Fuentes: Rebelión [Imagen: Fotograma de “Sleeper Cell” reproducido en el libro “Cómo Hollywood denigra a un
pueblo”, de Jack Shasheen]
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo
Tras asimilar las revelaciones del libro “Regimen Change” (Cambio de régimen) de los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan, planteé una pregunta a mi colega estadounidense: ¿Cómo es posible que sigamos votando a personajes como Donald Trump? Con su característica serenidad me trasmitió una verdad escalofriante. Según él, los estadounidenses no hemos sentido los embates de la historia con la fuerza de un huracán desde la Guerra Civil, lo que ha dejado a nuestra sociedad peligrosamente ingenua y con una actitud de irresponsabilidad alarmante.
De modo general, los estadounidenses están muy poco informados sobre la realidad geopolítica de otros países, en especial los de Oriente Próximo. Esa es la razón por la cual tradicionalmente han sido receptivos a los discursos pro Israel, permitiendo que sionistas influyentes configuren desproporcionadamente la opinión pública y la política exterior estadounidense a favor de Israel.
Esta dinámica es especialmente pertinente en el caso de Irán, que se ha visto muy afectado por la aceptación generalizada de un relato distorsionado y abrumadoramente negativo.
La percepción estadounidense de Irán es un triunfo del minimalismo geopolítico, reducido a la santísima trinidad de los estereotipos: el velo, la barba y la bomba. Esta breve lista de tres elementos constituye el currículo completo de una superpotencia que, a pesar de presumir de tener el ejército más poderoso del planeta, trata a una de las civilizaciones más antiguas y dinámicas de la humanidad como un malvado de dibujos animados unidimensional.
Se trata de una obra maestra de la eficiencia intelectual. Décadas de propaganda han distorsionado profundamente la percepción de Irán. De ahí que raras veces se asocie al país con la impresionante arquitectura de Isfahan y Persépolis, con la conmovedora poesía de Rumi y Hafez o con el legado milenario de una civilización sofisticada y de vibrante cultura. En cambio, la mente tiende a formarse un montaje monocromático de hombres amenazantes con largas barbas y turbantes coreando consignas en las calles, mujeres anónimas totalmente ocultas por negros velos y un arma nuclear apocalíptica y resplandeciente a punto de estallar.
Esta visión reduccionista no es una trágica casualidad; es la culminación de décadas de “diplomacia” centrada en titulares de prensa y la implacable maquinaria de los informativos de televisión. Al fin y al cabo, los matices no mandan en los presupuestos militares ni caben en el noticiero de la noche. Por el contrario, los estereotipos han demostrado ser herramientas útiles para reducir a una nación de 93 millones de iraníes a un problema que debe resolverse por la fuerza.
El velo, por ejemplo, ha actuado como un símbolo de la opresión caricaturesca, una imagen universal que permite a los políticos occidentales recurrir sin esfuerzo a una retórica simplista y reduccionista. La estereotípica “barba” ha representado la maldad de estados corruptos, proyectando un fanatismo medieval atemporal.
Para terminar, la “bomba nuclear” redondea la trinidad de tópicos. Actúa como el polvorín definitivo que se ha utilizado para justificar la escalada de sanciones y ataques militares. Se trata de una retórica que ignora por completo la compleja realidad que presentan los informes del Servicio de Investigación del Congreso de EE.UU sobre Irán , los cuales describen la postura estratégica de Teherán como fundamentalmente defensiva en respuesta a la agresión de Estados Unidos e Israel.
Durante décadas, se ha bombardeado al público estadounidense con tópicos, condicionándolo a ver a Irán como una amenaza monolítica y siniestra en lugar de un país con matices y problemas internos, como cualquier otro.
Si se eliminan el velo, la barba y la bomba, las experiencias vitales de los iraníes contradicen el marco geopolítico artificial y caricaturesco que Washington y Tel-Aviv han vendido al público durante generaciones.
Washington y sus aliados se han asegurado de que la percepción pública de Irán permanezca estancada. La lista de tres ítems ha cumplido su cometido con éxito durante décadas. Es el souvenir geopolítico estadounidense perfecto: fácil de transportar, sencillo de entender y completamente inútil para comprender la realidad.
El Dr. Reza Behnam es politólogo especializado en política comparativa con especial foco en Asia Occidental.
El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se cite a su autor, a su traductor y a Rebelión como fuente de la traducción
La policía antiterrorista británica detuvo al abogado estadounidense Dan Kovalik en el aeropuerto de Liverpool. El abogado es conocido por defender al expresidente colombiano Gustavo Petro ante los tribunales de Estados Unidos por las sanciones económicas que le impusieron.
Es otro caso característico: terroristas son todos y a todos se les puede aplicar, en consecuencia, la ley antiterrorista. Los pacifistas son terroristas, los periodistas son terroristas, los solidarios con Palestina son terroristas, los abogados son terroristas… No se salva nadie de la arbitrariedad represiva.
Kovalik ha dicho que fue detenido por su “oposición al genocidio en Gaza y la guerra en Irán”. La policía británica le ha incautado todos sus dispositivos electrónicos, y también se vio obligado a proporcionar datos biométricos, incluidas huellas dactilares y muestras de ADN.
La vida privada ha desaparecido. La policía tiene carta blanca para detener, para registrar las viviendas, los móviles y los ordenadores sin pruebas de ningún tipo.
Por si la ley antiterrorista no fuera suficiente, el Parlamento británico está discutiendo un nuevo proyecto: la National Security (State Threats) Bill, y poco importa que los juristas y los medios de comunicación hayan alzado la voz. La represión política no conoce límites en los países occidentales.
El proyecto otorga al Ministerio del Interior la facultad de calificar como “amenaza” a cualquier organización cuyo apoyo sea reconocido por un Estado extranjero considerado como un peligro para la seguridad nacional. El objetivo declarado apunta contra los que se consideran portavoces de gobiernos extranjeros hostiles: los prorrusos, los proiraníes…
Los que no acepten la política exterior de un determinado gobierno se consideran como amenazas públicas, en particular aquellos que “apoyan, ayudan y obtienen beneficios materiales” de los grupos incluidos en la lista negra.
Además, entre los “beneficios materiales” se incluye el intercambio de información. El delito lo cometen tanto quienes obtienen, aceptan y conservan dicha información, como quienes simplemente aceptan recibirla.
Los países occidentales se están llenando de listas negras, que si antes eran países, o emigrantes, o exiliados, ahora se trasladan al interior de cada país. Sólo les falta hablar de “traidores” o de “enemigos internos”.
La libertad de expresión está en la primera línea de fuego. Los corresponsales extranjeros que hayan tenido contacto con ciertas fuentes de información pueden ser condenados hasta con 14 años de cárcel. Los periodistas que no escriban al dictado del gobierno de Londres pueden empezar a contratar un abogado.
