«Las nuevas extremas derechas han demostrado una enorme habilidad para ocupar espacios simbólicos que durante décadas parecían pertenecer a otros», advierte el profesor Jose Mansilla. «Determinados movimientos reaccionarios han dejado de presentarse exclusivamente como defensores del orden establecido para adoptar estéticas, lenguajes y gestualidades procedentes de culturas políticas antagonistas».
Hay una historia que se repite y es la historia de la expropiación de las clases populares, a nivel material y simbólico. Así, aquello que nace desde y por ellas, que surge de sus formas de vida, de sus celebraciones, de sus conflictos y de sus luchas, raramente permanece bajo su control. Una y otra vez, a lo largo de la historia contemporánea, los sectores subalternos no solo han trabajado la tierra y las fábricas o han servido a las clases altas, sino que además han producido imaginarios, tradiciones y repertorios culturales que posteriormente han sido apropiados por otros actores con mayor capacidad para definir su significado. Primero fueron las burguesías nacionales del siglo XIX. Hoy son las nuevas extremas derechas. Los símbolos cambian de dueño; las clases populares siguen perdiendo.
El historiador Eric Hobsbawm explicó magistralmente este proceso en Nación y nacionalismos desde 1780. Frente a la idea romántica de que las naciones existen desde tiempos inmemoriales, Hobsbawm mostró cómo estas son construcciones históricas relativamente recientes, vinculadas al desarrollo del capitalismo industrial, la expansión de los Estados modernos y la necesidad de generar lealtades colectivas entre poblaciones cada vez más amplias. Para construir una nación no bastaban fronteras, instituciones o ejércitos. Hacían falta emociones. Hacían falta relatos. Hacían falta símbolos capaces de producir un sentimiento de pertenencia. Y esos símbolos, en gran medida, se extrajeron de las culturas populares. Las canciones campesinas, las fiestas locales, los bailes regionales, los trajes tradicionales o las lenguas vernáculas fueron recopilados por intelectuales, folkloristas y funcionarios estatales que los transformaron en expresiones de una supuesta esencia nacional. Lo que antes pertenecía a comunidades concretas pasó a representar a millones de personas que jamás habían compartido experiencias vitales comunes.
La invención de la tradición
Es aquí donde aparece otro de los conceptos fundamentales asociados a Hobsbawm: la invención de la tradición. Muchas de las prácticas que hoy consideramos ancestrales son, en realidad, construcciones modernas. No porque fueran completamente falsas, sino porque fueron seleccionadas, reinterpretadas y reorganizadas para responder a necesidades políticas contemporáneas. La tradición, lejos de ser una herencia inmutable, es muchas veces una tecnología de poder. Las burguesías nacionales del siglo XIX comprendieron perfectamente esta lógica. Necesitaban cohesionar sociedades profundamente desiguales y encontraron en la identidad nacional una herramienta extraordinariamente eficaz. Las culturas populares se convirtieron en materia prima para fabricar sentimientos nacionales. Sin embargo, mientras las élites convertían las costumbres populares en patrimonio de la nación, las clases trabajadoras seguían viviendo en condiciones de explotación, pobreza y exclusión política. La apropiación simbólica servía para integrar culturalmente aquello que continuaba subordinado materialmente. Lo interesante es que este proceso no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de protagonistas.
Las nuevas extremas derechas han demostrado una enorme habilidad para ocupar espacios simbólicos que durante décadas parecían pertenecer a otros. Por supuesto, han continuado apropiándose de tradiciones nacionales, fiestas populares o imaginarios patrióticos. Pero también han comenzado a disputar símbolos históricamente vinculados a la izquierda. Quizá uno de los fenómenos más llamativos de los últimos años sea precisamente como determinados movimientos reaccionarios han dejado de presentarse exclusivamente como defensores del orden establecido para adoptar estéticas, lenguajes y gestualidades procedentes de culturas políticas antagonistas. El puño levantado, durante décadas asociado al movimiento obrero, al antifascismo o a las luchas por los derechos civiles, aparece hoy en manifestaciones y campañas de sectores ultranacionalistas. Solo hay que ver a Trump. Lo mismo ocurre con ciertos discursos sobre la defensa del pueblo frente a las élites, la crítica a las oligarquías globales o incluso la reivindicación de formas de solidaridad comunitaria. Naturalmente, no se trata de una continuidad ideológica. Es una operación de resignificación. Los símbolos permanecen; su contenido político cambia.
La extrema derecha contemporánea ha comprendido algo que buena parte de la izquierda parece haber olvidado: las identidades colectivas no se construyen únicamente mediante programas políticos, sino también mediante emociones, símbolos y relatos compartidos. Por eso disputa los códigos culturales de las clases populares. Por eso se presenta como portavoz de los olvidados. Por eso intenta apropiarse incluso de repertorios visuales históricamente asociados a las luchas emancipadoras. No es casualidad que algunos de estos movimientos combinen referencias patrióticas con estéticas obreras, ni que intenten presentarse como representantes de trabajadores golpeados por la precarización económica. Lo que está en juego no es simplemente una batalla electoral, sino una lucha por el significado mismo de lo popular. Y aquí reaparece una vieja intuición de Hobsbawm. Las tradiciones no son realidades naturales; son construcciones históricas sometidas a disputa permanente. Del mismo modo que las élites nacionales del siglo XIX reinventaron elementos culturales populares para construir la nación, las extremas derechas actuales reinterpretan tanto las tradiciones nacionales como ciertos símbolos de la izquierda para construir nuevos proyectos reaccionarios.
El problema es que, en ambos casos, las clases populares terminan funcionando como una reserva simbólica de la que otros extraen recursos políticos. Sus formas de vida son convertidas en identidad nacional. Sus costumbres son elevadas a patrimonio colectivo. Sus símbolos de lucha son reciclados por movimientos que muchas veces defienden políticas contrarias a sus intereses materiales. Y mientras tanto, los problemas que afectan a la mayoría social permanecen prácticamente intactos. La vivienda se vuelve inaccesible. Los salarios pierden poder adquisitivo. Los servicios públicos se deterioran. La precariedad se cronifica. Pero el debate público se desplaza constantemente hacia cuestiones identitarias donde los símbolos ocupan el lugar que antes tenían los conflictos distributivos.
Tal vez esta sea la gran tragedia política de nuestro tiempo. Mientras las clases populares continúan produciendo cultura, sociabilidad y comunidad, otros monopolizan la capacidad de convertir todo ello en capital político. Lo hicieron las burguesías nacionales cuando inventaron las tradiciones que debían unir a la nación. Lo hacen hoy las extremas derechas cuando transforman esas mismas tradiciones —y hasta algunos símbolos históricos de la izquierda— en herramientas de exclusión y reacción. La historia contemporánea puede leerse, en buena medida, como una sucesión de estas expropiaciones simbólicas. Un proceso en el que los de abajo generan los significados y los de arriba administran sus beneficios. Cambian las banderas, cambian los discursos, cambian los propietarios temporales de los símbolos. Lo que rara vez cambia es quién acaba pagando el coste de la operación. Porque cuando la cultura popular se convierte en mercancía política, quienes la produjeron suelen quedarse, una vez más, sin ella.
Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.
Jose Mansilla es antropólogo urbano y profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona.
Publicado el 23 de junio de 2026 / Por Jaime Richart
He bebido en las fuentes de José Ortega y Gasset desde edad muy temprana. España invertebrada fue para mí una obra de cabecera mientras desfilaban, a lo largo de los años, todos los fenómenos sociales y de psicología colectiva durante la dictadura. También después, a partir de la construcción en falso de los cimientos del nuevo régimen en 1978.
Sin embargo, creo que algunas ideas de Ortega —no la de los “errores y abusos políticos”, que le parecen poco interesantes y a cuyo peso en la patología nacional resta importancia, sino la del “particularismo”— han quedado, en cierto modo, superadas. Ese “particularismo”, con expresión tanto política —en los movimientos separatistas catalán y vasco— como social —en la especialización de gremios y profesiones—, es más bien efecto y no causa de la desmembración real.
Los particularismos lo son porque el territorio vasco y el catalán permanecen adosados a la fuerza al Estado español, nunca verdaderamente integrados socialmente. Euskadi y Catalunya no son la causa de la desvertebración. Han sido tratados históricamente por el poder político, judicial y militar como territorios hostiles. Esa clase de particularismo, como lo llama Ortega, es uno de los principales efectos de la desvertebración.
Ambos territorios se han sentido tratados con desprecio, como enemigos; nunca comprendidos por los poderes del Estado, sino forzados a formar parte de un todo al que no desean pertenecer. Se han considerado autosuficientes y han aspirado a desvincularse de quienes perciben como opresores. Como el hijo que busca independencia cuando se siente capacitado para vivir por sí mismo.
Por otro lado, la idiosincrasia, el carácter profundo y la personalidad de vascos y catalanes son difícilmente compatibles con la idiosincrasia más superficial del español medio.
Desde entonces, cuanto hemos aprendido, leído y oído —y seguimos leyendo y oyendo todavía hoy— sobre España, al margen de las reflexiones orteguianas, compone un relato tosco, paleto, cutre, grandilocuente, endogámico y pueblerino, en el sentido más despectivo del término. Todo cuanto se relata desde dentro sobre lo español, sobre el español, sobre la sociedad española y su historia, aparece como algo antipático, sombrío, truculento y falseado.
Quizá por eso pocas cosas de España despiertan la simpatía del extranjero, salvo la variedad de su paisaje natural y la afabilidad de sus pueblos.
Con el paso del tiempo, he llegado a pensar que todo ello obedece a un hecho fundamental: la historia de las sociedades no da saltos ni admite atajos en su evolución, salvo a través de guerras entre naciones, en las que precisamente España no participó. No así las guerras civiles; esas que, como la española, provocan una involución difícilmente reparable, porque la prepotencia de los vencedores y el rencor de los vencidos —al no haber existido una auténtica reconciliación— perduran sin fecha de caducidad.
Desde donde mejor se divisa la verdadera imagen de España es desde América Latina. Desde allí se advierten con mayor nitidez sus conquistas y genocidios pasados; la interpretación sesgada del cristianismo que desembocó en la aberración de la Inquisición; la hegemonía de ricos, caciques y potentados sobre el resto, históricamente amparada por una jerarquía eclesiástica miserable; una dictadura de cuarenta años; y la ausencia de España en las dos guerras mundiales.
Todo ello proyecta hacia el exterior la imagen de un país instalado en un atraso social, político y moral persistente respecto de otras naciones europeas. Y eso hace imposible el verdadero pacto social, es decir, la compactación de la sociedad española en torno a un eje compartido.
La sociedad española gira alrededor de un vacío. Ese eje diamantino, celebrado por todos, simplemente no existe. En palabras de Theodor Mommsen al reflexionar sobre Roma, falta un “dogma nacional”, un proyecto sugestivo de vida en común; algo semejante a lo que en Francia representa la República.
Eso se explica fácilmente por la eterna erótica del poder allí donde se instala, pero también por el miedo sostenido de una sociedad más acostumbrada a ejercer opresión sobre otras sociedades internas que a convivir con la tolerancia y la libertad.
Hasta tal punto que España difícilmente alcanzará una paz verdadera y generalizada. El odio, soterrado o manifiesto, que fomentan sus dirigentes es lo que socava de manera irreversible esa paz auténtica.
Sabemos que España y sus nacionalidades, reconocidas o no institucionalmente, son ricas y atractivas en muchos aspectos, especialmente para quienes la visitan o permanecen en ella durante estancias prolongadas. Pero hay algo que permanece inalterable: el odio a la excelencia, la escasez de los mejores o, peor aún, el ocultamiento de los mejores.
He aquí, a mi juicio, la razón profunda del fracaso hispánico.
La impresión que España produce a distancia en los habitantes de otras naciones es la de un país condenado al atraso mientras no logre la imprescindible sintonía y empatía entre sus ciudadanos, por encima de ideologías políticas y religiones. Solo entonces podrá llegar a ser una nación verdaderamente respetable y respetada.
En España se piensa poco, se matiza menos y la idea preconcebida casi nunca está ausente. Basta observar los debates parlamentarios: no hay diálogo, sino monólogos simultáneos. Disparates por un lado y razonamientos lapidarios por otro que, con frecuencia, ni siquiera merecen respuesta.
El anuncio por parte de La Habana de un amplio paquete de reformas económicas constituye probablemente el movimiento más relevante de la política cubana de las últimas décadas. Las 176 propuestas aprobadas en el seno del Partido Comunista de Cuba y avaladas por la Asamblea Nacional y por Raúl Castro apuntan hacia una transformación profunda del modelo económico, inspirada explícitamente en las experiencias de construcción socialista desarrolladas en China y Vietnam. No se trata de una ruptura con el sistema político, sino de un intento de redefinir sus bases económicas para garantizar su supervivencia.
La decisión refleja, ante todo, la convicción de que el modelo actual ha agotado gran parte de su recorrido histórico. La combinación de bajo crecimiento, escasez crónica de bienes básicos, deterioro energético, falta de divisas y pérdida continuada de capital humano ha situado al país ante una situación límite. De hecho, muchas de las medidas ahora anunciadas no son nuevas. Forman parte de debates mantenidos durante años y de decisiones aprobadas anteriormente cuya aplicación fue sucesivamente aplazada. El problema no ha estado tanto en identificarlas como necesarias, sino en la incapacidad o la falta de voluntad para ejecutarlas. Ese tiempo parece haber terminado.
La referencia a China y Vietnam resulta inevitable. La reforma y apertura iniciada por China en 1978 y la política de Doi Moi impulsada por Vietnam desde 1986 demostraron que era posible introducir mecanismos de mercado, fomentar la iniciativa privada y atraer inversión sin alterar la hegemonía política de los respectivos partidos comunistas. La Habana parece asumir ahora que la preservación del proyecto socialista pasa precisamente por aumentar la eficiencia económica, ampliar los espacios para la actividad privada y redefinir el papel del Estado en la economía.
Sin embargo, las similitudes no deben ocultar las diferencias. China y Vietnam iniciaron sus procesos de reforma en contextos internacionales más favorables, con sociedades menos envejecidas, mayores reservas de capital humano y administraciones preparadas para gestionar transformaciones de gran escala. Cuba afronta este desafío en circunstancias mucho más complejas. La economía atraviesa una de las peores crisis de su historia reciente, carece de recursos financieros suficientes y necesita simultáneamente energía, inversión, bienes de equipo y credibilidad internacional para poner en marcha los cambios anunciados.
Por ello, el principal interrogante no es la voluntad política de reformar, sino las capacidades reales para hacerlo. Los nuevos actores económicos deberán demostrar que poseen el músculo empresarial necesario para dinamizar la producción y los servicios. La administración estatal, tradicionalmente burocratizada y poco flexible, tendrá que adaptarse a funciones distintas de las que ha desempeñado durante décadas. Y la sociedad cubana deberá asumir que la reforma no traerá mejoras inmediatas ni automáticas de las condiciones de vida. Habrá más oportunidades para emprender y generar riqueza, pero también un largo periodo de aprendizaje, ajustes y dificultades. La experiencia china y vietnamita demuestra que estos procesos exigen perseverancia, capacidad de corrección y una considerable tolerancia a los costes de transición. Y que cualquier país se puede inspirar en ellas pero no copiarlas miméticamente.
Cabe recordar que China inició la reforma desde una posición de pobreza, mientras que Cuba la emprende desde una situación de deterioro. Son circunstancias psicológica y políticamente distintas. Los chinos de finales de los setenta percibían que casi cualquier cambio podía representar una mejora; muchos cubanos de hoy experimentan las reformas después de años de pérdida de bienestar, emigración masiva y frustración acumulada. Eso puede generar expectativas desmesuradas y, al mismo tiempo, una menor paciencia social ante los inevitables costes de transición.
También resulta interesante la dimensión generacional. Durante años, el principal freno no fue la falta de conocimiento de las experiencias china o vietnamita -que son bien conocidas en La Habana- sino la dificultad política y emocional de abandonar un modelo que había formado parte de la identidad de la Revolución. En ese sentido, el aval de Raúl Castro tiene una importancia histórica singular pues simboliza que la reforma ya no aparece como una rectificación de la Revolución, sino como un instrumento para preservarla. Para una generación política formada bajo los parámetros del modelo revolucionario clásico, asumir la necesidad de una transformación de esta naturaleza no resulta sencillo. Precisamente por ello, el respaldo de Raúl contribuye a neutralizar resistencias internas y a ofrecer cobertura política a una estrategia que, en otros momentos, habría encontrado mayores obstáculos.
Las principales reticencias parecen concentrarse hoy en sectores ideológicamente minoritarios que siguen contemplando cualquier ampliación de los mecanismos de mercado como una amenaza al proyecto socialista. Sin embargo, la gravedad de la situación económica ha reducido considerablemente el margen para ese tipo de posiciones. La discusión ya no gira en torno a si reformar o no, sino sobre cómo hacerlo y a qué velocidad.
China, expectante
China lleva años esperando este momento. Diversos diplomáticos chinos con experiencia en la isla han transmitido reiteradamente que Beijing observaba con interés la posibilidad de que Cuba adoptara un camino similar al suyo, a riesgo de naufragar. Sin embargo, durante mucho tiempo encontró en La Habana una resistencia que dificultó avances significativos. Ahora, con el cambio de orientación, China aparece como el socio mejor situado para proporcionar asesoramiento técnico, inversión, financiación y acompañamiento político durante la transición. La experiencia acumulada por Beijing en la gestión de reformas económicas dentro de un sistema socialista constituye un activo difícilmente sustituible.
El contexto internacional, no obstante, seguirá siendo determinante. Marco Rubio representa la continuidad de una visión profundamente hostil hacia el sistema cubano y difícilmente renunciará a mantener la presión política y económica sobre la isla, que ha retorcido significativamente durante este mandato de Donald Trump. Queda por ver si Washington considerará suficiente una apertura económica al estilo chino o vietnamita para revisar su política hacia Cuba o si, por el contrario, seguirá condicionando cualquier cambio a transformaciones de carácter político. La respuesta estadounidense influirá directamente sobre las posibilidades de éxito de las reformas.
En este escenario, España debería aspirar a desempeñar un papel más activo. Los vínculos históricos, culturales y humanos que unen a ambos países constituyen un capital político singular que ningún otro actor europeo posee. Lejos de contemplar los cambios desde la distancia, Madrid podría contribuir a facilitar intercambios empresariales, formación técnica, cooperación institucional y canales de diálogo que acompañen la modernización económica cubana. Una Cuba más próspera, estable e integrada en los circuitos económicos internacionales constituye también un interés estratégico para España.
Las reformas anunciadas no garantizan el éxito. Existen dudas legítimas sobre la capacidad de ejecución, la disponibilidad de recursos, la reacción de la burocracia y la resistencia social ante los inevitables costes de la transición. Pero precisamente porque llegan tras años de aplazamientos y porque responden a necesidades estructurales acumuladas, resulta difícil imaginar un retorno al punto de partida. Más que una opción entre varias alternativas posibles, la reforma parece haberse convertido en una necesidad histórica inapelable. El verdadero debate ya no es si Cuba cambiará, sino si será capaz de hacerlo con la rapidez y la eficacia que exige la magnitud de la crisis actual.
A mayores, la gran incógnita no es si Cuba se parecerá algún día a China o Vietnam, sino si será capaz de encontrar una vía propia que combine apertura económica, estabilidad política y cohesión social en uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. La reforma ya no parece una opción entre varias posibles, sino la condición necesaria para evitar que terminen imponiéndose cambios mucho más traumáticos.
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Ahora que hay campeonato mundial de futbol y a todas horas oigo el nombre de los países que lo disputan, me viene a la cabeza una de las majaderías más grandes que se han cometido en esta etapa democrática: sustituir la expresión «España» por «Estado español».
Es cierto que no toda la izquierda española incurre en este uso, pero sí una parte significativa de ella, especialmente la más influenciada por las corrientes nacionalistas periféricas y por determinadas tradiciones políticas surgidas durante la Transición.
