domingo, 25 de octubre de 2026

La derecha ya no sabe ni insultar

Fuentes: Rebelión

Cuenta Borges, en su “Arte de injuriar”, una anécdota tomada de Thomas de Quincey sobre un caballero que, en una discusión  teológica o literaria, recibió un vaso de vino en la cara y respondió sin inmutarse: “Esto, señor, es una digresión; espero su argumento”.

Lo recordé al ver la pintada que alguien de derechas ha dejado en la puerta de la sede de un partido de izquierdas en Huelva, queriendo insultar a sus militantes y dirigentes: “Comegambas”.

Quienes somos de izquierdas tenemos asumido que nos pueden llamar de todo. Rojos, por supuesto, aunque a estas alturas suena casi a comentario de época; sucios, como si el jabón tuviera carné de partido; ignorantes, casi siempre en boca de quien no ha terminado de leer un libro en su vida; ineptos, violentos… Y, si eres mujer, fea o puta, que es el insulto que queda cuando en la cabeza ya no queda nada. El repertorio es amplio y conocido, pero tiene un rasgo característico: mengua día a día el ingenio que lo sostiene.

Y, sin embargo, no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la derecha insultaba a la izquierda con talento. Cuando la diputada laborista Bessie Braddock le espetó a Churchill: “Winston, estás borracho, y lo que es peor, asquerosamente borracho”, el premier le respondió sobre la marcha: “Bessie, querida, tú eres fea, y lo que es peor, asquerosamente fea. Pero mañana yo estaré sobrio y tú seguirás siendo asquerosamente fea”. Y cuando, en el debate presidencial de 1984, le preguntaron a Ronald Reagan si su edad le restaba facultades frente al demócrata Walter Mondale, contestó enseguida: “No voy a explotar con fines políticos la juventud y la inexperiencia de mi adversario”. El propio Mondale se rio, y años después admitió que en ese instante supo que había perdido.

Eran otros tiempos y otros lugares. En nuestra España de ahora, la siempre encopetada derecha que tanto presume de linaje, colegio y apellido compuesto, no ha encontrado nada más elaborado que llamar “hijo de puta” a Pedro Sánchez en cualquier momento y circunstancia, venga o no a cuento: en el Congreso, en el estadio, en la cola de la panadería o en cualquier conversación familiar. Demasiado colegio privado y estudios en el extranjero para terminar así, y por seguir a personajes tan mal educados, bocas sucias y groseros como Trump o Milei.

Por eso, lo confieso, el “comegambas” me pareció al principio un salto cualitativo. Al menos hay en él un amago de concepto, casi una tesis: la izquierda es impostora, pues predica el pan para todos y toma, sin embargo, marisco. Aunque, en realidad, tiendo a pensar que detrás de eso está el abismo de la estulticia.

Porque cabe preguntarse qué tipo de circuito neuronal lleva a alguien a concluir que las personas de izquierdas somos despreciables porque nos gusten las gambas y las comamos de vez en cuando. Y, sobre todo, que se insulte a alguien porque coma gambas ¡en Huelva!

Sembrar odio adobado con ignorancia conduce a esto: a creer que la izquierda tiene prohibido el disfrute, que el socialismo es un régimen de pan duro, sopa rancia y agua sucia y que todo militante que pide una ración de algo traiciona a la clase obrera. Es justo al revés. Quienes somos de izquierdas nunca hemos querido que nadie deje de comer gambas, sino que las coma todo el mundo. Lo que nos preocupa es cuántos y quiénes se pueden sentar a la mesa.

La historia está llena de insultos que merecían no olvidarse. Quevedo despachó a Góngora con un soneto que empieza “Érase un hombre a una nariz pegado”, y cuatro siglos después lo seguimos recitando de memoria. Y el conservador Disraeli explicaba la diferencia entre una desgracia y una catástrofe poniendo a su rival liberal como ejemplo: que Gladstone cayera al Támesis -decía- es una desgracia; la catástrofe sería que alguien lo sacara. Son frases crueles, como la de Churchill, pero detrás de ellas hay ingenio; es decir, la inteligencia de alguien que pensó para poder decirla. Justo lo que no hay detrás del “comegambas” ni del «Pedro Sánchez hijo de puta». Las primeras son memorables; los insultos de la derecha española de Feijóo, Ayuso o Abascal se los llevará pronto el viento y no los recordará nadie. Son pura disgresión.

Schopenhauer lo dejó claro en El Arte de tener razón cuando señaló la última de las estratagemas que recomendaba: «Cuando se advierte que el adversario es superior y que uno no conseguirá llevar razón, personalícese, séase ofensivo, grosero».

Ese es el único consejo filosófico que la derecha española sigue al pie de la letra. Seguramente, sin haberlo leído; o quizá creyendo que Schopenhauer fue un famoso futbolista alemán.

Fuente original: https://juantorreslopez.com/la-derecha-espanola-ya-no-sabe-ni-insultar/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

«Ahí vienen los rojos»

Fuentes: La Jornada - Imagen: El alcalde de Nueva York durante un evento por sus primeros 100 días de   gobierno. Foto AP.

Durante estos últimos 10 años –vale repetir– hemos tenido que usar dos palabras que jamás habían sido necesarias antes para reportar objetivamente sobre la coyuntura política en Estados Unidos: fascismo y socialismo.

En torno a lo del fascismo, todo observador dentro y fuera de Estados Unidos no requiere gran explicación de por qué es necesaria esa palabra para reportar sobre la llegada al poder de un pequeño núcleo político acompañado por milmillonarios encabezados por una figura autoproclamada como salvador de la patria, empleando la retórica populista ultraderechista y declarando “enemigo” a todo opositor, y buscando anular conquistas sociales de derechos y libertades civiles logradas a lo largo de un siglo.

Pero aún más sorprendente en este país, que por décadas dividió al mundo entre los comunistas (los malos) y los capitalistas (los buenos), y que pasó por el macartismo, guerras y operaciones clandestinas contra el “comunismo” en Corea y Vietnam, las Américas y África, y cuyos líderes más recientemente continuaron definiendo el gran principio de “libertad” como “el libre mercado/comercio” como repudio a toda alternativa progresista que insistía en la palabra socialista (Cuba, Chávez, etc), es que de repente dentro de este bastión antisocialista aparezca una creciente corriente socialista. Ese “socialismo” carece de una definición y en gran medida se refiere a lo que antes se calificaba como proyectos socialdemócratas, pero durante la última década se ha expresado a tal nivel que ahora es necesario usar la palabra para caracterizar una parte de esta coyuntura política estadunidense.

