domingo, 5 de julio de 2026

La élite política europea está jugando con fuego nuclear


Andrea Zhok     junio 21/2026

Lo admitamos o no, Europa está en guerra con Rusia, y Rusia lo sabe. El juego europeo se basa en la suposición que los países europeos pueden gestionar el conflicto protegidos por el Artículo 5 de la OTAN.



La guerra en Ucrania debería haber terminado un mes después de su inicio, cuando se celebraron las primeras negociaciones y ya se había alcanzado un acuerdo prácticamente definitivo.

 

Ucrania seguiría siendo un país, no un montón de escombros despoblado.

Rusia podría haber garantizado que Ucrania se convirtiera en un «estado tapón» con relaciones bilaterales y comercio tanto con Rusia como con Europa. Europa podría haber seguido obteniendo gas y petróleo a precios asequibles.

La civilización europea no habría experimentado esa fase de humillación de sus principios, caracterizada por una ridícula y trágicamente estúpida «caza de rusos», desde el deporte hasta la ópera.

En cambio, cuatro años y cuatro meses después de que las tropas rusas entraran en territorio ucraniano, y doce años después del inicio del conflicto (febrero de 2014), Ucrania se ha transformado por completo en un instrumento militar de la OTAN, sin que nadie consultara a los ciudadanos europeos si querían participar en esta guerra indirecta.

La táctica de la OTAN, ahora más europea que estadounidense, consiste en producir un gran número de drones, principalmente en zonas fuera del territorio ucraniano, y lanzarlos en lo profundo de Rusia.

La idea no es intentar reconquistar el territorio perdido, porque eso requeriría tropas que ni Ucrania ni Europa en su conjunto poseen.

La idea es infligir un daño tan grave a Rusia que provoque una revuelta interna contra Putin.

Obviamente, esta situación conduce las cosas inevitablemente en dos direcciones.

La primera es que las zonas de retaguardia europeas de las tropas ucranianas se han convertido en una parte crucial y decisiva de la guerra; constituyen una amenaza persistente, una amenaza que se mantendría independientemente del resultado del conflicto en Ucrania.

Lo admitamos o no, Europa está en guerra con Rusia, y Rusia lo sabe. El juego europeo se basa enteramente en la suposición de que los países europeos pueden gestionar el conflicto desde una posición de seguridad intocable, protegidos por el Artículo 5 de la OTAN.

Pero todos han comprendido que esta protección es un escudo de origami. Estados Unidos nunca intervendrá para ayudar a un país europeo bajo ataque, al menos no mientras Trump siga siendo presidente. Y sin el apoyo estadounidense, la OTAN en Europa es incapaz de hacer nada más allá de lo que ya hace en su guerra indirecta.

La debilidad europea, el abierto desprecio de la administración estadounidense hacia Europa y el juego de escudarse en el Artículo 5 apuntan en una sola dirección: una escalada que involucre directamente a algún país europeo.

La segunda opción está totalmente ligada a la política interna rusa. Putin, a pesar de la propaganda europea que lo retrata constantemente como un Atila moderno, siempre ha sido un moderado, inclinado al compromiso y esperanzado en la reconciliación con Europa.

Prolongar la guerra en su forma actual, con ataques en zonas periféricas de Moscú y San Petersburgo, debilita objetivamente el liderazgo de Putin. Esto da lugar a un doble escenario: o bien la sustitución de Putin como líder (improbable) o bien la aceptación por parte de Putin de una agenda radical propuesta desde hace tiempo por asesores y coroneles del establishment ruso.

En la situación actual, el enemigo ya no es Ucrania, que es simplemente una plataforma física que proporciona carne de cañón, sino Europa, que en esta situación —con la guerra en el extranjero— se está fortaleciendo militarmente. La pregunta obvia que se hacen muchos líderes rusos es: ¿por qué deberíamos esperar otros 3 ó 4 años a que Europa desarrolle su propio rearme, quizás con un nuevo gobierno estadounidense dispuesto a revitalizar la OTAN?

Putin está apostando todo a una rápida capitulación ucraniana. Solo un resultado así le permitiría a Rusia un horizonte seguro.

Si no se produjera tal capitulación (en un plazo máximo de un año), creo que la lógica interna del conflicto sería inevitable: Europa tendría que ser «puesta en su sitio» mientras su potencial militar es modesto y el apoyo estadounidense es limitado.

Y esto significa guerra, no guerra fría, ni guerra híbrida, ni guerra metafórica. Simplemente guerra.

Y, aunque inicialmente nos enfrentaríamos a una guerra convencional, la pendiente resbaladiza hacia la explotación de la verdadera ventaja estratégica de Rusia —a saber, el poder nuclear— es fatal.

Vía:observatoriocrisis.com 

Los derechos humanos en China


Por Pedro Barragán

Economista y asesor de la Fundación Cátedra China15/06/2026 21:30

La Presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen saluda al mandatario chino Xi Jinping.

La Presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen saluda al mandatario chino Xi Jinping.  Europa Press

Si uno consume exclusivamente determinados medios occidentales, podría llegar a la conclusión de que China es un inmenso agujero negro de los derechos humanos. Un país donde, aparentemente, mil cuatrocientos millones de personas viven privadas de cualquier derecho civil o político, sometidas a una especie de distopía tecnológica permanente y esperando, quizá, que algún editorial extranjero les explique la verdadera naturaleza de sus propios problemas.

La imagen resulta tan familiar como espantosa. De acuerdo con este relato occidental, China habría logrado sacar de la pobreza a cientos de millones de personas, construir el mayor sistema de infraestructuras del planeta, universalizar la educación básica, extender la cobertura sanitaria y elevar de forma espectacular la esperanza de vida. Pero todo ello carecería de importancia porque, se nos dice, los ciudadanos chinos seguirían careciendo de derechos civiles y políticos fundamentales.

La caricatura es llamativa. Un país capaz de transformar radicalmente las condiciones materiales de vida de una quinta parte de la humanidad sería, al mismo tiempo, un ejemplo paradigmático de fracaso en materia de derechos humanos. Y cualquier dato que contradiga esta visión suele ser convenientemente ignorado o relegado a una nota a pie de página.

El relato dominante en nuestros medios occidentales presenta a China como una dictadura comunista donde los derechos humanos se reducen exclusivamente a cuestiones económicas y sociales. Sin embargo, basta consultar la Constitución china, la legislación vigente o las instituciones políticas del país para comprobar que los derechos civiles y políticos forman parte de su marco jurídico. La igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad de creencias religiosas, el derecho a la educación, el derecho al trabajo, el derecho a marcharte del país, o la participación política están reconocidos por el ordenamiento jurídico chino.

Naturalmente, la cuestión no reside únicamente en la existencia formal de estos derechos. Hay que fijarse en la manera en que se interpretan y aplican. Pero ahí no entran nuestros compatriotas occidentales. Porque resulta imposible encontrar en Occidente un Estado que cumpla con la imagen propagandistica que proyecta sobre sí mismo en materia de derechos humanos.

Lo que Occidente ya no es capaz de discutir es el extraordinario avance experimentado por China en el terreno de los derechos económicos y sociales. La erradicación de la pobreza extrema constituye probablemente el mayor logro de desarrollo humano registrado en la historia contemporánea. Centenares de millones de personas han mejorado sus condiciones de vida gracias al crecimiento económico, la industrialización, la modernización de las infraestructuras y las políticas específicas de desarrollo impulsadas por el Estado.

China considera que estos derechos económicos y sociales constituyen la base material indispensable para el ejercicio efectivo de todos los demás derechos. Pero, contrariamente a lo que suele afirmarse en algunos análisis occidentales, no sostiene que sustituyan a los derechos civiles y políticos. Para China todos los derechos humanos son interdependientes y deben desarrollarse de forma equilibrada.

Durante las últimas décadas, el país también ha reforzado sus mecanismos de participación política y representación institucional. El sistema chino cuenta con nueve partidos políticos con representación en la Asamblea Popular Nacional, el parlamento nacional, y con más de tres millones de diputados en las diversas Asambleas Populares que operan desde el nivel local hasta el nacional. Este modelo difiere sustancialmente de los sistemas occidentales. En China el poder político se dirime en las votaciones de base donde se eligen a los 3,5 millones de diputados y “las armas” del debate político son las propuestas y las personas. En Estados Unidos, como ejemplo occidental, el poder se dirime en el choque entre dos partidos (terceros invitados nunca han sido tolerados y llegado el caso aniquilados), que defienden el mismo sistema político, y la clave de su éxito se asienta en los millones de dólares aportados por la oligarquía del país para la campaña y el apoyo de los medios de comunicación propiedad de esa misma oligarquía.

China, respetando el derecho de Occidente a dotarse del sistema que le plazca, considera a su sistema político una forma de democracia de proceso completo adaptada a las características nacionales del país.

La protección de colectivos específicos constituye, entrando en los detalles, una prioridad creciente. Las políticas dirigidas a mujeres, menores, personas mayores y personas con discapacidad han sido reforzadas progresivamente. Del mismo modo, China reconoce a los 56 grupos étnicos existentes y considera que la unidad nacional y la diversidad cultural forman parte de un mismo proyecto de desarrollo compartido. A diferencia de Estados Unidos, todos los grupos étnicos están sobrerrepresentados en la Asamblea Popular Nacional (más porcentaje de diputados que de población).

Las regiones habitadas por minorías étnicas han recibido importantes inversiones en infraestructuras, educación, sanidad y desarrollo económico. Frente a las acusaciones habituales procedentes de determinados sectores occidentales, estas políticas han contribuido a mejorar significativamente las condiciones de vida y las oportunidades de desarrollo de sus habitantes.

En el ámbito medioambiental, China ha incorporado el concepto especialmente interesante de la construcción de una "civilización ecológica". La idea es sencilla. Difícilmente puede hablarse de derechos humanos plenos en un entorno degradado, contaminado o incapaz de garantizar una calidad de vida adecuada. Por ello, la protección ambiental ha pasado a considerarse una dimensión esencial del bienestar de la población.

En este contexto se enmarca la publicación del nuevo Plan Nacional de Derechos Humanos 2026-2030. Lejos de la imagen estática que a menudo se proyecta sobre China, el documento refleja una agenda de actualización permanente de las políticas públicas relacionadas con los derechos humanos.

El plan reafirma una visión integral que combina derechos civiles y políticos con derechos económicos, sociales y culturales. Asimismo, establece objetivos concretos para reforzar la protección jurídica de los ciudadanos, mejorar los servicios públicos, ampliar la igualdad de oportunidades y consolidar los avances alcanzados durante las últimas décadas.

Entre las prioridades más destacadas figuran la protección de los derechos individuales, el fortalecimiento de las garantías jurídicas en situaciones de emergencia, la protección de los datos personales, la defensa de la libertad de creencias religiosas y la ampliación de los mecanismos de participación ciudadana.

El documento presta también especial atención a la protección de grupos vulnerables y al perfeccionamiento de las garantías procesales dentro del sistema judicial, aspectos esenciales para avanzar en la construcción de un Estado de derecho socialista moderno.

