miércoles, 29 de julio de 2026

La peste parda con traje de gala: la Cumbre de Washington y la resurrección de la dialéctica del odio


Acorralada por su declive histórico irreversible y la erosión de su hegemonía  ante la consolidación de un orden multipolar, la oligarquía imperialista del occidente  colectivo rescata sin pudor el arsenal ideológico del nacionalsocialismo europeo para  justificar un giro represivo y autoritario que buscan imponer a escala planetaria… Lo que hoy  presenciamos es la materialización exacta de su advertencia: el perfeccionamiento de un  estado policial global destinado a blindar los privilegios del gran capital corporativo.

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La reciente cumbre de la infamia celebrada en Washington durante las jornadas de 15 y 16  de julio de este 2026, donde el Departamento de Estado, bajo la férula de Marco Rubio,  congregó a 66 delegaciones —en su inmensa mayoría procedentes del eje de la OTAN,  regímenes satélites de América Latina y gobiernos del Sudeste Asiático firmemente  alineados con la disciplina geopolítica de Washington— bajo el pretexto de combatir un  ficticio «terrorismo transnacional de extrema izquierda», no constituye un mero episodio de  la propaganda electoral norteamericana. Por el contrario, marca un hito tenebroso en la  crisis orgánica del capitalismo global: es la formalización pública de una nueva internacional  reaccionaria. Acorralada por su declive histórico irreversible y la erosión de su hegemonía  ante la consolidación de un orden multipolar, la oligarquía imperialista del occidente  colectivo rescata sin pudor el arsenal ideológico del nacionalsocialismo europeo para  justificar un giro represivo y autoritario que buscan imponer a escala planetaria. 

Esta mutación del imperialismo no nos sorprende a quienes analizamos la historia desde el  materialismo científico. Como ya denunció con lucidez el psiquiatra militar estadounidense  Douglas M. Kelley en su obra fundamental 22 celdas en Núremberg (1947) —escrita tras  evaluar clínicamente la mente de los jerarcas nazis procesados—, el totalitarismo no es una  anomalía exclusiva del temperamento alemán de los años treinta, sino una patología del  poder que anida de forma latente en nuestras propias sociedades occidentales. Kelley lanzó  entonces una advertencia estremecedora a su propio país: los rasgos de personalidad de  aquellos criminales, basados en la ambición ciega, la obediencia burocrática y el uso de la  mentira, el racismo y el odio para obtener prebendas políticas, eran perfectamente 

reproducibles en las élites del poder de los Estados Unidos y del occidente colectivo. Kelley  advirtió que la complicidad con estos mitos supremacistas acabaría por arrastrar a las  potencias occidentales al mismo sumidero de la civilización que el nazismo. Lo que hoy  presenciamos es la materialización exacta de su advertencia: el perfeccionamiento de un  estado policial global destinado a blindar los privilegios del gran capital corporativo. 

La retórica desplegada por Rubio en la apertura del evento no admite matices ni requiere  sutiles hermenéuticas; es una traducción casi calcada de los postulados fundamentales que  Adolf Hitler plasmó en Mi lucha. Al sostener que el socialismo y la búsqueda de la igualdad  material no son más que expresiones del «resentimiento de los incapaces» contra «quienes  construyen», Rubio exhuma el desprecio aristocrático y biologicista del fascismo clásico.  Para el nacionalsocialismo, la igualdad era una aberración biológica; para el imperialismo  contemporáneo, la justicia social es diagnosticada como una patología, como «odio contra  el creador». Estamos ante la apología del «héroe» individual —el gran capitalista o el  oligarca transnacional— frente a lo que desprecian como una «masa gris y desprovista de  gloria». No es solo una declaratoria de guerra contra la clase trabajadora; es un intento de  deslegitimar ontológicamente cualquier proyecto de emancipación humana.  

El fascismo, en su esencia histórica, nunca fue un accidente ni un desvío del sistema, sino  la línea de defensa extrema y violenta de la gran propiedad cuando sus mecanismos de  dominación económica y cultural comienzan a fracturarse. 

Para complementar esta ofensiva ideológica, la cumbre de Washington no dudó en recurrir  a la patologización estética del disidente, una técnica de propaganda depurada en los años  treinta que evoca directamente la noción hitleriana de la «degeneración» (Entartung). Al  describir a los manifestantes y militantes de izquierda como seres «deformados en su  apariencia, vestimenta y modales», sentenciando que su estética exterior es prueba de su  podredumbre interna, el bloque imperialista busca aniquilar el debate de ideas mediante el  asco moral y físico que deshumanice al adversario político. Despojar al opositor de su  condición humana y presentarlo como una anomalía biológica, estética o médica es el  prerrequisito indispensable para legitimar la violencia de Estado, la suspensión de garantías  jurídicas y, en última instancia, el aniquilamiento de los movimientos sociales colectivos. 

Desde un riguroso enfoque histórico-materialista y gramsciano, esta ofensiva responde a  una necesidad imperiosa de disciplinamiento político ante el avance irreversible de la  multipolaridad. Ante la pérdida de control de los mercados tradicionales y la agudización de  las contradicciones internas de sus propias economías, el bloque occidental dominante  necesita la construcción artificial de un enemigo absoluto para mantener cohesionadas a  sus oligarquías satélites. La invención de una «red terrorista de extrema izquierda»  globalmente coordinada —una falacia burda carente de sustento fáctico— cumple la función  de homogeneizar el sentido común punitivo. Se trata de tejer un marco de cooperación  represiva transnacional que criminalice la protesta social y blinde, bajo la fachada protectora  de la «seguridad nacional», los intereses de explotación del gran capital financiero  transnacional. 

Frente a esta restauración reaccionaria, una especie de IV Reich que pretende imponer el  terror y la sumisión como única lógica de existencia, la respuesta de las fuerzas populares,  de clase y verdaderamente democráticas no puede ser la timidez, el reformismo atemorizado de una socialdemocracia dócil ni el silencio cómplice. La escala global de la  agresión exige una respuesta de igual magnitud: la reconstrucción de una sólida alianza  antifascista, antiimperialista e internacionalista de los pueblos. Es hora de librar la batalla de  ideas en cada trinchera, de desmontar el falso relato moral de la burguesía y de oponer a su  «libertad» de expoliación la solidaridad internacionalista de la clase trabajadora. La historia  nos enseña que el monstruo del fascismo solo se nutre de nuestra vacilación. Ante su  ofensiva criminalizadora, nuestra bandera debe mantenerse en alto, unificando la fuerza  organizada bajo la perspectiva irrenunciable de la alternativa socialista. ¡Socialismo o  barbarie! ¡Por la solidaridad internacional de los pueblos y la derrota definitiva de la  opresión!