jueves, 22 de octubre de 2026

África crea su propia calificadora


¿Una agencia alternativa o una arquitectura financiera diferente?

Por Alejandro Marcó del Pont | 19/10/2026 | África, Economía

Fuentes: El tábano economista

 Cuando los prestamistas no ven claramente, cobran por el volumen de la niebla (El Tábano Economista)

La creación de la Agencia Calificadora de Crédito de África, lanzada por la Unión Africana en octubre de 2026, no es un hecho menor. Es un intento estratégico de reescribir las reglas de un juego financiero que, históricamente, ha tratado al continente como un cliente moroso al que se le cobra por adelantado el riesgo de que no pague. Las calificadoras tradicionales —Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch, conocidas como las Big Three, controlan más del 95% del mercado global y sus evaluaciones determinan el costo del capital para las naciones africanas y del Sur Global. La percepción de que estas agencias aplican una prima de riesgo africana o de países emergentes, una sobrevaloración del riesgo real que encarece el crédito, es el motor central detrás de esta iniciativa.

Lo que acaba de hacer África al lanzar oficialmente la Agencia Calificadora de Crédito de África (AfCRA) en Mauricio tiene una particularidad que merece ser subrayada. La agencia calificará a Estados soberanos, gobiernos subnacionales, bancos e instituciones financieras, y empresas privadas africanas. Pero hay una característica especialmente importante: no pretende sustituir a Moody’s, S&P y Fitch, sino proporcionar una segunda fuente de evaluación.

Es una distinción que suena diplomática pero que encierra una tensión profunda. La razón principal para crear una agencia propia es económica y, en gran medida, de soberanía financiera. Se estima que la persistente prima de riesgo africana le cuesta al continente aproximadamente 75 mil millones de dólares anuales en pagos de intereses excesivos. Este dinero se desvía de prioridades cruciales como infraestructura, salud y educación. Solo 33 de los 54 países africanos tienen una calificación soberana, lo que deja a una gran parte de la economía del continente invisible para los inversores globales. Los críticos argumentan que las Big Three carecen de analistas sobre el terreno y no comprenden la realidad de las economías informales o el potencial de resiliencia del continente.

Montados sobre esta iniciativa, nos proponemos una idea superadora. La creación de este instrumento toca un punto central de la arquitectura financiera internacional: ¿quién tiene el poder de definir qué es riesgo?, ¿quién puede acceder al capital y cuánto deben pagar por él? Una calificadora no solamente describe el mercado, también participa indirectamente en la construcción que determina quién puede entrar al mercado.

De hecho, el mecanismo más interesante es que las calificaciones pueden contribuir a producir el riesgo que dicen medir. Hay que distinguir entre demostrar un sesgo estadístico contra África o el Sur Global e indicar que las calificadoras ejercen un poder estructural capaz de perjudicar a países y empresas. Son dos problemas diferentes, y el segundo es central y ya fue analizado en nuestro artículo de 2014, Las calificadoras: míster Magoo (II).

La crisis de 2008 es, probablemente, la prueba histórica más contundente para entender por qué no alcanza con decir que las calificadoras se limitan a medir objetivamente el riesgo. ¿Cómo pudieron Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch asignar calificaciones AAA a productos financieros que terminaron provocando pérdidas enormes, si su negocio supuestamente consiste en evaluar la solvencia? La respuesta es que no se trató simplemente de un error de cálculo. Hubo una combinación de incentivos comerciales, conflictos de intereses, dependencia de la información suministrada por los propios emisores y una regulación financiera que convirtió esas calificaciones en referencias oficiales para tomar decisiones de inversión.

La verdad es que su negocio consistía en vender la evaluación de esos productos a quienes los emitían, mientras bancos, inversores y aseguradoras utilizaban esas evaluaciones para decidir cuánto riesgo asumir. Las agencias cobraban por calificar; otros actores originaban los préstamos, estructuraban los títulos, los compraban, los aseguraban o apostaban contra ellos. El informe de la Comisión de Investigación de la Crisis Financiera creada por el Congreso de Estados Unidos fue más allá. Su informe final de 2011 identificó a las calificadoras como piezas esenciales de la maquinaria que permitió expandir el mercado hipotecario estructurado. Los emisores necesitaban calificaciones altas para colocar sus productos; muchos inversores las necesitaban para comprarlos; los bancos las utilizaban para calcular sus requisitos de capital, y otros contratos financieros las incorporaban como referencias. Todos entremezclados.

Eso no fue un accidente estadístico. Fue el resultado directo del modelo de negocio. El sistema issuer-pays, donde el emisor del valor paga a la agencia por calificarlo, crea un conflicto de interés estructural. La agencia tiene incentivos comerciales para ser complaciente con quien le paga. La investigación judicial lo confirmó. En 2017, Moody’s aceptó pagar 863,8 millones de dólares en un acuerdo tras comprobarse que manipuló el sistema para dar su nota más alta —AAA— a valores respaldados por hipotecas de alto riesgo, cediendo a la presión de bancos que le pagaban millones.

No fue un error de modelo; fue, según los fiscales generales, conducta engañosa durante años. Cerca del 80% de los bonos que Moody’s calificó en un período determinado fueron emitidos por empresas vinculadas a los accionistas de Moody’s. Según los registros de participación accionaria correspondientes a 2026, Moody’s tiene entre sus principales accionistas institucionales a Berkshire Hathaway, TCI Fund Management, BlackRock y Vanguard. Aquí está el núcleo del argumento. Las calificadoras no operan en un mercado neutral. Están incrustadas estructuralmente en el sistema financiero. Un análisis académico lo describe con precisión: las agencias de calificación crediticia ejercen poder de agenda, dictando normas de crédito y definiendo la credibilidad soberana, funciones típicas de instituciones públicas, pero sin mandato formal

Naturalmente surgen dos preguntas. Una ya contestada: las calificadoras forman parte del diseño del sistema financiero y cómo operan. La segunda pregunta es cómo pudieron las grandes calificadoras participar en uno de los mayores fracasos de la historia financiera contemporánea y conservar, pese a ello, la autoridad para evaluar la solvencia de Estados, bancos y empresas de todo el mundo. Veamos esto más de cerca.

Las calificadoras no fueron las únicas responsables de la crisis hipotecaria estadounidense. Intervinieron bancos que originaron préstamos, entidades que los empaquetaron en títulos, inversores que los compraron, aseguradoras y operadores de derivados. Pero las agencias desempeñaron una función decisiva: otorgaron calificaciones elevadas a productos financieros que resultaron mucho más riesgosos de lo que indicaban sus notas. La crisis de 2008 fue posible porque las calificadoras no son árbitros neutrales. Son empresas privadas, propiedad de los mayores actores del sistema financiero, que ejercen una función cuasi-pública —determinar qué activos pueden sostener el sistema— bajo una lógica estrictamente comercial. El conflicto no es un agente extraño: es una característica del diseño.

La pregunta de si las calificadoras fueron centrales en la crisis de 2008, ¿por qué no desaparecieron? Tiene una respuesta que no es un condimento misterioso, sino una combinación de diseño regulatorio, campaña reputacional y captura institucional. El motivo por el que las Big Three no colapsaron tras 2008 no es que hayan convencido al mundo de su inocencia. Es que están incrustadas en la ley.

Como señala el Adam Smith Institute, las calificadoras deben su posición no a la confianza de los medios o los políticos, sino a un complejo entramado de regulación financiera de Estados Unidos. Una calificación parece describir una realidad objetiva —la probabilidad de que un deudor pague—, pero también puede modificar esa realidad. La información no solo refleja el poder económico: en determinadas circunstancias, también lo ejerce. Desde 1936, la regulación bancaria prohibió a los bancos mantener bonos con calificación inferior a BBB de una agencia reconocida.

En 1975, la Comisión de Bolsa y Valores creó la categoría de Organización de Calificación Estadística Reconocida a Nivel Nacional, y desde entonces las calificaciones de esas agencias tienen fuerza de ley en la regulación de capital bancario, seguros y fondos de pensión. La realidad la describe con precisión: la regulación subcontrató un poder cuasi-regulatorio a las agencias de calificación, elevándolas a una posición crucial hasta convertirlas en parte de la arquitectura financiera internacional, culminando con los Acuerdos de Basilea.

