miércoles, 22 de abril de 2026

La matriz común de la cuestión social y la cuestión ecológica


MUNDO, PENSAMIENTO :: 12/04/2026

ALAIN BIHR

Ninguna de las dos cuestiones podrá resolverse sin la otra; y finalmente su solución pasa, tanto en uno como en otro caso, por la abolición revolucionaria de las relaciones capitalistas de producción

Desde que en las décadas de 1960 y 1970 aparecieron en las escenas mediáticas, políticas y académicas los partidarios de la cuestión ecológica (los ecologistas, en todas sus corrientes) no se han llevado bien con los partidarios de la cuestión social (los izquierdistas, en todos sus matices). Al principio indiferentes entre sí, pronto se convirtieron en rivales y hostiles, en particular en el plano político: los primeros acusaban a los segundos de sacrificar "el medio ambiente" a los imperativos del crecimiento económico y del progreso social (y la distribución más equitativa de los frutos del crecimiento); los segundos replicaban que los primeros se preocupaban más por la suerte de la naturaleza que por la de la humanidad. Y aunque la hostilidad terminó cediendo ante las necesidades de alianzas en diversas combinaciones parlamentarias y gubernamentales, la heterogeneidad de sus respectivas temáticas y problemáticas no dejó de mantenerse, debilitándolas hasta provocar el fracaso de algunas.

Las razones de esta situación persistente son múltiples. Algunas tienen que ver con los diferentes contextos históricos en que ambas cuestiones emergieron y fueron formuladas. Otras remiten a la sociología de los movimientos sociales y políticos que asumieron sus respectivas temáticas y problemáticas. Y otras más están relacionadas con los marcos ideológicos (culturales, científicos, filosóficos) en los que fueron elaboradas. En uno de estos últimos aspectos quiero detenerme, muy importante incluso porque podría crear las condiciones de una síntesis de las dos cuestiones. Se trata del desconocimiento del concepto de relaciones sociales de producción.

Sobre el concepto de relaciones sociales de producción

Si este desconocimiento es comprensible y excusable en los ecologistas, lo es mucho menos en el caso de los izquierdistas. Porque este concepto se sitúa en el corazón mismo del pensamiento marxista, una de las principales fuentes de inspiración del socialismo.

Cuando en el "Prefacio" de Contribución a la crítica de la economía política Marx se ve llevado a resumir su enfoque intelectual y precisar lo que constituye su originalidad, es a este concepto al que se refiere:

"El resultado general al que llegué y que, una vez adquirido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede formularse de la siguiente manera. En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política, y a la que corresponden determinadas formas de la conciencia social"[2].

Tal como se presenta de manera sucinta en este párrafo, el concepto designa un complejo de relaciones que articula de manera específica propia de cada modo de producción (forma o tipo global de sociedad), por un lado las relaciones de los seres humanos con la naturaleza y por otro las relaciones de los seres humanos entre sí, en el seno del proceso social de producción (o proceso social de trabajo).

En tanto relaciones de los seres humanos con la naturaleza, las relaciones de producción son las formas sociales dadas a las fuerzas productivas, a las capacidades de producción puestas en marcha por el trabajo humano, es decir a la transformación de la naturaleza por el ser humano con el fin de adecuarla a sus necesidades y usos. De modo que las fuerzas productivas comprenden, simultáneamente:

- las potencias de la naturaleza, en la medida en que puedan ser operadas (apropiadas) por el trabajo humano: toda la naturaleza, en su conjunto y en sus más ínfimas partes, es la primera y fundamental fuerza productiva;

- los medios de trabajo (herramientas, máquinas, dispositivos materiales de producción, infraestructuras productivas, etc.) que son también productos del trabajo humano, o sea resultados anteriores de la transformación de la naturaleza;

- por último, la fuerza humana de trabajo, tal como ha sido moldeada por toda la experiencia del trabajo humano, incluyendo por consiguiente el saber incorporado concerniente tanto al dominio de la materia como a la organización de las relaciones entre los seres humanos en el trabajo.

En tanto que relaciones entre sí de los seres humanos en el proceso de producción, las relaciones sociales de producción articulan las relaciones de los productores con sus medios de producción y medios de consumo, las relaciones de los productores entre sí y, finalmente, las relaciones de productores y no productores con el producto del trabajo social.

Desde el ángulo de las relaciones de los productores con sus medios de producción (tierra, materias primas, fuentes de energía, herramientas y máquinas, infraestructuras productivas, etc.) y con los medios de consumo (individuales o colectivos), es determinante la propiedad de los medios de producción, es decir, el conjunto de reglas sociales (jurídicas, morales, políticas, religiosas, etc.), de hecho o de derecho, que rigen las condiciones de apropiación de los medios de producción por los productores y fijan las formas en que dicha apropiación tiene lugar.

Las relaciones de los productores entre sí corresponden a lo que clásicamente se denomina la división social del trabajo: la repartición entre los miembros de la sociedad de las diversas actividades a través de las cuales la sociedad asegura su reproducción material y, parcialmente, institucional. Aquí es determinante la división (separación y jerarquización) entre trabajo material (los trabajos que operan sobre la naturaleza y se la apropian para los usos humanos) y trabajo "inmaterial" (los trabajos que operan sobre las relaciones sociales y sus múltiples mediaciones), así como, transversal a la precedente, la relación entre trabajo "intelectual" (funciones de dirección, concepción, organización y control) y trabajo "manual" (funciones de ejecución).

En cuanto a las relaciones de productores y no productores con el producto social (la totalidad de la riqueza social producida) y sobre todo con el plus producto social (la parte del producto social no inmediatamente necesaria para la reproducción de las condiciones materiales y personales de producción), implica tener en cuenta no solo las relaciones de reparto (o distribución) en el sentido clásico del término, fijando la parte de la riqueza social de la que cada grupo puede disponer, sino también y sobre todo las formas bajo las cuales están determinados los distintos usos posibles del plusproducto social: constitución de un fondo de reserva, ampliación de la norma de consumo, acumulación de nuevos medios de producción, mantenimiento de los no productores, etc.

El aporte irremplazable del concepto de relaciones sociales de producción reside precisamente en la estrecha articulación que establece entre las relaciones de los seres humanos con la naturaleza y las relaciones de los seres humanos entre sí. Articula las estructuras y el devenir histórico de las sociedades humanas con las condiciones naturales en que se desarrollan, con los límites, restricciones y oportunidades que la naturaleza les impone/ofrece, y con la manera en que las sociedades han sabido (o no) aprovechar esas oportunidades y superar las restricciones. Dicho de otra manera, el concepto permite y también obliga a pensar, simultáneamente, cómo las sociedades transforman las condiciones naturales y también cómo, a su vez, son afectadas en su estructura y devenir por estas últimas. En suma, el concepto no separa las sociedades humanas de su oikos: las relaciones de producción son relaciones indisolublemente sociales y ecológicas, relaciones ecosociales o socioecológicas, si se admiten estos neologismos.

En este sentido y en igual medida, el concepto de relaciones sociales de producción es precisamente un concepto ecológico avant la letttre: en La ideología alemana (redactada en 1845-1846 pero inédita), Marx y Engels elaboraron sus premisas una veintena de años antes de que Ernst Haeckel (1834-1919) propusiera el concepto de ecología en su Morfología general de los organismos (1866). En principio esto debería haber conferido al marxismo una especial aptitud para abordar las temáticas y problemáticas ecológicas. Que no haya sido así se explica por el hecho de que la corriente que dominó el marxismo, en el seno y en los márgenes de la II y la III Internacionales, se constituyó como un corpus ideológico solidario con un modelo de movimiento obrero que defendió y trató de realizar una forma de socialismo que asimilaba la emancipación del proletariado con el desarrollo de fuerzas productivas supuestamente frenadas por las relaciones capitalistas de producción[3].

Lo que lo volvió ciego frente a los daños ecológicos ocasionados por ese desarrollo incontrolado y sordo a las múltiples voces que tempranamente se levantaron, fuera de sus filas, denunciando esos daños. Y no cabría exonerar completamente a Marx de responsabilidad en este desvío, considerando algunas de sus formulaciones, entre ellas la contenida en el pasaje antes citado que parece autonomizar el desarrollo de las fuerzas productivas de las relaciones sociales de producción.

Las especificidades de las relaciones capitalistas de producción

Estas especificidades, explicitadas por Marx en El Capital, son suficientemente conocidas como para que me aquí me limite a unos pocos y sumarios recordatorios. Conformando un sistema, las principales son las siguientes:

- La expropiación de los productores, privados de todo medio de producción propio y, por consiguiente, incapaces de producir por sí mismos los medios de consumo que aseguran su subsistencia, reduciéndolos así al estatus de "trabajadores libres" que no poseen nada más que su fuerza o potencia de trabajo.

- La transformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Al no poder emplear directamente su fuerza de trabajo debido a carecer de medios de producción, para procurarse medios de consumo el "trabajador libre" no tiene más posibilidad que poner su fuerza de trabajo en venta para obtener un salario que permita adquirir en el mercado los medios de consumo que aseguran su mantenimiento (y el de los suyos).

- La apropiación exclusiva de los medios de producción en forma de mercancías. Esta apropiación se realiza por medio de la mercantilización: los medios de producción son producidos como mercancías o se encuentran disponibles bajo esta forma (como ocurre, por ejemplo, con la tierra).

- La generalización de la forma valor del trabajo social. En las condiciones precedentes, el proceso social de trabajo se encuentra necesariamente dividido (fragmentado) en una multitud de trabajos privados: trabajos emprendidos en base a la propiedad privada de los medios de producción, por agentes privados que persiguen únicamente sus intereses privados (particulares) separados (no coordinados entre sí) e incluso enfrentados (por la competencia), o sea el desarrollo de la división mercantil del trabajo social. Todos los productos del trabajo social y todas sus condiciones tanto subjetivas (fuerzas de trabajo) como objetivas (medios de producción) toman la forma de mercancías.

- La formación de la plusvalía. Propietario de una suma de dinero, el capitalista adquiere mediante ella, en forma de mercancías, por un lado medios de producción y por el otro fuerzas de trabajo. Los combina productivamente para producir mercancías que pone en venta en el mercado con el fin de obtener de nuevo dinero. Sin embargo, todo este proceso carecería de sentido si el dinero obtenido no fuera superior al que invirtió inicialmente. Esto supone que en el curso del proceso de producción se haya formado un valor adicional o plusvalía. Lo que es posible porque el capitalista puede jugar con la duración, la intensidad y la productividad del trabajo para alcanzar sus fines apropiándose del proceso de trabajo y consecuentemente moldeándolo.

- La acumulación (la reproducción ampliada) del capital. Al término del proceso de producción, el capitalista está en posesión de un valor (una suma de dinero) que le permite recomenzar todo el proceso anterior, quedando al mismo tiempo a su disposición una plusvalía. Esta le sirve de inmediato como renta, permitiéndole adquirir los medios de consumo necesarios para su mantenimiento (y el de los suyos). Sin embargo, no sería capitalista si gastara la totalidad de la plusvalía como renta, transformándose así en un simple rentista. Y aunque quisiera hacerlo, se lo impediría tanto la competencia de los demás capitalistas que operan en su rama como la resistencia y la lucha que los trabajadores asalariados oponen a su explotación y dominación en el proceso de producción. En otras palabras, por estas diferentes razones, está obligado a dedicar una parte más o menos importante de la plusvalía a formar un capital adicional que se suma al capital inicial, adquiriendo medios de producción y fuerzas de trabajo suplementarias. Así, la reproducción del capital es necesariamente reproducción ampliada: se realiza en forma de acumulación del capital.

La necesaria articulación de las cuestiones social y ecológica

La cuestión social encuentra su origen y su fundamento en las relaciones capitalistas de producción. Emerge con la culminación de la formación de tales relaciones durante la "revolución industrial", que da lugar a un proletariado compuesto por "individuos desnudos", cuya existencia es estructuralmente precaria porque depende por completo del interés que los propietarios de los medios de producción (capitalistas) tengan en emplearlos o no. Cuando lo hacen, es siempre en condiciones de empleo (formas de relación salarial), de trabajo (duración, intensidad, productividad) y de remuneración (nivel salarial) que posibiliten la explotación de los trabajadores asalariados, es decir, la formación de plusvalía, que es su objetivo esencial.

Lo que ocurre es que la relación de fuerzas que los liga a los trabajadores asalariados les resulta tanto más favorable cuanto que la acumulación del capital genera continuamente una superpoblación relativa de "individuos desnudos" en condiciones de trabajar pero a los que el capital no tiene necesidad o posibilidad de emplear de manera rentable, condenados a diversas formas y grados de privación, de pobreza y miseria, que provee también un "ejército industrial de reserva" que ejerce una presión disciplinaria sobre los miembros del "ejército industrial activo", forzándolos a aceptar las condiciones de empleo, trabajo y remuneración fijadas por el capital debido a la amenaza de ser reemplazados si no las aceptan.

Y esta amenaza se exacerba muy especialmente durante las crisis periódicas que conoce inevitablemente la reproducción ampliada del capital, que engrosan las filas del "ejército de reserva" y aumentan en igual proporción la presión ejercida sobre los trabajadores activos residuales, a fin de restablecer condiciones de valorización del capital que permitan relanzar su acumulación.

Estas son las principales facetas de la cuestión social, que no han cambiado desde hace dos siglos. Pero precisamente son también tales relaciones capitalistas de producción las que están en el origen de las principales facetas de la cuestión ecológica.

La expropiación de los productores significó en especial la separación entre una parte creciente de la humanidad y la tierra (el suelo), que constituye siempre el más fundamental de los medios de producción, ya que proporciona la mayor parte de los medios de consumos alimentarios. El proceso se llevó a cabo mediante la destrucción o ruina de las comunidades campesinas tradicionales, la separación entre agricultura e industria, entre la agricultura en sentido estricto (cultivo del suelo) y la ganadería, la industrialización (mecanización y quimización) de la producción agrícola ocasionando la disminución relativa y absoluta de la población agrícola y en definitiva el éxodo rural.

Pero todo ello tuvo como precio la perturbación creciente del metabolismo (los intercambios de materias y energía) entre la naturaleza y las sociedades humanas, que ya no devuelven al suelo en forma de residuos y desechos (incluidos sus excrementos y los de los animales de cría) los nutrientes que se extraen en forma de productos agrícolas, obligando a recurrir a dosis cada vez más masivas de fertilizantes artificiales con consecuencias desastrosas en términos de contaminación de suelos y aguas[4].

Marx mostró cómo la apropiación del proceso de trabajo para transformarlo en proceso de valorización (proceso formador de valor y de plusvalía) metamorfosea al capital en vampiro: un cuerpo muerto (materializado en el capital fijo) que se mantiene con vida y prospera (se valoriza) absorbiendo sin cesar el trabajo vivo hasta agotarlo e imprimiéndole además su propia marca, transformándolo en trabajo abstracto (simultáneamente homogéneo, fragmentado y jerarquizado, desprovisto de sentido y valor para quienes lo realizan). Este mismo vampirismo se extiende a la apropiación de la naturaleza y es llevado a cabo mediante el proceso de trabajo del que la naturaleza constituye marco, condición y objeto generales.

Es sobre todo el caso en que esta apropiación, de informal que es mientras el capital puede disponer gratuitamente de los recursos naturales (oxígeno del aire, dióxido de carbono y sales minerales del suelo, flujo de la energía solar, etc.), o de formal que es todavía cuando puede apropiárselos sin tener que transformarlos, se vuelve real, y el capital debe por el contrario transformar la naturaleza (o sea adaptar su materialidad) para someterla a las exigencias de su valorización[5].

Se trata entonces de obligar a la naturaleza a no producir lo que produce espontáneamente (como ocurre en la agricultura capitalista, que separa las especies vivas entre sí o las separa de sus biotopos)[6]; o, inversamente, de obligarla a producir lo que no produce espontáneamente (como ilustran la producción de materiales artificiales como el hormigón, el plástico o los semiconductores, así como la de organismos genéticamente modificados)[7]; o bien a reproducir una naturaleza artificializada tras haber devastado la naturaleza original (como cuando se sustituyen bosques primarios con plantaciones de árboles o se pretende "compensar" la pérdida de biodiversidad en un sitio determinado rehabilitándola o creando un sitio considerado equivalente en otro lugar). Al precio en cada caso de problemas ecológicos más o menos graves.

Los estragos producidos por el productivismo (producción por la producción) y su complemento inevitable el consumismo (consumo desenfrenado) son demasiado conocidos como para detenerme en ellos. Conviene, sin embargo, subrayar con fuerza hasta qué punto son también inherentes a las relaciones capitalistas de producción, en este caso a la necesidad --antes mencionada-- en que se encuentra el capital de no poder reproducirse sino es a una escala constantemente creciente.

Por último, la fragmentación del proceso social de producción en una miríada de trabajos particulares, realizados independientemente y a menudo en competencia entre sí, como efecto de la propiedad privada de los medios sociales de producción, además de engendrar un despilfarro de fuerzas productivas igualmente ecocida, priva a la sociedad de todo control sobre el desarrollo de dichas fuerzas que, con ayuda de la hybris capitalista, acaban por metamorfosearse en fuerzas destructivas.

Si lo expuesto anteriormente está muy lejos de responder a todas las cuestiones que plantea la articulación práctica (política) para la solución de las cuestiones sociales y ecológicas, no deja de aportar al menos la prueba de que ambas cuestiones están íntimamente ligadas por la común matriz constituida por las relaciones capitalistas de producción; y que, en consecuencia, su articulación es necesaria: ninguna de las dos cuestiones podrá resolverse sin la otra; y finalmente que su solución pasa, tanto en uno como en otro caso, por la abolición revolucionaria de dichas relaciones[8].


* Artículo enviado por el autor y traducido del francés para Huella del sur por Aldo Casas.

Notas

[1] Sociólogo, especialista del movimiento obrero y socialista, miembro del laboratorio de sociología y antropología de la Universidad del Franco Condado, Francia. Cofundador de la revista A Contre Courant.

[2] Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Buenos Aires, ediciones estudio, pág. 8.

[3] Ver Du "Grand Soir" a "l'alternative". Le mouvement ouvrier européen en crise, Parte I, París, Editions de l'Atelier.

[4] Ver « Par delà la "faille métabolique" ("metabolic rift")», alencontre.org, 17 agosto 2023.

[5] Ver « Le vampirisme du capital », alencontre.org, 4 mayo 2021.

[6] Ver « Forcer la nature à ne pas produire ce qu'elle produit spontanément », alencontre.org, 17 octubre 2023.

[7] Ver « Forcer la nature à produire ce qu'elle ne produit pas spontanément », alencontre.org, 8 enero 2024.

[8] Las tesis desarrolladas en este artículo constituyen el núcleo de la obra publicada por éditions Page deux y Syllepse con el título L'Écocide capitaliste, de la que los artículos aquí citados son fragmentos.


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-matriz-comun-de-la-cuestion-social 

El pecado de los buenos

                                        
                                                                              

Pascual Serrano   10/04/2026

La gran tragedia de la geopolítica dominante impuesta por Occidente es que está usando esa bondad occidental, ese intervencionismo humanitario, como imperialismo humanitario.


















                                                                Fuente: M. Hossein Movahedinejad / CC BY 4.0

Hace unos cuatro años asistí a un acto político-cultural en el Teatro Nacional de Cataluña en defensa de las mujeres iraníes. Desde el feminismo y desde la izquierda se denunciaba el machismo de la teocracia gobernante en Irán, las limitaciones impuestas a las mujeres, la obligatoriedad del velo y la policía de la moral que se encargaba de ese cumplimiento.

Todas las mujeres que participaban y el público, posteriormente en sus intervenciones, compartían una legítima preocupación solidaria. Como yo conocía a las organizadoras del acto y a muchas de las asistentes, sabía que eran personas de izquierda. Sin embargo, no pude evitar pensar cómo esa buena causa y esa legítima denuncia podía terminar siendo utilizada, una vez más, para otra agresión imperial. De nuevo, una justificación para una intervención y una masacre.

Creo que ese es uno de los grandes problemas de occidente. Esa buena intención, asociada a un vocación moralista intervencionista, de quienes se consideran obligados desde la solidaridad a señalar las injusticias en cualquier parte del mundo. Al fin y al cabo, no se hace otra cosa que aplicar los criterios universales de los derechos humanos mirando a todos los lugares del planeta. Eso no es malo y, por supuesto, no debería traer malas consecuencias.

La gran tragedia de la geopolítica dominante impuesta por Occidente es que está usando esa bondad occidental, ese intervencionismo humanitario, como imperialismo humanitario, como llama Jean Bricmont. Todo ese potencial de empatía, solidaridad y compromiso con personas que sufren de otros países acaba sirviendo para legitimar agresiones de Estados Unidos y de la OTAN violando el derecho internacional.

Una semana después del inicio de los bombardeos de Estados Unidos e Israel a Irán, leo en Infolibre este titular: “El PP se sirve de las mujeres iraníes en un acto del 8M para justificar otra vez la ofensiva en Oriente Medio”. Ahora nos damos cuenta y titulamos desde la izquierda así, pero hace cuatro años, éramos nosotros los que organizábamos un acto similar sin darnos cuenta de que, sin pretenderlo, estábamos sentado las bases para que algunos pudieran presentarse, con sus bombas, como los liberadores de esas mujeres. Y, desgraciadamente, esas campañas de denuncia, de alguna manera, terminan convenciendo a muchos de las buenas intenciones de las intervenciones militares occidentales.

Esa recurrida expresión desde nuestros sofás ante cualquier injusticia que percibimos en otros países, de “algo tenemos que hacer”, se ha convertido en el terrible salvoconducto para llevar la muerte y la destrucción a numerosos lugares del mundo.

Para hacer respetar los derechos humanos y la justicia, primero debe crearse un ordenamiento jurídico internacional vinculante, después un tribunal que sirva a su cumplimiento y un poder coercitivo global que garantice su aplicación

Percibimos mujeres tratadas injustamente en Irán, decimos “algo tenemos que hacer” y bombardean un colegio de niñas y asesinan a 160. Sabemos que hay militantes de izquierda y kurdos en las cárceles de Al Assad en Siria, decimos “algo tenemos que hacer”, alguien en occidente nos señala a unos “rebeldes” a los que se les arma, y acaban tomando el poder los islamistas de ISIS que asesinan a esos militantes de izquierda y a esos kurdos. Nos indignaron porque en Yugoslavia Milosevic hacía limpiezas étnicas, dijimos “algo tenemos que hacer”, y nuestros aviones de la OTAN terminaron arrasando Serbia.

Va siendo hora de que los ciudadanos de Occidente entendamos que, para llevar los derechos humanos y la justicia a cualquier lugar, primero debe crearse un ordenamiento jurídico internacional vinculante, después un tribunal que sirva a su cumplimiento y a continuación un poder coercitivo global que garantice su aplicación.

Ahora lo único que hay es una Carta Fundacional de las Naciones Unidas que establece que cada país es soberano y que la paz mundial depende de la no injerencia en otros países y el respeto a su soberanía.

Mientras solo exista eso, nuestras indignaciones morales y nuestros intentos de justicia universal solo serán coartadas de los poderosos para, paradójicamente, atropellar ese derecho internacional y arrasar pueblos y gobiernos que no les gusten después de convencernos, con razón o sin ella, de que allí se estaban violando derechos humanos.

El pecado de los buenos está sirviendo para preparar el terreno para esas intervenciones militares. 

Epstein según Sade



Fabio Vighi    10 abril 2026












"El pan y los circos nunca desaparecieron: se convirtieron en una industria", escribe Vighi (Foto: The New Yorker)


Cuando los gobiernos hacen pública información políticamente explosiva, la explicación es casi siempre de carácter procedimental: se aprueba una ley, vence un plazo, se revisan los documentos, se aplican las censuras y, a continuación, se procede a la publicación. Oficialmente, esta coreografía es señal de la buena salud institucional, y la transparencia se presenta como prueba de vitalidad. La publicación de los expedientes de Epstein se ha presentado precisamente en estos términos: el Congreso ordenó la divulgación; el Departamento de Justicia cumplió; se respetó el plazo legal. Sin embargo, lo que ocurrió en la práctica no fue un único acto de divulgación, sino una revelación escalonada. Para el plazo del 19 de diciembre de 2025, apenas se había hecho público el uno por ciento de los expedientes, y a partir de entonces se publicaron más lotes por oleadas. El efecto fue menos una revelación catártica que una exposición serializada: un goteo de escándalo que mantuvo viva la indignación al tiempo que aplazaba cualquier confrontación o resolución real.

Esta temporalidad provocadora suscitó inevitablemente sospechas: los críticos señalaron la oportunidad política, la gestión mediática y el cálculo estratégico de la atención. Pero más allá de las cuestiones de motivación hay algo más sintomático. El procedimiento, cuidadosamente calibrado, se asemeja a la lógica cultural que pretende desenmascarar. Lo que presenciamos no es cautela burocrática sino un sistema que se sustenta también a través del escándalo gestionado, prolongando el espectáculo de la corrupción como sustituto de la renovación estructural. En este sentido, la publicación escalonada importa mucho menos como fracaso administrativo que como indicador de una civilización que ha aprendido a declinar mientras simula una vitalidad que hace tiempo que expiró.

Vivimos en una época de grave contracción socioeconómica y de la correspondiente anomia espiritual, en la que el agotamiento reproductivo del sistema genera una plétora de lo que Antonio Gramsci denominó "síntomas mórbidos": fenómenos que no anuncian una transformación sino que sirven para enmascarar la decadencia social. La inversión libidinal en tales fenómenos tiende a agravar la subyugación ya que la indignación moral se convierte en apego emocional, mientras que la miseria colectiva se reproduce a través de los mismos espectáculos que parecen ponerla al descubierto. Los archivos de Epstein pertenecen a este panorama mórbido, no porque carezcan de importancia sino porque dramatizan y ocultan el declive sistémico de un solo golpe.

Lo primero que hay que destacar es que no se trata simplemente de los "archivos de Epstein" sino del rastro documental de una civilización que se ha reproducido sistemáticamente a través de formas organizadas de violencia. El capitalismo y los abusos sexuales se rigen por la misma lógica depredadora: la capacidad de deshumanizar a los demás y explotar la vulnerabilidad con fines lucrativos. En un sistema así, los rasgos que convierten a alguien en un multimillonario de éxito son inquietantemente similares a los que permiten la violación, la pedofilia y la violencia genocida. Para ser claros, pues, el capitalismo no se limita a tolerar las personalidades depredadoras; las engendra. En este sentido, la red de Epstein funciona como una metonimia de las relaciones humanas que promueve una civilización impulsada por la codicia: un laboratorio que pone al descubierto la inevitable convergencia de la depredación económica y sexual. Lo que parece una aberración es, de hecho, una imagen ampliada de las "reglas del juego". La razón fundamental por la que el escándalo de Epstein debería conmocionarnos es que revela, de forma concentrada, el núcleo podrido del propio sistema.

A primera vista, hay algo de verdad en comparar las millones de páginas de documentos relacionados con Epstein con el exceso enciclopédico de los catálogos de transgresiones del marqués de Sade —una resonancia reforzada por el detalle, ampliamente difundido, de que Jeffrey Epstein guardaba un ejemplar de Justine de Sade, la historia de una ingenua niña de doce años explotada y abusada por todos aquellos con quienes se cruza, en el escritorio de su residencia de Manhattan—. Las rutas de los jets privados, el infame "Lolita Express", el complejo insular, la circulación transnacional de víctimas menores de edad, los métodos de Epstein y Maxwell para identificar y atormentar a sus presas: todo ello lleva sin duda un aura sadeana de libertinaje ritualizado de la élite.

Sin embargo, los archivos revelan algo más concreto. Ponen de manifiesto la forma tecnocrática y transaccional de lo que Jacques Lacan percibió en Sade: el goce sádico organizado como deber, la explotación cargada de libido convertida en rutina como procedimiento. Como argumentaron Adorno y Horkheimer antes que Lacan, Sade no se sitúa al margen de la Ilustración —"la filosofía que equipara la verdad con la sistematización científica"—, sino que expone su lado oscuro: la razón reducida al cálculo, y el cálculo endurecido hasta convertirse en brutalidad organizada. Adorno y Horkheimer diagnosticaron el colapso de la razón moderna en dominación, mientras que Lacan añadió que esta dominación se sustenta en el goce (jouissance).

