viernes, 17 de julio de 2026

La rebelión indígena popular, la única escuela de politización


BOLIVIA :: 12/07/2026

JHONNY PERALTA ESPINOZA

Durante 47 días todos sabíamos que en Bolivia hay una crisis económica, política y social, expresada en una rebelión indígena popular, y que el régimen de Paz quería zanjarlo mediante la fuerza

Y la represión o el degaste; sabemos que esta democracia está pervertida porque los representantes, desconociendo el mandato del voto popular, quieren desnacionalizar la economía y favorecer a la inversión privada; quieren reformar la constitución a imagen y semejanza de la clase dominante; que la deuda externa que asciende a 14.418 millones de dólares [1] y el narcotráfico con carta de ciudadanía sean los medios de enriquecimiento de las clases ricas; etc. etc.

Todos sabíamos todo esto, pero en las clases medias urbanas no pasa nada, y este gobierno deslegitimado seguía operando, amparado en la anestesia de las sensibilidades y la neutralización de la acción de esos sectores medios. Ya Spinoza decía que todo movimiento subjetivo viene mediado por el deseo; por esto, la rebelión, la revolución, deben estar alimentadas de deseo, como nos recuerdan Deleuze y Guattari: "A menudo los revolucionarios olvidan, o no les gusta reconocer, que la revolución se quiere y se hace la revolución por deseo, no por obligación".

Quizás una explicación para comprender esta indiferencia de las clases medias urbanas la encontremos en su incomprensión de las verdades éticas que afloran desde la rebelión indígena popular. Las verdades éticas no son descripciones del mundo, ni verdades objetivas y exteriores, sino verdades sensibles: lo que sentimos ante algo más que lo que opinamos. Son verdades que nos vinculan a otros que perciben lo mismo, así los insultos, los agravios, las percepciones que se tenían de este gobierno oligarca y entreguista no eran los mismos en el mundo indígena que en el mundo de clase media urbano. Mientras que en los sectores indígenas y populares no se quedaban indiferentes, se comprometían en los bloqueos y marchas y, por lo tanto, les quemaban esas verdades; en las clases medias urbanas cundía el miedo, la desesperanza, la inseguridad, la desorientación.

Es en este marco que podemos comprender las palabras de dos intelectuales del indigenismo como son García Linera y Quya Reina. El ex vicepresidente afirma que "el movimiento ya ha llegado a un tope de expansión sostenida en la movilización campesina que, por ahora, no le permite ganar. Para la renuncia del gobierno faltaría la adhesión movilizada de nuevos sectores de la ciudad de El Alto y de algunos barrios populares de la ciudad de La Paz.... Y es en esta cualidad indígena-campesina de la movilización donde precisamente radica la causa estructural subyacente de todo el malestar social, y que cualquier proyecto político, de izquierdas o derechas, ya no puede eludir. En Bolivia ya no se puede gobernar sin los pueblos indígenas.[2]

En otras palabras, las clases medias urbanas deben seguir viendo desde el balcón la lucha política entre los pobres y ricos; además de augurar al movimiento indígena campesino de cogobernar con la izquierda o derecha, aunque la derecha se llame Reyes Villa, Tuto, Doria Medina o Marinkovic. El problema es en qué condiciones y quién lidera esos gobiernos.

Quya Reina, en su momento señalo que "¿Mario Argollo, Vicente Salazar o Nilton Condori son líderes? Quizá sí, pero les falta solidez e inteligencia... No hay estrategia, no hay visión y no hay estructura en ellos [...] Pero si esa fuerza no se conduce con inteligencia, somos solo un río desbordado, poderoso, sí, pero desbordado [..] Que el gobierno de Rodrigo Paz continúe, que gobierne con los empresarios, con la élite política de derecha...Hay una lucha hoy y una lucha pendiente. Tenemos cuatro años para organizarnos, para construir liderazgos reales, para asumir nuevos discursos, para fiscalizar, para concentrarnos en el siguiente oponente que no será Rodrigo Paz".[3]

En momentos críticos de la rebelión indígena popular Reina proponía bajar los brazos porque los Argollo y compañía no eran inteligentes, que no había estrategia ni estructura y que Paz se quede cuatro años, tiempo en el cual construir liderazgos reales para oponerse al nuevo gobernante, llámese como se llame. En otras palabras, lo que proponía Reina era rendirse y no dar más batalla a Paz, sin respondernos quién o quiénes construirían esos "liderazgos reales".

Las mujeres y hombres de las clases medias urbanas que el 2006 tenían 18 años, hoy tienen 38 años, quizás son los tres millones de clase media que produjo el gobierno del MAS, pero que nunca atravesaron procesos de politización, o sea, caminos donde la gente, como los hermanos de Pando, se hicieron preguntas radicales en torno a la ley 1720 que permitía la concentración de tierras en manos de los Marinkovic, para que después de varias reuniones decidan marchar 48 días y lograr la abrogación de esa ley, mediante la respuesta de acción colectiva. Las clases medias urbanas nunca tuvieron la oportunidad de atravesar ese proceso de politización, y por esto ahora son las grandes derrotadas; proceso en el cual la rebelión indígena popular nos deja grandes enseñanzas para trabajar por nuestra propia emancipación.

Este artículo pretende dar luces del por qué esa derrota de las clases medias, y cuáles son las enseñanzas que nos heredan esos cientos de miles de hermanos y hermanas que siguen en pie de lucha.

LAS CLASES MEDIAS URBANAS: DE LA DESPOLITIZACIÓN ¿A LAS FILAS DE LA REACCIÓN?

Las condiciones sociales, históricas y materiales donde hay relaciones de poder o estructuras de desigualdad nos afectan y condicionan nuestra forma de ser; así, la subjetividad, ese mundo interior con el que dialogamos, se vuelve funcional a ciertas condiciones de vida. Esta subjetividad nos puede dar pistas de cómo aprendemos a luchar y habitar las contingencias, y cómo nuestros malestares, rabias y decepciones pueden ser susceptibles de ser politizadas, ya sea para abrir horizontes emancipadores, o ser capturadas y reorientadas en clave reaccionaria.

El país vive una rebelión indígena popular, una realidad social y material expresada en bloqueos, movilizaciones, cabildos y asambleas, que condiciona la vida de 12 millones de habitantes, donde cada uno tiene la capacidad de influir en esas condiciones materiales y sociales y transformarlas, unos para dar otro sentido a esas estructuras de desigualdad y relaciones de poder, y otros para reforzar las desigualdades y poderes establecidos.

Que esta experiencia, como es la rebelión, sea real no significa que para todos baste para explicar el país; solos los que han sufrido dolor, agravio, humillación y miedo, y ahora que luchan en las carreteras y caminos, pueden hacer un análisis político, como han realizado cientos de miles de hombres y mujeres de las naciones originarias y sectores populares y llegar a la conclusión del pedido de renuncia de Paz Pereira.

La pregunta incuestionable es ¿por qué las clases medias urbanas no se han sumado a la lucha?

G. Colque, de la fundación Tierra, sostiene que el país ya no es un país de ingresos medios, sino un país pobre, porque el ingreso per cápita ha disminuido de 4.500 dólares con un tipo de cambio 6,96 a 2.800 dólares con tipo de cambio 10; por tanto, si antes cada mes el clasemediero ganaba 2.610 boliviano mes, ahora cobrará 2.333 bolivianos.

Que el malestar, la rabia y la decepción se ha originado en la promesas incumplidas, en la abrogación de impuestos a los ricos, la suspensión de la subvención a la gasolina que ha encarecido la vida, luz verde al narcotráfico, oligarquización y nepotismo del gobierno, etc. además del insulto y la denigración que sufre la rebelión; ha conducido a que las ideas y los valores de los hombres y mujeres que están en los bloqueos, marchas y cabildos, discrepen o choquen con los valores que marca el gobierno y la oligarquía que ocupa el poder estatal. Esto es evidente.

Pero qué sucede con los valores, intereses o emociones de las clases medias urbanas, conocedoras que ese pasado no volverá, primero, porque su poder adquisitivo ya está disminuido después del gasolinazo, segundo, porque el crecimiento del PIB boliviano, según organismos internacionales, será el peor de América del Sur, avecinándose golpes económicos más duros a la canasta familiar. ¿Entonces qué paso?

Los cuerpos de las clases medias urbanas en los cuales experimentan los efectos de la desigualdad, la injusticia o la discriminación, no lo están interpretando como una afrenta personal, ni mucho menos como producto de un gobierno oligarca y liberal que impulsa e impulsará sistemas más radicales de opresión y explotación, compartidos con el mundo indígena y sectores populares. Así, estas clases medias urbanas, en lugar de articular sus vidas en torno a conflictos sociales (clase, ideología, proyectos políticos contrapuestos, economía política), individualizan sus broncas, rabias, malestares, expresándolos en forma de sentimientos y pasiones tristes, como pueden ser el resentimiento y el miedo.

H. Arendt escribía "lo que prepara a los hombres para la dominación totalitaria en un mundo no totalitario es el hecho de que la soledad, que antes era una experiencia límite, que se sufre en condiciones sociales marginales, como la vejez, se ha convertido en una experiencia cotidiana para las masas cada vez más numerosas de nuestro siglo". No hay duda de que es más fácil que afectos como el miedo, la inseguridad o la impotencia se expandan en aglomeraciones muy divididas como son las clases medias urbanas, antes que en comunidades que disfrutan de vínculos fuertes, como es el mundo indígena. Por eso, la incertidumbre, la sensación de amenaza y la soledad de esas clases medias han sido factores para que clamen "estado de sitio", "maten a indios", "salvajes", "narcoterroristas", etc.

Más aún, el mismo gobierno al darle un protagonismo importante a la oligarquía cruceña en la toma de decisiones estructurales, fomenta el nacimiento del totalitarismo al dejar a las clases medias como invitado de piedra, ya que siguiendo a H. Arendt, el fenómeno del totalitarismo nace cuando "lo humano se ha producido de manera superflua"; y qué quería decir con hacer superfluo a un ser humano, significa privarle de un lugar en el mundo, no solo una identidad, sino que en ese lugar sus opiniones son insignificantes y sus acciones no son efectivas.

Ahora bien, la atomización social y la soledad personal de la clase media urbana es una pista clara para concluir que su malestar, su bronca, están siendo canalizados hacia posiciones políticas reaccionarias. La historia nos demostró que en las coyunturas marcados por el miedo y la incertidumbre son un terreno fértil para el surgimiento de posturas reactivas, que se reflejan en las exigencias de un líder fuerte, que imponga "orden", aunque esto implique represión, masacres y derramamiento de sangre.

