miércoles, 22 de abril de 2026

El pecado de los buenos

                                        
                                                                              

Pascual Serrano   10/04/2026

La gran tragedia de la geopolítica dominante impuesta por Occidente es que está usando esa bondad occidental, ese intervencionismo humanitario, como imperialismo humanitario.


















                                                                Fuente: M. Hossein Movahedinejad / CC BY 4.0

Hace unos cuatro años asistí a un acto político-cultural en el Teatro Nacional de Cataluña en defensa de las mujeres iraníes. Desde el feminismo y desde la izquierda se denunciaba el machismo de la teocracia gobernante en Irán, las limitaciones impuestas a las mujeres, la obligatoriedad del velo y la policía de la moral que se encargaba de ese cumplimiento.

Todas las mujeres que participaban y el público, posteriormente en sus intervenciones, compartían una legítima preocupación solidaria. Como yo conocía a las organizadoras del acto y a muchas de las asistentes, sabía que eran personas de izquierda. Sin embargo, no pude evitar pensar cómo esa buena causa y esa legítima denuncia podía terminar siendo utilizada, una vez más, para otra agresión imperial. De nuevo, una justificación para una intervención y una masacre.

Creo que ese es uno de los grandes problemas de occidente. Esa buena intención, asociada a un vocación moralista intervencionista, de quienes se consideran obligados desde la solidaridad a señalar las injusticias en cualquier parte del mundo. Al fin y al cabo, no se hace otra cosa que aplicar los criterios universales de los derechos humanos mirando a todos los lugares del planeta. Eso no es malo y, por supuesto, no debería traer malas consecuencias.

La gran tragedia de la geopolítica dominante impuesta por Occidente es que está usando esa bondad occidental, ese intervencionismo humanitario, como imperialismo humanitario, como llama Jean Bricmont. Todo ese potencial de empatía, solidaridad y compromiso con personas que sufren de otros países acaba sirviendo para legitimar agresiones de Estados Unidos y de la OTAN violando el derecho internacional.

Una semana después del inicio de los bombardeos de Estados Unidos e Israel a Irán, leo en Infolibre este titular: “El PP se sirve de las mujeres iraníes en un acto del 8M para justificar otra vez la ofensiva en Oriente Medio”. Ahora nos damos cuenta y titulamos desde la izquierda así, pero hace cuatro años, éramos nosotros los que organizábamos un acto similar sin darnos cuenta de que, sin pretenderlo, estábamos sentado las bases para que algunos pudieran presentarse, con sus bombas, como los liberadores de esas mujeres. Y, desgraciadamente, esas campañas de denuncia, de alguna manera, terminan convenciendo a muchos de las buenas intenciones de las intervenciones militares occidentales.

Esa recurrida expresión desde nuestros sofás ante cualquier injusticia que percibimos en otros países, de “algo tenemos que hacer”, se ha convertido en el terrible salvoconducto para llevar la muerte y la destrucción a numerosos lugares del mundo.

Para hacer respetar los derechos humanos y la justicia, primero debe crearse un ordenamiento jurídico internacional vinculante, después un tribunal que sirva a su cumplimiento y un poder coercitivo global que garantice su aplicación

Percibimos mujeres tratadas injustamente en Irán, decimos “algo tenemos que hacer” y bombardean un colegio de niñas y asesinan a 160. Sabemos que hay militantes de izquierda y kurdos en las cárceles de Al Assad en Siria, decimos “algo tenemos que hacer”, alguien en occidente nos señala a unos “rebeldes” a los que se les arma, y acaban tomando el poder los islamistas de ISIS que asesinan a esos militantes de izquierda y a esos kurdos. Nos indignaron porque en Yugoslavia Milosevic hacía limpiezas étnicas, dijimos “algo tenemos que hacer”, y nuestros aviones de la OTAN terminaron arrasando Serbia.

Va siendo hora de que los ciudadanos de Occidente entendamos que, para llevar los derechos humanos y la justicia a cualquier lugar, primero debe crearse un ordenamiento jurídico internacional vinculante, después un tribunal que sirva a su cumplimiento y a continuación un poder coercitivo global que garantice su aplicación.

Ahora lo único que hay es una Carta Fundacional de las Naciones Unidas que establece que cada país es soberano y que la paz mundial depende de la no injerencia en otros países y el respeto a su soberanía.

Mientras solo exista eso, nuestras indignaciones morales y nuestros intentos de justicia universal solo serán coartadas de los poderosos para, paradójicamente, atropellar ese derecho internacional y arrasar pueblos y gobiernos que no les gusten después de convencernos, con razón o sin ella, de que allí se estaban violando derechos humanos.

El pecado de los buenos está sirviendo para preparar el terreno para esas intervenciones militares.