Fuentes: El tábano economista [Imagen. Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de
EEUU]
«Para preservar la paz, debemos ser capaces de ganar la guerra en los términos en los que el adversario decida librarla.» (Elbridge Colby)
Esta frase, fría y calculadora, no es de Donald Trump. Pertenece a Elbridge Colby, un estratega de gabinete cuyo nombre resuena en los pasillos del Pentágono actual con la reverencia que se tenía a Kissinger en los 70. Encapsula con precisión quirúrgica el alma de la presidencia de Trump. Una operación milimétrica disfrazada de espectáculo caótico. La percepción pública ve un péndulo de bravuconadas, decisiones aparentemente espontáneas y una política exterior que navega sin brújula. Suponer esta idea es un error de perspectiva monumental.
La piedra angular de todo este edificio es Colby y su tesis central. Estados Unidos tiene un solo interés vital existencial, evitar a toda costa que China logre la hegemonía sobre Asia y, por extensión, sobre Eurasia. No se trata de exportar democracia, de ganar corazones y mentes o de un orden liberal. Es pura y cruda geopolítica de tablero de ajedrez. Si China domina la región económica más dinámica del mundo, tendrá la llave para excluir a EE.UU. de los mercados globales.
Para evitarlo, Colby prescribe la “estrategia de denegación”. Imaginemos que China decide invadir Taiwán. La estrategia tradicional de “castigo” implicaría represalias masivas después de que la invasión ocurra. La “denegación” es diferente: consiste en tener desplegadas de antemano tantas y tan letales capacidades militares —submarinos, misiles, redes de drones— que el mero cálculo militar chino concluya que la invasión es imposible de completar. Se disuade haciendo la victoria inalcanzable, no la represalia temible.
Pero aquí viene el verdadero objetivo, el que revela el cinismo maquiavélico del plan: la defensa de Taiwán no es por Taiwán. Es por Japón, por Filipinas, por Australia. Colby argumenta que si Taiwán cae la credibilidad de las garantías de seguridad estadounidenses se evaporará. Los aliados, pragmáticos, se subirán al carro del ganador, China. La coalición antihegemónica en el Pacífico se desintegraría como un terrón de azúcar. Por tanto, todo se subordina a este teatro. Y como los recursos son finitos, surge el mandato cardinal: Asia es la prioridad absoluta. Europa debe defenderse sola de Rusia. Medio Oriente es una distracción que hay que “gestionar” o neutralizar. EE.UU. no puede pelear en dos frentes contra grandes potencias. Esta es la primera gran directriz que Trump ha traducido a hechos.
¿Y cómo se logra esta “denegación” de manera sostenible? Aquí entra el segundo pilar: la “estabilidad estratégica”, un concepto que suena a jerga de la Guerra Fría y lo es. En el lenguaje de la Estrategia de Defensa Nacional 2026”, significa crear una situación donde nadie tenga incentivos para lanzar un primer golpe nuclear, pero donde la amenaza de una respuesta abrumadora sea tan creíble que disuada cualquier agresión menor. Es “paz a través de la fuerza”, pero no como un eslogan vacío, sino como una ecuación matemática de disuasión. Esta lógica bebe directamente del “equilibrio de poder” de Henry Kissinger y de la fría “razón de Estado” de Richelieu. No hay lugar para el idealismo. Se trata de intereses, de poder, de cálculos racionales.
Ahora, desplegar esta fuerza requiere una base material colosal. He aquí donde la política económica deja de ser economía y se convierte en logística de guerra. La NSS 2025 y la NDS 2026 no separan la seguridad nacional de la vitalidad económica; son la misma cosa. Los aranceles masivos, el “America First”, la obsesión por la reindustrialización y la independencia energética no son meras consignas para ganar votos en el Rust Belt. Son los cimientos de la estrategia de denegación. Colby lo dice claro. No puedes defender Taiwán si dependes de China para los microchips, las baterías o los minerales críticos. No puedes sostener una guerra de alta intensidad en el Pacífico si tu industria naval está oxidada y tu cadena de suministro de municiones pasa por Asia. La economía es, en palabras de los documentos, “el anclaje definitivo” del poder militar.
Con este manual en la mano —Colby para la teoría, Heritage para el plan de acción detallado y los documentos NSS/NDS para la ejecución oficial—, cada movimiento de Trump o de su entorno adquiere una coherencia feroz. Lo que parece un capricho o un tuit iracundo es, con frecuencia, la aplicación de un artículo específico del guion.
Tomemos el “abandono” de Europa. Las exigencias de que la OTAN eleve su gasto al 5% del PIB, la retórica beligerante hacia Alemania, la sugerencia de que Ucrania negocie, no son broma. Son la aplicación literal del mandato de Colby: “Europa debe ser el primer interviniente en su propia defensa”. Liberar recursos —tropas, buques, aviones, atención— para desplazarlos al Indo-Pacífico. El “Orden Internacional basado en reglas”, piedra angular del liberalismo de posguerra, es desechado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 por ser una “abstracción”. En su lugar, se imponen acuerdos bilaterales transaccionales. Tú me das algo concreto (bases, dinero, recursos), yo te doy protección. Un realismo despiadado y puro.
Observemos el hemisferio occidental. La retórica incendiaria sobre inmigración y narcotráfico, el despliegue masivo de tropas en la frontera sur, las acciones contra cárteles en México y la reafirmación de una Doctrina Monroe actualizada —el “Corolario Trump”— no son solo para la galería doméstica. La Estrategia de Defensa Nacional 2026” declara que ésta comienza en el propio territorio y en su “patrio trasero”. Un hemisferio inestable, penetrado por potencias extracontinentales (léase China), es una vulnerabilidad inadmisible cuando tu atención está puesta en el Mar de China Meridional. Hay que asegurar el patio, militar y políticamente, para proyectar poder sin distracciones hacia Asia. Cada deportación, cada muro, cada presión a gobiernos latinoamericanos se inscribe en esta lógica de fortificación del bastión continental.
Miremos la obsesión con Irán y el intento de “neutralizar” su programa nuclear. No es un nuevo Irak. Es la aplicación de la regla de “reducir distracciones estratégicas”. Medio Oriente ha sido un pantano que ha consumido sangre y tesoro estadounidense por décadas. Para Colby y los estrategas de la NDS 2026 es un teatro secundario que debe ser, como mínimo, silenciado. Un Irán sin bomba es un problema menos, pero con misiles hipersónicos, no es una variable controlada que permite desviar portaviones y satélites espías hacia el estrecho de Taiwán.
Y en el ámbito doméstico, el rompecabezas termina de encajar. La purga burocrática impulsada por el Project 2025, el desmantelamiento de regulaciones ambientales, la orden de “desatar” la producción de petróleo y gas, la inversión de un billón de dólares en la base industrial de defensa (Groenlandia) no son política partidista tradicional. Son la creación de la máquina de guerra que la estrategia de denegación requiere. Una economía hiperprotegida, autosuficiente en energía y capaz de producir misiles y submarinos a escala de guerra mundial. La “seguridad económica” de la que habla la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 es, en realidad, la movilización industrial para una confrontación prolongada.
Por tanto, cuando se ve la totalidad del cuadro, la ilusión del caos se disipa. El aumento del gasto de la OTAN al 5% del PIB, la salida de acuerdos climáticos y de salud global, el acoso comercial a China, la militarización de la frontera, el giro transaccional con los aliados, el silenciamiento forzado de Medio Oriente… cada una es una pieza de un engranaje diseñado para un solo fin: negar a China la hegemonía asiática, cueste lo que cueste en términos de alianzas tradicionales, orden global o estabilidad en otros teatros.
Trump no improvisa. Es el ejecutor, voluble y camorrista, de una visión estratégica profundamente reaccionaria, realista y fría. Una visión que, renunciando al liderazgo global basado en valores, aspira a conservar la primacía mediante la fuerza concentrada y el cálculo despiadado. Este “método” puede crear una paz dura, fría e inestable, pero también un mundo más fracturado, armado y peligroso, donde la diplomacia es rehén de la lógica de la guerra y donde el margen para el error estratégico se reduce a la tenue luz de un misil hipersónico. La denegación, en su búsqueda de evitar una gran guerra, podría estar encendiendo la mecha de mil conflictos menores. Y en ese juego, como bien sabe Colby, siempre existe el riesgo de que alguien, en algún momento, decida librar la guerra en sus propios términos.
Geo Maher es un politólogo y activista, que ha estado implicado en la Revolución Bolivariana de Venezuela desde hace más de una década. Su conocimiento del chavismo le sitúa en una posición privilegiada para analizar el golpe del 3 de enero.
El 3 de enero de 2026, el presidente venezolano Nicolás Maduro fue secuestrado junto a su esposa, Cilia Flores. Ambos fueron trasladados al corazón del imperio estadounidense, el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, donde ahora permanecen cautivos (como “prisionero de guerra”, en palabras del propio Maduro). El incidente ha expuesto el imperialismo de Estados Unidos, y ha llevado a los miembros de la administración Trump a defender en los principales medios de comunicación un orden mundial basado en las formas de poder más brutas y el predominio de los intereses nacionales, incluida la declaración de Stephen Miller en CNN. “Nosotros establecemos los términos y condiciones”, dijo sobre Venezuela.
Hay mucha confusión tanto en los medios de comunicación dominantes como en la izquierda sobre el reciente secuestro y encarcelamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro. Los canales oficiales han “justificado” el secuestro como un intento de frenar el narcoterrorismo, específicamente el Cartel de los Soles, así como parte de una guerra más amplia contra los narcos y los narcoestados. Primero, explícanos qué sucedió y cuál fue el contexto que antecedió a esta acción. ¿Por qué Estados Unidos, bajo la segunda administración Trump, decidió capturar a Maduro y cuál es su plan maestro? Lo primero es lo primero: debemos tener absolutamente claro que la incursión militar en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores no tuvieron nada que ver ni con el narcotráfico ni con la democracia. Probablemente la mayoría ya lo sabíamos, pero la administración Trump nos ha hecho el favor de confirmarlo. El Departamento de Justicia se retractó inmediatamente de las acusaciones sobre Maduro como líder del ficticio Cartel de los Soles, mientras que Trump desairó las aspiraciones de régimen de la líder de la oposición María Corina Machado, dejando perfectamente claro que la intervención en realidad tenía que ver con el petróleo venezolano y la proyección del poder estadounidense en la región. En otras palabras, este fue un ataque basado en el pretexto más débil posible.
Los magos suelen emplear una técnica llamada “distracción”, donde con una mano hacen algo para distraer al púbico mientras con la otra realizan el truco. Esto nos resulta familiar por el tipo de mentiras que se desplegaron para justificar la guerra de Iraq, por ejemplo, pero la retórica a día de hoy es prácticamente la misma. Es la forma más perezosa y descarada de distracción posible; aun así, hemos visto a liberales e incluso a algunos sectores de la izquierda repetir algunas de estas afirmaciones, en particular la idea de que Venezuela es una dictadura. Si sabemos que esta invasión no tuvo nada que ver con la democracia, ¿por qué siquiera seguimos hablando en esos términos? Está quedando de manifiesto la facilidad con la que nos distraen quienes están en el poder, incluso cuando están siendo brutalmente honestos sobre sus motivaciones intrínsecas.
¿Qué explica la brutal honestidad de la administración Trump? Aquí creo que la respuesta está en la estrategia de proyección en sí misma que tanto Trump como Marco Rubio han enfatizado, pero también puede verse en las dos audiencias diferentes a las que se dirige esta estrategia. La hegemonía global de Estados Unidos se está desmoronando rápidamente. Trump es más honesto sobre ello que la mayoría de los liberales. Así que su estrategia es reforzar el poder estadounidense materialmente, asegurando el acceso a recursos naturales, desde el petróleo hasta los minerales de tierras raras, al tiempo que evita que caigan en manos de adversarios globales, China en particular. La contradicción es que Estados Unidos carece de la capacidad militar para hacerlo, pero también que, debido a las largas ocupaciones de Iraq y Afganistán, la mayoría de los estadounidenses –un sector clave de la base de Trump en particular– no tienen ganas siquiera de intentarlo.
¿Por qué? Aquí es donde entra la “proyección” de Trump, que debemos entender no en sentido psicoanalítico sino dialéctico: se trata de mostrar músculo antes de negociar. Ya sea mediante aranceles o incursiones de fuerzas especiales perfectamente coordinadas, la estrategia consiste en desplegar el poder de forma espectacular –actuar primero, negociar después– de modo que la propia acción redefina los términos de cualquier negociación posterior. Por eso el gobierno estadounidense puede proclamar su oposición a las “guerras eternas” mientras defiende simultáneamente la Doctrina Monroe y el dominio estadounidense en el hemisferio occidental, desplegando una estrategia agresiva y provocadora para reafirmar ese dominio. Es, en cierto modo, una guerra de guerrillas perversa propia de un imperio en decadencia.
Ahora bien, la dimensión psicoanalítica tampoco está lejos: sabemos que el padre de Trump le enseñó que repetir una mentira suficientes veces acaba convirtiéndola en verdad, estrategia que vemos desplegarse hoy. Pero la izquierda también tiene sus propias distorsiones. Nos aferramos tanto a una imagen de pureza revolucionaria que no solo ignoramos las enormes dificultades de hacer una revolución real, sino que además asumimos automáticamente las peores intenciones tanto del gobierno venezolano como de los cientos de miles de personas que luchan sobre el terreno para hacer esa revolución realidad contra viento y marea.
Y aquí está el punto clave: la solidaridad no sirve de nada cuando las cosas van bien. La solidaridad importa precisamente cuando la situación se complica, como está sucediendo ahora.
Retrocedamos un poco. Este incidente tiene lugar dentro de una longue durée de eventos en Venezuela, desde el éxito de la revolución bolivariana hasta la era post-Chávez, con el intento de golpe fallido que buscaba instalar a Juan Guaidó como presidente, y el fortalecimiento de los marcos de la derecha tanto en el interior del país como en la diáspora.
Es difícil comprender los principales factores que nos han llevado a este momento, y elementos como la política internacional y los debates sectarios complican aún más nuestra comprensión. ¿Puedes explicar brevemente cómo la presidencia de Maduro, y ahora su destitución del cargo, encaja en un panorama más amplio de la historia y la política modernas de Venezuela y qué, si acaso, crees que supone para la trayectoria de la nación? Hay longue durée y luego hay longue durée… Primero, necesitamos entender el proceso bolivariano en el largo arco de unos doscientos años: lo que significaron la independencia y la unidad regional para Venezuela y de manera más amplia para la Gran Colombia. Esto significa entender —como tan bien muestra Greg Grandin en America, América— que la sociedad colonial estadounidense ha visto durante mucho tiempo a Venezuela como un desafío a su propio modelo fascista colonial. Más estrictamente, necesitamos tener absolutamente claro que la Revolución Bolivariana no comenzó con Hugo Chávez Frías, aunque él entró en el espacio de posibilidad histórica para desempeñar un papel crucial. En cambio, este es un proceso que surgió de la lucha guerrillera armada de las décadas de 1960 y 1970, la emergencia de luchas comunitarias territorializadas en la década de 1980, y la rebelión masiva contra el neoliberalismo que fue el Caracazo de 1989.
