Nueva propuesta de Unión Proletaria de unidad comunista experimentada a posterioridad de una unidad de acción continuada, modifica algunas cuestiones de propuestas anteriores pero continúa basada en el espontaneísmo de la acción reacción de confrontación contra las superestructuras del Estado, no fruto del desarrollo de una línea política de masas entre la clase obrera soberana e independiente de otras clases sociales. Se propone de instrumento la agitación y la propaganda como medio para llegar a la clase obrera, en vez de integrarse con ella allí donde trabaja, vive y estudia, organizándola y dirigiendo sus luchas, para ganarse a la clase trabajadora politizándola y organizándola en sus estructuras de base y lo más granado en el partido, para lograr la hegemonía en su seno dando pasos de avance en la correlación de fuerzas, hasta que permita dar las batallas de posiciones en el parlamento y en la calle, que es la que modifica las correlaciones de fuerzas.
Sitúa al enemigo principal y la caracterización diferencial del imperialismo para no confundir a la clase trabajadora, situando la unidad de acción comunista como base para la confrontación contra el imperialismo, mediante la agitación y propaganda entre las masas obreras las cuales, ante la opresión del capital en sus condiciones de vida y el futuro de guerra abrazarán al partido comunista; situando como eje motriz de la victoria para la superación de la socialdemocracia y el reformismo, la crítica denunciando su política al servicio de la oligarquía y al imperialismo dominante. Pero entre lo dicho y el hecho hay un trecho que llenar de programa mínimo, alianzas y tácticas que lo concreten y para ello debemos partir de la realidad, porque en la historia del movimiento comunista español tenemos la experiencia de la UHP en los años 1930 con sus aciertos y errores y la del frente popular, que nace del VII Congreso de la Internacional Comunista en Moscú en 1935, de abandono de la política de clase contra clase y de formación de frentes comunes contra el enemigo principal, que permitió el gran salto de los comunistas españoles en la guerra de liberación nacional contra el fascismo internacional.
Toda nuestra experiencia histórica choca con el trato a la socialdemocracia y el reformismo, ya que solo se miran sus defectos en estos momentos históricos y no sus virtudes -de las que se huye porque sitúan nuestra inoperancia social y matizan las críticas- a falta de opciones de clase revolucionarias desde hace cincuenta años y a falta de otros tantos para su conformación, cuando se trata justo de lo contrario, no de echarlos en manos del enemigo sino de apartarlos mediante la movilización de masas y ganarnos a las masas bajo su influencia, combatiendo al sector derechista y neoliberal en su interior. Se mete al PCE en su totalidad como si fuera un ente unificado cuando en su interior fluctúan tantas corrientes y posiciones, como las existentes en los distintos destacamentos leninistas fuera del PCE. Si bien la dominante es la reformista que dirige el partido desde la caída de Julio Anguita, lo es más, por ser la más realista ante la ruptura del pacto social de la transición por la oligarquía en el 2011 de la mano del gobierno del PSOE de Zapatero, trabajando por la confluencia de la izquierda reformista ante cierto maximalismo sectario de los sectores más proclives al marxismo leninismo, los cuales tienen los mismos defectos y virtudes que los destacamentos de comunistas independientes.
Concluyo con el recuerdo que tengo, de un debate de Lenin con los economicistas por separar la lucha económica de la política revolucionaria y contra el maximalismo izquierdista, que situaba la lucha económica como economicismo, por apartarlos de la agitación y propaganda entre las masas obreras contra la oligarquía dominante. Si somos como somos porque lo material determina la conciencia, será fundamental intervenir sobre esa base económica, también base del inicio de la explotación de la clase trabajadora y base de la contradicción principal capital trabajo. Caminar con los pies firmes y bien posados sobre el suelo, implica tener una relación directa con las masas obreras donde trabajan, viven y estudian, para construir hegemonía ideológica, política y cultural, proponiendo objetivos según dicta la correlación de fuerzas y apoyándonos siempre en las masas obreras, porque luchamos por una sociedad socialista con democracia participativa y la agitación y la propaganda, es fundamental para ponerla al servicio del trabajo de masas como instrumento de información, agitación y extensión de una política revolucionaria al servicio de la clase trabajadora y el pueblo. Nota de Alonso Gallardo
Ene 19, 2026 | ANÁLISIS, Reconstitución del PC
Frente al ejército del fascismo y de la guerra imperialista
¿Qué condiciones y qué método para la unidad?
