viernes, 25 de noviembre de 2016

“Pienso que la tradición comunista es la heredera de la radicalidad democrática republicana”


                                                24-11-2016

 
Entrevista a Alberto Garzón Espinosa, Coordinador General deIU y diputado en el Congreso por Unidos Podemos (III)



 


El Viejo Topo

 

Estamos en esto. Hace poco se celebró su fiesta del PCE. Se te echó en falta. ¿Qué significa para ti ser comunismo en 2016?

Escribía hace unos meses un artículo titulado “algunos somos comunistas”, en el que explicaba con detalle qué significa para mí ser comunista. Yo soy comunista porque creo que el sistema económico capitalista es el principal responsable de la mayoría de los males que asolan a la clase trabajadora y al conjunto del pueblo, y creo que es necesario construir un sistema económico donde la maximización de la ganancia deje de ser el principio rector de la sociedad y pase a serlo un criterio social y democrático. La sanidad, la educación, las pensiones son conquistas del movimiento obrero porque son conquistas socialistas, es decir, en las que el criterio de su producción, distribución y consumo no depende de la tasa de ganancia capitalista sino de decisiones democráticas. Pero, ¿y la vivienda, la energía, las infraestructuras, los medicamentos y tantos otros servicios imprescindibles para la vida digna y que aún se producen, distribuyen y consumen en virtud de la ganancia capitalista? Creo en una sociedad en la que los medios de producción de esos bienes y servicios fundamentales para la vida sean públicos y estén garantizados. Podría pensarse que esta es una posición que peca de economicista, pero creo también en un Estado que defienda los derechos humanos, defendiendo la libertad positiva, y que garantice su cumplimiento. Pienso que la tradición comunista es la heredera de la radicalidad democrática republicana, la que pasa a través de Pericles, Rousseau, Robespierre… y llega a Marx, Engels y tantos otros. Pero también creo en una sociedad en la que la opresión del hombre sobre la mujer, y la explotación insensata del planeta por el ser humano, toquen a su fin. Creo, en definitiva, en una sociedad sin clases y sin explotación ni opresión.

Muchos maestros míos, Manuel Sacristán, Paco Fernández Buey, Miguel Candel, estarían encantados con tus palabras. El año que viene se celebra el primer centenario de la revolución de octubre. ¿Una revolución contra El Capital, dijo Gramsci y algunos con él, que debemos seguir vindicando? ¿No hay demasiadas páginas oscuras en la historia de esa revolución socialista?

La revolución de octubre fue una revolución contra El Capital porque desafió el etapismo planteado por el materialismo histórico. Como se sabe, Marx había predicho que la revolución socialista nacería de los países capitalistas más avanzados porque el socialismo se desplegaría desde las contradicciones generadas por el propio desarrollo de las fuerzas productivas. Pero no fue así. Llegó la revolución en un país prácticamente feudal, con una industria muy poco desarrollada y con una población mayoritariamente campesina. El propio Lenin, que había discutido con los populistas rusos, tuvo que justificar muy pronto una alianza popular entre el proletariado y el campesinado. Más allá de los episodios concretos, es evidente que la teoría importa, y mucho. En América Latina saben mucho de ello, puesto que los partidos comunistas ortodoxos, que con tanto ahínco defendían que el socialismo sólo llegaría tras el capitalismo y que por lo tanto había que desarrollar primero la industria, acabaron pactando con la burguesía explotadora antes que con los campesinos revolucionarios. Por eso el Guevarismo fue otra revolución contra El Capital.

¿Qué enseñanzas podemos sacar de todo ello? Creo que la crítica a algunos de los fundamentos de la modernidad, sin ir más lejos. La creencia en el desarrollo/progreso o en la linealidad de la historia, que podemos retrotraer más allá de la modernidad y hasta San Agustín, no deja de ser un tipo de fe. Hoy sabemos que el socialismo no viene inevitablemente tras el capitalismo, y que lo que puede venir es incluso peor: el fascismo. Hoy, los textos de Engels, Marx y Lenin sobre la futura sociedad socialista se nos antojan ingenuos. Los tres, aunque Marx un grado menos, creían en que tras destruir al Estado burgués su sustituto sería algo que no se llamaría Estado, la dictadura del proletariado, y que esa institución se iría extinguiendo poco a poco hasta ser innecesaria. Hoy sabemos que el Estado de la URSS se extinguió, pero no por las razones que pensaban los padres del socialismo científico sino por otras que tienen que ver con errores económicos y una absoluta subestimación de la naturaleza y cultura humana. Lo planteo así, desde este ángulo, porque creo que puede ser el más provechoso para nuestra causa. Sin duda la experiencia soviética tuvo sus grandes defectos, a veces terribles como fue el asesinato sistemático de incluso revolucionarios, pero también sus grandes méritos. En ningún otro caso de la historia se ha visto cómo en pocos años un país feudal pasaba a ser una gran potencia industrial capaz de enfrentar a un imperio como el nazi, aunque a un coste sencillamente brutal y muy poco reconocido. Sin la URSS nuestra Europa quizás sería hoy todavía parte del fascismo más descarnado, y sin ella, sin su propia existencia, tampoco hubiera sido posible conquistar derechos laborales y sociales en los países capitalistas avanzados. Pero con todo, con esos reconocimientos, lo que debemos es tomar nota de los fundamentos del marxismo que debemos corregir.

Por si he captado mal, ¿qué fundamentos del marxismo debemos corregir?

Depende del marxismo del que hablemos, pues son muchos los marxismos (incluso en el propio Marx). Pienso que alguna de las cosas que hay que revisar es su filosofía de la historia (que es el materialismo histórico), no sólo desde la antropología y por lo tanto desde el pasado sino también en su fe incuestionable sobre el futuro. No seré yo quien critique a Fidel, pero a lo mejor la historia no nos absolverá: todo depende de las contingencias políticas y de nuestra capacidad de manejarnos en la lucha de clases. Me gusta mucho más la expresión de Marx, más débil, de que los hombres –y mujeres tendríamos que añadir- hacen su propia historia pero no a su libre albedrío sino condicionados por las circunstancias legadas por el pasado. Además, creo que hay que revisar la concepción de lo que es el Estado –esencial para la práctica política- y que desde luego es mucho más complejo que pensar que es un epifenómeno de la infraestructura económica.

En 2018 celebramos el bicentenario del nacimiento del padre de Tussy Marx. Mucho ha llovido desde entonces. Mientras tanto, hemos entrado ya en una nueva era geológica, el Antropoceno. ¿Cómo hay que leer y vivir a nuestro gran clásico dos siglos después? ¿No lo leemos, en general, demasiado al pie de la letra, olvidándonos de las aportaciones de otros grandes marxistas y de otros pensadores y pensadoras que no lo fueron explícitamente?

Los clásicos tienen hoy vigencia porque sus preocupaciones son, en otros contextos, las mismas preocupaciones que las nuestras. Es sorprendente leer a Marx hablar sobre la especulación financiera o a Lenin sobre la hoy llamada globalización; su lucidez tenía mucho que ver con haber entendido cómo funciona el sistema económico capitalista. Eso es mérito de los economistas clásicos y, entre ellos, destacadamente de Marx y Engels. Sin duda, hay que leer a los clásicos. Pero hay que hacerlo no con la actitud del catequista que busca en la palabra de Jesús la verdad Revelada. Hay que leerlos buscando en sus análisis la lucidez que necesitamos también hoy, contextualizando y entendiendo sus posiciones. Nadie negará que el Lenin del qué hacer, en 1902, no es el mismo que el Lenin de El Estado y la Revolución, de 1917. Hasta el tono es diferente. El problema no es leer a los clásicos sino leerlos mal, es decir, con la obsesión del sectario, o leerlos a través de lo que se llama marxismo vulgar o economicista. Por supuesto, se nos ha olvidado también al resto de marxistas, más actuales. Hoy los nombres de Althusser o Gramsci suenan a los militantes, pero ya menos suenan los nombres de Nicos Poulantzas, Georg Lukács, E. P. Thompson, E. O. Wright, Bob Jessop, David Harvey, Anwar Shaikh, Gerard Dumenil… En general, el problema es incluso más primario. Y es que ¡falta leer! ¡falta la formación teórico-cultural!

