martes, 31 de marzo de 2026

Jeffrey Epstein, el Mossad y “La chica del tambor”

     Alberto García









En 1983 John Le Carré publicó la novela policíaca de espionaje “La chica del tambor”. Un año más tarde, fue llevada al cine por George Roy Hill, protagonizada por Diane Keaton y Klaus Kinski.

Síguenos en Hojas de Debate

Con un argumento basado en  la trama de la persecución por parte del MOSSAD contra un militante palestino, fundamentalmente desarrollada en Europa, el novelista, que había sido miembro del servicio de información británico, efectúa un análisis penetrante de los métodos utilizados por aquella organización del Estado Israelí en su trabajo, destacando mecanismos de extraordinaria sutileza para manejar todo aquello que le permitiera dominar sus objetivos, entre los que se encontraban en aquel relato altos funcionarios, políticos y empresarios europeos.

Se utilizaba de manera perfectamente estudiada la creación de realidades ficticias donde situaban a sus víctimas, llevadas a cabo con todo lujo de detalles, actuación denominada la creación del teatro de lo real en la jerga de aquel espionaje, además de mecanismos de manipulación psicológica sofisticada, y muy particularmente el uso de la llamada “trampa de la miel”, consistente en la promoción de relaciones sexuales y románticas como herramienta tanto para conseguir  por seducción sus objetivos, como  para posteriormente  efectuar chantaje sobre los mismos.

Todo esto se unía con la vigilancia profunda y la creación de redes de influencia, y la utilización de colaboradores, muchas veces no remunerados, sino que actuaban por simpatía con los relatos que construía el Estado de Israel, que proporcionaban logística, contactos e información. A menudo se empleaba el cebo tecnológico, el intercambio de información valiosa, de favores, el reclutamiento bajo falsa bandera—la multiplicación de ONGS ha debido ser muy útil en este sentido–, con frecuencia se recurría al soborno, a la transferencia de información privilegiada de aquellos a quienes se quería captar y al intercambio de favores. 

Y en sentido contrario, a quienes resultaran un obstáculo para aquellas actividades que en definitiva no tenían otro objeto que favorecer los designios del Estado israelí, se les hacía víctimas de campañas de desprestigio o se les perjudicaba de todas las formas posibles.

Se equivocan quienes creen que la actividad de espionaje la protagoniza exclusivamente un individuo escondido tras una cortina, o llevando a cabo un seguimiento. Sin duda se recurre a métodos clásicos y sencillos, pero la base del mecanismo descansa en una profunda comprensión de la psicología humana y de las debilidades institucionales.

Cuenta Le Carré por ejemplo que el MOSSAD, obviamente el servicio secreto mejor conocedor de las actividades armadas palestinas, cuando conocía, o tal vez provocaba algunas de estas, daba el chivatazo al policía próximo o bien predispuesto a la colaboración, que gracias a esta información evitaba el acto violento, y resultaba ascendido o promocionado dentro del cuerpo.

Los ejemplos se pueden multiplicar hasta el infinito: despachos de abogados que colaboraran con la causa era bien provistos de clientes generosos,  ¿(¿tal vez el caso del actual premier británico Starmer, o el de la esposa de Tony Blair?), o aquello que le sucedió al ex presidente español Aznar tras la invasión de Irak, su contratación millonaria por parte del magnate Robert Murdoch. En el caso contrario nos podemos encontrar con la peripecia del ex premier y secretario general del Partido Laborista inglés, Corbyn, que tras décadas de militancia en dicho partido y dada su ideología antisionista y progresista fue abruptamente apartado de su cargo e incluso expulsado de la organización en la que llevaba militando toda su vida.

Los análisis de Adam Sisman, principal biógrafo de Le Carré, y de los analistas Yossi Melman y Rowen Bergman insisten y detallan la profundidad y realismo del relato de Le Carré.