Unión Proletaria
Crece la preocupación por el auge de la derecha y de la ultraderecha, que hemos vuelto a comprobar electoralmente en Argentina, en Chile y en Extremadura, y militarmente con el ataque yanqui a Venezuela secuestrando a su presidente Nicolás Maduro. Este ascenso de la reacción parece un fenómeno general puesto que afecta a una gran diversidad de países.
¡Proletarios y pueblos oprimidos, unámonos contra el imperialismo!
Sin embargo, es una marea que sólo es propia de los países alineados con Occidente, por mucho que discrepen de esta afirmación los propagandistas de la falsa izquierda que meten en ese mismo saco a las fuerzas enfrentadas a Occidente, por el mero hecho de ser nacionalistas y conservadoras (Rusia, China, Irán, Hamás, Hezbolá, las juntas militares del Sahel, etc.). En su afán por sostener al imperialismo “progre”, estos confusionistas sustituyen el análisis científico por algunas analogías superficiales para intentar desorientar a los progresistas de buena fe. Ocultan que hay dos versiones opuestas de nacionalismo y de conservadurismo, al igual que son opuestas la violencia esclavizadora y la violencia liberadora: en las naciones que combaten la opresión extranjera, el nacionalismo conservador sirve para salvaguardar su identidad y sus costumbres frente a la continua agresión extranjera; al contrario, en las naciones opresoras, sirve para reforzar o para recuperar el dominio sobre otros cuando el “moderno” cosmopolitismo anglosajón ha perdido eficacia. Desde ese momento, las clases dominantes de los países dominantes necesitan fomentar un nacionalismo conservador de un tipo particular -chovinista, supremacista, racista, elitista, neoliberal, aporofóbico, rabiosamente anticomunista y, a fin de cuentas, fascista-, tanto en sus propios países como en los países sometidos, a fin de convertir a sus poblaciones en carne de cañón para guerras de rapiña.
Esto no quiere decir que el nacionalismo y el conservadurismo defensivos de los países oprimidos atajen la raíz del problema, pero sí merecen todo el apoyo de los sinceros partidarios del progreso social. Quienes se lo nieguen, como los socialdemócratas y los “izquierdistas”, colaboran voluntaria o involuntariamente con el imperialismo y su ponzoña ultraderechista, por muchos pretextos “democráticos”, “progresistas” y “proletarios” que aleguen para diferenciarse de ella. El nacionalismo de nación oprimida expresa una necesidad democrática que, como todas ellas, no conduce por sí sola al socialismo, pero que es imprescindible asumir para llegar a él. En el pasado, fue así frente a los restos de feudalismo; hoy en día, en la etapa decadente del capitalismo, lo es frente al imperialismo en cualquiera de sus manifestaciones[1].
La tendencia a la derechización de la población occidental y la tendencia al nacionalismo defensivo entre los pueblos oprimidos comparten dos causas principales distintas pero que se refuerzan mutuamente: una clase obrera a la defensiva y una burguesía imperialista a la ofensiva.
Cómo pasar de la defensiva a la ofensiva
El repliegue obrero se debe a motivos económicos y, sobre todo, políticos: la liquidación revisionista de muchos partidos comunistas como el PCE, la derrota del campo socialista europeo y la consiguiente hegemonía de la socialdemocracia sobre el movimiento obrero, mientras crecen exponencialmente los medios de influencia y de dominación de la burguesía.
En definitiva, el vacío que los comunistas han dejado en el medio obrero desde hace décadas ha sido colmado por la burguesía y por su instrumento más camuflado y pérfido: la socialdemocracia. En España, a falta de una fuerza unitaria comunista, el PSOE consiguió arrastrar a toda la izquierda pequeñoburguesa a la formación de un gobierno que ha cumplido muy poco de lo poco que prometía y que ha hecho degenerar a un amplio sector del movimiento obrero antes combativo en un electorado posmoderno seguidista de la OTAN y de la Unión Europea. Su política favorable al gran capital y a su sector armamentista ha acrecentado las desigualdades y ha convertido a los explotados más empobrecidos en presa fácil de los demagogos reaccionarios que tratan de capitalizar su desesperación. A fin de cuentas, aunque el PSOE y sus aliados llamen a cerrar el paso a la ultraderecha por intereses estrechamente electorales, colaboran decisivamente en llevar a los trabajadores al fascismo y a la guerra[2].