Particularmente relevante resulta su atención a la nueva era digital. La expansión de la inteligencia artificial, los macrodatos y las nuevas plataformas tecnológicas plantea problemas inéditos para todas las sociedades contemporáneas. China busca desarrollar marcos regulatorios que permitan aprovechar las ventajas de estas tecnologías sin menoscabar los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos.

Finalmente, la protección ambiental ocupa nuevamente un lugar central. El plan reafirma el compromiso con el desarrollo sostenible, la reducción de la contaminación y la mejora continua de la calidad ecológica, entendiendo que el derecho a una vida digna incluye también el derecho a disfrutar de un entorno saludable.

Quizá el debate occidental sobre los derechos humanos en China ganaría en calidad si abandonara algunos clichés heredados de la Guerra Fría y prestara más atención a una realidad bastante más compleja que la ridícula caricatura habitualmente difundida.

La fragmentación de las luchas: el gran triunfo silencioso del sistema


Publicado el
/ Por


Vivimos en una época de movilización constante. Las calles se llenan de voces que reclaman una sanidad pública digna, una educación accesible, pensiones justas, el derecho a una vivienda o el fin de las guerras. Las pancartas cambian, los lemas se renuevan, los rostros se multiplican. Cada causa es legítima. Cada reivindicación es urgente. Y, sin embargo, todas comparten una debilidad estructural que rara vez se señala con la claridad necesaria: su fragmentación.

El sistema no teme a la protesta. Lo que realmente le incomoda es la convergencia.

A simple vista, podría parecer que vivimos un momento de efervescencia política. Nunca hubo tantas movilizaciones, tantas plataformas, tantos colectivos organizados. Pero bajo esa superficie de actividad constante se esconde una paradoja inquietante: cuanto más se multiplican las luchas, más fácilmente son absorbidas. No por falta de razón, ni de energía, ni de compromiso, sino por la forma en que se articulan y, sobre todo, por los límites invisibles dentro de los que operan.

Porque el poder no actúa únicamente desde fuera. También estructura el campo en el que se mueve la oposición.

Hoy, los distintos movimientos sociales operan como islas. Se organizan, luchan, resisten… pero lo hacen en compartimentos estancos. Las luchas por la sanidad no siempre caminan junto a quienes defienden la vivienda. Las reivindicaciones por la paz no siempre se alinean con quienes exigen una educación pública fuerte. Las movilizaciones laborales rara vez confluyen con las ecológicas. Cada causa construye su propio lenguaje, su propio marco, su propia urgencia. Y así, sin necesidad de una represión constante, el orden se mantiene.

Un movimiento fragmentado genera ruido, visibilidad momentánea, incluso victorias parciales. Pero rara vez produce cambios estructurales. Las instituciones han aprendido a gestionar la protesta sectorial con notable eficacia: negocian con unos, dilatan con otros, prometen aquí, recortan allá. No es solo una estrategia política; es una forma de administración del conflicto. Se trata de permitir que las tensiones existan sin que lleguen a desbordar el sistema que las genera. De este modo, lo que podría ser una crisis se convierte en una sucesión de incidencias.

La fragmentación no es, por tanto, un fallo del sistema. Es una de sus condiciones de estabilidad. Un sistema enfrentado a múltiples presiones descoordinadas no colapsa: se reorganiza. Redistribuye tensiones, redefine prioridades y produce respuestas parciales que, lejos de cuestionar el conjunto, lo refuerzan. Pero hay algo aún más profundo: la fragmentación no solo divide la acción, divide también la percepción.

Cuando las luchas aparecen separadas, el discurso dominante logra presentar cada problema como algo específico, técnico, aparentemente neutral. La falta de médicos se convierte en un problema de gestión. El acceso a la vivienda, en una cuestión de mercado. La precariedad laboral, en una consecuencia inevitable de un mundo globalizado. Así, lo estructural se disuelve en lo particular, y lo político se traduce en lo técnico. El resultado es una forma de sentido común que desactiva el conflicto antes incluso de que se articule.

Frente a esto, la pregunta no es solo qué reivindicar, sino cómo pensar lo que se reivindica. Porque mientras las causas no se reconozcan como parte de una misma lógica, seguirán operando dentro de los límites que esa lógica impone.

¿Qué pasaría si todas estas luchas confluyeran?

No se trata de diluir identidades ni de borrar especificidades. Tampoco de imponer una unidad artificial. La convergencia no exige homogeneidad; exige una lectura compartida de la realidad. Implica reconocer que, bajo la diversidad de demandas, existe un mismo conflicto de fondo: la organización de la vida en torno a intereses que no son colectivos. Ese reconocimiento transforma la naturaleza de la acción.

La unión no es una consigna romántica. Es una estrategia política.

Un frente común de demandas sociales tendría un impacto difícil de ignorar. No solo en términos de movilización —calles llenas, acciones coordinadas, visibilidad masiva— sino en capacidad real de presión. Porque cuando las demandas se alinean, el margen de maniobra institucional se reduce. Ya no se trata de gestionar conflictos dispersos, sino de afrontar un cuestionamiento global del modelo.

La historia y el presente ofrecen señales claras. Cuando distintos sectores sociales han logrado articularse —desde contextos en los que las luchas laborales trascendieron su propio ámbito hasta momentos en los que demandas sociales más amplias se conectaron entre sí— el equilibrio de poder ha dejado de ser estable. No por la fuerza aislada de una causa, sino por la capacidad de conexión entre ellas.