Chávez había estado conspirando con otros izquierdistas en el ejército, y su hermano Adán estaba afiliado a la clandestinidad armada. Pero las masas venezolanas pillaron a todos por sorpresa cuando respondieron furiosamente al señuelo neoliberal del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, quien había prometido resistir el Consenso de Washington pero terminó siguiéndolo al pie de la letra. Cuando liberalizó los precios de la gasolina, los venezolanos se despertaron con tarifas de autobús más altas. Fue la gota que colmó el vaso y miles se amotinaron, se rebelaron, saquearon y quemaron Caracas y otras ciudades durante una semana.
Nada pone en marcha la historia como un motín –lo sabemos perfectamente bien hoy– y, en 1989, el pueblo venezolano rompió su propia historia en dos, destruyó un sistema represivo bipartidista y posibilitó todo lo que ha venido desde entonces. Todo lo cual ubica este proceso en un marco temporal más largo pero también nos dice que tienen un alcance más amplio. Venezuela estuvo en la vanguardia del bumerán histórico contra la ola neoliberal que devastó América Latina antes de aterrizar con efectos igualmente brutales en el Norte Global. Solo al comprender plenamente la textura histórica de esta prehistoria podemos entonces analizar el proceso bolivariano en el poder como parte de un proceso histórico más largo en lugar de como su comienzo (y mucho menos su final).
¿Cuáles son los hitos de ese proceso? Aquí podemos hablar de aproximadamente tres etapas. La primera fase, que va de 1999 a 2005, se caracterizó por sentar una nueva base democrática, reescribir la constitución y recuperar los recursos naturales. Estos recursos se dedicaron directamente (a través del Sistema Nacional de Misiones, que buscaba eludir la burocracia estatal) a una amplia gama de programas de bienestar social que redujeron drásticamente la pobreza, proporcionaron acceso universal a la salud y la educación, y construyeron millones de unidades de vivienda.
La segunda fase, de 2006 a 2012 aproximadamente, buscó erigirse sobre estos logros progresistas a través de un proyecto mucho más ambicioso que podríamos entender más fácilmente como “revolucionario”. El objetivo en esta fase era transformar toda la estructura política mediante la expansión de consejos y comunas de base, con el objetivo último de poner a la gente común a cargo de sus propias vidas, producir lo que las comunidades realmente necesitan, y reemplazar el estado liberal-burgués tradicional con un nuevo “estado comunal” socialista (esta idea, para ser claros, no fue inventada por Chávez, sino que se remontaba a la lucha armada tardía).
La tercera fase (aproximadamente desde la muerte de Chávez) se ha caracterizado por una profunda crisis económica, política y social. Si bien esta crisis comenzó con la mala gestión del tipo de cambio y la corrupción que la acompañó, podría haberse corregido de no haber sido por otros factores, incluida la agresión y el sabotaje abiertos y violentos que Maduro recibió inmediatamente por parte de Estados Unidos y las fuerzas de oposición venezolanas. Aquí debemos ser claros: la causa más importante de la crisis, y ciertamente de la catástrofe, ha sido el régimen de sanciones absolutamente brutal y asesino instituido tanto por Barack Obama como por Donald Trump. Durante más de una década, Venezuela se ha enfrentado una guerra híbrida que ha devastado la producción de petróleo, paralizado la economía, sumido a la población en el hambre, provocado una crisis de emigración masiva y obligado al gobierno de Maduro a tomar una serie de medidas desesperadas y defensivas en un intento de estabilizar la economía y alimentar a su pueblo.
¿Crees que la administración de Maduro debería haber manejado la transición post-Chávez de manera diferente y, de ser así, cómo? Como muchos otros, he sido escéptico e incluso crítico de ciertas políticas o estrategias adoptadas por el gobierno de Maduro, por ejemplo, el empoderamiento de ciertos sectores militares y las aperturas tanto hacia el sector privado como hacia inversores extranjeros. Pero también sé que esas decisiones se están tomando bajo una coacción severa. La realidad es que si no entendemos la gravedad de las sanciones, no entenderemos nada en absoluto. Y cualquier intento de cuestionar lo que el gobierno de Maduro “debería haber hecho” tendría que comenzar desde el terreno concreto en el que realmente estaba maniobrando.
Ciertamente, el secuestro de Maduro también tiene implicaciones para la región y la geopolítica global más ampliamente. ¿Qué crees que significa para la política en América Latina, para países como Cuba, pero también para la política de la Marea Rosa en general, especialmente mientras la administración Trump continúa su política de antagonizar a líderes de izquierda como Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum (incluso en temas como su apoyo a Palestina y sus críticas a Israel)? Muchos medios de comunicación estadounidenses están trazando un paralelo con Noriega. ¿Hay un precedente para este tipo de política exterior estadounidense hacia América Latina, o estamos presenciando algo nuevo? Nuevamente entendido a través de este largo marco histórico, el proyecto bolivariano y la oposición al mismo han sido siempre transnacionales. Por un lado, esta es una lección clave que arroja tanto la teoría de la dependencia temprana como las luchas revolucionarias: si bien el objetivo es “desvincularse” del sistema capitalista global, las estrategias de autarquía aislacionista o socialismo en un solo país son increíblemente difíciles (si no condenadas al fracaso). La respuesta de Chávez a estos desafíos fue desarrollar instituciones de integración regional: alianzas latinoamericanas, instituciones crediticias y zonas comerciales que fortalecerían los lazos de solidaridad entre gobiernos progresistas e izquierdistas al tiempo que proporcionarían apoyo económico concreto y una red de seguridad política para afrontar crisis momentáneas. Esto significaba instituciones crediticias que no venían con las condiciones del ajuste estructural del FMI/Banco Mundial, pero también el hecho de que, durante la década de 2000, los gobiernos progresistas en Chile y Brasil pudieron respaldar experimentos más radicales en Bolivia y Venezuela.
El capital global y el imperialismo estadounidense han buscado desmantelar esa unidad desde el principio a través de golpes de estado y cuasi-golpes, financiando campañas electorales de la oposición, y facilitando la emergencia de un movimiento juvenil fascista a escala continental bajo el liderazgo del narcofascista colombiano Álvaro Uribe. Si bien este ataque a la Marea Rosa siempre ha sido bipartidista —con Obama y Hillary Clinton canalizando ayuda a la oposición venezolana a través de USAID y facilitando el golpe de 2009 en Honduras— el propio Trump se ha tomado en serio esta tarea, apoyando el ascenso cuasilegal de Bolsonaro en Brasil, candidatos de extrema derecha en Argentina y otros lugares, y ahora un neofascista en Chile. Estos son tiempos oscuros para la unidad regional.
Pero no todo está perdido, y también hemos visto la emergencia de una nueva Marea Rosa desde los lugares más inesperados, específicamente el desarrollo de una hegemonía izquierdista en México –“tan cerca de Estados Unidos, tan lejos de Dios” en la frase de Porfirio Díaz– y el comienzo de algo similar en una Colombia profundamente y estructuralmente fascista. Solo el tiempo decidirá si el corolario de Trump a la Doctrina Monroe atacará estos ejemplos directamente, pero sus movimientos agresivos y el desmantelamiento del poder blando estadounidense en la región es una estrategia arriesgada sin duda.
Fijándose en las luchas en el terreno en Venezuela, los medios de comunicación dominantes –especialmente en el corazón del imperio– han amplificado un bombardeo unilateral de voces de venezolanos de derecha en el país y en la diáspora. Esta narrativa ya habitual dice que no son solo los elementos burgueses tradicionales quienes se opusieron a Chávez y la revolución bolivariana, sino un sentimiento cada vez más generalizado que emerge de las no-élites de clase trabajadora que creen que el gobierno de Maduro fue un fracaso que arruinó la economía y que el propio Maduro era un dictador malvado. ¿En qué medida tiene este argumento algo de validez? ¿Qué clase social apoya el secuestro de Maduro? ¿Es el gobierno de Maduro tan tremendamente popular como lo fue Chávez en su apogeo? Por supuesto que no. Pero establecer este argumento como nuestra línea base garantiza malinterpretar la realidad. Venezuela ha estado inmersa en una crisis económica sostenida durante más de una década, aunque los últimos años han traído más estabilidad, ya que las reformas gubernamentales han mejorado las condiciones en el terreno. Cualquier crisis económica sostenida significará menos apoyo para quienes están en el poder. Esto no solo debería asumirse, sino que el objetivo declarado de las sanciones estadounidenses es simplemente castigar al pueblo hasta que se vuelva contra su gobierno. Esta fue también la estrategia estadounidense durante la Guerra de los Contras, con los sandinistas de Nicaragua: desatar el terror sangriento hasta que el pueblo vote, con una pistola en la cabeza, para poner fin a la revolución, lo que finalmente hicieron en 1990. Es increíblemente tonto interpretar ese resultado, o cualquier elección bajo la coacción de sanciones y guerra, como una victoria para la democracia.
Así que sí, por supuesto que la composición de clase de los votantes de la oposición y de la opinión pública ha cambiado, porque quienes sostienen el peso de la crisis sobre sus espaldas no son las comunidades en el exilio más ricas, aunque esos exiliados siguen siendo los más ruidosos y todavía ocupan la gran mayoría del tiempo en las televisiones. Por supuesto, esto ha significado que un sector de venezolanos menos politizados haya oscilado hacia la oposición. Pero como los mejores analistas en el terreno siempre han dejado claro, estos cambios electorales son en gran medida económicos, a menudo temporales, y de ninguna manera constituyen un respaldo de las políticas de la oposición venezolana, que rara vez ofrece propuestas políticas. Esto tampoco es un accidente, ya que en el transcurso de veinticinco años el chavismo se ha vuelto hegemónico, lo que significa que casi todos creen que el petróleo pertenece al pueblo y debe usarse para su beneficio colectivo. Esto significa que las posiciones políticas sostenidas por la oposición –un retorno al neoliberalismo, la privatización y la austeridad– son profundamente impopulares, por lo que rara vez las enuncian en voz alta. Culpan al gobierno de todos los efectos de la crisis e intentan ganar el poder por defecto.
¿Tiene la resistencia alguna oportunidad de éxito? Esa impopularidad se hace especialmente obvia en momentos como el presente: las encuestas muestran que apenas el 3% de los venezolanos apoya la intervención militar, mientras que muchos autoproclamados “líderes” de la oposición celebran abiertamente los ataques del 3 de enero. En lugar de celebrar en las calles, como algunos en la derecha parecían haber esperado con arrogancia, los votantes de la oposición denunciaron el secuestro de su jefe de estado por una potencia extranjera, mientras que muchos otros expresaron miedo y ansiedad sobre lo que está por venir. La respuesta de muchos otros, en palabras del ex ministro de las comunas Reinaldo Iturriza, fue de luto silencioso que, escribe, es difícil de interpretar pero que debemos trabajar para entender.
La resistencia está ahí, seguro, en las miles de comunas y organizaciones de base que están redoblando y cavando para ganar la lucha a largo plazo. Estos son organizadores cuyo objetivo principal siempre ha sido la defensa de un proceso y no de un gobierno, pero que también entienden que, por ahora, el proceso depende del gobierno. Pero a corto plazo, la pregunta es: ¿resistencia contra quién? ¿Cómo resistes a un enemigo a miles de kilómetros de distancia?
Han surgido todo tipo de teorías de la conspiración en torno a lo que sucedió la noche del secuestro de Maduro. Algunas cosas que sí sabemos, por ejemplo, son que Delcy Rodríguez ha mantenido un tono conciliador y que la respuesta militar esa fatídica noche fue tibia en el mejor de los casos. En ausencia de conocimiento sobre la inteligencia militar estadounidense, nos quedamos teniendo que reconstruir cómo sucedió. ¿Tienes alguna idea sobre estas teorías, o qué papel juega este tipo de operación encubierta en la estrategia y política de la administración Trump en la región? Creo que tienes toda la razón en que estas son teorías de la conspiración y, una vez más, es vergonzoso ver a algunos en la izquierda recurriendo a la conspiración, alimentando la división y asumiendo lo peor sobre el liderazgo venezolano, en lugar de analizar la coyuntura. ¿Qué sabemos sobre la realidad material de la situación? Que el ejército estadounidense tuvo una superioridad militar abrumadora en la operación del 3 de enero, que fue capaz de desplegar 150 aeronaves, fuerzas especiales altamente entrenadas y que dispuso de una capacidad logística sin precedentes para lo que fue esencialmente una operación de robo rápido. Sabemos que hubo una lucha —de hecho fue una masacre, particularmente contra aquellos soldados cubanos que resistieron.
Además, sabemos que las amenazas contra el gobierno bolivariano no terminaron el 3 de enero. Esa demostración de fuerza buscaba moldear un proceso de negociación en curso, en un contexto donde ni una ocupación militar ni un gobierno títere parecen opciones viables. En este escenario, la presidenta en funciones Delcy Rodríguez –tras denunciar públicamente el secuestro– ha adoptado un tono notablemente conciliador. Es cierto que en Venezuela todos intentan interpretar cada palabra de estas declaraciones, pero es crucial no sobreinterpretar la situación ni caer en teorías conspirativas, algo que desgraciadamente está ocurriendo en algunos sectores de la izquierda.
¿Qué papel juega Delcy Rodríguez en estos momentos? Delcy Rodríguez está actuando exactamente como cualquiera actuaría en este tipo de situación si su objetivo es evitar un segundo ataque, y especialmente si su preocupación es estabilizar la economía y aprovechar la situación actual para lograr que se levanten las sanciones. Aplicando la navaja de Occam, nada de esto requiere interpretaciones excesivamente complicadas. Lo que esta estrategia significa a medio y largo plazo es otra cuestión, como lo es también la cuestión más amplia de las diferentes –e incluso contradictorias– motivaciones, valores e intereses que circulan dentro del chavismo. Créanme, como alguien que ha escrito dos libros sobre estas contradicciones: son importantes. ¿Creo que los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López representan el sector más radical de la Revolución Bolivariana? No, no lo creo. ¿Es posible que estén más preocupados por salvar el pellejo que por salvaguardar la Revolución? Sí, es posible.