Esto significa que no puedes simplemente dejar de usarlas. Un fondo de pensión no puede comprar un bono sin cierta nota. Un banco no puede calcular su capital regulatorio sin ellas. El sistema legal las necesita. Por eso, incluso si los inversores hubieran querido castigarlas tras 2008, el marco regulatorio las mantenía como paso obligatorio. La persistencia de las grandes agencias no se explica solo por la calidad de sus análisis o por su reputación, sino por su integración en una arquitectura que convierte sus evaluaciones privadas en referencias de uso general para los mercados y los reguladores.

Si el objetivo es que el Sur Global tenga mayor autonomía, la discusión no debería limitarse a quién emite las notas. Debería incluir quién produce los datos, quién define los criterios y qué instituciones pueden impedir que una calificación adversa se convierta en una crisis de financiación. Salir de esa lógica privada y sus negocios exige algo más que una agencia para el Sur Global. Exige repensar la calificación de riesgo como infraestructura pública, no como producto financiero. Las propuestas del G77, el Think 20 (T20) y la sociedad civil del Sur Global apuntan en esa dirección: una agencia multilateral, bajo mandato democrático, sin fines de lucro y con metodologías transparentes. No se trata de corregir las notas de las Big Three. Se trata de quitarles el poder de definir, desde un escritorio en Nueva York, qué vale y qué no vale en la economía global.

Una calificadora africana, asiática o estatal que se integre al sistema financiero global juega, en gran medida, el mismo juego. El juego es el de la autoridad cognitiva, la capacidad de definir qué información es relevante, qué metodología es válida y qué calificación es creíble para los inversores globales. La propia AfCRA ilustra esta tensión. Está diseñada como una entidad privada, autofinanciada y con prohibición de que los gobiernos sean accionistas.

Es decir, replica la estructura de propiedad de las Big Three para intentar ganar credibilidad ante los mismos inversores que confían en Moody’s o S&P. Su mandato es complementar a las agencias globales ofreciendo una perspectiva arraigada en datos, experiencia y realidades africanas, no reemplazarlas. El problema es que, como señala el análisis de Businessday NG, existe una preocupación por la credibilidad: AfCRA se enfrenta al mismo desafío que cualquier nueva agencia, convencer a los inversores globales de que sus notas son tan válidas como las de las Big Three. Y si lo logra, habrá tenido que adoptar las mismas metodologías, los mismos estándares de transparencia y las mismas prácticas de gobernanza que el sistema existente valida. Es decir, jugará el mismo juego para poder ser aceptada.

En ese sentido, África puede ser un laboratorio institucional para una discusión más amplia que incluya a América Latina, los BRICS y otras economías emergentes. El desafío es construir una alternativa que no se limite a desplazar el centro de poder de Nueva York a Pekín, ni a crear una nueva empresa que reproduzca los incentivos de las anteriores, sino que combine independencia técnica, control público, financiación para el desarrollo y cooperación entre países deudores.

Las propuestas del G77 y China en la ONU —establecer una agencia pública internacional de calificación bajo los auspicios de la ONU— apuntan precisamente a eso, no a crear otra agencia que compita en el mismo mercado, sino a cambiar la arquitectura regulatoria que hace que las calificaciones privadas sean obligatorias. Ese es el juego de fondo. Y es un juego mucho más difícil de ganar que simplemente fundar una agencia nueva.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/10/18/africa-crea-su-propia-calificadora-una-agencia-alternativa-o-una-arquitectura-financiera-diferente/

La intifada global

Fuentes: Rebelión

  Mientras el centro se fragmenta, la periferia aprende la lección que los imperios olvidan. Los pueblos comienzan a reconocerse en una misma causa.

Esta semana, un estudiante, retirado de los marines de Estados Unidos, se me acercó al final de una clase para preguntarme:

–Pero acaso usted no cree que Irán, Rusia o China pueden invadirnos?

Contesté: –No. Ese es otro miedo inoculado por los mercaderes de la muerte. Son los imperios los que invaden; los demás deben resistirlos. Si un día China nos invade, será porque este país ha insistido en que lo haga: los de arriba, porque las guerras y los conflictos son su mejor negocio y estrategia. Los de abajo, por su vocación de esclavos y por su ausencia de conciencia de clase.

Es una vieja superstición, promovida por los medios mercenarios, según la cual los imperios caen porque un enemigo exterior los invade. “Roma cayó por las invasiones bárbaras”, repiten los textos de historia, como si un puñado de tribus germánicas hubiese podido con la maquinaria que había aplastado a Cartago y al mismo Atila en la actual Francia.

Los imperios no caen porque los invaden; los invaden porque caen. Si algún día China pone una base militar en Estados Unidos, será porque esta sociedad aceptó, con pasión, no sólo 800 bases en otros países, sino por un suicidio colectivo: desigualdades obscenas, explotación y demonización de los trabajadores (propios y ajenos), marginación de los desposeídos, odios raciales, religiosos, de clase, divisiones inoculadas por los señores feudales… La fórmula perfecta para un conflicto civil a escala. Mientras la prosperidad de la vampirización imperial dura, el fanatismo patriótico disimula la colonización interior. Luego llegan los demagogos vendiendo nostalgia y más odio, no para retrasar la caída, sino para acelerarla.

¿Cómo es posible este absurdo? Por la concentración de poder, acelerada según la fórmula de intereses compuestos: las mafias legales de las sectas y los lobbies. La resistencia radica en lo mismo: en las uniones de los pueblos.

Hacia 1830, cuando sus barcos dominaban los mares, Gran Bretaña producía alrededor del cinco por ciento de la riqueza mundial. China todavía producía el treinta por ciento. Una isla con una economía seis veces menor le impuso a la mayor civilización de su tiempo el opio, “tratados de libre comercio” y una evangelización que dejó 30 millones de muertos.

No fue el PIB, esa obsesión de los economistas modernos. Fue la capacidad de concentrar. Londres concentró capital, flotas, compañías comerciales y, sobre todo, una idea de sí misma. China era rica, pero su riqueza estaba dispersa, su Estado desgastado, su corte dividida. Cuando llegaron los cañones civilizadores, el gigante ya estaba herido por dentro. Luego la rebelión cristiana de Taiping mataría más chinos que las guerras del opio juntas.

La riqueza sigue a los imperios, pero los imperios se levantan por una centralización fanática. El primero que se fragmenta, cae. La discusión debe estar en el tipo de unión: ¿la unión que logró Hitler en Alemania o la unión que lograron los iroqueses con su radical democracia que sobrevivió por siglos como la Gran Ley de la Paz?

El poder nunca residió en los individuos, por más que el liberalismo haya construido su mitología sobre el entrepreneur y el dogma de “mi egoísmo es bueno para los demás”. Residió en las uniones: lobbies, sectas, corporaciones, sindicatos, iglesias. Mil personas organizadas bajo una misma convicción pueden más que un millón de individuos dispersos.

Para movilizar a una sociedad no alcanzan los salarios ni los argumentos. Hace falta una fe. Los puritanos que se creían el pueblo elegido, los colonos del Destino Manifiesto, los misioneros que acompañaban a los mercaderes de esclavos con la Biblia bajo el brazo también. Ni que hablar de los sionistas.

No hay nada más poderoso que la locura compartida. Cuando el fanático gana, cualquier genocidio se convierte en civilización. El saqueo pasa a ser libre mercado. Los ataques son defensa propia. Gran Bretaña no impuso el opio: abrió mercados. Estados Unidos no invadió: liberó. Israel no masacra niños: se defiende. La narrativa no es un adorno del poder; es una de sus armas más eficaces, porque convence incluso a sus propias víctimas.

