domingo, 22 de febrero de 2026

Desplome del dólar y Caracas bombardeada



Lo que presenciamos aquel fatídico sábado no fue sólo una demostración de fuerza omnipotente, sino el síntoma violento de una debilidad estructural: el imperio recurre al empleo de una criminal acción bélica porque ha perdido la capacidad de disciplinar al mundo mediante el papel moneda.

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Cuando el polvo y el humo comenzaron a disiparse, con el resultado de más de cien muertos y el secuestro del Presidente constitucional Nicolás Maduro y de su esposa, la Diputada de la Asamblea nacional, Cilia Flores, tras el bombardeo de fuerzas militares de los Estados Unidos el pasado 3 de enero en Venezuela, la narrativa oficialista occidental se apresuró, como un resorte automático, con su retórica habitual cínica y falsaria, actuando como plañidera por la “muerte” del derecho internacional, a dar por consumado la acción terrorista de los Estados Unidos y propugnar “la transición” en Venezuela. Sin embargo, para quien observa la historia no como una sucesión de acontecimientos accidentales, sino como una totalidad dinámica donde la economía y la política son el anverso y reverso de la misma moneda, las explosiones en Caracas no solo traen causa en los despachos del Pentágono, sino, también, en los libros de contabilidad de la Reserva Federal. Lo que presenciamos aquel fatídico sábado no fue sólo una demostración de fuerza omnipotente, sino el síntoma violento de una debilidad estructural: el imperio recurre al empleo de una criminal acción bélica porque ha perdido la capacidad de disciplinar al mundo mediante el papel moneda.

Para entender los bombardeos de 2026 en Venezuela y el asedio naval a la que está sometida por los Estados Unidos, hay que mirar los números y datos económicos que los preceden. Este 12 de enero se difundió en medios especializados: Un informe reciente, basado en datos de The Kobeissi Letter, arroja una luz cruda sobre el pánico silencioso que recorre Wall Street y Washington. La participación del dólar estadounidense en las reservas de divisas globales se ha desplomado hasta rozar el 40%, su nivel más bajo en más de dos décadas. No estamos ante una fluctuación cíclica, sino ante una hemorragia histórica: una caída de 18 puntos porcentuales en diez años.

Pero el dato que verdaderamente hiela la sangre en los mercados, y que explica la huida hacia adelante militar, es el de la solvencia del emisor. La deuda pública de Estados Unidos supera ya la inasumible cifra de 38 billones de dólares. Estamos ante una montaña de capital ficticio que crece sin control, sostenida únicamente por la inercia y la coacción política, mientras el valor índice del dólar perdía un 9,4% en el último año. El sistema financiero internacional, tal y como se diseñó en Bretton Woods, se está disolviendo ante nuestros ojos bajo el peso de esta deuda impagable.

La correlación es ineludible. Mientras el hegemón se ahoga en sus propios pasivos, el mundo busca refugio en lo tangible. El oro ha escalado hasta representar el 28% de las reservas mundiales, superando ya la suma combinada de todo lo que los bancos centrales atesoran en euros, yenes y libras esterlinas. Este retorno al metal no es un fetichismo arcaico; es una moción de censura material contra esos 38 billones de deuda y la volatilidad política de Washington. Los bancos centrales están diversificando no por capricho, sino por supervivencia, huyendo de una moneda, el dólar, que se ha convertido en una herramienta jurídica de sanción y bloqueo administrativo.

Es aquí donde Venezuela deja de ser un lugar geográfico en el mapa para convertirse en el epicentro de la contradicción principal de nuestro tiempo. La agresión del 3 de enero no puede desligarse de la realidad de que el bloque BRICS controla ya el 42% de las reservas globales y promueve activamente mecanismos de liquidación ajenos al sistema financiero SWIFT. Si Venezuela, con las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, acelera su integración efectiva en estos circuitos de intercambio en monedas locales o respaldadas en oro, el golpe al petrodólar sería definitivo. La hegemonía, entendida como la capacidad de dirección intelectual y moral basada en el consenso, ha desaparecido para Estados Unidos; solo le queda desatar la barbarie con el ejercicio bruto de la dominación.

El bombardeo actúa, por tanto, bajo una doble naturaleza dialéctica. En primera instancia, es una respuesta reactiva ante el declive fiscal y monetario. La incapacidad de Estados Unidos para sostener su dominio mediante la exportación de bienes —su participación en la producción global lleva tres décadas en descenso— o mediante la fiabilidad de su deuda, le obliga a intentar «resetear» el tablero mediante el caos. La guerra se convierte en el último recurso para frenar la velocidad de circulación de las alternativas monetarias.

Sin embargo, y aquí radica la tragedia estratégica de la operación, la acción militar del 3 de enero opera inmediatamente como causa aceleradora de la propia decadencia que pretendía detener. Al militarizar el conflicto de esta manera, Washington confirma la tesis que Pekín y Moscú llevan años poniendo sobre la mesa: la interdependencia con el dólar es un riesgo de seguridad nacional inasumible. Cada bomba caída en suelo venezolano convence a una docena de bancos centrales en el Sur Global de que sus reservas en dólares pueden ser congeladas o devaluadas en cualquier momento por una decisión política arbitraria o por la insolvencia de una potencia endeudada hasta el cuello.

La reducción de los préstamos transfronterizos en dólares por parte de bancos chinos y el auge del comercio bilateral en el seno de los BRICS dejarán de ser tendencias graduales para convertirse en imperativos de urgencia. Lo que el informe financiero describe como una «erosión gradual», probablemente se transformará, a raíz de este ataque, en una ruptura precipitada.

En conclusión, el ataque a Venezuela no inaugura un nuevo orden, sino que certifica el colapso del antiguo. Es la manifestación física de una quiebra abstracta. Estados Unidos ha demostrado que está dispuesto a quemar el derecho internacional y la soberanía de las naciones porque su propia soberanía económica, lastrada por 38 billones de deuda, se está desmoronando. La historia nos enseña que los imperios son más peligrosos cuando entran en su fase de descomposición, y el 3 de enero de 2026 quedará marcado no como el día en que se demostró la fuerza de Occidente, sino como el día en que su debilidad financiera se tradujo en bombardeo a ciudades venezolanas, destrucción, secuestro de un Jefe de Estado y muerte.

Sin embargo, la historia no es un guion cerrado ni una fatalidad escrita en los despachos del Pentágono. Si bien el bombardeo del 3 de enero busca sembrar el pánico y la parálisis, su efecto dialéctico suele ser el despertar de una conciencia colectiva que ya no encuentra acomodo en el viejo orden. El desplome de la hegemonía del dólar, más que un fin de época, es la apertura de una oportunidad histórica para la soberanía real. Estamos a tiempo de revertir la lógica de la violencia si el Sur Global, con Venezuela como símbolo de resistencia y con la referencia de Cuba, acelera la construcción de ese mundo multipolar donde el intercambio sea un puente y no un arma. La reversibilidad de esta crisis no vendrá de la buena voluntad del emisor de deuda, sino de la firmeza de las naciones, con sus pueblos, para edificar una arquitectura financiera que priorice la Paz, la vida y la producción sobre la especulación y la guerra.