Publicado el 28 de mayo de 2026 / Por
-A través de sus escritos sobre la Mujer en la Guerra y la Revolución de España (1936-1939)-
Aunque María Luisa Carnelli (La Plata, 1898-Buenos Aires, 1987) nunca se denominó a sí misma «feminista» en los textos de los años 30 sobre los que voy a desarrollar mi trabajo, es indudable que los temas que trató y los puntos de vista que desarrolló no solo pueden considerarse hoy día como feministas, sino que además se pueden adscribir, sin lugar a dudas, a una corriente de pensamiento decididamente revolucionaria, marxista o de clase.
Antes de viajar a España como corresponsal del periódico argentino Crítica y encontrarse de lleno con la sublevación de los militares franquistas el 18 de julio de 1936, dedicándose a escribir crónicas desde las trincheras, María Luisa acababa de publicar en Buenos Aires su segunda novela documental, «U.H.P. Mineros de Asturias», fruto de su investigación en las cuencas mineras donde le otorgó un papel relevante a las mujeres, pero, sobre todo, ya había publicado una novela de realismo social que puede catalogarse como feminista, y además abordando temas que la situaban en la vanguardia de la lucha por la emancipación de las mujeres.
En «¡Quiero trabajo!» (Editorial Tor, Buenos Aires, 19331), María Luisa construye un relato en gran parte autobiográfico donde la protagonista, Susana, recorre los pasos de muchas mujeres de su época que están inmersas en el Buenos Aires mísero y capitalista que conocía tan bien: desde un matrimonio sin amor e impuesto por sus padres cuando solo tenía 17 años, hasta caer en la prostitución como única forma de conseguir algo de dinero para mujeres sin recursos ni formación como ella, pasando por las violaciones en el seno del matrimonio -sexo no consentido-, embarazo no deseado y posterior aborto («Yo no quiero un hijo ¿para qué? Mi vida no es agradable…No tengo dinero, comodidad, descanso, ni el más ínfimo motivo para ser feliz»), divorcio, y el intento de salir de la prostitución y de encontrar una nueva pareja sin conseguirlo en un mundo sórdido, miserable y sin horizonte para una mujer que a pesar de todo se resiste a perder su independencia y su dignidad, rechazando algunos empleos que solo significaban entregar de nuevo su cuerpo a hombres que se aprovechaban de su pobreza. En su búsqueda desesperada de trabajo, Susana va a encontrarse un día con una manifestación de parados que gritaban «¡Abajo la tiranía! ¡Viva la libertad! ¡Vivan los derechos del hombre! ¡Abajo el capitalismo burgués! ¡Trabajo! ¡Queremos trabajo!», y en esa rebeldía y en esa justa exigencia de una colectividad organizada va a descubrir su futuro. A los 30 años, Susana se da cuenta de que solo la militancia obrera le hará salir de la espiral de la precariedad moral y económica en la que lleva sumida más de una década, y que solo la unión y la lucha colectiva de mujeres y hombres, en pie de igualdad, le dará un sentido a su vida: «Pude deslizarme hasta el fondo. Nadie quiso impedirlo, ni le importaba. Por mis propios pasos he tomado el rumbo, de nuevo. Ya no me tuerce nadie, ya no me esclaviza nada, ya no me doblega nada ni nadie. No habrá nadie que pueda extorsionar mi miseria. Soy fuerte, soy consciente, soy libre. Soy yo misma reconquistada. Busco trabajo. Quiero trabajo»2.
