miércoles, 28 de octubre de 2026

La internacional fascista: granjas, bots, algoritmos y otras hierbas


Kike Parra
(Unidad y Lucha)   octubre 22/2026

Publicado porOctubre



Hay una vieja ilusión que identifica las redes sociales con un espacio neutral donde millones de individuos expresan libremente sus opiniones y donde, de manera espontánea, se manifiesta la voluntad política de los pueblos. No es así. Detrás de una parte cada vez más importante del debate político digital existen intereses económicos concretos, estructuras organizadas y tecnologías capaces de fabricar, amplificar y dirigir estados de opinión.

No estamos ante una simple evolución tecnológica de la propaganda tradicional. Estamos ante algo cualitativamente diferente: la posibilidad de intervenir de manera permanente, individualizada y masiva sobre la percepción política de millones de personas. Granjas de bots, cuentas automatizadas, ejércitos de perfiles falsos, campañas coordinadas, algoritmos de recomendación, segmentación de usuarios y sistemas de inteligencia artificial forman hoy parte de un nuevo arsenal de dominación política.

Y este arsenal choca con la concepción caduca del Estado Nación. Una parte de las grandes fortunas, corporaciones tecnológicas, fondos de inversión, grupos mediáticos y organizaciones vinculadas a la extrema derecha internacional han comprendido perfectamente sus posibilidades. El algoritmo no necesita tener ideología. Basta con que tenga propietario y actuará conforme a sus intereses de clase.

Cuando observamos simultáneamente fenómenos políticos aparentemente desconectados en diferentes países, empiezan a aparecer elementos comunes: discurso contra la inmigración, demonización de la izquierda, desprecio por las organizaciones obreras, nacionalismo agresivo, conspiracionismo, ataque a los servicios públicos, reivindicación de una autoridad política fuerte …

Pasamos de la propaganda fascista del siglo XX, que necesitaba periódicos, emisoras de radio, carteles, mítines y organizaciones militantes a un capitalismo digital que está rompiendo todo el entramado de relaciones democrático-burguesas y se adentra en un fascismo del siglo XXI con herramientas infinitamente más sofisticadas que en el pasado. Un fascismo que no necesita camisas negras, que se inserta desde las instituciones y que, curiosamente, desarrolla una de las características más significativas del fenómeno contemporáneo: su dimensión internacional.

Las derechas extremas de diferentes países pueden presentarse como movimientos nacionalistas, incluso, enfrentados entre sí. Sin embargo, comparten discursos, estrategias, asesores, plataformas digitales, recursos financieros, marcos ideológicos y formas de comunicación. Se trata, pues, de una verdadera internacional fascista.

Es una paradoja profundamente reveladora.

Quienes proclaman defender la soberanía nacional participan, en ocasiones, de circuitos internacionales perfectamente organizados. Las fronteras que consideran infranqueables para los trabajadores parecen desaparecer cuando circulan capitales, asesores, técnicas de propaganda, información y recursos.

Un sector de la clase dominante transnacional comparte intereses, financia determinados proyectos, proporciona plataformas, normaliza determinados discursos y utiliza fundaciones, medios de comunicación, redes sociales, «think tanks», consultoras y empresas tecnológicas para crear las condiciones políticas adecuadas.

Y aquí entran en juego los peones y los líderes. Personajes como Cerimero y otros equivalentes nacionales pueden ser extraordinariamente útiles para esta operación. También los dirigentes: los Milei, Fujimori o Espriella; Orbán, Meloni o Abascal.

Los peones no son el tablero. La política del capital tiende a presentarnos a determinados líderes como fenómenos excepcionales: individuos carismáticos, con gran capacidad de dirección política, capaces de solucionar los desmanes de nuestra sociedad.

Estos individuos pueden ser importantes e incluso llegar a creerse los protagonistas de la partida, pero no son el tablero. De hecho, seguirán unas reglas ajenas a lo que prometieron servir y serán sustituidos como juguetes rotos cuando se quemen, mientras los intereses ocultos tras miles de bits digitales seguirán trabajando para mejorar la posición de clase de una minoría.

Frente a su internacional fascista deberemos anteponer nuestro internacionalismo proletario.

La respuesta debe ser política. Si el capital utiliza mecanismos internacionales para organizar la reacción, la clase trabajadora necesita recuperar esa perspectiva internacionalista.

Frente al trabajador español enfrentado al trabajador inmigrante, internacionalismo.

Frente a la gigantesca máquina de manipulación digital, organización y lucha.

Fuente: unidadylucha.es

martes, 27 de octubre de 2026

Mensaje en la botella para el pueblo de España


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Abstención, lucha de clases y la necesidad de recuperar nuestra voz

Hay mensajes que se lanzan al mar sin saber quién los encontrará. Este artículo quiere ser uno de ellos: una invitación a quienes han dejado de confiar en la política, se sienten decepcionados por los partidos o creen que votar no sirve para nada. No se trata de ignorar sus razones, sino de plantear una pregunta: si renunciamos a participar, ¿quién tomará las decisiones que afectan a nuestras vidas?

