jueves, 30 de julio de 2020

La cuchilla de Fanon

19/07/2020     MUNDOPENSAMIENTO

Editorial de La Tizza
Una idea verdaderamente revolucionaria debe contener un núcleo inaceptable para el pensamiento social

Los autores más difundidos, los discursos más conocidos, tienen la dificultad propia del pensamiento consciente. El deseo inconsciente se hace consciente a condición de ser negado.

Se debe producir un pacto inconsciente entre las ideas no sabidas por el sujeto, pero que anidan en él, y la dimensión del discurso consciente en las que aquellas habrían de emerger. Para ello, las ideas inconscientes asistirán a una autotransformación. Solo así podrán ser aceptadas, y puestas a circular en el registro de lo social.

Una idea verdaderamente revolucionaria debe contener un núcleo inaceptable para el pensamiento social.

Ese núcleo «no aceptable» es condición para que todo el deseo social inconsciente no haya tenido que transformarse en su contrario como vía para hacerse circular de un modo aprobado en el conjunto social.

Hay que desconfiar de las ideas «populares», los autores «muy leídos», muy «conocidos»«modernos y actuales». Pues hay un pacto secreto-culpable entre sus ideas y el contexto de difusión.

Pero si el deseo solo se hace consciente a condición de ser transformado, cumplir con esa ley no puede ser la vía para renunciar al contenido realmente subversivo de las ideas que se esgrimen.

Es importante puntualizar algo, esa transformación es algo de lo que el sujeto no sabe. El autor no es un orfebre consciente, en esta instancia, él es producido por esa transformación. Es uno de los mensajes de Mijaíl Bulgákov en la novela El Maestro y Margarita. Un escritor renuncia a su obra después de haberla escrito.

¿Pero son dos sujetos? ¿El que escribió la obra y el que la lanzó al fuego son la misma voz, o son como mínimo dos voces?

Hay un sujeto que habla y se hace escribir por una verdad quemante y de violencia irrefrenable y otro que teme el castigo social y renuncia.

Cuando Franz Fanon escribe Los condenados de la Tierra en 1961, está en cama con leucemia. A punto de morir, recibe el primer ejemplar de su obra. Ha escrito una obra única, leal a su voz, primigenia y subversiva. Ha construido ese libro durante años.

Habría que preguntarse en el proceso de la escritura, si eso que llamamos «escribir» acontece solo cuando dibujamos las palabras.

La primera edición de Los condenados de la tierra, es en francés — la lengua del colonizador — tiene un prefacio de Jean Paul Sartre que es un pistoletazo intelectual impresionante. Poco después — en 1963 — la obra se publica en español y después, sufre todos los avatares de la circulación de un producto intelectual de esas características.

El mensaje de Fanon es para los colonizados, una denuncia sobre las estructuras de dominación subjetiva que han hecho parte de su carne. El colonizado solo puede liberarse mediante la violencia, ahí puede emerger como nuevo. La colonización ha sido un acto, y una empresa de violencia. La violencia es el remedio, y la posibilidad de producir, en ese proceso de liberación, un pensamiento emancipatorio igual de violento y que acompañe la creación del nuevo sujeto: que el hijo, para liberarse del padre, no remede los pecados de este.

Fanon es dueño de un pensamiento revolucionario, entre otras cosas porque asumió esa primera voz irreverente y rebelde. Y entendió que la mejor contribución a la lucha contra la dominación de los oprimidos es ser absolutamente leales a esa voz.

Necropolítica o ¿quién otorga la vida o la muerte?

Es Michelle Foucault una de las referencias fundamentales de Achille Mbembe. Cómo articular una concepción en torno a las distintas tecnologías y dispositivos que sirven en la sociedad moderna para controlar al cuerpo y también para producir nuevas corporalidades. En Vigilar y Castigar, obra de obligada referencia, Foucault registra la transición desde el castigo- espectáculo — ofrecido a una multitud enardecida que clama justicia ante el parricida — hasta una nueva «economía del castigo».

El castigo es ahora relegado a las sombras, mientras la administración de la justicia intenta situar la necesidad de corregir, reparar el daño infligido al conjunto de la sociedad. Si antes el sujeto culpable era destruido como acto público, haciendo uso de toda especie de crueldades, ahora su aplicación en la sociedad moderna queda apartada de la mirada pública. La justicia resuelve su problema con la moral, y la administración del castigo puede realizarse con el menor sentimiento de culpa posible, según «las buenas costumbres».

¿Qué es lo terriblemente repulsivo de la muerte de George Floyd, sino precisamente que es el regreso del castigo-espectáculo a la esfera pública?

¿Cómo la sociedad-símbolo cenital de la modernidad se permite regalar un crimen tal a la vista de todos?

La sociedad capitalista lanza siempre su advertencia: que hayamos escondido y atenuado al castigo como espectáculo público no quiere decir que no estemos dispuestos a hacer uso de él si fuese conveniente.

Todo eso que el capitalismo regala como «buenos modales»«democracia»«civilización»«república con división de poderes» y «derechos humanos» son simulacros de encubrimientos de su nunca renunciada obscenidad, tomada de formaciones sociales anteriores, como el feudalismo, pero siempre a mano llegado el caso.

Una dominación más sofisticada solo quiere decir: tenemos un abanico amplio de formas de dominar y castigar, y podemos hacer uso de ellas siempre que lo creamos necesario, y la democracia y Dios lo requieran, amén.

Las reflexiones profundísimas de Mbembe sobre las formas de aplicación de la violencia, su justificación o no, tocan un problema propio de las revoluciones.

¿Es el terror revolucionario infligido contra los opresores más legítimo o justo que el castigo y la dominación que se practica contra los pueblos?

¿Cómo hacer la revolución sin una violencia y justicia que no sean las que practican de modo sistemático los opresores?

¿Acaso no hubo siempre empresas de violencia que fueron acompañadas de una justificación moral y divina?

Algo parece esencial para el campo de la revolución, estudiar y practicar modos de lucha en los que no terminemos pareciéndonos a nuestro opresor, sin olvidar aquello que nos dejó dicho Fanon: «el colonialismo no cede si no es con la cuchilla al cuello».

https://medium.com/la-tiza/