sábado, 19 de septiembre de 2026

Mao, la modernización y el «Viejo tonto»

Fuentes: Rebelión


El 9 de septiembre de 1976, hace ahora cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país, aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.

Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.

Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.

Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.

El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china.

La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.

Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.

En cierto sentido, el Viejo tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.

Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?

El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los años noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.

Por eso resulta interesante contemplar los cincuenta años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos periodos.

También existen, naturalmente, importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.

El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.

La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.

Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.

Xulio Ríos acaba de publicar China, la modernización permanente (Txalaparta, 2026)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Cumbre de la OCS: En busca de caminos para terminar con el dólar

Fuentes: Observatorio de la crisis [Foto: El presidente chino, Xi Jinping, posa para una fotografía grupal con los líderes de los Estados miembros de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), en Bishkek, Kirguistán, el 1 de septiembre de 2026. (Xinhua/Wang Ye)]


Putin confirmó directamente que Rusia está ayudando a Irán a lidiar con el bloqueo naval de Trump: “Estamos tratando de brindarles toda la asistencia necesaria”.





La 25ª cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Biskek, Kirguistán, tal vez no fue tan llamativa como el evento del año pasado en Tianjin, China, pero aun así resultó notable en varios aspectos clave.

La Declaración de Biskek puede haber sido ultradiplomática. Pero los puntos principales no podrían haberse subrayado con mayor claridad.

Los miembros de la OCS condenan unánimemente el ataque de EE. UU. a Irán; apoyan la reforma del sistema financiero internacional; están comprometidos a impulsar a la OCS hacia un papel clave en el debate sobre cuestiones globales; refutan los dobles raseros en materia de terrorismo; se oponen a la injerencia en la soberanía de los Estados; y reafirman la indivisibilidad de la seguridad.

Llámelo un manifiesto euroasiático conciso, en agudo contraste con un desorientado Imperio del Caos.

Entre las dos docenas de documentos firmados en Biskek, uno destaca especialmente: el que regula el Centro Universal para Contrarrestar los Desafíos y Amenazas a la Seguridad de los Estados Miembros de la OCS. Traducción: un mecanismo para contrarrestar las guerras híbridas (y calientes) imperiales.

Además, Irán, miembro pleno de la OCS, enfatizó la urgente necesidad de establecer tanto un banco de desarrollo como un consorcio energético.

Resulta muy esclarecedor que nos vuelvan a recordar cómo las dos principales superpotencias de la OCS, Rusia y China, ven la compleja pero inexorable construcción de lo que equivale a un nuevo sistema de relaciones internacionales.

El presidente Putin señaló cómo, hoy, “la OCS es efectivamente la mayor asociación regional no solo en nuestro continente común euroasiático, sino en el mundo en su conjunto. Sus estados miembros albergan a casi la mitad de la población mundial y representan más de un tercio del PIB mundial.»

A medida que el comercio y las inversiones mutuas siguen creciendo en todo el espectro de Eurasia, Putin enfatizó cómo “el comercio de Rusia con los países de la OCS superó los 400.000 millones de dólares en 2025, mientras nuestros Estados utilizan cada vez más monedas nacionales en sus acuerdos mutuos. En las transacciones de Rusia con los miembros de la OCS, su participación ahora supera el 98 %”.

Eso es mucho más avanzado en comparación con los BRICS, la otra organización multilateral principal que impulsa la multipolaridad, cuya cumbre anual es en menos de dos semanas en Nueva Delhi.

Haciéndose eco del apoyo iraní, Putin destacó cómo el propuesto Banco de Desarrollo se está “estableciendo ahora”: debería ser “lo más independiente posible de los sistemas financieros de estados que utilizan instrumentos económicos como armas para obtener ventajas unilaterales en los asuntos internacionales”.

Eso significa que el Banco de Desarrollo de la OCS debería ser mucho más independiente que el NDB, el banco de los BRICS, cuyos estatutos están vinculados al dólar estadounidense. Ya estamos en una etapa avanzada de consultas multilaterales sobre los estatutos, el tamaño del capital y la estructura de gobernanza del banco.

Luego está la energía: Putin destacó la Estrategia de Cooperación Energética de la OCS, que se supone debe implementarse en detalle hasta 2030.

El trípode que ancla la geoeconomía china

Ahora compárelo con El presidente Xi Jinping, quien desde el principio afirmó el impulso hacia el desarrollo económico y la «prosperidad compartida»: «Debemos defender una globalización económica universalmente beneficiosa e inclusiva, consolidar la cooperación en áreas tradicionales como el comercio, la inversión, la conectividad, la energía y los recursos, y ampliar la cooperación en áreas emergentes como la inteligencia artificial, la economía digital, la industria verde y la minería verde».

Xi amplificó lo que se había anunciado el año pasado en Tianjin, definiendo a la OCS como «un área prioritaria para promover la cooperación de alta calidad en la Franja y la Ruta e implementar la Iniciativa de Desarrollo Global».

Así que este es el trípode que ancla la política geoeconómica china: la OCS, las Nuevas Rutas de la Seda y la Iniciativa para el Desarrollo Global. En la práctica, este es también el plano de un nuevo sistema de relaciones internacionales.

Xi mencionó, como parte del impulso, el Foro de Economía Digital de la OCS; la Expo Agrícola de la OCS; un “centro de cooperación internacional para aplicaciones de IA con los países miembros de la OCS”; y aumentar “la capacidad instalada de energía fotovoltaica y eólica en 10 millones de kilovatios cada una”, así como la implementación de “100 proyectos de cooperación tecnológica con otros países de la OCS en los próximos tres años”.

China es firme en privilegiar el “diálogo y la consulta”, así como una “gobernanza más equitativa y ordenada”. El principio fundamental: “Todos los países, independientemente de su tamaño, son iguales, y los asuntos regionales deben ser discutidos por todos los países para salvar las diferencias y construir un consenso.”

El Occidente colectivo y fragmentado simplemente no puede aceptar un nuevo sistema que condena resueltamente las sanciones unilaterales, el proteccionismo comercial y lo que equivale a una fragmentación basada en bloques. En cambio, la OCS, así como los BRICS y la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) son entusiastas de la conectividad.

Eso implica de todo, desde el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), que une a tres naciones de la OCS/BRICS (Rusia, Irán, India), hasta la construcción del ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán, así como oleoductos y gasoductos transfronterizos como el Fuerza de Siberia, y una serie de centros logísticos y bases de energía verde en toda Eurasia.

Lo más destacado de Bishkek fueron una vez más las reuniones bilaterales, particularmente las que involucraron al nuevo RIC (Rusia, Irán, China). La interconexión de la OCS no podría ser más evidente que a través del INSTC, que transporta el comercio ruso —petróleo, gas, carga— a través del Caspio, Irán y el Golfo Pérsico hasta la India, uno de los mercados más grandes de Rusia.

La belleza del INSTC es que tres naciones de los BRICS/SCO pueden realizar todo su comercio sin tocar un solo punto de estrangulamiento que pueda ser cerrado por Washington. En este aspecto, Irán desempeña el papel de puerta sur de Rusia dentro de una estrategia para contrarrestar la contención occidental.

Como era de esperar, no ha habido filtraciones; pero la guerra contra Irán, miembro de pleno derecho de la OCS, fue el tema principal en la mayoría de las reuniones bilaterales. Putin confirmó directamente que Rusia está ayudando a Irán a lidiar con el bloqueo naval de Trump: “Admiramos el coraje de los iraníes en esta guerra. Estamos tratando de brindarles la asistencia necesaria. Hemos discutido esto y les proporcionaremos los bienes necesarios”.

Sigue el dinero: una hoja de ruta para la OCS

Sergey Glazyev, posiblemente el principal economista de Rusia y actualmente a cargo de gestionar las relaciones del Estado de la Unión Rusia-Bielorrusia, fue directo al grano sobre lo que la OCS debería aspirar a continuación: “La amenaza de Washington de cortar a los socios de Irán del dólar es la oportunidad. La respuesta es una moneda de liquidación digital soberana (respaldada por oro primero, luego por una cesta de productos básicos) para que el comercio de la OCS ya no pase por el sistema de pagos de la OTAN”.