Pero la ley no sólo afecta a los periodistas y medios de comunicación, sino también a ciertas organizaciones, fundaciones o movimientos solidarios, como los que forman parte de la campaña BDS contra Israel.
El Ministerio de Interior ha intentado tranquilizar y suavizar la represión con las habituales apelaciones a esas garantías que no garantizan nada: el inicio de cualquier juicio criminal requiere la luz verde del fiscal general.
Pero la intervención de un fiscal no es ninguna garantía sino una espada de Damocles. Los periodistas que se pongan a redactar un artículo deberán meditar muy bien lo que escriben. ¿Acaso creen que en Reino Unido uno puede escribir lo que le da la gana?
Fuentes: Rebelión [Imagen: La Guardia del Pueblo, la guardia presidencial y efectivos de defensa civil trabajando en La Guaira. (Minci)]
No existe tal cosa como un desastre puramente natural, especialmente en un país bajo asedio. Del mismo modo, la respuesta ante cualquier desastre siempre está condicionada por factores sociales, políticos e incluso geopolíticos. Tras el devastador terremoto de 1812 que ocurrió durante la lucha por la independencia, Simón Bolívar dijo: «Si la naturaleza se nos opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». Hoy en día, esta afirmación puede resultar chocante, como un extraño arrebato antiecológico, pero lo que Bolívar quiso decir fue que el proyecto estratégico de emancipación debe permanecer en primer plano y guiar nuestras acciones, incluso al enfrentar un desafío natural.
Esto debe tenerse en cuenta al reflexionar sobre los terremotos que sacudieron recientemente a Venezuela. El hecho natural es claro: hubo un doblete, primero un sismo de magnitud 7,2 seguido, segundos después, por otro de magnitud 7,5. La destrucción se expandió a lo largo de fallas naturales, como la Falla de San Sebastián que recorre la costa de La Guaira, pero también se propagó a lo largo de fallas creadas por el imperialismo. Entre estas, destacan las grietas en la infraestructura del país, en la capacidad de rescate de emergencia y en el sistema de salud, causadas por más de una década de sanciones devastadoras.
Las sanciones, que aún suman más de mil, no son simplemente palabras o intenciones hostiles. La investigación de Mark Weisbrot para el CEPR de Washington estimó que contribuyeron a unas 40 mil muertes en solo un año. Para quienes no están familiarizados con el sistema financiero internacional, el impacto de un régimen de sanciones de este tipo puede ser difícil de comprender. Sin embargo, el resultado concreto es que toda transacción internacional se dificulta. El comercio y las líneas de crédito se colapsan, mientras que las empresas, los bancos y los gobiernos evitan realizar transacciones con el país bloqueado, incluso cuando estas podrían ser técnicamente “legales” bajo el régimen de sanciones imperialistas, debido a la falta de certeza y al temor a represalias futuras.
Las consecuencias de las sanciones afectan todos los aspectos de la preparación y respuesta ante desastres de gran magnitud. En Venezuela, millones de personas comenzaron a migrar poco después de que se publicara la Orden Ejecutiva de Obama en 2015; entre ellas, médicos, personal de salud, ingenieros civiles y otros profesionales calificados. El equipo pesado de rescate se volvió más difícil de reparar porque no se pueden importar repuestos. Los hospitales tienen dificultades para mantener o reemplazar equipos médicos especializados. Las empresas de servicios públicos posponen el mantenimiento porque se agotó el financiamiento y, cuando hay recursos, los proveedores temen sanciones secundarias. Incluso cuando las transacciones son técnicamente legales, los bancos y las compañías declinan los contratos, obligando a las instituciones a improvisar en condiciones de escasez permanente.
Una segunda serie de fisuras se abrió con los ataques imperialistas del 3 de enero contra Venezuela, en los que el presidente democráticamente electo Nicolás Maduro fue secuestrado en una operación militar que mató a más de cien personas y dejó a muchas más heridas y traumatizadas. Aunque la Revolución Bolivariana logró conservar el poder político —algo esencial para cualquier proceso revolucionario—, perdió el control sobre la comercialización de petróleo y se vio obligada a introducir reformas a la legislación altamente avanzada del país que rige sus recursos naturales, especialmente el petróleo.
Todo esto significa que el terremoto en Venezuela, desgarrador en todos los sentidos, se ha hecho mucho más letal —tanto en su impacto inmediato como en sus consecuencias a largo plazo— por factores directamente atribuibles al continuo asalto multinivel del imperialismo estadounidense contra el país y su pueblo. Hasta ahora se han registrado oficialmente casi 1.500 muertes, y ese trágico saldo seguirá aumentando en los próximos días. El número total de víctimas se sentirá en muchos niveles, y la lucha por mitigarlas mediante una respuesta eficaz, soberana y coordinada es ahora un campo de batalla, en el que la contradicción con el imperialismo estadounidense ocupa un lugar central.
Los centros de acopio de alimentos, ropa, medicinas y otros bienes esenciales han proliferado por toda Venezuela. Aquí, comuneras y comuneros de Trujillo organizan donaciones para las familias desplazadas por el terremoto. (Gobernación de Trujillo)
Respuestas radicalmente diferentes
Cuando el doble terremoto golpeó, se sintió como una inquietante y aterradora combinación de un sonido atronador, un movimiento prolongado y violento de la tierra y un cielo pintado de colores extraños. Un observador lo describió como «viento sin viento». La gente gritaba y los perros aullaban. Edificios enteros se derrumbaron y quedaron reducidos a escombros, mientras que se abrieron grietas en la playa donde muchos habían ido a pasar el feriado nacional. Días después, muchísimas personas siguen atrapadas bajo los escombros. La situación es especialmente grave en las ciudades y pueblos que bordean la costa de La Guaira. En las redes sociales circulan cientos de fotografías y nombres mientras las familias buscan desesperadamente a sus seres queridos.
Ante una situación así, es natural ofrecer ayuda sin pensar en los intereses propios y esto es precisamente lo que han hecho el pueblo venezolano y los pueblos de los países vecinos. El gobierno de la Presidenta (E) Delcy Rodríguez también ha respondido con rapidez y firmeza, movilizando todos los medios a su disposición con el enfoque en el pueblo que ha caracterizado a la Revolución Bolivariana durante las últimas tres décadas. Junto a esta respuesta oficial, se han presentado muchísimas expresiones espontáneas de solidaridad: motorizados cargados hasta los topes con suministros se dirigieron en masa hacia las zonas afectadas, mientras que voluntarios se unieron al enorme esfuerzo de rescate liderado por el Estado, y equipos de ayuda de México, Cuba y Brasil llegaron rápidamente con asistencia concreta.
Si la compasión impulsa la respuesta del gobierno venezolano y de los pueblos latinoamericanos, no se puede decir lo mismo del imperialismo estadounidense, para el cual la preocupación por la humanidad ha sido desplazada por la lógica de la ganancia, la expropiación y la dominación, y que con tanta frecuencia ha buscado convertir la desgracia ajena en beneficio propio. Al día siguiente del terremoto, el secretario de Estado Marco Rubio anunció fríamente que el Departamento de Guerra, el SOUTHCOM y los marines serían fundamentales en el esfuerzo de «ayuda» de Estados Unidos.
