideología dominante”.
M: En su último libro (anteriormente mencionado) también argumenta los estrechos vínculos del intelectual filomarxista Herbert Marcuse con los servicios de inteligencia estadounidense y las consecuencias de dicha colaboración. ¿Deberíamos confiar hoy en el discurso teórico, o la producción mediática, de “la izquierda” y sus intelectuales financiados por la CIA?
GR: Debemos abordar la producción intelectual desde un punto de vista dialéctico e histórico-materialista, en lugar de simplemente confiar ciegamente en las proclamas de los intelectuales santificados de la industria teórica imperial.
Si entendemos cómo opera el sistema material de producción de conocimiento en el centro imperial, que incluye sus estrechas conexiones con el Estado y con la clase capitalista dominante, entonces podemos comprender más claramente el tipo de intelectuales que este sistema tiende a producir.
Hay, por supuesto, un margen de maniobra, por lo que es importante insistir en el término tendencia: no hay un determinismo riguroso sino más bien poderosas fuerzas condicionantes.
Sin embargo, hay un nivel notable de consistencia ideológica entre los pensadores de izquierda que tienen las plataformas más grandes. Aunque a menudo tienen desacuerdos intelectuales, convergen en los temas más importantes y tienden a ser anticomunistas y acomodaticios con el capitalismo.
La Escuela de Fráncfort, que ha hecho una contribución fundacional al marxismo occidental o imperial, es un caso ejemplar. Sus figuras principales, Adorno y Horkheimer, eran anticomunistas resueltos que equiparaban a Stalin con Hitler. Eran proisraelíes y apoyaban abiertamente ciertas intervenciones militares imperiales.
También cultivaron una reputación por haber desarrollado un importante análisis del fascismo, mientras que prácticamente trabajaban —como demuestro en el libro— con muchos exnazis, integrándolos en posiciones de liderazgo dentro del Instituto de Investigación Social (el nombre oficial de la Escuela de Fráncfort). La versión de marxismo que ofrecen pone al marxismo de cabeza.
Marcuse se ganó una merecida reputación como el miembro más izquierdista de los prominentes de la Escuela de Fráncfort. Esto se debe a que se radicalizó en la década de 1960 y salió en apoyo de los movimientos antibelicistas y estudiantiles, así como de ciertas luchas por la liberación de género, sexual, racial y ecológica.
Sin embargo, al revisar el registro de archivos, descubrí que mentía regularmente sobre el trabajo que había hecho para el Estado estadounidense y sobre su relación con la CIA.
De hecho, colaboró estrechamente con la Agencia, e incluso participó en el proceso de redacción de al menos dos Estimaciones de Inteligencia Nacional (NIE, por sus siglas en inglés), el más alto nivel de inteligencia para el gobierno de EE.UU. Fue uno de los principales expertos del Departamento de Estado sobre el comunismo, y continuó trabajando con ex o actuales operativos estatales mucho después de dejar Washington. También jugó un papel principal en los proyectos de poder blando de la Fundación Rockefeller en su guerra intelectual mundial contra el comunismo.
Por ejemplo, fue la persona clave para su Proyecto de Marxismo-Leninismo, una iniciativa bien financiada que estableció una red transatlántica para la producción y diseminación de erudición marxista de corte imperial. Trabajó estrechamente con su amigo Philip Mosely en este proyecto, quien fue un consultor de alto nivel y de larga data de la CIA y director del Instituto Ruso en la Universidad de Columbia.
No es, pues, lo más mínimo sorprendente que, después de la invasión de Bahía de Cochinos, Marcuse declarara: “No cuestiono el derecho de Estados Unidos a luchar contra el comunismo en el hemisferio occidental”.
Cuando se trata de un análisis objetivo y sistémico de la lucha de clases global, no se puede confiar en figuras como Adorno, Horkheimer y Marcuse, y lo mismo podría decirse generalmente de la intelectualidad de izquierda compatible.