Glazyev señala que, para Rusia, «el vínculo con el sistema del dólar solo se mantiene gracias a la cúpula del Banco Central, que por alguna razón sigue cotizando esta divisa y denominando en ella el tipo de cambio del rublo; para otros estados de la OCS, tal ‘desconexión’ paralizaría una parte importante de sus operaciones económicas exteriores. Es el momento adecuado para presentar una propuesta de introducir una moneda de liquidación digital global, algo que los expertos rusos llevan mucho tiempo defendiendo».

Glazyev señala directamente el proyecto UNIT, cuya historia revelé hace más de 2 años:  esencialmente «una stablecoin respaldada por oro». La UNIT «se presentó al margen de la cumbre de jefes de Estado de los BRICS del año pasado, cuya próxima reunión tendrá lugar dentro de dos semanas».

El propio Glazyev ha propuesto “una moneda de liquidación digital vinculada a dos cestas: materias primas cotizadas en bolsa (duales) y las monedas de los países participantes en este sistema de pago”. Esa sería “la respuesta obvia a la amenaza estadounidense de ‘desconectar del sistema del dólar’ a los países que comercian con uno de los miembros de la OCS”.

Y la hora se acerca: “Un mayor retraso (…) conlleva el riesgo de graves pérdidas económicas para todos los países que comercian con Irán, excepto Rusia. China, India y otros estados de la OCS ahora también tienen interés en esto (…) El arma del dólar es el último instrumento del imperio. La liquidación de la OCS fuera de ese sistema es la respuesta”.

El profesor Michael Hudson, por su parte, se centra en lo que es posiblemente el problema principal: la deuda. El “atraso existente de deudas dolarizadas”, tal como él lo ve, debe ser eliminado. Y la respuesta, una vez más, debe provenir de Rusia y China:

«Si Rusia y China van a proporcionar el crédito para facilitar a sus socios comerciales y de inversión, incluidos los de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, no sería razonable que su apoyo se desviara para pagar a los tenedores de bonos extranjeros por la enorme acumulación de préstamos que han frenado el crecimiento de los países más seriamente afectados por la Guerra del Petróleo de Estados Unidos, que está en la raíz de la inestabilidad financiera y comercial internacional actual».

El profesor Hudson prevé nada menos que un nuevo orden económico financiado en gran medida por los miembros de la OCS/BRICS China, Rusia… e Irán: «Esto puede lograrse mediante acreedores que adopten una posición accionaria en las economías de los países cuya infraestructura pública financiarán a través de programas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China».

El economista estadounidense Michael Hudson sostiene que un nuevo sistema financiero euroasiático debe hacer frente a la acumulación existente de deuda denominada en dólares.

Todo se trata de préstamos para fines productivos, no de estafas que obligan a las naciones a seguir siendo servidoras de la dependencia de la deuda. Las naciones más vulnerables son «los países dependientes del petróleo y con déficit alimentario. Asia y el Sur Global. Tendrán que depender del crédito de Rusia y China, y asumir deudas con Irán que pueden estar garantizadas por China».

Esto es realista, sostiene el profesor Hudson, porque «el sistema de ayuda para el beneficio mutuo productivo compensará a China y Rusia».

Tanto Glazyev como Hudson señalan soluciones prácticas. Todavía no hemos llegado a ese punto. Pero la OCS —y posiblemente los BRICS— están trabajando en ello.

Pepe Escobar, analista geopolítico brasileño 

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2026/09/05/cumbre-de-la-ocs-en-busca-de-caminos-para-terminar-con-el-dolar/ 

¿De qué lado estás?

 
Por | 07/09/2026 | Mentiras y medios

Respuesta a la carta en "The Guardian" sobre Irán

Fuentes: Editorial de Workers World/Mundo Obrero - Imagen: Manifestación en la ciudad de 
Nueva York, 28 de febrero de 2026. /Foto de MO: Jen Kanter)


 Cuando se trata de una guerra imperialista impuesta a un país que, en el último siglo, ha sido prácticamente una posesión del Imperio británico y, posteriormente, un Estado cliente del imperialismo estadounidense, la pregunta más importante que hay que responder es: ¿De qué lado estás?

En opinión de Mundo Obrero, la tarea de los activistas y las organizaciones progresistas, especialmente los de los países imperialistas, consiste en promover, tanto en la teoría como en la práctica, estrategias unidas para debilitar y derrotar al imperialismo. El enemigo es la clase dominante de EE. UU. o de los demás países imperialistas del Norte Global. Esa tarea debe excluir las posturas hostiles hacia cualquier país que luche por su propia supervivencia y por su independencia frente a la dominación imperialista extranjera.

Manifestamos esta opinión porque una publicación británica, The Guardian, publicó el 20 de agosto una carta abierta titulada «A los presos políticos de Irán, atrapados «entre las dos hojas de unas tijeras”». El primer subtítulo bajo el título dice: «Por un lado, se enfrentan a la dominación de la República Islámica; por el otro, a las fuerzas imperialistas contra las que esa república afirma luchar».

En este editorial, expresamos en los términos más enérgicos por qué el periódico Mundo Obrero y la organización a la que representa, el Partido Mundo Obrero, condenan y se niegan a firmar esta carta abierta, y también instamos a otras fuerzas que se consideran antiimperialistas a que no añadan sus nombres.

Ya estamos siendo testigos de que algunas de las personas que firmaron la carta abierta están retirando públicamente sus firmas, lo cual es una buena señal. Esta carta está utilizando indebidamente la cuestión de la justicia para los «presos políticos» en un intento de socavar al Gobierno iraní, cuando dicho Gobierno se encuentra, simple y llanamente, en una lucha a vida o muerte para repeler la agresión imperialista.

En primer lugar, dejemos claro cuál es el papel de The Guardian. Sus editores afirman representar el periodismo «independiente». Y es cierto que The Guardian adopta en ocasiones posturas ligeramente progresistas sobre ciertos temas. Pero sigue formando parte de los medios de comunicación corporativos que se posicionan del lado del imperialismo en cuestiones fundamentales de guerra y paz.

Las posturas progresistas ocasionales de The Guardian pueden generar confusión a la hora de comprender quiénes son nuestros verdaderos aliados y quiénes nuestros verdaderos enemigos en la lucha de clases contra el imperialismo. Esto es especialmente cierto cuando se trata de una guerra, como la que Estados Unidos e Israel llevan librando contra Irán desde el 28 de febrero. El imperialismo es imperialismo, ya se ejerza con mano blanda o con mano dura.

Esta carta abierta acusa al Gobierno iraní de utilizar la guerra entre Estados Unidos e Israel para mantenerse en el poder y, al mismo tiempo, le imputa la represión de presos políticos (o de la disidencia) en Irán. La carta tiene incluso la osadía de comparar históricamente a estos presos con los presos políticos negros estadounidenses de principios de la década de 1970, periodo conocido como el «Agosto Negro», una etapa de la historia de Estados Unidos desencadenada por la difícil situación y la legítima resistencia de revolucionarios negros encarcelados, como George Jackson, que exigían la liberación nacional.

Señalamos aquí que las fuerzas imperialistas nunca han apoyado ni defendido a los presos políticos estadounidenses. ¡Nunca!

¿De qué lado estás?

Cuando se trata de una guerra imperialista impuesta a un país que, en el último siglo, ha sido prácticamente una posesión del Imperio británico y, posteriormente, un Estado cliente del imperialismo estadounidense, la pregunta más importante que hay que responder es: ¿De qué lado estás?

Desde principios del siglo XX hasta 1951, las ricas reservas de petróleo de Irán estuvieron controladas por la entonces Anglo-Iranian Oil Company (actualmente British Petroleum o BP). Esto supuso grandes beneficios para los magnates petroleros británicos, pero también extrema pobreza y represión entre las masas iraníes.

Una vez que Mohammad Mosaddegh fue elegido democráticamente como primer ministro de Irán en 1951, durante los dos años siguientes su Gobierno trató de nacionalizar los recursos del país para contribuir a mejorar el nivel de vida de la población. Sin embargo, un golpe de Estado de derechas, liderado por la CIA y el Reino Unido, derrocó violentamente al Gobierno de Mossadegh e instaló al monarca Mohammad Reza Pahlavi como sha de Irán en 1953.

Veintiséis años más tarde, la Revolución Iraní de 1979, liderada por fuerzas islámicas, derrocó el brutal régimen del sha Pahlavi, un títere complaciente del imperialismo estadounidense.

Durante los siguientes 47 años, Estados Unidos ha recurrido a medidas de carácter bélico, especialmente sanciones, en un intento por derrocar al Gobierno iraní y sustituirlo por un Gobierno proimperialista complaciente, que se plegara a los intereses corporativos de la clase dominante multimillonaria de Estados Unidos y de sus socios secundarios en Irán.

A pesar de las perjudiciales sanciones económicas impuestas por EE.UU., a pesar de los asesinatos de sus líderes, como el ayatolá Ali Hosseini Jamenei, y a pesar de los ataques militares contra la infraestructura de Irán, incluido su programa de energía nuclear, Irán está ganando la guerra contra EE. UU. y el Estado sionista de Israel. Esta resistencia iraní supone un enorme revés para un sistema imperialista ya en decadencia.

Desde el 28 de febrero, millones de iraníes han salido a las calles para defender a sus líderes, que representan su soberanía e independencia. El pueblo iraní sabe quiénes son sus verdaderos enemigos: el imperialismo estadounidense y sus aliados.

Y, francamente, los movimientos contra la guerra del Norte Global, especialmente en Estados Unidos, deberían aprender una lección del pueblo iraní. Y esa lección consiste en priorizar de qué lado se está cuando el imperialismo es el principal culpable. No se debería permitir que publicaciones proimperialistas como The Guardian dicten o desvíen la perspectiva independiente de ninguna organización ni movimiento de izquierda.

Los países del Sur Global han sufrido, tanto material como históricamente, todas las formas de desigualdad dentro de sus sociedades, causadas por el subdesarrollo económico derivado de la opresión capitalista. No hay mejor manera de mostrar solidaridad con sus pueblos que ponerse de su lado en su heroica y justa lucha contra el imperialismo.

Fuente: https://www.workers.org/2026/08/94513/

viernes, 18 de septiembre de 2026

Hacia un Desarrollo de Mayor Calidad de la Organización de Cooperación de Shanghai


 2026-09-01 

Intervención de S.E. Xi Jinping
Presidente de la República Popular China
en la XXVI Reunión del Consejo de Jefes de Estados Miembros
de la Organización de Cooperación de Shanghai

Bishkek, 1º de septiembre de 2026


Estimado Presidente Sadyr Japarov,

Colegas,

Me complace mucho reunirme con todos ustedes en Bishkek. Quiero agradecer al Presidente Japarov por sus esmerados arreglos para nuestra reunión. Desde que asumió la presidencia, Kirguistán, bajo el lema “Juntos hacia Paz, Desarrollo y Prosperidad Sostenibles”, ha llevado a cabo actividades variadas con notables éxitos. China valora altamente todo esto.

El 31 de agosto y el 1º de septiembre marcan respectivamente el 35º aniversario de la independencia de Kirguistán y Uzbekistán. Quiero expresar nuestras sinceras felicitaciones al Presidente Japarov, al Presidente Mirziyoyev y a los pueblos amigos de Kirguistán y Uzbekistán.

Este año coincide con el 25º aniversario de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Hace 25 años, reflexionando sobre las duras lecciones de la Guerra Fría, afrontando las amenazas reales de las tres fuerzas del terrorismo, el separatismo y el extremismo y atendiendo las sinceras aspiraciones del mundo por la paz y el desarrollo, los países de nuestra región llegamos a un consenso predominante de trabajar juntos para defender la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo. Nuestra organización se fundó en este contexto y ha demostrado un vigor y una vitalidad cada vez mayores.

A lo largo de estos 25 años, la OCS ha recorrido una trayectoria extraordinaria. Su mayor logro es que se ha convertido paso a paso en un nuevo tipo de organización de cooperación regional con la mayor cobertura territorial y poblacional del mundo y un enorme potencial de desarrollo. Su bien espiritual más valioso es que propuso de forma pionera y desde entonces, ha seguido invariablemente el Espíritu de Shanghai de confianza recíproca, beneficio mutuo, equidad, consulta, respeto a la diversidad de las civilizaciones y búsqueda del desarrollo común. Su experiencia de cooperación más importante es que ha encontrado la acertada manera de coexistencia marcada por la no alineación, no confrontación y no apuntación contra terceras partes, permitiendo a los países de la región construir juntos su hogar común.

Hoy en día, 25 años después, cambios nunca vistos en una centuria están acelerándose en todo el mundo. Se está intensificando la rivalidad entre el diálogo y la confrontación, las ganancias compartidas y el juego de suma cero, y el multilateralismo y el unilateralismo. Las nubes de guerra siguen acechando el mundo. Ante tal encrucijada que atañe al futuro de la humanidad, la OCS debe dar un paso al frente para asumir sus responsabilidades históricas y dirigir el rumbo hacia el futuro.

Primero, debemos mantenernos comprometidos a priorizar el desarrollo y abrir perspectivas de prosperidad compartida. Nos es menester abogar por una globalización económica universalmente beneficiosa e inclusiva, consolidar cooperación en áreas tradicionales como comercio, inversión, conectividad, energía y recursos, y ampliar cooperación en ámbitos emergentes como inteligencia artificial (IA), economía digital, industria verde y minería verde, promoviendo la profundización, la consolidación y la actualización de la cooperación regional.

China toma la OCS como un área prioritaria para promover la cooperación de la Franja y la Ruta de alta calidad e implementar la Iniciativa para el Desarrollo Global. A la luz de las necesidades de desarrollo de esta región, China va a seguir asegurando el éxito del Foro de Economía Digital de la OCS, la Exposición Agrícola de la OCS y otros eventos. China va a desarrollar un centro internacional de cooperación para la aplicación de la IA con otros países de la OCS, seguir trabajando con ellos para aumentar la capacidad instalada de energía fotovoltaica y la eólica cada una en diez millones de kilovatios, llevar a cabo 100 proyectos de cooperación tecnológica junto con otros países de la OCS en los próximos tres años, y cultivar más talentos en industria verde mediante cooperación China-OCS. China da la bienvenida a los Estados miembros interesados a participar activamente en la serie de eventos de “Gran Mercado para Todos: Exportar a China”, con vistas a captar las oportunidades del megamercado de China. Para facilitar el comercio y la logística en la región, China apoya la mejora de rendimiento y eficiencia del Corredor de Transporte Internacional Trans-Caspio, y va a establecer un centro de cooperación en economía portuaria China-OCS en Tianjin.

Segundo, debemos mantenernos comprometidos a tomar la seguridad como un objetivo clave y crear un entorno de seguridad común. Nos es menester aplicar medidas coordinadas para responder a amenazas a la seguridad tanto tradicionales como no tradicionales. Debemos luchar contra las tres fuerzas del terrorismo, el separatismo y el extremismo, crímenes organizados transnacionales, tráfico de drogas y telefraude. Debemos reforzar la cooperación en seguridad de información, bioseguridad y seguridad del espacio ultraterrestre. Nos es imperativo prevenir que las fuerzas externas interfieran en los asuntos internos de nuestros países, pongan en peligro nuestra seguridad política y socaven la estabilidad regional.

China está dispuesta a trabajar con todas las partes para practicar el concepto de seguridad común, integral, cooperativa y sostenible, y hacer de nuestra organización una importante plataforma para implementar la Iniciativa para la Seguridad Global. China aboga por el concepto de seguridad nuclear racional, coordinado y equilibrado, y apoya una fortalecida asociación multilateral para la seguridad y la protección nucleares. China apoya la pronta apertura de los cuatro centros de seguridad de la OCS, a fin de mejorar la capacidad de los Estados miembros de responder a amenazas y desafíos a la seguridad.

Tercero, debemos mantenernos comprometidos con el enfoque centrado en el pueblo y consolidar cimientos para la amistad duradera. La diversidad civilizatoria y cultural es una característica distintiva de nuestra región. Debemos apreciar plenamente la singularidad de cada país en su historia, cultura, sistema social y etapa de desarrollo, y construir redes de cooperación entre órganos legislativos, partidos políticos, instituciones educativas, think tanks, empresas y medios de comunicación, para promover los intercambios no gubernamentales y vigorizar la buena vecindad y la amistad entre los Estados miembros.