Ya hemos visto este guion antes. Tras el devastador terremoto de Haití en 2010, el caballo de Troya apenas disimulado de la «asistencia humanitaria» estadounidense llegó en forma de un portaaviones y unos 20.000 soldados. Las consecuencias de esa ocupación de facto en el caso haitiano incluyeron una evidente pérdida de soberanía, casos documentados de agresión y explotación sexual, y la epidemia de cólera traída por las fuerzas de ocupación.
Frente a los designios del imperialismo, la voz del pueblo revolucionario venezolano se une en torno a tres demandas: Estados Unidos debe levantar las sanciones por completo, descongelar todos los activos venezolanos en el exterior y devolver al Presidente Maduro y a la diputada Cilia Flores a Venezuela. Si no se toman estas medidas, la presencia de EE.UU. se parece bastante a una simple ocupación militar: una parte integral de las ambiciones recolonizadoras expresadas por el imperialismo MAGA de Donald Trump, con su grotesco recrudecimiento de la Doctrina Monroe.
La batalla por la narrativa
La lucha por defender al pueblo venezolano, su futuro y sus proyectos de manera integral también se está librando en los medios de comunicación y en las redes sociales. Están circulando afirmaciones falsas y malintencionadas que alegan que el gobierno no está respondiendo a la catástrofe o que está bloqueando la ayuda humanitaria. Al mismo tiempo, videos de desastres que no tienen relación alguna, como los terremotos en Turquía, han sido presentados como si fueran de Venezuela junto con una avalancha de imágenes generadas por inteligencia artificial. Gran parte de esto proviene de la oposición descontenta de María Corina Machado, que se siente excluida de las negociaciones posteriores al 3 de enero.
Lo cierto es que el día después del terremoto, la gran cantidad de motorizados bienintencionados que intentaban llegar a La Guaira provocó que la autopista principal desde Caracas se congestionara, impidiendo temporalmente el paso de maquinaria pesada y ambulancias. Asimismo, se concentraron tantas personas, autos y motos alrededor de los lugares de rescate que resultaba difícil escuchar las voces de quienes estaban atrapados bajo los escombros, lo que dificultó los esfuerzos de rescate. Los equipos de rescate nacionales e internacionales solicitaron espacio para trabajar. El gobierno respondió estableciendo un centro de coordinación en el complejo deportivo conocido como Poliedro de Caracas y en otros puntos de la ciudad, donde se recoge la ayuda solidaria y se envía en camiones a donde sea necesaria. En ese centro, se evalúa y acredita a las personas que se ofrecen como voluntarias para determinar dónde pueden ser más útiles.
Si la pandemia del COVID nos enseñó algo, es que solo una respuesta dirigida desde el Estado puede ser efectiva. Los actores no gubernamentales y los particulares son bienvenidos, pero deben formar parte de un esfuerzo coordinado que solo un Estado soberano puede liderar. La Gran Mentira que los medios extranjeros están difundiendo ahora es, en esencia, la misma que siempre se ha empleado contra la Revolución Bolivariana: que un nivel de autoridad estatal comparable —y probablemente más débil— al que ejercen los gobiernos del Norte Global es «autoritario» cuando se ejerce en un país del Sur Global. Mientras tanto, otros argumentan que no hay respuesta gubernamental o que no hay Estado, lo que podría abrir el camino a una intervención extranjera.
Preparación revolucionaria
El doblete azotó a un país debilitado por las medidas coercitivas unilaterales, pero fortalecido por 27 años de Revolución Bolivariana, que han moldeado profundamente todos los aspectos de la sociedad venezolana. Si bien las sanciones han debilitado sistemáticamente la infraestructura material de Venezuela, la Revolución Bolivariana dedicó más de dos décadas a cultivar un nuevo metabolismo social. Aunque aún está en formación, este metabolismo ya se ha convertido en la mayor fuente de resiliencia del país. Los consejos comunales, las comunas, la unión cívico-militar y los programas de vivienda pública (Gran Misión Vivienda Venezuela) se convirtieron en parte de la capacidad del país para responder colectivamente a la crisis.
La revolución ha ampliado de manera constante la infraestructura residencial del país. A través de la Gran Misión Vivienda Venezuela, el proyecto habitacional de Hugo Chávez iniciado en 2011, se han construido millones de viviendas dignas en todo el país. La mayoría de estos edificios, construidos por diversas empresas chinas, brasileñas, bielorrusas y venezolanas, han resistido bien el terremoto. En los casos en los que algunos edificios quedaron inhabitables —lo cual ocurrió principalmente a lo largo de la falla costera—, estos tendieron a inclinarse en lugar de derrumbarse. La construcción de bloques de apartamentos, en contraste con la construcción informal en los cerros, ofrece mayor seguridad. Esto se debe tanto a los elevados estándares de construcción como a que la densidad urbana potencia la organización comunitaria y optimiza la entrega de asistencia estatal.
Un segundo factor es la alianza cívico-militar que promovió Chávez. Este modelo, ahora asumido por la mayoría de la población, se convirtió en el marco de la respuesta combinada del gobierno entre el Estado y el voluntariado civil. La alianza cívico-militar, que Maduro amplió sabiamente para incluir a la policía, siempre ha sido tanto un mecanismo institucional —expresado en la milicia de seis millones de miembros— como una actitud política más generalizada arraigada en la conciencia de clase tanto de la población civil como del personal militar. Su primera prueba de fuego fue la tragedia de Vargas de 1999, precisamente donde el terremoto del 24 de junio golpeó con mayor fuerza. La alianza civil-militar estuvo a la altura de las circunstancias entonces, tal como lo está haciendo ahora.
Por último, es en las comunas socialistas del país donde se está gestando la respuesta más visionaria. Equipos de la Unión Comunera acudieron a ayudar en las labores de rescate en La Guaira. En la Comuna El Panal de Caracas, además de evaluar el estado de los edificios del barrio, los comuneros establecieron varios centros de acopio y se ha abierto un refugio para quienes se han quedado sin casa a causa del terremoto.
Tal como ocurrió frente a la escasez de alimentos a mediados de la década del 2010, la gente de todo el país está recurriendo a las comunas para resolver colectivamente los problemas médicos, de alimentación y existenciales que enfrentan y para encontrar un camino a seguir. Dada la fuerza del movimiento comunal del país y su sólida formación ideológica, es posible que las comunas vuelvan a convertirse en un catalizador para una renovada conciencia política. En estos tiempos difíciles, las comunas pueden resultar decisivas para movilizar al pueblo venezolano en torno al proyecto socialista, que se encuentra temporalmente bajo la sombra del ataque del 3 de enero.