Pero la fe que une en el ascenso divide en la decadencia. Cuando la promesa de prosperidad deja de cumplirse, el fanatismo se vuelve hacia adentro y las tribus comienzan a verse como enemigas. Es lo que estamos viendo en Estados Unidos. El dólar, privilegio exorbitante de Washington durante ochenta años, pierde terreno en las reservas de los bancos centrales. El oro, viejo testigo de la desconfianza, rompe récords. La deuda supera los 39 billones de dólares y sus intereses succionan más que el presupuesto del Pentágono. La mitad del país ve a la otra mitad como amenaza existencial. Milicias, muros, desconfianza en las elecciones y en los tribunales. No son síntomas aislados. Es la disolución de aquella unión que nació para ocultar sus profundas divisiones (estatales, raciales, de clase) y que funcionó mientras la ficción dejaba enormes dividendos ―como la esclavitud.

Washington necesita un nuevo enemigo exterior para continuar privatizando fortunas y socializando deudas. Es el turno de China, de Irán… Pero ni Irán ni China sueñan siquiera con invadir a Estados Unidos. Les basta con esperar: si tu enemigo está cometiendo un error, no lo interrumpas.

Mientras, la nueva Europa bananera se militariza a las órdenes de Washington. Para hacerlo, debe desfinanciar sus instituciones socialistas. Como en Argentina, cada vez que en las calles de Francia arde un contenedor o se rompe una vidriera, los medios mercenarios descubren la violencia. Hablan de vandalismo, de radicales, de amenaza al orden democrático. Nunca la descubren cuando un gobierno elimina derechos laborales conquistados por generaciones; cuando una reforma, decidida en despachos lejanos, obliga a millones a trabajar más años por menos; cuando el valor que producen los trabajadores se transfiere a los accionistas VIP (hedge funds) y a los acreedores; ni cuando sus retiros se invierten en la industria de la muerte. Esa violencia no rompe vidrieras. Rompe vidas, y a eso llaman “democracia liberal”, la estafa maestra del capitalismo.

Sólo en los últimos 30 años, los imperios occidentales han bombardeado, invadido, financiado masacres que dejaron millones de muertos, desde Irak hasta Libia, desde el Sahel hasta Palestina. ¿Cuántos responsables rindieron cuentas ante algún tribunal? Ninguno. Los mismos que exigen orden en las calles de París han decretado el caos, la esclavitud (hoy Libia, Congo), el hambre y la muerte en decenas de países. La impunidad no es una falla del sistema; es su raison d’etre.

En comparación, la violencia de las protestas populares es mínima. Es la respuesta de quienes han agotado las urnas, los reclamos de justicia y las marchas contra las interminables guerras y genocidios. La historia lo confirma con una regularidad irrefutable: ningún derecho fue concedido por la generosidad de los poderosos. Todos fueron arrancados por la presión y la violencia de los de abajo.

Mientras el centro se fragmenta, la periferia aprende la lección que los imperios olvidan. Los pueblos dispersos, humillados por la fuerza organizada de unos pocos, comienzan a reconocerse en una misma causa. El catalizador ha sido Gaza. Estamos camino a una intifada global. Las élites del poder mundial invierten fortunas en represión, propaganda y elecciones para retrasarla. Podrán postergarla algunos años. No podrán evitarla. El polvorín se seguirá secando y una chispa hará el resto.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Huelga general el 11 de noviembre para parar la entrada del fascismo en el gobierno


Alonso gallardo militante comunista      octubre 2026

Los sindicatos de clase CC.OO y UGT, ante la caída del gobierno progresista por el rechazo del nacionalismo catalán al decreto de la vivienda y la convocatoria a elecciones, convocan huelga general el 11 de noviembre a la que se suma el grueso de sindicatos minoritarios, en confrontación con la patronal, los sindicatos amarillos y las derechas extremas y fascistas y aquí se debe ser claro, porque la huelga la convocan para generar una movilización de masas suficiente, que impida el avance del fascismo en las instituciones, la cual los comunistas debemos unirla a la movilización general, para contrarrestar la ofensiva del fascismo imperialista internacional de caos y guerras por todo el planeta, apoyada por la cúpula dirigente de la Unión Europea y los medios de comunicación imperialistas, que monopolizan la información y las mentiras internacionalmente, para el control del relato a la clase trabajadora, para que acabe apoyando al fascismo y las guerras.

La convocatoria, por encima de los relatos del movimentismo que se multiplican y desdibujan, los comunistas debemos centrarla desde la situación geopolítica de la lucha de clases, de que todas las reivindicaciones posibles, pasan en estos momentos de guerra en Europa, Norte de África y Asia Occidental, de bloqueo a Cuba, Nicaragua y Venezuela, de injerencias y golpes de estado en países de América Latina y del cerco económico y militar de China, por la movilización social en defensa del estado de bienestar y la defensa del gobierno progresista, porque es la única posibilidad de garantizar que mañana, no entremos en un proceso de militarización y confrontación con Rusia como pretende la derecha y el fascismo, al tiempo, si acumulamos fuerzas para la defensa del estado de bienestar y somos capaces de mantener la movilización social, para auparlas mañana con una mayoría suficiente a decretos leyes, en el marco del parlamento nacional.

La contradicción principal a nivel internacional en este proceso violento de guerras y caos contra la clase trabajadora y los pueblos del Sur Global, condiciona la situación en los países capitalistas bajo la influencia de las oligarquías occidentales como la española, que ante el rechazo y resistencias del Sur Global a las imposiciones del imperialismo dominante dirigido por la oligarquía estadounidense sionazi, está determinando que el saqueo se prolongue por el occidente desarrollado y Europa en especial, por la necesidad imperiosa de acumulación de beneficios para garantizar la victoria en la confrontación con el socialismo chino. De este saqueo de las arcas públicas, salario y condiciones de vida de la clase trabajadora por una oligarquía vende patrias, surge la actual movilización de masas en toda Europa, y la ruptura del pacto de gobierno por el nacionalismo burgués catalán, sin duda obedece, al intento de tumbar al gobierno progresista por el imperialismo, que en la situación internacional ha sembrado puntos de soberanía nacional, garantizando unos derechos y trabajo con unas condiciones mínimas de vida, que provocaron la ruptura del pacto de gobierno con la derecha y en consecuencia, la convocatoria de elecciones generales y de huelga general.

Contextuar la situación nacional dentro de la geopolítica internacional, obliga partir de estrategias y alianzas, lo que hace excesivamente extenso el artículo, a falta de ello, lo mejor es ir centrándolo en cada casuística concreta, para ir discerniendo desde ellas, quienes son los aliados y quienes son los que están unidos a la oligarquía sionazi imperialista yanqui: enemigo principal de la humanidad. Comenzaremos por la convocatoria de las elecciones y su relación con la correlación de fuerzas parlamentaria y la calle. La convocatoria electoral, nace por la ruptura de la correlación de fuerzas parlamentarias por parte del nacionalismo burgués catalán, ante un tema que ya tenían acordado en un decreto mínimo sobre la vivienda, que nacionalistas burgueses catalanes y vascos apoyaban y otro superior, que los nacionalismos burgueses no apoyaban quedando solo la izquierda nacionalista y nacional. El superior fue rechazado y conscientes de ello la izquierda, pero el decreto de mínimos al rechazarlo la parte del nacionalismo burgués catalán, provocó la pérdida del gobierno progresista de la mayoría que lo sustentaba y en consecuencia, convocó elecciones.

Se puede estar o no de acuerdo con la medida tomada, pero sitúa con mucha claridad, lo erróneo de las críticas maximalistas de muchos de los destacamentos comunistas y del sindicalismo de clase alternativo, porque este ejemplo es extensible a muchos decretos aguados apoyados y otros, que al no ser apoyados por el nacionalismo burgués y catalán, quedaron sepultados por la mayoría de las derechas parlamentaria, se podrá o no estar de acuerdo con participar en el gobierno, pero con la táctica una vez que se participa de él, sería un error. Al tiempo que deja claro la importancia de la correlación de fuerzas parlamentaria, también deja la de la movilización social y política de la clase trabajadora en la calle, porque es la que modifica la correlación de fuerzas en la lucha de clases ante la patronal y los gobiernos, y en el parlamento ante la derecha nacionalista y la nacional fascista.