Quien trabaja y no consigue llegar a fin de mes, quien no puede emanciparse por el precio de la vivienda, quien busca empleo sin encontrarlo o quien necesita una pensión, servicios públicos y apoyos para vivir con dignidad tiene motivos para exigir respuestas. Pero abandonar las urnas no obliga a los partidos a cambiar. Puede, en cambio, reducir la capacidad de influir de quienes más necesitan que las políticas públicas protejan sus derechos.

Una conquista que no debemos despreciar

Durante la dictadura franquista, los partidos políticos estuvieron prohibidos, la oposición fue perseguida y el sindicalismo independiente sufrió la represión. Trabajadores, estudiantes, mujeres, militantes y movimientos populares lucharon por conquistar las libertades que hoy podemos ejercer. La democracia no fue un regalo: fue resultado de una lucha colectiva.

La recuperación de las elecciones y de las libertades políticas abrió una etapa nueva, pero no acabó con las desigualdades económicas ni con los privilegios. La democracia formal tampoco garantiza por sí sola una vivienda asequible, un empleo digno o unos servicios públicos suficientes. Para avanzar en esos derechos hacen falta organización social, movilización y decisiones políticas.

Por eso, recordar las luchas democráticas no significa idealizar el sistema actual. Significa comprender que las libertades deben ejercerse y ampliarse. Si dejamos de participar porque estamos decepcionados, no desaparecen los intereses económicos ni los conflictos sociales: las decisiones siguen tomándose, con independencia de que acudamos o no a votar.

La abstención también tiene consecuencias

En las elecciones generales del 23 de julio de 2023, la participación fue del 70,4 % y la abstención alcanzó el 29,6 %: 10.402.450 electores no votaron. En noviembre de 2019, la participación había sido del 66,23 %. La diferencia entre ambas convocatorias muestra que la movilización electoral cambia según el contexto político y las circunstancias de cada elección. 

Las causas de la abstención son diversas. Hay personas que rechazan a todos los partidos, otras se sienten defraudadas por quienes votaron anteriormente y algunas no encuentran una candidatura que responda a sus preocupaciones. También influyen las circunstancias personales y las dificultades para participar. No podemos afirmar que todas las personas abstencionistas sean de izquierdas, pertenezcan a la clase trabajadora o compartan una misma motivación.

Sin embargo, hay un riesgo político que conviene comprender. La abstención no transfiere votos de la izquierda a la derecha, pero puede favorecer electoralmente a esta última cuando una parte del electorado progresista deja de votar y el electorado conservador mantiene su movilización. Si unos se quedan en casa y otros acuden a las urnas, los segundos aumentan su peso relativo entre los votos emitidos.

El efecto depende de quién se abstiene, de la distribución territorial del voto y de las reglas electorales. En España, los escaños del Congreso se reparten por provincias mediante la fórmula D’Hondt, y el número de representantes de cada circunscripción influye en las posibilidades de obtener escaño. Por eso, el resultado no depende únicamente del porcentaje estatal de votos.

La abstención no siempre perjudica a la izquierda ni beneficia necesariamente a la derecha. Pero quedarse en casa no es una forma fiable de castigar a un partido. La ausencia puede expresar desencanto, aunque no obliga a ninguna organización a interpretar el mensaje ni a cambiar sus políticas. Los votos emitidos, en cambio, sí determinan la representación parlamentaria.

La idea de que «mi voto no cambia nada» tampoco tiene en cuenta que los resultados colectivos se construyen con decisiones individuales. No todos los votos tienen el mismo efecto sobre el reparto de escaños, pero en una elección ajustada unos pocos pueden resultar decisivos. Y aunque una papeleta no resuelva por sí sola los problemas de una persona, renunciar a votar tampoco los resolverá.

La lucha de clases no termina al salir del centro de trabajo

La política es también un terreno donde se decide cómo se distribuyen los recursos, quién soporta las desigualdades y qué derechos se protegen. La lucha de clases se expresa en los salarios, la precariedad, la vivienda, los impuestos, las pensiones y la financiación de los servicios públicos. No desaparece porque disminuya el interés por las elecciones.

La clase trabajadora tampoco está formada únicamente por quienes tienen hoy un empleo. Incluye realidades diversas: personas asalariadas, desempleadas, jubiladas, cuidadoras sin remuneración y personas que, por una discapacidad, una enfermedad u otras circunstancias, necesitan apoyos para vivir con autonomía. Sus situaciones no son idénticas, pero muchas dependen de cómo se distribuyen la riqueza y las oportunidades y de qué protección ofrece la sociedad.

Las pensiones, la sanidad pública, la educación, la atención a la dependencia y las prestaciones sociales no son cuestiones secundarias. Son derechos cuya cobertura y calidad dependen también de decisiones políticas. Una sociedad no puede medir la dignidad de las personas únicamente por su capacidad para trabajar o por los ingresos que generan.

Por eso, jubilados, personas con discapacidad, familias con pocos recursos y quienes necesitan apoyos públicos tienen razones para participar y examinar las propuestas de las distintas candidaturas. No porque deban votar automáticamente a una determinada formación, sino porque las decisiones políticas afectan a sus condiciones de vida y a sus derechos.

