lunes, 6 de julio de 2026

¿Estado español o España? Las consecuencias para la izquierda de renunciar a lo común

Fuentes: Ganas de escribir

Ahora que hay campeonato mundial de futbol y a todas horas oigo el nombre de los países que lo disputan, me viene a la cabeza una de las majaderías más grandes que se han cometido en esta etapa democrática: sustituir la expresión «España» por «Estado español».

Es cierto que no toda la izquierda española incurre en este uso, pero sí una parte significativa de ella, especialmente la más influenciada por las corrientes nacionalistas periféricas y por determinadas tradiciones políticas surgidas durante la Transición.

No hay que ser un reputado especialista en derecho constitucional o teoría política para saber que hay una clara distinción entre el concepto de Estado y los de nación o país que no se puede olvidar sin consecuencias. El Estado es el aparato institucional, el conjunto de poderes, organismos y normas que articulan la vida colectiva. La nación o el país, en nuestro caso España, es una realidad histórica, cultural, territorial y política sobre la que ese Estado se asienta. La Constitución de 1978 lo dice con toda claridad en su artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española.» El artículo 1.1 denomina al sujeto político «España» y define su forma de organización como un «Estado social y democrático de Derecho.» Más o menos, aunque con una forma diferente como es lógico, hacía la Constitución de 1931 cuando claramente distinguía entre «España» y «Estado español», según a qué quisiera referirse: «España es una República democrática de trabajadores de toda clase (…) La República constituye un Estado integral (…) España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional (…) El Estado español acatará las normas universales del Derecho internacional».

Cuando una buena parte de la izquierda española sustituye el concepto de «España» por el de «Estado español», hace lo que en ningún otro lugar sensato se hace. Nadie llama a Francia «Estado francés» en lugar de Francia, ni a Alemania «Estado alemán» en lugar de Alemania, salvo en contextos técnico-jurídicos precisos donde la distinción es funcionalmente necesaria. Usar «Estado español» como denominación ordinaria y sustitutiva de «España» no es un refinamiento conceptual, ni obedece a ningún análisis teórico elaborado.

En alguna ocasión se ha tratado de hacer esto último, diciendo que «Estado español» es una expresión más neutra, mientras que «España» tiene carga subjetiva. Pero es un argumento inaceptable. Cuando decimos «España» (como igual ocurre con el nombre de cualquier país) no sólo incluimos a su Estado sino también una cultura, una historia, un pueblo. Decir «Estado español» es caer en un reduccionismo que deja fuera demasiadas cosas fundamentales, se aprecien o no, o se sientan propias o completamente ajenas a quien habla.

Curiosamente, aunque la expresión «Estado español» fue la utilizada oficialmente durante el franquismo, se utilizó después en determinados sectores de la oposición durante la dictadura y, sobre todo, la Transición para no tener que hablar de «España», considerando que se trataba de un concepto que había sido usurpado por la dictadura. Podría discutirse si aquella prevención tuvo sentido en su momento, pero resulta difícil sostenerla medio siglo después.

Tanto es así, que la izquierda española que dice «Estado español» no ha justificado nunca por qué ese uso es más adecuado. A mi juicio, su uso reciente responde simplemente a una concesión acomplejada a los movimientos independentistas.

Estos últimos dicen «Estado español» y no ‘España» para mostrar que no se sienten españoles ni parte de España (lo cual es completamente legítimo y respetable, por cierto). Pero lo hacen de un modo completamente inútil y contradictorio. Es inútil, porque al decir Estado español no niegan a España, sino que simplemente dejan fuera de ella una parte de lo que efectivamente es. Y es un uso contradictorio porque, cuando se refieren a su nación, no dicen, por ejemplo, «Estado catalán» o «Estado vasco» sino Cataluña o País Vasco. Y es lógico, porque son estas últimas denominaciones las que incluyen lo sustantivo, una identidad, un pueblo, una realidad compartida.

No es verdad, por tanto, que decir «Estado español» implique un acto de reconocimiento o respeto a la pluralidad de nuestro país. Lo que hace es reducir su realidad nacional, histórica y cultural más amplia a una mera dimensión institucional. Y la izquierda que se pliega a esa incoherencia independentista y adopta acríticamente su lenguaje termina asumiendo marcos simbólicos ajenos que difícilmente favorecen sus propios objetivos políticos.

Las consecuencias

La sustitución del término «España» por «Estado español» por parte de la izquierda tiene, al menos, cinco graves consecuencias.

La primera es que España no es sólo un concepto jurídico, sino también el marco de referencia que identifica a una mayoría muy amplia de la población, incluyendo a buena parte de los votantes tradicionales de la izquierda que se sienten y denominan españoles sin conflicto alguno, como una expresión natural de lo que son. Y lo que la izquierda que habla de «Estado español» les está diciendo implícitamente es que su identidad es algo de lo que hay que avergonzarse y arrinconar.

La segunda es que, al rehuir sistemáticamente la palabra España, la izquierda ha consentido que la derecha monopolice el sentimiento de pertenencia nacional y el patriotismo. Ha dejado que el PP y Vox se apropien de banderas, himnos e identidad colectiva como si fueran de su exclusivo patrimonio. La realidad, hoy día, es que se asocia el amor a España con la derecha y la indiferencia o el rechazo a ella con la izquierda. Una asociación electoralmente ruinosa y culturalmente falsa, porque la izquierda española ha tenido siempre una tradición de patriotismo republicano y de republicanismo nacional, de defensa de lo común, de orgullo por el patrimonio cultural y por los logros colectivos del pueblo español. Muy al contrario de lo que ha hecho la derecha que ha vendido a España y a nuestra riqueza a otras potencias o empresas siempre que las clases adineradas han podido sacar rédito de ello. La experiencia comparada parece apuntar claramente en esa dirección. En Francia, la izquierda abandonó durante décadas la disputa por la identidad nacional y fue Marine Le Pen quien ocupó ese espacio con su versión xenófoba y excluyente del patriotismo. En Italia ocurrió algo similar, el desinterés de la izquierda por los símbolos y la narrativa nacional dejó el terreno libre a una derecha que lleva años hegemonizando el sentimiento de pertenencia. Parece bastante evidente: cuando la izquierda renuncia a nombrar la nación, no desaparece el sentimiento nacional de los ciudadanos, simplemente lo hereda la derecha.

La tercera consecuencia quizá es más sutil pero no menos real. ¿Qué credibilidad, seguridad o certeza puede tener una izquierda que no se atreve a nombrar el país en el que quiere gobernar? Lo que leen sus votantes potenciales es que la izquierda que hace eso no gobierna desde un proyecto propio sino en función de sus alianzas coyunturales, y que adapta incluso su vocabulario según quién tenga más presión que ejercer en cada momento. Y una fuerza política que no es dueña ni de su propio lenguaje, difícilmente convence a nadie de que vaya a ser dueña de sus decisiones cuando gobierne.

La cuarta es la pérdida de apoyo en aquellos territorios donde en mayor medida radica el voto popular no identitario. Es decir, el que principalmente apoya a la izquierda por razones distributivas, de justicia o memoria histórica. Cuando esa izquierda adopta el lenguaje de los independentistas, no los gana para sí; pierde a quienes la apoyaban por otras razones y que sienten que su identidad es tratada como un naipe que se intercambia, o como una rémora.

La última consecuencia no es la menos importante. Adoptar el término «Estado español» no contribuye a una resolución más inteligente del problema territorial. Por el contrario, lo enmarca en un plano simbólico y lingüístico, justamente donde los independentismos son más fuertes, y abandona el marco material en el que la izquierda podría ser hegemónica: el de las políticas de justicia social y redistribución, el de la federalización real y la solidaridad interterritorial, y el autogobierno democrático dentro de un marco compartido. La izquierda puede discutir qué España quiere construir, pero lo que no puede hacer es renunciar a nombrarla.

En resumen y como conclusión, la izquierda no puede renunciar a la palabra España, no le puede regalar a la derecha la identidad común ni su simbología. Debe recuperarla sin complejos, no como concesión al nacionalismo español de derechas ni identificándose con él, sino como la afirmación expresa de que el proyecto colectivo de transformación social, de igualdad y de democracia al que aspira se refiere a una realidad común que se llama España. Un país de historia contradictoria y no siempre ejemplar, realmente plural y con tensiones no resueltas, ciertamente; pero el país del que se siente parte la inmensa mayoría de la gente con la que se ha de construir ese futuro. Y sin la cual difícilmente podrá llevarse a cabo ningún proyecto transformador.

Fuente: https://juantorreslopez.com/estado-espanol-o-espana-las-consecuencias-para-la-izquierda-de-renunciar-a-lo-comun/ 

La ternura como brújula ética

Fuentes: Nueva Tribuna [Foto: Angelica Velasco en el IFS-CSIC]

En Ternura a lo bestia se desarrolla una ética con sensibilidad ecofeminista que, como señala el subtítulo, clama por cultivar la compasión y oponerse a cualquier tipo de violencia contra la humanidad o su entorno natural en un sentido amplio

La cubierta de Ternura a lo bestia: Por una ética ecofeminista del cuidado, la compasión y la no violencia es muy gustosa visualmente, pero también al tacto. Es la que merece un libro escrito en primera persona, una perspectiva que le da un valor añadido, porque rezuma esa ternura elegida para titular esta reflexión sobre una filosofía moral inspirada por la mejor vertiente del ser humano, quien cuenta con sentimientos nobles que pueden contraponerse a su codicia supremacista.

Su autora es Angelica Velasco que, al cumplir los cuarenta este mismo año, hace balance de una exitosa trayectoria profesional en Valladolid. La escalada es una de sus aficiones y por eso su libro nos plantea conquistar una cima. Esta “cumbre no puede ser otra que la justicia social, la igualdad entre todas las personas, la compasión por los demás animales, el respeto por el conjunto de la naturaleza y una convivencia pacífica basada en la aceptación de nuestra vulnerabilidad, nuestra interdependencia y nuestra ecodependencia. La meta por alcanzar es el desarrollo de una ética ecofeminista del cuidado que sirve de fundamento a una coeducación y una pedagogía nuevas” (p. 17). Como programa no está nada mal y además resume bien lo tratado en sus trescientas páginas. 

Ensalzar la falta de compasión y cooperación, premiando la frialdad y la competitividad, solo puede beneficiar a los más desalmados, pero perjudica desde luego a una inmensa mayoría

El cuidado debe comenzar por uno mismo, porque difícilmente se puede cuidar o querer sin profesarnos un mínimo cariño para consigo. Descuidarse y tenerse manía impide hacer lo contrario con los demás. Predicando con el ejemplo, Angelica Velasco se incluye al final de su propia dedicatoria con estas palabras: “Y a mí misma, por haberme atrevido, por fin, a poner unos límites y saltarme otros”. Platón, Rousseau y Kant dicen, cada uno a su manera, que solo se alcanza un talante moral cuando cruzamos el umbral de la cuarentena. De algún modo, se suscribe aquí esta tendencia y esto me hace reparar en que yo mismo debí hacer otro tanto al publicar con esa edad La Quimera del Rey Filósofo: Los Dilemas del Poder, o el frustrado idilio entre la Ética y lo Político. Ciertamente, nos encontramos ante una obra de madurez bien editada, donde se pretende conservar la ilusión de antaño y luchar por la esperanza reprimiendo los zarpazos del pesimismo. Para ello se combate “una forma de pensar y habitar el mundo basada en el androcentrismo, el antropocentrismo, el racismo, el colonialismo, la exaltación del neoliberalismo individual descarnado y la lógica de la dominación” (p. 28).

El sendero hacia la cumbre fijada exige un cambio radical de cosmovisión y de prácticas vitales, porque comparto que solo cambiando de hábitos podemos generar una convivencia distinta sin dejarnos tutelar por quienes lo hacen con sumo gusto y mucha habilidad. Angelica Velasco se declara “ecofeminista, defensora de los animales, ecologista, antimilitarista, antirracista, antifascista, anticapitalista, que detesta cualquier tipo de opresión, supremacismo o de violencia” (p. 41). El primer capítulo se titula “Sobre fantasías antropocéntricas y realidades incomodas”. En él se filia en las vivencias personales los estudios elegidos. El amor por la naturaleza y los otros animales, llevaba pareja una repulsa por la violencia contra los más débiles y vulnerables. Ahí se fraguó un interés por la ética y unas determinadas lecturas que sintonizaran con sus preocupaciones vitales. Emulando las Confesiones de Rousseau, se van entrelazando primorosamente las anécdotas personales con el itinerario intelectual. Tras descartar estudiar Biología o Veterinaria, como parecía más obvio, Alicia Puleo le hizo descubrir que la ética podía ser aplicada (p. 44), si bien a mi juicio siempre ha de serlo con arreglo a la divisa leibniziana teoría cum praxi que Kant hizo suya en su Teoría y práctica.

Dime cómo tratas a los demás animales y te diré quién eres

Hay quien piensa que poner el acento en compadecerse de los animales equivale a relegar al ser humano y olvidarse de sus problemas. Este punto de vista se rebate con saña, haciendo ver que se da una estrecha interrelación entre las diferentes problemáticas. Al hablar de su primer congreso, se nos cuenta que la cena posterior fue cuando menos tan enriquecedora como las jornadas académicas, pues los ponentes compartieron las experiencias personales que latían bajo sus textos. Continuamente afloran recuerdos infantiles que se relacionan con lo argumentado en el discurso y esto ameniza mucho la lectura, sin que pierda rigor la exposición. Con ello se reivindica el papel de las emociones en la reflexión filosófica moral. Por añadidura conviene no menospreciar los aportes de otras culturas a las que solemos mirar por encima del hombro. El ser humano es un individuo carnal y emocional, interdependiente de la biosfera. 

“Con esta idea, sería más difícil legitimar las explotaciones sin límites del mundo natural. Mucho nos queda por aprender -leemos en este libro- de las sabidurías indígenas que entienden al resto de las especies como pueblos con los que relacionarse sobre la base de la reciprocidad y la gratitud, ya que son parte esencial del buen funcionamiento de la comunidad. Las cosmovisiones más biocéntricas y el trabajo de tantas mujeres indígenas en defensa de la Tierra pueden aportar mucho a nuestro paradigma androantropocentrico opresor y suicida, ese que coloniza cada vez más otras culturas. En la ‘democracia de las especies’, la humildad permite acercarse a las demás especies como maestras que nos enseñan y no como seres inferiores a los que explotar (p. 51).

El apoyo mutuo siempre triunfa sobre la competitividad y es un factor esencial en la evolución de las especies, incluida la nuestra por mucho que lo nieguen los dogmas del ultra-neoliberalismo, pero también un exacerbado antropocentrismo que ignora nuestra interdependencia con el ecosistema. Esto mismo vale para ese androcentrismo que desde siempre ha minusvalorado los valores asociados a la feminidad. “La devaluación androcéntrica de las virtudes del cuidado históricamente vinculadas con las mujeres y con el ámbito privado y la preponderancia de valores androcéntricos, como la competitividad o el distanciamiento emocional, impiden conseguir sociedades no violentas, igualitarias y sostenibles” (p. 54).

Ensalzar la falta de compasión y cooperación, premiando la frialdad y la competitividad, solo puede beneficiar a los más desalmados, pero perjudica desde luego a una inmensa mayoría, en la que por cierto vienen a incluirse al menos durante su infancia y vejez incluso los depredadores más implacables, igualmente menesterosos de solidaridad cuando vienen mal dadas, porque para eso vivimos en comunidad.

Angelica Velasco va desgranando el indigesto menú de la jerarquía patriarcal, “un menú compuesto por animalización de las mujeres, feminización e inferiorización de los demás animales, cosificación de las mujeres y de los demás animales, mayor animalización de las mujeres racializadas y/o con discapacidad, desprecio por la naturaleza, feminización de las mociones, ensalzamiento de los racional y de valores relacionados con el ámbito público y la masculinidad (competitividad, imposición, distanciamiento emocional…).

Es decir, antropocentrismo y androcentrismo están claramente interconectados” (p. 59). Seguidamente, se nos pone a Simone de Beauvoir como ejemplo del feminismo que pretendía conquistar los espacios masculinos, para resaltar con Celia Amorós que hay un paso posterior donde se cuenta con redefinir lo genéricamente humano, para desfeminizar los valores y actividades feminizadas, de suerte que los cuidados puedan asumirse con independencia del sexo que tenga la persona en cuestión, lo cual da pie a esa ética del cuidado a la que Victoria Camps ha dedicado su libro Tiempo de cuidados: Otra forma de estar en el mundo.

Pero en el texto con que dialogamos aquí se añade un matiz importante. Veámoslo: “La ética del cuidado ecofeminista puede reconectarnos con esas partes que hemos tendido a ocultar, a rechazar, a convertir en pecaminosas. El cuerpo, las emociones, la ternura, el contacto físico, el erotismo, nuestra propia animalidad…” (p. 67). Aunque al principio, se planteó distinguir etapas en el ascenso a la cumbre, su autora descubrió luego que le parecía poco práctico llevar a cabo esa compartimentación, porque los temas iban saltando a escena como si de una danza se tratase. Fue un acierto hacerlo así.

Citando a Concha Roldán se constata que: “El patriarcado vuelve y vuelve siempre con sus consignas, más o menos explicitas, pero con una pregnante viscosidad, como un ‘Alien’ que se resiste a ser aniquilado y, lo que es mucho peor, acaba por germinar dentro de nosotras/os mismas/os colonizándonos y destruyéndonos desde dentro” (p. 80). A esto se suman las observaciones hechas por Ana de Miguel sobre la prostitución “como una escuela de desigualdad humana, de egolatría y prepotencia y la negación de toda empatía, donde priman sus deseos y no importan en absoluto lo que vivan y sientan las mujeres prostituidas” (p. 81). La prostitución es, junto al narcotráfico y la industria del armamento, uno de los tres negocios más lucrativos del mundo, que debería ser abolido junto a los otros dos, aunque sea utópico rebelarse contra esos tres colosos de la explotación y aniquilación violenta del ser humano. En aras de una coeducación que muestre otros valores no meramente pecuniarios ni anejos al poder hegemónico, alejando especialmente a los niños de la competitividad y del individualismo agresivos, “la ética del cuidado viene a poner en valor la interdependencia, la contextualización y los valores, como la atención respetuosa y amorosa, silenciados y despreciados por el pensamiento androcéntrico” (p. 95).

El título del segundo capítulo tampoco tiene desperdicio: “Hermana, yo sí te creo; Madre Tierra, yo sí te creo: por qué el ecofeminismo”. Uno de los lemas, firmado por Marta Tafalla, nos recuerda que “la obsesión antropocéntrica por dominar la tierra nos ha llevado a domesticar todas las formas de vida. La vida salvaje trabaja realizando funciones que benefician a todo el ecosistema, a la comunidad multiespecie, pero nosotros la domesticamos para que trabaje exclusivamente para la especie humana” (p. 104). Aquí se abre una reflexión sobre si debe primarse la brújula moral interior o nos conviene plegarnos a las directrices de una sociedad patriarcal. En realidad, se plantea el debate sobre los límites de una obediencia debida y el valor que requiere desobedecer cuanto consideremos injusto e inicuo, tal como propone hacer Javier Muguerza con su por otra parte muy kantiano imperativo del disenso. Lo más cómodo es plegarse, sobre todo si se tiene una conciencia tan laxa como la esgrimida por Eichmann y que tanto escandalizó a Hannah Arendt. Pero la única forma de contribuir a cambiar las cosas es dejarse guiar por la brújula ética que nos brinda nuestra conciencia moral, sin atender a los inconvenientes que tal decisión pueda granjearnos. Después de todo, los códigos y las normas deben adaptarse a nuestras necesidades, en lugar de oficiar como lechos de Procusto que amputen o hagan más laxas nuestras convicciones morales, porque con ello renunciamos a nuestra responsabilidad y por lo tanto dejamos de ser personas en sentido kantiano.

Compartiendo un parecer de Virginia Wolff, para quien cuando un tema es altamente controvertido, como sería el caso del sexo, lo que cabe hacer es mostrar cómo se llegó a formar la propia opinión, dejando que quienes nos escuchan saquen sus conclusiones, mientras observan las limitaciones, prejuicios y peculiaridades de quien habla (p. 108), Angelica Velasco hace otro tanto partiendo de su realidad situada y el sesgo de sus conocimientos. “Hubo que desarrollar planteamientos y vindicaciones feministas -nos dice- para poder fundamentar lo que, posteriormente, sería uno de los movimientos más potentes y transformadores de la historia. El feminismo es teoría, es militancia social y política, y es una práctica cotidiana o forma de entender y vivir la vida que supone un proceso individual de cambio personal” (p. 110). Respecto al tema de las cuotas, nos aclara que “las cuotas no regalan trabajos a personas sin capacitación. Lo que consiguen es sociedades más justas en las que las personas con capacitación no serán discriminadas por factores como el sexo, el color de la piel o la condición física o psicológica” (pp. 124-125). También se aborda otra cuestión de calado, al hilo del caso de la Manada con que tan comprensivo se mostró un juez -añado yo de mi cosecha: “Es espantoso constatar la realidad de la violencia sexual que se ejerce sistemáticamente contra las mujeres y la puesta en cuestión de estas víctimas de la misoginia y de la violencia patriarcal” (p. 126).

Según Angelica Velasco, “el ecofeminismo apuesta por creer lo que nos dicen nuestras hermanas y nuestra Madre Tierra. También atiende a lo que nos dicen los animales. De este modo se presenta como una bisagra entre los movimientos y teorías feminista, ecologista y animalista, tendiendo puentes entre ellos” (p. 141. Ahora bien, “las mujeres ni vamos a ser ahora las sacrificadas salvadoras del planeta ni las defensoras solitarias de las personas y de los seres vivos. Los valores del cuidado tienen que desarrollarse también en los hombres, y las prácticas y las actitudes cuidadosas deben ser implementadas de forma equitativa” (p. 154). Tras regalarnos algunas citas apreciables y alguna experiencia personal que ilustra en la praxis lo defendido teóricamente, se concluye con estas palabras este segundo capítulo: “Todavía queda mucho por hacer para que las mujeres sean realmente respetadas y tratadas como iguales y como sujetos con dignidad; que los cuidados son esenciales dada nuestra naturaleza frágil y ecodependiente, pero que no solo tienen que ser practicados por las mujeres; que ellas también tienen derecho al autocuidado; que justicia y cuidado se complementan; que el neoliberalismo amenaza con reducir los cuidados a bienes de compraventa, y que el androantropocentrismo unido al neoliberalismo, al racismo, al colonialismo, al fascismo y a la lógica de la dominación puede conducirnos al fin de toda esperanza” (p. 158).

La cita de Virginia Wolff que sirve como segundo lema del tercer capítulo me parece fascinante y no puedo dejar de transcribirla: “Durante todos estos siglos, las mujeres han servido de espejos dotados con el mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural” (p. 161). Ha llegado el momento de abrir expediente al neoliberalismo capitalista que produce pobreza y miseria para la mayoría, mientras enriquece a unos pocos, mediante un productivismo insaciable que destroza la naturaleza, premiando el individualismo y despreciando los cuidados, hasta conducirnos al colapso ambiental y civilizatorio. Pero sería un error, a juicio de Angelica Velasco, no reparar en que a su base sigue operando un pernicioso sedimento androantropocéntrico. Con todo, no es menos cierto que bajo la óptica neoliberal se privatizan y comercializan unos cuidados que deberían ser dispensados por la esfera pública. Los cuidados requieren una calidez que no pueden dispensar gente mal pagada o robots regidos por la IA. Desde liuego, al neoliberalismo le trae sin cuidado que precisemos cuidados por nuestra bendita interdependencia.

Otra cuestión a la que se da una capital importancia, como ya se anunció al comienzo, es la del autocuidado. “El autocuidado exige, como mínimo, nutrición e hidratación, descanso y ocio, ejercicio físico, contacto con la naturaleza y relaciones con seres queridos, humano y no humanos. Un autocuidado sin estos elementos (y algunos más) es un autocuidado incompleto” (p. 202). En líneas generales, el ser humano se ha visto reducido a ser un animal laborans. El capitalismo aplaza constantemente la gratificación al esfuerzo realizado, como si estuviéramos en una cinta rodante sin fin de la que no pudiéramos bajarnos. En muchos empleos, para más inri muy privilegiados, cada cual decide someterse a una explotación implacable para conseguir unos objetivos que nunca se colman, como esas vasijas de las Danaides mencionadas por Schopenhauer a propósito del deseo. Llegamos a pretender que nuestros ratos de ocio también sean productivos y en el mundo académico se hace muy difícil desconectar. Por eso se cita con entusiasmo el Elogio de la pereza de Bertrand Russell. Difícilmente podría estar más de acuerdo con estas consideraciones y, de hecho, hace muy poco escribí un artículo titulado: ¿Habría que abolir el trabajo? Allí recuerdo la reveladora etimología del término y que no se puede llamar empleo a contratos abusivos absolutamente precarios y con una remuneración de pacotilla. Justamente por hallarnos en una situación de privilegio, al haber conocido las bondades del ascensor social y el Estado del bienestar, podemos denunciar cuanto está mal, como Kant encomendó a las Facultades de Filosofía, destinadas en su opinión a ser el ala izquierda del parlamento universitario.

 “Dime cómo tratas a los demás animales y te diré quién eres”, así reza el título del último capítulo, donde se nos hace ver los tormentos que padecen aquellos animales destinados al consumo humano con sumo detalle y ejemplos concretos. También se nos traslada lo difícil que le resultó dejar de comer carne para ser coherente con sus ideas. Es cierto que todos rechazamos el mal con una pose casi estética, pero luego nos cuesta ser coherentes. Para ilustrar este punto se cita un impactante pasaje de Arendt, quien señala que nuestra conciencia nos dicta no matar, pero que Hitler impuso lo contrario como ley, lo cual hizo que los alemanes resistieran la tentación de no devenir cómplices por acción u omisión del Holocausto (pp. 240-241). Ese mismo Holocausto que, paradójicamente, invocan ahora en Israel quienes abrazan el sionismo para justificar el genocidio de Gaza y la colonización bíblica de los territorios adyacentes. Parece que también han aprendido a resistir la tentación de repudiar semejante violencia. Pues bien, recogiendo el pasaje de Wolff sobre las mujeres como espejo que duplican la imagen del varón, Angelica Velasco se pregunta cuánto aumenta el tamaño de las personas al compararse con los animales, “eso que no somos y que podemos utilizar para nuestro beneficio” (p. 242). Dicho sea de paso, el gas utilizado para exterminar a los judíos fue inventado para matar a las ratas, pero eso casaba muy bien con los atributos conferidos al chivo expiatorio nazi.

Para mantener un poco el suspense y porque a estas alturas estoy bastante agotado, dejaré sin comentar la segunda parte del último capítulo, para que los lectores puedan saborear las vivencias contadas en esas páginas. El epílogo se pregunta si hay esperanza y propone actuar como si la hubiese, al modo en que Kant nos recomendó hacer con su formalismo ético, donde todo está abierto y nos corresponde resolver los dilemas éticos a cada paso por nuestra cuenta, resultando eso sí más fácil esquivar la injusticia que dirimir lo justo. Angelica Velasco preferiría no haber escrito este libro, porque significaría que sus reivindicaciones no harían falta. Dado que no es así, debemos felicitarnos por poder disfrutar de su lectura. Está escrito con el corazón en la mano y eso se nota.

Me gustaría preguntarle qué la parece la serie Machos alfa de Laura Caballero y si no cree que su humor es catártico. Y comentarle cómo en mi generación, dentro de ciertos ambientes universitarios, no había que reivindicar la igualdad entre los géneros, porque se trataba de algo que se daba naturalmente, como si unos y otras lo lleváramos incorporado a priori, pese a que se nos había educado bajo la dictadura franquista y el trasfondo del nacionalcatolicismo. Siempre me ha resultado llamativo que se haya dado un claro retroceso en algunas generaciones posteriores, pese a haber sido educados con unas premisas que contemplaban ese tratamiento igualitario, al menos presuntamente.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura—ocio/libros-ternura-brujula-etica-ecofminista-cuidado-compasion-no-violencia/20260525172127250335.html#google_vignette 

Manifiesto de la Coordinación Estatal Contra la OTAN y las Bases


Coordinación Estatal Contra la OTAN y las BASES (CECOB)    

22 de junio de 2026



La Coordinación Estatal Contra la OTAN y las Bases (CECOB), una coalición de plataformas locales de organizaciones comprometidas en la lucha contra la entrega de nuestra soberanía a los EEUU, desea manifestar los siguiente:

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A medida que se profundiza la grave crisis estructural del modelo capitalista occidental y de la hegemonía de EEUU, la agresividad del imperialismo crece sin cesar, mostrando la necesidad ineludible de contemplar de forma integral sus diferentes manifestaciones.

El golpe de Estado fascista en Ucrania pretendía consumar en 2014 el cerco de la OTAN a Rusia, iniciado poco después de la desaparición de la URSS, con la intención expresa de fragmentar el país y apropiarse de sus recursos. Durante 8 años, el gobierno fascista de Ucrania suprimió libertades, persiguió todo lo relacionado con la lengua y la cultura rusas, ilegalizó partidos políticos y masacró a los pueblos del Donbás.

Ocho años más tarde, ante el incumplimiento de los Acuerdos de Minsk, que pretendían poner fin a las masacres y la negativa de los EEUU a suscribir un tratado de Seguridad transfronterizo, Rusia respondió al llamamiento de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk, iniciando una operación militar en su auxilio que excluía explícitamente la intención de adueñarse de Ucrania y, mucho menos, de atacar a cualquier país europeo.

Durante los cuatro años de guerra se ha evidenciado que se trata de una guerra de la OTAN contra Rusia, en la que el pueblo ucraniano pone la carne de cañón, instigada en los últimos tiempos, por la UE y Gran Bretaña.

La voladura del Nord Stream, aceptada sin rechistar por los gobiernos de la UE, tuvo por objetivo cortar tajantemente los naturales vínculos económicos y comerciales de Europa con Rusia, consumando la estrategia geopolítica anglosajona de división europea para dominar a Rusia.

En el epicentro de la crisis junto a EEUU, la UE, que está viendo hundirse su economía, continúa las políticas de transferencia masiva de fondos públicos a bancos y multinacionales, estableciendo la estrategia del Rearme para “defenderse” de un hipotético ataque ruso.

Esta estrategia se impone mediante una masiva propaganda de guerra en la que la rusofobia juega un papel central, reproducida unánimemente por los medios de comunicación y a través de una intensificación de los mecanismos represivos y de control social.

El programa histórico del sionismo de masacre y expulsión del pueblo palestino de sus tierras, inscrito en su proyecto colonial de dominación de toda Asia Occidental, se ha visto confrontado por el Eje de la Resistencia, que agrupa a la resistencia palestina, libanesa, iraquí, a Yemen y a la República Islámica de Irán.

La respuesta solidaria con Palestina que ha recorrido el planeta se ha articulado sobre el reconocimiento de la legitimidad de la resistencia – incluyendo la lucha armada – y sobre la lección práctica del pueblo palestino de que sólo la victoria pone fin a la lucha por la vida y la soberanía.

La agresión militar conjunta de EE.UU. e Israel a la República de Irán y a Líbano, sin justificación alguna y durante un proceso de negociación, muestra la enorme penetración del sionismo en las estructuras de poder de Washington y exige la respuesta solidaria anti-imperialista y anti-sionista de los pueblos del mundo y el reconocimiento pleno de su derecho a la resistencia.

El ataque a Venezuela con el objetivo evidente de hacerse con sus recursos y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y su esposa, es la enésima puesta en escena de un imperialismo que, aunque desde que nació acumula crimen tras crimen contra los pueblos, ahora ni se molesta en construir falsas justificaciones.

El asedio total impuesto a Cuba pretende destruir uno de los símbolos más brillantes y coherentes de la revolución y la resistencia anti-imperialista. La voluntad resuelta de su pueblo y de su gobierno de mantenerse firmes exige de nosotros todo el apoyo y la solidaridad en defensa de la Revolución Cubana.

La voluntad de injerencia imperialista sobre todo el continente americano, expresada abiertamente en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, anticipa ulteriores intervenciones en Nicaragua, Colombia, México y en cualesquiera otras naciones que opongan la mínima resistencia a sus planes de dominación.

El Sáhara Occidental, que viera frustrado su derecho a la autodeterminación por la traición del estado español en 1975, persiste en su lucha contra la ocupación de Marruecos, un enclave del sionismo y del imperialismo para el control del continente africano.

La presión euroatlántica por apropiarse de los recursos africanos está provocando innumerables conflictos interétnicos y masacres de regímenes clientelares que privan a sus pueblos de los beneficios de su explotación y del derecho a su propio desarrollo.

Esta agresividad planetaria se corresponde directamente con la profundidad de la crisis que afecta prioritariamente a EEUU y a Europa, más allá del color político de sus gobiernos o del carácter de sus dirigentes. Así mismo, es la inestabilidad política derivada de la gravedad de la crisis, la que hace que las oligarquías imperialistas, usando el racismo y la xenofobia para dividir a la clase obrera, impulsen y financien a organizaciones fascistas, hermanas gemelas de los nazis ucranianos.

 Son inaceptables los planteamientos de equiparación entre el imperialismo agresor y el gobierno del país agredido aludiendo a pretendidas carencias democráticas de éste, que solo a su pueblo corresponde modificar. Como es inaceptable la caracterización como terrorismo de la resistencia a la ocupación colonial por todos los medios posibles, incluyendo la lucha armada. Este juego de equidistancia, que ha venido repitiéndose en las últimas décadas, ha contribuido decisivamente a dividir y debilitar la respuesta a los crímenes del imperialismo.

 Es hora ya de aceptar que solo unidos en una comprensión común de sus distintas manifestaciones podremos derrotar a la triada imperialismo-sionismo-fascismo que amenaza la civilización humana; y que de nada valen las propuestas para enfrentar solo algunas de sus expresiones si no se hace desde un planteamiento integral que, necesariamente pasa por las siguientes condiciones:

               · Salida de la OTAN y cierre de las Bases.
               · Contra el Rearme y la Militarización Social
               · Contra el imperialismo, el sionismo y el fascismo, la más amplia y firme solidaridad internacionalista.
               · No a la Guerra Imperialista.

Coordinación Estatal Contra la OTAN y las Bases
Abril de 2026
Más información en : https://contraotanybases.org/

Contacto: cecob@contraotanybases.org 

domingo, 5 de julio de 2026

La élite política europea está jugando con fuego nuclear


Andrea Zhok     junio 21/2026

Lo admitamos o no, Europa está en guerra con Rusia, y Rusia lo sabe. El juego europeo se basa en la suposición que los países europeos pueden gestionar el conflicto protegidos por el Artículo 5 de la OTAN.