Que quiere decirnos esto al grueso de los comunistas y revolucionarios, que el problema para la clase trabajadora no es que la izquierda reformista participe del gobierno, siempre que luche por las reformas al servicio del pueblo, porque son lo máximo que después de la derrota de la transición se ha dotado. También dice, que al no competir en el mismo campo institucional con los comunistas y revolucionarios, que por nuestra escasa presencia militante social somos extraparlamentarios, no son los responsables ni de su desmovilización ni de que los sectores más avanzados, no militen en nuestras filas, que somos nosotros que cargamos con nuestros errores al aislarnos de las masas, por pretender reconstruir el movimiento comunista en España, fuera de la lucha de clases del corazón del sistema capitalista donde produce, centros de trabajo y ramas de producción y servicios y donde se reproduce, barrios y pueblos y donde nos culturizan, centros de enseñanza y universidades. No hay otra, que igual que en los años sesenta los revolucionarios del Sur Global se fueron al campo, hoy toca sin irse de casa, al sindicato de clase de tu centro de trabajo o rama, a la asociación de vecinos de tu barrio o pueblo y tus hijos, a la asociación de estudiantes del instituto o universidad, creando instrumentos estables de lucha y no como los movimentistas de ahora de usar y tirar.

La mayoría de asociaciones del movimentismo social, incluidos muchos destacamentos comunistas y el PCE, lucen toda una riestra de reivindicaciones y motivos para la convocatoria de huelga y la participación de la clase obrera, que seguro que todas ellas necesarias pero diluyen lo fundamental, que es la necesidad de confluir todas las fuerzas progresistas en el voto a la izquierda, para parar la entrada en el gobierno del fascismo y la extrema derecha del PP-VOX, y aquí la huelga cumple una función fundamental que los comunistas y revolucionarios debemos expandir, con la politización de la convocatoria de huelga para parar el fascismo con con el ¡¡NO PASARÁN!! republicano. ¿Por qué es tan importante? porque por mucho que algunos destacamentos comunistas declaren, que este gobierno, por estar formado por socialdemócratas y reformistas no han hecho nada a favor de la clase trabajadora, lo cual es la constatación de un mecanicismo de ver las cosas de forma estática en el tiempo, sin profundizar la realidad que vivimos desde el 2011, cuando el capital rompe el pacto social de la transición del estado de bienestar; porque si gana el fascismo y la extrema derecha, no sólo acabarán con el estado de bienestar que queda, sino que también nos meterán en las guerras del imperialismo yanqui, de la que el gobierno progresista mal que bien nos viene salvando.

Pero ¿es cierto que el gobierno progresista no hizo nada a favor de la clase obrera, que la subida de las pensiones no fue tal como indica el recuadro negando el valor de las estadísticas? Difícil parece.

Incluso muchos sindicalistas afirman, conscientes de que no es así, de que la reforma laboral del gobierno progresista fue una vuelta más a la tuerca de los recortes, por seguir en la línea de discurso de crítica a la socialdemocracia y al reformismo, porque eso es lo que les identifica como grupo, más como amicalismo que como camaradas o compañeros de lucha, o si no, porque se oculta que la reforma laboral de Yolanda Díaz, anuló la reforma neoliberal salvaje de Felipe González de 1984 de precarización laboral y social, que tanto daño hizo a la clase trabajadora a la mujer y la juventud en especial. La reforma recuperó la negociación colectiva de los convenios, primando al convenio colectivo sobre los individuales de empresa, no acabó con la subcontratación de Rajoy, cierto por imposición de la patronal y el sector neoliberal del PSOE, pero obliga al subcontratista al pago del salario de la empresa principal y si no lo tuviera al convenio del sector, lo cual hace innecesario la subcontratación. Subió el SMI un máximo histórico y no reventó a ninguna empresa, lanzo una campaña contra el trabajo negro y elevó el empleo y la seguridad laboral, al tiempo, concentró los contratos en dos tipos siendo el de empleo fijo el que más progresa, creando empleo y confianza en un futuro más seguro para la clase trabajadora. Veamos que de siempre el dato mata el relato.

Hitos clave de la evolución (2015–2026)

    Crecimiento del empleo: Se han creado más de 4 millones de nuevos puestos de trabajo en esta década, impulsados principalmente por el sector servicios y un incremento histórico de la población activa extranjera (que pasó de representar un 10,9% en 2015 a más del 16%). [1, 2, 3]

    Reducción del desempleo: El paro se ha reducido a la mitad desde los niveles de mediados de la década pasada, situándose en mínimos de la última década y media según los datos de la Encuesta de Población Activa del INE. [1, 2]

    Impacto de la reforma laboral (2021): Modificó la contratación estructural, logrando reducir de forma notable la tasa de temporalidad en el sector privado y aumentando el peso de los contratos indefinidos. [1, 2]

Pero todo es de color rosa, pues no. Esto a quién más beneficia es al empleado público y a la clase obrera con convenio colectivo, porque tienen la garantía en general de tener un sindicato que más o menos les garantiza el cumplimiento de la legalidad, convenios y ordenanzas, pero ese no es el caso de la mayoría de la clase trabajadora, que labora en la pequeña y mediana empresa en el sector de servicios, donde la patronal incumple horarios y convenio al trabajador si quiere trabajar, porque no hay sindicato de clase que lo organice y proteja. Donde la patronal continúa con subcontratas para pagar salarios por debajo de los convenios, porque no hay ningún sindicato de clase que lo organice y proteja ante la patronal. Donde la patronal contrata a trabajadores en precariedad, incumpliendo la ley al despedirlos como que no pasan el periodo de prueba, porque no hay ningún sindicato de clase que los organice y proteja, denunciándolo a la inspección de trabajo y así son las cosas y peor, en los sectores precarizados y marginados socialmente dependientes del ingreso mínimo vital, en un estado sin competencias para ejecutarlo y boicoteado por la oposición en las autonomías, obligando a vivir en la pobreza a más de un cuarto de la población. 

El incumplimiento de la legalidad por la patronal se da, porque no existen sindicatos de clase organizados en las ramas de producción y servicios, viviendo la clase obrera la opresión laboral individualmente en la ignorancia política de la importancia del sindicato, por eso, más importante que nuevos derechos laborales y sociales que la patronal incumple, para los comunistas y revolucionarios es llevar la organización y politización de la clase trabajadora, allí donde trabaja, se reproduce y estudia para la lucha, que es la base de la estructura económica del capitalista desde donde emana su poder económico y político en la superestructura, pero también el de la clase trabajadora si está políticamente organizada, cuestión marginada desde los años setenta por influencia del posmarxismo, pero sigue siendo imprescindible para transformar la realidad en la lucha por el socialismo. Pero para parar todo esto, ahora el 11 de noviembre, toca parar al fascismo para que mañana no entre en el gobierno. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

Acto en memoria de los estibadores y marineros británicos que combatieron en las Brigadas Internacionales

                                                                                                                  mpr21
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Redacción      17 de octubre de 2026

























Cuando se cumplen el 90 años del estallido de la Guerra Civil española, se multiplican los actos conmemorativos de las Brigadas Internacionales en Reino Unido. De Sunderland partieron 20 voluntarios a luchar contra el fascismo en España, en su mayoría estibadores, marineros y trabajadores de los astilleros.

El recuerdo se extiende a los marinos que arriesgaron sus vidas para transportar suministros a los puertos de la Segunda República y para evacuar a los refugiados. También rendimos homenaje a los voluntarios de nuestra zona que recaudaron fondos para España y cuidaron de los niños refugiados vascos que encontraron aquí un refugio.

La conmemoración que tendrá lugar el 1 de noviembre en la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) de Sunderland resulta especialmente apropiada, dado que varios marineros de la ciudad desempeñaron un papel muy destacado durante la Guerra Civil española. El acto será inaugurado por el alcalde, Robert Hutchinson, y la concejala, Glenda Hall.

El acto también recordará a las víctimas de la Masacre de North Sands, una movilización obrera en la que el 3 de agosto de 1825 el ejército británico abrió fuego contra los huelguistas (*). El año pasado se convocó el acto conmemorativo del 200 aniversario de dicha masacre.

Un puerto con una dilatada trayectoria de lucha obrera

En 1825 los miembros de la Seamen’s Loyal Standard Association (Asociación de Marineros) bloquearon el paso de barcos en el río Wear para exigir aumentos de los salarios y mejoras en las condiciones de vida de los estibadores y marineros del puerto de Sunderland (*). Siete trabajadores murieron por los disparos del ejército. Se va a construir un monumento conmemorativo en la iglesia de la Santísima Trinidad, que está junto al puerto, en recuerdo de la matanza obrera de North Sands.

