José Manuel Rivero, abogado y analista político 17 de septiembre de 2026
Quienes sigan leyendo a los BRICS como un club de economías emergentes sin proyecto común se equivocan de época. Lo que aquí se articula es otra cosa: la voluntad de un conjunto de países de dejar de ser objeto de la historia para convertirse en sujeto.
Síguenos en Hojas de Debate
Antes de entrar en materia: he revisado con detenimiento los 140 apartados o puntos de la Declaración de la XVIII Cumbre de los BRICS —grupo integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— y no existe mención alguna, lamentablemente, a Venezuela, a los bombardeos imperialistas del 3 de enero ni al secuestro de Nicolás Maduro, ni a Cilia Flores. El texto guarda silencio absoluto sobre esa cuestión. Lo dejo constancia para evitar interpretaciones erróneas: lo que no está, no está, y forzarlo sería un ejercicio de imaginación, no de análisis. Dicho esto, paso al comentario.
Hay documentos que no se leen por lo que dicen, sino por lo que anuncian. La Declaración de la XVIII Cumbre de los BRICS, adoptada en Nueva Delhi los días 12 y 13 de septiembre de 2026, pertenece a esa categoría. Sus 140 apartados no son una simple enumeración de buenas intenciones diplomáticas. Son la expresión escrita de un desplazamiento tectónico que lleva décadas gestándose y que ahora encuentra su traducción política. Quienes sigan leyendo a los BRICS como un club de economías emergentes sin proyecto común se equivocan de época. Lo que aquí se articula es otra cosa: la voluntad de un conjunto de países de dejar de ser objeto de la historia para convertirse en sujeto.
El texto se abre con el habitual repaso de principios —respeto mutuo, igualdad soberana, solidaridad, consenso— pero pronto abandona la retórica ceremonial para entrar en materia. La reforma de la gobernanza global ocupa un lugar central. No se trata de una petición de inclusión en el orden existente, sino de una reconfiguración de sus reglas. La declaración reclama una reorganización profunda de las instituciones de Bretton Woods —es decir, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, creados en 1944—, exige que la voz y la representación de los países emergentes y en desarrollo reflejen su peso real en la economía mundial, y denuncia el uso de sanciones unilaterales como instrumento de dominación. La mención a la subrepresentación de África, Asia y América Latina y el Caribe en los altos cargos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y la constatación de que ninguna mujer ha sido jamás elegida Secretaria General, no son detalles anecdóticos. Son la constatación de que el orden heredado de la Segunda Posguerra ya no responde a las realidades contemporáneas.
La cuestión de Gaza atraviesa el documento con una densidad que no admite ambigüedades. La condena del uso del hambre como método de guerra, el rechazo al desplazamiento forzoso de la población palestina, el apoyo al Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (OOPS, conocido internacionalmente como UNRWA), la referencia a las medidas provisionales de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en el caso iniciado por Sudáfrica contra Israel y la reafirmación de la solución de dos Estados con Jerusalén Este como capital configuran una posición que rompe con la narrativa hegemónica. No es un gesto simbólico. Es la articulación de una demanda que conecta con amplios sectores de la opinión pública mundial y que convierte a los BRICS en caja de resonancia de causas que Occidente preferiría mantener en silencio. Algo similar ocurre con Cuba, cuyo bloqueo se condena sin matices, y con la situación en Líbano, Sudán y Siria, donde se reclama el fin de las ocupaciones y el respeto a la soberanía de los Estados.
Pero sería un error reducir la declaración a su dimensión geopolítica. Hay un segundo eje, menos visible pero igualmente significativo, que recorre el texto de principio a fin: la construcción de capacidades propias. La apuesta por la inteligencia artificial (IA), la infraestructura pública digital, los cables submarinos, la computación cuántica, la salud digital, la agricultura sostenible y la seguridad alimentaria no es una simple enumeración de sectores estratégicos. Es el reconocimiento de que sin soberanía tecnológica no hay soberanía política posible. La creación de redes de excelencia, repositorios de conocimiento, fondos de innovación y mecanismos de cooperación científica apunta a reducir asimetrías históricas y a construir un ecosistema científico-técnico propio. La Bolsa de Cereales de los BRICS, los Principios de Alto Nivel del Deccan, la Alianza Mundial contra el Hambre y la Pobreza, el hidrógeno de bajas emisiones y la defensa de los minerales críticos completan una agenda de soberanía material que no tiene precedentes en la historia de estos foros.