Esta rebelión indígena popular que ha abierto una posibilidad de emancipación, también refleja la derrota de la clase media urbana, porque manifiesta una incertidumbre en su accionar político sobre el porvenir que puede materializarse en dos caminos posibles: el reaccionario, que vuelve la mirada con nostalgia hacia un momento pasado en el que, en apariencia, sus vidas estaban ordenadas y su futuro era promisorio; y, el emancipatorio, en el implica manipular su bronca y malestar en un elemento transformador, la base política para inventar un futuro diferente.

LA REBELIÓN INDÍGENA POPULAR: UNA VERDAD QUE SE DIRIGE POTENCIALMENTE A LA CONCIENCIA NACIONAL

Toda rebelión, como la se vive en Bolivia, desde sus inicios no se interesó por opiniones reaccionarias: "no hay la correlación de fuerzas", "no está bien organizado", "todo es un caos", etc.; para luego pasar por alto las críticas inmorales de aquellos que decían que esta rebelión carece de estrategia, de dirección, de mínimo programa, de lideres expertos, de huelga general indefinida, etc.

Estas posiciones reaccionarias y criticas prepotentes nacían de gente ideologizada de la 'izquierda' (sobre todo trotskista), que se olvidaban que al carecer de partido, dirección, programa, etc. la rebelión indígena popular expresaba la forma más pura de hacer comunismo, como lo fue la Comuna de Paría, o sea, el comunismo de movimiento: la creación conjunta del destino colectivo. Así, como también revelaba una verdad política, que no consiste en "tengo razón y el otro está equivocado", una verdad es algo que no existe anterior a los procesos políticos, por lo tanto, no se trata de verificarlas o no; sino que una verdad política es la presentación colectiva de los desfavorecidos, de los humillados, de los explotados, que va más allá de sus intereses grupales, y se instala para que exista justicia e igualdad.

Esta creación conjunta del destino colectivo, como verdad política, no fue comprendida ni apoyada militantemente por las clases medias urbanas, que mostraba un creciente individualismo neoliberal, que en el fondo supone una amenaza para la democracia, porque dejan de ser agentes colectivos para convertirse en actores atomizados, reduciendo drásticamente la capacidad de acción política frente a la desigualdad y la injusticia. Entonces, si dejar de debatir y luchar públicamente, ponen en riesgo la capacidad colectiva para debatir, negociar y construir soluciones a problemas comunes; y se contentan en ser guardianes morales que señalan a los demás, en este caso a los miles de hombres y mujeres de la rebelión, cómo deben "solucionar las carencias" que poseen, evidenciando que desde hace tiempo se han distanciado así de los sectores indígenas y populares, que son quienes siguen articulando la política en torno al conflicto.

Esta rebelión indígena popular ha dejado varias conclusiones. La primera, la federación departamental Tupac Katari es el sujeto político que ha abierto una posibilidad de construir el sujeto histórico a partir de las propias prácticas políticas y caminar hacia un proceso de emancipación; segundo, su acción política recuerda la conclusión de Marx: "la clase no es algo que esté dado, sino que se construye en el proceso de la lucha", por tanto, pertenece al sujeto histórico en construcción aquel que se implica en la lucha contra la oligarquía y su proyecto antinacional; tercero, no se trata de determinar qué lucha engloba a las demás, qué identidad es más amplia y merecedora de articular al resto, se trata de entender que más allá de las luchas concretas, es un deber y una responsabilidad converger en un proyecto colectivo compartido; cuarto, que la política "no es un asunto de ideas", es un asunto de producción de ideas que afectan, o sea, de experiencias o prácticas de lucha que después generan nuevas ideas, nuevas maneras de pensar.

En conclusión, la rebelión indígena popular nos demostró que la batalla cultural no es sólo cuestión de ideas, de teorías, de relatos seductores, de mensajes a colocar, sino que tiene que ver con prácticas, con experiencias, con sacudidas de la vida capaces, según explica la tradición materialista, de generar nuevas visiones del mundo.


Notas:

[1] https://larazon.bo/economia-y-

[2] https://lahaine.org/cZ4y

[3] https://www.facebook.com/

* Exmilitante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka

Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-rebelion-indigena-popular-la-unica-escuela 

Contra la amnesia: el terremoto de Venezuela, el momento histórico y la cuestión continental (II)


VENEZUELA, PENSAMIENTO :: 10/07/2026

CIRA PASCUAL MARQUINA, CHRIS GILBERT

El objetivo de EEUU y los medios no es simplemente criticar la respuesta del gobierno. Es debilitar todo el Proceso Bolivariano creando una brecha entre el pueblo organizado y el Estado

Los terremotos interrumpen la vida cotidiana, pero no la historia. Tampoco suspenden la política. Por el contrario, un sismo puede comprimir la historia en unos pocos días dramáticos, revelando relaciones sociales, proyectos políticos y fuerzas geopolíticas que normalmente permanecen ocultas bajo la superficie. El terremoto de Venezuela no es la excepción.

Como argumentamos en un artículo reciente, el impacto del terremoto se extendió a lo largo de fracturas materiales y sociales que ya estaban profundamente marcadas por una década de sanciones devastadoras y otras agresiones imperialistas. A su paso inevitablemente emergieron luchas por la soberanía y disputas por significados. Aunque centradas en Venezuela, estas luchas forman parte de un panorama histórico más amplio: el intento cada vez más agresivo de EEUU de reafirmar su dominio sobre América Latina.

