La Fábrica de Sueños. Goodfellas (1990), de Martin Scorsese
El cine es una enfermedad. Cuando te infecta la sangre. Se convierte en la hormona más importante; controla las enzimas; dirige la glándula pineal; domina la psique. Igual que con la heroína, el antídoto contra el cine es más cine. FRANK CAPRA (1)
Parodia del Manifiesto Comunista: Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del fascismo. LUCAS MUSAR
Animo, cabrones, que más adelante está más feo. PANCHO VILLA
Goodfellas (1990), Buenos muchachos o Uno de los nuestros, leitmotiv de la novela Lord Jim, de Conrad. Este ensayo crítico se titula tal como dice el protagonista de la obra cinematográfica, Henry Hill (HH): “Desde que tuve uso de razón, siempre quise ser gánster, mejor que presidente de EE.UU”. Goodfellas, del ítalo-gringo Martin Scorsese, uno de los pocos maestros del cine aún activo, está basado en una historia verídica. New York, 1970. Un carro avanza por la carretera. Un primer plano triangular muestra el rostro somnoliento de HH, el de Jimmy Conway y el de Tommy DeVito. De repente, “¿qué carajos es eso? ¿Se reventó una llanta?” Se oyen golpes dentro del baúl del Pontiac. Paran y lo abren. Un hombre se queja. “Mierda, aún está vivo”, grita Jimmy. Tommy le hunde un cuchillo varias veces. Jimmy lo remata a bala. HH pronuncia enseguida su irracional eslogan: “Desde que tuve uso de razón, siempre quise ser gánster”.
Y suena el Swing de la muerte: la música más comercial de la historia del jazz que en la década de 1930 patrocinaban Al Capone y sus secuaces, incluidos los socialmente no aceptados ni reconocidos, con la complicidad de la Ley, del Sindicato de Músicos, del Gobierno con su programa nacional de suministro de drogas y alcohol para los jazzmen, a fin de obtener mano de obra musical barata. Y viene el título jergal, del slang, Goodfellas, Buenos muchachos (como los del Mesías en Colombia) de un filme según la novela Wiseguy, o Avivato o Vivo, de N. Pileggi, con guion suyo y de Scorsese. HH, el narrador: “Para mí, era mejor ser gánster que presidente”, como lo va a demostrar. Brooklyn. 1955. Otro eslogan: “Ser alguien en un barrio de Don Nadies”. ¿Por qué mejor gánster que…? Los mafiosos hacen lo que quieren; juegan cartas toda la noche y nadie llama a la policía. Velada denuncia de la corrupción oficial y del caos general. Goodfellas está narrada a manera de crónica-real, de falso documental. “A los 13 años ya tenía de todo”. Los chicos del barrio le cargan los paquetes a la madre: “¿Saben por qué? Por respeto”, añade. Y cuando se presenta con vestido nuevo, la madre le suelta: “Pareces un gánster”, como si a HH le importara la crítica, cuando se trata, más bien, de reafirmar vanidad, logros, poder y respeto adquiridos. La cámara panea sobre los signos de la opulencia: comida, mesas de juego, para resaltar no sólo la Edad Dorada del jazz sino la de los capos. Hay Vivos por toda parte: fue antes de que Apalachín y Joe el Loco decidieran empezar una guerra.
Es cuando HH sale al mundo, conoce a Jimmy, quien tiene entre 28 y 29 años pero “ya era legendario”. A todos les da cien dólares, por cualquier cosa: a los porteros, a los croupiers, a los gerentes. “El irlandés ha venido por dinero italiano”, grita alguien en el casino. Jimmy es encerrado a los 11 años y a los 16 ya es un matón. No le importa, para él es un negocio. Pero, lo que más le gusta es robar: whisky, cigarrillos, navajas, camarones, langostas. Lo mejor: los mariscos, se venden rápido. Los asaltos son fáciles. No hay problemas. Le decían Jimmy The Gentle (El Gentil, término de los judíos para quien no es de su raza: como si hubiera más, cuando la única raza es la Humanidad). HH es testigo de todo y por eso es el narrador. Jimmy soborna a la policía cuando intenta neutralizarlo: dentro de dos pacas de Pall Mall, una ñapa en dólares. Ante esto, la Ley queda desarmada… Así, “¡quién se va a quejar!”, exclama un policía desde la patrulla con la tácita complicidad del piloto. Jimmy llama a HH y le presenta a Tommy, antes de que sea detenido por vender cigarrillos de contrabando y llevado al Fiscal de Nueva York. Jimmy lo gradúa con dinero, por no haber sido soplón. Así aprendió dos cosas claves: no delatar a sus amigos; mantener la boca cerrada. La Omertà opera de nuevo: la Ley del Silencio siciliana de la era Mussolini, en las décadas de 1920, 30 y 40. Los mafiosos lo reciben: “Ya no eres virgen” y lo felicitan. Plano congelado. Aparecen los aviones y con ellos los viajes de HH… los aeropuertos: Idlewild Airport, 1963. Elipsis. Tilt Up sobre su cuerpo para mostrarlo ya adulto, con cigarrillo en la mano, al lado de Tommy. HH: “Cuando crecí, circulaban por el Aeropuerto de Idlewild 30 mil millones de dólares en cargamento al año y tratábamos de robarlo todo”. En picado se le muestra sobornando al portero, antes de entrar al bar/club. “¿En qué trabajas?”, pregunta la chica inocente. “En construcción”. “No tienes manos de obrero”. Y él, hábil, concluye: “Soy delegado del Sindicato”. El Copa presenta al Rey de la Comedia (guiño a The King of Comedy) Henny Youngman: “Fue al doctor. Le dio seis meses de vida. Como no podía pagar, le dio seis meses más…” Mientras, HH ha salido para Idlewild, donde recibe la llave para cometer el hurto: “Le debo mucho a Air France. Nos llevamos 420 mil dólares sin usar la pistola”. “¿Qué pasaría si cayeras preso?”, pregunta/vaticinio de Karen a HH. “Nadie va la cárcel, a menos que quiera. A menos que se haga coger”, claro, si se trata de blancos. “¿Sabes quiénes van a la cárcel? Los negros. ¿Por qué? Porque se quedan dormidos”. Karen se acostumbra a todo; nada le parece un delito. Vendrá luego el histórico robo a la aerolínea alemana Lufthansa, seis millones de dólares netos en efectivo, el mayor, hasta ese momento, en la historia de EE.UU: en 2008, otro, la quiebra ficticia bancaria (Lehman Brothers/Merrill Lynch/Goldman & Sachs) a causa de la burbuja inmobiliaria.
“El asesinato servía para controlar”, dice HH en forma impersonal, como si hablara de todos los gobiernos, ya no sólo de los métodos de la mafia. Billy Batts era uno de los iniciados, de la familia Gambino (una de las cinco de la mafia ítalo-gringa de New York: las otras son Bonanno, Colombo, Genovese, Lucchese) y considerado intocable. Cuatro años después. HH sale de la cárcel de Miami. Karen lo espera en el carro. Vuelven a casa. “¿Te vas a quedar?”, preguntan sus hijas. Empaca, cambiamos de casa, dice a Karen, antes de viajar a Pittsburgh. A HH le preocupan la TV y la prensa por toda la mierda que se sabe. Ahora, Tommy es candidato a Iniciado: algún día será jefe mafioso. Pero, no, comete un error garrafal: mata a otro Iniciado, un intocable. Ahora, debe pagar por ello. Morrie insiste en reclamar su parte. Jimmy se dispone a eliminarlo. “Olvida lo de esta noche”, le dice, zorro, a HH, quien con ello se siente aliviado. Éste nunca había visto a Jimmy tan contento. Su alegría se debía a la iniciación de Tommy. Pero, otra cosa pensaba Jimmy. HH recuerda que entre sí se decían Goodfellas: “Te gustará Fulano. Es buen muchacho, uno de los nuestros” (One of Us, leitmotiv de Lord Jim, retomado por el buen lector Scorsese). Iniciarse era el más alto honor que ofrecía la mafia: pero no se podía ser irlandés, sino 100% Italy y tener parientes en la Madre Patria. Significaba pertenecer a una familia. Que nadie podía meterse contigo, que podías meterte con todos, salvo que fuese un miembro. Era una licencia para robar. Para todo. Jimmy entra a una cabina. Habla con Vinnie. Mientras, Tommy ha caído. “¿Salió todo bien?”, pregunta. Al contarle a HH finge: “Lo han matado”. Fue venganza por Billy Batts y muchas cosas más. Nada se pudo hacer: Batts era miembro y Tommy, no. Los Wiseguys tienen que aguantar la situación (como si se tratara de cualquier colombiano, en la era Uribe/Santos; o brasileño desde el golpe de Estado de Temer; o mexicano en el periodo mafioso de Calderón/Peña Nieto; o gringo en la era del cabronazi Trump) o, por contraste, correr el riesgo de perder la vida en cualquier instante, sin recibir a cambio ninguna reparación, salvo el sobre con dinero del hipócrita/mafioso homicida: una forma de advertencia obvia y un tácito mensaje disipador de retaliaciones.
Cuando HH dice “mejor gánster que presidente” es porque al primero nadie le pide cuentas; al segundo, sí. Y aunque éste mienta para seguir en el Poder, aquél lo hace sin temor a perderlo. Aún más, podría decir la verdad y eso no alteraría las cosas. Ahora, eso no significa que con esto se pretenda dar una lección de ética empresarial mafiosa o política. Es la verdad monda y lironda: paralela al surgimiento de la mafia, han surgido los políticos, por más que algunos, indignados, se levanten. La culpa no es de la historia, los culpables son quienes han hecho la historia. La mafia, reiteradamente, ha sostenido a los políticos, aunque éstos después pretendan ignorarlo o desconocerlo: y se pongan bravos o dignos. Y manden matar al que se atraviese para demostrar que no era ni es así, piensa Scorsese. Basta, en tal sentido, oír la declaración final de HH, ciudadano bajo protección del Gobierno, protección con mensaje implícito: “Sobornábamos policías. Sobornábamos abogados. Sobornábamos jueces. Todos extendían la mano. Todo se podía comprar”. (…) Si ese, el de EE.UU, es el modelo de democracia exportado al mundo, sólo queda recordar a Borges, con su hilarante/irónica definición: “Democracia: es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística”. Y en el empleo de ese abuso, han ido de la mano políticos y mafiosos sin olvidar curas/gamonales/alcaldes y hoy empresarios. Se entiende, de otra manera la cosa no funcionaría: es muy difícil hacer política; es más fácil hacer la guerra. Y en eso los mafiosos no han hecho más que ayudar a los políticos. Porque, estos solos no podrían; además, tendrían que dejar de ir al club, a eventos sociales, al Caribe, a EE.UU o a Europa. Por el contrario, ellos necesitan viajar aquí y allá, a encontrarse con sus pares. Si no, “¿adónde iríamos a parar?”, como dice una y otra vez el fastidioso/prepotente Tommy DeVito, uno de esos buenos muchachos a los cuales les deben tanto, por vía de los políticos, estos pueblos: y no por vocación masoquista, ni por designio divino: apenas, por la sempiterna, terrenal e inocultable alianza entre los políticos, la policía y el delito.
A quien esto pueda parecer exagerado, se recomienda leer La otra historia de EE.UU, del gringo, blanco, Howard Zinn; o Política y delito, del alemán Hans M. Enzensberger. Si se contrastara con tales obras, esta historia se queda enana. Con Buenos muchachos, Scorsese confirma a Orwell: “La opinión de que el arte no tiene que ver con la política ya es, en sí misma, una opinión política”. En conclusión, con Buenos Muchachos, el cineasta de Little Italy deja a la humanidad tres lecciones: 1. La ética por honestidad: hay que decir la verdad aunque duela; 2. No se trata de la autoridad como argumento sino al revés: aunque duela, sólo se puede ser honrado; 3. Se puede ser objetivo aunque se trate de lo más subjetivo, el arte, para el caso el cine: así ser honrado no satisfaga a nadie, hay que decir la verdad.
Sólo de tal modo, diría Kant, se pasa de menores a mayores de edad: los auténticos civilizados. No un troglodita como Henry Hill que quizás por eso siempre prefirió, desde que tuvo uso de razón, ser gánster mejor que presidente. Actitud que aquí sí permite cobrar validez a la vaga expresión popular brasileña, colombiana o mexicana, en fin, gringa, para sólo poner cuatro (malos) ejemplos: “Por algo será, por algo será”. ¿Hay, acaso, alguna diferencia concreta, no virtual como la que muestran los medios masivos, entre el comportamiento socio-político de HH y la dirigencia-corrupta de Temer/Santos/Peña Nieto/Trump o el de la dupla poder-mafia, que al final de Goodfellas y pese al vestuario/maquillaje se revela como la nuda veritas de la escena política contemporánea?
To Santiago, one of us and an absolutely right man
A Valentina, en su perpetuamente contemporáneo recuerdo
A Marthica y a Ma. del Rosario, dos muy buenas muchachas honestas como pocas
Ficha técnica: Título original: Goodfellas. En español: Buenos muchachos o Uno de los nuestros. País: EE.UU. Año: 1990. Formato: 35 mm, color, 148 min. Dir: Martin Scorsese. Guion: Nicholas Pileggi y Martin Scorsese, sobre la novela Wiseguy del primero. Mús: Varios. Fot: Michael Ballhaus. Montaje: Thelma Schoonmaker. Int: Ray Liotta (HH); Robert de Niro; Joe Pesci; Lorraine Bracco; Paul Sorvino; Chuck Low; Christopher Serrone; Debi Mazar; Gina Mastrogiacomo; Frank Sivero; Illeana Douglas; Tony Darrow; Frank DiLeo; Frank Vincent; Mike Starr; Katherine Scorsese; Samuel L. Jackson. Género: Thriller. Drama. Mafia. Crimen. Producción: Warner Brothers. http://www.pelispedia.tv/pelicula/goodfellas-uno-de-los-nuestros/
Luis Carlos Muñoz Sarmiento, (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Estudios de Zootecnia, U. N. Bogotá. Periodista, de INPAHU, especializado en Prensa Escrita, T. P. 8225. Profesor Fac. de Derecho U. Nacional, Bogotá (2000-2002). Realizador y locutor de Una mirada al jazz y La Fábrica de Sueños: Radiodifusora Nacional, Javeriana Estéreo y U. N. Radio (1990-2014). Fundador y director del Cine-Club Andrés Caicedo desde 1984. Colaborador de El Magazín de El Espectador. Ex Director del Cine-Club U. Los Libertadores y ex docente de la Transversalidad Hum-Bie (2012-2015). Escribe en: www.agulha.com.brwww.argenpress.comwww.fronterad.comwww.auroraboreal.netwww.milinviernos.com Corresponsal www.materika.com Costa Rica. Co-autor de los libros Camilo Torres: Cruz de luz (FiCa, 2006), La muerte del endriago y otros cuentos (U. Central, 2007), Izquierdas: definiciones, movimientos y proyectos en Colombia y América Latina, U. Central, Bogotá (2014), Literatura, Marxismo y Modernismo en época de Pos autonomía literaria, UFES, Vitória, ES, Brasil (2015) y Guerra y literatura en la obra de J. E. Pardo (U. del Valle, 2016). Autor ensayos publicados en Cuadernos del Cine-Club, U. Central, sobre Fassbinder, Wenders, Scorsese. Autor del libro Cine & Literatura: El matrimonio de la posible convivencia (2014), U. Los Libertadores. Autor contraportada de la novela Trashumantes de la guerra perdida (Pijao, 2016), de J. E. Pardo. Espera la publicación de sus libros Ocho minutos y otros cuentos, El crimen consumado a plena luz (Ensayos sobre Literatura), La Fábrica de Sueños (Ensayos sobre Cine), Músicos del Brasil, La larga primavera de la anarquía – Vida y muerte de Valentina (Novela), Grandes del Jazz, La sociedad del control soberano y la biotanatopolítica del imperialismo estadounidense, en coautoría con Luís E. Soares. Hoy, autor, traductor y coautor (con LES) de ensayos para Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Como dijo Fidel Castro, “preferiría ser barrido de la faz de la Tierra antes que regresar a la humillante condición de colonia de los EEUU”
Conversé largamente con Abel Prieto, presidente de la Casa de las Américas. Le pregunté, antes que nada, cómo está Raúl Castro. Me dijo que Raúl está muy bien protegido y que nada le pasará, cualquiera sea la locura que pueda hacer EEUU. Que EEUU puede hacer cualquier locura, pero nunca logrará secuestrarlo.
Prieto me dijo que los apagones siguen, lo que afecta la vida de las personas, pero expresa, basado en la experiencia del intento de invasión de Cuba en Playa Girón, que nunca lograrán algún tipo de sublevación interna contra el gobierno.
“Se trata de una guerra económica implacable, que ha venido cortando todas las fuentes de ingresos en divisas del país. Según Trump, Marco Rubio y los voceros de la contrarrevolución, tiene el propósito de sancionar al ‘régimen castrista’; pero, en realidad, es un castigo colectivo para todo el pueblo cubano”, comentó.
Para Prieto, lo que ha logrado EEUU “es unir más a nuestra gente” y como dijo Fidel Castro, “preferiría ser barrido de la faz de la Tierra antes que regresar a la humillante condición de colonia de los EEUU”.
Hoy las formas de control son otras. Al punto tal de que Raúl Castro no ha participado en la inmensa manifestación que se ha desarrollado en la capital del país. Los cubanos se toman muy en serio la posibilidad de una acción que consideran desvariada de parte de EEUU.
Distinto es Raúl Castro, por todo lo que significa históricamente para Cuba, que Nicolás Maduro. De ahí la protección que implementan para protegerlo.
Abel Prieto es actualmente el presidente de la Casa de las Américas, fundada prácticamente en el mismo momento de la victoria de la Revolución. Anualmente reúnen a importantes intelectuales latinoamericanos para juzgar y atribuir los premios de la Casa.
En este momento, la Casa de las Américas sigue siendo el eslabón de contacto de los intelectuales del continente con la isla, frente a la cual tantos guardamos un amor profundo.
La Revolución Cubana fue la revolución de mi generación. He podido conversar con los miembros de la Casa de las Américas, en aquel momento dirigida por otro gran amigo, Roberto Fernández Retamar.
“La imagen de Fidel, sus ideas, su ejemplo, su lucidez, su sentido ético, nos acompañan hoy todos los días, en particular en momentos de tanto peligro. Está, sin duda, con nosotros”, dijo Prieto, y agregó: “Estoy seguro que está con toda la gente digna de este mundo que se niega a aceptar la sangrienta tiranía mundial que se empeñan en imponer el emperador y sus cómplices”.
También me expresó su satisfacción cuando le garantice que Lula va a ganar en Brasil, va a ser reelecto y en primera vuelta: “Es una victoria importante ahora, para Nuestra América y para el mundo”.
«Hemos
liberado Europa del fascismo. Nunca nos lo perdonarán»
Gueorgui
Zhukov,
Héroe de la Unión Soviética.
Mientras
la atención internacional permanecía absorbida por el conflicto aún
irresuelto en
Medio Oriente —con Irán situado en el centro de una disputa que ha
sido examinada hasta en sus más mínimos detalles— y,
posteriormente, por las cumbres entre Donald Trump y Vladimir Putin
con Xi Jinping, otro proceso, más silencioso pero no menos
inquietante, continuaba desarrollándose en el
escenario europeo.
Lejos
de estabilizarse o desescalar, la relación entre Europa y Rusia
viene incrementando progresivamente su nivel de tensión y
confrontación, configurando un panorama de creciente peligrosidad.
Por efecto de los últimos sucesos, que comentaré en el transcurso
de este escrito, el continente se desliza cada vez más hacia la
posibilidad de una guerra
abierta y generalizada,
bajo la sombra persistente de un eventual intercambio nuclear.
A
diferencia de la aguda
conciencia colectiva que
dominó al mundo durante la Crisis de los Misiles de 1962 —cuando
la posibilidad de un apocalipsis nuclear pendía de manera tangible
sobre la humanidad y las grandes ciudades estadounidenses se
percibían como blancos inmediatos—, el actual período que
comienza a configurarse en Europa parece desenvolverse bajo un clima
de desconcertante
inconsciencia.
Pese
a la magnitud de los riesgos involucrados y a la acelerada
degradación del equilibrio estratégico en el continente, la
percepción pública y buena parte de la dirigencia occidental
parecen transitar estos acontecimientos con una
alarmante naturalización del
conflicto y de sus posibles derivaciones.
El
grado de adormecimiento que
atraviesan hoy sociedades habitualmente movilizadas como la alemana
resulta, en ese sentido, verdaderamente insólito.
Durante
la década de 1980, cientos de miles de personas se movilizaron en
Bonn impulsadas por el temor concreto a una guerra nuclear en suelo
europeo, cuando empezaban justamente a instalarse los
llamados Euromisiles (los Pershing
II estadounidenses,
en Alemania Occidental, y los SS-20
“Saber”/RSD-10 soviéticos
en propio terreno, en Ucrania y Bielorrusia).
En
1982, hubo una gran manifestación por la paz en la ciudad de Bonn.
En aquel entonces participaron incluso, ¡soldados alemanes!, que
portaron el mensaje: «NATO-Soldaten
gegen Atomraketen»
(«Soldados de la OTAN en contra de misiles nucleares»). Hoy ver
esto por las calles resulta imposible.
Del mismo
modo, en 2003, amplios sectores de la ciudadanía alemana colmaron
las calles de Berlín para manifestarse contra la invasión
estadounidense de Irak, lo que nos hace concluir que la sociedad
alemana se concebía antibelicista hace apenas 23 años.
Sin
embargo, frente a un escenario internacional que vuelve a exhibir
niveles alarmantes de confrontación entre grandes potencias y una
renovada retórica vinculada al empleo de armamento nuclear,
predomina hoy una llamativa apatía
social,
como si la posibilidad de una catástrofe continental hubiese dejado
de formar parte del horizonte de preocupación colectiva.
Puede que
existan varias explicaciones para ese fenómeno de abulia que alejó
a la ciudadanía de la (conformación de la) política internacional.
En
primer lugar, las nuevas generaciones ya
no consideran el holocausto nuclear como una posibilidad cierta,
sino como un resabio del pasado. La Guerra Fría entre soviéticos y
occidentales giraba fundamentalmente
en torno a la posibilidad del uso de estas armas, especialmente tras
la instalación, a partir de la década de 1980, de misiles nucleares
de corto alcance. Esta situación comenzó a desactivarse
recién en 1987,
con la firma del Tratado INF, destinado a eliminar misiles nucleares
y convencionales de alcance intermedio (entre 500 y 5.500
kilómetros).
Volveré
sobre este importantísimo
acontecimiento,
porque fue justamente la
retirada unilateral estadounidense de
ese Tratado, el 2 de agosto de 2019, durante la primera presidencia
de Trump —conjuntamente con la retirada del Tratado ABM, las ocho
oleadas expansivas de la OTAN [1] y
la instalación del Escudo Antimisiles—, lo que provocó el
desarrollo de nuevas armas rusas, entre ellas el Oreshnik.
[Véase Putin
y su thriller psicológico]
En
segundo lugar, especialmente en Alemania, el Estado federal decidió
abandonar gradualmente la energía nuclear (“Atomausstieg”),
lo que contribuyó a desplazar de la agenda pública incluso el
peligro de un accidente nuclear civil y, de manera inercial,
también el riesgo asociado al uso bélico de esa tecnología.
Pero
lo fundamental de la desmovilización antinuclear
reside en una labor
mediática concentrada que
omite advertir sobre los peligros de una conflagración nuclear y
que, por el contrario, promueve la idea de que una guerra con un uso
“limitado” de armas nucleares sería ganable e
incluso hasta deseable,
al tiempo que agita el temor a una “invasión rusa”,
profundamente resonante en la psique histórica germana.
Para
más inri, aunque de manera transversal, todas aquellas
movilizaciones sociales realizadas en solidaridad con el pueblo
palestino y en denuncia del genocidio israelí fueron reprimidas con
dureza, mientras sus participantes eran acusados de “antisemitismo”,
una imputación que posee un peso particularmente
gravitante en
Alemania, pues convierte al acusado en un criminal. Del mismo modo,
las movilizaciones organizadas por Sahra Wagenknecht el 25 de febrero
de 2023 en Berlín, contrarias a la guerra contra Rusia, llevaron a
que el establishment político y mediático la señalara como una
“agente de Putin” o una “comunista apátrida”.
La Polizei alemana
detiene a un manifestante. Mientras estas marchas de denuncia contra
el genocidio palestino eran duramente reprimidas, la Puerta
de Brandeburgo se iluminaba con los colores de la bandera
israelí.
La
activista por los derechos de las mujeres Alice
Schwarzer (a
la izquierda) y la jefa del partido populista de izquierda BSW, Sahra
Wagenknecht,
en la manifestación que ésta inició el 25 de febrero de 2023 en
Berlín. El lema #AufstandFuerFrieden significa #DefiendeLaPaz.
Destaco el
caso de Alemania —aunque pueda extrapolarse a otros países
europeos— no solo por ser la principal potencia demográfica,
económica y política del continente, lo que convierte sus
decisiones en un modelo para el resto de Europa, sino también por su
ubicación geográfica: situada en el corazón del continente, entre
polos de poder como Rusia y Reino Unido, inevitablemente quedaría
expuesta en cualquier conflicto de alcance general.
Además,
el caso alemán resulta especialmente relevante porque hoy Berlín
atraviesa un proceso de rearme y de reconstrucción de una narrativa
orientada a recuperar centralidad política y liderazgo continental;
un proceso que, en términos contemporáneos, implica prepararse para
un eventual escenario de confrontación en el frente
oriental contra Rusia.
Lo
cierto es que, ya sea por desinterés, relajamiento moral, desmemoria
o temor al sambenito, sociedades tradicionalmente
comprometidas con el pacifismo militante como
la alemana han dejado de estarlo, al menos de manera masiva. Y eso,
de por sí, ya resulta lo suficientemente perturbador.