Aquí existe una diferencia política importante entre la izquierda y la derecha. La tradición de la izquierda ha estado vinculada a las luchas del movimiento obrero, la ampliación de los derechos sociales, la redistribución de la riqueza y la defensa de los servicios públicos. Son conquistas asociadas a décadas de organización sindical, movilización popular y acción política. Frente a proyectos que priorizan la reducción de impuestos a quienes más tienen, la privatización o el debilitamiento de la protección colectiva, la izquierda tiene la responsabilidad de defender y ampliar los derechos de las mayorías trabajadoras y de los sectores más vulnerables.

Eso no significa que cualquier partido que se defina de izquierdas cumpla automáticamente esa función. Las propuestas, las decisiones y los resultados deben examinarse críticamente. Pero sí significa que, para quienes defienden la igualdad social y los derechos de las clases populares, tiene sentido participar y apoyar electoralmente a las opciones de izquierda que mejor representen esos objetivos. La crítica a sus errores no exige abandonar las urnas; también puede servir para exigirles más y construir alternativas mejores.

La participación se construye colectivamente

La abstención no se combate culpando a quienes no votan. Se combate escuchando sus razones y recuperando los vínculos entre la política y los problemas cotidianos. Los sindicatos, las asociaciones vecinales, las organizaciones de pensionistas y las plataformas en defensa de la sanidad, la educación, la vivienda o la dependencia pueden ayudar a convertir necesidades compartidas en demandas colectivas.

La participación tampoco se limita a las campañas electorales. Se construye en los centros de trabajo, los barrios, las asociaciones y los movimientos sociales. Estos espacios permiten informarse, debatir y organizarse, mientras que las elecciones deciden quién ocupa las instituciones y con qué programa y apoyos puede gobernar.

Quienes ya participan pueden contribuir hablando con familiares, amistades, compañeros de trabajo y vecinos que se han alejado de la política. No para imponerles una papeleta, sino para conversar sobre los problemas que les afectan, contrastar propuestas y recordarles que su voz también cuenta. La movilización democrática necesita argumentos y confianza, no reproches.

Esta responsabilidad alcanza igualmente a los partidos. No pueden reclamar el voto de las clases populares y olvidarse de sus problemas el resto de la legislatura. Deben escuchar, explicar sus decisiones, cumplir sus compromisos y rendir cuentas. La confianza no se exige: se gana con políticas, resultados y coherencia.

Votar a la izquierda sin renunciar a la crítica

Participar no significa entregar un cheque en blanco. Significa reconocer que las decisiones políticas tienen consecuencias y que conviene influir en ellas. La ciudadanía debe comparar programas, examinar trayectorias y valorar qué candidaturas ofrecen respuestas más convincentes a sus necesidades y principios.

Para quienes viven de su trabajo, dependen de una pensión, afrontan el desempleo o necesitan servicios públicos, la política no es una discusión lejana. Las decisiones de los ayuntamientos, las comunidades autónomas, el Estado y las instituciones europeas afectan a la vivienda, la sanidad, la educación, las pensiones, los derechos laborales y las prestaciones sociales.

Por eso, si defendemos una sociedad más justa, en la que la riqueza se distribuya mejor y nadie quede abandonado por no tener recursos o no poder trabajar, debemos implicarnos en las decisiones que pueden acercarnos a ese objetivo. La participación electoral y la movilización social son herramientas complementarias: votar a opciones de izquierda comprometidas con los derechos sociales puede ayudar a avanzar, y organizarse permite exigir que cumplan lo prometido.

No se trata de afirmar que el voto lo cambia todo ni de negar las limitaciones de las instituciones. Se trata de no regalar nuestra capacidad de decisión. La derecha no necesita que quienes discrepan de sus políticas la apoyen; le basta, en determinadas circunstancias, con que sus adversarios se desmovilicen mientras su propio electorado permanece activo.

Que nuestra voz no vuelva a quedar en silencio

Los derechos laborales, las libertades democráticas, las pensiones y los servicios públicos son fruto de luchas colectivas. No están garantizados para siempre. Defenderlos exige organización, participación y capacidad para exigir responsabilidades a quienes gobiernan.

Este mensaje no pide fidelidad incondicional a ningún partido. Invita a quienes están decepcionados a no confundir la crítica con la renuncia, ni el rechazo a una organización concreta con la indiferencia ante las decisiones que afectan a toda la sociedad. Si los partidos de izquierda fallan, hay que exigirles que rectifiquen y que respondan a las necesidades populares. Pero dejar de participar puede reducir la capacidad de quienes más necesitan las políticas sociales para defender sus derechos.

La pregunta no es si un voto aislado puede resolverlo todo. La pregunta es qué ocurre cuando millones de personas renuncian a participar y qué podemos conseguir cuando convertimos nuestras necesidades en demandas compartidas. Votar no sustituye la lucha social, pero puede contribuir a determinar quién legisla, qué políticas se financian y qué derechos se protegen.

Si queremos una sociedad más igualitaria, no basta con indignarse ante las injusticias: hay que organizarse, movilizarse y participar. Y, cuando llegue el momento de votar, valorar qué opciones defienden con mayor claridad los intereses de las clases trabajadoras y de quienes más necesitan una sociedad solidaria.

