miércoles, 11 de marzo de 2026

Volver a tener razón y fuerza

Marzo del 2026

Me identifico con el análisis aunque hecho de menos la alternativa concreta a las deficiencias del movimiento comunista en España, no solo por parte del PCE, sino también del conjunto de los destacamentos comunistas españoles y del grueso del marxismo occidental, que en su práctica han abandonado la lucha económica por la batalla política y cultural institucional en las superestructuras del estado. Por todos es sabido que desde mediados de los años setenta el eurocomunismo mayoritario en el movimiento obrero español y europeo, rompió con la línea política de trabajo en las organizaciones de masas de la clase trabajadora y con la estructura organizativa adecuada para ello de las células de centro de trabajo, sector, barrio o pueblo, quedando todavía algún rescoldo a rescatar en los estatutos del PCE, en la obligación de de participar en alguna organización de masas para ser militante; de ahí que lo principal de la estrategia sea el analítico de la situación y las propuestas alternativas para la acción institucional, mientras la realidad social de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera olvidada, bajo la asunción ideológica de la democracia delegada y el acuerdo o pacto con la clase dominante por el eurocomunismo o por sectarismo doctrinario, por parte de los sectores extraparlamentarios de no mezclarse con la socialdemocracia y el reformismo, dejando así el movimiento obrero organizado allá donde trabajamos, vivimos o estudiamos en manos de la burocracia reformista y el pacto social avanzando la desideologización de nuestra clase. No hay tenemos otra salida que recuperar la línea política de masas perdida de trabajo en las organizaciones de base de la clase trabajadora, ni hay otra manera de lograr la hegemonía en su seno para recuperar la movilización en la calle como soporte de la correlación de fuerzas y la defensa de nuestro derecho a la emancipación. Nota de Alonso Gallardo 

                 Julio Casas                            

El conflicto entre capital y trabajo, eje histórico de la izquierda, ha sido reemplazado por una suma de debates fragmentados que raramente cuestionan las estructuras económicas. Se habla de derechos sin hablar de propiedad, de diversidad sin hablar de clase, de inclusión sin hablar de explotación. El lenguaje se ha vuelto sofisticado, pero el contenido se ha vaciado. Mientras tanto, los salarios pierden poder adquisitivo, la vivienda se convierte en un lujo y la precariedad deja de ser una excepción para convertirse en norma.

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La izquierda europea no atraviesa únicamente una crisis de representación ni un ciclo adverso de resultados electorales. Vive una crisis histórica de proyecto. Durante décadas fue referencia para las clases trabajadoras porque supo nombrar los conflictos reales de la sociedad, identificar a los responsables y ofrecer un horizonte de transformación. Hoy, en gran medida, ha dejado de hacerlo. No por incapacidad técnica, sino por renuncia política. Renuncia al análisis material de la realidad, a la centralidad del trabajo y a la idea misma de conflicto social como motor del cambio. Allí donde antes había voluntad de transformación, hoy domina la adaptación.

Este proceso no es neutro ni inevitable. Tiene responsables, decisiones concretas y consecuencias visibles. La izquierda institucional ha ido abandonando el terreno de la economía política para refugiarse en una gestión moral del discurso público. Ha sustituido la organización de mayorías sociales por la administración de consensos débiles. Ha cambiado la ambición de cambiar la vida por la obsesión de no incomodar al poder. El resultado es una izquierda que habla mucho, pero decide poco; que gestiona, pero no transforma; que ocupa instituciones, pero no construye poder popular.

Aquí, en el reino de España, esta deriva se ha manifestado con especial crudeza. Partidos que nacieron del movimiento obrero o de la contestación social han terminado integrados en un régimen económico y político que reproduce desigualdad, precariedad y dependencia. Se ha aceptado como límite infranqueable lo que solo debería haber sido un punto de partida: el marco neoliberal europeo, la disciplina de los mercados, la subordinación geopolítica y la mercantilización de derechos básicos. Así, la izquierda ha pasado de ser una herramienta de emancipación a convertirse, en demasiadas ocasiones, en un gestor amable del mismo orden que empobrece a la mayoría.

Durante el siglo XX, con todas sus contradicciones, la izquierda europea fue fuerte porque estaba enraizada en la vida material de la gente común. Nació en las fábricas, en los tajos, en los barrios obreros, en las luchas por el pan, la vivienda y la dignidad. Su fuerza no residía solo en sus ideas, sino en su capacidad para organizar intereses colectivos y convertirlos en poder político. Ese vínculo se ha ido rompiendo. La izquierda se ha desplazado social y culturalmente hacia capas medias urbanas, altamente escolarizadas, cada vez más alejadas de las condiciones de vida de la mayoría trabajadora.

Este desplazamiento ha tenido efectos profundos. El conflicto entre capital y trabajo, eje histórico de la izquierda, ha sido reemplazado por una suma de debates fragmentados que raramente cuestionan las estructuras económicas. Se habla de derechos sin hablar de propiedad, de diversidad sin hablar de clase, de inclusión sin hablar de explotación. El lenguaje se ha vuelto sofisticado, pero el contenido se ha vaciado. Mientras tanto, los salarios pierden poder adquisitivo, la vivienda se convierte en un lujo y la precariedad deja de ser una excepción para convertirse en norma.

Una izquierda transformadora no puede permitir este divorcio entre discurso y realidad. No puede limitarse a gestionar símbolos mientras la vida material empeora. No puede conformarse con pequeñas reformas que no alteran las relaciones de poder. Gobernar sin tocar intereses estratégicos no es gobernar para la mayoría; es administrar la derrota. El problema de la vivienda es el ejemplo más claro. No faltan diagnósticos ni declaraciones, falta decisión política para enfrentar al rentismo, a los fondos de inversión y a la lógica especulativa que convierte un derecho básico en mercancía.

