Es medio siglo desde la muerte de Mao Tse-Tung (1893-1976), y con ello, se antoja reflexionar acerca del por qué el maoísmo se convirtió en un paradigma dentro del marxismo, eludiendo quedar relegado a un fenómeno nacional circunscrito a la China del siglo pasado. A nuestro juicio, y para abreviar una discusión que supera con creces lo expuesto en un par de páginas, el atractivo del maoísmo se debió a tres factores que le dieron un carácter distintivo: su momento de irrupción, su lenguaje y la estrategia revolucionaria.
El momento de irrupción
El maoísmo emerge en un momento histórico en el que el marxismo —sobre todo en el terreno de la teoría y no tanto en el de la práctica— estaba estancado por las interminables pugnas entre trotskistas y estalinistas. Los primeros creían que los segundos habían traicionado a la clase obrera; y estos últimos consideraban que los primeros eran unos renegados del socialismo científico. Esta disputa político-ideológica entre los diádocos de Lenin dejaba muy poco lugar para posiciones «intermedias» o «alternativas». En otras palabras, o se estaba con Trotsky o con Stalin. Sin embargo, ¿qué pasaba con los militantes y las organizaciones que no lograron convencerse de ninguna de las dos posturas?
Con la proclamación de la República Popular China (1949), la divulgación internacional del pensamiento de Mao y el inició de la Revolución Cultural, se respiran «aires frescos» alejados del occidentalismo que había caracterizado al marxismo oficial. Sólo en este sentido, el maoísmo es la primera adaptación de la teoría marxista al Tercer Mundo que tuvo un alcance global con independencia de su espacio de enunciación. Su atractivo pronto se hizo patente en todos lados: desde las aulas de La Sorbonne en París, hasta las montañas del Ayacucho en el Perú, pasando por la Bengala Occidental en la India, para llegar al Partido de la Guardia Roja en los EE. UU. El sesenta y ocho fue el acontecimiento fundacional del maoísmo y la multiplicación de la lucha armada guerrillera durante los setentas, su prueba de fuego. En ambos casos, se trató de la irrupción de una tendencia intransigente, violenta, y necesaria, en la que nuevas generaciones de comunistas —los «jóvenes iracundos», tal y como Darcy Ribeiro los llamó— decidieron pasar a la acción por encima de las convenciones partidarias y los formalismos asfixiantes que emanaban de ellas.
El lenguaje
A diferencia de Marx, Engels y Lenin —y no se diga de otros marxistas posteriores— Mao escribió en un tono sencillo, ameno y directo. Si en la Rusia zarista el panorama estaba en contra de los bolcheviques y las demás fuerzas insurgentes, en la China imperial las condiciones eran de mayor adversidad. Concretamente, los comunistas chinos se enfrentaban a la ardua tarea de transformar una guerra civil que había desgajado al país por décadas, en una guerra popular revolucionaria orientada a la construcción del socialismo. Las fuerzas motrices de la revolución eran preponderantemente campesinas y analfabetas. Mao entendía que tenía que «mover las montañas» para hacer entendible el programa revolucionario a las masas explotadas, y que para ello, no habría otra alternativa más que adoptar su línea. Las comunicaciones orales y escritas de Mao tienen pues un estilo muy particular: combinan máximas morales —algo muy arraigado en la cultura china desde los tiempos de Lao Tzu, Confucio y Mozi—, con los preceptos científicos del materialismo histórico y las condiciones histórico-concretas de China.
No en vano el filósofo francés Alain Badiou consideró a Mao Tse-Tung el «más dialéctico de los marxistas». Los textos más leídos del revolucionario chino no son amplios tratados de economía o voluminosos escritos de sociología política, sino reflexiones breves para andar como pez en el agua. Hay un loable intento por hacer lo complejo simple y lo abstracto concreto conforme al imperativo de pensar dialéctica y correlacionalmente la contradicción esencial y las contradicciones secundarias de la realidad social y el pensamiento. Se demuestra, en consideración de lo anterior, que la teorización marxista no está peleada con una virtud que es cada vez más escasa, la sencillez.
La estrategia revolucionaria
Los clásicos del marxismo tenían una orientación obrerista por más que hoy existan intelectuales que traten de exculparlos, al intuir palabras más, palabras menos, que: «[…] en algún texto menor, poco conocido, podemos ver como sí se preocuparon por lo indígena, lo campesino, lo popular, etc.». Pero lejos de repartir falsas responsabilidades, habría que comprender más bien su horizonte de visibilidad de conformidad al momento histórico que les tocó vivir. Marx y Engels eran resueltos partidarios de la insurrección proletaria en las grandes ciudades; Lenin, Rosa Luxemburg, Plejánov, Trotsky y Stalin comenzaban a tomarse en serio la alianza obrero-campesina, pero aún bajo la indiscutible dirección del proletariado urbano; Gramsci también fue un decidido defensor de la dirección revolucionaria de la clase obrera, aunque su planteamiento de la subalternidad abría todavía más las alianzas clasistas que sus antecesores.
Con Mao, la vanguardia se invierte del proletariado al campesinado —por lo menos en el ámbito concreto de la práctica revolucionaria— y a la construcción del socialismo le anticipa una democracia de las «cuatro clases» a saber: el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía y la burguesía nacional. De acuerdo a la perspectiva maoísta, los países del Tercer Mundo tienen una doble dificultad en su transición hacia el socialismo en comparación con aquellos países de capitalismo avanzado; tienen que luchar al mismo tiempo contra el colonialismo y el capitalismo en su fase imperialista. Y para ello, no es suficiente la acción política obrero-campesina. También tienen que participar los sectores de la burguesía que estén interesados en romper con su situación de dependencia con miras a la posibilidad de ensayar una política de corte nacionalista.
Más allá de estar de acuerdo o no con la colaboración táctica con algunas capas de la burguesía, lo interesante de la propuesta maoísta de la «Nueva Democracia» es que resuelve una indeterminación teórica que Marx y Engels habían dejado al vacío: la posibilidad de que entre el capitalismo y el socialismo pudiera haber una etapa intermedia a modo de puente entre ambos modos de producción.
En conclusión, la tercera espada del marxismo continúa teniendo gran pertinencia y relevancia en los tiempos actuales, no solo por qué el Estado nacional más poderoso del mundo se erige sobre su doctrina, sino porque hay en su pensamiento elementos vivos para examinar críticamente las persistencias neocoloniales y la viabilidad de superar dichas vicisitudes por la vía de una política coherente y ad hoc a cada formación económico-social en consonancia con las estructuras de clase que estas reproducen.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