China está dispuesta a trabajar con todas las partes para implementar la Iniciativa para la Civilización Global. China apoya un mayor papel de las instituciones de amistad no gubernamentales como la Comisión de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación de la OCS. Vamos a albergar foros de la OCS sobre innovación y desarrollo sostenible, sobre amistad de pueblo a pueblo y sobre ciudades amistosas. China establecerá un centro de cooperación en educación básica China-OCS, y seguirá tendiendo puentes para intercambios, aprendizaje mutuo y conectividad de pueblo a pueblo mediante programas como Institutos Confucio y Talleres Luban.

Cuarto, debemos mantenernos comprometidos con el diálogo y la consulta y trabajar por una gobernanza más justa y ordenada. Nos es menester persistir en que todos los países son iguales, independientemente de su tamaño, y que los asuntos regionales deben ser discutidos por todos los países para superar diferencias y construir consensos, manejar adecuadamente diferencias mediante el diálogo y la consulta, y responder a desafíos comunes a través de la colaboración multilateral. China aprecia y apoya la Iniciativa de Solidaridad de Samarcanda para la Seguridad y Prosperidad Común propuesta por el Presidente Shavkat Mirziyoyev, así como la Iniciativa sobre la Unidad Mundial para la Paz Justa, la Armonía y el Desarrollo propuesta por el Presidente Kassym-Jomart Tokayev.

China apoya la cooperación modelo de nuestra organización en la práctica de la Iniciativa para la Gobernanza Global. El hecho de que la Reunión de la OCS Plus de este año se enfoque en fortalecer el rol de la ONU y construir un mundo multipolar es en sí un paso exitoso para tal fin. China hace un llamamiento a la continua mejora institucional de la OCS para aumentar la eficiencia en la toma y la ejecución de decisiones. China da la bienvenida a más países con ideas afines a convertirse en socios, en un esfuerzo conjunto para mejorar la gobernanza regional y global. Sobre Ucrania, el Medio Oriente, Afganistán y otros asuntos candentes internacionales y regionales, China se dispone a reforzar la comunicación y coordinación con todas las partes, seguir abordando tanto los síntomas como las causas raigales de estas cuestiones y promover la solución política.

Colegas,

Cuando nos guía el propósito, ningún camino es demasiado largo. Cuando nos fortalece la determinación, ninguna barrera es demasiado alta. China trabajará con todas las partes para seguir enarbolando la bandera del Espíritu de Shanghai, implementar la estrategia de desarrollo de la OCS para la próxima década y materializar un desarrollo de mayor calidad, con el objetivo de hacer mayores contribuciones para la construcción de la comunidad de futuro compartido de la humanidad.

Para concluir, felicito al Primer Ministro Shehbaz Sharif por asumir la presidencia del Consejo de Jefes de Estado. China sumará sus esfuerzos a los de todos los Estados miembros para brindar nuestro sólido apoyo a Pakistán.

Gracias.

Una mirada a China…desde China


Sergio Rodríguez Gelfenstein   septiembre 1/2026

Publicado porOctubre













Nuevamente estoy en China. Es mi décimo tercer viaje a este país tan fabuloso e intrigante. Es difícil hacerse -en pocos días- una idea total de lo que está ocurriendo pero es posible hacer una mirada somera que permita dar luces acerca de algunos de los principales hechos que exponen el interés nacional.

El país se está preparando para el próximo año 2027 cuando se conmemore el centenario de la fundación del Ejército Popular de Liberación (EPL) y se celebre el XXI Congreso Nacional del Partido Comunista de China (PCCh) donde se espera que Xi Jinping asuma un cuarto mandato como máximo dirigente del Partido en calidad de secretario general.

En el marco general, el país se mueve a partir de las decisiones tomadas en el cuarto pleno del Comité Central del PCCh que rigen las directrices políticas, económicas y sociales del decimoquinto plan quinquenal, oficializado en marzo de este año. En una economía planificada como la china, estos planes cobran especial relevancia ya que fijan los objetivos económicos y estratégicos que deben cumplirse, en este caso, en el periodo 2026-2030.

Siendo la economía la preocupación principal de las altas autoridades chinas, las claves para los próximos cinco años girarán en torno a cuatro ejes: el liderazgo científico-tecnológico, el refuerzo de la seguridad nacional –un concepto amplio que en China abarca diferentes ámbitos como el político, económico, militar o social–, la autosuficiencia y el impulso del consumo interno como motor de crecimiento.

No obstante, el PCCh no oculta los riesgos y desafíos que atraviesa el país y advierte acerca del aumento de “las incertidumbres y los factores imprevistos”. Las grandes directrices para el período son:

1. Acelerar la autosuficiencia y el auto fortalecimiento científico-tecnológico de alto nivel para liderar el desarrollo de nuevas fuerzas productivas. Todo ello en un marco de rivalidad con Estados Unidos y Occidente en el que Beijing entiende que no existen condiciones para un enfrentamiento militar directo, por lo que se preparan para una confrontación en materia tecnológica en aquellos sectores que definirán la llamada Cuarta Revolución Industrial, como los semiconductores, la robótica o la inteligencia artificial.

2. Construir un mercado interno sólido y acelerar el establecimiento de un nuevo patrón de desarrollo, una meta que no es nueva y que China aún no ha conseguido materializar del todo. El consumo privado se mantiene bajo, representando alrededor del 39% del PIB en 2023, muy por debajo de otras economías avanzadas como Estados Unidos, Japón o Alemania. Este factor explica por qué la economía china es tan dependiente del exterior y de las exportaciones, algo que consideran como una vulnerabilidad estratégica.

3. Mantener la “seguridad nacional” como pilar fundamental de todas sus estrategias, para lo cual se proponen impulsar con alta calidad la defensa nacional y la modernización militar, implementar con firmeza el concepto integral de seguridad nacional sobre la base de que “gobernar el país requiere primero gobernar al Partido, y que solo cuando el Partido prospera, el país se fortalece”. De este modo, seguirán aumentando el presupuesto en defensa para, como declaró el propio Xi Jinping, estar preparado para “ganar guerras”.

Todo ello en el contexto de una fuerte lucha contra la corrupción que ha permeado al Partido, el Estado y sobre todo al Ejército. Durante el cuarto pleno se anunció la destitución de 11 miembros titulares del Comité Central así como la expulsión de catorce altos funcionarios del PCCh. La situación de las Fuerzas Armadas ha sido una preocupación de primer nivel de las altas autoridades chinas. De los siete integrantes de la Comisión Militar Central (CMC) a finales de 2022, solo permanecen en ella Xi Jinping y Zhang Shengmin, vicepresidente segundo y encargado de la campaña anticorrupción dentro del Ejército. El año pasado fueron destituidos nueve generales de alto rango militar, incluyendo He Weidong, quien a la sazón era vicepresidente de la Comisión Militar Central, la más alta instancia militar del país, por “violar gravemente la disciplina” del PCCh.

En general, las atribulaciones más importantes que se perciben en el país dicen relación con la necesidad de mantener la estabilidad política, la situación económica, el manejo de la Inteligencia Artificial (IA) que está teniendo repercusiones en el empleo, sobre todo en el estamento de los más jóvenes de la sociedad y la necesidad de mantener y elevar el bienestar del pueblo.

La situación económica signada por la deflación producida por una reducción de la demanda interna así como la búsqueda de lograr estabilidad en el empleo son tal vez los problemas de primer orden que debe enfrentar el gobierno. Por ello se han propuesto diversificar la economía pasando de un modelo centrado principalmente en el sector inmobiliario a otro en el que se está estimulando otro tipo de industrias en particular las de alta tecnología. En ese marco, hay un esfuerzo superlativo en el desarrollo de la IA, la robótica y los semi conductores.

En el plano internacional, la relación con Estados Unidos copa la mayor parte del interés del PCCh, el gobierno y el Estado, sobre todo en aquello que tiene que ver con la injerencia de Washington en Taiwán que como es sabido Beijing considera un asunto interno. No obstante que China se ha propuesto una reversión de la isla a su soberanía por vías pacíficas, ha establecido claramente la posibilidad de utilizar instrumentos armados para lograrlo en caso que intenciones independentistas dentro de Taiwán cobren mayor protagonismo amenazando con un cambio en el status actual.

La otra gran preocupación de China en materia internacional es el desbordado incremento de corrientes militaristas en Japón tras la llegada al poder de la primera ministra Sanae Takaichi. Rompiendo los acuerdos firmados tras el fin de la segunda guerra mundial, el gobierno japonés ha llegado incluso a insinuar el inicio de los trabajos para desarrollar armamento atómico, explícitamente prohibido tras su derrota militar a mediados del siglo pasado. Las declaraciones de Takaichi, ligando la estabilidad de Japón a la de Taiwán han colocado las relaciones bilaterales en un punto crítico.

Precisamente, durante esta semana una delegación parlamentaria japonesa integrada por un legislador del partido oficialista y dos de la oposición están en China con el objetivo de recomponer los lazos tras estos comentarios de la primera ministra Takaichi sobre Taiwán, que enfurecieron a China provocando tensiones que se han extendido a la economía.

En el plano multilateral, Beijing se ha comprometido a apoyar a la ONU como instrumento válido para mantener la paz, sostener el derecho internacional y servir como herramienta básica para la solución y superación de las controversias a través de la negociación y el diálogo.

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Clase, autonomía y constitución del sujeto revolucionario

 

Por Agustín Guillamón   4 de septiembre de 2026


La cuestión del proletariado como sujeto revolucionario no puede resolverse ni mediante la nostalgia de las formas que el movimiento obrero tuvo en otro tiempo ni mediante la afirmación de que, puesto que aquellas formas han desaparecido, también ha desaparecido la clase cuya existencia expresaban.

Ambas posiciones parten de una misma confusión: identifican la existencia de una clase con las formas históricas mediante las cuales, en determinadas condiciones, esa clase llegó a reconocerse, organizarse y actuar políticamente. Pero una forma histórica puede ser destruida sin que desaparezca la relación social que la hizo posible, del mismo modo que una clase puede existir objetivamente sin haber alcanzado todavía la capacidad política de actuar como clase. Entre ambas cosas existe una diferencia que no es secundaria, porque en ella se encuentra precisamente el problema de nuestro tiempo: comprender por qué el proletariado sigue existiendo y, al mismo tiempo, por qué ha dejado de existir, en gran medida, como fuerza capaz de reconocerse a sí misma y enfrentarse conscientemente a las relaciones sociales que determinan su existencia.

Para comprenderlo hay que comenzar por la relación material que constituye a las clases y no por la conciencia que los individuos tienen de ella. El proletariado no existe porque millones de personas reciban un salario, ni porque compartan una determinada condición cultural, ni porque se reconozcan bajo un nombre común. Existe porque una parte de la sociedad se encuentra separada de las condiciones objetivas que le permitirían producir y reproducir autónomamente su vida y, para poder vivir, tiene que vender su fuerza de trabajo a quienes controlan esas condiciones. La relación salarial no es simplemente un intercambio entre individuos jurídicamente libres, sino la forma mediante la cual se reproduce una separación fundamental: de un lado, quienes disponen de los medios de producción y pueden comprar fuerza de trabajo; del otro, quienes, privados de esos medios, necesitan vender su capacidad de trabajar para obtener los medios necesarios para su existencia. La clase no aparece, por tanto, después de que los individuos hayan tomado conciencia de pertenecer a ella; existe antes de esa conciencia, como una relación social que se impone a los individuos independientemente de lo que éstos piensen acerca de ella.

Esto es lo que significa afirmar que el proletariado existe objetivamente. No se trata de atribuirle una esencia eterna ni de sostener que todo aquel que recibe un salario ocupa exactamente la misma posición dentro de la sociedad, sino de reconocer que, bajo el capitalismo, la reproducción de la vida de una parte fundamental de la población depende de la venta de su fuerza de trabajo y que esa fuerza es comprada y utilizada dentro de un proceso cuyo fin no es simplemente satisfacer las necesidades de quienes trabajan, sino producir y reproducir capital. El trabajador entra en ese proceso como propietario de su fuerza de trabajo, pero no de las condiciones en que puede utilizarla; el capitalista dispone de esas condiciones, compra aquella fuerza y la incorpora a un proceso de producción del que obtiene un valor superior al que adelanta bajo la forma del salario. La relación entre ambos no depende de que ninguno de ellos tenga conciencia de pertenecer a una clase: se reproduce cada día mediante la producción, el salario y la necesidad de volver a vender la fuerza de trabajo para poder continuar viviendo.

Por eso la clase no es una identidad que pueda ser adoptada o abandonada a voluntad. Un trabajador puede no considerarse proletario, puede identificarse políticamente con intereses contrarios a los suyos, puede aspirar individualmente a convertirse en propietario, puede rechazar toda idea de lucha de clases y puede incluso defender conscientemente el orden que lo somete; nada de ello modifica por sí mismo la relación material en la que se encuentra. Del mismo modo, quien posee los medios de producción puede no reconocerse como miembro de una clase dominante y considerarse simplemente un empresario, un inversor o un individuo que ha triunfado por su propio esfuerzo; pero su conciencia tampoco modifica la posición que ocupa dentro de las relaciones sociales. Las clases no existen primero en la conciencia para producir después sus relaciones materiales; son esas relaciones materiales las que proporcionan el fundamento sobre el cual puede desarrollarse, o no desarrollarse, una conciencia de clase.

Pero precisamente aquí comienza la dificultad. Que una clase exista objetivamente no significa que exista como sujeto político. La misma relación que une materialmente a los trabajadores puede mantenerlos separados en la experiencia inmediata de su existencia. El capital los reúne dentro de una producción social cada vez más interdependiente y, al mismo tiempo, los enfrenta en la competencia por el empleo, por el salario y por las condiciones necesarias para reproducir su vida. Los trabajadores dependen unos de otros en el proceso general de producción, pero cada uno depende individualmente de encontrar un comprador para su fuerza de trabajo. Lo que desde el punto de vista del capital aparece como una totalidad organizada se presenta desde el punto de vista del trabajador como una sucesión de relaciones particulares: una empresa, un contrato, un alquiler, una deuda, una jornada laboral, una amenaza de despido, una factura que pagar. La totalidad existe materialmente, pero no aparece necesariamente como totalidad en la experiencia de quienes la soportan.

Aquí reside una de las grandes fuerzas del capitalismo: consigue que quienes se encuentran unidos objetivamente por una relación social aparezcan separados subjetivamente por las formas concretas mediante las cuales esa relación se reproduce. El trabajador que pierde su empleo puede interpretar su situación como un fracaso personal; quien no puede pagar el alquiler puede considerarlo un problema privado; quien acepta jornadas cada vez más largas puede creer que se encuentra simplemente ante una exigencia particular de su empresa. La competencia convierte una relación común en una multitud de experiencias separadas y la necesidad inmediata de sobrevivir dificulta precisamente aquella comprensión de conjunto que permitiría reconocer la causa común de esas experiencias.

De ahí que la conciencia de clase no pueda deducirse mecánicamente de la existencia de la clase. La posición proletaria contiene la posibilidad de una conciencia común, pero no la produce automáticamente. El trabajador no se convierte en revolucionario por el mero hecho de ser explotado, del mismo modo que una multitud de individuos sometidos a una misma relación no constituye por ese solo hecho una fuerza colectiva. Para que esa posibilidad se realice tiene que producirse algo que no está contenido de manera inmediata en la posición económica: los individuos tienen que entrar en relación entre sí a través de la lucha, tienen que descubrir que aquello que padecen separadamente puede ser enfrentado colectivamente y tienen que experimentar en la práctica una fuerza que no podían conocer mientras permanecían aislados.

Por eso la lucha de clases no debe entenderse únicamente como el enfrentamiento entre dos sujetos ya constituidos. Es también el proceso mediante el cual una clase puede llegar a constituirse políticamente. Cuando unos trabajadores interrumpen colectivamente el trabajo para impedir una reducción salarial, cuando se niegan a aceptar un despido, cuando ocupan un espacio para impedir un desahucio o cuando quienes viven una misma situación comienzan a organizarse para hacerla frente, no están simplemente expresando una conciencia que ya poseían. Están produciendo una experiencia nueva. Descubren que la relación que cada uno mantenía individualmente con el capitalista puede transformarse cuando interviene una acción colectiva; descubren que el poder que parecía pertenecer exclusivamente al empresario depende también de que los trabajadores continúen produciendo; descubren que una necesidad privada puede convertirse en una reivindicación común y que la solidaridad no es solamente una disposición moral, sino una capacidad material para modificar una relación de fuerzas.

