lunes, 27 de febrero de 2017

Reflexiones intempestivas sobre el Frente Amplio y la unidad de la Izquierda revolucionaria








                                                         Revista Nuestra América                24-02-2017



                                                           

 Iker Cruz

Hasta que el Frente Amplio finalmente nació. Fue un sueño de años… quimera de muchos grupos, partidos, movimientos y colectividades de izquierda (y no tanto) durante mucho tiempo, específicamente de quienes -a la usanza de la Unidad Popular, del Podemos o del homónimo uruguayo- pretendían tener su propia versión para enfrentar la coyuntura y el porvenir. De alguna manera, todos quienes militamos en la izquierda revolucionaria o en el anticapitalista franco, apostamos a la unidad de nuestros esfuerzos en algún frente social o político común. Esto es evidente pues -como dicen incansablemente los elenos colombianos- “la unidad no solo suma, sino que multiplica”. 

Los esfuerzos en el campo revolucionario por unir voluntades e ideas son prácticamente incontables. La mayoría -lo decimos con la propiedad que nos da el haber sido parte de varios intentos- han sido esfuerzos patéticos, incluso rozando lo caricaturesco. Lejos de la unidad real, se ha invocado el concepto decenas y decenas de veces sin conseguir buenos resultados. En el centro de cada intento unitario fallido hay -por supuesto- infinitas razones que explican cada fracaso. Poco sentido tiene, ante tanto intento, hacer un ejercicio “recopilatorio” de cada uno de estos (a menos que seamos medios morbosos, no faltan por cierto). Al fin y al cabo lo único importante es que hemos fracasado y que seguimos fracasando. De hecho ni siquiera vemos hoy las “condiciones” (voluntades) para emprender nuevamente el lento y tortuoso camino que nos impone la unidad, hay muchos que se cansan de estar tiesos en el mismo punto. Pero hay que hacerlo, de algún modo debemos caminar hacia ese lejano y nebuloso horizonte, por último para caminar hacia algún punto.

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Hoy el Frente Amplio ha resuelto un camino propio de construcción. Reuniendo distintas fuerzas políticas lograron constituirse como una “alternativa” concreta para un importante sector de la sociedad civil. Podemos criticarlos y gritarles coléricos que son el “viejo reformismo”, que “no solucionarán nada”, que le “darán agua al régimen político en crisis”, etc., etc. Pero en ningún caso podremos decirles que no están avanzando (a su manera) por un camino que sin duda les traerá réditos políticos importantes: acumulación de fuerza propia y multiplicación de su influencia social y política en todo el país, por lo bajo y al corto plazo.

Sabemos que la unidad de los amplistas es formal y contingente, incluso oportunista. ¿Qué motivo podría juntar en un único espacio común a liberales y “libertarios”, capitalistas y “anticapitalistas”? Los asiduos a las teorías conspirativas, arrimados a la mentalidad dogmática y obtusa de siempre, afirmarán que (con grave e histérico tono de por medio, por favor) “¡en el fondo son lo mismo: un instrumento más de la Concertación para distraer las luchas populares que se multiplican por todo el país, en medio de crisis política y económica sin solución ni precedente, y el ascenso del proletariado que lucha violentamente por nacer en medio de este constreñido régimen que detiene cada embate mediante la violenta represión estatal!”. Entonces Boric, Cuevas, Sharp y los demás, obviamente estarían -simplemente- recibiendo órdenes desde el “segundo piso” de La Moneda, quizás incluso son agentes pagados por la CIA o el Mossad. Este discurso, pese a lo patético (y en el fondo conformista-fatalista) intenta esconder lo obvio: la falta de autocrítica y la ausencia de propuesta real desde el campo de los revolucionarios. Nuestra crisis, ¡camaradas catastrofistas!, es más grande y profunda que cualquier crisis capitalista actual. Por favor no sigamos haciendo el ridículo y admitamos lo obvio de buena vez (incluso es psicológicamente recomendable, se dice).