Años de bloqueo y agresión imperialista han dejado a Venezuela materialmente más débil. Sin embargo, la Revolución Bolivariana ha generado un nuevo metabolismo social que no se puede deshacer fácilmente: un pueblo organizado y un conjunto de instituciones capaces de responder a las crisis. Si el terremoto ha expuesto las vulnerabilidades del país, también ha revelado dónde reside su verdadera fortaleza: en el pueblo revolucionario y en las transformaciones sociales e institucionales profundamente arraigadas.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de l*s autor*s mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Trump se ha convertido en un loco peligroso. Ahora se proclamó el mayor guerrero de todos los tiempos: Más grande que Genghis-Khan y que Alejandro Magno. Luego dijo que su poder no tenía límites. En realidad no se sabe bien si Trump está loco o borracho de poder. Pero no hay duda de que su militarismo es peligroso.
Por ese motivo y por temor del resurgir del militarismo japonés que China padeció por 20 años, el pasado lunes China tomó nuevas medidas. El Ministerio de Comercio incluyó a 20 entidades japonesas, entre ellas el Instituto Nacional de Estudios de Defensa, en la lista de control de exportaciones, y a otras 20, como MITSUI E&S Co., Ltd., en una lista de vigilancia. Tras las listas iniciales publicadas el 24 de febrero, esta segunda tanda de designaciones busca frenar con firmeza las temerarias acciones del renaciente «neomilitarismo» de Japón. Con esta medida, China pretende asegurar que Japón pague un precio tangible por cualquier plan aventurero que alimente este «neomilitarismo», haciendo que cada acto provocador sea sumamente doloroso y, en última instancia, contraproducente.
China mantiene su firme compromiso de salvaguardar su propia seguridad, así como la paz y la estabilidad regionales y cuenta con la capacidad suficiente para hacerlo.
A diferencia de la ronda inicial de controles dirigida al sector manufacturero, esta última medida se centra en los institutos de investigación militar y las empresas de apoyo clave, apuntando de hecho al «cerebro» de todo el complejo industrial de defensa de Japón, para frenar la modernización del armamento ofensivo desde su origen: el diseño, la I+D y la evolución tecnológica. Si la publicación de la primera lista sirvió como advertencia inicial, esta última medida indica que China puede, dependiendo de las acciones posteriores de Japón, añadir más entidades vinculadas al sector militar a la lista en cualquier momento, estableciendo así un mecanismo de control sostenible a largo plazo. Japón debería anticiparse a esto.
Según informes de los medios japoneses, las exportaciones a Japón de materiales clave para imanes de alto rendimiento, como el disprosio y el terbio, se han reducido a cero, y el suministro de productos relacionados con el tungsteno también se ha visto interrumpido. Las instituciones japonesas han estimado que si se interrumpieran las importaciones de tierras raras procedentes de China durante un año, sumado a las restricciones sobre los componentes, el PIB real de Japón podría contraerse aproximadamente un 1,3% o alrededor de 7 billones de yenes (43.000 millones de dólares). Estas cifras demuestran la profunda dependencia de los sectores de defensa y manufactura de alta tecnología de Japón respecto a las cadenas de suministro chinas.
Al haber convertido esta dependencia en una «amenaza para la seguridad proveniente de China», Japón no puede esperar que China continúe suministrando provisiones incondicionalmente. China no puede ni permitirá que sus recursos y su mercado alimenten una maquinaria militar que socave su propia seguridad soberana.
China ha jugado sus cartas abiertamente. El objetivo de ambas rondas de medidas de control de exportaciones es el mismo: frenar la «remilitarización» de Japón y sus ambiciones de adquirir capacidades nucleares. Cuando China jugó esta carta por primera vez en febrero, claramente tocó una fibra sensible en Japón. Japón en lugar de rectificar, el Gobierno de Sanae Takaichi ha redoblado la apuesta, intensificando su impulso hacia el «neomilitarismo» y acelerando la «remilitarización» mediante el despliegue de armas ofensivas y el lanzamiento de misiles ofensivos más allá de sus fronteras.
Mientras tanto, en el ámbito internacional, Japón ha explotado los foros multilaterales para distorsionar la verdad y fabricar una narrativa falsa de ser «coaccionado por China», intentando sumar a las naciones occidentales a su causa y promoviendo agresivamente la creación de cadenas de suministro que excluyan a China. La relación de causa y efecto entre las acciones de Japón y las contramedidas de China es evidente.
El militarismo japonés, otrora ideología y sistema de Estado, subordinó la política, y la economía, la cultura, la educación y la vida de sus ciudadanos japoneses a los asuntos militares y las guerras de agresión externa, infligiendo inmensas catástrofes a los pueblos de Asia y del mundo. Con un Trump delirante a la cabeza del Occidente colectivo China no puede saber si el Japón contemporáneo está retrocediendo hacia el militarismo, no depende de si se vuelve a izar la bandera del Sol Naciente para cubrir a Asia. Puede que impulsado por su patrón estadounidense, Japón esté utilizando la maquinaria del Estado para movilizar a la sociedad japonesa hacia la guerra.
Este «neomilitarismo» prescinde de la retórica de la «Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental» y para despistar opta por un lenguaje más moderado: en lugar de hablar de «expansión militar y preparativos bélicos», habla de «fortalecer las capacidades de autodefensa»; en vez de «proyectar poder militar en el extranjero», como antaño, enfatiza la «alianza Japón-EE. UU.»; y en vez de referifrse a «expansión externa», cita la necesidad de «abordar amenazas comunes». Traduce y reformula la lógica de movilización nacional de antes de la guerra, adaptándola a un lenguaje compatible con el sistema de posguerra, aunque impulsa gradualmente su agenda bélica.
Esto es precisamente lo que hace que el «neomilitarismo» estadounidense o japonés sea tan peligroso. Su camino oculto, sistemático y normalizado hacia la expansión militar no solo es más engañoso, sino también más destructivo. A diferencia del militarismo manifiesto del pasado, el actual rearme militar de Japón avanza mediante mecanismos integrales e institucionalizados en múltiples ámbitos.
En este contexto, es particularmente importante recordar a los países indecisos que ningún país o bloque que socave la soberanía, la seguridad o los intereses de desarrollo de China debe esperar que China asuma sola las consecuencias sin sufrir daños. Japón no es una excepción, sino un claro ejemplo y conviene recordarle que así como EEUU no está dispuesto a permitir que Irán se convietta en potencia nuclear porque es vecino de su aliado sionista, China nunca permitirá que Japón se convierta en una potencia nuclear militarista.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Era el año 1991 cuando terminé el doctorado. Ese mismo año me fui a Cuba porque el motivo de mi tesis tenía que ver con ese país. Allí viví un tiempo largo, investigando y viviendo literalmente, en el sentido de vivir y de empaparme de un país, de una cultura, de una idiosincrasia como hay pocas en el mundo. Viví el tiempo duro, durísimo, del «período especial» como consecuencia de la desaparición de la Unión Soviética y viví lo que hoy también se vive: cómo la Rusia de Yeltsin, amparada y protegida por Occidente, abandonaba a Cuba a su suerte.
