lunes, 8 de junio de 2026

El regreso del Frente Oriental

                                                                                                                 

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       Avatar de Christian Cirilli  Posted by: Christian Cirilli                                                     

29 de mayo de 2026

«Hemos liberado Europa del fascismo. Nunca nos lo perdonarán»

Gueorgui Zhukov, Héroe de la Unión Soviética.

Mientras la atención internacional permanecía absorbida por el conflicto aún irresuelto en Medio Oriente —con Irán situado en el centro de una disputa que ha sido examinada hasta en sus más mínimos detalles— y, posteriormente, por las cumbres entre Donald Trump y Vladimir Putin con Xi Jinping, otro proceso, más silencioso pero no menos inquietante, continuaba desarrollándose en el escenario europeo.

Lejos de estabilizarse o desescalar, la relación entre Europa y Rusia viene incrementando progresivamente su nivel de tensión y confrontación, configurando un panorama de creciente peligrosidad. Por efecto de los últimos sucesos, que comentaré en el transcurso de este escrito, el continente se desliza cada vez más hacia la posibilidad de una guerra abierta y generalizada, bajo la sombra persistente de un eventual intercambio nuclear.

A diferencia de la aguda conciencia colectiva que dominó al mundo durante la Crisis de los Misiles de 1962 —cuando la posibilidad de un apocalipsis nuclear pendía de manera tangible sobre la humanidad y las grandes ciudades estadounidenses se percibían como blancos inmediatos—, el actual período que comienza a configurarse en Europa parece desenvolverse bajo un clima de desconcertante inconsciencia.

Pese a la magnitud de los riesgos involucrados y a la acelerada degradación del equilibrio estratégico en el continente, la percepción pública y buena parte de la dirigencia occidental parecen transitar estos acontecimientos con una alarmante naturalización del conflicto y de sus posibles derivaciones.

El grado de adormecimiento que atraviesan hoy sociedades habitualmente movilizadas como la alemana resulta, en ese sentido, verdaderamente insólito.

Durante la década de 1980, cientos de miles de personas se movilizaron en Bonn impulsadas por el temor concreto a una guerra nuclear en suelo europeo, cuando empezaban justamente a instalarse los llamados Euromisiles (los Pershing II estadounidenses, en Alemania Occidental, y los SS-20 “Saber”/RSD-10 soviéticos en propio terreno, en Ucrania y Bielorrusia).

En 1982, hubo una gran manifestación por la paz en la ciudad de Bonn. En aquel entonces participaron incluso, ¡soldados alemanes!, que portaron el mensaje: «NATO-Soldaten gegen Atomraketen» («Soldados de la OTAN en contra de misiles nucleares»). Hoy ver esto por las calles resulta imposible.

Del mismo modo, en 2003, amplios sectores de la ciudadanía alemana colmaron las calles de Berlín para manifestarse contra la invasión estadounidense de Irak, lo que nos hace concluir que la sociedad alemana se concebía antibelicista hace apenas 23 años.

Sin embargo, frente a un escenario internacional que vuelve a exhibir niveles alarmantes de confrontación entre grandes potencias y una renovada retórica vinculada al empleo de armamento nuclear, predomina hoy una llamativa apatía social, como si la posibilidad de una catástrofe continental hubiese dejado de formar parte del horizonte de preocupación colectiva.

Puede que existan varias explicaciones para ese fenómeno de abulia que alejó a la ciudadanía de la (conformación de la) política internacional.

En primer lugar, las nuevas generaciones ya no consideran el holocausto nuclear como una posibilidad cierta, sino como un resabio del pasado. La Guerra Fría entre soviéticos y occidentales giraba fundamentalmente en torno a la posibilidad del uso de estas armas, especialmente tras la instalación, a partir de la década de 1980, de misiles nucleares de corto alcance. Esta situación comenzó a desactivarse recién en 1987, con la firma del Tratado INF, destinado a eliminar misiles nucleares y convencionales de alcance intermedio (entre 500 y 5.500 kilómetros).

Volveré sobre este importantísimo acontecimiento, porque fue justamente la retirada unilateral estadounidense de ese Tratado, el 2 de agosto de 2019, durante la primera presidencia de Trump —conjuntamente con la retirada del Tratado ABM, las ocho oleadas expansivas de la OTAN [1] y la instalación del Escudo Antimisiles—, lo que provocó el desarrollo de nuevas armas rusas, entre ellas el Oreshnik. [Véase Putin y su thriller psicológico]

En segundo lugar, especialmente en Alemania, el Estado federal decidió abandonar gradualmente la energía nuclear (“Atomausstieg”), lo que contribuyó a desplazar de la agenda pública incluso el peligro de un accidente nuclear civil y, de manera inercial, también el riesgo asociado al uso bélico de esa tecnología.

Pero lo fundamental de la desmovilización antinuclear reside en una labor mediática concentrada que omite advertir sobre los peligros de una conflagración nuclear y que, por el contrario, promueve la idea de que una guerra con un uso “limitado” de armas nucleares sería ganable e incluso hasta deseable, al tiempo que agita el temor a una “invasión rusa”, profundamente resonante en la psique histórica germana.

Para más inri, aunque de manera transversal, todas aquellas movilizaciones sociales realizadas en solidaridad con el pueblo palestino y en denuncia del genocidio israelí fueron reprimidas con dureza, mientras sus participantes eran acusados de “antisemitismo”, una imputación que posee un peso particularmente gravitante en Alemania, pues convierte al acusado en un criminal. Del mismo modo, las movilizaciones organizadas por Sahra Wagenknecht el 25 de febrero de 2023 en Berlín, contrarias a la guerra contra Rusia, llevaron a que el establishment político y mediático la señalara como una “agente de Putin” o una “comunista apátrida”.

La Polizei alemana detiene a un manifestante. Mientras estas marchas de denuncia contra el genocidio palestino eran duramente reprimidas, la Puerta de Brandeburgo se iluminaba con los colores de la bandera israelí.

La activista por los derechos de las mujeres Alice Schwarzer (a la izquierda) y la jefa del partido populista de izquierda BSW, Sahra Wagenknecht, en la manifestación que ésta inició el 25 de febrero de 2023 en Berlín. El lema #AufstandFuerFrieden significa #DefiendeLaPaz.