Pero en un nivel fundamental, estas no son las preguntas esenciales que necesitamos hacernos en este momento. Y lo que los autoproclamados críticos de izquierda no te dirán es que el gobierno actual, a pesar de las contradicciones internas, ha estado trabajando para expandir el alcance y el poder de las comunas durante años. Apenas unos días antes del secuestro, el propio Maduro elogió la consolidación del poder comunal, que hemos visto expandirse por todo el país y que ha sido bien documentado por el Observatorio Venezolano Ant-Bloqueo. Además, el actual ministro de comunas –Ángel Prado, a quien conocí mientras escribía Building the Commune– es un revolucionario increíble y un camarada. En el pasado, sobrevivió a intentos de asesinato por parte de líderes locales chavistas corruptos, y ahora es parte de este gobierno. No es ingenuo ni estúpido, ni tampoco lo son los cientos de miles, si no millones, que saben que cualquier revolución posible debe venir inevitablemente a través del chavismo, no contra él.
De hecho, en los días y semanas desde el secuestro de Maduro, el gobierno ha redoblado la producción comunal, agregando 215.000 hectáreas a un nuevo plan de producción estratégica de alimentos y convocando un congreso nacional sobre la economía comunal para el 4 de febrero, cuando se celebra el aniversario del golpe de Chávez de 1992. Los lectores en inglés pueden leer un número completo de Monthly Review publicado justo el año pasado sobre el tema, que incluye una entrevista con Prado.
Dos de tus libros, Nosotros creamos a Chavéz y Building the Commune, tratan sobre la economía política y la composición de clase de Venezuela. Has escrito extensamente sobre la política del petróleo venezolano y su relación con la revolución bolivariana. ¿Puedes explicar el papel de las sanciones en el deterioro de la producción petrolera venezolana y otros recursos minerales? A pesar de todo el discurso, la política del petróleo en Venezuela sigue siendo poco comprendida, así que repasemos algunos conceptos básicos. Durante el último siglo, la economía de Venezuela ha girado principalmente en torno a las exportaciones de petróleo, que, como muchos economistas y otros han observado desde hace mucho tiempo, es tanto un regalo como una maldición –lo que un ministro de petróleo venezolano describió famosamente en The Economist como “el excremento del diablo”. Lo es porque introduce distorsiones profundas en la economía de un país, pero lo que se reconoce menos es que esto constituye básicamente una amplificación de dinámicas coloniales más profundas: la extracción de recursos transforma cada aspecto de una sociedad, y orientarse hacia el mercado global significa desentenderse de las necesidades internas.
Lo que esto significó para Venezuela resulta revelador: en la década de 1970, aproximadamente el 90 por ciento de la población vivía en ciudades y el 90 por ciento de los alimentos se importaban. Hay una conexión clara entre ambos: el petróleo no se puede comer. Hace mucho tiempo, revolucionarios venezolanos pertenecientes a sectores de la izquierda armada comenzaron a formular una alternativa radical que buscaba “sembrar el petróleo” –por tomar prestada una expresión célebre–, recuperando las rentas petroleras para invertir en la diversificación y reestructuración de la economía en un esfuerzo por revertir estos legados coloniales. Cabe señalar que nunca ha habido una tendencia “antiextractivista” significativa en Venezuela como la que hemos visto en Bolivia y otros lugares; el consenso siempre fue usar el petróleo para ir más allá del petróleo. Esta teoría radical del petróleo fue central para el chavismo, que inmediatamente reconstituyó la OPEP para elevar drásticamente los precios del petróleo, contribuyendo así –y este es un dato importante– más al desarrollo de alternativas verdes en el norte global que la mayoría de nuestros esfuerzos conjuntos.
¿Qué pasos se tomaron para transformar esa estructura? Bajo la bandera de la “soberanía alimentaria”, la producción agrícola durante el gobierno de Chávez aumentó considerablemente, en algunos casos de forma espectacular. Pero la gente también comenzó a comer más y seguía queriendo y necesitando una amplia gama de bienes importados. Y si resulta increíblemente costoso revertir siglos de economía colonial en lo que respecta al cultivo de alimentos, lo es aún más en el caso de productos industriales y especialmente de alta tecnología. Este es el hecho más básico de la trampa de la dependencia global: sigues necesitando importar bienes caros. Así que la diversificación económica más allá del petróleo avanzó algo bajo Chávez, pero nunca fue suficiente, y resultó increíblemente difícil y costoso de sostener. En cada crisis y cada temporada electoral, la opción más barata y efectiva siempre fue usar los ingresos petroleros para abastecer los estantes de los supermercados.
Sé que es una forma indirecta de llegar a la pregunta de las sanciones, pero importa, en parte porque explica lo fácil que fue para Estados Unidos estrangular a Venezuela. Una dependencia de las ventas de exportación y las importaciones de alimentos es un pasivo político masivo y un punto de estrangulamiento económico clave, así que cuando el precio del petróleo comenzó a caer, había menos dinero para alimentar a la gente. Esto era cierto incluso antes de las sanciones. De hecho, hubo un momento en que las comunas se propusieron tomar el control del sector de importación directamente dado lo avanzada que estaba la corrupción en el sector privado. Lamentablemente, esto nunca se materializó, dejando a Venezuela en situación de vulnerabilidad y facilitando que el gobierno estadounidense pusiera en marcha una campaña de inanición contra el pueblo venezolano. Como señalan Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs Sachs, estas sanciones causaron unas cuarenta mil muertes solo en sus primeros dos años.
La gente realmente no entiende cuán severas son estas sanciones ni cómo impactan en el sector petrolero creando una espiral mortal. Estados Unidos ha bloqueado efectivamente no solo la capacidad de Venezuela para vender petróleo dentro del país y a sus aliados, sino que además ha excluido completamente a Venezuela de SWIFT (la red central para las transacciones financieras globales). Esto significa que Venezuela debe pagar seguros de guerra carísimos para el transporte marítimo, enviar el petróleo hasta Rusia o China –al otro extremo del mundo– donde lo vende con grandes descuentos, y luego arreglárselas para cobrar por vías alternativas al margen del sistema financiero internacional. Todo este proceso encarecido y complicado es el mínimo necesario para que Venezuela pueda simplemente vender su petróleo. Los efectos han sido devastadores.
Y el problema va más allá: toda la producción en Venezuela, y la producción petrolera en particular, depende de costosas piezas e insumos químicos que también deben importarse y pagarse. Así que cuando la administración Trump culpa al gobierno de Maduro por el declive de la industria petrolera, estamos ante otra mentira descarada: la producción de petróleo comenzó a reducirse en todo el mundo por la fuerte caída de los precios del petróleo, pero la producción petrolera venezolana colapsó completamente cuando las sanciones lo hicieron imposible.
¿Aceptas la idea de que el control del petróleo u otros recursos naturales es la motivación principal para el secuestro de Maduro? El secuestro de Maduro y Flores y el chantaje al pueblo venezolano está directamente relacionado con el petróleo, pero también tiene que ver con una política exterior más amplia y con el significado que tienen el petróleo y los otros recursos naturales, como los minerales de tierras raras que posee Venezuela. Se trata de acceder a esos recursos, negárselos a competidores como China y Rusia, y reforzar de manera violenta el hemisferio occidental como un bastión para un imperio en quiebra.
También has escrito extensamente sobre las comunas y sus esfuerzos para alejarse de una economía petrolera. Obviamente, mucho ha cambiado desde que comenzaste a investigarlas, pero ¿puedes guiarnos un poco a través de estos cambios? Las comunas de Venezuela son la única solución real a la colonialidad de larga data de la economía del país, y el impacto pernicioso del petróleo en particular. Si el colonialismo, y el petróleo en particular, distorsionan la economía hacia mercados y presiones externos, las comunas apuntan en la dirección opuesta: hacia lo que los teóricos de la dependencia posteriores llamaron “desarrollo endógeno”; hacia la soberanía alimentaria; hacia transformar la economía priorizando las necesidades de la gente, no del capitalismo global; y hacia la independencia real y sustantiva que todo esto acarrea. Las comunas contribuyen a, e incluso representan, el horizonte último del bolivarianismo revolucionario porque proporcionan un mecanismo para que las comunidades determinen sus propias prioridades y necesidades y trabajen colectivamente para satisfacerlas.
Ahora bien, existe una tensión en torno al poder comunal cuando se trata de la crisis, que ya discutí en Building the Commune, y que está profundamente relacionada con las contradicciones planteadas por la propia economía petrolera. Cuando había mucho dinero petrolero circulando, el chavismo pudo –y de hecho lo hizo– dedicar recursos significativos para apoyar y financiar la expansión de la producción comunal. Pero al igual que vemos en el sector sin ánimo de lucro estadounidense, por ejemplo, esto también puede conducir a lo que los economistas llamarían comportamiento rentista, con comunas formándose debido a los recursos disponibles y las necesidades del gobierno en lugar de sus propias necesidades. ¡Había tantas comunas textiles produciendo camisetas en un momento dado! Pero cuando estalló la crisis económica, y particularmente el tipo de crisis que hace casi imposible importar bienes, las cosas cambiaron drásticamente.
Muchas comunas colapsaron inmediatamente, pero la gente todavía necesitaba comer. Aquellas que sobrevivieron comenzaron a proporcionar directamente lo que la gente necesitaba de manera más desesperada, gran parte de lo cual se entregó directamente a la población a través de nuevas redes de distribución administradas por el gobierno. En otras palabras, nada dejó más claro al gobierno venezolano que necesita las comunas que la crisis misma. Nunca celebraríamos este tipo de bautismo de fuego –algo similar sucedió en Cuba durante el “Período especial” después de la caída de la Unión Soviética– pero es una tensión y característica innegable de la realidad. Basándonos en observaciones de los camaradas en el terreno, hay razones para creer que las comunas se han fortalecido en años recientes gracias en parte a los programas de estabilización de emergencia del gobierno de Maduro.
Una parte del programa del chavismo fue construir solidaridad con comunidades de clase trabajadora en todo el mundo, incluso en Estados Unidos. ¿Cómo era esa visión y dónde está ahora? ¿Qué están haciendo (por ejemplo, haciendo campaña para devolver a Maduro a Venezuela) los anticapitalistas antiimperialistas en todo el mundo? Comencé con la cuestión de la solidaridad selectiva, y vale la pena terminar con ello. Hubo un tiempo en que era fácil apoyar la revolución venezolana. A través de CITGO, Venezuela distribuyó combustible gratuito a personas de clase trabajadora en el Bronx y comunidades indígenas en todo Estados Unidos para poder poner la calefacción. Después del huracán Katrina, Chávez ofreció ayuda de emergencia, pero fue rechazada. Y en el apogeo del proceso bolivariano, era fácil y relativamente barato visitar Venezuela para ver el proceso en tiempo real y comprometerse directamente con movimientos en el terreno, y para que los organizadores venezolanos visitaran Estados Unidos, organizando giras de conferencias donde exponían sus posiciones. Esos tiempos desaparecieron hace mucho tiempo, y la solidaridad se ha vuelto mucho más difícil en la teoría y en la práctica.
Pero de nuevo, ¡no necesitamos solidaridad cuando la situación es fácil, la necesitamos cuando la situación es difícil! No se trata de ser solidarios con líderes o presidentes, sino con las comunidades que luchan. No el tipo de solidaridad coercitiva que amenazamos con retirar cada vez que no estamos de acuerdo con esta o aquella política del gobierno venezolano, sino una solidaridad que le dé al proceso revolucionario un respiro estratégico. La crítica es necesaria, pero nuestra crítica debe estar fundamentada en una comprensión material del terreno y de las opciones disponibles, y con un respeto por la estrategia en un contexto donde no tenemos toda la información. Para ser claros, hay muchos críticos en el terreno en Venezuela procedentes de todas las tendencias políticas. A lo largo del proceso venezolano, hemos visto una especie de repetición de debates estratégicos de larga data entre lo que podríamos ver aproximadamente como tendencias y estrategias más trotskistas y más estalinistas, aunque no siempre se identifiquen con esos nombres.
En Venezuela como en otros lugares, las corrientes trotskistas y de extrema izquierda tienen como virtud su espíritu crítico, pero su gran limitación es que no logran entender que un proceso revolucionario es precisamente eso: un proceso, necesariamente difícil, desigual y lleno de contradicciones. Por su parte, las corrientes más “estalinistas” sí comprenden que la transición socialista es compleja y conflictiva, que exige tomar decisiones duras en condiciones inevitablemente adversas; pero su debilidad en Venezuela y otros lugares es un enfoque excesivamente cauteloso y conservador que antepone la estabilidad a la acción transformadora de masas (precisamente el tipo de lucha que hizo posible el proceso bolivariano desde sus inicios). Esos debates continúan teniendo lugar sobre el terreno.
¿Cómo ha sido la respuesta de la izquierda en EEUU? Nosotros en Estados Unidos no tenemos autoridad para decirle a los venezolanos cómo hacer su revolución. Y lo digo no desde un antiimperialismo abstracto, sino desde una comprensión material de lo que está en juego. La consigna “Manos fuera de Venezuela” es importante, pero no basta. No se trata solo de oponernos a la intervención estadounidense en Venezuela –como deberíamos oponernos en todas partes–, sino de apoyar activamente el proyecto político verdaderamente revolucionario que Venezuela ha ofrecido al mundo: democracia directa, economía autogestionada y poder comunitario frente al capitalismo global y el imperialismo.
Nuestra tarea en Estados Unidos no es únicamente combatir el fascismo en las calles, sino también construir una revolución en el vientre de la bestia. Y cuando lo hacemos, estamos librando exactamente la misma lucha que los venezolanos.
Cuando hablamos de construir comunidades sin policía, hablamos de comunidades igualitarias, estables y prósperas donde satisfacemos nuestras necesidades y nos protegemos colectivamente. Cuando enfrentamos a los escuadrones de ICE en las calles y nos negamos a permitir que secuestren a nuestros vecinos y destruyan nuestras comunidades, estamos construyendo y ejerciendo poder colectivo contra el terror fascista. Eso es exactamente lo que los venezolanos defienden, con el agravante de que deben hacerlo mientras resisten el imperialismo estadounidense para conquistar la libertad de construir esa visión revolucionaria.
Pero hay que decirlo sin rodeos: este es un proceso largo y difícil que inevitablemente implica una lucha prolongada y sangrienta contra los enemigos más feroces del progreso.
Más allá de nuestras evaluaciones sobre las virtudes o defectos del liderazgo venezolano, más allá de nuestros propios sectarismos, nuestras tareas para las próximas semanas, meses y años son perfectamente claras. Uno, presionar por una Resolución de poderes de guerra que detenga inmediatamente toda financiación de la agresión contra Venezuela. Dos, exigir la liberación y repatriación inmediatas de Nicolás Maduro y Cilia Flores. Tres, lo más importante: exigir –y luchar por– el levantamiento inmediato de las sanciones, para que los venezolanos puedan decidir por sí mismos –mediante la lucha de masas y no con una pistola en la sien– el rumbo futuro de la Revolución Bolivariana.
Esta entrevista se publicó inicialmente en Spectre el 27 de enero de 2026. Ha sido traducida por Ekaitz Cancela y publicada con el permiso expreso de la revista.
Con las inherentes asimetrías de poder y más allá de algunas declaraciones oficiales de ambas partes permeadas por los señuelos sicológicos propagandísticos sembrados y dosificados por la administración Trump como fines de distracción, a un mes de la flagrante agresión militar del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) contra Venezuela, la niebla de la guerra no permite identificar con precisión y certeza los datos de la realidad sobre el terreno. Existen muchas lagunas y las informaciones proporcionadas son subjetivas, fragmentadas e imprecisas, y se entremezclan con fake news y una amplia gama de desinformación tóxica propulsada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, lo que no permite monitorizar de forma fiable cómo se ejecutó la operación y de qué manera han evolucionado los hechos hasta el presente.
De manera preliminar se pueden identificar algunos elementos centrales del ataque imperial del 3 de enero de 2026 contra Venezuela. Todo indica que no fue únicamente un episodio militar convencional, sino una acción de dominación multidominio (tierra, aire, mar, espacio, ciberespacio), donde la fuerza física, el ciberespacio, el espectro electromagnético y una campaña de manipulación desinformativa de saturación operaron como armas para desorganizar las capacidades de defensa estatales, condicionar la percepción pública y reducir los costos políticos de la agresión.
A partir de las declaraciones del presidente Trump y del jefe del Estado Mayor Conjunto, general John Daniel Caine, la mañana del 3 de enero, el “apagón” provocado en Caracas previo al ataque armado fue parte de un diseño de guerra operativizado por los Comandos Espacial y Cibernético de Estados Unidos, dirigido a dañar la infraestructura crítica (energía, telecomunicaciones y digital, incluidos servidores/equipos en instalaciones científicas) y degradar la conectividad vía el despliegue de unidades especializadas para la interferencia de señal (jamming). Fue un mecanismo de asfixia táctica dirigido a cortar, segmentar, confundir y paralizar temporalmente a la población venezolana. En términos militares, la operación fue diseñada para “abrir un corredor” para el Ejército (comandos Delta y otras fuerzas), disminuir la resistencia local y limitar la capacidad de mando, control y comunicación del Estado venezolano. A lo que se sumó el factor Starlink −el internet satelital de SpaceX, la empresa de Elon Musk−, que en un contexto de ciberataque y disrupción de conectividad (igual que ocurrió recientemente en la desestabilización de Irán operada por la CIA y el Mossad israelí), ofreció servicio “gratuito” de banda ancha a quienes dispongan de las terminales correspondientes en Venezuela hasta el 3 de febrero.
Como ha reseñado el Observatorio de Medios de Cubadebate, tras el ciberataque y la consumación del secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, la segunda fase de la guerra de agresión imperialista que continúa hasta nuestros días fue la disputa por el control del relato a través de narrativas contradictorias, conspirativas y material manipulado, que, usando estrategias de saturación throw spaghetti at the wall (arrojan espaguetis a la pared) y memes, incluidos insumos generados con inteligencia artificial, buscó instalar una versión confabulatoria de la realidad y generar un “caos orgánico” en los usuarios de las redes digitales y aplicaciones de mensajería. Se trata de técnicas, herramientas o vectores de ataque diferentes −a menudo poco refinados con la esperanza de que uno “se pegue” y viole con éxito las defensas de un objetivo, especialmente común en la etapa inicial de un ciberataque−, utilizados con frecuencia por el Ejército de Estados Unidos en sus operaciones sicológicas (PSYOP) para dificultar la atribución de fuentes y erosionar la confianza del enemigo.
En definitiva, asistimos a una campaña de influencia político-ideológica que combina la guerra mediática con la guerra cognitiva (la mente y la conciencia humanas como teatro de operaciones), estructurada con eje en la siembra de desinformación, reciclaje audiovisual y contenidos sintéticos descontextualizados, engañosos y/o ultrafalsos (deepfake), dirigida a saturar el entorno informativo del gobierno de Venezuela y, por extensión, a contaminar las “noticias” difundidas por los medios hegemónicos (The New York Times, The Guardian, AP, Reuters y sus papagayos urbi et orbi), cuyo fin es sembrar ambivalencia y confusión, con el objetivo de deslegitimar y dividir al alto mando político-militar-comunal-popular bolivariano.
Mediante una narrativa de “conspiración” y “traición” al más alto nivel del chavismo con base en fuentes anónimas y sin ningún tipo de constatación fáctica, el blanco de la acción sicológica de Estados Unidos está centrado ahora en la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien encarna al “comunicador llave”: la persona de mayor popularidad y representatividad institucional productora de significados (una especie de “superyo” colectivo), que debe ser alcanzada para controlarla, desviarla de su poder (mediante la coacción, el chantaje, la corrupción o el soborno) o destruida. Trump no “gobierna” Venezuela. Tampoco controla el petróleo. Es falso. Sigue, pues, la guerra. No hay campo de paz, sino sólo apariencia de tal mientras busca vencer y dominar a Rodríguez de otro modo, y si éste fracasa se recurrirá a los medios físicos, como ya amenazó. A otro nivel, también se trata de minar la moral y eficiencia de un enemigo en resistencia; apoyar las operaciones encubiertas y de engaño tácticos de la CIA y el Pentágono; incitar y coordinar la subversión interna, y apoyar otras medidas (políticas, económicas, sociales) que coadyuven al logro del objetivo: destruir la revolución bolivariana y apoderarse del petróleo y otros minerales geoestratégicos.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Fuentes: Rebelión [Foto: Lienzo de Vasily Vereshchagin, «La apoteosis de la guerra»,
Galería Tretyakov, Moscú]
Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
Las guerras imperialistas se multiplican desde la desaparición de la URSS, que también significó el final de todos los equilibrios surgidos de la derrota del nazismo. De Iraq a Siria, pasando por Libia. Sudán o Líbano, etc, las grandes potencias occidentales en general y Estados Unidos en particular intervienen militarmente, directa y/o indirectamente, en nombre de la defensa de «grandes valores universales»: los derechos humanos, los derechos de las mujeres, la protección de las minorías, etc. Estos nuevos discursos ideológicos de legitimación de las guerras tratan de fabricar un consentimiento popular de las guerras lleno de consecuencias para los pueblos de los países agredidos, pero también para los de los países agresores.
Perspectiva histórica
Los discursos de legitimación de las guerras han evolucionado desde el nacimiento del capitalismo en el siglo XVII de forma paralela a las mutaciones del nuevo sistema capitalista. En su fase preimperialista, la del capitalismo anterior al dominio de los monopolios, el objetivo principal de las guerras era el saqueo y la destrucción de civilizaciones enteras. Estos saqueos y destrucciones se justificaron en primer lugar por medio de la «doctrina del descubrimiento» (que afirma que las Américas que «descubren» los conquistadores carecían de propietarios) y a continuación por medio de la intervención del racismo (que afirma que las personas indígenas no son totalmente humanas y, en consecuencia, que los conquistadores tienen una misión de humanización). La esclavitud, la colonización, la evangelización por la fuerza, el trabajo forzado, etc., se justificaban al ser considerados los medios necesarios para hacer humanos a unos pueblos que estaban todavía en una fase animal o para hacer evolucionar a unos «pueblos infantiles».