Allí conocí y conviví con personalidades relevantes del socialismo latinoamericano como José Bell Lara, todavía vivo y uno de los impulsores de una revista pionera en el desarrollo del pensamiento político y social de la Cuba revolucionaria que se llamó «Pensamiento Crítico» (1967-1971); Cintio Vitier (muerto en 2009), impulsor de la revista cultural «Orígenes», un referente en el compromiso político y social de la cultura latinoamericana; Carlos Tablada, que tenía sus más y sus menoscon el gobierno porque acababa de publicar «El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara»; Marta Harnecker, mi «madre» y la de muchos cuando nos iniciamos en el estudio del marxismo (y aquí tenéis lo que escribí en su muerte); Ernesto Gómez Abascal, el imprescindible embajador cubano en Oriente Próximo y otro maestro que me enseñó mucho de esos lugares (también escribí en su muerte)…, en fin, mucha gente.
Como consecuencia de mi estancia y de mis investigaciones escribí un extenso artículo en una revista ya desaparecida, «África-América Latina. Cuadernos» (el último número se editó en 2013, pero ha sido la mejor en este terreno con mucha diferencia), que no tuvo término medio: o fue alabado profusamente o denostado con ferocidad. De las alabanzas no hay que hablar, de las denostaciones sí porque provinieron fundamentalmente de los de siempre, de los trostkistas que por aquel entonces solo bebían de lo que publicaba Janette Habel (todavía vive) sobre el desastre que era Cuba y para quien vaticinaba un desastre inminente en la revista «Inprecor» y que creo que sigue existiendo al menos en Francia. El vaticinio no pudo ser más demoledor: «el artículo es una mierda y a Cuba le quedan seis meses». Puede que mi artículo fuese una mierda, pero Cuba no cayó en seis meses y 34 años más tarde sigue dando guerra. Una buena muestra del ojo clínico y capacidad de análisis de esta peña.
Ya entonces se comenzaba a discutir sobre las reformas económicas que había que impulsar para salir de la situación y se comenzaban a vislumbrar dos bandos, incluso tres: el que miraba a la socialdemocracia europea, sobre todo la española, con quien fue ministro de Exteriores a la cabeza, Roberto Robaina, al que le gustaba vestir bien y vivir mejor, o Carlos Lage, vicepresidente del Consejo de Estado y en muy buenas relaciones con la burguesía vasca de Neguri; quienes apostaban por el modelo vietnamita, y quienes lo hacían por el modelo chino.
Descartados los «proeuropeos» (Lage fue depuesto en 2009, Robaina en 1999), quedaban los pro vietnamitas que tuvieron un momento de gloria al rebufo del proceso «Doi Moi» («Renovación») de Vietnam (2011) en el que se proclamaba la «economía de mercado de orientación socialista». Y hubo varios intentos de implementar ese modelo, aunque con muchas dudas y cautelas. Algo de esto fue lo que impulsó Raúl Castro cuando quedó formalmente al mando del país tras la renuncia de Fidel (2008) y no lo hizo mal. Varias de esas reformas fueron incluidas en la Constitución Cubana en 2019, que es la que está vigente. Fue entonces cuando se introdujo el reconocimiento a la propiedad privada, la inversión extranjera y el libre mercado, aspectos que se han ido ampliando a través de leyes económicas posteriores.
Ahora se está en una situación tan difícil o más que la de 1991, y nos encontramos con lo mismo que me encontré con el famoso artículo: hay quien ya da por perdida a Cuba. Y en esta ocasión ya no ponen plazos de seis meses, sino de ya mismo. No tan rápido.
Resulta curioso, pero que muy curioso, que quienes llevan años desproticando contra China por capitalismo ahora salgan en defensa de Cuba cuando está comenzando a hacer lo mismo que hizo China. Lo mismo. Porque ha llegado la hora de los prochinos en Cuba. Así hay que interpretar los cambios profundos que se están realizando en el modelo económico cubano: un programa de 23 ejes estratégicos y 176 medidas aprobado por unanimidad este mes por la Asamblea Nacional.
Prochinos y fidelistas, puesto que aquí está Fidel redivivo cuando decía que hay que ver cada crisis como una oportunidad para adoptar la evolución necesaria para preservar la esencia de la Revolución: una soberanía basada en tener en cuenta las necesidades de los más vulnerables, los más desfavorecidos, los que más sufren los efectos de la crisis. Se están interpretando estas reformas como el fin de la Revolución cubana, pero sin escuchar lo que dicen los cubanos. Es una situación excepcional y se están aplicando medidas urgentes pero que siguen la misma lógica que las impulsadas por Raúl en estos últimos quince años: el uso controlado de los mercados y la inversión extranjera para desarrollar las fuerzas productivas, mientras el Partido Comunista conserva el poder político y la propiedad pública de los sectores estratégicos. No es una retirada ni un abandono, es mirar definitivamente al modelo chino y no solo a nivel teórico sino porque es China, y no Rusia, quien está realmente siendo solidaria con Cuba en materia de energía, alimentación y relaciones interpartidistas.
Perder de vista el contexto histórico que provoca o acelera estas reformas es no tener en cuenta cómo se originan y algo peor: no tener ni idea de geopolítica, ni de historia, ni de nada. Cuba está haciendo lo que otros estados socialistas asediados hicieron para defenderse: desarrollar sus fuerzas productivas, en sus propios términos, pero bajo condiciones que no eligió. En eso tanto China como Vietnam son dos ejemplos, especialmente China. Porque aquí es donde con mayor claridad el Partido Comunista conserva el poder político y la propiedad pública de los sectores estratégicos.
Lo que acaba de aprobar la Asamblea Nacional, y el texto completo lo tenéis aquí, es que se abandona el requisito de que los inversionistas extranjeros se asocien con una empresa estatal, se permite la operación de grandes empresas privadas, se autorizará a los bancos privados, se fomentará el desarrollo inmobiliario privado y se facilitará que inversionistas nacionales y extranjeros adquieran participaciones en empresas estatales, algunas de las cuales se transformarán en sociedades anónimas. Al mismo tiempo, se incentivará activamente a los cubanos residentes en el extranjero a invertir, donar, importar tecnología y establecer empresas en su país. Las empresas estatales, que siguen siendo el pilar de la economía, gozarán de mayor autonomía en materia de inversión, contratación, fijación de precios y gestión financiera, mientras que los municipios contarán con mayores facultades para promover el desarrollo local. También se eliminará el tope salarial, que ha provocado la emigración de muchos profesionales cualificados.