La lucha produce, así, una transformación en la propia relación entre quienes luchan. Allí donde antes había trabajadores separados por la competencia comienza a existir una experiencia común; allí donde había miedo individual aparece una capacidad colectiva de resistencia; allí donde cada cual veía únicamente su propia situación empieza a hacerse visible una relación social que afecta a muchos. La conciencia no llega desde fuera para iluminar una realidad que permanece idéntica: se transforma la propia experiencia de la realidad cuando los individuos empiezan a actuar sobre ella conjuntamente. Por eso una clase puede existir objetivamente antes de reconocerse como tal y, sin embargo, sólo puede constituirse como sujeto político mediante un proceso histórico de luchas en el que esa existencia objetiva comienza a convertirse en conciencia, organización y fuerza.

Esto permite comprender también por qué la derrota del antiguo movimiento obrero tiene un significado tan profundo y por qué, al mismo tiempo, no puede ser confundida con la desaparición del proletariado. El capitalismo no destruyó una clase que hubiera dejado de existir, sino muchas de las condiciones históricas que habían permitido a esa clase reconocerse y organizarse de una determinada manera. La gran concentración industrial, las comunidades obreras, determinadas formas de estabilidad laboral, las organizaciones sindicales y políticas de masas, las tradiciones culturales compartidas y las formas de sociabilidad construidas alrededor del trabajo fueron el resultado de condiciones históricas concretas. Cuando esas condiciones fueron transformadas por la reestructuración capitalista, la deslocalización, la fragmentación productiva, la precarización y la transformación tecnológica, aquellas formas comenzaron a perder la base material que había permitido su reproducción.

No podemos recuperar ese mundo mediante la voluntad.

La nostalgia por las formas desaparecidas no puede devolvernos las condiciones que las hicieron posibles. Pero tampoco podemos aceptar que su destrucción demuestre que el proletariado ha dejado de existir. Lo que ha sido destruido es una determinada forma de constitución política de la clase, no la relación social que continúa produciendo trabajadores separados de los medios de producción y dependientes de la venta de su fuerza de trabajo. El problema que se abre ante nosotros no consiste, por tanto, en reconstruir el antiguo movimiento obrero bajo nuevas denominaciones, sino en comprender qué formas de organización y de lucha pueden surgir de las condiciones actuales y cómo pueden volver a convertir una existencia objetiva fragmentada en una fuerza colectiva.

Éste es el punto en el que la cuestión de la autonomía se vuelve inseparable de la cuestión de clase.

Si la clase sólo puede constituirse políticamente mediante sus propias experiencias de lucha, entonces la actividad mediante la cual se constituye no puede ser sustituida indefinidamente por una organización que actúe en su nombre. Una organización puede ser necesaria para conservar experiencias, coordinar fuerzas, transmitir conocimientos y hacer posible una acción que los individuos aislados no podrían realizar; pero esa necesidad no convierte a la organización en sujeto de la emancipación. Cuando quienes participan en una lucha delegan permanentemente en otros la capacidad de decidir sobre ella, aquellos que reciben esa delegación comienzan a ocupar una posición diferente de quienes los han delegado. Acumulan información, relaciones, recursos y conocimientos; adquieren una capacidad de decisión que los demás dejan de ejercer directamente; y lo que inicialmente era una diferencia funcional puede convertirse progresivamente en una diferencia de poder.

El proceso es conocido. Una organización creada para servir a la lucha desarrolla intereses propios en conservarse; quienes desempeñan funciones temporales se convierten en especialistas permanentes; la representación deja de ser una función revocable y comienza a convertirse en una posición; la necesidad de coordinar exige concentrar información y decisiones; la concentración facilita la eficacia inmediata, pero puede producir una separación creciente entre quienes dirigen y quienes ejecutan. Llegado cierto punto, la organización puede encontrarse defendiendo su propia existencia como institución incluso cuando esa existencia comienza a entrar en contradicción con la capacidad autónoma de quienes originalmente la crearon.

No se trata de un accidente que pueda atribuirse a la corrupción personal de determinados dirigentes. Es una tendencia que nace de la propia separación entre función y poder cuando esa separación se estabiliza. Precisamente por eso la emancipación de los trabajadores no puede consistir simplemente en sustituir una dirección por otra, ni en encontrar dirigentes más honestos que los anteriores. Si la relación fundamental permanece intacta, la capacidad de decidir seguirá concentrándose fuera de aquellos que deben emanciparse. La autonomía no es entonces una cuestión de pureza organizativa, sino una exigencia que se deriva del propio contenido de la emancipación: si los trabajadores han de dejar de estar sometidos a poderes que deciden sobre sus vidas, no pueden conquistar esa emancipación mediante la construcción de un poder separado que decida permanentemente por ellos.

Pero la autonomía contiene una dificultad que no puede resolverse simplemente afirmándola. Una lucha puede ser autónoma y, sin embargo, permanecer encerrada dentro de las condiciones particulares que la originaron. Una asamblea puede decidir colectivamente y no disponer de ninguna capacidad para modificar las relaciones económicas que existen fuera de ella. Una comunidad puede construir formas de cooperación diferentes y seguir dependiendo del mercado para obtener aquello que no puede producir por sí misma. Un colectivo puede conquistar una mejora real y, al mismo tiempo, permanecer sometido a las relaciones generales que permiten que el capital continúe reproduciéndose.

Esto ocurre porque el capital no está organizado como una suma de espacios particulares, sino como una relación social que atraviesa y conecta esos espacios. El trabajador de una empresa depende de procesos que se desarrollan en otras empresas y en otros territorios; la producción depende de redes de transporte, energía, crédito y distribución; la reproducción de la fuerza de trabajo depende de la vivienda, los cuidados, los servicios públicos y una multitud de actividades que no aparecen directamente como producción industrial, pero sin las cuales la producción capitalista no podría mantenerse. Una lucha particular puede alterar una parte de esa red, pero mientras permanezca aislada no puede modificar las relaciones generales de las que depende.

Por eso la autonomía necesita generalización.

No significa esto que todas las luchas deban adquirir la misma forma ni que una organización central deba absorberlas en una estructura única. Significa algo más concreto: que las luchas tienen que poder establecer entre sí relaciones que les permitan aumentar su capacidad de acción sin perder el control sobre sí mismas. Una huelga puede encontrar otra huelga; una lucha por la vivienda puede relacionarse con trabajadores que producen o mantienen los espacios de los que depende esa vivienda; quienes luchan contra la precariedad pueden descubrir que la misma relación que padecen aparece bajo formas diferentes en otros sectores; quienes sostienen tareas de reproducción social pueden reconocer la dependencia que existe entre su actividad y el conjunto de la producción.

La generalización no consiste en borrar las diferencias entre esas experiencias, sino en descubrir la relación material que permite que una pueda convertirse en fuerza para las otras. La solidaridad deja entonces de ser una declaración de principios y se transforma en una capacidad concreta. Una lucha deja de depender exclusivamente de sus propias fuerzas cuando puede apoyarse en otras; una victoria deja de ser un resultado particular cuando puede abrir posibilidades en otros lugares; una derrota deja de ser una pérdida absoluta cuando la experiencia adquirida puede transmitirse a quienes continúan luchando.

Aquí aparece nuevamente la cuestión del proletariado. No porque toda lucha deba ser reducida a una reivindicación salarial ni porque exista una jerarquía moral entre diferentes formas de resistencia, sino porque la posibilidad de generalizar las luchas depende finalmente de las relaciones materiales que las atraviesan. El capitalismo necesita que una multitud de actividades diferentes funcionen conjuntamente y, precisamente por ello, produce una dependencia mutua que puede convertirse en un punto de apoyo para la acción colectiva. Allí donde la producción y la reproducción social dependen del trabajo de millones de personas, existe una posibilidad de fuerza que ninguna lucha particular posee por sí sola.