En contextos más recientes, esta lógica se repite. Cuando las reivindicaciones por la vivienda han encontrado puntos de contacto con el sindicalismo, o cuando las movilizaciones en defensa de la sanidad y la educación han coincidido en el tiempo y el espacio, el conflicto ha dejado de ser sectorial. Lo que emerge entonces no es una suma de protestas, sino una presión acumulada que resulta más difícil de absorber, fragmentar o neutralizar.

En el caso español, esto se ha hecho visible en momentos concretos en los que distintas demandas han comenzado a cruzarse en el espacio público. Desde las movilizaciones surgidas en torno al 15M, donde la crítica a la representación política conectó con cuestiones económicas y sociales más amplias, hasta las convergencias puntuales entre plataformas por la vivienda, mareas en defensa de los servicios públicos y organizaciones laborales. Aunque muchas de estas articulaciones han sido temporales o incompletas, han mostrado con claridad algo fundamental: cuando las luchas dejan de operar de forma aislada, su capacidad de interpelación crece de forma exponencial. Porque el problema no es la falta de movilización, sino su aislamiento. Cuando las luchas permanecen separadas, cada una es tratada como una excepción. Cuando se reconocen entre sí, empiezan a revelar el patrón. Y en ese momento, lo que antes era gestionable comienza a volverse incómodo.

Además, la convergencia produce algo aún más determinante: una transformación en la conciencia. Rompe la percepción de aislamiento, cuestiona la naturalidad de las condiciones existentes y abre la posibilidad de imaginar alternativas. Lo que antes parecía inevitable empieza a aparecer como resultado de decisiones concretas. Y lo que se percibe como construido, puede ser transformado. Sin embargo, este proceso encuentra resistencias.

Existen resistencias internas: diferencias ideológicas, desconfianzas, dinámicas organizativas, disputas por el relato o el protagonismo. Cada movimiento ha desarrollado su propia identidad, su propio marco de acción. La convergencia implica negociar, ceder, reconfigurar. No es un proceso cómodo.

Existen también resistencias externas. El sistema no necesita imponer la división de forma explícita; le basta con incentivarla. A través de discursos que jerarquizan unas luchas sobre otras, de marcos mediáticos que simplifican los conflictos o de políticas que fragmentan las respuestas, se reproduce una lógica en la que cada causa compite por atención, recursos y legitimidad. Incluso la crítica puede quedar atrapada en esa lógica.

A esto se suma un elemento más profundo: la interiorización de esas dinámicas. La competencia, la necesidad de visibilidad, la lógica de la diferenciación han permeado incluso en espacios que buscan cuestionarlas. La fragmentación no es solo una condición externa; es también una práctica aprendida. Superarla implica algo más que coordinación: implica un cambio de cultura política.

La historia ofrece pistas claras. Los grandes avances sociales no fueron el resultado de luchas aisladas, sino de articulaciones amplias capaces de desbordar los marcos existentes. No se basaron en la unanimidad, sino en la capacidad de construir alianzas entre diferencias. La fuerza no residía en la pureza de cada causa, sino en su capacidad de conexión. Hoy, esa lección sigue vigente.

La cuestión no es si es posible una unidad total, sino si somos capaces de generar espacios de convergencia suficientes para alterar el equilibrio actual. De pasar de la coexistencia de luchas a su articulación. De la suma de demandas a la construcción de una fuerza.

Porque, en última instancia, lo que está en juego no es solo la resolución de problemas concretos, sino la forma en que esos problemas son producidos.

Separados, somos gestionables. Nuestras demandas pueden ser administradas sin alterar el conjunto. Juntos, en cambio, dejamos de ser una serie de incidencias y nos convertimos en un cuestionamiento del sistema.

La fragmentación debilita. La unión incomoda. Y precisamente por eso, es el camino.

Este artículo reflexiona sobre una de las principales fortalezas del poder contemporáneo: la fragmentación de las reivindicaciones sociales. Plantea la necesidad de construir espacios de convergencia entre las distintas luchas que defienden los derechos colectivos y los servicios públicos. Una invitación a pensar la unión no como una consigna, sino como una herramienta de transformación social.

Isabel Carrión 

sábado, 4 de julio de 2026

El Lince: El radif


Abril 11/2026


Una de las cosas que han sido bombardeadas en Irán por los neonazis de EEUU y del IV Reich sionista, antes conocido como Israel, han sido las escuelas de música. Antes de que estos neonazis descerebrados y ahistóricos intenten destruir del todo la cultura de ese país milenario, y tras la muestra del otro día de la destrucción del patrimonio cultural ancestral, merece la pena que nos paremos unos minutos en conocer algo de este pueblo que está dando una más que digna muestra de cómo hay que hacer frente al imperialismo y al sionismo.


Desde el año 2009 la UNESCO ha incluido el radif, el repertorio tradicional de la música clásica iraní, dentro del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El radif es la esencia de la cultura tradicional persa y recojo lo que dice la UNESCO al incorporarla dentro del patrimonio cultural inmaterial: «Cuenta con más de 250 unidades melódicas, denominadas gushe y organizadas en ciclos, y posee un sustrato modal de base que viene a ser el telón de fondo al que se añaden los motivos melódicos más diversos. Aunque la interpretación de la música tradicional iraní se basa esencialmente en el arte de la improvisación –en función del estado de ánimo del artista y las reacciones del auditorio–, los músicos dedican varios años a dominar el radif por contener éste el conjunto de elementos imprescindibles para sus interpretaciones y composiciones. El radif puede ser vocal o instrumental y se interpreta con instrumentos que exigen técnicas de ejecución diversas: laúdes de mástil largo llamados tār y setār; cítara santur, cuyas cuerdas se golpean con macillos; vihuela de péndola kamānche; y flauta de caña ney. Transmitido oralmente de maestros a discípulos, el radif encarna a la vez la estética y la filosofía de la cultura musical persa. Su aprendizaje exige como mínimo diez años de dedicación, durante los cuales los alumnos no sólo deben memorizar su repertorio, sino también ejercitar una ascesis musical encaminada a abrirles las puertas de la espiritualidad. Médula de la música iraní, este tesoro musical refleja la identidad cultural y nacional del pueblo de Irán».

