jueves, 14 de mayo de 2020

Cervantes, propagandista del comunismo



LA primera película soviética autorizada para su exhibición en la España dictatorial fue Don Quijote, dirigida por Grigori Kozintsev y protagonizada por Nikolai Cherkasov. Sucedió en 1966, diez años después de su rodaje, pero significaba un acontecimiento excepcional, por cuanto la propaganda de la dictadura achacaba a la Unión Soviética todas las degradaciones posibles. La novela de Cervantes siempre tuvo una gran recepción en la patria del socialismo efectivo, porque las acciones principales de los personajes se adaptaban a sus postulados, al margen de la locura del protagonista.
El capítulo XI ilustrado por Gustavo Doré.

Precisamente en el capítulo XI de la primera parte expuso Cervantes una teoría que parece adelantarse 243 años al Manifiesto comunista de Marx y Engels. En él se trata “De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros”, la clase social más ínfima en el reino de Felipe III, gentes relacionadas con sus ganados mejor que con seres humanos. Residían aislados en chozas en la sierra, sin apenas contacto con la civilización.
Como todas las personas humildes, acogieron “con buen ánimo” a la insólita pareja que se les acercó, reconociendo la superioridad social del hidalgo. Les sorprendió su vestimenta y no comprendían la jerigonza, dice Cervantes, que hablaba, pero tenían claro que se trataba de un señor en viaje con su criado. Gentilmente les ofrecieron compartir su comida y su bebida, escuchando en silencio la perorata del caballero, ya que no podían replicarle nada al no entender lo que hablaba.

Elogio del comunismo

Terminada la cena le vino la inspiración a don Quijote para pronunciar uno de sus más sentidos discursos, con los que obligaba a sus oyentes a dudar acerca de si había perdido la razón o no, ya que los exponía perfectamente con argumentos sólidos. Se dirigía a un auditorio insólito, por lo que el mismo autor califica esa escena de “inútil razonamiento”, ya que tanto los cabreros como Sancho lo escucharon “embobados y suspensos”. Y era un discurso digno de ser pronunciado en otro lugar ante otras gentes, por su categoría intelectual y su acertada exposición dialéctica:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; […] No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender 1os del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni quien fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, […] Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, […]

Sorprende que este alegato contra la España de Felipe III pasara la censura previa, a la que debían someter todos los autores sus obras ante el llamado Consejo Real. Es lo habitual en las dictaduras, como bien recordamos los que padecimos la fascista no hace demasiado tiempo.
Cervantes, por boca del loco don Quijote, que en este episodio se comporta con extrema cordura, ensalza una época fabulosa, que contrapone a “nuestra edad de hierro” presente, que le merece el calificativo de “nuestros detestable siglos”. En aquella pretérita edad idílica se practicaba el comunismo, sus residentes “ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”, porque entonces eran “todas las cosas comunes”. Este párrafo define inequívocamente la ideología social de Cervantes, aproximada al comunismo como único recurso para desterrar la lucha de clases de la sociedad. Resultaba una utopía entonces, y él lo sabía, pero le interesaba exponerla para que la conociesen sus lectores, por si llegaba la ocasión de aplicarla.
Debido a ella no se conocían los delitos económicos, no se sobornaba a los jueces para que dictasen sentencias injustas, y las muchachas andaban tranquilas porque nadie atentaba contra su honestidad, como sí sucedía en la España de Felipe III, en donde el rey y su camarilla eran los principales delincuentes, como bien sabían los vasallos, pese a que las críticas solamente podían decirse en voz muy baja para evitar la cárcel.

Una idea arraigada

No fue la única vez que se expresó Cervantes de esa manera, lo que confirma que la idea se hallaba arraigada en su pensamiento, y que despreciaba aquella sociedad corrupta de los reyes de la Casa de Austria, ya que probablemente imaginaba continuarían la decadencia presente, como así sucedió hasta aquel pingajo humano llamado Carlos II, suprema muestra de la decrepitud monárquica a la que se llega debido a los matrimonios endogámicos. En la comedia El trato de Argel dice el protagonista unos conceptos semejantes. Es un largo soliloquio en tercetos recitado por Aurelio, esclavo de los mahometanos, en la jornada II:

¡Oh sancta edad, por nuestro mal pasada,
a quien nuestros antiguos le pusieron
el dulce nombre de la Edad dorada!
…………………………………………
Entonces libertad dulce reinaba
y el nombre odioso de la servidumbre
en ningunos oídos resonaba.