Destaco el caso de Alemania —aunque pueda extrapolarse a otros países europeos— no solo por ser la principal potencia demográfica, económica y política del continente, lo que convierte sus decisiones en un modelo para el resto de Europa, sino también por su ubicación geográfica: situada en el corazón del continente, entre polos de poder como Rusia y Reino Unido, inevitablemente quedaría expuesta en cualquier conflicto de alcance general.

Además, el caso alemán resulta especialmente relevante porque hoy Berlín atraviesa un proceso de rearme y de reconstrucción de una narrativa orientada a recuperar centralidad política y liderazgo continental; un proceso que, en términos contemporáneos, implica prepararse para un eventual escenario de confrontación en el frente oriental contra Rusia.

Lo cierto es que, ya sea por desinterés, relajamiento moral, desmemoria o temor al sambenito, sociedades tradicionalmente comprometidas con el pacifismo militante como la alemana han dejado de estarlo, al menos de manera masiva. Y eso, de por sí, ya resulta lo suficientemente perturbador.

Desde la llegada al poder del canciller Friedrich Merz —guerrerista declarado, rusófobo militante, atlantista fervoroso y ex directivo de BlackRock—, la transformación de Alemania en un futuro proxy de una confrontación directa contra Rusia ha dejado de parecer una hipótesis lejana. El proceso ya había comenzado bajo el gobierno del pusilánime Olaf Scholz, con Berlín convertido en uno de los principales sostenes materiales de la guerra en Ucrania, pero ahora se proyecta con una nitidez inquietante sobre el horizonte inmediato.

Boris Pistorius, actual ministro de Defensa —también lo fue de Scholz—, repite con insistencia que Alemania debe convertirse en “el ejército convencional más fuerte de Europa”, porque el país atraviesa un “cambio de paradigma” en el que “la paz ya no puede darse por sentada”. Desde la perspectiva de Berlín, su propio resurgir belicista es exclusiva responsabilidad de Moscú: los documentos oficiales señalan a Rusia como “la mayor y la más inmediata amenaza” para la seguridad de Alemania y de la OTAN.

El ministro de Defensa alemán Boris Pistorius mantiene una postura extremadamente dura frente a Rusia: ha defendido el rearme alemán, el servicio militar obligatorio, el fortalecimiento de la OTAN, el envío de apoyo militar a Ucrania y la necesidad de prepararse para una guerra.

En varios artículos anteriores — «Ucrania, Irán y la guerra de desgaste global», «Grito de guerra en Múnich», «Europa elige la guerra para no enfrentar su fracaso», «La rendición que Europa se niega a aceptar», «Los ecos de Barbarroja resuenan en Bruselas», «El vasallaje europeo», «Detrás de todo, la ideología», «Trump se desentiende, Europa se rearma, Rusia avanza», «Si vis pacem, para bellum», y El brillante porvenir de la guerra — expliqué profusamente que la “retirada de la OTAN” por parte de los Estados Unidos, tras exigirles a los miembros europeos un techo de 5% del PIB para Defensa, es una virtual delegación del conflicto ucraniano.

Aquellas prometedoras reuniones en Riad y el supuesto “espíritu de Anchorage” impulsado personalmente por Donald Trump no fueron más que un intento fallido de Estados Unidos por resquebrajar la “amistad sin límites” entre China y Rusia mediante promesas de acuerdos económicos y eventuales repliegues estratégicos en Ucrania.

El repliegue, en efecto, terminó produciéndose, aunque no del modo anunciado: Estados Unidos transfirió el peso del conflicto a las potencias europeas y retrocedió algunos pasos, dispuesto a observar desde una retaguardia cercana cómo el continente vuelve a consumirse en sus propias tensiones.

Trump parece apostar a una lógica eminentemente utilitaria: capitalizar económicamente la guerra mientras el costo humano y material recae sobre otros. Se trata de una estrategia que remite a ciertos patrones recurrentes de la política exterior norteamericana durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial: intervenir de manera decisiva —y del lado vencedor— solo cuando los contendientes ya se encuentran exhaustos o severamente debilitados. El reciente anuncio de retirada de 5.000 tropas estadounidenses de Alemania se inscribe en ese sentido.

Alemania, ansiosa por reafirmar su valor ante el aliado transatlántico y posicionarse en el terreno europeo, parecería entrever en esta coyuntura una oportunidad simultánea de expiación y restauración: redimir la mácula histórica del nazismo, saldar la humillación de la fallida Operación Barbarroja y, al mismo tiempo, reactivar viejas pulsiones imperiales que jamás desaparecieron del todo, sino que permanecían latentes bajo décadas de contención ideológica.

La impronta alemana en los países bálticos, los centroeuropeos y en Kiev, entra en colisión con las ansias de protagonismo de Francia y Reino Unido, con quien tienen una “sana competencia” por demostrar su valía. Sin embargo, todos están unidos en su objetivo de “salvar Europa” de las garras del oso ruso.

Los máximos representantes de la llamada «Coalición de los Dispuestos» —el primer ministro británico Keir Starmer, el canciller alemán Friedrich Merz y el presidente francés Emmanuel Macron— reunidos en 10 Downing Street, en Londres, junto al principal destinatario de los fondos y del material militar occidental, el dirigente ucraniano Volodimir Zelenski.

Curiosamente, o quizás por el influjo germano, las voces que más se hacen oír en pos de una futura guerra continental son la de los países bálticos. De hecho, la alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad es la estonia Kaja Kallas y la presidenta de la Comisión Europea es la alemana Ursula von der Leyen. Las continuas arengas de estas dos blondas dirigentes contra Putin y la necesidad de detenerlo antes de que se fagocite toda Europa son de emisión prácticamente semanal.

De izquierda a derecha, Kaja Kallas y Ursula von der Leyen, alta representante para Asuntos Externos y Seguridad, y presidente de la Comisión Europea, respectivamente. Bajo la encantadora fineza femenina de estas dos elegantes damas existe una implacable ferocidad capaz de doblegar a cualquiera que las subestime.

Pero no son las únicas: el letón Valdis Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, es el responsable de economía, productividad y regulación, siendo uno de los principales supervisores económicos de la Comisión Europea, mientras que el lituano Andrius Kubilius, ocupa el cargo de comisario europeo de Defensa y Espacio. [2]

El resultado es una estructura bastante reveladora: Estonia controla la política exterior de la UE, Letonia la economía y las finanzas, y Lituania la defensa y el complejo militar-industrial. Todos, comandados por Alemania, quien preside la Comisión Europea y conforma los comisariados.

