martes, 24 de marzo de 2026

¿Victoria en marcha o salto al vacío?


15 de marzo de 2026    La Visión
  

La Visión

                   

El 28 de febrero, el presidente estadounidense Donald Trump anunció, en un discurso marcado por imprecisiones, datos sesgados y afirmaciones falsas, el lanzamiento de una amplia operación militar contra Irán, en coordinación con Israel.

La intervención fue presentada como un intento de destruir la red de misiles iraníes, neutralizar su fuerza naval e impedir que el país llegue a desarrollar armas nucleares. Acto seguido, el mandatario exhortó a las fuerzas iraníes a deponer las armas y alentó a la población a derrocar a su propio gobierno, presentando tal escenario como una “oportunidad histórica”.

En pocas palabras, Estados Unidos emprendió una guerra con un doble propósito: por un lado, destruir los recursos militares y degradar la infraestructura civil y energética, así como descabezar a los cuadros políticos y religiosos del “régimen”; por otro, propiciar que, en el curso mismo de ese proceso, sectores de las fuerzas armadas y de la población en general impulsen una contrarrevolución para la consecución de “la libertad”, un eufemismo repetidamente utilizado que se inscribe como la subyugación al sistema hegemónico occidental.

Esta antojadiza estrategia de guerra tiene la particular característica de que uno de sus objetivos podría resultar, en teoría, alcanzable, mediante el empleo masivo de poder aéreo y naval, conforme la abrumadora doctrina “shock and awe” (“conmoción y pavor”) que Estados Unidos e Israel aplican en sus intervenciones militares contemporáneas.

Pero el segundo objetivo, en cambio, se asemeja más a una quimera.

Se sustenta, esencialmente, en la premisa de que el pueblo de Irán renunciaría a sus sentimientos patrióticos y a sus fundamentos religiosos, en definitiva, a su autopreservación e idiosincrasia, para alinearse con un liderazgo extraño y hostil proveniente del exterior: el del presidente estadounidense Donald Trump, el del primer ministro israelí Benyamin Netanyahu, e incluso, el del ignoto Reza Pahlavi II, hijo del depuesto sha, quien abandonó el país siendo aún adolescente en 1979 y cuya figura permanece asociada a los privilegios de la antigua monarquía y del jet set internacional.

Por lo visto, el pueblo iraní tiene bien en claro que una cosa es protestar por las condiciones materiales de vida en un marco de no-agresión exterior —al menos, no una tan evidente—, y otra muy distinta marchar junto al enemigo cuando éste bombardea escuelas y asesina niñas inocentes [1].

Una madre desconsolada, acompañada por algún otro familiar, sostiene el retrato de una de las niñas impunemente asesinadas por los misiles de Trump.

El diario Teheran Times tituló una de sus tapas: “Aulas convertidas en un cementerio” para agregar debajo “168 estudiantes en Minab murieron en un ataque aéreo de Estados Unidos e Israel”.


Cabe destacar que el ataque israelo-estadounidense se produjo, por segunda vez consecutiva en un lapso de siete meses, en un contexto de negociaciones fluidas y abiertas donde se estaba configurando un proceso de diálogo que aparentaba encaminarse hacia una distensión. [2]

La irrupción de una acción militar sorpresiva tiene efectos particularmente corrosivos sobre la arquitectura misma de la negociación pues este tipo de maniobras ladinas y traicioneras termina por demoler la indispensable confianza, empujando a las partes hacia el único lenguaje que les queda disponible: el intercambio de fuego sostenido.

Se trata, además, de un patrón recurrente del Occidente colectivo —observable tanto en la postura israelí como en la del gobierno banderista de Kiev— que revela una persistente duplicidad moral en la conducta. La diplomacia es invocada públicamente como vía de resolución, pero en la práctica se preparan operaciones ofensivas inesperadas. En tales condiciones, la práctica diplomática se ve seriamente comprometida, al quedar erosionadas las premisas mínimas de previsibilidad, civismo político y garantías de seguridad mutua que toda negociación requiere.

El ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, explicó en una entrevista

El ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, explicó en una entrevista concedida a PBS News, que actualmente se vuelve imposible entablar un diálogo con el adversario, dado que ya se han registrado dos instancias en las que procesos de negociación en curso fueron abruptamente interrumpidos por ataques sorpresivos y a traición. [3] [4]

Mansoureh Karami, viuda de Masoud Alimohammadi, un destacado físico nuclear iraní asesinado por el Mossad en Teherán en el 2010 y una reconocida activista política, explica la gravedad del ataque militar israelo-estadounidense, efectuado mientras se desarrollaban negociaciones entre las partes.


Este aprovechamiento alevoso de situaciones de “buena voluntad” o de relajamiento, sumado a una violencia tanto narrativa —saturada de desinformación y propaganda peyorativa— como material —expresada en el desencadenamiento de acciones letales de gran magnitud—, deja escaso o nulo margen a la nación atacada más que emprender una defensa multivectorial, de carácter extremo y, en última instancia, existencial.

Hete aquí, entonces, el peor escenario posible para los atacantes: que la República Islámica de Irán no se deje matar mansamente ni acepte la subyugación; que resista hidalgamente absorbiendo la brutal capacidad destructiva empleada contra ella y que, además, contraataque con todos sus recursos, sin inhibiciones. En rigor, eso es precisamente lo que está ocurriendo.

Durante décadas, los “Mickey y Mallory Knox” [5] de Medio Oriente se han dedicado a hostigar y presionar sistemáticamente a Irán, desplegando una actitud de autosuficiencia supremacista y una retórica marcadamente ostentosa, sin lograr por ello quebrar las convicciones ni alterar el rumbo político de la República Islámica.

Es más, lejos de reaccionar de manera precipitada o desproporcionada, Irán ha sostenido durante años una auténtica “paciencia estratégica”, absorbiendo golpes de diversa índole con una resiliencia notable.

Sin embargo, en el presente, la escalada ha alcanzado un punto sumamente crítico —aún susceptible de agravarse mediante el empleo de armas nucleares o una intervención terrestre—, de modo que la lógica de la contención limitada cedió paso a un escenario de guerra abierta y total.

Vale decir, si la idea del binomio del terror Trump-Netanyahu era “asestar un golpe contundente e inesperado” para lograr, en el transcurso de unos pocos días, dejar sin reacción a la dirigencia político-militar y levantar a la población en pos de “su libertad” y contra “el régimen opresivo”, todo se salió de cálculo rápidamente.

Ni Irán se fragmentó, ni los puestos clave de su estructura política y militar quedaron acéfalos, ni las fuerzas armadas renunciaron a la lucha, ni la población civil se alzó en revueltas o barricadas. Por el contrario, el país parece haberse cohesionado como pocas veces antes en torno a una contienda percibida como una lucha por sus vidas, amores y cultura frente al criminal asalto israelo-estadounidense.

En este sentido, muchos en Irán interpretan el momento actual como un nuevo episodio de la “Sagrada Defensa”, denominación con la que la República Islámica recuerda la guerra contra Irak durante el régimen de Saddam Hussein, cuando también fueron sorpresivamente invadidos.

Este endurecimiento explica los niveles crecientes de brutalidad, inhumanos, perversos e inmorales, empleados por la coalición, con tal de quebrar la voluntad de lucha iraní. Pero también da cuenta de que la estrategia inicial, al menos las especulaciones planificadas, no se cumplieron.

La afamada revista The Economist llegó a calificar ya durante la primera semana el conflicto como una “guerra sin estrategia”.

Al ataque inicial de Estados Unidos e Israel —llevado a cabo mediante misiles de crucero lanzados a distancia, entre ellos los “tradicionales” Tomahawk, y otras municiones stand-off— contra objetivos políticos y militares en Irán, que segó la vida del Líder Supremo Alí Jameneí en Teherán y destruyó el Ministerio de Inteligencia, el Ministerio de Defensa, la Agencia Iraní de Energía Atómica y el complejo militar de Parchin —entre muchísimos otros blancos de oportunidad—, las autoridades iraníes respondieron tal como habían anticipado mediante salvas de misiles y drones dirigidas contra instalaciones militares estadounidenses en Kuwait, Baréin, Qatar, Jordania, Arabia Saudí, Irak y Emiratos Árabes Unidos.

Los ataques impactaron en cuarteles generales, radares estratégicos, sistemas antiaéreos, depósitos de combustible, puertos e incluso zonas residenciales, como ocurrió en Dubái.

Obviamente, las fuerzas iraníes también han golpeado con intensidad a Israel, al principio, sobre objetivos puramente militares, pero luego, sin distinción, sobre la ciudad de Tel Aviv y otras de gran densidad.

Prontamente, Hezbolá —que se encontraba relativamente inactivo y aún recomponiéndose tras el severo descabezamiento provocado por la campaña israelí en el sur de Líbano de 2024-2025, y la pérdida de Siria como principal corredor de aprovisionamiento desde Irán— reaccionó demostrando una notable capacidad de restauración.

La organización lanzó andanadas de cohetes contra el norte israelí y logró atraer a las fuerzas terrestres hebreas a un escenario de combate en el que, sin la cobertura aérea habitual —concentrada en gran medida en el frente contra Irán—, se encuentran en condiciones de enfrentamiento mucho más equilibradas.

Una de las consecuencias tempranas de este conflicto ha sido la redefinición de la posición geopolítica de la India, que —según esta interpretación— habría quedado subrepticiamente alineada del lado agresor. Tal alineamiento se habría manifestado en el episodio de la entrega de la fragata desarmada IRIS Dena, que se encontraba bajo su propia protección, un hecho considerado aberrante y que, desde esta perspectiva, no solo constituiría un crimen de guerra con corresponsabilidad, sino también un severo golpe para la cohesión del grupo BRICS.

Considérese que, previamente al inicio de la guerra, no solo Narendra Modi había visitado Israel —donde fue condecorado y prodigó elogios a la supuesta “alianza milenaria” entre ambos pueblos—, sino que New Delhi se había “desconectado” parcialmente del flujo de crudo proveniente de Rusia, reduciendo de manera significativa sus compras para incorporar a Estados Unidos como flamante proveedor energético, con Emiratos Árabes Unidos actuando como socio tripartito en ese esquema.

Sin embargo, el estallido del conflicto llevó al secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, a “permitirle temporalmente” retomar las compras de petróleo a Moscú durante un período de 30 días (que es, evidentemente, el horizonte máximo que prevén para la finalización de la guerra).

Sintiéndose impunes, los dirigentes indios recurrieron entonces a “su amigo” Vladimir Putin, para reiniciar el abastecimiento. Éste, en una actitud salomónica, accedió a venderles el crudo que necesitaban —pues no se trata de soltar amarras—, aunque ya no a los precios de descuento que habían caracterizado la relación energética anterior, sino a valores de mercado que, como era de prever tras el cierre selectivo del Estrecho de Ormuz, se han disparado a niveles extraordinariamente elevados.

Claro está que el grupo BRICS también aparece fracturado por el papel que han asumido Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos al permitir que bases militares de los Estados Unidos amparadas en su territorio sirvan para escuchar, vigilar y hostigar los movimientos militares de Irán en apoyo de las operaciones ofensivas. A su vez, la represalia iraní contra esas instalaciones —que inevitablemente vulnera la soberanía formal de esos reinos— profundiza aún más la tensión regional.

Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Irán e India, como sabrán, forman parte de BRICS, pero esta pérfida cuña de violencia que ha introducido el tándem israelo-estadounidense ha incorporado un clima de tensión interior en el grupo. Irán está siendo atacado salvajemente bajo argumentaciones falaces; saudíes y emiratíes si bien por ahora no se suman a la coalición agresora, no se sacudieron las rémoras “protectoras” norteamericanas de manera independiente, e India ha optado por sumarse en alianza con Israel de un modo abierto.

La actitud de Modi, supongo yo, fue meramente especulativa y rapiñera. Dependiente en sumo grado de los aprovisionamiento del crudo del Golfo, espera ser parte de una eventual reconfiguración energética para sacar buena parte del botín iraní. Incluso podríamos haber esperado que los “lavanderos” de Medio Oriente [6] tengan una actitud más condescendiente con Tel Aviv y Washington, atento a su rol en el sistema financiero internacional, pero India viene actuando como “la hiena” polaca [7].

Narendra Modi y Benyamin Netanyahu tienen una sintonía personal más allá de la relación institucional. Ambos comparten preocupaciones sobre seguridad, terrorismo y relaciones con el mundo islámico, lo que genera afinidad en la perspectiva política.

Si Donald Trump, Benyamin Netanyahu y Narendra Modi, junto con los vacilantes seguidistas Mohammed bin Salman y Mohamed bin Zayed, suponían que la extrema brutalidad de la guerra permitiría inclinar rápidamente la balanza en favor de la “coalición” en un plazo no mayor a siete días, esas expectativas ya comienzan a evidenciar su fracaso: han transcurrido quince jornadas de combates ininterrumpidos de una intensidad extraordinaria sin que tal desenlace se haya materializado.

Parecer ser que ahora Modi cayó en la cuenta de su infortunada apuesta y empezó en pegar el volantazo: el 12 de marzo llamó al presidente iraní Masoud Pezeshkian instándolo a la paz, mientras los misiles persas impactaban sobre todo Israel y su “aliado milenario” Netanyahu se hallaba acobardado en un búnker subterráneo. [8]

Lo cierto, es que los iraníes, como ellos mismo lo admiten, se han preparado “para este momento” durante 20 años.

Más allá de que las guerras siempre traen imponderables, los estrategas de Teherán siempre supieron que sus posibilidades de supervivencia (o sea, de éxito) radicaban en la prolongación de los combates (montar una guerra de atrición), en la capacidad de absorber daños, en la unidad ideológica interna, en el control o amenaza sobre las rutas navales estratégicas del crudo y en el costo político-económico sobre el adversario.

El inmisericorde magnicidio del líder supremo Alí Jameneí el 28 de febrero —quien eligió conscientemente el martirio como forma de consagrarse a la causa de la resistencia y a la Revolución, quedándose en su residencia particular— encontró rápidamente continuidad institucional el 9 de marzo con la designación de su hijo, el ayatolá Seyyed Mojtabá Jameneí.

En un mensaje publicado en Truth Social, Donald Trump se regodea por la muerte del ayatolá Alí Jameneí y sostiene que los Guardianes de la Revolución, el ejército y otras fuerzas de seguridad iraníes estarían comenzando a rehusarse a combatir. Según su interpretación, estos sectores terminarían por alinearse con los “patriotas” para trabajar conjuntamente en la restauración de la grandeza del país. Trump añade que la muerte de Jameneí marcaría el inicio de un proceso que se extendería durante aproximadamente una semana, período en el cual continuarían los bombardeos y la devastación hasta la conclusión de las hostilidades [9].

La elección realizada por la Asamblea de Expertos (Majles-e Khobregan, constituida por 88 clérigos) no solamente se justificó en la reconocida gravitación del ayatolá en el ámbito religioso y en sus dotes de liderazgo, sino también —posiblemente— considerando la conmoción emocional por las pérdidas personales sufridas en el ataque, en el cual resultaron muertos su padre, su madre Mansoureh Jojasteh Bagherzadeh, su hermana Hoda Jameneí, su cuñado Mesbah Bagheri Kani, su esposa Zahra Haddad-Adel y su sobrina Zahra Mohammadi Golpayeganí, de apenas 14 meses de edad. El propio Mojtabá Jameneí resultó herido, aunque logró sobrevivir.

El ayatolá Seyyed Mojtabá Jameneí, hijo del asesinado Alí Jameneí, fue finalmente elegido por la Asamblea de Expertos como el nuevo Guía Supremo de la República Islámica de Irán.

Como era de prever, el nuevo Guía Supremo, aun cuando en algún momento pudiera haber mostrado cierta disposición al diálogo o a la distensión, ha retomado ahora los postulados de resistencia intransigente que sustentaron la Revolución Islámica de 1979. Su discurso se inscribe nuevamente en una retórica antiimperialista acompañada de llamados a la movilización popular.

Cabe añadir que Mojtabá Jameneí se había manifestado oportunamente favorable a Mahmoud Ahmadinejad, presidente de Irán entre 2005 y 2013, un dirigente no clerical estrechamente identificado con los componentes islámicos, populistas e independentistas de la revolución, y uno de los principales promotores de la autonomía nuclear del país.

Este antecedente permite conjeturar que Mojtabá podría mostrar menos reservas que su padre respecto de llevar adelante un programa armamentístico nuclear y proclamar una fatwa que anule la vigente que prohibía la fabricación de artefactos de destrucción masiva. Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe.

El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, ha advertido sobre los efectos contraproducentes que esta guerra podría desencadenar. De manera declarativa, Estados Unidos e Israel sostienen que la operación militar fue lanzada con el objetivo de impedir que Irán desarrolle armamento nuclear, pese a que no existirían indicios concluyentes de que dicho proceso estuviera en curso. Sin embargo, según Lavrov, una guerra de destrucción de esta naturaleza podría producir precisamente el efecto contrario: lejos de disuadir a Teherán, aceleraría sus incentivos estratégicos para procurarse capacidades nucleares como mecanismo último de disuasión.


Es evidente que Irán está sufriendo una devastación considerable en su infraestructura, mientras que sus capacidades militares se ven seriamente diezmadas. Si bien es cierto que el número de lanzamientos ha disminuido respecto de los primeros días del conflicto, esta reducción no puede atribuirse exclusivamente al intenso desgaste provocado por la presión militar de Israel y Estados Unidos. También responde a consideraciones operativas y doctrinales: en los conflictos modernos suele producirse un empleo particularmente intensivo de medios durante las fases iniciales de la guerra, seguido por un ritmo de utilización más cansino a medida que las operaciones avanzan.

Misiles balísticos iraníes Shahab-3 parten hacia sus objetivos en el Golfo Pérsico.

Este tipo de valoraciones puede conducir a conclusiones erróneas y excesivamente optimistas respecto de la evolución del conflicto, favoreciendo incluso la prematura proclamación de una victoria total y definitiva.

De hecho, el 13 de marzo el gobierno de Israel difundió un video del primer ministro Benyamin Netanyahu que, según algunas especulaciones, podría haber sido confeccionado mediante inteligencia artificial [IA]. El material apareció en un contexto de rumores que incluso hablaban de su posible huida al exterior o de su muerte. En el mensaje, Netanyahu afirma que Israel ya no es solamente una superpotencia regional, sino una potencia de alcance global, que está “cambiando la realidad de Oriente Medio y más allá”.

Como en un juego de coincidencias, el video fue liberado un viernes 13 —el 13 de marzo de 2026—, consagrando simbólicamente el éxito de la denominada Operación Roaring Lion. La fecha coincide con otro viernes 13 —el 13 de junio de 2025—, jornada en la que Israel lanzó el primer ataque masivo contra Irán: la Operación Rising Lion.Lion


El primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, apareció en un video que presenta contornos e iluminación considerados sospechosos por algunos observadores; además, ciertos analistas creen advertir posibles deformidades en los dedos de sus manos. El hecho de que esto haya ocurrido en un contexto en el que circulaban rumores sobre su muerte, y mientras misiles persas impactaban de forma sostenida y letal sobre Tel Aviv, contribuye a reforzar tales sospechas.


Sin embargo, existen algunos hechos difícilmente refutables que parecen contradecir las afirmaciones de Netanyahu. Tales declaraciones bien podrían haber sido pronunciadas —o incluso elaboradas mediante recursos tecnológicos [IA]— con el objetivo de elevar la moral de la población de Israel, que viene siendo sometida a una presión constante por los ataques con misiles provenientes de Irán e intenta emigrar.

En primer lugar, el “régimen teocrático” no cayó, sino que, por el contrario, parece haberse endurecido. Lejos de abrirse a concesiones o mostrarse proclive al diálogo con el enemigo, ha proclamado a un nuevo Guía Supremo —aparentemente mucho más intransigente— y, lejos de rehuir el combate, ha comenzado a lanzar ultimátum contra las fuerzas atacantes de Estados Unidos e Israel.

En segundo lugar, la esperada “revolución de colores” o “rebelión de masas” no parece siquiera cercana a materializarse. Sobre ese escenario descansaban buena parte de las expectativas de la llamada “Coalición Epstein”: proclamar una victoria total a través de un caos interno inducido que le permitiera evitar una confrontación directa con las fuerzas gubernamentales iraníes, golpear objetivos con relativa comodidad y, al mismo tiempo, presentar la intervención como una supuesta “ayuda a los verdaderos patriotas” para la “liberación del país”.

A propósito de la irónica calificación como “Coalición Epstein” o “Epstein Fury”, la Liga Antidifamación, ligada al control de la narrativa pro-israelí, ha concluido que se trata de “contenido antisemita”.[10?

El colmo de la estupidez y la prueba del desesperado control de la narrativa.


En tercer lugar, Teherán conserva recursos suficientes para sostener una campaña de misiles prolongada y sistemática en toda la región. Si bien el ritmo de los lanzamientos ha disminuido —algo lógico tras las primeras fases del conflicto—, no se observan indicios claros de un agotamiento de su inventario estratégico.

En cuarto lugar, el mercado petrolero se ha visto fuertemente alterado y los precios han experimentado un marcado incremento. El Estrecho de Ormuz continúa cerrado u obstaculizado, afectando una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. Al mismo tiempo, el petróleo iraní permanece bajo control gubernamental y a disposición de sus principales clientes. Asimismo, varias instalaciones nucleares clave siguen aparentemente intactas: Fordow e Isfahán fueron bombardeadas repetidamente, pero diversas estimaciones sugieren que continúan operativas. El uranio enriquecido, además, permanecería en manos iraníes, presumiblemente almacenado en emplazamientos no revelados —junto a centrifugadoras modernas—, desde donde podría seguir siendo procesado hasta alcanzar niveles de material fisionable para ojivas nucleares en un período relativamente breve.

De manera igualmente sorprendente, y contra numerosos pronósticos, Hezbolá continúa activo. El cómo la caída de Bashar al-Assad, el ascenso en Siria de una figura asociada a corrientes islamistas como Ahmed al-Sharaa, el acceso a la presidencia libanesa de Joseph Aoun —considerado antagonista del Hezbolá y cercano al USCENTCOM— y la presión militar constante de las Tsahal sobre el sur del Líbano no han logrado neutralizar su operatividad sigue siendo un fenómeno difícil de explicar.

Además, Irán ha conseguido negar a la coalición atacante una supremacía aérea plena. Conviene precisar que esto no significa que los aviones de Israel o de Estados Unidos no incursionen sobre el espacio aéreo iraní sino que no han logrado hacerlo con total impunidad. Diversos informes indican que las aeronaves son ocasionalmente hostigadas por sistemas de defensa aérea y, en algunos casos, hasta por la propia IRIAF. En otras palabras, las defensas antiaéreas persas no han sido completamente destruidas sino que continúan operativas.

Es más, el 12 de marzo un avión cisterna Boeing KC-135 Stratotanker fue derribado en el espacio aéreo de Irak, una zona donde presumiblemente operaba con amplios márgenes de seguridad. A ello se suman otros cinco KC-135 destruidos en tierra en la base aérea Prince Sultan, en Arabia Saudita, lo cual confirma el papel beligerante que el reino se vio obligado a asumir en el conflicto. Aunque… podrían aprender a negarse como la atlantista España. ?

Los enormes aviones cisterna Boeing KC-135 Stratotanker constituyen uno de los “multiplicadores de fuerza” más numerosos en el teatro de operaciones de Medio Oriente. Su función es esencial: permiten extender el radio de acción y el tiempo de permanencia de la aviación de combate. Consciente de ello, Irán —junto con elementos de la resistencia en Irak— están tendiendo emboscadas contra los reabastecedores.


Lo mismo puede decirse de la todopoderosa U.S. Navy, que en la práctica se mantiene en una posición de retaguardia, a una distancia prudente —con grupos navales desplegados en el Mar Rojo y en el Océano Índico—, consciente de la capacidad antibuque iraní. Las viejas tácticas estadounidenses, consistentes en situar a la flota prácticamente frente a la costa del adversario para intimidar o proyectar fuerza —como ocurrió en los meses de presión naval contra Venezuela— resultan mucho menos aplicables frente a Irán.

De hecho, consideremos el Estrecho de Ormuz, bloqueado (selectivamente) por los iraníes: se supone que la U.S. Navy debería evitar estas situaciones y mantener abiertas las líneas logísticas marítimas en interés de Estados Unidos y sus aliados. Después de todo, son la talasocracia más poderosa del globo. Pero… ¿Lo están consiguiendo?  

Por otra parte, el plan de montar un asalto aerotransportado mediante la 82ª División Aerotransportada —o uno anfibio con la 31.ª Unidad Expedicionaria de Marines—, sobre la Isla de Jark parece haber nacido muerto. Esta isla, situada a 25 km de la costa de Irán y a 483 km al noroeste del Estrecho de Ormuz, resulta fundamental para la exportación marítima de petróleo, dado que las aguas cercanas al litoral continental son poco profundas y los grandes petroleros requieren un calado considerable. Por esta razón, el gobierno iraní tendió oleoductos hasta la isla y construyó muelles aptos para la carga de estos megacisternas.

Desde el punto de vista estratégico, algunos analistas especularon con que Estados Unidos podría intentar apoderarse de la isla para controlar buena parte de las exportaciones petroleras iraníes. Sin embargo, el problema radica en la propia naturaleza geográfica de Jark: se trata de una isla pequeña de 24 km² y relativamente plana, lo que la convierte en un objetivo extremadamente difícil tanto de conquistar como de defender.

El almirante Charles Cooper, jefe del USCENTCOM, asiste a una rueda de prensa con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, en la sede del USCENTCOM en Tampa, Florida. Diagramaron y luego desestimaron un plan para tomar la Isla de Jark.

Las instalaciones petroleras de la isla de Jark no fueron bombardeadas por la coalición israelo-estadounidense; únicamente el aeropuerto y zonas civiles ¿Por qué? Pues porque la idea es apoderarse de esos recursos.


Este plan también es compatible entonces con la afirmación de Lloyd’s List Intelligence según la cual, incluso en pleno conflicto, las exportaciones de crudo iraní hacia China habrían aumentado. Desmiente, asimismo, la acusación estadounidense de que Irán ha minado el Estrecho de Ormuz: las minas no discriminan la nacionalidad de los buques, por lo que esa opción sería un ultimísimo recurso.

Por último, pero no menos importante, la asistencia de Rusia y China es inocultable. Funcionarios iraníes y del Kremlin han admitido distintos niveles de cooperación —aunque no así las autoridades chinas, más reticentes a estos comentarios—. Entre los apoyos señalados se mencionan inteligencia satelital, asistencia en comunicaciones, refuerzo de redes radar, asesoramiento técnico en defensa aérea y provisión de componentes electrónicos para sistemas de misiles.

Como si la historia tuviera memoria, que Rusia y China ayuden a Irán ante la empresa neocolonial estadounidense recuerda la asistencia que dieron ambas naciones durante la Guerra de Vietnam. Y ya sabemos cómo terminó esa aventura…

Considerando que todas estas evidencias permanecen inalteradas al día 15 de la conflagración, resulta difícil entender por qué Donald Trump ha proclamado que “ganaron la guerra”.

Quizás creyó, en los momentos iniciales, que el golpe devastador —en medio de la farsa de las negociaciones— dado contra el liderazgo político y militar iraní, seguido inmediatamente por la masiva campaña de bombardeos, era más que suficiente para «ganar» y asegurar el éxito.

Donald Trump, excesivamente triunfalista.


Si bien es innegable el nivel de destrucción infraestructural sufrido por Irán, también es cierto que la moral de lucha no ha mermado ni un ápice. Los funcionarios iraníes, que se pasean por las calles con el pueblo, entienden que no deben amainar la intensidad de los contraataques sino hasta que Estados Unidos sea expulsado de Oriente Medio.

Si acuerdan un alto el fuego (como en junio), Washington reconstruirá sus bases adelantadas —con sus radares avanzados— y las defensas antimisiles israelíes, y la guerra se reanudará pronto. Hay una sola solución final y es la derrota militar estadounidense, que los expulse de la región.

Si ello ocurriera, la égida israelo-estadounidense podría ingresar en una fase de franca decadencia. Los miembros árabes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) podrían verse inducidos a acomodarse a la nueva potencia regional iraní, incluso bajo la gravitación asociada ruso-saudí, debilitando —o incluso rompiendo— los estrechos vínculos económicos que durante décadas los han ligado a Washington, algo que ya amagó con pasar en 2022-2023. En tal escenario, el petróleo y el gas comenzarían a desligarse progresivamente de su histórica “unión natural” con el dólar, erosionando uno de los pilares centrales de la primacía financiera estadounidense. El resultado inmediato sería una reducción en la demanda global de bonos del Tesoro, hoy utilizados por numerosos bancos centrales como vehículo privilegiado de acumulación de reservas en dólares.

Este mecanismo de reciclaje financiero ha permitido a Estados Unidos sostener déficits estructurales en su balanza de pagos, exportar inflación al resto del mundo y endeudarse a gran escala para financiar su enorme aparato militar. Dicho en términos simples: el poder militar estadounidense descansa sobre un privilegio monetario global. Mientras el mundo utilice su moneda, seguirá financiando su capacidad destructiva.

Esta hiperconsciencia situacional llevó a Estados Unidos a involucrarse en este entuerto, al menos en el plano geoestratégico. Desde luego, existen otros factores subyacentes, entre ellos las pretensiones expansionistas de Israel y ciertos “expedientes pedófilos” que operarían como mecanismos de presión o condicionamiento en las altas esferas del poder. No deberíamos desestimar tampoco a las redes financieristas… allí lo tenemos al imbécil Friedrich Merz, un BlackRock, justificando lo injustificable.

Pero tampoco nos engañemos: Trump y su plana mayor saben que los acontecimientos no marchan como habían previsto. No hay caída del régimen, no hay guerra civil y los persas siguen tirando «cañitas voladoras». Ni siquiera China parece sufrir desabastecimiento. Y en términos de reputación, Estados Unidos, la gran potencia indestructible, se ha demostrado incapaz de proteger sus propias bases y a sus aliados del Golfo, por no contar a su gendarme hebreo.

Esto pone los pelos de punta al presidente Trump, que reacciona así:

Dice Trump: «Estamos destruyendo por completo al régimen terrorista de Irán, por medios militares, económicos y de cualquier otro tipo. Sin embargo, si lees el nefasto periódico The New York Times, pensarías erróneamente que no estamos ganando. La flota iraní ha desaparecido, su fuerza aérea ya no existe, sus misiles, drones y todo lo demás están siendo aniquilados, y sus líderes han sido borrados de la faz de la tierra. Tenemos una potencia de fuego sin precedentes, munición ilimitada y mucho tiempo. Mirad lo que les va a pasar hoy a estos dementes hijos de puta. Han estado matando a personas inocentes en todo el mundo durante 47 años, y ahora yo, como 47º presidente de los Estados Unidos de América, los estoy destruyendo. ¡Qué gran honor es hacer esto!».

Mientras otros reaccionan así:

Un cúmulo de funcionarios del establishment estadounidense hacen «nado sincronizado» con la manipulación cognitiva.


En medio de un clima de triunfalismo y nerviosismo, Donald Trump mantuvo el 10 de mayo una conversación telefónica con Vladimir Putin, apenas un día después de que Mojtabá Jameneí fuera designado como nuevo Líder Supremo.

Para Washington, esa noticia resultó adversa: sus previsiones contemplaban, en primer término, una rápida deriva hacia una revolución anticlerical y, en su defecto, la aparición de un liderazgo más proclive al diálogo. Sin embargo, la Asamblea de Expertos resolvió designar al hijo del recientemente asesinado ayatolá Alí Jameneí.

Aparentemente, Trump solicitó a Putin que intercediera en facilitar un final del conflicto, lo que sugiere un posible rol de mediación, aunque sin detalles públicos sobre propuestas concretas.

En ese contexto, Trump podría haber ofrecido ciertas concesiones —a estas alturas, inconsistentes e imposibles de creer para el Kremlin—, en el conflicto entre Rusia y Ucrania, e incluso haber solicitado a Moscú algún tipo de equilibrio en el sistema energético internacional. De hecho, poco después algunas sanciones vinculadas a la exportación de crudo ruso fueron levantadas con el argumento de “estabilizar los precios”.

Trump se dispersa y mantiene la fachada porque no puede reconocer que llamó a Putin para buscar una salida consensuada con Irán o, en su defecto, al menos aumentar la oferta petrolera para que no se disparen los precios.


A quince días del inicio del conflicto, la gran estrategia iraní —aunque a costa de severas destrucciones y significativas pérdidas humanas— parece estar produciendo resultados: el país ha logrado sostener su resistencia militar, evitar un colapso político interno y, simultáneamente, apostar a la desestabilización del sistema energético internacional como mecanismo de presión estratégica.

Desde el punto de vista militar, Estados Unidos e Israel comprenden que una campaña basada exclusivamente en ataques aéreos difícilmente pueda traducirse en una victoria decisiva. Por ello, parte de su expectativa estratégica residía en la eventual emergencia de una insurrección interna que contribuyera a precipitar el colapso del régimen y tomar el poder. Sin embargo, ante la ausencia de tal escenario, comienza a perfilarse la tentación de considerar un mayor involucramiento directo con el fin de evitar una retirada sin objetivos cumplidos. Así, entra en juego la eventual introducción de fuerzas terrestres en Irán, lo que implicaría, con alta probabilidad, un volumen extremadamente elevado de bajas, que podría acabar definitivamente con el gobierno de Trump. El remedio podría ser peor que la enfermedad, pero la inercia hacia ese paso a medida que transcurren los días no debe desdeñarse.

Desde el punto de vista económico, la producción petrolífera y gasífera en el Golfo está empezando a detenerse. Como Irán comprende a esta guerra como existencial, su acción defensiva implica repeler el acoso del enemigo y expulsarlo de la región. Eso se traduce en no aceptar ningún alto el fuego, ni permitir la apertura del Estrecho de Ormuz —porque altera los precios internacionales de la energía.

Occidente ha abierto sus reservas estratégicas para detener el pánico, pero pudo apaciguar la tendencia alcista sólo por un día: el Brent cerró el viernes 13 de marzo en 103,14 dólares el barril. Las refinerías del Golfo que producen diésel (10% del suministro global), combustible para aviones (20%) y fertilizantes (25%) no tienen reservas estratégicas. Encima, su existencia pende de un hilo porque si las monarquías del Golfo osan responder a Irán, esas refinerías desaparecerán en un abrir y cerrar de ojos.

El Brent cerró 103,14 dólares el barril, perforando el techo de 100.

Rusia posee un interés indirecto en el conflicto, en tanto se configura como un proveedor confiable de combustibles fósiles que, a diferencia de varios exportadores de Medio Oriente, no se encuentra expuesto al eventual cierre del Estrecho de Ormuz ni a la destrucción total de refinerías y campos de extracción. Sin embargo, su inserción en los mercados energéticos internacionales continúa condicionada por el amplio régimen de sanciones y restricciones comerciales al que está sometida.

Esta situación anómala ha derivado, en la práctica, en una flexibilización parcial de dichas restricciones: diversos actores del sistema internacional han tolerado ciertos volúmenes de exportación rusa, en la medida en que una contracción adicional de la oferta global podría provocar aumentos aún más pronunciados en los precios.

En este contexto, el Estado ruso se beneficia de una coyuntura particularmente favorable, al poder colocar volúmenes significativos de hidrocarburos en un mercado caracterizado por precios elevados. Ello se traduce en mayores ingresos fiscales y en un fortalecimiento de sus recursos financieros, lo cual podría contribuir a sostener —e incluso intensificar— el esfuerzo bélico en la guerra contra Ucrania.

No obstante, el reciente ataque a un petrolero ruso de GNL cerca de Malta sacudió al Kremlin: ahora están considerando cortar el suministro de gas a Europa y utilizarlo para abastecer a países como China, India, Corea del Sur y Japón. Esto sería un golpe de gracia para los eurolemmings, que tenían previsto abandonar el gas ruso para 2027 creyendo que así afectarían la economía rusa.

Europa vuelve a experimentar un efecto búmeran como consecuencia de su intento de cerrar el mercado energético ruso, quedando altamente vulnerable ante la guerra en Irán y el consiguiente trastocamiento del sistema energético internacional.


Las monarquías del Golfo, que han albergado bases estadounidenses, están en serios problemas porque no pueden exportar. Asimismo, dependen totalmente de las importaciones de alimentos. No sería sorprendente ver caer a estos gobiernos impopulares, solo sostenidos por el terror policial y la abundancia brindada por el petróleo. En un marco de escasez y restricción, podría haber estallidos sociales en cuestión de semanas. Baréin, por supuesto, es mi primer candidato. [11]

Así las cosas, cuanto más insista Estados Unidos en someter, destruir o fragmentar a Irán, más probable será que Oriente Medio se convierta en un verdadero berenjenal del que difícilmente pueda salir sin una considerable pérdida de poder e influencia.

Si Irán logra sobrevivir a los bombardeos y a las penurias de la guerra, y consigue sostener algún nivel respetable de resistencia, el costo político, económico y financiero para la administración estadounidense tenderá a erosionar su capacidad de permanencia y proyección en el escenario regional. Considérese también que los aumentos del precio de la energía afectan a Estados Unidos más allá de su condición de exportador y de su relativa autosuficiencia. Su mercado interno es altamente sensible al aumento de precios, y se traslada al clima social y a los vaivenes electorales: en buena medida, el humor del electorado depende del precio que marca el surtidor.

En cuanto a Israel, el seis veces primer ministro Benyamin Netanyahu soñó durante décadas con el momento en que un presidente estadounidense aceptara ir estúpidamente a la guerra contra Irán sin una estrategia clara de salida.

Trabajó incansablemente en favor de ese objetivo. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que a veces es preferible que ciertos deseos no se concreten, porque la realidad suele imponer matices y consecuencias inesperadas. La llamada “Guerra de los Doce Días” no parece haber sido una lección suficiente, como tampoco lo fue la frustrada Operación “Mahsa Amini 2.0”. Hace días, Netanyahu —o su clon IA— llegó a presentar a Israel como una “potencia global”. Puede que lo sea, en todo caso, en materia de tráfico de influencias. Pero ahora el abusador escolar debe enfrentarse a un adversario de su propio tamaño y está pasando algo imprevisto: los misiles iraníes impactan sin cesar en sus ciudades y… ¡oh! ¡mueren los suyos!

Ten cuidado con lo que deseas, Bibi…


La pregunta entonces es inevitable: ¿qué plan B tiene Israel si Estados Unidos decide en algún momento decir “enough for me” y retirarse con una salida “honorable”? Los israelíes, a diferencia de Washington, deberán seguir viviendo en la vecindad (aunque Milei les ofrezca la Patagonia).

Si, guiados por una lógica de escalada extrema, llegaran a emplear armas nucleares contra Irán —escenario que considero plausible—, el resultado podría ser una rápida proliferación nuclear en la región, con países como Turquía y Arabia Saudita buscando dotarse de capacidades equivalentes, por no especular además con las posibles reacciones de Pakistán, Rusia y China.

Por otra parte, si ello sucediese, la cobertura moral derivada del recuerdo del Holocausto —invocada durante décadas de manera diplomática y mediática— ya bastante deslegitimada por el genocidio de los gazatíes, podría quedar definitivamente erosionada si se produjera una escalada nuclear. El contexto internacional ya no es el de 1945, y una acción de ese tipo podría provocar una repulsión generalizada incluso dentro de Estados Unidos. Además, si la destrucción masiva abriera una hendija para la represalia, conviene recordar que Irán posee la capacidad técnica para desarrollar ojivas nucleares en un plazo relativamente corto.

En cuanto a Irán, es evidente que está sufriendo una devastación de enorme magnitud. La guerra no sólo está dañando gravemente sus infraestructuras, sino que también está diezmando a su población y provocando una severa degradación ambiental. Sin embargo, hasta el momento la autoridad del Estado y su organización política permanecen en pie, al igual que un nivel significativo de cohesión y apoyo social. No nos olvidemos que esta nación enfrentó ocho años de guerra contra los ejércitos de Saddam Hussein en condiciones muy desfavorables… y nunca cayó.

Por ahora no se observan en el horizonte insurgencias internas ni milicias subrogadas, aunque es previsible que Estados Unidos y Israel intenten fomentar procesos de subversión apoyándose en minorías o tensiones periféricas —como las que involucran a kurdos o baluchis— o incluso recurriendo a organizaciones como Al-Qaeda. No obstante, no me canso de decirlo, Irán libra una guerra de carácter existencial: combate en su propio territorio, en defensa de su población, de sus familias y de su suelo. Esa condición implica una movilización material y psicológica de enorme intensidad.


  1. El espantoso ataque con un misil Tomahawk contra la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh, en la ciudad de Minab (provincia de Hormozgan), dejó un saldo de 168 muertos, 104 de ellos niñas alumnas, de 7 a 12 años. En el artículo anterior señalé que las bajas ascendían a 85, pero el recuento final elevó trágicamente la cifra hasta ese total. Lejos de disculparse, Estados Unidos sostuvo que “solamente Irán mata civiles” y llegó incluso a acusar, de manera desvergonzada, a Teherán de poseer “misiles parecidos a los Tomahawk”. ↩︎

  2. Resulta llamativo que los medios estadounidenses hayan consagrado el ataque japonés sorpresa contra Pearl Harbor como el ‘Día de la Infamia’, mientras guardan silencio frente a este segundo ataque sorpresivo israelo-estadounidense, perpetrado en pleno desarrollo de negociaciones diplomáticas y que, además, implicó el descabezamiento de la cúpula político-religiosa y militar mediante una serie de magnicidios. ↩︎

  3. Véase «Netanyahu y el ocaso de la legalidad internacional», «Irán aún resiste» y «Se abrió la Caja de Pandora». ↩︎

  4. Véase «La guerra de inflexión» ↩︎

  5. Mickey Knox y Mallory Knox son los protagonistas de la película Natural Born Killers (1994), dirigida por Oliver Stone. Se trata de una pareja desquiciada que recorre Estados Unidos cometiendo una serie de asesinatos brutales mientras los medios de comunicación los convierten en una suerte de celebridades criminales. La película funciona, en gran medida, como una sátira sobre la glorificación mediática de la violencia.
    En el ámbito internacional, pocos actores encajarían mejor en ese sambenito que Estados Unidos y su estrecho aliado israelí. ↩︎

  6. Me refiero a Emiratos Árabes Unidos. Las características estructurales del país —un sistema financiero extremadamente abierto que facilita la creación de compañías, la apertura de cuentas y la rápida circulación de capitales internacionales—, sumadas a la proliferación de zonas francas donde la regulación y el control sobre los beneficiarios reales resultan particularmente laxos, el auge de un mercado inmobiliario de lujo que con frecuencia funciona como vehículo para blanquear fondos provenientes de la corrupción, la evasión fiscal o el crimen organizado, y su posición geográfica como nodo logístico global que articula Asia, África y Europa —facilitando complejos flujos financieros transnacionales—, le confieren a Emiratos Árabes Unidos las condiciones típicas que suelen asociarse a centros internacionales de lavado de dinero.
    De hecho, en 2022 el organismo internacional encargado de monitorear la lucha contra el blanqueo de capitales, la
     Financial Action Task Force (FATF/GAFI), incluyó al país en su denominada “lista gris”, señalando deficiencias significativas en sus mecanismos de prevención y control del lavado de activos y la financiación ilícita. ↩︎

  7. En su libro The Gathering Storm (1948), al hablar de los acontecimientos de 1938, Churchill dijo que Polonia actuó “con el apetito de una hiena” cuando participó en el desmembramiento de Checoslovaquia. De hecho, en 1938 ocurrió el Acuerdo de Múnich por el cual Adolf Hitler anexó los Sudetes de Checoslovaquia. Aprovechando la situación, Polonia ocupó la región de Teschen (Cieszyn Silesia). Churchill criticó que Polonia, en vez de oponerse al expansionismo alemán, aprovechara la crisis para quedarse con una parte del “botín”, de ahí la metáfora de la hiena (un animal que se alimenta de restos). ↩︎

  8. No es la primera vez que Narendra Modi tiene ese comportamiento repudiablemente pendulante: durante la cumbre de la OCS en Samarcanda, Uzbekistán, los días 15 y 16 de septiembre de 2022, Modi retó a Vladimir Putin espetándole que “la era de hoy no es de guerra”. Modi estaba en conversaciones con Estados Unidos, Emiratos Árabes e Israel para diseñar el Corredor IMEEC, que luego lanzaría en la Cumbre del G20 de New Delhi, los días 9 y 10 de septiembre de 2023. Cuando Modi regañó a Putin, las tropas rusas estaban replegándose en el frente. Cuando Modi lanzó el IMEEC empezaba la ofensiva de verano ucroatlantista. Sin embargo, ante el fracaso de dicha ofensiva, Modi se amansó y cambió radicalmente su actitud para con Rusia. Los días 8 y 9 de julio de 2024 se dirigió entonces a Moscú a suscribir una Asociación Estratégica. Véase «El dilema indio». ↩︎

  9. Dice: «Jameneí, una de las personas más malvadas de la Historia, está muerto. Esto no es solo justicia para el pueblo de Irán, sino para todos los grandes estadounidenses y para aquellas personas de muchos países del mundo que han sido asesinadas o mutiladas por Jameneí y su banda de matones sedientos de sangre. No pudo evitar nuestros sistemas de inteligencia y de seguimiento altamente sofisticados y, trabajando estrechamente con Israel, no hubo nada que él, ni los otros líderes que han sido asesinados junto con él, pudieran hacer. Esta es la mayor oportunidad para que el pueblo iraní recupere su país. Estamos escuchando que muchos de su IRGC, militares y otras fuerzas de seguridad y policía ya no quieren luchar y están buscando inmunidad para Estados Unidos. Como dije anoche: “Ahora pueden tener inmunidad; más tarde solo obtendrán ¡Muerte!”. Con suerte, el IRGC y la policía se fusionarán pacíficamente con los patriotas iraníes y trabajarán juntos como una unidad para devolver al país la grandeza que merece. Ese proceso debería comenzar pronto, ya que no solo ha muerto Jameneí sino que el país ha quedado, en apenas un día, muy destruido e incluso obliterado. El bombardeo pesado y de precisión, sin embargo, continuará sin interrupciones durante toda la semana o mientras sea necesario para lograr nuestro objetivo de PAZ EN TODO EL MEDIO ORIENTE Y, DE HECHO, ¡EN TODO EL MUNDO!» ↩︎

  10. La Anti-Defamation League (ADL), anteriormente conocida como Anti-Defamation League of B’nai B’rith, es una organización internacional de defensa y promoción con sede en New York fundada en 1913 con el propósito declarado de combatir el antisemitismo, así como otras formas de intolerancia y discriminación. La ADL también es conocida por su defensa y apoyo a Israel. ↩︎

  11. Baréin es un emirato poblado por mayorías chiitas. En febrero de 2011 hubo revueltas en Manama solicitando una monarquía constitucional real, un parlamento con poder efectivo y el fin de la discriminación sectaria. En marzo, el gobierno solicitó ayuda militar al Consejo de Cooperación del Golfo. Tropas saudíes y emiratíes ingresaron al país y sofocaron las manifestaciones.