lunes, 28 de septiembre de 2026

Razones para la unidad

Alberto Gómez    24 de septiembre de 2026

Ilustración por IA: Fernando Francisco Serrano.

La fragmentación de los comunistas en el Estado español no es un dato anecdótico. Es una anomalía histórica que se ha cronificado hasta parecer natural… Mientras tanto, la clase obrera sigue sin dirección política unificada, y el enemigo de clase avanza sin encontrar una resistencia organizada a su altura.

La fragmentación de los comunistas en el Estado español no es un dato anecdótico. Es una anomalía histórica que se ha cronificado hasta parecer natural. Nos hemos acostumbrado a la división, la hemos racionalizado, le hemos dado argumentos. Cada organización se ha construido una narrativa que la justifica frente a las demás, y cada una ha levantado su propia legitimidad sobre la deslegitimación del otro. Mientras tanto, la clase obrera sigue sin dirección política unificada, y el enemigo de clase avanza sin encontrar una resistencia organizada a su altura. Este artículo sostiene una tesis que conviene formular con precisión: las razones históricas que explican la fragmentación comunista han perdido buena parte de su vigencia; las diferencias que permanecen son fundamentalmente políticas, estratégicas y organizativas, y ninguna de ellas justifica por sí misma mantener una fragmentación orgánica permanente. Por tanto, debe abrirse un proceso de unidad que permita comprobar en la práctica hasta dónde puede llegar esa convergencia. No se trata de decretar la unidad, sino de crear las condiciones para que sea posible.

Conviene empezar por el pasado. Las grandes divergencias que fracturaron al movimiento comunista internacional tuvieron razones históricas concretas. La ruptura entre la URSS y China obligó a cada partido a posicionarse en una coyuntura geopolítica determinada. Aquella disputa ya no es un factor operativo en la política española. La URSS ya no existe. China sigue su propio camino. Ninguna de las principales organizaciones comunistas españolas hace hoy de aquella disputa el eje explícito de su estrategia política. Cualquiera que siga utilizando la ruptura chino-soviética como argumento para justificar la división actual está mirando un mapa que ya no describe el territorio. Ahora bien, no se trata de afirmar que las polémicas históricas hayan desaparecido sin dejar rastro. Sería falso. Las posiciones ideológicas derivadas de aquella ruptura siguen existiendo, y hay militantes que se definen aún por referencia a ellas. Lo que sostenemos es algo distinto: esas polémicas ya no constituyen por sí mismas una razón suficiente para mantener organizaciones separadas. Son herencias, no brújulas. Y una herencia no puede justificar indefinidamente la parálisis.

Algo similar ocurre con la reivindicación de la República. Nadie defiende la monarquía borbónica como mal menor. Las diferencias que puedan existir al respecto se sitúan en el terreno estratégico y táctico: el carácter de la República, el proceso constituyente, la relación entre República y socialismo, la cuestión territorial, las alianzas políticas. Todas ellas son cuestiones importantes, pero no fracturas que impidan un horizonte común. De hecho, la existencia de un objetivo político compartido convive con diferencias reales sobre el camino. Eso demuestra que la unidad no exige identidad de posiciones, sino voluntad de actuar juntos en lo esencial.

¿Y qué es lo esencial? La defensa de la clase trabajadora, la lucha contra el capitalismo, la solidaridad internacionalista, la recuperación de la soberanía popular. En esos puntos no hay divergencias significativas entre las organizaciones comunistas. Las divergencias están en la táctica, en la estrategia, en la relación con el poder institucional, en el modelo de partido. Y esas divergencias son reales, no debemos esconderlas.

Aquí está el núcleo del debate. El PCE participa de las instituciones del Estado e integra coaliciones gubernamentales a través de Izquierda Unida y otros espacios. Otras organizaciones consideran que esa participación es una línea roja que no se puede cruzar, y denuncian lo que entienden como colaboracionismo o deslizamiento hacia la socialdemocracia. Esa diferencia no es un matiz. Es un debate de fondo sobre la estrategia, la táctica y el modelo de partido. No se puede fingir que no existe, ni se puede reducir a una cuestión de «quién es más revolucionario». Es una diferencia política real que debe ser debatida abiertamente. Ahora bien, ¿es esa diferencia una razón suficiente para la división orgánica permanente? Creemos que no. Porque esas divergencias, por importantes que sean, no pueden resolverse en el vacío, mediante la confrontación entre cúpulas que se acusan mutuamente de traición. Solo pueden ser contrastadas plenamente con la práctica, sin que esta sustituya al debate teórico y estratégico. La pregunta no es quién tiene la línea correcta sobre el papel. La pregunta es qué fuerza material somos capaces de construir juntos para transformar la realidad. Y esa pregunta solo se responde con unidad, no con fragmentación.

Conviene precisar lo que queremos decir con «someter a la prueba de la práctica». No se trata de creer que la práctica produce automáticamente una única interpretación. La práctica no sustituye a la teoría. Lo que proponemos es que el debate político deje de desarrollarse exclusivamente entre organizaciones separadas y empiece a producirse también dentro de experiencias comunes de intervención. La separación orgánica impide incluso comprobar cuánto de nuestras diferencias es realmente incompatible. La unidad no resolverá mágicamente las divergencias; creará el espacio donde puedan ser discutidas sin que cada discrepancia produzca automáticamente una nueva organización. La verdad no se demuestra en los documentos ni en los discursos, sino en la capacidad de transformar la realidad. La unidad debe crear precisamente un espacio de experimentación, evaluación y corrección colectiva. No para que la práctica disuelva las diferencias, sino para que las someta a la prueba de la realidad.

La unidad no es amnesia. La unidad es la decisión soberana de anteponer el interés colectivo a las inercias adquiridas, sin que eso implique renunciar a la crítica ni a la memoria. Los procesos unitarios serios no se hacen escondiendo las diferencias, sino debatiéndolas abiertamente. La unidad no exige que todos piensen lo mismo; exige que todos acepten un marco común de principios, programa y funcionamiento democrático, y que las diferencias que permanezcan puedan ser debatidas dentro de ese marco sin convertir automáticamente cada discrepancia en una ruptura orgánica.

La cuestión de las siglas es delicada, y conviene abordarla sin trampas. El PCE es la organización histórica del comunismo español. No es una sigla más: es la que ha vertebrado durante más de un siglo la lucha de la clase trabajadora de este país. Un proceso de unidad de los comunistas no puede ignorar esa realidad. Dicho esto, hay que ser igualmente honestos en otro sentido: no parece realista imaginar que el PCE vaya a disolverse para refundarse en una nueva organización. El Partido existe, tiene historia, estructura, implantación y memoria. No es un cascarón vacío que pueda vaciarse y llenarse de nuevo. Por eso, sin necesidad de formularlo como una exigencia burocrática, conviene reconocer que el camino más razonable no es crear otro partido, sino ensanchar el que ya existe.

Esto no significa exigir la disolución de nadie. Significa, sencillamente, que las puertas del PCE están abiertas, y que los militantes de otras organizaciones que sinceramente deseen la unidad tienen un cauce natural para practicarla: incorporarse al Partido, sumar su experiencia, su formación y su compromiso, y contribuir desde dentro a los debates que sea necesario dar. No se trata de una rendición, sino de una elección libre. Cada cual es dueño de sus tiempos y de sus razones. Pero la pregunta que debemos hacernos es sencilla: si el objetivo es la unidad de los comunistas, ¿qué sentido tiene seguir construyendo estructuras paralelas cuando la casa común ya existe? Naturalmente, esta incorporación no puede plantearse como una simple operación de absorción. Quienes vengan de otras tradiciones no deben ser tratados como invitados de segunda, sino como camaradas que aportan un patrimonio político propio. El Partido debe recibirlos con generosidad, sin triunfalismos, sin revanchismos, sin exigencias de abjuración. La unidad no se construye pidiendo a nadie que reniegue de su pasado, sino ofreciendo un futuro común en el que ese pasado tenga cabida. La tradición comunista española es plural, y el PCE solo podrá ser la casa común de todos si la militancia que se incorpore encuentra en él respeto y espacio real de participación. Pero una casa común no es aquella en la que unos son propietarios y otros huéspedes. Si el PCE aspira a ser esa casa, quienes entren deben poder participar plenamente en su construcción y en su dirección. Ensanchamiento no sólo significa crecimiento numérico. Significa también transformación. El PCE que resulte de un proceso real de unidad no puede ser exactamente el mismo que era antes de iniciarlo, porque incorporará experiencias, cuadros, culturas militantes y debates procedentes de todo el movimiento comunista. No se trata de que los demás se adapten a lo que ya existe, sino de construir juntos, dentro de una organización que ya existe, el partido que todavía no tenemos. Y esa transformación es doble: transforma a quienes se incorporan, que asumen un marco común de principios y funcionamiento, y transforma al propio Partido, que se enriquece con la pluralidad de tradiciones que recibe. La unidad no es la victoria de una cultura militante sobre las demás; es la síntesis de todas ellas en un proyecto compartido. Y es precisamente por eso que el centralismo democrático se vuelve imprescindible. Es la herramienta organizativa que el movimiento comunista se dio a sí mismo para combinar la máxima unidad de acción con el máximo debate interno. No es una fórmula burocrática para silenciar disidencias; es un principio de funcionamiento que permite a una organización actuar como un cuerpo único, después de un debate abierto y una decisión colectiva. Pero precisamente porque es un punto controvertido, no basta con reivindicarlo: hay que explicarlo. Debate abierto, decisión democrática, unidad de acción, derecho a defender posiciones minoritarias dentro de los cauces establecidos, cumplimiento de las decisiones colectivas, evaluación posterior. Eso es centralismo democrático. Y exige también reconocer sus límites: si una minoría considera que una decisión de la mayoría vulnera principios fundamentales, debe tener garantías para poder plantearlo sin ser expulsada ni silenciada. La unidad no puede construirse sobre la negación del debate; pero tampoco sobre la negación de la acción común.

Conviene distinguir entre discrepancia, corrientes, debate interno y fraccionalismo. No son lo mismo. Una organización puede permitir un debate interno intenso sin convertirse en una suma de fracciones permanentes. El problema histórico no es que existan distintas opiniones; es que cada diferencia política tiende a convertirse en una diferencia orgánica. Y eso es lo que hay que superar. La fragmentación organizativa no es el resultado inevitable de la pluralidad; es el resultado de la incapacidad de gestionar democráticamente la pluralidad. Una organización que aspira a ser la casa común de todos los comunistas debe ser capaz de integrar la diversidad sin disolverse en ella. La fragmentación ha producido, además, una proliferación de estructuras dirigentes que resulta difícil de justificar en relación con la fuerza social efectivamente disponible. Demasiadas organizaciones para una presencia militante insuficiente; demasiadas estructuras separadas para una capacidad de intervención que debería ser común. No se trata de despreciar a quienes militan en ellas, sino de reconocer que la atomización orgánica ha degenerado en un archipiélago de estructuras que compiten entre sí en lugar de sumar. Esa atomización no solo debilita al movimiento comunista; lo convierte en un espectáculo confuso para la clase trabajadora, que no entiende de siglas ni de cismas, sino de capacidad real de lucha.

No proponemos una hoja de ruta cerrada. Proponemos algo más modesto y más urgente: que cada comunista, desde su libertad, se pregunte si su lugar está en la organización histórica del comunismo español o si prefiere seguir donde está. No se trata de imponer un calendario ni de diseñar una ingeniería organizativa perfecta. Se trata de que los comunistas sin sigla, los desencantados y los militantes de organizaciones hermanas sepan que el PCE no es solo un partido más: es su casa, si quieren habitarla. Y, al mismo tiempo, que el PCE comprenda que no basta con abrir la puerta: hay que estar dispuesto a transformarse con quienes entren en ella. La unidad no es un punto de llegada que se pueda programar: es una dirección que se elige o no se elige. Y elegirla es, precisamente, lo que no hemos hecho todavía.

Somos muy pocos para seguir divididos. Los comunistas españoles no sobran: faltan. Faltan en los centros de trabajo, donde la clase obrera está huérfana de dirección política. Faltan en los barrios, donde la extrema derecha avanza sin encontrar resistencia organizada. Faltan en las instituciones, donde la izquierda gestiona sin proyecto. Y, sobre todo, faltan juntos. Porque la fuerza del comunismo nunca ha sido la suma de siglas, sino la unidad de una clase que se organiza para transformar el mundo.

No hay razones históricas suficientes para mantener indefinidamente la división. Las diferencias políticas existen y deben debatirse, pero no pueden seguir siendo la coartada para la fragmentación permanente. La unidad no es el fin del debate; es la condición para que el debate tenga consecuencias prácticas. La Historia no se detiene a esperar a los que dudan. La crisis del capitalismo se profundiza, la extrema derecha avanza, y el proletariado sigue sin una dirección política unificada. Mientras los comunistas seguimos divididos, el enemigo sigue unido. Y eso es, sencillamente, insoportable. La unidad de los comunistas no es un deseo piadoso: es una urgencia material.

Fuente: ElComún.es