martes, 24 de febrero de 2026

Nota sobre dos errores y una omisión en el informe de la Comisión Política del PCE del 29/01/2026


Alonso Gallardo militante comunista asturiano 
 
febrero del 2026

Si los núcleos y comités de los distintos niveles tuvieran organicidad estatutaria con sus reuniones ordinarias quizás no fuese necesario comentarlo públicamente, porque lo normal sería que cada comité local o superior tuviera su blog donde se publicaran las resoluciones, acuerdos o debates, en torno a las decisiones adoptadas por los órganos superiores o surgidas en las organizaciones de base partidaria, sindicales y sociales. Pero como no existe ninguna organicidad en el ámbito local que me muevo la única posibilidad es el debate público, cosa que a muchos molesta pero creo que Lenin coincidiría conmigo en que mejor público que secreto, porque a los comunistas solo la verdad nos hace revolucionarios, por eso y porque el debate sincero y desde el respeto por muy fuerte que sea la discrepancia, no nos debilita, al revés, nos hace más fuerte entre los sectores más conscientes de la clase trabajadora, porque son a los que nos dirigimos por ser más libres e independientes en lo político e ideológico de la oligarquía imperialista dominante y del resto de clases sociales.

El primer error que destaco del informe es, que la caracterización del enemigo principal de la clase trabajadora española y de la humanidad no es Trump, no es su personalidad supremacista, racista y misógina, solo es el personaje elegido por un sector de la oligarquía imperialista de EE.UU con un amplio apoyo social, para que ejecute las políticas que modifiquen la tendencia a la decadencia económica, política y tecnológica de los monopolios industriales, comunicacionales, financieros y de servicios hasta ahora fracasadas y que, independientemente de que otros sectores ligados a los demócrata no lo apoyen, solo discrepan de la forma pública de presentación no de las de fondo, porque independientemente de la táctica bipartidista que los diferencia, conforman la oligarquía mundial colonial e imperialista dominante, que viendo la decadencia de su hegemonía política, económica y militar ante China, Rusia y los BRICS+, por el colapso del sistema de capitalismo de mercado monopolizado ante la competencia de China y el Sur Global, han desatado caos y guerras en el planeta para impedir su caída y la rendición de cuentas, mediante la amenaza de su capacidad militar nuclear y en todo esto la oligarquía yanqui está unida frente a su enemigo principal: la China socialista y el Sur Global. Quizás este artículo de Jair de Souza economista y escritor nos ayude un poco: La locura es inherente al capitalismo, no es exclusiva de Trump

Como segundo error sitúo, que la discrepancia con el gobierno iraní por ser teocrático y autoritario, que persigue a la izquierda y restringe libertades y derechos a la mujer, así sin matices, manifiesta de entrada una posición subjetiva construida sobre los supuestos que el imperialismo construye como relato, para el aislamiento internacional y el bloqueo económico de Irán desde su revolución. Todo lo relacionado con su cultura islámica se denuncia sobre la base de la cultura grecorromana católica occidental tan patriarcal y machista como la musulmana, pero lejos de las construcciones modernas fundamentalistas dominantes en las monarquías árabes, construidas bajo el dominio colonial e imperialista de Europa y EE.UU, para el dominio y control del petróleo y sus riquezas naturales y todo lo referente a la figura del ayatolá Alí Jamenei como jefe de un estado burgués, forma parte de la recuperación de su cultura y soberanía como identidad histórica, por el dominio que Gran Bretaña ejerció apoyado por los EE.UU hasta la revolución islamista de 1979, estando reglado el papel del ayatolá como líder supremo, con funciones diferentes a la inviolabilidad de una monarquía como la española que, en estos momentos disfruta de un gobierno progresista en línea occidental como el español, que intentando legislar para combatir el bloqueo yanqui aprobó una subida de tasas e impuestos a las grandes fortunas y empresas, provocando la movilización de los comerciantes de los bazares a los cuales abastecen, sumándose a ella las organizaciones terroristas mercenarias, dirigidas por agentes infiltrados de la CIA, el Mossad y otras agencias europeas para provocar actos terroristas y caos social, explicado y virilizado en los medios serios y profesionales de comunicación y entregada copia a todas las embajadas y a la ONU; y la represión a sectores de la izquierda está ligada por su posición con respecto al imperialismo yanqui-occidental como principal enemigo del pueblo iraní, obviando comunistas y cierta izquierda en su lucha contra la burguesía nacional, la experiencia de leninista de Mao en su lucha contra el imperialismo enemigo principal en defensa de la soberanía nacional. Aquí dejo un artículo reciente de Alberto Cruz, periodista y escritor que desarrolla bien el tema: La trampa estratégica para EEUU en Irán

Y la omisión, se centra en el olvido que se hace dentro de la prioridad de impedir la llegada al gobierno de la derecha y la ultraderecha fascista, fortaleciendo la política de unidad y confluencia de la izquierda, lo que considero de lo más acertado de la estrategia y la táctica del PCE, pero todo queda en un problema de voluntades e inteligencia de cuadros y dirigentes del PCE y de reformistas de izquierda, que siendo sinceros, han necesitado hasta ahora de los medios de comunicación de los sectores liberales del PSOE para salir a la luz públicamente a falta de medios propios. Pero, que es lo que lleva fallando desde el abandono de la batalla electoral por el PCE delegando en las siglas de IU allá por el año 1986; que todo el esfuerzo político de la militancia, cuadros y dirigentes del PCE se dedica a la actividad institucional, continuando de hecho con el abandono de la línea política de masas de trabajo en las organizaciones obreras, iniciada por el eurocomunismo en los años setenta y seis con la consolidación interna de las tesis revisionistas del XX Congreso del PCUS, mediante la conversión de las células en agrupaciones territoriales para dar la batalla electoral. En los estatutos todavía quedan rescoldos de la línea política de trabajo en las organizaciones de masas, al mantener tres condiciones para ser militante del PCE: pagar la cuota, asistir a las reuniones del núcleo donde milita y participar de una organización obrera sindical o vecinal. Para un buen entender, lo que nos dicen los estatutos es que debemos recuperar la línea política de masas, perdida bajo el olvido de la lucha de clases y el pacto social y a la clase trabajadora como principal sujeto transformador. 

Rusia e India en la estrategia de poder regional de China

                                                                          


¿Cómo se mueve China con estos dos grandes actores regionales y globales?


 
Eduardo García Granado       23/02/2026 

Es indudable que Estados Unidos se halla inmerso en una nueva reformulación imperial. La doctrina del Pivot to Asia, que marcó el rumbo de la política exterior imperialista de Washington entre 2009 y 2025, está abriendo paso a una nueva doctrina: la del repliegue hemisférico. No obstante, erra tozudamente cualquiera que piense que Asia-Pacífico —o el Indo-Pacífico, como prefieren los norteamericanos— no tiene cabida en la política exterior estadounidense de las próximas décadas.

Muy al contrario, Estados Unidos reconoce en su Estrategia de Defensa Nacional la centralidad de la región. De hecho, sigue considerándola (con razón) como la región central en la geopolítica contemporánea y reconoce (también con razón) una evidencia: que el Este de Asia, y muy particularmente el espacio económico, político y geoestratégico desde el estrecho de Malaca hasta Japón —es decir, las costas orientales del Sudeste asiático y de China, la península de Corea, Japón, la isla de Taiwán, los mares Amarillo, de China Oriental y (con especial importancia) el de la China Meridional— es el punto sobre el que pivota el área económica más importante del mundo.

Lo que parece cambiar con Trump no es la centralidad que se le otorga al Asia-Pacífico en tanto región, mucho menos en los diagnósticos de los expertos que definen las prioridades de la política exterior estadounidense. Lo que está cambiando es el abordaje de esta misma realidad: se apuesta por garantizar un acceso a Estados Unidos en esta zona, preferentemente evitando el conflicto, al mismo tiempo que Washington toma control por la fuerza del continente americano precisamente para dotarse de una “espalda” fuerte y poder afrontar los retos imperiales del futuro que, muy a menudo, se darán en esta misma región que Estados Unidos define como Indo-Pacífico.

Rusia espera que China respalde —aunque sea por omisión— los intereses estratégicos de Moscú en Europa; Pekín espera que Rusia haga lo propio en el Asia-Pacífico

En cualquier caso, e independientemente de los análisis sobre la posición estadounidense en Asia-Pacífico, lo cierto es que China lleva mucho tiempo percibiendo como amenazante el Pivot to Asia estadounidense. A decir verdad, tanto los precedentes de Washington en el mundo como las propias declaraciones de los sucesivos presidentes y secretarios de Estado estadounidenses dan la razón a Pekín.  Hay numerosos actores que dan forma a la estrategia china en Asia, pero dos de ellos suelen perfilarse de forma muy poco acertada: Rusia e India

El “amigo” ruso

El caso ruso es enormemente particular. Aunque nunca ha tomado la forma de una alianza como tal, en la práctica la amistad sino-rusa es profunda y, sobre todo, crucial. Para Pekín, mantener a Moscú como un aliado de facto le proporciona lo que se conoce como profundidad estratégica y brinda a la República Popular de China influencia y protección en el entorno euroasiático. Todo ello en un contexto en el que Xi Jinping no ha hecho sino profundizar la apuesta de sus predecesores de reforzar las capacidades del Ejército de Liberación y en el que Estados Unidos ha reforzado su sistema de alianzas en la región —véanse, entre otros, el QUAD y el AUKUS—.

El progresivo aislamiento impuesto por Occidente contra Rusia ha favorecido la profundización de esta relación. De alguna forma, Rusia espera que China respalde —aunque sea por omisión— los intereses estratégicos de Moscú en Europa; Pekín espera que Rusia haga lo propio en el Asia-Pacífico.

Son llamativos varios fenómenos como la cooperación sino-rusa en la estratégica ciudad portuaria de Vladivostok, en el Mar de Japón, los crecientes lazos de China con repúblicas ex soviéticas de Asia Central o la aceptación de Moscú de un papel relativamente subordinado (que no súbdito) a China tanto en la Organización de Cooperación de Shanghai como en BRICS. Rusia entiende la dimensión sistémica del crecimiento de China y acepta tácticamente el papel de Pekín en el mundo.

Atrás parecen quedar los tiempos en los que las disputas fronterizas entre China y Rusia constituían verdaderamente un escollo en las relaciones entre ambas. Probablemente ha sido el “desempate” natural de las fuerzas con el paso del tiempo en favor del Pekín del Partido Comunista en contraste con el estancamiento del Moscú post-socialista el que ha decantado la balanza. Mientras China es la única gran potencia que constituye un reto integral para el imperialismo estadounidense —y empuja, cada vez en mayor medida, hacia el establecimiento de algo parecido a un orden bipolar—, Rusia conserva poder de presión en un único campo: la fuerza militar.

Así, el enfoque chino hacia Rusia es paradigmático. De la misma forma que Moscú constituye, de alguna forma, una ambigua profundidad estratégica para Pekín en la arena internacional, otros de sus “amigos” —puesto que China prefiere omitir las alianzas bilaterales formales— hacen lo propio. Corea del Norte, con quien Pekín siempre ha guardado una distancia notable, en la práctica contribuye casi sin querer a la disuasión china frente a Washington. Irán y Pakistán también… algo reseñable considerando que Islamabad tiene armas nucleares y brinda a China acceso al muy estratégico puerto de Gwadar, en el océano Índico.

El multialineamiento indio

En los últimos meses, el gobierno supremacista hindú de Narendra Modi en la India ha firmado acuerdos estratégicos —tanto económicos como de asociación bilateral— con actores como la Unión Europea o Filipinas. Estos acuerdos, junto al resto de los que se han firmado durante la era Modi, son parte de su estrategia de multialineamiento para la India.

En el caso de China, tras las disputas fronterizas entre ambos en el año 2020, en Nueva Delhi tomaron buena nota de los riesgos asociados a llevarse mal con Pekín. Evidentemente, si las tensiones bilaterales condujeran a algún tipo de conflagración bélica directa, sería Estados Unidos, en primer lugar, y Pakistán, en segundo, quienes más interés tendrían en una cronificación del conflicto que pudiera desgastar tanto a las fuerzas armadas de ambos Estados como a su población.

A China le preocupa la afinidad estratégica entre Estados Unidos e India; a India le preocupa la alianza de facto entre China y Pakistán

Al mismo tiempo, tanto India como China son dos actores económicamente decisivos el uno para el otro. Pekín mira al sur y encuentra un mercado descomunal para colocar sus productos; Nueva Delhi mira al norte y ve un suministrador de insumos sin los que algunos sectores de su economía no podrían funcionar.

Modi se ha acercado a China, ha comprado petróleo ruso, ha firmado un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea e incluso ha delineado un verdadero eje Tokio-Nueva Delhi. Forma parte del Cuadrilátero de Seguridad en el Indopacífico (QUAD) junto a Estados Unidos, Australia y Japón, participa en la Organización de Cooperación de Shanghai y es la “I” de BRICS.

A China le preocupa la afinidad estratégica entre Estados Unidos e India; a India le preocupa la alianza de facto entre China y Pakistán. A este peculiar ajedrez juegan las autoridades de los dos países más poblados del mundo, consciente uno de que está llamado a ser la potencia hegemónica del Índico y la otra a serlo en el Asia-Pacífico y, quién sabe, tal vez en todo el mundo.

Esta dinámica no tiene por qué tranquilizar a China, aunque establece una suerte de equilibrio tenso permanente que puede “ir tirando” siempre y cuando India siga considerando más favorable dejarse querer por el resto de los actores en lugar de alinearse con Estados Unidos. En este sentido, las relaciones entre ambos están marcadas no solo por el peso demográfico y económico que, evidentemente, comparten, sino también por sus históricos conflictos fronterizos que, al menos en la actualidad, ambos convienen en dejar aparcados.

Es difícil pensar que China pueda en algún momento conseguir que India acepte ser su “hermano pequeño”. Muy por el contrario, algo que probablemente refuerce que ambos Estados se respeten y convengan actuar permanentemente como dique de contención regional son las palancas que ambos tienen en relación al otro: Pakistán, por un lado, y el QUAD, por el otro. 

El Lince: Algo está pasando aquí, y puede ser bueno


febrero del 2026


La lucha entre los euroatlánticos y euroasiáticos en Rusia está adquiriendo rasgos épicos. En los últimos 10 días hemos visto cuatro apariciones del mejor ministro de Asuntos Exteriores del mundo, Lavrov, diciendo cosas que están en las antípodas del manido discurso que mantienen los euroatlánticos. Todo lo que dice Lavrov se resume en una frase: el «espíritu de Anchorage» está prácticamente muerto. Es decir, que el acuerdo al que llegaron Putin y Trump en Alaska en agosto del año pasado es ya agua pasada.


En castellano, la expresión «espíritu de un acuerdo» se refiere a la «intención, propósito o finalidad subyacente que las partes perseguían al firmarlo». Es decir, que la cosa se refiere tanto al por qué como al para qué. El por qué es la superioridad rusa en el campo de batalla en el país 404, antes conocido como Ucrania. El para qué es para iniciar un hipotético proceso de paz. Según lo que va soltando el sector euroasiático, Rusia aceptó la propuesta de Trump de controlar todo el Donbás (Donetsk y Luganks) y no ir más allá de lo que ha logrado en Jersón y Zaporoje (nombre ruso). Es decir, tal y como os comenté en octubre del año pasado, lo que aceptó es la medalla de plata rechazando la medalla de oro.

En esas apariciones de Lavrov, entrevistas y reuniones, lo que dijo fue muy extenso: desde el orden económico emergente hasta la guerra en el país 404 y lo enmarcó en la poca fiabilidad de EEUU como socio negociador. Esta expresión, hecha el día 9 y apoyada por el Ejército, ha sido determinante para la reacción de los euroatlánticos diciendo que no es así. O que todavía no es así. El contraataque declarativo ha venido del portavoz del Kremlin, Peskov, y ha sido expresamente apoyado por Kirill Dmitriev (el único negociador con EEUU, directamente nombrado por Putin) y los oligarcas rusos.

Lo que dijo Lavrov fue lo siguiente: «A pesar de todas las declaraciones de la administración del presidente Donald Trump en el sentido de que la guerra en Ucrania iniciada por el presidente Biden debe terminar, que debemos llegar a un acuerdo y eliminarla de la agenda, y que supuestamente entonces veremos perspectivas brillantes y claras de inversión mutuamente beneficiosa entre Rusia y Estados Unidos y otras interacciones, la administración no ha cuestionado todas las leyes adoptadas por Joe Biden para ‘castigar’ a Rusia tras el inicio de la operación militar especial. En abril de 2025, prorrogaron la Orden Ejecutiva 14024, sobre el régimen de emergencia, cuyo núcleo es el ‘castigo’ a Rusia y las sanciones contra nuestro país, incluyendo la congelación de las reservas rusas de oro y divisas. Ese documento menciona ‘actividades extranjeras perjudiciales del Gobierno de la Federación Rusa’. Los ejemplos incluyen los esfuerzos para socavar la celebración de elecciones en Estados Unidos (algo que el presidente estadounidense Donald Trump rechaza a diario, rechazando categóricamente todo esto) y la violación del derecho internacional y los derechos humanos. ¡Allí encontrarán de todo!

Todo esto es puro ‘bidenismo’, que el presidente Trump y su equipo rechazan. Sin embargo, han logrado aprobar fácilmente la ley y las sanciones contra Rusia, que siguen vigentes. Han impuesto sanciones contra Lukoil y Rosneft. Y lo hicieron en otoño, un par de semanas después de una fructífera reunión entre el presidente Putin y el presidente Trump en Anchorage. Nos dicen que el problema de Ucrania debe resolverse. En Anchorage, aceptamos la propuesta estadounidense. Si la consideramos ‘caballeros’, significa que la propusieron y la aceptamos, por lo que el problema pudo resolverse. El presidente Putin ha dicho en numerosas ocasiones que a Rusia no le importa lo que digan Ucrania y Europa; podemos ver claramente la rusofobia primitiva de la mayoría de los regímenes de la Unión Europea, con raras excepciones. La postura estadounidense era importante para nosotrosAl aceptar su propuesta, parece que hemos completado la tarea de resolver el problema ucraniano y avanzar hacia una cooperación a gran escala, amplia y mutuamente beneficiosa.

Hasta ahora, la realidad es todo lo contrario: se imponen nuevas sanciones y se libra una ‘guerra’ contra los petroleros en alta mar, violando la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Intentan prohibir a India y a nuestros demás socios comprar recursos energéticos rusos baratos y asequibles (Europa lleva mucho tiempo vetada) y los obligan a comprar GNL estadounidense a precios exorbitantes. Esto significa que los estadounidenses se han impuesto el objetivo de lograr el dominio económico. Además, si bien aparentemente presentaron una propuesta con respecto a Ucrania y estábamos dispuestos a aceptarla (ahora no lo están), tampoco vemos un futuro prometedor en el ámbito económico. Los estadounidenses quieren controlar todas las rutas para abastecer de recursos energéticos a los principales países del mundo y a todos los continentes.»

El contraataque de Peskov fue ese mismo día: «El ‘espíritu de Anchorage’ refleja un conjunto de entendimientos mutuos entre Rusia y Estados Unidos capaces de lograr un avance significativo, incluyendo el acuerdo entre Moscú y Kiev. Existe una amplia gama de entendimientos alcanzados en Anchorage, que ya se discutieron incluso antes de Anchorage, durante la visita del Sr. Witkoff. Y fue después de esto que surgió la necesidad de una cumbre. Este conjunto de entendimientos alcanzados es precisamente el espíritu de Anchorage. Estos entendimientos, alcanzados en Anchorage, son fundamentales, y son estos entendimientos los que pueden impulsar el proceso de solución y permitir un avance significativo». 

Observad que uno habla en pasado y otro en presente. Los euroatlánticos se aferran a eso contra toda evidencia, como bien refleja Lavrov. Entre otras cosas, porque han pasado 7 meses y EEUU no ha cumplido nada de lo supuestamente acordado.

El revuelo causado por todo esto es tan grave que hasta Rusia Today ha tenido que salir, dos días después, a decir que «esta es la política de doble vía de Washington: diálogo en el papel, presión en la práctica. En Moscú, esa contradicción se ha cristalizado en una división del trabajo. Un grupo de funcionarios continúa probando el compromiso transaccional con Washington. Otro ha comenzado a decir abiertamente que no es posible. En una vía está Kirill Dmitriev, el financiero educado en Harvard y director del fondo soberano de riqueza de Rusia, encargado de mantener el diálogo y explorar acuerdos económicos a gran escala con Occidente. En la otra está Sergei Lavrov, estimado diplomático y el ministro de Asuntos Exteriores con más años de servicio en el mundo. Él es cada vez más el hombre que dice públicamente lo que Moscú cree en privado: que Estados Unidos está negociando en palabras mientras escala en la práctica. Ese contraste ha salido a la luz tras una serie de entrevistas que Lavrov concedió respectivamente a RT, TV BRICS y en declaraciones públicas posteriores”. 

Supongamos que es así, que hay una división del trabajo. Pero entonces no se entiende cómo Lavrov volvió a la carga el día 11, el mismo del artículo de RT, diciendo que «los dramáticos acontecimientos de principios de este año, incluyendo la invasión armada de Venezuela por parte de Estados Unidos, la escalada de la presión estadounidense sobre Cuba, los intentos de desestabilizar la situación en Irán y la crisis en torno a Groenlandia —todos ellos vistos y escuchados—, han confirmado nuestra evaluación de que el mundo ha entrado en una era de cambios rápidos y profundos. Algunos expertos incluso afirman que es una era de agitación. Sin embargo, algo está claro: no se trata de un acontecimiento fugaz ni temporal, sino de una nueva fase en el desarrollo global, quizás incluso una era que podría durar muchos años, incluso décadas. Nos solidarizamos con los pueblos de Venezuela y Cuba, quienes, como se mencionó anteriormente, se encuentran bajo una fuerte presión externa. Nos proponemos brindar a nuestros amigos todo el apoyo necesario, junto con otros socios afines: todos aquellos para quienes los ideales de libertad, igualdad soberana, autodeterminación de las naciones y democracia en los asuntos internacionales no son meras palabras«. 

Lavrov está poniendo los puntos sobre las íes y está obligando al Kremlin a ir mucho más allá de lo que quiere en su pretensión de no molestar a EEUU. A Trump, en concreto. Por eso, después de una tímida condena al nuevo bloqueo contra Cuba, ahora se habla de enviar directamente petroleros a la isla para paliar la falta de combustible. Aquí hay que remarcar que el último envío de petróleo ruso a Cuba fue… ¡en febrero de 2025! Entonces fueron 100.000 toneladas, ahora no se ha dicho la cantidad.

Por cierto, y esto va para los miopes, todo lo que se está diciendo de Claudia Sheinbaum y el apoyo de México a Cuba hay que matizarlo: el envío de ayuda calificada de humanitaria está bien, pero es insuficiente. México había estado enviando alrededor de 22.000 barriles de petróleo diarios a la isla, pero esa cifra se redujo a unos 7.000 hacia finales de 2025 tras el secuestro de Maduro y las amenazas de Trump.

Volviendo a Rusia, hay un acuerdo de cooperación técnico-militar con Cuba. El envío de petróleo debería enmarcarse ahí y no como hace México de «ayuda humanitaria». Será interesante ver cómo se hace, si de esta forma para no enfadar a Trump o enfrentándole directamente. Porque la ayuda humanitaria por sí sola no resolverá el problema en más de unos meses. Se necesitan medidas más drásticas. Por ejemplo, ¿cómo responderá Rusia al bloqueo naval y aéreo estadounidense de la isla? ¿De la misma manera que lo ha hecho con Venezuela?

Rusia y China son oficialmente «países hostiles y adversarios peligrosos» para EEUU. ¿Hasta dónde va a seguir tragando Rusia? Y, sobre todo, si Rusia y China no colaboran para proteger a Cuba ¿dónde queda el mundo multipolar? ¿en palabras? China no tiene el petróleo de Rusia, por lo que le corresponde a este país dar el primer paso. Y aquí volvemos a la obsesión, y dependencia, de los euroatlánticos con respecto a EEUU. Y a lo que dice Lavrov, ahora convertido en el portavoz de los euroasiáticos.

Aquí hay que hacer una advertencia: cuidado con lo que se lee. Bloomberg, por ejemplo. Aquí la he citado alguna vez, pero lo cortés no quita lo valiente. Y lo valiente es que hay que decir que lo que esta agencia publica sobre Rusia hay que cogerlo con pinzas. Por ejemplo, esto.

Lo que dice es que hay un planteamiento, que denomina «Plan Dmitriev», que abarca siete áreas para alinear los intereses económicos de Rusia y EEUU tras la resolución del conflicto en Ucrania y que se resumen en contratos a largo plazo para la modernización de la flota aérea rusa con la posible participación de empresas estadounidenses; la creación de empresas conjuntas en el sector del petróleo y el gas, incluyendo la producción en alta mar y en yacimientos complejos, con compensación por pérdidas para las empresas estadounidenses; condiciones preferenciales para el retorno de las empresas estadounidenses al mercado ruso; cooperación en energía nuclear e inteligencia artificial; retorno a las liquidaciones en dólares, incluyendo las transacciones energéticas; producción conjunta de materias primas estratégicas como litio, cobre, níquel o platino, y promoción de los combustibles fósiles como alternativa a las políticas de bajas emisiones.

Insisto: hay que ver esto con mucha precaución. Porque entonces hay que volver a RT y su historia de la división del trabajo, algo así como lo del policía bueno y lo del policía malo. Y explicar el papel de Rusia en la desdolarización, si sigue adelante o no. Y el por qué Rusia acaba de anunciar que Dmitriev se incorpora formalmente a la delegación negociadora con EEUU, o al menos va a hablar con los estadounidenses antes, y el país 404 que se va a celebrar en Ginebra los días 17 y 18. Por cierto, Rusia había dicho que no se producirían reuniones en países que hubiesen apoyado de una forma u otra al país 404, y Suiza organizó en 2024 una cumbre favorable al país 404 y a la que no se invitó a Rusia. Esto, ya en sí, es otra concesión de calibre de Rusia a EEUU.

El Lince

Fuente: El Lince 

Gabriel Rockhill: Una crítica desde dentro de la industria de la teoría imperial


PENSAMIENTO, MUNDO :: 15/02/2026

MICHAEL YATES

Entrevista con el profesor de Filosofía Gabriel Rockhill sobre su nuevo libro 'Who Paid the Pipers of Western Marxism?' (¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?

Gabriel Rockhill es profesor de Filosofía en la Universidad de Villanova. Obtuvo su doctorado en la Universidad París 8 y en la Universidad Emory. Es un erudito consumado y ha publicado trabajos en numerosos medios, tanto en EEUU como en Francia. Es editor de la edición inglesa del libro de Domenico Losurdo Western Marxism: How It Was Born, How It Died, How It Can Be Reborn, publicado por Monthly Review Press.

Michael Yates: Gabriel, lo que somos como adultos está condicionado por nuestra infancia. Cuéntenos algo sobre dónde y cómo creció. ¿Cómo cree que esto influyó en quién es usted ahora?

Gabriel Rockhill: Crecí en una pequeña granja en la zona rural de Kansas, y el trabajo manual fue una parte integral de mi vida desde una edad temprana. Esto incluía el trabajo en la granja, por supuesto, pero también trabajaba en la construcción. Mi padre es constructor y arquitecto, así que cuando no trabajaba en la granja, pasaba la mayor parte de mi tiempo, fuera de la escuela y los deportes, en obras de construcción.

Antes incluso de conocer la palabra, ya había vivido la experiencia de la explotación (mi trabajo en la granja nunca era remunerado, ni tampoco lo era el trabajo en la construcción al principio). Esta es claramente una de las cosas que me llevó a la vida intelectual: disfrutaba de la escuela como un respiro bienvenido del trabajo manual.

Mi padre es un apasionado del diseño y su lema es «mano y mente», lo que significa que para ser un verdadero arquitecto, es necesario tener los conocimientos prácticos para construir (mano) lo que se diseña (mente). Cuando era joven, ansiaba más de lo segundo, pero también he seguido profundamente apegado a lo primero. En retrospectiva, este enfoque obviamente tuvo un impacto duradero en mí, ya que definitivamente he adoptado lo que ahora llamaría la relación dialéctica entre la práctica y la teoría.

Mis padres son liberales que se opusieron a la guerra de Vietnam y son extremadamente anticorporativos, sin ser realmente anticapitalistas o antiimperialistas. Dado que mi padre también enseña arquitectura en la universidad, además de dirigir su pequeña empresa de diseño y construcción, su posición social es pequeñoburguesa. Tienen muchas críticas justificadas hacia la sociedad contemporánea, y he aprendido mucho de ellos sobre cómo la búsqueda de beneficios destruye la tierra y el medio ambiente. Sin embargo, se resisten principalmente a lo que consideran una toma de control por parte de las empresas, en parte basándose en una actitud de «hágalo usted mismo», que sin duda me impresionó. Sin embargo, no abrazan un proyecto político más amplio que sea capaz de superar la comercialización de todo. Además de su posición social, que tiende a ser un obstáculo en este sentido, también han sido condicionados ideológicamente para rechazar el socialismo (aunque podría decirse que se han vuelto más abiertos a él con el continuo declive de EEUU).

MY: En su momento, usted se mostró favorable a algunas de las personas a las que critica duramente en su nuevo libro. Entre ellos se encontraban algunos de sus profesores y mentores. ¿Qué experiencias le llevaron a cambiar su opinión sobre estos académicos?

GR: Cuando fui a la universidad en Iowa, mis compañeros me superaban. Muchos de ellos simplemente habían tenido más tiempo para dedicarse a actividades intelectuales y habían recibido una mejor formación académica que yo en un instituto rural de Kansas (aunque yo sabía mucho más sobre el trabajo manual y las comunidades de clase trabajadora). A menudo sentía que tenía que ponerme al día y que necesitaba ser autodidacta, sobre todo cuando obtuve una beca que me permitió trasladarme a París para comenzar mis estudios de posgrado a mediados de los noventa. Por lo tanto, apliqué mi ética de trabajo de chico de granja, muy exigente conmigo mismo, al aprendizaje del francés y algún otro idioma, así como al estudio de la historia de la filosofía y las humanidades en general, antes de pasar a la historia y las ciencias sociales.

Me atraían los discursos radicales, pero también estaba bastante confundido. Por un lado, en retrospectiva, está claro que buscaba herramientas teóricas para comprender y combatir la explotación, así como la opresión (las cuestiones de género, sexuales y raciales eran importantes para mí desde muy temprana edad). Sin embargo, al mismo tiempo, me atraían los discursos preciosos y sofisticados con tanto capital simbólico que me elevaban, con distinción, por encima del lodazal del trabajo manual del que quería escapar (el hecho de que siguiera trabajando como obrero de la construcción y lavaplatos a tiempo parcial me lo recordaba constantemente). En la universidad, llegué a pensar que Jacques Derrida era el pensador más radical vivo, sin duda debido tanto a su fama en EEUU como a la complejidad recóndita de su obra. Cuando me mudé a París y empecé a hacer mi máster bajo su supervisión, me impresionaron mucho él y sus seguidores. Al fin y al cabo, yo era un paleto, sin capital simbólico ni formación elitista, por lo que me sentía muy inferior y culturalmente superado por el entorno intelectual parisino.

Sin embargo, estudié con la furia de alguien atormentado por las inseguridades culturales y de clase, al tiempo que estaba imbuido de una saludable dosis de autodidactismo y antiautoritarismo, y pronto empecé a percibir discrepancias entre las afirmaciones de Derrida y los textos que comentaba. A través de un riguroso proceso de verificación empírica --que incluyó el estudio de textos originales en alemán, griego y latín-- me di cuenta de que mi director de tesis, al igual que otros importantes pensadores franceses de su generación, estaba forzando los textos para que se ajustaran a su marco teórico preestablecido, lo que le llevaba a interpretarlos erróneamente. También me involucré cada vez más en un modo de análisis más materialista, estudiando la historia institucional de la producción y la circulación del conocimiento. Me quedó claro, como expuse en mi tesis doctoral y en mi primer libro, Logique de l'histoire, que la práctica teórica de Derrida era en gran medida una consecuencia de la historia del sistema material en el que operaba.

Al mismo tiempo, me interesaba cada vez más el mundo político en general. Como relato en un breve interludio autobiográfico en Who Paid the Pipers of Western Marxism?, el 11 de septiembre de 2001 constituyó un importante punto de inflexión. Me di cuenta de que mi formación de primera mano en la teoría francesa --también asistía a seminarios con otras eminencias vivas de esta tradición-- no me había preparado para comprender la política global y, más concretamente, el imperialismo. No tenía ni idea de las cosas que más importaban a la mayoría del planeta, mientras que tenía un conocimiento profundo de los preciosos refinamientos discursivos que solo importan a la aristocracia intelectual. Cada vez leía más a figuras como Samir Amin o Georges Labica, que me aclararon muchas cosas, aunque mi desarrollo teórico y práctico seguía viéndose frenado por la compulsión de leer a marxistas occidentales como Slavoj Zizek, entre muchos otros.

MY: Tanto Losurdo como usted utilizan el término «marxismo occidental». ¿Qué quiere decir con eso? ¿Se trata simplemente de una diferencia geográfica?

GR: El marxismo occidental es la forma específica de marxismo que ha surgido en el núcleo imperial y se ha extendido por todo el mundo a través del imperialismo cultural. La historia del capitalismo ha desarrollado los países centrales de Europa occidental, EEUU, etc., subdesarrollando el resto del mundo. Los primeros han confiscado o asegurado a cambio de una miseria los recursos naturales y la mano de obra de los segundos, al tiempo que han utilizado la periferia como mercado para sus productos, creando un flujo internacional de valor del Sur global al Norte global. Esto ha llevado a la constitución de lo que Engels y Lenin llamaron una aristocracia obrera en los países centrales, es decir, una élite de la clase obrera global cuyas condiciones superan a las de los trabajadores de la periferia. Esta capa superior de trabajadores se beneficia, directa o indirectamente, del flujo de valor que acabamos de mencionar. Esta estratificación global de la clase obrera ha significado que los trabajadores más privilegiados del centro tienen un interés material en mantener el orden mundial imperial.

Es en este contexto material donde surgió el marxismo occidental. Losurdo lo remonta con perspicacia a la división del movimiento socialista en la época de la I Guerra Mundial, que fue un conflicto competitivo entre los principales países imperialistas. Muchos de los líderes del movimiento obrero en Europa animaron a los trabajadores a apoyar la guerra, y algunos de ellos incluso defendieron el colonialismo, alineándose así, voluntariamente o no, con los intereses de sus burguesías nacionales. Lenin fue uno de los críticos más feroces de estas tendencias, que identificó como revisionistas y antimarxistas. Les respondió con el poderoso lema: «¡No a la guerra, sino a la guerra de clases!».

La orientación del marxismo occidental ha sido, por lo tanto, a menudo lo que podríamos llamar «anti-antiimperialista», en la medida en que tiende a negarse a apoyar la lucha de los pueblos del Sur global --especialmente cuando se autoproclaman socialistas-- para garantizar su soberanía y seguir un camino de desarrollo autónomo. No es necesario ser un especialista en debates académicos sobre la infame «negación de la negación» para comprender que la doble negación en «anti-antiimperialismo» significa que los marxistas occidentales han tendido a apoyar de facto el imperialismo.

Podría decirse que esta tendencia no ha hecho más que intensificarse durante el último siglo. Mientras que los revisionistas criticados por Lenin estaban profundamente involucrados en la política organizada, muchos de los marxistas occidentales posteriores se retiraron al ámbito académico, donde su versión del marxismo se convirtió en predominante. Si bien el marxismo occidental ha sido impulsado por la base socioeconómica y el orden mundial imperial, también ha sido cultivado y moldeado por la superestructura imperial, es decir, el aparato político-legal del Estado y el aparato cultural que produce y difunde la cultura (en el sentido más amplio del término). Una parte significativa de mi libro más reciente está dedicada al análisis de las superestructuras de los principales países imperialistas y las diversas formas en que han fomentado los discursos marxistas occidentales como arma de guerra ideológica contra la versión del marxismo defendida por Lenin. Al dedicarme a la economía política de la producción y distribución del conocimiento, lo que ha requerido una exhaustiva investigación de archivos, arrojo una luz muy necesaria sobre el grado en que la clase capitalista y los Estados burgueses han apoyado directamente al marxismo occidental como aliado «anti-antiimperialista» en su lucha de clases contra el marxismo antiimperialista (es decir, el marxismo tout court).

Los intelectuales y los organizadores están sometidos a los poderosos dictados del marxismo occidental, pero no están en absoluto decididos a acatarlos rigurosamente. De hecho, hay muchos marxistas en Occidente que no son marxistas occidentales, y uno de los objetivos de mi trabajo, al igual que el de Losurdo, es aumentar su número. Las personas que lo lean deberían encontrar el estímulo necesario para movilizar su agencia y liberarse de las restricciones ideológicas del marxismo occidental.

MY: El título del libro pregunta «Who Paid the Pipers» (¿Quién pagó a los músicos?). Esto implica que alguien «marca el ritmo». Su libro deja claro que estas frases no significan que los intelectuales de la Escuela de Fráncfort, como Theodor Adorno y Max Horkheimer, fueran simplemente sobornados para adoptar posiciones hostiles hacia Marx y lo que estaba sucediendo en los lugares donde se estaba poniendo en práctica el socialismo. En cambio, usted desarrolla una teoría de la producción de conocimiento en un sistema social hegemónico, concretamente el capitalismo. ¿Puede explicar su análisis teórico y exactamente cómo y por qué los principales intelectuales de izquierda llegaron a permitir, en efecto, la hegemonía capitalista?

GR: La Escuela de Fráncfort de teoría crítica, liderada por figuras como Adorno y Horkheimer, ha hecho una contribución fundamental al marxismo occidental, por lo que me centré en ella en parte del libro. Tiene toda la razón en que mi enfoque metodológico rechaza firmemente la ideología liberal dominante que contrapone la libertad individual al determinismo. La idea de que los intelectuales actúan de forma completamente autónoma o están rigurosamente controlados por fuerzas externas es una simplificación excesiva que ignora las complejidades dialécticas de la realidad material.

Dado que mi investigación se centra en la historia del estado de seguridad nacional de los EEUU, y más concretamente en la CIA, algunos lectores dan por sentado que estoy afirmando de alguna manera que los intelectuales son marionetas manejadas por hilos, con la Agencia desempeñando el papel de gran titiritero entre bastidores. No es así en absoluto. Lo que ofrece el libro es una historia material del sistema dominante de producción, distribución y consumo del conocimiento. Es este sistema el que funciona como el mundo vital general en el que operan los intelectuales. Ustedes tienen agencia y toman decisiones dentro de él, reaccionando de diversas maneras a las recompensas y castigos que estructuran el sistema. Lo que demuestra el libro, entonces, es que existe una relación dialéctica entre el sujeto y el sistema. Dado que este último no es en absoluto neutral, sino más bien una superestructura derivada del orden mundial imperial, recompensa a los sujetos que contribuyen a sus objetivos. En este sentido, en lugar de ser marionetas, los intelectuales anti-antiimperialistas ejercen su agencia dentro de instituciones materiales en las que el oportunismo por parte del sujeto está fuertemente correlacionado con el ascenso dentro del sistema. En otras palabras, eligen avanzar dando al sistema lo que este exige y rechazando lo que repudia.

Los intelectuales de izquierda que invierten en hacer carrera y ascender en la escala social dentro del núcleo imperial tienen que aprender a navegar por el sistema como una cuestión de supervivencia. Todos saben que el comunismo está simplemente fuera de lugar y que no hay nada que ganar defendiendo --o incluso estudiando rigurosamente-- el socialismo realmente existente. Si quieren ocupar una posición de izquierda dentro de las instituciones existentes, entonces deben respetar --e idealmente vigilar-- el límite izquierdo de la crítica. Si son radicales, por lo general avanzarán más rápidamente si actúan como recuperadores radicales, es decir, intelectuales que buscan recuperar a los radicales potenciales dentro del ámbito de la política respetable y aceptable, redefiniendo lo «radical» en los términos de la izquierda no comunista. Todo esto tiende a conducir a la acomodación con el capitalismo, e incluso con el imperialismo, ya que no hay (realmente) otra alternativa.

Para convertirse en un intelectual de izquierda destacado dentro de la industria de la teoría imperial, los sujetos tienen que ejercer su agencia para ajustarse a los protocolos de este sistema. Una de las cosas que demuestra mi investigación es lo consistente que es este patrón, no solo en la tradición del marxismo occidental y la teoría francesa, sino también en la teoría radical contemporánea con todos sus discursos que marcan tendencia (desde los estudios poscoloniales y la teoría queer liberal hasta la teoría descolonial, el nuevo materialismo, etc.). A pesar de que el mercado de la teoría presenta a estos pensadores y tradiciones como diferentes e incluso incompatibles, tienden a compartir la orientación ideológica más importante del anticomunismo.

MY: El capítulo más largo de su libro está dedicado a Herbert Marcuse, en sus propias palabras «el flautista radical del marxismo occidental». Su crítica a Marcuse seguramente generará controversia, dada su condición de uno de los principales filósofos y defensores de la Nueva Izquierda de los años sesenta y dado que fue profesor, mentor y confidente de Angela Davis. Incluso antes de la publicación de su libro, los críticos se mostraron hostiles a sus opiniones sobre Marcuse. ¿Por qué se centró tanto en él?

GR: Marcuse ha sido ampliamente identificado como el miembro más radical de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, y por eso me atrajo inicialmente su obra y la leí con gran interés. Hacia el final de su vida, adoptó una serie de posiciones que se situaban muy a la izquierda de figuras como Adorno y Horkheimer. Al mismo tiempo, como mucha gente, había oído rumores de que tenía conexiones con la CIA y que actuaba como una forma de oposición controlada. Insatisfecho con los rumores, decidí examinar los archivos mediante solicitudes de la Ley de Libertad de Información y la investigación de archivos.

Debo admitir que me sorprendió un poco cuando empecé a recopilar el estudio que, con el paso de los años, se convirtió en el último capítulo del libro. Al leer algunos excelentes trabajos académicos en alemán, examinar el extenso expediente del FBI sobre Marcuse, consultar los registros del Departamento de Estado y la CIA, e investigar en el Rockefeller Archive Center, me quedó muy claro que Marcuse había sido poco sincero en las entrevistas en las que se le preguntó por su trabajo para el Estado estadounidense.

En realidad, colaboraba regularmente con la CIA, y Tim Müller reveló que participó en la redacción de al menos dos Estimaciones de Seguridad Nacional (el nivel más alto de inteligencia del Gobierno de los EEUU). Su colaboración con el Estado de seguridad nacional estadounidense no terminó en absoluto cuando consiguió un puesto en la universidad, y siguió manteniendo estrechos vínculos con agentes estatales actuales o antiguos hasta el final de su vida. También fue el intelectual principal del Proyecto Marxismo-Leninismo de la Fundación Rockefeller, donde trabajó codo con codo con su buen amigo Philip Mosely, que fue asesor de alto nivel de la CIA durante mucho tiempo. Este proyecto transatlántico, muy bien financiado, tenía la misión explícita de promover internacionalmente el marxismo occidental frente al marxismo-leninismo.

Aunque conocía muy bien el antisovietismo de Marcuse y sus fuertes tendencias anarquistas, ya que llevaba décadas leyendo su obra, no abordé esta investigación con una idea preestablecida sobre cómo se situaba exactamente dentro de la lucha de clases global (en todo caso, mi opinión sobre él se ajustaba más a las suposiciones consensuadas sobre su radicalidad). Dados mis hallazgos y su contribución a la consolidación de una tesis en evolución sobre el anticomunismo profundamente arraigado en la industria de la teoría imperial, sentí que debía tratar su caso con cierto detalle, lo que incluía rastrear su propia evolución política y la vigilancia del FBI. Esto demuestra, en muchos sentidos, lo radical que puede ser un intelectual sin dejar de servir, en ciertos aspectos decisivos, a los intereses imperiales.

Debo señalar, a este respecto, que estoy absolutamente abierto a las críticas y creo firmemente en la socialización del conocimiento. Si alguien no está de acuerdo con mi interpretación --y estoy seguro de que algunos de los interesados en Marcuse lo estarán--, entonces les corresponde a ellos consultar todo el archivo que he examinado y proponer una explicación de los hechos con mayor poder explicativo y coherencia interna. Yo sería el primero en leer ese análisis. Sin embargo, si su rechazo a mi trabajo se basa en suposiciones a priori en lugar de en un examen riguroso de todas las pruebas, entonces, lamento decirlo, no merece una consideración seria, ya que no es más que una expresión de dogmatismo.

MY: Dadas las marcadas divisiones que existen hoy en día entre quienes apoyan el marxismo occidental, entre los que sin duda se encuentran la mayoría de los socialdemócratas y socialistas democráticos, ¿cuál es el camino a seguir para cambiar radicalmente el mundo? ¿El compromiso? ¿Una izquierda radical independiente y global que siga sometiendo al marxismo occidental a la crítica? ¿Qué?

GR: Aquí llegamos a la pregunta más importante. La teoría se convierte en una fuerza real en el mundo cuando logra atrapar a las masas. En muchos sentidos, mi libro traza la reconstrucción de la izquierda en la era del dominio imperial estadounidense. Si bien la segunda mitad del libro se centra en el marxismo occidental, la obra en su conjunto se ocupa de la redefinición general de la izquierda --por utilizar la terminología de la CIA-- como una izquierda «respetable», es decir, «no comunista», compatible con los intereses del capitalismo e incluso del imperialismo. La historia de cómo la intelectualidad ha sido empujada en esta dirección es, en última instancia, importante, no solo por sí misma, sino por lo que revela sobre la izquierda en general. Hoy en día, gran parte de la izquierda es totalmente compatible.

La verdadera tarea que nos ocupa, entonces, es rejuvenecer a la izquierda real, que es antiimperialista y anticapitalista. Se trata de una tarea titánica, sobre todo teniendo en cuenta las fuerzas que se nos oponen. Sin embargo, si no lo conseguimos, la vida humana y muchas otras formas de vida serán erradicadas, ya sea por un apocalipsis nuclear, por la intensificación del asesinato social, por el colapso ecológico o por otras fuerzas impulsadas por el capitalismo.

Para estar a la altura de las circunstancias, debemos ser capaces de resolver al menos tres problemas importantes. Para empezar, está la cuestión de la teoría, que es el tema principal de este libro. La teoría contemporánea ha sido purgada en general de cualquier compromiso serio con el materialismo dialéctico e histórico, y este último ha sido ampliamente calumniado como anticuado, dogmático, reduccionista, poco sofisticado, totalitario, etc. Peor aún, el marxismo mismo ha sido secuestrado por fuerzas reaccionarias, que trabajan en connivencia con oportunistas, y transformado en un producto cultural de moda --el marxismo «occidental» o «cultural»-- que es anticomunista, capitalista acomodaticio y, a veces, abiertamente imperialista e incluso fascista.

El culturalismo reina supremo, mientras que el análisis de clase ha quedado relegado. Además, esto no es en absoluto un problema limitado al ámbito académico, ya que el mundo organizativo ha sido profundamente penetrado por estas ideologías anticomunistas. En este sentido, mi libro pretende servir de correctivo a estas tendencias retrógradas, al tiempo que reconecta el hilo conductor con la tradición dialéctica y materialista histórica, desarrolla sus contribuciones metodológicas y avanza en su análisis de la superestructura imperial en el mundo contemporáneo.

Los otros dos problemas son la cuestión organizativa y lo que Brecht denomina la pedagogía de la forma. En gran parte del mundo capitalista, la forma de partido, el centralismo democrático e incluso las organizaciones políticas jerárquicas en general han sido abandonadas o marginadas. Sin embargo, no hay forma de que la izquierda luche y gane sin organizaciones disciplinadas que construyan un poder colectivo. Estas deben ser capaces de atraer a las personas, educarlas y empoderarlas para que tomen las riendas de su propio destino. Todo esto requiere formas de comunicación, expresión cultural y organización que realmente conecten con las personas, a través de su forma, y motiven a ellos a participar en acciones colectivas para cambiar el mundo.

Aunque mi libro se centra principalmente en el problema teórico, insiste en la importancia crucial de una política de izquierda organizada, al tiempo que destaca sus importantes logros en la forma del socialismo realmente existente. También espero que el libro ofrezca una narrativa convincente y sea una lectura agradable que atraiga a las personas a la lucha colectiva para construir un mundo mejor.

mronline.org


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/gabriel-rockhill-una-critica-desde-dentro-de 

lunes, 23 de febrero de 2026

Magnates, censura y negocios: los dueños de la red

 
EE.UU., ESTADO ESPAÑOL, EUROPA :: 13/02/2026

CARMEN PAREJO

Las grandes corporaciones tecnológicas no buscan sustituir al Estado, sino condicionarlo y participar en las reglas que regulan su propio sector y garantizan sus beneficios

El debate contemporáneo sobre la libertad de expresión en internet suele presentarse como una confrontación entre ciudadanos libres y Estados intrusivos. El problema no es denunciar supuestas censuras gubernamentales, el principal problema radica en hacerlo como si existiera previamente un territorio neutral, un espacio digital originalmente abierto que los poderes públicos intentarían colonizar o restringir.

Esa premisa rara vez se examina. Las grandes redes sociales y los nuevos canales de comunicación no son espacios públicos en sentido jurídico ni político: son infraestructuras privadas de alcance global, propiedad de corporaciones concretas que operan bajo lógicas empresariales. Es importante tener en cuenta que antes de cualquier regulación estatal, antes de cualquier intervención legislativa, allí ya había un propietario.

Esta confusión no es inocente. Si asumimos que las plataformas son meros canales de comunicación, perdemos de vista que constituyen uno de los sectores más rentables del capitalismo contemporáneo. No venden únicamente publicidad ni servicios tecnológicos: venden capacidad de influencia basada en la explotación sistemática de datos conductuales. Un ejemplo sería Meta --propietaria de Facebook, WhatsApp e Instagram-- que declaró en 2024 ingresos superiores a los 160.000 millones de dólares, con beneficios netos cercanos a los 60.000 millones.

Pero, ¿cuál es el negocio? Según sus propias fuentes y lo que recogen distintos medios económicos, el 98 % de sus ingresos proceden de publicidad segmentada. Su modelo no consiste en ofrecer un servicio gratuito, sino en comercializar la posibilidad de intervenir sobre los comportamientos de sus usuarios con una precisión sin precedentes. Es decir, una información precisa e individualizada sobre el comportamiento humano que ese contenido revela.

Cada interacción, cada "me gusta", cada búsqueda, cada pausa ante una imagen alimenta modelos predictivos que permiten anticipar decisiones de consumo, afinidades ideológicas e incluso patrones emocionales. La gratuidad es, en este sentido, una ilusión funcional: no pagamos con dinero, sino con datos. Unos datos que no son un efecto colateral, sino el núcleo mismo del negocio. Y que, finalmente, son vendidos al mejor postor.

Lo llamativo es que esta arquitectura económica suele permanecer en segundo plano en el debate público. Se teme la vigilancia estatal y se normaliza la vigilancia corporativa. La posibilidad de que un gobierno establezca límites regulatorios provoca alarma inmediata, mientras que la absoluta certeza de que una empresa privada almacena, procesa y monetiza la vida cotidiana de millones de personas apenas genera cierta incomodidad. En esa dirección, la cuestión no es negar los riesgos del poder estatal, sino comprender que el poder privado que organiza la esfera digital no es menos estructural.

Un ejemplo reciente ilustra esta inversión de percepciones. Cuando el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, anunció mecanismos de verificación de edad para proteger a menores en determinadas plataformas, la reacción fue inmediata. Pável Dúrov, fundador de Telegram, alertó contra posibles injerencias gubernamentales, enviando mensajes directos a usuarios de la plataforma en España. La escena parecía clara: el poder público restringiendo libertades y el empresario digital defendiendo a la ciudadanía. Sin embargo, Telegram supera los 800 millones de usuarios activos y ha consolidado un modelo de monetización basado en publicidad segmentada, de nuevo, suscripciones premium y servicios vinculados a 'blockchain'.

No es una organización filantrópica, sino una empresa cuya valoración depende de la expansión de usuarios y de la explotación de su actividad. Además, como cualquier otra gran plataforma, adapta su funcionamiento a los marcos regulatorios de las jurisdicciones donde opera. La retórica "libertaria" convive, en la práctica, con la obediencia a las normas que garantizan su continuidad comercial. Por ejemplo, desde la Unión Europea no tenemos acceso a canales de información rusos en esta plataforma.

Otro caso es el de Elon Musk, que además permite ampliar el enfoque. El empresario se presenta como adalid de la desregulación y crítico del intervencionismo estatal. Sin embargo, SpaceX --compañía matriz de Starlink-- es adjudicataria del programa 'National Security Space Launch' del Departamento de Defensa de EEUU y mantiene contratos con el Pentágono y la Fuerza Espacial para el lanzamiento de satélites estratégicos y la provisión de servicios satelitales. Ha creado incluso una división específica, Starshield, orientada a clientes gubernamentales y de defensa.

Así que su infraestructura no es únicamente comercial; forma parte del entramado estratégico de seguridad estadounidense. En ese sentido, decisiones como la activación o restricción de Starlink en escenarios de conflicto (como Irán o Ucrania) no pueden interpretarse como gestos tecnológicos neutrales. No se trata de conspiraciones, sino de interdependencias estructurales entre grandes corporaciones tecnológicas y el aparato estatal al que están vinculadas contractualmente.

En este contexto, el supuesto enfrentamiento entre Estado y plataformas resulta simplificador. El Estado no es una entidad abstracta ajena a las dinámicas económicas: históricamente ha garantizado marcos jurídicos, infraestructuras y condiciones necesarias para la acumulación de capital, al tiempo que también ha sido un espacio de disputa política. Es decir, no es un espacio neutral, pero tampoco cerrado.

Sin embargo, es necesario profundizar esta cuestión. La presencia cada vez más evidente de los nuevos magnates tecnológicos en el escenario público ha motivado un importante debate teórico sobre si estas dinámicas configuran una nueva fase del capitalismo, que algunos autores han denominado "tecnofeudalismo".

El economista Yanis Varoufakis sostiene que las grandes plataformas actúan como barones digitales que extraen rentas a quienes operan en su territorio; Cédric Durand ha subrayado que el control de infraestructuras digitales esenciales genera relaciones de dependencia estructural de carácter rentista; mientras que la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff prefiere hablar de "capitalismo de vigilancia" para destacar la centralidad de la extracción masiva de datos conductuales.

Más allá de las diferencias conceptuales o del debate teórico que en estos momentos está en pleno desarrollo, lo relevante es constatar que el poder ya no se ejerce únicamente a través de la propiedad clásica de los medios de producción, sino también mediante el dominio de plataformas que organizan la comunicación, el comercio y la interacción social a escala global debido a la revolución tecnológica.

En ese sentido, bajo mi punto de vista, no es que las grandes corporaciones tecnológicas busquen sustituir al Estado, sino condicionarlo y participar en la definición de las reglas que regulan su propio sector y garantizan sus beneficios.

La cuestión, por tanto, no es la censura ni la libertad de expresión, sino los negocios y el poder. El espacio digital nunca fue neutral: nació como infraestructura privada y, en tanto producto de una revolución tecnológica aún reciente, sigue buscando su encaje estructural dentro del sistema capitalista. En ese proceso, las grandes plataformas negocian con los Estados los términos de su poder, su marco normativo y su porción del beneficio.

Lo que presentan como una batalla por los derechos civiles es, en realidad, una pugna empresarial por el control de un territorio estratégico. Mientras tanto, arrastran a la ciudadanía a una tensión que no le pertenece, utilizándola como coartada discursiva donde los que han convertido la vigilancia en modelo de negocio se erigen cínicamente como defensores de la "libertad" de todos.

Actualidad RT


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/magnates-censura-y-negocios-los-duenos-de

DAVID MILLER. Por qué la izquierda occidental no comprende el vínculo entre el imperialismo, el sionismo y el “cambio de régimen” en Irán


Febrero de 2026










Cuando la agencia de espionaje israelí Mossad llamó a disturbios en Irán a través de sus redes sociales en persa el 1 de enero, casi nadie en Occidente le prestó atención.

Sin embargo, al día siguiente, el exsecretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, hizo su ya famosa intervención, llamando abiertamente a disturbios en ciudades iraníes y deseando un Feliz Año Nuevo a “cada iraní en las calles” y “también a cada agente del Mossad caminando a su lado”.

Después de eso, hubo poca justificación para que los críticos de la política exterior occidental ignoraran el papel de las agencias de inteligencia extranjeras y de elementos terroristas en los acontecimientos que siguieron.

No obstante, persiste una renuencia generalizada a enfrentar la implicación del Mossad —y, de hecho, de la CIA y el MI6— en los dos días de disturbios entre el 8 y el 9 de enero.

La izquierda occidental ha fracasado en gran medida en comprender la alianza de “cambio de régimen” que vincula al Mossad, a los monárquicos pahlavistas, al grupo terrorista de carácter sectario Muyahidín Jalq y a una amplia gama de grupos de “oposición” respaldados por la CIA, casi todos con base en Estados Unidos, con una presencia menor en el Reino Unido y en toda Europa.

Pocos han comprendido que el MI6 británico también ha desempeñado un papel en este siniestro proyecto de “cambio de régimen” dirigido contra Irán. En su lugar, muchos dentro de la izquierda occidental tienden a interpretar estos intentos como una “lucha por la libertad”, viéndolos como expresiones de agencia popular o incluso como un levantamiento de la clase trabajadora o de los sindicatos. No lo son.

Lo que sigue es un examen de los múltiples errores, malentendidos y de la degradación intelectual mostrados por demasiados izquierdistas —desde la izquierda liberal y secular hasta la izquierda revolucionaria, incluidos aquellos que afirman ser antisionistas o defensores del movimiento de liberación palestino—.

Antes de continuar, sin embargo, es necesario esbozar brevemente el marco correcto para comprender el papel de la República Islámica de Irán.

Es el principal Estado antimperialista del mundo y la punta de lanza en la lucha por la liberación de Palestina. No es necesario aceptar mi palabra, ni siquiera la del Líder de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, o del general Qasem Soleimani.

Basta con escuchar las palabras de los propios líderes de la Resistencia Palestina.

Aquí está el mártir Yahya Sinwar en 2019: “Si no fuera por el apoyo de Irán a la Resistencia en Palestina, no habríamos obtenido estas capacidades [cohetes y los medios técnicos para producir cohetes de fabricación nacional]. De hecho, nuestra nación [árabe] nos ha abandonado en nuestros momentos difíciles, mientras que Irán nos ha apoyado con armas, equipos y conocimientos técnicos”.

