lunes, 25 de noviembre de 2019

El arte del cartel en Josep Renau





   SE puede (se debe) ver en el Centro Documental de la Memoria Históri-ca de Salamanca la exposición “Josep Renau, arte y propaganda en guerra”, en la que exhiben documentos relacionados con su trabajo como director general de Bellas Artes en el período 1936—38, y una muestra de su traba-jo artístico como cartelista. No es exagerado afirmar que su papel durante la guerra, como propagandista del Ejército leal por medio de carteles artís-ticos, fue tan eficaz como el de los milicianos defensores de la legalidad republicana frente a la agresión nazifascista internacional, invitada a inva-dir la tierra española por los militares monárquicos sublevados.   Foto de Renau

Campesino - Propietario Faccioso by Josep Renau Montoro Fine Art Print 

   Renau era conocido por sus excelentes carteles comerciales, triunfadores en concursos como el de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valen-cia en 1925, o el del Patronato Nacional de Turismo en 1929. Su mayor popularidad la había conseguido con los carteles cinematográficos para Ci-fesa, debido al auge que estaba alcanzando a escala nacional el conocido como séptimo arte. Quizá el octavo arte pueda ser considerado el cartelis-mo, equiparado a la pintura con caracteres propios bien definidos, y con cultivadores tan excelsos como Toulouse Lautrec. 
   Al producirse la sublevación de los militares monárquicos contra la lega-lidad constitucional, Renau decidió poner su arte al servicio de la Repúbli-ca traicionada, y creó un estilo a tono con las necesidades de aquel tiempo bélico. Por un lado se interesó en la exaltación del miliciano combatiente en defensa de su libertad, y por otro quiso demostrar todo lo que represen-
taba el horror de la agresión nazifascista contra el pueblo trabajador y pací-fico. Expuso artísticamente las consignas lanzadas por los dirigentes repu-blicanos para excitar el ánimo de la población civil y de los milicianos, y materializó las instrucciones dirigidas a derrotar a los militares monárqui-cos sublevados y sus patrocinadores de los países totalitarios, Alemania, Italia, Portugal y el Estado Vaticano.  

EL CARTELISMO COMO ARTE

   Es muy aleccionador repasar la polémica entablada en la excelente revista republicana Hora de España en 1937, entre el pintor Ramón Gaya y el car-telista Josep Renau a propósito del cartelismo como arte. En opinión del pintor el calificativo de arte creativo estaba limitado a la pintura, y conside-raba a la cartelería una derivación de carácter artesanal.
   La consideración de Renau estimaba al cartelismo como un arte indepen-diente, que requería una actitud original, una técnica propia, y una realiza-ción específica para convencer al espectador, ya estuviera destinada a en-salzar un producto comercial o a promocionar una ideología política. Desde la práctica bien utilizada en sus trabajos propagandísticos, Renau definió el concepto del cartel como un nuevo arte independiente, al que tal vez sí po-damos considerar el octavo.
   No todos los carteles producidos a consecuencia de la guerra, de los que están catalogados alrededor de 1.500, merecen la categoría de obras de arte. A menudo primaba la intencionalidad propagandística sobre la estética. Es muy comprensible, ya que durante aquellos casi tres años en armas la mi-sión fundamental de los milicianos combatientes, con las armas que utiliza-ran, si la pluma del poeta Machado valía tanto como la pistola del general  Líster, todo el ímpetu se hallaba puesto en la necesidad de obtener el triun-fo sobre el enemigo.
   Sin embargo, en los carteles de Renau se ve al artista creador, capaz de transformar una consigna política en un objeto estético. De manera que eje-cutó con fortuna una doble función, la de miliciano intelectual luchador por la defensa de sus libertades, y la de artista interesado en convencer a los contempladores de su obra de que se hallaban ante un objeto estético mere-cedor de pasar a la historia.

HISTORIA EN DOS CARTELES

   Y así es, porque los carteles de Renau se hallan en museos, son presenta-dos en exposiciones internacionales, y cuentan con una extensa e intensa bibliografía que los analiza y valora. Fue capaz de introducir innovaciones estéticas capaces de centrar la atención del espectador más en la idea ex-presada que en su representación figurativa. Uno de sus carteles más cono-
cidos, el anunciador de la película soviética Los marinos de Cronstad, rea-lizado en 1936 al proyectarse en las salas de cine españolas, cede el prota-gonismo a un barco del que vemos una chimenea y unos cañones en oscuro sobre una gran estrella roja, símbolo del comunismo, y la parte inferior queda dominada por un brazo con el puño representativo del poder popular, también en tono rojizo. 
   Es indiferente el dato de que el espectador ignore todo lo relacionado con el argumento de la película, porque la estrella roja y el puño señalan diáfa-namente la consigna declarada por el Partido Comunista desde el inicio de la guerra en España: centrar todas las actividades en conseguir la derrota del enemigo. El puño parece indicar la dirección a seguir por los cañones, bajo la iluminación de la estrella roja. Tres elementos figurativos con esca-so cromatismo consiguen el mismo efecto que la película. Los brazos de los milicianos y los cañones han de marchar en la misma dirección, hacia la victoria frente al enemigo del pueblo. De este modo Renau simbolizó la conveniencia de unificar todos los esfuerzos revolucionarios bajo un solo mando, con la perspectiva de oponer una resistencia poderosa al ejército rebelde. No lo consiguió, pero dejó una obra de arte para la historia.          
   Otro cartel significativo es el que reproduce los artículos primero y cuarto de un decreto del Ministerio de Agricultura, fechado el 7 de octubre de 1936, sobre el uso y disfrute de las fincas rústicas. En este caso se observa a un campesino convertido en amo de la tierra que trabaja, empuñando con la mano izquierda la hoz de que se vale para dominarla, dispuesto a defen-derla con el fusil alzado con la mano diestra. En el fusil se enrosca una ser-piente, símbolo del poder tiránico del terrateniente en esos días integrado en el ejército sublevado. 
   Apenas se ve la cara del campesino, tapada en parte por un sombrero que lo protege del Sol, pero se observa en sus labios la resolución de oponerse a quienes intentan arrebatarle mediante la fuerza de la guerra lo que le dio la reforma agraria de la República, sentimiento subrayado por el predominio de su brazo musculoso, con el que labraba antes la tierra del amo y ahora va a enfrentarse a quienes pretenden retornar a la antigua condición de ser-vidumbre.   
   Cualquiera de sus carteles narra una historia, con la misma eficacia con que puede hacerlo una pintura al óleo. Con Renau el cartel llega a alcanzar la categoría de obra estética valorada en sí misma, a la vez que se integra en el dominio de la propaganda política. Asimiló las aportaciones a la pin-tura de los sucesivos movimientos vanguardistas en ese primer tercio del siglo XX, para amalgamar en sus obras la conceptualidad con la propagan-da en estos casos política. La cultura siempre vence a la barbarie. 

ARTURO DEL VILLAR
 PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO