jueves, 2 de abril de 2026

¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

Fuentes: El tábano economista [Imagen: "Los jugadores de Skat", de Otto Dix]


Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán (El Tábano Economista)

La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.

La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.

Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.

Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.

Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.

El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.

El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.

El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.

Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.

Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.

Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.

El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.

Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.

El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.

Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.

Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.

Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.

La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.

Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.

El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.

Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.

Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.

No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.

La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/03/22/quien-controla-las-guerras-de-estados-unidos/ 

Una Europa que prohíbe el comunismo

  
                                              

En cuatro de los países de la UE han prohibido el comunismo. En la Europa, que va dando lecciones de democracia, decir Proletarios del mundo, uníos, se convierte en motivo de prisión.
Cientos de fotografías como esta circulan por las redes en las que integrantes del Batallón Azov que forma parte del ejército ucraniano, exhiben símbolos nazis.

Desde el pasado 1 de enero en la República Checa es delito ser comunista. Es el resultado de una enmienda en el Código Penal que establece una pena de hasta cinco años de prisión.

El método es el de equiparar comunismo y nazismo. De modo que la disposición agrupa los movimientos “nazis, comunistas u otros” y amenaza con penas de uno a cinco años de prisión por fundar, apoyar o “propagar” un movimiento que se considere que suprime derechos o incita al odio, incluyendo explícitamente el “odio de clase”. Odiar a los explotadores ahora, en este país de la UE, es delito.

Los comunistas del antiguo Partido Comunista de Checoslovaquia se encuentran en el KSCM (Partido Comunista de Bohemia y Moravia), un partido que cuenta con decenas de miles de miembros y entró en el Parlamento Europeo tras las elecciones europeas de 2024 como parte de la coalición de izquierda Stacilo!

El caso checo no se limita a condenar crímenes concretos. Quizá una conferencia, un club de lectura, un símbolo, una canción o un argumento histórico se convierten en «propaganda» y puedes terminar en la cárcel

El caso checo no se limita a condenar crímenes concretos cometidos por regímenes concretos, lo que le permite al académico Dmitry Pozhidaev preguntarse qué considera el Código como «promoción o qué se considera «movimiento comunista”. Quizá le baste con una conferencia, un club de lectura, un eslogan, un símbolo, una canción o un argumento histórico se convierten en «propaganda» y puedes terminar en la cárcel.

Chequia no es un caso aislado. También este 1 de enero se aplicó en Polonia, otro país de la Unión Europea, una sentencia del Tribunal Constitucionalque ordena la disolución inmediata del Partido Comunista y su eliminación del registro oficial de formaciones políticas.

En Lituania tenemos la prohibición, desde 2008, de la exhibición pública de símbolos nazis y soviéticos, y en Letonia, desde 2013 existen las restricciones al uso de símbolos de la Unión Soviética y nazis en eventos públicos. En 2022 derribaron en la capital, Riga, el monumento central en honor a la victoria del ejército soviético sobre la Alemania nazi. El propósito es eliminar éste y otros rastros de esa «herencia» aún presentes en esa antigua república soviética, ahora miembro de la OTAN y la Unión Europea.

Es curioso, prohíben el nazismo, pero también a quién lo derrotó y libró a Europa de ese nazismo.

Los cuatro países que he citado son miembros de pleno derecho de la Unión Europea y no parece que sus prohibiciones chirríen mucho con las instituciones comunitarias.

Dos resoluciones del Parlamento Europeo de 2009 y 2019 igualan nazismo y comunismo como amenazas al orden moral de Europa. De nuevo equiparar a verdugos y libertadores de la Europa..

Y no olvidemos Ucrania, donde existe una ley fundamental de «descomunización»,  aprobada en abril de 2015, que condenó los regímenes comunista y nazi y prohibió la propaganda y los símbolos. Poco después, los tres partidos comunistas que había en Ucrania fueron prohibidos. Algo que fue condenado hasta por Amnistía Internacional, poco dados a posiciones procomunistas. Mientras tanto, las banderas e insignias de batallones nazis aparecen constantemente en el ejército ucraniano.

Esta es la Europa que se está creando, donde en cuatro de sus países la simple cabecera de este periódico es delito. La Europa que va dando lecciones de democracia y derechos humanos por el mundo y clasificando a los países de democracias o dictaduras es la misma Europa en la que decir Proletarios del mundo, uníos, se convierte en motivo de prisión. Libertad y democracia siempre y cuando no seas comunista. 

El Lince: Simul stabunt aut simul cadent


Marzo 21/2026

La farsa de los vasallos de EEUU no ha durado ni dos días. La declaración de la UE del otro día, la de la OTAN, la de otros ha durado menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Eso de «no es nuestra guerra», que era el común denominador de la respuesta de los vasallos para contentar a los borregos (a nosotros) es ya historia. Es cierto que no todos, hay vasallos y vasallos rezongones. Los primeros son los más lameculos de la historia: Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón, y Países bajos. Los otros están, por ahora, en el segundo nivel, haciéndose el longuis.



Esos seis países lameculos acaban de firmar una declaración que pone de manifiesto la incompetencia, la sumisión, la infamia y el estado de descomposición que existe en un Occidente putrefacto. «Instamos a Irán a que cese de inmediato las amenazas, el minado, los ataques con drones y misiles, y cualquier otro intento de bloquear el estrecho de Ormuz a la navegación comercial, y a que cumpla con la Resolución 2817 del Consejo de Seguridad de la ONU (…) porque la libertad de navegación es un principio fundamental del derecho internacional, consagrado también en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Las consecuencias de las acciones de Irán se sentirán en todo el mundo, especialmente entre los más vulnerables». ¡Guau! ya veo a los «progres» aplaudiendo semejante estupidez aunque sea con una mueca de resignación porque lo que sigue es lo importante: «Expresamos nuestra disposición a contribuir a los esfuerzos necesarios para  garantizar el paso seguro por el estrecho. Agradecemos el compromiso de las naciones que están llevando a cabo la planificación preparatoria». Y, para ello «nos comprometemos a realizar los esfuerzos apropiados para garantizar el paso seguro por el estrecho de Ormuz».

Ya se sabe que los iraníes son de lo peor, pero ¿ni una palabra sobre la agresión que están sufriendo, que viola todo lo conocido de los principios de la ONU y del derecho internacional, ese al que con tanta alegría e ignorancia ahora apelan estos vasallos lameculos? Es evidente que, en una situación de conflicto, donde Irán, el país que bloquea el estrecho, no muestra señales de ceder y rechaza cualquier oferta de negociación hasta que no cese esta agresión, «los esfuerzos apropiados» deben considerarse de carácter militar.

Un suponer: os habéis despertado de un coma profundo de, por lo menos, 22 días, es decir, entrasteis en coma un día antes de la agresión, y ahora veis estas pomposas declaraciones. ¿Qué pasa? Tu mundo anterior vivía una cierta normalidad y ahora no. ¿La culpa? Irán, por supuesto. Esto es Occidente, esta es la «democracia», estos son los «valores». Esto es la mierda en la que vivimos y nos rebozamos cada día.

Otra vez esta declaración solo tiene dos receptores: el capitán pirata Trump y los borregos, nosotros. Al primero, para apaciguarle. A nosotros, para hacernos ver que lo negro es blanco y que no hay unos agresores y un agredido. Irán ya ha vuelto a responder: «la participación de cualquier país en el intento de romper el bloqueo iraní lo convertiría en cómplice de la agresión y los crímenes atroces cometidos por los agresores». Hasta el más tonto entiende que si intentas detener a quien se defiende, estás ayudando a quien ataca.

Todo esto pone de relieve lo que todo el mundo que no sea occidental ve: la cosa no va nada bien. La declaración de los vasallos lameculos de EEUU supone un añadido a la agresión que está sufriendo Irán y, como es lógico, este país lo interpreta como un acto de guerra.

Pero lo más interesante es lo que hay detrás de todo esto: una reacción desesperada de un Occidente moribundo. Un «simul stabunt aut simul cadent», un juntos estamos o juntos caemos. Esta es la situación por más que se quiera revestir de otra fraseología más aborregante (para nosotros). La situación es así de preocupante ahora mismo para Occidente, para EEUU, para el IV Reich sionista, antes conocido como Israel, para los países del Golfo. Mantener el control del Golfo Pérsico es vital para que EEUU mantenga la superioridad del dólar en el comercio internacional, para que los «mil millones de oro» sigan pensando que son el jardín, para que las monarquías del Golfo sigan tranquilas en sus propias ilusiones.

¿Por qué? Pues porque la digna resistencia iraní ha puesto todo patas arriba, y no solo a nivel económico sino político. Si ya el derecho internacional era inexistente, la entelequia occidental del «orden internacional basado en reglas» es más que nunca una ilusión. Junto a ello, nunca como ahora se ha cuestionado tanto y en tan poco tiempo la famosa globalización. Ormuz ha puesto de relieve cómo puede colapsar o, cuando menos, resentirse mucho la logística de materias primas tal como la conocíamos. Ya os comenté, entre otras cosas, el tema de los seguros de los barcos.

Tras 21 días de agresión y de heroica resistencia iraní, las rutas actuales para el comercio marítimo, al menos, ya no se pueden considerar seguras. Además de Ormuz hay muchos otros estrechos importantes en el mundo (Malaca, Bab el-Mandeb, Suez, Panamá, Gibraltar), pero está quedando claro que basta que uno solo de ellos se bloquee para que se genere una reacción en cadena que lleve al traste todo el entramado. Y para que todo el mundo tiemble. Sobre todo, Occidente.

Irán está actuando muy inteligentemente, permitiendo el paso de buques de países si no amigos al menos no cómplices de los agresores y, sobre todo, imponiendo permisos y cuotas. Si sigue resistiendo, esto sentará un precedente en el que el comercio ya no se asentará sobre intercambios sino mediante acuerdos políticos. Por lo tanto, adiós a la globalización.

La «excursión» de la que habló Trump al inicio de la agresión contra Irán está al borde del acantilado. Y con los vasallos amarrados a él con una cuerda al cuello.

P.D.- Sobre la libertad de expresión y esas cosas. Porque todo va bien, Irán está derrotado y EEUU y el IVRS han ganado. Dice: «Estados Unidos ha decidido que los funerales de los soldados caídos en la guerra con Irán sean completamente secretos, y que las cámaras estén estrictamente prohibidas».

Y, además, Qatar ha detenido a analistas de Al Jazeera bajo cargos de apoyo a Irán. Fatima al-Samadi y Saeed Ziad, analistas políticos del canal de televisión y centro de investigación Al Jazeera, por cargos relacionados con su apoyo a Irán durante la guerra actual por justificar sus respuestas a la agresión. No son los primeros. Hace un mes Muni Hawa, también periodista de Al Jazeera, fue despedida por criticar a al-Julani en Siria, y ahora también también detenida bajo cargos similares a los de sus dos compañeros.

El Lince

Fuente: El Lince

miércoles, 1 de abril de 2026

Irán avanza hacia la guerra total contra Israel


MEDIO ORIENTE :: 21/03/2026

PEPE ESCOBAR

Todos los implicados creyeron que Teherán acabaría cediendo tras el ataque sionista a su preciada seguridad energética. La respuesta iraní fue totalmente opuesta: una escalada radical

Atacar el yacimiento de gas de South Pars en Irán, el más grande del planeta, representa la máxima escalada por parte de Occidente.

Neo-Calígula, con su característico discurso cobarde de Truth Social, ha estado desesperado por culpar al culto a la muerte en Asia Occidental y eximirse de toda responsabilidad: afirma que Israel atacó South Pars «por ira» y que EEUU «no sabía nada de este ataque en particular». Qatar «no estuvo involucrado de ninguna manera». E Irán atacó la planta de GNL de Qatar en represalia «basándose en información errónea».

¿Eso es todo? Entonces, ¿seguimos bailando?

Difícilmente. Más bien, el culto a la muerte utilizó medios de comunicación abiertamente sionistas en los EEUU para presentarlo todo como una operación conjunta, hundiendo al Imperio del Caos y el Saqueo aún más en un atolladero de arrogancia; arrastrándolo a una Guerra Energética Total con consecuencias devastadoras; y poniendo a las petromonarquías del Golfo 100% en contra de Irán (ya estaban haciendo campaña contra Irán, especialmente Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar).

Neo-Calígula puede presumir todo lo que quiera. Sin embargo, es obvio que una operación de tal sensibilidad y magnitud --como medio para «presionar» a Teherán-- requiere una profunda implicación del CENTCOM (Comando Central de los EEUU) y la aprobación presidencial.

Así pues, el escenario privilegiado apunta una vez más a que Washington está perdiendo el control de su propia política exterior, suponiendo que alguna vez haya tenido una.

Todos los implicados, cuya incapacidad para interpretar el tablero de ajedrez ha quedado demostrada una y otra vez, no pudieron evitar creer que Teherán acabaría cediendo tras un ataque a su preciada seguridad energética.

La respuesta iraní, como era de esperar por los que ven a menos por un ojo, fue totalmente opuesta: una escalada radical. La lista de objetivos para el contraataque se publicó de inmediato y se está siguiendo al pie de la letra. Empezando por la refinería de Ras Laffan en Qatar.

¡Ojo con esos trenes de GNL!

Resulta tentador creer que el neo-Calígula está tratando de distanciarse del culto a la muerte descontrolado de 'Total Desperation', posiblemente ofreciendo una vía de escape a Teherán; y al mismo tiempo admitiendo que destruir South Pars sería catastrófico, pero comprometiéndose a «volar South Pars por los aires» (no esperen que un gánster narcisista, megalómano y divagante sea coherente).

Lo que está en juego de forma crucial en la tragedia de South Pars son los trenes de GNL (Gas natural licuado).