Dicho esto, la estrategia para cambiar la realidad esencial y la táctica que lo posibilita no son idénticas. Si lo fueran, si no hubiera ninguna diferencia -es decir, contradicción- entre la estrategia y la táctica, la humanidad no habría necesitado estos dos conceptos sino uno solo para perseguir sus fines[3].
Hace casi una década, las masas combativas lograron echar al gobierno del Partido Popular que capitaneaba la ofensiva del capital financiero. Pero no supieron hacer otra cosa para frenarla que confiar en la izquierda burguesa (PSOE) y pequeñoburguesa (Unidas Podemos). En ese momento, Unión Proletaria propuso a otras organizaciones comunistas manifestar conjunta y públicamente nuestro respeto a la voluntad política de estas masas, para prepararlas a virar el rumbo nefasto adonde las llevaba la socialdemocracia. ¿Cómo? Fiscalizando con ellas la acción de su gobierno avisando de la traición que éste preparaba, a la vez que movilizándolas a favor de las reformas que demandaban y en contra de la resistencia que la oligarquía oponía a las mismas, con el fin último de que desecharan el reformismo burgués en provecho del camino revolucionario. Se trataba pues de conquistarlas para construir con ellas, o con una parte importante y decisiva de ellas, una fuerza revolucionaria. Lamentablemente, no se comprendió la necesidad de enfocar la cuestión desde el punto de vista del materialismo dialéctico y no se pudo reunir una fuerza organizada suficiente para poner en acción esta táctica.
Hoy, nos toca revertir la traición ya consumada (sobre todo desde la participación del gobierno en la histeria militarista contra Rusia), partiendo de un mayor aislamiento de los revolucionarios con relación al grueso de la población. Para ello, es indispensable la crítica negativa al gobierno, pero lo es mucho más la propuesta positiva de medidas y objetivos que satisfagan las necesidades de la mayoría trabajadora empobrecida, a corto y también a largo plazo, con las alianzas más amplias, aunque claramente delimitadas.
Muchos comunistas siguen confiando equivocadamente en que un estallido popular espontáneo cambie las tornas. No se puede descartar que llegue a producirse una revuelta y sería, sin duda, un factor muy positivo para la revolución. Pero la historia atestigua que, sobre todo en los países dominantes, la burguesía tiene capacidad para desviar el desarrollo de las contradicciones de clase hacia objetivos secundarios e incluso hacia el chovinismo contra otras nacionalidades: si lo consiguió en Alemania hace un siglo, no es de extrañar que haya podido aprovechar la crisis más grave del movimiento obrero internacional para someter a Ucrania al ideario fascista de Stepan Bandera y Román Shujiévich. La tarea central de los comunistas no debe consistir en esperar que las masas se pongan a la vanguardia, sino en retomar nuestra misión fundamental: armarnos con la teoría científica del marxismo-leninismo, concretarla en una política revolucionaria adecuada a nuestras condiciones particulares y llevarla a las masas.
Desarrollar una fuerza de masas en las metrópolis imperialistas
Vamos a volver sobre esta cuestión, pero antes veamos la otra causa de la derechización política de Occidente: la ofensiva desesperada del imperialismo en declive. No me detendré en la base económica de esta decadencia: superproducción y sobreacumulación de capital, disminución de la tasa general de ganancia, relativo estancamiento causado por el monopolismo, deslocalización industrial, militarización de la producción, deuda astronómica[4], resistencia de los oprimidos a la creciente explotación, desventaja competitiva con las economías emergentes en que el capital no domina, etc. Sin embargo, este deterioro estructural del imperialismo de Estados Unidos y de sus aliados/vasallos no debe llevarnos a olvidar que es todavía mucho más poderoso que los países oprimidos[5], por mucho que esta correlación de fuerzas tienda a invertirse, tanto por la pujanza de éstos como por su propia decadencia. Esta tendencia lo lleva a una agresividad y a una temeridad cada vez mayores, que lleva a la humanidad a las puertas de una hecatombe termonuclear.
