miércoles, 17 de junio de 2026

Sindicalismo sociopolítico desde la base económica para la revolución y línea política de masas de su vanguardia



Alonso Gallardo militante comunista junio de 2026

La clase trabajadora más consciente de la realidad sociopolítica, vive en general atravesada por las circunstancias contradictorias en los ámbitos de influencia que la rodea. Por una parte surgen voces en la izquierda que denigran el hacer de los sindicatos de clase y del gobierno progresista, basados en aspectos negativos de la práctica sindical en centros de trabajo, barrios o los datos que proyectan estadísticas oficiales, sobre el aumento de la pobreza en amplios sectores de la clase obrera cada día más empobrecida incluso con trabajo. Por la otra, hay sectores que participando del sindicalismo de clase y las instituciones exponen otra verdad, donde la clase obrera recobra los primeros derechos perdidos desde los Pactos de la Moncloa de 1977, donde lo de menos su incumplimiento comparado con el pacto social que implicó con el poder económico, provocando la desmovilización y división de la lucha de clases que sustentaba organizativa e ideológicamente a la clase trabajadora, además de ser la base para la pelea contra las medidas neoliberales que durante los ochenta impusieron en confrontación y lucha las fuerzas políticas reformistas, contra el sindicalismo de clase sociopolítico de resistencia por los recortes de empleo, cierres de empresas, privatizaciones de la empresa pública y servicios públicos. Proceso de continuidad con la derrota ideológica y política sufrida en los años setenta, por el fracaso de la ruptura con la dictadura franquista y sin la rendición de cuentas de los genocidas, la amnistía a los represaliados y la reparación entre otras cuestiones que aún sufrimos.

Discernir algo dentro de este caos en el seno de una clase trabajadora bajo la hegemonía cultural y política de la oligarquía financiera, que controla todos los medios de comunicación incluidos los públicos, resulta difícil por falta de elementos de referencia por la diversidad polarizada existente en el seno de una izquierda plural, sobre todo cuando muchas personas han abandonado ídolos caídos que por su sectarismo han perdido las referencias. Esto que toda la militancia política y social de izquierda ve, obliga intentar discernir las complejidades de la relación entre una izquierda que ha quedado instalada en el clase contra clase, por partir de juicios de intenciones fruto de una visión idealista y metafísica del mundo que vive y por una metodología de estudio y trabajo de los hechos basada en un mecanicismo estático lejos del materialismo dialéctico y la otra, evolucionada del eurocomunismo pragmática y posibilista con el mismo esquema, que entiende que el marxismo leninismo es como lo explican los otros heredado de los revisionistas de la Unión Soviética pos Stalin, que, aunque algunos reconociendo la lucha de clases y la clase trabajadora, la integran junto a otros sujetos revolucionarios que la sustituyen. Dos actos en el mes de mayo de este año son los que han creado la necesidad de profundizarlo por la situación geopolítica: el 9 Congreso de la CSI rodeada de sindicatos minoritarios de clase, con un discurso crítico con los sindicatos mayoritarios y el gobierno progresista y un acto político de Yolanda Díaz, Ministra de Trabajo acompañada por los responsables asturianos de CC.OO y UGT, con un discurso de defensa de su hacer en el mundo del trabajo y de la gestión del gobierno en defensa de la clase trabajadora. Lo complejo es discernir la verdad de cada uno para saber quien divide y confunde más a la clase trabajadora.

Como comunista situado en el proceso histórico en la trinchera de los que perdieron la lucha por la ruptura con el franquismo, pero alejado del radicalismo infantil izquierdista desde los tiempos de la lucha contra el Estatuto de los Trabajadores, por el error de confrontar en vez de apoyar dentro del movimiento de las comisiones obreras, la lucha iniciada por Marcelino Camacho en noviembre del 1979 con una movilización en Madrid para cambiarle el rumbo que llevaba en el parlamento. La autocrítica y rectificación pública fue necesaria reconociendo que el sector de Marcelino Camacho desde el respeto al centralismo democrático partidario que ejerció, su posición de negarse a aceptar la redacción apoyada por la mayoría del Comité Central del PCE, era una posición correcta que todo revolucionario con un análisis mínimo debiera haber apoyado, además de táctica probada por la práctica histórica leninista. Esta experiencia colectiva como comunista por principio metodológico, obliga a situar toda posición en el contexto geopolítico que vivimos de crisis global del capitalismo de mercado monopolizado, por colapso y libre competencia del Sur Global y por la China socialista en particular. Crisis que lleva desde los años setenta del siglo pasado con reducción de beneficios del capital productivo, único capaz de crear desarrollo para el pueblo contrariamente al ficticio o dinero fiat, que solo hace más rico al rico que ya lo tiene. Crisis que nos lleva a la guerra por la pérdida de la hegemonía colonial e imperialista del occidente político después de quinientos años.