Pues tendré que ponerme yo también porque algunos autores que acabas de citar son para mí casi desconocidos. Bob Jessop o Anwar Shaikh por ejemplo. Perdona el toque hispánico: ¿algún marxista español que te interese especialmente? Me ha sorprendido en todo caso, perdona la descortesía, que no citaras a Benjamin. Por cierto, ¿dónde están las clásicas marxistas?

No he citado a Benjamin porque trataba de situar autores posteriores a la II Guerra Mundial –excepción hecha de Lukács, muy poco conocido entre los marxistas actuales y cuyo archivo histórico ha sufrido un ataque por el gobierno de Hungría-. Hay autoras marxistas, como Rosa Luxemburg, pero es desgraciadamente una minoría. Entre otras cosas porque la práctica política del marxismo clásico, cuando no su teoría, ha sido muy machista. Bob Jessop es el mejor estudioso de la concepción marxista del Estado, y sus influencias son Gramsci y Poulantzas precisamente. Anwar Shaikh es un brillante economista que acaba de publicar un extraordinario –y complejísimo: lleno de matemáticas y modelización económica- libro titulado Capitalism. Es un economista ortodoxo, en términos de su defensa de la vigencia de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, muy similar a los autores de la economía política clásica pero con un instrumental matemático mucho más avanzado.

Habrá que poner codos. Te pediré ayuda.

El drama del marxismo teórico español es que no ha tenido buenas circunstancias para desarrollarse, debido entre otras cosas a que el marxismo llegó a España después del anarquismo y a veces fosilizado en manuales de la URSS. Pero hay autores muy brillantes que a mí me han influido mucho. Uno de ellos es Manuel Sacristán, cuya vida y obra ha sido objeto de estudio de nuestro responsable de formación José Sarrión, y de toda su escuela. Destacaría a Paco Fernández Buey, claro. La academia marxista ha pecado, a mi juicio, de estar muy desconectada de la praxis política –excepción hecha de estos autores, que fueron militantes del PSUC, y de los intelectuales de los sesenta-setenta. Pero en los últimos tiempos está ocurriendo al revés. Muchos de los jóvenes investigadores y profesores universitarios, espacios propios del intelectual profesional, han saltado a la política activa. Así es fácil encontrar en Podemos, en las confluencias o en IU a una generación entera de nuevos cuadros intelectuales que ahora vinculan su trabajo investigador con la praxis. ¡Esa sí que es una buena tradición!

Sin ninguna duda. En un artículo reciente -”Nuestros retos”-, magnífico en mi opinión, señalas: “qué proyecto político será capaz de crear una alternativa creíble que proporcione seguridad, entendida en su concepción civil y no militar, a la clase trabajadora y, por ende, a la mayoría de la población. La pregunta es obvia: ¿cómo hacerlo?”. Eso, ¿cómo? Nos resumes tu respuesta y reflexión por favor.

Antes avancé algunas de estas cuestiones.

Perdona que insista.

Creo que la izquierda tiene que estar en el tejido social como organización y, particularmente, en el conflicto social. El conflicto es el momento más álgido de la contradicción entre el capitalismo y la vida cotidiana de la clase trabajadora, y es ahí donde la víctima se abre a otras cosmovisiones, a otras formas de entender la política. Si la izquierda está ahí, entonces tendremos capacidad no sólo de intervenir en el conflicto sino de extender la conciencia de clase. Esa es la forma en la que construimos clase (conciencia de) o, como dirían otros, pueblo. Naturalmente, esto sólo es posible si hay un proyecto político que ofrecer y que transmitir. Se trata de explicarle a la víctima de una estafa bancaria que no sólo es una cuestión de falta de ética del vendedor sino de un sistema de explotación que se llama capitalismo.

Reflexionas sobre ello en ese artículo que he citado. ¿No hablamos demasiado raro (no pienso en ti en estos momentos), demasiado para gente muy puesta en materia? ¿Por qué no superamos ese decir que apenas dice nada para millones y millones de personas?