Si, pues, Sade reveló el imperativo del superyó de la modernidad ("¡Debes disfrutar!"), Epstein representa su mutación tardocapitalista. No se trata simplemente de una repetición de la decadencia aristocrática en los albores de la modernidad industrial. Es algo históricamente más nuevo y perturbador: la integración perfecta de la acumulación económica y la explotación sexual en los procedimientos operativos habituales de los sistemas de élite. Epstein representa una degeneración financierizada del universo de Sade: la fusión de la coacción libidinal y la influencia económica en redes sórdidas donde los cuerpos, los secretos y el capital circulan por los mismos circuitos cerrados de poder. Su documentada fascinación por la eugenesia, el transhumanismo y la ingeniería social extiende esta lógica explotadora hacia una distopía de tecnofascismo en la que la vida misma se concibe como un activo que debe ser condicionado estratégicamente. Dentro de esta configuración oscura pero dominante, los cuerpos funcionan como garantía, los secretos como instrumentos de control y el capital como árbitro definitivo de la visibilidad y la desechabilidad.

Y, sin embargo, los mismos escándalos que parecen poner al descubierto la violencia sistémica suelen servir para desviar la ira pública hacia monstruos individuales, dejando intactas las estructuras subyacentes y, al hacerlo, consolidándolas. El espectáculo de unas pocas manzanas podridas funciona como coartada moral, permitiendo que el sistema que las cultiva parezca fundamentalmente sólido. En la fase actual de colapso intracivilizacional, las instituciones de élite ya ni siquiera intentan mejorar las condiciones colectivas sino que se especializan en gestionar niveles de deuda exorbitantes, el estancamiento, la inestabilidad y la lenta erosión. De hecho, son muy competentes en esta tarea ya que han heredado décadas de prácticas de gestión de crisis bien perfeccionadas. Mientras tanto, la productividad se ha convertido en un significante abstracto, y la riqueza se acumula cada vez más en instrumentos financieros de alto riesgo y altamente manipulados que están completamente desvinculados de la producción material y de la vida social cotidiana. Para un número creciente de personas, el trabajo no solo es más precario y estructuralmente marginal para el funcionamiento de la acumulación capitalista hiperfinancierizada sino que también se ve cada vez más desprovisto de significado social.

Lo verdaderamente inquietante de los expedientes de Epstein es, pues, lo perfectamente que encajan en la deprimida realidad histórica en la que vivimos. Si la crisis se ha normalizado como la gramática básica de la gobernanza, el escándalo se ha convertido en nuestro principal modo de expresión libidinal: un escenario desplazado para intensidades que ya no circulan en nuestro espacio social cotidiano. Emocional y libidinalmente, la figura del depredador hipersexualizado es el objeto simbólico ideal para una era radicalmente desexualizada en la que el deseo, la seducción y la intimidad del sexo mismo han sido evacuados de la vida y externalizados a las pantallas en forma de pornografía —ya sea explícita o metafórica—.

El smartphone, en este sentido, funciona como el asesino definitivo de la libido. Lo que evacúa regresa como indignación compulsiva dirigida hacia imágenes curadas de obscenidad elitista. El sexo está por todas partes a nuestro alrededor —nos bombardean con significantes sexualizados— excepto, por supuesto, donde debería estar. En condiciones de adicción a las pantallas, lo que desaparece es el espacio mismo del secreto, la fantasía, la distancia simbólica y los encuentros fortuitos a través de los cuales operaba antes el deseo. Lejos de romper el sistema, pues, el escándalo de Epstein lo completa, ofreciendo una imagen hiperreal del exceso en un mundo donde la alegría de la intensidad vivida hace tiempo que se ha vaciado de contenido.

Paradójicamente, los expedientes de Epstein permiten al capitalismo senil fingir vitalidad, una energía libidinal que ha desaparecido de su modo de producción. La obscenidad aquí no es accidental sino que se eleva a un papel infraestructural simulado y omnipresente. En el pasado los sistemas políticos recurrían a espectáculos de exceso solo de forma esporádica; hoy en día, tales exhibiciones se orquestan continuamente, demostrando una capacidad ininterrumpida para el control afectivo. Las guerras culturales, los escándalos de las élites, las amenazas de escaladas geopolíticas, los pánicos morales y los episodios de autovictimización histérica componen ahora un "flujo de conciencia sistémica" ininterrumpido que exige una implicación emocional total.

Cada acontecimiento se vende como la crisis definitoria del momento, lo cual reorganiza temporalmente la atención colectiva al tiempo que se aplaza el reconocimiento de la decadencia estructural a largo plazo. ¿Por qué enfrentarse al colapso de la economía política cuando millones de páginas de los archivos de Epstein esperan ser consumidas de inmediato? Los proliferantes archivos de estilo wiki convierten los documentos judiciales en indignación consumible: al indexar nombres, vuelos, fotos y actos degenerados, transforman la depravación sistémica en un escándalo que se puede desplazar sin fin.

En términos de Jean Baudrillard, estos expedientes circulan como pura simulación, totalmente ajenos a la lucha cotidiana de la mayoría de la gente y a cualquier capacidad práctica para transformarla. Como tales, alimentan la ilusoria sensación de compromiso moral, mientras que la decadencia del sistema permanece invisible y fuera del alcance. Es más, son perfectamente bipartidistas. Los archivos de Epstein producen cantidades industriales de escándalos para todos, tanto de izquierda como de derecha —Noam Chomsky, Bill Clinton, Peter Mandelson, Andrew Mountbatten-Windsor, Donald Trump, élites liberales y conservadoras de todo el espectro— haciendo que la indignación sea políticamente imparcial. Se trata de un espectáculo que trasciende las divisiones, al tiempo que resulta perfectamente irrelevante para la decadencia que imita teatralmente. El pan y los circos nunca desaparecieron: se convirtieron en una industria.

En el capitalismo de emergencia, el espectáculo cumple tres funciones estabilizadoras fundamentales.

En primer lugar, canaliza la atención. El estancamiento económico es lento y abstracto. La financiarización es un fenómeno técnico. La refinanciación de la deuda, la caída de la productividad y el deterioro del mercado laboral deben permanecer ocultos. Los escándalos de la élite criminal, por el contrario, son narrativamente perfectos: ofrecen villanos identificables, claridad moral y un sinfín de detalles simbólicos. El discurso público se inclina hacia lo que resulta emocionalmente comprensible, no hacia lo que es estructuralmente crítico.

En segundo lugar, gestiona la legitimidad. Cuando los sistemas no logran generar prosperidad compartida, sino que solo benefician a una élite reducida, deben rendir cuentas de alguna manera. Aunque las dinámicas estructurales permanezcan inalteradas, el hecho de que se pongan al descubierto indica que el sistema es capaz de autocorregirse. El espectáculo del castigo sustituye al cambio estructural.

En tercer lugar, controla el miedo. El espectáculo transforma la ansiedad sistémica difusa en pánico moral dirigido. En lugar de preguntarse por qué el propio sistema está colapsando, se anima a la población a centrarse en la corrupción individual, los enemigos culturales o las impactantes redes criminales. El sistema parece verse amenazado por agentes externos, y no por su propio agotamiento interno.

Lo que surge es algo más sombrío que una simple distracción: una forma insidiosa de amnesia social. La obscenidad radica en la simetría: un sistema que depende cada vez más de la manipulación financiera, la inflación de activos y la ingeniería de la deuda para simular vitalidad económica produce espectáculos igualmente excesivos, igualmente alejados de la realidad social y profundamente adormecedores. Mientras el capitalismo insiste en que sigue siendo productivo, el espectáculo mórbido que desata insiste en que sigue ocurriendo algo significativo. Mientras tanto, los cimientos materiales de la "sociedad del trabajo" siguen erosionándose. La automatización desplaza a la mano de obra más rápido que nunca. El trabajo de oficina está cada vez más fragmentado o gestionado algorítmicamente. Generaciones enteras luchan por entrar en los mercados laborales en medio de la inseguridad y la ansiedad. Las ganancias de productividad se concentran en la propiedad del capital en lugar de en el crecimiento salarial. Mientras que, como era de esperar, los aranceles de Trump no sirven de nada contra un déficit comercial estadounidense fuera de control.

En este contexto, los ciclos de los escándalos empiezan a parecerse a una especie de muerte social asistida. No se trata de un colapso catastrófico sino de una anemia progresiva. Las instituciones siguen funcionando, se siguen celebrando elecciones y los mercados parecen funcionar con normalidad. Pero el organismo social subyacente pierde su capacidad de recuperación; pierde su objetivo común, la esperanza de que el futuro sea mejor que el presente.

Esto da lugar a un círculo vicioso en el que se hace necesario un espectáculo cada vez más terrible para estabilizar una "nueva normalidad" cada vez más en bancarrota. La obscenidad más profunda no es el escándalo en sí mismo sino la insistencia —repetida sin cesar a través del lenguaje institucional y el ritual mediático— de que, en el fondo, todo sigue funcionando. Si esta es la fase en la que hemos entrado, la cuestión política determinante será si las sociedades pueden aprender a reconocer estos espectáculos como síntomas de agotamiento sistémico. Porque la resistencia ideológica de los sistemas en declive reside en su capacidad para convertir el propio declive en una serie interminable de acontecimientos que absorben emocionalmente. Y si eso es cierto, entonces el verdadero peligro no es el colapso repentino. El verdadero peligro es una civilización que aprende a desvanecerse mientras cree que sigue funcionando bien.


Fabio Vighi es profesor de teoría crítica e italiano en la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido. Su trabajo reciente incluye Critical Theory and the Crisis of Contemporary Capitalism (Bloomsbury 2015, con Heiko Feldner) y Crisi di valore: Lacan, Marx e il crepuscolo della società del lavoro (Mimesis 2018).

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Philosophical Salon el 26 de febrero de 2026 y fue traducido para Misión Verdad por Spoiler.

martes, 21 de abril de 2026

Gabriel Rockhill: "Apoyo a Cuba porque estoy del lado de la humanidad y la vida"


CUBA, PENSAMIENTO :: 11/04/2026

MARXLENIN PÉREZ VALDÉS / GABRIEL ROCKHILL

Entrevista en Cuba con el filósofo marxista estadounidense Gabriel Rockhill sobre su nuevo libro "¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?" Marxismo que tiende a la aceptación del capitalismo

Conocí a Gabriel Rockhill por casualidad, mas no por azar. Nos presentó Helen Yaffe, amiga entrañable de Cuba, en enero de este año durante el Congreso Internacional que conmemoró --en la Universidad de La Habana-- los 60 años de la Conferencia Tricontinental (1966). La actual coyuntura política le agregó al evento una peculiaridad: los allí presentes estaban desafiando esa reciente manifestación de agresividad contra nuestro país que incluye la posibilidad de una agresión armada. De ahí que la confluencia no fuera por azar. Fue por convicciones.

Gabriel Rockhill --filósofo marxista, profesor, investigador y escritor de origen estadounidense-- publicó recientemente un libro que ha captado el interés de muchos. Su título ya deja entrever la complejidad de la trama: "¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?" .

Motivada por lo disruptivo de este primer volumen lo contacté con la propuesta de realizarle una entrevista para Cubadebate. Accedió sin titubear.

M: En su libro "¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?" ofrece elementos contundentes que contribuyen a desmontar al que ha sido conocido como "marxismo occidental": ¿existe un "marxismo confiable"? ¿Qué alternativas tenemos desde Latinoamérica a este "marxismo occidental"?

GR: La expresión "marxismo occidental" no se refiere a toda la producción intelectual marxista en el mundo occidental, sino a una forma específica de marxismo que ha surgido y se ha vuelto dominante en el centro imperial. Usé la expresión "marxismo occidental" en el título porque es un punto de referencia reconocible, al menos dentro de ciertos sectores de la intelectualidad, debido a un debate generado en y alrededor de la obra de figuras como Maurice Merleau-Ponty, Perry Anderson y Domenico Losurdo.

Sin embargo, también explico en el libro que la expresión más precisa sería "marxismo imperial" porque lo que tenemos entre manos es una orientación ideológica más que una categoría geográfica o cultural rigurosa.

Además, esta terminología tiene la ventaja de especificar que el marxismo en cuestión es uno que ha sido transformado por el imperialismo en una sutil herramienta del imperio (de ahí el doble significado de marxismo imperial: es un producto del imperialismo, así como una fuerza ideológica que contribuye al imperio).

Mi libro dilucida cómo la forma dominante de marxismo que se ha desarrollado en el centro imperial ha tendido hacia el chovinismo social y la aceptación del capitalismo, e incluso con el imperialismo. Esto ha sido debido, en parte, a la formación de una aristocracia obrera en el centro, que se beneficia de las estructuras imperiales de acumulación.

Como explicó Lenin con su característica agudeza, la situación material de los trabajadores en los principales países capitalistas, que es muy superior a la de los de la periferia, los ha hecho tender ideológicamente hacia una aceptación del orden mundial imperial. Esto es, en última instancia, lo que condujo a la división en el movimiento socialista mundial entre los que llegarían a ser conocidos como socialdemócratas y aquellos que estaban dedicados, a la manera de Lenin, a romper las cadenas del imperialismo mediante el socialismo revolucionario.

Losurdo, en su libro de 2017 sobre el marxismo occidental, se basó en el diagnóstico de Lenin para demostrar que la intelectualidad de izquierda contemporánea en el centro imperial aún manifiesta la misma orientación ideológica fundamental.

Al examinar la izquierda académica afiliada directa o indirectamente con la herencia marxiana --desde la Escuela de Fráncfort y la teoría posmoderna hasta el pensamiento anglófono radical contemporáneo y más allá-- Losurdo revela cómo no solo tiende al chovinismo social y al acomodo imperial, sino también, en términos prácticos, al anticomunismo.

En mi propio trabajo, me baso en los escritos de figuras como Lenin y Losurdo para desarrollar una economía política del conocimiento que examine las fuerzas materiales que impulsan la promoción de formas específicas de teoría de izquierda, como el marxismo imperial o el llamado marxismo occidental.

Lejos de ser un desarrollo intelectual autónomo que haya resultado del libre ejercicio de la razón humana individual o del así llamado mercado abierto de las ideas, la teoría de izquierda en el centro imperial ha sido moldeada y dirigida por fuerzas muy materiales, incluyendo todo el aparato institucional de producción y distribución de conocimiento (universidades, la industria editorial, el circuito de conferencias, los medios de comunicación, etc.), así como la poderosa influencia de la clase dominante a través de sus fundaciones y el Estado.

No es en absoluto casualidad que las posiciones marxistas dominantes en el centro imperial hayan sido generalmente trotskistas, socialistas libertarias, socialdemócratas, anarcocomunistas, o alguna otra versión ecléctica, en lugar de marxistas en el sentido leninista recién mencionado.

Debido tanto a las fuerzas económicas de la infraestructura como al poder ideológico de la superestructura, el marxismo ha tendido a transformarse en el centro en una forma imperial de marxismo que no solo se acomoda al capitalismo y al imperialismo, sino que también es abiertamente anticomunista y rechaza muchos, si no todos, los proyectos de construcción del Estado socialista.

Esto es particularmente claro en el caso de los principales supuestos marxistas promovidos dentro de la superestructura imperial, incluidos los teóricos de la Escuela de Fráncfort que analizo en el libro (Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse), otros marxistas occidentales prominentes, y teóricos radicales contemporáneos que a veces son descritos como posmarxistas o neomarxistas (Alain Badiou, Slavoj Zizek, Michael Hardt, Antonio Negri, etc.).

En cuanto a la cuestión de las alternativas, ¡la respuesta es un rotundo sí! Debido a los efectos del imperialismo intelectual, el marxismo del imperio ha proyectado una sombra larga y oscura sobre la rica y profunda tradición internacional del marxismo antiimperialista, que es sencillamente el marxismo en su forma auténtica.

Desde Marx y Engels hasta Lenin, Mao, Ho Chí Minh, y tantos otros líderes que encarnaron los principales movimientos de liberación, el núcleo del marxismo siempre ha sido la lucha contra el capitalismo como sistema global de acumulación que destruye a los seres humanos y la naturaleza.

A diferencia de la parodia chovinista social y anticomunista del marxismo que es prominente y promovida en el centro imperial, el marxismo genuino es un proyecto anticolonial y antiimperialista dirigido a la liberación en el mundo real de la humanidad y la naturaleza de las garras mortales del capital.

Cuba ha hecho una contribución fundacional a esta tradición al llevar el socialismo revolucionario al hemisferio occidental. También ha fomentado una rica cultura intelectual marxista que se extiende desde la obra de figuras como Fidel Castro, Ernesto "Che" Guevara, Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar, hasta pensadores contemporáneos como Raúl Antonio Capote, Antonio Barreiro Vázquez, Abel Prieto y el grupo de jóvenes marxistas conocido como La Tizza.

Esta no es, por supuesto, una tradición homogénea, y hay debates importantes, así como espacio para el desacuerdo y la innovación. Sin embargo, de manera crucial, esta tradición no está limitada por el marco dogmático del marxismo imperial, que generalmente rechaza los proyectos socialistas del mundo real por considerarlos, de alguna manera, peores que el capitalismo.

M: En Cuba también nos hemos apropiado de dicho "marxismo occidental". Las ideas de Marx y de Lenin llegaron casi de inmediato a la Isla a principios del siglo XX y la Revolución que triunfó en 1959 si bien tuvo gran influencia, sobre todo, del marxismo-leninismo soviético, expandió el acceso de todo el pueblo al estudio del marxismo en general (o de los marxismos). ¿Cómo distinguir y salvar dentro del "marxismo occidental" aquello que resulta orgánico a la lucha contra el capitalismo?

GR: Para evitar cualquier confusión que pudiera generar la expresión "marxismo occidental", es útil distinguir entre el marxismo imperial que acabo de discutir y el marxismo propiamente dicho, que es profundamente antiimperialista.

Ciertamente, el marxismo imperial ha sido la forma dominante en el mundo occidental, si entendemos esa región más específicamente como el centro imperial de Europa Occidental, EEUU y sus aliados cercanos en el proyecto imperialista global.

Sin embargo, incluso dentro del centro imperial, hay marxistas como Losurdo, Michael Parenti, John Bellamy Foster, Annie Lacroix-Riz, Saïd Bouamama y muchos otros, que son marxistas antiimperialistas.

Por eso, en última instancia, es más coherente distinguir entre dos orientaciones ideológicas, una de las cuales es poderosamente promovida por las superestructuras imperiales, en lugar de confiar en lo que parecen ser categorías geográficas.

