Cierta la crítica en muchos aspectos menos en el realismo de la actual situación política, porque la crítica a la socialdemocracia y a la derecha se hace por separado y decir que el PSOE de Pedro Sánchez es el mismo que el PSOE de Felipe González, es vivir anclado en la metafísica del pasado siglo XX obviando de forma mecanicista, el análisis concreto de la realidad concreta del marxismo leninismo. No se trata de quedarse uno ancho después de soltar todo lo que tiene guardado se trata, de orientar con tácticas que ayuden a unir a la clase obrera, a elevar su conciencia política de clase y a organizarla sindical y políticamente. Decir que el PSOE de Pedro Sánchez representa igual que los del PP y VOX a la oligarquía española subordinada al yanqui, es no solo no haber entendido nada de lo sucedido desde la caída del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, con la ruptura por la oligarquía española del pacto social de la transición, es cometer un error estratégico fundamental y más ahora, insertos en un proceso electoral que nos jugamos todo lo ganado desde el 2018 con el gobierno de coalición.
La situación de minoría parlamentaria del gobierno e incluso la de Pedro Sánchez entre los dirigentes institucionales del PSOE, debiera obligar a los comunistas a hilar bien fino dejando los trazos gruesos para la derecha y fascistas. El gobierno de Pedro Sánchez depende del apoyo del nacionalismo de derechas de la mediana y pequeña burguesía vasca y catalana, que por razones históricas huye de la derecha nacionalista española, pero eso no quiere decir que esa derecha sea tonta y más ahora, que ambas están perdiendo influencias por la izquierda nacionalista, cosa que les obligará más tarde o temprano a definirse sobre sus intereses de clase o nacionales y ya lo están haciendo. Los socialistas son conscientes, de que solo con Pedro Sánchez tienen la posibilidad de un gobierno del PSOE por su unidad táctica con la izquierda reformista, y conscientes que cualquier acuerdo de gobierno con la derecha significa la derrota como en Francia, Italia o Alemania y Pedro Sánchez, es consciente de que la única posibilidad de gobierno lo tiene apoyándose en la izquierda reformista y que para eso, en los tiempos en crisis donde el poder financiero no va a ceder nada sin que la movilización social en la calle los obligue, solo le queda guardar el equilibrio interno del PSOE con el apoyo de la militancia, pero sin el apoyo mayoritario de los dirigentes institucionales de tendencias neoliberales, a lo que hay que añadir, el equilibrio en la gobernanza legislativa con la derecha nacionalista, más el equilibrio con la izquierda reformista y sindicatos mayoritarios de clase, donde los avances en pequeñas reformas son muy necesarios para mantener el gobierno y para la unidad y confluencia de la izquierda.
Por eso las reflexiones se deben hilar fino y sin idealismos infantiles, sabiendo leer las diferenciaciones en los detalles más que en las palabras, como por ejemplo el desarrollo de armamento de matriz nacional o europeo sin aumentar la dependencia de la matriz yanqui o el acuerdo con Argelia más que las cesiones ante el sátrapa marroquí, y estas tendencias son la que indican la línea del gobierno progresista en una tendencia soberanista, como bien saben leer los países del Sur Global y los palestinos con su apoyo y los dependientes del yanqui con sus críticas, semejantes a la de las derechas española y las oligarquías financieras europeas y occidentales. Y esto no quita espacio ni valor sino que los da, a las tareas de los comunistas con respecto al momento actual de insertarnos entre la clase obrera, para conseguir la hegemonía en disputa con la burocracia socialdemócrata y el posibilismo y ganarla para la lucha contra el fascismo y la guerra, como táctica para impedir en las próximas elecciones con la unidad por principios de la clase obrera, del pueblo y la confluencia electoral de la izquierda en pacto con el PSOE como partido del pueblo, impedir la entrada en el gobierno de la extrema derecha y el fascismo: porque no somos el ala crítica de la socialdemocracia ni la izquierda, somos la alternativa de poder de mañana de la clase trabajadora. Nota de Alonso Gallardo
Ilustración por IA: Fernando Francisco Serrano.
En España, el llamado “realismo político” se ha convertido en una estafa intelectual repetida con solemnidad por quienes no entienden lo que pronuncian. Se usa como palabra talismán, como muletilla académica, como etiqueta que da prestigio sin exigir comprensión. Pero su función real es otra: fabricar obediencia.
Síguenos en Hojas de Debate
Lo grotesco es que muchos de sus defensores no saben lo que significa. Confunden una teoría elaborada por los ideólogos de las grandes potencias, los arquitectos intelectuales del dominio estadounidense y europeo, con un manual de instrucciones para países subordinados que deben callar y obedecer. El realismo político no dice que España deba agachar la cabeza; dice que las potencias actúan sin moral. Pero aquí se ha convertido en la coartada perfecta para legitimar la sumisión estatal. No es realismo: es servilismo con pretensiones académicas.