Algo similar ocurre con el mundo rural, con agricultores, ganaderos, pescadores o pequeños comerciantes. Sectores enteros están siendo sacrificados en nombre de una globalización diseñada para las grandes corporaciones. La izquierda institucional ha sido incapaz de ofrecerles una salida porque ha asumido como intocable el marco que los destruye. Peor aún, en ocasiones los ha tratado como un residuo del pasado, sin entender que sin soberanía productiva no hay soberanía política.

La consecuencia de todo esto es una desafección creciente. Amplios sectores de la clase trabajadora ya no se reconocen en la izquierda. No porque se hayan vuelto reaccionarios, sino porque se sienten abandonados. Parte de ese malestar se traduce en abstención; otra parte es capturada por derechas extremas que, con discursos falsamente antisistema, prometen protección, orden y pertenencia. La izquierda no puede limitarse a denunciar este fenómeno: debe preguntarse por qué ha dejado ese espacio libre.

En el plano internacional, la renuncia es aún más evidente. La izquierda europea ha abandonado el antiimperialismo como principio político. Ha asumido sin demasiada resistencia el marco atlantista, confundiendo alineamiento con responsabilidad y subordinación con realismo. Ha renunciado a una política exterior soberana y ha sustituido el internacionalismo por un moralismo selectivo que siempre apunta en la misma dirección. La izquierda transformadora no puede aceptar un orden mundial basado en la dominación, la guerra y el saqueo, aunque se vista de democracia liberal.

Sin soberanía no hay transformación posible. Ni soberanía económica, ni energética, ni política, ni cultural. La izquierda que renuncia a disputar estos terrenos se condena a la irrelevancia. Recuperar una perspectiva antiimperialista no es un gesto retórico: es una condición material para poder decidir sobre salarios, industria, servicios públicos y modelo productivo. No hay redistribución posible en un país que no controla los resortes básicos de su economía.

Frente a este panorama, no basta con la crítica. Una izquierda transformadora debe volver a plantear un proyecto claro, comprensible y material. Debe hablar de vivienda, de trabajo, de salarios, de precios, de servicios públicos, de soberanía productiva. Debe hacerlo sin complejos y sin pedir permiso. Debe reconstruir organización, no solo discurso; poder social, no solo presencia mediática. Y debe hacerlo desde abajo, reconectando con la clase trabajadora real, diversa y concreta, no con una abstracción idealizada.

Esto no implica nostalgia ni repetición mecánica del pasado. Implica recuperar lo esencial y actualizarlo. Análisis de clase, centralidad del trabajo, redistribución de la riqueza, planificación democrática de sectores estratégicos, soberanía popular y solidaridad internacional entre pueblos. Implica entender que sin conflicto no hay cambio y que sin mayoría social no hay transformación duradera.

Existen hoy experiencias incipientes que apuntan en esta dirección. Son frágiles, minoritarias, pero indican que el espacio existe. Lo decisivo no es su forma concreta, sino la orientación: volver a poner la economía política en el centro, volver a hablar el lenguaje de las necesidades reales, volver a construir poder para cambiar las cosas. No como ejercicio testimonial, sino como proyecto de gobierno y de país.

El tiempo es limitado. La alternativa a una izquierda transformadora no es el centro moderado, sino una derecha cada vez más autoritaria, más agresiva y más subordinada al capital global. La historia no espera. La clase trabajadora no está derrotada, pero sí cansada de promesas vacías. Espera algo simple y radical a la vez: una fuerza política que no le tenga miedo al poder y que esté dispuesta a usarlo para transformar la realidad. Esa es la tarea. No es fácil, pero es necesaria. Y, sobre todo, es posible.


martes, 10 de marzo de 2026

EEUU declara la Tercera Guerra Mundial


 EE.UU., ASIA, EUROPA :: 26/02/2026

ENRICO TOMASELLI

Un año después de la investidura de Trump, el bando neoconservador ha completado la marginación del bando MAGA y ha regresado plenamente a la idea de «paz a través de la fuerza»

Al igual que la Conferencia de Múnich de 1938, en otros aspectos, la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 podría ser el preludio de la III Guerra Mundial. El discurso de Marco Rubio —no por casualidad, el verdadero deus ex machina de la política exterior estadounidense— es, de hecho, nada más y nada menos que una declaración de guerra del imperio estadounidense contra el resto del mundo.

Aunque se pronunció en un tono mucho más melifluo que el de J.D. Vance el año pasado, el contenido de su discurso es extremadamente violento; y si Vance había venido a reprender a los europeos, injustamente (pero no del todo) acusados de ser un peso muerto para EEUU, Rubio ha venido a lanzar un doble desafío: a los europeos, a quienes esencialmente les dijo que o eligen ponerse del lado de Washington en su cruzada o estarán en contra, y a todo el mundo no occidental, a quienes dice que rediseñarán todo el orden global —obviamente a su medida y gusto— y que así será, les guste o no.

En esencia, Rubio está reviviendo la idea del destino manifiesto, propuesta por primera vez por O'Sullivan en 1845. Esta es, en última instancia, la base ideal sobre la que los neoconservadores construirán más tarde todas sus estrategias para la dominación estadounidense. El Secretario de Estado, quizás la figura neo- conservadora más poderosa de la historia de EEUU, está masticando y escupiendo como chicle, adaptándola a la situación actual.

La única innovación real, en cierto sentido, es la inversión de la posición de Vance: del desprecio por los europeos a la afirmación de una presunta, si no completamente inexistente, civilización occidental que une a las dos orillas del Atlántico. La referencia a una épica de colonización occidental, claramente vista desde la perspectiva de la conquista occidental, se traduce en un intento de ennoblecer las reivindicaciones hegemónicas estadounidenses y de reclutar ayudantes europeos invocando un pasado falsamente compartido.

Y esto, en sí mismo, es una manera de definir los términos de la relación imaginada en Washington entre Occidente y el resto del mundo.