La tradición marxista antiimperialista ha sido una fuerza importante en la periferia imperial, donde las víctimas del imperio y sus voceros orgánicos --Lenin, Mao, Fidel, etc.-- han situado la cuestión colonial y el imperialismo en el centro de sus análisis, orientando el marxismo hacia la transformación práctica del mundo mediante el desarrollo del socialismo real. Sin embargo, también hay una aristocracia obrera intelectual compradora en la periferia que recibe sus órdenes de los discursos y debates dominantes en el centro.

Esta intelectualidad compradora juega un papel esencial en el imperialismo intelectual, ignorando o denigrando las formas autóctonas de teoría antiimperialista en favor de promover las últimas tendencias teóricas del imperio.

Uno de los objetivos de mi libro es clarificar las líneas de la lucha de clases teórica para superar cualquier confusión. Debido a la lucha de clases y al imperialismo intelectual, a los trabajadores de la periferia imperial a menudo se les enseña a pensar que la producción teórica de quienes son promovidos como los intelectuales líderes del mundo es más avanzada y sofisticada que la de los marxistas más comprometidos prácticamente que he mencionado.

Concretamente, esto significa que se enseña a la gente a mirar a figuras como Adorno, Marcuse, Negri, Badiou o Zizek, en lugar de a Samir Amin, Walter Rodney, Ali Kadri, Néstor Kohan o Cheng Enfu. Esto tiene la consecuencia última de confundirlos respecto a la realidad básica del imperialismo y el proyecto socialista de superarlo. Esta forma de imperialismo intelectual, por lo tanto, ayuda y favorece al imperialismo en general.

Lo que mi investigación demuestra es que las estructuras imperiales de producción y distribución de conocimiento promueven una parodia del marxismo, así como varias formas de teoría radical que pretenden superar al marxismo, las cuales, en última instancia, sirven a los intereses del imperio.

Si simplificamos al extremo, el punto es bastante fácil de comprender: el imperio no promueve un trabajo que sea perjudicial para sus intereses. Por lo tanto, mi libro busca proporcionar a los lectores una brújula teórica cuyo Polo Norte ya no sean los principales productos de la industria teórica imperial, sino más bien el trabajo revolucionario antiimperialista de la tradición marxista internacional.

M: El pesimismo cumple una función social clave a favor de la ideología capitalista que perpetúa la idea de que "exterminar el mundo es más fácil que transformarlo". Se condicionan así la desmovilización, la desarticulación, la apatía colectiva y el rechazo al comunismo. Si a esto se suman las vicisitudes materiales de un país que como Cuba es asfixiado cotidianamente por el Bloqueo Económico, Comercial y Financiero de EEUU, la capacidad de resistir va perdiendo su cualidad subversiva. ¿Qué recursos, intelectuales y prácticos, le quedan a los pueblos antiimperialistas como el cubano para no renunciar al socialismo, su alternativa para la construcción de un mundo mejor?

GR: La primera mitad de mi libro proporciona un análisis materialista de la superestructura imperial, concentrándose en el país imperialista más poderoso del mundo. Impulsada por la base económica, con la que está dialécticamente entrelazada, esta superestructura ha impuesto una ideología dominante. Esto incluye no solo una cosmovisión y un conjunto de ideas, sino también un marco perceptual, un conjunto de valores, una matriz afectiva, un sentido de la historia, prácticas "rutinizadas" y más. Los sujetos ideológicos, como he argumentado en otro lugar con Jennifer Ponce de León, están compuestos en cada dimensión de su existencia, no solo en sus ideas o cosmovisiones.

Esto nos lleva al tema del pesimismo, que fue memorablemente codificado por Mark Fisher en el título del primer capítulo de su libro "Realismo Capitalista":

"Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Un sentimiento similar es compartido por muchos otros prominentes supuestos marxistas en el centro imperial, incluyendo de manera más notable figuras como Zizek y Fredric Jameson. De hecho, está tan extendido, incluso mucho más allá de los círculos marxianos, que la mejor síntesis de esta posición sería que "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de la ideología dominante".

En efecto, el mero pensamiento del fin del capitalismo es como imaginar el fin del mundo para pensadores como estos, ya que el capitalismo es el mundo vital material que sostiene su práctica teórica y los ha promovido como lumbreras principales dentro de la industria teórica imperial.

Si desapareciera, ¿qué quedaría de sus supuestas contribuciones intelectuales y de la ideología que promueven? Esta es una de las razones por las que, para ellos, es más fácil repetir la ideología dominante que resistirse a ella.

Aunque la orientación idealista de los marxistas imperiales nos anima a desplazar la realidad material por el reino ideal de la imaginación y las ideas, el fundamento mismo de la afirmación de Fisher es empíricamente incorrecto.

No se trata de "imaginar" el fin del capitalismo, sino más bien de comprender la realidad tal como es y reconocer que ya existe un proceso histórico de superación material del mismo.

Los estados socialistas han estado involucrados durante más de un siglo en el dificilísimo proceso de romper las cadenas del imperialismo y forjar proyectos de soberanía nacional que sirvan a los intereses del pueblo y no a los de los profiteers .

Esto no se trata de imaginación o proyecciones utópicas, sino de la lucha muy real, material, por construir un mundo nuevo, socialista, a partir de los restos decadentes del orden mundial imperial.

La superestructura imperial promueve la cosmovisión sintetizada por Fisher porque desarma a la gente y la anima a resignarse al sistema dominante de explotación, opresión y destrucción ecológica. Si ni siquiera es posible imaginar --y mucho menos construir-- un mundo alternativo, ¿por qué esforzarse en intentarlo?

Esta aquiescencia subjetiva a las fuerzas sociales objetivas equivale a alinear la propia capacidad de acción con la del sistema dominante, en lugar de movilizarla para un proyecto autónomo. Es, literalmente, un acto de renuncia a la propia libertad.

En cuanto a los recursos disponibles para los antiimperialistas, necesitamos un análisis sobrio y de mirada clara sobre la realidad material que enfrentamos.

El imperialismo ha llevado al mundo al borde de la extinción, ya sea a través de la destrucción cataclísmica de la biosfera, el asesinato social perpetrado por un fascismo desquiciado o la posibilidad inminente de guerras de aniquilación global.

La única alternativa real y material es el socialismo. Sin embargo, la elección ya no es simplemente entre socialismo y barbarie; es socialismo o exterminio. En lugar de estar en algún mundo imaginario donde ni siquiera podemos concebir el fin del capitalismo, estamos en un mundo muy real en el que nos enfrentamos a la más cruda de las alternativas: es, literalmente, el fin del capitalismo o el fin de la vida tal como la conocemos.

Cuba nunca ha sido libre para desarrollar el socialismo. Al contrario, siempre se ha visto obligada a avanzar hacia el socialismo bajo asedio porque los imperialistas están aterrorizados por la amenaza del buen ejemplo. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, Cuba ha sacado a su población de la depauperación sistémica y la ignorancia impuestas antes de 1959, proporcionando educación, salud, vivienda, empleo y desarrollo cultural, al tiempo que fomenta una sociedad fundada en la sostenibilidad ambiental. Nada de esto ha sido fácil, y siempre ha sido a trompicones, con retrocesos y dificultades inevitables.

Dado que Cuba está trazando un territorio inexplorado, al desarrollar el socialismo revolucionario en las Américas, esto no debería sorprender en absoluto. Lo asombroso es la medida en que Cuba ha podido avanzar tanto a solo 90 millas de la principal potencia imperialista del mundo. Es un testimonio de la resiliencia y el ingenio del pueblo cubano, así como de su liderazgo, que se haya hecho tanto con tan poco y en condiciones tan arduas.

Mientras EEUU se mueve en una dirección cada vez más fascista, está intensificando su guerra de represión contra Cuba, en un esfuerzo por recolonizar las Américas y eliminar cualquier señal de socialismo.

Esta situación pone claramente de relieve el papel que Cuba ha jugado en el hemisferio occidental. Los cubanos --y quienes los apoyan-- están en la vanguardia de la lucha por una América que sea realmente para todos nosotros, no para la clase Epstein, empeñada en dividirnos y conquistarnos para mantener su imperio del mal.

Los cubanos mantienen en alto la bandera de la humanidad en nuestro hemisferio, la bandera roja de la liberación de la destrucción imperial. Para cualquiera que no reconozca esto, podemos recordarle, haciéndose eco una vez más de la fatua afirmación de Fisher, que "es más fácil estar ciego a los logros del socialismo que ignorar la ideología dominante".

M: En su último libro (anteriormente mencionado) también argumenta los estrechos vínculos del intelectual filomarxista Herbert Marcuse con los servicios de inteligencia estadounidense y las consecuencias de dicha colaboración. ¿Deberíamos confiar hoy en el discurso teórico, o la producción mediática, de "la izquierda" y sus intelectuales financiados por la CIA?

GR: Debemos abordar la producción intelectual desde un punto de vista dialéctico e histórico-materialista, en lugar de simplemente confiar ciegamente en las proclamas de los intelectuales santificados de la industria teórica imperial.

Si entendemos cómo opera el sistema material de producción de conocimiento en el centro imperial, que incluye sus estrechas conexiones con el Estado y con la clase capitalista dominante, entonces podemos comprender más claramente el tipo de intelectuales que este sistema tiende a producir.

Hay, por supuesto, un margen de maniobra, por lo que es importante insistir en el término tendencia: no hay un determinismo riguroso sino más bien poderosas fuerzas condicionantes.