La confianza debe ganarse, los compromisos deben cumplirse y los derechos deben defenderse. Esa es también la razón para acudir a las urnas y exigir más a la izquierda, no para renunciar a ella sin haber construido una alternativa mejor.

En el próximo artículo abordare precisamente esa tarea: qué debe exigir la clase trabajadora a la izquierda, desde los salarios y la vivienda hasta las pensiones, la sanidad, la educación y la protección social, y cómo convertir esas demandas en compromisos concretos y verificables. 

Genealogía de un mito colonial: La raíz cristiana del sionismo

Fuentes: Hispantv

                  En el escenario geopolítico contemporáneo, comprender las transformaciones de la extrema derecha global exige examinar cómo convergen de manera orgánica el fundamentalismo religioso y los intereses imperiales. En este engranaje, el cristianismo evangélico neopentecostal y su vinculación simbiótica con el sionismo político ocupan un papel central en el impulso de agendas ultraderechistas.

Este fenómeno no es casual ni espontáneo; responde a un cuidadoso trabajo de ingeniería ideológica, en el que operan activamente centros de influencia y diplomacias paralelas de la llamada «hasbará» sionista, diseñado para naturalizar el apoyo incondicional al régimen de ocupación israelí a partir de mitos bíblicos descontextualizados. La instrumentalización de la fe se ha convertido así en un arma geopolítica de primera magnitud, capaz de movilizar millones de votos y legitimar regímenes autoritarios bajo una supuesta pátina de mandato divino.

Las consecuencias de esta hegemonía ideológica se manifiestan con crudeza, por ejemplo, en América Latina, operando como un motor clave para el ascenso de liderazgos de ultraderecha. El caso paradigmático es el de Brasil, donde la alianza, absolutamente  surrealista, entre sectores del neopentecostalismo y el sionismo político allanó el camino para la elección de Jair Bolsonaro y se proyecta hoy con fuerza en la disputa electoral de su hijo Flavio Bolsonaro frente al proyecto progresista de Luiz Inácio Lula da Silva que se enfrentarán el próximo 25 de octubre en la segunda vuelta  presidencial.  

Esta estrategia demuestra cómo la manipulación de la escatología religiosa no sólo subordina las conciencias a intereses geoestratégicos ajenos, sino que redefine el tablero electoral latinoamericano en función de la defensa de un proyecto colonial y hegemónico global. La narrativa dominante en la historiografía oficial contemporánea suele presentar al sionismo como un movimiento secular de emancipación nacional judía, surgido como una respuesta ineludible al antisemitismo europeo y exacerbado por la tragedia del holocausto.

Sin embargo, un análisis geopolítico e histórico riguroso, que entronca con las tesis expuestas por este cronista, en obras como Sionismo: La ideología que extermina (Ceibo Ediciones, 2023) devela una realidad profundamente distinta: el sionismo político y su postulado central sobre el «retorno a Sion» no nació en las sinagogas de la Europa oriental, sino en los púlpitos del protestantismo fundamentalista británico y norteamericano siglos antes de que el sionista de origen húngaro Theodor Herzl redactara el panfleto Der Judenstaat (El Estado Judío)

Lejos de ser el judaísmo tradicional el artífice de esta ideología, las comunidades judías europeas fueron históricamente reacias u opositoras al sionismo en sus orígenes, viéndolo como una ruptura con su tradición espiritual y teológica. Fueron los círculos cristianos fundamentalistas, impulsados por cálculos escatológicos e intereses imperiales, quienes concibieron, financiaron y exigieron la transferencia de la población judía europea hacia Palestina. En este entramado, el pueblo palestino ha debido pagar un altísimo precio por un mito de ingeniería teológica y colonial occidental.

Matriz cristiana y el dispensacionalismo: Los verdaderos arquitectos del falso “Retorno»

Contrario al mito fundacional, la idea de forzar un retorno físico de los judíos a Palestina para acelerar el cumplimiento de profecías bíblicas, el llamado milenarismo o restauracionismo, floreció en el mundo protestante mucho antes de la emergencia del movimiento político sionista secular.

Ya en el siglo XVII, en plena resaca de la Reforma y el puritanismo inglés, figuras como el jurista y teólogo Sir Henry Finch publicaron obras capitales como fue el texto he World’s Great Restauration (1) donde postulaba que los judíos debían retornar a su tierra ancestral como condición previa para la segunda venida de Cristo. Esta corriente teológica se consolidó en el siglo XIX a través del dispensacionalismo, popularizado por el pastor anglicano reconvertido John Nelson Darby (1800–1882) y sistematizado en la Biblia de Referencia Scofield (1909) considerada una de las biblias más influyentes de la historia del cristianismo protestante, especialmente dentro del fundamentalismo y el dispensacionalismo (2)

El dispensacionalismo introdujo una lectura geopolítica de las Escrituras que condicionaba la salvación y el favor divino a la restauración política del que denominaban pueblo judío en Palestina, convirtiendo la geografía de aquellas tierras de Asia occidental, en un tablero escatológico. Teólogos y políticos británicos de la aristocracia imperial adoptaron esta doctrina con fervor mesiánico y pragmatismo estratégico.

