lunes, 14 de septiembre de 2026

La Reserva Federal da inicio abiertamente al nuevo ciclo fascista español


Las proyecciones económicas del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de Estados Unidos publicadas en junio de 2026, que sirven para la toma de decisiones de la Reserva Federal (FED), son cristalinas: apreciación del dólar frente al euro, subida de tipos de interés y reducción de las importaciones. Esto tiene efectos directos en la economía española, y en especial en el bolsillo de la clase obrera y las PYMES.

Las medidas de la FED

Los tipos de interés más altos y persistentes de la FED, junto con la consiguiente fortaleza del dólar, se trasladan a la economía real española principalmente a través de tres vías que golpean con especial dureza a los hogares, las PYMES y los autónomos: la inflación, el encarecimiento del crédito y el enfriamiento de la demanda.

Para la economía española, un dólar más fuerte significa que todo lo que se compra en el mercado internacional y se paga en dólares se vuelve más caro. Bienes como el petróleo, el gas natural y muchas materias primas industriales se disparan, y este encarecimiento se traslada directamente a la factura de la luz, al precio de los carburantes y, en última instancia, al coste de producción de cualquier bien.

Además, un entorno de tipos altos en el mundo hace que la financiación sea más cara con carácter general. El Estado paga más por su deuda, pero lo que es peor, los bancos trasladan ese coste a las hipotecas variables y a los préstamos para empresas. Por otro lado, si la economía estadounidense se ralentiza para enfriar su inflación, reduce su interés por las exportaciones españolas, especialmente en sectores como el turismo, la automoción o la alimentación.

Inflación y shock monetario

Si bien este escenario se venía ensayando por parte de la Administración norteamericana desde el último gobierno de Barack Obama, por el lado europeo, y el español en concreto, existía cierto margen de maniobra para mitigar sus efectos. Sin embargo, la situación ahora es distinta, y mucho más radicalizada, ya que los Estados Unidos necesitan revitalizar internamente su economía, que está técnicamente en quiebra, y para ello necesita el suicidio masivo de los países dependientes.

Pero es un suicidio selectivo. El efecto económico de estas medidas no implica una quiebra de los grandes capitales, sino de la clase obrera, PYMES y autónomos. La inflación encarece la cesta de la compra y el recibo de la luz, erosionando el poder adquisitivo mes a mes. Al mismo tiempo, las hipotecas a tipo variable o cualquier nuevo préstamo (para un coche o una reforma) se vuelven más costosos. Esto obliga a las familias a reducir su capacidad de ahorro y su capacidad de consumo, que es precisamente uno de los motores que ha impulsado hasta ahora el supuesto crecimiento español.

Por su parte, las PYMES y los autónomos, que representan la espina dorsal del empleo en España, sufren un doble golpe. Primero, ven cómo sus costes de producción se disparan por el encarecimiento de la energía y las materias primas, lo que les obliga a elegir entre asumir pérdidas en sus márgenes o trasladar la subida a los precios finales, arriesgándose a perder clientes. Y segundo, el crédito bancario, que es el oxígeno que les permite invertir en maquinaria, contratar personal o simplemente cubrir la tesorería de fin de mes, se vuelve mucho más restrictivo y caro. Ante esta perspectiva, la mayoría opta por paralizar sus planes de expansión, lo que frena la creación de empleo y la innovación.

Los efectos en la clase obrera

Las previsiones políticas de un futuro gobierno de PP y VOX tienen su apuesta principal en la rebaja fiscal masiva. En concreto, el PP ha propuesto bajar el IVA de la energía del 21% al 10%, deflactar el IRPF para que el aumento de los precios no suponga pagar más impuestos, y duplicar las deducciones por hijos a cargo. El objetivo es inyectar liquidez directa en los bolsillos de las familias y reducir los costes de producción de las empresas.

Sin embargo, esta estrategia tiene una paradoja: en un contexto de oferta limitada y demanda contenida por la carestía, aplicar un fuerte estímulo fiscal (es decir, bajar los impuestos para que la gente gaste más) acaba inflando los precios aún más, ya que la gente tiene aparentemente más dinero en el bolsillo pero los productos siguen siendo escasos o caros por el contexto internacional. Es el efecto «narcotizante» que inicialmente tienen estas medidas, sobre todo para la clase media, que cree durante un período corto de tiempo que es más rica.

El reflejo que esto tiene en la política española es evidente: para garantizar el futuro de la economía española es necesario un modelo que combine la receta de un liberalismo económico «puro» con medidas abiertamente represivas. Esto se traduce en que, ante la pérdida de poder adquisitivo y restricción de derechos civiles y políticos, la población debe asentir y disciplinarse, en vez de rebelarse o pelear.

La psicología del oprimido: el nuevo ciclo fascista

En un contexto de inflación alta y empleo precario, el miedo a perder el trabajo o a no poder pagar la hipoteca actúa como un potente mecanismo de disciplina. La gente tiende a «agachar la cabeza» para no ser el eslabón débil que la crisis se lleve por delante. Las políticas de «prioridad nacional» buscan dividir a la clase obrera entre «nacionales» y «extranjeros», desviando la ira hacia chivos expiatorios y diluyendo la conciencia de clase. Esta fragmentación debilita la capacidad de respuesta colectiva y fomenta la sumisión pasiva.

Ahora bien, la subida de tipos y la inflación no son medidas abstractas, aunque a veces suenen lejanas; golpean la mesa de la cocina. Cuando el alquiler sube por encima del salario o cuando un autónomo no puede reponer su mercancía porque el crédito es impagable, la necesidad material empuja a la acción. La conciencia de clase no nace de los libros, sino de la experiencia práctica de la explotación insoportable.

Por ello, un gobierno que combina liberalismo económico con represión política genera su propia crisis de legitimidad. Cuanto más se cierran los canales de participación y protesta, más se radicalizan las formas de resistencia. Solo falta un ingrediente para superar este nuevo ciclo fascista en España, porque la rebeldía no es automática.

Para que los conatos que vemos habitualmente se conviertan en una fuerza transformadora, necesita de dos elementos: praxis organizada (sindicatos, movimientos vecinales, plataformas de afectados) que barra íntegramente con las estructuras actuales -izquierda parlamentaria y grandes sindicatos- y una alternativa programática clara que no se limite a rechazar lo que viene, sino que ofrezca una salida real al laberinto de los tipos de interés, la inflación y el disciplinamiento por la vía del bolsillo y del miedo.