Apenas había dejado de temblar el suelo cuando Washington comenzó a impulsar su agenda. Un observador optimista o ingenuo podría haber esperado que la campaña de EEUU contra el Proceso Bolivariano se suavizara en este momento. Al fin y al cabo, Caracas ya había hecho una serie de concesiones a EEUU bajo extraordinaria presión militar y económica en el período posterior al 3 de enero. Sin embargo, lo que ocurrió fue todo lo contrario.

A las pocas horas del terremoto, se desató una intensa guerra de desinformación. Aun cuando miles de bomberos, personal de protección civil, miembros de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, trabajadores de la salud, organizaciones comunales y voluntarios se desplegaban hacia las zonas más afectadas, la mayoría de los medios internacionales actuaron al unísono para negarlo. En contra de toda evidencia, insistieron en que el gobierno venezolano estaba ausente --que no había respuesta estatal, ni defensa civil, ni esfuerzo organizado de rescate--.

Por supuesto, ningún país está totalmente preparado para un desastre de esta magnitud, y mucho menos uno que ha soportado años de guerra económica. Sin embargo, la respuesta real, impresionante tanto en escala como en compromiso, fue sistemáticamente borrada de la vista del público. Más tarde, los medios corporativos presentaron cada medida del gobierno --desde la coordinación de las operaciones de rescate y la organización de refugios hasta la regulación del flujo de ayuda humanitaria-- como evidencia de "autoritarismo".

Para que quede claro, estas narrativas no surgieron únicamente de la prensa corporativa proimperialista; también se difundieron a través de las redes sociales y de voces aparentemente "independientes". Sin embargo, la uniformidad de estos mensajes apunta a que forman parte de una campaña organizada. Esa es la única forma de explicar que empleen los mismos recursos narrativos, contengan las mismas omisiones y lleguen a las mismas conclusiones.

Además, los medios corporativos no tardaron en amplificar las publicaciones más agresivas de las redes sociales como parte de su esfuerzo por deslegitimar al gobierno venezolano y sembrar el descontento político en medio del dolor y el duelo, reforzando así la idea de que solo una intervención externa podría rescatar al país.

Esto revela que el objetivo de Washington nunca se ha limitado a las concesiones económicas obtenidas tras el 3 de enero. Lo que persigue es el desmantelamiento integral del proyecto revolucionario venezolano, cuya fortaleza radica precisamente en la articulación entre el gobierno y las fuerzas populares organizadas. En última instancia, lo que está en juego es el proyecto inconcluso de recolonización de Venezuela y, con ello, reconfigurar el conjunto de América Latina bajo la hegemonía estadounidense.

Por eso la guerra mediática es tan importante. No se trata simplemente de controlar el ciclo informativo, sino de producir las condiciones de "legitimidad» para nuevas etapas del proyecto de recolonización. El patrón es conocido. A lo largo de la larga historia de intervenciones imperialistas en América Latina y otras latitudes, antes de intervenir, se construye un relato: que el Estado ha colapsado y lo que queda es autoritario; que el gobierno ha abandonado a su pueblo; que la soberanía nacional se ha convertido en un obstáculo para la ayuda humanitaria. Solo entonces la intervención puede presentarse no como una agresión, sino como una necesidad.

La batalla por las narrativas no es, por lo tanto, secundaria ni superficial: es uno de los principales escenarios a través de los cuales el poder imperialista busca fabricar el consentimiento político para intervenir contra una nación del Sur Global.

Washington quiere todo el paquete

En 1999, el líder antiimperialista Muammar Gaddafi inició un proceso de acercamiento con EEUU y Europa tras años de crueles sanciones y otras agresiones imperialistas contra el pueblo libio. Como gesto inicial, Gaddafi entregó a los dos sospechosos del atentado de Lockerbie para que fueran juzgados en los Países Bajos. Luego vino la normalización diplomática que tuvo lugar en 2002-2003 y un mayor acercamiento en los años siguientes.

El resultado de aquel proceso representa una lección importante para los proyectos antiimperialistas. En 2011, Libia --a pesar de las concesiones y del acercamiento-- sería bombardeada por la OTAN y Gaddafi asesinado por las fuerzas especiales británicas. Esto ocurrió mientras la secretaria de Estado de EEUU Hillary Clinton declaraba: "¡Vinimos, vimos y él murió!".

Los paralelismos entre Libia y Venezuela son muchos, pero es importante situar el momento histórico con precisión. Al igual que en Libia antes de 2011, Venezuela ha respondido en los últimos meses a las sanciones y otros ataques con concesiones y acercamientos, pero no ha sido derrotada y sigue representando una amenaza simbólica y material. Washington lo sabe muy bien. Para sus líderes y estrategas, la persistencia de un bloque revolucionario venezolano que conecta el liderazgo político con las bases sigue siendo inaceptable. Ese es el próximo objetivo del imperialismo, y es también lo que debemos defender.

Hay amplia evidencia de que el bloque revolucionario chavista sigue vivo. A pesar de años de sanciones, asedio financiero, amenazas militares, el bloqueo naval y los traumáticos acontecimientos del 3 de enero, la arquitectura esencial del Proceso Bolivariano sigue en pie. El Estado no se ha derrumbado. Las fuerzas armadas no se han fracturado. El movimiento comunal sigue organizando la vida social y participando en la gobernanza en todo el país. Miles de cuadros de nivel medio actúan como un puente entre las masas y la dirección nacional. Así, el chavismo sigue constituyendo un sujeto político popular forjado en tres décadas de experiencia revolucionaria.

Esto explica por qué la ofensiva de los medios corporativos tras el terremoto ha sido tan implacable. El objetivo no es simplemente criticar la respuesta del gobierno. Es debilitar todo el Proceso Bolivariano creando una brecha entre el pueblo organizado y el Estado, al tiempo que se prepara el terreno, tanto a nivel nacional como internacional, para justificar una ocupación permanente. Para el imperialismo, es la relación entre el pueblo y el Estado --no simplemente un presidente, un partido o cualquier política en particular-- lo que constituye el objetivo decisivo.

Por todas estas razones, quienes claman "Todo está perdido y Venezuela es un mero protectorado de EEUU" no están comprendiendo la situación concreta ni el momento histórico. No todo está perdido, y el imperialismo lo sabe muy bien. Nuestros enemigos comprenden la configuración del campo de batalla actual. Es lamentable que opinólogos que históricamente han estado de nuestro lado --supuestamente de izquierda y antiimperialistas-- les estén ayudando a destruir el bloque revolucionario al intentar poner a las masas en contra del liderazgo gubernamental.

Un punto de inflexión continental

El terremoto de Venezuela y los acontecimientos que lo rodean deben entenderse dentro de un contexto continental más amplio: un esfuerzo cada vez más voraz de EEUU por reafirmar su hegemonía sobre América Latina mediante la coerción económica, la presión militar y la intervención política. La llegada de marines estadounidenses bajo el pretexto de la asistencia humanitaria a Venezuela no es un episodio aislado. En todo el continente, la dominación imperialista se está volviendo más directa, más abiertamente militar y menos propensa a esconderse tras el discurso de la cooperación y el desarrollo.

Es precisamente en estas condiciones que América Latina debe recuperar el proyecto de Simón Bolívar de integración continental, la Patria Grande, y recordar la advertencia de José Martí sobre "el gigante con las botas de siete leguas". Ambos comprendieron que la verdadera independencia nunca podría garantizarse mediante repúblicas fragmentadas enfrentando al poder imperialista de manera aislada. La soberanía requería la unidad de Nuestra América. Esa lección no ha perdido nada de su urgencia.

Lo que está cambiando hoy no es la esencia del imperialismo, sino su forma. EEUU está abandonando cada vez más la pretensión de que el control hemisférico pueda ejercerse a través de acuerdos comerciales y soft power. La coerción económica sigue siendo fundamental, pero ahora va acompañada de bloqueos navales, despliegues militares, secuestros, bombardeos extraterritoriales, lawfare, intervención electoral descarada y una voluntad cada vez más explícita de proyectar la fuerza bruta en toda la región.

Venezuela ilustra esto con especial claridad, pero no es un caso único. Cuba está viviendo un cruel endurecimiento del bloqueo estadounidense, que ya es genocida, y enfrenta nuevos niveles de amenaza militar. En Ecuador, el restablecimiento permanente de la presencia militar estadounidense marca la reintegración del país en la arquitectura estratégica regional de Washington. Mientras tanto, nuevas formas de dictadura y fascismo (Bukele, Milei, de la Espriella, Paz, Kast) prometen la postración total de sus países ante el imperialismo y el sionismo. Estos acontecimientos son piezas de una agenda imperialista más amplia y ponen de manifiesto la urgente necesidad de que América Latina defienda colectivamente su soberanía frente a un proyecto agresivo de recolonización de facto.

Solidaridad con conciencia

La solidaridad con la Venezuela azotada por el terremoto, ha tomado muchas formas, y en su mayor parte ha sido valiosa tanto en lo material como para levantar la moral. Sin embargo, las naciones, organizaciones y personas amigas que deseen ayudar a Venezuela de la manera más efectiva no deben hacerlo con amnesia histórica o ingenuidad política. En el contexto actual, la solidaridad sustantiva puede adoptar una forma material, pero también requiere cuestionar las narrativas que borran el trabajo del gobierno venezolano y del pueblo organizado, facilitando así una mayor dominación imperialista.

Por lo tanto, es importante destacar que, aunque el terremoto puso de manifiesto las devastadoras consecuencias del régimen de sanciones de EEUU y otras agresiones, también sacó a la luz el potencial del metabolismo social emergente de la organización comunal. La rápida movilización de las comunas, los trabajadores y los voluntarios no surgió espontáneamente del desastre en sí. Fue el producto de un largo proceso de organización política cuya importancia va mucho más allá de la respuesta de emergencia.

En términos más amplios, defender la soberanía de Venezuela no es simplemente una cuestión venezolana. Es parte de una lucha más amplia que determinará si América Latina seguirá siendo un conjunto de repúblicas aisladas, cada una enfrentándose sola al poder imperialista, o si se convertirá, por fin, en la Patria Grande soñada por Bolívar y defendida por Martí, Fidel, Chávez y tantos otros.

El terremoto no interrumpió esa historia, simplemente nos recordó que, incluso en medio de la tragedia, la lucha inconclusa del continente continúa. La tarea esencial es garantizar que los pueblos de América Latina salgan de los escombros --tanto literales como metafóricos-- de la amplia ofensiva imperialista con sus proyectos soberanos y sus objetivos emancipadores intactos.

MROnline.org


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/contra-la-amnesia-el-terremoto-de-venezuela 

ALEXANDER ZEVIN (LMD). Estados Unidos: de la hegemonía militar a la derrota estratégica



julio del 2026

Si el imperio más poderoso de la historia ha tropezado en numerosas ocasiones, ahora se enfrenta a una desconfianza generalizada, empezando por la de sus propios aliados.

El 14 de junio, Donald Trump transformó la Casa Blanca en el decorado de un combate de artes marciales mixtas (MMA) para celebrar su 80 cumpleaños. El título promocional (“Freedom 250”) de este evento televisado hacía referencia al cuarto de milenio de existencia de Estados Unidos, que se conmemorará el 4 de julio. Más allá de las carpas instaladas en el césped de la Casa Blanca, la realidad ha conferido a este espectáculo un aire como de fin del Imperio romano: inflación disparada por la guerra en Oriente Próximo e índices de aprobación históricamente bajos del presidente de Estados Unidos, mientras que, con las elecciones de medio mandato acercándose, la mayoría republicana se ve amenazada en ambas cámaras del Congreso.

Haría falta un Juvenal de nuestros días para comentar la decadencia que supone ese circo: la de una república virtuosa que ha derivado en oligarquía e imperio. Sin embargo, las tensiones y oscilaciones entre esos dos polos existen desde la fundación de Estados Unidos dentro del complejo ideológico que alumbró: por un lado, una Constitución venerada por las excepcionales garantías que brindaba a las libertades en un mundo nuevo muy distinto del antiguo; por el otro, un faro cuya luz podía iluminar todo el continente en su carrera hacia el “destino manifiesto” y más tarde los océanos mediante la “doctrina de puertas abiertas” (1). En otras palabras, el excepcionalismo y el universalismo han competido durante mucho tiempo a la hora de definir las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo.

En 2015, cuando anuncia su primera candidatura presidencial, Trump se alinea con el excepcionalismo estadounidense, versión aislacionista. Denuncia el apoyo de sus rivales republicanos a la invasión de Irak en 2003, promete restablecer relaciones con Rusia y cuestiona la utilidad de una alianza militar occidental como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Al finalizar su primer mandato en 2020, puede presumir de no haber iniciado ninguna guerra durante sus cuatro años en la Casa Blanca. Cinco años después, cuando regresa a la presidencia, esa idea de retirada parece persistir, puesto que uno de los primeros documentos estratégicos de la nueva Administración insiste: “Afortunadamente, los tiempos en que Oriente Próximo dominaba el pensamiento estratégico estadounidense son cosa del pasado” (2).

Sin embargo, solo entre junio de 2025 y junio de 2026, Estados Unidos ha atacado a Yemen, Irán, Siria, Somalia y Nigeria, ha secuestrado al presidente de Venezuela, ha puesto a Cuba bajo embargo y ha hundido numerosas embarcaciones pequeñas junto con sus tripulantes en el Caribe. ¿Cómo explicar ese giro de 180 grados? ¿Y cuáles pueden ser las consecuencias para el imperio estadounidense? A pesar de todos los bandazos que parecen caracterizar la diplomacia de Trump, la política exterior del país sigue presentando una continuidad estructural. Sin las exigencias de diversos grupos de presión —internos y externos— sería difícil explicar cómo un hombre que había prometido no librar ninguna “guerra estúpida” ha terminado desencadenando la que todos sus predecesores, incluidos los neoconservadores, se habían negado a empezar.

En efecto, la República islámica ha estado en el punto de mira de Estados Unidos desde 1979, fecha en la cual el sah Reza Pahlaví, llegado al poder en 1953 mediante un golpe de Estado apoyado por los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos contra el presidente democráticamente electo Mohammad Mossadegh, fue a su vez derrocado, pero por la revolución islámica. Las sanciones impuestas por el presidente demócrata James Carter en 1980 tras la toma de rehenes en la embajada estadounidense en Teherán se han mantenido vigentes con solo breves excepciones. Fueron endurecidas en el cambio de siglo por los presidentes William Clinton y George W. Bush. Barack Obama continuó con esa política, reduciendo a la mitad los ingresos petroleros de Teherán para luego proponer suavizar las restricciones a cambio de una limitación del programa nuclear iraní, que estaría sujeto a una estricta supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Un acuerdo en ese sentido fue firmado el 14 de julio de 2015 por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), más Alemania y la Unión Europea. Sin embargo, tres años después, Trump lo rompía unilateralmente y desencadenaba una campaña de “máxima presión” contra Irán, que su sucesor, Joseph Biden, iba a mantener. Los europeos se escudaron en el incumplimiento por parte de Irán del acuerdo que Estados Unidos había violado para imponer, a su vez, un restablecimiento de sanciones en 2025.

Las técnicas estadounidenses de guerra económica, que recurren a sanciones primarias y secundarias, afinadas a lo largo de los años en la búsqueda de un cambio de régimen en Irán, han sido defendidas no solo por los dos principales partidos estadounidenses, sino también por sus aliados europeos. Semejante convergencia podría incluso calificarse de multilateralismo, con la ONU legitimando e implementando esas sanciones a escala global (3). Tanto es así que el Consejo de Seguridad, a veces acusado de ineficiencia, el pasado 11 de marzo encontró tiempo para adoptar la resolución 2817, que condenó los ataques de misiles iraníes contra los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y Jordania obviando la presencia de bases estadounidenses en siete de ellos.