Un 43 por ciento de los estadunidenses –entre ellos 65 por ciento de los demócratas y 45 por ciento de independientes– hoy día tienen una percepción favorable del “socialismo”, un nivel sin precedente, reportó Gallup en agosto. Una encuesta del New York Times en mayo registró una creciente reprobación del sistema político y económico estadunidense con dos tercios de votantes indicando que el sistema requiere de cambios mayores o hasta que era necesario desmantelarlo. El rotativo señaló que ese desencanto con “el sistema” podría explicar en parte el creciente apoyo por alguna versión de socialismo.

La ciudad más grande del país, Nueva York, ahora tiene un alcalde, Zohran Mamdani, que se define como socialista democrático y es uno de los políticos estadunidenses que goza de mayor aprobación. La ciudad de Seattle tiene una alcaldesa que se define igual y los pronósticos son que la capital del país será encabezada próximamente por otra socialista democrática. Varios diputados federales también se identifican como socialistas democráticos y todo indica que sus filas se ampliarán en esta próxima elección intermedia.

La figura socialista democrática nacional con mayor perfil y popularidad es el senador Bernie Sanders, candidato presidencial en dos ocasiones (2016 y 2020) que sacudió a la cúpula política y el liderazgo de ambos partidos nacionales con su apoyo creciendo a niveles sin precedente para un político nacional. Sus candidaturas generaron enorme entusiasmo sobre todo entre jóvenes, y abrió las puertas para otros políticos, entre ellos la diputada Alexandria Ocasio-Cortez, que ahora tiene un perfil nacional, junto con otros de sus colegas en el Congreso.

Ante todo esto, de repente se oyen los gritos de alarma resucitados de la Guerra Fría, con el presidente, vicepresidente, líderes del Congreso –e incluso del liderazgo demócrata, entre otros– alertando sobre la amenaza de “los socialistas”. Como eso no pareció asustar al público lo suficiente, el presidente y su gente decidieron llamarlos “comunistas”, con el mandatario repetidamente proclamando que él no permitirá que “Estados Unidos sea comunista” y el secretario de Estado culpando a Cuba por seducir a jóvenes estadounidenses con el sueño socialista. El líder de la Cámara baja ha dicho que hay un peligro a la nación porque están “brotando pequeños Mamdanis por todas partes”.

Al parecer, ahí vienen los rojos estadunidenses otra vez, a recuperar su larga historia de lucha por la democratización de su país.

Langston Hughes/lectura por Aldo Billingslea. Let America be America Again. https://www.youtube.com/watch?v=kU4_nS2YDLk

Fuente: https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/19/columnas/ahi-vienen-los-rojos-american-curios 

Los encantos del maoísmo

Fuentes: Rebelión

                 Es medio siglo desde la muerte de Mao Tse-Tung (1893-1976), y con ello, se antoja reflexionar acerca del por qué el maoísmo se convirtió en un paradigma dentro del marxismo, eludiendo quedar relegado a un fenómeno nacional circunscrito a la China del siglo pasado. A nuestro juicio, y para abreviar una discusión que supera con creces lo expuesto en un par de páginas, el atractivo del maoísmo se debió a tres factores que le dieron un carácter distintivo: su momento de irrupción, su lenguaje y la estrategia revolucionaria.

El momento de irrupción

El maoísmo emerge en un momento histórico en el que el marxismo —sobre todo en el terreno de la teoría y no tanto en el de la práctica— estaba estancado por las interminables pugnas entre trotskistas y estalinistas. Los primeros creían que los segundos habían traicionado a la clase obrera; y estos últimos consideraban que los primeros eran unos renegados del socialismo científico. Esta disputa político-ideológica entre los diádocos de Lenin dejaba muy poco lugar para posiciones «intermedias» o «alternativas». En otras palabras, o se estaba con Trotsky o con Stalin. Sin embargo, ¿qué pasaba con los militantes y las organizaciones que no lograron convencerse de ninguna de las dos posturas?

Con la proclamación de la República Popular China (1949), la divulgación internacional del pensamiento de Mao y el inició de la Revolución Cultural, se respiran «aires frescos» alejados del occidentalismo que había caracterizado al marxismo oficial. Sólo en este sentido, el maoísmo es la primera adaptación de la teoría marxista al Tercer Mundo que tuvo un alcance global con independencia de su espacio de enunciación. Su atractivo pronto se hizo patente en todos lados: desde las aulas de La Sorbonne en París, hasta las montañas del Ayacucho en el Perú, pasando por la Bengala Occidental en la India, para llegar al Partido de la Guardia Roja en los EE. UU. El sesenta y ocho fue el acontecimiento fundacional del maoísmo y la multiplicación de la lucha armada guerrillera durante los setentas, su prueba de fuego. En ambos casos, se trató de la irrupción de una tendencia intransigente, violenta, y necesaria, en la que nuevas generaciones de comunistas —los «jóvenes iracundos», tal y como Darcy Ribeiro los llamó— decidieron pasar a la acción por encima de las convenciones partidarias y los formalismos asfixiantes que emanaban de ellas.

El lenguaje

A diferencia de Marx, Engels y Lenin —y no se diga de otros marxistas posteriores— Mao escribió en un tono sencillo, ameno y directo. Si en la Rusia zarista el panorama estaba en contra de los bolcheviques y las demás fuerzas insurgentes, en la China imperial las condiciones eran de mayor adversidad. Concretamente, los comunistas chinos se enfrentaban a la ardua tarea de transformar una guerra civil que había desgajado al país por décadas, en una guerra popular revolucionaria orientada a la construcción del socialismo. Las fuerzas motrices de la revolución eran preponderantemente campesinas y analfabetas. Mao entendía que tenía que «mover las montañas» para hacer entendible el programa revolucionario a las masas explotadas, y que para ello, no habría otra alternativa más que adoptar su línea. Las comunicaciones orales y escritas de Mao tienen pues un estilo muy particular: combinan máximas morales —algo muy arraigado en la cultura china desde los tiempos de Lao Tzu, Confucio y Mozi—, con los preceptos científicos del materialismo histórico y las condiciones histórico-concretas de China.

No en vano el filósofo francés Alain Badiou consideró a Mao Tse-Tung el «más dialéctico de los marxistas». Los textos más leídos del revolucionario chino no son amplios tratados de economía o voluminosos escritos de sociología política, sino reflexiones breves para andar como pez en el agua. Hay un loable intento por hacer lo complejo simple y lo abstracto concreto conforme al imperativo de pensar dialéctica y correlacionalmente la contradicción esencial y las contradicciones secundarias de la realidad social y el pensamiento. Se demuestra, en consideración de lo anterior, que la teorización marxista no está peleada con una virtud que es cada vez más escasa, la sencillez.  

La estrategia revolucionaria

Los clásicos del marxismo tenían una orientación obrerista por más que hoy existan intelectuales que traten de exculparlos, al intuir palabras más, palabras menos, que: «[…] en algún texto menor, poco conocido, podemos ver como sí se preocuparon por lo indígena, lo campesino, lo popular, etc.». Pero lejos de repartir falsas responsabilidades, habría que comprender más bien su horizonte de visibilidad de conformidad al momento histórico que les tocó vivir. Marx y Engels eran resueltos partidarios de la insurrección proletaria en las grandes ciudades; Lenin, Rosa Luxemburg, Plejánov, Trotsky y Stalin comenzaban a tomarse en serio la alianza obrero-campesina, pero aún bajo la indiscutible dirección del proletariado urbano; Gramsci también fue un decidido defensor de la dirección revolucionaria de la clase obrera, aunque su planteamiento de la subalternidad abría todavía más las alianzas clasistas que sus antecesores.

Con Mao, la vanguardia se invierte del proletariado al campesinado —por lo menos en el ámbito concreto de la práctica revolucionaria— y a la construcción del socialismo le anticipa una democracia de las «cuatro clases» a saber: el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía y la burguesía nacional. De acuerdo a la perspectiva maoísta, los países del Tercer Mundo tienen una doble dificultad en su transición hacia el socialismo en comparación con aquellos países de capitalismo avanzado; tienen que luchar al mismo tiempo contra el colonialismo y el capitalismo en su fase imperialista. Y para ello, no es suficiente la acción política obrero-campesina. También tienen que participar los sectores de la burguesía que estén interesados en romper con su situación de dependencia con miras a la posibilidad de ensayar una política de corte nacionalista.

Más allá de estar de acuerdo o no con la colaboración táctica con algunas capas de la burguesía, lo interesante de la propuesta maoísta de la «Nueva Democracia» es que resuelve una indeterminación teórica que Marx y Engels habían dejado al vacío: la posibilidad de que entre el capitalismo y el socialismo pudiera haber una etapa intermedia a modo de puente entre ambos modos de producción.  

En conclusión, la tercera espada del marxismo continúa teniendo gran pertinencia y relevancia en los tiempos actuales, no solo por qué el Estado nacional más poderoso del mundo se erige sobre su doctrina, sino porque hay en su pensamiento elementos vivos para examinar críticamente las persistencias neocoloniales y la viabilidad de superar dichas vicisitudes por la vía de una política coherente y ad hoc a cada formación económico-social en consonancia con las estructuras de clase que estas reproducen.             

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

sábado, 24 de octubre de 2026

La farsa del patriotismo borbónico

Fuentes: Rebelión

          Resulta un ejercicio de cinismo político contemplar la euforia con la que la derecha y la extrema derecha han aplaudido el reciente paso de la Casa Real por Ceuta. Presentada como una «afirmación inquebrantable de la soberanía nacional», la presencia de la Corona busca alimentar una épica patricia que oculta tras la pompa constitucional una trayectoria histórica de condescendencia, cálculo dinástico y abandono territorial.

Para entender el valor real del compromiso monárquico con las fronteras del Estado, la memoria diplomática ofrece un catálogo incontestable de cesiones. En el otoño de 1975, mientras el dictador agonizaba y Marruecos lanzaba la Marcha Verde, el príncipe Juan Carlos asumía la jefatura del Estado en funciones. Cables desclasificados de la CIA confirmaron cómo el futuro monarca entabló contactos secretos con Henry Kissinger y el rey Hasán II. Su prioridad no era garantizar los derechos de la población saharaui ni defender la Provincia 53, sino comprar el respaldo geopolítico de Estados Unidos para blindar su inminente coronación y evitar un conflicto militar que pusiera en riesgo el trono. El saldo fue la infamia de los Acuerdos de Madrid y el abandono del Sáhara Occidental.

Cuatro años después, ya con la corona ceñida, la lógica transaccional volvió a aflorar. Documentos del Departamento de Estado estadounidense desclasificados en 2014 revelaron que, el 30 de abril de 1979, Juan Carlos I trasladó al enviado especial estadounidense Edmund Muskie su disposición a entregar Melilla a Marruecos a corto plazo. Argumentó con frío utilitarismo que allí «solo vivían unos 10.000 españoles» y que la marejada dentro del Ejército «duraría solo dos meses». Sobre Ceuta, al albergar a 60.000 ciudadanos españoles, planteó una soberanía compartida bajo un protectorado internacional inspirado en el estatus de Tánger.

El Rey como altavoz de la agenda reaccionaria

Con esta genealogía de traición diplomática como telón de fondo, las recientes intervenciones de Felipe VI cobran una gravedad inusitada. Lejos de actuar como un mediador neutral, el monarca ha roto de forma deliberada el encaje constitucional para alinearse plenamente con los marcos discursivos de Vox y el Partido Popular. Al proclamar que hay que actuar «sin medias tintas» y exigir la devolución inmediata de los migrantes, la Zarzuela asume sin ambages la retórica del «enemigo exterior» y la criminalización de los desplazamientos humanos.

Esta toma de postura no es un despiste protocolario; es una toma de partido consciente. Cuando la crisis migratoria golpeó Ceuta con más fuerza, la respuesta real fue la indiferencia operativa, prolongando el descanso estival en Mallorca sin alterar la agenda borbónica. Sin embargo, al intervenir públicamente, la Corona no ha dudado en colocarse la camiseta de la extrema derecha, legitimando el discurso de las devoluciones en caliente y utilizando el sufrimiento en la frontera como combustible para el reagrupamiento reaccionario.

Guerra híbrida, complicidad imperial y desestabilización

El escenario en la frontera sur no se explica sin atender a las dinámicas de una guerra híbrida multidimensional dirigida desde Rabat. Tal y como ha revelado la prensa, en los días de mayor presión migratoria en Ceuta, la propia fragata Mohamed VI, buque insignia de la Marina Real marroquí, incursionó sin autorización en aguas territoriales españolas mientras mantenía sospechosas comunicaciones por radio con pesqueros de la zona. Este tipo de maniobras militares y el uso instrumentalizado de las personas vulnerables en las vallas son herramientas de chantaje geopolítico destinadas a erosionar la soberanía del Estado.

Esta ofensiva marroquí cuenta con la dirección intelectual y el respaldo estratégico de Estados Unidos e Israel. El eje Washington-Tel Aviv-Rabat no perdona la incómoda posición internacional del Ejecutivo español al denunciar abiertamente el genocidio palestino y condenar las intervenciones militares en Asia Occidental. La tibieza con la que el Gobierno central ha intentado quitar hierro a las incursiones navales aludiendo a los «canales fluidos» contrasta con la agresividad de un régimen marroquí que se sabe protegido por las grandes potencias imperialistas.

Pretender que la monarquía borbónica actúa como el escudo garante ante este complejo entramado geopolítico es ignorar la historia y el presente. Quienes hoy jalean las proclamas reales en Ceuta olvidan que, cuando la Casa Real ha necesitado un salvoconducto para afianzar su poder dinástico, las fronteras, los mapas y los derechos de los pueblos han sido siempre la primera moneda de cambio sobre la mesa de negociación.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Del cyborg al repartidor de Glovo: los límites de una izquierda sin praxis

                                    
                                                                                                                      
El pensamiento de Donna Haraway puede inspirar alianzas, pero no puede sustituir al sindicato, a la huelga, al convenio colectivo ni a la coordinación política…rico en lenguaje crítico, pobre en estrategia.
Donna Haraway | Fuente: Rusten Hogness / CC BY-SA 3.0
Donna Haraway | Fuente: Rusten Hogness / CC BY-SA 3.0

Donna Haraway es una de las pensadoras feministas más influyentes de las últimas décadas. Formada en biología y filosofía, se hizo conocida por el Manifiesto-Cyborg y por Seguir con el problema. Su obra critica los dualismos modernos (naturaleza/cultura, humano/máquina, sujeto/objeto) y propone figuras como el cyborg, el Chthuluceno o el compost para pensar alianzas, fronteras y responsabilidades más allá de esos pares. Su influencia en los feminismos, los estudios de ciencia y la ecología política es innegable. Pero desde el marxismo hay que decirlo sin rodeos: su pensamiento no ofrece una teoría de la praxis revolucionaria. No explica la explotación como relación social central ni proporciona mediaciones de organización, estrategia y poder. Esa carencia no es accidental: recorre su rechazo del sujeto revolucionario y su desplazamiento hacia una ética multiespecie.

La praxis en Haraway

La pregunta pertinente no es si el pensamiento de Haraway es fiel a una ortodoxia, sino si su teoría orienta una práctica mínimamente transformadora.

El cyborg es una figura para pensar fronteras y alianzas, no para fundar un sujeto revolucionario… ese mito irónico no desarrolla por sí mismo una praxis política concreta

En el Manifiesto-Cyborg, Haraway no propone el cyborg como ontología cerrada ni como programa político. Lo describe como un esfuerzo blasfematorio para construir un irónico mito político fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo. Es una imaginería blasfema, una figura para pensar fronteras y alianzas, no para fundar un sujeto revolucionario. El problema no es que lo presente como solución a la lucha de clases, sino que su mito irónico no desarrolla por sí mismo una praxis política concreta. ¿Qué organización, estrategia o sujeto colectivo se derivan? El Manifiesto no desarrolla esas mediaciones. Haraway rechaza los dualismos naturaleza/cultura y propone un entramado material-semiótico: pensar juntas las dimensiones materiales y semióticas. No reduce lo material a discurso. Pero, desde el marxismo, hay que señalar que ese materialismo no es materialismo histórico. Al no reconstruir la mediación práctica y productiva con la misma centralidad que concede a la material-semiótica, su marco no explica suficientemente cómo las condiciones materiales se transforman mediante el trabajo y las relaciones de producción. Y sin esa explicación, la crítica pierde filo político.

Materialismo sin praxis

El trabajo humano transforma la naturaleza y, al transformarla, la conoce. La relación sujeto-objeto es transformación práctica, no contemplación ni puro discurso. El materialismo de Haraway no reconstruye esas prácticas desde las relaciones de producción y el trabajo. Ahí está el límite: una materialidad sin teoría de la praxis productiva difícilmente se convierte en teoría de la transformación social. No se trata de que Haraway ignore la materia; se trata de que su materialismo no pasa por la explotación, la plusvalía y la propiedad. Por eso es incapaz de explicar la lógica central del capitalismo.

Esa insuficiencia afecta su concepción del sujeto. Haraway cuestiona la figura de un “Gran Sujeto” y propone el cyborg como figura alternativa. No obstante, para el marxismo-leninismo, el sujeto revolucionario no se agota en identidad o discurso: se constituye materialmente en relaciones sociales y políticamente en la lucha y la organización. La alienación, en Marx, es una relación social material: el trabajador queda privado del producto y de su actividad porque los medios de producción están bajo propiedad capitalista. Superarla no es transformar la relación simbólica humano-máquina, sino las relaciones de propiedad que hacen que el producto y los medios se le enfrenten como poderes ajenos. La cuestión no es si el sujeto es múltiple o híbrido, sino qué lo constituye materialmente y mediante qué formas de organización puede convertirse en fuerza política. Esa mediación no queda suficientemente desarrollada en Haraway. Peor aún: al privilegiar coaliciones dispersas y frentes sin partido, su marco puede normalizar una política débil, sin acumulación ni disputa real por el poder.

¿qué praxis política se deriva del compost? ¿Qué organización, estrategia o sujeto? Ofrece una ética del vivir-con y una poética de la respons-habilidad, pero no desarrolla una teoría política de la transformación

Del cyborg al Chthuluceno

En Seguir con el problema, Haraway pasa a un terreno ecológico y multiespecie. El Chthuluceno no es, para ella, utopía: es “un tiempo de comienzos, un tiempo para la continuidad, para la frescura”. Sus agentes son “seres de la tierra y de última hora”, criaturas tentaculares en una tierra “no hecha por y para humanos”. Se define como “compostista”: el compost piensa la vida común, la descomposición y la regeneración. Ese desplazamiento tiene profundidad política. Pero persiste el problema: ¿qué praxis política se deriva del compost? ¿Qué organización, estrategia o sujeto? Ofrece una ética del vivir-con y una poética de la respons-habilidad, pero no desarrolla una teoría política de la transformación comparable a la que aquí se reclama. Desde el marxismo, ese desplazamiento tiene un costo claro: la contradicción capital-trabajo queda en segundo plano y la política se vuelve cuidado, alianza y responsabilidad, sin enemigo principal ni estrategia de poder.

Una organización política necesita mecanismos que el marco de Haraway no proporciona: acumulación de experiencia, formación política, coordinación, continuidad organizativa, programa e intervención institucional

La objeción no es que Haraway sea “idealista” o niegue la materia. El problema es que no proporciona por sí mismo una teoría suficiente de la organización estratégica, la acumulación política y la disputa por el poder. No basta para explicar cómo una clase explotada acumula fuerza, se organiza, elabora estrategia y disputa el poder. Haraway reconoce que los cyborgs parecen tener un sentido natural de la asociación en frentes para la acción política, aunque sin partidos de vanguardia. Eso no es un detalle menor: es una renuncia a las mediaciones que convierten la crítica en fuerza política. El Manifiesto privilegia formas de asociación y coalición que no desarrollan, al menos explícitamente, una teoría equivalente de la estrategia, la continuidad organizativa y la disputa por el poder. Una organización política necesita mecanismos que el marco de Haraway no proporciona: acumulación de experiencia, formación política, coordinación, continuidad organizativa, programa e intervención institucional. Sin esas mediaciones, la teoría crítica tiene dificultades para convertirse en fuerza política organizada.