Fuentes: JP MorganFED 

Mientras en occidente discutíamos sobre el fin de la historia, China construía el futuro


Pasquale Liguori*   
agosto 21, 2026


Analizar China con objetividad significaría admitir que el mercado no es una ley natural, que la planificación puede pertenecer al futuro, que el Estado puede ser algo más que el administrador de la rentabilidad privada y que la modernización se resiste a coincidir con la occidentalización.


Publicado por Octubre



















Una sensación particular me acompañó durante casi un mes de viaje por China, desde Pekín hasta Xi’an, desde Chengdu hasta el vertiginoso Chongqing, luego a Guilin y Yangshuo, a la modernidad de Shenzhen y la singular estratificación de Hong Kong, antes de regresar a la capital.


El asombro ante la inmensidad del país, la velocidad de sus trenes, la densidad de sus metrópolis y la tecnología ahora integrada en los gestos más cotidianos se desvanece rápidamente, como cualquier maravilla turística. Lo que permanece, y que sigue presente en mi mente día tras día, es más profundo: la impresión de viajar a través de una sociedad que trata el presente como un material aún maleable y considera el futuro como una construcción política y organizativa, un horizonte por conquistar.

Esta percepción surge de hechos muy concretos: desde la puntualidad del transporte hasta la limpieza de los espacios públicos, desde la calidad de la infraestructura capaz de atender a una vasta población hasta la continuidad de los servicios, desde el orden de las estaciones transitadas diariamente por multitudes de tamaño inconcebible hasta la capacidad de simplificar lo que, en nuestro país, parece complicarse año tras año.

Sin embargo, el punto crucial va más allá de la eficiencia. Sobre todo, más allá de la fórmula caricaturizada de eficiencia autoritaria con la que gran parte del discurso occidental cree haber resuelto ya todos los problemas. Lo que llama la atención, más bien, es la persistencia de una voluntad organizativa, el hecho de que, tras la materialidad de las cosas, sobreviva la idea de una dirección colectiva del desarrollo.

Aún más llamativa es la vegetación. Más allá de la abundante vegetación de Guilin y Yangshuo, donde el paisaje kárstico y los ríos parecen pertenecer a una imagen de China de siglos anteriores a la modernidad, la vegetación integrada en las grandes ciudades es sorprendente: a lo largo de las carreteras principales y en las laderas, dentro de la increíble superposición vertical de Chongqing, e incluso en la cibertecnológica Shenzhen, que la imaginación europea reduciría fácilmente a hormigón y electrónica. Deja de funcionar como mera ornamentación y se convierte en el signo material de esa «civilización ecológica» que lleva años formando parte del léxico institucional y constitucional chino, capaz de transformar el gigantesco problema ambiental generado por la industrialización en un nuevo escenario para el desarrollo.

Esto no significa fabricar una China imaginaria, libre de tensiones y conflictos. La cuestión radica en otra parte. Una sociedad puede estar plagada de enormes contradicciones y aun así conservar la capacidad política para abordarlas. Esto es quizás lo primero que los viajes hacen difícil de olvidar, especialmente para quienes provienen de una parte del mundo acostumbrada a tratar los problemas estructurales como fenómenos meteorológicos, eventos que deben soportarse, cuyos efectos se gestionan ajustando algún coeficiente, invocando el crecimiento y la benevolencia de los mercados.

Durante el viaje, llevé conmigo *China explicada a Occidente* , de Pino Arlacchi , un libro que elegí sin intención de usarlo como guía ni de buscar una confirmación mecánica de una tesis en el país. Ocurrió algo más profundo, porque esas páginas ampliaron las preguntas que planteaba el propio viaje, aportando profundidad histórica a impresiones que de otro modo habrían quedado en la superficie, y haciendo cada vez más difícil descartar como episódicas lo que se repetía ante nuestros ojos.

Arlacchi fue un auténtico compañero de viaje, capaz de enriquecer la experiencia sin convertirse en su centro. Mientras recorría una China marcadamente contemporánea, el libro me transportó siglos atrás y me demostró lo poco que se comprende este país si empezamos en 1949 o en 1978 con Deng Xiaoping.

En Xi’an, la profundidad histórica se vuelve casi tangible, pues el Ejército de Terracota rehúye la condición de reliquia monumental de una civilización desaparecida, del mismo modo que la Ciudad Prohibida se resiste a ser reducida al vestigio museístico de un orden borrado. En ambos casos, se percibe una continuidad incómoda, donde las gigantescas rupturas de la historia, incluida la revolución, reelaboran capas anteriores en lugar de borrarlas.

La apasionada insistencia de Arlacchi en la larga tradición constitucional de China, en el papel del Estado y su tradición administrativa, en la selección de las clases dirigentes y el valor otorgado a la competencia, corre el riesgo de rigidizarse en una esencia inamovible de «ser China» si se la considera como una clave única. Sin embargo, resulta difícil negar que la China contemporánea nace de una singular combinación de esta larga historia, la pausa revolucionaria del siglo XX y la extraordinaria experimentación institucional y económica de las últimas décadas.

Quizás sea precisamente esta capacidad de integrar aquello que nuestro pensamiento se empeña en separar lo que hace que China sea tan difícil de interpretar en Occidente. Confucio y Mao coexisten con un Estado poderoso y una economía de mercado; una continuidad milenaria se entrelaza con la transformación tecnológica más rápida del planeta; la centralización política se acompaña de una experimentación local de vanguardia.

El vocabulario occidental siempre intenta encasillar el fenómeno en una alternativa: socialismo o capitalismo, mercado o planificación, democracia liberal o dictadura. China, sin embargo, escapa a esta encrucijada. Por lo tanto, cuando un objeto histórico se resiste a nuestras categorías, preferimos sospechar de él en lugar de cuestionar los prejuicios y la naturaleza de dichas categorías.

Así, la frase «socialismo con características chinas» se considera una estrategia propagandística. El mercado, la empresa privada y la inmensa riqueza parecen justificar un veredicto predeterminado: el capitalismo. Y el poder firmemente ostentado por el Partido Comunista actualiza dicho veredicto a capitalismo autoritario. Esta es una definición conveniente, sobre todo porque simplifica el análisis.

La cuestión fundamental, sin embargo, reside en el lugar que ocupa el mercado dentro de la estructura social china, la relación entre el capital privado y el poder político, el control del crédito y las principales infraestructuras, la tierra, la energía, las redes estratégicas y la dirección general de la inversión. En este punto, el problema se agrava, pues deja de girar en torno a la simple presencia del mercado y aborda la cuestión esencial: quién controla a quién.

Shenzhen ofrece el ejemplo más ilustrativo de todo este proceso. A primera vista, parece la prueba definitiva del éxito capitalista de China, una metrópolis vertiginosa construida sobre la base de la tecnología, la iniciativa empresarial y el consumo. Basta con cambiar ligeramente la perspectiva para que la imagen se transforme.

¿Qué decisión política dio origen a Shenzhen? ¿Qué interacción entre Estado, territorio, crédito, investigación, industria y capital permitió la construcción de una ciudad de tal magnitud en tan solo unas décadas? De repente, lo que parecía una victoria espontánea del mercado se revela como una de las operaciones de planificación y política industrial más gigantescas de la historia contemporánea.

El interés del caso chino reside precisamente en su capacidad para emplear diversas herramientas, subordinadas a una estrategia más amplia. El mercado se utiliza y se dirige, despojado de la soberanía política que el neoliberalismo occidental ha elevado a dogma. En nuestro país, el Estado comparece cada mañana ante el tribunal de los mercados, mientras que en China, el mercado opera dentro de un marco que el Estado aún reclama poder para modificar.

Tras décadas en las que se nos enseñó que la privatización significaba modernización, que la planificación pertenecía al museo de las ideologías y que la propiedad pública era inherentemente ineficiente, encontrarnos ante una sociedad capaz de explotar masivamente el mercado sin cederle el control produce un inevitable cortocircuito. Este cortocircuito se agrava al observar que esta misma sociedad ha construido, en poco más de cuarenta años, infraestructuras, cadenas tecnológicas y proyectos urbanos que, en nuestras latitudes, tardarían eras geológicas en completarse.

En nuestros viajes, esta densidad política del espacio reaparece constantemente, mientras que en las ciudades europeas se percibe cada vez con menos frecuencia. La transformación conserva su estatus de acción posible, y las ciudades se expanden, reforestan, conectan y reinventan para las próximas décadas por aquellos que, evidentemente, se imaginan habitándolas.

Así pues, la cuestión china ya no concierne solo a China. Nos concierne a todos: la transferencia de una enorme porción del poder real de la toma de decisiones políticas al complejo técnico-militar-financiero-industrial privado; la paradoja de sistemas que se autodenominan democracias mientras reducen la libertad a la selección periódica de quién administrará un marco de compatibilidad declarado intocable.

De ahí la escasez de representaciones occidentales de China. Los principales medios de comunicación rara vez parecen interesados en comprender la especificidad de esa formación social y, en cambio, se dedican a reducir cada fenómeno a la confirmación de un veredicto predeterminado, funcionando como portavoz ideológico del orden que lo produjo: uno de desregulación, financiarización y mercado elevado al principio superior de la racionalidad social.

Una China comprendida en su complejidad sería mucho más inquietante que una China demonizada, porque nos obligaría a cuestionar si la evolución occidental de las últimas décadas es realmente la única forma posible de modernidad. Es mucho más fácil explicar cada logro chino con la palabra «autoritarismo», como si una sola palabra bastara para producir un ferrocarril, una política industrial, una revolución energética o una metrópolis.

La teoría de la «triple revolución», propuesta por los marxistas chinos Cheng Enfu y Yang Jun, contribuyó a dar forma teórica a estas cuestiones. Según ellos, la historia de la República Popular se resiste a ser interpretada como una revolución inicial seguida de una larga normalización y, finalmente, una restauración capitalista.

Proponen una continuidad más dinámica y fructífera, desde la revolución para la conquista del poder hasta la revolución de la reforma, que culmina en la revolución de la nueva fase histórica, donde la transformación de las formas económicas e institucionales coincide con la redefinición histórica del horizonte socialista, en lugar de su abandono.

La tesis exige un examen constante de las relaciones de propiedad, las condiciones laborales, la autonomía o subordinación del capital y el poder real de las instituciones públicas. Sin embargo, resulta mucho más fructífera que la fórmula simplista del «capitalismo de Estado», porque reactiva lo que el pensamiento occidental ya había descartado.

La cuestión crucial reside en la posibilidad de que una revolución continúe tras la toma del poder, modificando los instrumentos de su política económica sin disolverse, utilizando el mercado sin reconocer su soberanía, experimentando compromisos, retrocesos y aceleraciones, mientras sigue concibiéndose como una transformación a largo plazo. Estas son precisamente las preguntas que la izquierda occidental dejó de plantearse en el momento en que dejó de imaginar concretamente la transformación.

El caso italiano, visto desde la perspectiva china, adquiere características casi caricaturescas. Arlacchi señaló con cierta perfidia que una buena parte de nuestra clase política, sometida a los criterios de selección vigentes en China, tendría dificultades para gobernar incluso un pequeño centro urbano. Esta valoración me parece incluso indulgente, porque el problema italiano ahora supera la competencia: la capacidad de gestionar transformaciones complejas ha sido sustituida por el teatro de las redes sociales, el posicionamiento diario, los programas de entrevistas y las encuestas de opinión.

El resultado está a la vista de todos: un país envejecido, servicios públicos empobrecidos, investigación y universidades tratadas como gastos superfluos, salarios estancados durante treinta años, jóvenes que emigran y un debate público infinitamente más preocupado por controversias ridículas que por la cuestión de en qué se convertirá Italia dentro de veinte o treinta años. Vista desde la perspectiva china, esta irrelevancia se vuelve casi tangible.

Aún más llamativo es el contraste con la dirección que toma el espacio euroamericano. Ante el auge de una potencia económica, tecnológica y política que margina la centralidad occidental, la respuesta predominante evita cuidadosamente impulsar una nueva era de inversión social, científica e industrial, prefiriendo barreras, aranceles, sanciones, militarización y rearme.