¿Casualidad? Ninguna. Se consolida dentro de la UE una política en favor del rearme, donde Rusia debe ser percibida, no como una crisis temporal tras la cual sea posible volver a las relaciones recíprocas, sino como una amenaza estratégica permanente durante décadas.

Rusia le da sentido a la Unión al crear un enemigo foráneo para mantener la cohesión como organismo burocrático y autocrático. Y nada mejor que nombrar a los regímenes falsamente democráticos y fanatizados de los bálticos como artífices del Frente Oriental que se promueve. No es casual tampoco que Finlandia y Polonia sean los territorios donde más refuerzos y ejercicios se vienen sucediendo. De hecho, aun están realizándose los ejercicios OTAN Saber Strike 2026 (desde el 27 de abril al 31 de mayo), con despliegues en… Polonia, países bálticos y Finlandia. En este último caso, ¡hubo maniobras a 40 kilómetros de la frontera rusa, en los bosques fineses de Kuhmo!

Tanque finés Leopard 2A4 de origen alemán en maniobras en los bosques de Kuhmo, muy cerca de la frontera rusa, en mayo de este año.

Es por ello que estos personajes hacen exigencias absurdas con el mero fin de tensar y continuar el antagonismo: actualmente, Kaja Kallas plantea “conversar” con Rusia bajo condiciones delirantes, como imponer la idea de “limitar los números y capacidades del ejército ruso” o que Moscú renuncie previamente a “sus ocupaciones en Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur”. Mientras ello ocurre, prosiguen las sanciones permanentes —ya se viene la ronda 21—, el aumento del gasto militar, la expansión de la OTAN, las nuevas bases estadounidenses en Europa, el Acuerdo de Drones y la confrontación prolongada en pos de una “Gran Guerra de Liberación” [Barbarroja 2.0].

Pero vamos a los hechos concretos.

Los acontecimientos de las últimas semanas aparecían envueltos en sangre y en una audacia cada vez más imprudente por parte de Kiev. Sus drones, ensamblados con tecnología israelí, turca y europea —denunciados explícitamente por el Kremlin—, ya no se limitaban a hostigar refinerías y conglomerados urbanos dentro de los corredores esperados: ahora atravesaban también el espacio aéreo polaco y báltico, con la obvia y silenciosa anuencia de esos países, expandiendo así el perímetro del conflicto hacia territorios cada vez más sensibles.

La inmensidad de las distancias por cubrir, sumada a la saturación de drones lanzados, vuelve sencillamente inviable cualquier defensa integral por parte de Rusia. La vulnerabilidad de su amplísimo espacio aéreo se incrementa y, mientras eso ocurre, los drones hacen blanco más asiduamente. El respaldo interno a Putin comienza a erosionarse, al tiempo que crecen las voces reclamando represalias cada vez más contundentes y sin contemplaciones.

Serguéi Karaganov, influyente politólogo ruso, presidente honorario del Consejo de Política Exterior y de Defensa y uno de los fundadores del Club Valdai, llegó incluso a sostener públicamente, durante una entrevista en The Tucker Carlson Show, que el empleo de armas nucleares podría ser necesario para “devolver la razón” a las élites europeas; una deriva que, según estimó, podría materializarse “en uno o dos años”. No se trató de una insinuación abstracta: Alemania, Reino Unido y Polonia aparecieron mencionados como los blancos posibles de semejante escalada.

Por el contrario, el ex primer ministro ruso Mijaíl Kasiánov, actualmente en el exilio, sostiene que “Putin ya ha empezado a darse cuenta de que está perdiendo esta guerra” y que el esfuerzo de guerra europeo lo llevará a la derrota.

Ya para el 9 de mayo de 2026, durante el sobrio festejo [3] por el 81.º aniversario de la derrota de la Alemania nazi (Día de la Victoria), Zelenski emitió un decreto presidencial (N° 374/2026) donde “permitió” a Rusia llevar a cabo el desfile. Claramente era tanto una burla a la incapacidad rusa de detener los ataques aéreos ucranianos como un embuste, pues una tregua especial de tres días (del 9 al 11) había sido pactada por rusos y estadounidenses. El mismísimo Trump reconoció que la solicitó a Putin y a Zelenski y que ambos estuvieron de acuerdo.

Algunos notaron un tono preocupado en la habitualmente imperturbable mirada del presidente Vladimir Putin. Por cierto, tiene motivos. La guerra en Ucrania está empantanada, la economía rusa empieza a demostrar algunas tensiones y todo el sistema ofensivo occidental está montando una guerra al interior de Rusia contra blancos civiles e infraestructurales.

El presidente ruso Vladimir Putin aparece en las pantallas durante su discurso por el 81.º aniversario frente a la banda militar. Nunca el desfile militar por el Día de la Victoria estuvo tan “descafeinado”.

Poco antes de su teatral decreto, Zelenski había insinuado —como ya lo hiciera en 2025 (véase «El Desfile de la Victoria, la de ayer… y la de hoy»)— la posibilidad de lanzar ataques con drones sobre Moscú, con el propósito de sembrar caos y pánico en el corazón de Rusia. Moscú, por su parte, advirtió que cualquier acción de esa naturaleza provocaría una respuesta severa y proporcional.

La retórica belicista de Zelenski parece no tener pausa. El mandatario insiste en que Rusia estaría próxima al agotamiento y, sobre esa premisa, reclama apoyos cada vez mayores en todos los frentes. Sus bríos se intensifican a medida que Estados Unidos concentra crecientemente su atención en Medio Oriente y el Indo-Pacífico, relegando el frente ucraniano a un segundo plano estratégico.

Con el explícito respaldo de Europa, ya no se conforma con los 90.000 millones de euros concedidos por la Unión Europea en préstamos sin fondeo genuino, sino que ahora impulsa una adhesión exprés al bloque.

Alemania, quizá el actor más explícitamente irresponsable en este proceso —no olvidemos que sigue siendo garante de los protocolos de Minsk—, suscribe abiertamente esa iniciativa, a pesar de que Ucrania no satisface los criterios de adhesión previstos en los tratados. Merz propone, al estilo BRICS, crear un nuevo estatus, el de «miembro asociado», concebido especialmente para el régimen marcial de Kiev.