Y aquí el exjefe de HAMAS, el mártir Ismail Haniya, en el Día Internacional de Al-Quds de 2020: “La esencia de [nuestra] estrategia es el proyecto de la resistencia. Resistencia completa, incluida la resistencia militar armada en la cúspide. Desde aquí, saludo a todos los componentes de la nación que abrazan y apoyan la opción de la resistencia sobre el terreno en Palestina… Me refiero de manera particular a la República Islámica de Irán, que no ha flaqueado en apoyar y financiar a la Resistencia en los planos financiero, militar y técnico. Este es un ejemplo de la estrategia de la República que fue establecida por el Imam Jomeini, que Dios tenga misericordia de su alma”.

Frente a la República Islámica (y a la Resistencia Palestina) se encuentran, ante todo, los colonos sionistas en Palestina y sus principales apoyos, Estados Unidos y el Reino Unido.

También es necesario señalar a la autodenominada “oposición” iraní, que adopta la forma de los monárquicos partidarios del antiguo Sha que desean instalar a su hijo como nuevo rey. Luego está el Muyahidín Jalq (MKO, también conocido como los Muyahidines del Pueblo de Irán /Consejo Nacional de Resistencia de Irán).

El MKO es un grupo terrorista designado con sede en Albania, un Estado miembro de la OTAN, donde mantiene una granja de trolls junto con otra infraestructura operativa.

Fue retirado de la lista estadounidense de organizaciones terroristas en 2012 tras una intensa campaña de lobby respaldada por redes del lobby sionista.

En junio de 2023, la policía albanesa allanó las instalaciones del grupo y confiscó alrededor de 150 dispositivos informáticos. La redada se produjo tras el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí mediado por China, después del cual Riad, que durante mucho tiempo había negado cualquier vínculo con el MKO, se vio obligado a retirar su respaldo.

Los saudíes también habían negado financiar al medio anti–República Islámica Iran International, pero una vez firmado el acuerdo mediado por China, el apoyo financiero fue cortado abruptamente y la oficina del canal en Londres fue cerrada.

Varios meses después, sin embargo, se abrió una nueva oficina en Londres tras asegurarse nueva financiación procedente de la entidad sionista, que continúa financiando el medio de propaganda hasta el día de hoy.

El caso de Iran International pone de relieve el ecosistema más amplio de grupos de oposición externos que apuntan contra Irán. Muchos de ellos son financiados a través de intermediarios con capacidad de negación plausible, como la National Endowment for Democracy y su red de agencias afiliadas.

El periodista Alan MacLeod ha documentado recientemente varias de estas organizaciones en MintPress, entre ellas Human Rights Activists in Iran / Human Rights Activists News Agency, el Centro Abdorrahman Boroumand para los Derechos Humanos en Irán y el Center for Human Rights in Iran. Sin embargo, existen muchas más entidades de este tipo que operan dentro de esta infraestructura paralela.

La postura de la izquierda sobre Irán

Debemos comenzar con aquellos “izquierdistas” que históricamente han mantenido posiciones profundamente erróneas sobre el “cambio de régimen” y el papel de la CIA, el MI6 y el Mossad.

Muchos ya están familiarizados con las limitaciones de figuras como Bernie Sanders, quien habló de un “régimen aborrecible” y elogió el “increíble coraje” de los “manifestantes” dirigidos por el Mossad; o Alexandria Ocasio-Cortez, a menudo denominada de forma mordaz por sus críticos como “AOCIA”; o Jeremy Corbyn, quien afirmó estar “horrorizado por la muerte de manifestantes”; o Zarah Sultana, quien declaró: “Las imágenes de bolsas para cadáveres no dejan dudas sobre la brutalidad de la represión de Irán, y un apagón de comunicaciones es indefendible”.

En el Reino Unido, Owen Jones, Michael Walker de Novara Media y muchos otros siguieron el mismo patrón. Para quienes aún no estén convencidos de estos puntos, sugiero consultar las fuentes vinculadas en las declaraciones anteriores.

Los “mulás”, los “ayatolás” y los “islamistas”

Parte del problema es que la islamofobia está profundamente arraigada dentro de la izquierda. A menudo se disfraza de un secularismo moralmente correcto, pero un examen más detenido revela mucho más bajo la superficie.

En 2017, coedité un libro sobre islamofobia que proponía una teoría que identificaba cinco pilares de la islamofobia. Junto a los Estados occidentales, los neoconservadores, el movimiento sionista y la extrema derecha, sostuvimos que un quinto pilar se encontraba dentro de ciertos sectores de los movimientos izquierdistas, seculares y feministas.

En el libro analizamos a la llamada izquierda pro-guerra, a los nuevos ateos, a grupos feministas y a corrientes del secularismo. En aquel entonces concluimos que:

Está claro que, aunque algunos dentro de estos grupos no se propusieron inicialmente hacer campaña contra las condiciones opresivas que enfrentan los musulmanes en Occidente, muchos han terminado finalmente allí.

En este sentido, describimos a estos movimientos como “movimientos sociales desde arriba”, cuyas trayectorias los han alineado de facto con otras corrientes islamófobas, ya sea de manera intencional o no.

Sin embargo, el problema en la izquierda occidental es mucho más profundo. Penetra en el núcleo de los movimientos antisionistas y antiimperialistas y es evidente en toda la llamada izquierda “revolucionaria”.

Así, más allá de la “izquierda pro-guerra”, cuando se trata de Irán, también debemos examinar críticamente a la izquierda anti-guerra y pro-Palestina.

Muchos en la izquierda mantienen posturas antiteístas y antislámicas. Quizás de forma vacilante al principio, acaban adoptando el lenguaje racista comúnmente utilizado para describir a los musulmanes y a las sociedades musulmanas.

Términos como “mulás”, “ayatolás” e “islamistas” —este último, como he argumentado en otros lugares, popularizado por ideólogos sionistas y promovido nada menos que por Benjamín Netanyahu— pasan a aceptarse como descriptores naturales.

“Fundamentalismo islámico”

Otro término clave en la islamofobia de izquierda es “fundamentalismo”. En el Reino Unido, una determinada corriente de feministas formó a finales de la década de 1980 un grupo llamado Women Against Fundamentalism (Mujeres Contra el Fundamentalismo).

No adoptaron una definición matizada o restringida de “fundamentalismo” limitada a un pequeño subconjunto dentro de los movimientos religiosos. Por el contrario, afirmaron explícitamente (1994, p. 7) que se referían a movimientos que “utilizan la religión como base” para estrategias políticas.

Esta descripción abarca prácticamente a todos los movimientos políticos musulmanes, con la excepción de un puñado de grupos seculares occidentalizados, casi todos ellos financiados por intereses vinculados al Estado.

Según su definición, la teología de la liberación cristiana e incluso los cuáqueros, un conocido grupo cristiano liberal, también calificarían.

Resulta notable que este término islamófobo se considerara apropiado para una organización que afirmaba ser progresista, pero así fue. Una de las activistas clave fue Julia Bard, miembro del Jewish Socialists’ Group, lo que plantea varias preguntas sobre dicha organización.

Otras personas implicadas incluyeron a Nira Yuval-Davis, quien se describe a sí misma como “una judía israelí diaspórica antisionista”, una expresión que parece legitimar la noción sionista falsa de que los judíos fuera de Israel constituyen una diáspora y otorga legitimidad política al concepto de “Israel”.

Quizás la figura más conocida de Women Against Fundamentalism fue Gita Sahgal, tristemente célebre por calificar al grupo de derechos civiles Cage como “yihadista”, un tema que he analizado en profundidad en otros lugares. El término “yihadista” es otra etiqueta islamófoba utilizada para demonizar a los musulmanes que participan en la vida política.

Maryam Namazie y la alianza secular/feminista/comunista con el Mossad

Gita Sahgal también ha estado estrechamente asociada con el Council of Ex-Muslims of Britain (CEMB). Por ejemplo, apareció en una reunión de 2013 para “copas nocturnas” junto a Maryam Namazie, portavoz del CEMB.

Fundado en 2007, el CEMB es una organización antislámica. Namazie, que es iraní, tuvo un papel destacado en las primeras manifestaciones de octubre de 2022 contra la República Islámica en Trafalgar Square, en representación del CEMB.

Las imágenes de su protesta con el torso desnudo fueron posteriormente eliminadas por Instagram y Twitter.

Ese día, se unió a monárquicos islamófobos y a otras facciones antigubernamentales. Namazie es exmiembro destacado del Partido Comunista-Obrero de Irán, aunque hasta 2017 seguía identificándose como “comunista”.

Esto no le ha impedido colaborar con grupos de extrema derecha a través de su organización de campaña “anti-sharía”, One Law for All. Entre sus partidarios procedentes de redes islamófobas se encuentran destacados neoconservadores como Ayaan Hirsi Ali y Caroline Fourest, así como sionistas como Alan Johnson, que trabaja para el grupo de lobby israelí BICOM.

Además, han participado diversos grupos británicos de la sociedad civil antislámica, incluidos la Lawyers’ Secular Society, la National Secular SocietyWomen Against Fundamentalism (mencionada anteriormente) y British Muslims for Secular Democracy.

One Law for All también ha trabajado estrechamente con la figura de extrema derecha la baronesa Cox, conocida por invitar al islamófobo neerlandés Geert Wilders al Reino Unido.

El 16 de enero de este año, Namazie publicó un artículo en el sitio web de la ONG islamófoba británica National Secular Society, titulado Irán: la generación que rompió con la teocracia.

El artículo reproducía muchas de las principales falsedades difundidas por actores vinculados al Mossad y la CIA, entre ellas atribuir a la policía y a la Basich muertes causadas por terroristas respaldados desde el extranjero, afirmar que las familias deben pagar por las balas que mataron a sus seres queridos para poder recuperar sus cuerpos, entre otras.

La oposición de izquierda y el “obrerismo”

También existe una tendencia a aferrarse a cualquier crítica a los gobiernos de los Estados que Occidente designa como enemigos. La oposición liberal es suficiente, pero a menudo se prefiere si puede presentarse como una crítica o revuelta de izquierda o “progresista”. Así, Owen Jones se ha mostrado equivocado al citar al Tudeh, el marginal, contrarrevolucionario e islamófobo partido “comunista” iraní.