Desde
la llegada al poder del canciller Friedrich
Merz —guerrerista
declarado, rusófobo militante, atlantista fervoroso y ex directivo
de BlackRock—,
la
transformación de Alemania en un futuro proxy de
una confrontación directa contra Rusia ha dejado de parecer una
hipótesis lejana.
El proceso ya había comenzado bajo el gobierno del pusilánime Olaf
Scholz, con Berlín convertido en uno de los principales sostenes
materiales de la guerra en Ucrania, pero ahora se proyecta con una
nitidez inquietante sobre el horizonte inmediato.
Boris
Pistorius,
actual ministro de Defensa —también lo fue de Scholz—, repite
con insistencia que Alemania debe convertirse en “el
ejército convencional más fuerte de Europa”,
porque el país atraviesa un “cambio de paradigma” en el que “la
paz ya no puede darse por sentada”.
Desde la perspectiva de Berlín, su propio resurgir belicista
es exclusiva
responsabilidad de
Moscú: los documentos oficiales señalan a Rusia como “la
mayor y la más inmediata amenaza”
para la seguridad de Alemania y de la OTAN.
El
ministro de Defensa alemán Boris
Pistorius mantiene
una postura extremadamente dura frente a Rusia: ha defendido el
rearme alemán, el servicio militar obligatorio, el fortalecimiento
de la OTAN, el envío de apoyo militar a Ucrania y la necesidad de
prepararse para una guerra.
Aquellas
prometedoras reuniones en Riad y el supuesto “espíritu de
Anchorage” impulsado personalmente por Donald Trump no fueron más
que un intento fallido de Estados Unidos por resquebrajar la “amistad
sin límites” entre China y Rusia mediante promesas de acuerdos
económicos y eventuales repliegues estratégicos en Ucrania.
El
repliegue, en efecto, terminó produciéndose, aunque no del modo
anunciado: Estados
Unidos transfirió el peso del conflicto a las potencias europeas y
retrocedió algunos pasos,
dispuesto a observar desde una retaguardia cercana cómo el
continente vuelve a consumirse en sus propias tensiones.
Trump
parece apostar a una lógica eminentemente utilitaria: capitalizar
económicamente la guerramientras
el costo humano y material recae sobre otros. Se
trata de una estrategia que remite a ciertos patrones recurrentes de
la política exterior norteamericana durante la Primera y la Segunda
Guerra Mundial: intervenir de manera decisiva —y del lado vencedor—
solo cuando los contendientes ya se encuentran exhaustos o
severamente debilitados. El reciente anuncio de retirada de 5.000
tropas estadounidenses de Alemania se inscribe en ese sentido.
Alemania,
ansiosa por reafirmar su valor ante el aliado transatlántico y
posicionarse en el terreno europeo, parecería entrever en esta
coyuntura una oportunidad simultánea de expiación
y restauración: redimir
la mácula histórica del nazismo, saldar la humillación de la
fallida Operación Barbarroja y,
al mismo tiempo, reactivar
viejas pulsiones imperiales que
jamás desaparecieron del todo, sino que permanecían latentes bajo
décadas de contención ideológica.
La impronta
alemana en los países bálticos, los centroeuropeos y en Kiev, entra
en colisión con las ansias de protagonismo de Francia y Reino Unido,
con quien tienen una “sana competencia” por demostrar su valía.
Sin embargo, todos están unidos en su objetivo de “salvar Europa”
de las garras del oso ruso.
Los
máximos representantes de la llamada «Coalición de los Dispuestos»
—el primer ministro británico Keir Starmer, el canciller alemán
Friedrich Merz y el presidente francés Emmanuel Macron— reunidos
en 10 Downing Street, en Londres, junto al principal destinatario de
los fondos y del material militar occidental, el dirigente ucraniano
Volodimir Zelenski.
Curiosamente,
o quizás por el influjo germano, las voces que más se hacen oír en
pos de una futura guerra continental son la de los países
bálticos.
De hecho, la alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores
y Política de Seguridad es la estonia Kaja
Kallas y la presidenta de la Comisión Europea es la alemana Ursula
von der Leyen. Las continuas arengas de estas dos blondas
dirigentes contra
Putin y la necesidad
de detenerloantes
de que se fagocite toda Europa son
de emisión prácticamente semanal.
De
izquierda a derecha, Kaja Kallas y Ursula von der Leyen, alta
representante para Asuntos Externos y Seguridad, y presidente de la
Comisión Europea, respectivamente. Bajo la encantadora fineza
femenina de estas dos elegantes damas existe una implacable ferocidad
capaz de doblegar a cualquiera que las subestime.
Pero
no son las únicas: el letón Valdis
Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, es el
responsable de economía, productividad y regulación, siendo uno de
los principales supervisores económicos de la Comisión Europea,
mientras que el lituano Andrius
Kubilius, ocupa el cargo de comisario europeo de Defensa y
Espacio. [2]
El
resultado es una estructura bastante reveladora: Estonia
controla la política exterior de la UE, Letonia la economía y las
finanzas, y Lituania la defensa y el complejo
militar-industrial. Todos, comandados
por Alemania, quien preside la Comisión Europea y conforma los
comisariados.
¿Casualidad?
Ninguna. Se consolida dentro de la UE una política en favor del
rearme, donde Rusia debe
ser percibida,
no como una crisis temporal tras la cual sea posible volver a las
relaciones recíprocas, sino como una
amenaza estratégica permanente durante décadas.
Rusia
le da sentido a la Unión al crear un enemigo foráneo para mantener
la cohesión como
organismo burocrático y autocrático.
Y nada mejor que nombrar a los regímenes falsamente democráticos y
fanatizados de los bálticos como artífices del Frente
Oriental que
se promueve. No es casual tampoco que Finlandia y Polonia sean los
territorios donde más refuerzos y ejercicios se vienen sucediendo.
De hecho, aun están realizándose los ejercicios OTAN Saber
Strike 2026 (desde
el 27 de abril al 31 de mayo), con despliegues en… Polonia, países
bálticos y Finlandia. En este último caso, ¡hubo maniobras a 40
kilómetros de la frontera rusa, en los bosques fineses de Kuhmo!
Tanque
finés Leopard
2A4 de
origen alemán en maniobras en los bosques de Kuhmo, muy cerca de la
frontera rusa, en mayo de este año.
Es
por ello que estos personajes hacen exigencias absurdas con el mero
fin de tensar y continuar el antagonismo: actualmente, Kaja Kallas
plantea “conversar” con Rusia bajo condiciones delirantes, como
imponer la idea de “limitar los números y capacidades del ejército
ruso” o que Moscú renuncie previamente a “sus ocupaciones en
Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur”. Mientras ello ocurre,
prosiguen las sanciones permanentes —ya se viene la ronda 21—, el
aumento del gasto militar, la expansión de la OTAN, las nuevas bases
estadounidenses en Europa, el Acuerdo de Drones y la confrontación
prolongada en pos de una “Gran Guerra de Liberación” [Barbarroja
2.0].
Pero vamos a
los hechos concretos.
Los
acontecimientos de las últimas semanas aparecían envueltos en
sangre y en una audacia cada vez más imprudente por parte de Kiev.
Sus drones, ensamblados con tecnología israelí, turca y europea
—denunciados explícitamente por
el Kremlin—, ya no se limitaban a hostigar refinerías y
conglomerados urbanos dentro
de loscorredores
esperados:
ahora atravesaban también el
espacio aéreo polaco y báltico, con la obvia y silenciosa anuencia
de esos países, expandiendo así el perímetro del conflicto hacia
territorios cada vez más sensibles.
La
inmensidad de las distancias por cubrir, sumada a la saturación de
drones lanzados, vuelve sencillamente
inviable cualquier
defensa integral por parte de Rusia. La vulnerabilidad de su
amplísimo espacio aéreo se incrementa y, mientras eso ocurre, los
drones hacen blanco más asiduamente. El respaldo interno a Putin
comienza a erosionarse, al tiempo que crecen las voces reclamando
represalias cada vez más contundentes y sin
contemplaciones.
Serguéi
Karaganov,
influyente politólogo ruso, presidente honorario del Consejo de
Política Exterior y de Defensa y uno de los fundadores del
Club Valdai,
llegó incluso a sostener públicamente, durante una entrevista
en The
Tucker Carlson Show,
que el
empleo de armas nucleares podría ser necesario para
“devolver la razón” a las élites europeas; una deriva que,
según estimó, podría materializarse “en uno o dos años”. No
se trató de una insinuación abstracta: Alemania, Reino Unido y
Polonia aparecieron mencionados como los blancos posibles de
semejante escalada.
Por
el contrario, el ex primer ministro ruso Mijaíl Kasiánov,
actualmente en el exilio, sostiene que “Putin ya ha empezado a
darse cuenta de que está
perdiendo esta guerra” y que el esfuerzo de guerra europeo lo
llevará a la derrota.
