domingo, 1 de noviembre de 2026

Brasil: Dinámica de lo impensado

Fuentes: La Izquierda Diario [Imagen: Lula dirigiéndose a la multitud durante la Marcha por la Democracia celebrada en Sao Paulo el 11 de octubre de 2026. Créditos: Amanda Perobelli / Reuters, tomada de La Izquierda Diario]



Se dio vuelta una elección que el bolsonarismo ya festejaba. La clave no estuvo en la ingeniería de la “Concertación” ni solamente en el marketing digital. Estuvo en la movilización de miles que salieron a las calles, pusieron en el centro el fin de la escala 6×1 y recuperaron una tradición de lucha. El interrogante de ahora es si esa fuerza seguirá en movimiento o si volverán a pedirle que se vaya a casa.

Hace tres semanas, la elección parecía liquidada. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47,03% contra el 45,16% de Lula. El senador del clan, heredero político de su padre, se había transformado en la apuesta de una extrema derecha que conservaba una fuerza considerable, aun después de cuatro años fuera de la presidencia. Además, buscaba erigirse como un peón fundamental de EE.UU y su “Escudo de las Américas”.

Las encuestas finales mostraban un empate técnico, pero el bolsonarismo ya se preparaba para festejar. En buena parte del progresismo se instalaba ese clima de resignación que suele anticipar las derrotas antes de que ocurran.

Pero esa noche hubo virada.

La explicación más inmediata será el carisma de Lula, el peso electoral del Nordeste o los límites de Flávio Bolsonaro como candidato. Todos factores reales. Pero hay otro que resulta más importante para comprender no solo el resultado, sino también sus posibilidades futuras: la irrupción de una movilización popular que modificó la dinámica y logró imponer parte de su agenda.

La calle

La campaña de Lula llegó al ballotage a la defensiva. Durante meses, el Gobierno había apostado a administrar una coalición de centroizquierda y negociar con los sectores conservadores. Mientras tanto, el bolsonarismo avanzaba sobre el descontento social, con una maquinaria digital poderosa (apoyada por los dueños de las Big Techs) y una derecha que nunca abandonó las calles.

El resultado de la primera vuelta obligó a cambiar de estrategia. Pero lo más importante fue que millones de brasileños y brasileñas decidieron no esperar las instrucciones de los comandos electorales.

En la segunda semana de octubre se multiplicaron los actos en todo el país. El domingo 11, una marcha ocupó doce cuadras de la Avenida Paulista y tuvo expresiones en al menos 76 ciudades. Los estudiantes organizaron asambleas, movilizaciones y campañas en las universidades; se sumaron sindicatos, movimientos sociales, torcidas organizadas y colectivos juveniles. En los barrios y las periferias se multiplicaron las recorridas y las caravanas.

Las redes sociales también tuvieron un papel importante, pero lo novedoso fue su combinación con la movilización territorial. La lucha contra el bolsonarismo comenzó a recuperar iniciativa cuando dejó de depender exclusivamente de los mensajes de sus dirigentes y se transformó en una tarea asumida por sectores mucho más amplios.

Y con la calle apareció algo todavía más importante: puntos fuertes de un programa.
El fin de la escala 6×1 (seis días de trabajo por uno de descanso, la rutina de millones de trabajadores del comercio y los servicios) pasó al centro de la discusión nacional. Trabajar cinco días y descansar dos. Una demanda elemental, pero suficiente para poner en cuestión la organización de la vida de millones de personas.

El 14 de octubre, el Senado aprobó la reforma constitucional que termina con ese régimen y establece la reducción progresiva de la jornada semanal de 44 a 40 horas, sin reducción salarial. La votación fue de 75 a 1. Dos días después, la enmienda fue promulgada.

Fue una conquista arrancada por la presión social y no fue una concesión espontánea de las élites brasileñas.

La movilización no se limitó a defender a Lula frente a Bolsonaro: logró correr la agenda política hacia las demandas de los trabajadores. Y esa es una diferencia importante. No se trató solamente de conseguir votos para impedir el regreso de la extrema derecha, sino de demostrar que la intervención popular podía modificar, aunque sea parcialmente, la relación de fuerzas y obtener resultados concretos en ese recuento globular que son las elecciones.

El otro final

En 2011, cuando Lula dejaba el gobierno con niveles extraordinarios de aprobación, Perry Anderson publicó en la London Review of Books un balance del lulismo tan elogioso como crítico. Lo consideraba uno de los políticos más exitosos de su tiempo, pero señalaba una contradicción fundamental: Lula había mejorado las condiciones de vida de millones de brasileños sin transformar ese respaldo en una fuerza popular activa y organizada. La marca de su gobierno, sostenía Anderson, había sido más bien la desmovilización.

Ahí estaba, según el marxista inglés, uno de los límites del primer lulismo: cierta redistribución social sin confrontación abierta con las estructuras de poder y una relación con los sectores populares en la que estos aparecían fundamentalmente como beneficiarios de políticas públicas, antes que como protagonistas de su propio destino. En el último tiempo esa tendencia fue extremada hacia una alianza con la derecha tradicional como Geraldo Alckmin (vicepresidente) que lo llevó a sostener las contrarreformas que se implementaron durante la gestión del golpista Michel Temer.

Las últimas semanas mostraron una posibilidad distinta. Frente al peligro del retorno de la extrema derecha, la base social del lulismo no se limitó a esperar que el gobierno resolviera sus problemas. Salió a las calles, intervino, presionó y consiguió una conquista que difícilmente hubiera llegado por el simple funcionamiento de los acuerdos parlamentarios: el fin del 6×1.

El peligro

André Singer, uno de los principales teóricos del lulismo, viene señalando las contradicciones de la coalición que sostiene al gobierno. Esa “Concertación” que reúne al PT con antiguos adversarios del PSDB, Alckmin y sectores de las clases dominantes contiene, según Singer, demandas incompatibles: la austeridad fiscal y la expansión de la inversión social. El resultado fue un gobierno relativamente paralizado, obligado a negociar permanentemente con el Centrão y a contener sus propias iniciativas dentro de los límites de una política económica que nunca dejó de estar condicionada por las exigencias del capital.

Ese límite no es solamente una imposición externa. También responde a una decisión política del propio Lula, que volvió a privilegiar los acuerdos con sectores del establishment como garantía de gobernabilidad. Una estrategia que permitió sostener su gobierno, pero que no impidió el crecimiento de la extrema derecha ni mucho menos consiguió resolver el malestar social del que se alimenta.

La movilización de estas semanas mostró que algunas conquistas pueden avanzar cuando se rompe, aunque sea parcialmente, la lógica de la negociación permanente con quienes se oponen a ellas.

El riesgo ahora es que esa fuerza vuelva a ser tratada como un recurso electoral de emergencia. Que los movimientos sociales regresen a sus casas, que las centrales sindicales vuelvan a las mesas de negociación y que la política quede otra vez en manos de los acuerdos entre los partidos y las fracciones empresariales.

La aprobación del fin de la escala 6×1 demuestra lo que puede conseguirse mediante la presión popular. Pero su implementación efectiva, el control de las condiciones de trabajo y la defensa de esa conquista frente a los intentos patronales de flexibilizarla también dependerán de que esa movilización continúe.

La interpretación de la victoria como un nuevo mandato para administrar la conciliación de clases apuntará a desactivar precisamente la fuerza que hizo posible la recuperación electoral.

Y ahí aparece el peligro de una nueva operación de pasivización: absorber desde arriba las demandas que irrumpieron desde abajo, conceder lo indispensable para restablecer el equilibrio y volver a encerrar la política en los límites de lo posible o de lo aceptable por el capital.

Si eso ocurre, el bolsonarismo tendrá nuevas oportunidades. La extrema derecha no desaparece con una derrota electoral. Conserva una base social, poder económico, respaldo del imperio, mayor influencia institucional y capacidad de movilización. Y puede volver a fortalecerse si las expectativas despertadas por esta campaña chocan contra las restricciones de siempre. Es nada más y nada menos lo que pasó en estos cuatro años.

Punto de partida

El triunfo impidió el regreso de una extrema derecha que representaba una amenaza para las libertades democráticas y los derechos de los trabajadores. Y transformaba al país más importante del continente en una pieza clave para la estrategia imperial de EE.UU en la región. Pero también dejó algunas pistas sobre cómo enfrentarla.

No fue la defensa instituciones ni con una coalición que prometía estabilidad. Fue necesario recuperar la iniciativa, salir a las calles y poner en discusión demandas capaces de involucrar a millones.

El desafío que se abre consiste en que la fuerza social que intervino en estas semanas no vuelva a quedar subordinada a los tiempos y los límites de un gobierno “trágicamente” condicionado por su fisonomía interna (el sistema de alianzas que lo conforman) y por la renovada fuerza externa que el bolsonarismo conquistó en el Congreso en la primera vuelta electoral.

La virada fue posible porque hubo millones que no se quedaron en casa. Su mayor conquista sería que tampoco vuelvan a ella después de votar para que sean otros los que escriban el final.

Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Brasil-dinamica-de-lo-impensado