lunes, 20 de julio de 2026

Del estruendo de sables al imperio de la toga: La judicialización de la soberanía


José Manuel Rivero, abogado y analista político

14 de julio de 2026












Este asedio judicial doméstico no opera en el vacío, ni es fruto de la casualidad; actúa como la mandíbula interna de una pinza tenaza cuya fuerza motriz es exterior.  Horas antes de que la resolución judicial viera la luz, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, lanzaba en los medios de comunicación la consigna que preludiaba el  fallo: calificaba de “absolutamente impropio” el viaje y exigía impedirlo “como sea”.

Síguenos en Hojas de Debate

La reciente resolución judicial que vedó la presencia de Begoña Gómez, esposa del  Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en la delegación oficial española  en la cumbre de la OTAN en Ankara no admite una lectura ingenua bajo el  reduccionismo técnico-jurídico del derecho procesal burgués. Sostener, con un  formalismo estéril, que la denegación del permiso se fundamenta exclusivamente en  la condición de Turquía como Estado extracomunitario es un ejercicio de hipocresía  institucional que ofende la inteligencia crítica. Tal argumentación se desmorona ante  la evidencia de que el riesgo de fuga es materialmente inexistente en una persona  que se encuentra bajo una custodia permanente y exhaustiva por parte de las  fuerzas de seguridad del Estado. Si descorremos el velo del fetichismo legal, lo que  emerge con nitidez no es la aplicación de la norma, sino su instrumentalización  política: un síntoma elocuente de una coyuntura histórica donde los aparatos  coercitivos del Estado se activan para disciplinar, erosionar y descabezar a un poder  ejecutivo que se ha tornado disfuncional, si no incómodo, para el bloque atlantista  hegemónico transnacional. 

Este asedio judicial doméstico no opera en el vacío, ni es fruto de la casualidad;  actúa como la mandíbula interna de una pinza tenaza cuya fuerza motriz es exterior.  Horas antes de que la resolución judicial viera la luz, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, lanzaba en los medios de comunicación la consigna que preludiaba el  fallo: calificaba de “absolutamente impropio” el viaje y exigía impedirlo “como sea”. 

Esta sincronización milimétrica entre la ofensiva mediático-partidista y el dictamen  de los tribunales desenmascara la operativa de la “guerra híbrida” moderna: la  judicatura deja de ser un poder arbitral para convertirse en el brazo ejecutor de una  estrategia de desgaste orquestada. El objetivo trascendía lo meramente anecdótico;  se trataba de garantizar que el presidente del Gobierno aterrizara en Ankara  políticamente maniatado, mermado en su autoridad simbólica ante sus pares y  lastrado por una duda penal que, más allá de los juzgados, actuaba como un  mecanismo de devaluación de su palabra en el escenario internacional.

Para comprender la urgencia y la virulencia de este disciplinamiento, es imperativo  ensanchar el foco hacia la geopolítica del imperio. La cumbre de la OTAN se celebra  bajo la sombra de un Donald Trump hostil, refractario a cualquier fisura en la  ortodoxia atlantista y ávido de sacrificios fiscales para la maquinaria bélica. El  Gobierno español se ha convertido en una pieza a ajustar en el tablero geopolítico  debido a sus posiciones de distanciamiento frente a la agresión militar  estadounidense-sionista sobre Irán y, crucialmente, por su resistencia a acatar la  exigencia draconiana de elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB.

Este incremento  no es una mera variable macroeconómica; representa una detracción masiva de  recursos que, en última instancia, sustraería capacidad de bienestar a las clases  populares para transferirla, vía complejo militar-industrial, a los engranajes de la  guerra permanente. Ante esta disidencia presupuestaria y diplomática, la maquinaria  imperial no duda en activar sus terminales domésticas para corregir la desviación. Una mirada rigurosa a la historia estructural de nuestro país nos obliga a establecer  un paralelismo tan nítido como ineludible. En enero de 1981, el presidente Adolfo  Suárez fue forzado a dimitir, acorralado por el ruido de sables, las presiones del estamento castrense y el aislamiento político de quienes exigían la integración  inmediata y sumisa de España en la estructura de la OTAN. Un mes después,  sobrevenía la intentona golpista del 23-F como culminación de esa crisis de  hegemonía. La lección que nos lega aquella coyuntura es atemporal: cuando el  diseño político de un Gobierno civil no se pliega con la docilidad exigida a los  intereses estratégicos del eje atlantista, los resortes profundos del Estado —sus  “poderes fácticos”— se movilizan para forzar su capitulación o su relevo.

La diferencia fundamental entre 1981 y la actualidad no reside en el objetivo final — el alineamiento inquebrantable con el bloque occidental—, sino en la mutación  táctica de la clase dominante. En el marco de las democracias liberales maduras, la  coerción tosca de los cuarteles ha sido sustituida por la violencia simbólica y el  poder omnímodo de la toga. El lawfare se ha erigido como el nuevo ruido de sables.  Ya no son necesarios los tanques en las calles para desestabilizar a un Ejecutivo;  basta con la instrumentalización espuria del derecho penal, la generación de un  estado de opinión asfixiante y la judicialización de la política.

La presión actual de la  OTAN, vehiculada a través de una judicatura dependiente y una oposición sumisa a  los dictados exteriores, busca forzar un escenario de debilidad que facilite la caída  del Gobierno o la dimisión de Pedro Sánchez para reinstaurar una ortodoxia sumisa. Lo que hoy está en disputa en los estrados de Madrid y en los salones de Ankara no  es la rectitud procedimental de una causa, sino los límites estructurales de la  soberanía nacional. Se debate si España tiene derecho a un margen de autonomía  estratégica o si, por el contrario, su política interior y exterior debe ser gestionada  como una colonia interna del imperio, donde los jueces actúan como procuradores  de un orden que nos es ajeno. Frente a la fuerza que se ejerce a través del poder de  la toga, solo cabe la defensa democrática de la capacidad de decidir nuestro propio  destino.