La agricultura, el sector más afectado por la crisis actual, está recibiendo una atención especial. Se asignarán tierras en barbecho a quienes deseen cultivarlas, se ampliarán los sistemas de usufructo y los productores se beneficiarán de un mejor acceso a semillas, equipos y fertilizantes importados, así como del derecho a participar directamente en las exportaciones. Fundamentalmente, la tierra sigue siendo propiedad nacional: lo que se amplía es el derecho a usarla e invertir en ella, no el derecho a acumularla. El sector financiero se abrirá a una mayor participación privada y extranjera bajo regulación estatal; el sector energético se está reorientando fuertemente hacia las energías renovables; y las tecnologías digitales, el software y la inteligencia artificial se aplicarán a la agricultura, la sanidad, la logística, el turismo y el comercio.
Se acaban las subvenciones generalizadas y serán sustituidas por ayudas específicas para los más vulnerables (pensionistas, familias con hijos que padecen enfermedades crónicas y barrios desfavorecidos), pero la responsabilidad del Estado en materia de sanidad, educación, seguridad social y protección social se mantiene inalterada.
Al contrario que el «período especial», ahora no hay vías de escape por el férreo cerco y bloqueo de EEUU. Pero no por eso hay que desesperar, y ya os lo comenté también, porque el gobierno está dando la cara. Y gracias a las medidas impulsadas por Raúl Castro, hay ya un camino trazado aunque ahora lo que se hace es asfaltarlo y ensancharlo. No se puede defender a Cuba y criticar a China. Aunque hay una diferencia esencial: Cuba no es China ni tiene sus recursos. Y tampoco el entorno es favorable, con un nazismo creciente en todas las partes del mundo.
Los caminos de China, de Vietnam, de Corea del Norte, de Laos (los otros cuatro países que se definen socialistas hoy en día) tienen una raíz común: la Nueva Política Económica impulsada por Lenin en 1921 que se basaba en los mercados y la iniciativa privada para reactivar una economía devastada por la guerra civil impulsada por los occidentales (11 países acudieron en ayuda de los contrarrevolucionarios «blancos»), mientras los bolcheviques conservaban el poder estatal y la supremacía industrial. Sobre esto escribí en 2020 titulándolo «Evitar las ilusiones». Aunque claro, siempre hay audaces que se atreven a criticar a Lenin y a quien haga falta, viviendo en sus pequeños grupos y anclados en el pasado. Son como si alguien hubiese acompañado a Darwin en su viaje y al llegar a las islas Galápagos solo hubiese visto unas tortugas centenarias en lugar de darse cuenta de la evolución.
El PC cubano sigue siendo el factor determinante del Estado, un estado que controla el sistema bancario, las posiciones estratégicas y la facultad de recaudar impuestos, regular y redistribuir la riqueza. Mal que les pese a muchos, incluidos los supuestamente «progres», Cuba no sigue la «perestroika». Y eso es una garantía de supervivencia.
Si os preguntáis el por qué del título de esta entrega, la respuesta en la segunda parte. Como aperitivo sobre lo que aquí se dice y lo que vendrá en esa segunda entrega, aquí tenéis un coloquio en la televisión cubana sin tapujos y sin pelos en la lengua.
La segunda potencia del mundo no ofrece un modelo acabado, sino un proceso abierto de experimentación histórica bajo la premisa de que el socialismo no es pobreza, sino todo lo contrario.
SUMAI es una empresa mixta cubano‑china creada en 2025, dedicada al comercio mayorista y minorista de productos como ferretería, electrodomésticos y soluciones de energías renovables. Próxima apertura en 23 y 10, El Vedado, La Habana. Foto: AMD
“Van a hacer otra tienda en dólares”, especula un atildado señor en silla de ruedas. Vende cigarrillos de varias marcas y accesorios hogareños (infaltables las jabitas de nylon), mientras una brigada, en la esquina de 10 y 23, palea la mezcla de agua, cemento, arena y grava para rebosar un par de carretillas con hormigón, y uno de sus integrantes descarna una columna a golpe de martillo neumático.
“Se ve que esto lo hicieron de antes”. El adverbio de tiempo está en la boca de un transeúnte detenido ante el obrero que se emplea a fondo para poder desnudar la columna hasta llegar a su esqueleto metálico. “Ahí sí había calidad”, remata para aludir a las construcciones que se levantaron en la era presocialista, sobre todo en los años 40 y 50. En estos últimos, el llamado Movimiento Moderno encaramó a La Habana en la cima de la arquitectura vanguardista latinoamericana en un proceso que arrancó en los años 30.
El Ten Cents, del Vedado, en los años 50. Foto tomada de la cuenta en Facebook de Marvin Jui Pérez
¿Coincidencias?
La tarde se mueve en episodios “sospechosos”. Con solo cruzar los 30 metros de la avenida 23 se podía salir este jueves de un debate académico sobre el socialismo chino en la sala Héctor García Mesa, del Icaic, para dar de narices con el proceso de conversión del antiguo y camaleónico Ten Cents, (El “tencén”) del Vedado, en un prometedor escaparate del gigante asiático. ¿Coincidencias?
Construido en la década de 1950 por la cadena estadounidense Woolworth, y después, en tiempos revolucionarios, nacionalizado como Tienda Popular o más cercanamente, en los 90, Mai —Mercados Artesanales Industriales— para terminar en el surtido y luego esperpéntico Mercado de 23 y 10; ahora el establecimiento se convertirá en Sumai, la segunda tienda, luego de la debutante versión camagüeyana (se paga electrónicamente con MLC), de la cadena sino-cubana Sumai, cuya vocal “a” es representada por una hoja vegetal que transmite crecimiento, frescura y vida, asociando la marca con innovación y progreso.
¿Quitarán esa columna de soporte?, se preguntan algunos. Foto: AMD
Creada en 2025, la empresa mixta fue concebida para el comercio mayorista y minorista de productos ferreteros, electrodomésticos y soluciones de energías renovables, además de espacios de entretenimiento interactivo.
Este desembarco chino en El Vedado sincroniza con tiempos de reforma express y una guerra de alfileres en el consciente colectivo para fijar términos que van desde tendencias del mercado, cadenas de valor y las relaciones verticales y horizontales entre los diferentes actores económicos hasta la municipalización, sociedades mercantiles, venta de empresas estatales a privados y casas particulares de cambio. Atiborran 176 medidas y 23 ejes estratégicos de sopetón. ¡Lo nunca visto!
El ciudadano promedio está conceptualmente atragantado, con un paquete de disposiciones que nunca le pasaron por la cabeza dada la cerrazón por décadas a la apertura económica y que, por tanto, razonablemente, las mira con fuerte escepticismo, cuando no con recelo.