Totalmente de acuerdo, pero pensemos que hay momentos y momentos. Marx escribió El Capital, un texto farragoso, complicado y de enorme profundidad filosófica y económica. No es un texto para leer mientras uno va en el autobús, sino para estudiarlo con textos complementarios para entenderlo. ¿Quién pretende entender a Marx si no ha leído y entendido a Hegel? Pero al mismo tiempo Marx escribió el Manifiesto Comunista, un texto divulgativo, fácil de leer, breve y eficaz. Un folleto, en definitiva. Pero todo folleto tiene detrás un cuerpo teórico más trabajado. Lenin hablaba de las diferencias entre la propaganda, que se hacía para poca gente porque requería largas explicaciones, y la agitación, que se hacía para muchas personas porque era más asequible. Esta entrevista, por ejemplo, no es para todos los públicos. Pero nadie me verá emplear este lenguaje en una entrevista de La Sexta Noche, pues hay que modular. Esto no es elitismo, sino el proceso natural de un aprendizaje de lo teórico que implica que todos podemos llegar a saber pero no se consigue sin esfuerzo y sin dedicación.

Quizás debiéramos advertir algo más al respecto de esto. Creo que si nuestra clase social no entiende lo que decimos, el problema es nuestro y no de nuestra clase social. Esto es aplicable para quienes desde un marxismo fosilizado creen que hablar a un desempleado de la plusvalía relativa o de la composición orgánica del capital va a servir para algo más que para la autocomplacencia del emisor.

Me esfuerzo pero no consigo distanciarme de tu opinión. Tomo nota de lo que dices sobre Hegel y El Capital porque mi incomprensión de la obra hegeliana es casi total. Tendré que ponerme con más calma y más resultados.

Lo último, no quiero abusar más aunque el artículo que he citado antes da para hacerte mil y una preguntas. Lo último decía: te pido un comentario de texto sobre una reflexión-afirmación que te sonará, es tuya: “La mejor forma de repetir los errores de la izquierda tradicional con la que no se identificaba el 15M es deslizarse a través de la estrategia de eso que se ha convenido en llamar populismo de izquierdas, y que tanto comparte con la práctica política carrillista”.

Hay un discurso de Carrillo ante el Comité Central, tras las elecciones de 1977, que merece la pena releer. Carrillo culpaba de los malos resultados al excesivo perfil izquierdista del partido, y llamaba a la moderación. Él aseguraba que la mayoría del país había votado moderación y que, por lo tanto, había que huir de los perfiles izquierdistas en los que el adversario les quería situar (Carrillo hablaba de que el sistema se refería a ellos como “lobo con piel de cordero”). En realidad la actitud carrillista fue una racionalización permanente. Abandonaron la ruptura y en vez de reconocer la derrota empezaron a vender aquella renuncia como una victoria. Y el proceso de moderación, de aparecer “responsables” frente al Estado, condujo a la pérdida de los valores más radicales y simbólicos de la organización (renuncia del leninismo inclusive). Y también, por cierto, de la militancia. El populismo de izquierdas, teorizado por Laclau, llega a las mismas conclusiones aunque a través de otro cuerpo teórico y de otros fundamentos. El populismo, como estrategia posmoderna, niega la existencia de clases sociales y considera que es posible construir pueblo a través de un uso adecuado del signo. Ese uso adecuado tiene que ver con evitar las palabras y símbolos que dividen a la población, o que están connotadas negativamente, y usar en su lugar nuevas terminologías que permitan aglutinar a la mayoría de la población en torno a las mismas –con independencia de su posición material en la sociedad. Básicamente ese es el esquema, que conlleva naturalmente una moderación ideológica y una adaptación al sentido común –a la normalidad. Ahí es donde acaba coincidiendo por entero con la posición carrillista de los años setenta.

Cuando hablas de izquierda tradicional, ¿de qué izquierda hablas?

Hablo de la izquierda institucionalizada, la que ha asumido el reformismo como vía para transformar la sociedad y ha renunciado a una organización política que haga uso de más instrumentos que el parlamentarismo. No debe confundirse con la izquierda clásica, que es a la que creo que deberíamos parecernos más.

¿Quieres añadir algo más?

De momento, es suficiente. ¡Salud y república!

Salud y República compañero Alberto.

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