Más de la mitad de los voluntarios de Sunderland que sirvieron en las Brigadas Internacionales eran estibadores y marineros del puerto, que tiene una dilatada trayectoria de lucha. Cuatro capitanes nacidos en Sunderland estuvieron al frente de las labores de ayuda al pueblo español durante la Guerra Civil Española. El capitán Andrews, natural de Sunderland, desafió por primera vez el bloqueo naval fascista a bordo de un buque construido en la propia ciudad. La familia del capitán Andrews intervendrá en el acto en memoria de las Brigadas Internacionales.

Asimismo, el acto contará con la participación de representantes de los North East Volunteers for Liberty (Voluntarios por la Libertad del Noreste), la Association of the UK Basque Children (asociación de los niños vascos refugiados en Reino Unido durante la Guerra Civil), la Associazione Nazionale Partigiani d’Italia (ANPI, organización de guerrilleros italianos), así como de familiares de los voluntarios.

(*) https://university.open.ac.uk/research-centres/herc/blog/never-be-forgotten-3rd-august-north-sands-massacre-sunderland-1825

Una mirada crítica al feminismo a siete años de la revuelta popular en Chile

Fuentes: Rebelión
    

  Octubre de 2019 puso de manifiesto el deseo popular de cambiar todo de raíz, coincidiendo con el carácter radical de las transformaciones que necesitamos las mujeres para destruir la opresión de clase sexual en interacción con otras opresiones.

A siete años de la revuelta popular de octubre del 2019, que repletó calles, plazas y paredes con deseos de transformación en todos los rincones del país, recordamos ese momento histórico en el que colectivamente imaginamos una vida digna y plena, creímos posible un mundo justo y ensayamos formas autónomas de organización, de solidaridad y de articulación frente a la represión estatal. En este breve escrito reflexionamos (auto)críticamente sobre el estado del feminismo y su transformación en un movimiento sin rumbo rebelde llegando a convertirse en un componente más de la fábrica de ilusiones del reformismo institucional, en consonancia con una política mundial de cooptación de los alzamientos y movimientos sociales.

I.

Una parte del mundo popular alzado de octubre pasó de la movilización callejera a la discusión normativa constitucional. Cautivados por el lenguaje democrático liberal que las cúpulas políticas desplegaron para salvarse de ser destronadas, estos sectores creyentes en la institucionalidad nos llevaron a enfrentar una serie de reveses. El poder seduce y cautiva -atrae y atrapa- las luchas rebeldes. Cautivó el lápiz y el papel, el dedo de Lagos, la primera mujer presidenta y el joven universitario de izquierda.

La izquierda en el (del) poder, con Boric y el Frente Amplio, el Partido Comunista y los socialistas, son parte de esa fábrica de ilusiones que una izquierda confiada consume una y otra vez. Hoy nuevamente están fabricando esos espejismos por lo que no hay desperdicio en recordar que bajo el gobierno de Boric se aprobó el TPP 11, más de 60 leyes represivas, se mantuvo el estado de excepción en Wallmapu, la prisión política de compañeros y compañeras que participaron en la revuelta, de luchadores del pueblo mapuche y de quienes han utilizado la acción directa contra este sistema, como Juan Aliste Vega quien falleció este domingo 11 de octubre bajo encierro y tortura, pese a su delicado estado de salud. El gobierno del otrora universitario, sin duda alguna, perfeccionó el carácter policial, militar y criminalizador del Estado chileno.

Se instrumentalizó al feminismo – con el aval de muchas compañeras- abonando con ello, a la actual crisis del proyecto emancipador de las mujeres; el que atraviesa uno de sus momentos más críticos, marcado por la atomización, institucionalización y cooptación, con consecuencias devastadoras para el movimiento.

El feminismo perdió su potencia emancipadora. Lo que algunas llaman la cuarta ola, que tomó forma en movilizaciones masivas no solo en Chile, sino en distintas partes del mundo, denunciando la transversalidad histórica, cultural y social de la violencia sexual, quedó atrapada en experiencias individuales, situando el problema en lo íntimo y entregando su abordaje a la institucionalidad gubernamental y particularmente a las universidades.

También se ha perdido potencia emancipadora al establecer alianzas con el poder político globalizador para acceder a cuotas de poder, creyendo en la posibilidad de un gobierno feminista, de un partido feminista, de una ONU feminista.

La injerencia de las instituciones (academia, Estado, corporaciones, agencias de cooperación, empresas, etc.) en el movimiento no es algo nuevo, pero en la última década la imposición de sus intereses prácticamente no se cuestiona, al contrario, colectivas y organizaciones feministas se adaptan a la narrativa estándar e insípida de los derechos humanos y la igualdad de género.

Seamos claras: ninguna institución puede ser feminista. La experiencia histórica nos refriega en la cara una u otra vez que la impronta de los movimientos sociales es su autonomía política, sin ella, pierden de vista el horizonte emancipatorio y se quedan enredados en la demanda de derechos autorizados por el sistema.

II

Hoy los poderes geopolíticos se encuentran en reconfiguración, librando guerras en distintos territorios, desarrollando tecnologías de vigilancia social, control de los cuerpos, guerra y extractivismo, acentuando la destrucción de las fuentes fundamentales de la vida: el ecosistema, lo comunitario y la integridad de lo humano; produciendo subjetividades vacías, disociadas y llenas de efectismo, sin duda se tiene como menta deshumanizar y cosificar la vida.

En este escenario, es cada vez más difícil pensar por nosotras mismas y establecer prioridades en sintonía con las condiciones concretas en las que vivimos. Mientras tratamos de reaccionar, un entramado de corporaciones tecnológicas (Nvidia, Microsoft, Apple, Google, Palantir, por nombrar algunas), empresas filantrópicas (Open Sciety, Ford Fundation, USAID, Mackenzie Scott, entre muchas otras) y organizaciones multilaterales como el Banco Mundial o la ONU, financian las agendas del capitalismo global y de la política feminista. Multimillonarios, empresarios y bancas privadas estadounidenses y europeas -la mayoría de origen israelita y/o sionista-, literalmente lavan su imagen con la causa feminista y monopolizan la “agenda progresista”, al mismo tiempo que están detrás de industrias destructivas que necesitan petróleo, minería, tierras, fuerza de trabajo, etc. al menor costo. ¿Por qué esto es un problema para el feminismo? Por varias razones, entre las más evidentes: Genera clientelismo y dependencia del movimiento, teniendo que ajustar sus prioridades a las de los financistas. Un ejemplo claro es la imposición de la agenda transgenerista a través del requisito obligatorio para acceder a fondos de incluir a personas trans y sus intereses, aun cuando no sea parte del trabajo de muchas organizaciones feministas. Tienen esta política, Fondo Alquimia en Chile y grandes redes como Prospera y AWID, estas últimas incluso excluyen de su narrativa a lesbianas. Los encuentros feministas y lésbicos latinoamericanos han tenido que sacrificar sus prioridades a cambio de apoyo de estos consorcios financieros. Esto no sólo atenta contra la autonomía del movimiento, sino que desplaza intereses políticos centrados en las mujeres y borra la diversidad de los movimientos sociales. La tecnocracia del género que marca la política de todas estas instituciones, sirve para reforzar estereotipos y desconocer las bases materiales de la opresión de las mujeres; no sólo despolitiza al movimiento de mujeres, sino también, alimenta y renueva al capitalismo en su versión tardía.

Asimismo, estas corporaciones impulsan como derechos condiciones de opresión que el feminismo históricamente ha rechazado: promueven la explotación sexual como trabajo (sistema prostituyente, pornografía, etc.) y el mercado reproductivo que disecciona y cosifica el cuerpo de las mujeres para el mercado, como el arriendo de vientres. Reflejo de esto es lo que sucede en la ONU, donde se está librando una verdadera batalla ideológica en su interior a partir de una campaña de desprestigio que ONU Mujeres ha emprendido contra la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, Reem Alsalem, por defender que la violencia contra las mujeres y niñas se basa en el sexo y que la prostitución es un sistema de explotación. Por otro lado, Amnesty International UK, pro régimen prostituyente, publicó una “lista negra” de organizaciones. Ambas instituciones mezclaron deliberadamente a grupos de derecha, provida, homofóbicas, con feministas, todas en el mismo saco de “antiderechos”. Prácticas claramente fascistas y patriarcales. Sin embargo, es justamente el sector del feminismo que resignifica la explotación sexual y reproductiva como derechos, el más favorecido por las políticas internacionales de cooperación. Así, reciben financiamiento sólo colectivas y organizaciones feministas que se alinean con las agendas regulacionistas. Todo esto forma parte de un establishment global de los derechos de las mujeres, compuesto por fondos de mujeres, ONG y feministas que se posicionan desde las instituciones y que recolectan los fondos de la cooperación internacional a nombre del movimiento de mujeres. En la década de los años 80’ y 90’, estos actores intervinieron al feminismo imponiendo una agenda clara y fragmentada: violencia de género y derechos reproductivos. Actualmente, es el deslavado tema de los cuidados que se impone, tergiversando lo que antes entendíamos como reproducción social y división sexual del trabajo considerando con ello la apropiación capitalista, la explotación de las mujeres pobres, migrantes, racializadas y la desvalorización social del trabajo reproductivo de las mujeres. Nuestras propuestas planteaban la distribución equitativa de estas responsabilidades, su socialización y comunitarización y no el traspaso al mercado ni al Estado.

No estamos siendo nosotras, las feministas organizadas en colectivas, en organizaciones territoriales, en grupos autónomos, quienes hacemos el contenido y las rutas, inventamos los conceptos anclados en la vida cotidiana, sino que son estas instituciones las que elaboran plantillas en serie que encasillan la lucha feminista y diluyen su potencia creadora y transgresora. El núcleo articulador de la institucionalización del feminismo es el individualismo, el borrado de las mujeres y de sus luchas históricas.

III

En un proceso de autocrítica, a fines de la década del 80’ y comienzos de los 90’ del siglo XX, surgió la corriente autónoma del feminismo autónomo latinoamericano que denunciaba el secuestro del movimiento feminismo por parte del Estado y las agencias internacionales, generando grupos de expertas, planificadoras y tecnócratas, arrinconando al movimiento a la política de lo posible y a las metas de los proyectos y los compromisos con las financistas.

Siguiendo este trazado, creemos urgente preguntarnos, ¿cuál es la política de las mujeres que necesitamos? Sin duda, esta política tiene una impronta: es la que se hace entre mujeres que politizan su experiencia común. Lo que sabemos hoy sobre la opresión de nuestro sexo es fruto de ese trabajo colectivo. Gracias a ese trabajo separatista, nos reconocemos hacedoras de la historia, nos rebelamos contra la violencia, conocemos y amamos nuestro cuerpo, valoramos nuestro trabajo y podemos reconocer los mecanismos explícitos e implícitos que genera el patriarcado para mantener las relaciones de dominación basadas en nuestro sexo. Incluso el feminismo que reivindica la lucha junto a los hombres (feminismo indígena, comunitario, decolonial, etc.) entiende y genera espacios políticos sólo entre mujeres, por ejemplo, las mujeres zapatistas.

El separatismo no implica desligarnos de las luchas populares, por ello, reivindicamos la revuelta del 2019 como parte también de nuestra historia. Octubre de 2019 puso de manifiesto el deseo popular de cambiar todo de raíz, coincidiendo con el carácter radical de las transformaciones que necesitamos las mujeres para destruir la opresión de clase sexual en interacción con otras opresiones.

Si el feminismo ha perdido su fuerza emancipadora, es urgente y necesario recuperarla. Es necesario radicalizar nuestras concepciones políticas. Para ello, debemos asumir la crítica, asumir responsabilidades, dejar la creencia casi religiosa en el Estado y situarnos desde ese lugar donde nunca se deja de sospechar del sistema de dominación. Hay que volver a saltar los torniquetes, volver a evadir las piedras con las que una y otra vez nos tropezamos. Así lo mostró la revuelta, retomar la potencia creadora de imaginarios que no quepan en las agendas institucionales, la energía colectiva que construye proyectos que dignifiquen la vida y se opongan a la cultura de muerte que se nos cuela por todos lados en estos días. Recuperar el feminismo emancipador es también recuperar la potencia transformadora de la revuelta.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de las autoras mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Néstor Prieto: «El imperialismo no es una política exterior que un presidente adopte o abandone, es el marco desde el que Estados Unidos interpreta el mundo»

 


Acierta en la geopolítica global pero se pierde en los objetivos del BRICS+, donde colaboran sistemas capitalistas con tendencia a la soberanía con países socialistas, donde lo importante es la creación de otros medios para la ruptura con el monopolio imperialista de la oligarquía yanqui-occidental en lo financiero, industrial, vías de comercio o el sistemas de pago exclusivo del dólar para hacerlo en otras monedas. Este es el objetivo del BRICS+ en todos los aspectos del desarrollo económico, financiero, industrial y tecnológico, bajo el derecho internacional de la ONU entre iguales y el beneficio mutuo, y si esto no se ve como un ataque a la base del imperialismo, es por subestimar la inteligencia y tácticas del marxismo chino de unir todo lo unible contra el enemigo principal, sin conformación de bloques. 

Al tiempo tampoco entiende que el bajo perfil en la confrontación con el imperialismo yanqui-occidental, es pura táctica con doble sentido entendiendo que cuando un enemigo comete errores, como los EE.UU, Europa y la OTAN en la guerra contra Rusia en Ucrania o en Irán, lo mejor es no interrumpirlos y en especial, cuando ese enemigo si en cualquier circunstancia se siente acorralado, tiene la capacidad de morir matando al grueso de la humanidad, por lo tanto la única estrategia inteligente para salvar la humanidad, es no cometer errores de despreciar la capacidad militar del imperialismo, seguir dejándolo que siga cometiendo errores agotando sus recursos, y esperar a que la estrategia del BRICS+ genere resultados, agotando la capacidad del dólar del control del mundo financiero, el comercio o sistemas de pagos. Que no quepa la menor duda de que la guerra en Ucrania, en Irán y aliados o la del Sahel, todas están conectadas y apoyadas militar y tecnológicamente, por China, Rusia e Irán, que si forman un bloque aunque no lo publiciten.
        
El carácter socialista de China da la impresión que tampoco lo entiende bien, indicando su mentalidad occidentalista del marxismo mecanicista y metafísico, incapaz de entender que una cosa es el sistema de producción capitalista en una sociedad capitalista, que todo está supeditado al beneficio individual del capitalista, que explota a la clase trabajadora para quedarse con el excedente no pagado al trabajador en el salario, al contrario que el sistema de producción capitalista, porque todavía no surgió otro diferente, pero consta que en China, Vietnam, Laos, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Bielorrusia, Namibia, Zimbabue o en el Sahel, está surgiendo un sistema alternativo y socialista, donde dependiendo del nivel de desarrollo del socialismo, el excedente producido por el trabajador y el campesino no pagado como salario, se recupera por el estado a través de los impuestos e inversiones financieras y la empresa pública, en el desarrollo de un estado de bienestar socialista para la clase trabajadora, campesina y todo el pueblo. También indica la publicación de este artículo en un periódico comunista, por donde andan los tiros en el movimiento comunista español y occidental.  Nota de Alonso Gallardo  


                                                                                                       

«La teología que legitimó la expansión estadounidense se construyó sobre una relectura del pacto bíblico. Si uno es el pueblo elegido y la tierra le está destinada, quienes ya la habitan son un obstáculo providencial».
Néstor Prieto

Néstor Prieto, periodista especializado en política internacional, impulsor del portal de análisis Descifrando la guerra, colaborador de numerosos medios como Público, elDiario.es, France 24, La Sexta y Mundo Obrero, y corresponsal de la Global Sumud Flotilla, acaba de publicar su primer libro en solitario. Lo ha titulado Imperio Herido. Trump y la transición a un nuevo orden internacional. Parte de la premisa de que el viejo orden muere ante nosotros y el nuevo orden ya está en camino, y para afrontar la incertidumbre de cómo puede ser ese nuevo mundo nos da herramientas para entender mejor el contexto en el que nos movemos.

Uno de los puntos de los que parte es que el imperio está herido. Sí, pero “cuando un imperio está herido, no sucumbe, ataca”. Por eso estamos en el momento en el que Estados Unidos intensifica y naturaliza la violencia y el poder del más fuerte y en el que el imperio dinamita lo que le molesta en su camino hacia una máxima desregulación internacional en la que no tener que rendir cuentas ante nadie de sus actos.

IMPERIO HERIDO. TRUMP Y LA TRANSICIÓN A UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL Néstor Prieto Amador Now Books, 2026

IMPERIO HERIDO. TRUMP Y LA TRANSICIÓN A UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL
Néstor Prieto Amador
Now Books, 2026

Para situarnos, Néstor Prieto nos explica que Trump no es la causa de la crisis, sino su consecuencia más elocuente. De igual modo que la política exterior de Trump no constituye una aberración en la historia, sino su intensificación. De la misma forma que Estados Unidos no es una democracia que ocasionalmente se excede, sino un imperio que por su propia naturaleza domina y somete, si es posible, a través de la persuasión económica, política y cultural, y no si no es posible, a través de la fuerza bruta. Y esa línea nos lleva a comprender que la Estrategia de Seguridad Nacional no es una anomalía sino la expresión más descarnada de una lógica imperial que recorre toda la historia de Estados Unidos y que cuando ha llegado el momento en el que siente el declive “relativo” de su hegemonía en el planeta, el imperio se quita el guante de seda que cubría el que siempre ha sido un temido puño de hierro. Darth Vader se quita la máscara y muestra su verdadero rostro.

Para entender bien el contexto en el que estamos, y conocer mejor a nuestro objeto de estudio, Néstor nos lleva a los orígenes de Estados Unidos y a cómo aquellas 13 colonias de la costa atlántica, que se independizaron del imperio británico, fueron ocupando, comprando, invadiendo, masacrando y repoblando todo lo que se les puso por medio hasta llegar a la costa oeste. Consiguieron unas fronteras naturales perfectas: flanqueados por dos océanos a sus costados, Canadá, por el norte y México por el Sur. A partir de ahí se volcaron en la expansión extraterritorial. Y ahí siguen, hasta hoy. Cambian las formas pero no el fondo. Ahora los imperios no necesitan invadir territorios sino someterlos y dominarlos. Así construyeron las herramientas para dominar desde tres frentes: el militar, con más de 800 bases repartidas por todo el mundo; el económico, con el dominio del dólar y con instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial; y el cultural, creando desde Hollywood y desde Silicom Valley imaginarios que naturalizan el liderazgo estadounidense. Un imperio de manual que no quiere llamarse imperio.

GEMA DELGADO: ¿Cuál es la base ideológica sobre la que se levantó y se sostiene hoy el imperio estadounidense?

NESTOR PRIETO: Estados Unidos tiene la semilla imperial desde su origen mismo, con una raíz ideológica, donde la religión y el liberalismo se repartieron el trabajo de justificar la expansión, y otra territorial que no ha dejado de crecer. Los primeros colonos del territorio, británicos movidos por una versión integrista del protestantismo, llegaron al actual EE.UU. convencidos de estar cumpliendo un designio divino y de que ir a Norteamérica era un negocio inmejorable. Aquellas élites, que llevaban el imperialismo en el ADN, acabaron sacudiéndose el imperio británico para controlar plenamente su economía. La independencia de las trece colonias fue una revolución de las élites.

Y en cuanto fueron independientes se lanzaron a la expansión. La génesis de EE.UU. son trece colonias, una franja pegada al Atlántico que por conquista, por compra y con el exterminio de los pueblos indígenas de por medio termina convirtiéndose en el tercer país más grande del mundo; pasan de ser dos veces el tamaño de España a ser casi veinte. En ese proceso cristaliza el Destino Manifiesto, la idea de que expandirse no era conquistar sino cumplir un derecho, un deber y un destino. Completado el continente llegaron Alaska, Hawái, Puerto Rico, Guam, una docena larga de territorios administrados en distintas partes del mundo y las ochocientas bases militares.

Es un imperio que se niega a sí mismo porque llamarse imperio ya no resulta elegante, pero sigue marcado por el evangelismo y el capitalismo. Mientras le bastó con Hollywood, el sueño americano y la persuasión, tiró de ese poder blando; cuando dejó de bastarle volvió a la coacción, que es el extremo al que ha regresado Trump y que estaba en el origen del país.

G.D.: El expansionismo del Gran Israel tiene elementos en común con el expansionismo estadounidense. ¿Cuáles son y cómo actúan?

N.P.: Hay un parentesco que no es metáfora. La teología que legitimó la expansión estadounidense se construyó sobre una relectura del pacto bíblico. Los colonos de Nueva Inglaterra se pensaron como el nuevo Israel y a América como su Tierra Prometida, y la consecuencia era explícita. Si uno es el pueblo elegido y la tierra le está destinada, quienes ya la habitan no son propietarios sino un obstáculo providencial. El exterminio de los pueblos originarios primero y la esclavitud negra después muestran hasta qué punto aquella élite concebía la expansión como empresa reservada a hombres blancos y puros.

Los mecanismos coinciden. Una frontera que se desplaza y se llama seguridad, una población nativa reducida a estorbo y un relato de excepción que exime de rendir cuentas. Cambia la fase histórica, no la lógica. Y hoy funciona en ambas direcciones, porque Gaza ha sido y es laboratorio, con violencia masiva para reordenar una región entera, inteligencia artificial aplicada a la selección de objetivos y desprecio absoluto a los tribunales internacionales.

G.D.: Sostienes que la alternancia entre demócratas y republicanos altera las formas, pero no el consenso. Parece un callejón sin salida.

N.P.: El imperialismo no es una política exterior que un presidente adopte o abandone, es el marco desde el que el Estado interpreta el mundo. Truman crea la OTAN; Eisenhower patrocina los golpes de Irán y Guatemala; Kennedy, Bahía de Cochinos; Johnson, Vietnam; Nixon, Chile; Reagan, la contra; Clinton bombardea Serbia sin autorización de la ONU; Bush invade Iraq; Obama bombardea Libia e impone las primeras sanciones a Venezuela. Cambian el instrumento y el vocabulario: invasión o intervención humanitaria, sanciones o presión internacional coordinada. Lo que no cambia es el derecho que se arrogan a intervenir.

Ahora bien, el callejón no está cerrado por decreto. Esa continuidad solo es posible gracias a un andamiaje material que ningún partido ha cuestionado porque a ninguno le conviene, el de las ochocientas bases, el dólar, el FMI y la industria cultural. Lo que erosiona esa arquitectura no es un relevo en la Casa Blanca, sino el desgaste de las condiciones que la hicieron posible. Y eso ya está ocurriendo, aunque no por voluntad de nadie en Washington.

«La base social que se rebela contra Trump no lo hace contra el imperio, cuya existencia ni percibe en esos términos, sino contra el establishment bipartidista que lo administra»

G.D.: También planteas que las resistencias internas en Estados Unidos no tienen vocación antiimperialista.

N.P.: No es que falten antiimperialistas, es que todo está dispuesto para que nunca lleguen a alterar la trayectoria del poder interno del país. La oposición realmente existente al establishment demócrata es, eminentemente, socialdemócrata. Las organizaciones netamente antiimperialistas tienen un desarrollo lastrado por una estructura política y constitucional que concentra la representación en dos partidos y encarece cualquier candidatura hasta hacerla inviable. Lo que ese andamiaje no bloquea lo bloquea la criminalización de la caza de brujas anticomunista del siglo pasado a la declaración de ANTIFA como organización terrorista en nuestros días, y todo ello en una sociedad culturalmente bombardeada. El imperio que seduce fuera de sus fronteras persuade todavía mejor dentro.

Resulta revelador que la base social que se rebela con Trump no lo haga contra el imperio, cuya existencia ni percibe en esos términos, sino contra el establishment bipartidista que lo administraba.

«Estados Unidos conserva ventajas militares, tecnológicas, financieras y geográficas que ningún rival iguala, y a la vez ha perdido su hegemonía. No asistimos al final del imperio, sino a su reconfiguración bajo presión»

¿Es una herida de muerte? El fin del imperio lleva profetizándose décadas. Hay teorías que hablan de la sobreextensión imperial, el desajuste entre los compromisos globales y la base económica que debe sostenerlos, y esa tesis tiene sentido hoy. Pero conviene no confundir erosión con colapso. Estados Unidos conserva ventajas militares, tecnológicas, financieras y geográficas que ningún rival iguala, y a la vez ha perdido la hegemonía incontestada que ejerció entre 1991 y 2008. No asistimos al final del imperio, sino a su reconfiguración bajo presión.

«Los BRICS no dibujan un horizonte de gobernanza alternativo. No cuestionan el capitalismo, sino la posición dominante que Estados Unidos ocupa. No proponen otro modelo sino un mejor lugar dentro del mismo»

G.D.: En el libro rebajas las esperanzas depositadas en los BRICS y en China. ¿En qué situación están?

N.P.: Los BRICS expresan algo real, porque el orden internacional está cambiando y la transición avanza de forma caótica y sin brújula ideológica. Pero estas coaliciones y alianzas nacientes, entre ellas los BRICS, no dibujan, al menos por ahora, un horizonte de gobernanza alternativo. No cuestionan el capitalismo, sino la posición dominante que Estados Unidos ocupa dentro de él. No hay compromisos de seguridad mutua ni mecanismos vinculantes, y los intereses divergen. India mantiene disputas fronterizas con China y pertenece a la vez a alianzas militares impulsadas por Washington. Miembros como Brasil u observadores como Bolivia han demostrado que basta un cambio de signo político para enfriar la agenda hasta dejarla reducida a lo comercial. La ampliación de 2024 incorporó al mismo tiempo a Irán y a Emiratos, rivales regionales declarados. Y cuando Washington atacó a socios del bloque como Venezuela, Cuba o Irán, la respuesta colectiva no pasó del comunicado. Autores del Sur Global como Samir Amin o Patrick Bond lo formularon antes que nadie. Los BRICS no proponen otro modelo sino un mejor lugar dentro del mismo.

China es otra cosa. Es una potencia en crecimiento sostenido que se piensa a sí misma en plazos largos y que ha ordenado su diplomacia en torno a lo que considera vital, el mar del Sur de China y Taiwán. Que no proyecte fuerza en el Caribe no es tanto un fracaso como una elección. Pekín avanza además en el terreno que va a decidir el siglo, y la irrupción de DeepSeek demostró que la brecha tecnológica no es insalvable. Su horizonte no se mide en ciclos electorales de cuatro años.

G.D.: ¿Qué papel tiene la Unión Europea en el orden que se está fraguando?

N.P.: La Unión Europea es un actor subordinado y reactivo, que llega tarde a la transición internacional y actúa a destiempo en un mundo que no termina de entender porque ya no se rige por sus patrones. Washington no la concibe como un socio con el que negociar de igual a igual, sino como un actor que debe cumplir un papel al servicio de sus intereses y desde la asimetría. Le exige el 5% del PIB en defensa, le impone aranceles unilaterales invocando su propia seguridad nacional, negocia a sus espaldas el conflicto de Ucrania y llega a proponer por escrito, en la Estrategia de Seguridad Nacional, «cultivar la resistencia» dentro de las naciones europeas, un respaldo explícito a la extrema derecha del continente. El imperio ya no solo somete a sus rivales, remodela a sus aliados a su imagen.

Siendo justos, el margen europeo está condicionado por décadas de dependencia estructural, económica, militar y energética, sin ejército propio y con la OTAN como único paraguas creíble. Pero la autonomía estratégica se ha revelado como lo que siempre fue, un eslogan para documentos oficiales. En mi opinión no peligra la existencia de la Unión a medio plazo. Sí su capacidad de ser un actor con proyección propia tal y como proclaman en Bruselas.

G.D.: La inteligencia artificial ya se emplea en las guerras de quinta generación. ¿Cómo se está aplicando y cómo reconfigura la relación de fuerzas?

N.P.: El caso mejor documentado es el de israelí. En Gaza se emplearon sistemas capaces de generar un centenar de objetivos diarios, allí donde veinte analistas humanos habrían tardado meses, y de asignar a cada residente una puntuación según la probabilidad estimada de pertenecer a un grupo armado. El tiempo medio de revisión humana por ese objetivo diseñado por la IA fue de veinte segundos, lo justo para confirmar que el señalado era varón y encajaba con el perfil que había generado la propia máquina. Lo más grave es que esa cifra no es un punto de llegada, es una estación intermedia.

Lo decisivo es una dinámica que nadie ha decidido y que todos aceptan. Cada generación de sistemas tecnológicos comprime el ciclo que va de detectar a ejecutar, y quien mantenga a un humano verificando cada decisión operará con una latencia que su adversario no tiene. La presión competitiva empuja hacia la automatización total no por convicción ideológica, sino por supervivencia. El ser humano pasa de decidir a supervisar, de supervisar a ratificar, y de ratificar a ser notificado.

Quien domine la cadena completa —captación, procesamiento y decisión— tendrá una ventaja difícilmente compensable con medios convencionales, y ahí Estados Unidos lleva la delantera. La bomba atómica tenía propietario identificable y cadena de mando; un algoritmo que selecciona objetivos puede operar en la opacidad total. En la guerra que viene, si viene, puede que no haya trece días para negociar.

«Los señores de Silicon Valley necesitan un Estado que no regule y Trump una infraestructura tecnológica que le permita controlar la opinión pública y dominar en el terreno militar. La convergencia es estructural, no puntual»

G.D.: ¿En qué medida la alianza entre los magnates de Silicon Valley, propietarios de las plataformas digitales y Donald Trump está reconfigurarán el poder y redefiniendo la democracia?

N.P.: Los señores de Silicon Valley necesitan un Estado que no regule y Trump necesita una infraestructura tecnológica que le permita controlar la opinión pública y dominar en el terreno militar. La convergencia es estructural, no puntual, y produce algo que no encaja en las categorías clásicas. El modelo de ese gran capital occidental reaccionario, fundamentalmente estadounidense, es un poder que combina la violencia estatal con la capacidad de modelar la realidad informativa a escala planetaria.

Hay autores que hablan de tecnofeudalismo. Quien controla la plataforma extrae renta de todo lo que circula por ella, igual que el señor feudal con la tierra. Solo que estos señores ya no se conforman con la renta, aspiran al poder político directo.

«El modelo del gran capital occidental reaccionario, fundamentalmente estadounidense, es un poder que combina la violencia estatal con la capacidad de modelar la realidad informativa a escala planetaria»

Un episodio lo resume muy bien. Cuando Anthropic se negó a permitir un uso sin restricciones de sus sistemas, la Casa Blanca rompió el contrato y recurrió a Musk, y semanas después esa tecnología se empleaba en la planificación del bombardeo sobre Irán. No hablamos ya solo de empresarios que financian campañas, como los magnates del siglo XX, sino de actores que poseen a la vez la infraestructura comunicativa, la capacidad de procesar datos y el acceso al aparato militar del Estado.

G.D.: En esta transición, ¿qué se vislumbra al final del túnel? ¿Otro mundo mejor es posible?

N.P.: No lo sé, y desconfío de quien lo afirme sin dudas. El nuevo orden no está decidido y su configuración depende de lo que ocurra en estos años. Lo único que puede afirmarse con certeza es que la transición está siendo más violenta.

Me aferro a la idea de que esa violencia agudizará las contradicciones del capitalismo en su fase imperialista. Guerra y muerte pagadas por los sectores populares, tensión creciente entre capital y trabajo, un cambio climático insaciable. De esa acumulación puede surgir una reacción popular, y la imagino antes en las periferias de Asia, África y América Latina que en Europa o Estados Unidos. Entonces sí cabría ver un horizonte mejor al final del túnel. No sé cuánto durará. Sé que cruzarlo será duro y violento.

(*) Subdirectora de Mundo Obrero