El tercer eje es financiero. El Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), el Acuerdo de Reserva de Contingencia (CRA), los pagos en monedas locales, la Nueva Plataforma de Inversiones (NPI) y la Garantía Multilateral de los BRICS (BMG) apuntan a reducir la dependencia del dólar y de las instituciones financieras occidentales. La reforma del FMI y del Banco Mundial se plantea como una necesidad urgente, con una realineación de cuotas que refleje el peso real de las economías emergentes. La declaración reconoce que las elevadas cargas de deuda limitan la inversión en clima y desarrollo en muchos países del Sur global y pide una acción internacional coordinada para mejorar la sostenibilidad de la deuda y ampliar el margen fiscal. Es una demanda que apunta a una de las principales formas de sujeción financiera de los países en desarrollo.
Hay un cuarto eje, quizá el más importante a largo plazo, que tiene que ver con la dimensión social y cultural. La declaración no es un documento economicista. Incorpora demandas de género, juventud, trabajo, salud, educación, protección social y bienestar mental. La creación de la Red de Mujeres en el Ámbito Tributario, el programa para Jóvenes Profesionales Tributarios, la Red de Centros de Capacitación y Excelencia en Salud Mental, la iniciativa BRICS CONNECT —Red de Cooperación de los BRICS para el Desarrollo de Capacidades, la Empleabilidad y las Nuevas Competencias y Tecnologías— y la Plataforma Digital Internacional para el Empleo Remoto son ejemplos de una agenda que busca traducir los grandes principios en políticas concretas. La mención a Bandung, a los principios de igualdad, independencia, no intervención y beneficio mutuo, no es una concesión nostálgica. Es la reivindicación de una genealogía histórica que conecta la lucha anticolonial del siglo XX con las demandas de soberanía del siglo XXI.
La lista de países mencionados revela la amplitud de la agenda. India aparece como anfitriona y artífice de una presidencia prolífica, con más de cuatrocientas reuniones en treinta ciudades. China, que asumirá la presidencia en 2027, es mencionada en su doble condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y de arquitecto institucional del bloque. Rusia, Brasil, Sudáfrica, Etiopía, Irán, Cuba, Indonesia, los Emiratos Árabes Unidos y Senegal completan un mapa que no se limita a los miembros plenos, sino que se extiende a los países socios y a las organizaciones regionales. La Unión Africana, el Grupo de los Veinte (G20), la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) y la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) son algunos de los organismos internacionales que aparecen en el texto. La diversidad de actores es proporcional a la ambición del proyecto.
La presidencia china en 2027 será un momento clave. China no solo es la mayor economía del bloque, sino también su principal arquitecto institucional. Su capacidad para gestionar las contradicciones internas —regímenes políticos disímiles, niveles de desarrollo desiguales, intereses estratégicos divergentes— determinará en gran medida el futuro del bloque. La declaración reconoce que la multipolaridad puede ampliar las oportunidades para que los países en desarrollo desplieguen su potencial constructivo y disfruten de una globalización más equitativa. Es una formulación que evita la ruptura frontal, pero que afirma una dirección histórica: la transición de un orden unipolar a uno multipolar, de una gobernanza oligárquica a una más representativa, de una economía mundial jerárquica a una más equitativa.
No faltan las contradicciones. La coexistencia de proyectos nacionales rivales, la tensión entre la retórica antihegemónica y la participación activa en las instituciones hegemónicas, y la distancia entre las declaraciones y su implementación efectiva son límites reales. La ampliación del bloque introduce nuevas tensiones: países con intereses divergentes, algunos alineados con Occidente, otros en conflicto entre sí. La gestión de esa diversidad será el principal desafío institucional de los próximos años. Pero la dirección está marcada. Lo que está en juego no es solo la reforma de las instituciones, sino la configuración de un orden mundial multipolar. La Declaración de Nueva Delhi es un paso en ese proceso, no su culminación. Su importancia radica en que expresa, con claridad, la voluntad de un conjunto de países de escribir su propio guion. Y eso, en la larga duración de la historia, es siempre el comienzo de algo.