La guerra en Ucrania debería haber terminado un mes después de su inicio, cuando se celebraron las primeras negociaciones y ya se había alcanzado un acuerdo prácticamente definitivo.

 

Ucrania seguiría siendo un país, no un montón de escombros despoblado.

Rusia podría haber garantizado que Ucrania se convirtiera en un «estado tapón» con relaciones bilaterales y comercio tanto con Rusia como con Europa. Europa podría haber seguido obteniendo gas y petróleo a precios asequibles.

La civilización europea no habría experimentado esa fase de humillación de sus principios, caracterizada por una ridícula y trágicamente estúpida «caza de rusos», desde el deporte hasta la ópera.

En cambio, cuatro años y cuatro meses después de que las tropas rusas entraran en territorio ucraniano, y doce años después del inicio del conflicto (febrero de 2014), Ucrania se ha transformado por completo en un instrumento militar de la OTAN, sin que nadie consultara a los ciudadanos europeos si querían participar en esta guerra indirecta.

La táctica de la OTAN, ahora más europea que estadounidense, consiste en producir un gran número de drones, principalmente en zonas fuera del territorio ucraniano, y lanzarlos en lo profundo de Rusia.

La idea no es intentar reconquistar el territorio perdido, porque eso requeriría tropas que ni Ucrania ni Europa en su conjunto poseen.

La idea es infligir un daño tan grave a Rusia que provoque una revuelta interna contra Putin.

Obviamente, esta situación conduce las cosas inevitablemente en dos direcciones.

La primera es que las zonas de retaguardia europeas de las tropas ucranianas se han convertido en una parte crucial y decisiva de la guerra; constituyen una amenaza persistente, una amenaza que se mantendría independientemente del resultado del conflicto en Ucrania.

Lo admitamos o no, Europa está en guerra con Rusia, y Rusia lo sabe. El juego europeo se basa enteramente en la suposición de que los países europeos pueden gestionar el conflicto desde una posición de seguridad intocable, protegidos por el Artículo 5 de la OTAN.

Pero todos han comprendido que esta protección es un escudo de origami. Estados Unidos nunca intervendrá para ayudar a un país europeo bajo ataque, al menos no mientras Trump siga siendo presidente. Y sin el apoyo estadounidense, la OTAN en Europa es incapaz de hacer nada más allá de lo que ya hace en su guerra indirecta.

La debilidad europea, el abierto desprecio de la administración estadounidense hacia Europa y el juego de escudarse en el Artículo 5 apuntan en una sola dirección: una escalada que involucre directamente a algún país europeo.

La segunda opción está totalmente ligada a la política interna rusa. Putin, a pesar de la propaganda europea que lo retrata constantemente como un Atila moderno, siempre ha sido un moderado, inclinado al compromiso y esperanzado en la reconciliación con Europa.

Prolongar la guerra en su forma actual, con ataques en zonas periféricas de Moscú y San Petersburgo, debilita objetivamente el liderazgo de Putin. Esto da lugar a un doble escenario: o bien la sustitución de Putin como líder (improbable) o bien la aceptación por parte de Putin de una agenda radical propuesta desde hace tiempo por asesores y coroneles del establishment ruso.

En la situación actual, el enemigo ya no es Ucrania, que es simplemente una plataforma física que proporciona carne de cañón, sino Europa, que en esta situación —con la guerra en el extranjero— se está fortaleciendo militarmente. La pregunta obvia que se hacen muchos líderes rusos es: ¿por qué deberíamos esperar otros 3 ó 4 años a que Europa desarrolle su propio rearme, quizás con un nuevo gobierno estadounidense dispuesto a revitalizar la OTAN?

Putin está apostando todo a una rápida capitulación ucraniana. Solo un resultado así le permitiría a Rusia un horizonte seguro.

Si no se produjera tal capitulación (en un plazo máximo de un año), creo que la lógica interna del conflicto sería inevitable: Europa tendría que ser «puesta en su sitio» mientras su potencial militar es modesto y el apoyo estadounidense es limitado.

Y esto significa guerra, no guerra fría, ni guerra híbrida, ni guerra metafórica. Simplemente guerra.

Y, aunque inicialmente nos enfrentaríamos a una guerra convencional, la pendiente resbaladiza hacia la explotación de la verdadera ventaja estratégica de Rusia —a saber, el poder nuclear— es fatal.

Vía:observatoriocrisis.com 

Los derechos humanos en China


Por Pedro Barragán

Economista y asesor de la Fundación Cátedra China15/06/2026 21:30

La Presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen saluda al mandatario chino Xi Jinping.

La Presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen saluda al mandatario chino Xi Jinping.  Europa Press

Si uno consume exclusivamente determinados medios occidentales, podría llegar a la conclusión de que China es un inmenso agujero negro de los derechos humanos. Un país donde, aparentemente, mil cuatrocientos millones de personas viven privadas de cualquier derecho civil o político, sometidas a una especie de distopía tecnológica permanente y esperando, quizá, que algún editorial extranjero les explique la verdadera naturaleza de sus propios problemas.

La imagen resulta tan familiar como espantosa. De acuerdo con este relato occidental, China habría logrado sacar de la pobreza a cientos de millones de personas, construir el mayor sistema de infraestructuras del planeta, universalizar la educación básica, extender la cobertura sanitaria y elevar de forma espectacular la esperanza de vida. Pero todo ello carecería de importancia porque, se nos dice, los ciudadanos chinos seguirían careciendo de derechos civiles y políticos fundamentales.

La caricatura es llamativa. Un país capaz de transformar radicalmente las condiciones materiales de vida de una quinta parte de la humanidad sería, al mismo tiempo, un ejemplo paradigmático de fracaso en materia de derechos humanos. Y cualquier dato que contradiga esta visión suele ser convenientemente ignorado o relegado a una nota a pie de página.

El relato dominante en nuestros medios occidentales presenta a China como una dictadura comunista donde los derechos humanos se reducen exclusivamente a cuestiones económicas y sociales. Sin embargo, basta consultar la Constitución china, la legislación vigente o las instituciones políticas del país para comprobar que los derechos civiles y políticos forman parte de su marco jurídico. La igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad de creencias religiosas, el derecho a la educación, el derecho al trabajo, el derecho a marcharte del país, o la participación política están reconocidos por el ordenamiento jurídico chino.

Naturalmente, la cuestión no reside únicamente en la existencia formal de estos derechos. Hay que fijarse en la manera en que se interpretan y aplican. Pero ahí no entran nuestros compatriotas occidentales. Porque resulta imposible encontrar en Occidente un Estado que cumpla con la imagen propagandistica que proyecta sobre sí mismo en materia de derechos humanos.

Lo que Occidente ya no es capaz de discutir es el extraordinario avance experimentado por China en el terreno de los derechos económicos y sociales. La erradicación de la pobreza extrema constituye probablemente el mayor logro de desarrollo humano registrado en la historia contemporánea. Centenares de millones de personas han mejorado sus condiciones de vida gracias al crecimiento económico, la industrialización, la modernización de las infraestructuras y las políticas específicas de desarrollo impulsadas por el Estado.

China considera que estos derechos económicos y sociales constituyen la base material indispensable para el ejercicio efectivo de todos los demás derechos. Pero, contrariamente a lo que suele afirmarse en algunos análisis occidentales, no sostiene que sustituyan a los derechos civiles y políticos. Para China todos los derechos humanos son interdependientes y deben desarrollarse de forma equilibrada.

Durante las últimas décadas, el país también ha reforzado sus mecanismos de participación política y representación institucional. El sistema chino cuenta con nueve partidos políticos con representación en la Asamblea Popular Nacional, el parlamento nacional, y con más de tres millones de diputados en las diversas Asambleas Populares que operan desde el nivel local hasta el nacional. Este modelo difiere sustancialmente de los sistemas occidentales. En China el poder político se dirime en las votaciones de base donde se eligen a los 3,5 millones de diputados y “las armas” del debate político son las propuestas y las personas. En Estados Unidos, como ejemplo occidental, el poder se dirime en el choque entre dos partidos (terceros invitados nunca han sido tolerados y llegado el caso aniquilados), que defienden el mismo sistema político, y la clave de su éxito se asienta en los millones de dólares aportados por la oligarquía del país para la campaña y el apoyo de los medios de comunicación propiedad de esa misma oligarquía.

China, respetando el derecho de Occidente a dotarse del sistema que le plazca, considera a su sistema político una forma de democracia de proceso completo adaptada a las características nacionales del país.

La protección de colectivos específicos constituye, entrando en los detalles, una prioridad creciente. Las políticas dirigidas a mujeres, menores, personas mayores y personas con discapacidad han sido reforzadas progresivamente. Del mismo modo, China reconoce a los 56 grupos étnicos existentes y considera que la unidad nacional y la diversidad cultural forman parte de un mismo proyecto de desarrollo compartido. A diferencia de Estados Unidos, todos los grupos étnicos están sobrerrepresentados en la Asamblea Popular Nacional (más porcentaje de diputados que de población).

Las regiones habitadas por minorías étnicas han recibido importantes inversiones en infraestructuras, educación, sanidad y desarrollo económico. Frente a las acusaciones habituales procedentes de determinados sectores occidentales, estas políticas han contribuido a mejorar significativamente las condiciones de vida y las oportunidades de desarrollo de sus habitantes.

En el ámbito medioambiental, China ha incorporado el concepto especialmente interesante de la construcción de una "civilización ecológica". La idea es sencilla. Difícilmente puede hablarse de derechos humanos plenos en un entorno degradado, contaminado o incapaz de garantizar una calidad de vida adecuada. Por ello, la protección ambiental ha pasado a considerarse una dimensión esencial del bienestar de la población.

En este contexto se enmarca la publicación del nuevo Plan Nacional de Derechos Humanos 2026-2030. Lejos de la imagen estática que a menudo se proyecta sobre China, el documento refleja una agenda de actualización permanente de las políticas públicas relacionadas con los derechos humanos.

El plan reafirma una visión integral que combina derechos civiles y políticos con derechos económicos, sociales y culturales. Asimismo, establece objetivos concretos para reforzar la protección jurídica de los ciudadanos, mejorar los servicios públicos, ampliar la igualdad de oportunidades y consolidar los avances alcanzados durante las últimas décadas.

Entre las prioridades más destacadas figuran la protección de los derechos individuales, el fortalecimiento de las garantías jurídicas en situaciones de emergencia, la protección de los datos personales, la defensa de la libertad de creencias religiosas y la ampliación de los mecanismos de participación ciudadana.

El documento presta también especial atención a la protección de grupos vulnerables y al perfeccionamiento de las garantías procesales dentro del sistema judicial, aspectos esenciales para avanzar en la construcción de un Estado de derecho socialista moderno.

Particularmente relevante resulta su atención a la nueva era digital. La expansión de la inteligencia artificial, los macrodatos y las nuevas plataformas tecnológicas plantea problemas inéditos para todas las sociedades contemporáneas. China busca desarrollar marcos regulatorios que permitan aprovechar las ventajas de estas tecnologías sin menoscabar los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos.

Finalmente, la protección ambiental ocupa nuevamente un lugar central. El plan reafirma el compromiso con el desarrollo sostenible, la reducción de la contaminación y la mejora continua de la calidad ecológica, entendiendo que el derecho a una vida digna incluye también el derecho a disfrutar de un entorno saludable.

Quizá el debate occidental sobre los derechos humanos en China ganaría en calidad si abandonara algunos clichés heredados de la Guerra Fría y prestara más atención a una realidad bastante más compleja que la ridícula caricatura habitualmente difundida.