Ya
para el 9 de mayo de 2026, durante el sobrio festejo [3] por
el 81.º aniversario de la derrota de la Alemania nazi (Día de
la Victoria), Zelenski emitió un decreto presidencial (N° 374/2026)
donde “permitió”
a Rusia llevar a cabo el desfile. Claramente era tanto una burla a la
incapacidad rusa de detener los ataques aéreos ucranianos como un
embuste, pues una tregua especial de tres días (del 9 al 11) había
sido pactada por rusos y estadounidenses. El mismísimo Trump
reconoció que la solicitó a Putin y a Zelenski y que ambos
estuvieron de acuerdo.
Algunos
notaron un tono preocupado en la habitualmente imperturbable mirada
del presidente Vladimir Putin. Por cierto, tiene motivos. La guerra
en Ucrania está empantanada, la economía rusa empieza a demostrar
algunas tensiones y todo el sistema ofensivo occidental está
montando una guerra al interior de Rusia contra blancos civiles e
infraestructurales.
El
presidente ruso Vladimir Putin aparece en las pantallas durante su
discurso por el 81.º aniversario frente a la banda militar. Nunca el
desfile militar por el Día de la Victoria estuvo tan “descafeinado”.
Poco
antes de su teatral decreto,
Zelenski había insinuado —como ya
lo hiciera en 2025 (véase «El
Desfile de la Victoria, la de ayer… y la de hoy»)—
la posibilidad de lanzar ataques con drones sobre Moscú, con el
propósito de sembrar caos y pánico en el corazón de Rusia. Moscú,
por su parte, advirtió que cualquier acción de esa naturaleza
provocaría una respuesta severa y proporcional.
La
retórica belicista de Zelenski parece no tener pausa. El mandatario
insiste en que Rusia estaría próxima
al agotamiento y,
sobre esa premisa, reclama apoyos cada vez mayores en todos los
frentes. Sus bríos se intensifican a medida que Estados Unidos
concentra crecientemente su atención en Medio Oriente y el
Indo-Pacífico, relegando el frente ucraniano a un segundo plano
estratégico.
Con
el explícito respaldo de Europa, ya no se conforma con los 90.000
millones de euros concedidos por la Unión Europea en préstamos sin
fondeo genuino, sino que ahora impulsa una
adhesión exprés al bloque.
Alemania,
quizá el actor más explícitamente
irresponsable en
este proceso —no olvidemos que sigue
siendo garante
de los protocolos de Minsk—, suscribe
abiertamente esa iniciativa,
a pesar de que Ucrania no satisface los criterios de adhesión
previstos en los tratados. Merz propone, al estilo BRICS, crear un
nuevo estatus, el de «miembro asociado»,
concebido especialmente para
el régimen marcial de Kiev.
Sin embargo,
la insistencia desbocada de Kiev en reclamar más apoyo, más armas y
más fondos —invocando una y otra vez el tributo de sangre pagado
en el campo de batalla— comienza a impacientar a Bruselas, donde el
discurso moral tropieza con los límites del cansancio político y
económico.
Quizás
por ello el ex humorista hace lo que mejor sabe hacer: extorsionar
a sus patrocinadores con
mostrarse como un «loquito suelto», capaz de llevar adelante una
Tercera Guerra Mundial por
su propia cuenta y cargo.
Cuando
ello ocurre, suele entrar en acción el Buró Nacional Anticorrupción
(NABU, por National
Anti-Corruption Bureau of Ukraine)
y la Fiscalía Especializada Anticorrupción (SAPO, por Specialized
Anti-Corruption Prosecutor’s Office),
instituciones creadas
y financiadas por programas de ayuda de Estados Unidos y la Unión
Europea.
No
resulta entonces casual que Andrii
Yermak haya
sido imputado en una causa por lavado de dinero entre los días 11 y
13 de mayo.
Además,
la detención de Yermak se produjo exactamente
la misma semana en
que la ex portavoz de Bankova,
Yulia Mendel, fue entrevistada por Tucker Carlson. Allí, Mendel
acusó a Yermak y a Zelenski de crear una dictadura, de consumir
drogas, de blanquear dinero y prolongar la guerra por puro beneficio
personal. Las indiscreciones de Mendel la han colocado en la lista
negra de asesinatos del
SBU.
Mendel
sostuvo que Zelenski y Yermak eran tan “simbióticos” como
caóticos y paranoides.
Yermak,
el íntimo asesor de Zelenski, que dimitió en noviembre de
2025 justo
después del
escandaloso intento del ejecutivo ucraniano y sus sirvientes de la
Duma por liberarse
del yugo de
NABU/SAPO — hablé de ello en «Algo
huele mal en Ucrania»—, tuvo que pagar 140 millones de grivnas
(unos 3,2 millones de dólares) para conseguir la libertad
condicional. La cifra es exorbitante pero evidentemente tiene
importantes aliados que pueden pagarla. Que se entienda: Yermak era
considerado la segunda persona más poderosa de Ucrania; acompañaba
a Zelenski en sus visitas a Estados Unidos y a capitales europeas.
Pero parece que esos mismos patrocinadores que los llenan de dinero
van descubriendo a
cuentagotas y
como correctivo
político la
fétida corrupción del régimen neonazi banderista (véase «Ucrania
“ahora” es corrupta»). Podríamos decir que, con esa elevada
fianza, ya empezó la confiscación de algunos de sus bienes.
Andrii
Yermak,
ex jefe de gabinete del presidente Zelenski, ha sido imputado por
blanqueo de capitales. Washington y Bruselas no ignoran estas
prácticas, pero parecen asumirlas como parte del costo político de
sostener a Kiev en medio de la confrontación geopolítica con Moscú:
una suerte de “comisión implícita” tolerada mientras el
alineamiento estratégico permanezca intacto. Ahora bien, cuando
existen signos de desobediencia, la SAPO/NABU “ajusta las
clavijas”. Cuentas offshore,
sociedades pantalla en paraísos fiscales e inversiones en los
Emiratos Árabes Unidos forman parte del ecosistema habitual de las
élites banderistas. Muchos altos funcionarios, además, mantienen
ciudadanías alternativas, residencias en el extranjero y redes
patrimoniales preparadas para una eventual salida rápida si el
escenario político o militar se deteriora.
De
todas maneras, Alemania
ya se prepara para asumir el rol de Ucrania,
que tiene serios problemas de agotamiento en el sostenimiento del
frente de batalla, y evidentes descarrilamientos en su dirigencia,
aunque sigue siendo aún demasiado
instrumental como
para abandonarla a su suerte.
Berlín
está aumentando su retórica belicosa incitando a la población a
prepararse para penurias y esfuerzos, a la vez brega por un servicio
militar obligatorio. El primer paso fue dado: la producción de
armamentos aumenta a pasos acelerados, y los hombres
de 17 a 45 no pueden salir libremente del país, sólo con
permisos especiales, en previsión de “contingencias inesperadas”.
Ya
para mayo de 2025, Alemania rompió un tabú al desplegarse fuera de
sus fronteras, puntualmente, en Lituania.
La Bundeswehr creó
para la ocasión una nueva brigada blindada, la Panzerbrigade
45.
Es una brigada permanente.
Merz exclamó ante el presidente lituano, Gitanas Nausėda:
Estamos
tomando la defensa del flanco oriental de
la OTAN en nuestras manos.
Alemania
está destinada a ser no solamente el “escudo ante Rusia” —las
maniobras Red
Storm Bravo lo
atestiguan—, sino el centro logístico de la OTAN, tal como lo
prevé el Plan
Operativo Alemania (OPLAN DEU), desde donde puedan
desplegarse hasta 800.000 soldados en el flanco oriental de la OTAN a
través de territorio alemán. Sí, se está preparando una Operación
Barbarroja 2.0, aunque ello resulte francamente descabellado en la
era nuclear.
De
izquierda a derecha, entre autoridades militares, se hallan el
ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, en canciller Friedrich
Merz, el presidente lituano, Gitanas Nausėda, y su ministra de
Defensa, Dovilė Šakalienė, en ocasión de la inauguración formal
de una brigada permanente alemana para el flanco oriental de la OTAN
en Vilna, Lituania, el jueves 22 de mayo de 2025.
Tropas
alemanas desplegadas en el puerto de Hamburgo durante los Ejercicios
«Red
Storm Bravo»
realizados del 25 al 27 de septiembre de 2025. Siendo uno de los
puertos más importantes de Europa, Hamburgo se transforma en un nodo
logístico para el sostén del “frente oriental”.
Ahora,
Alemania planea iniciar un gran proyecto conjunto de producción
de drones
de largo alcance (unos 1.500 kilómetros) con Ucrania.
Aunque nunca se confirmó el modelo exacto, probablemente se trate de
drones FP-1 y FP-2 desarrollados
por la empresa ucraniana Fire
Point,
capaces de recorrer hasta 1.600 kilómetros llevando una carga
explosiva considerable.
El
ministro alemán de Defensa, Boris
Pistorius,
estrecha la mano de su homólogo ucraniano, Mijailo
Fedórov,
tras la firma de un acuerdo para la producción de drones de largo
alcance destinados a atacar objetivos en profundidad dentro del
territorio ruso.
Este
episodio constituye una provocación particularmente
irritante.
Muchos recordarán que, hacia fines de 2024, durante los últimos
meses de la presidencia de Joe Biden, se desató un intenso debate en
torno a los “sistemas de largo alcance” que Kiev reclamaba a
Estados Unidos para atacar objetivos en
profundidad dentro
del territorio ruso.
En
aquel momento, se hablaba de los misiles MGM-140 ATACMS, con un
alcance de hasta 300 kilómetros. Zelenski deseaba sistemas incluso
con rango mayor para llevar a cabo su «Plan de Victoria». Los
declaraciones en el Kremlin entonces subieron
de tono amagando
con el uso del átomo como respuesta. Vladimir Putin sostuvo que
impactar sobre el interior de Rusia era una línea
roja.
Sin embargo, los ataques continuaron de todos modos, mediante
infiltraciones cada vez más audaces —como la osada Operación
Spiderweb— y el uso de drones “artesanales” de creciente
capacidad, además de misiles de crucero de diseño
británico-emiratí, como los FP-5
Flamingo,
con un alcance de hasta 3.000 kilómetros. Hablé de ello en «Plan
de Victoria, salto al vacío», «Rusia
piensa lo impensable», «El
que a hierro mata, a hierro muere» y «Putin
y su thriller psicológico».
La
temeridad ucraniana llegó al punto de lanzar una
incursión terrestre en la óblast de Kursk,
en un episodio casi surrealista que buscó, por un lado, capturar la
central nuclear de Kursk —un intento de extorsión de carácter
radiactivo— y, por otro, golpear el orgullo ruso en una región de
enorme peso simbólico: fue allí donde se libró la Batalla de
Kursk, una de las más decisivas de la Segunda Guerra Mundial, que
justamente abrió el camino del Ejército Rojo hacia Europa Oriental.
(Véase «Kursk
y Mongolia enlazan pasado con futuro» y «La
reconquista rusa de Kursk»)
Lo
cierto es que la cuestión de las armas de largo alcance —tan
presente durante la presidencia de Biden— nunca llegó a quedar
archivada. Ni siquiera el lanzamiento inaugural del misil balístico
hipersónico Oreshnik,
el 21 de noviembre de 2024, como represalia por un ataque con
misiles ATACMS y Storm
Shadow contra
las regiones de Kursk y Briansk, logró clausurar el debate. El
atrevimiento ucraniano al emplear armamento de alta letalidad contra
objetivos civiles implicaba, necesariamente, la anuencia de sus
aliados occidentales —particularmente Estados Unidos y Reino Unido—
para utilizar sistemas de alta precisión en ataques de profundidad
sobre territorio de la Rusia
Entonces
ocurrió la revelación del Oreshnik,
que implicaba tanto una declaración política como un acto de
intimidación. Era la respuesta rusa a la salida unilateral
estadounidense del Tratado INF. Pero evidentemente ello
no alteró la persistencia occidental.
No
se sabe la denominación técnica oficial ni tampoco existen
fotografías del ultrasecreto sistema Oreshnik.
Se cree que es una variante del misil RS-26
Rubezh,
un misil balístico capaz de transportar ojivas nucleares. Las
ojivas, sin embargo, parecen haber sido reemplazadas por una maqueta
no nuclear, provocando daños por la mera energía cinética. Una
manera particularmente creativa de sembrar el terror sin recurrir
explícitamente al recurso supremo del horror.
Con
el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca para ejercer su segunda
presidencia, pareció insinuarse una tenue brisa de cambio en el
horizonte internacional. El nuevo mandatario irrumpió con
estridencia en el tablero geopolítico: protagonizó
un áspero choque con Volodimir Zelenski en el Salón Oval,
mientras sostenía conversaciones telefónicas más o menos
periódicas con Vladimir Putin, como si intentara abrir una vía
paralela entre la confrontación y la diplomacia.
Todo
había comenzado con cierto
aire prometedor. La reunión de trabajo entre delegados rusos y
estadounidenses en Riad había dejado la sensación de un
acercamiento posible, una antesala que conduciría, tiempo después,
hasta la cumbre
de Anchorage, en Alaska. Sin embargo, aquellas expectativas de
desescalada y entendimiento que la Administración Trump había
alimentado, comenzaron, lenta pero inexorablemente, a desvanecerse en
una atmósfera de desencanto, sin que mediara una razón única,
visible o definitiva que explicara semejante viraje.
La
intención de alcanzar un acuerdo estratégico con Moscú —y aquí
insisto con mi óptica personal, convencido de que el objetivo último
y subyacente consistía en fracturar
la alianza sino-rusa—
terminó evaporándose. Washington comenzó entonces a mostrarse cada
vez más dubitativo y, al mismo tiempo, más beligerante. La riesgosa
«Operación
Spiderweb», de hecho, difícilmente podría haberse ejecutado
sin el engranaje de inteligencia asociado al llamado Deep
State,
aun cuando Trump optó por sostener una calculada “negación
plausible”, argumento que Moscú aceptó —o fingió aceptar—
con estudiada frialdad.
Persistía,
además, una diferencia esencial e irreconciliable acerca del camino
hacia la paz. Estados Unidos insistía en la necesidad de establecer
primero una tregua para
“comenzar a hablar”; Rusia, en cambio, reclamaba
abordar las “causas fundamentales” del conflicto:
la desnazificación y desmilitarización de Ucrania, la revisión de
las sucesivas ampliaciones de la OTAN y el principio de seguridad
indivisible. Así, las negociaciones quedaron suspendidas en un punto
muerto, inmóviles.
El
escenario cambió nuevamente cuando Trump consiguió que los
miembros europeos de la OTAN aceptaran elevar su aporte militar hasta
el 5 % del PIB durante
la Cumbre
de La Haya. Aquello
constituyó una prueba inequívoca de que el frente ucraniano
comenzaba a ser delegado a Europa,
bajo la conducción del eje Londres-Berlín-París, mientras
Washington permanecía en una suerte de segunda línea estratégica.
Vale
decir: frente a lo que ha percibido como un revés político —en
línea con la creciente interrelación entre Moscú y Beijing y la
progresiva convergencia producto de la «Declaración Conjunta sobre
la Nueva Era y el Desarrollo Sustentable Global»—, Washington puso
sobre la mesa el principal temor ruso: las
armas occidentales de penetración y largo alcance.
Finalmente
no suministró los peligrosos Tomahawk debido
a múltiples factores: (1) Rusia alegó que no podía discernir si
esos misiles tenían cabezas nucleares o convencionales, por lo que,
según su doctrina, tenía que responder nuclearmente de
manera necesaria; (2) Trump alegó que los necesitaba para su propio
arsenal, quizás, previendo el ataque a Irán (Epic
Fury,
a partir del 28 de febrero de 2026) y (3) Rusia insistió en que
tenía voluntad de negociar una salida pacífica al conflicto.
No
obstante, el tremendo esfuerzo de diseño, fabricación y puesta en
servicio de gran cantidad de drones europeos de
largo alcance con
destino a Ucrania es innegable. La «Alianza
UE-Ucrania de Drones» ya ha surgido como un espacio
donde empresas,
expertos y usuarios colaboran
para impulsar esta tecnología.
A
eso se suma la reciente colaboración de la tenebrosa empresa
tecnológica estadounidense fundada por la CIA Palantir
Technologies, especializada
en análisis de datos, inteligencia artificial y plataformas de
integración de información — comandada por el trinomio Peter
Thiel, Alex Karp y Stephen Cohen — con el régimen de Kiev para
reforzar los sectores de defensa/tecnología. Esta empresa ha firmado
contratos de exclusividad con el Departamento de Defensa
estadounidense, lo que implica, en los hechos, un apoyo sustancial de
Washington a la nueva y agresiva estrategia “ucraniana” contra
Rusia, destinada a batir objetivos de todo tipo dentro de sus
fronteras.
Ya
para junio de 2022, apenas comenzó la guerra, Alex Karp, CEO
de Palantir,
se reunió con el presidente ucraniano Volodimir Zelenski.
Extiendo
aún más la peligrosidad de esta compañía y sus implicancias
filosofico-políticas: la nueva “guerra global” solo tendrá (o
ya tiene) como nominales a los Estados-nación y como verdaderos
protagonistas a
empresas privadas que controlan datos sobre poblaciones, gobiernos y
sus fuerzas económicas y militares, convirtiendo
aún más la gobernanza estatal en regímenes títeres al servicio de
unaplutocracia
globalista sin Estado.
Será
por eso que la reacción rusa fue demostrar que «su Estado» tiene
la potestad de convertir en polvo la materia y el sonido en silencio:
la tercera prueba del misil balístico intercontinental RS28
Sarmat 2 tuvo
lugar el día 12 de mayo de 2026 — tras los ensayos del 29 de marzo
de 2018 y 20 de abril de 2022— y se anunció que entrará en
servicio activo para fin de año. Esto ocurría justo un día antes
de que Trump visitara a Xi Jinping en China y mientras Tulsi Gabbard
investigaba los más de 120 laboratorios biológicos secretos
estadounidenses en 30 países diferentes alrededor del globo (y eso
traerá consecuencias…).
La
vocera del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, María
Zajárova, visiblemente fastidiada, sostuvo que “la inspección de
los biolaboratorios en Ucrania por parte de EE. UU. es el primer paso
del reconocimiento del problema” a pesar de que Rusia denunció su
existencia incluso antes de la Operación Militar Especial.
Recuérdese que el teniente general Igor Kirillov, jefe de las Tropas
de Protección NBQ, fue asesinado en Moscú por el SBU mediante una
bomba tras aportar innumerables pruebas sobre estos laboratorios
(véase La
fase terrorista tomó nuevo impulso).
El
presidente ruso Vladimir Putin anunció la plena operatividad del
misil intercontinental con ojivas nucleares Sarmat
2 para
fin de año, luego de un periodo de pruebas que llevó 8 años.
Ucrania había
intensificado enormemente sus ataques contra refinerías, centros
urbanos y todo tipo de blanco de oportunidad. Lanzó cientos de
drones durante semanas enteras, especialmente, a través del
territorio de los Estados bálticos.
Esta
navegación indirecta hacia objetivos en Rusia, que implica llevar la
guerra entre Ucrania y Rusia al territorio de otros tres países
miembros de la OTAN, debería al menos provocar el scramble de
los cazas destinados allí por la Alianza o, mínimamente, una
contundente queja diplomática contra los banderistas de Kiev. Sin
embargo, nada de eso ocurrió. El silencio fue casi absoluto. Como si
el tránsito de drones armados a través del espacio aéreo de países
aliados no constituyera una vulneración de su soberanía ni un
riesgo potencial para sus propias poblaciones. Incluso, el secretario
general Mark Rutte hizo una verdadera pirueta en los razonamientos
lógicos:
El
«neerlandés sonriente» Mark Rutte posee una imaginación tan
fértil como puesta al servicio de un cinismo difícil de disimular.
El
19 de mayo, el representante permanente de Rusia ante el Consejo de
Seguridad de la ONU, Vasili Nevenzia, denunció específicamente que
Letonia ya
había permitido la
utilización de su propio territorio para el lanzamiento de drones,
no solamente como lugar de tránsito.
Vasili
Nebenzia declara en el Consejo de Seguridad que los servicios
secretos rusos ya se enteraron de la disponibilidad letona para
lanzar drones contra Rusia y que la membresía atlantista no los
librará de una respuesta adecuada.
La
noticia de la próxima operatividad del RS-28
Sarmat,
sumada a los furibundos ataques masivos de drones y a la información
de que la liliputiense Letonia
asumiría un rol beligerante activo del lado ucraniano, fue seguida,
casi de inmediato, por vastos
ejercicios nucleares conjuntos de Rusia y Bielorrusia,
iniciados el 19 y culminados el 21 de mayo: maniobras de enorme
escala concebidas para ensayar el despliegue y eventual uso de
fuerzas nucleares “ante una amenaza de agresión”.
Esos
ejercicios incluyeron el lanzamiento submarino de un misil balístico
intercontinental R-29RMU
Sineva,
el lanzamiento de un misil balístico intercontinental RS24
Yars desde
el cosmódromo Plesetsk (Kamchatka), el lanzamiento de un misil
balístico táctico Iskander-M desde
el polígono de Kapustin Yar y el lanzamiento de varios misiles
nucleares de crucero e hipersónicos Kinzhal desde
bombarderos Tu-95MS y cazas supersónicos MiG-31M, respectivamente.
No obstante,
Putin enfatizó que Rusia solo usaría armas nucleares en
circunstancias excepcionales y insistió en que no quiere verse
involucrado en una carrera armamentística nuclear.
En
videoconferencia, el presidente ruso Vladimir Putin toma la palabra
ante la atenta escucha del presidente bielorruso Alexander
Lukashenko, dando inicio a los ejercicios nucleares binacionales.
Conviene
recordar, además, que a partir del 30
de mayo de 2026 entrará
en vigor la ley que habilita
la movilización de
las Fuerzas Armadas rusas para
proteger a ciudadanos rusos arrestados, detenidos o perseguidos en el
extranjero, en una clara alusión a cualquier intento
de lawfare o
detenciones arbitrarias de ciudadanos rusos en el extranjero para
extorsionar al Kremlin. Entiéndase el vínculo: Moscú simplificó
la obtención de ciudadanía rusa para habitantes de Transnistria, a
los efectos de salvaguardarlos con la ley citada.
No
obstante, este también podría ser el
paso previo de
Moscú para intentar tomar Odesa y enlazarla territorialmente con
Transnistria, cerrando todo el sur de Ucrania. Al permitir que
transnistrios y gagaúzos accedan a la ciudadanía rusa mediante un
simple formulario, y garantizar su seguridad a través de sus propias
fuerzas armadas, Rusia avanzaría hacia un reconocimiento de facto de
ese territorio como parte de su esfera soberana.
Transnistria
es un territorio separatista situado
entre el río Dniéster —no confundir con el Dniéper, aunque ambos
desembocan en el mar Negro— y la frontera con Ucrania. Si bien la
comunidad internacional la reconoce como parte de Moldavia, permanece
bajo control de autoridades prorrusas
desde
comienzos de los años noventa y continúa resguardado por efectivos
del antiguo 14.º Ejército soviético, hoy reorganizado bajo la
denominación de Grupo Operativo de Fuerzas Rusas.
La
increíble anomalía de Transnistria. Población heterogénea, pero
una decisión política fuerte de sostener la idiosincrasia soviética
y adherirse a la Rusia de Putin.
En
septiembre de 2006, las autoridades transnistrias organizaron
un referéndum en
el que más del 95 % de los votantes se pronunció a favor
de independizarse
definitivamente de Moldavia y avanzar hacia una eventual
incorporación a la Federación Rusa.
Moscú, sin embargo, evitó respaldar abiertamente esa aspiración.
Años
más tarde, tras la anexión de Crimea en 2014, dirigentes
transnistrios reiteraron su pedido de integración a Rusia, pero
solicitaron el consentimiento del Kremlim, quien evitó la cuestión:
Transnistria carece de frontera directa con territorio ruso —aunque
limita tanto con Ucrania como con la Moldavia proatlantista de Maia
Sandu— y cualquier reconocimiento explícito o intento de
anexión habría dejado al enclave en una posición extremadamente
vulnerable.
A la vez, el
ministro de Asuntos Exteriores lituano, Kęstutis Budrys, declaró:
Nosotros,
Lituania y los países bálticos, debemos desmentir estos mitos sobre
nuestra incapacidad para defendernos. El problema no está en el
corredor de Suwalki, sino en las capacidades que existen en
Kaliningrado…
El
mensaje es: sabemos qué hacer y no dudamos: actuaremos cuando sea
necesario. Lo más importante es la disuasión, porque la disuasión
garantiza la paz.
El ministro
de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, se hizo eco de esta
declaración, y con un juego de palabras, minimizó la soberbia del
lituano diciéndole que ellos “simplemente existen” (o sea, “no
piensan”).
Serguéi
Lavrov minimiza la belicosidad de los chihuahuas bálticos. No
obstante, detrás de estas declaraciones está el apoyo del eje
Berlín-Londres-París, y más allá, en segunda línea, el de
Washington.
El
22 de mayo a la madrugada, sin embargo, el escamoteo dialéctico dio
lugar a un hecho absolutamente dramático: subiendo la apuesta
provocativa, Kiev lanzó un ataque con drones contra una residencia
estudiantil en Starobelsk, Lugansk, asesinando a 21
adolescentes que dormían en su interior. Ucrania no negó el ataque,
pero dijo que desde allí operaba la unidad de drones «Rubicón» de
los rusos. Rusia, por su parte, presentó el ataque como una masacre
deliberada contra civiles.
El presidente Putin lo calificó de “ataque terrorista” —lo
cual no suena para nada imaginario, pues Kiev ha incurrido en esa
metodología en varias oportunidades—, y ordenó preparar
represalias, promoviendo una sesión de emergencia del Consejo de
Seguridad de la ONU. (Véase «La
fase terrorista tomó nuevo impulso»)
Visiblemente
compungido, Putin describe el ataque en el Kremlin a horas de
sucedido —aun no se sabía el número de víctimas fatales — y
comprende que está en la antesala de una guerra total sin cuartel.