 Saba Pashaee, «Lluvia«.

Reproductor de vídeo
00:00
04:21

Ver en YouTube

Majid Derakhshani y Mahbanoo Ensemble, «Juan enamorado».

Reproductor de vídeo
00:00
04:09

Ver en YouTube

Ali Ghamsari, «La hoja».

Reproductor de vídeo
00:00
07:49

Ver en YouTube

Que las disfrutéis.

El Lince

Fuente: El Lince 

Declaración de la jefa de departamento del CC del PTC


Junio 19 de 2026

Publicado por Octubre










La jefa de departamento del Comité Central del Partido del Trabajo de Corea, Kim Yo Jong, hizo pública el día 18 la declaración siguiente:

Volvió a revelarse claramente la posición pobre del Occidente que se ve obligado a ser fiel a la acción habitual del coro de «desnuclearización» reconociendo que esto es el objeto irrealizable.

En la cumbre G7 efectuada en Francia, EE.UU. y otros países occidentales repitieron la insistencia anacrónica en la «desnuclearización» haciendo sin ton ni son las censuras políticas infundadas contra la República Popular Democrática de Corea.

G7, culpable principal que destruye la paz y la seguridad del mundo y el sistema internacional de no proliferación nuclear, no tiene calidad de hablar de la opción soberana de la RPDC ni el derecho a negarlo.

Expongo el fuerte descontento y lástima al abuso de autoridad de ese grupo que deviene la violación directa a la Constitución de nuestro Estado y lo condeno categóricamente con el término más claro.

Ellos saben muy bien que no se realizará jamás la «desnuclearización«, proyecto definitivamente acabado, y en el caso contrario, revelan solamente la falta de juicio político y la sensibilidad a la realidad.

Evidentemente dicho, la insistencia en la «desnuclearización» perdió completamente su carácter de la época y no se alterará según las voces de censura de algún grupo.

Por su enorme poder destructivo, el arma nuclear se convierte en el medio de violación contra la humanidad si la tienen las fuerzas de injusticia, pero sirve de un medio imprescindible para frenar la injusticia si la poseen las fuerzas de justicia.

No pueden vencer la injusticia sólo con las voces de preconizar la justicia, la paz, el orden internacional y los principios. Y sería una tontería estar con brazos cruzados ante las amenazas militares incluso el uso de armas nucleares.

La RPDC que había sido del blanco permanente y duradero de la amenaza nuclear de los rivales alcanzó las armas nucleares para defender a sí mimo, razón por la cual nadie tendrá ninguna preocupación de esos artefactos a excepción de los enemigos que tratan de dañarnos. He aquí precisamente el enfoque con que deben reconsiderar la irracionalidad de la insistencia de la «amenaza nuclear» de la RPDC.

Las armas nucleares son el medio poderoso para la defensa de la soberanía que ha atribuido la Constitución de la República y además devienen la piedra angular para la paz.

Serán eternas la naturaleza y la existencia de nuestras armas nucleares como medios de autodefensa y contramedida.

La posesión de armas nucleares es nuestro interés medular a ser mantenido sin falta y la «desnuclearización» es la línea roja que no permite ni un paso de retroceso.

En todos los casos si atentan los intereses medulares del país poseedor será una peor opción catastrófica

Fuente: kfaspain.es 

MIRÉMONOS EN EL ESPEJO DE BRONCE CHINO: Características del desarrollo organizacional de los partidos comunistas en España y sus causas


No encuentro en esta reflexión mucha aportación ni ayuda centrar la existencia de muchos partidos comunistas en dos, que hasta hace poco era solo uno y que seguirían siendo solo uno si no hubiera existido las intromisiones sectarias y dogmáticas del nuevo trotskismo del KKE griego. También resulta curioso que sitúe el tema de la unidad en el ámbito de lo teórico, cuando el problema es que todas las tendencias tienen su teoría escasamente divergente y en lo que más divergen es en el tema de la forma de estado unitario, federal o confederal y de situar en el imperialismo yanqui el enemigo principal según la teoría leninista o la trotskista de que todos los capitalismos son imperialistas incluido China y Rusia. En lo demás, sus comportamientos son similares incluidas las del PCE, siendo el sectarismo con respecto a las demás lo dominante al conceptuarse cada una motor y núcleo de la reconstrucción del partido comunista en España. El problema de la unidad no es teórico es práctico y de práctica pero de trabajo entre las masas, no de debates abstractos sino desde el trabajo en las organizaciones sindicales y vecinales de masas, para encontrar mediante la práctica y el debate en el seno de la clase obrera la línea política correcta desde el respeto al principio marxista de la lucha de clases, bajo la dictadura de democracia limitada que vivimos de un capitalismo subordinado al imperio de la oligarquía globalista de EE.UU. Resolver las divergencias políticas sobre el estado o sobre el enemigo principal unidos a la clase trabajadora en la defensa de sus intereses es lo que nos hará más fuertes y humildes, desde el respeto a las divergencias políticas y al centralismo democrático como instrumento colectivo de debate y trabajo, en la construcción de una línea política mediante la práctica y la experiencia de la historia de los comunistas a nivel internacional y en España, como metodología de trabajo y estudio que permitirá superar el sectarismo que nos divide, que se nutre de un radicalismo infantil que confunde la realidad con los deseos, por una visión del marxismo influenciado por el revisionismo posmarxista y el mecanicismo metafísico nacido de la ruptura del movimiento comunista en los años sesenta tras el XX Congreso del PCUS. Nota de Alonso Gallardo                                


                                                                                                                                                                

Dong Lingling - Wang Jian       17 de junio de 2026

Ilustración: Fernando Francisco Serrano.