Sin embargo, la insistencia desbocada de Kiev en reclamar más apoyo, más armas y más fondos —invocando una y otra vez el tributo de sangre pagado en el campo de batalla— comienza a impacientar a Bruselas, donde el discurso moral tropieza con los límites del cansancio político y económico.

Quizás por ello el ex humorista hace lo que mejor sabe hacer: extorsionar a sus patrocinadores con mostrarse como un «loquito suelto», capaz de llevar adelante una Tercera Guerra Mundial por su propia cuenta y cargo.

Cuando ello ocurre, suele entrar en acción el Buró Nacional Anticorrupción (NABU, por National Anti-Corruption Bureau of Ukraine) y la Fiscalía Especializada Anticorrupción (SAPO, por Specialized Anti-Corruption Prosecutor’s Office), instituciones creadas y financiadas por programas de ayuda de Estados Unidos y la Unión Europea

No resulta entonces casual que Andrii Yermak haya sido imputado en una causa por lavado de dinero entre los días 11 y 13 de mayo.

Además, la detención de Yermak se produjo exactamente la misma semana en que la ex portavoz de Bankova, Yulia Mendel, fue entrevistada por Tucker Carlson. Allí, Mendel acusó a Yermak y a Zelenski de crear una dictadura, de consumir drogas, de blanquear dinero y prolongar la guerra por puro beneficio personal. Las indiscreciones de Mendel la han colocado en la lista negra de asesinatos del SBU.


Mendel sostuvo que Zelenski y Yermak eran tan “simbióticos” como caóticos y paranoides.

Yermak, el íntimo asesor de Zelenski, que dimitió en noviembre de 2025 justo después del escandaloso intento del ejecutivo ucraniano y sus sirvientes de la Duma por liberarse del yugo de NABU/SAPO — hablé de ello en «Algo huele mal en Ucrania»—, tuvo que pagar 140 millones de grivnas (unos 3,2 millones de dólares) para conseguir la libertad condicional. La cifra es exorbitante pero evidentemente tiene importantes aliados que pueden pagarla. Que se entienda: Yermak era considerado la segunda persona más poderosa de Ucrania; acompañaba a Zelenski en sus visitas a Estados Unidos y a capitales europeas. Pero parece que esos mismos patrocinadores que los llenan de dinero van descubriendo a cuentagotas y como correctivo político la fétida corrupción del régimen neonazi banderista (véase «Ucrania “ahora” es corrupta»). Podríamos decir que, con esa elevada fianza, ya empezó la confiscación de algunos de sus bienes.

Andrii Yermak, ex jefe de gabinete del presidente Zelenski, ha sido imputado por blanqueo de capitales. Washington y Bruselas no ignoran estas prácticas, pero parecen asumirlas como parte del costo político de sostener a Kiev en medio de la confrontación geopolítica con Moscú: una suerte de “comisión implícita” tolerada mientras el alineamiento estratégico permanezca intacto. Ahora bien, cuando existen signos de desobediencia, la SAPO/NABU “ajusta las clavijas”. Cuentas offshore, sociedades pantalla en paraísos fiscales e inversiones en los Emiratos Árabes Unidos forman parte del ecosistema habitual de las élites banderistas. Muchos altos funcionarios, además, mantienen ciudadanías alternativas, residencias en el extranjero y redes patrimoniales preparadas para una eventual salida rápida si el escenario político o militar se deteriora.

De todas maneras, Alemania ya se prepara para asumir el rol de Ucrania, que tiene serios problemas de agotamiento en el sostenimiento del frente de batalla, y evidentes descarrilamientos en su dirigencia, aunque sigue siendo aún demasiado instrumental como para abandonarla a su suerte.

Berlín está aumentando su retórica belicosa incitando a la población a prepararse para penurias y esfuerzos, a la vez brega por un servicio militar obligatorio. El primer paso fue dado: la producción de armamentos aumenta a pasos acelerados, y los hombres de 17 a 45 no pueden salir libremente del país, sólo con permisos especiales, en previsión de “contingencias inesperadas”.

Ya para mayo de 2025, Alemania rompió un tabú al desplegarse fuera de sus fronteras, puntualmente, en Lituania. La Bundeswehr creó para la ocasión una nueva brigada blindada, la Panzerbrigade 45. Es una brigada permanente. Merz exclamó ante el presidente lituano, Gitanas Nausėda:

Estamos tomando la defensa del flanco oriental de la OTAN en nuestras manos.

Alemania está destinada a ser no solamente el “escudo ante Rusia” —las maniobras Red Storm Bravo lo atestiguan—, sino el centro logístico de la OTAN, tal como lo prevé el Plan Operativo Alemania (OPLAN DEU), desde donde puedan desplegarse hasta 800.000 soldados en el flanco oriental de la OTAN a través de territorio alemán. Sí, se está preparando una Operación Barbarroja 2.0, aunque ello resulte francamente descabellado en la era nuclear.

De izquierda a derecha, entre autoridades militares, se hallan el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, en canciller Friedrich Merz, el presidente lituano, Gitanas Nausėda, y su ministra de Defensa, Dovilė Šakalienė, en ocasión de la inauguración formal de una brigada permanente alemana para el flanco oriental de la OTAN en Vilna, Lituania, el jueves 22 de mayo de 2025.

Tropas alemanas desplegadas en el puerto de Hamburgo durante los Ejercicios «Red Storm Bravo» realizados del 25 al 27 de septiembre de 2025. Siendo uno de los puertos más importantes de Europa, Hamburgo se transforma en un nodo logístico para el sostén del “frente oriental”.

Ahora, Alemania planea iniciar un gran proyecto conjunto de producción de drones de largo alcance (unos 1.500 kilómetros) con Ucrania. Aunque nunca se confirmó el modelo exacto, probablemente se trate de drones FP-1 y FP-2 desarrollados por la empresa ucraniana Fire Point, capaces de recorrer hasta 1.600 kilómetros llevando una carga explosiva considerable.

El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, estrecha la mano de su homólogo ucraniano, Mijailo Fedórov, tras la firma de un acuerdo para la producción de drones de largo alcance destinados a atacar objetivos en profundidad dentro del territorio ruso.

Este episodio constituye una provocación particularmente irritante. Muchos recordarán que, hacia fines de 2024, durante los últimos meses de la presidencia de Joe Biden, se desató un intenso debate en torno a los “sistemas de largo alcance” que Kiev reclamaba a Estados Unidos para atacar objetivos en profundidad dentro del territorio ruso.

En aquel momento, se hablaba de los misiles MGM-140 ATACMS, con un alcance de hasta 300 kilómetros. Zelenski deseaba sistemas incluso con rango mayor para llevar a cabo su «Plan de Victoria». Los declaraciones en el Kremlin entonces subieron de tono amagando con el uso del átomo como respuesta. Vladimir Putin sostuvo que impactar sobre el interior de Rusia era una línea roja. Sin embargo, los ataques continuaron de todos modos, mediante infiltraciones cada vez más audaces —como la osada Operación Spiderweb— y el uso de drones “artesanales” de creciente capacidad, además de misiles de crucero de diseño británico-emiratí, como los FP-5 Flamingo, con un alcance de hasta 3.000 kilómetros. Hablé de ello en «Plan de Victoria, salto al vacío», «Rusia piensa lo impensable», «El que a hierro mata, a hierro muere» y «Putin y su thriller psicológico».

La temeridad ucraniana llegó al punto de lanzar una incursión terrestre en la óblast de Kursk, en un episodio casi surrealista que buscó, por un lado, capturar la central nuclear de Kursk —un intento de extorsión de carácter radiactivo— y, por otro, golpear el orgullo ruso en una región de enorme peso simbólico: fue allí donde se libró la Batalla de Kursk, una de las más decisivas de la Segunda Guerra Mundial, que justamente abrió el camino del Ejército Rojo hacia Europa Oriental. (Véase «Kursk y Mongolia enlazan pasado con futuro» y «La reconquista rusa de Kursk»)

Lo cierto es que la cuestión de las armas de largo alcance —tan presente durante la presidencia de Biden— nunca llegó a quedar archivada. Ni siquiera el lanzamiento inaugural del misil balístico hipersónico Oreshnik, el 21 de noviembre de 2024, como represalia por un ataque con misiles ATACMS y Storm Shadow contra las regiones de Kursk y Briansk, logró clausurar el debate. El atrevimiento ucraniano al emplear armamento de alta letalidad contra objetivos civiles implicaba, necesariamente, la anuencia de sus aliados occidentales —particularmente Estados Unidos y Reino Unido— para utilizar sistemas de alta precisión en ataques de profundidad sobre territorio de la Rusia

Entonces ocurrió la revelación del Oreshnik, que implicaba tanto una declaración política como un acto de intimidación. Era la respuesta rusa a la salida unilateral estadounidense del Tratado INF. Pero evidentemente ello no alteró la persistencia occidental.

No se sabe la denominación técnica oficial ni tampoco existen fotografías del ultrasecreto sistema Oreshnik. Se cree que es una variante del misil RS-26 Rubezh, un misil balístico capaz de transportar ojivas nucleares. Las ojivas, sin embargo, parecen haber sido reemplazadas por una maqueta no nuclear, provocando daños por la mera energía cinética. Una manera particularmente creativa de sembrar el terror sin recurrir explícitamente al recurso supremo del horror.

Con el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca para ejercer su segunda presidencia, pareció insinuarse una tenue brisa de cambio en el horizonte internacional. El nuevo mandatario irrumpió con estridencia en el tablero geopolítico: protagonizó un áspero choque con Volodimir Zelenski en el Salón Oval, mientras sostenía conversaciones telefónicas más o menos periódicas con Vladimir Putin, como si intentara abrir una vía paralela entre la confrontación y la diplomacia.

Todo había comenzado con cierto aire prometedor. La reunión de trabajo entre delegados rusos y estadounidenses en Riad había dejado la sensación de un acercamiento posible, una antesala que conduciría, tiempo después, hasta la cumbre de Anchorage, en Alaska. Sin embargo, aquellas expectativas de desescalada y entendimiento que la Administración Trump había alimentado, comenzaron, lenta pero inexorablemente, a desvanecerse en una atmósfera de desencanto, sin que mediara una razón única, visible o definitiva que explicara semejante viraje.

La intención de alcanzar un acuerdo estratégico con Moscú —y aquí insisto con mi óptica personal, convencido de que el objetivo último y subyacente consistía en fracturar la alianza sino-rusa— terminó evaporándose. Washington comenzó entonces a mostrarse cada vez más dubitativo y, al mismo tiempo, más beligerante. La riesgosa «Operación Spiderweb», de hecho, difícilmente podría haberse ejecutado sin el engranaje de inteligencia asociado al llamado Deep State, aun cuando Trump optó por sostener una calculada “negación plausible”, argumento que Moscú aceptó —o fingió aceptar— con estudiada frialdad.

Persistía, además, una diferencia esencial e irreconciliable acerca del camino hacia la paz. Estados Unidos insistía en la necesidad de establecer primero una tregua para “comenzar a hablar”; Rusia, en cambio, reclamaba abordar las “causas fundamentales” del conflicto: la desnazificación y desmilitarización de Ucrania, la revisión de las sucesivas ampliaciones de la OTAN y el principio de seguridad indivisible. Así, las negociaciones quedaron suspendidas en un punto muerto, inmóviles.

El escenario cambió nuevamente cuando Trump consiguió que los miembros europeos de la OTAN aceptaran elevar su aporte militar hasta el 5 % del PIB durante la Cumbre de La Haya. Aquello constituyó una prueba inequívoca de que el frente ucraniano comenzaba a ser delegado a Europa, bajo la conducción del eje Londres-Berlín-París, mientras Washington permanecía en una suerte de segunda línea estratégica.

Si algo refuerza esta interpretación es el brusco giro del propio Trump: en un comienzo rechazó visceralmente respaldar a la llamada Coalición de los Dispuestos, pero apenas un mes más tarde elevó la tensión hasta extremos impensados, al insinuar el posible suministro de misiles de crucero Tomahawk a Kiev. El cambio se produjo después de que trascendiera el apoyo ruso a la Iniciativa de Gobernanza Global [4] impulsada por China durante la 25.ª Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, celebrada en Tianjin. Y así, una vez más, la promesa de distensión quedó sepultada bajo el peso de las rivalidades estratégicas del nuevo orden mundial.

Vale decir: frente a lo que ha percibido como un revés político —en línea con la creciente interrelación entre Moscú y Beijing y la progresiva convergencia producto de la «Declaración Conjunta sobre la Nueva Era y el Desarrollo Sustentable Global»—, Washington puso sobre la mesa el principal temor ruso: las armas occidentales de penetración y largo alcance.