La proclamada reivindicación hegemónica de Rubio, huelga decirlo, contrasta notablemente con todo lo que ocurre en el mundo actual; es una descarada reedición del imperialismo europeo (esta vez con kétchup) en oposición a cualquier reivindicación de multilateralismo. Y, obviamente, se dirige principalmente a quienes se oponen a la dominación estadounidense y lideran el proceso hacia el multilateralismo. Por lo tanto, Rusia y China en primer lugar, pero también Irán. Aunque esta vocación dominante se disimula parcialmente en otros ámbitos, casi siempre son meros recursos tácticos, contorsiones verbales para camuflar la esencia hostil en una nube de palabras suaves. Como cuando Washington declara que no quiere contener a China, sino mantener una posición de fuerza.

Y es significativo, en cualquier caso, que esta declaración no sea una verdadera sorpresa, sino que, en cierto sentido, sea la culminación de una serie de hechos concretos que la prefiguraron. Así como no es tan sorprendente que se produzca un año después de la investidura de Trump, durante la cual el bando neo- conservador ha completado la marginación del bando MAGA, ha reconocido la imposibilidad de una flexibilización de las relaciones internacionales que salvaguardara los intereses estadounidenses —y tímidamente improvisada por el propio Trump— y ha regresado plenamente a la idea de «paz a través de la fuerza».

No es casualidad que la declaración de Rubio se produzca pocos días después de que Sergei Lavrov, en repetidas entrevistas, dejara claro el descontento de Rusia (por decirlo suavemente) con la conducta estadounidense, tanto en las relaciones bilaterales como en general. En cierto sentido, ambas declaraciones pueden interpretarse en secuencia, como si estuvieran vinculadas por una relación de causa y efecto: en esencia, Lavrov afirma que, a ojos de Moscú, el emperador está desnudo, que cualquier posible fiabilidad residual de Washington se ha evaporado y que Rusia ya no seguirá el juego.

El hecho de que Lavrov, y no el presidente Putin, diga esto es una forma de dejar clara la postura rusa con la máxima autoridad, dejando al mismo tiempo, aunque sea mínimo, un margen para evitar una ruptura. La respuesta de su homólogo estadounidense, por sutil que sea, es clara: somos nosotros quienes mandamos, somos nosotros quienes establecemos las reglas, somos los más fuertes y no tenemos miedo de serlo. No hay mediación posible, salvo en este marco. En la práctica, si se reconoce la supremacía estadounidense, se puede discutir; de lo contrario, no.

Si analizamos las acciones de EEUU durante el último año, ignorando el sensacionalismo de Trump sobre su vocación de pacificador y solucionador de conflictos, la esencia parece completamente distinta. Incluso dejando de lado los bombardeos dispersos aquí y allá (Irán, Somalia, Nigeria, Siria, Irak, Yemen, etc.), Washington nunca ha dejado de participar activamente en los principales conflictos —Ucrania y Palestina—, alimentando constantemente a sus aliados.

En particular, al intentar establecer un diálogo con Moscú, tanto para resolver el conflicto con Kiev como para restablecer las relaciones mutuas, no solo ha mantenido su apoyo diplomático, político, militar y de inteligencia al régimen ucraniano corrupto por los neonazis, sino que también ha continuado desarrollando acciones hostiles contra la Federación Rusa. No es casualidad que Zelenski haya podido —y aún lo hace— mantener posiciones que obstaculizan la conclusión de un acuerdo negociado, a sabiendas de que el apoyo estadounidense a la guerra no disminuirá; la única diferencia es que en el aspecto económico se ha subcontratado a vasallos europeos.

Si bien la fase inicial de la presidencia de Trump podría atribuirse al deseo de EEUU de desvincularse del conflicto en Ucrania, principalmente por razones económicas y para evitar las repercusiones políticas de una derrota militar de la OTAN, gradualmente se ha ido constatando que la estrategia estadounidense ha evolucionado —de Biden a Trump— a través de diferentes fases (conflicto, desvinculación, debilitamiento del enemigo mediante la guerra, debilitamiento mediante negociaciones), pero siempre con el mismo objetivo: debilitar al principal competidor militar, limitar su capacidad de intervención y reacción en otros frentes y, posiblemente, aislarlo.

Desde esta perspectiva, la fase de desvinculación comenzó cuando se comprendió que derrotar a Rusia se lograría mediante una acción conjunta en el campo de batalla, tanto diplomática como económicamente. Pero, al mismo tiempo, la desvinculación también se utilizó desde el principio para intentar frenar la acción militar rusa y, en general, para enredar la capacidad operativa de Moscú en las negociaciones. No es casualidad que Washington quisiera mantener juntas las negociaciones para el fin de la guerra y para la reapertura de las relaciones bilaterales, a pesar de que Moscú ofreció la opción de separarlas. Esto facilitó enredar a los rusos y complicar el proceso de negociación en ambas cuestiones.

A lo largo de ese período, que culminó en la reunión de Anchorage en agosto pasado, Trump intentó debilitar la determinación rusa en los asuntos fundamentales que habían determinado la Operación Militar Especial, obteniendo efectivamente algunas concesiones difíciles. Pero a cambio, esencialmente vendió humo, de ahí la irritación de Lavrov. Aunque las operaciones militares nunca se detuvieron, como hubieran deseado los ucranianos y los europeos, ciertamente no hubo aceleración por parte rusa, que de hecho dio algunas señales de buena voluntad.

Sin embargo, EEUU, mientras mantenía la farsa de las conversaciones con Zelensky y los vasallos de la OTAN, en realidad intensificó sus acciones hostiles. Se incrementaron las sanciones. Se anunciaron sanciones secundarias contra quienes compraran petróleo ruso (India). Se abrió la temporada de piratería, con la incautación de petroleros acusados de transportar petróleo crudo sancionado. La ayuda militar y de inteligencia a Kiev nunca ha cesado, excepto en la medida en que las reservas han disminuido (la UE acaba de anunciar que 15 000 millones de euros en armas estadounidenses, pagadas por los europeos, se transferirán a Ucrania en 2026). Y sobre todo se han desplegado acciones abiertamente hostiles.

Entre finales de diciembre y principios de enero, y ciertamente no por casualidad, se llevaron a cabo tres operaciones de alto nivel, todas ellas autorizadas seguramente por los dirigentes políticos, y al menos dos de las cuales ciertamente exigieron una amplia planificación.