La centralidad proletaria no significa, por tanto, que la fábrica sea el único lugar de la lucha ni que todos los conflictos deban subordinarse a la lucha salarial. Significa que la transformación de la sociedad tiene que enfrentarse a las relaciones materiales mediante las cuales el capital reproduce su poder y que esas relaciones atraviesan el conjunto de la vida social. El proletariado es central no porque posea una superioridad moral ni porque la historia le haya concedido una misión, sino porque su posición dentro de la reproducción capitalista contiene una capacidad objetiva de interrupción y transformación que ninguna política puede ignorar si pretende superar realmente el capitalismo.

Pero esa capacidad objetiva tampoco se convierte por sí sola en fuerza revolucionaria. El capital puede disponer de millones de trabajadores y, al mismo tiempo, mantenerlos divididos. Puede sustituir unos por otros, trasladar procesos productivos, enfrentar empresas y territorios, utilizar las diferencias salariales, precarizar el empleo y hacer que la dependencia mutua aparezca como competencia. Por eso la cuestión no consiste en descubrir una fuerza ya existente y esperar a que se manifieste, sino en crear mediante las luchas las condiciones en las que esa fuerza pueda reconocerse y actuar.

Es aquí donde las posiciones de Amorós e Ibáñez adquieren todo su interés.

Amorós ha insistido en la profundidad de la destrucción del antiguo mundo obrero y en la imposibilidad de recuperar mediante una simple continuidad ideológica las condiciones que hicieron posible el viejo movimiento proletario. Esta crítica resulta indispensable porque impide confundir la fidelidad a una tradición con la reproducción de las condiciones materiales que la hicieron posible. No podemos reconstruir artificialmente las antiguas comunidades ni devolver a las organizaciones actuales la función que tuvieron cuando existía una estructura social diferente.

Pero reconocer la profundidad de la derrota no permite convertirla en el horizonte definitivo de la historia. Si la desaparición del antiguo mundo obrero se interpreta como desaparición de toda posibilidad de recomposición proletaria, entonces la derrota deja de ser un objeto de análisis y se convierte en una conclusión anticipada sobre el futuro. El capitalismo habría conseguido entonces no sólo destruir una forma histórica de organización, sino imponer a quienes han sufrido esa destrucción la convicción de que ninguna otra forma puede surgir de sus propias contradicciones. La crítica de las condiciones desaparecidas es necesaria; hacer de su desaparición una teoría de la imposibilidad es otra cosa.

Ibáñez parte de una dificultad diferente y también necesaria: la imposibilidad de reducir las luchas contemporáneas a una figura homogénea del proletariado, como si todas las formas de dominación pudieran ser subsumidas sin más bajo la experiencia de un mismo sujeto histórico. La atención a la pluralidad de resistencias permite comprender mejor una realidad social mucho más compleja y evita convertir una categoría histórica en una identidad abstracta.

Pero la pluralidad de las resistencias tampoco resuelve el problema de la fuerza. El capitalismo puede soportar y hasta integrar una multiplicidad de conflictos siempre que éstos permanezcan suficientemente separados, porque puede negociar con ellos, institucionalizar sus demandas, absorber sus formas de expresión y transformar sus resultados en nuevas condiciones de reproducción. La existencia de muchas resistencias demuestra que el orden social produce contradicciones; no demuestra que esas contradicciones hayan encontrado todavía la forma política capaz de enfrentarlas como una fuerza común.

Por eso no podemos elegir entre el proletariado, concebido como sujeto ya constituido y una multiplicidad de luchas condenadas a permanecer dispersas. El primer camino convierte una posibilidad histórica en una identidad preestablecida; el segundo renuncia a explicar cómo las resistencias pueden adquirir una fuerza capaz de transformar las relaciones generales que las producen. El problema real se encuentra entre ambos: una clase existe objetivamente, pero tiene que constituirse políticamente; las luchas son múltiples, pero pueden encontrar relaciones que les permitan generalizarse; la autonomía es indispensable, pero no puede confundirse con el aislamiento; la organización es necesaria, pero no puede convertirse en un poder separado de quienes la necesitan.

De esta manera podemos comprender con mayor precisión qué significa afirmar que la clase se constituye en la lucha. La lucha no crea desde cero la relación de clase, porque esa relación existe antes de que los trabajadores se reconozcan en ella. Lo que la lucha puede crear es la posibilidad de que quienes ocupan objetivamente una posición común comiencen a actuar como una fuerza consciente de esa posición. La lucha convierte una relación objetiva en una experiencia compartida; esa experiencia puede producir conciencia; la conciencia puede producir organización; la organización puede conservar y ampliar la fuerza; y la extensión de esa fuerza puede hacer posible una nueva experiencia de unidad. No se trata de un proceso lineal ni inevitable, sino de un proceso abierto, atravesado por derrotas, recuperaciones, conflictos internos, retrocesos y nuevas posibilidades.

Por eso una política revolucionaria no puede esperar a que ese proceso haya terminado para intervenir en él. No existe un momento en el que la clase aparezca completamente formada y, sólo entonces, comience la tarea política. La constitución de la clase es precisamente el terreno sobre el que esa tarea debe desarrollarse. Allí donde aparece un conflicto existe la posibilidad de que permanezca encerrado en sus límites inmediatos, pero también existe la posibilidad de que produzca nuevas relaciones entre quienes participan en él y entre ellos y otros sectores. Lo que importa es favorecer las condiciones que permiten que esa segunda posibilidad se desarrolle.

Esto exige una práctica militante que no sustituya la iniciativa de quienes luchan, sino que contribuya a hacerla más consciente, más organizada y más capaz de relacionarse con otras. La militancia no consiste en llevar desde fuera una conciencia que los demás no poseen, sino en participar en la elaboración colectiva de una experiencia; no consiste en proporcionar una dirección permanente, sino en contribuir a que las propias luchas puedan encontrar formas de coordinación; no consiste en construir una organización destinada a representar a la clase, sino en desarrollar capacidades que permitan a quienes luchan conservar y ampliar su propia fuerza.

El criterio para juzgar una organización debería ser, por tanto, sencillo aunque sus consecuencias sean exigentes: si aumenta la capacidad autónoma de quienes participan en la lucha, sirve a la emancipación; si sustituye progresivamente esa capacidad por la suya propia, comienza a reproducir la relación que pretendía superar. La organización no debe ser medida por su tamaño, por su permanencia ni por su capacidad para hablar en nombre de muchos, sino por aquello que deja en manos de quienes luchan una vez que la organización ha cumplido su función.

Esto también modifica nuestra relación con la derrota. Si una lucha termina y quienes participaron en ella quedan exactamente dónde estaban, sin haber adquirido una experiencia, una relación, un conocimiento o una capacidad organizativa que pueda ser utilizada en el futuro, la derrota se consume completamente. Pero si la experiencia puede ser transmitida, si quienes participaron conservan vínculos con otros conflictos, si han aprendido a reconocer las formas de separación mediante las cuales el adversario pudo vencerlos y si la siguiente lucha comienza con una fuerza mayor que la anterior, entonces incluso una derrota puede formar parte de un proceso de constitución.

Lo mismo ocurre con la victoria. Una conquista inmediata puede mejorar las condiciones de existencia y, sin embargo, no modificar sustancialmente las relaciones que producen esas condiciones. Una victoria adquiere una dimensión diferente cuando permite ampliar la capacidad de quienes luchan, establecer nuevas relaciones y abrir conflictos que antes parecían imposibles. Lo decisivo no es, por tanto, medir cada lucha según la distancia que la separa de una revolución concebida como acontecimiento final, sino preguntarse qué capacidades produce y si esas capacidades aumentan o disminuyen la posibilidad de una transformación más amplia.

El capital se reproduce acumulando fuerza, conocimiento, recursos y capacidad de reorganización. También las luchas necesitan acumular experiencia. Pero esta acumulación no puede adoptar la misma forma que la acumulación capitalista. No puede consistir en la concentración permanente de poder en una organización separada. Tiene que consistir en la extensión de las capacidades de quienes luchan, en la transmisión de experiencias y en la creación de relaciones que permitan que una lucha no vuelva a comenzar desde cero.