Ante estas perspectivas, las fuerzas democráticas y socialistas debemos fortalecernos y estrechar nuestra unidad con prudencia y paciencia estratégicas. Nuestros enemigos están empleando los medios de comunicación social que poseen y controlan (televisión, radio, prensa internet, educación, religiones, etc.) para adoctrinar y reclutar a una parte de la población como un ejército político enfilado al fascismo y a la guerra. Saben que no pueden ganarse a la mayoría, pero sí pretenden amedrentarla, dividirla e imponerse a ella. Desde los países occidentales, sólo podemos impedírselo si no entramos en pánico y si, de modo paralelo, formamos un ejército político de masas para la revolución, desde la vanguardia proletaria hacia el resto de la clase obrera y del pueblo.
Tanto por el bien de la democracia y del socialismo, como por la misma supervivencia de la humanidad, no debemos dejar solos a los países que oponen resistencia a los imperialistas, y menos esperar a que todo lo resuelvan ellos. Al contrario, tenemos la obligación de desarrollar una fuerza antiimperialista de masas que detenga a las bestias agresoras desde dentro de su propia guarida (lo que, de paso, favorecerá las tendencias más progresistas en las naciones independientes). Esta tarea tiene unas características comunes y otras específicas a cada lugar. Aunque esta causa internacional se beneficie de los consejos y de las críticas de todas las procedencias geográficas, lo prioritario para nosotros es concretarla en el territorio del Estado español.
La fuerza capaz de neutralizar y, no digamos, de derrotar al imperialismo en nuestro país debe tener un carácter de masas. Cualquier alternativa a esto, por muy heroica que sea, es más perjudicial que beneficiosa. Y las masas se forman por la unidad práctica de los individuos. Por tanto, hay que luchar por la unidad y contra lo que causa división.
Necesitamos la más amplia unidad del pueblo contra las diversas manifestaciones de opresión causadas por la dominación del capital monopolista y financiero, dentro y fuera de nuestras fronteras. Pero el pueblo no es homogéneo, sino que está formado por clases sociales con diferentes intereses materiales. De todas ellas, la clase obrera es la única que realiza la producción socialmente desarrollada y sale de ella totalmente desposeída de los frutos de su trabajo exceptuando el mínimo vital. Por ello, es la que, objetivamente, tiene más interés en suprimir de raíz toda forma de opresión que produzca la sociedad imperialista. Para comprenderlo así, los obreros necesitan desarrollar su unidad a través de las tres formas que reviste su lucha de clase: económica contra sus patronos; política, por la democracia y el socialismo; y teórica, a través de la interrelación entre sus estratos más conscientes y menos conscientes, es decir, entre los comunistas y los obreros sometidos a la ideología burguesa. En definitiva, debemos desarrollar la unidad popular, la unidad obrera y la unidad de los comunistas, de manera que se fortalezcan mutuamente.
Me centraré en el problema de la unidad de los comunistas, decisiva para el crecimiento de la unidad obrera y de la unidad popular. Todos los comunistas somos conscientes de la necesidad de avanzar en nuestra unidad para poder vincularnos estrecha, eficaz y acertadamente con el movimiento obrero de masas, es decir, para construir un partido comunista. Y no dejamos de intentarlo a través de la unión de diversas organizaciones comunistas o del crecimiento de una de ellas. Sin embargo, la experiencia en España no parece alentadora: no sólo las unificaciones se terminan resquebrajando, sino que las organizaciones que consiguen crecer tienden a sufrir escisiones de las que salen debilitadas. Estos fracasos se pueden evitar, como demuestra el éxito de los comunistas en otros países o en otros tiempos, siempre que tratemos las contradicciones de acuerdo con su naturaleza más concreta.
En la sociedad capitalista, el antagonismo entre capitalistas y trabajadores es muy influyente, pero las contradicciones entre los sectores obreros y populares no son antagónicas. E incluso la inevitable infiltración de posiciones burguesas y pequeñoburguesas en las organizaciones comunistas no tiene por qué saldarse con una escisión: también puede resolverse neutralizando o expulsando a tales sujetos. La influencia ideológica y política de la clase dominante puede llevar a cualquier militante a sostener posiciones erróneas que causen perjuicio a la unidad comunista. Pero, mientras se trate de errores no muy graves que no pongan en peligro la posición general marxista-leninista, pueden corregirse con un método no antagónico, siempre que se le permita explicarse razonablemente, que se le critique adecuadamente (conforme al materialismo dialéctico) y que la discusión se resuelva democráticamente, sometiéndose la minoría a la decisión de la mayoría.
Para avanzar en la unidad comunista, desde la experiencia de Unión Proletaria, consideramos necesario: 1º) establecer las “líneas rojas” infranqueables, es decir, distinguir las posiciones políticas inaceptables, de aquellas otras en las que la discrepancia no impida la acción conjunta general que precisa la situación concreta; y 2º) acordar el método para desplegar la acción conjunta, a la vez que tratamos este último tipo de discrepancias.
Propuesta de eje principal para unir a las organizaciones comunistas
Es irrenunciable basar la unidad en el marxismo-leninismo, la lucha de la clase obrera, la revolución socialista, la dictadura del proletariado, etc. En este sentido, debe haber un compromiso y un esfuerzo por evitar todo lo que nos aparte de esta base: el revisionismo y el dogmatismo, el reformismo y el “izquierdismo”, el liberalismo y el sectarismo, el espontaneísmo y el intelectualismo, etc.
Entre las actuales organizaciones marxistas-leninistas, hay un acuerdo bastante amplio sobre las formulaciones ideológicas más generales, mientras que las diferencias aparecen a la hora de concretarlas. De hecho, tales diferencias también se dan dentro de cada una de las organizaciones. Pero, cuando los comunistas nos hallamos separados en múltiples organizaciones, se hace más difícil conocerlas y debatirlas, lo cual exacerba la tendencia a la división.
Hay distintas categorías de discrepancias, según su importancia actual, su urgencia. Así, por ejemplo, las que atañen a la evaluación de la experiencia histórica de construcción del socialismo no impiden una amplia unidad de acción entre organizaciones comunistas de los países capitalistas. Las que, por ejemplo, se refieren a la naturaleza social de la China actual restringen un poco más esa unidad de acción, porque aquellos grupos que la consideran capitalista son reacios a defenderla y a servirse de sus logros prácticos como apoyo a la propaganda socialista (es una lástima, porque ha conseguido sacar a cientos de millones de la pobreza en poco tiempo sin agredir militarmente a otros países para saquearlos, algo incompatible con la lógica y la historia del capitalismo). No obstante, incluso este desacuerdo tampoco impide la unidad de acción principal, como veremos a continuación.
Hay que priorizar la unidad entre las organizaciones comunistas cuyas posiciones auguren un mayor desarrollo del debate y de la acción conjunta. Con otras, la relación sólo puede ser más ocasional, mientras se aferren a sus prejuicios sectarios. Pero ¿cuál es la limitación concreta y la “línea roja” pertinente?
La guía general para determinarla nos la proporciona el Manifiesto del Partido Comunista: “Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos.”[6]
Es el movimiento social vivo -la plasmación de lo histórico y de lo estratégico en la actualidad- el que determina la acción de los comunistas y, por tanto, su unidad. El acuerdo acerca de la contradicción principal y del objetivo principal es la base para poder avanzar hacia la unidad comunista[7].
Aunque la contradicción fundamental del capitalismo opone a la burguesía y al proletariado, aunque su solución sea la revolución socialista, la contradicción y el objetivo principales son su mediación necesaria, determinada por el carácter concreto – monopolista, imperialista- del capitalismo actual. En la confluencia de los siglos XIX y XX, nació el mundo presente a partir del momento en que los monopolios capitalistas se desarrollaron tanto que dominaron los mercados de Europa y Norteamérica. Toda la historia desde entonces es la de la colusión y pugna entre las oligarquías financieras de esta área geográfica por dominar el mundo, así como la de la lucha de las clases y pueblos oprimidos por sacudirse esta dominación. Gracias al combate de éstos, algunas naciones oprimidas se han convertido en países poderosos, sin dejar de estar explotadas, acosadas, cercadas y agredidas por las potencias imperialistas. Aunque alberguen en su seno relaciones de producción capitalistas e incluso monopolios capitalistas (no en todos los casos dominan su sociedad y su Estado), siguen siendo oprimidas y su lucha de liberación nacional contribuye a quebrar la colusión imperialista mundial que es el principal obstáculo a las revoluciones, tanto democrático-nacionales como socialistas-proletarias.
Que su estatus de naciones oprimidas continúa en vigor lo demostró la historia reciente de la Rusia que regresó al capitalismo. Con esta transformación, la nueva burguesía rusa esperaba recibir un trato similar al que se dispensan mutuamente las oligarquías de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. Sin embargo, no fue así. No la trataron como un socio igual o de segunda clase, sino como una pieza de caza a saquear e incluso a trocear, como cualquier otro país del “tercer mundo”: la OTAN rechazó la solicitud de adhesión de la Federación Rusa, se amplió hasta las fronteras de ésta y alimentó la hostilidad contra ella (Chechenia, Daguestán, Abjasia, Donbás, Letonia, etc.). Quedó empíricamente probado que Rusia, al igual que China, forman parte del mal llamado “tercer mundo”, es decir, de los países oprimidos por las potencias imperialistas formadas como tal al culminar la etapa progresiva del capitalismo. La relación de opresión entre los dos “mundos” que resultan del capitalismo monopolista –como lo indica la palabra “monopolio”- prevalece y se impone sobre los éxitos que coseche un país oprimido en el desigual desarrollo capitalista[8]. Son precisamente los éxitos en el desarrollo de los países oprimidos (sobre todo la URSS y China) el factor que ha forzado a las oligarquías financieras de aquellas viejas potencias a coludirse hasta ahora contra ellos, en lugar de volver a guerrear entre sí por nuevos repartos del mundo en proporción a sus fuerzas respectivas.
En consecuencia, la unidad comunista sólo puede fructificar comprendiendo que ésta y no otra es la realidad contemporánea de la lucha de clases: es decir, dirigiendo todas las luchas parciales hacia el objetivo principal de desarrollar la unidad de todas las fuerzas oprimidas por los imperialistas, guiándose por el resumen que sugiere el Manifiesto del Partido Comunista: “los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante. En todos estos movimientos se ponen de relieve el régimen de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos progresiva que revista, como la cuestión fundamental que se ventila. Finalmente, los comunistas laboran por llegar a la unión y la inteligencia de los partidos democráticos de todos los países.”[9]
De ahí que no sea posible contar para la unidad comunista con organizaciones enemigas de quienes combaten a los imperialistas, con organizaciones que tratan a Rusia y a China –las mayores fuerzas del campo antiimperialista- como lo contrario de lo que son. La crítica y la vigilancia son legítimas y necesarias, y es incluso admisible cuestionar el carácter socialista de China, pero la unidad comunista quedaría paralizada y destruida si pretendiera incorporar a organizaciones sectarias que, al estilo trotskista, confunden a amigos y enemigos, sembrando la discordia en el campo antiimperialista.
La clase obrera necesita reconstituir su Partido Comunista, reuniendo a todos los marxistas-leninistas dispuestos a fortalecer la unidad por el derrocamiento de los imperialistas y a promover en dicha unidad el camino de la revolución proletaria mundial, tal como propugna la Plataforma Mundial Antiimperialista.
Propuesta de método para unir a las organizaciones comunistas
La urgencia de esta tarea no la determina solamente el sufrimiento actual de las masas, sino todavía más el dolor cualitativamente superior que nos deparan las acciones desesperadas de un campo imperialista que se está descomponiendo desde su misma base económica. En esta coyuntura, sería lo más conveniente que todas las organizaciones comunistas comprometidas con esta tarea nos convocáramos a un congreso que nos unificara en un mismo partido regido por el centralismo democrático para intervenir entre las masas según nuestros acuerdos políticos.
Lamentablemente, la experiencia reciente da fe de que todavía lo impiden nuestras diferencias teóricas y prácticas, causadas por la crisis del campo socialista y amplificadas por la prolongada merma y dispersión del movimiento obrero y comunista.
Por consiguiente, consideramos necesario y posible abrir un camino intermedio[10] entre la actual división y la futura unificación orgánica:
- Una unidad de acción alrededor de la lucha principal contra el imperialismo (y más allá, a medida que sea posible), que sea permanente y no sólo ocasional.
- Este frente o federación de un creciente número de organizaciones comunistas concluiría acuerdos por unanimidad en reuniones frecuentes de representantes plenipotenciarios de cada una de ellas.