No se puede dejar de mencionar en este ámbito al nuevo canciller alemán, Friedrich Merz, que hasta antes de su acceso al cargo era uno de los principales ejecutivos del gigantesco fondo de inversión Black Rock, estrechamente ligado a la CIA y al Estado israelí y al Pentágono,  e individuo tan ultra y pro americano que la ex canciller Merkel lo había vetado para ostentar cargos políticos de relevancia durante su mandato. Hoy día es uno de los principales defensores del genocidio de Gaza y del ataque imperialista y sionista contra Irán. (Véase la información de diario Público de 31-5-25, firmada por Helena Margarit).

Es en este terreno donde debemos encontrar la causa de la motivación de la serie de altos dirigentes europeos que apoyan incondicionalmente al Estado Sionista, y no en presuntas “deudas históricas” que a personajes tan pragmáticos les resbalan por completo. 

Pues bien, al observar las andanzas, peripecias, el gigantesco y turbio episodio protagonizado por Epstein a lo largo y ancho sobre todo del hemisferio occidental, nos parece estar releyendo la novela antes citada del gran escritor inglés Le Carré. 

No debemos perdernos en este asunto con las connotaciones frívolas, de prensa rosa, que lo rodean; por el contrario, se trata de la creación por parte de Epstein de una gigantesca red de los mecanismos antes descritos, propios de todos los servicios secretos pero más depuradamente del israelí, para conocer, captar, manejar, chantajear, presionar, utilizar, a muy destacados miembros de la élite occidental, desde grandes empresarios, presidentes de gobierno, miembros de la realeza, destacados intelectuales…

Ni siquiera escapó de su perfidia, al parecer,  un personaje tan reputado en la izquierda internacional como el gran lingüista Noam Chomsky, al que se acercó presentándose como un filántropo que quería financiar las tesis doctorales que aquel dirigía.

Todos los métodos valían para Epstein, pero el de la “trampa de miel” era el favorito, con la utilización perversa de miles de jóvenes utilizadas para efectuar contactos sexuales, o “románticos”, con estos personajes importantes, que debidamente filmados serían material extraordinario para todo tipo de extorsiones.

Epstein estaba casado con Ghislaine Maxwell, hija de Robert Maxwell, quien fuera   uno de los grandes magnates de la prensa británica durante la segunda mitad del siglo 20, y el principal agente del MOSSAD en Reino Unido, según indiscutible evidencia, y que también, como Epstein, murió en extrañísimas circunstancias, “cayéndose de su barco”, supuesto accidente que desde el primer momento despertó todas las sospechas sobre la perpetración de un asesinato.

Son infinidad los hechos que apuntalan la vinculación de este personaje con el servicio secreto israelí, pero citaremos uno por su trascendencia, y es su estrecha relación con Ehud Barak, quien fuera primer ministro de Israel, además de ministro de defensa e interior. Ambos fueron socios en la empresa de seguridad denominada Reporty Homeland Security, más tarde bautizada como Carbyne, cuestión esta de dominio público y que puede consultarse en Internet,  donde es fácil rastrear además los probos fines a que se dedicaba dicha empresa.

Efectivamente, todos los datos empujan a concluir  que el célebre pederasta norteamericano era efectivamente agente del MOSSAD; desde luego hay que ser muy crédulo para pensar que la gigantesca red que se necesita para contactar, cortejar, seducir, captar, agasajar, a tantos miles de líderes occidentales pueda llevarla a cabo un individuo o empresa, sin contar con una enorme, estructurada y permanente organización detrás, que también ayudara a reclutar a miles de jóvenes que eran la carnaza utilizada como seducción; pero también se valía Epstein del asesoramiento financiero, la concertación de negocios, la supuesta filantropía, para tener en sus manos a tantas  personas influyentes cuya vinculación estrecha hemos conocido estos meses. 

Sin duda las andanzas de este personaje nos arrojan mucha luz sobre la estrecha supeditación a los crímenes del Estado Sionista por parte de tantísimo personaje del mundo occidental.