Finalmente no suministró los peligrosos Tomahawk debido a múltiples factores: (1) Rusia alegó que no podía discernir si esos misiles tenían cabezas nucleares o convencionales, por lo que, según su doctrina, tenía que responder nuclearmente de manera necesaria; (2) Trump alegó que los necesitaba para su propio arsenal, quizás, previendo el ataque a Irán (Epic Fury, a partir del 28 de febrero de 2026) y (3) Rusia insistió en que tenía voluntad de negociar una salida pacífica al conflicto.

No obstante, el tremendo esfuerzo de diseño, fabricación y puesta en servicio de gran cantidad de drones europeos de largo alcance con destino a Ucrania es innegable. La «Alianza UE-Ucrania de Drones» ya ha surgido como un espacio donde empresas, expertos y usuarios colaboran para impulsar esta tecnología.

A eso se suma la reciente colaboración de la tenebrosa empresa tecnológica estadounidense fundada por la CIA Palantir Technologies, especializada en análisis de datos, inteligencia artificial y plataformas de integración de información — comandada por el trinomio Peter Thiel, Alex Karp y Stephen Cohen — con el régimen de Kiev para reforzar los sectores de defensa/tecnología. Esta empresa ha firmado contratos de exclusividad con el Departamento de Defensa estadounidense, lo que implica, en los hechos, un apoyo sustancial de Washington a la nueva y agresiva estrategia “ucraniana” contra Rusia, destinada a batir objetivos de todo tipo dentro de sus fronteras.

Ya para junio de 2022, apenas comenzó la guerra, Alex Karp, CEO de Palantir, se reunió con el presidente ucraniano Volodimir Zelenski.

Extiendo aún más la peligrosidad de esta compañía y sus implicancias filosofico-políticas: la nueva “guerra global” solo tendrá (o ya tiene) como nominales a los Estados-nación y como verdaderos protagonistas a empresas privadas que controlan datos sobre poblaciones, gobiernos y sus fuerzas económicas y militares, convirtiendo aún más la gobernanza estatal en regímenes títeres al servicio de una plutocracia globalista sin Estado.

Será por eso que la reacción rusa fue demostrar que «su Estado» tiene la potestad de convertir en polvo la materia y el sonido en silencio: la tercera prueba del misil balístico intercontinental RS28 Sarmat 2 tuvo lugar el día 12 de mayo de 2026 — tras los ensayos del 29 de marzo de 2018 y 20 de abril de 2022— y se anunció que entrará en servicio activo para fin de año. Esto ocurría justo un día antes de que Trump visitara a Xi Jinping en China y mientras Tulsi Gabbard investigaba los más de 120 laboratorios biológicos secretos estadounidenses en 30 países diferentes alrededor del globo (y eso traerá consecuencias…).


La vocera del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, María Zajárova, visiblemente fastidiada, sostuvo que “la inspección de los biolaboratorios en Ucrania por parte de EE. UU. es el primer paso del reconocimiento del problema” a pesar de que Rusia denunció su existencia incluso antes de la Operación Militar Especial. Recuérdese que el teniente general Igor Kirillov, jefe de las Tropas de Protección NBQ, fue asesinado en Moscú por el SBU mediante una bomba tras aportar innumerables pruebas sobre estos laboratorios (véase La fase terrorista tomó nuevo impulso).


El presidente ruso Vladimir Putin anunció la plena operatividad del misil intercontinental con ojivas nucleares Sarmat 2 para fin de año, luego de un periodo de pruebas que llevó 8 años.

Ucrania había intensificado enormemente sus ataques contra refinerías, centros urbanos y todo tipo de blanco de oportunidad. Lanzó cientos de drones durante semanas enteras, especialmente, a través del territorio de los Estados bálticos.

Esta navegación indirecta hacia objetivos en Rusia, que implica llevar la guerra entre Ucrania y Rusia al territorio de otros tres países miembros de la OTAN, debería al menos provocar el scramble de los cazas destinados allí por la Alianza o, mínimamente, una contundente queja diplomática contra los banderistas de Kiev. Sin embargo, nada de eso ocurrió. El silencio fue casi absoluto. Como si el tránsito de drones armados a través del espacio aéreo de países aliados no constituyera una vulneración de su soberanía ni un riesgo potencial para sus propias poblaciones. Incluso, el secretario general Mark Rutte hizo una verdadera pirueta en los razonamientos lógicos:


El «neerlandés sonriente» Mark Rutte posee una imaginación tan fértil como puesta al servicio de un cinismo difícil de disimular.

El 19 de mayo, el representante permanente de Rusia ante el Consejo de Seguridad de la ONU, Vasili Nevenzia, denunció específicamente que Letonia ya había permitido la utilización de su propio territorio para el lanzamiento de drones, no solamente como lugar de tránsito.


Vasili Nebenzia declara en el Consejo de Seguridad que los servicios secretos rusos ya se enteraron de la disponibilidad letona para lanzar drones contra Rusia y que la membresía atlantista no los librará de una respuesta adecuada.

La noticia de la próxima operatividad del RS-28 Sarmat, sumada a los furibundos ataques masivos de drones y a la información de que la liliputiense Letonia asumiría un rol beligerante activo del lado ucraniano, fue seguida, casi de inmediato, por vastos ejercicios nucleares conjuntos de Rusia y Bielorrusia, iniciados el 19 y culminados el 21 de mayo: maniobras de enorme escala concebidas para ensayar el despliegue y eventual uso de fuerzas nucleares “ante una amenaza de agresión”.

Esos ejercicios incluyeron el lanzamiento submarino de un misil balístico intercontinental R-29RMU Sineva, el lanzamiento de un misil balístico intercontinental RS24 Yars desde el cosmódromo Plesetsk (Kamchatka), el lanzamiento de un misil balístico táctico Iskander-M desde el polígono de Kapustin Yar y el lanzamiento de varios misiles nucleares de crucero e hipersónicos Kinzhal desde bombarderos Tu-95MS y cazas supersónicos MiG-31M, respectivamente.

No obstante, Putin enfatizó que Rusia solo usaría armas nucleares en circunstancias excepcionales y insistió en que no quiere verse involucrado en una carrera armamentística nuclear.


En videoconferencia, el presidente ruso Vladimir Putin toma la palabra ante la atenta escucha del presidente bielorruso Alexander Lukashenko, dando inicio a los ejercicios nucleares binacionales.