- Cada organización se comprometería a fortalecer esta unidad y a cumplir lealmente los acuerdos, a la vez que conservaría su total independencia de actuación en todo lo demás[11].
- La actividad unitaria incluiría la atención a las iniciativas de los movimientos de masas y de sus organizaciones, pero no se limitaría a esperarlas.
- Al contrario, partiría de una formación marxista-leninista conjunta, de la elaboración de un primer esbozo de programa político y de un plan de agitación y propaganda para movilizar a las masas por su realización.
- Este plan tendría como eje central una prensa (entendida en sentido amplio como conjunto de medios de difusión) regular y frecuente que expusiera las orientaciones acordadas y diera también cabida a la discusión de las opiniones discrepantes, sobre todo acerca de las cuestiones más candentes. La necesidad del periodismo alternativo de contrainformación ha sido comprendida por muchos intelectuales revolucionarios que han desplegado un trabajo encomiable en esta dirección. Aprendiendo de ellos, los comunistas debemos reunir y centralizar estos esfuerzos desde un punto de vista estrictamente marxista-leninista, en torno a la realización del programa antiimperialista y socialista.
- Aunque haya que empezar por tareas de clarificación y de definición política en base a la teoría científica del marxismo-leninismo, es de capital importancia evitar que la actividad comunista quede encerrada en un gueto de lo más avanzado de la clase obrera. Al contrario, hay que salir al encuentro de toda la población, no sólo con propaganda (muchas ideas para pocos), sino con agitación (pocas ideas para muchos), aprovechando al máximo las posibilidades legales.
- Puesto que la realización de los acuerdos comprometería a los militantes de todas las organizaciones, se podría empezar a desarrollar una división del trabajo y una especialización entre los mismos, optimizando así el empleo de las fuerzas disponibles para llevar las posiciones que previamente hayamos acordado a más territorios, más centros de trabajo, más centros de estudio, más frentes parciales de masas, etc.
- Con el tiempo, comunistas que hemos estado separados y enfrentados durante demasiados años nos iríamos conociendo y comprendiendo mejor, desarrollaríamos una confianza mutua y nos acostumbraríamos a estar unas veces en mayoría y otras en minoría hasta poder unificarnos en un mismo partido bajo las reglas del centralismo democrático.
Esta propuesta es lo que Unión Proletaria desea compartir con las demás organizaciones comunistas. El realismo y la prudencia no excluyen, sino que también nos exigen agilidad y valentía ante los graves acontecimientos que se nos vienen encima.
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NOTAS:
[1] Véase el epígrafe “Sobre la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo” en el artículo https://www.unionproletaria.com/el-oportunismo-no-se-combate-atacando-a-los-antiimperialistas/.
[2] https://www.lamoncloa.gob.es/presidente/actividades/paginas/2025/181125-sanchez-acuerdos-ucrania-zelenski.aspx#:~:text=Para%20continuar%20apoyando%20a%20Ucrania,Ucrania%20y%20acelerar%20su%20reconstrucci%C3%B3n.
https://agendapublica.es/noticia/20548/implicaciones-mision-espana-ucrania-oportunidad-debate-serio
[3] Si prestamos atención a lo que explica Stalin en sus Fundamentos del leninismo, sobre estrategia y táctica (https://www.marxists.org/espanol/stalin/1920s/fundam/fundam7.htm), observaremos que la “Dirección del golpe principal: aislar a la democracia pequeñoburguesa, aislar a los partidos de la II Internacional, que son el puntal más importante de la política de componendas con el imperialismo” no figura entre los requisitos tácticos, sino entre los objetivos estratégicos. Por consiguiente, se trata de cumplirlo mediante la táctica que lo permita, cuyos principios son desgranados por Stalin a continuación no partiendo solamente de las necesidades de las masas, sino del grado en que las comprenden. Y esa comprensión suya es la que determina absolutamente la intervención de los comunistas entre las masas, la única realmente revolucionaria.
[4] La deuda pública de Estados unidos supera ya los 38,5 billones de dólares, más de dos billones adicionales a los de hace un año. De ellos, 8 billones vencerán en 2026 y habrá que “pagar” a los acreedores, ya sea imprimiendo más billetes verdes y provocando inflación o ya sea renovándola con garantías sobre riquezas ajenas, como el petróleo venezolano y otras.