Durante décadas, se nos ha dicho que los recursos para la sanidad, el bienestar y la educación deben racionalizarse hasta el límite de la escasez, y, ante las tentadoras oportunidades de negocio para los señores de la guerra, las restricciones presupuestarias se vuelven repentinamente flexibles.

Nos encontramos en un punto crítico de furia regresiva. Occidente, que forjó su grandeza con sangre y luego la presentó como la forma definitiva de modernidad política, reacciona ante la pérdida de centralidad rigidizando sus propias estructuras, levanta barreras tras predicar el libre mercado, impone aranceles arbitrariamente mientras acusa a otros de violar la competencia, invierte en rearme tras décadas de desmantelar la capacidad social del Estado y proclama derechos universales mientras convive con la destrucción de poblaciones enteras.

Nada de esto glorifica a China. Más bien, sirve para poner de relieve qué mundo sigue planificando el futuro y cuál se limita a defender, incluso de forma deficiente, sus privilegios del pasado. Una sociedad que, en medio de contradicciones y conflictos abiertos, continúa planificando infraestructuras, la transición energética, las ciudades y el desarrollo productivo con una visión generacional, se enfrenta a sociedades que han sustituido la planificación del futuro por la defensa cada vez más agresiva de una primacía heredada.

Me quedé con la sensación de haber encontrado un país que trata la historia como un terreno abierto y reconoce que la política posee un poder que hemos olvidado: el de elegir un rumbo y organizar el largo plazo. Arlacchi no me ofreció una explicación de China: hizo algo más útil, impidiendo que lo que vi se quedara en mera admiración, obligando a que cada impresión se midiera en función del largo plazo y desmantelando la pretensión de que Occidente ya posee todas las categorías necesarias para juzgar lo que sucede en otros lugares.

Analizar China con objetividad implicaría suspender, al menos por un momento, la costumbre de juzgar el mundo desde la perspectiva de un Occidente que considera universales sus categorías mientras pierde la capacidad de transformarse.

Significaría admitir que el mercado no es una ley natural, que la planificación puede pertenecer al futuro, que el Estado puede ser algo más que el administrador de la rentabilidad privada y que la modernización se resiste a coincidir con la occidentalización.

Sobre todo, nos exigiría aceptar la posibilidad de que nuestro sistema cultural y mediático oculte lo que realmente sucede: mientras debatíamos si la historia había terminado, uno de sus centros más antiguos regresaba para guiar su curso.

* Escritor italiano

Vía:observatoriocrisis.com 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Las raíces del capitalismo pasan por la esclavitud


MUNDO, EUROPA :: 22/08/2026

VIJAY PRASHAD

Detrás de la pulida historia de Occidente se esconde otra: la máquina de vapor, la banca moderna y el capitalismo no surgieron de una innovación pacífica, se pagaron con la sangre de esclavos

Hay cierto encanto en las historias que los imperios cuentan sobre sí mismos. En ellas, el capitalismo aparece como el florecimiento natural del ingenio europeo: el producto de la razón, el descubrimiento científico, la innovación tecnológica y la austeridad de personas trabajadoras. El colonialismo y la esclavitud, cuando aparecen, son tratados como episodios lamentables en medio de una trayectoria triunfal hacia la modernidad.

Nuestro más reciente estudio, Las raíces del capitalismo: la esclavitud y el comercio del azúcar (agosto de 2026), de Prabir Purkayastha, nos pide abandonar esta conveniente mitología. El estudio inaugura nuestra nueva serie de Estudios sobre Materialismo Histórico, que examinará la construcción del mundo moderno situando en el centro de este proceso la dialéctica entre el imperialismo y las luchas de liberación nacional. Gran parte del estudio fue escrito durante los 225 días que Prabir estuvo encarcelado en la cárcel central de Rohini, en Delhi, India, entre octubre de 2023 y mayo de 2024. Fue arrestado ilegalmente por el gobierno indio como parte de una campaña más amplia contra la libertad de prensa y las voces progresistas. Durante su encierro, los pedazos de papel que iban y venían con las visitas se convirtieron en los primeros esbozos de esta historia del azúcar, la esclavitud y el capitalismo. Hay algo que encaja en esto: un estudio sobre los sistemas de confinamiento y explotación, escrito en condiciones de confinamiento por una mente que se negó a ser confinada.

El tema central del estudio es el azúcar, una de las grandes mercancías psicoactivas de la era colonial que, junto al alcohol, el chocolate, el café, el opio, el té y el tabaco, impulsó la Revolución Industrial. Antes de convertirse en un artículo cotidiano sobre las mesas de la clase trabajadora europea, el azúcar era un lujo consumido por reyes y aristócratas. Su transformación en un artículo de consumo masivo exigió más que un cambio de gusto. Requirió el despojo de tierras, la destrucción de sociedades indígenas y la violenta mercantilización de seres humanos. Africanas y africanos capturados, transportados a través del Atlántico y vendidos a los dueños de las plantaciones como mano de obra esclavizada. El azúcar estuvo entre las primeras mercancías verdaderamente globales, y su transformación en tal mercancía demandó la construcción de un inmenso aparato comercial y financiero que conectaba a África, las Américas, Asia y Europa.

La magnitud de la violencia colonial fue abrumadora. Al menos 10 millones de personas africanas esclavizadas desembarcaron en las Américas y el Caribe. Si se incluye a quienes murieron durante la captura, las marchas forzadas, el cautiverio y el Pasaje del Medio (la travesía forzada del Atlántico desde África hasta América), el número total de africanas y africanos capturados para la trata transatlántica fue probablemente de entre 14 y 20 millones. Mientras que las poblaciones de Asia y Europa crecieron enormemente entre los siglos XVII y XIX, la población de África se estancó y, en muchas regiones, disminuyó. Esta catástrofe no fue una consecuencia accidental del comercio. Fue producida mediante lo que el estudio llama el “nexo armas-personas esclavizadas-oro”: las armas de fuego y la pólvora europeas se intercambiaban por personas africanas esclavizadas, cuya venta generaba las ganancias que reproducían el sistema.

La plantación construida para organizar y agotar esta fuerza de trabajo no era un vestigio de un mundo precapitalista más antiguo. Era uno de los laboratorios de la modernidad capitalista. En la plantación azucarera, el cultivo y el procesamiento industrial se integraban en un único régimen laboral en el mismo lugar. La caña debía cortarse, transportarse, molerse, hervirse y cristalizarse según un calendario rígido. Las personas esclavizadas eran organizadas en cuadrillas, divididas por edad y capacidad física, y sometidas a jornadas que podían durar de 18 a 20 horas durante la zafra. Los administradores de las plantaciones llevaban contabilidades minuciosas, calculaban la productividad, medían la subsistencia frente a los costos de reemplazo y trataban a los seres humanos como capital fijo, como máquinas para ser agotadas y reemplazadas. La plantación era, como escribió el antropólogo estadounidense Sidney Mintz, una “síntesis de campo y fábrica”. Sus cálculos de tiempos y movimientos prefiguraron los sistemas de gestión asociados más tarde con el lugar de trabajo industrial moderno.

Las refinerías de azúcar de Londres, Bristol, Glasgow y Liverpool estuvieron entre los primeros centros de trabajo de tipo fabril de Gran Bretaña. A su alrededor crecieron el transporte marítimo, la construcción naval, el almacenamiento, los seguros, el crédito y la banca. Hacia 1774, el azúcar crudo representaba una quinta parte de todas las importaciones británicas. Entre 1700 y 1800, las importaciones británicas de azúcar aumentaron siete veces. La riqueza acumulada mediante el azúcar no permaneció en las lejanas plantaciones caribeñas: financió la expansión comercial e industrial británica. Una estimación sugiere que, hacia 1770, cerca del 40% del capital utilizado para esta expansión provenía de las ganancias de la trata de personas esclavizadas. Las inversiones en las colonias podían ser de cuatro a siete veces más rentables que las inversiones en Inglaterra. En otras palabras, las colonias aportaron el pago inicial que hizo posible la Revolución Industrial en los centros imperiales.

La política colonial británica de preferencias imperiales aseguraba que las colonias suministraran materias primas mientras la manufactura permanecía en el centro imperial. El azúcar crudo cruzaba el Atlántico para ser refinado en Gran Bretaña, donde se retenían los mayores márgenes de ganancia. Los aranceles desincentivaban el refinado en el Caribe y protegían tanto a los refinadores británicos como a las plantaciones caribeñas de la competencia del azúcar indio. El colonialismo no se limitó a extraer riqueza de las colonias: reorganizó economías enteras para que sus capacidades productivas permanecieran subordinadas a las de la potencia colonizadora mucho después de que el dominio colonial terminara formalmente. Esto es lo que el primer presidente de Ghana, Kwame Nkrumah, llamó neocolonialismo.

Prabir, desde la cárcel central de Rohini, trazó el circuito del capital no como un simple triángulo atlántico, sino como un sistema planetario de saqueo que conectaba a la India, África, las Américas y Europa. Los comerciantes europeos enviaban textiles indios a África occidental y los intercambiaban por personas esclavizadas. El salitre de Bengala, esencial para fabricar pólvora, ayudó a armar ese comercio espantoso. Tras la conquista británica de Bengala en 1757, los ingresos por tierras extraídos del campesinado indio pagaron estas exportaciones. El triángulo atlántico fue, por tanto, parte de una geometría de saqueo mucho más amplia que se extendía por todo el planeta. La máquina de vapor de James Watt está manchada con la sangre de las personas africanas esclavizadas en las plantaciones y del campesinado indio hambriento.

Nunca sabremos si hubiera podido existir un capitalismo imaginario en un mundo sin colonialismo. La historia no ocurre en mundos imaginarios. El capitalismo realmente existente es inseparable de la expropiación colonial. El capitalismo no tomó forma primero en el campo inglés para luego expandirse pacíficamente por el planeta. Su historia debe situarse simultáneamente en el campo inglés, la plantación caribeña, la mina de plata de Potosí, el patio de confinamiento africano, la oficina de recaudación india, la bodega del barco que transportaba a las personas esclavizadas y la refinería europea.

Esta historia también nos impide tratar lo que Karl Marx llamó ursprüngliche Akkumulation [acumulación originaria] como un episodio concluido. Sus métodos siguen entre nosotros: el despojo de tierras, la subordinación de las economías a la producción monoexportadora, los regímenes de deuda, el intercambio desigual, la subvaloración del trabajo del Sur y la transferencia de riqueza hacia sistemas financieros controlados por el Norte. Las formas han cambiado, pero la expropiación continúa.

Si se toman en serio estos antecedentes de explotación, entonces la demanda de reparaciones coloniales no puede descartarse como un mero llamado moral o una exigencia que mira hacia atrás. Las reparaciones deben entenderse como una necesidad material y política. No solo como un ajuste de cuentas con los crímenes del pasado, sino como una confrontación con las estructuras de acumulación vigentes que se construyeron mediante la expropiación colonial y que continúan reproduciendo la desigualdad global en el presente.

Las reparaciones —ya sea mediante la cancelación de la deuda, la restitución de recursos robados, la transferencia de tecnología o la reconstrucción de capacidades públicas destruidas por el colonialismo y el ajuste estructural— son un antídoto esencial frente a la larga historia de saqueo que fundó el capitalismo moderno.

Esta nunca fue solo una historia de explotación. El sistema de plantación fue disputado en todas sus etapas. Las personas esclavizadas huían, saboteaban la producción, preservaban prácticas culturales prohibidas, formaban comunidades cimarronas, organizaban rebeliones y, en definitiva, quebraron la aparente permanencia eterna de la esclavitud. La Revolución Haitiana, que culminó en la independencia en 1804, sigue siendo la declaración más contundente de esta verdad: incluso la maquinaria de opresión más sofisticada puede ser derrotada por quienes la padecen.

thetricontinental.org


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/las-raices-del-capitalismo-pasan-por-la 

Ante el avance imparable China reforma sus leyes laborales para proteger a los trabajadores de la IA



Jesús Díaz 13/07/2026



El plan del Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social chino promoverá un plan para estabilizar el empleo y garantizar que los avances impulsados ​​por la IA beneficien a la fuerza laboral












               El nuevo robot humanoide Iron NexGen, de la compañía china Xpeng. (Xpeng)

Mientras las empresas estadounidenses utilizan la inteligencia artificial como excusa para ejecutar despidos masivos, y Washington permite que el mercado decida quién conserva su empleo, Pekín ha decidido que el avance de la IA y una plantilla estable no tienen por qué ser fuerzas opuestas. El Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social de China publicó el jueves un plan quinquenal que sitúa el aumento de los ingresos de los trabajadores y el rediseño de la distribución salarial en el centro de la protección del empleo frente a los efectos disruptivos de la IA.