Resumen: España, como país con una larga tradición socialista, no solo cuenta con el Partido Comunista de España —que tiene ya un siglo de historia—, sino que también existen otras fuerzas comunistas como el Partido Comunista de los Pueblos de España y el Partido Comunista de los Trabajadores de España. El análisis de las escisiones históricas, la distribución de fuerzas y las perspectivas de desarrollo de los partidos comunistas en España contribuye a una mejor comprensión de las características de fragmentación, pluralización, marginalización y raíz común de su desarrollo organizacional. Desde un plano teórico, permite comprender el origen del fenómeno de «la existencia de múltiples partidos comunistas en un mismo país». Todo ello es sumamente importante y necesario para que los partidos comunistas de cada país eliminen sus diferencias, cooperen sinceramente y promuevan conjuntamente el avance continuo del movimiento socialista mundial en el siglo XXI.

Síguenos en Hojas de Debate

[…] Si se observa la trayectoria histórica del desarrollo de los partidos comunistas en España, los numerosos partidos comunistas existentes son principalmente el resultado de escisiones del PCE en diferentes períodos históricos, o de reagrupamientos tras dichas escisiones, manteniendo todos ellos vínculos muy estrechos con el PCE en cuanto a sus orígenes históricos. 

[…] Durante la Guerra Civil española, el PCE se esforzó por liderar la lucha contra la dictadura franquista, incrementando progresivamente su influencia, hasta superar los 300.000 afiliados en 1937. Tras la derrota en la guerra civil, el PCE se vio obligado a pasar a la clandestinidad y perdió una gran parte de sus militantes; cuando recuperó la legalidad en 1977, el número de afiliados había ascendido de nuevo a 190.000, aunque a continuación disminuyó de forma continua, y a finales del siglo XX contaba con menos de 30.000. Los datos más recientes indican que el PCE solo cuenta con alrededor de 10.000 militantes, sin que se aprecie tendencia alguna de recuperación. Además del PCE, los demás partidos comunistas en España tienen actualmente menos de mil afiliados cada uno, lo que supone no solo una insuficiencia en las fuerzas globales y un rasgo de fragmentación, sino también un clima de enfrentamiento mutuo entre las organizaciones, con escasa solidaridad y cooperación efectiva.

[…] El establecimiento de la teoría e ideología comunista es el requisito previo para la formación de los partidos comunistas españoles. La causa principal de las escisiones y reagrupamientos de los partidos es también la diferente comprensión del comunismo y el socialismo por parte de cada facción, así como la diferente elección de la línea de lucha revolucionaria y de la escuela teórica.

La victoria de la Revolución Rusa de octubre de 1917 infundió un gran entusiasmo revolucionario en los partidos y organizaciones comunistas españoles. En 1921, bajo la influencia del marxismo-leninismo, el Partido Comunista de España y el Partido Comunista Obrero Español se fusionaron, logrando la unidad organizativa del comunismo español. Sin embargo, tras la derrota en la guerra civil de 1939, las contradicciones entre las diferentes facciones del PCE se agudizaron, y a partir de los años cuarenta del siglo XX el partido cayó en un estado de escisión continua. «Desde la década de 1940 hasta la de 1970, el PCE sufrió siete escisiones; de ellas, seis se produjeron en el decenio de 1962 a 1972» .Las disputas de facciones y el desgaste interno provocados por las divisiones teóricas son el problema que sigue aquejando al PCE hasta hoy. 

[…] Las deficiencias en la construcción del partido y el abandono del centralismo democrático han privado a los partidos comunistas españoles de vitalidad y firmeza durante su transición a la democracia y a la modernización, lo que ha generado disputas de facciones continuas y ha convertido las escisiones en una constante.

[…] En 1986, el PCE y otros partidos de izquierda de menor tamaño fundaron conjuntamente Izquierda Unida, que tiene carácter de partido. En las elecciones generales de los años siguientes, Izquierda Unida obtuvo resultados notables: en las elecciones parlamentarias de 1989, la coalición ganó el 9,1 % de los votos, y el PCE se convirtió en la tercera fuerza política en el escenario político español. El hecho de que el PCE impulsara la creación de Izquierda Unida fue un esfuerzo importante para ampliar su influencia política y aglutinar las fuerzas de izquierda, pero el PCE abandonó el centralismo democrático propio de un partido comunista para adaptarse a las elecciones parlamentarias dominadas por la burguesía, descuidando la construcción interna del partido y su influencia efectiva sobre otras fuerzas sociales, y se autodegradó a un partido federal dentro de Izquierda Unida; esto, al tiempo que agravó las contradicciones internas de Izquierda Unida, también frenó seriamente su propio desarrollo. A partir de 1997, Izquierda Unida fue encadenando derrotas en sucesivas elecciones generales, las contradicciones entre sus diferentes facciones internas se agudizaron y en 2008 se produjo una escisión generalizada dentro de la coalición.