Sin embargo, hay un nivel notable de consistencia ideológica entre los pensadores de izquierda que tienen las plataformas más grandes. Aunque a menudo tienen desacuerdos intelectuales, convergen en los temas más importantes y tienden a ser anticomunistas y acomodaticios con el capitalismo.

La Escuela de Fráncfort, que ha hecho una contribución fundacional al marxismo occidental o imperial, es un caso ejemplar. Sus figuras principales, Adorno y Horkheimer, eran anticomunistas resueltos que equiparaban a Stalin con Hitler. Eran proisraelíes y apoyaban abiertamente ciertas intervenciones militares imperiales.

También cultivaron una reputación por haber desarrollado un importante análisis del fascismo, mientras que prácticamente trabajaban --como demuestro en el libro-- con muchos exnazis, integrándolos en posiciones de liderazgo dentro del Instituto de Investigación Social (el nombre oficial de la Escuela de Fráncfort). La versión de marxismo que ofrecen pone al marxismo de cabeza.

Marcuse se ganó una merecida reputación como el miembro más izquierdista de los prominentes de la Escuela de Fráncfort. Esto se debe a que se radicalizó en la década de 1960 y salió en apoyo de los movimientos antibelicistas y estudiantiles, así como de ciertas luchas por la liberación de género, sexual, racial y ecológica.

Sin embargo, al revisar el registro de archivos, descubrí que mentía regularmente sobre el trabajo que había hecho para el Estado estadounidense y sobre su relación con la CIA.

De hecho, colaboró estrechamente con la Agencia, e incluso participó en el proceso de redacción de al menos dos Estimaciones de Inteligencia Nacional (NIE, por sus siglas en inglés), el más alto nivel de inteligencia para el gobierno de EE.UU. Fue uno de los principales expertos del Departamento de Estado sobre el comunismo, y continuó trabajando con ex o actuales operativos estatales mucho después de dejar Washington. También jugó un papel principal en los proyectos de poder blando de la Fundación Rockefeller en su guerra intelectual mundial contra el comunismo.

Por ejemplo, fue la persona clave para su Proyecto de Marxismo-Leninismo, una iniciativa bien financiada que estableció una red transatlántica para la producción y diseminación de erudición marxista de corte imperial. Trabajó estrechamente con su amigo Philip Mosely en este proyecto, quien fue un consultor de alto nivel y de larga data de la CIA y director del Instituto Ruso en la Universidad de Columbia.

No es, pues, lo más mínimo sorprendente que, después de la invasión de Bahía de Cochinos, Marcuse declarara: "No cuestiono el derecho de EEUU a luchar contra el comunismo en el hemisferio occidental".

Cuando se trata de un análisis objetivo y sistémico de la lucha de clases global, no se puede confiar en figuras como Adorno, Horkheimer y Marcuse, y lo mismo podría decirse generalmente de la intelectualidad de izquierda compatible.

Esto no significa, por supuesto, que estuvieran equivocados en todo o que todo su trabajo deba ser simplemente descartado. Más bien, significa que cualquier compromiso riguroso con sus teorías debería posicionarlas claramente dentro de la totalidad social, dilucidando cómo su producción intelectual subjetiva estaba dialécticamente entrelazada con el marco objetivo de la industria teórica imperial.

Por ejemplo, es cierto que las figuras principales de la Escuela de Fráncfort desarrollaron críticas importantes al capitalismo de consumo, que pueden ser útiles. Sin embargo, si uno presta atención a sus análisis, notará una sutil orientación subjetivista.

Tienden a concentrarse en la experiencia fenomenológica de los consumidores de la capa media, como ellos mismos, no en las relaciones sociales explotadoras del sector productivo de la economía, es decir, la vida de los trabajadores.

Si lo ponemos en términos muy simples, generalmente pasaron más tiempo criticando los efectos de la industria publicitaria en la manipulación de los pensamientos y deseos de consumidores como ellos, que atacando el sistema de superexplotación y degradación global que, por poner un ejemplo, obliga a niños en el sur global a trabajar como esclavos en minas.

En cuanto a la producción mediática del imperio, no es de fiar en absoluto. Como explico detalladamente en el libro, la CIA creó un "Mighty Wurlitzer", es decir, una red internacional de medios de comunicación que podía manejar como si fuera una máquina de discos: con solo pulsar un botón en la sede de la CIA, se reproducía la misma melodía en todo el mundo.

Este "Mighty Wurlitzer" sigue muy vivo y en plena forma, y su alcance y magnitud superan con creces lo que la mayoría de la gente imagina.

Por citar solo un ejemplo, el experto en desinformación William Schaap declaró públicamente que la CIA "poseía o controlaba unas 2500 entidades mediáticas en todo el mundo. Además, contaba con su gente, desde corresponsales hasta periodistas y editores de gran visibilidad, en prácticamente todas las principales organizaciones mediáticas".

M: Hoy se habla, por ejemplo, de los vínculos con la élite imperial de un pensador liberal progresista como Noam Chomsky... ¿Es posible superar a la intelectualidad (académica, anticomunista, etc.) sin combatir las estructuras capitalistas globales que la producen?

GR: Esta pregunta va al corazón de mi libro. Aunque incluye análisis materialistas críticos de individuos y escuelas de pensamiento, el objetivo real es dilucidar cómo la superestructura imperial produce y reproduce sistemáticamente los mismos tipos fundamentales de intelectuales.

En otras palabras, en lugar de simplemente involucrarme en una crítica ideológica subjetiva de individuos selectos o su trabajo, ofrece también, crucialmente, una crítica ideológica objetiva del sistema material que produce y reproduce los mismos tipos de individuos, quienes luego crean un trabajo con un notable nivel de consistencia ideológica.

Un ejemplo clave de este fenómeno es la figura del recuperador radical. Este tipo de intelectual se posiciona en la izquierda y a menudo se autopresenta como radical. Generalmente son críticos del capitalismo y de ciertos aspectos de la política exterior de las principales potencias imperialistas. Sin embargo, siempre respetan --aunque haya ocasionalmente unas pocas excepciones explicables-- las líneas rojas ideológicas más importantes, rechazando el socialismo realmente existente por considerarlo peor que el capitalismo.

Hay, por supuesto, diferentes grados de recuperación radical, y siempre es importante involucrarse en un análisis dialéctico para resaltar tanto las contribuciones positivas como negativas de un intelectual. Chomsky es un excelente ejemplo, y lo discutiré en un próximo libro que es parte del mismo proyecto de investigación.

El trabajo del que hemos estado hablando, "¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?", es en realidad el primer volumen de una trilogía titulada "La guerra intelectual mundial: el marxismo contra la industria teórica imperial". El segundo volumen, "Teoría Francesa made in USA", saldrá el próximo año. El tercero, "La enfermedad infantil de la teoría radical", se publicará un poco más tarde, y es en ese trabajo donde proporciono una evaluación de Chomsky.

Por el momento, permítanme decir que ciertamente es el caso que ha proporcionado críticas empíricas significativas de la política exterior de EEUU y de los efectos de la "corporatocracia" en los medios.

Como socialista libertario, también ha tomado posiciones públicas contra el bloqueo a Cuba, lo cual es de alabar.

Sin embargo, no hizo esto dentro del marco de una comprensión sistémica del imperialismo y la lucha para romper sus cadenas a través de proyectos de construcción del Estado socialista (como es el caso, por ejemplo, en el trabajo de su contemporáneo Michael Parenti). De hecho, Chomsky celebró la destrucción del socialismo en gran parte de la esfera soviética como el fin de una tiranía y una ocasión para regocijarse.

Como muchos han señalado, Chomsky se centró en la crítica, y su proyecto político positivo estaba lamentablemente subdesarrollado. Se autodescribía como anarcosindicalista, trazando las raíces históricas de su posición hasta el liberalismo ilustrado, pero nunca abordó coherentemente el hecho de que el proyecto de autogestión de los trabajadores siempre ha sido precario cuando está desprovisto del poder estatal.

Como tal, ha llevado a muchos lectores por un callejón sin salida, sugiriendo que lo mejor que podríamos esperar sería que una potencia imperial como EE.UU. estuviera a la altura de sus ideales autoproclamados, o que los trabajadores pudieran ejercer un control democrático a largo plazo sobre su lugar de trabajo sin tomar el poder estatal. No comprendió del todo el hecho de que los ideales liberales de EE.UU. están ahí para proporcionar cobertura a un proyecto imperial, y que es este proyecto la verdadera fuerza motriz, no su ideología.

Dado su anticomunista descarte del leninismo como una filosofía contrarrevolucionaria, claramente no comprendió la necesidad de proyectos de construcción del Estado antiimperialistas para superar los males que diagnosticó.

Las revelaciones más recientes sobre su estrecha amistad con Jeffrey Epstein siguen un patrón que ya estaba establecido.

La carrera de Chomsky está ligada de varias maneras al complejo militar-industrial-académico. Enseñó en una institución, el MIT, con profundos vínculos con el Pentágono, del cual recibía el 90 por ciento de su financiación en la década de 1960. Trabajó allí en un laboratorio militar, y la investigación lingüística que estaba haciendo fue apoyada por la Marina, la Fuerza Aérea, etc.

También tuvo muchos contactos cuestionables y era amigo del director de la CIA, John Deutsch, a quien había apoyado en su campaña para convertirse en presidente del MIT.