Un "tren" consta de componentes diseñados para procesar, purificar y convertir gas natural en GNL. Se denominan "trenes" debido a la disposición secuencial de los equipos (trenes de compresores) que se utilizan en el proceso industrial para procesar y licuar el gas natural.

El proyecto Qatar 2 en la enorme refinería de Ras Laffan fue coordinado por Chiyoda y Technip, una empresa conjunta anglo-japonesa. Lo mismo ocurrió con las unidades 4 y 5, que conforman las mayores plantas de GNL del mundo.

Estos trenes son operados por Qatar Gas, ExxonMobil, Shell y ConocoPhillips. En la práctica, se trata de instalaciones vinculadas a EEUU y Occidente, por lo que constituyen objetivos legítimos para Irán.

En el mundo solo existen 14 trenes, y no es exagerado afirmar que la «civilización» occidental depende de todos ellos. Reemplazar un tren lleva entre 10 y 15 años. Estos 14 trenes están fácilmente al alcance de los misiles balísticos e hipersónicos de Irán. Al menos uno de ellos fue destruido durante el contraataque iraní. Así de grave es la situación.

La primera guerra total de alta tecnología en Asia Occidental

La escalada en South Pars era inevitable después de que las nuevas normas establecidas por Irán en el estrecho de Ormuz volvieran completamente loco al sindicato de Epstein.

Fue la paranoia de las aseguradoras occidentales la que cerró el estrecho, mucho más que el potencial defensivo de la combinación iraní de drones y misiles balísticos. Entonces, la Guardia Revolucionaria anunció que el estrecho estaba abierto a China, a otras naciones que participaran en negociaciones, como Bangladesh y a los países del Golfo que expulsaran a los embajadores estadounidenses.

Y entonces, finalmente, se impuso un nuevo conjunto de reglas. Funciona así.

Si su cargamento se negoció en petroyuanes, es posible que obtenga el paso gratuito. Pero debe pagar el peaje geoestratégico. Solo entonces podrá navegar libremente por aguas territoriales iraníes, cerca de la isla de Qeshm, y no atravesando el centro del estrecho.

El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Araghchi, fue inequívoco: «Tras el fin de la guerra, diseñaremos nuevos mecanismos para el estrecho de Ormuz. No permitiremos que nuestros enemigos utilicen esta vía marítima». Pase lo que pase, el estrecho de Ormuz contará con un puesto de control permanente, bajo dominio iraní.

El profesor Fouad Azadi, a quien tuve el placer de conocer en Irán hace años, ya anunció que los barcos que transiten por el estrecho deberán pagar un peaje del 10 %. Esto podría generar hasta 73 mil millones de dólares anuales, más que suficiente para compensar los daños de la guerra y las sanciones estadounidenses.

Irán ya está inmerso en lo que, a efectos prácticos, se configura como la Primera Guerra Total de Alta Tecnología de Asia Occidental. Estratégicamente, según la definición de los analistas iraníes, esto implica una fascinante abundancia de nueva terminología.

Comencemos con la Gran Constricción, aplicada a través de la estrategia de Desgaste Quirúrgico Hiperfocalizado. El objetivo de la constricción ha cambiado: de las "Fuerzas de Defensa de Israel" a la destrucción del tejido mismo de la sociedad civil israelí.

Luego está el Rompeescudos de Mach 16, cuyas superestrellas tecnológicas son los misiles Khorramshahr-4 y Fattah-2, que alcanzan velocidades terminales de Mach 16, viajando a 5,5 km por segundo.

Traducción: mientras la computadora enemiga calcula un vector de interceptación, la ojiva del misil, un proyectil de una tonelada, ya ha impactado, creando una paradoja de defensa de suma cero: el régimen israelí gasta cientos de millones de dólares intentando una interceptación con una probabilidad de fracaso del 100%, mientras que Irán gasta una fracción para lograr un impacto certificado.

A continuación, la Doctrina de los Cuatro Órganos Vitales.

Los nueve millones de habitantes de Israel sobreviven gracias a tan solo dos puertos principales de aguas profundas. Esto ha llevado a Teherán a adoptar una estrategia de parálisis estructural, centrándose sistemáticamente en cuatro «puntos críticos»: los nodos hiperconcentrados de la infraestructura israelí que, de ser desmantelados, convertirán el sistema de defensa israelí en una jaula oscura, sedienta y hambrienta.

Los cuatro órganos vitales son la asfixia hidrológica (que afecta al 85% del agua potable de Israel en cinco plantas desalinizadoras); el protocolo de apagón (que afecta a la central eléctrica de Orot Rabin, en el corazón de la red eléctrica nacional); un asedio alimentario, que afecta a los puertos de Haifa y Ashdod, esenciales para las importaciones israelíes del 85% del trigo que necesita; y la decapitación energética: centrada en las refinerías de Haifa, la única fuente israelí de petróleo refinado, y un objetivo aún más clave después del ataque a South Pars.

Parálisis estructural. Meticulosamente programada. Inexorable. Ya en marcha.

www.observatoriocrisis.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/iran-avanza-hacia-la-guerra-total-contra 

La comuna y la soberanía popular en tiempos de asedio imperialista

 
Por Cira Pascual Marquina | 21/03/2026 | Venezuela

Fuentes: RedH

Escribo estas líneas en un momento particularmente duro para la soberanía venezolana. El ataque imperialista del 3 de enero y el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores marcaron un nuevo escalamiento en una agresión que ya suma más de veintiséis años de asedio contra la Revolución Bolivariana. No estamos ante un episodio aislado. Se trata de un nuevo capítulo en una estrategia amplia y multiforme destinada a quebrar la capacidad de decisión del pueblo venezolano y de su gobierno y, en última instancia, revertir el camino político inaugurado en 1999.

En ese contexto, la dirección del proceso se ha visto obligada a tomar decisiones difíciles. Más allá de los debates tediosos y a menudo leguleyos en torno a la reforma de la Ley de Hidrocarburos —una reforma que, en realidad, ya venía debatiéndose antes del ataque—, lo que sí constituye una concesión táctica que toca fibras sensibles es el actual mecanismo de comercialización petrolera. Pero también conviene decirlo sin eufemismos: la alternativa inmediata a esa concesión no era una soberanía intacta, sino una guerra abierta en condiciones profundamente desfavorables, acompañada por el bloqueo naval. En condiciones de asedio imperialista, incluso los procesos revolucionarios se pueden ver obligados a maniobrar para preservar la vida y garantizar la continuidad del proceso.

Es un golpe duro. Pero también es el resultado de una guerra económica prolongada cuyo objetivo ha sido precisamente cerrar todas las vías de reproducción material del país.

Lenin conocía bien estas situaciones. En los años más difíciles de la Revolución Soviética, defendió la Nueva Política Económica como una retirada táctica necesaria para preservar lo fundamental. La política revolucionaria —insistía— exige saber distinguir entre lo que se puede defender en un momento dado y aquello que constituye el núcleo estratégico del proceso histórico.

Hoy esa distinción vuelve a ser crucial.

Porque la soberanía nacional no se reduce al control de un recurso estratégico, por importante que sea. En Venezuela existe una dimensión igualmente importante: la soberanía popular organizada.

Ese es el terreno de la comuna.

Karl Marx, al analizar la experiencia de la Comuna de París de 1871, escribió una frase que conserva toda su fuerza: “La antítesis directa del imperio era la Comuna”. Lo revolucionario de aquella experiencia no era el cambio de gobierno, sino la aparición de una nueva forma política: una estructura en la que el pueblo trabajador comenzaba a gobernarse a sí mismo.

La comuna representaba así algo más que una institución local o una instancia destinada a resolver los problemas puntuales del territorio. Era la forma política capaz de encarnar la emancipación colectiva.

Esta idea adquiere una relevancia particular en el mundo contemporáneo y, precisamente por eso, Chávez concibe la comuna como una forma organizativa superior destinada a socavar las bases del Estado burgués, terminar con el metabolismo del capital y transformar las relaciones sociales de producción en la sociedad.

El capitalismo, cuya tendencia a la concentración y expansión Marx ya había anticipado, ha asumido en nuestra época la forma que Lenin conceptualizó como imperialismo: un sistema global de dominación y despojo al servicio del gran capital, sostenido por el poder financiero, militar y —cada vez más, y esto lo agregamos desde el presente— comunicacional.

En ese contexto, la cuestión comunal adquiere un significado estratégico.

Como señala Chris Gilbert en su ensayo “Comunas socialistas y antiimperialismo: la perspectiva marxista”, para que las comunas tengan una verdadera potencia antiimperialista, no pueden concebirse como simples espacios de autonomía local desconectados del proceso político nacional. Cuando esto ocurre, el proyecto comunal corre el riesgo de quedar neutralizado o reducido a una experiencia marginal.

La perspectiva marxista —y chavista— apunta en otra dirección. La comuna no es un refugio local frente al sistema, sino una pieza fundamental en una estrategia más amplia de poder y transformación social.

Por eso agrega Gilbert que cuando Hugo Chávez propuso las comunas como “células básicas” del socialismo venezolano, lo hizo dentro de un horizonte explícitamente antiimperialista. No se trataba de construir comunidades aisladas, sino de reorganizar el país en su conjunto y abrir el camino hacia un metabolismo social distinto al del capital.

Chávez lo dijo con claridad en 2009: “Una comuna aislada es contrarrevolucionaria”.

La comuna debía articularse en ciudades comunales, federaciones y, finalmente, en una confederación capaz de desplazar progresivamente al viejo Estado. No era un proyecto localista. Era un proyecto nacional.

Esa apuesta adquiere hoy un significado aún mayor.

En condiciones de asedio imperialista, la capacidad de una sociedad para reproducir la vida con dignidad depende en gran medida de la organización del pueblo trabajador. La producción comunal, la gestión mancomunada de los servicios y la toma colectiva de decisiones se convierten en mecanismos concretos de resistencia y de construcción de nuevas relaciones sociales que apuntan hacia la emancipación.

La reciente Consulta Popular Nacional realizada el 8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora, expresa precisamente esa dinámica.

Miles de comunas en todo el país debatieron y priorizaron proyectos destinados a resolver necesidades concretas: sistemas de agua, iniciativas productivas, infraestructura comunitaria, espacios educativos, deportivos o culturales, etc. Podría parecer un simple mecanismo administrativo dentro del aparato estatal, pero en realidad su potencia es mucho más profunda.

Cada vez que una comunidad decide colectivamente cómo organizar su vida material, está ejerciendo una forma concreta de soberanía. Y aquí no estamos hablando de una soberanía abstracta proclamada en discursos, sino de una soberanía practicada.

Esa soberanía popular adquiere un valor estratégico cuando el país enfrenta medidas coercitivas unilaterales y agresiones militares. El objetivo de esos ataques no es únicamente presionar a un gobierno: es desorganizar la vida social y romper los tejidos colectivos que permiten a una sociedad reproducirse con dignidad.

Frente a esa estrategia, la organización comunal funciona como un mecanismo de resiliencia social.

Las comunidades que producen alimentos, que organizan circuitos económicos, que gestionan servicios o que priorizan colectivamente sus recursos construyen una capacidad de resistencia que ningún bloqueo puede destruir completamente.

Por eso la comuna no es solo un experimento democrático. Es también una forma de defensa nacional. En ese sentido, resulta políticamente significativo que, apenas dos meses después del ataque del 3 de enero, el gobierno nacional —con la Presidenta (e) Delcy Rodríguez al frente— haya decidido centrar las consultas populares. En un momento en que el imperialismo impulsa la desaparición del poder popular, la apuesta ha sido la contraria: mantener la democracia comunal como columna vertebral del proceso revolucionario. Esa decisión expresa una comprensión estratégica: que, en medio del asedio, la principal fortaleza de la Revolución Bolivariana no reside únicamente en las instituciones del Estado, sino en la organización territorial del pueblo trabajador. En tiempos de agresión imperialista, fortalecer el poder popular no es un lujo político: es una necesidad histórica.

Como recuerda Gilbert, Marx planteó que las relaciones comunales constituían la antítesis fundamental del sistema basado en el intercambio de mercancías. Mientras el capitalismo convierte las relaciones sociales en relaciones entre cosas —mediadas por el dinero, el mercado y el capital—, la producción comunal implica control colectivo sobre las actividades productivas.

Ese control colectivo es, en última instancia, una forma de soberanía.

En Venezuela, esa soberanía se está construyendo en miles de comunas —algunas más robustas y consolidadas, otras todavía muy incipientes— donde la política deja de ser un asunto distante y pasa a convertirse en una práctica cotidiana.

Por supuesto, el camino de la comuna está lleno de contradicciones. La construcción del Estado comunal convive con estructuras burocráticas heredadas, con enormes dificultades económicas y con las tensiones propias de cualquier proceso de transformación histórica.

Pero incluso en medio de esas tensiones, la comuna sigue representando una apuesta estratégica. Porque en un mundo donde el poder se concentra cada vez más en corporaciones y centros financieros, la idea de que las comunidades puedan gobernar directamente aspectos fundamentales de su vida colectiva tiene una potencia profundamente subversiva.

Defender a Venezuela frente al imperialismo no significa solamente denunciar las agresiones externas. Significa también defender y profundizar las formas de organización popular que pueden sostener la vida cotidiana del país con dignidad.

Si en determinados momentos la soberanía nacional debe maniobrar o ceder terreno en ciertos ámbitos para resistir el asedio, hay un terreno donde debemos hacer todo lo posible para que no haya retroceso: el de la soberanía popular en el territorio.

Porque allí se encuentra la raíz más profunda de este proceso histórico.

El petróleo puede ser objeto de negociaciones tácticas. Las correlaciones geopolíticas pueden cambiar. Las coyunturas pueden obligar a tomar decisiones difíciles. Pero mientras exista un pueblo organizado capaz de gobernar sus territorios, la posibilidad de construir una sociedad distinta seguirá viva.

En Venezuela, esa posibilidad tiene un nombre concreto: la comuna.

Y en tiempos de asedio imperialista, defender la comuna como proyecto nacional es defender la forma más profunda de soberanía: la soberanía del pueblo organizado que produce y comparte en común. Pero esa defensa no puede entenderse únicamente como resistencia. La comuna es también una apuesta estratégica por la ofensiva popular: una ofensiva rebelde pero disciplinada, creadora pero organizada, capaz de convertir la defensa de la vida en la construcción consciente de una nueva sociedad.

Pero esa ofensiva exige actuar sin ingenuidad ni falsas esperanzas. Como planteó Ramón Grosfoguel en un video reciente, el momento requiere combinar flexibilidad táctica con firmeza estratégica, evaluar siempre con realismo la correlación de fuerzas, trabajar para recuperar el terreno perdido y prepararnos para nuevos ataques. Porque si algo enseña la historia del imperialismo es que su objetivo último no es simplemente presionar o disciplinar a los procesos de cambio, sino derrotarlos y enterrarlos.

En el caso venezolano, derrotar la Revolución Bolivariana implicaría hacerlo en todas sus dimensiones, incluyendo borrar o desdibujar el horizonte histórico que encarna la construcción comunal, si efectivamente tiene la potencia transformadora que sobre ella proyectamos. Por eso la defensa de la comuna no puede limitarse a la gestión local de la vida cotidiana ni a la resistencia territorial frente al asedio. Debe asumirse como parte de un proyecto nacional de emancipación colectiva capaz de sostener, profundizar y proyectar hacia el futuro socialista.

Porque, en última instancia, lo que está en juego no es solo la supervivencia del gobierno —que por supuesto debemos asegurar—, sino la posibilidad histórica de que un pueblo se gobierne a sí mismo.

Allí reside la soberanía popular.

Y esa posibilidad —como nos recordó Marx hace más de un siglo— tiene una forma política concreta: la comuna.

Fuente: https://humanidadenred.org/comuna-soberania-popular-tiempos-imperialista/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

El capitalismo como desestructuración de las identidades: el fenómeno «therians» y la falta de referentes en los jóvenes

Fuentes: Rebelión

El capitalismo no solo es un modo de producción, una forma de organización de la sociedad para procurarse los medios de vida a través de la propiedad privada y del afán de lucro y ganancia. Es también un proceso (des)civilizatorio que le da forma a comportamientos y estilos de vida en una relación multidireccional donde también las culturas arraigan, perpetúan y legitiman ese proceso económico específico.

Uno de los problemas cruciales en las sociedades occidentales contemporáneas es el socavamiento y agotamiento de las instituciones que, gestadas en el marco del movimiento filosófico/político de la modernidad europea, brindaron certidumbre y fundamentos identitarios a los individuos y a las colectividades. El Estado, por ejemplo, dejó de ser esa entidad social que le brindaba mínimas seguridades, certezas y estabilidad a los ciudadanos. Por su parte, los sindicatos fueron diezmados y no otorgan más una identidad política y gremial a la clase trabajadora asediada por una sociedad de los prescindibles. Mientras que la escuela no es más una fuente de respuestas a los problemas inmediatos y cotidianos de niños y jóvenes. En tanto que la familia no cumple a cabalidad su función de cohesión social y de seguridad emocional para los individuos, y pervive bajo el acecho de las propagandas  woke. Esto es, un colapso de la familia como núcleo inmediato para la construcción de sentido y para el resguardo de las emociones y sensibilidades. Paralelamente a ello, en las últimas décadas ganaron poder altamente concentrado las tecno-oligarquías que controlan las redes sociodigitales y la desregulada economía del algoritmo que modela actitudes y comportamientos, principalmente entre las juventudes.

La desestructuración de referentes entre los jóvenes es una constante en un contexto contemporáneo signado por un mundo incierto que no les ofrece oportunidades para realizarse en lo más mínimo como ciudadanos. Incluso los cauces que ofrecía la praxis política tradicional y la acción colectiva para canalizar sus inconformidades tienden a cancelarse y s privatizarse. Ahora las juventudes se repliegan y se manifiestan de manera atomizada o a través de expresiones coyunturales y efímeras, incentivadas por los temas de tendencia o moda en las redes sociodigitales.

Aunada a lo anterior, la orfandad emocional experimentada ante la fragilidad del núcleo familiar y potenciada por la alienación propia de la mercantilización de la vida social, hacen de amplios sectores de las juventudes presas de una sociedad sin alternativas y envuelta en crisis recurrentes. Fenómenos como la desigualdad social, la pobreza y las violencias recrudecen ese panorama.