Venezuela: “un escenario perfecto”

Si bien Trump cometió un error político atacando a Irán, su Administración persigue objetivos que desde hace tiempo comparten la clase dirigente occidental y sus aliados regionales. Es el motivo por el cual, a pesar de la flagrante ilegalidad del ataque israelí-estadounidense contra Irán, este provocó tan pocas protestas por su parte. Europa incluso sirvió discretamente de plataforma para la agresión: de Fairford en Inglaterra a Ramstein en Alemania, pasando por bases en Portugal, Nápoles y Creta.

Trump había prometido poner fin a las guerras “estúpidas” o “eternas”, no a las inteligentes y rápidas emprendidas por él. La operación de las fuerzas especiales diseñada para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela —“un escenario perfecto”, según declaró a The New York Times (2 de marzo de 2026)— reforzó su convicción de que, una vez asesinado el ayatolá Ali Jamenei y aprovechando la implosión del régimen y un levantamiento popular, podría elegir a los siguientes líderes de Irán. “Debo participar en esta decisión, como con Delcy [Rodríguez] en Venezuela”, precisó (Axios, 5 de marzo de 2026). Su secretario de Guerra, Peter Hegseth, se vanaglorió en los siguientes términos: “Nunca se concibió como una lucha justa, y no es una lucha justa. Les estamos golpeando mientras están caídos, exactamente como debe ser. El poder estadounidense no para de crecer, cada vez más formidable, cada vez más aplastante” (4).

Ahora bien, esa fantasía de alcanzar una dominación total sobre un enemigo postrado y prosternado también es antigua; Hegseth es solo el último de una larga tradición. El general Curtis LeMay, artífice de la teoría del “bombardeo estratégico”, ordenó el bombardeo incendiario de Tokio que el 10 de marzo de 1945 mató a 100.000 personas, “quemadas, hervidas y cocidas hasta la muerte”. Más tarde, se jactó de haber “quemado todas las ciudades de Corea del Norte y de Corea del Sur también” durante una campaña que, según sus propias estimaciones, causó la muerte del 20% de la población entre 1950 y 1953 (5).

Uso de información privilegiada

Antes de ser relevado de sus funciones por el presidente Harry Truman, el general Douglas MacArthur había contemplado “soltar unas treinta bombas atómicas sobre Manchuria” para crear un cordón sanitario frente a los comunistas chinos. En Vietnam, el poder de la aviación alcanzó nuevas cotas de perversidad, ya que la ausencia de objetivos claros —un problema recurrente de las guerras aéreas desde sus inicios— condujo a una ampliación constante de los objetivos aceptables, de tal forma que la zona de combate se extendió para incluir a nuevos enemigos (cada vez más, civiles) atacados con armas cada vez más destructivas. En Irán, la misma vieja obsesión por la “selección de objetivos” ha adquirido un barniz de modernidad gracias a la inteligencia artificial, pero el impulso fundamental sigue siendo el mismo: los primeros diez días de guerra aérea provocaron la destrucción de más de 21.000 edificios no militares, incluidas 17.353 viviendas (6).

Pese a ello, la operación Epic Fury se estancó casi de inmediato, tan pronto como el “ataque de decapitación” (contra Jamenei) no logró forzar a lo que quedaba del liderazgo iraní a sentarse en la mesa de negociaciones. Hasta el mismo excomandante británico de la OTAN, Richard Shirreff, admitió que ese asesinato durante el ramadán era “tan sutil como asesinar al Papa en las escaleras de la basílica de San Pedro durante la Semana Santa” (LBC, 4 de marzo de 2026).

La guerra continuó luego al ritmo de los mercados, sincopada por publicaciones en las redes sociales. Trump predijo el fin del conflicto o rápidos progresos en las negociaciones antes de la apertura de las bolsas. Luego impuso ultimátums acompañados de amenazas de aniquilación cuando estas estaban cerradas. Todo ello se desarrolló sobre un trasfondo de operaciones de enriquecimiento personal. El pasado 23 de marzo, por ejemplo, se realizaron transacciones de contratos de futuros sobre el petróleo por valor de 580 millones de dólares apenas unos minutos antes de que Trump publicara en su red Truth Social un mensaje en el que afirmaba que las conversaciones con Irán estaban siendo “productivas”. Ser “comandante en jefe” permite disponer de información privilegiada para especular con mayor provecho.

¿Y todo esto, con qué resultados? La presencia de bases estadounidenses que debían proteger a los Estados del Golfo los ha convertido en el blanco de las represalias iraníes. La destrucción de radares avanzados y baterías de misiles requerirá de miles de millones de dólares y años de reparaciones, durante los cuales estos Estados permanecerán expuestos a ataques contra sus yacimientos petrolíferos, redes eléctricas y plantas desalinizadoras, de las que depende la población para obtener agua potable.

No estamos, pues, ante un simple conflicto local. De hecho, la guerra podría poner en entredicho el acuerdo leonino en que se basa el dominio global del dólar desde la década de 1970. Ya que, después de que el presidente Richard Nixon pusiera fin al patrón oro el 15 de agosto de 1971, su secretario del Tesoro negoció un acuerdo con los saudíes: garantías de seguridad a cambio de la compra, con sus superávits financieros ligados al petróleo, de obligaciones estadounidenses, así como el compromiso de los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de fijar su precio en dólares. Este arreglo también enriqueció a las industrias armamentísticas británica, francesa y, sobre todo, estadounidense, puesto que los Estados del CCG son los mayores compradores de equipamiento militar del mundo. Pero, ¿qué queda cuando los países árabes ya no pueden exportar su petróleo y la protección estadounidense parece una estafa? Al permitir el paso seguro del petróleo por el estrecho de Ormuz a cambio de pagos en renminbi, Irán ya ha esbozado un principio de respuesta.