Resulta
tan desconcertante como digno de estudio el hecho de que ucranianos,
israelíes y estadounidenses —unidos, a mi juicio, por un
mismo hilo
ideológico conductor—
parezcan asumir como tolerable, e incluso preferible, la muerte de
niños y adolescentes cuando ello les permite infligir el máximo
daño posible. Se trata de una lógica que se escinde de todo límite
ético y moral.
Con un
macabro sentido de la oportunidad, el primer ministro sueco Ulf
Kristersson afirmó ese mismo día que Occidente debe ayudar a
Ucrania a dirigir sus ataques “en la dirección correcta” (Rusia)
dado que algunos drones ucranianos habían caído en los países
bálticos involuntariamente.
La
infamia del acto, más el cóctel de declaraciones de los belicistas
europeos y su jactancia triunfalista, provocó un auténtico
cambio de ánimo en
el Kremlin, cada vez más convencido que tendrá que escalar,
incluso, previendo el ataque sobre los países bálticos, Polonia, e
incluso, hasta Alemania. La situación es gravísima.
Así
las cosas, el 24 de mayo, Rusia desplegó más de 600
drones y aproximadamente 90 misiles (de
crucero y algunos hipersónicos Kinzhal)
contra objetivos en Kiev y zonas cercanas, en uno
de los bombardeos más intensos que ha sufrido la capital ucraniana
desde el inicio de la guerra.
Se utilizó, asimismo, y por tercera vez, un misil balístico
hipersónico Oreshnik contra
el aeródromo/planta de reparación de aeronaves en Bélaya Tserkov,
lo que confirma nuevamente el uso operativo de esta plataforma de
última generación.
Quizás esta
sea la última advertencia de Rusia a los europeos antes de que
lluevan misiles y drones sobre sus propias cabezas. Pero dudo que los
supremacistas europeos tengan la habilidad de comprender los mensajes
rusos.
El
25 de mayo, Lavrov, actuando bajo instrucciones del presidente Putin,
notificó formalmente al
secretario de Estado estadounidense Marco Rubio que las Fuerzas
Armadas rusas lanzarán ahora “ataques sistemáticos y sostenidos”
contra instalaciones y centros
de toma de decisiones en
Kiev, aconsejándole que “aseguren la evacuación de su personal
diplomático y otros ciudadanos de la capital de Ucrania”. Eso
significa que Rusia va a devastar Kiev. Quien quiera oír que oiga.
Como nota de
color: el 22 de mayo Tulsi Gabbard renunció a su cargo como
Directora de Inteligencia Nacional para apoyar a su esposo en su
lucha contra el cáncer. Por más loable que suene su decisión,
resulta increíble que una semana antes la misma persona estaba
dispuesta a investigar los laboratorios biológicos estadounidenses
en Ucrania. Raro…
En
definitiva, Europa parece avanzar hacia una zona de peligro histórico
bajo una combinación particularmente inquietante: rearme
acelerado, sociedades desmovilizadas, élites políticas
crecientemente belicistas y una progresiva banalización del riesgo
nuclear.
El continente que alguna vez hizo de la memoria de sus tragedias una
doctrina política de contención hoy comienza a desprenderse, casi
con indiferencia, de aquellos reflejos de supervivencia que marcaron
la segunda mitad del siglo XX.
La
guerra en Ucrania ha dejado de ser un conflicto estrictamente
regional para transformarse en el punto de condensación de una
disputa sistémica mucho más amplia, donde convergen rivalidades
geopolíticas, pulsiones imperiales, intereses tecnológicos privados
y estrategias de desgaste entre grandes potencias. Y precisamente
allí reside el aspecto más perturbador del escenario actual: la
sensación de que todos los actores continúan escalando bajo la
presunción de que el adversario finalmente retrocederá antes del
abismo.
Pero
la historia europea enseña otra cosa. Enseña que las guerras de
gran magnitud rara vez fueron producto de una decisión única y
plenamente racional, sino más bien el resultado acumulativo
de provocaciones,
errores de cálculo, humillaciones mutuas, automatismos militares y
dirigencias incapaces de detener dinámicas que ellas mismas ayudaron
a desencadenar.
La
diferencia es que, esta vez, el continente ya no se encuentra bajo la
amenaza de ejércitos convencionales únicamente.
La sombra que vuelve a proyectarse sobre Europa es la del átomo. Y
mientras las poblaciones permanecen anestesiadas entre propaganda,
polarización y fatiga moral, el lenguaje de los misiles, las
doctrinas nucleares y las represalias preventivas comienza a ocupar
nuevamente el centro de la escena estratégica.
Quizás lo
más alarmante no sea solamente la posibilidad de una guerra
continental, sino la naturalidad con la que esa posibilidad empieza a
ser aceptada.
Actualmente, la
OTAN ha atravesado diez oleadas de expansión.
La alianza fue fundada en 1949 con doce miembros originales: Estados
Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, Portugal,
Países Bajos, Islandia, Noruega, Luxemburgo y Dinamarca. La
primera expansión tuvo lugar en 1952, con el ingreso
de Grecia y Turquía.
La segunda se produjo en 1955, con la incorporación de Alemania
Occidental,
hecho que desencadenó a la creación del Pacto de Varsovia. La
tercera expansión ocurrió en 1982, cuando ingresó España. La
cuarta oleada se produjo tras el fin de la Guerra Fría y la
desaparición de la Unión Soviética. En 1999 ingresaron Polonia,
Hungría y República
Checa,
todos antiguos integrantes del bloque socialista y del Pacto de
Varsovia. La quinta expansión tuvo lugar en 2004 e incorporó
a Estonia,
Letonia, Lituania, Rumania, Bulgaria, Eslovaquia y Eslovenia.
La incorporación de las repúblicas bálticas fue especialmente
sensible para Rusia. La sexta expansión se concretó en 2009,
con el ingreso de Albania y Croacia.
La séptima tuvo lugar en 2017, con la adhesión de Montenegro.
En 2020 se produjo la octava expansión, mediante el ingreso
de Macedonia
del Norte. La
novena expansión estuvo vinculada al nuevo escenario de seguridad
generado por la guerra ruso-ucraniana y ocurrió en 2023, con la
incorporación de Finlandia.
Finalmente, en 2024 se concretó la décima oleada, con el ingreso
de Suecia. Con
estas ampliaciones, la OTAN alcanzó un total de 32
Estados miembros. ↩︎
El Colegio
de Comisarios es
el máximo órgano colegiado político y de decisión de la Comisión
Europea, formado por el presidente de la Comisión (Ursula von der
Leyen), así como por los 26 comisarios , incluyendo a los
vicepresidentes. El Colegio de Comisarios puede equipararse
esquemáticamente a los Consejos de Ministros o gabinetes ejecutivos
nacionales. ↩︎
El
desfile transcurrió desprovisto de material pesado: sólo columnas
de tropas marchando con solemne marcialidad. La ausencia de
blindados y sistemas de combate fue justificada oficialmente bajo el
argumento de que ese equipamiento resultaba indispensable en el
frente. ↩︎
La Iniciativa
de Gobernanza Global es
una propuesta impulsada por Xi Jinping dentro de la estrategia
diplomática de China para reformar el orden internacional
contemporáneo. Su idea central es que el sistema global —construido
en gran medida bajo liderazgo occidental después de la Segunda
Guerra Mundial— debe transformarse hacia un modelo “más
multipolar”, donde las potencias emergentes tengan mayor peso
político, económico y estratégico. Beijing sostiene que las
instituciones actuales reflejan intereses occidentales y,
especialmente, estadounidenses. La iniciativa suele apoyarse en
varios principios recurrentes: Multipolaridad: rechazo
a la hegemonía de una sola potencia. Soberanía
estatal: oposición
a intervenciones externas en asuntos internos. Seguridad
indivisible: concepto
según el cual ningún país debería fortalecer su seguridad
perjudicando la de otro (una idea que Rusia utiliza mucho respecto
de la OTAN). Cooperación
Sur-Sur: fortalecimiento
de vínculos entre países en desarrollo. Reforma
institucional: mayor
protagonismo para organismos y bloques alternativos a Occidente,
como la Organización de Cooperación de Shanghái o los BRICS. En
términos prácticos, esta visión se conecta con otras iniciativas
chinas más conocidas: la Iniciativa
de la Franja y la Ruta,
la Iniciativa
de Seguridad Global,
la Iniciativa
de Desarrollo Global,
y la idea de una “comunidad de destino compartido para la
humanidad”. Desde la óptica occidental, especialmente en
Estados Unidos y parte de OTAN, estas propuestas suelen
interpretarse como intentos de China de construir un orden
internacional alternativo que reduzca la influencia estadounidense.