No hay que ser un reputado especialista en derecho constitucional o teoría política para saber que hay una clara distinción entre el concepto de Estado y los de nación o país que no se puede olvidar sin consecuencias. El Estado es el aparato institucional, el conjunto de poderes, organismos y normas que articulan la vida colectiva. La nación o el país, en nuestro caso España, es una realidad histórica, cultural, territorial y política sobre la que ese Estado se asienta. La Constitución de 1978 lo dice con toda claridad en su artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española.» El artículo 1.1 denomina al sujeto político «España» y define su forma de organización como un «Estado social y democrático de Derecho.» Más o menos, aunque con una forma diferente como es lógico, hacía la Constitución de 1931 cuando claramente distinguía entre «España» y «Estado español», según a qué quisiera referirse: «España es una República democrática de trabajadores de toda clase (…) La República constituye un Estado integral (…) España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional (…) El Estado español acatará las normas universales del Derecho internacional».
Cuando una buena parte de la izquierda española sustituye el concepto de «España» por el de «Estado español», hace lo que en ningún otro lugar sensato se hace. Nadie llama a Francia «Estado francés» en lugar de Francia, ni a Alemania «Estado alemán» en lugar de Alemania, salvo en contextos técnico-jurídicos precisos donde la distinción es funcionalmente necesaria. Usar «Estado español» como denominación ordinaria y sustitutiva de «España» no es un refinamiento conceptual, ni obedece a ningún análisis teórico elaborado.
En alguna ocasión se ha tratado de hacer esto último, diciendo que «Estado español» es una expresión más neutra, mientras que «España» tiene carga subjetiva. Pero es un argumento inaceptable. Cuando decimos «España» (como igual ocurre con el nombre de cualquier país) no sólo incluimos a su Estado sino también una cultura, una historia, un pueblo. Decir «Estado español» es caer en un reduccionismo que deja fuera demasiadas cosas fundamentales, se aprecien o no, o se sientan propias o completamente ajenas a quien habla.
Curiosamente, aunque la expresión «Estado español» fue la utilizada oficialmente durante el franquismo, se utilizó después en determinados sectores de la oposición durante la dictadura y, sobre todo, la Transición para no tener que hablar de «España», considerando que se trataba de un concepto que había sido usurpado por la dictadura. Podría discutirse si aquella prevención tuvo sentido en su momento, pero resulta difícil sostenerla medio siglo después.
Tanto es así, que la izquierda española que dice «Estado español» no ha justificado nunca por qué ese uso es más adecuado. A mi juicio, su uso reciente responde simplemente a una concesión acomplejada a los movimientos independentistas.
Estos últimos dicen «Estado español» y no ‘España» para mostrar que no se sienten españoles ni parte de España (lo cual es completamente legítimo y respetable, por cierto). Pero lo hacen de un modo completamente inútil y contradictorio. Es inútil, porque al decir Estado español no niegan a España, sino que simplemente dejan fuera de ella una parte de lo que efectivamente es. Y es un uso contradictorio porque, cuando se refieren a su nación, no dicen, por ejemplo, «Estado catalán» o «Estado vasco» sino Cataluña o País Vasco. Y es lógico, porque son estas últimas denominaciones las que incluyen lo sustantivo, una identidad, un pueblo, una realidad compartida.
No es verdad, por tanto, que decir «Estado español» implique un acto de reconocimiento o respeto a la pluralidad de nuestro país. Lo que hace es reducir su realidad nacional, histórica y cultural más amplia a una mera dimensión institucional. Y la izquierda que se pliega a esa incoherencia independentista y adopta acríticamente su lenguaje termina asumiendo marcos simbólicos ajenos que difícilmente favorecen sus propios objetivos políticos.
Las consecuencias
La sustitución del término «España» por «Estado español» por parte de la izquierda tiene, al menos, cinco graves consecuencias.
La primera es que España no es sólo un concepto jurídico, sino también el marco de referencia que identifica a una mayoría muy amplia de la población, incluyendo a buena parte de los votantes tradicionales de la izquierda que se sienten y denominan españoles sin conflicto alguno, como una expresión natural de lo que son. Y lo que la izquierda que habla de «Estado español» les está diciendo implícitamente es que su identidad es algo de lo que hay que avergonzarse y arrinconar.
La segunda es que, al rehuir sistemáticamente la palabra España, la izquierda ha consentido que la derecha monopolice el sentimiento de pertenencia nacional y el patriotismo. Ha dejado que el PP y Vox se apropien de banderas, himnos e identidad colectiva como si fueran de su exclusivo patrimonio. La realidad, hoy día, es que se asocia el amor a España con la derecha y la indiferencia o el rechazo a ella con la izquierda. Una asociación electoralmente ruinosa y culturalmente falsa, porque la izquierda española ha tenido siempre una tradición de patriotismo republicano y de republicanismo nacional, de defensa de lo común, de orgullo por el patrimonio cultural y por los logros colectivos del pueblo español. Muy al contrario de lo que ha hecho la derecha que ha vendido a España y a nuestra riqueza a otras potencias o empresas siempre que las clases adineradas han podido sacar rédito de ello. La experiencia comparada parece apuntar claramente en esa dirección. En Francia, la izquierda abandonó durante décadas la disputa por la identidad nacional y fue Marine Le Pen quien ocupó ese espacio con su versión xenófoba y excluyente del patriotismo. En Italia ocurrió algo similar, el desinterés de la izquierda por los símbolos y la narrativa nacional dejó el terreno libre a una derecha que lleva años hegemonizando el sentimiento de pertenencia. Parece bastante evidente: cuando la izquierda renuncia a nombrar la nación, no desaparece el sentimiento nacional de los ciudadanos, simplemente lo hereda la derecha.
La tercera consecuencia quizá es más sutil pero no menos real. ¿Qué credibilidad, seguridad o certeza puede tener una izquierda que no se atreve a nombrar el país en el que quiere gobernar? Lo que leen sus votantes potenciales es que la izquierda que hace eso no gobierna desde un proyecto propio sino en función de sus alianzas coyunturales, y que adapta incluso su vocabulario según quién tenga más presión que ejercer en cada momento. Y una fuerza política que no es dueña ni de su propio lenguaje, difícilmente convence a nadie de que vaya a ser dueña de sus decisiones cuando gobierne.
La cuarta es la pérdida de apoyo en aquellos territorios donde en mayor medida radica el voto popular no identitario. Es decir, el que principalmente apoya a la izquierda por razones distributivas, de justicia o memoria histórica. Cuando esa izquierda adopta el lenguaje de los independentistas, no los gana para sí; pierde a quienes la apoyaban por otras razones y que sienten que su identidad es tratada como un naipe que se intercambia, o como una rémora.
La última consecuencia no es la menos importante. Adoptar el término «Estado español» no contribuye a una resolución más inteligente del problema territorial. Por el contrario, lo enmarca en un plano simbólico y lingüístico, justamente donde los independentismos son más fuertes, y abandona el marco material en el que la izquierda podría ser hegemónica: el de las políticas de justicia social y redistribución, el de la federalización real y la solidaridad interterritorial, y el autogobierno democrático dentro de un marco compartido. La izquierda puede discutir qué España quiere construir, pero lo que no puede hacer es renunciar a nombrarla.
En resumen y como conclusión, la izquierda no puede renunciar a la palabra España, no le puede regalar a la derecha la identidad común ni su simbología. Debe recuperarla sin complejos, no como concesión al nacionalismo español de derechas ni identificándose con él, sino como la afirmación expresa de que el proyecto colectivo de transformación social, de igualdad y de democracia al que aspira se refiere a una realidad común que se llama España. Un país de historia contradictoria y no siempre ejemplar, realmente plural y con tensiones no resueltas, ciertamente; pero el país del que se siente parte la inmensa mayoría de la gente con la que se ha de construir ese futuro. Y sin la cual difícilmente podrá llevarse a cabo ningún proyecto transformador.
Crítica literaria. Por una ética ecofeminista del cuidado, la compasión y la no violencia.
Fuentes: Nueva Tribuna [Foto: Angelica Velasco en el IFS-CSIC]
En Ternura a lo bestia se desarrolla una ética con sensibilidad ecofeminista que, como señala el subtítulo, clama por cultivar la compasión y oponerse a cualquier tipo de violencia contra la humanidad o su entorno natural en un sentido amplio
La cubierta de Ternura a lo bestia: Por una ética ecofeminista del cuidado, la compasión y la no violencia es muy gustosa visualmente, pero también al tacto. Es la que merece un libro escrito en primera persona, una perspectiva que le da un valor añadido, porque rezuma esa ternura elegida para titular esta reflexión sobre una filosofía moral inspirada por la mejor vertiente del ser humano, quien cuenta con sentimientos nobles que pueden contraponerse a su codicia supremacista.
Su autora es Angelica Velasco que, al cumplir los cuarenta este mismo año, hace balance de una exitosa trayectoria profesional en Valladolid. La escalada es una de sus aficiones y por eso su libro nos plantea conquistar una cima. Esta “cumbre no puede ser otra que la justicia social, la igualdad entre todas las personas, la compasión por los demás animales, el respeto por el conjunto de la naturaleza y una convivencia pacífica basada en la aceptación de nuestra vulnerabilidad, nuestra interdependencia y nuestra ecodependencia. La meta por alcanzar es el desarrollo de una ética ecofeminista del cuidado que sirve de fundamento a una coeducación y una pedagogía nuevas” (p. 17). Como programa no está nada mal y además resume bien lo tratado en sus trescientas páginas.
Ensalzar la falta de compasión y cooperación, premiando la frialdad y la competitividad, solo puede beneficiar a los más desalmados, pero perjudica desde luego a una inmensa mayoría
El cuidado debe comenzar por uno mismo, porque difícilmente se puede cuidar o querer sin profesarnos un mínimo cariño para consigo. Descuidarse y tenerse manía impide hacer lo contrario con los demás. Predicando con el ejemplo, Angelica Velasco se incluye al final de su propia dedicatoria con estas palabras: “Y a mí misma, por haberme atrevido, por fin, a poner unos límites y saltarme otros”. Platón, Rousseau y Kant dicen, cada uno a su manera, que solo se alcanza un talante moral cuando cruzamos el umbral de la cuarentena. De algún modo, se suscribe aquí esta tendencia y esto me hace reparar en que yo mismo debí hacer otro tanto al publicar con esa edad La Quimera del Rey Filósofo: Los Dilemas del Poder, o el frustrado idilio entre la Ética y lo Político. Ciertamente, nos encontramos ante una obra de madurez bien editada, donde se pretende conservar la ilusión de antaño y luchar por la esperanza reprimiendo los zarpazos del pesimismo. Para ello se combate “una forma de pensar y habitar el mundo basada en el androcentrismo, el antropocentrismo, el racismo, el colonialismo, la exaltación del neoliberalismo individual descarnado y la lógica de la dominación” (p. 28).
El sendero hacia la cumbre fijada exige un cambio radical de cosmovisión y de prácticas vitales, porque comparto que solo cambiando de hábitos podemos generar una convivencia distinta sin dejarnos tutelar por quienes lo hacen con sumo gusto y mucha habilidad. Angelica Velasco se declara “ecofeminista, defensora de los animales, ecologista, antimilitarista, antirracista, antifascista, anticapitalista, que detesta cualquier tipo de opresión, supremacismo o de violencia” (p. 41). El primer capítulo se titula “Sobre fantasías antropocéntricas y realidades incomodas”. En él se filia en las vivencias personales los estudios elegidos. El amor por la naturaleza y los otros animales, llevaba pareja una repulsa por la violencia contra los más débiles y vulnerables. Ahí se fraguó un interés por la ética y unas determinadas lecturas que sintonizaran con sus preocupaciones vitales. Emulando las Confesiones de Rousseau, se van entrelazando primorosamente las anécdotas personales con el itinerario intelectual. Tras descartar estudiar Biología o Veterinaria, como parecía más obvio, Alicia Puleo le hizo descubrir que la ética podía ser aplicada (p. 44), si bien a mi juicio siempre ha de serlo con arreglo a la divisa leibniziana teoría cum praxi que Kant hizo suya en su Teoría y práctica.
Dime cómo tratas a los demás animales y te diré quién eres
Hay quien piensa que poner el acento en compadecerse de los animales equivale a relegar al ser humano y olvidarse de sus problemas. Este punto de vista se rebate con saña, haciendo ver que se da una estrecha interrelación entre las diferentes problemáticas. Al hablar de su primer congreso, se nos cuenta que la cena posterior fue cuando menos tan enriquecedora como las jornadas académicas, pues los ponentes compartieron las experiencias personales que latían bajo sus textos. Continuamente afloran recuerdos infantiles que se relacionan con lo argumentado en el discurso y esto ameniza mucho la lectura, sin que pierda rigor la exposición. Con ello se reivindica el papel de las emociones en la reflexión filosófica moral. Por añadidura conviene no menospreciar los aportes de otras culturas a las que solemos mirar por encima del hombro. El ser humano es un individuo carnal y emocional, interdependiente de la biosfera.
“Con esta idea, sería más difícil legitimar las explotaciones sin límites del mundo natural. Mucho nos queda por aprender -leemos en este libro- de las sabidurías indígenas que entienden al resto de las especies como pueblos con los que relacionarse sobre la base de la reciprocidad y la gratitud, ya que son parte esencial del buen funcionamiento de la comunidad. Las cosmovisiones más biocéntricas y el trabajo de tantas mujeres indígenas en defensa de la Tierra pueden aportar mucho a nuestro paradigma androantropocentrico opresor y suicida, ese que coloniza cada vez más otras culturas. En la ‘democracia de las especies’, la humildad permite acercarse a las demás especies como maestras que nos enseñan y no como seres inferiores a los que explotar (p. 51).
El apoyo mutuo siempre triunfa sobre la competitividad y es un factor esencial en la evolución de las especies, incluida la nuestra por mucho que lo nieguen los dogmas del ultra-neoliberalismo, pero también un exacerbado antropocentrismo que ignora nuestra interdependencia con el ecosistema. Esto mismo vale para ese androcentrismo que desde siempre ha minusvalorado los valores asociados a la feminidad. “La devaluación androcéntrica de las virtudes del cuidado históricamente vinculadas con las mujeres y con el ámbito privado y la preponderancia de valores androcéntricos, como la competitividad o el distanciamiento emocional, impiden conseguir sociedades no violentas, igualitarias y sostenibles” (p. 54).
Ensalzar la falta de compasión y cooperación, premiando la frialdad y la competitividad, solo puede beneficiar a los más desalmados, pero perjudica desde luego a una inmensa mayoría, en la que por cierto vienen a incluirse al menos durante su infancia y vejez incluso los depredadores más implacables, igualmente menesterosos de solidaridad cuando vienen mal dadas, porque para eso vivimos en comunidad.
Angelica Velasco va desgranando el indigesto menú de la jerarquía patriarcal, “un menú compuesto por animalización de las mujeres, feminización e inferiorización de los demás animales, cosificación de las mujeres y de los demás animales, mayor animalización de las mujeres racializadas y/o con discapacidad, desprecio por la naturaleza, feminización de las mociones, ensalzamiento de los racional y de valores relacionados con el ámbito público y la masculinidad (competitividad, imposición, distanciamiento emocional…).
Es decir, antropocentrismo y androcentrismo están claramente interconectados” (p. 59). Seguidamente, se nos pone a Simone de Beauvoir como ejemplo del feminismo que pretendía conquistar los espacios masculinos, para resaltar con Celia Amorós que hay un paso posterior donde se cuenta con redefinir lo genéricamente humano, para desfeminizar los valores y actividades feminizadas, de suerte que los cuidados puedan asumirse con independencia del sexo que tenga la persona en cuestión, lo cual da pie a esa ética del cuidado a la que Victoria Camps ha dedicado su libro Tiempo de cuidados: Otra forma de estar en el mundo.
Pero en el texto con que dialogamos aquí se añade un matiz importante. Veámoslo: “La ética del cuidado ecofeminista puede reconectarnos con esas partes que hemos tendido a ocultar, a rechazar, a convertir en pecaminosas. El cuerpo, las emociones, la ternura, el contacto físico, el erotismo, nuestra propia animalidad…” (p. 67). Aunque al principio, se planteó distinguir etapas en el ascenso a la cumbre, su autora descubrió luego que le parecía poco práctico llevar a cabo esa compartimentación, porque los temas iban saltando a escena como si de una danza se tratase. Fue un acierto hacerlo así.
Citando a Concha Roldán se constata que: “El patriarcado vuelve y vuelve siempre con sus consignas, más o menos explicitas, pero con una pregnante viscosidad, como un ‘Alien’ que se resiste a ser aniquilado y, lo que es mucho peor, acaba por germinar dentro de nosotras/os mismas/os colonizándonos y destruyéndonos desde dentro” (p. 80). A esto se suman las observaciones hechas por Ana de Miguel sobre la prostitución “como una escuela de desigualdad humana, de egolatría y prepotencia y la negación de toda empatía, donde priman sus deseos y no importan en absoluto lo que vivan y sientan las mujeres prostituidas” (p. 81). La prostitución es, junto al narcotráfico y la industria del armamento, uno de los tres negocios más lucrativos del mundo, que debería ser abolido junto a los otros dos, aunque sea utópico rebelarse contra esos tres colosos de la explotación y aniquilación violenta del ser humano. En aras de una coeducación que muestre otros valores no meramente pecuniarios ni anejos al poder hegemónico, alejando especialmente a los niños de la competitividad y del individualismo agresivos, “la ética del cuidado viene a poner en valor la interdependencia, la contextualización y los valores, como la atención respetuosa y amorosa, silenciados y despreciados por el pensamiento androcéntrico” (p. 95).
El título del segundo capítulo tampoco tiene desperdicio: “Hermana, yo sí te creo; Madre Tierra, yo sí te creo: por qué el ecofeminismo”. Uno de los lemas, firmado por Marta Tafalla, nos recuerda que “la obsesión antropocéntrica por dominar la tierra nos ha llevado a domesticar todas las formas de vida. La vida salvaje trabaja realizando funciones que benefician a todo el ecosistema, a la comunidad multiespecie, pero nosotros la domesticamos para que trabaje exclusivamente para la especie humana” (p. 104). Aquí se abre una reflexión sobre si debe primarse la brújula moral interior o nos conviene plegarnos a las directrices de una sociedad patriarcal. En realidad, se plantea el debate sobre los límites de una obediencia debida y el valor que requiere desobedecer cuanto consideremos injusto e inicuo, tal como propone hacer Javier Muguerza con su por otra parte muy kantiano imperativo del disenso. Lo más cómodo es plegarse, sobre todo si se tiene una conciencia tan laxa como la esgrimida por Eichmann y que tanto escandalizó a Hannah Arendt. Pero la única forma de contribuir a cambiar las cosas es dejarse guiar por la brújula ética que nos brinda nuestra conciencia moral, sin atender a los inconvenientes que tal decisión pueda granjearnos. Después de todo, los códigos y las normas deben adaptarse a nuestras necesidades, en lugar de oficiar como lechos de Procusto que amputen o hagan más laxas nuestras convicciones morales, porque con ello renunciamos a nuestra responsabilidad y por lo tanto dejamos de ser personas en sentido kantiano.
Compartiendo un parecer de Virginia Wolff, para quien cuando un tema es altamente controvertido, como sería el caso del sexo, lo que cabe hacer es mostrar cómo se llegó a formar la propia opinión, dejando que quienes nos escuchan saquen sus conclusiones, mientras observan las limitaciones, prejuicios y peculiaridades de quien habla (p. 108), Angelica Velasco hace otro tanto partiendo de su realidad situada y el sesgo de sus conocimientos. “Hubo que desarrollar planteamientos y vindicaciones feministas -nos dice- para poder fundamentar lo que, posteriormente, sería uno de los movimientos más potentes y transformadores de la historia. El feminismo es teoría, es militancia social y política, y es una práctica cotidiana o forma de entender y vivir la vida que supone un proceso individual de cambio personal” (p. 110). Respecto al tema de las cuotas, nos aclara que “las cuotas no regalan trabajos a personas sin capacitación. Lo que consiguen es sociedades más justas en las que las personas con capacitación no serán discriminadas por factores como el sexo, el color de la piel o la condición física o psicológica” (pp. 124-125). También se aborda otra cuestión de calado, al hilo del caso de la Manada con que tan comprensivo se mostró un juez -añado yo de mi cosecha: “Es espantoso constatar la realidad de la violencia sexual que se ejerce sistemáticamente contra las mujeres y la puesta en cuestión de estas víctimas de la misoginia y de la violencia patriarcal” (p. 126).
Según Angelica Velasco, “el ecofeminismo apuesta por creer lo que nos dicen nuestras hermanas y nuestra Madre Tierra. También atiende a lo que nos dicen los animales. De este modo se presenta como una bisagra entre los movimientos y teorías feminista, ecologista y animalista, tendiendo puentes entre ellos” (p. 141. Ahora bien, “las mujeres ni vamos a ser ahora las sacrificadas salvadoras del planeta ni las defensoras solitarias de las personas y de los seres vivos. Los valores del cuidado tienen que desarrollarse también en los hombres, y las prácticas y las actitudes cuidadosas deben ser implementadas de forma equitativa” (p. 154). Tras regalarnos algunas citas apreciables y alguna experiencia personal que ilustra en la praxis lo defendido teóricamente, se concluye con estas palabras este segundo capítulo: “Todavía queda mucho por hacer para que las mujeres sean realmente respetadas y tratadas como iguales y como sujetos con dignidad; que los cuidados son esenciales dada nuestra naturaleza frágil y ecodependiente, pero que no solo tienen que ser practicados por las mujeres; que ellas también tienen derecho al autocuidado; que justicia y cuidado se complementan; que el neoliberalismo amenaza con reducir los cuidados a bienes de compraventa, y que el androantropocentrismo unido al neoliberalismo, al racismo, al colonialismo, al fascismo y a la lógica de la dominación puede conducirnos al fin de toda esperanza” (p. 158).
La cita de Virginia Wolff que sirve como segundo lema del tercer capítulo me parece fascinante y no puedo dejar de transcribirla: “Durante todos estos siglos, las mujeres han servido de espejos dotados con el mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural” (p. 161). Ha llegado el momento de abrir expediente al neoliberalismo capitalista que produce pobreza y miseria para la mayoría, mientras enriquece a unos pocos, mediante un productivismo insaciable que destroza la naturaleza, premiando el individualismo y despreciando los cuidados, hasta conducirnos al colapso ambiental y civilizatorio. Pero sería un error, a juicio de Angelica Velasco, no reparar en que a su base sigue operando un pernicioso sedimento androantropocéntrico. Con todo, no es menos cierto que bajo la óptica neoliberal se privatizan y comercializan unos cuidados que deberían ser dispensados por la esfera pública. Los cuidados requieren una calidez que no pueden dispensar gente mal pagada o robots regidos por la IA. Desde liuego, al neoliberalismo le trae sin cuidado que precisemos cuidados por nuestra bendita interdependencia.
Otra cuestión a la que se da una capital importancia, como ya se anunció al comienzo, es la del autocuidado. “El autocuidado exige, como mínimo, nutrición e hidratación, descanso y ocio, ejercicio físico, contacto con la naturaleza y relaciones con seres queridos, humano y no humanos. Un autocuidado sin estos elementos (y algunos más) es un autocuidado incompleto” (p. 202). En líneas generales, el ser humano se ha visto reducido a ser un animal laborans. El capitalismo aplaza constantemente la gratificación al esfuerzo realizado, como si estuviéramos en una cinta rodante sin fin de la que no pudiéramos bajarnos. En muchos empleos, para más inri muy privilegiados, cada cual decide someterse a una explotación implacable para conseguir unos objetivos que nunca se colman, como esas vasijas de las Danaides mencionadas por Schopenhauer a propósito del deseo. Llegamos a pretender que nuestros ratos de ocio también sean productivos y en el mundo académico se hace muy difícil desconectar. Por eso se cita con entusiasmo el Elogio de la pereza de Bertrand Russell. Difícilmente podría estar más de acuerdo con estas consideraciones y, de hecho, hace muy poco escribí un artículo titulado: ¿Habría que abolir el trabajo? Allí recuerdo la reveladora etimología del término y que no se puede llamar empleo a contratos abusivos absolutamente precarios y con una remuneración de pacotilla. Justamente por hallarnos en una situación de privilegio, al haber conocido las bondades del ascensor social y el Estado del bienestar, podemos denunciar cuanto está mal, como Kant encomendó a las Facultades de Filosofía, destinadas en su opinión a ser el ala izquierda del parlamento universitario.
“Dime cómo tratas a los demás animales y te diré quién eres”, así reza el título del último capítulo, donde se nos hace ver los tormentos que padecen aquellos animales destinados al consumo humano con sumo detalle y ejemplos concretos. También se nos traslada lo difícil que le resultó dejar de comer carne para ser coherente con sus ideas. Es cierto que todos rechazamos el mal con una pose casi estética, pero luego nos cuesta ser coherentes. Para ilustrar este punto se cita un impactante pasaje de Arendt, quien señala que nuestra conciencia nos dicta no matar, pero que Hitler impuso lo contrario como ley, lo cual hizo que los alemanes resistieran la tentación de no devenir cómplices por acción u omisión del Holocausto (pp. 240-241). Ese mismo Holocausto que, paradójicamente, invocan ahora en Israel quienes abrazan el sionismo para justificar el genocidio de Gaza y la colonización bíblica de los territorios adyacentes. Parece que también han aprendido a resistir la tentación de repudiar semejante violencia. Pues bien, recogiendo el pasaje de Wolff sobre las mujeres como espejo que duplican la imagen del varón, Angelica Velasco se pregunta cuánto aumenta el tamaño de las personas al compararse con los animales, “eso que no somos y que podemos utilizar para nuestro beneficio” (p. 242). Dicho sea de paso, el gas utilizado para exterminar a los judíos fue inventado para matar a las ratas, pero eso casaba muy bien con los atributos conferidos al chivo expiatorio nazi.
Para mantener un poco el suspense y porque a estas alturas estoy bastante agotado, dejaré sin comentar la segunda parte del último capítulo, para que los lectores puedan saborear las vivencias contadas en esas páginas. El epílogo se pregunta si hay esperanza y propone actuar como si la hubiese, al modo en que Kant nos recomendó hacer con su formalismo ético, donde todo está abierto y nos corresponde resolver los dilemas éticos a cada paso por nuestra cuenta, resultando eso sí más fácil esquivar la injusticia que dirimir lo justo. Angelica Velasco preferiría no haber escrito este libro, porque significaría que sus reivindicaciones no harían falta. Dado que no es así, debemos felicitarnos por poder disfrutar de su lectura. Está escrito con el corazón en la mano y eso se nota.
Me gustaría preguntarle qué la parece la serie Machos alfa de Laura Caballero y si no cree que su humor es catártico. Y comentarle cómo en mi generación, dentro de ciertos ambientes universitarios, no había que reivindicar la igualdad entre los géneros, porque se trataba de algo que se daba naturalmente, como si unos y otras lo lleváramos incorporado a priori, pese a que se nos había educado bajo la dictadura franquista y el trasfondo del nacionalcatolicismo. Siempre me ha resultado llamativo que se haya dado un claro retroceso en algunas generaciones posteriores, pese a haber sido educados con unas premisas que contemplaban ese tratamiento igualitario, al menos presuntamente.
Coordinación Estatal Contra la OTAN y las BASES (CECOB)
22 de junio de 2026
La Coordinación Estatal Contra la OTAN y las Bases (CECOB), una coalición de plataformas locales de organizaciones comprometidas en la lucha contra la entrega de nuestra soberanía a los EEUU, desea manifestar los siguiente:
A medida que se profundiza la grave crisis estructural del modelo capitalista occidental y de la hegemonía de EEUU, la agresividad del imperialismo crece sin cesar, mostrando la necesidad ineludible de contemplar de forma integral sus diferentes manifestaciones.
El golpe de Estado fascista en Ucrania pretendía consumar en 2014 el cerco de la OTAN a Rusia, iniciado poco después de la desaparición de la URSS, con la intención expresa de fragmentar el país y apropiarse de sus recursos. Durante 8 años, el gobierno fascista de Ucrania suprimió libertades, persiguió todo lo relacionado con la lengua y la cultura rusas, ilegalizó partidos políticos y masacró a los pueblos del Donbás.
Ocho años más tarde, ante el incumplimiento de los Acuerdos de Minsk, que pretendían poner fin a las masacres y la negativa de los EEUU a suscribir un tratado de Seguridad transfronterizo, Rusia respondió al llamamiento de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk, iniciando una operación militar en su auxilio que excluía explícitamente la intención de adueñarse de Ucrania y, mucho menos, de atacar a cualquier país europeo.
Durante los cuatro años de guerra se ha evidenciado que se trata de una guerra de la OTAN contra Rusia, en la que el pueblo ucraniano pone la carne de cañón, instigada en los últimos tiempos, por la UE y Gran Bretaña.
La voladura del Nord Stream, aceptada sin rechistar por los gobiernos de la UE, tuvo por objetivo cortar tajantemente los naturales vínculos económicos y comerciales de Europa con Rusia, consumando la estrategia geopolítica anglosajona de división europea para dominar a Rusia.
En el epicentro de la crisis junto a EEUU, la UE, que está viendo hundirse su economía, continúa las políticas de transferencia masiva de fondos públicos a bancos y multinacionales, estableciendo la estrategia del Rearme para “defenderse” de un hipotético ataque ruso.
Esta estrategia se impone mediante una masiva propaganda de guerra en la que la rusofobia juega un papel central, reproducida unánimemente por los medios de comunicación y a través de una intensificación de los mecanismos represivos y de control social.
El programa histórico del sionismo de masacre y expulsión del pueblo palestino de sus tierras, inscrito en su proyecto colonial de dominación de toda Asia Occidental, se ha visto confrontado por el Eje de la Resistencia, que agrupa a la resistencia palestina, libanesa, iraquí, a Yemen y a la República Islámica de Irán.
La respuesta solidaria con Palestina que ha recorrido el planeta se ha articulado sobre el reconocimiento de la legitimidad de la resistencia – incluyendo la lucha armada – y sobre la lección práctica del pueblo palestino de que sólo la victoria pone fin a la lucha por la vida y la soberanía.
La agresión militar conjunta de EE.UU. e Israel a la República de Irán y a Líbano, sin justificación alguna y durante un proceso de negociación, muestra la enorme penetración del sionismo en las estructuras de poder de Washington y exige la respuesta solidaria anti-imperialista y anti-sionista de los pueblos del mundo y el reconocimiento pleno de su derecho a la resistencia.
El ataque a Venezuela con el objetivo evidente de hacerse con sus recursos y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y su esposa, es la enésima puesta en escena de un imperialismo que, aunque desde que nació acumula crimen tras crimen contra los pueblos, ahora ni se molesta en construir falsas justificaciones.
El asedio total impuesto a Cuba pretende destruir uno de los símbolos más brillantes y coherentes de la revolución y la resistencia anti-imperialista. La voluntad resuelta de su pueblo y de su gobierno de mantenerse firmes exige de nosotros todo el apoyo y la solidaridad en defensa de la Revolución Cubana.
La voluntad de injerencia imperialista sobre todo el continente americano, expresada abiertamente en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, anticipa ulteriores intervenciones en Nicaragua, Colombia, México y en cualesquiera otras naciones que opongan la mínima resistencia a sus planes de dominación.
El Sáhara Occidental, que viera frustrado su derecho a la autodeterminación por la traición del estado español en 1975, persiste en su lucha contra la ocupación de Marruecos, un enclave del sionismo y del imperialismo para el control del continente africano.
La presión euroatlántica por apropiarse de los recursos africanos está provocando innumerables conflictos interétnicos y masacres de regímenes clientelares que privan a sus pueblos de los beneficios de su explotación y del derecho a su propio desarrollo.
Esta agresividad planetaria se corresponde directamente con la profundidad de la crisis que afecta prioritariamente a EEUU y a Europa, más allá del color político de sus gobiernos o del carácter de sus dirigentes. Así mismo, es la inestabilidad política derivada de la gravedad de la crisis, la que hace que las oligarquías imperialistas, usando el racismo y la xenofobia para dividir a la clase obrera, impulsen y financien a organizaciones fascistas, hermanas gemelas de los nazis ucranianos.
Son inaceptables los planteamientos de equiparación entre el imperialismo agresor y el gobierno del país agredido aludiendo a pretendidas carencias democráticas de éste, que solo a su pueblo corresponde modificar. Como es inaceptable la caracterización como terrorismo de la resistencia a la ocupación colonial por todos los medios posibles, incluyendo la lucha armada. Este juego de equidistancia, que ha venido repitiéndose en las últimas décadas, ha contribuido decisivamente a dividir y debilitar la respuesta a los crímenes del imperialismo.
Es hora ya de aceptar que solo unidos en una comprensión común de sus distintas manifestaciones podremos derrotar a la triada imperialismo-sionismo-fascismo que amenaza la civilización humana; y que de nada valen las propuestas para enfrentar solo algunas de sus expresiones si no se hace desde un planteamiento integral que, necesariamente pasa por las siguientes condiciones:
· Salida de la OTAN y cierre de las Bases. · Contra el Rearme y la Militarización Social · Contra el imperialismo, el sionismo y el fascismo, la más amplia y firme solidaridad internacionalista. · No a la Guerra Imperialista.