Esto no significa, por supuesto, que estuvieran equivocados en todo o que todo su trabajo deba ser simplemente descartado. Más bien, significa que cualquier compromiso riguroso con sus teorías debería posicionarlas claramente dentro de la totalidad social, dilucidando cómo su producción intelectual subjetiva estaba dialécticamente entrelazada con el marco objetivo de la industria teórica imperial.
Por ejemplo, es cierto que las figuras principales de la Escuela de Fráncfort desarrollaron críticas importantes al capitalismo de consumo, que pueden ser útiles. Sin embargo, si uno presta atención a sus análisis, notará una sutil orientación subjetivista.
Tienden a concentrarse en la experiencia fenomenológica de los consumidores de la capa media, como ellos mismos, no en las relaciones sociales explotadoras del sector productivo de la economía, es decir, la vida de los trabajadores.
Si lo ponemos en términos muy simples, generalmente pasaron más tiempo criticando los efectos de la industria publicitaria en la manipulación de los pensamientos y deseos de consumidores como ellos, que atacando el sistema de superexplotación y degradación global que, por poner un ejemplo, obliga a niños en el sur global a trabajar como esclavos en minas.
En cuanto a la producción mediática del imperio, no es de fiar en absoluto. Como explico detalladamente en el libro, la CIA creó un “Mighty Wurlitzer”, es decir, una red internacional de medios de comunicación que podía manejar como si fuera una máquina de discos: con solo pulsar un botón en la sede de la CIA, se reproducía la misma melodía en todo el mundo.
Este “Mighty Wurlitzer” sigue muy vivo y en plena forma, y su alcance y magnitud superan con creces lo que la mayoría de la gente imagina.
Por citar solo un ejemplo, el experto en desinformación William Schaap declaró públicamente que la CIA “poseía o controlaba unas 2500 entidades mediáticas en todo el mundo. Además, contaba con su gente, desde corresponsales hasta periodistas y editores de gran visibilidad, en prácticamente todas las principales organizaciones mediáticas”.
M:Hoy se habla, por ejemplo, de los vínculos con la élite imperial de un pensador liberal progresista como Noam Chomsky… ¿Es posible superar a la intelectualidad (académica, anticomunista, etc.) sin combatir las estructuras capitalistas globales que la producen?
GR: Esta pregunta va al corazón de mi libro. Aunque incluye análisis materialistas críticos de individuos y escuelas de pensamiento, el objetivo real es dilucidar cómo la superestructura imperial produce y reproduce sistemáticamente los mismos tipos fundamentales de intelectuales.
En otras palabras, en lugar de simplemente involucrarme en una crítica ideológica subjetiva de individuos selectos o su trabajo, ofrece también, crucialmente, una crítica ideológica objetiva del sistema material que produce y reproduce los mismos tipos de individuos, quienes luego crean un trabajo con un notable nivel de consistencia ideológica.
Un ejemplo clave de este fenómeno es la figura del recuperador radical. Este tipo de intelectual se posiciona en la izquierda y a menudo se autopresenta como radical. Generalmente son críticos del capitalismo y de ciertos aspectos de la política exterior de las principales potencias imperialistas. Sin embargo, siempre respetan —aunque haya ocasionalmente unas pocas excepciones explicables— las líneas rojas ideológicas más importantes, rechazando el socialismo realmente existente por considerarlo peor que el capitalismo.
Hay, por supuesto, diferentes grados de recuperación radical, y siempre es importante involucrarse en un análisis dialéctico para resaltar tanto las contribuciones positivas como negativas de un intelectual. Chomsky es un excelente ejemplo, y lo discutiré en un próximo libro que es parte del mismo proyecto de investigación.
El trabajo del que hemos estado hablando, “¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?”, es en realidad el primer volumen de una trilogía titulada “La guerra intelectual mundial: el marxismo contra la industria teórica imperial”. El segundo volumen, “Teoría Francesa made in USA”, saldrá el próximo año. El tercero, “La enfermedad infantil de la teoría radical”, se publicará un poco más tarde, y es en ese trabajo donde proporciono una evaluación de Chomsky.