Un auto eléctrico de la marca china JAC Motors se carga en el antiguo Ten Cents del Vedado. Foto: AMD
Un país mutante, un sistema en proceso
“Cada vez que he llegado a China, llego a otro país”, confesó Carlos Miguel Pereira, dos veces embajador ante Pekín, al iniciar el panel. La frase, cargada de asombro y experiencia, marcó el tono de una exposición y debate que se extendió por un par de horas en Último Jueves, el mensuario participativo de la revista Temas. Allí, un diplomático y un académico compartieron visiones sobre el socialismo con características chinas, sus contradicciones, aprendizajes y proyección global.
Pereira insistió en que no existe un modelo acabado. “La palabra de orden en China no es adoptar, es adaptar”, señaló. Esa capacidad de sinización del marxismo ha permitido a China construir un camino propio, con “rectificaciones y audacias, prudencia y arraigo nacional”.
La estabilidad del modelo, insistió Pereira, radica en la capacidad de autocorrección. “No solo cometer errores, sino identificarlos rápidamente, aprender de ellos y construir sobre ellos”, dijo.
El espíritu investigativo de China es proverbial. Envió misiones a estudiar crisis internacionales: México en 1994, Asia en 1997. Cada vez que el mundo enfrentó un hecho extraordinario, los chinos observaron, aprendieron y adaptaron.
El diplomático Carlos Miguel Pereira, dos veces embajador ante Pekín. Foto: AMD
Los palos de golf
La anécdota de los palos de golf estadounidenses imitados en China suele narrarse como un ejemplo paradigmático de la globalización y de la capacidad manufacturera china.
Durante décadas, las grandes marcas norteamericanas —Callaway, Titleist, TaylorMade— dominaron el mercado con diseños innovadores y materiales de alta calidad, pero con el traslado de la producción hacia Asia, fábricas chinas comenzaron a reproducir esos mismos modelos con tal nivel de detalle que incluso jugadores experimentados tenían dificultades para distinguir el original de la copia.
La imitación era tan esmerada que replicaba no solo la forma y el acabado, sino también el peso, los materiales y hasta los hologramas de autenticidad.
En los círculos empresariales y deportivos, esta historia se cuenta como metáfora de cómo China se convirtió en “la fábrica del mundo”: un país capaz de reproducir con exactitud productos occidentales, borrando la frontera entre lo auténtico y lo imitado, y planteando al mismo tiempo desafíos en torno a la propiedad intelectual y la confianza en las marcas globales.
Traumas históricos: Revolución Cultural y Tiananmen
El embajador recordó que “prácticamente no hubo familia china que no se viera afectada de alguna manera por la Revolución Cultural”. Entre 1966 y 1976, millones de personas fueron perseguidas, humilladas o desplazadas. Intelectuales, maestros y funcionarios fueron enviados a campos de reeducación; jóvenes de las Guardias Rojas destruyeron templos y símbolos tradicionales.
El trauma fue colectivo: familias divididas, generaciones enteras marcadas por la violencia política. Pereira subrayó que la reforma y apertura de los años ochenta se diseñó precisamente para superar ese legado, reconstruir confianza y reencauzar balances dentro del sistema.
El segundo hecho traumático, añadió el diplomático cubano, fue Tiananmen en 1989. “Fue un proceso que no pudo ser concluido. Un debate que la única manera que encontraron fue aplazarlo en el tiempo”, explicó.
Las protestas estudiantiles, que reclamaban apertura política y lucha contra la corrupción, terminaron en una represión sangrienta. Pereira recordó que fue “la primera vez que el Partido perdió las riendas”, generando un vacío de poder y una crisis de legitimidad.
El silencio posterior sobre Tiananmen en la sociedad china refleja la dificultad de procesar aquel trauma. “De eso sí no se habla ni en chino”, comentó Pereira. Sin embargo, de esa experiencia surgió un rediseño estratégico de la reforma, con mayor énfasis en estabilidad, crecimiento económico y control político.
Jerarquía e industria: la intervención de Zhiqi Hu Matt
Vía digital, el empresario Zhiqi Hu Matt, exalumno de Rafael Hernández, ofreció en inglés una intervención extensa y detallada que se convirtió en uno de los momentos más reveladores del panel.
Comenzó agradeciendo al profesor por haberlo recibido en el espacio: “Fui su estudiante hace 18 años durante mi licenciatura. Después trabajé en la industria financiera en Shanghái durante cuatro años, y ahora estoy haciendo mi maestría en Stern (escuela de negocios de la Universidad de Nueva York), y en la Universidad de Yale. También estoy iniciando mi propio emprendimiento en Abu Dabi. Es realmente genial poder compartir toda mi experiencia y pensamientos con ustedes”.
El empresario Zhiqi Hu Matt, exalumno del politólogo Rafael Hernández, ofreció en inglés una intervención extensa y detallada sobre la cultura laboral china. Foto: AMD
Desde esa perspectiva personal, Hu explicó cómo la cultura jerárquica china ha sido determinante en el desarrollo industrial de China. “El diferenciador central de la cultura china —o incluso de toda Asia Oriental— es la jerarquía. Creo que en ninguna otra parte del mundo existe una cultura jerárquica tan sofisticada como la que se da allí. Y no estoy diciendo que esta cultura sea buena. De hecho, tiene muchos inconvenientes. Pero resulta muy útil si quieres desarrollar una economía industrial”.
Para ilustrarlo, relató Hu ejemplos concretos de la vida en las fábricas:
“Si diriges una fábrica y necesitas colocar las piezas de cierta manera, debes hacerlo exactamente así. Si necesitas organizar los componentes de una forma específica, todos deben hacerlo de la misma manera. Si necesitas usar guantes u otras normas de seguridad, debes seguirlas estrictamente. No preguntes por qué, simplemente síguelas. Si no lo haces, enfrentas graves consecuencias: puede ser un accidente de producción o problemas serios de control de calidad”.
La jerarquía, enfatizó, garantiza disciplina y eficiencia, aunque no sea una cultura perfecta. Reconoció que tiene defectos, pero que también ha permitido a China avanzar rápidamente en sectores como la inteligencia artificial y los vehículos eléctricos, donde hoy domina el mercado global.
Zhiqi Hu Matt relató además su experiencia empresarial: “Antes, los dueños de fábricas pensaban que con clientes chinos era suficiente. Pero ahora China enfrenta un serio problema de sobreproducción”.
La solución ha sido abrir mercados externos, apoyados en la Iniciativa de la Franja y la Ruta. También mencionó el caso de la fundición de hierro: antes en Wuhan, ahora en Shanghái, porque importa mineral de Brasil y Australia.
El modelo chino combina planificación y mercado. La célebre frase del padre de la reforma Deng Xiaoping (1904–1997) sobre permitir que algunos se enriquezcan primero no terminaba ahí, sino en “…para crear las condiciones hacia la prosperidad común”, acotó Pereira, recordando también otro axioma del pragmático Deng: “No importa el color del gato. Lo importante es que cace al ratón”. “Y el color era rojo, entonces sí importaba”, reformuló el ex embajador en Pekín.