Aunque crítico con Israel, Chomsky habló en contra del movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) y afirmó que Israel tenía derecho a existir. No es, por lo tanto, particularmente sorprendente que fuera amigo de un operador de inteligencia sionista como Epstein, quien proporcionó asesoramiento financiero y apoyó para un premio regular en su nombre, beneficios adicionales, contactos privilegiados e intercambio intelectual.

Dada la reputación pública que Chomsky cultivó como una persona profundamente moral, no deja de ser perturbador vislumbrar cómo actuó en privado con un delincuente sexual convicto.

Volviendo al núcleo de su pregunta, el objetivo de esta trilogía es precisamente criticar las estructuras capitalistas globales que han producido una intelectualidad de este tipo. Esta es una de las razones por las que era importante para mí no limitar este proyecto de investigación a una crítica del marxismo imperial.

El segundo volumen de esta trilogía aborda la teoría francesa posmoderna, y el tercero se ocupa de las formas de teoría radical contemporánea que se basan en el marxismo imperial y/o la French Theory, que incluyen la tercera generación de la Escuela de Fráncfort, la teoría poscolonial y decolonial, la teoría queer liberal, la llamada filosofía del evento comunista de figuras como Badiou y Zizek, etc.

El objetivo es precisamente dilucidar el sistema material de producción y circulación de conocimiento que produce y reproduce una intelectualidad de izquierda que --en general-- rechaza el socialismo realmente existente y se acomoda al capitalismo y al imperialismo (cuando no los defiende abiertamente).

La ideología es camaleónica. Dado que tergiversa la realidad, esta última tiende a filtrarse con el tiempo, y son necesarias nuevas formas ideológicas para disimularla.

Al evaluar críticamente la ideología dominante de la intelectualidad de izquierda imperial, quería demostrar cómo el sistema material de producción de conocimiento genera regularmente nuevas formas que son superficialmente diferentes pero comparten la misma orientación ideológica fundamental.

Al igual que en otras industrias capitalistas, la industria teórica fomenta la ilusión de progreso produciendo un vertiginoso grado de nuevos productos para el mercado --nuevo materialismo, afropesimismo, etc.-- que tienen la ventaja de distraer a las personas atentas a la realidad que se había filtrado a través de formas ideológicas anteriores.

El culto a lo nuevo promovido por el capitalismo de consumo convence a muchas personas de que cada nuevo producto en el mercado merece nuestra atención, si no nuestra devoción, en lugar de reconocerlo como simplemente la última iteración de la ideología dominante.

Esto ha demostrado ser una táctica particularmente exitosa en el empeño de enviar el marxismo al basurero de la historia: ¡hay tantos discursos nuevos e innovadores que abren múltiples horizontes y conducen hacia todas las direcciones!

Consideremos el caso de la Escuela de Fráncfort y la French Theory. Dentro de la historia intelectual burguesa, generalmente se presentan como opuestos. Hay, por supuesto, diferencias significativas.

Sin embargo, lo que mi trilogía demuestra es que ambos son productos teóricos de un sistema material de producción de conocimiento dentro de la superestructura imperial que promueve el anticomunismo y el acomodo al capitalismo, e incluso al imperialismo.

A pesar de todas sus diferencias, entonces, están de acuerdo en lo más esencial. Son dos permutaciones diferentes de la ideología de izquierda dominante en el centro imperial, y deben ser reconocidas como tales.

M: ¿Será traducido el libro al español? ¿Tendrá el público cubano la posibilidad de leerlo?

GR: Sí, Nuevo Milenio está preparando una traducción al español, y el libro también será publicado por El Viejo Topo en España y quizás por otras editoriales españolas en América Latina. Néstor Kohan ha aceptado escribir el prólogo para la edición cubana. Es un honor increíble para mí, y espero que el libro pueda hacer una contribución, por pequeña que sea, a los debates en Cuba y en el mundo hispanohablante en general.

El libro en realidad comienza con una salva de apertura para toda la trilogía titulada "La cabeza del Che". Cuenta la historia de la cacería humana global emprendida por el imperio estadounidense para localizar al Che y asesinarlo ignominiosamente, en un esfuerzo por decapitar el movimiento antiimperialista global. Pone de relieve cómo este proyecto vicioso fue de la mano con una guerra intelectual mundial contra el Che y su legado, explicando cómo activos de la CIA buscaron tomar control de partes de su legado literario y tergiversar su biografía.

Esta sección del libro proporciona, en microcosmos, una visión general de los temas principales de la guerra intelectual mundial contra el comunismo.

En términos más generales, el libro dialoga con algunas de las excelentes investigaciones contemporáneas sobre la guerra cultural, como la obra de Fernández Retamar, Capote, Barreiro y Kohan. Es esencial para este proyecto que la crítica del marxismo imperial esté en última instancia situada dentro de un proyecto positivo de reivindicación y defensa de la rica tradición internacional del marxismo antiimperialista.

Dado el papel dirigente que Cuba ha jugado en esta tradición, tanto intelectual como prácticamente, es un punto de referencia importante para este proyecto de investigación en su conjunto.

M: Usted ha visitado Cuba, condena el bloqueo estadounidense y defiende nuestra causa abiertamente en sus redes virtuales. ¿Por qué seguir apoyando a la Revolución actualmente?

GR: Soy un hijo del imperio, no un "red diaper baby" (un bebé de pañal rojo, criado en cuna roja). Además, fui entrenado en la ignorancia imperial por algunas de las llamadas instituciones líderes del mundo.

Las estructuras materiales de producción de conocimiento buscaron hacer de mí un miembro de la aristocracia obrera intelectual que ignoraba, oscurecía o tergiversaba el imperialismo, mientras denigraba y descartaba simultáneamente la alternativa socialista.

Habiendo crecido en una granja trabajando en la construcción, no nací dentro de las redes de élite que llegué a frecuentar gracias a mi educación. Aunque subjetivamente experimenté esto como ser superado por mis compañeros, ahora reconozco en retrospectiva que, objetivamente hablando, fue increíblemente beneficioso. Significaba que nunca encajaba realmente, y tendía a cuestionar cosas que otros daban por sentado como normales o naturales.

Sin embargo, también estaba profundamente afectado por la ideología de la superestructura imperial, y necesité involucrarme en un largo y a veces doloroso proceso de autocrítica para llegar a mis puntos de vista actuales. Me ayudaron en este proceso las condiciones objetivas de declive y decadencia imperial, así como mi participación en la organización práctica y la educación popular, sin mencionar la influencia perspicaz de personas cercanas a mí.

Me habían entrenado para ignorar a Cuba como irrelevante o para descartarla como corrupta. Una vez que comencé a cuestionar esta postura dogmática, encontré resistencia, en un obvio esfuerzo por mantenerme en mi lugar ideológico, por así decirlo.

Recuerdo distintamente el momento en que le pedí a uno de mis antiguos profesores, Étienne Balibar, que firmara una carta pública pidiendo el fin del bloqueo ilegal. Para su crédito, aceptó firmar la carta, que fue expresamente escrita para ser aceptable para la intelectualidad liberal.

Sin embargo, este autoproclamado marxista también envió un mensaje, copiándome, a un grupo de prominentes intelectuales de izquierda como Michael Hardt y Judith Butler insistiendo en que "la política imperialista estadounidense hacia Cuba" no debería "llevarnos a aclamar o apoyar la dictadura corrupta en que se ha convertido la Cuba 'socialista'".

Como supuesta prueba, proporcionó enlaces a propaganda anticubana de fuentes altamente cuestionables como la intelectualidad de "izquierda compatible" y el blog La Joven Cuba.

A pesar de resistencias como esta, continué desarrollando mis habilidades de alfabetización mediática crítica y estudiando seriamente la historia cubana, leyendo las obras de sus líderes y principales intelectuales. También exploré la rica cultura del cine, el arte y la literatura cubanos. En el proceso, aprendí por mí mismo suficiente español para poder acceder a material no traducido y romper mi dependencia del régimen de traducción imperial.

Llegué a comprender que, como explicó Eduardo Galeano en su excelente libro Patas arriba:

La escuela del mundo al revés, estaba viviendo en un mundo al revés. Casi todo lo que había oído sobre Cuba era el espejo opuesto de la realidad. Entonces me interesé cada vez más en la profundidad, amplitud y alcance de la guerra cultural contra Cuba que había moldeado --a menudo imperceptiblemente-- mi cosmovisión anterior.

Leí ampliamente y aprendí mucho de autores como Fernández Retamar, Capote, Barreiro, Kohan, Helen Yaffe y muchos otros, incluyéndola a usted. También visité Cuba dos veces, para ver con mis propios ojos y aprender más directamente sobre el proceso revolucionario cubano.

La razón por la que me he detenido en los aspectos subjetivos de mi proceso de llegar a conocer la Revolución Cubana no es por razones anecdóticas o personales, sino por lo que revela sobre las condiciones objetivas y lo difícil que es contrarrestar el adoctrinamiento ideológico fomentado por la superestructura imperial. Parte de nuestra lucha es liberar a las personas de sus garras y empoderarlas para que piensen por sí mismas y reflexionen críticamente sobre las fuerzas que han moldeado sus cosmovisiones, mientras fomentamos la adhesión dogmática a ellas.

Apoyo a Cuba porque estoy del lado de la humanidad y la vida, y reconozco el papel principal que está jugando en la lucha por poner Nuestra América en manos de su pueblo, para liberarla del mortal abrazo de la clase Epstein.

* Marxlenin Pérez Valdés es Doctora en Ciencias Filosóficas y Profesora Titular de Marxismo por la Universidad de La Habana.

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