[5] El Producto Interior Bruto de Estados Unidos en 1990 era cuatro veces mayor que el de China y Rusia juntas. En 2025, esta diferencia se ha reducido, pero el del país norteamericano todavía es casi un 50% superior. Y el de EE.UU. con sus aliados militares suma más del doble que el de los BRICS (https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_PIB_(nominal)_en_1990 y https://www.worldometers.info/es/pib/pib-por-pais/).
El dólar estadounidense protagoniza el 88% de las transacciones internacionales de divisas, el 58% de las reservas internacionales de divisas (euro 20%, libra 5%, Yen 5%, Yuan 2%) y el 54% del comercio mundial (https://bipartisanpolicy.org/explainer/whats-behind-the-u-s-dollars-dominance-and-why-it-matters/#:~:text=Introduction,and%2054%25%20of%20global%20trade).
El presupuesto militar de Estados Unidos supera en más de dos veces al de China y Rusia juntas. El de EE.UU. y sus aliados militares triplica al de China, Rusia y los aliados no militares de ambas (https://www.bankinter.com/blog/economia/paises-gasto-defensa y https://www.sipri.org/sites/default/files/2025-09/yb25_summary_es.pdf). Y, en cuanto a bases militares en países extranjeros, son casi 1.000 contra unas pocas decenas.
[6] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm, capítulo II.
[7] “Cualquier problema «se mueve en un círculo vicioso», pues toda la vida política es una cadena infinita compuesta de un sinfín de eslabones. Todo el arte de un político estriba justamente en encontrar y aferrarse con nervio al preciso eslaboncito que menos pueda ser arrancado de las manos, que sea el más importante en un momento determinado y mejor garantice a quien lo sujete la posesión de toda cadena.” (Lenin, ¿Qué hacer?, capítulo V)
[8] Se puede especular con la perspectiva de que, tras la derrota de las actuales potencias imperialistas, se transformasen en imperialistas las actuales potencias oprimidas, al haber capitalismo en ellas. Pero, en primer lugar, es una hipótesis extemporánea y, por tanto, carente de todo valor político cuando todavía estamos lejos de poder cantar victoria sobre los actuales opresores. En segundo lugar, presupone que tal victoria pudiera alcanzarse sin un desarrollo cualitativo del movimiento obrero y comunista internacional, lo cual delata una falta de confianza en las masas y en la teoría revolucionaria que es más propia de un sectario que de un marxista. Y, en tercer lugar, condena fatalmente a este destino a las nuevas potencias emergentes sin investigar concretamente su historia y su relación con otros países, sólo porque no encajan en una comprensión superficial, estrecha y dogmática del marxismo.
[9] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm, capítulo IV.
[10] Ese “camino intermedio” consiste realmente en el proceso que lleva a diferentes organizaciones comunistas a unirse en un solo partido. No es ninguna ocurrencia ajena a la experiencia histórica, sino que un proceso así se ha dado en muchos casos, siendo uno de los más destacados el de los marxistas rusos. La represión policiaca había agudizado la dispersión ideológica entre ellos tras el Primer Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (1898). Hacía falta recorrer un proceso de superación de las divergencias políticas para poder celebrar un Segundo Congreso que consolidara al partido (1903). Este proceso comenzó con el plan de Lenin y un grupo de marxistas revolucionarios deportados en Siberia consistente en publicar un periódico –Iskra– organizador de una actividad práctica libre de tendencias revisionistas. Para poder ejecutar este plan, primero, sumaron a las organizaciones afines del interior de Rusia y, después, se aliaron con el grupo “Emancipación del Trabajo” formado por los exiliados más ortodoxos. La difusión de Iskra fue atrayendo a las posiciones marxistas a un número creciente de organizaciones (y de individuos, entre ellos Trotski), llegando a ser mayoría al inaugurarse el Segundo Congreso.
[11] Lenin decía que “Discutir el problema, expresar y oír opiniones distintas, conocer el criterio de la mayoría de los marxistas organizados, estampar este criterio en una resolución y cumplir honestamente esa resolución es lo que se llama unidad en todas las partes del mundo y por toda la gente sensata. Y esta unidad es infinitamente valiosa e importante para la clase obrera”. (A propósito de la unidad)