Las vulnerabilidades del imperio

El papel desproporcionado que Israel ha desempeñado en cada fase —desde la determinación del calendario de la guerra hasta la elección de las tácticas empleadas para librarla— no solo evidencia la potencia de fuego del lobby israelí en el Congreso, los medios de comunicación y la educación superior estadounidenses (7). También es un síntoma de la disminuida capacidad imperial de Estados Unidos. Ya no hay ningún experto sobre Irán en el departamento de Estado (8). A menudo se ironiza sobre Steven Wit- koff y Jared Kushner, emisarios del presidente Trump, por su desconocimiento de la ciencia nuclear, cuando en realidad su vocación es precisamente asegurarse de que se sigue el guion israelí.

No obstante, el coste de la operación para Israel está siendo elevado: una impopularidad creciente en Estados Unidos y el fracaso de la apuesta con la que había engatusado a Trump. El régimen clerical no ha sucumbido, su poder militar no ha sido eliminado y la integridad territorial del país ha resistido los embates de fragmentación étnica o religiosa. Con todo, Irán ha sufrido enormes daños en su industria e innumerables destrucciones de escuelas, hospitales y edificios comerciales y residenciales. La inflación se ha disparado y el cierre de Internet ha llevado al paro a dos millones de iraníes más (9).

Pero aunque Irán no haya infligido una clara derrota estratégica a Estados Unidos, sí ha expuesto, pese a estar rodeado de sus bases militares, las vulnerabilidades del imperio más poderoso de la historia. Pocos conflictos modernos han tenido ese efecto. En Vietnam, fueron necesarios al menos cuatro años para que resultase obvia la futilidad de las pretensiones estadounidenses de alzarse con la victoria; con Irán, cuatro semanas han bastado.

 

(1) Ideología mesiánica, el “destino manifiesto” justificó la absorción de Texas en 1845 y la expansión hacia el oeste. La “doctrina de puertas abiertas” designa la política extranjera de Estados Unidos respecto de China en el paso del siglo XIX al XX.

(2) “National security strategy of the United States of America”, Casa Blanca, Washington, D. C., noviembre de 2025.

(3) Véase Perry Anderson, “El derecho internacional del más fuerte”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2024.

(4) Conferencia de prensa del secretario de Guerra y del jefe del Estado Mayor de los Ejércitos John Daniel Caine, 4 de marzo de 2026

(5) Richard H. Kohn, USAF Strategic Air Warfare. An interview with generals Curtis E. Lemay, Leon W. Johnson, David A. Burchinal and Jack J. Catton, Office of Air Force History, Washington, D. C., 1988.

(6) Serdar Dincel, “21,720 buildings in Iran hit by ongoing US-Israeli strikes: Iranian Red Crescent”, Anadolu, 11 marzo de 2026.

(7) Ervand Abrahamian, “Iran under fire”, New Left Review, n.° 157, Londres, enero-feb. de 2026.

(8) Carroll Doherty y Jocelyn Kiley, “A look back at how fear and false beliefs bolstered U.S. public support for war in Iraq”, 14 de marzo de 2023, www.pewresearch.org

(9) Robert Pape, “The war is turning Iran into a major world power”, The New York Times, 6 de abril de 2026. Cf. también Behrang Tajdin, “Iran sees mass redundancies from war with US and Israel”, 21 de abril de 2026, www.bbc.com

(10) Ideología mesiánica, el “destino manifiesto” justificó la absorción de Texas en 1845 y la expansión hacia el oeste. La “doctrina de puertas abiertas” designa la política extranjera de Estados Unidos respecto de China en el paso del siglo XIX al XX.

(11) “National security strategy of the United States of America”, Casa Blanca, Washington, D. C., noviembre de 2025.

(12) Véase Perry Anderson, “El derecho internacional del más fuerte”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2024.

(13) Conferencia de prensa del secretario de Guerra y del jefe del Estado Mayor de los Ejércitos John Daniel Caine, 4 de marzo de 2026

(14) Richard H. Kohn, USAF Strategic Air Warfare. An interview with generals Curtis E. Lemay, Leon W. Johnson, David A. Burchinal and Jack J. Catton, Office of Air Force History, Washington, D. C., 1988.

(15) Serdar Dincel, “21,720 buildings in Iran hit by ongoing US-Israeli strikes: Iranian Red Crescent”, Anadolu, 11 marzo de 2026.

(16) Ervand Abrahamian, “Iran under fire”, New Left Review, n.° 157, Londres, enero-feb. de 2026.

(17) Carroll Doherty y Jocelyn Kiley, “A look back at how fear and false beliefs bolstered U.S. public support for war in Iraq”, 14 de marzo de 2023, www.pewresearch.org

(18) Robert Pape, “The war is turning Iran into a major world power”, The New York Times, 6 de abril de 2026. Cf. también Behrang Tajdin, “Iran sees mass redundancies from war with US and Israel”, 21 de abril de 2026, www.bbc.com

 

Alexander Zevin. Historiador, Universidad Municipal de Nueva York (CUNY).

Publicado en Le Monde Diplomatique, julio 2026.