El puente entre la teología protestante y la acción imperial británica tuvo un nombre central: Anthony Ashley-Cooper, 7º Conde de Shaftesbury (1801–1885). Líder evangélico y político de vasta influencia, Shaftesbury quien fue el primer estratega en articular la necesidad de poblar Palestina con europeos de creencia judía, para servir a los intereses de la Corona británica en Asia Occidental.

Ya en 1839, Shaftesbury publicó un influyente artículo en la Quarterly Review donde acuñó la famosa fórmula geopolítica de «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», invisibilizando deliberadamente a la sociedad palestina preexistente. Presionado por sus convicciones milenaristas y por la conveniencia de crear un protectorado cristiano-occidental en el corazón del Levante mediterráneo, para debilitar al Imperio Otomano y asegurar las rutas hacia la India, Shaftesbury escribió en su diario personal: «Inglaterra debe dar el primer paso […] para conceder a los judíos posesión de su antigua tierra; un país sin nación para una nación sin país».

La narrativa oficial sobre la creación de Israel se presenta como un relato romántico y milagroso de un pueblo milenariamente exiliado que «retorna» a una tierra vacía para así florecer. Sin embargo, un análisis riguroso de la historia desmantela esta falacia mitológica. Esta visión, adoptada por el mencionado Lord Palmerston, canciller británico quien en 1840 instó formalmente al sultán otomano a facilitar el asentamiento judío en Palestina bajo protección europea, expone una realidad radicalmente distinta.

El sionismo nació como un proyecto geopolítico imperialista y cristiano, concebido en Londres décadas antes de que apareciera el sionismo político judío secular. Desde la perspectiva de la defensa de los derechos del pueblo palestino y de la crítica anticolonial, este trasfondo revela cómo Palestina no fue el escenario de un reencuentro espiritual, sino el tablero de ajedrez de los intereses hegemónicos occidentales.

Décadas antes de que Theodor Herzl escribiera Der Judenstaat (1896) o se convocara el Primer Congreso Sionista, las altas esferas del Imperio británico ya maquinaban la ocupación y colonización de Palestina. Tal como documenta Donald M. Lewis en su obra (3) figuras de la elite imperial y evangélica impulsaban esta idea impulsada tanto por dogmas teológicos escatológicos como por un pragmatismo absolutamente cínico: asegurar un enclave leal que debilitara al Imperio otomano y protegiera las rutas estratégicas hacia la India. Los despachos de Lord Palmerston en 1840 son la prueba fehaciente de que la idea de plantar una colonia protegida por Europa en Oriente Medio responde a la cartografía del imperialismo británico, no a un deseo de emancipación espontánea de los pueblos de la región.

Para legitimar esta transferencia poblacional, la diplomacia occidental y los ideólogos sionistas recurrieron a uno de los mitos coloniales más perversos y falsificadores de la modernidad: la falacia de que Palestina era una «tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Como señala el historiador palestino Nur Masalha (4) Palestina estaba densamente habitada, cultivada y contaba con una vibrante sociedad urbana y rural. Invisibilizar al nativo era el requisito indispensable para justificar su desposesión. El mito operaba como un borrador ideológico que despojaba a los palestinos de su humanidad y de sus derechos inalienables sobre su propio suelo.

A esto se suma otra de las aristas más oscuras y documentadas del proceso: la convergencia entre el antisemitismo europeo y el diseño colonial. Las potencias occidentales, que veían con recelo a sus propias poblaciones judías o buscaban canalizar las olas migratorias procedentes de los pogromos en el Imperio ruso, encontraron en el sionismo una vía de escape funcional. Se trataba de deshacerse de minorías consideradas «incómodas» en casa mientras se establecía una avanzada de poder estratégico.

El catedrático Rashid Khalidi detalla cómo este proyecto se consolidó posteriormente bajo el Mandato Británico y la Declaración de Balfour. El Estado resultante no nació como un refugio humanitario autónomo, sino como una «cabeza de playa» (bridgehead) permanente del poder hegemónico occidental en el corazón del mundo árabe, diseñada para contener cualquier atisbo de nacionalismo emancipador y controlar los recursos energéticos de la región (5)

La tragedia histórica del pueblo palestino no es solo la pérdida sistemática de su territorio, sino haber sido el peón sacrificado bajo una coartada mítica e ideológica que mercantilizó la fe, manipuló el sufrimiento judío en Europa y redujo a los habitantes originarios a la categoría de estorbos geopolíticos de un imperio extranjero.

La resistencia del judaísmo tradicional

En sus orígenes, la gran mayoría de las comunidades de europeos de creencia judía de las zonas de Europa occidental y oriental rechazaron categóricamente el sionismo. Para el judaísmo rabínico tradicional, el exilio (diáspora) era un decreto divino derivado de los mandatos del Talmud (específicamente el pacto de los Tres Juramentos), que prohibía a los judíos retornar en masa a Palestina mediante la fuerza política o alterar el orden geopolítico antes de la llegada del Mesías.

Las principales asociaciones judías, tanto en el Berlín de finales del siglo XIX como en el seno del judaísmo reformista y ortodoxo, consideraban al sionismo como una peligrosa distorsión secular que alimentaba el antisemitismo al cuestionar la lealtad nacional de los judíos a sus respectivos países de adopción. El rabinato de Alemania llegó a impedir que el Primer Congreso Sionista (1897) se celebrara en Múnich por considerarlo una amenaza existencial para las comunidades judías integradas en Europa.

Fueron sectores minoritarios y secularizados, encabezados posteriormente por Theodor Herzl, quienes capitalizaron el creciente antisemitismo europeo (culminado más tarde en la catástrofe del Tercer Reich) para alinearse con los intereses de las potencias coloniales. El sionismo no surgió como una emanación natural de la identidad judía, sino como una herramienta ideológica que se benefició de la convergencia entre el antisemitismo europeo, que deseaba expulsar a los judíos de Europa y el mesianismo cristiano occidental, que exigía su concentración en Palestina.

El precio de la coartada colonial: El calvario palestino

La implantación de esta ideología de matriz eurocéntrica en el Levante mediterráneo requirió la destrucción sistemática de la sociedad palestina. Como se documenta en las investigaciones sobre la impunidad de la barbarie colonial, el mito del «retorno» funcionó como la coartada perfecta para legitimar la limpieza étnica de 1948, Al Nakba y el posterior régimen de apartheid y ocupación.

El pueblo palestino, una sociedad plural, agraria, arraigada a su tierra durante milenios y completamente ajena a las contradicciones religiosas y raciales de la Europa moderna, ha tenido que pagar con sangre, desposesión y el desconocimiento absoluto de sus derechos inalienables el cumplimiento de una profecía teológica gestada en los salones del imperio británico y sostenida hoy por el fundamentalismo evangélico estadounidense y con apoyo de grupos cristianos sionistas  de países como Brasil.

Desmitificar el origen del sionismo no es un mero ejercicio historiográfico; es una necesidad analítica insoslayable para comprender que la opresión en Palestina no es el resultado de aquella narrativa falsaria de un conflicto milenario entre religiones, sino la consecuencia directa de un proyecto colonial de ingeniería geopolítica occidental, de raíz cristiana y de ejecución despiadada.

Esa relación entre cristianos del evangelismo neopentecostal, el sionismo y el imperialismo genera enormes repercusiones en ámbitos muy alejados de la espiritualidad. Tal como lo he señalado y acontece en países como Brasil, donde un porcentaje importante de la población brasileña de creencia evangélica neopentecostal, asume el apoyo al régimen sionista como un dogma de fe. Dura tarea para un Lula que nunca ha  ocultado su apoyo a palestina y su critica al genocidio sionista.

Tomo como ejemplo de lo señalado a Brasil por la evidente confirmación que la alianza entre cristianismo evangélico y sionismo lleva consigo la impronta de hegemonía, de secuestro de la creencia religiosa. En los laboratorios de la ingeniería imperial, donde se diseñan las rutas de dominación mental y territorial para Nuestra América, se comprendió hace tiempo que los fusiles ya no bastan para doblegar a los pueblos. Se requería un mecanismo más sutil y penetrante: secuestrar el alma, colonizar la esperanza y transformar la fe en un rebaño de electores dóciles.

Como regla general, no suele referirse ni cuestionar las creencias religiosas de las personas, un ámbito que pertenece a la esfera más íntima y respetable de la conciencia humana. Sin embargo, el foco actual es radicalmente distinto: lo esencial aquí no es la devoción o la fe en una divinidad, sino el hecho inocultable de que dicha creencia está siendo instrumentalizada por una ideología genocida, supremacista, racista, delictiva como es el sionismo, destinada a allegar agua a su molino. Me refiero a la confluencia del sionismo y los intereses geoestratégicos de Estados Unidos, operados a través de políticos oportunistas que manipulan a millones de cristianos evangélicos para asegurar su hegemonía.

Pablo Jofré Leal

  1. Finch Henry “The World’s Great Restauration” cuyo título completo original es The Worlds Great Restauration, or, the Calling of the Jewes Una obra que corresponde al influyente tratado teológico-escatológico publicado en 1621 por el mencionado jurista y teólogo inglés  Impreso en Londres por Edward Griffin (1621).
  2. La obra original se basó en el texto de la Versión King James (KJV) en inglés. Su gran innovación fue integrar notas explicativas al pie de página y esquemas proféticos que popularizaron la teología dispensacional, es decir, la división de la historia bíblica en diferentes «dispensaciones» o eras. Tuvo múltiples reimpresiones y adaptaciones posteriores, como la Old Scofield o revisiones al español
  3. Lewis M. Donald “The Origins of Christian Zionism: Lord Shaftesbury and Evangelical Support for a Jewish Homeland (Cambridge University Press, 2009, Reino Unido/EE. UU.),
  4. Esta afirmación y la cita de Chaim Weizmann sobre el concepto inicial del movimiento sionista («a country without a people, and, on the other hand, there exists the Jewish people, and it has no country») se encuentran en Masahla Nur, Expulsion of the Palestinians: The Concept of «Transfer» in Zionist Political Thought, 1882–1948 (Washington, D.C.: Institute for Palestine Studies, 1992. Pág. 6
  5. Khalidi Rashid. “The Hundred Years’ War on Palestine: A History of Settler Colonialism and Resistance, 1917–2017 Metropolitan Books, 2020, EE. UU. Paráfrasis que sintetiza el argumento central del libro en torno a la alianza entre el movimiento colonial-de-asentamiento y las potencias hegemónicas occidentales.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

Frente a la ofensiva contra el periodismo de investigación, nuestra solidaridad con «El Salto»

Fuentes: Rebelión

 Los medios digitales alternativos y autogestionados denuncian la ofensiva de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) contra el periodismo de investigación y el derecho a la información. Manifiestan  su solidaridad con El Salto.