El cambio de rumbo no es sutil: en lugar de esperar a ver cómo la IA reconfigura quién gana qué, el Gobierno chino está blindando los salarios directamente en la política nacional años antes de que la tecnología termine de transformar el mercado laboral. Se trata de una postura radicalmente distinta a la reacción precipitada que se observa en otros lugares, y aborda la desigualdad de ingresos como un problema que debe resolverse con planificación en lugar de un efecto secundario ante el que resignarse.

Negociación, salarios mínimos y remuneración en primera línea

Una de las medidas del documento impulsa a los empresarios del sector privado hacia la negociación colectiva de los salarios, un proceso en el que los trabajadores pactan el sueldo de forma conjunta como colectivo en lugar de que cada empleado negocie por su cuenta con la dirección. Una segunda medida compromete al Gobierno a mantener un crecimiento constante de los salarios en general, y una tercera busca canalizar una mayor parte de los incrementos retributivos específicamente hacia los trabajadores de primera línea.

Para las empresas públicas, el documento adopta un enfoque diferente, con el objetivo de frenar los casos de remuneraciones que las autoridades consideran desproporcionadamente altas, al tiempo que amplía los incentivos económicos para los trabajadores considerados talentos fundamentales, vinculando su sueldo de forma más estrecha a su nivel de cualificación técnica. El plan también ordena a las autoridades que mejoren el sistema utilizado para fijar y revisar el salario mínimo, y exige que se estudie la elaboración de una legislación formal al respecto.



El desfile futurista de los robots humanoides chinos desata el debate en EEUU. (Captura de Youtube - UBtech)

El desfile futurista de los robots humanoides chinos desata el debate en EEUU. (Captura de Youtube - UBtech)

Cerrar la brecha rural-urbana

El documento expone su propósito con claridad, declarando la intención de "adoptar un enfoque integral para gestionar cómo los entornos externos cambiantes y los avances de la IA afectan a la plantilla, priorizando las iniciativas de creación de empleo", situando la generación de puestos de trabajo como la máxima prioridad. Este planteamiento es crucial porque la enorme brecha de ingresos, especialmente entre los residentes de zonas rurales y urbanas, sigue siendo un grave problema sin resolver en la economía china, y varios economistas han advertido de que la rápida adopción de la IA podría agravar esa división en lugar de cerrarla.

Huang Yiping, decano de la Escuela Nacional de Desarrollo de la Universidad de Pekín, expuso este argumento de forma directa en una entrevista concedida en junio al medio de comunicación shanghainés Jiemian News. Sostuvo que la intervención del Gobierno es cada vez más vital para mantener la estabilidad del empleo a medida que la tecnología de IA se desarrolla rápidamente, ya que este progreso tiene el potencial de ampliar las disparidades de ingresos. El argumento de fondo de Huang es que las ganancias de productividad generadas por la IA tienden a fluir de manera desproporcionada hacia quienes poseen el capital, como los dueños de empresas y los propietarios de equipos, porque dichas ganancias tienen su origen en la propia tecnología y no en ninguna mejora de las habilidades individuales de los trabajadores. "El capital captura una mayor parte de los beneficios derivados de la mejora de la productividad, ya que proviene de la tecnología en lugar de las habilidades individuales de los trabajadores", afirmó Huang. "Por eso, incluso si la IA mejora la eficiencia de los trabajadores, la remuneración no ha crecido a la par".

Reciclaje profesional para una economía diferente

Huang advirtió además de que, si los aumentos de productividad relacionados con la IA no se traducen en nuevas oportunidades de empleo y mayores ingresos para las familias, el gasto de los consumidores seguirá siendo insuficiente para absorber la creciente producción de la economía, lo que empeoraría el desajuste existente entre la oferta y la demanda en China. El plan responde a esta preocupación comprometiéndose a "combinar la inversión en activos físicos con la inversión en personas", una frase extraída del recién aprobado decimoquinto plan quinquenal de China, cuyo objetivo es aumentar el poder adquisitivo de las familias con rentas más bajas en un momento de debilidad de la demanda a nivel nacional. Sobre el terreno, esto se traduce en una formación profesional a gran escala dirigida a las personas que actualmente se encuentran en paro, estructurada en torno a lo que las autoridades denominan "nuevas fuerzas productivas de calidad", una categoría que abarca la IA, la fabricación avanzada, la economía digital y la economía de baja altitud (drones y aeronaves que vuelan a baja altura), junto con la capacitación para empleos del sector servicios como el cuidado de niños y ancianos.



Laboratorios químicos automatizados operados por robots. (laboratorio de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China)

Laboratorios químicos automatizados operados por robots. (laboratorio de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China)

El Gobierno también quiere aumentar gradualmente el tamaño de su población de renta media durante un periodo de cinco años, prestando especial atención a que los trabajadores cualificados y los trabajadores migrantes de las zonas rurales asciendan a ese nivel de ingresos. Más allá de los salarios y la formación, el plan exige reforzar las protecciones legales vinculadas a los derechos laborales y mejorar el sistema de vacaciones anuales pagadas del país, y compromete a las autoridades a llevar a cabo estudios de viabilidad orientados hacia una eventual legislación que establezca unas normas laborales básicas.

Nada de esto garantiza que China evite el sufrimiento laboral que la IA ya está infligiendo en otros lugares, y convertir un documento político en nóminas que lleguen realmente a los trabajadores es una prueba de fuego a varios años vista. Pero este ejercicio sirve de recordatorio de que la oleada de despidos provocados por la IA que está arrasando las oficinas en el resto del mundo en estos momentos no es una ley ineludible de la física, sino una decisión política, y Pekín ha decidido tomar una diferente.


El acuerdo petrolero entre Venezuela y EE.UU. al detalle


Inversión, régimen concesionario, ingresos y variables políticas

31 Agosto 2026

Un nuevo acuerdo anunciado por los gobiernos de Caracas y Washington ratifica el vector petrolero como eje de convergencia entre ambos países (Foto: Federico Parra / AFP)

Los gobiernos de Venezuela y de Estados Unidos han anunciado un "acuerdo histórico" en materia petrolera que supone la concesión venezolana favorable a empresas norteamericanas en 17 campos petroleros.

Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, publicaron la asociación como "el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial".

Por su parte, en la noche del 29 de agosto la presidenta Delcy Rodríguez se refirió a la alianza como un hito que marcará el "renacimiento económico" del país.

La magnitud y relevancia del hecho amerita un análisis pormenorizado a partir de los detalles explicados por parte de la mandataria venezolana.

ALCANCES Y RESERVAS

Según Rodríguez el tratado será por 25 años, lo cual contradice las afirmaciones proyectadas en algunos medios de comunicación y cuentas de redes sociales sobre una supuesta duración de 100 años.

El contrato incluye el posicionamiento de empresas estadounidenses en ocho bloques petrolíferos, que agrupan 17 campos. El conjunto de haberes en reservas en dichos espacios alcanza los 65 mil millones de barriles de petróleo (bdp).

Sin embargo, la mandataria ha indicado que hay un horizonte de producción alcanzable de 1,5 millones de bdp en los nuevos campos concesionados. Es evidente que desde el día uno del acuerdo esta meta no se habrá alcanzado. En efecto, la transacción tardará meses para dar sus primeros barriles y la meta acumulativa de producción de 1,5 podría tardar años.

Tal cosa sugiere que, durante la duración del convenio, según lo planteado por la presidenta, la meta de producción de crudo extraíble será de unos 11 mil millones de bdp, lo cual impone una distinción importante entre los 65 mil millones de bdp anunciados por Trump y la realidad práctica del acuerdo.

El mandatario estadounidense podría estar recurriendo a sus usuales prácticas de anuncios maximalistas, sobre todo si se considera que está en la recta final de las elecciones de medio término de su país, justo cuando transcurre una crisis en los precios de combustibles e inventarios de reservas de petróleo a causa de la crisis que su gobierno ha desatado en el estrecho de Ormuz.

Estos elementos indican la imperiosa necesidad de hacer distinciones entre el discurso del presidente y las dimensiones prácticas y creíbles del importante convenio.

INVERSIÓN, PRODUCCIÓN Y GANANCIAS

La transacción promete una inversión de 100 mil millones de dólares para su desarrollo. Un dato no menor sobre este anuncio es la importante contribución que haría al conjunto de la economía venezolana, al ofrecer ingresos frescos por nueva inversión.

El flujo anual de miles de millones de dólares en inversión directa en campos podría contribuir significativamente el sistema cambiario venezolano, lo cual repercutiría sobre la estabilidad del tipo de cambio y sobre la inflación.

El gobierno venezolano ha indicado que espera recaudar "al menos" unos 209 mil millones de dólares en ingresos fiscales durante la ejecución del acuerdo, número calculado sobre la base de 65 dólares por costo de barril en el mercado internacional.

La primera mandataria ha indicado que Venezuela espera recaudar, al menos, 19 dólares por cada barril extraído y comercializado. Unos 11 mil millones de bdp con un precio piso de 19 dólares representan, en efecto, la cifra indicada.

Sin embargo, los detalles de la base de ingresos se explican claramente al desglosar ciertos detalles del régimen concesionario que aplica en este acuerdo.

RÉGIMEN CONCESIONARIO

Según indicó la presidenta, y tal como reza la reformada Ley Orgánica de Hidrocarburos (LOH), las reservas venezolanas son intransferibles, siguen perteneciendo a la nación. De ahí que es necesario hacer una distinción entre derechos de explotación y propiedad de las reservas en el subsuelo.

La ganancia estimada de barril extraído y comercializado dentro de los 17 campos será de 19 dólares, pudiendo ser más o menos según el coste internacional de los barriles. Este se calcula hoy en 65 dólares.

Dichos ingresos se justifican por el régimen de regalías previsto para el acuerdo, según lo indicado en la LOH. En el caso de los campos verdes concesionados, rige 32% de impuesto sobre la renta (ISLR) y, al menos, 16% de regalías.

¿Por qué 16% "al menos" de regalías? Esto se explica por la LOH. Para el desarrollo de campos verdes se establece un margen mínimo de regalías de esa cifra, pero cada yacimiento y cada campo son particulares entre sí. Todos tienen niveles distintos de complejidad geológica. Esto sugiere que, a mayor complejidad del campo, menor regalía —hasta el 16%—. A menor complejidad del campo, las regalías son mayores, pudiendo alcanzar una cota de 20% o 25%.

El margen de regalías es porcentual, lo cual sugiere que, en un escenario de precio petrolero de 70, 80 u 85 dólares por barril, por concepto de regalías Venezuela obtendría más ganancias por cada barril extraído en los 17 campos incluidos en el convenio, lo cual podría ayudar a superar con creces el horizonte de 209 mil millones de dólares anunciados.

Es necesario detenernos en este punto para establecer una comparación con los últimos regímenes fiscales aplicables para nuevos desarrollos —inversión upstream— en Venezuela.

Hasta este año el régimen concesionario venezolano se regía por la LOH creada en 2001, reformada en 2006. Técnicamente la LOH actual es una reforma de la misma ley de 2001 pero hay importantes variaciones en cuanto al régimen concesionario para campos verdes. En la ley de los años 2000 el régimen fiscal era de 32% de ISLR y 30% de regalías aplicada a la mayoría de los desarrollos. Mientras que, para nuevos proyectos upstream, el margen mínimo de regalías alcanzó el 20%.

La debilidad de esa ley era que regía para campos maduros, ofreciendo grandes beneficios, pero creaba serios límites para la inversión en campos verdes. La inversión en campos verdes es sumamente costosa, técnicamente compleja y, en muchos casos, una empresa puede invertir en procesos de exploración y producción que podrían tardar años antes de extraer sus primeros barriles.