Por el momento, permítanme decir que ciertamente es el caso que ha proporcionado críticas empíricas significativas de la política exterior de EE. UU. y de los efectos de la “corporatocracia” en los medios.
Como socialista libertario, también ha tomado posiciones públicas contra el bloqueo a Cuba, lo cual es de alabar.
Sin embargo, no hizo esto dentro del marco de una comprensión sistémica del imperialismo y la lucha para romper sus cadenas a través de proyectos de construcción del Estado socialista (como es el caso, por ejemplo, en el trabajo de su contemporáneo Michael Parenti). De hecho, Chomsky celebró la destrucción del socialismo en gran parte de la esfera soviética como el fin de una tiranía y una ocasión para regocijarse.
Como muchos han señalado, Chomsky se centró en la crítica, y su proyecto político positivo estaba lamentablemente subdesarrollado. Se autodescribía como anarcosindicalista, trazando las raíces históricas de su posición hasta el liberalismo ilustrado, pero nunca abordó coherentemente el hecho de que el proyecto de autogestión de los trabajadores siempre ha sido precario cuando está desprovisto del poder estatal.
Como tal, ha llevado a muchos lectores por un callejón sin salida, sugiriendo que lo mejor que podríamos esperar sería que una potencia imperial como EE.UU. estuviera a la altura de sus ideales autoproclamados, o que los trabajadores pudieran ejercer un control democrático a largo plazo sobre su lugar de trabajo sin tomar el poder estatal. No comprendió del todo el hecho de que los ideales liberales de EE.UU. están ahí para proporcionar cobertura a un proyecto imperial, y que es este proyecto la verdadera fuerza motriz, no su ideología.
Dado su anticomunista descarte del leninismo como una filosofía contrarrevolucionaria, claramente no comprendió la necesidad de proyectos de construcción del Estado antiimperialistas para superar los males que diagnosticó.
Las revelaciones más recientes sobre su estrecha amistad con Jeffrey Epstein siguen un patrón que ya estaba establecido.
La carrera de Chomsky está ligada de varias maneras al complejo militar-industrial-académico. Enseñó en una institución, el MIT, con profundos vínculos con el Pentágono, del cual recibía el 90 por ciento de su financiación en la década de 1960. Trabajó allí en un laboratorio militar, y la investigación lingüística que estaba haciendo fue apoyada por la Marina, la Fuerza Aérea, etc.
También tuvo muchos contactos cuestionables y era amigo del director de la CIA, John Deutsch, a quien había apoyado en su campaña para convertirse en presidente del MIT.
Aunque crítico con Israel, Chomsky habló en contra del movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) y afirmó que Israel tenía derecho a existir. No es, por lo tanto, particularmente sorprendente que fuera amigo de un operador de inteligencia sionista como Epstein, quien proporcionó asesoramiento financiero y apoyó para un premio regular en su nombre, beneficios adicionales, contactos privilegiados e intercambio intelectual.
Dada la reputación pública que Chomsky cultivó como una persona profundamente moral, no deja de ser perturbador vislumbrar cómo actuó en privado con un delincuente sexual convicto.
Volviendo al núcleo de su pregunta, el objetivo de esta trilogía es precisamente criticar las estructuras capitalistas globales que han producido una intelectualidad de este tipo. Esta es una de las razones por las que era importante para mí no limitar este proyecto de investigación a una crítica del marxismo imperial.
El segundo volumen de esta trilogía aborda la teoría francesa posmoderna, y el tercero se ocupa de las formas de teoría radical contemporánea que se basan en el marxismo imperial y/o la French Theory, que incluyen la tercera generación de la Escuela de Fráncfort, la teoría poscolonial y decolonial, la teoría queer liberal, la llamada filosofía del evento comunista de figuras como Badiou y Žižek, etc.
El objetivo es precisamente dilucidar el sistema material de producción y circulación de conocimiento que produce y reproduce una intelectualidad de izquierda que —en general— rechaza el socialismo realmente existente y se acomoda al capitalismo y al imperialismo (cuando no los defiende abiertamente).