El amplismo está unido bajo una motivación: convertirse en una alternativa (electoral) a la Nueva Mayoría. ¿Pero qué es ser una “alternativa”? En algunos casos -no lo dudamos- es la esperanza sincera de convertir al Frente Amplio en una “opción por la izquierda”, básicamente consolidando en su seno un programa anti-neoliberal que acondicione la Constitución y el régimen económico y político bajo el rigor de reformas de contención, afectas a los elementos más brutales del capitalismo; de alguna manera sería el primer paso de un programa anti-capitalista, a largo plazo (pero muy a largo plazo). Pero, al mismo tiempo y quizás con más peso específico, se ubican fuerzas políticas (Revolución Democrática, Partido Liberal, Partido Poder) que apuestan más bien al desarrollo de una “socialdemocracia progresista” (¡sepa Marx lo que significa aquello!), basada en una versión local del viejo y maltrecho Estado de Bienestar europeo, pero -aún más- descafeinado, más el estilo -obvio- comunicacional irreverente del Podemos y Pablo Iglesias. Estas diferencias, en aquellos viejos tiempos cuando las ideas eran más importantes que los votos, eran motivo más que suficiente para una escisión radical y profunda entre ambos sectores (por no decir que en realidad jamás se hubiese producido la unidad entre matrices e intenciones tan radicalmente distantes). Pero estamos en Chile, comenzando aún el -por ahora- gris Siglo XXI, donde las ideas y los programas parecieran ser un elemento accesorio, secundario, frente al claro dominio de la “tele-política”, la “cuña” y la “opinión" en 140 caracteres. (¿Cuál es la diferencia entre Jackson y Boric?, se preguntaron ellos mismos en un video “viralizado” hace unos meses: “pues uno es calvo y el otro chascón", respondieron. Lo importante es la imagen, el dominio de la forma por sobre el contenido. “Las ideas están muertas, pertenecen al Siglo XX, a la Guerra Fría”, “Es de mal gusto hablar de clases, pues son actores sociales… bla, bla”, dirá algún próximo tweet de los rostros frentamplistas).

Pero la izquierda revolucionaria, patética, marginal, aferrada a sus dogmas cuasi-religiosos, fundamentalista, necia, vacua, estrecha y estólida (pero de la cual somos orgullosamente parte) observa atenta, soberbia, ensimismada, y piensa (para sus “adentros”) que la clase desvariada -más temprano que tarde- se dará cuenta del fracaso electorero y reformista… y por supuesto: ¡Correrán los proletarios a nuestras filas!, ¡engrosando la lucha revolucionaria!, ¡multiplicando la resistencia!, ¡haciendo temblar a los poderosos!, quienes impávidos se ocultarán bajo sus escritorios, mientras ruegan no correr la misma suerte que los pobres Romanov o el último de los Somoza.

Pero las conciencias a veces no avanzan frente al fracaso y la crisis. Ni siquiera comprenden razón alguna de cara a una derrota profunda y sangrienta. La alienación y la ideología de los dominadores son más sólidas y profundas de lo que muchas veces estimamos o nos gustaría. Hay luchas o apuestas inútiles que duran años, décadas, resisten inermes a la razón y al peso de la noble historia. ¿Por qué sigue existiendo el capitalismo?, ¡Pues porque no hemos construido el verdadero partido marxista-leninista que dirija la revolución proletaria en Chile, compañero!, rezan el dogma toda vez que se presenta el problema a los practicantes de una extraña fe atea funda por dos alemanes. En realidad no avanzamos porque nuestra influencia sobre el movimiento de masas, especialmente en la clase trabajadora, no es lo suficientemente sólida como para cambiar la correlación de fuerzas. El problema de la organización de una corriente política de carácter revolucionario se va ir resolviendo en la medida que seamos capaces de desarrollar realmente una fuerza social revolucionaria enfrentada a los intereses de la clase dominante y el bloque político en el poder. O entendemos esto o nos quedamos infinitamente esperando -disecados y aburridos- la aparición del súper-mega-partido-revolucionario-marxista-leninista conductor del proletariado de vanguardia que luchará a muerte contra la burguesía y el imperialismo y que solucionará ipso facto todos nuestros problemas.

La explotación, la miseria, la alienación, producen muchas cosas, pero no necesariamente consciencia de clase. Si fuera así de mecánico y automático, si existiera realmente esa infalible dialéctica entre la “estructura y la super-estructura”, la historia entera de la humanidad sería completamente distinta. ¿O nos insertamos audaces y raudos en medio de las luchas reales de nuestro pueblo o nos pudrimos en nuestra propia mierda? En lo segundo hay muchos (siempre caben más, no se preocupe si desea un lugar), mientras en lo primero casi nadie.