Comunicado:

La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) ha propuesto sancionar al medio cooperativo El Salto con 5.000 euros y le obliga a censurar hasta dejar incomprensibles sus investigaciones sobre policías infiltrados en movimientos sociales. La sanción no cuestiona la veracidad de las informaciones, sino que exige eliminar imágenes (aunque estén pixeladas), iniciales, alias, coartadas y hasta la promoción de la academia policial de los agentes infiltrados. En la práctica, esto supone borrar cualquier rastro verificable de las investigaciones.

En las últimas semanas, la AEPD ha impuesto sanciones similares a La Directa, Vilaweb y Diari de Balears por el mismo motivo: informar sobre policías infiltrados, una vergonzosa realidad que sufren los movimientos sociales y organizaciones que practican la disidencia política. Cuatro medios, cuatro multas, un mismo objetivo: silenciar el periodismo de investigación que fiscaliza la actuación de los poderes públicos.

Estas publicaciones constituyen un ejercicio legítimo del derecho a comunicar y recibir información veraz (artículo 20 de la Constitución española) y cumplen una función democrática esencial: fiscalizar el poder y ejercer de contrapoder. Las personas espiadas por estos policías infiltrados, que ahora se quiere ocultar, han calificado lo sufrido como una forma de tortura con consecuencias psicológicas graves.

La sanción tiene un efecto intimidatorio evidente y responde a la estrategia conocida como SLAPP (demandas estratégicas contra la participación pública): un uso abusivo de mecanismos legales para intimidar, agotar financieramente y silenciar voces críticas. No solo quieren callar a El Salto: es un aviso a navegantes para todos los medios que investiguen abusos policiales o cualquier realidad incómoda para el estado.

Por el derecho a informar, a la libertad de comunicación y expresión.

Nos quieren callar, pero van a tener que oírnos.

Nos sumamos  al  manifiesto: Por el derecho a informar y a conocer la actuación de los poderes públicos

Medios alternativos firmantes:

Kaos en la Red – https://kaosenlared.net/ 

El Otro País (Edición impresa) https://www.elotropais.com/ 

Tercera Información https://www.tercerainformacion.es/ 

Nueva Revolución https://nuevarevolucion.es/ 

Insurgente https://insurgente.org/ 

Canarias Semanal https://canarias-semanal.org/

Rebelión https://rebelion.org/ 

LoQueSomos https://loquesomos.es/ 

lunes, 26 de octubre de 2026

Concurso de disparates: ¿en Cuba no hay refinerías ni agricultura privada?

                                                                                           
José Manzaneda, coordinador de Cubainformación
   21 de octubre de 2026




En la emisora española Cadena SER, la periodista Victoria García nos habla del drama que vive, hoy, el pueblo cubano (1): colapso energético, falta de medicinas, inflación, pérdida de calidad del sistema educativo, basura en las calles, pobreza creciente…








“Un país atrapado entre dos discursos”

Pero, aunque García menciona, como una de las causas, la asfixia económica impuesta a la Isla por Donald Trump, lo hace desde una equidistancia poco creíble: “Cuba está moribunda, aplastada por un régimen inútil dentro y un bloqueo que la estrangula”, es “un país atrapado entre dos discursos”, nos dice.

Recordemos: una política sistemática de sanciones, desde EE. UU., ha destruido el turismo, las remesas y los servicios médicos, las tres principales fuentes de ingreso de Cuba; las amenazas de confiscación de bienes por parte de la Casa Blanca han forzado la salida de todas las empresas inversoras en la Isla y la huida de las navieras, abandonando miles de contenedores con insumos; y el bloqueo petrolero ha llegado ya a su noveno mes. ¿De verdad se puede equiparar el impacto de semejante guerra económica con una supuesta “ineficiencia interna”?

La periodista nos dice que “las últimas empresas hoteleras españolas que aún quedaban han abandonado la isla” (2). ¿Abandonado? No. El gobierno de Trump les dio un ultimátum: un mes para salir de Cuba, so pena de congelación de sus activos en EE. UU. Agacharon la cabeza y acataron la orden (3). ¿Por qué no lo cuenta así de claro, para que todo el mundo lo entienda? 

“El estado no permite la propiedad privada agraria”

Pero la redactora especializada “en temas cubanos” va más allá. Nos dice: “Cuba nunca ha sido muy sobrada de alimentos. Produce poco, porque el estado no permite la propiedad privada ni la explotación agraria particular, así que todo lo gestiona `papá Estado´ vía una cartilla de racionamiento en la que apenas hay cuatro cosas” (4). Se puede discutir sobre los límites y obligaciones del campesinado cubano que, por cierto, ahora desaparecerán, tras las reformas recién aprobadas (5). Pero decir que “el estado no permite la propiedad privada ni la explotación agraria particular” es mentir vergonzosamente. Porque la agricultura cubana es explotada, en un 80%, por cooperativas y agricultores particulares, y no por empresas estatales (6) (7).

“Cuba no tiene refinerías”

Siguiente gazapo. Nos dice: “Rusia ha mandado carburante, pero lo manda sin refinar. Cuba no tiene refinerías, así que no lo puede usar” (8). De nuevo, falso. Primero, elude el necesario contexto: no explica que el barco con petróleo ruso al que se refiere ha sido, en todo este año, la única excepción al bloqueo petrolero impuesto por EE. UU. (9) (10) Y segundo, el crudo ruso sí fue refinado en Cuba, donde sí hay refinerías con capacidad para hacerlo (11). De hecho, durante dos semanas, mientras duró el combustible ruso, apenas hubo apagones en el país (12).









De las donaciones “al cubano de a pie no llega nada de nada”

Con semejante mediocridad profesional, no es de extrañar que las crónicas de Victoria García den cabida a bulos sin comprobación alguna. Como que de la ayuda humanitaria enviada, nos dice, “al cubano de a pie no llega nada de nada”, porque así lo “denuncian muchos ciudadanos”. ¿Presenta alguna prueba o testimonio de un supuesto desvío de las donaciones? Ni uno. Sin embargo, ahí están, documentadas, para quien quiera informarse de ellas, las continuas entregas solidarias (de alimentos, medicamentos, material escolar o placas solares) que llegan a hospitales, bodegas y escuelas y benefician a miles de personas (13). Pero que no dejan de ser un parche en un mar de necesidades.

Las “fuentes independientes”

Este nivel de desinformación se entiende al ver cuáles son las fuentes de la periodista: para endosar al “castrismo” la pobreza generada por el bloqueo de EE. UU., su fuente es el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (14); para convertir en “presos políticos” a mercenarios y colaboracionistas con la Casa Blanca, cita a Prisoners Defenders (15) o UNPACU (16); para hablar de una “ola represiva del régimen cubano contra periodistas”, menciona a Cubanet (17).

Todas estas entidades respaldan la política de sanciones contra Cuba y reciben financiamiento, directo o indirecto, del Gobierno de EE. UU. Eso sí, nos dirán que son… “fuentes independientes”.

Tan independientes como la propia periodista Victoria García, que ha sido colaboradora de La Voz de América y Radio Martí, ambas emisoras de propaganda del mismísimo gobierno de EE. UU. (18). ¿Lo entienden ahora todo mucho mejor?

  1. https://cadenaser.com/nacional/2026/05/14/vuelven-los-apagones-de-20-horas-en-cuba-entre-protestas-ciudadanas-cadena-ser/
  2. https://cadenaser.com/nacional/2026/08/25/cuba-se-siente-olvidada-por-el-mundo-cadena-ser/
  3. https://www.eldiario.es/economia/melia-abandona-cuba-cesara-actividad-isla-partir-24-julio_1_13395631.html
  4. https://cadenaser.com/nacional/2026/04/21/que-esta-pasando-en-cuba-cadena-ser/
  5. http://www.cubadebate.cu/noticias/2026/09/09/cuba-implementa-nuevas-normas-para-dinamizar-la-agricultura/
  6. https://www.resumenlatinoamericano.org/2022/06/08/cuba-el-90-de-la-produccion-de-alimentos-en-cuba-tiene-origen-en-las-cooperativas-agropecuarias/
  7. http://www.cubadebate.cu/especiales/2019/05/17/cuba-en-datos-agricultura-sector-estrategico-que-precisa-despuntar/
  8. https://cadenaser.com/nacional/2026/08/25/cuba-se-siente-olvidada-por-el-mundo-cadena-ser/
  9. https://www.youtube.com/watch?v=epnFhc4b-A4
  10. https://www.rtve.es/noticias/20260331/petrolero-ruso-100000-toneladas-crudo-llega-cuba-permiso-eeuu/17005536.shtml
  11. https://www.telesurtv.net/cuba-inicia-distribucion-derivados-petroleo-ruso/
  12. https://www.publico.es/internacional/america-latina/cuba-sobrevive-apagones-gracias-petrolero-ruso-pero-aguantara-mucho-dejan-traer.html
  13. https://guayacanweb.wordpress.com/2026/09/03/open-arms-entrega-donativo-a-hospitales-de-la-habana-fotos/
  14. https://cadenaser.com/ser/2018/02/06/internacional/1517903231_615286.html
  15. https://cadenaser.com/nacional/2026/09/10/el-regimen-cubano-sentencia-a-8-anos-de-carcel-a-siete-disidentes-cadena-ser/
  16. https://www.cubainformacion.tv/especiales/20240723/110490/110490-cadena-ser-periodismo-empotrado-en-la-guerra-contra-cuba-italiano-deutsch-portugues-francais
  17. https://cadenaser.com/ser/2019/08/14/internacional/1565798028_792451.html
  18. https://cadenaser.com/autor/maria_jesus_garcia_diez_de_victoria/a/

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Fuente: CubaInformación