Pero después que sin razón, sin lumbre,
ciegos de la avaricia, los mortales,
cargados de terrena pesadumbre,

descubrieron los rubios minerales
del oro que en la tierra se escondía,
ocasión principal de nuestros males,

éste que menos oro poseía,
envidioso de aquel que, con más maña,
más riquezas en uno recogía,

sembró la cruda y la mortal cizaña
del robo, de la fraude y del engaño,
del cambio injusto y trato con maraña.

Es difícil suponer que los espectadores no acertasen a descubrir la censura a la Corte de Felipe III, según la vemos en la actualidad, cuando solamente conocemos los hechos por medio de la historia escrita. El rey era un inepto absoluto, como es habitual en los monarcas españoles, según demuestra la historia, incapaz de entender nada en cuestiones de gobierno, porque solamente se interesaba por la caza. Los reyes viven, como suele decirse, a cuerpo de rey, gracias a los impuestos que pagan obligadamente sus vasallos, sin que merezcan ni siguiera un maravedí, o un euro en nuestro tiempo, como pago por el desempeño de sus vicios favoritos.

Un reinado escandaloso

Felpe III encargó los asuntos del reino a su valido Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y otros títulos nobiliarios, grande de España, lo que significa un sinvergüenza dedicado al robo desde su alto cargo. Entre sus muchas trapacerías destaca el haber convencido al inútil monarca para trasladar la Corte a Valladolid en 1601, porque previamente había adquirido allí grandes posesiones de terrenos y edificios, que después vendió incluso al rey centuplicando su precio. En 1606 realizó la operación contraria, adquirió terrenos y locales devaluados en aquel Madrid depreciado, y aconsejó al rey volver de nuevo la Corte a la villa, con lo que logró enormes riquezas, en tanto el pasmarote real se plegaba a sus caprichos.
El valido a su vez tenía otro valido a su servicio, Rodrigo Calderón, conde de la Oliva y marqués de Siete Iglesias, con las mismas inquietudes que su patrón, robar cuanto le viniera en gana. Mientras tanto el pueblo pasaba hambre y necesidades cuantiosas, porque la Hacienda se hallaba en ruina crónica, y era preciso incrementar los impuestos para sostener el boato de la Casa Real. Llegó un momento en que el escándalo resultó tan enorme que el bando de los enemigos del de Lerma en la Corte, encabezado por su propio hijo, logró demostrar al monarca en qué delincuentes había dejado el Gobierno del reino, y el indolente Felipe III tomó la decisión de eliminar a los dos ladrones.
El de Lerma convenció al papa Paulo V con abundantes donaciones para que le nombrase cardenal en 1618, y de ese modo evitó la acción de la Justicia real. En cambio, Calderón pagó las culpas de los dos al ser condenado a muerte. Parece que se comportó en el momento final con tanta majestuosidad que su actitud dio lugar al refrán de ser más orgulloso que don Rodrigo en la horca, aunque en realidad no fue ahorcado, sino degollado en 1621. Mereció el honor de ser cantado por los grandes poetas de la Corte y retratado por insignes pintores.
Contra esa sociedad caduca y corrupta escribió Cervantes en verso y en prosa, con las debidas precauciones, porque una crítica directa le hubiera significado la detención por injurias a la Corona. Es decir, lo mismo que sucede en nuestros días. Es que la monarquía cambia de titulares, pero no de acciones represivas. Siempre hay alguien que se enriquece delictivamente, que coloca millones en bancos extranjeros, pero si otro alguien osa comentarlo se expone a ser acusado por los jueces servilones. Aunque no debe olvidarse que Cervantes estuvo preso en las cárceles monárquicas de su tiempo, no por su ideología, nadie le acusó de hacer propaganda del comunismo, ya que se adelantó a su época, y se dice que en una de ellas tuvo la idea de escribir el Quijote.
ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO