sábado, 28 de febrero de 2026

La vergüenza de ser fascista


Una agenda social fracasa si su ejecución y su mensaje son más débiles que el ataque de quienes buscan destruirla.











La izquierda tiene una pasmosa capacidad para convertir problemas cóncavos, que deberían estar más bien curvados al interior de sus organizaciones, en soluciones convexas, ofrecidas como fórmulas mágicas para resolver tales problemas. Desde luego, la unidad de acción  entre las izquierdas es muy conveniente. Un programa político riguroso puede revelar profundidad teórica. Y el arraigo territorial dota de consistencia a las organizaciones. Pero nada de esto asegura, por sí mismo, el acierto ni la claridad de las propuestas políticas. Ya sabemos que hay agregados que no suman, el papel todo lo aguanta y la implantación local es condición absolutamente necesaria, pero nunca suficiente. La clave está en cómo articulamos dichos elementos: unidad, programa, territorios, ¿para hacer exactamente qué?

¿Cómo interpelar a la gente común, huyendo de la logorrea tanto como del sainete? ¿Cómo hacerse eco de sus dolores, canalizar la rabia, derrotar la angustia del fin de mes y demostrarles que su vida verdaderamente importa? La política no es sino el incesante conflicto entre visiones sociales que procuran dar nombre, forma y sentido a la vida compartida. Y es precisamente en este punto decisivo donde la izquierda suele confundir la pregunta que ha de formularse. Porque no se trata, en primer término, de identificar cuál es el error, la ilusión o la falta de conocimiento que genera efectos de dominación. La cuestión es cómo dislocar determinadas relaciones de poder para hacer efectivos otros mundos posibles. Así, de un diagnóstico crítico —por muy certero que este sea—no se deduce mecánicamente una práctica transformadora. Por decirlo de otra manera: el conocimiento de las injusticias no conlleva necesariamente el anhelo de combatirlas. La denuncia no sirve si no moviliza. Una agenda social fracasa si su ejecución y su mensaje son más débiles que el ataque de quienes buscan destruirla. En el siglo XVII, un pulidor de lentes, Baruch Spinoza, lo enunciaría con precisión geométrica: “ningún afecto puede ser reprimido sino por un afecto más fuerte y contrario al afecto que ha de ser reprimido”.

Es muy probable que las derechas se alimenten del raquitismo de las izquierdas. Que su audacia se mida por la tibieza reformadora. Pero lo es también que representan una reacción contra sus mayores conquistas sociales. De hecho, sendas hipótesis son las dos caras de una misma moneda. Lo crucial es el canto. De ahí que, en lugar de vacilar respecto a sus contenidos, las izquierdas han de afirmarlos con mayor intensidad y coherencia; ampliarlos sin concesiones e investirlos de una energía capaz de reorganizar el campo político. En esta nueva singladura, las convicciones morales serán las mismas, pero actualizadas las cartas de navegación. Se mantendrá el pulso por los ideales emancipatorios, pero será reajustado el utillaje y recobrada la alegría. Este es el tono anímico que, a mi juicio, la situación exige.

A fin de cuentas, no tenemos derechos por ser humanos, sino por demostrar que podemos ejercer esos derechos. Lo que implica que reducir brechas y superar agravios supone anudar frentes de acción. En este empeño- como evoca Angela Davis– no bastará con no ser racista; habrá que ser antirracista, esto es, organizarse para erradicar cualquier forma de exclusión racial. Será insuficiente verbalizar la igualdad entre hombres y mujeres; habrá que hacerla real evidenciando así la potencia feminista. Se requerirá algo más que apelar a la tolerancia y celebrar retóricamente la diversidad sexual; deberemos desmontar, ladrillo a ladrillo, con nuestros comportamientos, los cimientos de la cultura heteronormativa y patriarcal. Porque- nuevamente de la mano de Spinoza– “sólo una torva y triste superstición puede prohibir el deleite”. Y será el alumbramiento de  alternativas económicas que distribuyan equitativamente la riqueza, lo que evidenciará- y no al revés- que, lejos de crear riqueza, el capital bloquea una y otra vez la producción de riqueza común.

Ante el miedo que las derechas quieren inocularnos, urge adelantarse y cambiar el marco para disputar el sentido en un escenario incierto. Entreguémonos a esa causa antes que a lemas esclerotizados. Nos corresponde imaginar otras formas de vida buena, organizando activamente la paz y la esperanza. Frente al resentimiento que conduce a la autoflagelación, sintamos el orgullo de quienes desean ser igualmente libres. Si hubiera que trazar el horizonte que nos orienta, bien podría ser este: planifiquemos colectivamente un modelo económico-político —al mismo tiempo factible y disruptivo—que respete el techo ecológico del planeta mientras asegura un suelo de derechos sociales para todo el mundo, sin exclusiones. De su realización dependerá que ser fascista vuelva a dar vergüenza.