jueves, 16 de abril de 2020

Quitar trabas y trabadores de la producción de alimentos



    

    Del surco a la mesa
Fuentes: OnCuba
La pandemia enfatiza algo que desde hace muchísimos años casi todos sabemos: lo estratégico de tener un sistema de producción de alimentos lo más sólido posible, algo que no hemos logrado jamás.
En los últimos años Cuba ha tenido que enfrentar un grupo de hechos imprevistos que pudieran rebasar la imaginación de cualquiera.
La lamentable caída de un avión de Cubana de Aviación en mayo de 2018 en el momento del despegue con la consiguiente pérdida de vidas y el inmenso dolor que provocó; la asunción de una administración en Estados Unidos que ha roto todos los récords de persecución contra Cuba; un acelerado proceso de derechización en América Latina y el esfuerzo denodado del Grupo de Lima por hacer regresar al continente a sus peores años de sumisión a los intereses de Estados Unidos.
El golpe de estado a Dilma Rousseff en Brasil, la traición de Lenín Moreno en Ecuador, el más reciente golpe contra Evo Morales en Bolivia. Esos tres procesos trajeron consigo la finalización de las varias misiones médicas en esos tres países, con el consiguiente daño económico para Cuba.
Sumémosle a lo anterior haber heredado una deuda externa abultada, tanto la contraída y reestructurada con el Club de París, como aquella otra contraída con proveedores, no honrada en buena parte, decisiva en el abastecimiento del mercado cubano y que junto a la persecución de la OFAC eleva el riesgo país y los costos financieros de cualquier operación comercial o crediticia que Cuba intente hacer.
Si todo ello fuera poco, tres desastres naturales han hecho más complicada la conducción del país: el inusual tornado que arrasó barrios de la Habana; una durísima sequía, aun más dura en la capital de la República donde vive la quinta parte de la población del país; y ahora la pandemia de Covid-19 que ha acelerado la crisis de la economía mundial y genera serias incertidumbres sobre su duración y la velocidad de recuperación a escala planetaria. Una parte de estos son factores exógenos.
Hoy la prioridad es, tiene que ser y así ha sido, enfrentar esta pandemia, reducir las posibilidades de contagio y prevenir y evitar la mayor cantidad de muertes.
La pandemia enfatiza algo que desde hace muchísimos años casi todos sabemos: lo estratégico de tener un sistema de producción de alimentos lo más sólido posible, algo que no hemos logrado jamás.
Alguien inmediatamente pensará en el Ministerio de la Agricultura, otros en el Ministerio de la Industria Alimentaria, o en Azcuba, algunos recordarán Acopio, otros el Ministerio de Comercio Interior, otros la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños y así pudiéramos seguir mencionando organismos.
En Cuba existen veintidós ministerios involucrados en la elaboración de un plan de seguridad alimentaria y de educación nutricional, o sea, prácticamente todos. Así lo afirmó el Ministro Rodríguez Royero en una Mesa Redonda. Qué bueno que sea así, qué bueno que en abril se discuta ese Plan y mucho mejor que se apruebe cuanto antes y se ponga en práctica también a la mayor brevedad.
De todas formas, lo cierto es que una visión de este sistema desde el surco hasta la mesa, no parece existir en el país.
Todavía hoy, a pesar de los esfuerzos y del desgaste de decenas de reuniones, entre el surco y la mesa median demasiadas organizaciones que pican en pedazos el sistema y muchas veces las regulaciones que cada una de ellas dicta se van de cabeza con otras y todas contribuyen a que los recursos puestos en la producción de alimentos no den los resultados que se esperan.
En el bienio 1985/86 la superficie cosechada total fue de 1 328 600 hectáreas, la producción total alcanzó los 68,5 millones de toneladas de productos y los rendimientos fueron de 51,6 toneladas por hectáreas.
Veinte años después, entre 2015 y 2016 (¡no hay datos públicos mas recientes!) la superficie cosechada fue de 421 600 hectáreas, la producción fue de 18,1 millones de toneladas y los rendimientos fueron de 43 toneladas por hectárea.
Es cierto que en 1985/86 aun teníamos la ayuda de la URSS y que el petróleo, las materias primas y los fertilizantes y pesticidas abundaban en todos los almacenes de nuestro país, pero ello es un incentivo más para hacer ese programa de seguridad alimentaria.
También es cierto que aquella producción tampoco repletaba nuestros mercados, no nos hizo menos importadores de alimentos y tampoco alcanzó a liberarnos de la incertidumbre de la oferta[1].
Hay que decir, sin embargo, que desde el 2011/2012 los números han mejorado:


1985/862011 /20122015 / 2016
Tierra cosechada (Mha)1 328,6361,3421,6
Producción (MMt)68,514,718,1
Rendimiento (t/h)51,640,743,0

Pero la mejora no alcanza. Somos más cubanos, la población creció, el país tiene menos dinero para importar y los precios de los productos de importación son mucho más altos.
Vaya si hay incentivos para desarrollar un poderoso programa de producción de alimentos que lo abarque todo, desde el surco hasta la mesa.
La reducción en la producción de viandas en los últimos tres años cuestiona de alguna manera la efectividad de las políticas aprobadas.