La ideología es camaleónica. Dado que tergiversa la realidad, esta última tiende a filtrarse con el tiempo, y son necesarias nuevas formas ideológicas para disimularla.
Al evaluar críticamente la ideología dominante de la intelectualidad de izquierda imperial, quería demostrar cómo el sistema material de producción de conocimiento genera regularmente nuevas formas que son superficialmente diferentes pero comparten la misma orientación ideológica fundamental.
Al igual que en otras industrias capitalistas, la industria teórica fomenta la ilusión de progreso produciendo un vertiginoso grado de nuevos productos para el mercado —nuevo materialismo, afropesimismo, etc.— que tienen la ventaja de distraer a las personas atentas a la realidad que se había filtrado a través de formas ideológicas anteriores.
El culto a lo nuevo promovido por el capitalismo de consumo convence a muchas personas de que cada nuevo producto en el mercado merece nuestra atención, si no nuestra devoción, en lugar de reconocerlo como simplemente la última iteración de la ideología dominante.
Esto ha demostrado ser una táctica particularmente exitosa en el empeño de enviar el marxismo al basurero de la historia: ¡hay tantos discursos nuevos e innovadores que abren múltiples horizontes y conducen hacia todas las direcciones!
Consideremos el caso de la Escuela de Fráncfort y la French Theory. Dentro de la historia intelectual burguesa, generalmente se presentan como opuestos. Hay, por supuesto, diferencias significativas.
Sin embargo, lo que mi trilogía demuestra es que ambos son productos teóricos de un sistema material de producción de conocimiento dentro de la superestructura imperial que promueve el anticomunismo y el acomodo al capitalismo, e incluso al imperialismo.
A pesar de todas sus diferencias, entonces, están de acuerdo en lo más esencial. Son dos permutaciones diferentes de la ideología de izquierda dominante en el centro imperial, y deben ser reconocidas como tales.
M: ¿Será traducido el libro al español? ¿Tendrá el público cubano la posibilidad de leerlo?
GR: Sí, Nuevo Milenio está preparando una traducción al español, y el libro también será publicado por El Viejo Topo en España y quizás por otras editoriales españolas en América Latina. Néstor Kohan ha aceptado escribir el prólogo para la edición cubana. Es un honor increíble para mí, y espero que el libro pueda hacer una contribución, por pequeña que sea, a los debates en Cuba y en el mundo hispanohablante en general.
El libro en realidad comienza con una salva de apertura para toda la trilogía titulada “La cabeza del Che”. Cuenta la historia de la cacería humana global emprendida por el imperio estadounidense para localizar al Che y asesinarlo ignominiosamente, en un esfuerzo por decapitar el movimiento antiimperialista global. Pone de relieve cómo este proyecto vicioso fue de la mano con una guerra intelectual mundial contra el Che y su legado, explicando cómo activos de la CIA buscaron tomar control de partes de su legado literario y tergiversar su biografía.
Esta sección del libro proporciona, en microcosmos, una visión general de los temas principales de la guerra intelectual mundial contra el comunismo.
En términos más generales, el libro dialoga con algunas de las excelentes investigaciones contemporáneas sobre la guerra cultural, como la obra de Fernández Retamar, Capote, Barreiro y Kohan. Es esencial para este proyecto que la crítica del marxismo imperial esté en última instancia situada dentro de un proyecto positivo de reivindicación y defensa de la rica tradición internacional del marxismo antiimperialista.
Dado el papel dirigente que Cuba ha jugado en esta tradición, tanto intelectual como prácticamente, es un punto de referencia importante para este proyecto de investigación en su conjunto.
M: Usted ha visitado Cuba, condena el bloqueo estadounidense y defiende nuestra causa abiertamente en sus redes virtuales. ¿Por qué seguir apoyando a la Revolución actualmente?
GR: Soy un hijo del imperio, no un “red diaper baby” (un bebé de pañal rojo, criado en cuna roja). Además, fui entrenado en la ignorancia imperial por algunas de las llamadas instituciones líderes del mundo.
Las estructuras materiales de producción de conocimiento buscaron hacer de mí un miembro de la aristocracia obrera intelectual que ignoraba, oscurecía o tergiversaba el imperialismo, mientras denigraba y descartaba simultáneamente la alternativa socialista.
Habiendo crecido en una granja trabajando en la construcción, no nací dentro de las redes de élite que llegué a frecuentar gracias a mi educación. Aunque subjetivamente experimenté esto como ser superado por mis compañeros, ahora reconozco en retrospectiva que, objetivamente hablando, fue increíblemente beneficioso. Significaba que nunca encajaba realmente, y tendía a cuestionar cosas que otros daban por sentado como normales o naturales.
Sin embargo, también estaba profundamente afectado por la ideología de la superestructura imperial, y necesité involucrarme en un largo y a veces doloroso proceso de autocrítica para llegar a mis puntos de vista actuales. Me ayudaron en este proceso las condiciones objetivas de declive y decadencia imperial, así como mi participación en la organización práctica y la educación popular, sin mencionar la influencia perspicaz de personas cercanas a mí.
Me habían entrenado para ignorar a Cuba como irrelevante o para descartarla como corrupta. Una vez que comencé a cuestionar esta postura dogmática, encontré resistencia, en un obvio esfuerzo por mantenerme en mi lugar ideológico, por así decirlo.
Recuerdo distintamente el momento en que le pedí a uno de mis antiguos profesores, Étienne Balibar, que firmara una carta pública pidiendo el fin del bloqueo ilegal. Para su crédito, aceptó firmar la carta, que fue expresamente escrita para ser aceptable para la intelectualidad liberal.
Sin embargo, este autoproclamado marxista también envió un mensaje, copiándome, a un grupo de prominentes intelectuales de izquierda como Michael Hardt y Judith Butler insistiendo en que “la política imperialista estadounidense hacia Cuba” no debería “llevarnos a aclamar o apoyar la dictadura corrupta en que se ha convertido la Cuba ‘socialista’”.
Como supuesta prueba, proporcionó enlaces a propaganda anticubana de fuentes altamente cuestionables como la intelectualidad de “izquierda compatible” y el blog La Joven Cuba.
A pesar de resistencias como esta, continué desarrollando mis habilidades de alfabetización mediática crítica y estudiando seriamente la historia cubana, leyendo las obras de sus líderes y principales intelectuales. También exploré la rica cultura del cine, el arte y la literatura cubanos. En el proceso, aprendí por mí mismo suficiente español para poder acceder a material no traducido y romper mi dependencia del régimen de traducción imperial.
Llegué a comprender que, como explicó Eduardo Galeano en su excelente libro Patas arriba:
La escuela del mundo al revés, estaba viviendo en un mundo al revés. Casi todo lo que había oído sobre Cuba era el espejo opuesto de la realidad. Entonces me interesé cada vez más en la profundidad, amplitud y alcance de la guerra cultural contra Cuba que había moldeado —a menudo imperceptiblemente— mi cosmovisión anterior.
Leí ampliamente y aprendí mucho de autores como Fernández Retamar, Capote, Barreiro, Kohan, Helen Yaffe y muchos otros, incluyéndole a usted. También visité Cuba dos veces, para ver con mis propios ojos y aprender más directamente sobre el proceso revolucionario cubano.
La razón por la que me he detenido en los aspectos subjetivos de mi proceso de llegar a conocer la Revolución Cubana no es por razones anecdóticas o personales, sino por lo que revela sobre las condiciones objetivas y lo difícil que es contrarrestar el adoctrinamiento ideológico fomentado por la superestructura imperial. Parte de nuestra lucha es liberar a las personas de sus garras y empoderarlas para que piensen por sí mismas y reflexionen críticamente sobre las fuerzas que han moldeado sus cosmovisiones, mientras fomentamos la adhesión dogmática a ellas.
Apoyo a Cuba porque estoy del lado de la humanidad y la vida, y reconozco el papel principal que está jugando en la lucha por poner Nuestra América en manos de su pueblo, para liberarla del mortal abrazo de la clase Epstein.