Ésta es quizá la tarea más difícil que tenemos delante: construir una fuerza común sin construir un poder separado.

Si renunciamos a la generalización, cada lucha queda expuesta al aislamiento y el capital puede derrotarlas una a una. Si renunciamos a la autonomía, la generalización puede convertirse en centralización burocrática y la fuerza colectiva puede terminar siendo administrada por una instancia que ya no depende de quienes la producen. La dificultad no puede resolverse eliminando uno de los términos. Hay que sostener la tensión entre ambos y construir formas organizativas capaces de hacer de ella una fuerza.

No existe una fórmula que garantice ese resultado.

No existe una estructura inmune a la burocratización ni una organización que pueda prometer que jamás se separará de quienes la sostienen. La autonomía tampoco puede quedar asegurada por una determinada forma institucional, porque cualquier forma puede convertirse en una relación de poder si quienes participan en ella dejan de controlar sus decisiones. La única garantía posible es una práctica permanente de control, participación, circulación de funciones, revocabilidad y capacidad para transformar las propias estructuras cuando dejan de servir a la lucha.

Esto es insuficiente frente a la magnitud de la tarea.

Pero precisamente ahí reside la seriedad del problema. No tenemos una máquina histórica que conduzca automáticamente a la revolución, ni una organización que pueda sustituir la actividad de millones de personas, ni una forma de vida autónoma capaz de escapar por sí misma de las relaciones generales del capital. Tenemos una clase objetivamente existente pero políticamente fragmentada, unas luchas que aparecen dispersas y una posibilidad de recomposición que sólo puede realizarse mediante la práctica.

No sabemos qué forma adoptará esa recomposición. No sabemos qué conflictos serán capaces de abrirla. No sabemos qué organizaciones sobrevivirán a la prueba de la lucha sin separarse de ella. No sabemos qué derrotas serán necesarias ni qué victorias conseguirán abrir un camino más amplio. Pero la ausencia de esas certezas no modifica la estructura del problema. Mientras exista una sociedad en la que quienes producen no controlan las condiciones de su propia existencia, mientras la vida dependa de la venta de la fuerza de trabajo y mientras la producción social esté subordinada a la valorización del capital, existirán las condiciones materiales de una contradicción que ninguna derrota histórica puede abolir definitivamente. Lo que no está garantizado es que quienes ocupan esa posición sean capaces de reconocerse, organizarse y actuar sobre ella.

Ahí reside nuestra responsabilidad.

No en anunciar que la revolución llegará, porque no tenemos semejante conocimiento; tampoco en declarar que ya no puede llegar, porque ninguna derrota histórica nos concede ese derecho, y tampoco se les concede a Amorós ni a Ibáñez. Nuestra responsabilidad consiste en trabajar sobre las condiciones presentes de su posibilidad, allí donde las relaciones sociales producen conflicto, allí donde los individuos descubren que sus problemas no son únicamente suyos, allí donde una lucha comienza a transformar las relaciones entre quienes participan en ella y allí donde una experiencia puede encontrar otra experiencia semejante.

La cuestión no es esperar. La cuestión es intervenir en ese proceso.

Intervenir significa contribuir a que una lucha pueda comprender las relaciones que la determinan sin imponerle desde fuera una conciencia prefabricada; significa ayudar a que quienes participan puedan conservar el control de sus propias decisiones; significa establecer vínculos entre conflictos que el capital mantiene separados; significa hacer circular experiencias y conocimientos; significa impedir que la coordinación se convierta en representación permanente y que la representación se transforme en poder; significa, en definitiva, trabajar para que cada lucha pueda dejar tras de sí algo más que el resultado inmediato de su conflicto.

Porque si el proletariado existe objetivamente como una clase producida por las relaciones capitalistas, sólo podrá convertirse en sujeto revolucionario mediante una práctica en la que esa existencia común se transforme en conciencia, organización y fuerza; y si esa fuerza ha de ser realmente emancipadora, tendrá que conservar en manos de quienes la producen la capacidad de decidir sobre ella y, al mismo tiempo, encontrar los medios para superar el aislamiento en el que el capital mantiene divididas sus experiencias.

Ésta es la relación que debemos establecer entre clase y autonomía: no dos principios que puedan sumarse desde fuera, sino dos dimensiones de un mismo proceso. La clase necesita autonomía porque sólo puede emanciparse si desarrolla su propia capacidad de acción y de decisión; la autonomía necesita generalización porque ninguna experiencia particular puede abolir por sí sola las relaciones sociales que la rodean; la generalización necesita organización porque las fuerzas dispersas no se convierten espontáneamente en una fuerza común; y la organización necesita permanecer bajo el control de quienes luchan porque, cuando adquiere una existencia separada, corre el riesgo de convertirse en el poder que sustituye precisamente a la fuerza que debía organizar.

La revolución no comienza cuando una clase ya constituida se presenta ante la historia como un sujeto acabado. Comienza mucho antes, en el momento en que quienes viven separados por las formas de la sociedad capitalista empiezan a descubrir, a través de la lucha, que su separación no es su destino; en el momento en que una reivindicación particular revela una relación general; en el momento en que una derrota deja una experiencia que puede ser utilizada en otra parte; en el momento en que una organización deja de ser simplemente un instrumento para convertirse en una capacidad colectiva que permanece en manos de quienes la han creado.

No podemos saber hasta dónde llegará ese proceso. Pero sí podemos decidir si contribuimos a cerrarlo o a abrirlo.

La derrota del viejo movimiento obrero no nos obliga a reconstruirlo ni nos autoriza a enterrarlo todo con él. Nos obliga a comprender qué condiciones hicieron posible su existencia, qué fuerzas lo destruyeron, qué contradicciones permanecen y qué formas nuevas pueden surgir de ellas. La clase no ha desaparecido porque haya perdido las formas históricas mediante las cuales se reconocía; tampoco se ha convertido automáticamente en sujeto por el simple hecho de seguir existiendo objetivamente.

Entre ambas cosas se encuentra todo el terreno de la lucha. Y es en ese terreno donde debemos situarnos.

No sabemos qué forma tendrá la fuerza capaz de transformar las relaciones sociales que hoy parecen imponerse como una segunda naturaleza. Sabemos, sin embargo, que no podrá ser construida desde fuera de la clase, que no podrá surgir de la separación entre quienes deciden y quienes obedecen y que tampoco podrá nacer de la suma indefinida de luchas incapaces de encontrarse. Tendrá que surgir de la experiencia concreta mediante la cual los trabajadores, en sus diferentes condiciones de existencia, descubran las relaciones que los unen, construyan formas de organización que permanezcan bajo su control y encuentren los medios para extender cada conflicto más allá de los límites que inicialmente lo contienen.

No se trata, por tanto, de esperar a que aparezca el sujeto revolucionario ni de inventarlo mediante una teoría que pretenda hablar en su nombre; se trata de participar en las luchas mediante las cuales una clase que existe objetivamente puede comenzar a reconocerse en su propia fuerza, transformar esa fuerza en organización sin entregarla a un poder separado y extenderla hasta el punto en que aquello que hoy aparece como una multitud de vidas sometidas, dispersas y obligadas a luchar por separado pueda convertirse en una fuerza consciente de que las relaciones que la producen como clase son también las relaciones que puede llegar a abolir.

El proletariado existe; pero sólo luchando, organizándose y extendiendo su lucha podrá dejar de ser una clase sometida para convertirse en la fuerza capaz de abolir todas las clases. Su victoria no es perpetuarse como clase, sino autodestruirse en el mismo momento de conquistar la libertad para toda la humanidad.

El capital nos enfrenta, nos fragmenta y nos obliga a combatir por separado. Nuestra tarea es hacer de esa separación un problema, de cada conflicto una experiencia y de cada experiencia una fuerza común. No sabemos de antemano qué forma tendrá esa fuerza. Pero sabemos que no aparecerá por sí sola. Se construirá en la lucha, en la organización autónoma y en la capacidad de extender cada combate más allá de sus límites inmediatos.

¿Bandera blanca o bandera negra? Ésa es la cuestión: aceptar la derrota como definitiva o hacer de la lucha de clases el camino hacia la abolición de las clases.

Agustín Guillamón.
Barcelona, septiembre de 2026.Principio del formulario