Quizás lo más sensible de todo sea la producción de carne, de huevos y de leche.
Hoy que estamos frente a una situación excepcional en Cuba y en el mundo, la cola del pollo, es la cola más larga y probablemente sea la más difícil de organizar.
Mientras que la carne de cerdo sigue siendo casi la única carne roja que la población cubana puede consumir y sus precios se han elevado ostensiblemente en los llamados mercados de oferta y demanda.
Las estadísticas oficiales muestran que en el caso del ganado vacuno, la cantidad de cabezas se ha reducido y en el 2018 eran 3,8 millones casi 200 000 menos que en el año 2013, mientras que los nacimientos se han reducido en mas de 100 000 para los mismos años.
Las entregas de ganado a sacrificio se incrementaron en mas de 80 000 cabezas entre los años de referencia y el peso promedio no ha podido alcanzar los 400 kilogramos en ninguno de esos años que van del 2013 al 2018.
Para el ganado porcino, que en su momento fue toda una revolución en la concepción de cómo incrementar la producción de carne, las estadísticas muestran que:
Para el año 2018, las existencias eran de 2 289 100 cabezas contra 1 606 900 en el 2013,
Sin embargo, los nacimientos se habían reducido sobre todo entre el 2016 y el 2018, en mas de 700 000, mientras que la mortalidad se redujo desde 11,8% hasta 5,8%.
Las entregas a sacrificio se elevaron desde los 3 366 700 cabezas en el 2013 hasta las 4 068 300 en el 2018.
Cuba no produce carne de pollo de forma significativa. Solo 369 toneladas.
Según la FAO debe esperarse una tendencia al crecimiento de los precios de la carne en sus diferentes variantes para este año.


FAO. 2019 Food Outlook – Biannual Report on Global Food Markets. Rome. Licence: CC BY-NC-SA 3.0 IGO.
La caída en la producción de carne de cerdo en China obligará a ese país a incrementar sus compras de carne lo cual debe tener un impacto al alza en los precios de la carne para el 2020. No parece probable que ese escenario vaya a cambiar. Entonces “producir carne” (de pollo, de res, de cerdo) es todavía más necesario.
Vuelvo a poner como ejemplo la producción de pollo.
En el año 2018 Cuba importó 279 846 toneladas de carne de pollo por un valor de 304 888 millones de dólares. Hace muchos años que gastamos en pollo un dinero que podría quedarse en casa si la aprobación de los proyectos con inversión extranjera para la producción de carne de pollo se hubiese concluido en un tiempo adecuado.
No vale la pena buscar culpables, hace falta encontrar las causas. Porque lo interesante de situaciones como esta es que todos, todos, todos, estamos de acuerdo en que producir carne de pollo sustituye importaciones, contribuye a reducir la dependencia alimentaria y tiene capacidad para generar encadenamientos productivos, hacia adelante, mediante el procesamiento de todos los subproductos y hacia atrás, como demandante de alimento y de variados servicios, por lo que también es un generador de empleo productivo.
Y hablo de inversión extranjera, pero también es posible hacerlo con capital nacional estatal. Solo hay que cambiar la asignación de los recursos de inversión.
En el caso de la carne de cerdo, el talón de Aquiles está lógicamente en el alimento y medicinas. Sin alimento hoy no tendremos carne de cerdo dentro de cuatro meses. Lo interesante es que con una tonelada de carne de cerdo se logra producir cinco toneladas de diferentes productos cárnicos, así que invertir en la producción de la carne de cerdo, en las condiciones para su incremento, asegurar aquel programa que permitió incrementos sustanciales de la producción mediante la cooperación entre el sector estatal y el sector privado, es esencial.
Cuba gasta mas de 500 millones en la importación de materias primas para alimento animal y concentrados (solo en maíz más de 200 millones). La posibilidad de producir nacionalmente una parte del alimento animal que importamos es fundamental, habrá que generar suficientes incentivos para ello.
Es una muy buena noticia que las inversiones en la agricultura crezcan al 12% en los últimos años y que en el 2020 se alcancen 900 millones en inversiones contra 500 millones en el 2019. Sería todavía mejor si los resultados acompañan ese esfuerzo.
Del surco a la mesa, hay que replantearse en profundidad ese camino. Quitar trabas y trabadores. Y sobre todo evaluar los resultados de las políticas adoptadas para corregir a tiempo lo que no funciona.
Nota:
[1] A menos que se especifique todos los datos proceden del Anuario Estadístico de Cuba 2018, edición 2019.