Ese ideal sigue vigente bajo el líder Xi Jinping, quien habla de desarrollo de alta calidad y de cohesionar a la población en torno a la prosperidad compartida.
Tecnología y geopolítica: la mirada de Jesús Guanche
El doctor en Ciencias Jesús Guanche (La Habana, 1950) es una de las personalidades más eruditas de la cultura cubana y su producción investigativa es un corpus imprescindible para los estudios de patrimonio cultural en Cuba y América Latina. Desde Procesos etnoculturales de Cuba hasta Africanía y etnicidad en Cuba, pasando por títulos como Componentes étnicos de la nación cubana, España en la savia de Cuba u Oraciones populares de Cuba, su obra ha explorado con rigor la diversidad étnica, las raíces africanas e hispánicas, la religiosidad popular y las prácticas culturales que conforman la identidad nacional.
Su experiencia china es bien valiosa. Vivió como académico invitado en la provincia de Hebei por siete años y llegó a entrevistarse con el primer ministro Li Kequiang (2013-2023) para asuntos consultivos. A su vez, Guanche es autor de Xi Jinping: pensamiento, liderazgo y acción, Universidad de Estudios Internacionales de Hebei, 2019, 2020 y 2021.
El Doctor en Ciencias, Jesús Guanche, uno de los más avezados conocedores de la identidad cubana, vivió siete años en China como académico. Foto: AMD
En la charla el Dr. Guanche subrayó que la proyección internacional de China no puede entenderse sin su dimensión tecnológica y geopolítica, pues el país avanza con una innovación acelerada que ya considera la 5G como historia mientras ensaya la 6G, y desarrolla la inteligencia artificial con aplicaciones masivas en la industria, el comercio y la seguridad.
Al mismo tiempo, dijo, apuesta por las energías renovables y la transición energética, integrando comercio electrónico y sostenibilidad como parte de su estrategia de desarrollo.
En el plano financiero, destacó la creación de instituciones propias como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y el Banco de los BRICS, que consolidan la estabilidad interna al diversificar mercados y reducir la dependencia de Occidente.
Para Guanche, la Franja y la Ruta constituye el megaproyecto que conecta esa estabilidad interna con la expansión mundial, asegurando mercados, infraestructura y alianzas estratégicas.
El investigador insistió en que “la legitimidad política externa” se sustenta sobre la “capacidad de China para presentarse como alternativa al modelo occidental”, lo que “refuerza la narrativa del socialismo con características chinas como guía válida y eficaz”.
Y para calzar esa peculiaridad, el académico buscó su anécdota favorita: “En mi universidad, el rector era miembro del comité provincial del Partido Comunista. Y la rectora ejecutiva era miembro del Koumintang (fundado en 1911 por Sun Yat-sen y partido gobernante en China continental hasta 1949, cuando perdió la guerra civil frente al Partido Comunista y se trasladó a Taiwán). Además, ambos son matrimonio y trabajan en una universidad privada.”
Orgullo, contradicciones y polémicas
El politólogo Rafael Hernández, fundador y moderador de Último Jueves, además de director de la revista Temas, evocó a sus alumnos chinos: “Hablaban de su país con encanto hacia el liderazgo del Partido Comunista”. Pero también mostraban imágenes contrastantes: una China hipermoderna y una China pobre. “Esto es China, y esto también es China”, decían enseñando diapositivas con rascacielos y aldeas campesinas a modo de realidades divergentes.
¿Es replicable el modelo chino? Pereira cree que sí, como método. La clave está en el desarrollo local y la autonomía provincial. “El mundo de una provincia china no tiene nada que ver con Beijing”, subrayó.
El politógo Rafael Hernández, director de la revista Temas y del espacio participativo de debate Último Jueves. Foto: AMD
La polémica sobre si China es una potencia socialista o capitalista ha sido abordada por diversos investigadores con enfoques contrastantes: Giovanni Arrighi, en Adam Smith en Pekín (2007), interpretó el ascenso chino como una alternativa al capitalismo occidental, apoyada en la planificación estatal y en tradiciones comunitarias; Thomas Piketty, en El capital en el siglo XXI (2013) y Capital e ideología (2019), indicó que la creciente concentración de riqueza en China reproduce dinámicas típicamente capitalistas y genera desigualdades similares a las de Occidente; mientras que Rémy Herrera y Zhiming Long, en Dynamics of China’s Economy: Growth, Cycles and Crises from 1949 to the Present Day (2023), defendieron que el modelo chino mantiene una base socialista, pues el Partido Comunista controla sectores estratégicos y orienta la economía hacia la “prosperidad común”, aunque se sirva de mecanismos de mercado.
En conjunto, estas obras muestran que la definición del modelo chino depende del énfasis: para algunos, la planificación socialista y el papel del Estado redistributivo sigue siendo dominante, mientras que para otros las dinámicas capitalistas y la desigualdad lo acercan más al capitalismo global.
“Occidente ha mirado a la China que quiere, que ha deseado ver y todo su análisis de la China que ha deseado ha estado en función de la China que quiere ver, que no es la China que es”, refuta Pereira.
El debate en Último Jueves mostró una visión descarnada, no complaciente. China sigue en la ruta crítica del socialismo, con logros y asignaturas pendientes, sobre todo cómo reducir las brechas sociales y las burbujas financieras, típicas dinámicas del capitalismo más rancio. Pero el modelo pekinés desafía los esquemas binarios de la teoría política occidental: evita tanto la restauración capitalista como el inmovilismo burocrático, apostilló el experto.
¿Y para Cuba? “Lo más importante que aporta el proceso chino para los cubanos es el método, es la experiencia práctica”, estableció el diplomático.
Los panelistas en diálogo con el público de Último Jueves. Foto: AMD
Post Scriptum
Por favor, Dr. Guanche, un último punto fuera del panel. No quise meter más ruido. Hablemos de “las armas melladas” de Guevara.
Anjá…
¿De qué hablaba Guevara tras observar el modo soviético? De un socialismo que obviamente no es el chino actual, pero de cualquier manera, desautorizaba un socialismo con palancas capitalistas, porque a la postre el resultado iba ser capitalismo. ¿En la exitosa era actual, China está desmintiendo a Guevara?
Yo creo que no, lo que pasa es que la realidad respecto a lo que en aquel momento escribió el Che cuando estuvo en China, que son los años 60, en la época de Mao, varió, pero de manera muy sustancial.
Ya no es no es aquella China. O sea, en China hay un gran respeto por los líderes originales, pero también hay un proceso de cambio sumamente fuerte, porque el país se ha mundializado. Y entonces, no puedes meter en el mismo contexto lo que pudo haber dicho Guevara de manera adecuada en ese momento a la realidad actual. Ellos están ahora en un nivel tecnológico de referencia mundial.
¿Las armas melladas funcionaron entonces para China?
No sé hasta qué punto pudieron estar melladas. Ese es el problema. Al parecer reconocieron que estaban melladas y fabricaron armas nuevas.