El 28 de diciembre, Trump llamó a Putin antes de reunirse con Zelenski en Mar-a-Lago, y poco después de la llamada, 91 drones ucranianos intentaron atacar la residencia presidencial rusa en Valdái, y todos fueron derribados. La llamada permitió a la CIA localizar a Putin y, así —como demostraron posteriormente los rusos al entregar los restos de uno de los drones utilizados en el ataque—, determinar el rumbo de los drones ucranianos. Probablemente, la intención no era matarlo; sabían que el lugar estaría bien defendido y, de todos modos, no habrían usado drones, pero sin duda querían enviar un mensaje.

También el 28 de diciembre comenzaron las manifestaciones pro-occidentales en Irán, desencadenadas por la repentina caída del rial, provocada por la intervención estadounidense, como Bessent confirmó posteriormente. Sin embargo, las protestas comenzaron con menos intensidad de lo previsto, por lo que la transición a los enfrentamientos se produjo con mayor lentitud, comenzando solo el 7 de enero.

El 3 de enero, EEUU atacó a Venezuela y secuestro al presidente. Posteriormente, el general Dan Caine, al mando de la operación, anunció que esta se había pospuesto debido a las malas condiciones meteorológicas, pero que originalmente estaba programada para cuatro días antes, el 31 de diciembre.

En el espacio de tres días, EEUU llevó a cabo (directa o indirectamente) tres operaciones militares, en tres teatros diferentes, dirigidas contra el liderazgo ruso y dos países que son socios cercanos de Moscú.

Las dos operaciones más ambiciosas, contra Caracas y Teherán, con el cambio de régimen deseado demostrando ser imposible, han concluido, por ahora, con el secuestro del presidente venezolano y la imposición de un supuesto protectorado de facto sobre el petróleo de Venezuela, junto con la amenaza constante de un ataque militar contra Irán. Y, solo como repaso, el vicepresidente Vance visitó recientemente Armenia y Azerbaiyán, dos países centrales para Rusia e Irán, que EEUU está tratando de atraer a su órbita.

La ofensiva hostil contra Rusia es descaradamente obvia. Y resalta la continuidad entre la línea estratégica de la era Biden y la actual, asegurada, como se mencionó al principio, por el dominio de los neoconservadores dentro de la administración estadounidense. El adversario estratégico sigue siendo China, pero Rusia debe ser aniquilada o paralizada de alguna manera antes de que se pueda enfrentar a Beijing. Tanto para privar a los chinos del apoyo energético y militar ruso como para, siempre que sea posible, obtener acceso a algunos de los recursos rusos. Después de todo, Venezuela, Irán y Rusia representan la tríada energética clave de China, y por lo tanto controlar estos flujos de una forma u otra significa mantener a raya a Pekín.

Esta es también la única manera en que EEUU puede intentar limitar el desarrollo del poder chino, ya que la competencia está claramente perdida desde el principio. Eliminar a Rusia, por lo tanto, favorece el plan estratégico hegemónico delineado por Rubio. De una forma u otra, obtener el control del petróleo iraní. Desestabilizar a los países BRICS. Contrarrestar la penetración rusa y china, principalmente en Latinoamérica (pero también en África y el Ártico). Reorganizar Europa como un ejército colonial para presionar el frente occidental de la Federación Rusa. Y, sobre todo, obtener el máximo control posible sobre los recursos energéticos, ya que son la clave —o al menos la única clave— para evitar que China supere a EEUU antes de que se recupere (razón por la cual las fuerzas estadounidenses están desembarcando en Nigeria).

Todos estos son pasos extremadamente ambiciosos y extremadamente difíciles. Entre ellos y la abrumadora carga de la deuda pública estadounidense, el camino se estrecha para el liderazgo estadounidense. Y obviamente, también debido a la tradición nacional consolidada, la tentación de cortar el nudo gordiano con la espada es cada vez más fuerte.

El desafío de Rubio, por lo tanto, es en realidad una declaración de guerra al mundo entero, porque el mensaje es someterse o luchar. No habrá lugar para la neutralidad, y esto es especialmente cierto para los europeos. Y como evidentemente ni Moscú ni Pekín, y mucho menos Teherán o Pyongyang, están dispuestos a someterse, la famosa guerra mundial fragmentada está a punto de pasar a una nueva fase, en la que las diversas piezas comienzan a encajar. Los próximos cinco años nos retrotraerán a una época en la que la guerra será la norma y la paz la excepción. Al fin y al cabo, todo esto emana, en última instancia, de un grupo de fanáticos imperialistas que llevan décadas intentando afirmar la supremacía global de EEUU, y que hoy parecen haber retrocedido en el tiempo, imaginando un país que simplemente ya no existe.

Por ahora, la pelota ha recaído en Rusia, y ahora Moscú debe asumir la responsabilidad. Sin embargo, está jugando un juego diferente, uno que no implica eliminar ni subyugar al enemigo; los rusos saben que se necesita una visión a largo plazo y verdaderamente estratégica, y por eso les preocupa no solo la guerra, sino también la posguerra. Y por eso, para definirla, también se necesita a EEUU. Devueltos a la razón, de una forma u otra, pero ciertamente no desestabilizados.

Así que, tras la advertencia de Lavrov, no habrá ninguna ruptura. No provocarán un enfrentamiento frontal. Es una partida de ajedrez; hay que imaginar cinco o seis movimientos por delante, al menos, para entender el patrón. El Kremlin podría ahora elegir la jugada de un caballo.

sinistrainrete.info. Traducción: Carlos X. Blanco.


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/eeuu-declara-la-tercera-guerra-mundial

Cómo ganar y mantener el apoyo de las masas populares

Fuentes: Rebelión [Imagen: Manifestantes pidiendo la destitución de Dilma Rousseff y el encarcelamiento de
Lula ocuparon la céntrica Avenida Paulista (São Paulo) el 13 de marzo de 2026. Créditos: Rovena Rosa/Agência
Brasil]

En este artículo el autor reflexiona sobre las razones que explicarían el distanciamiento que las clases populares manifiestan con respecto al PT, que alega son de carácter político, principalmente relacionadas con el hecho de que esas mismas clases no perciben los logros sociales de los que se han beneficiado como conquistas.


