martes, 7 de julio de 2026

España, una nación desvertebrada


He bebido en las fuentes de José Ortega y Gasset desde edad muy temprana. España invertebrada fue para mí una obra de cabecera mientras desfilaban, a lo largo de los años, todos los fenómenos sociales y de psicología colectiva durante la dictadura. También después, a partir de la construcción en falso de los cimientos del nuevo régimen en 1978.

Sin embargo, creo que algunas ideas de Ortega —no la de los “errores y abusos políticos”, que le parecen poco interesantes y a cuyo peso en la patología nacional resta importancia, sino la del “particularismo”— han quedado, en cierto modo, superadas. Ese “particularismo”, con expresión tanto política —en los movimientos separatistas catalán y vasco— como social —en la especialización de gremios y profesiones—, es más bien efecto y no causa de la desmembración real.

Los particularismos lo son porque el territorio vasco y el catalán permanecen adosados a la fuerza al Estado español, nunca verdaderamente integrados socialmente. Euskadi y Catalunya no son la causa de la desvertebración. Han sido tratados históricamente por el poder político, judicial y militar como territorios hostiles. Esa clase de particularismo, como lo llama Ortega, es uno de los principales efectos de la desvertebración.

Ambos territorios se han sentido tratados con desprecio, como enemigos; nunca comprendidos por los poderes del Estado, sino forzados a formar parte de un todo al que no desean pertenecer. Se han considerado autosuficientes y han aspirado a desvincularse de quienes perciben como opresores. Como el hijo que busca independencia cuando se siente capacitado para vivir por sí mismo.

Por otro lado, la idiosincrasia, el carácter profundo y la personalidad de vascos y catalanes son difícilmente compatibles con la idiosincrasia más superficial del español medio.

Desde entonces, cuanto hemos aprendido, leído y oído —y seguimos leyendo y oyendo todavía hoy— sobre España, al margen de las reflexiones orteguianas, compone un relato tosco, paleto, cutre, grandilocuente, endogámico y pueblerino, en el sentido más despectivo del término. Todo cuanto se relata desde dentro sobre lo español, sobre el español, sobre la sociedad española y su historia, aparece como algo antipático, sombrío, truculento y falseado.

Quizá por eso pocas cosas de España despiertan la simpatía del extranjero, salvo la variedad de su paisaje natural y la afabilidad de sus pueblos.

Con el paso del tiempo, he llegado a pensar que todo ello obedece a un hecho fundamental: la historia de las sociedades no da saltos ni admite atajos en su evolución, salvo a través de guerras entre naciones, en las que precisamente España no participó. No así las guerras civiles; esas que, como la española, provocan una involución difícilmente reparable, porque la prepotencia de los vencedores y el rencor de los vencidos —al no haber existido una auténtica reconciliación— perduran sin fecha de caducidad.

Desde donde mejor se divisa la verdadera imagen de España es desde América Latina. Desde allí se advierten con mayor nitidez sus conquistas y genocidios pasados; la interpretación sesgada del cristianismo que desembocó en la aberración de la Inquisición; la hegemonía de ricos, caciques y potentados sobre el resto, históricamente amparada por una jerarquía eclesiástica miserable; una dictadura de cuarenta años; y la ausencia de España en las dos guerras mundiales.

Todo ello proyecta hacia el exterior la imagen de un país instalado en un atraso social, político y moral persistente respecto de otras naciones europeas. Y eso hace imposible el verdadero pacto social, es decir, la compactación de la sociedad española en torno a un eje compartido.

La sociedad española gira alrededor de un vacío. Ese eje diamantino, celebrado por todos, simplemente no existe. En palabras de Theodor Mommsen al reflexionar sobre Roma, falta un “dogma nacional”, un proyecto sugestivo de vida en común; algo semejante a lo que en Francia representa la República.

Eso se explica fácilmente por la eterna erótica del poder allí donde se instala, pero también por el miedo sostenido de una sociedad más acostumbrada a ejercer opresión sobre otras sociedades internas que a convivir con la tolerancia y la libertad.

Hasta tal punto que España difícilmente alcanzará una paz verdadera y generalizada. El odio, soterrado o manifiesto, que fomentan sus dirigentes es lo que socava de manera irreversible esa paz auténtica.

Sabemos que España y sus nacionalidades, reconocidas o no institucionalmente, son ricas y atractivas en muchos aspectos, especialmente para quienes la visitan o permanecen en ella durante estancias prolongadas. Pero hay algo que permanece inalterable: el odio a la excelencia, la escasez de los mejores o, peor aún, el ocultamiento de los mejores.

He aquí, a mi juicio, la razón profunda del fracaso hispánico.

La impresión que España produce a distancia en los habitantes de otras naciones es la de un país condenado al atraso mientras no logre la imprescindible sintonía y empatía entre sus ciudadanos, por encima de ideologías políticas y religiones. Solo entonces podrá llegar a ser una nación verdaderamente respetable y respetada.

En España se piensa poco, se matiza menos y la idea preconcebida casi nunca está ausente. Basta observar los debates parlamentarios: no hay diálogo, sino monólogos simultáneos. Disparates por un lado y razonamientos lapidarios por otro que, con frecuencia, ni siquiera merecen respuesta.

Jaime Richart

6 Febrero 2022

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