Susana (Carnelli) entiende finalmente que la emancipación femenina no se consigue a través del «sagrado» matrimonio, ni de la prostitución más o menos encubierta, sino a través del trabajo realizado y revitalizado en colectividad, y mediante la lucha. Esa vinculación del trabajo con la liberación de la mujer era una perspectiva nueva en la Argentina de aquella década, y su reivindicación de una mujer dueña de su propio cuerpo y su propio destino, un sujeto activo que construye su historia, era un mensaje muy poderoso y atractivo que demostraba un feminismo de vanguardia y de una gran madurez. No es casualidad que el célebre y perseguido marxista boliviano Tristán Maroff (Gustavo Adolfo Navarro Ameller) dijera en el elogioso prólogo de su novela que María Luisa era una defensora sincera y tenaz de la emancipación de las mujeres, porque tenía un pasado y escribía de lo que había vivido, y la equiparaba nada menos que a las pioneras feministas como Mary Wallstonecraft («Vindicación de los derechos de la mujer», 1792), Olive Schreiner («La mujer y el trabajo», 1911), o Lilly Braun («Las mujeres y la política», 1903).
María Luisa Carnelli era una enamorada de España, pero de la España republicana, de aquella que había conseguido el sufragio femenino, el divorcio, una mayor educación de niñas y mujeres y un código penal más igualitario, aflojando las cadenas que esclavizaban a la mujer; sí, pero sobre todo de la España roja y proletaria que avanzaba hacia las Alianzas Obreras y el Frente Único, que en Asturias había levantado por primera vez la bandera de la UHP («Unión de Hermanos Proletarios») y donde había triunfado en unas elecciones generales un Frente Popular de izquierdas, con socialistas, republicanos, comunistas y anarcosindicalistas de Ángel Pestaña: todo un sueño para cualquier argentino de izquierdas que sufría los gobiernos totalitarios de la «Década infame» (1930-1943), y para comprobar esa experiencia viajó por segunda vez a España en 1936, llegando a Barcelona dos días antes de la sublevación fascista.
María Luisa Carnelli comprobó en primera persona el heroísmo de los cientos de mujeres madrileñas que subieron en las primeras horas a la Sierra de Guadarrama a combatir a los militares y falangistas que se habían alzado contra la República. Su admiración hacia las milicianas fue incontestable y continuo, y siempre consideró esa implicación todo un ejemplo de madurez feminista de las mujeres antifascistas españolas.
En su primer escrito de diciembre de 1936, demostrando un conocimiento de las obras de Engels, Bebel o Alejandra Kollontai, María Luisa Carnelli escribía:
«La mujer, desde la época del matriarcado hasta aquí, haciendo salvedad de la que habita en la Rusia soviética, ha vivido una doble esclavitud: social y de sexo.
La vida precaria en los hogares pequeñoburgueses y la existencia casi miserable del hogar proletario con sus accidentes trágicos de desocupación, bajos salarios, insalubridad, etc., ha gravitado sobre los sufridos hombros de la mujer, la cual, además de hallarse sometida al yugo capitalista, que desvaloriza su trabajo por debajo del trabajo del hombre, se ha visto obligada a soportar también una despótica preeminencia masculina, el derecho patriarcal asentado firmemente en el principio de la propiedad privada.
En España, quizá más que en otros países de Europa y de América, este legado feudal de esclavitud se ha dejado sentir en toda su crudeza. Como ninguna otra, la mujer española ha sido doblemente esclava. Por eso, su actitud de hoy, apuntalando el esfuerzo del hombre en la lucha por la libertad y contra la reacción, nos regocija al par que nos asombra.
Waldo Frank, el filósofo y escritor yanqui que ama a España y está con las fuerzas nuevas del progreso y de la cultura, dijo alguna vez: «La mujer española es serena y no tiene curiosidad. Su hermana anglosajona la llamaría perezosa, y la parisiense, insípida…».
Quizás en un pasado lejano o inmediato haya sido justa esa apreciación, pero hoy, la mujer española, con su grupo de grandes luchadoras al frente de «Pasionaria», Margarita Nelken, Federica Montseny o Victoria Kent, destruye todas las leyendas y todos los mitos y prejuicios que giran en el mundo en torno a su domesticidad y a su pereza.
La guerra civil y la revolución nos revelan a las demás en lo que son y en lo que era necesario que fuesen: mujeres fuertes y conscientes, ansiosas de conquistar su libertad y su derecho a la vida, en el pleno ejercicio de todas sus exigencias…
Mujeres españolas, guerrilleras en la retaguardia y en el frente, en la Cruz Roja, en los Hospitales, en las Guarderías infantiles, en los talleres de costura, en la propaganda y en la primera y última línea de trincheras, el fusil al brazo frente al enemigo o lavando las ropas y haciendo la comida del miliciano. Mujeres proletarias y mujeres de la clase media, todas de la misma raza de Aida Lafuente y de Lina Odena, dispuestas para el trabajo y, si fuera preciso, para la muerte»3.
Meses después, en su Manifiesto del 8 de Marzo de 1937, «Día Internacional de la Mujer», volvía a reiterar el ejemplo que constituía la mujer española empoderada que combatía en el frente y en la retaguardia, en la trinchera y en el taller:
«Hoy, 8 de marzo, a la mujer española le cabe el alto honor de enarbolar, por sobre todas las mujeres del mundo, su bandera de emancipación y de combate.
Hombro con hombro, al lado de los soldados del pueblo, el fusil al brazo, dispuesta a jugárselo todo en la contienda de la civilización contra la barbarie. Dispuesta a entregar su vida para conquistar el derecho a vivirla. Dispuesta a morir, si es preciso, para defender, frente a un pasado de ignominiosa esclavitud, un porvenir de felicidad y de justicia.
Millares y millares de mujeres defienden en España la causa de la libertad de los pueblos, pues ellas saben, conscientemente, que es con el progreso social como hallarán su redención y la de sus hermanas de sexo y de clase.
La valiente miliciana que empuña su fusil en las trincheras tiene el mismo temple heroico que la «stajanovista» de un taller que trabaja diez, doce, hasta catorce horas diarias para producir más y mejor con destino a los frentes.
La muchacha que en los hospitales, con su blanca toca de enfermera, restaña las heridas sangrientas o acerca su vaso de agua a unos labios enfebrecidos y sedientos, hace tan magnífica labor como la que en las guarderías infantiles aleja de los ojos inocentes los aguafuertes sombríos de la guerra. (…)
Hoy, Día Internacional de la Mujer, la mujer española hace ondear, en lo alto de la fortaleza más gloriosa el mundo, su bandera de emancipación y de combate»4.
La asombrosa evolución de las mujeres españolas en su lucha contra la doble explotación que sufrían, a la par que contra el fascismo, como compendio de ambas esclavitudes, la volvía a repetir en otro escrito del mes de junio de 1937:
«Cuando las mujeres españolas se enrolaron el 18 de julio en las milicias populares para luchar al lado del hombre contra el fascismo, el asombro y la simpatía del mundo las siguió a través de las montañas y las llanuras, en las peripecias de todos los combates. Y cuando las vio morir -¡salud Lina Odena, Paca Solano, Encarnación Jiménez!-, con la voluntad postrera de ser libres, el asombro y la simpatía se trocó entonces en admiración y en respeto. Es que las mujeres españolas, a las que sus hermanas europeas consideraban poco evolucionadas y conscientes, estaban dando un ejemplo magnífico a todas las mujeres del mundo. Levantando con el auténtico pueblo español la bandera contra el fascismo, levantaban también sus propias banderas de liberación y de lucha contra un sistema de opresión que durante siglos hizo pesar sobre ellas un doble e infamante yugo de sumisión de clase y de sexo»5.
María Luisa Carnelli, la autora de «¡Quiero trabajo!», defensora a ultranza del valor del trabajo como condición indispensable para la emancipación de las mujeres, lo fue en la misma medida, y por los mismos motivos, de la consigna del Comité Central del Partido Comunista publicada el 18 de agosto de 1936, el mismo día que se cumplía un mes desde el inicio de la sublevación fascista: «Todos los hombres útiles, al frente; todas las mujeres, al trabajo».
En su reportaje «Nunca más esclavas»6 María Luisa le preguntaba a una obrera madrileña: «Y cuando la guerra termine, ¿qué haréis?»:
«-Ya se verá. Lo primero será asistir, como nuestras hermanas de la URSS, a escuelas de enseñanza elemental y superior, a Institutos y Universidades. Procuraremos adquirir conocimientos técnicos, políticos, artísticos. Nos haremos cultas y trabajaremos al lado de los hombres, unidas fraternalmente a ellos por lazos de cordialidad, de labor, de camaradería. Hombro con hombro, construiremos conjuntamente la gran España del porvenir».
Y María Luisa reflexionaba:
«Después de expresar tan bellos y claros pensamientos, las obreritas se alejan y se colocan de nuevo ante las máquinas. Cantan y ríen, acompañadas por el zumbido de los motores. Viéndolas, se piensa, con orgullo y con fe, en el triunfo el pueblo español sobre el fascismo nacional y extranjero, y en los combatientes del frente y de la retaguardia, que luchan hasta morir o vencer por destruir la injusticia social y lo que determina la esclavitud de las mujeres».
La escritora, poetisa, periodista y corresponsal de guerra argentina María Luisa Carnelli condensó estas consideraciones en un artículo publicado el 15 de mayo de 1938 que, a juicio de la escritora feminista Carmen Alcalde Garriga (Girona, 1936) constituye uno de los textos feministas más lúcidos de la época7. Carnelli reflexionaba de la doble emancipación que las mujeres estaban consiguiendo en medio de un proceso revolucionario que una cruel guerra había hecho posible: «La mujer quiere puerta franca en los puestos de trabajo»8:
«Cuando el 18 de julio de 1936, las mujeres españolas se enrolaron en las milicias populares para la guerra, lo hicieran respondiendo a un incontenible sentimiento, que era antes que nada anhelo de liberación. Pero anhelo de liberación en un doble sentido, social y humano. La mujer española sabía, instintiva o conscientemente, que era víctima de una doble esclavitud. A la esclavitud económica se sumaba la esclavitud doméstica. Domesticidad: este es el término justo. La mujer, uncida al yugo de la explotación capitalista, como obrera, como oficinista, como intelectual y sujeta a la supremacía masculina en el hogar y fuera de él, domesticada.
Algunas, conscientes de su verdadera condición y ubicación, salieron a la lucha, también conscientemente, armadas contra los defensores del régimen de privilegio que determina la injusticia social y la esclavitud del sexo femenino. Otras salieron entreviendo confusamente la realidad; pero respondiendo a un certero instinto de clase que les indicaba la forma más directa de combatir al enemigo fascista.
En las trincheras, como delegados políticos, como milicianas, han caído en ofrenda de ejemplar heroísmo valerosas mujeres.
Pero el ejemplo, saludable y magnífico, lo dieron no solo las que cayeron -¡salud, Lina Odena, Paca Solano, Antonia Portero, Encarnación Jiménez!- luchando cara a cara contra el enemigo; lo dieron también esos centenares de muchachas clavadas al pie de las máquinas en ferviente trabajo stajanovista; lo dieron las que, en los hospitales y campos de combate, desafiando los riesgos, acudían a restañar sangrantes heridas; lo dieron las madrecitas-maestras, que con un enjambre de chiquillos, hijos de combatientes, salieron de los lugares de peligro para enseñarles, lejos de las bombas y del estruendo, a amar la luz, la libertad, el bien obrar y la justicia».
Profunda conocedora del feminismo latinoamericano y europeo, María Luisa admiraba a la mujer y a las muchachas republicanas españolas que, en medio de la guerra, había comenzado un esperanzador y luminoso camino de liberación, una verdadera revolución feminista. Siempre ensalzó a las milicianas, pero para ella no había diferencia entre las mujeres con fusil y manta en bandolera y las que luchaban en la retaguardia, con la aguja y la máquina de coser o en las máquinas industriales y tornos, trabajando extenuantes jornadas para proveer de todo lo necesario al frente. Ambas representaban a lo mejor de la mujer empoderada y liberada que emergía potente, en medio del peligro y de la incomprensión aún de muchos hombres, en aquellos meses de guerra. En octubre de 1937 en su artículo «En las fábricas madrileñas», escribía:
«¡Cómo barre el viento de la guerra y la revolución métodos y prejuicios arcaicos! La mujer española ha dado un salto de siglos. Cuando el triunfo corone los esfuerzos y sacrificios del pueblo español, la mujer española se habrá colocado ya en la vanguardia del frente femenino mundial en la lucha por la liberación de la mujer. Y a la mujer madrileña le habrá correspondido el honor de haber peleado por su emancipación, por su independencia económica y por el logro de todos sus derechos en los momentos y circunstancias más dramáticos. Este hecho que voy a mencionar es significativo, y casi diré simbólico.
En una fábrica situada tan cerca del frente que caían obuses y balas explosivas a diario, las muchachas de las brigadas de choque, para que las compañeras no lo advirtieran y paralizasen el trabajo, cantaban a coro La Internacional y otras canciones revolucionarias siempre que el tiroteo se intensificaba. Así, entre el ruido de las máquinas y las voces vibrantes de la muchachas, se apagaba el estampido de los proyectiles.
¡Valientes muchachas de Madrid! Tienen el magnífico espíritu de su ciudad castigada, herida, pero indomable»9.
Con María Luisa Carnelli, el «¡Paso a la mujer!» de la feminista librepensadora Amalia Carvia, daba una vuelta de tuerca de impensable proporciones dos décadas antes. En una entrevista a una obrera y antigua miliciana madrileña y escuchar de sus labios: «Si yo muero, la felicidad será para mis hermanas de clase y de sexo…», Carnelli reflexionaba con la emotiva sororidad que siempre le caracterizó:
«- ¡Si tú mueres…! ¿Pero es que tú puedes morir, valiente muchachita, que has roto ya a jirones tus carnes en las sierras y las llanuras de Castilla?
¿Pero es que tú puedes morir, en una muerte absoluta y definitiva? ¡No! Tú estás y seguirás de pie en la historia, erguida en tu magnífico esfuerzo para crear nuevas formas de convivencia entre los hombres y solucionar, al fin, no solo el hondo y doloroso problema de la dignificación de la mujer, sino también el tremendo pleito en el que se debate la libertad y la dignidad del ser humano».
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Imagen del artículo: María Luisa Carnelli en Blanco y Negro (Madrid) del 1 de octubre de 1938.
NOTAS AL PIE:
1 La edición de Eduvim (Buenos Aires, 2018) está disponible en: https://archive.org/details/maria-luisa-carnelli-quiero-trabajo-1933
2 Puede consultarse el trabajo «¡Quiero trabajo!, de María Luisa Carnelli: subjetividad feminista revolucionaria en la Buenos Aires de 1930», de Florencia Angilletta (Universidad de Buenos Aires), en Badebec 6 (11) (Septiembre 2016), disponible en internet.
3 Extractos de «Luchando por la dignificación de la mujer» en Juventud -diario de la juventud en armas- (Madrid) del 30 de diciembre de 1936.
4 Tomado de «Hoy, jornada internacional de la mujer», en Ahora (Madrid) del 8 de marzo de 1937.
5 «La mujer en la lucha. Muchachas en la industria de guerra», en El Sol (Madrid) del 2 de junio de 1937.
6 El Sol (Madrid) del 19 de septiembre de 1937.
7 «La mujer en la Guerra Civil española» de Carmen Alcalde, Ed. Cambio 16, Madrid, 1976.
8 El Sol (Madrid) del 15 de mayo de 1938.
9 «En las fábricas madrileñas», publicado en la revista Mujeres –Valencia, Comité Nacional de Mujeres Antifascistas-, del mes de octubre de 1937.