En su discurso en el acto de celebración del 46.º aniversario del PT, Lula hizo alusiones críticas a la actuación de su partido en las últimas décadas. De los puntos por él mencionados, podemos destacar la drástica pérdida de influencia y relevancia sufrida por la agrupación en diversas regiones importantes.

A este respecto se mencionaron nominalmente los grandes centros obreros del ABCD (Santo André, São Bernardo, São Caetano y Diadema), las ciudades de Guarulhos, Campinas, Araraquara, etc., donde, de ser la principal y más pujante fuerza política, el PT ha pasado a desempeñar un papel mucho más limitado.

Podríamos añadir que, además de haber sido detectado en varias zonas geográficas, ese decaimiento también se observa claramente en el seno de la juventud. No hay dudas de que, hasta aproximadamente los primeros años de este siglo, ninguna otra organización o corriente política entusiasmaba tanto el imaginario de nuestros jóvenes. Hoy, sin embargo, la adhesión juvenil al PT está lejos de ser igual de apasionada.

Tras haber hecho esta constatación, debemos necesariamente intentar descubrir cuáles fueron los cambios ocurridos en nuestra sociedad que llevaron a muchos a alejarse del partido que antes gozaba de una simpatía mucho más amplia. Para complicar nuestro análisis, es preciso tener en cuenta que las mayorías populares, incluida casi la totalidad de nuestra juventud, obtuvieron avances significativos en relación con su nivel de vida en el período en que Lula y Dilma estuvieron al mando del gobierno federal.

Ante este escenario, hemos encontrado explicaciones simplistas, que atribuyen lo ocurrido a un sentimiento de ingratitud supuestamente inherente a gran parte de nuestro pueblo. No obstante, esta constatación también ha servido para agudizar un antiguo debate entre, por un lado, quienes argumentan que las motivaciones económicas juegan un papel decisivo en la lucha política en una determinada sociedad y, por otro, quienes defienden que los valores de índole moral ejercen más influencia en el comportamiento de las masas que los relacionados con factores económicos.

De mi parte, estoy convencido de que muchos de aquellos que se posicionan como adeptos de la segunda alternativa creen, de hecho, que la primera es la correcta. Explicando mejor esta aparente contradicción: estoy seguro de que muchos de quienes alegan que los valores morales son y deben ser tomados como prioritarios adoptan este posicionamiento exactamente por reconocer la mayor relevancia de las cuestiones económicas reales. Pero, como siento que aún no he sido entendido, intentaré aclarar este punto en las siguientes líneas.

Primero, hay que tener en cuenta que en sociedades constituidas por clases con intereses conflictivos, quienes hegemonizan el poder se esfuerzan en hacer que su ideología y sus valores específicos sean sentidos y acatados por el resto de la sociedad como si también les fueran propios. Por ello, cuanto mayor sea el control ejercido por los grupos dominantes sobre los instrumentos de formación ideológica y difusión comunicacional, tanto más factible les será llevar a cabo esta tarea de manera satisfactoria.

Así, aunque los teóricos que sirven conscientemente al gran capital saben muy bien que lo más importante y “sagrado” para el mantenimiento de los privilegios de los capitalistas es garantizarles que puedan seguir obteniendo grandes ganancias mediante la explotación del trabajo ajeno, se dedican a no permitirles a las clases sociales subordinadas que lleguen al mismo nivel de comprensión sobre este asunto. Y es el propósito de impedirles que alcancen tal conciencia lo que pauta su actuación.

Para tener un ejemplo bastante ilustrativo de lo que acabamos de decir, retrocedamos a 2018 y analicemos cómo los medios de comunicación corporativos y los demás órganos retransmisores del pensamiento de las clases dominantes abordaron la campaña electoral que llevó a un agente del neonazismo-bolsonarismo a la presidencia de la nación.

En aquella ocasión, se hizo todo para inducir a un expresivo número de personas con recursos limitados a dejar de lado demandas relacionadas con mejoras concretas del nivel de vida propio y de sus familiares (como mejores salarios, jornadas laborales más cortas, educación de mejor calidad para sus hijos, ampliación y mejora de la asistencia médica, etc.) para preocuparse por temas típicamente morales, como el temor a la instalación de baños unisex en escuelas y centros comerciales, así como la presencia de un supuesto kit-gay en el currículo escolar; es decir, cosas que absolutamente no aliviarían sus condiciones de penuria.

Sin embargo, debemos reconocer que no pocas personas de extracción humilde fueron convencidas a votar por el candidato neonazista-bolsonarista em función de tales absurdos.

Pero, incluso sectores sociales con condiciones económicas y nivel educativo más elevados suelen ser blanco de manipulación. En este sentido, los acontecimientos de junio de 2013 en Brasil ilustran bien cómo segmentos significativos de la clase media fueron alcanzados por la intensa campaña mediática anti-PT (Partido de los Trabajadores). En aquella ocasión, miles de ellos salieron a las calles en protesta contra la corrupción y, en el impulso del movimiento, se dispusieron a aceptar la privatización de nuestra empresa de petróleo (Petrobras), la entrega de los recursos del pre-sal a grupos extranjeros, así como la destrucción de nuestras grandes empresas de ingeniería. Al final de cuentas, todo eso terminaría deteriorando sus propias condiciones de vida, así como sus perspectivas de futuro.

En las dos situaciones presentadas, lo que hizo que las personas de los sectores más humildes y las de la clase media se comportaran políticamente en detrimento de sus propios intereses socioeconómicos fue el proceso de manipulación ideológica al que estuvieron sometidos por los órganos de comunicación de las clases dominantes. Por lo tanto, y esto tiene gran relevancia y debe ser bien entendido, esta manipulación ha sido realizada esencialmente para preservar y garantizar la continuidad de los privilegios de carácter económico disfrutados por los poderosos.

Ahora, reflexionemos sobre las observaciones críticas de Lula que expusimos en los párrafos iniciales. Si, a pesar de los evidentes avances materiales obtenidos, varios grupos populares se alejaron del PT, esto indica que algo se hizo mal. ¿Habría sido debido a fallos de comunicación? Probablemente sí, pero no exclusivamente, y ni siquiera principalmente. A mi modo de ver, el error es fundamentalmente de carácter político. Y cuanto a esto, me gustaría profundizar en el siguiente párrafo.

Creo que los percances del PT señalados y criticados por Lula se deben a una política equivocada por parte de los propios gobernantes. Para mí, el mayor error fue el abandono de la idea de que el pueblo debe ser protagonista activo en la conquista de sus reivindicaciones. Desde que asumió las riendas del gobierno en 2003, Lula nunca ha convocado al pueblo a movilizarse para librar las luchas concretas a favor de los objetivos propuestos. Lo mismo se puede decir de Dilma, en su gestión, así como de la orientación proporcionada por el PT como partido dirigente.

Al descuidar la educación política del pueblo, los gobiernos del PT han reforzado sentimientos de oportunismo latentes entre las masas populares, acostumbrándolas a ser meros receptores pasivos de medidas gubernamentales que las beneficien. Y, puesto que el pueblo no se siente partícipe activo de los logros obtenidos, sus vínculos y compromisos con el gobierno y el partido que se los ha proporcionado tienden a ser muy débiles, o incluso inexistentes. Estoy seguro de que todo sería muy diferente si, en vez de recibirlos como beneficios, los sintieran como conquistas, por las cuales ellos mismos habían luchado. Eso, ciertamente, también funcionaría como un agente educador que aumentaría su capacidad de resistencia a los intentos de manipulación por parte de las clases dominantes.

Entonces, en pocas palabras, para recuperar y mantener el apoyo de las masas populares y tenerlas efectivamente comprometidas con su proyecto político, Lula y el PT deben volver a creer en el poder constructivo de la movilización consciente del pueblo. Simplemente, no se puede esperar contar con la lealtad de los sectores populares sin que estos tengan participación activa y consciente en la lucha social. Es necesario que tengamos comprensión de esta deficiencia y que tomemos acciones efectivas para corregirla de inmediato. Por supuesto, eso requerirá determinación y firmeza política. Pero, todavía estamos en condiciones de llevar a cabo esta tarea.

Traducido del portugués para Rebelión por el propio autor. Fue publicado originalmente en:

– https://www.brasil247.com/blog/como-ganhar-e-manter-o-apoio-das-massas-populares

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

8 de marzo: Feminismo de clase contra el capital y la guerra imperialista










La opresión específica que sufren las mujeres no es un fenómeno etéreo ni un simple conflicto de roles de género desvinculado de la base material de la sociedad. Como demostraron científicamente Marx y Engels, las raíces de esta subordinación milenaria se hunden de forma indisoluble en el surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases antagónicas. Comprender el desarrollo histórico en su totalidad implica reconocer que no existe vía real para emancipar a la mujer de su doble y triple jornada —explotada en la fábrica o centro de trabajo, con salarios inferiores a los hombres y oprimida en el hogar— que no pase por la destrucción de la sociedad de clases y su estado.

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El 8 de marzo no es una fecha para la celebración hueca ni un escaparate para el reformismo o las concesiones estéticas que el sistema concede para desactivar la lucha. Es, por encima de todo, una trinchera de la memoria histórica y un campo de batalla político. Provenimos de las profundas tradiciones del bolchevismo y la Revolución rusa; aquella chispa fundacional que prendió cuando las obreras textiles de Petrogrado se declararon en huelga en 1917, reivindicando «pan y paz», no fue un acto simbólico, sino el preludio del derrocamiento del zarismo. Reivindicamos la herencia insobornable de Clara Zetkin, quien, en 1910, en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, propuso instituir un Día Internacional de la Mujer Trabajadora con un objetivo diáfano: ligar indisolublemente la lucha por el sufragio y los derechos democráticos a la lucha revolucionaria por el derrocamiento del capitalismo. Hoy, frente al vaciamiento ideológico y la cooptación del feminismo por las instituciones del régimen burgués, urge recuperar esa concepción de clase en toda su radicalidad.

La opresión específica que sufren las mujeres no es un fenómeno etéreo ni un simple conflicto de roles de género desvinculado de la base material de la sociedad. Como demostraron científicamente Marx y Engels, las raíces de esta subordinación milenaria se hunden de forma indisoluble en el surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases antagónicas. Comprender el desarrollo histórico en su totalidad implica reconocer que no existe vía real para emancipar a la mujer de su doble y triple jornada —explotada en la fábrica o centro de trabajo, con salarios inferiores a los hombres y oprimida en el hogar— que no pase por la destrucción de la sociedad de clases y su estado. El combate por la liberación femenina choca de frente contra los cimientos del régimen de explotación asalariada; no es una batalla cultural desvinculada de la economía política, sino su contradicción más profunda.

Frente a esta cruda realidad material, se erige una concepción burguesa del feminismo, un espejismo complaciente que jamás cuestiona el sistema de producción, aspirando únicamente a un reparto elitista del poder y a la gestión de la desigualdad. Es la clase dominante, esa oligarquía que integra tanto a hombres como a mujeres multimillonarias, la que perpetúa la opresión estructural. Lo hace designando a las mujeres como objetos y mercantilizando sus cuerpos bajo la implacable lógica de la acumulación: cuanto más jóvenes, más rentables; cuanto más dóciles, más funcionales al metabolismo del capital. Esta cosificación sistemática se inocula a diario a través de sus formidables aparatos de dominación cultural. Su vil sexismo y su misoginia, herramientas de disciplina social, empapan los medios de comunicación, desde las páginas de la prensa reaccionaria hasta la maquinaria ideológica de las producciones de Hollywood y los algoritmos alienantes de las grandes tecnológicas.

En nuestro contexto más inmediato, esta ofensiva ideológica y material del capital adopta el rostro del neofascismo español, cristalizado en la alianza reaccionaria del Partido Popular y Vox. Este bloque histórico no es una anomalía, sino el mecanismo de defensa al que recurre una clase dominante que necesita disciplinar a los sectores populares y perpetuar la división sexual del trabajo para abaratar costes y quebrar solidaridades. Su agenda pasa por una beligerancia abierta contra la mujer trabajadora, negando sistemáticamente la violencia de género para vaciarla de su carácter estructural, reduciéndola falazmente a una suma de conflictos interpersonales en el ámbito privado. Figuras políticas como Isabel Díaz Ayuso operan como arietes de esta cruzada reaccionaria: mientras desmantelan y privatizan los servicios públicos —esos que sostienen la vida y socializan los cuidados—, despliegan un discurso moralizante y punitivo sobre los cuerpos de las mujeres. Las embestidas contra el derecho al aborto en la sanidad pública y la soberanía reproductiva no son sino el intento burgués de expropiar a las mujeres de la clase trabajadora el control sobre sí mismas, subordinando la maternidad a las necesidades demográficas y de reposición de la mano de obra barata que exige el mercado.

Esta misma lógica de desposesión, control y dominio es la que engendra la fase superior y más violenta del sistema, el imperialismo, hoy tutelado por el sionismo evangélico internacional, llevando la masacre a escala global. Son las mujeres de la clase trabajadora, las campesinas, las refugiadas y los pueblos oprimidos quienes ponen los muertos, sufren el despojo y la miseria bajo las bombas del capital. Cuando la maquinaria bélica imperialista arrasa un territorio, destruye deliberadamente las bases materiales que permiten la reproducción de la vida, condenando a las proletarias a sostener la existencia de sus familias sobre las ruinas, el hambre y el éxodo forzado. El feminismo de clase es, por necesidad histórica, una fuerza de choque por la paz y contra las agresiones imperialistas.

Hoy, esa barbarie nos interpela de forma urgente ante el genocidio que Israel, con el respaldo político, militar y financiero de Estados Unidos y la Unión Europea, perpetúa contra el pueblo palestino. En Gaza, son las mujeres quienes, en medio de los bombardeos, ven cómo se esfuma su esperanza de vida: más de 12.000 mujeres asesinadas, decenas de miles desplazadas y viudas, y una catástrofe obstétrica sin precedentes, además de más de 20.000 niñas y niños asesinados. Dar a luz se ha convertido en una sentencia de muerte, con partos practicados sin anestesia, en tiendas de campaña o entre los escombros, y recién nacidos que mueren por la falta de incubadoras y el bloqueo ilegal de la ayuda humanitaria. La destrucción deliberada de la infraestructura sanitaria (se repite en Irán) y agrícola no es un daño colateral; es un arma de guerra dirigida a destruir la capacidad reproductiva y social de todo un pueblo, una forma brutal de violencia de género ejercida desde la alianza imperial sionista. Los discursos que se quedan en una retórica de condena o el silencio cómplice de las potencias occidentales y de los feminismos institucionales que no enfrentan contundentemente este exterminio revela hasta qué punto están integrados en la lógica imperialista. Movilizaciones y huelgas a escala local e internacional contra la guerra. ¡No a la OTAN, bases fuera! aplicada al Estado español. Estatuto de Neutralidad para el Archipiélago Canario.

En este 8 de marzo, la tarea histórica exige superar la superficie de las reivindicaciones meramente legales o cosméticas. La emancipación definitiva de la mujer y la conquista de una paz duradera no son posibles sin la abolición del sistema que las ahoga: el capitalismo, en cuya fase imperialista dominada por el sionismo internacional anidan las guerras, la crisis de cuidados y la explotación. Pues no olvidemos que, bajo el modo de producción capitalista, la reproducción de la fuerza de trabajo se descarga históricamente sobre los hombros de las mujeres de la clase trabajadora, de forma gratuita o precarizada.  En definitiva, la lucha feminista será de clase y antiimperialista, o se limitará a ser un instrumento más de la hegemonía que nos oprime. 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

Economía de la atrocidad

Fuentes: luisbrittogarcia.blogspot.com/

Todo lo que en el mundo ocurre tiene su fundamento en la economía; todo lo que en la economía actual acontece se funda en la energía fósil.

Para 2023, ésta representa el 82% del consumo energético del planeta,  https://alimentosypoder.com/2024/07/06/el-consumo-global-de-energia-2023-tendencias-y-factores-de-impacto/

Hasta ahora, el indicador del grado de desarrollo de un país es su consumo de energía fósil. Para la fecha citada, los mayores consumidores de petróleo son Estados Unidos, con el 19% del total mundial, China, con el 16,5% e India con el 5,4%.  Por regiones, Asia presenta el  mayor consumo con el 38 %, seguido por América del Norte (23 %) y Europa con el 13,9 % (Ibídem).

Un parásito que no puede ganarse la vida recurre a dos estrategias: la estafa, emitiendo pagarés sin respaldo, y el asalto a mano armada, apoderándose de lo que no le pertenece.

Examinemos el asalto a mano  armada. Así como el consumo de hidrocarburos marca la economía, las luchas por su dominio determinan la historia. La Primera Guerra Mundial se libró por los yacimientos del Cercano Oriente, entonces bajo control del Gran Imperio Otomano. La Segunda, por el dominio de los pozos del Bakú y el bloqueo estadounidense impuesto a Japón sobre  importación de energía fósil y minerales estratégicos. En la raíz de casi todos los conflictos bélicos está la necesidad de robar yacimientos de energía fósil,  vías hacia ellos, o zonas de influencia estratégica sobre los mismos. En esta tarea, entre  1945 y 2024 Estados Unidos ha victimizado 37 naciones, con saldo de 20 millones de muertes  (https://www.1069thex.com/2023/02/24/the-u-s-has-killed-more-than-20-million-people-in-37-victim-nations-since-world-war-ii/)..

Hacia 2004 el general Wesley Clark, antiguo Supremo Comandante de los Aliados en Europa para la invasión de Kosovo, manifestó que Estados Unidos asaltaría siete países: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán.  Todos tienen hidrocarburos; todos han sido agredidos; a la fatídica lista faltó añadirle Venezuela, con las mayores reservas de hidrocarburos del mundo y finalmente invadida en 2026.

Dos factores aceleran el saqueo armado. El mundo está pasando o pasó el “pico de los hidrocarburos”, punto óptimo de explotación a partir del cual éstos se harán progresivamente escasos, hasta agotarse dentro de cuatro o cinco décadas. Para Estados Unidos, primer devorador de hidrocarburos, sus reservas se agotarán dentro de cinco años. Esto los hace críticamente dependientes del robo de energía fósil externa  mediante amenaza o intervención militar.

El robo a mano armada de hidrocarburos se potenció con la estafa basada en la necesidad de  hidrocarburos. En 1944, con los acuerdos de Breton Woods Estados Unidos obligó a todos los países occidentales a respaldar sus monedas con reservas en dólares. En 1971, el presidente Nixon reconoció que la fraudulenta emisión incontrolada de dólares no tenía ya ningún tipo de respaldo, y utilizó su potencia armamentista para obligar a todos los países que desearan adquirir petróleo a pagarlo única y exclusivamente en dólares sin respaldo. A esta extorsión se la llamó “el petrodólar”. La potencia norteña usó y abusó de ese “privilegio exorbitante” para endeudarse indefinidamente por encima de sus medios, comprando en el resto del mundo  bienes reales, y  pagándolos con dólares cada vez menos valiosos y  bonos del Tesoro cada vez menos confiables.

Así, Estados Unidos llegó en febrero de 2026 a acumular una impagable Deuda Pública de 56 trillones de dólares,  más del 124% de su PIB (para los anglosajones, un trillion es una cantidad de 1.000.000.000.000) (https://fortune.com/2026/02/17/national-debt-spiral-fiscal-crisis-unsustainable-path-trump-sugar-high-economy/). Según la Congressional Budget Office, el déficit presupuestario es de 1,9 trillions. Estas abominables cifras las costeaba el resto del mundo aceptando papeles sin respaldo, como petrodólares y Bonos del Tesoro, a cambio de bienes reales: petróleo, minerales, alimentos, manufacturas.

Estados Unidos, antaño poderosa potencia económica, carece de capacidad productiva para cancelar esta  aplastante deuda. Su propia clase dominante exportó sus capitales e industrias al Tercer Mundo para aprovechar los salarios de miseria de éste. Su capitalismo industrial, antes productor de bienes, involucionó a capital financiero, que sólo crea ficticios dividendos especulativos. La clase  capitalista se hizo  inmune a los impuestos que podrían amortizar el débito. Hacia 1977 las grandes fortunas tributaban tasas del 70% sobre sus ingresos, hoy no pagan más del 22%, esconden sus beneficios en Paraísos Fiscales y Fundaciones exentas de tributación, y financian  elecciones tras las cuales los candidatos electos les prodigan generosas condonaciones y amnistías fiscales. Mientras, a pesar de la demoledora inflación y el aumento demográfico, los sueldos de los trabajadores y el gasto civil del gobierno son los mismos que hacia 1970.

Requeriría varios volúmenes detallar cómo esta declinación económica repercute en los más diversos aspectos de la vida del país norteño. Estados Unidos es el mayor consumidor de drogas, el país con mayor tasa mundial de homicidios y el que tiene mayor población carcelaria del planeta; en él se multiplican las masacres  por tiroteo. Unos 16 millones de sus pobladores son analfabetas; el 8,1% de la población adulta. Un estudio de la OCDE situó su sistema educativo entre los ocho peores de 23 países estudiados. En expectativa de vida  y mortalidad infantil, ha descendido al  nivel de los países subdesarrollados. El dinero que pudiera costear el bienestar social es absorbido por las exorbitantes ganancias de los super ricos; el pago de los intereses de su Deuda y el desmesurado gasto militar. Si éstas  son sus condiciones de vida, podemos imaginarlos la de los países que caen bajo su dominio.

Pero la avaricia rompe el saco, y el latrocinio la aceptabilidad de monedas sin respaldo. Inevitablemente, países cuya economía estaba basada en el oro negro proyectaron lanzar divisas que tuvieran más valor que el papel pintado de verde. Irak intentó el dinar, asociado al euro. Libia proyectó el dínar de oro, respaldado por sus reservas de 143 toneladas de oro e igual cantidad de plata. Venezuela planeó el SUCRE (Sistema Unificado de Compensación de Reservas) para el intercambio en Nuestra América. A la postre, los tres países fueron invadidos y saqueados  por Estados Unidos o por fuerzas apoyadas por éstos.

Sin embargo, la práctica estadounidense y europea de robar las reservas depositadas en bancos bajo su influencia obligó a la Federación Rusa, China, India y en general a los BRICS a comerciar en monedas distintas del dólar carente de respaldo. Venezuela, agredida desde 2002, y encarnizadamente bloqueada desde 2017, asestó un golpe mortal al monopolio del petrodólar al vender sus hidrocarburos en rublos y yuanes, fuera del sistema SWIFT, y al movilizarlos en barcos de la “flota fantasma” rusa.  Mientras Estados Unidos hostigaba a Venezuela, ésta vendía 76% de su petróleo a China, y recibía de ésta y de la Federación rusa las inversiones que ahora desalientan la penetración de las petroleras de la potencia norteña.

Incapaz de competir económica y culturalmente, el parásito no tiene más recurso que la fuerza bruta. Pero ésta no le ha reportado más que dos rehenes secuestrados: todavía tiene que dominar un país agredido, y el resto del mundo que se les escapa de las manos.    

Fuente: https://luisbrittogarcia.blogspot.com/2026/02/economia-de-la-atrocida.html