Un proceso más democrático hubiera permitido llegar a acuerdos sobre algunas cuestiones o incluso pactar desacuerdos.
Concentración Día contra la LGTBIfobia en el Teatro Campoamor. FOTO: Iván G. Fernández
Leyendo titulares del tipo “una ley que garantiza los derechos a las personas trans a la que se oponen unos colectivos feministas”, parecería que estamos hablando de las Suras del Corán o de una encíclica papal referida a los dogmas de la Iglesia Católica.
Sin embargo, un proyecto de ley es por definición perfectamente discutible en todo o en parte y la escasa transparencia y participación con la que se ha elaborado éste, ha significado una ocasión perdida para tratar de cerrar la brecha que este tema genera en la sociedad y en los movimientos sociales tanto LGTBI como Feminista. Un proceso más democrático hubiera permitido llegar a acuerdos sobre algunas cuestiones o incluso pactar desacuerdos.
Este debate, de gran calado social, se presenta siempre como autorreferencial sin que la mayoría de las personas tenga ocasión de saber en verdad que se discute y por ende su toma de posición está basada en apriorismos. Los partidos hurtan el debate en su seno, los medios toman posición sin análisis y así un largo etcétera de desencuentros.
Voy a intentar aportar algo a dicho debate sin pretender que represento al movimiento feminista que afortunadamente es lo suficientemente plural para que albergue muchos matices.
Hace dos mil millones de años apareció una extraordinaria innovación en la evolución de la vida en la Tierra: el binarismo sexual que permitió pasar de la reproducción por división que creaba copias idénticas, al intercambio de información entre dos seres que permitió a partir de variaciones infinitesimales la expansión de la vida en infinitas formas. La mayoría de los seres pluricelulares sean plantas o animales se reproducen mediante el sexo binario. En lo seres humanos es en el par 23 de los cromosomas donde están los genes que determinan el sexo: XX femenino, XY masculino. Y esto está presente en todas y cada una de sus células a lo largo de toda la vida. Es obvio que, como en cualquier otro cromosoma, de vez en cuando se pueden producir anomalías genéticas. En el caso del cromosoma 23, se puede presentar una trisomía XXY o XYY, lo que no cambia el hecho fundamental de que el sexo es binario.
La mayoría de los seres pluricelulares sean plantas o animales se reproducen mediante el sexo binario
Así que si bien es cierto que el sexo no se atribuye, nos viene de fábrica, también lo es que los genitales, que son la expresión visible del sexo al nacer, pueden presentar anomalías, como cualquier otro órgano, y provocar que el sexo del bebé no esté claro. Antes de que tuviéramos el análisis de ADN, implicaba que efectivamente se le atribuía un sexo a la criatura que en la pubertad, con el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, podría demostrarse acertado o no lo que, con seguridad, produjo mucho sufrimiento. En cualquier caso, me resulta contradictorio que la Ley establezca controles legales, para que no se actúe quirúrgicamente en el caso de un bebé con anomalías en el órgano sexual (que no se aceptarían referido a ningún otro órgano -corazón, riñones..-) y se propicie que se amputen órganos sanos en adolescentes.
Para complicar las cosas en la pubertad aparecen las hormonas que son las que completan el dimorfismo humano con los caracteres sexuales secundarios. Y desde luego las hormonas no son binarias, aunque se considere la testosterona como la masculina y los estrógenos y la progesterona como femeninas, sabemos que todos los seres humanos tenemos esas y otras hormonas actuando en nuestro organismo en distinta proporción y que interaccionan con la genética, el medio y las características individuales. Así encontramos mujeres a las que se las caracteriza como hombrunas y hombres a los que se les considera afeminados, en función de que se correspondan o no con los patrones establecidos. Lo que no cambia el sexo al que pertenecen, pero sí provoca sufrimiento.
En resumen el conflicto se sitúa en que la tradición feminista considera que la existencia de dos sexos es un hecho biológico que se ha establecido culturalmente de un modo jerárquico en el que el varón tiene primacía sobre la mujer. Y la teoría queer considera que hay un número indeterminado de sexos, que pueden autoasignarse, lo cual desde luego negaría la opresión de la mujer.
Y además tenemos el género, que es el conjunto de normas, expectativas y creencias que toda sociedad, en una época determinada atribuye a cada uno de los sexos. Así se construyen los mandatos culturales sobre lo masculino y lo femenino, que van más allá de cómo tiene que actuar, pues establece cómo tienen que sentir. Y esto se presenta como natural, derivado de la diferencia sexual. Fueron las antropólogas del primer tercio del siglo XX quienes probaron que aunque en todas las culturas se establecían reglas de comportamiento diferentes para varones y mujeres, estas variaban de una cultura a otra. A modo de ejemplo entre miles, en la cultura de la pesca asturiana, las mujeres reparan las redes, en otros pueblos, que viven de la pesca, es prácticamente tabú que las mujeres toquen las redes y su reparación corresponde a los varones. Es decir, no hay nada natural en las atribuciones de género, sino un fortísimo mandato cultural.
El género ahorma a las personas en unos márgenes estrechos, quienes se someten a ellos pueden sentirse enormemente frustrados y quienes se rebelan lo pagan caro en términos de rechazo social. Cuantos más rígidos los modelos, tanto más sufrimiento causan y más gente queda fuera, hasta el punto de que en ciertas culturas, desde los indios de las praderas a pueblos indostánicos, se admite un tercer e incluso un cuarto género donde se refugian los inadaptados. Porque toda cultura desarrolla reglas para romper las reglas.
El feminismo lleva más de doscientos años luchando por extender, forzar, romper los mandatos de género, y lo consigue, aunque en cada generación se vuelvan a levantar otras reglas. Desde la lucha de Wollstonecraf por el derecho a la educación, hasta el éxito de la selección femenina de futbol, no hace falta volver la vista muy atrás, para ver cómo los puestos de trabajo, la ocupación del espacio público, el uso de pantalones y tantas otras cosas de lo que parecen nimiedades pero determinan la diferencia del modelo de lo femenino y lo masculino en el Afganistán de los talibanes y en el Parlamento regional.
El género ahorma a las personas en unos márgenes estrechos, quienes se someten a ellos pueden sentirse enormemente frustrados y quienes se rebelan lo pagan caro en términos de rechazo social
Por ello resulta tremendamente irritante, por no encontrar palabra mejor, que lo más avanzado que se le ocurra a los redactores de esta ley sea que el alumnado tenga derecho a elegir el uniforme que se corresponda con su identidad sexual o de género. ¿No sería más correcto exigir que en aquellas instituciones sean educativas o de cualquier tipo que se utilicen uniformes, estos sean unisex? Porque la prenda más común que usan las mujeres hoy en nuestro país, son los pantalones y no veo la razón por la que una niña “conforme con su género” tenga que ir con falda y otra disconforme pueda ir con pantalones.
He de decir que yo no creo en la infancia trans y que cuando leo los criterios que deciden que existe me estremezco por las consecuencias que tiene el diagnóstico. Si a un niño le gusta ponerse un tutú, las lentejuelas y los unicornios, es un niño al que le gustan los tutús, las lentejuelas y los unicornios y la niña a la que le gusta el futbol, los dragones y los trenes, es exactamente eso, una niña que le gustan esas cosas. Y ambos tienen todo el derecho de que les guste cualquier cosa que una cultura patriarcal les haya prohibido gustar.
Creo que el problema se presenta en la adolescencia, porque la norma de género que posiblemente tiene mayor incidencia en la vida de las personas es la que trata de amoldar el deseo sexual. Y así durante siglos, impuesta por la tradición, la religión, las costumbres y las leyes hay una regla de hierro: un varón tiene que desear sexualmente a las mujeres y solo a ellas. Y ¿una mujer? A una mujer le corresponde querer ser deseada, no existe para ella el deseo. Esto era lo natural y quien trasgrediese esta norma, pecaba contra natura, y desde luego contra las leyes del estado.
Dos movimientos sociales combaten ese paradigma: el feminismo que reivindica y da carta de naturaleza al deseo sexual de las mujeres y por cierto reconoce su capacidad de desear tanto a varones como a mujeres y el movimiento surgido en Stonewwall en 1969, que reivindica la naturalidad y la dignidad del deseo sexual entre los varones.
“The Battle of Stonewall – 1969”, Sandow Birk, 1999.A pesar de los avances en nuestra sociedad (que en muchas partes del mundo aún no se han dado) la homofobia tiene aún un enorme poder, presencia y peso cultural. A veces me pregunto si no está latente en algunos discursos en relación a las personas transexuales. Y desde luego puede tener su papel en el desarrollo de un adolescente que recibe el mensaje de que un varón debe desear y podrá ser deseado por las mujeres, pero no se corresponde a lo que el siente, desea y quiere: desear y ser deseado por otros varones. ¿Puede quizá ser más fácil considerar que la naturaleza se ha equivocado y que en realidad es una mujer y no un varón considerado “no normal”? Los estudios realizados en países que ya tienen unos años de trayectoria de las personas que han transicionado, dan el dato de que el 70% son homosexuales. Es lo suficientemente significativo para que nos hagamos preguntas sobre si estamos dando las respuestas adecuadas a los problemas de muchas personas y a las consecuencias de dichas respuestas.
Es curioso que esa cultura homófoba que está inscrita en nuestra tradición no se corresponde con la predominante en una de las sociedades “semillero” que tenemos como referente: la Grecia clásica, en la que la bisexualidad era la pauta sexual considerada normal, como nos muestra la vida tanto pública como privada de estadistas, filósofos, artistas, atletas y un largo etcétera de varones ilustres. De las mujeres sabemos menos, pero Lesbos ha dejado impronta.
Volviendo a la Ley, repito que creo hemos perdido la ocasión de elaborar una ley que se centre en luchar contra la discriminación y que, en lugar de un “cortapega” de otras leyes del estado, no se haya aprovechado la oportunidad de estudiar la evaluación que en otros países que han ido por delante en este proceso se ha hecho sobre sus consecuencias y como podríamos abordar mejor el problema.
Pienso que la obsesión con la no patologización de la transexualidad viene de la dolorosa experiencia de la criminal patologización de la homosexualidad, pero no es razonable plantear que, como no se quiere patologizar la transexualidad, no será posible ningún acompañamiento psicológico o médico a un proceso que va a convertir a una persona adolescente en un enfermo de por vida, dependiente de medicación para mantener unas hormonas que no produce, impedir que se desarrollen las que si producen, y que además va a sufrir una agresión a su cuerpo, extirpando órganos sanos e implantando artificialmente otros que imiten los que no tiene.
A pesar de mis argumentos, creo, que hay personas, (no tantas) que sí necesitan, tras un proceso mucho más largo de maduración, que no se da a los 16, ni siquiera a los 18 (de hecho según los neurólogos el cerebro no queda completamente conformado hasta los 25) y desde luego mucho menos a los 8 o a los 12; repito necesitan que su decisión sobre como quieren vivir venga acompañado por un cambio en su cuerpo, en cuyo se debe respetar y apoyar ese proceso. Pero para ello no debemos reificar el género que tanto nos está costando deconstruir.
Una cuestión no menor, que pienso debe ser un desliz, acá y allá en varios artículos se dice que la institución de la que se habla deberá “promover” o “fomentar” la diversidad sexual. Esto sería una intromisión inadmisible en la vida íntima de las personas por parte del Estado. Estaríamos pasando de la prohibición de conductas o sentimientos o perfectamente legítimos a su imposición.
Por último y con relación a un tema que me viene preocupando mucho en otros ámbitos, rechazo absolutamente el carácter punitivo de la Ley. A modo de comparación la Ley de Igualdad no tiene capítulo de sanciones, porque se supone que el ordenamiento jurídico de nuestro país, Constitución, Códigos, etc. ya establece sobradamente la persecución de la discriminación. Por otro parte, la Ley estatal que se corresponde a esta, plantea 15 tipos de sanciones, la Ley Vasca ninguna. El proyecto de Ley asturiana añade 25 más a la estatal ¿qué diablos no pasa? ¿A qué se debe ese afán inquisitorial y de castigo o de imponer las ideas por la fuerza que últimamente nos inunda?.