Este catecismo imperial se presenta como análisis riguroso, pero su función es disciplinar a la población para que acepte sin rechistar el orden existente. Se predica que el Gobierno —sea del PSOE o del PP— actúa con sabiduría cuando calla, traga y sonríe ante las agresiones de Marruecos o ante las exigencias de Washington y Bruselas.
La obediencia se disfraza de prudencia; la sumisión, de madurez institucional. Es la pedagogía del siervo: la enseñanza de que la dependencia es virtud, la sumisión es estrategia y la obediencia es sentido de Estado. El realismo político, convertido en dogma, sirve para que la ciudadanía interiorice que España no debe aspirar a soberanía, sino a gestionar correctamente su subordinación.
La frontera sur de Europa es el ejemplo perfecto de esta liturgia. No es un espacio diplomático, sino una infraestructura imperial diseñada para blindar el acceso al Mediterráneo, controlar rutas energéticas y comerciales, contener la migración africana y sostener el orden neocolonial en el Magreb y el Sahel.
Marruecos cumple el papel de gendarme externalizado: la UE y EE.UU. lo financian, lo arman y lo legitiman para que haga el trabajo sucio. La monarquía marroquí no es un actor soberano, sino un instrumento del capital occidental. Y cuando la academia española defiende la “prudencia” del Gobierno ante las agresiones marroquíes, lo que está defendiendo es esta arquitectura de dominación. Es imperialismo con bata blanca, el tipo de imperialismo que se enseña en PowerPoint y se celebra en congresos universitarios.
La migración, presentada como arma marroquí, es en realidad producto del saqueo. La perspectiva marxista recuerda lo que el discurso liberal oculta: que la migración masiva desde África es consecuencia directa de la extracción de recursos, de las cadenas globales de valor, de la destrucción de economías locales y de las guerras promovidas por Occidente.
Europa crea el incendio, Marruecos gestiona el humo, y la academia culpa al humo para no hablar del fuego. Es una forma elegante de culpar al subordinado para ocultar al responsable. El realismo político, mal entendido, convierte esta injusticia estructural en un asunto técnico, como si la historia no existiera y la explotación no tuviera autores.
La misma hipocresía se observa en el caso de Ucrania, convertido en la guerra proxy más descarada de nuestro tiempo. Se repite el relato moralista de la defensa de la democracia, pero se oculta que el conflicto beneficia sobre todo al capital estadounidense y a las oligarquías europeas dependientes, mientras arruina a los pueblos del continente.
Europa se ha convertido en un peón sacrificado: energía disparada, industria debilitada, inflación crónica y una dependencia militar de Washington que hace imposible cualquier proyecto autónomo. Se llama “solidaridad”, pero es subordinación; se llama “defensa de valores”, pero es obediencia estratégica.
La guerra no ha fortalecido a Europa: la ha encadenado. Y la academia que aplaude esta “altura de miras” es la misma que bendice la sumisión ante Marruecos: cambia el escenario, pero no la función ideológica. El realismo político, convertido en catecismo, sirve para justificar que Europa actúe como vasallo mientras se proclama como potencia moral.
Aquí aparece la parte que jamás se menciona en los análisis académicos: la política exterior española no cambia con el color del Gobierno. Cambia el envoltorio, pero no el contenido.
El PSOE vende la subordinación con lenguaje inclusivo, multilateralismo y sonrisas institucionales. El PP la vende con uniforme, bandera y discursos de “orden y seguridad”. Pero ambos sostienen exactamente lo mismo: externalización del control migratorio, legitimación del régimen marroquí, militarización del Mediterráneo, ocupación del Sáhara Occidental, alineamiento acrítico en la guerra de Ucrania y subordinación a la UE y a EE.UU.
La socialdemocracia y la derecha no son polos opuestos: son dos marcas del mismo detergente ideológico. Uno promete suavidad, el otro promete fuerza, pero ambos lavan la misma ropa: los intereses del capital. El realismo político, convertido en dogma, sirve para que esta continuidad parezca sensatez y no obediencia.
La academia, en este contexto, funciona como aparato ideológico del régimen. Cuando un profesor universitario afirma que el Gobierno “hace lo correcto” al callar ante las agresiones marroquíes o al alinearse sin fisuras en la guerra de Ucrania, está normalizando la subordinación de España, blanqueando el autoritarismo ajeno y convirtiendo la política exterior en un asunto técnico para evitar el debate democrático.
Ese discurso no es análisis: es propaganda de Estado. Y lo más irónico es que estos académicos se presentan como “críticos”, cuando en realidad son los monaguillos del consenso imperial, los encargados de explicar a la ciudadanía que la obediencia es sensatez y que la sumisión es madurez institucional.
La crítica marxista no se limita a señalar errores: rompe el marco entero. Porque el realismo político es la máscara del imperialismo; la prudencia, la obediencia; Marruecos y Ucrania, instrumentos y no socios; y PSOE y PP, dos caras del mismo proyecto del capital.
La academia que legitima este orden no es neutral: es cómplice. Y la tarea del pensamiento crítico no es justificar la sumisión, sino desenmascarar la estructura que la produce y señalar sin miedo a quienes la sostienen.