La segunda globalización del capitalismo (1850-1914) toma el relevo de la primera (1492-1850) con la carrera para colonizar África en la segunda mitad del siglo XIX. El progreso del saber científico, la «famosa Ilustración» y sus consecuencias políticas (afirmaciones humanistas, uiversalistas, etc.), el desarrollo del movimiento obrero, etc., todo estos factores provocan una mutación de los discursos de justificación de la conquista. Así, la colonización del continente africano se justifica en nombre de la abolición de la esclavitud. Ya no se trata de hacer humanos a unos animales, sino de civilizar a unos pueblos que se han quedado estancados en un estadio anterior de evolución. La misión de humanización cede el paso a la misión civilizadora.
La experiencia del nazismo y la derrota de este hacen que todas estas ideologías queden bruscamente obsoletas puesto que, en efecto, los nazis sometieron Europa en nombre de unas ideologías similares. Ellos también defendían una jerarquización entre las «razas» humanas, pero la extendía a los pueblos europeos. Ellos también pretendían «civilizar» el mundo bajo la dirección de la «raza» más avanzada: la aria.
La nueva potencia hegemónica, Estados Unidos, iniciará el nuevo discurso de legitimación bajo el nombre de «Guerra Fría». Por lo tanto, en adelante es en nombre del «peligro comunista» como se libran las guerras y como se justifica el mantenimiento de la colonización y después de las injerencias en los nuevos Estados independientes.
Los efectos sistémicos de la desaparición de la URSS
La desaparición del contrapeso a la hegemonía estadounidense sume al mundo en una situación inédita. Por primera vez desde los orígenes del capitalismo, el unilateralismo es casi total. En efecto, recordemos que tras una primera fase multipolar (durante la primera globalización), Gran Bretaña y Francia se imponen rápidamente como las dos potencias hegemónicas. Cada una de estas dos potencias rivales estaba obligada a tener en cuenta a la otra y constituía un contrapeso. A partir de 1945 esta función de contrapeso la desempeñarán la URSS y los demás países socialistas.
Las ventajas del unilateralismo son colosales para el capital estadounidense. La reflexión estratégica estadounidense se orientará lógicamente a las condiciones que se deben instaurar para que perdure una situación tan rentable. De ahí se desprenderán dos ejes estratégicos que hay que justificar por medio de nuevos discursos de legitimación ideológica. El primero consiste en operar una cirugía política en los espacios estratégicos del planeta (en términos de recursos o de vías de transporte) y de ahí proviene una serie de guerras de balcanización cuyo objetivo es dividir en varios Estados a aquellas naciones que disponen de una base territorial y de riquezas, lo cual podría proporcionarles en el futuro la posibilidad de rechazar la tutela estadounidense: Yugoslavia, Iraq, Sudán, Libia, Siria, etc. Este ciclo no se ha cerrado todavía.
El segundo eje es la instalación de pequeños Estados vasallos fuertemente armados y totalmente dependientes de Estados Unidos cuya función es ser los gestores locales de este. Ruanda, con su cercanía al Congo y sus inmensas riquezas, se añade así a Israel, que tiene esta función desde hace mucho tiempo. Eso mismo se planifica en otros lugares, como Marruecos para controlar a la vez el Norte de África y el Sahel.
Esta estrategia de guerras sucesivas solo es posible difundiendo de forma masiva la idea de un peligro inminente que requiere una política ofensiva. Esa fue la orden dada a las estructuras de elaboración ideológica estadounidenses (los múltiples laboratorios de ideas financiados por las agencias de seguridad o por el ejército). El resultado de ello fue la teoría del «choque de civilizaciones».
Una de la razones de que se haya elegido esta teorización como eje central del discurso político estadounidense es su generalidad y que se puede aplicar a múltiples situaciones, una característica que se había vuelto necesaria debido a las mutaciones rápidas e imprevistas de la situación mundial. El progreso económico chino, la creación de los BRICS, las experiencias de asociación como el ALBA en América Latina, etc., todos estos factores hacían necesario formular una teoría general que permitiera legitimar una intervención militar en cualquier parte del mundo, desde el mar de China a Venezuela, desde Siria a Ucrani, etc.
La teoría del choque de civilizaciones y sus consecuencias
Esta teoría nacida en la década de 1990 se convierte rápidamente en la principal matriz ideológica utilizada para legitimar las guerras imperialistas. La obra de Samuel Huntington publicada en 1997 (El choque de civilizaciones) adquiere el estatuto de paradigma de las acciones y de los discursos del gobierno estadounidense. Su razonamiento contiene varias ideas fuerza. La primera es una definición esencialista y ahistórica de las «civilizaciones». Este planteamiento sostiene que las civilizaciones tienen un eje central religioso y por ello son incompatibles unas con otras. Los enfrentamientos, los conflictos y las guerras contemporáneos no se explican por aquello que hay en juego desde el punto de vista económico o político, sino por esta incompatibilidad eterna entre religiones consideradas ahistóricas y homogéneas, y por eso el enfrentamiento entre civilizaciones es inevitable y permanente. La conclusión principal es la necesidad imperiosa de defender la civilización occidental que está amenazada por las demás.
No es de extrañar que la definición de las demás civilizaciones lleve a una verdadera cartografía de las guerras recientes. La primera civilización enemiga es, por supuesto, la «civilización árabo-islámica», de la que hay que protegerse por todos los medios. De ello se desprenden las «guerras contra el terrorismo» en el exterior, que se corresponden precisamente a aquellos países que poseen los recursos y/o las vías de acceso a las energías estratégicas que son el petróleo y el gas. También se desprende de ello el desarrollo de la islamofobia de Estado en los países occidentales, islamofobia que se define como una autodefensa frente a un «enemigo interior» que hay que erradicar. La segunda civilización se denomina ortodoxa y se relaciona extrañamente con la guerra en Ucrania. La tercera se denomina «confuciana» y se hace eco de las estrategias estadounidenses que tienen por objetivo contener a China y cortarle el acceso a los recursos naturales.
La ideología del «choque de civilizaciones» se corresponde exactamente a los territorios de guerra que proyecta el imperialismo estadounidense en un momento de la historia mundial en el que este ha perdido la hegemonía económica y comercial, pero también la científica y tecnológica. Restablecer por la fuerza y la destrucción una hegemonía en decadencia es la única estrategia que se desprende de la teoría del «choque de civilizaciones». Dicha estrategia requiere provocar un miedo social sin el cual se rechazarían los sacrificios exigidos para financiar las guerras actuales y futuras.
Es extremadamente urgente llevar a cabo las campañas masivas que visibilicen concretamente quién tiene interés en llevar a cabo estas guerras, el empeoramiento de las condiciones de vida de la población que necesitan estas guerras y la fascistización que les acompaña como medio para neutralizar al «frente interno». En efecto, no se puede cumplir este programa de guerra sin, por una parte, empobrecer masivamente a la población y, por otra, sin reprimir cualquier contestación.
Este texto se publicó en el número 11 de la revista catalana Catarsi de enero de 2026 (pp. 114-117).
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.