Continuando comparaciones, en los años 1990, con la llamada "apertura petrolera", existía un régimen completamente distinto. Para los campos verdes se creó un régimen de ISLR de 32% y apenas 1% de regalías. En lo real, hubo incentivos fiscales y pagos de regalías de 1% que eran irrisorios, en una época cuando el barril llegaba a costar 15, 20 o 25 dólares. Además, los crudos pesados y extrapesados de la Faja Petrolífera del Orinoco, vendidos como bitumen, se referían a precios del carbón. Las empresas se llevaban el crudo prácticamente gratis.

Es necesaria esta distinción para reconocer los márgenes del régimen actual. Hablando de inversión upstream y desarrollo de campos verdes de crudos no convencionales —tal como es el caso de los crudos pesados y extrapesados de la faja—, el régimen de los 17 campos concesionados a Estados Unidos en 2026 es menos ventajoso para el Estado que el existente en las LOH de los años 2000. Pero es claramente mucho más ventajoso que el régimen de la "apertura petrolera" de los años 1990.

Este elemento es inherente a la soberanía nacional y a la disposición ventajosa de los recursos naturales. Más allá de la ponderación matemática evidente, lo importante que se debe apreciar en este caso es que los acuerdos son coherentes y pertinentes con las necesidades de inversión en Venezuela.

Continuando en términos comparativos, en el mundo se aprueban nuevos desarrollos petrolíferos que implican grandes inversiones y que están sujetos a gran complejidad técnica. Si miramos el continente, hay casos notables en Colombia, Argentina, Canadá y Estados Unidos, países que, al igual que Venezuela, están desarrollando inversiones en crudos no convencionales basados en roca porosa (shale oil) y crudos pesados. 

Si se compara el régimen concesionario entre Venezuela y Estados Unidos anunciado durante estos días, con los términos contractuales en esos países, Venezuela obtiene ventajas similares que esos países en términos de impuestos, regalías y Government Take (ganancias de los estados por propiedad de los recursos o renta de los mismos). Dicho así, los ingresos venezolanos en los 17 campos a concesionarse, están dentro del canon internacional de ganancias aplicada a la inversión Upstream en nuevos desarrollos de crudos no convencionales.

El gobierno estadounidense no hace una concesión de gracia al permitir que sus empresas paguen dentro del canon de 16% de regalías y 32% de ISLR. En realidad, se rige por una realidad técnica. Aunque el crudo venezolano pesado y extrapesado es muy denso y complejo para extraer, los costes de inversión para extraer cada barril siguen siendo manejables y pueden ser comparativamente mucho más bajos si se compara con otros campos en Estados Unidos o Argentina.

Los crudos no convencionales, tal como es el caso de los petróleos de la faja, requieren ventajas e incentivos importantes para las costosísimas primeras etapas de inversión, lo cual implica regalías e impuestos moderados. El caso del acuerdo entre Venezuela y Estados Unidos no es excepcional, ni extremadamente fabuloso para ninguna de las partes. Está completamente dentro del canon de inversión upstream y de nuevos desarrollos de crudos no convencionales en todo el mundo.

ALGUNAS VARIABLES POLÍTICAS Y GEOPOLÍTICAS

En lo político hay un primer elemento muy importante a discernir. El gobierno venezolano ha demostrado tener la capacidad política e institucional para gestionar y debatir un acuerdo de este nivel y encontrar importantes ventajas en una asociación precedida por la coerción asimétrica. Negociar con Estados Unidos no es fácil nunca, menos en el contexto venezolano posterior al 3 de enero.

El pacto anunciado por la presidenta Rodríguez es, desde la perspectiva venezolana, claramente práctico, viable y ventajoso. Esto es posible a expensas de dos realidades objetivas: Estados Unidos necesita petróleo con perspectiva a largo plazo y el gobierno venezolano actual dirige las dinámicas del país; es el que tuvo la resistencia operativa pese a la presión constante durante 12 años de sanciones. Dicho de otra forma: era tiempo de negociar.

En segundo lugar, esta transacción desdibuja los puntos cardinales trazados en los discursos de ambas partes. Estados Unidos ha ejercido sobre Venezuela una coerción asimétrica, mientras que el gobierno venezolano ha empleado la adaptación estratégica para sortear el contexto. Sin embargo, entre ambas aristas convive la congruencia práctica y la convergencia que siempre ha regido las relaciones entre Washington y Caracas: el vector petrolero. Este es el terreno de las asociaciones reales y es el punto donde los imperativos ideológicos y consignas se diluyen para dar paso a la realpolitik en su dimensión más nítida.

En tercer lugar, el tratado refiere uno de esos pocos momentos en la política cuando el beneficio de uno no necesariamente es el perjuicio de otro. Los datos divulgados por la presidenta aclaran de manera irrefutable que ambas partes ganan.

Venezuela, que siempre ha reconocido a Estados Unidos como un mercado destino y un gran cliente del petróleo venezolano, en nuevas condiciones reestablece los parámetros de una relación que nunca debió romperse a causa de las sanciones ilegales.

En el ámbito geopolítico este acuerdo sugiere un importante replanteamiento del contexto de la energía venezolana y también de las necesidades de Estados Unidos.

Desde una perspectiva puramente discursiva, negociar con el chavismo no ha sido una situación ideal ni para Trump ni para Rubio. Pero las explicaciones a ello no yacen en Caracas sino en el estrecho de Ormuz. La aventura militar estadounidense en Irán ha desfigurado las condiciones de seguridad en el paso marítimo, en el mar Rojo y en toda Asia occidental, y ha cambiado la arquitectura política sobre las cuales se ha erigido la correlación de poder militar estadounidense. El resultado es fatal: la región de las grandes cuencas petroleras no es ni será exactamente lo mismo que fue antes de febrero pasado.

El inventario petrolero en reservas de Estados Unidos está cerca del colapso y los precios de los combustibles no dan tregua a la población y a la economía.

Independientemente de que la crisis actual remita, las condiciones estructurales en la relación de Estados Unidos con Asia occidental se han fracturado. Aquella región ya no es un espacio seguro para nuevas inversiones, tal como un día lo fue.

Dicho de otra forma: las condiciones geopolíticas se mantienen alineadas para que Venezuela recupere el sitial de actor energético relevante. Pero este no es un camino sencillo; el país tendrá que lidiar con el desafío de afianzarse a la geometría variable que ha regido su modelo de relaciones internacionales para mitigar los nuevos riesgos de alta exposición y dependencia al mercado estadounidense.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<