Las tareas de la izquierda revolucionaria están claramente definidas (más o menos desde la época de la Revolución Francesa, sin exagerar). De hecho cuando nacen los primeros comunistas -pensamos en Graco Babeuf- lo hacen bajo más o menos los mismos objetivos que hoy mantenemos en alto: crecer en medio de la clase trabajadora, mediante el desarrollo de la actividad y lucha reivindicativa; actuar ofensiva y radicalmente cuando se pueda, incluso incorporando la violencia revolucionaria cuando ella se presente como necesaria y organizar una fuerza política propia (partido, movimiento, liga, frente, los nombres abundan, pero la idea es siempre la misma) donde se irán incorporando las fracciones de clase más conscientes para avanzar de este modo en la lucha por el poder bajo un programa basado en la igualdad social, política y económica, o sea, la abolición de la clases: el comunismo. ¡Todas estas ideas son anteriores al propio Marx! (aunque por supuesto que fue él quien mejor sintetizó y desarrolló estos planteamientos) y ¡más antiguas que la Comuna de París! (de hecho nacen en paralelo a la toma misma del poder por la burguesía francesa). En fin: organízate y lucha una y otra vez hasta la toma del poder (y más allá) es la idea movilizadora, el ethos de nuestra existencia (de hecho la idea es tan sólida que quedan ya pocas murallas que no hayan tenido al menos una vez esa vieja e incombustible consigna). Si entonces ese no es el problema (el contenido del proceso), ¿Cómo resolvemos nuestras tareas actuales?, ¿Cómo avanzamos?, pero en serio… ¡en serio pues!

Se abren tiempos aún más complejos para la izquierda revolucionaria. Habíamos vivido un importante “resurgir” posterior a las movilizaciones del 2011, muchas organizaciones crecieron (crecimos) en número e influencia. ¡Incluso, cual Cristo en el tercer día, viejas siglas que yacían enterradas revivieron frescas y prestas al combate clasista! El campo revolucionario (nos referimos a todo el “zoológico”, como también a los curiosos y simpáticos personajes que éste contiene) logró avanzar decididamente desde la marginalidad absoluta a la marginalidad relativa (suena ridículo, pero es un gran logro nuestro, ¡sintamos el ardiente orgullo recorrer nuestras venas camaradas!).

Pero no nos perdamos. El Frente Amplio, con toda su maquinaria política, electoral y económica, más la esperanza de intelectuales de “izquierda” y viejos renegados de la revolución y la socialdemocracia, viene a instalarse con fuerza al interior del movimiento de masas, diputando en efecto nuestra noble marginalidad relativa.

Sabemos que los amplistas no son la gran cosa, como también sabemos que el esfuerzo central estará ubicado en la cuestión electoral, pero así y todo su capacidad de producción e influencia política (“rostros bonitos” y uso magistral del tweet y la cuña televisiva) frente a una izquierda revolucionaria fragmentada y atomizada (pero fuertemente sujeta y enamorada a su marginalidad relativa), resulta actualmente mucho más contundente que cualquier esfuerzo propio; salvo si estos se dan de manera unitaria.

Somos consciente que el “horno no está para bueyes”. La izquierda por sus propios procesos y dinámicas últimas encuentra su voluntad mellada, lesionada, herida (además de la persistencia celosa de caudillos que protegen apasionados sus micro-feudos). También hay desconfianza y duda razonable, bien sabemos. No obstante debemos aunar voluntades e ideas en un frente de lucha común que nos empuje a resolver -en medio de lo real y concreto- nuestras diferencias, matices y contradicciones. Quizás el ejercicio se deba dar en dos planos a la vez. Una (a) mesa política que agrupe a las disposiciones y consciencias francas que nos permita intercambiar de manera permanente experiencias, análisis, visiones y perspectivas de trabajo de camino a una coordinación revolucionaria más permanente y regular, a la vez que levantamos (b) instancias de la propia clase que agrupen dirigentes, personalidades y bases sociales activas en la lucha reivindicativa (una cosa potencia la otra, eso sí es dialéctica). Un espacio de unidad práctica de los trabajadores y los pueblos -articulando las demandas reivindicativas que hoy se dan parcialmente- se hace absolutamente pertinente y necesario. Si no damos pasos certeros hoy, la propia dinámica política irá consumiendo nuestros esfuerzos y capacidades, las peleas sectoriales se irán diluyendo en sus propias demandas o acabarán absorbidas en la novel esperanza amplista. La unidad práctica de los revolucionarios no es un problema de ingeniería política o de ideas abstractas de “revolución”, es un problema única y sencillamente moral.  

Debemos avanzar en este camino porque debemos avanzar, y punto.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.