Conviene recordar, además, que a partir del 30 de mayo de 2026 entrará en vigor la ley que habilita la movilización de las Fuerzas Armadas rusas para proteger a ciudadanos rusos arrestados, detenidos o perseguidos en el extranjero, en una clara alusión a cualquier intento de lawfare o detenciones arbitrarias de ciudadanos rusos en el extranjero para extorsionar al Kremlin. Entiéndase el vínculo: Moscú simplificó la obtención de ciudadanía rusa para habitantes de Transnistria, a los efectos de salvaguardarlos con la ley citada.

No obstante, este también podría ser el paso previo de Moscú para intentar tomar Odesa y enlazarla territorialmente con Transnistria, cerrando todo el sur de Ucrania. Al permitir que transnistrios y gagaúzos accedan a la ciudadanía rusa mediante un simple formulario, y garantizar su seguridad a través de sus propias fuerzas armadas, Rusia avanzaría hacia un reconocimiento de facto de ese territorio como parte de su esfera soberana.

Transnistria es un territorio separatista situado entre el río Dniéster —no confundir con el Dniéper, aunque ambos desembocan en el mar Negro— y la frontera con Ucrania. Si bien la comunidad internacional la reconoce como parte de Moldavia, permanece bajo control de autoridades prorrusas

desde comienzos de los años noventa y continúa resguardado por efectivos del antiguo 14.º Ejército soviético, hoy reorganizado bajo la denominación de Grupo Operativo de Fuerzas Rusas.

La increíble anomalía de Transnistria. Población heterogénea, pero una decisión política fuerte de sostener la idiosincrasia soviética y adherirse a la Rusia de Putin.

En septiembre de 2006, las autoridades transnistrias organizaron un referéndum en el que más del 95 % de los votantes se pronunció a favor de independizarse definitivamente de Moldavia y avanzar hacia una eventual incorporación a la Federación Rusa. Moscú, sin embargo, evitó respaldar abiertamente esa aspiración.

Años más tarde, tras la anexión de Crimea en 2014, dirigentes transnistrios reiteraron su pedido de integración a Rusia, pero solicitaron el consentimiento del Kremlim, quien evitó la cuestión: Transnistria carece de frontera directa con territorio ruso —aunque limita tanto con Ucrania como con la Moldavia proatlantista de Maia Sandu— y cualquier reconocimiento explícito o intento de anexión habría dejado al enclave en una posición extremadamente vulnerable.

A la vez, el ministro de Asuntos Exteriores lituano, Kęstutis Budrys, declaró:

Nosotros, Lituania y los países bálticos, debemos desmentir estos mitos sobre nuestra incapacidad para defendernos. El problema no está en el corredor de Suwalki, sino en las capacidades que existen en Kaliningrado…

El mensaje es: sabemos qué hacer y no dudamos: actuaremos cuando sea necesario. Lo más importante es la disuasión, porque la disuasión garantiza la paz.

El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, se hizo eco de esta declaración, y con un juego de palabras, minimizó la soberbia del lituano diciéndole que ellos “simplemente existen” (o sea, “no piensan”).

Serguéi Lavrov minimiza la belicosidad de los chihuahuas bálticos. No obstante, detrás de estas declaraciones está el apoyo del eje Berlín-Londres-París, y más allá, en segunda línea, el de Washington.

El 22 de mayo a la madrugada, sin embargo, el escamoteo dialéctico dio lugar a un hecho absolutamente dramático: subiendo la apuesta provocativa, Kiev lanzó un ataque con drones contra una residencia estudiantil en Starobelsk, Lugansk, asesinando a 21 adolescentes que dormían en su interior. Ucrania no negó el ataque, pero dijo que desde allí operaba la unidad de drones «Rubicón» de los rusos. Rusia, por su parte, presentó el ataque como una masacre deliberada contra civiles. El presidente Putin lo calificó de “ataque terrorista” —lo cual no suena para nada imaginario, pues Kiev ha incurrido en esa metodología en varias oportunidades—, y ordenó preparar represalias, promoviendo una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU. (Véase «La fase terrorista tomó nuevo impulso»)


Visiblemente compungido, Putin describe el ataque en el Kremlin a horas de sucedido —aun no se sabía el número de víctimas fatales — y comprende que está en la antesala de una guerra total sin cuartel.

Resulta tan desconcertante como digno de estudio el hecho de que ucranianos, israelíes y estadounidenses —unidos, a mi juicio, por un mismo hilo ideológico conductor— parezcan asumir como tolerable, e incluso preferible, la muerte de niños y adolescentes cuando ello les permite infligir el máximo daño posible. Se trata de una lógica que se escinde de todo límite ético y moral.

Con un macabro sentido de la oportunidad, el primer ministro sueco Ulf Kristersson afirmó ese mismo día que Occidente debe ayudar a Ucrania a dirigir sus ataques “en la dirección correcta” (Rusia) dado que algunos drones ucranianos habían caído en los países bálticos involuntariamente.

La infamia del acto, más el cóctel de declaraciones de los belicistas europeos y su jactancia triunfalista, provocó un auténtico cambio de ánimo en el Kremlin, cada vez más convencido que tendrá que escalar, incluso, previendo el ataque sobre los países bálticos, Polonia, e incluso, hasta Alemania. La situación es gravísima.

Así las cosas, el 24 de mayo, Rusia desplegó más de 600 drones y aproximadamente 90 misiles (de crucero y algunos hipersónicos Kinzhal) contra objetivos en Kiev y zonas cercanas, en uno de los bombardeos más intensos que ha sufrido la capital ucraniana desde el inicio de la guerra. Se utilizó, asimismo, y por tercera vez, un misil balístico hipersónico Oreshnik contra el aeródromo/planta de reparación de aeronaves en Bélaya Tserkov, lo que confirma nuevamente el uso operativo de esta plataforma de última generación.

Quizás esta sea la última advertencia de Rusia a los europeos antes de que lluevan misiles y drones sobre sus propias cabezas. Pero dudo que los supremacistas europeos tengan la habilidad de comprender los mensajes rusos.

