Acorralada por su declive histórico irreversible y la erosión de su hegemonía ante la consolidación de un orden multipolar, la oligarquía imperialista del occidente colectivo rescata sin pudor el arsenal ideológico del nacionalsocialismo europeo para justificar un giro represivo y autoritario que buscan imponer a escala planetaria… Lo que hoy presenciamos es la materialización exacta de su advertencia: el perfeccionamiento de un estado policial global destinado a blindar los privilegios del gran capital corporativo.
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La reciente cumbre de la infamia celebrada en Washington durante las jornadas de 15 y 16 de julio de este 2026, donde el Departamento de Estado, bajo la férula de Marco Rubio, congregó a 66 delegaciones —en su inmensa mayoría procedentes del eje de la OTAN, regímenes satélites de América Latina y gobiernos del Sudeste Asiático firmemente alineados con la disciplina geopolítica de Washington— bajo el pretexto de combatir un ficticio «terrorismo transnacional de extrema izquierda», no constituye un mero episodio de la propaganda electoral norteamericana. Por el contrario, marca un hito tenebroso en la crisis orgánica del capitalismo global: es la formalización pública de una nueva internacional reaccionaria. Acorralada por su declive histórico irreversible y la erosión de su hegemonía ante la consolidación de un orden multipolar, la oligarquía imperialista del occidente colectivo rescata sin pudor el arsenal ideológico del nacionalsocialismo europeo para justificar un giro represivo y autoritario que buscan imponer a escala planetaria.
Esta mutación del imperialismo no nos sorprende a quienes analizamos la historia desde el materialismo científico. Como ya denunció con lucidez el psiquiatra militar estadounidense Douglas M. Kelley en su obra fundamental 22 celdas en Núremberg (1947) —escrita tras evaluar clínicamente la mente de los jerarcas nazis procesados—, el totalitarismo no es una anomalía exclusiva del temperamento alemán de los años treinta, sino una patología del poder que anida de forma latente en nuestras propias sociedades occidentales. Kelley lanzó entonces una advertencia estremecedora a su propio país: los rasgos de personalidad de aquellos criminales, basados en la ambición ciega, la obediencia burocrática y el uso de la mentira, el racismo y el odio para obtener prebendas políticas, eran perfectamente
reproducibles en las élites del poder de los Estados Unidos y del occidente colectivo. Kelley advirtió que la complicidad con estos mitos supremacistas acabaría por arrastrar a las potencias occidentales al mismo sumidero de la civilización que el nazismo. Lo que hoy presenciamos es la materialización exacta de su advertencia: el perfeccionamiento de un estado policial global destinado a blindar los privilegios del gran capital corporativo.
La retórica desplegada por Rubio en la apertura del evento no admite matices ni requiere sutiles hermenéuticas; es una traducción casi calcada de los postulados fundamentales que Adolf Hitler plasmó en Mi lucha. Al sostener que el socialismo y la búsqueda de la igualdad material no son más que expresiones del «resentimiento de los incapaces» contra «quienes construyen», Rubio exhuma el desprecio aristocrático y biologicista del fascismo clásico. Para el nacionalsocialismo, la igualdad era una aberración biológica; para el imperialismo contemporáneo, la justicia social es diagnosticada como una patología, como «odio contra el creador». Estamos ante la apología del «héroe» individual —el gran capitalista o el oligarca transnacional— frente a lo que desprecian como una «masa gris y desprovista de gloria». No es solo una declaratoria de guerra contra la clase trabajadora; es un intento de deslegitimar ontológicamente cualquier proyecto de emancipación humana.
El fascismo, en su esencia histórica, nunca fue un accidente ni un desvío del sistema, sino la línea de defensa extrema y violenta de la gran propiedad cuando sus mecanismos de dominación económica y cultural comienzan a fracturarse.
Para complementar esta ofensiva ideológica, la cumbre de Washington no dudó en recurrir a la patologización estética del disidente, una técnica de propaganda depurada en los años treinta que evoca directamente la noción hitleriana de la «degeneración» (Entartung). Al describir a los manifestantes y militantes de izquierda como seres «deformados en su apariencia, vestimenta y modales», sentenciando que su estética exterior es prueba de su podredumbre interna, el bloque imperialista busca aniquilar el debate de ideas mediante el asco moral y físico que deshumanice al adversario político. Despojar al opositor de su condición humana y presentarlo como una anomalía biológica, estética o médica es el prerrequisito indispensable para legitimar la violencia de Estado, la suspensión de garantías jurídicas y, en última instancia, el aniquilamiento de los movimientos sociales colectivos.
Desde un riguroso enfoque histórico-materialista y gramsciano, esta ofensiva responde a una necesidad imperiosa de disciplinamiento político ante el avance irreversible de la multipolaridad. Ante la pérdida de control de los mercados tradicionales y la agudización de las contradicciones internas de sus propias economías, el bloque occidental dominante necesita la construcción artificial de un enemigo absoluto para mantener cohesionadas a sus oligarquías satélites. La invención de una «red terrorista de extrema izquierda» globalmente coordinada —una falacia burda carente de sustento fáctico— cumple la función de homogeneizar el sentido común punitivo. Se trata de tejer un marco de cooperación represiva transnacional que criminalice la protesta social y blinde, bajo la fachada protectora de la «seguridad nacional», los intereses de explotación del gran capital financiero transnacional.
Frente a esta restauración reaccionaria, una especie de IV Reich que pretende imponer el terror y la sumisión como única lógica de existencia, la respuesta de las fuerzas populares, de clase y verdaderamente democráticas no puede ser la timidez, el reformismo atemorizado de una socialdemocracia dócil ni el silencio cómplice. La escala global de la agresión exige una respuesta de igual magnitud: la reconstrucción de una sólida alianza antifascista, antiimperialista e internacionalista de los pueblos. Es hora de librar la batalla de ideas en cada trinchera, de desmontar el falso relato moral de la burguesía y de oponer a su «libertad» de expoliación la solidaridad internacionalista de la clase trabajadora. La historia nos enseña que el monstruo del fascismo solo se nutre de nuestra vacilación. Ante su ofensiva criminalizadora, nuestra bandera debe mantenerse en alto, unificando la fuerza organizada bajo la perspectiva irrenunciable de la alternativa socialista. ¡Socialismo o barbarie! ¡Por la solidaridad internacional de los pueblos y la derrota definitiva de la opresión!