Tristeza, baja autoestima, ansiedad, depresión, psicosis, Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), trastorno disocial, trastornos alimenticios como la bulimia nerviosa y la anorexia nerviosa, son estados de ánimo y trastornos mentales que afectan a los jóvenes y que se ahondan con la desatención familiar y con la sobreinformación/desinformación propia de la plaza pública digital. Las autolesiones –ante la inconformidad con el cuerpo, el dolor y las frustraciones– y el suicidio completan el cuadro como medidas extremas entre no pocos jóvenes. Cabe puntualizar que con la pandemia del COVID-19 se aceleraron varios de estos padecimientos mentales entre las juventudes a causa del confinamiento global.

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), durante el año 2025 el suicidio fue la tercera causa de muerte en jóvenes cuya edad transcurre entre los 15 y los 29 años. En tanto que se estima que uno de cada siete jóvenes entre los 10 y los 19 años experimentan trastornos mentales (https://shre.ink/AKO3).

En este escenario contextual nada halagador para los jóvenes resurge el fenómeno de los therians, magnificado por redes sociodigitales como YouTube, Instagram y TikTok. Lo therian o teriantropo está dado por un desdoblamiento de la personalidad donde los individuos se identifican –a escala emocional o espiritual– o se conectan internamente con algún animal como los gatos, los perros, zorros, llamas o lobos, de tal manera que esos jóvenes realizan movimientos en cuatro patas (quadrobics) y actúan o emiten sonidos –gruñidos o aullidos– como el animal elegido y representado con una máscara artesanal, colas o disfraces. Esta práctica tiene su origen en la década de los noventa en Estados Unidos y se le nombra a partir de la voz therianthropy y remite a la experiencia emocional para transformarse en animal vía ese vínculo interior.

Aunque se trata de un comportamiento o de una forma de percibir y contactar con el mundo y se define a través de la imitación del comportamiento animal y la vivencia interna de identificación, el fenómeno pone sobre la mesa el tema de las identidades de las juventudes. Se trata de una subcultura con la cual los jóvenes –regularmente entre los 15 y los 23 años– buscan construir comunidad y que podría entenderse como parte de una acción juvenil que pretende manifestar algún menaje ante los limitados o caducos cauces de la vida política e institucional convencional, en el contexto de un capitalismo capaz de desestructurar las identidades.

Como vivencia interna del individuo, el fenómeno therian no es una enfermedad mental, siempre y cuando en su conciencia reconozca ser humano y no muestre delirios en ese práctica. Sin embargo, quienes se acercan a ese fenómeno tienen problemas para asimilar normas sociales rígidas y se sitúan en los linderos de los instintos. Lo therian también puede asumirse como un mecanismo de defensa para encarar la falta de reconocimiento y validación social, las vivencias traumáticas o las fragilidades emocionales como sentirse un ser humano minúsculo. Como existen esas carencias, entonces los jóvenes activan otros mecanismos –que pueden rayar en la fantasía– para pretender labrar su identidad. Sin embargo, en el contexto del colapso civilizatorio contemporáneo y de un capitalismo que cercena las identidades, los jóvenes buscan construir un sentido a su existencia ante una crisis de identidad que no es tratada. A su vez, en medio de la incertidumbre contemporánea los jóvenes tratan de esquivar la vulnerabilidad, el sufrimiento, el miedo, la baja autoestima y la carencia de sentido de pertenencia a un mundo regido por el caos, las conflictividades y extremas desigualdades globales.

Lo therian es un mecanismo para desconectarse de la realidad en aras de evadir el rechazo, la segregación, las presiones sociales y las inseguridades respecto a su apariencia física o su entorno que no les valora como seres humanos. Entonces se busca una comunidad capaz de validar que no es un ser humano ese individuo, sino un animal que no tiene la necesidad de saber o de explicar quién es.

A su vez, la magnificación del fenómenos a través de las redes sociodigitales y de los mass media contribuye a instalar con superficialidad temas coyunturales para evadir de la realidad a las audiencias masivas. Más en un escenario de guerra global y de sitiamiento cognitivo  (https://shre.ink/AKJn) que está conduciendo a un cambio de ciclo histórico al mundo contemporáneo tras el agotamiento irreversible de las instituciones emanadas de la Segunda Gran Guerra (https://shre.ink/AKJ2).

Se trata pues –el de los therian– de un fenómeno identitario y de desconexión con la realidad, acentuado por un capitalismo digital alienante que extrema el individualismo hedonista y hace del sufrimiento y el dolor divisas cotidianas. Solo la construcción de otros sentidos y de alternativas de sociedad, así como la resignificación de las instituciones alejará a las juventudes de los abismos y de ser los náufragos principales del colapso civilizatorio contemporáneo

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.