Esta crisis tuvo su reflejo en el 2008 con la explosión de las hipotecas subprime en los EE.UU que rebotó al resto del planeta, teniendo España y otros países los gobiernos neoliberales que salvar a la banca privada y más tarde en el 2011, el gobierno de Zapatero del PSOE fue obligado por el poder oligárquico financiero a romper el pacto social del estado de bienestar, base del pacto social que el eurocomunismo y la socialdemocracia como referentes de la izquierda en la transición pactaron con la oligarquía, provocando una movilización social que acabó con el bipartidismo y el régimen del 78, al tiempo que inauguró el inicio de la entrada en España del neofascismo que unificó al grueso de neoliberales en Europa arrastrando al grueso de la socialdemocracia y liberales, pero en España Pedro Sánchez en jugada política con el reformismo de izquierda lo frustra, formando después de liquidar la oposición interna un gobierno progresista que a duras penas legisla. Los pactos con la oligarquía dominante los determina la correlación de fuerzas y el parlamento es su reflejo, y quien domina la lucha de clases desde los años setenta es el capital, con excepción de los primeros años de la primera legislatura del gobierno progresista por la movilización social, con un mandato sin mayoría parlamentaria dependiendo de acuerdos con el nacionalismo vasco y catalán burgués.

Por experiencia y conocimiento de las prácticas desarrolladas por el eurocomunismo bajo el influjo de socialdemócratas y reformistas en CC.OO y el PCE-IU, y más tarde en colaboración y unidad con el sindicalismo de clase alternativo y los destacamentos leninistas, se observa que contemplan elementos ideológicos comunes, basados en una visión revisionista del marxismo leninismo que los dividen y separan antagónicamente. Ambas tendencias piensan de forma mecanicista y metafísica porque para ellos, el marxismo leninismo no es una ciencia donde la materia y el pensamiento está en continuo movimiento, es una doctrina para la eternidad porque lo que dijeron los clásicos del marxismo son verdades universales en cualquier espacio y tiempo; como ejemplo está el dogma de la socialdemocracia como enemigo principal en el seno del pueblo, lema que Lenin en su momento popularizó ante el apoyo de la socialdemocracia europea a las oligarquías imperialistas nacionales en la primera guerra mundial, pero rectificada por la Internacional Comunista ante el desafío de la internacional fascista del imperialismo en su intento de acabar con la Unión Soviética. De esta visión mecanicista y metafísica del marxismo leninismo en Europa desde los sesenta, nace el posmarxismo o reformismo de izquierda que rechazando esa visión revisionista del marxismo, opta por una visión moderna también revisionista para acabar liquidando a la clase trabajadora como el principal sujeto revolucionario; al marxismo leninismo como instrumento ideológico y político de lucha contra el imperialismo dominante y al partido comunista como su vanguardia. Cosa que entre ambos lo han logrado hasta el momento en occidente con sus marxismos revisionistas.

Ambas tendencias rechazan el ser social colectivo como alma del conocimiento del saber humano, optando por sistemas bajo la dirección bonapartista del dirigente elegido por los posmarxistas; los otros, cediendo todo el poder al núcleo central como el revisionismo soviético pos Stalin hizo en el PCUS. Al final ambos se limitan a defender los tópicos, unos el de las identidades posmodernas del feminismo de género, ecologismo, sexualidades, nacionalidad o diferencias culturales pero siempre ligadas a luchas individualizadas fuera de una lucha de clases centrada en la batalla económica, base del poder de la oligarquía dominante y también de la clase trabajadora paralizándola o controlando su producción según las necesidades. Lo otros en su versión izquierdista, maximalizan los objetivos sacándolos del contexto para confrontar con las posiciones posibilistas del reformismo de izquierda y gobierno, pero ambos sin elaborar planes de trabajo ajustados a la realidad sociopolítica por su dirección y sin rendir cuenta del trabajo realizado de congreso a congreso a la militancia ni a la clase trabajadora y cuando hay algún documento, son aportaciones individuales sin base colectiva de los grupo de trabajo o áreas, negando lo fundamental de la responsabilidad individual, dirección colectiva con rendición de cuenta y balance.

Cada dirección colectiva y responsabilidad individual elegida es un bucle que comienza de nuevo desde la experiencia individual adquirida, con el asamblearismo movimentista como organización y el inmediatismo como reacción en cada lucha que surge por la presión del capital, llevando desde hace muchos años una actividad política sin estrategia, ni programa, ni táctica, ni alianzas y donde toda idea está fuera de una lucha organizada y planificada desde las organizaciones de masas de la clase trabajadora y el partido obrero como instrumentos. Las organizaciones obreras de masas y el partido no son ajenos en su forma y propiedad a la clase trabajadora, deben ser suyas y puestas a su servicio por los comunistas y revolucionarios. Con esta actitud no solo negamos los principios del marxismo como metodología científica de estudio y trabajo, como lo demuestra las planificaciones económicas de los comunistas chinos o vietnamitas sino también, al ser social y colectivo nacido del desarrollo histórico del ser humano. Gaia Vince escritora y divulgadora de la interacción entre humanos y el entorno planetario lo expresa así en su libro “Trascendencia” “la evolución cultural acumulativa ha demostrado ser un actor decisivo en la historia de la vida en la tierra. La evolución no la han impulsado exclusivamente los cambios en el entorno y los genes; la cultura también ha desempeñado un papel. La evolución cultural comparte muchas cosas con la evolución biológica. La evolución genética se basa en la variación, la transmisión y la supervivencia diferencial. Y estas tres cosas están presentes en la trasmisión cultural. La diferencia más importante es que, en el caso de la evolución biológica, son cosas que operan principalmente al nivel del individuo, mientras que en el caso de la cultura la selección de grupo es más importante que la selección individual, como veremos. Es nuestra cultura humana colectiva, aún más que nuestra inteligencia individual, la que nos hace inteligentes”, habla de cómo interacciona en la vida social entre otras la lucha de clases.

Las dificultades para una clase trabajadora sin referentes políticos ni sindicales bajo una situación de defensiva desorganizada, ante la tremenda ofensiva mediática del ultraneoliberalismo fascista de caos y guerras, no tiene parangón histórico como fin del ciclo del libre mercado monopolizado. El enemigo principal de la clase trabajadora y el pueblo es la oligarquía imperialista española, aliada del imperialismo yanqui y principal enemigo de la humanidad, promotor de las guerras y caos como potencia mundial hegemónica; cuestión que el mecanicismo izquierdista oscurece cuando sitúa a la socialdemocracia y al reformismo de izquierda como parte del enemigo principal y no del pueblo. Igual que cuando se critica al gobierno por la subida de los salarios por debajo del IPC, cuando la máxima subida que tuvimos vino dada por la subida del SMI del gobierno y no por la negociación colectiva, derecho fundamental que es responsabilidad de los sujetos sociales: de los sindicatos y la patronal. Pero políticamente la patronal nos gana la lucha de clases por goleada; los mayoritarios en general negocian sin participación asamblearia de la clase trabajadora afectada, acordando subidas en general por debajo de un IPC ligado a la cesta de la compra y los minoritarios, despreciando en general la negociación colectiva sectorial dejándola en manos de los mayoritarios y la patronal por negociar a sus espaldas, centrándose como mucho en las individuales de empresa, que gracias al gobierno progresista tienen como base el convenio colectivo de sector provincial o nacional.


Si lo básico para la clase trabajadora es el derecho al trabajo y los derechos laborales y sociales en los centros de trabajo, como principal valor de la democracia y las libertades y los comunistas no somos sus principales defensores, es porque ignoramos la base del mensaje marxiano, leninista y menos, la visión gramsciana del estado moderno burgués de dictadura limitada y la lucha por la hegemonía en el seno de la clase trabajadora. Una clase trabajadora mediáticamente colonizada y mediatizada por los mensajes ideológicos de la oligarquía, que enfrenta al joven contra el viejo por las pensiones, al nacido aquí contra el de afuera por el empleo, a la mujer contra el hombre para la división social y los de una comunidad contra los de otras para la división de la clase trabajadora y el pueblo y los marxistas leninistas no nos enteramos por dogmas izquierdistas que nos dividen a nosotros, a la clase trabajadora y al pueblo.