El Partido Comunista del Pueblo de España, el Partido Comunista de los Trabajadores de España, el Partido Comunista de los Trabajadores y otros se han mantenido siempre fieles al marxismo-leninismo y al centralismo democrático, pero han quedado gravemente rezagados en cuanto a la innovación teórica y la construcción democrática y modernizadora del partido. El pensamiento revolucionario de la Guerra Fría, las formas de lucha unilaterales, la falta de influencia y de capacidad para aglutinar a otros sectores sociales más allá de los trabajadores industriales tradicionales, y especialmente la ausencia de innovación teórica y práctica en su propia construcción, son razones por las cuales estos partidos comunistas ni se han desarrollado ni se han unificado.

[…] La incapacidad de comprender con exactitud los cambios en la economía, la sociedad y el ecosistema político de España, y el conocimiento insuficiente de la estructura del electorado, son la causa directa de la marginalización prolongada de los partidos comunistas españoles. La incapacidad de reflejar fielmente las demandas e intereses de la mayoría del electorado y de despertar eficazmente la conciencia de clase de la mayoría de los votantes han llevado a que los partidos comunistas españoles carezcan de suficiente base popular y de fuerzas con capacidad de renovación. El estereotipo de «izquierda tradicional» arraigado durante largo tiempo en la mente de la ciudadanía tampoco favorece la mejora de su influencia política.

[…] Los partidos comunistas españoles no han sabido aprovechar oportunamente las oportunidades estratégicas y ajustar a tiempo su estrategia electoral. Tras la crisis financiera de 2008, el capitalismo cayó en una crisis continua, el desempleo en España se mantuvo en niveles elevados y el entusiasmo anticapitalista de la ciudadanía se disparó. Los partidos comunistas españoles no supieron organizar bien a los numerosos desempleados para impulsar el movimiento obrero y aumentar su propia influencia […]. los partidos comunistas españoles no supieron aprovechar plenamente las oportunidades que brindó la crisis para ampliar las fuerzas organizativas, difundir las ideas comunistas y despertar la conciencia de clase de la ciudadanía.

[…] Los partidos comunistas españoles se enfrentan en su exploración del camino socialista a problemas como la separación organizativa y las divergencias teóricas. A pesar de las múltiples dificultades, cada partido ha realizado ajustes y cambios adaptativos, de modo que las fuerzas comunistas siguen influyendo en el panorama político español. La crisis y la transformación vivida por los partidos comunistas españoles reflejan hasta cierto punto una serie de grandes problemas teóricos urgentes que plantea el desarrollo del movimiento socialista mundial contemporáneo —como las divergencias teóricas intra e interpartidistas, la diversificación del pensamiento rector, el envejecimiento de los militantes, la marginalización de la posición política, etc.—, problemas que afectan al futuro y al destino de los partidos comunistas que no están en el poder, y que también tendrán una profunda influencia en el desarrollo del movimiento socialista mundial en el siglo XXI.

Primero, afrontar objetivamente el problema de los diferentes caminos y principios fundamentales para alcanzar el socialismo. El problema del camino afecta a la naturaleza y el destino del partido; la lucha por la línea es a menudo el principal origen del surgimiento de facciones dentro de los partidos comunistas, y también la chispa que desencadena la división teórica de los partidos comunistas que no están en el poder. En los cuarenta años de desarrollo desde la democratización, las dos grandes crisis que han sacudido al PCE han girado en torno a los problemas del camino y los principios para alcanzar el socialismo. La primera fue el giro del PCE hacia el «eurocomunismo» […]. La segunda fue, tras el derrumbe de los regímenes socialistas de Europa del Este y la URSS, en un contexto en que el movimiento comunista internacional enfrentaba una grave derrota y algunos militantes habían perdido la confianza en el comunismo y el marxismo, el debate interno sobre si el partido debía seguir manteniendo el marxismo como pensamiento rector y la orientación comunista de su lucha. En el desarrollo del movimiento socialista mundial, el problema del camino y los principios se manifiesta concretamente como: la lucha por explorar de forma independiente y autónoma el camino hacia el socialismo con características propias, frente a las voces que piden disolver el partido o cambiar su naturaleza; la lucha por mantener el marxismo-leninismo como pensamiento rector y el ideal comunista, frente a las teorías del «caducidad», la «inutilidad» o el «fracaso del comunismo» del marxismo, y frente a las teorías «negacionistas» del leninismo. Cómo resolver correctamente el problema del camino y los principios en el movimiento socialista mundial es algo que determina si los partidos comunistas de cada país se han desviado del camino socialista, es decir, si han perdido su color o han degenerado en su naturaleza. Xi Jinping señaló: «El problema del camino es el problema de primer orden que determina el éxito o el fracaso de la causa del Partido; el camino es la vida del Partido». Para los partidos comunistas de cada país, ante los cambios de la situación mundial y de la coyuntura revolucionaria, es necesario realizar los ajustes apropiados en la estrategia teórica. El PCE «restablecía los principios leninistas» en su XX Congreso, pero el requisito previo de toda reforma es mantener los principios y rasgos fundamentales del partido comunista; no se puede emprender el camino equivocado de cambiar la bandera, ni caer en el error de descarriar al partido con la renovación.

Segundo, manejar adecuadamente el problema de cómo gestionar las divergencias dentro del partido y entre partidos. Las divergencias teóricas son una de las causas fundamentales que llevan a las escisiones de los partidos comunistas y al deterioro de las relaciones interpartidistas, y se manifiestan tanto en las disputas de facciones que existen desde hace tiempo dentro de los partidos comunistas de cada país como en las mutuas acusaciones entre los partidos comunistas de distintos países. Las prolongadas disputas de facciones en el PCE son la causa fundamental de su desorden interno, sus escisiones organizativas y sus obstáculos al desarrollo. A lo largo del desarrollo del movimiento socialista mundial, los debates y las recriminaciones mutuas entre distintas facciones nunca han cesado y han provocado continuas escisiones.[…] Cómo gestionar las divergencias dentro y entre partidos no solo afecta a la unidad del partido, sino también a la construcción de relaciones interpartidistas armoniosas entre los partidos comunistas de cada país, así como a la coordinación y unidad del movimiento socialista mundial. Xi Jinping señaló: «Los partidos de distintos países deben aumentar la confianza mutua, fortalecer la comunicación, estrechar la cooperación y explorar, sobre la base de las nuevas relaciones internacionales, un nuevo tipo de relaciones interpartidistas caracterizadas por la búsqueda del máximo común denominador, el respeto mutuo y el aprendizaje recíproco». Los partidos comunistas de cada país deben mantener el principio básico de buscar el máximo común denominador, aprovechar activamente las plataformas como la Reunión Internacional de Partidos Comunistas y Obreros para reforzar el diálogo y la comunicación, aumentar el entendimiento mutuo, forjar consensos y resolver las diferencias de forma pacífica, construyendo conjuntamente unas relaciones interpartidistas armoniosas.

Tercero, el problema estratégico de impulsar plenamente el desarrollo de las fuerzas organizativas del partido comunista. Desde el derrumbe de los regímenes de Europa del Este y la URSS, el problema más acuciante que enfrentan los partidos comunistas de cada país es la gran pérdida de fuerzas organizativas y el envejecimiento de la estructura de militantes. El XX Congreso del PCE señalaba que «la edad media de los militantes está entre los 45 y los 64 años, los militantes de entre 30 y 44 años no suponen ni la quinta parte del total, y el PCE está experimentando un proceso de envejecimiento». Cómo desarrollar las nuevas fuerzas, asegurar el continuo crecimiento de las fuerzas comunistas y garantizar la continuidad de la causa comunista es un problema real que tienen ante sí los partidos comunistas que no están en el poder. Las principales vías para desarrollar las fuerzas organizativas son dos: la primera es, a través de la divulgación del marxismo, lograr que las nuevas generaciones se conviertan en creyentes del marxismo y en practicantes de la causa comunista, y que se incorporen voluntariamente y con entusiasmo a las organizaciones de las Juventudes Comunistas, a través de las cuales el partido desarrolla nuevos militantes y fortalece sus propias fuerzas. La segunda es unirse a otros partidos comunistas y a otras fuerzas de izquierda anticapitalistas. Actualmente, en varios países existen más de un partido comunista; la falta de una unidad y cooperación estrechas entre los distintos partidos comunistas genera hasta cierto punto un desgaste interno inútil de las fuerzas comunistas. Además, en varios países existen partidos y organizaciones con tendencias socialistas o progresistas, como los partidos verdes, las organizaciones feministas, las organizaciones LGTBI, etc., que son fuerzas susceptibles de ser aglutinadas. Marx y Engels, en el Manifiesto del Partido Comunista, describieron con detalle la cooperación de los comunistas con los distintos partidos de oposición en Francia, Suiza, Polonia y Alemania, y afirmaron que «los comunistas apoyan en todas partes todo movimiento revolucionario contra el orden social y político existente», por lo que todas las fuerzas que se oponen a la burguesía son aliados del partido comunista, y mientras no haya triunfado la revolución socialista todas son fuerzas susceptibles de ser aglutinadas por los partidos comunistas de cada país; pero, en dicha cooperación, los partidos comunistas de cada país deben mantener la autosuficiencia, preservar las tradiciones revolucionarias, conservar el color político de los comunistas y evitar la autodegradación en el proceso de unidad y cooperación.

Cuarto, el problema táctico de responder correctamente al ascenso de los nuevos partidos de izquierda radical. Desde la crisis financiera internacional de 2008, la conciencia revolucionaria y el entusiasmo revolucionario de la clase obrera han alcanzado cotas sin precedentes […]. Esto también ha llevado a que algunos nuevos partidos de izquierda radical irrumpan rápidamente en la escena, convirtiéndose en una nueva fuerza política que no puede ignorarse. Para responder al ascenso de los nuevos partidos de izquierda radical existen dos enfoques posibles —la cooperación o la confrontación—, pero en cuanto a la estrategia de respuesta, es necesario extraer experiencias y lecciones de los ejemplos del ascenso de los nuevos partidos de izquierda radical. Comparando el comportamiento diferenciado de los partidos comunistas y de los nuevos partidos de izquierda radical tras la crisis, puede observarse que los partidos comunistas tradicionales han caído en nuevas dificultades de desarrollo bajo el impacto de las nuevas fuerzas políticas, mientras que los nuevos partidos de izquierda radical han absorbido parte de las propuestas de los partidos comunistas, lo que ha llevado a que fuerzas que antes apoyaban a los partidos comunistas se decanten por los nuevos partidos. Los partidos comunistas de cada país necesitan ajustar y elaborar con flexibilidad sus propias estrategias y tácticas en el momento oportuno, de modo que puedan atender a las expectativas de la ciudadanía sin perder las características propias de los partidos comunistas, evitando así ser cada vez más arrinconados políticamente por las nuevas fuerzas políticas. En definitiva, los partidos comunistas que no están en el poder necesitan ajustar sus estrategias y tácticas a tiempo en condiciones de desarrollo desfavorables, ampliar continuamente la base de apoyo del partido comunista, promover activamente la unidad y la cooperación entre los partidos comunistas de cada país y con otras fuerzas de izquierda, y esforzarse por impulsar el avance continuo del movimiento socialista mundial.


Fuente: Cuestiones del Socialismo Mundial Contemporáneo, N.º 4, 2020 (N.º 146)