IA y repartidores

El repartidor de Glovo es, en cierto sentido, el cyborg realmente existente que Haraway imaginó como mito irónico: su cuerpo no trabaja solo, sino acoplado a un smartphone, una app, un GPS y un algoritmo que le asigna pedidos, mide tiempos, lo vigila y lo puntúa. Pero mientras el cyborg de Haraway celebraba la disolución de fronteras entre humano y máquina como una oportunidad de alianza y transgresión, el rider vive esa misma hibridación como heteronomía: la máquina no lo potencia, lo subordina; no lo libera, lo precariza. La fusión cuerpo-algoritmo no es aquí una figura de emancipación, sino la forma concreta que adopta la subsunción del trabajo al capital en la economía de plataformas. El repartidor es, así, un cyborg sin control sobre su parte cibernética: la app decide, la empresa extrae, el trabajador obedece. Por eso la metáfora del cyborg puede describir la experiencia híbrida del rider, pero no basta para explicar quién posee los datos, quién fija las tarifas y cómo se organiza colectivamente la resistencia. Para pasar del cyborg al repartidor de Glovo no hace falta abandonar la crítica de Haraway, sino completarla con lo que ella no da: una teoría de la explotación, de la organización y de la lucha por el poder.

La fusión cuerpo-algoritmo no es aquí una figura de emancipación, sino la forma concreta que adopta la subsunción del trabajo al capital en la economía de plataformas

La IA generativa no elimina el trabajo humano: lo desplaza y lo oculta. Combina corpus de datos con tareas humanas de etiquetado, evaluación, moderación y control. Gray y Suri mostraron cómo el “trabajo fantasma” sostiene la economía digital; Perrigo documentó a trabajadores kenianos subcontratados por OpenAI para etiquetar contenido usado en la seguridad de ChatGPT. Desde una perspectiva marxista, esa apropiación privada de trabajo y conocimiento social permite volver a plantear la cuestión de la explotación y de la propiedad sobre las condiciones de producción. Esa infraestructura se integra en un modelo en el que la capacidad computacional, los datos, la propiedad intelectual y el trabajo especializado adquieren un peso estratégico.

La cuestión pasa entonces por qué formas de organización pueden articular la acción sindical, el movimiento vecinal y la disputa institucional; qué formación política requieren y qué capacidades permiten acumular. Lo mismo con la vivienda: el cyborg tampoco proporciona por sí mismo las mediaciones necesarias para organizar una lucha contra un desahucio ni para articular alquiler y reproducción social. Una organización política consciente puede hacerlo: dar continuidad, elaborar estrategia y disputar las condiciones que lo producen.

El problema no es que el cyborg sea una mala metáfora. Cuando una repartidora se enfrenta a un algoritmo que determina sus condiciones de trabajo, necesita algo más que una ontología de la subjetividad: organización, negociación, representación colectiva y poder

El problema no es que el cyborg sea una mala metáfora. Cuando una repartidora se enfrenta a un algoritmo que determina sus condiciones de trabajo, necesita algo más que una ontología de la subjetividad: organización, negociación, representación colectiva y poder. Haraway puede inspirar alianzas, pero no puede sustituir al sindicato, a la huelga, al convenio colectivo ni a la coordinación política. Su marco, llevado al límite, produce una izquierda sin praxis: rica en lenguaje crítico, pobre en estrategia.

Haraway responde a la crisis de las categorías políticas de la modernidad cuestionando sus universalismos y atendiendo a las diferencias y al poder. El problema aparece cuando esa crítica no va acompañada de una teoría suficiente de la organización, la estrategia y el poder para convertir la crítica en transformación. En ese desplazamiento teórico quedan sin desarrollar las mediaciones organizativas necesarias para convertir la crítica en fuerza política. Y sin esas mediaciones, la izquierda queda atrapada en la denuncia, la identidad y la alianza difusa, mientras el capital sigue reorganizando el trabajo. 

La 'marea verde' pisa las calles nuevamente

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Por Agustín Moreno

Activista de Ecologistas en Acción       16/10/2026




En la acampada de la Puerta del Sol de Madrid he visto un cartel que pone: “Una carrera, un máster, un trabajo. Y la única forma de tener una vivienda: que muriera mi madre”. Resume a la perfección el problema de la vivienda, y también el de la educación que ya no funciona como ascensor social por muchos estudios que se tengan. Pero, sobre todo, denuncia la falta de perspectivas de futuro de la juventud. Vous avec pris l´argent, laissez-nous au mois l´avenir. Cogisteis el dinero, dejarnos al menos el porvenir, que dicen los estudiantes de los liceos que se manifiestan estos días en las calles de París y de toda Francia contra los recortes. Como allí, aquí también se dirime tener una educación pública de calidad que garantice la igualdad de oportunidades y reduzca la desigualdad. O seguir utilizando la educación privada y concertada para el negocio económico e ideológico y para la segregación social.  

En un artículo reciente analizaba el informe PISA y afirmaba que las huelgas del profesorado de la educación pública son cono el canario en la mina, porque nos avisan de que hay un problema serio en la educación en España.

Por primera vez se une el profesorado de todas las etapas educativas (de infantil a universidad) y se declaran en huelga desde el 14 de octubre en la Comunidad de Madrid. Las calles se han vuelto a llenar de camisetas verdes en grandes manifestaciones, algunas de más de cien mil personas, muchas de ellas jóvenes. Esta huelga ha sido convocada con carácter indefinido y de manera unitaria por prácticamente todos los sindicatos de trabajadores de la enseñanza y de estudiantes, y está apoyada por asambleas de docentes, las familias (AMPAS) y numerosos movimientos juveniles y sociales.

La huelga surge por el mismo malestar que en otras comunidades autónomas y por iguales reivindicaciones: bajada de ratios, contratación de más profesorado, menos horas lectivas, aumento de recursos de atención a la diversidad, subida de salarios, reducción de la burocracia. Las propuestas del profesorado persiguen dignificar la docencia, mejorar la calidad educativa.

En la base de las movilizaciones y huelgas del profesorado en muchas otras comunidades autónomas (Cataluña, Comunidad Valenciana, Andalucía, Cantabria, Aragón, Murcia, etc.), se repiten tres malestares: escasa inversión, privatización y desprecio a la labor del profesorado. Veamos.

Con carácter general, la inversión educativa es insuficiente y ni siquiera se han recuperado los niveles de 2009. Ahora que vienen elecciones, hay que recordar que los gobiernos del PP recortaron 44.652 millones de inversión educativa durante 14 años. El caso de la Comunidad de Madrid es de los más sangrantes. Siendo la región con mayor renta per cápita, está a la cola en inversión por alumno y año: solo 5.900 euros, frente a los 10.000 del País Vasco.

La privatización avanza por varias vías: financiación de los centros privados concertados, potenciando su expansión y el robo de alumnado a la pública con la negativa a construir centros públicos en los nuevos barrios. Madrid es la segunda comunidad autónoma, después del País Vasco, que más gasta en educación concertada. En educación superior, en Madrid hay seis universidades públicas y 14 privadas, muchas de ellas son auténticos chiringuitos expendedores de títulos. Mientras, se asfixia financieramente a las universidades públicas dificultando su función y hasta el pago de las nóminas.

El desprecio al profesorado es evidente. El Gobierno de Ayuso se niega a negociar con el sector de educación infantil que llevan medio año de huelga por unas condiciones laborales y salariales profundamente injustas y precarias que dificultan la calidad en una etapa primordial del desarrollo. ¿Cómo puede estar una sola educadora con 20 niños de 2-3 años por una norma de 1991? La huelga actual está convocada desde hace meses y la consejería no ha abierto ninguna mesa de negociación. La delirante respuesta autoritaria de Díaz Ayuso al 70% de profesorado que participa en el ejercicio del derecho constitucional de huelga, es que es una protesta política y que la izquierda utiliza la violencia cuando hay elecciones, cuando lo único que ha habido es violencia policial.

Así las cosas, para el éxito de la huelga entiendo que son necesarias tres condiciones. La primera, la máxima participación del profesorado y el apoyo solidario de toda la comunidad educativa y de la ciudadanía a una huelga justa por un bien común. Algo que se tiene que reflejar en los datos de huelga, en el acompañamiento en su lucha, la asistencia masiva a las manifestaciones y la ayuda a mecanismos de resistencia.

La segunda, la unidad de las fuerzas convocantes y la máxima inteligencia en la estrategia para sostener la movilización en el tiempo y con la máxima participación en ella y en la toma de decisiones. Una cuestión clave para el triunfo de la lucha es asegurar a través de los sindicatos confederales la coordinación con las luchas del profesorado de otras comunidades autónomas. No es fácil conseguir los objetivos en un solo sitio cuando en la mayoría de las CCAA con conflicto gobierna la misma derecha.

En tercer lugar, hay que tener presente el ciclo electoral que comienza y se prolonga hasta la primavera de 2027. Y hacerlo en un doble sentido. Por un lado, exigir que la educación pública esté en el debate político con la misma fuerza que la vivienda o la sanidad. Porque prácticamente había desaparecido a pesar de las numerosas y potentes luchas realizadas. El adelantamiento de las elecciones ha dejado en el aire una de las pocas mejoras previstas: los decretos sobre exigencia de calidad en la Formación Profesional; y el de reducción de ratios en infantil, de 8 a 4 en bebés de un año, de 14 a 6 niños de 1-2 años, y de 20 a 8 en niños de 2-3 años, y la pareja educativa. Lo que se ha llegado a legislar es la reducción de ratios en primaria y secundaria, y mira que se pudo hacer estos años de gobierno para revertir los recortes del RDL 14/2012 de Wert-Rajoy.

Debe cambiar el marco del debate político hacia las cosas realmente importantes, como la vivienda, la educación, la sanidad o las pensiones. Que no esté centrado en los espantajos utilizados por la ultraderecha para desviar la ira del malestar de los de abajo hacia los de más abajo. En educación se deben exigir propuestas políticas claras y concretas para su mejora en una perspectiva de contracción demográfica. Un programa de cuatro puntos básicos: fortalecimiento de la red pública y reducción de la concertada, inversión del 7% del PIB, dignificación de la profesión docente, y laicismo en la escuela.

Evidentemente hay que tener en cuenta todo lo anterior a la hora de votar. Creo que a nadie se le escapa que los bárbaros están a las puertas y podemos entrar en un periodo de noche y niebla si gobierna la derecha-ultraderecha. En su infinita torpeza, desfachatez o soberbia, ya van diciendo que quieren acabar con el sistema público de pensiones y atacar los servicios públicos (sanidad, educación, dependencia) que son los que deben asegurar los derechos de ciudadanía. Anuncian lo que quieren hacer porque están al servicio de las élites. Además, hay una ecuación de rearme y bajada de impuestos a los ricos que los lleva directamente a los recortes y a cargarse el Estado de bienestar. Es lo que está incendiando varios países europeos como Francia, Bélgica, Portugal, Países Bajos…

Los que vivimos de cerca la Marea Verde de 2011-2012, estamos orgullosos de estas movilizaciones que vuelven a recorrer las calles nuevamente. Ponen encima de la mesa que la educación es un derecho fundamental que nadie nos puede arrebatar. Es de justicia atender las demandas del profesorado en lucha porque son los que mejor conocen lo que pasa en las aulas y persiguen mejorar la calidad educativa. Está en juego otro modelo de sociedad y un futuro de esperanza.


viernes, 23 de octubre de 2026

La guerra de Estados Unidos contra Irán se le vuelve en contra, mientras el régimen saudí se arrastra a su colapso


 Por «Ali Reza» Peralta | 19/10/2026 | Mundo

Fuentes: Rebelión

      La predicción no proviene de un analista marginal, sino de voces con acceso directo a los engranajes del conflicto: Scott Ritter, exinspector de armas de las Naciones Unidas, y Mohammad Marandi, profesor iraní. Ambos trazaron el mismo diagnóstico en el programa “The Grand Standoff: Iran and the World” de Al Mayadeen, las viejas certezas se están derrumbando a gran velocidad.

Su advertencia es directa. La guerra de Washington contra Irán ha fracasado. La estrategia de presión económica se está revirtiendo. Y las consecuencias de ese revés podrían terminar por derribar al régimen saudí.

«No creo que sea cuestión de si la Casa de Saud cae. Creo que es una cuestión de cuándo cae la Casa de Saud», así de tajante fue Ritter sobre Riad.

Una evaluación de alto impacto, precisamente porque proviene de alguien que formó parte del establishment de seguridad estadounidense. Y el escenario que describe es aún más grave para Washington.

Según Ritter, la opción militar ya está agotada. «La solución militar ofrecida por Israel no es una solución», sentenció, argumentando que Estados Unidos e Israel ya emplearon sus capacidades convencionales sin alcanzar sus objetivos. Irán, en cambio, se adaptó, aprendió y salió fortalecido. «Irán es más fuerte. Nosotros somos más débiles. Creo que tenemos que tomar esto en cuenta», sostuvo.

Como prueba de ese debilitamiento, señaló tres frentes conectados: las restricciones impuestas por Irán al tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz, que están asfixiando los suministros globales de energía; las operaciones de Yemen contra la infraestructura energética saudí; y la guerra entre Rusia y Ucrania. Todo está interconectado y está ejerciendo una presión creciente sobre la economía estadounidense.

Ese diagnóstico coincide con los comunicados oficiales de Teherán. El 10 de octubre la Fuerza Naval del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica anunció que “cualquier buque en el Estrecho de Ormuz que haya desactivado los sistemas de navegación e identificación será clasificado como hostil», y advirtieron que se tomarían «acciones decisivas y severas».

La respuesta de Washington, dijo Ritter, ha sido improvisada. Más suministros de diésel. Soluciones de corto plazo. Ninguna medida atacó la causa de fondo. Y la causa de fondo es que la guerra en sí misma es invencible.

El profesor Marandi profundizó esa línea. Una vez que las bombas fallaron, Washington apostó al colapso económico como última carta. «Lo único que queda es la esperanza de un colapso económico», dijo, aunque sostuvo que esa expectativa nunca se materializó. Irán absorbió la presión y ahora esa presión fluye en sentido contrario.

Marandi detalló la escasez que ya se siente: petróleo crudo, gas natural licuado, azufre, helio y petroquímicos. Las disrupciones, explicó, se aceleraron a medida que Irán intensificó las operaciones contra los buques que violan sus restricciones en Ormuz. Los mercados globales lo están sintiendo y el objetivo de Washington de aislar a Irán se desvanece.

Del otro lado, la posición oficial de Washington intenta minimizar el impacto. El Comando Central de EE.UU. (CENTCOM) aseguró que «el tráfico está fluyendo a través del Estrecho de Ormuz en este momento transportando bienes comerciales», mientras el Secretario de Energía, Chris Wright, dijo, como tantas cosas que dice la administración estadounidense, que «estamos haciendo pasar muchos barcos, pero por supuesto eso requiere que lo hagan los militares estadounidenses». El Secretario del Tesoro, Scott Bessent, fue más allá y habló de un «Día D económico» contra Irán y de que Washington entra en el «final de juego».

Pero el verdadero peligro, coincidieron Ritter y Marandi, está en Riad.

El príncipe heredero Mohammad bin Salman optó por escalar contra Yemen, acusó a los hutíes de haber elegido «el caos, la destrucción y amenazar a los yemeníes y a la región» y prometió una «acción firme contra cualquier amenaza o ataque dirigido a su seguridad». Esa decisión, según Marandi, dejó al reino expuesto a una doble presión: la económica iraní y las operaciones militares yemeníes.

Y esa amenaza ya es explícita. El vocero militar de Ansar Allah, Yahya Saree, anunció esta semana que sus fuerzas habían llevado a cabo «una operación militar de alta calidad dirigida contra Aramco en Dhahran», así como ataques contra el aeropuerto de Riad y una refinería, y advirtió que las operaciones «continuarán en los próximos días, apuntando a aeropuertos enemigos saudíes e instalaciones petroleras».

Marandi recordó la anterior campaña de Arabia Saudita contra Yemen y advirtió que un conflicto prolongado podría poner en riesgo la supervivencia del propio régimen. «Si Arabia Saudita cae, ninguno de estos pequeños regímenes en nuestra región sobrevivirá».

El señalamiento apunta al cuadro general. La Casa de Saud está en el centro de una red de gobiernos del Golfo Pérsico que dependen de la protección militar estadounidense y de los ingresos de los hidrocarburos. Si Riad cae, el efecto en cadena alcanzaría a todos. Ritter se preguntó si Washington siquiera contempló ese escenario y advirtió que el régimen saudí es más vulnerable a la desestabilización que Irán.

¿Y qué viene ahora?

Ritter considera que Estados Unidos eventualmente tendrá que asumir la realidad, no puede ganar en lo militar ni asfixiar a Irán en lo económico. En algún momento deberá buscar un acuerdo negociado. Teherán, afirmó, no busca la dominación regional, sino garantías contra una nueva agresión. «Esta guerra no puede durar para siempre. La cuestión de fondo es que la economía global colapsará si esto continúa, y Estados Unidos tendrá que ajustarse en consecuencia».

Marandi se mostró menos optimista. Señaló el memorando de entendimiento existente como una posible vía de salida, pero sostuvo que Trump difícilmente lo aceptará. «Hay una salida, una rampa de salida, y eso es aceptar el memorando de entendimiento», dijo. En lugar de eso, prevé una escalada. «La única forma de avanzar que le queda, supongo, es la escalada».

Desde Tel Aviv, la lectura es opuesta. El embajador israelí en India, Reuven Azar, afirmó que los intentos de Irán de interrumpir el transporte marítimo y «secuestrar el comercio internacional a través del Estrecho de Ormuz han fracasado» y que Teherán debe aceptar los términos de EE.UU. o enfrentar consecuencias militares.

Pero lo cierto es que el enfrentamiento está dejando al descubierto los límites del poder estadounidense. La resistencia iraní se mantiene y los hutíes acrecientan sus capacidades, mientras Líbano y Palestina no verán el desarme y mucho menos la rendición de sus honorables y valientes facciones resistentes, algo de eso sostienen también las milicias populares en Irak, e incluso Siria podría reencontrarse en la misma senda del Eje de la Resistencia regional. El daño económico se expande. Y el equilibrio estratégico en Asia Occidental se está desplazando de una forma que Washington ya no puede controlar.

Lo que está en juego ya no es la capacidad del viejo orden para mantenerse en pie, sino cuál será el orden que emerja para ocupar su lugar una vez que se desplome.

Ali Reza Peralta es director de la Academia del Pensamiento Estratégico y su plataforma comunicacional ApeTv.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Aprendamos de las revueltas populares las lecciones sobre estrategias de organización

Los movimientos populares en India y Sudáfrica ponen de manifiesto el papel fundamental de la organización y el liderazgo político, argumenta Roger McKenzie.

Octubre del 2026




















La actual ola de levantamientos en todo el mundo debe reconocerse como un potencial para el desarrollo de comunidades de resistencia.

Quiero hacer un breve repaso de los acontecimientos en India y Sudáfrica para ilustrar la importancia de desarrollar un enfoque marxista-leninista para la construcción de estas comunidades de resistencia.

El movimiento juvenil conocido como «Cucaracha» en India, que protesta por la exclusión de 130 millones de votantes del censo electoral indio y exige la destitución del jefe electoral del país, es un punto de partida importante.

Es evidente que el primer ministro de extrema derecha de la India, Narendra Modi, que encabeza el gobernante Partido Bharatiya Janata —el partido político más rico del mundo con diferencia—, está detrás de esta medida autoritaria.

Modi, por supuesto, niega cualquier connivencia con la Comisión Electoral en relación con los cambios, como si esto pudiera ocurrir sin su aprobación.

El movimiento «Cucaracha» comenzó este verano como una campaña satírica en línea después de que el presidente del Tribunal Supremo de la India comparara a los jóvenes desempleados con parásitos.

Muchos jóvenes indígenas acogieron con agrado el comentario y adoptaron la cucaracha como símbolo de resistencia.

Las protestas lideradas por el grupo forzaron la dimisión del ministro de Educación de Modi en julio, lo que supuso un importante revés para el primer ministro autoritario, al que muchos califican de «fascista».