El 25 de mayo, Lavrov, actuando bajo instrucciones del presidente Putin, notificó formalmente al secretario de Estado estadounidense Marco Rubio que las Fuerzas Armadas rusas lanzarán ahora “ataques sistemáticos y sostenidos” contra instalaciones y centros de toma de decisiones en Kiev, aconsejándole que “aseguren la evacuación de su personal diplomático y otros ciudadanos de la capital de Ucrania”. Eso significa que Rusia va a devastar Kiev. Quien quiera oír que oiga.

Como nota de color: el 22 de mayo Tulsi Gabbard renunció a su cargo como Directora de Inteligencia Nacional para apoyar a su esposo en su lucha contra el cáncer. Por más loable que suene su decisión, resulta increíble que una semana antes la misma persona estaba dispuesta a investigar los laboratorios biológicos estadounidenses en Ucrania. Raro…

En definitiva, Europa parece avanzar hacia una zona de peligro histórico bajo una combinación particularmente inquietante: rearme acelerado, sociedades desmovilizadas, élites políticas crecientemente belicistas y una progresiva banalización del riesgo nuclear. El continente que alguna vez hizo de la memoria de sus tragedias una doctrina política de contención hoy comienza a desprenderse, casi con indiferencia, de aquellos reflejos de supervivencia que marcaron la segunda mitad del siglo XX.

La guerra en Ucrania ha dejado de ser un conflicto estrictamente regional para transformarse en el punto de condensación de una disputa sistémica mucho más amplia, donde convergen rivalidades geopolíticas, pulsiones imperiales, intereses tecnológicos privados y estrategias de desgaste entre grandes potencias. Y precisamente allí reside el aspecto más perturbador del escenario actual: la sensación de que todos los actores continúan escalando bajo la presunción de que el adversario finalmente retrocederá antes del abismo.

Pero la historia europea enseña otra cosa. Enseña que las guerras de gran magnitud rara vez fueron producto de una decisión única y plenamente racional, sino más bien el resultado acumulativo de provocaciones, errores de cálculo, humillaciones mutuas, automatismos militares y dirigencias incapaces de detener dinámicas que ellas mismas ayudaron a desencadenar.

La diferencia es que, esta vez, el continente ya no se encuentra bajo la amenaza de ejércitos convencionales únicamente. La sombra que vuelve a proyectarse sobre Europa es la del átomo. Y mientras las poblaciones permanecen anestesiadas entre propaganda, polarización y fatiga moral, el lenguaje de los misiles, las doctrinas nucleares y las represalias preventivas comienza a ocupar nuevamente el centro de la escena estratégica.

Quizás lo más alarmante no sea solamente la posibilidad de una guerra continental, sino la naturalidad con la que esa posibilidad empieza a ser aceptada.


  1. Actualmente, la OTAN ha atravesado diez oleadas de expansión. La alianza fue fundada en 1949 con doce miembros originales: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, Portugal, Países Bajos, Islandia, Noruega, Luxemburgo y Dinamarca.
    La primera expansión tuvo lugar en 1952, con el ingreso de
    Grecia y Turquía. La segunda se produjo en 1955, con la incorporación de Alemania Occidental, hecho que desencadenó a la creación del Pacto de Varsovia. La tercera expansión ocurrió en 1982, cuando ingresó España.
    La cuarta oleada se produjo tras el fin de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética. En 1999 ingresaron
    Polonia, Hungría y República Checa, todos antiguos integrantes del bloque socialista y del Pacto de Varsovia.
    La quinta expansión tuvo lugar en 2004 e incorporó a
    Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Bulgaria, Eslovaquia y Eslovenia. La incorporación de las repúblicas bálticas fue especialmente sensible para Rusia.
    La sexta expansión se concretó en 2009, con el ingreso de
    Albania y Croacia. La séptima tuvo lugar en 2017, con la adhesión de Montenegro. En 2020 se produjo la octava expansión, mediante el ingreso de Macedonia del Norte.
    La novena expansión estuvo vinculada al nuevo escenario de seguridad generado por la guerra ruso-ucraniana y ocurrió en 2023, con la incorporación de
    Finlandia. Finalmente, en 2024 se concretó la décima oleada, con el ingreso de Suecia.
    Con estas ampliaciones, la OTAN alcanzó un total de
    32 Estados miembros. ↩︎

  2. El Colegio de Comisarios es el máximo órgano colegiado político y de decisión de la Comisión Europea, formado por el presidente de la Comisión (Ursula von der Leyen), así como por los 26 comisarios , incluyendo a los vicepresidentes. El Colegio de Comisarios puede equipararse esquemáticamente a los Consejos de Ministros o gabinetes ejecutivos nacionales. ↩︎

  3. El desfile transcurrió desprovisto de material pesado: sólo columnas de tropas marchando con solemne marcialidad. La ausencia de blindados y sistemas de combate fue justificada oficialmente bajo el argumento de que ese equipamiento resultaba indispensable en el frente. ↩︎

  4. La Iniciativa de Gobernanza Global es una propuesta impulsada por Xi Jinping dentro de la estrategia diplomática de China para reformar el orden internacional contemporáneo. Su idea central es que el sistema global —construido en gran medida bajo liderazgo occidental después de la Segunda Guerra Mundial— debe transformarse hacia un modelo “más multipolar”, donde las potencias emergentes tengan mayor peso político, económico y estratégico. Beijing sostiene que las instituciones actuales reflejan intereses occidentales y, especialmente, estadounidenses. La iniciativa suele apoyarse en varios principios recurrentes:
    Multipolaridad: rechazo a la hegemonía de una sola potencia.
    Soberanía estatal: oposición a intervenciones externas en asuntos internos.
    Seguridad indivisible: concepto según el cual ningún país debería fortalecer su seguridad perjudicando la de otro (una idea que Rusia utiliza mucho respecto de la OTAN).
    Cooperación Sur-Sur: fortalecimiento de vínculos entre países en desarrollo.
    Reforma institucional: mayor protagonismo para organismos y bloques alternativos a Occidente, como la Organización de Cooperación de Shanghái o los BRICS.
    En términos prácticos, esta visión se conecta con otras iniciativas chinas más conocidas: la
    Iniciativa de la Franja y la Ruta, la Iniciativa de Seguridad Global, la Iniciativa de Desarrollo Global, y la idea de una “comunidad de destino compartido para la humanidad”.
    Desde la óptica occidental, especialmente en Estados Unidos y parte de OTAN, estas propuestas suelen interpretarse como intentos de China de construir un orden internacional alternativo que reduzca la influencia estadounidense.