El ingenuo “obrerismo” que prevalece en amplios sectores de la izquierda también es digno de mención. En consecuencia, muchos izquierdistas han difundido comunicados de sindicatos en Teherán y otros lugares, intentando utilizarlos como prueba de un auténtico descontento de base, ocultando así la cobertura que estos proporcionan a actos de terrorismo.

Uno de los ejemplos más sofisticados de este enfoque apareció en un artículo publicado por Progressive International, el think tank financiado en parte con fondos procedentes del Sanders Institute, creado por Bernie Sanders.

Si bien el artículo ofrecía un análisis por lo demás matizado de las fuerzas alineadas contra la República Islámica, cayó en la ilusión de que las luchas obreras en Irán podrían estar libres de intervención extranjera. Sin embargo, como demuestra el escritor británico Phil Bevin, el respaldo de estas acciones por parte del culto terrorista MKO socava gravemente tales argumentos.

No sorprende que Progressive International, con su elenco estelar de intelectuales que incluye a Noam Chomsky, Jeremy Corbyn y Yanis Varoufakis, sea también un firme partidario de la recientemente colapsada operación de la CIA en el noreste de Siria, conocida comúnmente como Rojava.

Quienes participan en la gestión de Rojava están estrechamente vinculados a la corriente política Sanders-Corbyn. Su director, David Adler, proviene del Sanders Institute, y su director de comunicaciones, James Schneider, es el muy controvertido exjefe de propaganda de Corbyn. Su implicación en la campaña “Justice for Kurds” encaja perfectamente con la cobertura efectiva que brindan al terrorismo respaldado por la CIA y el Mossad en Irán.

Antisionistas contra el islam

A continuación, algunas palabras de un autoproclamado antisionista y defensor de la liberación de Palestina, pronunciadas en las últimas dos semanas.

Para ser claros, no se trata de alguien que apoye con el símbolo de “sandía” los “derechos” palestinos de forma superficial, sino de un supuesto apoyo genuino a la resistencia y a la liberación de Palestina, al menos según sus declaraciones públicas.

  • “Sí, Israel y Estados Unidos estuvieron implicados en atacar al régimen durante las protestas, pero ignorar el odio del pueblo iraní hacia el gobierno represivo, corrupto y teocrático de los mulás es racista y orientalista. El régimen clerical de Irán está bañado en la sangre de su propio pueblo.”
  • “El régimen clerical en Irán guarda semejanzas con el fascismo.”
  • “Creo que cuando la religión toma el control del Estado, inevitablemente significa que es represiva.”

Resulta verdaderamente sobrecogedor escuchar estas creencias racistas salir de la boca de autoproclamados antirracistas y antisionistas. Todos los términos del bingo islamófobo están ahí: “régimen”, “teocrático”, “mulás”, “represivo” y, por supuesto, “fascismo”.

Este ejemplo es solo uno de muchos que revelan hasta qué punto las ideas islamófobas están arraigadas en la izquierda, incluso dentro de círculos antisionistas, incluidos grupos judíos antisionistas.

Socialistas revolucionarios al servicio del terror del Mossad

Aquí tenemos a un “socialista revolucionario” publicando en Facebook, una entrada que recibió 172 “likes” de destacados izquierdistas británicos e internacionales, incluidos muchos miembros de grupos trotskistas como Counterfire y el Socialist Workers Party.

El autor, John Clarke, académico canadiense y activista socialista, abrió su breve texto afirmando que “la lucha en Irán debe ser apoyada pero, al mismo tiempo, debemos pronunciarnos contra la injerencia e intervención de Estados Unidos e Israel”.

No parece haber ningún reconocimiento de que esto equivale a apoyar al Mossad y condenarlo simultáneamente. Clarke continúa reconociendo que “no hay duda de que las agencias de inteligencia occidentales e israelíes están tratando de influir en el movimiento en Irán”.

“Sin duda, también hay elementos reaccionarios y monárquicos sobre el terreno que hacen todo lo posible para garantizar que la lucha sirva a los intereses de Estados Unidos”.

En realidad, las manifestaciones originales que comenzaron el 28 de diciembre fueron protestas por agravios económicos, no protestas contra la propia República Islámica. La izquierda parece ajena a las dinámicas políticas internas en juego. Cuando aparecieron pahlavistas y agentes del Mossad, fueron rotundamente condenados por los manifestantes.

Tras las dos noches de disturbios y terror instigados por el Mossad y sus reclutas, se produjeron marchas multitudinarias, de millones de personas, en Teherán y otras ciudades de todo el país. Prácticamente ningún izquierdista occidental ha reconocido esta masiva demostración de unidad nacional.

Lo más llamativo es que Clarke cita a Lenin sobre el Levantamiento de Pascua de 1916 en Irlanda, escribiendo que Lenin “se enfrentó a quienes se centraban en la forma imperfecta de la lucha y subrayó el camino que esta señalaba”. Si bien esto es cierto, resulta absolutamente fantasioso comparar un levantamiento anticolonial en Irlanda con un ataque terrorista orquestado por el Mossad en Irán.

Este último señala el posible fin de la República Islámica, la balcanización de Irán y su eliminación como amenaza para el proyecto del llamado “gran Israel” y para el principal apoyo mundial a la resistencia palestina.

Clarke afirma que los socialistas deberían ofrecer “estrategias ganadoras”, pero la subversión del Mossad y la CIA contra la República Islámica es una estrategia perdedora, tanto para las perspectivas de una revolución socialista como para la civilización humana.

También es una vía segura para garantizar el triunfo total del sionismo en Palestina, la expansión hacia el Gran Israel y, más allá, hacia un nuevo imperio judío.

La Nueva Izquierda y el análisis “matizado”

Luego está la tendencia a producir una escritura académica “sofisticada” y “matizada” que deliberadamente dice muy poco. Eskandar Sadeghi-Boroujerdi, profesor iraní en la Universidad de St Andrews, escribe en el blog de New Left Review:

“Algunos presentan los disturbios como una ruptura revolucionaria inminente; otros, como producto exclusivo de la desestabilización extranjera; y otros más, como el ajuste de cuentas retrasado de una sociedad finalmente llevada más allá de su límite. Cada uno capta parte del cuadro, pero ninguno explica adecuadamente la dinámica de la coyuntura presente. Lo que se está desarrollando se entiende mejor como la convergencia de un agotamiento social acumulado, un shock distributivo agudo y una crisis de gobernanza que la República Islámica ya no posee los recursos ideológicos, burocráticos o fiscales para gestionar.”

Hasta aquí, todo parece “matizado”. Pero hay una señal de alarma en la expresión “coyuntura presente”, que indica que este relato acaba sirviendo de cobertura al terror respaldado por el Mossad.

Este término es un elemento básico del trabajo académico postestructuralista y posmoderno, que a menudo intenta mantener la apariencia de un espíritu radical, incluso marxista. Se origina en la obra del marxista italiano Antonio Gramsci y fue adoptado posteriormente por el marxista estructuralista francés Louis Althusser, cuya “garra glacial”, como la describió Terry Eagleton, fue transmitida al académico británico de estudios culturales Stuart Hall y a sus seguidores.

El problema es que, cuando Hall domesticó el concepto en la década de 1980, este había sido despojado de cualquier política marxista o antiimperialista reconocible. Ahora, cuarenta años después, el término está confinado a debates académicos y no tiene absolutamente ninguna utilidad práctica para los movimientos reales que buscan derrotar al poder imperial.

Y así es como, apenas unos párrafos después, encontramos lo siguiente:

“Al mismo tiempo, existen pruebas en vídeo de manifestantes armados enfrentándose a las fuerzas de seguridad con cuchillos, machetes y, en algunos casos, armas de fuego, lo que supuestamente indica cómo años de represión han radicalizado a segmentos de la oposición”.

La evidencia de esta afirmación es, por supuesto, inexistente. Estas armas no surgieron de la radicalización de ciudadanos iraníes, sino que fueron suministradas por agencias de inteligencia extranjeras.

Además, esta narrativa ignora por completo las fanfarronadas públicas del Mossad e incluso la publicación de Mike Pompeo del 2 de enero en X, en la que afirmaba que agentes del Mossad estaban sobre el terreno. ¿Pasó por alto Sadeqi-Boruyerdi esta información crucial en su investigación? De hecho, la palabra “Mossad” no aparece ni una sola vez en su texto.

El fallo analítico más flagrante es la sugerencia de que la implicación del Mossad solo fortaleció los argumentos de la República Islámica.

“Reconocer la injerencia extranjera no significa respaldar la afirmación de que las protestas nacionales fueron puramente orquestadas desde el exterior. Un levantamiento generalizado arraigado en años de penurias sociales y económicas no puede reducirse a las maquinaciones de las agencias de inteligencia externas, incluso si agencias israelíes y estadounidenses intentaron secuestrarlo. Lo que lograron principalmente fue proporcionar una coartada conveniente para la represión, reinterpretando las protestas como una continuación de la guerra de junio, justificando así un estado de excepción bajo el disfraz de la seguridad nacional.”

Esta es una forma verdaderamente deplorable de describir un asalto a los propios cimientos de la Revolución Islámica. No sorprende que Sadeghi-Boroujerdi recurra a la etiqueta racista “islamista” en su análisis de la República.

Cierra su publicación lamentando un “rápido estrechamiento del espacio para la agencia política”. Sin embargo, en este contexto, la idea de “agencia” huele a uno de los principales puntos de propaganda de la CIA utilizados de forma rutinaria en operaciones de cambio de régimen, una agenda estrechamente vinculada a una agencia de inteligencia específica.

Al final, no hay escapatoria: la izquierda internacional está, en el mejor de los casos, proporcionando cobertura y promoviendo los esfuerzos sionistas para destruir la República Islámica y, con ella, la defensa material del pueblo palestino.

En el peor de los casos, son colaboradores directos en el asalto sionista contra Irán y, por clara extensión, en el genocidio en el Levante. Y si son iraníes, son traidores a su propio pueblo.

David Miller es productor y copresentador del programa semanal de Press TV Palestine Declassified. Fue despedido de la Universidad de Bristol en octubre de 2021 por su defensa de Palestina.

(Press T)