Una de las características importantes de las protestas en la India es su naturaleza dinámica. Con esto quiero decir que no existe un tema fijo sobre el cual estas comunidades hagan campaña, y su participación será variable.

Las agencias de noticias que informan sobre los acontecimientos en la India se esfuerzan enormemente por ignorar el papel central de los miembros del Partido Comunista de la India (Marxista) en la organización de las protestas y en la imposición de cierta dirección política.

El fin de semana pasado, la reunión del comité central del CPI (M) se suspendió para que pudieran unirse a las protestas. Todos los miembros del comité central fueron arrestados junto con los líderes del movimiento Cucaracha durante una violenta represión llevada a cabo por las autoridades por orden de Modi.

Soy consciente de que otros grupos comunistas indios participan en las protestas y mis comentarios no pretenden menospreciar su papel, pero, por lo que veo, el CPI (M) desempeña un papel insuperable en los grupos estudiantiles, de mujeres, de agricultores y muchos otros, lo que lo consolida como una voz destacada.

Es importante comprender que, sin organización y una dirección política clara, estas protestas se desvanecerán incluso si logran algunos avances a corto plazo, como ocurrió con la destitución del ministro de Educación de la India.

La necesidad de un partido de vanguardia fuerte es tan importante hoy como lo ha sido siempre.

En ¿Qué hacer?, Lenin destacó la importancia de la organización y la necesidad de un partido de vanguardia.

Lenin esbozó un amplio plan de organización, haciendo hincapié en que cada individuo desempeña un papel vital, por pequeño que sea, en la maquinaria revolucionaria.

Esto explica las alarmas que se activan en mi cabeza cada vez que veo una protesta en cualquier parte del mundo. Me pregunto sobre la naturaleza política de las protestas: ¿Quién está detrás? ¿Qué pretenden? ¿A quién representan? ¿Simplemente caminan por la calle gritando o tienen un plan?

rol de liderazgo

Estas protestas podrían derivar con la misma facilidad hacia oportunistas liberales o la extrema derecha que hacia la izquierda si no estamos ahí ofreciendo el tipo de dirección clara que ofrece, por ejemplo, el CPI (M).

En otro panfleto, ¿Por dónde empezar?, Lenin plantea tres cuestiones importantes: el carácter y el contenido principal de la agitación política, las tareas organizativas y el plan para crear una organización militante de toda Rusia desde diversos frentes simultáneamente.

En mi opinión, la agitación política consiste en parte en reconocer la importancia del momento y aprovecharlo para construir un movimiento, con el partido de vanguardia proporcionando la dirección fundamental.

Los escritos de Lenin dejan claro que el desarrollo de un partido revolucionario es un proceso complejo y gradual.

La formación de un partido de este tipo implica continuas reagrupaciones y reconsideraciones sobre la mejor manera de impulsar la lucha de clases.

El Partido Comunista Sudafricano es un claro ejemplo de cómo aprovechar el momento para forjar un nuevo rumbo y brindar liderazgo a nuevas formas de comunidades de resistencia.

La histórica alianza entre el SACP, el Congreso Nacional Africano y los sindicatos que derrotó al régimen colonial racista del apartheid se fracturó cuando el ANC se inclinó hacia el neoliberalismo en lugar de los principios de la Carta de la Libertad.

El SACP ha decidido presentarse como candidato independiente, separado del ANC, en las elecciones locales que se celebrarán el próximo mes.

Por sí solo, esto sería un paso importante, pero junto con otras iniciativas que está tomando el SACP, creo que es un momento decisivo.

Octubre Rojo, lanzado este mes por el SACP, es más que un mes de campaña.

El comunicado de lanzamiento del SACP decía que el mes debía convertirse en una “escuela de práctica” y que: “Un mes de campaña es fácil. La transformación es difícil. Una manifestación es fácil. La organización es difícil. Un eslogan es fácil. Construir instituciones que sobrevivan es difícil.

“La prueba de este Octubre Rojo no reside en cuántas pancartas colguemos hoy. La prueba está en lo que quede cuando las pancartas se retiren. ¿Qué organización será más fuerte en noviembre? ¿Qué comunidad habrá ganado poder? ¿Qué tierras se habrán convertido en productivas? ¿Qué cooperativa se habrá vuelto viable? ¿Qué mujer estará más segura? ¿Qué calle estará iluminada? ¿Qué joven habrá encontrado trabajo productivo? ¿Qué servicio público habrá mejorado? ¿Qué casos de corrupción se han denunciado? ¿Qué concejal rendirá cuentas al pueblo? ¿Qué nuevo líder habrá surgido?”

La inspiradora declaración continúa diciendo: “Este es el significado de la práctica revolucionaria. Investigamos. Organizamos. Educamos. Movilizamos. Construimos. Evaluamos. Corregimos. Y avanzamos.

“Lenin insistió en que el marxismo se vive a través del análisis concreto de condiciones concretas.

“Nuestra situación concreta es clara: el desempleo masivo coexiste con enormes necesidades sociales; la pobreza coexiste con la concentración de riqueza; las infraestructuras deficientes coexisten con artesanos y graduados desempleados; las tierras sin utilizar coexisten con el hambre; los recursos públicos coexisten con comunidades excluidas de las decisiones.

“La tarea de un Partido Comunista es conectar estas contradicciones con la organización y la lucha.”

Añadieron: “Dicen que la política pertenece a las élites. ¡Nosotros decimos: construyamos el poder del pueblo donde vivimos!”.

El comunicado concluye diciendo que “Marx nos dijo que cambiáramos el mundo. Lenin nos enseñó a analizar las condiciones concretas y a organizarnos para alcanzar el poder. Mandela nos recordó que la pobreza es obra del hombre y que se puede superar. Fidel enseñó que la revolución significa cambiar lo que debe cambiarse”.

“Chris Hani enseñó que el socialismo debe significar agua, vivienda, educación, dignidad y la derrota de la tiranía del mercado. Ahora la historia pone la tarea en nuestras manos.”

Aún está por verse si este proceso y la importante construcción de un frente unido, surgida de la Conferencia de la Izquierda a principios de este año, tendrán éxito. Pero se trata de un paso vital que todos aquellos que realmente desean formar comunidades de resistencia duraderas deben observar y apoyar.

Pero, pase lo que pase, ya ha puesto al SACP a disposición del pueblo en un momento en que muchos luchan por sobrevivir al vertiginoso aumento del coste de la vida y a gobiernos autoritarios.

Esencialmente, es el mismo proceso que el IPC (M) ha llevado a cabo históricamente.

En el norte y el oeste —o en el corazón del sistema— se está realizando un trabajo excelente, pero tenemos mucho que aprender del comunismo en el sur global sobre cómo construir y mantener comunidades de resistencia.

 

morningstar